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“Mi infancia explica mi vida”: Soledad Acosta de Samper y la narración de la niñez1
“My Childhood Explains My Life”: Soledad Acosta de Samper and the Narrative of Childhood
“Mi infancia explica mi vida”: Soledad Acosta de Samper y la narración de la niñez1
Estudios de literatura colombiana, núm. 50, pp. 19-36, 2022
Universidad de Antioquia
Recepción: 10 Agosto 2021
Aprobación: 04 Octubre 2021
Resumen: Este artículo analiza la perspectiva de Soledad Acosta de Samper sobre la infancia en los relatos “Mi madrina. Recuerdos de Santafé” (1869), “Federico. Recuerdos de la infancia” (1870) y “El cura y sus sobrinos - Preludios de cacería” (1880-1881), los cuales dialogan con “Memorias íntimas, 1875”, un breve relato autobiográfico en el que Acosta recuerda su infancia durante uno de los años más convulsionados de su vida adulta. Se señalan las contribuciones de la autora en la creación de la categoría de infancia en Colombia y su adelanto en el contexto sociocultural, en la medida en que los niños de sus relatos sobresalen por sus voces y su agencia.
Palabras claves: Soledad Acosta de Samper, niñez, siglo xix, escritura de mujer.
Summary: The purpose of this article is to analyze Soledad Acosta de Samper’s perspective on childhood, through examining “Mi madrina. Recuerdos de Santafé” (1869), “Federico. Recuerdos de la infancia” (1870), and “El cura y sus sobrinos - Preludios de cacería” (1880-1881). Along with these short stories will study a short autobiographical text titled “Memorias íntimas, 1875” that recalls her childhood during one of the most turbulent years of her adulthood. The aim of this article is to show how the author contributed to the creation of the category of childhood in Colombia and how she was ahead of her sociocultural context, insofar as the children in her stories stand out for their voices and their design.
Key words: Soledad Acosta de Samper, 19th Century, childhood, women’s writing.
Otro modo de ser es lo que ha permitido la recuperación de la obra de la autora colombiana Soledad Acosta de Samper (1833-1913),2 un modo de ser distinto en la escritura, uno que no permite casillas ni conclusiones definitivas. La figura de Acosta no necesita presentación, ni su estudio justificación, porque la totalidad de su producción se caracteriza por su sofisticado sentido estético y ético. Carmiña Navia Velasco (2016) comenta, sin embargo, que debido a la extensa cantidad de sus escritos ha sido muy difícil revisar a fondo la totalidad de su trabajo y todavía hay mucho por estudiar (p. 175). Desde este punto y con el deseo de aportar al análisis de temas que han sido poco estudiados, este artículo se centra en la revisión de la perspectiva de la niñez en algunos relatos de la autora. Aunque resulte obvio decirlo, todos hemos sido niños. Incluso los autores más reconocidos y estudiados, antes de ser autores, fueron niños. Y algunos se olvidan de esta etapa de su vida, mientras otros no. Acosta está dentro de este segundo grupo. En “Memorias íntimas, 1875”, la autora afirma que su infancia explica su vida: “fue un presentimiento de lo que sería después” (Acosta, 1875, p. 577). Asegura que cuida el recuerdo de su infancia con el mismo respeto que los nobles protegen las genealogías de sus familias, por ello afirma: “las personas que vi, que traté y que pasaron por mi vida en aquellos tiempos son sagradas para mí y nunca podré mirarlas con indiferencia” (p. 578). A partir de este respeto manifestado por su infancia y sus vivencias dentro de ella, el presente escrito se propone demostrar cómo esta sensibilidad se evidencia y hace posible su narración de la niñez, específicamente en tres de sus relatos: “Mi madrina. Recuerdos de Santafé” (1869),3 “Federico. Recuerdos de la infancia” (1870), y “El cura y sus sobrinos - Preludios de cacería”, cuadro que puede extraerse, como relato independiente, de su novela La familia del tío Andrés (Época de la Independencia) (1880-1881), publicada por entregas en la revista La Mujer.4 La peculiaridad de la narración, específicamente la perspectiva narrativa, sugiere que Acosta se adelanta a su contexto sociocultural, pues los niños y las niñas de sus relatos tienen una voz definida y una agencia inusuales en la narrativa de entonces por la manera en la que se comprendía el concepto de infancia en Colombia.
En contexto. La concepción de la niñez en el siglo xix
Carlos Alberto Moreno (2018) explica que el concepto de niñez se construye y deconstruye dentro de los contextos específicos en los que se sitúa. Además, afirma:
La infancia, como categoría, se caracteriza por ser histórica y social, construida junto y desde los grupos humanos, pero además determinada por quienes abordan su estudio desde sus diversas formas de comprensión de la realidad dentro de un proyecto de sociedad que se enmarca en una época particular (p. 611).
