Artículos

“Literatura santandereana”. Visibilidad, concepciones y evocaciones***

“Santanderean literature”. Visibility, Conceptions and Evocations

Luis Rubén Pérez Pinzón
Universidad Autónoma de Bucaramanga, Colombia

“Literatura santandereana”. Visibilidad, concepciones y evocaciones***

Estudios de literatura colombiana, núm. 43, pp. 137-154, 2018

Universidad de Antioquia

Recepción: 03 Febrero 2018

Aprobación: 16 Mayo 2018

Resumen: La creación literaria en la región de Santander se caracteriza por las posiciones y argumentos entre los promotores y opositores de una “literatura santandereana”. Siguiendo los postulados de Schmidt-Welle sobre la literatura regional, el análisis de contenido a las entrevistas realizadas con creadores y promotores literarios, así como la revisión y crítica de fuentes documentales a los inventarios literarios de Santander, en este artículo se caracteriza la visibilidad que han tenido los escritores santandereanos, los determinismos regionales que han fomentado la “literatura santandereana” inspirada en los autores del siglo xx, así como una dinámica evocación internacionalista del ser y el paisaje santandereanos.

Palabras claves: literatura, regionalismo, literatura santandereana, santandereanidad.

Abstract: The literary creation in the region of Santander is characterized by the positions and arguments between the promoters and opponents of a “santanderean literature”. Following Schmidt-Welle's postulates on regional literature, the content analysis of interviews with creators and literary promoters, as well as the review and critique of documentary sources of Santander's literary inventories, the article characterizes the visibility that the santanderean writers have had, the regional determinisms that have fostered the “santanderean literature” inspired by the authors of the 20th century, as well as a dynamic internationalist evocation of the santanderean people and landscape.

Keywords: literature, regionalism, santanderean literature, santandereanity.

Introducción

El periódico El Tiempo publicó el 23 de julio de 2005 la columna de opinión titulada “Literatura en Santander”, en la que se planteó que “La literatura santandereana no existe, lo que existe es una literatura escrita por escritores santandereanos o escrita en Santander, que es otra cosa muy distinta”. Esa columna fue compilada como parte de los “textos al margen” de Antonio Acevedo en el libro La pasión de escribir (Artículos, ensayos y entrevistas), publicado en 2011, constituyéndose en uno de los referentes más recurrentes de la última década para explicar las causas de los problemas de creación y divulgación literaria en el territorio creado e imaginado desde 1857 en honor al general libertador Francisco de Paula Santander.

La postura crítica de Acevedo (2011) evidenciaba su insistencia en las deficiencias y riesgos de la “marginal” creación literaria de Santander como son: (1) la falta de una tradición literaria al no reconocerse su impacto en el contexto del desarrollo regional ni existir una evaluación crítica de los textos publicados; y consigo, (2) la falta de visibilidad en el panorama nacional e internacional que no permite legitimar e inscribir las letras de Santander como parte de una tradición literaria, respaldada con la producción y divulgación editorial de la academia, las instituciones y la crítica especializada.

Si bien los factores de atraso y desconocimiento de la literatura como de los literatos santandereanos de las últimas décadas no le permiten desconocer los aportes de las generaciones de literatos y editoriales que emergieron hace un siglo en Santander, la principal frustración de Acevedo y la generación que representa se resume en que “los escritores no son reconocidos en la mayoría de los casos ni en su propia tierra, y muchos menos a veces, en su propio país” (2005, párr. 5).

Ese malestar en cuanto a la visibilidad, las concepciones y evocaciones de lo que debería ser la literatura creada y editada desde Santander, reafirman los postulados de Friedhelm Schmidt-Welle (2012) sobre las literaturas regionales que caracterizan y se promueven en América Latina. Como se demuestra en los siguientes apartados, la literatura santandereana es la literatura “tradicional” que se produce en una región geográfica y sociopolítica específica, exaltando los rasgos culturales que evocan el campo y la ciudad desde temas patrilocalistas o memorias locales. Así mismo, es una literatura cuyos autores y editores pretenden insertarse en los movimientos literarios nacionales o “universales” desde los relatos realistas y las narraciones históricas, reafirmándose así “la heterogeneidad e hibridación cultural” que caracterizan las provincias y naciones “marginales” desde el período colonial europeo (Schmidt-Welle, 2012, p. 117).

A diferencia de los creadores literarios de inicios del siglo xxi, quienes conciben una literatura universal con temas y problemas personales que esperan sea reconocida, consumida y universalizada por comunidades lectoras distantes y disímiles, los literatos de inicios del siglo xx establecieron los pilares de una “literatura santandereana” que fue concebida, financiada, editada y consumida entre los santandereanos (Pérez, 2017, p. 143). Una literatura acerca de los temas, problemas y estereotipos geográficos, humanos y culturales que caracterizaban a los provincianos que habían sido reagrupados desde 1910 como el Departamento de Santander, después de ser fracturada la identidad imaginada durante medio siglo con la secesión del Norte de Santander (Pérez, 2016, p. 29).

