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El hogar imposible: la experiencia del desarraigo en Tiempo muerto de Margarita García Robayo1
The Impossible Home: The Experience of Uprootedness in Margarita García Robayo’s Tiempo Muerto
El hogar imposible: la experiencia del desarraigo en Tiempo muerto de Margarita García Robayo1
Estudios de literatura colombiana, núm. 46, pp. 37-54, 2020
Universidad de Antioquia
Recepción: 13 Agosto 2019
Recibido del documento revisado: 21 Octubre 2019
Aprobación: 27 Diciembre 2019
Resumen: en este artículo analizamos la forma como es abordada la crisis identitaria asociada al desarraigo en la novela Tiempo muerto (2017) de Margarita García Robayo. Examinamos las implicaciones que ha tenido en la pareja protagonista (Lucía y Pablo) su condición de inmigrantes latinoamericanos en Estados Unidos, a partir de las reflexiones teóricas sobre la identidad de Hall, Trigo y Ben-Rafael, entre otros. Igualmente, resaltamos la importancia que tienen, para los protagonistas, las categorías raciales y étnicas en la construcción de su identidad y en la forma como jerarquizan y se relacionan con otros latinos residentes en Estados Unidos.
Palabras clave: Margarita García Robayo, Tiempo muerto, desarraigo, migración, identidad.
Abstract: In this article, we analyze the way in which the identity crisis associated with uprooting is addressed in the novel Tiempo muerto (2017) by Margarita García Robayo. We examine the implications that the status of Latino immigrants in the United States has had on the protagonists (Lucia and Pablo), based on the theoretical reflections on identity by Hall, Trigo and Ben-Rafael, among others. Likewise, we deepen on the importance, for the protagonists, of racial and ethnic categories in the construction of their identity and in the way they classify and relate to other Latinos residing in the United States.
Keywords: Margarita García Robayo, Tiempo muerto, uprootedness, migration, identity.
Introducción
En su novela Tiempo muerto (2017), la colombiana Margarita García Robayo reflexiona sobre la experiencia del desarraigo narrando el declive de una familia originaria de Colombia que reside en una pequeña ciudad de Estados Unidos. En esta novela, García Robayo continúa indagando sobre los problemas existenciales, identitarios y políticos asociados con la migración y el exilio, tal como ya lo había hecho, por ejemplo, en su novela Hasta que pase un huracán (2015) y en algunos textos autobiográficos de Primera persona (2018).2 García Robayo ha señalado este interés suyo por el desarraigo en algunas entrevistas, y lo vincula con su propia experiencia vital (ella es una cartagenera que ha vivido en varios países y reside desde hace años en Argentina): “Mi tendencia es claramente el desarraigo. Me cuesta mucho más enraizarme que irme”, y por ello una preocupación que ha recorrido toda su obra es “la construcción tan problemática y tan maleable del concepto de identidad y de pertenencia” (Restrepo, 2017, párrs. 14-15).
En el caso específico de Tiempo muerto, García Robayo aborda, entre otros temas,3 los problemas identitarios que sufren algunos inmigrantes latinoamericanos en Estados Unidos, sobre todo la pareja protagonista, Lucía y Pablo, dos colombianos de clase media que llevan más de una década viviendo en este país norteamericano, donde se conocieron, se casaron y nacieron sus dos hijos pequeños. Al iniciar la novela, Lucía se acaba de separar de Pablo, ya que se enteró de sus infidelidades, y se ha ido con los niños a un hotel de Miami, mientras él permanece en la casa familiar de New Haven, recuperándose de un reciente problema cardíaco. A partir de ese momento se narra, de forma paralela, la cotidianidad de cada uno de los dos protagonistas, mientras, por medio de analepsis, se cuentan algunos sucesos clave de la vida en pareja de Lucía y Pablo, sus relaciones con otros latinoamericanos que viven en Estados Unidos y la forma como se han distanciado de sus familias y de su país de origen (Colombia). Aunque su experiencia del desarraigo y sus ideas sobre este tema parecen opuestas, ambos viven su situación de migrantes como un espacio intermedio o un tiempo detenido, en el que sus identidades se han fragmentado y sus vidas se han vuelto tediosas e inciertas. Ellos han dejado de pertenecer a su país de origen y no han logrado encontrar un hogar definitivo en Estados Unidos; son incapaces, además, de aferrarse a un pasado que se va desvaneciendo y de imaginar un futuro.
Esta crisis identitaria de los protagonistas se manifiesta de diversas formas: en el caso de Lucía, como un rechazo a la idea de pertenencia geográfica y un distanciamiento voluntario y casi absoluto con Colombia; en el caso de Pablo, como una sensación de vacío y pérdida que genera en él una nostalgia exacerbada por su tierra natal, el Caribe colombiano, y un anhelo de re-arraigo tanto a su país de origen como a su esposa e hijos. Sin embargo, los dos comparten el rechazo (que puede rayar en repulsión) por otros inmigrantes latinoamericanos. Este rechazo, sustentado en el racismo, la xenofobia y el clasismo, acentúa su aislamiento, ya que imposibilita su comunión e identificación con otros miembros de la diáspora latinoamericana.