El análisis de estos tres relatos evidenciará que la narrativa de Acosta constituye una propuesta inusual y relevante en el contexto de la construcción del concepto de infancia en su época y en su país. En estas narraciones se verá que Acosta concebía la infancia como un momento fundamental en la vida y no simplemente un periodo anterior al tiempo “realmente importante” de la adultez. Un entendimiento de la niñez casi desconocido en su contexto, pues, como asevera Carlos Eduardo Jaramillo (2007),
La infancia, concebida como una etapa diferente del desarrollo del ser humano, es un concepto que en el continente americano empieza a aparecer en Estados Unidos después de la revolución (1775-76) pero su extensión al resto del continente debe esperar hasta albores del siglo xx. En Colombia los primeros pasos concretos en este sentido se pueden ubicar en 1910. Antes de eso los niños eran concebidos como adultos pequeños a los que si bien se les reconocía algunas diferencias, éstas se limitaban a lo que era evidente, como su estatura y fuerza física (p. 233, énfasis mío).
Con estas palabras se comprende que el análisis de las narraciones de Acosta es fundamental, pues sus personajes representan la infancia moderna. Concepción que no llega a Colombia hasta aproximadamente cuarenta años después de la publicación de “Mi madrina. Recuerdos de Santafé”. Los niños de sus narraciones, además, están dotados de racionalidad y de voz propia, y son agudos en su percepción y capaces de decidir sobre sus actos. La observación atenta de su propia infancia, y sin duda de los niños a su alrededor,5 es patente en sus memorias de 1875: “Siento que entonces germinaban en embrión en mi espíritu todos los pensamientos, los entusiasmos, las melancolías, los pesares, las desilusiones, los dolores del alma y las pocas alegrías que he sentido después” (Acosta, 1875, p. 576). A esta conciencia se añade el hecho interesante de que los sentimientos que recoge en su texto no son los típicamente identificados como infantiles, contrario al discurso común de la época que vincula la niñez con la inocencia y la alegría supuestamente propias de la infancia. Patricia Londoño Vega y Santiago Londoño Vélez (2012) comentan que las expresiones literarias del siglo hablan “desde la perspectiva del adulto, de una mirada nostálgica sobre la infancia, entendida esta como una etapa feliz e inocente cuyas dichas nunca regresarán” (p. 94, énfasis mío). Acosta, por el contrario, afirma que esa etapa también está acompañada de angustias y preocupaciones, y así lo narrará en cada uno de los relatos que se abordan en este artículo. Pachito y Alicia, los narradores de “Mi madrina. Recuerdos de Santafé” y “Federico. Recuerdos de la infancia”, respectivamente, se caracterizan por la complejidad en sus sentimientos y pensamientos, y por la aguda percepción que tienen sobre quienes los rodean. En el caso de Alicia, en especial, la tristeza y la angustia acompañarán lo vivido en la infancia. En Manuel y Marianita, los hermanos protagonistas de “El cura y sus sobrinos - Preludios de cacería”, también se observarán las paradojas propias de la existencia.
Antes de entrar de lleno en estas narraciones, es importante señalar que el estudio sobre la perspectiva de la infancia en los escritos de Acosta es relevante no solo porque haya sido poco o casi nada estudiado, sino porque adentrarse en él significa abrir el camino de la reflexión hacia los temas menos estudiados dentro de lo menos estudiado. De manera similar a lo señalado por Carolina Alzate (2015a) con respecto al comienzo de los estudios sobre el diario íntimo de Acosta, emprender el estudio de la infancia en la autobiografía y en sus relatos “significa aproximarse a la comprensión de lo marginal dentro de lo marginal” (p. 45), pues “en América Latina no hace más de quince años empezaron a aparecer los primeros ensayos que se interrogaban por el pasado histórico de los niños” (Rodríguez Jiménez y Mannarelli, 2007, p. 15). A esto se le suma que, como explica Ferrán Casas (1998), “etimológicamente, in-fancia viene del latín in-fale, el que no habla, es decir, el bebé. Pero con el tiempo fue adquiriendo el significado de el que no tiene palabra, es decir, el que no tiene nada interesante que decir, no vale la pena escucharlo” (p. 25). Este desinterés por lo que el niño pueda o tenga para decir es similar a la falta de atención que por décadas descalificó la escritura de mujeres y su misma autobiografía:
Las mujeres son descritas en términos de sujetos, pero no sujetos-de acción o pensamiento modernos, sino sujetos-a. La discusión en torno a ellas es de hombres y para hombres: un asunto delicado que se presenta a la reflexión de sujetos que tienen en sus manos la conducción de humanidades menos responsables o autónomas y entre las que se cuentan las mujeres, los niños y el llamado pueblo, entre otros (Alzate, 2015a, p. 28).
Así pues, en los textos que se analizan encontramos la voz de dos de los grupos que no se suponía que debían tenerla: las mujeres y los niños. Para ser aún más transgresora, dos de las protagonistas son niñas, una característica más para la marginalización y la exigencia del silencio. El camino a la comprensión de la niñez como un todo particular y merecedor de un estudio serio, especialmente de la niña, continúa hoy en exploración, ya que “los niños y, sin duda, más aún las niñas se encuentran entre los que más tarde han alcanzado el reconocimiento de su condición de sujetos en la historia, entre los más sometidos a la dependencia total. Fueron ellos [ellas] los menos escuchados” (Rodríguez Jiménez, y Mannarelli, 2007, p. 15, énfasis mío).
