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Lejos del nidode Juan José Botero: novela latinoamericana sobre el cautiverio***

Lejos del nido by Juan José Botero: Latin American Novel About Captivity

Juan Carlos Orrego-Arismendi
Universidad de Antioquia, Colombia

Lejos del nidode Juan José Botero: novela latinoamericana sobre el cautiverio***

Estudios de literatura colombiana, núm. 43, pp. 13-27, 2018

Universidad de Antioquia

Recepción: 15 Febrero 2018

Aprobación: 19 Abril 2018

Resumen: Lejos del nido, novela del antioqueño Juan José Botero, ha gozado de amplia difusión en la región y el país desde su publicación en 1924, muy a pesar de su visión prejuiciada de lo indígena. La novela se ha editado ininterrumpidamente y ha sido adaptada como guion televisivo. Con todo, no ha sido objeto de un trabajo crítico especializado que la considere como novela latinoamericana de tema indígena. Este artículo asume esa labor, en la que, tras dejar a un lado la convencional categoría del indianismo -en la que podría acomodarse la obra dado su espíritu decimonónico-, resulta plausible enmarcarla como un caso de la narrativa sobre el cautiverio.

Palabras clave: Lejos del nido, Juan José Botero, novela antioqueña, narrativa sobre el cautiverio, indianismo.

Abstract: Lejos del nido, a novel by the Antioquian author Juan Jose Botero, has enjoyed wide diffusion in the region and in the country since its publication in 1924, and this inspite of its rather prejudiced vision of indigenous people. The novel has been published without interruption and has been adapted to television. Despite that, it has not been the object of a specialized critical study as a Latin American novel with an indigenous theme. This article assumes this critical study, starting with leaving the conventional category of Indianism -in which it would be possible to place the work given its apparent 19th century spirit-, with the plausible result of placing it in the category of a narrative about an experience in captivity.

Keywords: Lejos del Nido, Juan Jose Botero, Antioquian novel, narrative about captivity, Indianism.

Introducción

Entre las novelas producidas en Antioquia, una de las más populares ha sido Lejos del nido (1924) del rionegrero Juan José Botero (1840-1926). No solo ocurre que se la ha publicado con regularidad a lo largo de casi un siglo -sin considerar varias ediciones clandestinas, se cuentan al menos seis ediciones formales entre 1924 y 2009, una de ellas como libro de bolsillo y otra en el marco de la Colección Bicentenario de Antioquia-, sino que también se la adaptó como guion de una telenovela emitida entre 1978 y 1979.

La novela cuenta la historia de Filomena, hija de un matrimonio antioqueño acomodado, que es raptada por los indios Mateo Blandón y Romana Grisales. La niña, cuyo nombre es cambiado por el de Andrea, es llevada por sus captores desde la hacienda San Pablo, situada en el sur de Antioquia, hasta el sitio de “El Arenal”, no lejos del pueblo de El Retiro. A lo largo de unas dos décadas -el narrador apenas insinúa esa magnitud temporal-, Filomena soporta toda serie de maltratos y vejaciones, e incluso debe sortear la obligación de casarse con Isidoro Quirama, hijo de un compadre de Mateo y Romana, y cuyo talante bárbaro no agrada a la muchacha. Mientras dura el largo cautiverio, es socorrida material y moralmente por Luisa Villada, una mestiza que vive junto a “El Arenal”. La aventura tiene desenlace cuando Luisa recibe la ayuda de Luciano Ruiz, un joven hacendado de la región que se enamora de Filomena y quien, una vez se descubre que ella había sido robada por Mateo y Romana, la ayuda a completar su educación. Al final, la muchacha vuelve a San Pablo y se reencuentra con sus padres y hermanos.

Sin lugar a dudas, la característica más notoria de la novela es su visión prejuiciada del mundo indígena. Los personajes nativos, en su totalidad, son presentados como gentes crueles, violentas, malignas, toscas, haraganas, supersticiosas e ignorantes, en abierta oposición con los caracteres que se ofrecen para los blancos católicos y acomodados. La sesgada imagen de los nativos, transversal en la novela, ya se deja ver claramente cuando se proporciona la primera noticia sobre Mateo y Romana: “A estas llegaron a descansar cerca a la portada, dos indios que parecían marido y mujer; ambos de edad avanzada, de caras patibularias, socarrones como los de su raza” (Botero, 2009, p. 22). Wilson Orozco (2013), quien se ha interesado por entender las razones que han hecho tan popular la novela de Botero, cree que su éxito radica en ese planteamiento melodramático, maniqueo y prejuiciado, explícito y de fácil digestión: “Su toma de posición está definida y no tiene empacho en comunicarla: los blancos son buenos, puros, virtuosos. Los indígenas son malos, muy malos, y para colmo, feos” (p. 141).

