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Encuentros y desencuentros identitarios de la ciudad: Barranquilla en las crónicas periodísticas de Alfonso Fuenmayor1

Identity Encounters and Misencounters in the City: Barranquilla in Alfonso Fuenmayor's Journalistic Chronicles

Cecilia Marrugo Puello
Tarleton State University, USA

Encuentros y desencuentros identitarios de la ciudad: Barranquilla en las crónicas periodísticas de Alfonso Fuenmayor1

Estudios de literatura colombiana, núm. 49, pp. 19-36, 2021

Universidad de Antioquia

Recepción: 15 Febrero 2021

Aprobación: 21 Mayo 2021

Resumen: Las crónicas periodístico-literarias de Alfonso Fuenmayor están estrechamente relacionadas con el entorno urbano de Barranquilla. Desde postulados psicosociales y ciertas teorías de estudios culturales se analizará cómo en su espacio cronístico se conjugan elementos que apelan a la construcción de una identidad urbana, cuyo fundamento es la relación con ese mismo entorno citadino. Abordaremos una pluralidad de enfoques temporales y la dinámica en la función del cronista para revelar su proyecto de formación identitaria, firmemente anclado en postulados de tradición y progreso y enraizada en elementos de la cultura popular del Caribe.

Palabras clave: Crónicas periodísticas, Caribe colombiano, identidad urbana, cultura popular, Alfonso Fuenmayor.

Abstract: The journalistic chronicles of Alfonso Fuenmayor are closely related to the urban environment of Barranquilla. From a psychosocial approach and certain theories or the cultural studies, we will analyze how certain elements that appeal to the urban identity construction are conjugated, finding its foundation in the relationship with that urban environment itself. We will study a plurality of points of view, and the dynamics in the role of the chronicler to reveal his project of identity formation, firmly anchored in notions of tradition and progress and rooted in elements of the Caribbean popular culture.

Keywords: Journalistic chronicles, Colombian Caribbean, urban identity, popular culture, Alfonso Fuenmayor.

Los editorialistas […] no representamos ni la ciencia ni la técnica sino, más bien, el sentido común, el punto de vista que puede ser el de un hombre de la calle que no sea un necio y que quiera ser justo e imparcial, a quien molestan los andenes desportillados (Fuenmayor, 2002, p. 33).

Introducción

Existen múltiples motivos para abordar la crónica periodística del Caribe colombiano como un modo de representación de diversas particularidades culturales de la región. Por lo tanto, el presente estudio parte de un reconocimiento del Caribe, más allá de un territorio geográfico, como un “área cultural independiente” (Rama, 1982, p. 151). En consecuencia, consideramos que las manifestaciones literarias y periodísticas pueden leerse en sintonía con estos modelos de la crítica cultural identitaria. Con base en esto, inicié un estudio de las particularidades de la crónica periodística del Caribe colombiano, la cual comprende aquellos textos periodístico-literarios escritos por periodistas caribeños sobre temas relacionados con su región, de acuerdo con una cierta cosmovisión y un estilo regional particular,2 en función de lo cual me permití denominarlas a partir del juego de palabras entre “crónica” y “caribeña”: las croniqueñas.3

En el presente estudio, abordaremos una serie de croniqueñas del gran periodista e intelectual barranquillero Alfonso Fuenmayor, escritas en dos de sus columnas: “Aire del día” del periódico El Heraldo, y “Ni más allá ni más acá” del Diario del Caribe de Barranquilla, con el fin de analizar el rol del cronista en la construcción del imaginario identitario urbano individual y colectivo a partir de su cultura y entorno. Como parte de esta construcción, nos será de suma relevancia analizar la peculiar relación de Fuenmayor con Barranquilla, y su lectura de diversos fenómenos relacionados con el augusto pasado, el decadente presente y el ideal futuro, de cara a su representación modernizante de la ciudad. Cabe anotar que describir tal relación es una obra arriesgada, si se tiene en cuenta que el cronista se enfrentaba a una ciudad como Barranquilla, con un desarrollo tan desigual y sin orden sistemático preponderante durante ciertas décadas del siglo xx, lo cual hace que dicha descripción no carezca de bemoles: acercamientos, alejamientos, críticas, fascinación y nostalgia.

Construcción discursiva de una identidad social urbana

Hablar de las crónicas de Fuenmayor sobre Barranquilla es hablar de historia e identidad. Escribió numerosas crónicas desde, sobre y hacia la ciudad. Pero ¿qué había ocurrido en el entorno urbano que llevó al escritor a referirse a Barranquilla, abordándola desde tantos puntos de vista divergentes y, a su vez, convergentes? Para responder a este punto, y previo al análisis de sus croniqueñas, se hace necesario relatar ciertos aspectos en el desarrollo de la ciudad, que nos servirán de base para comprender la producción cronística del autor.

Barranquilla vivió un gran auge comercial hacia principios del siglo xx. En la década de los años treinta se convirtió en el puerto marítimo y fluvial más importante del país, dada su privilegiada posición geográfica al pie del mar Caribe y del río Magdalena. Esto, sumado a la llegada de inmigrantes nacionales y extranjeros, la convirtió en un lugar sui géneris, donde convergían expresiones artísticas, literarias y mercantiles. Sin embargo, un poco más tarde el puerto de Buenaventura, en la costa Pacífica, le superó en movimientos comerciales de importación y exportación. La pérdida de esta posición comercial estratégica trajo consigo un decaimiento eventual en su economía e industria regional que se hizo notorio especialmente hacia la mitad y segunda mitad del siglo xx.