La infancia de la autora se desarrolló en medio de libros, viajes y posibilidades de comprender el mundo desde ópticas diferentes a las que se presentaban en el contexto colombiano de la época. De acuerdo con Carmen Elisa Acosta (2016), la niñez y la juventud de la autora se caracterizaron por experiencias de vida y de educación que se diferenciaban de la mayoría de sus compatriotas mujeres (p. 29). En la misma línea de ideas, Alzate (2015a) afirma que en la definición de su proyecto escritural “la ayudó sin duda el haber vivido en Nueva Escocia y en París”, “experiencia que la expuso a contextos diferentes al colombiano, tanto en términos literarios como de género sexual” (p. 47), y que le permitió, podría añadirse, comprender la niñez desde otro lugar de enunciación. Este lugar de enunciación ya venía marcando un espacio en América del Norte, especialmente en Estados Unidos, país en el que, durante el siglo xix, la infancia y su narración se caracterizaron por “the ascending importance of childhood” (Elbert y Ginsberg, 2015, p. 6). Los escritores y pedagogos del romanticismo comenzaron a cuestionar la posición de los niños en tanto aquellos que debían aprender, y de los adultos como quienes debían enseñar, para modificar los papeles a un lugar en el que “the adult/parent is the one who ‘learn(s)’ from the child; childhood innocence teaches the ‘lore’ that the adult struggles to ‘teach’” (p. 4). Esta idea se percibirá en las tres narraciones de Acosta, algo casi impensable en su contexto sociocultural, porque
En nuestra sociedad [colombiana], el concepto de infancia como una etapa del desarrollo humano, diferente de la adultez y que por lo tanto implica tratamiento y consideraciones particulares, ha sido un proceso que muy lentamente ha venido incorporándose, no sólo a las normas y leyes, sino abriéndose un espacio concreto en nuestra conciencia social (Jaramillo, 2007, p. 233).
Otra particularidad de la escritura de mujeres de la época, y que se observa en los relatos de Acosta, es que en la superficie parece seguir los parámetros del orden social y de género establecidos:
La estrategia de la escritura femenina de la época es la de ampliar su espectro de actuación, con mucha frecuencia sin rebatir directamente al discurso patriarcal. […] Cómo, sin contradecir de forma evidente los principios establecidos, podría ganarse un espacio legítimo para la producción intelectual pública, en último término política (Alzate, 2015a, p. 30, énfasis mío).
Este método fue muy utilizado por las grandes autoras de las novelas para niñas del siglo xix, entre ellas Louisa May Alcott (1832-1888) con Little Women (1868-1869), Frances Hodgson Burnett (1849-1924) con The Secret Garden (1911), Lucy Maud Montgomery (1874-1942) con Anne of Green Gables (1908). Como afirma Joe Sutliff Sanders (2011), las autoras de relatos sobre niños sabían hacer uso, para su beneficio, de la supuesta inocencia en la que sus escritos y temas se situaban: “Because the formula of the genre dictated that these would be tales of good girls who on the whole did what they were told and grew up to become good women, their narratives could ask questions and probe institutions in ways that might have raised eyebrows elsewhere” (p. 5).
Sabemos por la misma Acosta (1875) que “el amor a los libros fue una de [sus] primeras pasiones y aunque no sabía leer estando enteramente pequeña [se] embebía hojeando los libros, y pasaba las horas sin sentirlas mirándolos y manoseándolos” (p. 573). Estos objetos de amor, como señala Carmen Elisa Acosta (2016), “le permiti[eron] expresar y solucionar sus tensiones” (p. 38). En su infancia, fueron medios para leer y comprender el mundo desde las palabras de otros, y en su juventud, con el comienzo de su Diario íntimo, fueron espacios para pensar, cuestionar y desarrollar sus propias ideas.
Alzate (2015a) identifica dos grandes períodos en la narrativa de Acosta. En el primero, que va de 1864 a 1878, el trabajo de la autora se caracteriza por su atención primordial a la construcción de la subjetividad femenina en la lucha por darle un lugar activo en la nación. En el segundo, que comienza en 1878, centra su trabajo en la narración histórica (p. 13). En el primer periodo se encuentran “Mi madrina. Recuerdos de Santafé”, “Federico. Recuerdos de la infancia” y “Memorias íntimas”, escritos entre 1868 y 1875. “El cura y sus sobrinos - Preludios de cacería”, de 1880-1881, hace parte de su trilogía de novela histórica quizá más importante;6 Marianita, una de las protagonistas del relato, ya no tiene que justificar su actuar como niña y futura mujer, sino que lo vivirá como par de los personajes masculinos. En el primer diálogo con su hermano, por ejemplo, la niña afirma su lugar de autonomía: “Yo sabré, déjame a mí” (Acosta, 1880-1881, p. 35). La autora afirmaría claramente, en “Misión de la escritora en Hispanoamérica” (1889), que uno de los motivos de la prosperidad de los Estados Unidos es que la mujer
No es una flor, un ensueño, un juguete, un adorno, una sierva; es igual a su marido y a su hermano por la solidez de su instrucción, la nobleza y firmeza de carácter, por sus dotes espirituales, y por consiguiente para ella todas las carreras le están abiertas, menos una, la menos envidiable -la de la política (Acosta, 1889, p. 129).