Con todo y su popularidad, solo en los últimos años -desde que apareció, en 2009, como número inaugural de la Colección Bicentenario de Antioquia- Lejos del nido ha sido objeto de una atención especializada de críticos e investigadores literarios (Gómez Cardona, 2009; Ramírez Zuluaga, 2012; Orozco, 2013; Jaramillo Monsalve, 2014), a los que, en sentido estricto, apenas se anticipa un ensayo de Álvaro Pineda Botero (1999). Esos trabajos, que en buena parte presentan la trama de la novela y señalan algunas de sus características narratológicas y discursivas, se concentran sobre todo en examinar el dibujo contrastivo entre indios y blancos, llamar la atención sobre la mirada prejuiciada y la posición hegemónica del narrador e insinuar -nada más que insinuar- la vinculación de la novela con relatos escritos en Colombia en otras épocas, específicamente con los escritos coloniales que mostraron a un indio sometido al colonizador europeo. Pero ninguno de esos trabajos se ha arrogado la tarea de pensar la novela de Botero con arreglo a las categorías clasificatorias con que convencionalmente se ha pensado la novela latinoamericana de tema indígena, con la idea de situarla en un panorama literario continental al que, dada la intensidad de esa entraña temática, pertenecería Lejos del nido. A continuación se analiza la posibilidad de situar la novela en la corriente indianista y, tras descartarlo, se propone su acomodo en una tradición literaria igualmente consolidada: la literatura sobre el cautiverio.

Lejos del nido: ¿novela indianista?

Por su aparición en 1924, Lejos del nido fue contemporánea de La vorágine de José Eustasio Rivera. La coincidencia resultó fatal para la novela de Juan José Botero, toda vez que habría puesto en evidencia su espíritu anacrónico, lo que, muy probablemente, la desfavoreció como objeto del interés crítico de época. Al menos esa es la tesis de Fabio Gómez Cardona, quien sugiere que hay entre ambas obras un “abismo conceptual y artístico” (2009, p. 85). De acuerdo con este comentarista, mientras La vorágine inaugura la modernidad de las letras colombianas, Lejos del nido “da perfecta cuenta de los paradigmas estéticos y sociales que dominaron en el siglo xix”, y ello, sumado a los prejuicios sociales de que está preñada la novela antioqueña, habría llevado a que la crítica literaria no se ocupara de ella en su momento (p. 85). Por supuesto, no se trata apenas de que un espíritu de época se manifieste en la novela de Botero: objetivamente, ella fue escrita -al menos parcialmente- en el siglo xix, según deja colegir un anticipo publicado por la revista medellinense La Miscelánea en marzo de 1897 (Botero, 1897, pp. 161-165).

Los indicios con que Gómez Cardona lee el carácter decimonónico de Lejos del nido son, entre otros, su estética costumbrista, su interés por las “escenas idílicas”, la caricaturización de algunos personajes y la “demonización del indígena”, expresión de su “su descalificación como ser humano” (2009, p. 86). Similar es la impresión de Wilson Orozco (2013), quien, como se dijo, revisa la disposición maniquea de los valores sociales puestos en juego, el planteamiento melodramático y el sentimentalismo de la trama. Mientras tanto, Óscar Eliécer Jaramillo Monsalve (2014) sugiere que hay un tratamiento del paisaje acorde con las premisas románticas, además de que ve en la novela una mediación favorable a la dicotomía sociocultural civilización/barbarie; una dicotomía que, como bien se sabe, atraviesa el discurso narrativo del siglo xix en América Latina y tiene a Civilización y barbarie. Vida de Juan Facundo Quiroga (1845), de Domingo Faustino Sarmiento, como una de sus manifestaciones emblemáticas.