A pesar de este declive en el sector industrial, aquel impulso de prosperidad logró mantenerse en los decenios subsecuentes. Barranquilla se convirtió en la cuna de la aviación comercial en Latinoamérica y fue pionera al tener acueducto, luz eléctrica, radio y telégrafo. Su población se triplicó en veinte años, de 65 000 habitantes en 1930 pasó a 225 000 en 1950 (Menton, 1995, p. 68).

Este ambiente de progreso y de apertura hacia lo internacional tuvo consecuencias divergentes. Por una parte, se produjo en la región un mayor enfoque hacia lo comercial y un ambiente multicultural y festivo; por otra parte, se dejaba de lado la relevancia de la producción artística:

Es una ciudad […] franca y acogedora, que ha recibido gente de todos los lugares. Franceses […]; pilotos alemanes derrotados en la primera guerra mundial; judíos escapados de las persecuciones nazis; emigrantes de Italia meridional, sirio-libaneses y jordanos […]. Es en la industria y el comercio donde la gente quema habitualmente sus energías. En aquel mundo […] las vocaciones literarias o artísticas están condenadas a una alucinada marginalidad […]. Pero […] quizás por esa misma desesperada situación marginal, los artistas surgen de Barranquilla con más fuerza que Bogotá, una ciudad que desde la colonia tiene arrogantes pretensiones culturales (Apuleyo Mendoza, 1982, p. 46).

Sumada a la indiferencia local ante las expresiones literarias o artísticas de los costeños, se produjo un desconocimiento de esta producción en el interior del país. Por lo tanto, los artistas y escritores sufrieron una doble marginalidad.

En este ambiente surgió el periodista y escritor Alfonso Fuenmayor, erudito y ávido lector en español, inglés y francés (Martin, 2008, p. 127). Nacido en 1917, su vena literaria la heredaría de su padre, el gran escritor José Félix Fuenmayor. Inició su labor periodística en El Heraldo con su columna “Aire del Día” en 1946. En este periódico transcurrieron alrededor de 30 años de carrera periodística hasta 1975, siendo considerado como uno de sus columnistas más notables, además de editorialista y subdirector. Estableció estrecha conexión con los periodistas y escritores Gabriel García Márquez y Álvaro Cepeda Samudio, entre otros, insertándose dentro de un singular movimiento intelectual que resultó neurálgico para el surgimiento de la crónica moderna a nivel regional y nacional: el Grupo de Barranquilla.

En los años sesenta, fue senador por el partido liberal, visión política que le acompañaría en sus crónicas proponentes del progreso. Desde 1976 trabajó en el Diario del Caribe, donde escribía su columna “Ni más acá, ni más allá”. Más tarde publicó su único libro, Crónicas sobre el Grupo de Barranquilla. Posteriormente llegó a ser director del Diario del Caribe de 1982 a 1983, y falleció en 1994.

Escogió ser un escritor público dedicado a la prensa. Vivía en el Barrio Abajo, sector icónico de la cultura popular de Barranquilla; de hecho, al preguntarle Ramón Illán Bacca (2002) sobre su clase social en una de sus entrevistas, diría

Maestro, ¿a qué clase social pertenece usted? -¡A ninguna! -me responde. -¿Y los del Grupo de Barranquilla? -A la misma mía (p. 160).

De esta manera, más que su conciencia de clase, en el discurso fuenmayoriano se nota una conciencia de identidad social intrínsecamente relacionada con su entorno urbano. Deja ver en sus escritos una pasión mezclada con nostalgia por un pasado que fue mejor, una fascinación y a la vez un descontento sumado al anhelo de ver su ciudad del presente libre de abusos y atraso.

En Barranquilla, tanto el pasado auge económico y comercial como el declive económico y social se notaban en sus vías, parques, el mercado y en los servicios públicos. Por consiguiente, en las crónicas de Fuenmayor se expresaba el anhelo de progreso, intentando proponer soluciones. Desde sus 31 años, Fuenmayor ya había iniciado un proceso incipiente de reconocimiento de su entorno que sentaría las pautas para desarrollar esa identidad social urbana en su legado cronístico. En sus notas de 1948 elaboraba agudas críticas dirigidas no solo a los dirigentes públicos, sino también al pueblo por su completa falta de civismo y solidaridad con la ciudad. La pregunta que nos podríamos hacer aquí es: ¿tendría Fuenmayor la aspiración de aportar a la formación de una identidad urbana?

Con base en los escritos analizados, no podemos establecer a ciencia cierta si Fuenmayor poseía una agenda consciente de construir un discurso identitario en sus crónicas. Pero sí podemos afirmar que sus escritos, ampliamente leídos en los periódicos más populares de la ciudad, aportarían a dicha construcción. Asimismo, podemos agregar que en la década de los años cincuenta y sesenta, caracterizados por aquel grave estancamiento económico, Fuenmayor asume un papel solidario y educativo de las masas. Como alguien que pudo experimentar y vivir en el período de auge en la ciudad en su juventud inicial, no se hace difícil comprender su sentido de responsabilidad en tanto escritor público, y su acuciante necesidad de defender los intereses de lo que había sido hasta hace poco un bastión en el desarrollo cultural e industrial del Caribe y de la nación, y punto central en su conformación identitaria. De ahí que en diversas crónicas notemos referencias a la brillante historia barranquillera y aquella nostalgia por un pasado que fue mejor, como un esfuerzo por no separarse de aquello que proveía un sentido de origen. En este punto, otras preguntas que esperamos responder a partir del análisis de las crónicas seleccionadas serían: ¿qué ha cambiado del pasado al presente?, ¿qué se debe conservar de la ciudad pasada en la futura ante los procesos de cara a la modernización?, ¿cuál es y debe ser la actitud de los barranquilleros en todo este proceso?