Manuel y Marianita, en el relato, tienen una relación de pares: ni su edad ni su género sexual lo hacen a él superior a ella.
Acosta no solamente reflexionó sobre su infancia y construyó con atención sus personajes infantiles. También se esforzó para convertir sus vivencias en realidades para todos los niños y, especialmente, las niñas de su país:
Deseosa de dar a los padres de familia, a las maestras de colegio, un libro que sin ser demasiado serio, pueda considerarse instructivo y al mismo tiempo presente ejemplos provechosos, y produzca en los tiernos y maleables espíritus de las niñas el deseo de la imitación, resolví tratar de hacer un ensayo de breves biografías femeninas […]. Si el buen ejemplo es el arma más poderosa para promover la civilización, ¿por qué no se ha de presentar a la mujer hispanoamericana, cuya educación ha sido tan descuidada, excelsos ejemplos de mujeres activas, trabajadoras, que se han abierto por sí solas un camino hacia la fama unas, hacia la virtud activa y útil para la humanidad otras, haciéndose notables en todas las profesiones, las artes, los oficios y las obras pías? (Acosta, 1895, pp. xviii-ix).
Acosta, pues, se decide a escribir biografías inspiradoras para que cada niña pueda elegir su camino: “Ejemplos de mujeres que han vivido para el trabajo propio, que no han pensado que la única misión de la mujer es la de mujer casada, y han logrado por vías honradas prescindir de la necesidad absoluta del matrimonio, idea errónea y perniciosa que es el fondo de la educación al estilo antiguo” (p. ix).
No podemos olvidar que este intento de la autora de pensar sobre la infancia femenina y escribir sobre ella desde diferentes espacios también demuestra que su concepción y narración de la infancia sobrepasa su contexto, ya que, según Mary Celeste Kearney (2009), “female youth remained enigmatic well into the late twentieth century” (p. 2). Es decir que, como se afirmó, Acosta se adelanta por más de cuarenta años a la concepción que se tendría de infancia en el siglo xx y que continuaría con más fuerza en el xxi, y se adelanta casi un siglo a pensar sobre la niña, a escribir para ella y crear personajes femeninos que se salen de los parámetros del orden social establecido.
“Memorias íntimas”: Acosta escribe su infancia
En 1875, Acosta escribirá unas cuantas cuartillas en las que pone en palabras las memorias de su infancia. En estas, la autora hablará acerca de algunos de los episodios que más recuerda de su niñez, entre ellos el viaje a Ecuador, las visitas en casa de amigos de sus padres y el recuerdo de personas que marcaron su infancia y a quienes luego volvió a ver en su temprana juventud. Sin embargo, nos concentraremos en la infancia de la autora por ser el momento en el que todas sus reflexiones y experiencias internas iban naciendo y creciendo (Acosta, 1875, p. 576). Estos los relacionará tanto con episodios de la historia colombiana como con sus lecturas de infancia. No es casual el tono melancólico que caracteriza estas memorias. Al respecto, Alzate (2015b) explica:
En este año de 1875 José María de Samper [esposo de Acosta] es encarcelado por motivos políticos y participa en la guerra civil de 1876. Los bienes de la familia son confiscados y la autora debe asumir la manutención de la familia durante varios meses. Soledad Acosta había perdido a dos de sus hijas, de doce y quince años, durante la epidemia de 1872 (pp. 576-577).
Que Acosta decida emprender el escrito de sus recuerdos de niñez exactamente en este año pone de manifiesto la sensibilidad con la que comprendía la infancia y la agudeza con la que observaba que en este período también se experimentan diferentes sentimientos, no todos felices. Una comprensión de la infancia muy adelantada a su tiempo, pues es en la concepción moderna de la infancia “que los niños tienen identidad propia y son ya objeto del cuidado de los adultos, bajo el entendido de que esta etapa de la vida humana es fundamental para el devenir del individuo y de la sociedad” (Londoño Vega & Londoño Vélez, 2012, p. 97). Además, la lectura de sus memorias de infancia permite conocer la historia de una niña colombiana durante el siglo xix. Aunque su vida infantil tuvo varios privilegios, como se expuso anteriormente, este relato autobiográfico es un documento que también narra eventos de la historia colombiana a partir de los ojos de una niña. Este tipo de narraciones son fundamentales, pues, conforme explica Beatriz Helena Robledo (2007),
Es así como podríamos escribir la historia de la infancia siguiendo la historia de la literatura para niños. Quizás el arte no refleje directamente la realidad, pero en el caso de la literatura, que trabaja con el lenguaje y con la condición humana, sí hay una huella de esa realidad y de la manera como va cambiando (p. 647).
