Entrevista

Consuelo Triviño Anzola. El difícil y gratificante camino de la escritura1

Consuelo Triviño Anzola. The Difficult and Rewarding Path of Writing

Andrés Vergara Aguirre
Universidad de Antioquia, Colombia

Consuelo Triviño Anzola. El difícil y gratificante camino de la escritura1

Estudios de literatura colombiana, núm. 51, pp. 157-171, 2022

Universidad de Antioquia

Recepción: 18 Mayo 2022

Aprobación: 09 Junio 2022

Consuelo Triviño Anzola nació en Bogotá, pero ha vivido la mayor parte de su vida en España, y aunque hace ya muchos años adquirió la nacionalidad española, ella expresa con mucha convicción su orgullo de ser colombiana. Reconoce que de alguna manera ha sido una mujer escindida durante tantos años viviendo en el país ibérico, pero con los ojos y el corazón puestos siempre en nuestro país, siguiendo con asombro y a veces con estupor el acontecer en Colombia; al fin de cuentas, aquí permanece su familia, y todavía están muchos de los amigos que dejó hace unas cuatro décadas. Por eso, porque aquí está su familia, incluyendo a su madre, que es una mujer ya “muy mayor”, y sus amigos de siempre, viene de visita con frecuencia, al menos una vez al año. De tanto ir y venir, y de tanto estar en el exilio, nacería la inspiración de varias de sus obras, como Transterrados y Ventana o pasillo, su obra más reciente. En otra época ejerció la docencia universitaria; hoy se desempeña como hispanista en el Instituto Cervantes. Si bien la autora también es cuentista, ensayista, biógrafa y crítica, aquí nos centraremos en su obra novelística. Y aunque la autora en esta entrevista afirma que no se ha sentido discriminada por ser mujer, otra cosa piensa Juan Carlos Correa, escritor y editor literario del Grupo Planeta en Colombia quien, al ser interrogado por Julián Santamaría respecto a la recepción de la obra literaria de Triviño en el país, respondió:

“Es evidente, creo yo, que las mujeres de su generación han sido sistemáticamente ignoradas por el gran público. La revolución feminista en Colombia fue de nicho y de pequeños círculos intelectuales. Me temo que fue una revolución que no llegó a oídos de los editores de ese entonces. Este es el caso de varias autoras como Albalucía Ángel […] o de Fanny Buitrago, a quien vamos a editar de nuevo. Son casos paradigmáticos del machismo literario que hasta ahora estamos superando”. […] De hecho, al momento de ser entrevistado para este perfil, Correa aseguró que ha pensado en la posibilidad de reeditar con Planeta las obras de Consuelo Triviño (Santamaría, 2021).

Consuelo Triviño Anzola
Figura 1
Consuelo Triviño Anzola
Foto: Andrés Vergara

En Transterrados, que ha sido una de sus obras más reconocidas y con la cual quiso rendir tributo al país que la acogió, convirtiéndolo en escenario del relato, ella se aproxima al oscuro e incierto mundo de los exiliados, muchos de ellos colombianos, arrojados por las oleadas de hambre y de violencia a unos lugares ajenos, desconocidos, angustiantes, donde se sienten acorralados también por la soledad, porque “El mundo que encuentran carece de espacios para la memoria” (Triviño, 2019, p. 17). Con el tiempo, en su lucha cotidiana por la subsistencia y por adaptarse a esos nuevos escenarios, por encontrar una esperanza de la cual aferrarse cuando parece que todas las puertas se le cierran, el migrante se convierte en un ser escindido, que ya no es de aquí ni es de allá. Esto es lo que logra mostrar con gran oficio Consuelo Triviño en esta novela, sobre la cual Álvaro Antonio Bernal afirma que es “una pieza bien pensada y mejor consignada, que se nutre de un fenómeno social y económico muy pertinente y actual -la migración-. Así da vida a la historia de un hombre cualquiera que un buen día se ve inmerso en un laberinto judicial” (Bernal, 2019, p. 217).