Para analizar esta experiencia del desarraigo en los protagonistas de la novela, en el presente artículo nos basaremos en las reflexiones sobre la identidad, la migración y la diáspora que postulan Stuart Hall, Eliezer Ben-Rafael y Abril Trigo. De igual forma, revisaremos la situación de inmigrantes de los personajes de la novela a la luz de los estudios de Ben-Rafael, Patricia Price, Nancy Foner, Kay Deaux y Katharine Donato sobre la identidad hispana y latina en Estados Unidos.
La patria es eso que se muda contigo
En Tiempo muerto el matrimonio de Lucía y Pablo está atravesando por una crisis que, a simple vista, se ha desencadenado por las recientes infidelidades de Pablo. Sin embargo, al avanzar en la lectura de la novela se hace evidente que su distanciamiento había empezado desde mucho antes, y se relaciona, entre otros aspectos, con el desarraigo que han venido experimentando con especial intensidad en los últimos años, el cual ha generado en ellos una crisis identitaria. Por ello, para entender la situación de estos personajes es necesario revisar los postulados de algunos teóricos que han abordado el problema de la identidad, sobre todo en relación con la migración y la diáspora.
Stuart Hall (2010) señala que nuestra concepción de la identidad se ha transformado en el último siglo. Anteriormente, la lógica discursiva de la identidad tenía en cuenta la existencia de un sujeto fijo, de un “yo verdadero” profundo y esencial que permanecía igual a sí mismo en un mundo cambiante (pp. 316, 339). Sin embargo, las “grandes identidades sociales colectivas” (clase, raza, nación y género), que eran “grandes principios de estructuración” del sujeto, se han “fracturado, fragmentado, minado y dispersado considerablemente en el curso de los últimos cincuenta años”, y por lo tanto son ahora insuficientes para definir al yo individual (pp. 317-318, 342-343). Hall destaca la importancia que ha tenido la identidad nacional para la configuración de los sujetos modernos, y hace énfasis en el hecho de que dicha identidad no es una esencia, sino una construcción llevada a cabo por el poder cultural ligado a la nación, el cual ha buscado unificar discursivamente las “profundas divisiones y diferencias internas” que atraviesan las culturas nacionales (pp. 380-385). Sin embargo, a este mito unificador de la identidad nacional se contraponen las identidades híbridas y en tránsito de las diásporas.
Para Eliezer Ben-Rafael (2013), los latinoamericanos que residen en Estados Unidos (como es el caso de los protagonistas de Tiempo muerto) hacen parte de una “comunidad diaspórica transnacional” (p. 156). Debido, entre otras razones, al rechazo que suelen experimentar por parte de la mayoría blanca, es común que ellos se concentren “en grupos cerrados” y tengan una “inclinación a ser unidos”, lo cual los puede hacer contrastar con su entorno social (pp. 163, 168). Los latinos en Estados Unidos se organizan alrededor de barrios, comunidades e instituciones religiosas, sociales y políticas, lo cual ha permitido el surgimiento de un pan-etnicismo, esto es, la agrupación de personas de diversos países de origen que tienen en común su carácter de hispanos y latinos y, en general, una lengua base que es el español (Ben-Rafael, 2013, p. 168; Foner, Deaux y Donato, 2018, p. 17). Dicha situación es acorde con la definición de diáspora que proponen autores como Mireya Fernández (2008) y Abril Trigo (2012), quienes la entienden como el asentamiento de un grupo de personas en un lugar nuevo desde el cual se experimenta un vínculo colectivo con el lugar de origen común, lo cual puede llevar a la idealización de este y a una resistencia del grupo a ser asimilado por la sociedad anfitriona (Fernández, 2008, p. 310; Trigo, 2012 p. 17). En una diáspora, además, se da el “[s]urgimiento y consolidación de una conciencia de identidad del grupo en relación con el lugar de origen y con los miembros de otras comunidades” (Fernández, 2008, p. 310).
Por su parte, para Hall (2010) la diáspora “está definida no por una esencia o pureza, sino por el reconocimiento de una heterogeneidad y diversidad necesarias” (p. 359). Las “nuevas diásporas creadas por las migraciones postcoloniales” producen identidades que transitan “entre distintas posiciones; que hacen uso de diferentes tradiciones culturales a la vez; y que son producto de esos cruces complicados y mezclas culturales, cada vez más comunes en un mundo globalizado” (p. 398). Los migrantes que pertenecen a estas “culturas de hibridez” deben “aprender a habitar por lo menos dos identidades, hablar dos lenguajes culturales, traducir y negociar entre ellos” (p. 398). La experiencia de la diáspora implica entonces un “doble emplazamiento” (Ben-Rafael, 2013, p. 157), una relación entre “dos espacios y dos tiempos”: los de la cultura pasada y la cultura actual (Fernández, 2008, p. 324).