Con todo, la legítima clasificación de la novela de Juan José Botero como una obra de escritura, estética y espíritu decimonónicos entraña un problema. Se refiere este a lo que, una vez asumida esa etiqueta, correspondería a su carácter de novela latinoamericana de tema indígena. De acuerdo con la crítica especializada de ese subgénero, durante el siglo xix surgió y se desarrolló la corriente indianista, cuyos rasgos incluyen, según Tomás G. Escajadillo (1994), “idealización romántica del mundo indio”, falta de “proximidad” respecto del universo sociocultural recreado -referido en el siglo xix a fuentes casi que exclusivamente librescas- y ausencia de un “sentimiento de reivindicación social” frente a la cuestión indígena (p. 42). Concha Meléndez (1934) -stricto sensu, la pionera de los estudios sobre la novela de tema indígena en el subcontinente- tradujo el componente romántico del indianismo como un “predominio de la novela histórica”, estimulado por el hecho de que las independencias hispanoamericanas, al pretender -al menos retóricamente- negar la tradición hispánica, optaron por la reivindicación y reescritura de la tradición indígena (pp. 61 y ss.). La mejor prueba de ello es el inventario de novelas históricas establecido por Meléndez, que inicia con Netzula (1832), del mexicano José María Lafragua, y termina con Huincahual (1888) del chileno Alberto del Solar, y en el que se incluyen obras canónicas como Cumandá o un drama entre salvajes (1879), del ecuatoriano Juan León Mera, y Enriquillo (1882), de Manuel de Jesús Galván, dominicano; un inventario que agrupa veinticuatro títulos en total.3

Basta echar un vistazo panorámico a la caracterización del indianismo esbozada por Escajadillo y Meléndez para entender que Lejos del nido no se acomoda plenamente en ese cuadro. Los hechos que refiere no son históricos, o por lo menos no en el sentido de invocar el fastuoso pasado prehispánico que es factor común en las novelas del inventario de Meléndez (por lo demás, en el corpus de la narrativa colombiana decimonónica son rara avis las novelas que refieren el personaje indígena a la contemporaneidad del autor: quizá solo se plieguen a ello algunas obras de Eugenio Díaz Castro, especialmente María Ticince o los pescadores del Funza [1860]). Por otro lado, los personajes indios en Lejos del nido distan de aparecer idealizados, o, para apelar una vez más al criterio particular de Meléndez, no están “presentados con simpatía” (1934, p. 9). En la novela de Botero es explícito el estatus de degradación moral, social y económica que corresponde al indígena, al cual, también explícitamente, se lo sitúa en el escenario socialmente heterogéneo y rural del siglo xix, sin que nada en los elementos que pertenecen a ese universo étnico remita a esplendores de otros siglos. En síntesis: indudablemente decimonónica, Lejos del nido no se antoja como una novela propiamente indianista; de hecho, la imagen adversa que se ofrece del nativo sugeriría incluso lo contrario; así se colige por lo menos de una nueva reflexión de Meléndez, quien reconoce como “literatura antiindianista” aquella en que se promueve la imagen de “indios holgazanes, crueles y abyectos” (p. 10).

¿Significa lo anterior que Lejos del nido, además de ser una novela estéticamente anacrónica para la fecha de su publicación, es incluso una novela de tema y perspectiva singulares para la época de su -digámoslo así- concepción? Sin duda no. Pero para entenderlo mejor es necesario considerar un aspecto que no solo no ha sido tenido en cuenta por la crítica que se ha interesado por la novela de Botero -o apenas tangencialmente-, sino que, en general, escasamente ha sido incluido en los estudios especializados sobre la novela de tema indígena en Latinoamérica: el motivo del cautiverio, tradicional en las letras del continente, e incluso del mundo.4