Y más adelante la autora volverá a referirse a la migración, pero ahora con un enfoque muy distinto, mucho más intimista podríamos decir, en su obra más reciente, Ventana o pasillo, donde la narradora, una escritora que podemos identificar como alter ego de Triviño, le habla a su otro yo, la escritora de la juventud, cuando estaba en los años de formación, la de aquellos tiempos en que decidió emprender el camino a España para estudiar, la misma que después de regresar a Colombia decidió volver a España, esta vez para quedarse. Un relato que resulta muy autobiográfico, como lo reconocerá Triviño en esta entrevista, y en el cual predomina la segunda persona, pues la narradora se dirige de manera permanente al “tú” de su juventud, algo que nos confirma la sospecha que también se plantea en esta conversación de una migrante que se siente eternamente escindida entre el allá del pasado y el aquí del ahora. Un relato donde Consuelo Triviño parece narrarse, o más bien exponerse, en parte para reivindicar aquella urgencia que sintió en su juventud de migrar para buscarse, para encontrar su camino, ese que podemos llamar -a partir de su testimonio- el difícil y gratificante camino de la escritura:

En las primeras noches madrileñas, en la soledad de aquel pequeño cuarto, echabas la vista atrás para convencerte de la necesidad del viaje. […] buscabas justificarte y escribías cuartillas y cuartillas que tirabas luego a la papelera. Porque comprendiste que tu camino estaba ya trazado (Triviño, 2021, p. 65).

Una novela en la que los poemas citados, los que evoca la escritora de la juventud, van estableciendo también un ritmo, una cantinela alusiva -consciente o inconscientemente- a la eterna añoranza del retorno. Sobre esta obra, ha dicho el escritor y crítico Darío Ruiz Gómez, quien por cierto fue el invitado a esta sesión de entrevista en la edición anterior (50) de Estudios de Literatura Colombiana (Vergara, 2022):

Mediante la nueva legitimación de sentimientos que pudieran tildarse de tradicionales y que ha pretendido erradicar el hueco racionalismo académico, como el amor filial o la ternura, la nueva novela de Consuelo Triviño Anzola escapa de las limitaciones de lo considerado vergonzante para establecer, valientemente, un universo narrativo diferente en Colombia (Ruiz Gómez, 2022, p. 209).

Por su parte el escritor y editor Juan David Correa afirma respecto a Ventana o pasillo:

Consuelo Triviño ha escrito una novela que puede leerse como una memoria, o una memoria que se lee como novela. Poco importa, la verdad, cuando constatamos que la literatura está hecha de verdad y de fantasía a partes iguales. ¿Quién no ha inventado, acaso su pasado? (Correa, 2021).

En Prohibido salir a la calle (1997), su primera novela, muestra los permanentes dramas de la cotidianidad de una familia de clase media, desde la voz de Clarita, la niña que funge como narradora, con una perspectiva que en algunos pasajes nos puede evocar la maestría de Rulfo para manejar el punto de vista. Cuando se publicó la novela, algunos de los lectores cercanos a la autora creyeron reconocer en sus páginas demasiado contenido autobiográfico; tanto que muchos años después, en Ventana o pasillo (2021), aclara que aquella primera novela tiene un alto contenido de ficción, y que la historia familiar no es tan apegada a la realidad como lo entendieron -¿lo juzgaron?- algunos lectores.

Su segunda novela, La semilla de la ira (2008), se adentra, desde la estructura del diario, en la vida de José María Vargas Vila, uno de los autores colombianos más exitosos y controvertidos a comienzos del siglo xx, un exiliado que reflexiona con amargura sobre lo que ha sido su trasegar: “Mi vida se resume en una lucha sin tregua por derruir el reinado ignominioso de la mentira, por una imperiosa necesidad de gritarle al mundo las verdades que nadie se atreve a afrontar” (Triviño, 2008, p. 57).

Uno de los aspectos más destacados en esta obra es la capacidad con la que la autora asume la voz del personaje, no solo por la fuerza con la que logra narrar desde la perspectiva de Vargas Vila, sino sobre todo por la soltura con la que se adentra en su estilo modernista, un estilo que resultaría anacrónico para comienzos del siglo xxi, pero que resulta bien justificado y bien logrado desde la ficción, la cual propone un diario escrito por el autor. Una obra que evidencia también el profundo conocimiento de Vargas Vila y su estilo, lo cual no resulta sorprendente si tenemos en cuenta que la primera estancia de Consuelo en España fue en los tiempos de su doctorado en Filología Románica en la Universidad Complutense de Madrid, y que su tesis doctoral versó precisamente sobre la obra de este escritor. Las palabras de la propia autora nos ayudan a comprender la visión de Vargas Vila reflejada en esta novela:

La obra de Vargas Vila está impregnada de ese sentido trágico de la vida que lleva a los personajes al suicidio o a las acciones más salvajes. Tal filosofía de la vida reniega de los valores cristianos, de la Iglesia y el Estado, y cuando estos soportes, sobre los que descansa el edificio social, se desploman sobre el individuo, aplastándolo, no queda más remedio que huir hacia paraísos artificiales o buscar la muerte (Triviño, 1988, p. 448).