Por ejemplo, Acosta (1875) recordará que “se habló entonces del testamento del general Santander (a quien recuerdo haber visto poco antes de morir una noche en casa envuelto en una capa), y tuve la idea de hacer el mío” (p. 574). Lo hace en secreto y sigilosamente porque sabe, además, que quizás no todos recordarán los primeros años “con el recogimiento y ternura” que ella poseía (p. 576). Estas cuartillas también son testimonio de una niña singular que deseaba vivir de manera libre: “Yo era una niña muy traviesa amiga de la agitación y el movimiento” (p. 575). Este deseo de comprender del mundo se sacia en parte a través de los libros: “como me gustaba subirme a los árboles y a los tejados y me encantaban los libros confundí ambos placeres en uno: me subía a los árboles a leer” (p. 575, énfasis mío). Así estas “Memorias” son testigo del proceso de una niña y joven lectora que con el tiempo se convertirá en escritora. Este sujeto en construcción permite
Admitir ya lo que tradicionalmente se percibía como pequeño y prescindible, y entender los textos autobiográficos, incluidas las memorias, como producto no ya de un yo plenamente autoconsciente y autosuficiente que precede su obra y se vuelca en ella, sino de un yo en proceso y plural que se gesta en sí mismo (Alzate, 2015a, p. 46, énfasis mío).
Este yo en proceso, plural y fragmentario como el de sus propios recuerdos de infancia, es el que presenta Acosta en la narración que hace a través de sus cuatro protagonistas, Pachito en “Mi madrina. Recuerdos de Santafé”, Alicia en “Federico. Recuerdos de la infancia” y los hermanos Manuel y Marianita en “El cura y sus sobrinos - Preludios de Cacería”.
Pachito y Alicia: dos adultos que recuerdan
En el primer periodo escritural de Acosta se sitúan los cuadros “Mi madrina. Recuerdos de Santafé” y “Federico. Recuerdos de la infancia”. Son relatos en los que la autora convertirá dos de sus mayores recuerdos de infancia en narraciones literarias. “Mi madrina. Recuerdos de Santafé” es un escrito breve narrado en primera persona por el personaje protagonista, quien recuerda los días que pasaba de niño en la casa de su madrina. Pachito, ya en su adultez, explicará que su padre había muerto dejando a su madre y hermanas como responsables del hogar. Los días en los que se veían con más trabajo del que podían manejar, mandaban a Pachito a la casa de su madrina. Doña María Francisca Pedroza era una mujer soltera que vivía con dos mujeres que trabajaban para ella, a las que había recogido desde que eran unas niñas: Cruz y Juana. Pachito dedicará su relato a recordar sus aventuras en la casa de su madrina, describirá su forma de vida, sus días con Cruz y Juana, y cómo de esa mujer y ese hogar, tan importantes en su niñez, ya solo queda una tapia descolorida sin flores.
Este cuadro se caracteriza por dos claves comunicativas fundamentales: el recuerdo del niño que fue y que se piensa desde la adultez, y la capacidad irónica para narrar las actividades de los adultos vistas a través de su mirada de niño. Desde el inicio del relato, el narrador escribe explícitamente sobre la memoria y sobre lo que esta permite volver a vivir desde el pensamiento y las palabras: “Doña María Francisca Pedroza, mi madrina, tendría unos sesenta y cinco años cuando la conocí, o más bien, cuando mis recuerdos me la muestran por primera vez” (Acosta, 1869, p. 412, énfasis mío). Cuenta cómo, por ejemplo, una de las razones por las que se divertía estando en casa de su madrina era porque espiaba con sigilo un negocio que ella llevaba de manera tan secreta que, claramente, llamaba la atención: “Este último negocio lo procuraba ocultar a todos y particularmente a los muchachos; pero lo hacía con tanto misterio, que naturalmente picó mi curiosidad de niño; por lo que resolví averiguar a todo trance aquello que me ocultaba” (p. 412, énfasis mío). Este fragmento presenta un niño con curiosidad y con interés de saber lo que no podía o no debía conocer. Tras descubrir el negocio, la producción y venta de aguardiente ilegal, afirma: “guardé el secreto y mi madrina nunca supo que yo era poseedor de él” (p. 413, énfasis mío). El protagonista es un niño con capacidad de decisión y de agencia que elige qué quiere hacer, aunque no le sea permitido, o sabe qué debe evitar hacer aun si nadie se lo pide.
En otro pasaje vemos cómo Acosta hace uso de ese lugar “seguro” que es la escritura para cuestionar irónicamente las contradicciones de los adultos:
En la pared principal había un cuadro grande representando a Nuestra Señora de las Mercedes, a cuyo pie estaban Adán y Eva en el paraíso terrenal, rodeados de fieras y en completa desnudez; ligereza de vestido que no pude comprender nunca cómo la toleraba mi madrina sin escandalizarse, pues ponía los gritos en el cielo e invocaba a todos los santos, si por casualidad veía a una de mis hermanas vestida para alguna modesta tertulia (p. 415).
Este fragmento muestra, una vez más, una narración crítica, irónica, a la vez que dulce y amable, de las paradojas propias de la existencia. Paradojas que le competen tanto a los adultos como a los niños.