Daremos respuesta a estos cuestionamientos a lo largo del estudio, analizando la postura de Fuenmayor hacia las orientaciones temporales y el acercamiento o alejamiento de su objeto. En cuanto a sus referencias temporales, señalamos tres vertientes fundamentales como son la Barranquilla gloriosa del pasado con sus tradiciones, la decadente del presente, y la moderna del futuro en tanto instancias que parecieran oponerse entre sí, pero que conforman el mapa de la construcción identitaria urbana, unidas por un hilo conductual que logra articular a las tres en una misma esencia: crear el alma de Barranquilla y, por lo tanto, del barranquillero.

Básicamente, la identidad entendida en términos bourdieuanos es ese “ser percibido que existe fundamentalmente en virtud del reconocimiento de los demás” (Navarrete-Cazales, 2015, p. 472). Además, la noción de identidad se vincula con la relación dialógica entre el individuo y su entorno. Dicha relación, en este caso entre Fuenmayor y Barranquilla, será estudiada de cara al discurso identitario social desde postulados de la Psicología Social. Nos enfocaremos especialmente en tres ramificaciones de la identidad urbana: las caracterizaciones del “yo” individual o el self, de la misma Barranquilla, y de una “identidad social urbana” o identidad colectiva entendida por Sergi Valera y Enric Pol (1994) como “un sentimiento de pertenencia o afiliación a un entorno concreto significativo” (p. 7). La relación entre un individuo y su entorno físico se traduce entonces en una especie de diálogo simbólico en el cual el espacio transmite al individuo una serie de significados socialmente elaborados y este, a su vez, los interpreta y reelabora en un constante proceso de reconstrucción (p. 8). En otras palabras, se desarrolla un vínculo de pertenencia con rasgos típicos de la ciudad y entornos urbanos significativos para el individuo (p. 10). A dicho vínculo se referiría Eduardo Posada Carbó (2002), excompañero de Fuenmayor en el Diario del Caribe: “Podría decirse que Alfonso Fuenmayor fue ante todo un periodista cívico […] perteneciente a la ciudad […]. Alcanzó a definirse como ‘barranquillero viejo’, con un íntimo sentimiento de pertenencia ciudadana que parecería a ratos extraordinaria” (p. 32). De este modo, en el siguiente análisis de su entorno físico en tanto categoría social, nos percataremos de las características de sus desencuentros o encuentros con la ciudad en algunas de sus croniqueñas.

Fuenmayor y los desencuentros de un flâneur barranquillero

Los “desencuentros” con Barranquilla se describen en las crónicas donde Fuenmayor se presenta como peatón, una especie de flâneur que encuentra obstáculos a su paso. Sin caer en un simple ánimo denunciatorio del deterioro de la ciudad que expone la negligencia de las autoridades locales, valida su posición de observador experimental con un profundo sentido barranquillero cuyo juicio procedía, en muchas ocasiones, de un espíritu liberal que anhelaba la equidad, la justicia y el progreso. Ciertos problemas encontrados en tal reconocimiento de la ciudad se relacionan con la cultura popular, convirtiéndolos así en valiosos sustratos que conforman la cartografía fuenmayoriana de la identidad urbana.

Bajo esta imagen del paseante, analizaremos cómo esta posición de representatividad colectiva no es estática sino dinámica, ya que en diferentes notas se observa que el cronista se aleja de la colectividad, posición que aporta a su construcción del self. Esta variación de roles lo ubica en una posición de “nosotros” intermedia (Rotker, 2005, p. 171) porque, si bien es cierto que en diferentes notas se denomina un barranquillero más, en ocasiones se separa observándole como un elemento a quien achacarle el atraso que quisiera ver superado. Cabe anotar que, pese a referirnos a esta condición de paseante desde la tradición benjaminiana, con el objeto de proveer una imagen visual y establecer un punto adicional para reflexionar sobre la función del cronista, el flâneur descrito en estas crónicas se aleja de su representación europea, debido, entre otros puntos, a los obstáculos particulares del entorno barranquillero, pero aun guardando características en común propias de esta función.

Al dejar al descubierto los modos premodernos de la ciudad, se observa la imagen de un flâneur frustrado en su tiempo presente, impotente e irritado ante los diferentes obstáculos, al igual que los arroyos presentados en la crónica “La lluvia” del 12 de octubre de 1949:4

Muy cerca, precipitada y sucia, el agua iguala los desniveles de las calles. Mirando el cielo con un gesto de protesta, el peatón detenido entre un arroyo y la providencial piedad de un alero, no necesita expresar lo que piensa. Es la estatua de la protesta. Su furia contenida, encarcelada […] estallará cuando venga un automóvil que pasará majestuoso, olímpico, indiferente, muy próximo de su improvisado y firme cautiverio […]. Su furia la produce […] la seguridad de que el automóvil, invariablemente, al romper como una regata la móvil superficie del agua, le arruinará el vestido (Fuenmayor, 1949a, s. p.).

Esta crónica es un ejemplo del cronista que se consustancia con la imagen del peatón común que se siente impotente frente al atraso de la ciudad, y adopta “el punto de vista que puede ser el de un hombre de la calle” (Fuenmayor, 2002, p. 33), como leíamos en el epígrafe. El automóvil se presenta a modo de símbolo de modernización que no encuentra lugar adecuado dentro de una cartografía aún plagada de los rastros de la urbe no planificada. Más que la derrota de la modernización, representa la desambientación del flâneur en una ciudad atrasada, pero que mantiene en este caso su nexo con el colectivo a través de la imagen del paseante rutinario.