El motivo del cautiverio en la literatura latinoamericana

Desde la Conquista, la escritura en América ha incorporado un motivo que, inspirado en las vicisitudes propias del contacto histórico entre indios y blancos, acabó por encarnar en diversos géneros literarios, desde la leyenda oral hasta la novela, pasando por la relación histórica, el cuento, la poesía y el montaje teatral. Se trata del motivo del cautiverio, que provisionalmente podríamos entender como la retención, por la fuerza, de un hombre o mujer blancos entre gente india. Ya en las primeras décadas del siglo xvi se conocieron hechos de cautiverio que más temprano o más tarde fueron relatados por mano propia o ajena en diversos documentos de época, y que en los siglos venideros acabaron siendo reescritos en formato literario. Por ejemplo, Jerónimo de Aguilar y Gonzalo Guerrero fueron apresados por los nativos de Yucatán en 1511, después de que naufragara el barco en el que viajaban entre el Darién y Cuba. Hacia 1527, una mujer española que a la sazón acompañaba a la hueste de Sebastián Caboto, Lucía Miranda, habría sido raptada por los timbúes del río Carcarañá -afluente del Paraná- y quemada viva junto con su marido español por orden de Siripo, un cacique belicoso, ciego de pasión por la prisionera y obnubilado por el despecho a que lo llevó la fidelidad de Lucía a su esposo. Por los mismos años, Álvar Núñez Cabeza de Vaca logró sobrevivir al naufragio de la expedición de Pánfilo de Narváez frente a las costas de La Florida, pero a cambio de ser cautivo de varias naciones indias durante los años que siguieron. Estas aventuras, referidas en los documentos históricos de Conquista y Colonia, afloraron en el seno de varias obras literarias escritas después de las independencias latinoamericanas, e incluso recientemente. Es el caso de “Las dos orillas” (1993), el cuento de Carlos Fuentes que recrea la estadía de Aguilar y Guerrero en Yucatán. Por su parte la leyenda de Lucía Miranda inspiró dos novelas homónimas en 1860, Lucía Miranda, una escrita por la argentina Eduarda Mansilla y otra por su compatriota Rosa Guerra; un gesto que, en el mismo país, emularon más tarde Alejandro Cánepa -autor de Lucía de Miranda o la conquista trágica (1918)- y Hugo Wast -autor de Lucía Miranda (1929)-. En cuanto a la aventura de Cabeza de Vaca, esta fue el tema de una de las novelas históricas del también argentino Abel Posse, El largo atardecer del caminante (1992). Por supuesto, lo anterior no es más que un inventario bastante parcial: no tiene en cuenta, por ejemplo, historias de cautiverio como la de Francisco Núñez de Pineda y Bascuñán, el militar criollo que fue capturado por los mapuches en 1629, posteriormente autor de la crónica Cautiverio feliz (1673), ni se consideran otras anécdotas que inspiraron piezas literarias tardías como La cautiva (1837) de Esteban Echeverría y La vuelta de Martín Fierro (1879) de José Hernández. Basta considerar las leyendas medievales y renacentistas de europeos prisioneros de los moros, y las versiones griegas antiguas del rapto de Helena por Paris para tener una idea más completa de la antigüedad y difusión del motivo del cautiverio en la literatura universal.

Con todo, en el contexto americano al motivo del cautiverio corresponde una significación especial: la de representar, alegóricamente, una oportunidad de comunión interétnica entre indios y blancos. De acuerdo con Stefanie Massmann (2011), “las narraciones de cautiverios pueden considerarse, en términos generales, lugares de enunciación especialmente aptos para el encuentro cultural” (p. 161). Por supuesto, puede suceder que esa expectativa resulte frustrada, pues, como advierte la misma autora, en buena parte de los relatos de cautivos acaba reafirmándose la identidad del prisionero blanco, con la forzosa consecuencia de que las diferencias étnicas y culturales se reafirmen (p. 162). Así, más que representar la “oportunidad” del encuentro, el motivo representaría las modalidades de resolución de un encuentro en el que, a fin de cuentas, la violencia está siempre presente y la asimetría entre las entidades en contacto es por completo insoslayable. Esa es la perspectiva adoptada por Macarena Sánchez Pérez, para quien el cautiverio literario está conformado por una tensión entre violencia, transgresión, integración y mestizaje; es decir, todo lo que podría esperarse de una puesta en escena en que “el Otro” se encuentra “conviviendo y sobreviviendo con la alteridad” (2011, p. 217). Este punto de vista supone una complejidad de base: el cautivo, para sobrevivir, tanto podría asimilar la cultura ajena como, por transculturación, insuflar en ella elementos nuevos; y tanto podría consumar la oportunidad de la integración -por cualquiera de esas dos vías- como ser refractario a ella. Esto último es lo que sucede, por ejemplo, en el caso de Lucía Miranda: su muerte trágica a manos de Siripo expresa la negación del mestizaje; proyecto que se consideraba inviable en la Argentina del siglo xix en que fue actualizada la leyenda en las novelas de Mansilla y Guerra y en que, sobre todo, se libró la etnofóbica Conquista del Desierto por disposición del presidente Julio A. Roca.

La invocación de la leyenda de Lucía Miranda y sus realizaciones literarias nos permitirá precisar, aún más, el motivo del cautiverio que nos interesa en este artículo. De acuerdo con una revisión efectuada por Mariela Insúa (2011) de las diversas versiones de esa leyenda reescritas en distintos géneros literarios entre los siglos xvii y xx por parte de escritores de América y Europa, es factible pensar que el caso de Miranda sea el más popular entre los que han encarnado el motivo. De modo que, como representación literaria, tendría más interés el que se trate de una cautiva y no de un cautivo. Insúa señala sin ambages que “el motivo básico que sustenta el relato” está compuesto por dos grupos humanos enfrentados, “que se consideran diferentes”, y que en el centro de su pugna han puesto un “objeto preciado”: una mujer (2011, p. 147). En seguida, la autora relaciona la presencia de la mujer con la disputa de un territorio, lo cual no hace otra cosa que recalcar el carácter de bien económico que reviste la cautiva. La teoría antropológica respalda esa reflexión: Claude Lévi-Strauss (1991), en Las estructuras elementales del parentesco, establece que los grupos humanos, puestos en la coyuntura de confrontarse con aquellos que perciben como diferentes, se ven ante la alternativa de hacer la guerra o establecer relaciones de reciprocidad. El modo de optar por lo segundo se expresa en el intercambio de dones, el más preciado de los cuales son las mujeres, consideradas una moneda social para la teoría estructuralista. Escribe el antropólogo francés:

[…] existe una transición continua de la guerra a los intercambios y de los intercambios a los intermatrimonios, y el intercambio de las novias no es más que el término de un proceso ininterrumpido de donaciones recíprocas que realizan el pasaje de la hostilidad a la alianza, de la angustia a la confianza, del miedo a la amistad (p. 108).

Esa perspectiva antropológica hace más concreta la idea de la oportunidad del encuentro cultural. El cautiverio no culminado o no consumado sería aquel en que el principio de reciprocidad no es implementado o es obturado; en términos étnicos, es aquel que no conduce al mestizaje por la vía de la alianza matrimonial. Por lo demás, esta lógica pone en tela de juicio la dicotomía conceptual planteada por algunos autores (Barraza Toledo, 2011; Rodríguez, 2011) para distinguir el cautiverio de la mujer blanca entre indios -el cautiverio propiamente dicho- y el que pone a la india entre blancos, este etiquetado particularmente como esclavitud. Bien se ve que estructuralmente se trata de una misma situación en clave de inversión, una de cuyas modalidades -la llamada esclavitud- consuma el cautiverio como eje de la articulación étnica y cultural, pues hace de la india capturada la esposa efectiva o figurada del blanco y, por ende, la madre de una nueva generación mestiza. Ocurre simplemente que, como señala Vania Barraza Toledo (2011), lo que se hizo tradicional en la literatura latinoamericana fue, sobre todo, la imagen invertida: la figura de “la mujer blanca raptada por los indígenas” (p. 30). Más adelante volveremos sobre esto.

En el planteamiento argumental de Lejos del nido -una novela de cautiverio no consumado- se destacan otros rasgos del motivo, según ha dejado ver la crítica especializada. Stefanie Massmann (2011), al considerar que la situación propicia para el encuentro podría no aprovecharse a causa de que la diferencia cultural fuera subrayada antes que atenuada, reflexiona que ello estaría relacionado con una suerte de componente “hagiográfico” en la actitud y actos de la cautiva. Dicho de otro modo: los cautiverios literarios no consumados suelen adoptar la lógica del “relato hagiográfico”, en el cual la heroína pone su virtud por encima de cualquier otra consideración, esto es, la prefiere contra la posibilidad de dar vía libre a un proceso de mestizaje; en palabras de Massmann, “el rechazo está relacionado con la necesidad de presentarse a sí mismo como un sujeto virtuoso que no ha traicionado su pertenencia cultural”, y agrega: “El hito de la lucha contra el demonio es el modo más directo en que [se] utiliza el relato hagiográfico para los fines recién mencionados” (pp. 164-165). Es allí, en el énfasis puesto en la identidad de la cautiva, donde se niega la puesta en marcha del mecanismo de la reciprocidad social. Y no se trata solo de una afirmación moral: la prisionera también suele caracterizarse física y materialmente por unos rasgos que encarnan esa excelsitud espiritual; rasgos que, de acuerdo con una sugestión de Vania Barraza Toledo (2011), suelen implicar que la rehén, al momento del rapto, se muestre ausente, con la mirada perdida en el vacío o desmayada, leve, casi inmaterial en un sentido corpóreo, vestida con precariedad (p. 28). Mientras tanto, el indio raptor es rudo, violento y -para retomar a Massmann- demoníaco; ni más ni menos como el Siripo de la leyenda del Paraná, quien condena a su frustrada amante a morir entre las llamas. Desde ya logra adivinarse la justeza con que este orden de cosas se corresponde con la novela de Juan José Botero.