Considerando esas disparidades entre lo que fue y lo que se pretende que sea la literatura en Santander, a continuación se presentan los argumentos considerados por algunos creadores literarios sobre la visibilidad y limitaciones de una “literatura santandereana” (primer apartado); las concepciones de una literatura regional promovida por los críticos literarios, escritores y gestores culturales del siglo xxi al remontarse a la producción literaria y editorial de la primera mitad del siglo xx (segundo apartado), y finalmente, las evocaciones de los autores y obras que se consideran piezas fundantes de la literatura santandereana hasta el presente.

La metodología empleada corresponde a un estudio de enfoque cualitativo, a partir de las técnicas de análisis de contenido de las entrevistas realizadas durante la Feria Ulibro 2017 y el contraste de fuentes documentales empleadas por el Semillero de Investigación en Literatura del Estado Nación y el Conflicto Interno (Silencio) de la Unab en asocio con el Semillero en Turismo Alternativo (tas) y el Semillero en Patrimonio Cultural de la Universidad Industrial de Santander (uis).

Visibilidad literaria

La visión crítica de la generación contemporánea de escritores nacidos en Santander que se niegan a ser limitados y determinados por la condición de literatos santandereanos al primar la condición universal del ser y el hacer de la literatura, fue analizada durante la realización de la XV Feria del Libro de Bucaramanga (Ulibro). Para tal fin, se entrevistó una muestra de veinte escritores, editores, libreros, docentes y gestores culturales dispuestos a expresar su opinión sobre el debate, después de participar como autores invitados o moderadores literarios durante la feria.

Para los creadores y gestores culturales oriundos de regiones diferentes a Santander, el fomento de una “literatura santandereana” ha sido simplemente una estrategia editorial regionalista, que a la par de rótulos nacionalistas como la “literatura colombiana”, evidencian el “engaño mediático” al que son sometidas las nuevas generaciones de autores y de lectores (Valderrama, 2017). Han sido los críticos, o quienes pretenden ser criticados, quienes se han preocupado por promover clasificaciones regionalistas. Y si bien existen elementos que permiten configurar una región desde las visiones de mundo o el conjunto de valores y concepciones culturales de sus habitantes, universalizados por sus escritores, la mayoría de los creadores literarios no escriben buscando que los clasifiquen santandereanos o nortesantandereanos (Camargo, 2017).

La literatura es para ellos una creación por sí misma de carácter universal, no puede caer en regionalismos o chovinismos territoriales ni mucho menos en estereotipos alimentados por el hecho de que algunas obras centren su atención en temas, problemas o condiciones subjetivas del ser santandereano. No se debe olvidar que los autores y obras que dan sentido a una supuesta literatura santandereana durante la primera mitad del siglo xx fueron concebidas, escritas y en el mejor de los casos publicadas fuera de Santander por escritores como Pedro Gómez Valderrama, Jesús Zarate Moreno o Tomás Vargas Osorio, quienes se desempeñaron como representantes políticos o diplomáticos. Sus obras más representativas, según Blanco (2017), “no se escribieron en Santander, tratan de temas santandereanos. Ellos nacieron en esta región, pero eran escritores que vivían en el centro del sistema político colombiano en Bogotá o escribían en el extranjero”.

Los autores que nacen en una región geográfica están condicionados a ser, recordar y pensar en función de las prácticas, tradiciones e imaginarios culturales en los que crecieron, y esas características comunes permiten sugerir similitudes culturales, mas no una unidad temática, discursiva o propositiva en pro de esa misma región (Romero, 2017). Para las actuales generaciones de escritores nacidos en un lugar específico, pero que se nutren de los lugares elegidos para crear lenguajes, temáticas y estilos universales, “sería demasiado simple pensar que varios autores nacidos en un mismo suelo, por el hecho de venir de ese mismo suelo, tienen algo en común” (García, 2017). Antes que escritores santandereanos o colombianos, se conciben como escritores que piensan mucho y publican textos con mucho sentido y compromiso al tener una perspectiva universal tanto del mundo como del país.

La primera generación de escritores comprometidos con narrar y embellecer las características del Santander escindido no fue imitada ni continuada por los escritores de la segunda mitad del siglo xx animados por causas políticas y filosóficas. Así mismo, los escritores de la primera mitad del siglo xxi han buscado hacerse conocer con su propia voz al constituirse en jóvenes figuras y promesas de la “literatura universal”, dedicados a develar la “complejidad de la condición humana” entre los seres de una aldea local que es comprendida y aceptada por los lectores de la aldea global. De una “aldea que llega a todos los lados” (Pantoja, 2017). Una de esas voces manifestó con convicción: “No creo que haya una literatura amarrada a un lugar, creo que un autor no necesariamente dirige su obra al narrar un territorio y no creo que exista necesariamente una categoría que pueda encasillar la literatura de ningún lugar” (Rey, 2017).