Su otra novela es Una isla en la luna (2009), donde la autora avanza, a través del relato, en su reflexión sobre la escritura y sobre el campo literario en general, y sobre la tradición literaria, a partir de una ilación entre el romanticismo y las vanguardias; en estas páginas menciona a algunos autores y obras que fueron importantes para su formación.

Cerramos este preámbulo con la valoración que presenta Ruiz Gómez (2010) de las novelas de Consuelo Triviño:

Rigurosamente, tal como corresponde a su formación intelectual, cada novela desde Prohibido salir a la calle (1998) hasta La semilla de la ira (2009), amén de un libro de cuentos excepcional, La casa imposible (2005), define su narrativa por la reflexión, la descripción crítica propia de una observadora que se adentra en cada realidad, para auscultarla en su complejidad sin caer nunca en el fácil recurso del testimonialismo. En este caso, la madurez narrativa proviene de la capacidad de utilizar los argumentos de la cultura para darle materialidad a unos personajes arrastrados siempre por el vértigo incontrolable de los acontecimientos (p. 203).

Consuelo, en su obra son recurrentes los temas más cruciales en Colombia como el narcotráfico, las violencias, el desplazamiento, el exilio… Desde España, usted siempre ha tenido los ojos puestos en nuestro país. ¿Cómo ve a Colombia hoy desde la distancia?

Así es. Aunque llevo muchos años fuera de Colombia vivo muy de cerca lo que ocurre porque tengo a mi familia allá y porque viajo todos los años. Tengo una madre muy mayor, entonces la visito siempre. Tengo el privilegio de contar con las amistades que dejé y cada regreso es un reencuentro con amigos de toda la vida. A través de mi familia he visto la evolución del país, el fenómeno de la globalización que empezó en los años 80 cuando me vine a estudiar el doctorado en España. Luego estuve un breve lapso durante los finales de los 80 y principios de los 90 donde viví de cerca el proceso de la redacción de la Constitución de 1991, a cuyas primeras reuniones acudí, como muchos intelectuales y escritores. Desde la distancia he visto con estupor el fenómeno del narcotráfico y el deterioro de las guerrillas: nunca pensamos que podría derivar en lo que derivó. La globalización con la destrucción de las instituciones del Estado ha tenido a la gente en una situación bastante precaria. Últimamente he leído un artículo en Le Monde Diplomatique donde llaman la atención sobre el error tan grande que se cometió con la política neoliberal de acabar las instituciones del Estado de la salud, de las comunicaciones… En mi obra está muy presente la migración que llega a España como consecuencia también de ese neoliberalismo.

Pasemos a una de sus primeras obras, La semilla de la ira. ¿Qué lleva a la joven que era usted a interesarse por Vargas Vila, un escritor tan polémico e ignorado en nuestra época?

Yo buscaba un tema de tesis doctoral y me gustaba mucho la época del modernismo en América Latina, me gusta mucho ese fenómeno global, el primero que tuvimos en la literatura y cuyo epicentro fue España. El gran fenómeno comercial y de ventas fue Vargas Vila. ¿Cómo podemos ignorar ese fenómeno? Hay que mirar qué pasó y qué había detrás. Mi interés viene también de un fondo de rebeldía: por qué no ocuparme de una persona que ha sido tan menospreciada y estigmatizada. Quería entender por qué el sistema y la clase hegemónica menospreciaban tanto la figura de este hombre.

¿Y al final qué entendió en ese proceso?

Entendí que Vargas Vila es un fenómeno muy colombiano, es resultado de las disputas políticas y del enfrentamiento entre liberales y todas las guerras del siglo xix desde la Guerra de los Supremos, la disputa entre el centralismo y el federalismo, las disputas entre una parte más conservadora y la otra parte que buscaba aires de libertad. Los gólgotas, los draconianos, los liberales radicales… Vargas Vila era un liberal radical y fue el primer antimperialista. En 1902 publica Ante los bárbaros, que hace un fuerte cuestionamiento de la política de Estados Unidos, donde fundó la revista Hispanoamérica y tuvo mucho contacto con todos los liberales radicales. También fue amigo de Martí y de Rubén Darío.