Alicia, por su parte, es la voz que dará vida al cuadro de “Federico. Recuerdos de la infancia”. En este relato, la narradora recordará su primer contacto con la muerte. La protagonista narra el fallecimiento de Federico, el hijo de doña Alonsa, vecina de Alicia -alter ego de Soledad Acosta-. Doña Alonsa es una mujer viuda que trabaja para su propio sustento en una casa vieja y descolorida. Su única satisfacción es su hijo. Alicia recuerda a Federico como un joven militar que siempre recibió todo el cariño y consentimiento de su madre. Antes de irse a la Costa, el joven ve que Alicia está cerca y le habla por unos minutos. Este será el último encuentro entre Alicia y Federico, pues su soberbia lo hará acabar con su vida tras haber sido rechazado en un baile. Por mucho tiempo doña Alonsa no aceptará la muerte de su hijo. Alicia, siendo una niña, y enfrentada a la tristeza de doña Alonsa, en una visita que su familia hace a la madre afligida, recuerda:
Cuando vi aquel dolor tan grande; cuando por primera vez conocí lo que era la desesperación, comprendí hasta cierto grado esa pena y me aterré; pero mis ojos permanecieron secos: los niños parecen a veces indiferentes, y no lloran cuando se cree que deberían manifestarse enternecidos; mas se equivocan quienes piensan que es por falta de sentimiento. No es así, sino que las hondas penas les asustan, les espantan y paralizan sus facultades; despertándose después en ellos una irresistible curiosidad, un deseo ardiente de indagar, de darse cuenta de aquel dolor misterioso para ellos (Acosta, 1870, p. 35, énfasis mío).
Este desgarrador fragmento demuestra la capacidad de comprensión de los sentimientos en la infancia que tenía Acosta. Habla, sin ocultar los miedos, sobre un tema que no solo era difícil para su época, pues reconocía en los niños la diversidad de sentimientos y pensamientos, sino que sigue siendo un tema que causa controversia y temor en la actualidad. Alicia lucha por verbalizar aquello que sentía en la infancia: “¿Acertaré a pintar lo que sentía a la edad de seis años? No lo sé; porque ¿quién puede delinear con precisión un sueño con sus misteriosas dichas o terrores sin causa aparente?” (p. 35, énfasis mío).
Antes de pasar al análisis de los personajes infantiles de “El cura y sus sobrinos - Preludios de cacería”, detengámonos en el discurso de género presente en estos dos relatos. En estas dos narraciones vemos que, además de darles voz a los niños, a través de ellos se les da voz a mujeres que viven solas. Desde el comienzo de “Mi madrina. Recuerdos de Santafé” es claro que doña Francisca es una mujer que vive sola y que nunca se casó. Aunque sabemos que doña Alonsa es viuda, Acosta la presenta como una mujer solitaria que trabajaba en pro de su propio y escaso sustento, y que continuará trabajando aún después de la muerte de su hijo, cosa que al comienzo causa una gran impresión en Alicia: “Algunos años habían pasado cuando entré de nuevo a su casa: entré pensando en el hijo de la pobre viuda y creyéndola aun presa de una hondísima pena. La encontré serena, amable, sentada cerca de la ventana, torciendo como antes tranquilamente sus cigarros” (Acosta, 1870, p. 35).
Con esto vemos, además, que en ambos cuadros en los que el recuerdo se vuelve relato, Acosta dejaba por escrito las tensiones entre las personas que tenían una voz reconocida y aceptada en el sistema, los hombres, y aquellas que consideraba que también merecían esta voz: las mujeres y los niños. No olvidemos que las mujeres también estaban infantilizadas, y que, de acuerdo con Rodríguez y Mannarelli (2007), “la historia de la infancia es, en cierto sentido, la historia de cómo [los] hemos tratado” (p. 15). En los relatos de Acosta, cada niño y cada mujer asume su identidad individual dentro del espacio social y habita el mundo con todo lo que esto conlleva. José María Samper presenta, en el prólogo de Novelas y cuadros de la vida suramericana (1869), el deseo de su esposa de contribuir a la construcción de nación a través de la escritura. Ella, como señala Alzate (2015a), “quería escribir para el público, quería manifestarse como sujeto pleno, contribuir formalmente a la construcción de la nación y a definir el papel de las mujeres dentro de ella” (p. 21).
Marianita y Manuel: el presente de la infancia
Entremos ahora a un relato del segundo periodo escritural de Soledad Acosta y narrado en tercera persona principalmente desde la perspectiva de sus dos niños protagonistas. Marianita y Manuel son los sobrinos de Andrés, cura de Usme perteneciente a la élite letrada capitalina del final del período colonial. Ambos llevarán al lector por el comienzo, el nudo y el desenlace de su aventura. Logran escaparse de la vigilancia adulta para irse de cacería con los campesinos de la aldea, engañando tanto a su tío como a los otros adultos que los tienen bajo su cuidado. Esta travesura, y lo que los niños desde su interior viven en ella, ya no la veremos desde el pasado, como fue el caso de las vivencias de Pachito o Alicia, sino desde el presente. Se observa cómo para este periodo escritural la narración de la niñez ya no se hace desde un adulto que recuerda, sino que acompaña a los niños en la percepción del mundo. Veamos primero las acciones compartidas de los hermanos, para luego analizar el comportamiento y las creencias de cada uno, con especial atención en el actuar de Marianita y en la seguridad e independencia que demuestra a pesar de sus miedos o dudas.