La literatura es en sí misma universal porque logra traspasar fronteras al anteponerse el imaginario de un ser humano absoluto e integral al imaginario de fronteras territoriales, las cuales limitan a los connacionales a ser y verse representados como lo que creen o aparentan que son. Las fronteras ficticias que se asignan a campos universales, como es el caso de la literatura, la limitan al reducirse a ser solo “santandereana”; así mismo, se legitiman y perpetúan prácticas endogámicas nacionalistas que reafirman estereotipos, determinismos y convicciones sectarias o excluyentes que discriminan a las demás manifestaciones por expresarse o concebirse de forma directa. De allí que “en la medida en que el escritor abra esas fronteras, se deslimite y sienta que únicamente hay seres humanos viviendo en un contexto, y tratando de sobrevivir en ese contexto, hay un gran logro” (Pantoja, 2017).

Nacer en una región es un accidente. Reproducir o fantasear lo que se rememora de esa región es posible en cualquier otra región del mundo, lo literariamente importante es narrar cómo los seres humanos coexisten y se transforman en esos entornos como parte de un todo con el cual se identifican humanos de culturas y lugares disímiles (Pantoja, 2017). Las creaciones evocan el pasado cultural del creador, pero no son fiel reflejo de la cultura regional en las que se insertan al ser vivenciada y cuestionada desde tiempos, espacios y circunstancias que diferencian a cada creador de los demás. Así, cada “alma santandereana” (Mejía, 2017) se manifiesta y narra de maneras muy particulares los lugares, tradiciones y problemas que son comunes en la memoria colectiva de cada generación de ciudadanos, especialmente entre aquellos que deciden perpetuar las contradicciones de su cotidianidad tanto desde la crónica como desde la ficción, desde los que les gusta o desde lo que les molesta y duele.

Las nuevas generaciones de escritores se identifican con la generación de Acevedo al considerar que “el lugar donde naces no marca una ruta literaria ni una puesta narrativa” (Rey, 2017). Tensión a la cual se suman otros factores de diferenciación entre el ser nacional y el ser creativo si se considera que un escritor pudo nacer en un lugar específico, pero no creció físicamente ni se creó artísticamente en ese mismo lugar (Murillo, 2017). Limitar la existencia a una microterritorialidad narrativa condiciona a los ciudadanos a seguir limitados por el provincialismo colonialista, al desconocimiento de la unidad nacional y la coexistencia global. Asimismo, se desconocen los esfuerzos de creación e identificación de una literatura que articula las regiones y provincias vecinas al estar interconectadas por múltiples relaciones socioculturales y político-económicas que han hecho factible pensar en la “literatura del Gran Santander” (García, 2017).

Los creadores literarios no logran leer durante su vida toda la literatura universal ni mucho menos pueden hacer alarde de conocer la totalidad de literaturas regionales cercanas a la santandereana como son la antioqueña, boyacense, llanera o caribeña. Con lo cual, solo es posible hacer acercamientos a esos lugares y sus manifestaciones literarias por intermedio de algunos autores representativos de las mismas, quienes no necesariamente escriben ni se preocupan por demostrar con sus obras la tradición de una literatura en su región natal (Murillo, 2017). Ese es el caso de autores contemporáneos nacidos en Santander, pero formados y premiados en otros lugares de Colombia o del mundo como son Pablo Montoya, Enrique Serrano o Daniel Ferreira.

Concepciones regionales

La literatura regional y regionalista concebida como el esfuerzo creador de los literatos santandereanos para la gloria y perpetuidad en el imaginario de las siguientes generaciones de santandereanos ha dado sus propios pasos gracias al compromiso y constancia de sus escritores, “ya sea precaria o profusa” (Serrano, en Serrano y Mejía, 2016, p. 1). Así mismo, ha sido el resultado de organizaciones e instituciones que han asumido el compromiso de divulgar, promocionar y en el mejor de los casos gestionar la edición de los “clásicos” literarios de la región y el estímulo a las nuevas creaciones inspiradas por el influjo de esa tradición y pasado gloriosos.

El reconocimiento de los grandes autores y representantes de la literatura de Santander en el ámbito nacional e internacional ha sido resultado de las políticas públicas como de las acciones gremiales centradas en promocionar y dar a conocer las obras locales. De allí que los promotores literarios de Santander en los diferentes escenarios nacionales e internacionales de divulgación cultural manifiesten con la convicción del esfuerzo realizado por décadas que

Santander ha hecho un gran aporte a través de decenas de escritores que han brillado en el mundo periodístico, poético, literario, de análisis político, entre otros, y que han contribuido al enriquecimiento histórico y a la evolución del pensamiento sociopolítico colombiano. Y organizaciones literarias como La casa del Libro Total, Fusader y su movimiento de las Tres Culturas, la Feria del Libro de la unab, los encuentros de cuentos y poesías, las tertulias literarias de barrio y de universidades, las emisoras culturales como la radio de la uis, entre otras, han sido promotoras e impulsoras de nuestra literatura (Reyes, 2017).