En “Andenes y peatones” expresaría:

Cualquier persona, cada día, tiene oportunidad de constatar que lo que aquí, ligeramente, llamamos andén no existe en realidad. Esas que en la teoría deberían ser veredas encementadas, de suficiente anchura y a un solo nivel, no existen y antes parecen una descuidada pista para carreras de obstáculos (Fuenmayor, 1949b, s. p.).

Hallamos al cronista semejante a “cualquier persona” con su descontento y frustración al no encontrar su espacio. Al pasearse por las calles de Barranquilla, hallaba el paso dificultoso, lo cual podría leerse como una alegoría a la imposibilidad de marcha hacia el progreso por causa de la negligencia del sector público y la falta de civismo del pueblo. En distintas ocasiones se asoma esta intención de representar al colectivo, de encarnar a Barranquilla como en “Descripción de un recuerdo”: “Amira me abrazó largamente. Estaba abrazando a Barranquilla” (Fuenmayor, 1967, s. p.). Mientras diría en la nota “Hablando como barranquilleros”: “Nosotros los costeños somos tan infortunados que hasta el hecho incuestionable de que manejamos el idioma con más o menos corrección se nos niega” (Fuenmayor, 2002, p. 110, énfasis mío). Ese “nosotros” es una plataforma que le confiere autoridad para representar al colectivo, darle voz, para defenderle o acusarle, y para crear un sentido de identidad social urbana firmemente anclada en ese “nosotros” y “nuestra” ciudad.

Por otro lado, el distanciamiento del colectivo se nota cuando hay algún rasgo de atraso en la materia de la que habla. En cuanto a la retórica cronística este distanciamiento es propio de la función de paseante: “La figura retórica del cronista, del observador con su cuaderno de notas, requiere una distancia formal e imaginaria entre el paseante testigo y la materia de su narración” (Bencomo, 2002, p. 167). Dicho elemento se observa en crónicas como “Una iniciativa”:

[El señor Alcalde] debe prohibir […] que algunas familias se sienten a la puerta de la calle para tomar el escaso fresco que puede disfrutarse en estas noches calurosas. El peatón encuentra, con frecuencia, a muchas personas que han colocado sus sillas sobre lo que debe estar destinado exclusivamente a los transeúntes […] Barranquilla perdería entonces una de sus costumbres típicas en consonancia con el clima. Pero el progreso es inexorable y los hábitos tradicionales con lastimosa frecuencia necesitan ser sacrificados (Fuenmayor, 1948a, s. p.).

El hecho de que el cronista no hace parte de las tertulias a la puerta de la calle establece una ruptura de ese otro que representa el atraso y, al mismo tiempo, la definición de su self en tanto personificación de cultura y progreso. De ahí su necesidad imperante de separarse. Esta identificación desde la otredad la elabora a partir del recurso del contraste, donde ese otro y yo somos diferentes por nuestras diversas prácticas sociales. En consecuencia, la experiencia simbólica social le confiere una cualidad casi-psicológica de identidad individual (Valera y Pol, 1994, p. 11).

Continuando con las representaciones dinámicas, se exponen además orientaciones temporales centradas ya sea en un pasado anclado en la tradición, en el presente o el futuro, estableciendo diversas modalidades de relación simbólica con el espacio que oscilan entre la preservación de la historia, relaciones estrictamente funcionales del presente, inversiones hacia el futuro y la coordinación pasado-presente-futuro (p. 12). Por ejemplo, en la referencia a los parques de Barranquilla se nota la conjugación entre la nostalgia por la tradición y la descripción de su presente indeseable. Por un lado, vemos esa nostalgia en “Mientras llega el carro del aseo”: “Los parques de la ciudad -¿pero en realidad sí hay parques?- presentan al atardecer un confortante espectáculo que demora nostálgicamente a los peatones adultos que pasan a su alrededor” (Fuenmayor, 1949c, s. p.). Por otro lado, en “Un parque menos, una vergüenza más” responde a su pregunta sobre los parques al enfocarse en el estado deplorable de uno de ellos: “Hay un parque, el de San Nicolás que resume la infancia de barranquilleros todavía vivos. En realidad, ese parque es un basurero demasiado central y excesivamente anti-higiénico” (Fuenmayor, 1950, s. p.). Se ve entonces que abandona el tono nostálgico, pues los parques como lugares de distensión no representarían el ánimo propiamente moderno de la ciudad agilizada, la de ese tránsito acelerado propiciado por amplias arterias peatonales y de circulación automotriz. Los parques representan entonces sitios un tanto anacrónicos, espacios de la nostalgia que más bien atrasan el recorrido del paseante y, por lo mismo, de la Barranquilla del progreso.