Pues bien, a lo largo de este relato, Acosta jugará de manera sobresaliente con lo que los adultos piensan de los niños y lo que los niños realmente son. Manuel y Marianita, de ocho años y de casi siete años, respetivamente, logran engañar a todos los adultos del relato. Comienzan con Romualda, esclava de la familia y quien se refiere a ellos como “angelitos”: “¡Niños, angelitos míos! exclamó, ¿Qué hacen sus mercedes en ese patio tan temprano? ¡Suban acá y les contaré un cuento tan bonito!” (Acosta, 1880-1881, p. 35). Mientras Romualda describe a estos dos niños de tal manera, los hermanos están ideando un plan para engañarla y poderse ir de cacería. Ante la promesa de Romualda de que ella los puede llevar a un lugar bonito a recoger fresas y ver venados, Manuel, con acento desdeñoso, le responde: “No me engañas ya, siempre nos iremos con Fernanda” (p. 36, énfasis mío). Esta conversación evidencia el cambio de papeles entre quien engaña y quien es engañado. Quien peca de inocencia aquí será Romualda, no Manuel y Marianita, quienes, al contrario, se caracterizan por su seguridad. Esta conversación será llevada a su máxima expresión en su conversación con ñua Fernanda:
-Aquí venimos -dijo-, Fernanda (así la había oído llamar al Cura, aunque nadie en la aldea le apeaba el ñua), para que nos lleve a la cacería.
-¡Virgen Santísima! -exclamó la dueña de la casa echando hacia atrás las puntas de su mantilla y descubriendo la camisa bordada y gargantilla y rosario de oro que le engalanaban su bien anchuroso pecho-. ¿Y qué diría el señor Cura?
-Él nos dio la licencia.
-¿De veras?
-Sí… ¿No es cierto, Marianita? -contestó Manuel dirigiéndose a la niña. Ésta no contestó, sino que bajó la cabeza y se le subieron los colores a la cara.
-Como ayer -dijo con volubilidad Manuel, viendo que su hermana no contestaba- supo que usted se iba a cacería y llevaba a Rafael y Josefita, que son más chiquitos que nosotros, pues ésta (señalando a Marianita) ya cumplió siete años y yo pronto tendré nueve, tío Andrés no se opuso a que nos viniésemos (p. 56).
En este diálogo se observa cómo tras haber dejado a Romualda atrás, pasan a persuadir a ñua Fernanda, cada uno desde una voz independiente. Comencemos con Manuel. Desde el comienzo, la suya es una voz desdeñosa que experimenta la realidad desde una posición de superioridad y máxima autoconfianza. Esto se observa en la cita anterior y también durante el viaje a través del monte: Manuel desea pronto ser grande para así “poder ser dueño de esos tesoros, objetos de su ambición” (p. 58). De la misma manera experimenta el viaje de vuelta, una vez que son alcanzados por el esclavo Marcelino para ser regresados a casa de su tío. Manuel no acepta el error en su actuar y, en vez de recibir con humildad el viaje de vuelta, rechaza “el pan amargo del cautiverio [llevado por Marcelino] y [tira] lejos su parte de fiambre, prefiriendo sufrir sin límites el hambre, el frío, la cólera y el susto” (p. 59). En la primera descripción de Marianita, por su parte, sus pies descalzos son la representación de la decisión de experimentar el mundo desde otro lugar, el de la libertad:
La niñita solo tenía encima de sus ropas interiores un ropón largo de género de lino color verdoso, un chal de algodón de varios colores entretejidos, que llamaban de guinea, le cruzaba sobre el pecho, atado atrás, y un pañuelito blanco le rodeaba la cabeza, amarrado debajo de la barba, pero desdeñando todo cuanto pudiera cuartar su libertad; se hallaba con los pies descalzos (p. 34, énfasis mío).
Desde el comienzo de la narración, la niña no se queda corta ante la capacidad de engaño de su hermano, y cuando le preguntan sobre la veracidad de lo que Manuel está afirmando, dirá: “-¿Quién dijo que no es cierto? - repuso la niña diplomáticamente […]. Que nos dejara hacer nuestro gusto hasta esta tarde que volvería” (p. 36). También vemos su seguridad en la conversación con ñua Fernanda, en la que responde, cuando esta le dice que sus hijos han sido criados en el monte mientas ellos han sido cuidados entre algodones:
-Mi madre no nos consiente, ¡eso no! -exclamó Marianita.
-Pero -volvió a decir Fernanda-, Rafael ya sabe enlazar y ha estado en el páramo con su padre, y Josefita es guapísima, sabe montar a caballo y no le tiene miedo a nada.
-¡Yo también sé montar! -exclamó Manuel.
-Nosotros no le tenemos miedo a nada -añadió Marianita con seriedad (p. 56, énfasis mío).