La literatura que identifica a Santander y los santandereanos está mediada por las creaciones individuales de autores reconocidos, quienes no hacen parte de una comunidad de escritores ni de una tradición continuada entre una generación y otra. De allí que los gestores, promotores y formadores literarios asocian la existencia y “escritura de literatura regional” a partir del reconocimiento obtenido por los escritores primigenios más reconocidos, reeditados o recordados como ha sido el caso de Tomás Vargas Osorio o Jesús Zarate Moreno (Lizarazo, 2017), quienes a pesar de haber muerto muy jóvenes lograron componer, publicar, ser traducidos y homenajeados por reinterpretar y universalizar con sus memorias y vivencias al costumbrismo regional que caracterizaba a su “patria natal”.

Otros escritores nacidos en Santander no han contado con igual atención divulgativa, crítica literaria ni difusión editorial, entre el “mar por descubrir” que conforma la producción literaria de los santandereanos. Ello a “falta de divulgación y estudio” (Camargo, 2017) por los literatos, académicos y críticos, así como por no aparecer sus nombres entre los listados que conforman los inventarios culturales y las reseñas literarias compuestas por otros santandereanos. La consecuencia inmediata de esas tendencias es la cíclica llegada a lugares comunes de culto literario al fomentarse de forma preferente la lectura de autores que exaltan la identidad santandereana como ha sido el caso de Pedro Gómez Valderrama, quien con la novela La otra raya del tigre (1977) compuso “una de las mejores obras que tiene la literatura colombiana” (Camargo, 2017). Con la misma fue inaugurada la novelística santandereana (Mejía, 2017), se fortaleció el canon de la literatura de Santander (Blanco, 2017) y se hizo representativa la literatura colombiana en el panorama americano (Mejía, 2017).

Gómez Valderrama es uno de los “escritores fabulosos” nacidos en Santander, inaugurador de la modernidad en la sociedad santandereana (Mejía, 2017) y uno de los creadores posicionados en el canon de la literatura colombiana (Pantoja, 2017). Sin embargo, han existido y existen creadores literarios que no han logrado igual reconocimiento, popularidad o asociación con el imaginario literario de la santandereanidad al reconocer la academia y la industria editorial la falta de divulgación de obras literarias que logren impactar tanto el ámbito regional como el nacional, en especial las obras de los autores del último siglo, por medio de antologías de recuperación y difusión de lo regional, al temerse que seguirán pasando como “total desconocidos, incluso para nosotros mismos” (Lizarazo, 2017).

Inventarios literarios

Al indagar a la muestra entrevistada durante Ulibro 2017 acerca de los autores y las obras literarias más representativas de la literatura santandereana, fue reafirmada la existencia de un reducido número de “escritores fabulosos”, directamente relacionados con lo que se ha creído y promovido como creación literaria en Santander. Un primer grupo de respuestas estuvieron relacionadas con la primera generación de escritores que sentaron las bases de una literatura santandereana centrada en temas regionales que contribuyeron a crear o reafirmar la identidad santandereana.

El más mencionado y sugerido como referente de lectura y estudio sobre Santander es Pedro Gómez Valderrama, quien paradójicamente fue el último en destacarse al ser precedido por autores de amplio reconocimiento y múltiples publicaciones como fueron Ismael Enrique Arciniegas, Enrique Otero D’Costa, Tomás Vargas Osorio, Jesús Zárate Moreno, Abdón y Augusto Espinosa Valderrama, Hernando Valencia Goelkel, Jorge Gaitán Durán, Elisa Mujica, Manuel Serrano, entre otros. Así mismo, su obra más representativa estuvo influenciada por la narrativa histórica que predominó en la región a mediados del siglo xx, siendo precedida, matizada y avalada por las creaciones de historiadores académicos como Constancio Franco Vargas, Isaías Ardila Díaz, Mario Acevedo Díaz, Juan de Dios Arias y Horacio Rodríguez Plata.

El segundo grupo de escritores nacidos en Santander con mayor recordación para los escritores participantes en Ulibro 2017 corresponde a los autores contemporáneos más destacados, entre los cuales sobresale Pablo Montoya Campuzano al ganar el premio Rómulo Gallegos en 2014. A su vida y obra se suman las de otros de sus coterráneos reconocidos por ser finalistas o ganadores de premios nacionales e internacionales como son Gonzalo España, Triunfo Arciniegas, Nahum Montt, Enrique Serrano, Ricardo Abdalá, Fabián Mauricio Martínez, John Fredy Galindo, Daniel Ferreira, entre otros, así como los trabajos innovadores de escritoras como Andrea Cote, Monserrat Ordóñez y Karim Quiroga.

Valga destacar que Pablo Montoya es uno de los escritores barramejos más activos y prolíficos, quien a la par de Enrique Serrano (ganador del premio Juan Rulfo en 1996), se han caracterizado por escribir sobre sus evocaciones familiares y sus memorias de infancia al radicarse desde muy jóvenes en otras ciudades y países (Lizarazo, 2017), lo cual les ha traído gran reconocimiento en el ámbito internacional, y así mismo han reafirmado la temática promovida por Gómez Valderrama al lograr “obras históricas que son narradas con una visión contemporánea y ratifican la presencia de la modernidad en la literatura Santandereana” (Mejía, 2017).