La migración, entonces, impacta profundamente las identidades de quienes viven esta situación. Como lo plantea Abril Trigo (2012), la migración es una “experiencia traumática cuyos efectos, no siempre visibles, promueven una ‘crisis radical de la identidad’, al desgajar al sujeto de sus referentes familiares, sociales, culturales y afectivos” (p. 14). Esta crisis identitaria producto de la migración es evidente en los dos personajes principales de Tiempo muerto, Lucía y Pablo. En el caso específico de Lucía, ella se enorgullece “de no reconocer pertenencias geográficas” (García Robayo, 2017, p. 87), sobre todo en relación con el país del que es originaria: Colombia. Esta actitud suya se hace evidente en una discusión con Pablo, en la que sostiene que la “sola mención de la palabra [patria] me pone los pelos de punta” (p. 113). Ante los interrogantes de Pablo, ella le dice que “[h]ay que aprender a orientarse”, y él, insatisfecho con la respuesta, le pregunta:
-¿Orientarse dónde?
-En las calles del barrio, el camino al trabajo, los pasillos de la casa… en el cielo que te toca cada mañana. Eso es patria, ahí lo tienes.
Los ojos de Pablo la apuntaban brillantes, rencorosos.
-¿Qué barrio? Me he mudado muchas veces.
-Yo también -dijo ella.
-¿Entonces?
Lucía se encogió de hombros:
-La patria es eso que se muda contigo (p. 113).
El lugar de origen resulta para ella irrelevante en la construcción de su identidad. Es más importante el movimiento continuo, la posibilidad de seguir recreándose indefinidamente. Más que arraigo, lo que ella anhela es el flujo, el devenir. Rosi Braidotti (2005), a partir de Deleuze, postula que el “devenir” (becoming) es la característica de los “sujetos nómadas encarnados” que “se caracterizan por su movilidad, su mutabilidad y su naturaleza transitoria”, en oposición a una “interioridad profunda” o un modelo trascendental del sujeto (p. 93). En el devenir, entendido como proceso, predominan “el cambio y el movimiento sobre la estabilidad” (Braidotti, 2013, pp. 343-344).4 Para Lucía, el desarraigo permite, entonces, la exploración identitaria, el no ser nunca una sola cosa ya dada de antemano, una esencia.
Lucía cree que rechazar la idea de patria le ayuda a disfrutar la vida que ella tiene en Estados Unidos. De este país le gusta, sobre todo, que “la mayoría de cosas estuvieran resueltas por otro: una cadena de otros que, de un modo casi accidental, la incluía” (García Robayo, 2017, p. 111). Pero justamente por estas razones, Lucía padece una suerte de vacío de identidad manifestado en el cinismo y desaliento que se han adueñado de ella, sobre todo desde que tuvo a sus dos hijos. El hogar en el que ella supuestamente se siente tan cómoda carece de una identidad definida, de rasgos que lo diferencien de las casas de sus vecinos en la aburrida ciudad de New Haven: “Cuando los niños le preguntan de dónde es ella, Lucía dice: ‘De acá, de nuestra casa’. Y ellos examinan el entorno, como buscando alguna singularidad. Pero su casa es prácticamente igual a todas las casas de la cuadra” (p. 47). A Lucía no parecen molestarle esa homogeneidad y serialidad:
New Haven era un gran composé. Si te descuidabas, terminabas siendo un punto indistinto en el paisaje frondoso y civilizado que le gustaba tanto a los que iban de visita. Mezclarse en esa ciudad era desaparecer. A Lucía no le molestaba desaparecer (p. 110).
Así, en Lucía se opera una paradoja: el devenir, que podría permitir la experimentación y creación constantes, se transforma en simple comodidad. La comodidad de desaparecer, de no ser nadie.
Al contrario de Lucía, Pablo necesita aferrarse a la idea de patria, ya que se siente perdido y desorientado en Estados Unidos. Lo anterior se aprecia al llegar por primera vez a la ciudad en la que se va a radicar, New Haven, donde Pablo tuvo una “sensación de distancia y extrañeza” (García Robayo, 2017, p. 86). Luego, mientras estudiaba una maestría en New Haven (antes de conocer a Lucía), “no tenía mucha vida social” (p. 105). Situación que se agudizó tras su matrimonio y el nacimiento de sus hijos, cuando la distancia y zozobra hicieron que se sintiera invisible:
Se sintió perdido y se sintió viejo. Un viejo infeliz. Podía echarse a llorar ahí mismo y nadie se voltearía a mirarlo. Podía no llegar esa noche a su casa y Lucía no lo notaría […]. Sus hijos tardarían más […]. Era probable que su invisibilidad también les estorbara (p. 30).