La cautiva de “El Arenal”

En Lejos del nido, la sola procedencia de los protagonistas de la situación del cautiverio establece a las claras que se trata de una oposición entre una experiencia hagiográfica y una condición austera que, por significar una prueba a esa virtud, la hace posible. El narrador pone en contraste, en una misma construcción gramatical, dos lugares cuyos topónimos expresan figuradamente esos valores: “[…] un paraje llamado ‘El Arenal’, donde [los indígenas] construyeron su vivienda o mejor, la miserable choza que le acababan de dar a… Andrea (será llamarla así) por morada, en cambio de la hermosa y cómoda casa de ‘San Pablo’” (Botero, 2009, p. 29; el énfasis es nuestro). En la misma ruta semántica, los protagonistas se disponen del lado de lo demoníaco y de lo virtuoso según su condición étnica: “Los indios con su aspecto diabólico, eran iluminados por la luz de los relámpagos, formando un notable contraste, con sus caras de réprobos, con la dulce y angelical de una niña que en brazos llevaban” (p. 25). Por lo demás, se trata de un juego de asociaciones que, lejos de encarnar en una frase casual, atraviesa todo el relato: se repite “hasta el cansancio”, según uno de los críticos de la novela (Orozco, 2013, p. 139).

Antes, el episodio mismo de la captura ya había reproducido, con sugestiva minuciosidad, el cuadro general de rasgos anunciados por Barraza Toledo: la niña, de muy corta edad, se pliega a la escasa corporalidad que se espera en la heroína raptada; se sume en la ausencia, toda vez que “su lloro y gritos de espanto” no son oídos (Botero, 2009, p. 22); acaba “desvanecida con el sereno de la noche” (p. 25), y al llegar a “El Arenal” su vestido le es arrancado a cambio de una “tosca vestidura” (p. 28). Así pues, la escenografía se ajusta a la que corresponde al tradicional cuadro literario de la mujer blanca raptada por bárbaros. Marcada así, de una manera que insinúe su alta espiritualidad -a la niña la define lo etéreo antes que la materialidad-, la larga duración del cautiverio afirmará esa condición hasta convertirla en un atributo moral: Filomena, por obra de una virtud católica que le es innata y que no se mella en el rudo trato cotidiano con Mateo y Romana, triunfa en la prueba y tiene como recompensa su restitución, sin mácula, a la sociedad católica de los hacendados blancos. Pero la reafirmación de la identidad de la cautiva, antes que expresarse con motivo de ese regreso al seno familiar, tiene lugar cuando ella se presenta ante Luciano como aquella que, por mantenerse casta a pesar de los riesgos en que la puso su infortunio, es digna de él, esto es, del hombre blanco y rico de su misma condición que confió en ella al punto de prometerle su corazón. A su vez, esto solo puede ocurrir cuando Filomena se sabe no india, una conciencia que el narrador define como revelación (pp. 213-214).

La no consumación étnica del cautiverio se lee tanto en el retorno a la sociedad patriarcal de una Filomena intocada como en la frustración de su matrimonio con el indio Isidoro Quirama. El rechazo de este pretendiente indeseado, que por obra de la fragilidad de Filomena no puede cumplirse objetivamente en la trama, es efectuado por el discurso novelesco de dos maneras. Una es la caracterización en oposición de la cautiva y el indio que la pretende, quien es identificado con un “arrastrado lagarto que quería chapotear y enturbiar el agua de aquella quebradita, desprendida de tan clara y limpia fuente” (Botero, 2009, p. 101). La otra manera es la disposición de la trama, por obra de la cual un piquete militar se presenta en el atrio de la iglesia poco antes de que inicie la ceremonia nupcial, de lo cual resulta el reclutamiento forzado de Isidoro. Es especialmente significativo que ocurra de esa manera: las fuerzas oficiales, brazo armado de la sociedad mayoritaria de la cual fue arrancada Filomena, son las que se encargan de impedir la circulación interétnica de una de sus mujeres, imposibilitando de esta manera la puesta en marcha de un mecanismo de reciprocidad que habría de conducir a un tipo de mestizaje indeseado.