¿Se parece mucho la Colombia de hoy al país que Vargas Vila relata en sus obras?

Es que él retrata una Colombia fallida, y lo que pasa con nuestros países de América Latina es que no alcanzamos a concretar ese sueño de constituirnos como países democráticos, y ahora que la democracia está tan amenazada en el mundo entero, lo vemos más difícil. No alcanzamos a concretar lo que se quiso ser, ese proyecto de país. Ahora nos sabemos un país diverso, un país multicultural. ¿Qué país queremos? Eso todavía está en cuestión.

En Prohibido salir a la calle me parece que hay resonancias de la obra de Rulfo.

Pues es un honor que me comparen con Rulfo. Yo admiro mucho a Rulfo…

Quiero explicarle por qué, y saber si esa resonancia es un homenaje o si es casualidad la coincidencia en algunos detalles, como los puntos de vista de la narradora, Clarita, con el narrador del cuento Macario. Y los nombres; por ejemplo, Felisa me recordó a Felipa, y Abundino me recordó a Abundio.

Yo creo que en la literatura hay unos cruces de los que somos conscientes y otros de los que no somos muy conscientes. Admiro a Rulfo por encima de los costumbristas porque fue capaz de sumergirse en el habla del campesino mexicano hasta captar su sensibilidad más profunda y ofrecernos lo que es el alma de esos campesinos mexicanos de la zona de Jalisco, yendo a la estructura más profunda del idioma. ¿Cuál es la diferencia entre él y los costumbristas? Los costumbristas imitaban la forma de hablar de los campesinos y se quedaban en los aspectos más pintorescos. Ese esfuerzo que hace Rulfo, o a lo mejor le salió de manera natural, es como el que yo hice cuando me sumergí en lo más profundo de mi idioma a pesar del paso del tiempo. Llevaba veinte años en España, sin la familiaridad del lenguaje nuestro. Sumergirme en la lengua de mi infancia implicó rescatar de lo más íntimo palabras que incluso traían emociones, porque una palabra no solamente tiene un significado semántico o lo que el diccionario dice; una palabra arrastra sentidos, sensaciones, sabores, emociones… Y eso fue lo que me pasó con Prohibido salir a la calle, una novela sufrida; también fue una novela que me permitió redimirme con todo un pasado y perdonarme a mí misma por haber abandonado el país. Fue volver a la lengua de la infancia.

¿Pero esas coincidencias fueron casualidad?

Es casualidad, aunque no deja de ser, digamos… Rulfo es uno de mis escritores de culto. Lo mismo que los primeros cuentos de García Márquez. En ellos están mis orígenes porque de eso me alimenté, de mis primeras lecturas de los autores latinoamericanos del Boom cuando estaba en la Universidad Nacional, a principio de los setenta.

Pasemos ahora a Transterrados. ¿Qué tanta presencia tienen los testimonios en su obra?

Mucha. Transterrados surge porque yo me hice un reproche: después de vivir tantos años en España nunca había escrito una novela que ocurriera aquí ni con personajes españoles. Era algo que yo le debía a este país que me ha dado tanto. Intenté instalarme aquí [en España], porque en algunas entrevistas he dicho que cuando me pongo a escribir estoy en Colombia. Siento su música, siento una nostalgia y una melancolía… Los personajes que me persiguen son colombianos. En esta novela quise recordar algunos trayectos que yo hacía en metro y en tren donde veía subir y bajar el tren de la migración. Eso inspiró la travesía de Transterrados, que muestra una España habitada por inmigrantes, casi todos de América Latina, pero también del Este y africanos. Hay testimonios de vida. También hay ficción, como en otras obras, como en Ventana o pasillo, que es biográfica y autoficción; es fabulación: una mezcla de testimonios y de fábula.

En sus obras se muestra que volvió a España después del doctorado para buscar la posibilidad de escribir. ¿Vivir en España le allanó ese camino de la escritura?