Esos listados representativos de los escritores más recordados de inicios del siglo xx y los más destacados a inicios del siglo xxi han sido reafirmados por los gestores culturales encargados de promover las artes y las letras desde organizaciones públicas y privadas de carácter local o departamental. Práctica recurrente con la cual se pretende justificar la existencia de una literatura regional, muy a pesar de que “una tradición literaria no es un inventario de autores muertos” (Acevedo, 2013, párr. 4). Por ejemplo, la Fundación Santandereana para el Desarrollo Regional (Fusader) publicó el texto titulado La literatura en Santander (2016) con el propósito de hacer una breve reseña de la “historia digna” y la corta trayectoria de las “letras y la actividad literaria” en el espacio pequeño, pero igualmente válido para la literatura universal que representa a Santander (Serrano y Mejía, 2016).

La transición del siglo xix al xx se caracterizó por la perspectiva histórica y melancólica que imprimieron a sus creaciones los excombatientes o descendientes de las víctimas de las tres últimas guerras civiles del siglo xix (1885, 1895, 1899), desde su condición como vencedores o vencidos, destacándose la narrativa de Enrique Otero y Joaquín Quijano, así como la lírica de Ismael Enrique Arciniegas y Aurelio Martínez Mutis (Pérez, 2016). Esos autores iniciaron a su vez la práctica literaria que caracterizó a los escritores santandereanos más destacados de las siguientes generaciones, quienes trabajaban como editores, columnistas, redactores o reporteros, o en su defecto, enviaban sus colaboraciones literarias a los periódicos que tuvieran una línea editorial explícitamente comprometida con su partido e ideario político, siendo de resaltar escritores periodistas como José Camacho Carreño, Manuel Serrano Blanco y Juan Cristóbal Martínez.

Sus nombres y obras provincianas eran considerados al ser adjudicados nombramientos ministeriales, cargos diplomáticos, apoyos electorales al Congreso o al ser editados sus textos a través de la imprenta departamental o nacional. Los escritores que eran excluidos de esos beneficios al perder su partido político las elecciones y quedar obligados a entregar el poder que ejercían sobre las instituciones culturales, optaron por crear revistas literarias que tuvieran continuidad, pluralidad y apertura a las creaciones y tendencias literarias internacionales. De esa tercera generación de creadores, que se destacaron por desarrollar una obra literaria motivada por la reconstrucción de la memoria sociocultural de Santander, a la par de su compromiso político y la redacción periodística, los más destacados y publicitados siguen siendo Tomás Vargas Osorio, Jesús Zárate Moreno y Pedro Gómez Valderrama.

La crítica histórica mediada por la creación literaria que caracterizó a la generación de mediados del siglo xx fue continuada y perfeccionada por una nueva generación de escritores, que a diferencia de sus precedentes contaba con títulos profesionales de pregrado y postgrado, y no dependían de la burocracia bipartidista, del trabajo periodístico o de la adscripción política para obtener su sustento y la tranquilidad necesarias para crear. Mientras que en los colegios, escuelas normales y universidades eran nombrados licenciados en español o profesionales en ciencias sociales interesados en crear nuevas representaciones literarias sobre su entorno sociocultural, paralelamente emergía una creciente y activa presencia de mujeres escritoras, muchas de ellas destacadas por el hacer científico de sus profesiones y con un alto compromiso por las causas de género al revisar la narrativa de la historia social acerca de las mujeres, la familia, el machismo, la moralidad, la violencia y los casos excepcionales de mujeres con poder y empoderadas en las altas esferas del gobierno nacional. Entre las escritoras más destacadas de esa narrativa profesionalizada estuvieron Elisa Mujica, Carmen Ortiz, Virginia Gutiérrez, Aida Martínez y Silvia Galvis.

En el actual panorama contemporáneo, la literatura santandereana está eclipsada por los estudios literarios profesionales que han dado grandes satisfacciones y beneficios a escritores barramejos como Enrique Serrano, Pablo Montoya y Nahum Montt, al ganar premios en literatura con sus creaciones. Sin embargo, subsisten literatos anónimos que escriben aislados, autores desconocidos que sin hacer ruido social, a falta de patrocinadores “publican obras por su cuenta y riesgo” (Vanguardia, 2015, párr. 7), mientras que otros siguen comprometidos con causas, idearios o partidos políticos, lamentando por igual la extinción de los suplementos dominicales de los periódicos regionales y nacionales que publicaban o rechazaban sus textos literarios. Así mismo, las nuevas generaciones de “jóvenes escritores” son adsorbidas por la profesionalización literaria caracterizada por la producción creativa entre colectivos de estudiantes, talleres interinstitucionales de creación o concursos literarios regulados por los recursos educativos y los intereses editoriales de las universidades locales.