De todos modos, logra percibirse cierta traza de reciprocidad en las relaciones entre blancos e indios en Lejos del nido. Lo paradójico es que -contra la prédica levistraussiana- se trata de un tipo de reciprocidad que niega la posibilidad de la alianza social. Precisamente es allí donde, de modo tangencial, algunos estudiosos de la obra habían intuido su carácter de novela del cautiverio. En su ya referido trabajo, Wilson Orozco (2013) establece que en el robo de Filomena se efectúa una “venganza de clase” que justificaría el trato cruel que Mateo y Romana dan a la niña, de otra manera inexplicable (p. 145). Según Orozco, la novela expresaría así una mala conciencia por “todas las injusticias y malos tratos que históricamente los indígenas han recibido por parte de los blancos” (p. 145). Esa idea gana en definición en el estudio publicado poco después por Óscar Eliécer Jaramillo Monsalve (2014), quien vincula la novela con las relaciones de Conquista en que el indio aparece “cazado” por el blanco; una situación que, según él, se materializa literariamente en la infancia de Mateo Blandón, de quien logra saberse que “Aprendió a deletrear de chiripa, habiendo entrado de niño a servir en la casa de un sacerdote, quien a fuerza de coscorrones y de rejo en rejo le hizo conocer la lectura” (p. 38). La venganza de clase mencionada por Orozco no podría, pues, ser otra que la del cautivo maltratado que se convierte en cautivador cruel. Resulta interesante descubrir que la crítica especializada sobre el cautiverio literario ya había previsto ese orden de cosas: Vania Barraza Toledo (2011) tiene para sí que el cautiverio de la mujer blanca entre los indios “convertirá a la española en esclava de su propia criada” (p. 31). De todos modos, salta a la vista que, tal como se da en Lejos del nido, el intercambio de afrentas obtura de modo radical la oportunidad del mestizaje que está en ciernes: porque mientras la cautividad de Filomena no se consuma gracias a la desaparición de Isidoro y el retorno de la mujer a su grupo, la cautividad de Mateo, puesto en manos de otro hombre, no posee ninguna potencia reproductiva. Hay, pues, una doble negación del encuentro o alianza sociocultural en la novela de Juan José Botero.

Vale la pena ampliar el zoom y considerar el lugar que ocupa Lejos del nido en el grupo conformado por las diversas resoluciones del cautiverio en la literatura latinoamericana. Si se entiende que, de base, se trata de una situación estructural en que varios elementos fijos permutan sus valores y posibilidades de relación, habrá que reconocer que el mismo tema o motivo puede expresarse en varios modelos, o bien asumir que cada uno de esos modelos es un motivo en sí mismo. La situación del cautiverio que hemos venido considerando implica, en esencia, tres elementos: un cautivador, una cautiva y la cualidad de su relación, la cual podría ser de rechazo o de aceptación de la oportunidad del encuentro cultural.

Ha podido verse que las obras basadas en la leyenda de Lucía Miranda, así como Lejos del nido, plantean una relación de hostilidad entre un cautivador cruel y una cautiva cuya pretensión moral la hacen refractaria al mestizaje. El mismo trauma, pero con intercambio de las posiciones de cautivador y cautiva, es perceptible en Raza de bronce (1919) del boliviano Alcides Arguedas: allí, Pablo Pantoja y sus amigos blancos capturan a Wata Wara y la violan, de lo que resultan la muerte de la india y la del feto que llevaba en el vientre. Mientras tanto, las numerosas obras que reescriben la historia de la Malinche -un tanto al azar, podrían mencionarse las novelas Malintzin, la princesa regalada (1999) de la colombiana Flor Romero y Malinche (2006) de la mexicana Laura Esquivel- distinguen un cautivador blanco, una cautiva india y una mediación cultural favorable a la integración étnica. Parece ser más problemático el modelo del cautivador indio, la cautiva blanca y el mestizaje favorable; en teoría, está en la base de la historia contada en Tabaré (1888), la novela en verso del uruguayo Juan Zorrilla de San Martín, toda vez que el héroe, de piel cobriza y ojos azules, es hijo de una mujer española raptada por un cacique charrúa; pero esta mujer muere a causa de los malos tratos que recibe de los nativos, de la misma manera que sucede con la mujer conocida por Martín Fierro en La vuelta de Martín Fierro (1879) de José Hernández, mujer que, pese a que había procreado un hijo con un indio de la pampa, muere junto con su vástago por la cruel decisión de su cautivador. Es decir que, aunque se representa la integración étnica en la reproducción efectiva, la satisfacción del encuentro cultural acaba siendo negada por otra vía.5 Cuando el cautivo es un hombre, la explícita bondad del cautiverio -como en Cautiverio feliz (1673) de Pineda y Bascuñán- o la articulación funcional del cautivo -como en Naufragios (1542) de Cabeza de Vaca y las obras que le son subsidiarias- se ven atenuadas por el carácter no reproductivo de la experiencia.

A modo de conclusión

Podría objetarse que nuestro análisis se esfuerza, innecesariamente, en argumentar una interpretación cuyo sentido ya es suficientemente explícito en Lejos del nido: que la alegoría del encuentro étnico se traduce en frustración, toda vez que el indio -inmoral, haragán y cruel- debe ser excluido de una sociedad forjada según los valores patriarcales de los blancos. Incluso si fuera necesario formular ese balance, de eso ya se habrían ocupado los estudios previos sobre la novela; por lo menos Fabio Gómez Cardona (2009) es suficientemente claro cuando apunta que

[…] este relato se deja leer como una especie de metáfora y propuesta de la configuración de la nación, en donde los valores privilegiados son los de la raza blanca, la religión católica y la cultura hispánica, negando de paso y menospreciando los posibles valores que pudieran provenir del aporte de comunidades indígenas (p. 86).