Sí. Eso no significa que no haya sido un camino difícil. No fue un camino de rosas, eso lo puedo decir. Pero era un proyecto que yo veía posible, porque la Colombia a la que regresé presentó ciertas dificultades para compaginar la escritura con una vida laboral estable a la que aspiraba. En el mundo académico… Tú sabes lo difícil que es, la cantidad de intereses que hay y las dificultades que pueden llegar a presentarse. Mi historia se da entre luces y sombras porque hubo personas en la Universidad Nacional que me apoyaron muchísimo, pero en el área a la que yo pretendía vincularme también encontré unas resistencias y actitudes bastante incomprensibles que hicieron que ese proyecto fracasara y me planteara definitivamente y de manera radical volver a España, no como estudiante privilegiada que tiene una beca, sino como inmigrante. Fue un salto al abismo bastante complicado, pero como dice Camilo José Cela, a quien siempre cito: “Triunfar en España es resistir”. Era una cuestión de no dejarse vencer por las dificultades para poder llegar a algo mínimo, elemental, porque no es una historia épica ni de éxito. Es una historia sencilla de una persona que quiere un trabajo para vivir de él y, al mismo tiempo, arrancarle a la vida unas horas para escribir. Ha significado un sacrificio grande en el caso mío compaginar eso, pero era lo que me daba seguridad, y yo consideraba que el camino más incierto era el de la escritura.

A propósito, ¿ha sido difícil abrirse el camino como escritora?

Como escritora… depende de lo que se pretenda. No miro el espejismo del éxito. Quisiera que mi obra tuviera un poco más de difusión y que tuviera acceso a los canales que permiten que el libro esté presente, como la adquisición en bibliotecas o ingresar en programas de lectura, pero ya se sabe que eso tiene una estructura que no es para todos; así, lo único que queda es el lector casual que algún día va a llegar y puede conectar con tus libros. Mi trabajo como escritora termina cuando acabo el libro. No me queda tiempo ni vida para la promoción.

Otro tema presente en algunas de sus obras es la reivindicación de la mujer y su autonomía. ¿Se podría decir que hay posturas feministas en algunos de sus personajes?

Ese es el feminismo que yo entiendo. Ahora con las nuevas identidades casi que no se puede hablar de feminismo porque habría que preguntarse qué es ser mujer. A cada niña que se siente mujer habría que preguntarle qué entiende por mujer, porque eso se ha impuesto mucho desde el género no binario; estamos en un período de crisis en el que no sabemos: ni un niño puede saber qué es ser niño ni qué es ser hombre, ni una mujer puede saberlo y decirlo, ni se atreve. En mi caso, si hablamos de género, me gusta más la palabra persona, y para la persona es fundamental la independencia mental y económica.

A propósito, ¿ser mujer pudo implicar ventajas o desventajas en el campo editorial?

No lo he notado. Me he sentido en igualdad de condiciones frente a otros escritores hombres. He tenido la suerte de que mis libros han pasado los filtros de las editoriales, los he enviado yo y los han aceptado, y me siento honrada por eso. Nunca nadie me ha dicho que mis libros han sido aceptados por ser mujer. Ignoro si alguien puso eso en la balanza.

La narradora de Ventana o pasillo habla acerca de los sacrificios que hizo para dedicarse a la escritura.

Sí, me parece que eso es una barbaridad, renunciar a la vida. Son muchas horas de encierro, muchas horas de soledad porque la escritura es un trabajo solitario; nadie te puede ayudar a menos que tengas un buen lector, que es un tesoro. Pero es un trabajo muy solitario. Los socialistas utópicos hablaban de los tres ochos: ocho horas de trabajo, ocho de ocio y ocho para dormir. En el caso de un escritor que tiene un contrato laboral son ocho horas de jornada, ocho de trabajo de escritura y el resto para dormir. No hay ocio, no hay vida, no hay relaciones de pareja, no hay amor, no hay diversión… Incluso las relaciones sociales a las que muchos escritores dedican tiempo para promoverse, para estar en contacto con las redes de poder, para poder situarse en ese horizonte que se llama el mundo literario, pues tampoco hay tiempo para eso. No es posible.

Eso tiene conexión con un tema ya mencionado y que se reitera en su obra: la necesidad de la mujer de romper con esa tradición para reclamar la autonomía, aunque esa ruptura implique un precio alto. ¿Consuelo ha pagado un precio alto por ser escritora?

Sí, mucho. Primero la desconfianza y la mala prensa que tiene una mujer sola. Hace unos años se le llamaba solterona; ahora no, pero sigue existiendo esa desconfianza. Está sola porque nadie la mira, no ha sido capaz de retener a un hombre… Es un poco como el desprestigio de las mujeres solas. Todavía cuesta entender que una mujer esté sola y no tenga hijos porque así lo ha decidido. Mi madre se lamentaba mucho porque yo no tuviera hijos, porque nunca me hubiera casado, y yo le decía: “Pero mamá, yo doy vida en la ficción”. En realidad, en este mundo tan solitario que es la escritura, si encuentras un compañero de vida, como me ha ocurrido a mí en los últimos años, es un regalo de la vida hermoso, maravilloso, tener el privilegio del amor. No es que se renuncie a eso: si ese proyecto encaja con tu vida y tú encajas con el proyecto de la otra persona, no es necesario renunciar al amor ni a la escritura.