Además, a Pablo se le ha vuelto insoportable el orden serial y monótono de New Haven. En contraste, anhela el caos latinoamericano y colombiano, o por lo menos la proyección idealizada de este:
Pablo, en cambio, extrañaba el vértigo, la agonía de lo intransitable. Las calles rotas, la brisa virulenta, los peces muertos a la orilla del mar. La supervivencia tortuosa del individuo sobre la especie. Al menos, eso parecía decir en su novela (p. 111).
Esta aclaración final de la narradora es clave:5 la patria soñada de Pablo parece ser una simple idealización que él intenta plasmar en una novela que es incapaz de terminar. Una novela sobre una isla paradisíaca en el Caribe colombiano que es amenazada por “un hombre rico y poderoso que quería arrasar con todo lo que había en la isla -incluidos los isleños- para construir un gran hotel” (p. 40). El héroe de la novela, un profesor de biología “que vivía hacía años en el extranjero” y que trabaja para el magnate, explora la isla y al hacerlo se reencuentra “con su tierra, con su origen” (p. 40). Sin embargo, esta patria soñada de Pablo, que está basada en Barú, una isla del Caribe colombiano en la que él y su familia pasaban varias temporadas antes de que él se marchara para Estados Unidos, no resiste una comparación con la isla real, que es en el fondo un lodazal sobre el que él no es capaz de “hacerse una opinión propia”, hasta el punto de que ni siquiera sabe si Barú es “su lugar” (p. 125).
A pesar de su rechazo a Estados Unidos, Pablo se siente desconectado de sus familiares que todavía residen en Colombia, y su pasado en ese país lo percibe como algo vago y remoto con lo cual ya no se siente identificado, tal como se aprecia en el pasaje en que Pablo y su hermana Meredith “llevaban casi dos horas llenando el tiempo con recuerdos forzados sobre parientes que él no ubicaba, impostando una cercanía ya prescrita o, directamente, fabulada” (García Robayo, 2017, p. 58). Además, él no ama a Cartagena, la ciudad caribeña de la que es originario: “Poco después de irse de Cartagena entendió por qué lo había hecho: por supervivencia […]. Ese clima, que todo el año era igual […], te iba chamuscando el cerebro por pedazos” (p. 88). Por estas razones intenta crearse una patria imaginaria a través de la escritura creativa. La propia Lucía le diagnostica una posible causa a esta crisis identitaria: “había llegado a insinuarle que lo que le estaba pasando tenía que ver con la muerte de su madre. Pero no lo dijo así, lo llamó ‘ese asunto irresuelto’” (p. 85). Pablo es un nostálgico de las raíces, del origen perdido, pero lo es ante todo porque su desgano y hastío actuales no le presentan otra salida sino la nostalgia y la idealización propias de muchos miembros de las diásporas (Hall, 2010, p. 360). Pero, como en toda idealización, hay algo falso en este anhelo, como si fuera una especie de mandato, una actitud que se esperaría de un inmigrante latinoamericano en Estados Unidos: “A Pablo le vino una nostalgia falsa, el recuerdo engolosinado de algo que nunca vivió. Se vio en ese balconcito diminuto con su hermana, mirando el fondo del paisaje, escuchando esa salsa vieja que a ella le gustaba” (García Robayo, 2017, p. 72).
No se puede construir una identidad poderosa siendo marrón
En Tiempo muerto las cuestiones identitarias relacionadas con la raza y la etnicidad son sumamente importantes para Lucía y Pablo, y la forma como abordan este asunto evidencia los conflictos que generan en ellos su condición de inmigrantes, así como su aislamiento en relación con otros miembros de la diáspora latinoamericana y con los nacidos en Estados Unidos.
Es de notar que, en general, la experiencia de los latinoamericanos en Estados Unidos está fuertemente atravesada por cuestiones raciales y étnicas que afectan considerablemente tanto sus vidas como las de los otros pobladores del país. Si bien en Estados Unidos los latinoamericanos suelen ser ubicados en la categoría étnica “hispanos” (Hispanics), adoptada por el Census Bureau en 1980, en general sigue siendo motivo de debate si debe considerársele una categoría étnica o racial (Foner, Deux y Donato, 2018, pp. 10-11). Pese a su diversidad de orígenes y a una marcada heterogeneidad racial (blancos, negros, mestizos, etc.) entre los latinos residentes en Estados Unidos (Ben-Rafael, 2013, p. 163; Foner, Deux y Donato, 2018, p. 11), es cada vez más común que en este país se considere a los latinos como un grupo racial específico ubicado entre los blancos y los negros, y de hecho la presencia cada vez mayor de latinos en el país ha hecho que la estructura binaria típica blanco/negro se vea desafiada (Foner, Deux y Donato, 2018, p. 11, Price, 2012, p. 803). En el imaginario popular estadounidense (animado por los medios, el discurso público y el lenguaje diario), los latinos suelen ser vistos como personas de piel color “marrón” (brown) o morenos (tan-skinned) (Foner, Deux y Donato, 2018, p. 11). Esta racialización de los latinos puede reforzar sentimientos de rechazo por motivos racistas o xenófobos, sobre todo de parte de muchos blancos estadounidenses que los consideran inferiores (p. 11).