A través de la imagen del flâneur pudimos observar ciertas facetas dinámicas sobre la construcción identitaria del cronista y su colectividad, forjadas con base en su apropiación personal e interpretación de prácticas sociales o habitus en el espacio urbano. Bajo un lente psicosocial, esto se encuentra relacionado con el concepto de place-identity (identidad espacial), promovido inicialmente por Harold Proshansky en los años setenta, bajo el cual el individuo se define a partir de su relación con el entorno físico que le rodea y de la elaboración de una cognición de ciertos espacios de la ciudad donde se desarrolla su vida cotidiana, estableciendo vínculos emocionales y de pertenencia a dichos entornos (Valera y Pol, 1994, p. 8). Concluimos en este aparte que Fuenmayor construye ese self barranquillero, concibiéndose a veces como “uno más”, al insertarse en el identitario colectivo cuando se trataba de defenderle, y en otras ocasiones como la encarnación de la Barranquilla culta ideal, al alejarse para identificarlo cual elemento perturbador del progreso. Más que problemáticas estas fluctuaciones identitarias enriquecen la ya variada producción de Fuenmayor, donde la crónica periodístico-literaria le proporciona el espacio ideal para dichas representaciones, por su carácter de espacio flexible entre literatura y periodismo. De acuerdo con Susana Rotker (2005), la crónica, en tanto discurso híbrido donde se encuentran literatura y periodismo, permite postular preguntas apasionantes sobre la cultura, convirtiéndose en género idóneo para su representación (p. 16).

El humor en las croniqueñas fuenmayorianas

El humor, aspecto identitario del caribeño, es un sustrato que permea gran parte de sus representaciones culturales, artísticas y sociales, incluyendo la prensa y la literatura: “el humor costeño, la desacralización sistemática, el mundo como sonrisa, la belleza inédita, la otra cara de las cosas. La receta primordial cuya definición duró años: magia, humor, poesía” (García Usta, 2007, p. 136). Más allá de entender esta receta estrictamente como un recurso añadido a la narrativa, constituye una expresión cultural innata, sin la cual las croniqueñas perderían un valor fundamental. En otras palabras, de acuerdo con Mikhail Bakhtin (1984), la comicidad está relacionada con la continuidad de la vida, con una concepción social y universal del cronista (p. 87).

En las crónicas urbanas, este humor no siempre estaba en la superficie y se caracterizaba por la defensa de aspectos de la ciudad que se encontraban en amenaza o deterioro (Illán Bacca, 2018, p. 109), como las calles de Barranquilla. La situación de los buses urbanos sería un tema recurrente, y la ironía el canal para su denuncia, tal cual se muestra en la crónica “Lo de siempre”:

Afuera llovía con la generosidad con que en Barranquilla cae el agua en estos meses. Y dentro del bus llovía con la misma intensidad. El techo no ofrecía un centímetro cuadrado de impermeabilidad. Algunos pasajeros, los que los llevaban, abrieron sus paraguas, que tenían destinados para la intemperie. El resto de la gente se mojó. Y el dueño del vehículo tan campante (Fuenmayor, 1948b, s. p., énfasis mío).

Advertimos la presencia del cronista pasajero que, a través de un sutil y espléndido humor, ponía en evidencia el estado de la ciudad. Sin embargo, la mirada del cronista no se dirige hacia afuera, sino hacia “dentro” del bus, el cual podría representar un viaje al corazón de la Barranquilla atrasada que necesitaba ser modernizada. Lo vemos nuevamente inmiscuyéndose en la acción narrada, para camuflarse de pasajero. Lo imaginamos como uno de los que no llevaba paraguas, impotente, ridiculizado, no a causa de la lluvia, sino de la incompetencia de los dueños del servicio público. Encontramos esa capacidad del narrador de reírse de sí mismo, esa “desacralización” de su rol intelectual en el espacio cronístico con un tinte casi inverosímil, un tanto hiperbólico.

Por su parte, de los semáforos diría que “‘no andan bien’: ‘parecen ser temperamentales y arbitrarios y cambian de color caprichosamente o no cambian […] Cuando menos peligrosos son esos semáforos es cuando se va la luz. Entonces ya la gente, la de a pie y la otra, sabe a qué atenerse’” (Fuenmayor, 2002, p. 34). Al partir de una experiencia tanto objetiva como subjetiva, el cronista crea de la calle un espacio que bien parecería realista mágico, con elementos que cobran vida a través de personificaciones ingeniosas.

Adicionalmente, desde los mismos títulos de las crónicas nos percatamos de la mencionada ironía, tan congruente con el humor “mamagallístico” de la cultura popular caribe. Ya para los años ochenta en la columna “Ni más acá ni más allá” del Diario del Caribe, Fuenmayor continúa con su retórica modernizante, llevando la responsabilidad de educar a su público al considerar su oficio como un ejercicio de construcción social de amplia envergadura. En los títulos y cuerpo cronístico observamos la inserción de elementos, entre ellos los animales, cuya carga de significación metafórica o de contraste alimenta su noción de identidad de Barranquilla. Lo anterior lo observamos en “¿Pondremos el cangrejo en el escudo?”, donde el cangrejo, símbolo del atraso y representación animalizada de Barranquilla, aporta una carga de significado a la imagen identitaria de la ciudad de su presente. Esta crónica provee un modelo educativo a las generaciones más jóvenes, a través del ejemplo de un grupo de profesionales que se unieron para arreglar una de las calles principales de la ciudad, de quienes resalta su “denuedo y entusiasmo” y “aquel viejo y noble espíritu cívico que obró milagros en el desenvolvimiento urbano” (Fuenmayor, 2002, p. 191). Nuevamente nos percatamos del contraste nostálgico del espíritu noble del pasado con el entusiasmo de las jóvenes generaciones del presente, que obran como un elemento de esperanza dentro del “deplorable” cuadro de las condiciones de la ciudad. Ante la negativa de las autoridades a la iniciativa de los jóvenes, concluye: “Podría decirse, ante este fenómeno tan decepcionante, que Barranquilla y civismo son cosas incompatibles” (p. 191).