A propósito de uno de sus cuentos, ¿alguna vez sintió que la querían tratar como una muñeca de plástico? ¿Tuvo que rebelarse contra ese trato?

Lo que pasa es que la sociedad colombiana ya se ha civilizado un poco, pero la que yo conocí, la de mi juventud, era muy machista. Incluso aunque cortejaran, había una forma de dominio masculino. He sido objeto del menosprecio de ciertos hombres que no se tomaban en serio mi proyecto de vida. Yo estaba aquí concentrada solamente en mi tesis doctoral y siempre recibí comentarios de cierto menosprecio. En la Universidad Nacional cuando gané un Premio Nacional de Literatura fui objeto de burlas. Era la respuesta no solo de la sociedad machista que menospreciaba a las mujeres, sino que era una respuesta general a lo que es la mezquindad de la condición humana. Las dos cosas están en la misma matriz de significado.

¿Su novela Ventana o pasillo es una especie de ajuste de cuentas?

Quizás sí, pero es un ajuste de cuentas conmigo misma como escritora, con las muchas personas que fui en el pasado y que ya no son yo, que se llamaban Consuelo, al igual que yo, y que cometieron unos errores con los cuales no me siento identificada. Pero también con aquella otra con la que me puedo llegar a reconciliar. Por otro lado, también es un reproche por esas renuncias tan grandes y radicales. Quizás tiene que ver con una cuestión de clase. No lo sé, eso no me atrevo a asegurarlo, pero puedo intuir que cuando Virginia Woolf dice que para escribir se necesitan 500 libras, lo dice desde su postura de mujer de una clase elevada que tiene dinero. Igual, cuando perteneces a la clase media como me ocurre a mí, elegir la escritura es muy difícil. De hecho, muchos de los escritores colombianos de la clase media en el pasado no dejaron una obra orgánica, solo una o dos novelas; el alcohol y la bohemia los consumieron, o no pudieron asumir la escritura de modo profesional; tampoco veo entre la clase intelectual privilegiada a tantos escritores con una obra significativa.

¿Cómo siente Consuelo que la ha tratado Colombia como escritora?

Pienso que me ha tratado… No me puedo quejar. Yo creo que bien, porque me ha tratado de una manera muy consecuente con mi actitud retraída con respecto al poder y al espejismo del éxito. Me ha tratado como me lo merezco porque yo no he estado detrás, empujando, dando codazos, pidiendo… No soy proactiva. No me hago promoción como escritora: jamás he dicho “Quiero esto…”; solo una vez me presenté a un concurso y lo gané, y a alguno en el que fui seleccionada. No he optado a otro premio literario… No he hecho las cosas que hay detrás de una empresa personal que persigue reconocimientos. No puedo decir que Colombia me haya tratado mal. Yo creo que me ha tratado en consecuencia. Me gustaría que las cosas me llegaran de manera natural y que fueran el resultado de la importancia o el peso que pueda tener mi obra. Es decir, me gustaría que se valoraran mis libros más que mi persona.

Muy temprano ganó un premio nacional. ¿Por qué no volvió a participar en concursos?

Quedé seleccionada alguna vez con Prohibido salir a la calle y ya no me volví a presentar a otro premio de novela porque perdí el interés por esa opción. Pensé que quizás los premios se pactan antes, más o menos se hablan, y si no has hablado y no tienes idea de quién va a ser el jurado, como ocurre muchas veces… Yo he sido jurado. Ese conocimiento hace que se incline la balanza, porque hay premios que son comerciales, o hay premios que surgen como una necesidad: hay que darle un premio a este escritor porque nunca se le ha reconocido su trabajo. Detrás hay muchas motivaciones. Quisiera que se valoraran mis libros por su calidad, no por la autora. De todas maneras, me siento muy orgullosa de mis libros. Por ejemplo, hay un diccionario universal de mujeres creadoras publicado por una editorial francesa famosa que incluye solamente a 20 creadoras colombianas, y entre las escritoras me incluye a mí.