Foner, Deux y Donato (2018) observan que las identidades raciales y étnicas -que son usadas por las personas para ubicarse a sí mismas (auto-definición) y a los otros en el mundo social- son una construcción y, por ende, se encuentran sujetas a cambios (p. 2). En Estados Unidos, son las identidades relacionadas con la raza, la etnia y el origen nacional las que mayor debate generan cuando se piensa en la inmigración (pp. 2-3). Estas categorías tienen connotaciones evaluativas que vinculan a las personas en grupos sociales y moldean las interacciones entre individuos y grupos (p. 2). Aunque una persona específica puede identificarse estratégicamente con una o varias de estas categorías colectivas, en su construcción identitaria suelen ser cruciales la familia, las tradiciones, el vecindario, los objetivos personales, las presiones sociales o las características físicas de la persona (Foner, Deux y Donato, 2018, pp. 4-5), así como el estatus socioeconómico que se posea, la presencia de discriminación y, en general, “las actitudes hacia el grupo por parte de la cultura que impera en la sociedad” (Ben-Rafael, 2013, p. 160). Es de notar, además, que las categorías identitarias usadas por una persona pueden no coincidir con las que usan los otros para clasificar a dicha persona (Foner, Deux y Donato, 2018, p. 4).
Aunque el racismo hacia los latinoamericanos en Estados Unidos no llega a los niveles que experimentan los afroamericanos, aquellos sí padecen la xenofobia, impulsada incluso por los medios de comunicación que los presentan como dependientes, pobres, reacios a la asimilación y, sobre todo, criminales (Price, 2012, pp. 803-805). El rechazo a la inmigración latina por buena parte de la población blanca estadounidense ha hecho que incluso se les asigne la etiqueta de “extranjero ilegal” (illegal alien) a todas las personas de tez “marrón” (brown-skinned people), sin importar su origen o estatuto legal, lo que ubica a los inmigrantes latinos “por fuera de los espacios de pertenencia a todas las escalas (global, nacional, regional y urbana)” (Price, 2012, p. 805),6 y muestra que dicha xenofobia nativista puede ser indistinguible del racismo. Por otro lado, debido a que el tono de piel de los latinos en Estados Unidos varía considerablemente, los latinoamericanos blancos pueden ser mejor aceptados socialmente que los de pieles más oscuras, quienes pueden llegar a sufrir muchas de las desventajas que aquejan a los afroamericanos (Foner, Deux y Donato, 2018, p. 11).
En Tiempo muerto, pese a las posturas en apariencia disímiles que tienen Lucía y Pablo en relación con la identidad nacional, el arraigo y la idea de patria, comparten el desprecio que sienten por otros latinoamericanos que viven también en Estados Unidos, desprecio que se relaciona, ante todo, con ciertas marcas identitarias que a sus ojos se magnifican: su clase social, su origen étnico o racial, su país de origen, su compenetración con el país de destino. Lucía ve a todos los latinoamericanos residentes en Estados Unidos como un enjambre homogéneo, una masa indiferenciada de cuyos individuos muchas veces es casi imposible inferir el origen específico a partir del acento: “James López, dice el prendedor en su camisa. No consigue ubicar su acento en el mapa. Primero pensó que era costarricense. Después pensó que era caleño” (García Robayo, 2017, p. 34); “¿Peruana? Los acentos latinoamericanos se le mezclan en una melaza” (p. 67). Esta actitud revela su falta de empatía hacia ellos e, incluso, la repulsión que le generan, que se manifiesta claramente cuando encuentra en un supermercado de Miami a un grupo de peruanos y chilenos que ven un partido de fútbol, y decide salir cuanto antes del lugar: “iban vestidos con la camiseta de su equipo y con un aire festivo y decadente que contaminaba el ambiente […] el aire de ese lugar estaba intoxicado” (p. 79).