Ese hilo conductual, la construcción del imaginario barranquillero, del alma de Barranquilla, conecta una vez más a las representaciones del pasado y presente en “Cuento en el que aparece un burro”. No puede ocultar su fascinación con la ciudad de vergeles al verla desde un avión, aquella “ciudad levantada en la amenidad de un parque con el agua que prodiga, caudaloso y arrogante, el Magdalena” (p. 177). Sin embargo, no tarda en señalar sus problemas, incluyendo ese inteligente toque humorístico:

La distancia, que es piadosa inclusive con las mujeres feas, no permite que se vean los socavones de las calles, los andenes desportillados, la basura que se amontona en tantos sitios, ni tampoco, que el olfato se ofenda con las emanaciones del agua estancada, la de los caños y la que desborda de las alcantarillas (p. 177).

El elemento del burro se podría emplear ahora para referirse al gobierno local, pero en especial al pueblo al que acusa por protestar, cuando son ellos quienes eligen a sus dirigentes políticos. Añade: “En esto hay una contradicción, ciertamente, pero si no la hubiera no estaríamos en Barranquilla” (p. 177).

En su crónica “Frente a Barranquilla”, donde Fuenmayor trata el problema de la expansión del Terminal Marítimo y Fluvial inicialmente construido en 1936, se notan referencias al tiempo de la “puerta de oro” como una manera de apelar al regreso a tiempos de prosperidad. Esto es lo que Valera y Pol (1994) denominarían la ya mencionada “coordinación pasado-presente-futuro” (p. 12), donde la ciudad del pasado (construida a través del recuerdo y la memoria) es exaltada en tanto modelo de avance: “cuando empezó a construirse el Terminal Marítimo y Fluvial, Barranquilla tenía un desarrollo urbano, económico, industrial, comercial, demográfico bastante por encima del Kilómetro Cero […]. Además, disponía de servicios públicos fundamentales” (Fuenmayor, 2002, p. 142). La conjugación gramatical de los verbos indica que todos estos aspectos faltan en su presente, sumado a la oposición de entes gubernamentales como el Inderena, institución encargada de las leyes protectoras de la fauna y flora, ante la propuesta de ciertas autoridades locales de extender el terminal al otro lado del Río Magdalena. Esta posición le mereció al Inderena entrar en la lista negra de Fuenmayor de opositores del progreso y culpables del atraso, calificándola de una “entidad de la que puede decirse que es más, mucho más lo que estorba, lo que impide que se realice que lo que hace” (p. 142). La ironía a tres bandas continúa a lo largo de la croniqueña, haciendo evidente la apuesta de Fuenmayor por el progreso, prefiriéndolo a expensas de guardar intacto un hábitat que no ayudaba a la expansión económica: “El paraíso de las babillas, de las garzas, de los cangrejos, de los patos y de cualquier guartinaja para no hablar de las serpientes, puede retirarse unos cuantos kilómetros del Magdalena sin daño ni perjuicio alguno” (p. 142). Esta crónica representa claramente el ideario de Fuenmayor y su ya desarrollada place-identity conectada al casco urbano, al espacio de los edificios, de las calles; el otro espacio, el hábitat de la flora y fauna, no hacía parte del discurso identitario de ciudad y debía hacerse a un lado.

En estas crónicas se devela uno de los grandes logros del cronista Fuenmayor al denunciar y protestar a través de una narrativa que eleva el escrito a la altura del mejor de los periodismos por lo acucioso, veraz, en ocasiones irónico y mordaz, pero ante todo profundamente pedagógico.

Fuenmayor y los encuentros identitarios en sus crónicas urbanas

Culminaremos nuestro estudio refiriéndonos a los “encuentros” de Fuenmayor con sus espacios urbanos, privados o públicos, la casa o el barrio, y su aporte a la formación del imaginario urbano de la ciudad y del self. La fascinación por Barranquilla y su entorno natural se advierte en la siguiente cita, donde Posada Carbó (2002) describe lo que el autor expresaría al ver a Barranquilla “a vuelo de pájaro” desde la ventanilla del avión, cuando iba o regresaba de sus viajes:

“Me agrada ver a Barranquilla desde arriba […] no se le ven los defectos que […] disimula”. Pero en esa manifestación que podría interpretarse como de vergüenza ciudadana, no podía ocultar su genuina fascinación por el “inmenso jardín” que apreciaba desde las nubes: “las viejas casas con sus viejos patios […], sus viejos ciruelos, sus viejos mangos de penetrante aroma sus acacias de capullos radicales, sus almendros de sosegada sombra […] las ampulosas ceibas […] que proporcionan una engañosa sensación de eternidad y los robles que esperan todo un año para contribuir con su floración, morada o amarilla al esplendor de la Navidad” (p. 33).

En esta descripción, que es posible considerar como una especie de resumen del ideario global de su ciudad, no podemos omitir la conexión esencial que establece entre el elemento natural (los árboles) con “las viejas casas con sus viejos patios”. En otras palabras, los árboles adquieren vida y ante todo relevancia en su universo vital a partir de las viejas casas y los patios. Vemos entonces que estos sustratos de la casa o del patio, más que un lugar físico, son una representación geosimbólica de la cultura colectiva Caribe:

Así, la Casa en el Caribe representa la materialización de los elementos de identidad del habitante, su estructura geográfica de soporte y sus formas de vivir; este elemento trasciende los valores físicoespaciales y denota su carácter antropológico y social, quedando latente en las formas lingüísticas verbales y no verbales de la Literatura (Sierra Franco, 2020, p. 3).