En Una isla en la luna habla de distintos autores que fueron importantes para usted, como Borges, Kafka, Goethe, Hesse… ¿Hay alguna obra que la haya marcado particularmente? Veo que El lobo estepario aparece mencionada varias veces.

Sí, esa obra que tengo olvidada es una novela que yo ahora veo con otros ojos, pero es una novela que tiene un peso porque es de juventud y de cuestionamiento de lo que es la noción del amor. Entre los 19 y 20 años tuve una noción marcada por la necesidad de tragedia y por una serie de lecturas existencialistas pero que fueron mis lecturas de iniciación: El lobo estepario, Demian de Hesse, El túnel de Sabato… Esas novelas marcaron mi sensibilidad de escritora. Me gustan mucho esas novelas breves, modestas, como Los adioses, novela preciosa de Onetti sobre un sanatorio y un tipo que padece tuberculosis… Todo ese mundo desagarrado de Onetti, de Rulfo, ese amor tormentoso de El túnel de Sabato marca mi sensibilidad. Tuve un período existencialista durante cierto tiempo, y fue un poco como la parodia del concepto del amor que se puede llegar a tener a esa edad.

En sus obras también se puede leer una honda reflexión sobre la escritura. ¿Cómo es para usted la experiencia de escribir?

La experiencia de escritura yo la he vivido mucho tiempo como padecimiento, plasmado en Ventana o pasillo. Pero no siempre fue padecimiento, tampoco quiero mitificarlo. Yo escribí La semilla de la ira con felicidad, fue una escritura jubilosa porque siempre he estado obsesionada con ese fin de siglo, con el decadentismo, y Vargas Vila me permitió viajar por esa Belle Époque y tratar de entender cómo situarlo a él ahí y luego ver cómo todas sus novelas tienen que ver con D’Annunzio. Hace poco estuve en la casa de D’Annunzio en Italia y es una locura de casa. Me he dado cuenta de que Vargas Vila describía parte de esos ambientes inspirado en ese mundo tan oscuro y megalómano de D’Annunzio. Alguien escribió un artículo muy despectivo sobre La semilla de la ira, diciendo que es muy ingenua la imagen que ofrezco del escritor. Pero fui muy consciente, no hay ingenuidad. Quería sumergirme en la Belle Époque latinoamericana a través de personajes como Darío, Martí y todo ese grupo de intelectuales modernistas. Por otro lado, yo no quería satisfacer el morbo del lector hablando acerca de la homosexualidad de Vargas Vila. Me siento muy satisfecha porque esta novela representó un reto muy grande de respeto al personaje y a su vida íntima.

En La semilla de la ira sentí mucha lúdica, hay mucho juego.

Sí, es una novela divertida. Además, disfruté muchísimo; nunca había disfrutado tanto al escribir un libro.

Haciendo una abstracción de su obra, ¿cómo ve hoy el panorama literario en Colombia?

Lo veo muy interesante. Hay muchas mujeres que escriben. Tengo pendiente la lectura de unas cuantas escritoras muy jóvenes. Tenemos muchos escritores para mostrar en el contexto internacional, y una literatura muy potente que debería promoverse.

En Una isla en la luna además de la reflexión sobre escribir, también habla sobre la búsqueda infructuosa del amor…

Sí, el amor al final es un espejismo.

Sin embargo, en Ventana o pasillo habla del amor hallado por fin en la madurez. Usted lo mencionó ahora. ¿Podemos entender esto como un testimonio autobiográfico? ¿Al final encontró un amor sosegado como lo menciona la narradora?

Sí, puede ser. Hay aspectos de mi vida que han marcado mi escritura y también quería rendirme un homenaje a mí misma y reconciliarme con esa otra parte de mí reconociendo la capacidad de amar. La soledad no era por no tener capacidad de amar sino porque el momento llega cuando llega. Es una cuestión que a veces te la trae el azar. Te lo da la vida.

Y uno no decide cuándo.

Exactamente. Es algo que no es programático.

Hablemos un poquito sobre la experiencia de la escritora y la profesora de literatura.