Además, cuando el inmigrante latinoamericano es afrodescendiente, Lucía no puede evitar estereotiparlo a partir de prejuicios racistas. Es lo que ocurre cuando conoce a David Rodríguez, un futbolista de origen dominicano. Desde el momento en que Lucía lo ve por primera vez, la narradora (que focaliza en Lucía) hace énfasis en las marcas raciales del personaje:
Un negro de casi dos metros con la pierna enyesada se baja de un Mercedes […]. El negro del Mercedes está sentado en una mesa grande con otra gente. Debe ser su familia. Son todos negros y llevan ropa deportiva de colores estrafalarios (García Robayo, 2017, pp. 34-37).
Cuando Lucía decide acompañar a David a su habitación para tener relaciones sexuales con él, hace una referencia velada al mito del tamaño del pene de los hombres negros: “Hace unos minutos él amenazó con penetrarla con una de sus muletas, lo que a Lucía le pareció un chiste hilarante. ‘Me sentiría timada’, contestó. ‘What?’, dijo él” (p. 81). Y luego, cuando David se abalanza sobre ella, Lucía siente que él “respira como un toro, transpira como un negro […]. [Ella] recuerda que es un futbolista con poquísimas neuronas funcionales” (p. 82). David “hace todos los guiños obvios de macho bruto”, y a Lucía la asusta “el ímpetu repentino. La conciencia de que ese muchachito mide dos metros y tiene la fuerza de King Kong” (p. 82). Vemos entonces que Lucía y la narradora estarían caracterizando a David Rodríguez a partir de una serie de estereotipos que han sido asociados históricamente con los hombres negros, como el “apetito sexual excesivo”, el pene grande y su escasa inteligencia (Hall, 2010, pp. 433-435).
Por su parte, Pablo comparte el desprecio que Lucía siente por los inmigrantes latinos. Por ejemplo, piensa que los clientes latinos de la lavandería que su tía Lety (que nació en Montería) tiene en Estados Unidos son “gente más corroncha que ella y que toda su familia junta” (García Robayo, 2017, p. 106). Además, Pablo desprecia especialmente a esos descendientes de latinoamericanos que han rechazado por completo su origen debido a sus ansias de fundirse con un entorno ascético y cuadriculado, tal como ocurre con su jefe: “Hijo de hispanos, pero gringo hasta la médula […]. En la oficina de Ómar no hay un solo detalle latinoamericano en la decoración, más bien hay un esfuerzo por generar un ambiente ascético” (pp. 133-139). Como pasa con Lucía, la aversión que Pablo siente por los latinoamericanos residentes en Estados Unidos está impregnada de racismo y clasismo, y se dirige, ante todo, a los que tienen su mismo color de piel, que él llama “marrón”:
Casi todos los profesores de la secundaria son de ascendencia latina: hijos de técnicos, plomeros, sirvientas, cajeras de supermercado […]. No los ayuda ser marrones, piensa Pablo -y piensa en sí mismo, en su mamá y sus hermanas, incluso en Lucía-. Ser negro rinde más. Un hombre marrón es un hombre lavado, que se quedó a medio camino de la identidad. No se puede construir una identidad poderosa siendo marrón (p. 140).
Vemos que Pablo identifica a Lucía, a sí mismo y en general a los latinoamericanos como “marrones”, pero lo hace con un profundo desprecio, como si hubiera interiorizado el racismo y la xenofobia que buena parte de los blancos estadounidenses manifiestan hacia los hispanos o latinos. Además, a él le parece que esa identidad racial es insuficiente y defectuosa, porque está a medio camino entre las identidades “poderosas”, la blanca y la negra. Así pues, Pablo jerarquiza a las personas a partir de su color de piel y, al igual que ocurre con Lucía, le llaman mucho la atención las personas negras, hasta el punto de verlas como un grupo exótico y desagradable:
“Acá todo el mundo es color rosado”, le había dicho a su mamá en la primera conversación telefónica. “¿No hay negros?”, le preguntó ella. Sí había, pero eran distintos. “¿Cómo son?”. Su mamá, como toda mujer morena, tenía obsesión por los matices de la negrura. “Feos”, contestó Pablo, pensando en los grupos que había visto en el campus: todos juntos, caminando en bloque, abrazados a sus libros -y a sus negras-, como en un apartheid autoinducido (p. 86).
Lucía y Pablo estarían, entonces, usando las identidades raciales y étnicas como una manera de organizar su mundo social a partir de categorías identificables basadas en características comunes, lo cual les permite jerarquizarse a sí mismos y a los otros en escalas evaluativas, y también dicta la forma como se relacionan con los demás (Foner, Deux y Donato, 2018, pp. 2-3).