Acosta hace un relato de pares con independencia del género sexual y de la edad, y hace de Marianita una niña que deja una huella fuerte, sin miedo, como lo dice ella misma. A través de Marianita, dice que las niñas no deben experimentar el mundo desde el silencio, el encierro en lo doméstico y la timidez de carácter, sino desde la seguridad en su actuar, la responsabilidad de sus acciones y la elección de su propio dominio. Espacios que en su tiempo no estaban destinados a las niñas puesto que su educación se enfocaba en el hogar: “educar a las niñas en los asuntos de casa y de cuidado de los otros, era conducir su comportamiento para hacer que los otros y ellas mismas se comportaran de determinadas formas y no de otras” (León, 2012, p. 21). El que Marianita no esté representada en estos espacios le dará una independencia que le permitirá vivir con total seguridad y alegría. Y pese a que tras un viaje donde las angustias, la culpa y el miedo también tuvieron cabida, “Marianita, desentumecida una vez que estuvo en el suelo [del páramo], olvidó completamente el frío y la aprehensión para entregarse a una vida de independencia y libertad de que jamás había gozado antes” (Acosta, 1880-1881, p. 58, énfasis mío).
Acosta defenderá esta independencia en la niña y la mujer no solo en la introducción a La mujer en la sociedad moderna, como vimos en el primer apartado, sino en cada uno de sus escritos, y así se adelantará a poner a la niña en la palabra y escenario público, pues estas “siguen siendo las más invisibles” (Rodríguez y Mannarelli, 2007, p. 19). En su periódico La Mujer, por ejemplo, escribe una obra de teatro de una única escena para ser representada en los colegios de niñas que titula Una educación útil (1880). En esta obra dos hermanas jóvenes, Mercedes y Dolores, que han perdido a su tío y con él su sustento económico, deciden trabajar para ayudar por sí mismas a su madre. En medio de una discusión en la que Dolores no está convencida de entregar sus manos y su tiempo al trabajo, Mercedes le dirá: “Trabajaremos hermanita… con nuestras manos y con nuestra inteligencia” (Acosta, 1880, p. 8). Esta es una idea fundamental en la totalidad de escritos de Acosta estudiados en este artículo. A través de la narración de la infancia niega la posición en la que la sociedad patriarcal había situado a la mujer y a los niños y niñas. Acosta demuestra que ni las mujeres son niños, ni los niños ni las niñas deben estar hundidos en el silencio y la pasividad.
Cierre
El estudio de los escritos de Soledad Acosta que centran su narración en las memorias de infancia es sin duda relevante. “Memorias íntimas” es un documento de gran valor porque en él encontramos la narración de una niñez del siglo xix en nuestro país. Se trata de una concepción de infancia que no se ha podido rastrear y comprender del todo, ya que, como señaló Colin Heywood (2001), “Only in comparatively recent times has there been a feeling that children are special as well as different, and hence worth studying for their own right” (p. 2). El valor de su estudio no se evidencia solo en el recuerdo de la infancia en “Memorias íntimas”, sino en los relatos de “Mi madrina. Recuerdos de Santafé”, “Federico. Recuerdos de la infancia” y “El cura y sus sobrinos - Preludios de cacería”. Todos ellos son obras literarias fundamentales en la recuperación de archivo para conocer y comprender la historia de la niñez en Colombia, pues, siguiendo lo planteado por Robledo (2007), se puede afirmar que “la transformación de la literatura escrita para los niños va de la mano de la transformación tanto de la realidad de la niñez como del imaginario que los adultos tienen sobre ésta” (p. 647).
Además, de acuerdo con Hayden White (2003), la historia no puede desprenderse de la literatura porque ello le significaría desprenderse de sí misma (p. 139). Esto se evidencia en los relatos analizados. En ellos se muestra cómo la pluma de una mujer colombiana en el siglo xix estaba sentando las bases para comprender la infancia en toda su riqueza y complejidad, especialmente la de la niña. Así, leyendo estos relatos, “we can discern areas of girlhood and girls’ culture that have not yet been examined and deserve further analysis” (Kearney, 2009, p. 22). Con esto retomemos las palabras de Monserrat Ordóñez con las que se inició este ensayo: otro modo de ser, otro modo de ser niños y niñas, y de ver y escribir la infancia es lo que Soledad Acosta consigue con su narración de la niñez. Ni la idealiza ni la desconoce, solo la lee y la escribe con agudeza, sensibilidad y respeto.
Con este artículo se espera contribuir a la discusión de nuevos matices y relatos en la extensa producción de la autora colombiana. Asimismo, se confía en que el interés en la investigación sobre temas de infancia permita que la producción de la autora sea leída y conocida por profesores y bibliotecarios de educación primaria y secundaria.7 En esta misma línea, se desea que, tras la lectura de este artículo, nuevos investigadores se interesen por rastrear la narración de la infancia no solo en Soledad Acosta, sino en los autores y autoras de la época. Aún queda mucho por examinar y es sin duda urgente la puesta en diálogo con otros autores del siglo xix colombiano, y quizá latinoamericano e incluso europeo. Este artículo, pues, se propone como el comienzo de otro modo de estudiar la construcción de infancia en Colombia y las producciones hechas para y sobre los niños a lo largo de la historia literaria del país, y no como un gesto marginal, sino desde el centro de un campo académico porque, aunque nos olvidemos, todos hemos sido niños y vale recordar lo que fuimos, para pensar lo que somos y, sobre todo, lo que seremos. Lo que queremos ser.
Referencias bibliográficas
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Notas