Esa dinámica de creación en red, a partir del reconocimiento y la aceptación de otras redes de escritores noveles, es asumida por Fusader como el camino necesario que seguirá la literatura en Santander al requerirse espacios para los jóvenes que buscan “recrear sus intereses por la literatura”, a partir del intercambio de experiencias, el aprendizaje colectivo de la crítica como de la autocrítica y la comprensión del lenguaje literario desde la realización de lecturas que orientan sobre el proceso de escritura. No obstante, otros jóvenes con menos tiempo y esfuerzo han logrado hacerse exitosos y populares entre las nuevas generaciones de lectores al optar por crear y divulgar relatos digitales a través de redes sociales internéticas, siendo respaldado su hacer por promotores de la lectura digital conocidos como “booktubers”.

Evocaciones santandereanas

Desde la perspectiva de los autores que han inspirado o reconocen las fuentes de inspiración de otros escritores santandereanos, a la muestra de expertos entrevistados durante la feria Ulibro 2017 se les propuso establecer cuáles son los atributos o condiciones del ser santandereano que han sido recreados por los autores santandereanos más representativos.

Una corriente de escritores santandereanos se destacó por delimitar los atributos del alma santandereana al destacar la importancia del patriotismo por medio de descripciones y apologías al orgullo y “apego a la tierra”, la capacidad de trabajar sobre tierras tan inhóspitas y difíciles como la “dureza” misma de los santandereanos y, en general, la reciedumbre regional que llevó a los escritores de inicios del siglo xx a enfrentarse a lloronas, brujas y demonios para encarar sus peores miedos y temores (Camargo, 2017).

Los creadores de la santandereanidad a partir de 1910 fueron a su vez los mayores críticos del estereotipo santandereano, el convencionalismo melancólico, el criollismo costumbrista, su aislamiento espiritual, y especialmente su carácter triste e insociable, al criticar con ironía que

Los santandereanos somos solemnes y dogmáticos. Concurrimos a un bautizo con el mismo rostro grave y alargado con que concurrimos a un entierro. Ponemos en todas nuestras cosas un sello tal de trascendentalismo como si de cada uno de nuestros gestos o de nuestras palabras dependiera la suerte del mundo y el porvenir de los hombres (Vargas, 1946, p. 191).

Condición del ser que fue moldeada por la esterilidad y limitaciones del entorno, que desde la perspectiva nacionalista de la “raza santandereana” evidenciaba el imaginario promovido por los narradores y periodistas más destacados. Antes de la personería político-administrativa otorgada por los legisladores en 1857, según Serrano (1963), “Santander ya existía, con todos los fundamentos de un pueblo. Ya éramos un país, formado con todo cuanto un país necesita: su raza, su medio, su clima, sus costumbres, sus tradiciones” (p. 243).

La raza y el país de Santander solo podían explicar sus diferencias existenciales y materiales con el resto de países que conformaban a Colombia por el ambiente agreste que moldeaba el espíritu y el carácter de sus habitantes, razón por la cual los literatos santandereanos de la primera mitad del siglo xx tenían una firme convicción:

Vivimos en un ambiente de sequedad y aspereza, pero él ha servido para fortalecer en el país esas razas y esas gentes blándulas y lánguidas, que so pretexto de cortesanía, dan la impresión de algo untuoso, gelatinoso, que nos repugna y empalaga. En la evolución histórica del país, nos ha tocado un estilo en forte, áspero y escueto, así como a otros les ha correspondido un estilo en piano, suave, acompasado y melódico. […] Dentro de este ambiente castizo viven las gentes de Santander, y nos sentimos orgullosamente ligados a nuestras raíces orgánicas, a los mandatos étnicos, al imperativo biológico, que rige de manera inexorable nuestros propios destinos (Serrano, 1963, pp. 243-244).

Esas condiciones del ser limitadas y moldeadas por el ambiente se podían reconocer tanto entre los trabajadores de las cabeceras urbanas como entre los jornaleros de las breñas rurales. Desde la perspectiva de la literatura folclórica santandereana, rescatada y compilada a mediados del siglo xx por Juan de Dios de Arias, Horacio Rodríguez Plata y Luis Alberto Acuña, a través de las coplas, narraciones, tradiciones y supersticiones populares se podía reconocer a los santandereanos como un pueblo, que antes de ser una “raza” provinciana o un grupo de gentes que en las ciudades capitales iba vociferando por entre los cafés, reflejaba, según Arias (1943), “un pueblo que canta, que lanza al aire como surtidores líricos, sus amores y penas, sus esperanzas y rencores, sus epigramas y filosofías, que fantasea en las noches de tertulia casera, y fija en imágenes y en refranes sus tradiciones y experiencia” (p.19).

Las expresiones literarias de las gentes del común, a la par de las creaciones de los escritores urbanos más afamados en cada una de las “comarcas” provincianas del Departamento, evidenciaban “la expresión adecuada de sus estados interiores, o algo que consuena con sus actividades y costumbres, tienen por consiguiente un sello particular de cosa nuestra, que sirve de documentación para completar el retrato ideal de nuestro pueblo” (Arias, 1943, p. 24).