A pesar de este desprecio por los inmigrantes latinos, que puede rayar en la repulsión, Lucía y Pablo se suelen relacionar casi exclusivamente con latinoamericanos (o hijos de latinoamericanos) residentes en Estados Unidos. No tienen entre sus círculos de amigos o conocidos a estadounidenses con ascendencia anglosajona. Pero, curiosamente, entre los latinoamericanos que frecuentan no hay personas originarias de Colombia, a excepción de sus familiares, a quienes ven esporádicamente. Los dos carecerían, siguiendo lo señalado por Jane Prince (2000), de aquello que les permite a los inmigrantes una “continuidad en la identidad, un vínculo entre el pasado y el presente”, esto es, compartir la nueva locación geográfica con personas provenientes del mismo país: “Vivir en un grupo con otros migrantes del mismo país de origen les brinda algo de protección frente a padecimientos psicológicos; el aislamiento cultural es una fuente enorme de sufrimiento” (pp. 36-37).7 Ante tal aislamiento, en cierta medida autoimpuesto, la única protección que Lucía y Pablo tienen frente a la fragmentación de su identidad y el sufrimiento que acarrea son ellos mismos: su matrimonio, sus hijos, su hogar. Aunque este hogar también se ha fracturado irremediablemente.
La insatisfacción permanente y el cinismo de Lucía y Pablo, así como el rencor que los dos manifiestan por aquellos que parecen más integrados o que simulan una identidad sin fisuras, revelan un conflicto profundo. Su desprecio hacia los otros latinos residentes en Estados Unidos les impide identificarse plenamente con la diáspora hispana y latina, con el pan-etnicismo latinoamericano. El racismo, clasismo y xenofobia que Pablo y Lucía expresan constantemente a lo largo de la novela se presentan como un mecanismo de defensa contra el rechazo que ellos mismos podrían experimentar por no haberse integrado completamente a Estados Unidos, por ser menos blancos que la mayoría, por su origen latinoamericano, por su condición de minoría.
Todos pierden
El desarraigo en Lucía y Pablo los hace vivir la extraterritorialidad de la que habla Zygmunt Bauman (2007): “no pertenecen verdaderamente a ningún lugar, están ‘en’ sin ser ‘de’ el espacio que ocupan físicamente” (p. 183). A pesar de que su situación económica no es precaria, ellos poseen varios rasgos de lo que Abril Trigo (2012) llama transmigrantes o migrantes transnacionales, aquellos migrantes que se desplazan en masa espoleados por el capitalismo transnacional (p. 22). La tensión entre el aquí-ahora (Estados Unidos) y el entonces-allá (Colombia) produce en ambos “una identidad esquizo, escindida, conflictiva si no conflictuada; una identidad flexible […] forzada a operar, por necesidad, como si fuera perfecta, monolítica, inalterable” (Trigo, 2012, p. 23). Lucía y Pablo viven esta no-pertenencia a un lugar como “una escisión irremediable” (p. 24), hasta el punto de que cada uno de ellos puede llegar a exhibir un desconocimiento de sí mismo que se revela como dualidad: a Pablo, por ejemplo, “[a] veces le parece que es otro el que habla por su boca” (García Robayo, 2017, p. 54), mientras que a Lucía la dualidad se le presenta en relación con su deseo: “Se vio a sí misma, como desdoblada, y casi no se reconoció: le habían corrido un velo y ahora revelaba algo demasiado íntimo y morboso” (p. 50). En los dos casos vemos que la crisis identitaria supone un extrañamiento que se puede manifestar, sobre todo en el caso de Lucía, como un “desquicie” o una “falta de límites” (p. 80).
Hacia el final de la novela, los dos son conscientes de que nada podrán hacer para aliviar su desarraigo, ya que, como lo plantea Bauman (2008), “[n]o existen perspectivas de ‘rearraigo’ al final del camino tomado por individuos ya crónicamente desarraigados” (p. 39). Tras el colapso de su matrimonio, la desorientación e incertidumbre de Lucía y Pablo se agudizan, y esto es así porque la familia puede ser una de las formas de arraigo más poderosas que existen. Perderla, entonces, es tan traumático como exiliarse. Esta situación es especialmente trágica en el caso de Pablo, ya que con Lucía ha perdido también a sus hijos, que se han marchado con ella. Además, su estado de salud es bastante delicado, acaba de ser despedido de su trabajo (otra forma de arraigo), y todo indica que nunca va a terminar la novela que está escribiendo. Pablo no solo ha perdido su patria (real o imaginaria): el suelo que lo sostenía se está resquebrajando. Tan desesperada es su situación al final de la novela, que fantasea con la idea de huir, de desarraigarse por completo hasta desaparecer:
Podría irse ahora mismo.
Tomar un avión y después otro.
Un bus y una lancha.
Internarse en un bosque de bambús. Vivir en una choza al borde de una ciénaga. Mirar los pájaros en el día y el plancton en la noche.
Desaparecer (García Robayo, 2017, pp. 143-144).