Me gustaba muchísimo ser profesora de literatura, me gustaba enseñar la literatura hispanoamericana. Fue una experiencia breve porque luego se presentó en mi horizonte la posibilidad de un trabajo afín a mi carrera que no tenía que ver con la docencia. Abandoné ese proyecto, pero mis intereses sobre temas literarios siguen vivos; cuando puedo escribo o hago algún artículo. La docencia y el mundo académico han cambiado tanto, se ha vuelto tan administrativo y es tan estresante que ya es otra cosa. Los planes de estudio después de la implementación del Plan Bolonia aligeran mucho los temas y los contenidos. Es diferente. ¿Cómo podrías plantearte abordar y desarrollar temas literarios si los planes de estudio no lo permiten? Por eso se inventan los másteres y los doctorados, para llenar todos los vacíos que quedan después de la carrera, que además son un negocio porque toca pagarlos y son muy costosos.

Y está el tema de la autogestión… Bueno, ¿qué podemos esperar los lectores de Consuelo Triviño para los próximos años? ¿Qué proyectos de escritura tiene?

Por ahora tengo muchos proyectos en la cabeza, pero ninguno concreto. Los estoy postergando debido a otros compromisos: debo entregar dos libros por encargo. Necesito tiempo para pensar algo distinto. No sé si se nota, pero cada libro mío es diferente. Aunque son temas comunes, son distintos: ninguno puede parecerse a otro. Por ejemplo, en Ventana o pasillo se tocan temas de la infancia, pero no es igual que Prohibido salir a la calle. Un escritor gira alrededor de dos o tres temas, o alrededor de una obsesión. Me lo quiero tomar con más calma porque sé que cuando empiece me tendré que dedicar exclusivamente al libro.

Finalmente, Ventana o pasillo se convierte también en una confesión de que, con su autoexilio o trasplante, como ha dicho usted metafóricamente, Consuelo ha tenido su corazón escindido entre España y Colombia, al igual que la narradora.

Inevitablemente. Hace poco vino una colega y amiga y me dijo que era increíble que yo no hubiera cambiado mi acento. No tengo ningún interés en disimular que soy colombiana, no tengo ningún interés en aparentar que soy española. Lo único que quiero en la vida como en la literatura es que me entiendan. Mi sintaxis aquí es diferente; mi sintaxis en Colombia se vuelve a adaptar al clima y al calor de los afectos y no tengo bipolaridad. Me parece natural. Una vez que salto al charco y estoy con mi familia, el trato es el de toda la vida.

Referencias

Bernal, Álvaro Antonio. (2019). Reseña del libro Transterrados de Consuelo Triviño. Estudios de Literatura Colombiana 45, pp. 215-217. DOI: https://doi.org/10.17533/udea.elc.n45a15

Correa, J. D. (2021). Ventana o pasillo de Consuelo Triviño Anzola. ómnibus, VIII (65), octubre. Recuperado de https://www.omni-bus.com/n65/home.html

Ruiz Gómez, Darío. 2022. Ventana o pasillo. Consuelo Triviño Anzola [reseña]. Estudios de Literatura Colombiana , 50, pp. 207-209. Universidad de Antioquia.

Ruiz Gómez, Darío. 2010. La narrativa de Consuelo Triviño Anzola. Letras Hispanas: Revista de literatura y de cultura, ISSN-e 1548-5633, Vol. 7, Nº. 1, 2010.

Santamaría Bonilla, Julián. 2021. “La escritura es un exilio, una burbuja para darle vida en la ficción a un mundo que uno está creando” [perfil de Consuelo Triviño, trabajo de maestría en periodismo]. Bogotá: Universidad del Rosario. Recuperado de https://repository.urosario.edu.co

Triviño Anzola, Consuelo. 1988. El sentido trágico de la vida en la obra de José María Vargas Vila [tesis doctoral]. Madrid: Editorial de la Universidad Complutense de Madrid.

Triviño Anzola, Consuelo. 2008. La semilla de la ira. Bogotá: Seix Barral.

Triviño Anzola, Consuelo. 2019. Transterrados. Medellín: Calambur/Sílaba.

Triviño Anzola, Consuelo. 2021. Ventana o pasillo. Bogotá: Seix Barral .

Vergara Aguirre, Andrés. 2022. Darío Ruiz Gómez, para descubrir la ciudad. Estudios de Literatura Colombiana , 50, pp. 181-193. Universidad de Antioquia.

Notas

1 Cómo citar esta entrevista: Vergara Aguirre, A. (2022). Consuelo Triviño Anzola. El difícil y gratificante camino de la escritura. Estudios de Literatura Colombiana 51, pp. 157-171. DOI: https://doi.org/10.17533/udea.elc.350358
HTML generado a partir de XML-JATS4R por