Los autores contemporáneos han apelado cíclicamente a esas mismas temáticas del ser, el paisaje y la tradición, pero con el propósito de evocar su inocencia fantástica en los campos y pueblos de antaño. Esto evidencia que la tradición está mezclada con la universalidad y que entre más autóctonos son los relatos más universales resultan en otras latitudes (Romero, 2017). No obstante, a través de esas anécdotas acerca de un pasado mejor se evidencian los vestigios de la “vida bucólica, campesina y rural” (Mejía, 2017), que aún sigue siendo añorada, a pesar de ser parcialmente erradicada por la narrativa modernista de Tomás Vargas, Enrique Otero o Pedro Gómez Valderrama.

Los escritores profesionales y profesionalizados egresados de las universidades de Santander, dedicados a promover la lectura y la literatura en las instituciones educativas de Bucaramanga, han logrado el posicionamiento académico y el reconocimiento editorial que un siglo antes habían logrado los escritores más afectos al bipartidismo. Han sido premiados por las creaciones que han realizado durante su tiempo libre como parte de las políticas públicas de estímulo del Ministerio de Cultura o la Gobernación de Santander. En el caso de las becas bicentenario de 2017, Pablo Arias fue distinguido como ganador en la modalidad novela con la obra Entre momias y tumbas.

Su obra articula la búsqueda de la identidad personal de los lectores con la cultura y las tradiciones del “ser realmente santandereano”, ahondando desde las aventuras del joven personaje principal en las “conexiones con la historia, con el pueblo Guane, con nuestras momias y tumbas” (Saucará, 2017, párr. 5). Desde su perspectiva como docente, considera necesario que los escritores santandereanos creen material literario que aborde las nuevas formas e imaginarios asociados con la identidad santandereana. Para ello, el pasado indígena se constituye en referente válido para reafirmar las conexiones históricas del pasado con el presente, en especial las asociadas con la conservación patrimonial de sus vestigios urbanos (museos con momias, telas y vasijas) y rurales (cuevas con ajuares funerarios), reafirmando así su compromiso con la identidad regional y la reconstrucción de los imaginarios históricos del ser santandereano que había promovido desde 2010, al ganar la misma beca con una novela sobre las “generaciones” herederas de los odios y la violencia bipartidista, después de la Guerra de los Mil Días.

La recuperación de la memoria colectiva para construir la identidad personal y el exorcismo de “los demonios de la guerra a punta de letras” es una práctica literaria a la que también ha recurrido otro de los “escritores promesas” de las nuevas generaciones de santandereanos, ganadores de premios literarios, como es el caso de Daniel Ferreira. Sus vivencias de niño sobre los estragos de la violencia revolucionaria y contrarrevolucionaria en el Magdalena Medio santandereano, durante la segunda mitad del siglo xx, le han permitido contar historias reunidas en novelas que reflejan los diferentes conflictos y formas de violencia de la historia colombiana.

Al igual que Pablo Arias y los grandes escritores del siglo xx, la narrativa violenta de Daniel Ferreira nace con los combatientes de la Guerra de los Mil Días y degenera entre los diferentes conflictos y violencias de sus descendientes hasta el siglo xxi. De allí que al escribir la Pentalogía de Colombia, a partir de un ciclo de cinco novelas que abordan las connotaciones sociales que caracterizan las guerras, le resulte imprescindible emplear su memoria personal de conflicto y sevicia para imaginar los rasgos de la memoria colectiva, al necesitar ubicar cada una de sus historias en un espacio que en sí mismo es su pasado vital en Santander, ya que “todo eso proviene de ese pasado, de mi infancia en un pueblo. La infancia es todo para un escritor y allí fue donde descubrí mi verdadera pasión” (Ferreira, 2017, párr. 6).

Siguiendo esa misma perspectiva contextual basada en los recuerdos y vivencias de un espacio vital que el autor transfiere a sus personajes de ficción, otros autores regionales se han propuesto expresar explícitamente en sus narraciones y rimas las diferentes sensaciones y emociones que el paisaje vivido les rememora, inspira o provoca en sus creaciones literarias. En el poemario de Andrea Cote sobre el Magdalena Medio santandereano, el lector se adentra en las causas y facetas de la violencia fratricida mientras hace un recorrido por Barrancabermeja a través de los hermosos parajes recordados o imaginados descritos por la poetisa (Romero, 2017).