Lucía, por su parte, ha entendido al final que su único hogar son sus hijos, pero ellos irremediablemente se irán (o morirán) algún día. Cuando los ve dormir, una de sus preocupaciones tiene que ver con el paso del tiempo y la fugacidad: “Algunas noches mira a los niños mientras duermen y se pregunta si sabrán que todo podría acabarse de pronto, sin aviso, sin tiempo para prepararse o para preguntarse por qué” (García Robayo, 2017, p. 66). Mientras los ve jugar en el mar no puede evitar imaginar que se hunden, y cuando por fin se asoman, nota que “siempre hay un lapso muy corto en el que creía haberlos perdido” (p. 97). En la novela el mar es metáfora de la inevitabilidad de la pérdida y el carácter efímero de las cosas, y por eso la última escena transcurre en la playa, donde Lucía se ha sentado con sus hijos a contemplar a otra familia que también mira el mar. En ese momento Lucía parece estar en paz con su situación de desarraigo, pues ha comprendido que, más allá de ser una incertidumbre espacial, es un problema temporal: todos somos desarraigados porque el tiempo sigue su curso implacable, y por mucho que nos aferremos a los lugares, las personas, las situaciones, las cosas o incluso a nosotros mismos, vamos a perderlo todo:
Piensa en la ambición inútil de fijar momentos.
Piensa en todas las veces que vio gente tratando de guardarse algo fresco para siempre. De ganarle una batalla -alguna- al paso del tiempo.
Todos pierden (p. 151).8
Gracias al nomadismo que la ha acompañado desde siempre -lo que ha hecho que su identidad sea un permanente devenir-, Lucía ha entendido, al final, que el arraigo es una ilusión. Por muy doloroso que sea, nadie tiene patria. Todos somos nómadas, todos estamos a la deriva.
Conclusión
En Tiempo muerto vemos que para el sujeto migrante el desarraigo implica la constitución de una identidad fragmentada o escindida, en la que hay una pugna entre varias culturas y, específicamente, entre dos espacios y tiempos: el entonces-allá del lugar de origen y el aquí-ahora del lugar de destino (Trigo, 2012, p. 27). En el caso de los inmigrantes latinoamericanos en Estados Unidos, como lo son los protagonistas de la novela, esta crisis identitaria está atravesada por cuestiones étnicas y raciales, ya que el auge migratorio del último medio siglo en este país ha generado tal diversidad étnica y racial que se ha potenciado el multiculturalismo (Foner Deux y Donato, 2018, p. 18), a la vez que se han exacerbado el racismo y la xenofobia. Ante esta situación, muchos inmigrantes latinoamericanos han recurrido al pan-etnicismo, esto es, la consolidación de lazos de solidaridad entre personas originarias de diversos países que, sin embargo, tienen en común la identidad latina (o hispana). Sin embargo, como resulta evidente en la novela, esta comunión se ve desafiada constantemente en la práctica, pues la diversidad racial, étnica y de clase de los latinoamericanos residentes en el país de destino es también una poderosa fuente de conflicto entre ellos. Lucía y Pablo albergan sentimientos racistas y clasistas hacia otros inmigrantes latinoamericanos, y mientras Pablo asume que ser un latinoamericano “marrón” es una señal clara de inferioridad en relación con otras identidades, Lucía ve a todos los latinoamericanos como una masa homogénea y aburrida a la que no desea pertenecer. Este rechazo los ha aislado y distanciado de los demás miembros de la diáspora latinoamericana, y les ha impedido sentir una identificación profunda tanto con su origen (Latinoamérica, Colombia) como con su lugar de residencia (Estados Unidos). El desarraigo los ha lanzado, por tanto, a una suerte de limbo en el que ya no pertenecen a ningún lugar.
Al hablar de Tiempo muerto en entrevistas, García Robayo ha señalado que su interés por el tema del desarraigo y por “la construcción tan problemática y tan maleable del concepto de identidad y de pertenencia” es, ante todo, una preocupación por “el paso del tiempo” (Restrepo, 2017, párr. 3, 14-15). Efectivamente, en Tiempo muerto encontramos una reflexión sobre este último punto, sobre la fugacidad y la pérdida. El desarraigo de los personajes es tanto espacial como temporal, lo cual resulta evidente, sobre todo, hacia el final de la novela, cuando su situación se ha hecho especialmente desoladora. Pablo ha perdido a su familia, ha sido despedido y padece un problema cardíaco. Con la escritura de su novela había intentado aferrarse a la nostalgia por un origen, nostalgia que no solo se revela artificial sino, también, inútil, debido a su profunda desconexión con Colombia y su gente, de modo que su intención por volver a ese pasado idealizado se torna imposible. Su único anhelo, ahora, es desarraigarse hasta desaparecer. Y aunque Lucía tiene a sus hijos junto a ella, se ha dado cuenta de que en cualquier momento los puede perder, porque su aceptación del nomadismo y el devenir le ha permitido entender que todo hogar es provisorio y que el desarraigo es una condición inherente a la vida humana.
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Notas