Lo que no había sido considerado aún es que el discurso novelístico se sirve del tradicional motivo del cautiverio para darle forma a la alegoría segregacionista. Y mucho menos obvio es el hecho de que, por encarnar una modalidad de ese motivo, Lejos del nido aparece como un elemento de un conjunto conformado por otras novelas y relatos latinoamericanos en los que, por circunstancias narrativas e históricas que aquí no podemos considerar -o al menos no más allá de lo que ya lo hemos hecho-, los componentes del motivo han permutado sus valores y posición para expresar otros sentidos sociales. Finalmente, una conclusión alcanza el ámbito de la crítica de la novela latinoamericana de tema indígena, cuyas periodizaciones y clasificaciones estilísticas proponen el indianismo romántico, virtualmente, como la estética exclusiva del siglo xix. Sería necesario considerar que la narrativa del cautiverio, solo parcialmente adscrita a los tópicos indianistas, representaría una alternativa como tradición literaria en la cual, también con apreciable recurrencia, ha sido engastada la cuestión indígena.

Referencias bibliográficas

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Notas

1 Artículo derivado de la investigación “La novela de tema indígena en Antioquia: caracterización y proceso histórico”, financiada por el CODI de la Vicerrectoría de Investigación de la Universidad de Antioquia en la Convocatoria Ciencias Sociales, Humanidades y Artes 2016 (código del proyecto: 2016-12871). 94. Grupo de Investigación y Gestión sobre Patrimonio, Departamento de Antropología, Facultad de Ciencias Sociales y Humanas, Universidad de Antioquia, Calle 70 # 52-21, Medellín, Colombia.
2 Cómo citar este artículo: Orrego Arismendi, J. C. (2018). Lejos del nido de Juan José Botero: novela latinoamericana sobre el cautiverio. Estudios de Literatura Colombiana 43, pp. 13-27. DOI: 10.17533/udea.elc.n43a01
3 Debe aclararse que la última novela del inventario indianista, Aves sin nido (1889) de la peruana Clorinda Matto de Turner, no es una novela histórica; sin embargo, hasta donde conocemos, es la única que no reviste ese carácter. Debe advertirse que Meléndez no considera la novela anónima Jicoténcal (1826), cuya consolidación como objeto de la crítica literaria es un fenómeno relativamente reciente (de hecho, todavía hoy vacila la atribución de la autoría entre los escritores cubanos José María Heredia y Félix Varela).
4 Una vez más, es necesario acreditar el trabajo ya referido de Concha Meléndez (1934), cuyo capítulo VI se ocupa en revisar las diversas reescrituras de la leyenda de Lucía Miranda, la mujer española raptada por los timbúes del Paraná en el siglo xvi, y quien habría sido inmolada, junto con su marido Sebastián Hurtado, por orden del cacique Siripo. Pero Meléndez, además de subrayar el sesgo antiindianista de los personajes nativos, no va más allá de reseñar cuatro novelas inspiradas en esa historia, sin considerar la presencia del motivo general del cautiverio —su estructura básica— en otras obras del subgénero; esto, por fuerza, significa que no toma en cuenta lo que, en el plano étnico, se juega en esa representación.
5 Es interesante comprobar que la misma ambigüedad subyace en el que, quizá, es uno de los pocos antecedentes colombianos —si no el único— del tipo de cautiverio presente en Lejos del nido: el relato “Un asilo en la Goajira” (1879) de Priscilla Herrera de Núñez. Allí, una mujer blanca abandona, junto con sus hijos, la ciudad de Riohacha, asolada por el incendio en que paró la contienda civil de agosto de 1867. Los indios de la península, amigos de su marido extinto, la convidan a refugiarse en sus rancherías. En sentido estricto no se trata de un cautiverio, pero es claro que, en términos estructurales, subyace ese sentido: al fin y al cabo, los nativos son quienes tienen la iniciativa de buscar a la viuda y llevarla a su comarca (Herrera de Núñez, 1935, p. 123). Pero mientras que es exitosa la integración cultural —la viuda aprende la lengua nativa, el hijo menor se habitúa a los usos cotidianos de la llanura y la hija mayor enseña preceptos católicos a los niños indios—, la integración social fracasa: María, la hija núbil de la blanca exiliada, se niega a tomar estado con los hombres guajiros y, a la postre, regresa a la sociedad blanca para casarse con un joven comerciante venezolano.
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