Un siglo antes, Tomás Vargas y los demás escritores promotores de la cultura, la “raza” y la “patria bella” santandereana habían propuesto desde la capitalina Bucaramanga que el alma, las costumbres, los imaginarios y el ser mismo llamado santandereano eran reflejo del paisaje natural, social y cultural con el que nacían y crecían los habitantes del territorio geoambiental y sociopolítico nombrado como Santander (Martínez y Pérez, 2017). Vargas había inspirado sus cuentos en la provincia petrolera de Mares (hoy de los Yarigüíes); sus descripciones sobre el paisaje en las provincias de Soto y Vélez, así como muchos de sus versos o crónicas, se referían a su natal provincia comunera, todo lo cual le daba la convicción y certeza de que en Santander existía un “ágil equilibrio entre el hombre y el paisaje; conviven, no se divorcian”. Y que al santandereano “La tierra seca y pobre lo induce a buscar en su vida interior la compensación de lo que la naturaleza, avara, le negó, y de ahí que en Santander la cultura sea una auténtica necesidad, casi podríamos decir que de carácter biológico” (Vargas, 1946, p. 14). De tal manera, ser santandereano o escribir sobre Santander fue desde inicios del siglo xx un acto creativo que, al igual que los textos de Jaime Barrera, requerían “soplar sobre el encordado sensible de su espíritu los cálidos vientos del Chicamocha, que al escribir escuchaba en el caracol de su oído el ritmo estrepitoso del Lebrija y que al amar se hacía dulce como la pulpa de la guayaba veleña” (Vargas, 1946, pp. 236-237).

Para terminar, es necesario advertir que el naciente turismo cultural, promovido en Santander a partir de la contextualización y el diseño de rutas en turismo literario por los estudiantes del semillero en literatura de la Unab y los semilleros en turismo y patrimonio de la uis, se ha constituido en alternativa para redimensionar y resignificar el papel de la literatura y los literatos santandereanos ante las irreconciliables tendencias literarias entre literatos locales y universales que cuestionan o evocan una pretendida literatura regional heredada del siglo xx. Las representaciones locales de autores regionalistas como Enrique Otero D’Costa, Pedro Gómez Valderrama o Jesús Zarate renuevan sus pretensiones internacionalistas cuando es posible redimensionar desde sus textos literarios cada uno de los lugares y tradiciones locales para orientar las expectativas e intereses de integración intercultural entre los turistas extranjeros y los viajeros nacionales que visitan los “pueblos patrimonio” de Santander.

En la primera mitad del siglo xx la sociedad que conformaba el naciente Departamento estuvo convencida y defendió a rabiar su orgullo por los frutos de la literatura santandereana. Y ello se evidenciaba por un marcado compromiso de los escritores y pensadores por representar el ser y el paisaje santandereanos para justificar la existencia de una cultura “santandereana” que los diferenciara desde 1910 de la “nortesantandereana”. Los gobernantes y legisladores gestionaban recursos públicos para publicar en imprentas públicas y privadas las obras literarias de sus copartidarios más destacados. Y en especial, existía un público lector dispuesto a consumir la producción editorial promovida por los medios de comunicación y las tertulias familiares, las cuales gradualmente se incorporaban a los planes de lectura de las instituciones educativas al ser abastecidas las bibliotecas con las donaciones privadas o el incremento de los inventarios oficiales.

Después de un siglo, la santandereanidad sigue siendo un imaginario coyuntural de identidad territorial para justificar un supuesto “ethos santandereano”, mas no una práctica cultural sistemática que se reconoce, promueve y perpetúa en cada provincia o localidad. Actualmente los escritores nacidos en Santander no están comprometidos en limitar sus reflexiones universales a solo el costumbrismo o las particularidades de lo regional; los gobernantes destinan la menor partida posible para el fomento de las creaciones literarias y en algunas excepciones son creados festivales y conmemoraciones de la “santandereanidad” para reafirmar su imagen y popularidad electoral; las editoriales solo publican a los escritores locales o regionales limitándose a la condición de impresores, y en el peor de los casos, los planes de lectura de las instituciones públicas y privadas de educación no incluyen entre los autores y obras a leer a los autores locales o regionales al no ser parte de la oferta de las editoriales con los que contratan la lectura del mundo exterior, desde el mundo interior.

Quienes nacieron en Santander, pero se formaron fuera como escritores, especialmente aquellos que han recibido premios o reconocimientos por sus creaciones y que cuentan con el respaldo de editoriales nacionales e internacionales, han pedido públicamente que no se limiten sus nombres y obras a una región literaria intangible asociada con una cuestionable “literatura santandereana”. Desde su perspectiva internacionalista, la literatura es en sí misma una creación de carácter universal, la cual no puede ser reducida por regionalismos sociopolíticos o chovinismos territoriales como el de la “santandereanidad”, ni mucho menos por estereotipos alimentados desde el hecho de que algunas obras centran su atención en temas, problemas o condiciones subjetivas del ser santandereano, particularmente por aquellos que recurren a sus vivencias en el terruño local y las tradiciones literarias regionales para articularlas a tendencias globales, acorde a las tipologías de Schmidt-Welle.

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Notas

1 Artículo derivado de la investigación “Empresarismo y prácticas ciudadanas de los inmigrantes europeos en Colombia. Representaciones de los empresarios extranjeros a través de la literatura económica sobre Santander”, Código Unab I56018, adscrito a la convocatoria interna de investigación de la Universidad Autónoma de Bucaramanga (Unab) 2016-2017.
2 Cómo citar este artículo: Pérez Pinzón, L. R. (2018). “Literatura santandereana”. Visibilidad, concepciones y evocaciones. Estudios de Literatura Colombiana 43, pp. 13-27. DOI: doi.org/10.17533/udea.elc.n43a08
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