Este espacio de la Casa es relevante en el discurso fuenmayoriano si, y solo si, facilita el camino hacia la modernidad. En “Las casas de paja” la nostalgia representa el estancamiento, el sueño, y a su vez admite el valor de este espacio físico en cuanto a habitus y a la conformación identitaria a partir de prácticas populares como las siestas en hamacas:

Personalmente no podemos dejar de ver en esa primitiva arquitectura, en esas pequeñas y frecuentemente deterioradas casas de paja, la supervivencia de una edad que nos conmueve con el dulce y somnoliento ritmo de la nostalgia […]. Por eso quizá esas modestas construcciones sirven para evocar una ciudad cuya desaparición en cierto modo empezamos a lamentar. Muchas veces este es el precio del progreso: las lágrimas […] ¿cómo reprimir ese ondulado, suave y penoso sentimiento que le adscribimos a las casas viejas en donde nunca fue un problema colgar la hamaca de las siestas y de los crepúsculos? (Fuenmayor, 1949d, s. p.).

A esa pregunta retórica responde: “El progreso hay que aceptarlo con los ojos cerrados si queremos vivir con el siglo”. Dicho de otra manera, este “hay que” implica un imperativo donde triunfa el desapego a la tradición y la nostalgia, pues ambas son rémoras que impiden la remodelación urbana, y por lo tanto cultural, por la cual Fuenmayor aboga en su defensa de la deseada modernización de su ciudad.

En la croniqueña titulada “El Barrio Abajo” hallamos magistralmente registrado el carácter antropológico-social en conjunción con la representación del espacio físico y “la Casa-ciudad”. Como su nombre lo indica, El Barrio Abajo es un sector popular de Barranquilla donde inicialmente se asentarían las élites de la incipiente metrópolis. Sin embargo, con el pasar del tiempo, quedaría relegado a ese espacio “allá abajo” ante la expansión y movilidad de las clases más pudientes a los barrios del norte. Ante una inminente remodelación del Barrio por parte de un grupo de urbanistas, Fuenmayor (2002) apela a la conservación de la esencia de este espacio, tan significativo para el colectivo imaginario del barranquillero:

Hay sectores de la ciudad -bien escasos, ciertamente- que conservan casi intacta la expresión y el espíritu de la vieja Barranquilla, en donde una persona, viniendo de presuntuosos barrios residenciales, se sumerge de pronto en una atmósfera distinta, quizás insospechada, diríase de sosiego, como si la vida ahí se hubiera quedado repentinamente quieta, en una especie de espasmo (p. 105).

Es interesante cómo el progreso, elemento tan relevante en el discurso fuenmayoriano en sus crónicas urbanas, y a diferencia de “Las casas de paja”, cede su protagonismo para que triunfe el sustrato de la tradición. De ahí que el Barrio Abajo se constituya como parte substancial de la cosmogonía identitaria de Barranquilla, un lugar geosimbólico donde “la implacable ‘pica demoledora del progreso’ no ha hecho muchos estragos” (p. 105), y donde se podían recorrer largas cuadras contemplando su intacta fisonomía de cincuenta o cien años, no sin encontrarse “una residencia con los declamatorios vestigios de un antiguo esplendor, mansiones que denuncian a gritos una disparatada opulencia” (p. 106).

Ahora vemos que la Casa-Barrio es una representación de la tradición y del origen de Barranquilla, a la que necesariamente había que aferrarse si se quería conservar la historia de la formación de ciudad y, por lo tanto, de la esencia del ser barranquillero. En una ciudad que creció de manera fragmentada y sin un orden urbanístico definido, como han comentado algunos analistas, no ha de sorprendernos la intención de Fuenmayor por recuperar la herencia en camino del olvido. Las siguientes palabras de Álvaro Cepeda Samudio consignadas en el artículo de Harold Dede Acosta (2018) sobre la modernidad en Barranquilla ilustran este hecho:

Barranquilla es una ciudad sin leyendas ni blasones […]. Temas de menos para los malos poetas y campo estéril para los historiadores. No fue teatro de caballerescas aventuras ni su viento cálido fatigó la infancia de ningún prócer (de aquí lo absurdo de su himno: “Barranquilla procera e inmortal”) (p. 170).

Sin embargo, Fuenmayor recupera la esencia de la ciudad en la perfecta representación de la “Casa Barranquilla-Barrio Abajo”, en ese patio universal de la cultura popular de Barranquilla, un espacio de inmigrantes, de mezclas, donde se podía encontrar desde “una academia de baile” (que le llamarían sospechosamente a la versión de la época de un club nocturno), hasta una sastrería y una peluquería dirigidas por “el sastre antillano Henry Ford […] [y] un peluquero de Yokohama” (Fuenmayor, 2002, p. 106). Esta reflexión culturo-identitaria de lugar nos refiere a la concepción de Pierre Bordieu sobre la construcción de la identidad que analiza Navarrete-Cazales (2015), con base en prácticas sociales que parten de representaciones tanto mentales como objetales, las cuales luchan por el poder: “luchas de hacer ver y de hacer creer, de hacer conocer y hacer reconocer, de imponer la definición legítima de las divisiones del mundo social” (p. 472). En este esqueleto dialógico donde cosas, lugares y prácticas, artefactos de un modus vivendi, compiten por hallar un lugar en la construcción identitaria, es el individuo, el cronista en este caso, quien decide, de manera reflexiva o irreflexiva, qué incorporar de su contexto (p. 472). Por lo tanto, se hace visible que en esta crónica ha elegido traer a su costal de representaciones una celebración de la diversidad barranquillera, su carácter de ciudad de inmigrantes y sus contrastes que asombran hasta al viajero de mayor experiencia.

En este tenor, hallamos eco en los postulados de Homi Bhabha, quien presenta el tema de la identidad desde lo multicultural y la diferencia, donde el otro inserta en el saco identitario de la cultura a la diversidad, las minorías y los excluidos, por su posibilidad de visibilidad social, a pesar de que nunca pueda asegurar su representación fidedigna (Navarrete-Cazales, 2015, p. 473). Fuenmayor, como arquitecto y constructor identitario, elige la celebración de la cultura caribe de Barranquilla representada en el Barrio Abajo, en un ambiente nacional donde los gramáticos en las alturas de las esferas capitalinas del interior estaban alejados de representaciones culturales populares, concebidas como una “simpatiquería sin trascendencia vital o estética […] una muestra más de la insoportable osadía del mulataje” (García Usta, 2005, p. 27).

Finalizando la crónica que nos atañe en este momento, Fuenmayor (2002) apunta:

Una vez a la puerta de una peluquería del Barrio Abajo, mientras el barbero barría un montón de pelo Rubio que yacía en el suelo, Alejandro Obregón […] le dijo al autor de estas líneas: “Es imperdonable que no hayan hecho de este barrio una especie de Montmartre”. Ojalá que esto piensen los urbanistas que han tomado a pecho la remodelación del Barrio Abajo (p. 106).

A partir de un juego de dobles, la voz del personaje del pintor Obregón es la del cronista. Por ver amenazado su entorno, adopta no solo un rol protector de su “pasado ambiental” con la carga de significado social que el autor le adjudicó al espacio del Barrio, sino que también expresa a manera de “ojalá” su derecho a delimitar el trabajo de los urbanistas. De esta manera, la noción de place-identity adquiere aun mayor relevancia:

Este “depósito cognitivo” que configura la identidad del lugar -del cual, según Proshansky y otros (1983), el individuo no es consciente excepto cuando siente su identidad amenazada- permite a la persona reconocer propiedades de los entornos nuevos que se relacionan con su “pasado ambiental”, favorecer un sentido de familiaridad y la percepción de estabilidad en el ambiente, dar indicios de sobre cómo actuar, determinar el grado de apropiación o la capacidad para modificar el entorno y, por último, favorecer un sentimiento de control y seguridad ambiental (Valera y Pol, 1994, p. 9).

La prensa se convierte entonces en ese medio ideal de expresión de su noción de identidad social (proceso que ocurre centrado mayormente en el individuo, como es característico del place-identity), pero que busca transmitirlo a un colectivo, en este caso el público lector, aportando a la identidad urbana de la ciudad. De ahí que el Barrio Abajo y su memoria colectiva, la pequeña Barranquilla, esa cuna en la que yace la construcción de la identidad barranquillera caribe, puede ser analizado como una categoría social, donde se conjuga su esencia de progreso, diversidad y cultura popular.

En conclusión, la retórica de formación identitaria urbana (self, ciudad y colectivo) en las croniqueñas de Fuenmayor conjuga una gran pluralidad de aspectos. Dando respuesta concreta a las preguntas iniciales, notamos que mucho había cambiado en el esquema urbano del pasado progresista al presente decadente. En la cosmovisión del autor, la actitud de indiferencia del barranquillero común ante los problemas de su ciudad debía transformarse a la de un ente cívico y responsable. En cuanto a la temporalidad pasado ideal, presente caótico, futuro glorioso, según el discurso fuenmayoriano, debía conservar ciertos elementos que ayudaran a la ciudad a salir del estancamiento. El pasado leído a través del lente de la nostalgia, el cual sirve de filtro para visibilizar los cambios (tanto buenos como malos), no debe entenderse como una somera añoranza por un pasado mejor, sino que pretende construir un proyecto de identidad urbana cuyo progreso esté fundado en la combinación de tradición y progreso. De ahí que todos sus esfuerzos centrados en la recreación y adopción de ese espacio urbano que tanto le problematizaba no carecieran de una intención benefactora de presentar una agenda que aportara a la solución de innumerables problemas, haciendo un llamado constante a la acción en la que el mismo colectivo fuera el valiente protagonista y forjador de su ciudad, de su propia historia y destino, es decir de su identidad. De esta manera, se cumplirían las consabidas palabras del himno: “Barranquilla procera e inmortal”.

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Notas

1 Artículo derivado de la investigación “Croniqueñas: La crónica periodístico-literaria del Caribe colombiano: 1948-2011”, del grupo Crónicas periodístico-literarias del Caribe colombiano. Cómo citar este artículo: Marrugo Puello, C. (2021). Encuentros y desencuentros identitarios de la ciudad: Barranquilla en las crónicas periodísticas de Alfonso Fuenmayor. Estudios de Literatura Colombiana 49, pp. 19-36. DOI: https://doi.org/10.17533/udea.elc.n49a01
2 La crónica periodístico-literaria abarcada en este estudio representa un género de no ficción, que se presta como un espacio discursivo que se ajusta a la representación de la identidad cultural de la región.
3 Entre dichas particularidades se encuentran la exaltación de la cultura popular del Caribe, temas localistas, el uso del humor típico de esta región y un uso distintivo del lenguaje. Para un bosquejo más amplio, referirse a mi artículo “La croniqueña: particularidades de la crónica periodística del Caribe colombiano”, 2016.
4 “Arroyos” es el nombre adjudicado al fenómeno de formación de corrientes de aguas que se daban en las calles de Barranquilla cuando llovía, por la deficiencia del alcantarillado.
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