Reseña
Ironías filosóficas y paradojas literarias. Julián Serna Arango. Casa de Asterión Ediciones, Santa Rosa de Cabal, 2021, 146 p.
Ironías filosóficas y paradojas literarias. Julián Serna Arango. Casa de Asterión Ediciones, Santa Rosa de Cabal, 2021, 146 p.
Estudios de literatura colombiana, núm. 51, pp. 185-188, 2022
Universidad de Antioquia
| Serna Arango Julián. Ironías filosóficas y paradojas literarias. 2021. Santa Rosa de Cabal. Casa de Asterión Ediciones |
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Recepción: 10 Febrero 2022
Aprobación: 09 Junio 2022
Publicación: 18 Julio 2022
Elías Canetti ilustra el tránsito (¿así puede llamarse?) que va de la filosofía a la ficción o viceversa, estableciendo de este modo la eliminación de unas falsas fronteras de género que ya Goethe, oportunamente, se había encargado de romper genialmente y sobre todo estableciendo la tarea de la ficción frente a aquello que llegamos a definir como realidad o no realidad. ¿Qué diferencia podría establecerse entre el Blanchot novelista y el Blanchot pensador? ¿Acaso los Géneros no existen como compartimentos estancos? Filosofía presentada como ficción es toda la magnífica obra de Stanislaw Lem o es la gran obra de ficción de un pensador no filósofo académico como Camus.
En un texto muy lúcido de Nicolas Bourriaud, La exforma, hay un capítulo donde la filosofía de Althusser es leída a través de la filosofía del futuro, paradojas, inconsecuencias del gran escritor de ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, Philip K. Dick. Textos singulares que escapan a cualquier intento de clasificación son Hebdomeros de Giorgio de Chirico o El lugar de Mario Levrero, con lo cual quiero señalar que el genuino escritor piensa, y desde el pensamiento escribe retratos falsos o hechos que nunca llegarán a suceder pero que la escritura, al negarse a ser un mero archivo de cifras y datos, convierte en una verdad palmaria que solamente toma credibilidad o no en ella. Lo cual implica la presencia de una virtud bien escasa también por estos pagos: la inteligencia.
Julián Serna ha sido durante décadas un atildado profesor de Filosofía en la Academia; algo muy diferente a un filósofo, pues el profesor difunde ideas, propicia desencuentros, mientras el filósofo verdadero, como diría Cioran, es aquel que un día decide lanzarse a vivir para siempre en el abismo; una sola pregunta y el andamiaje filosófico se viene al suelo, una sola duda y, como recuerda María Zambrano, es imposible volver a las certezas de las cuales vivíamos: el muro se ha resquebrajado y queda solamente la incertidumbre para siempre. Es decir, no a seguir los derroteros de lo que ya está pensado y conquistado sino a descubrir que andar en el vacío es partir de cero, pues ya aquello que llegamos a definir incluso como nuestras secretas verdades se ha esfumado como debe ser, han desaparecido las luces que supuestamente nos guiaban en medio de las tinieblas.
Ante la declinación o el fracaso del llamado realismo social o la versión castrista del estajanovismo, agotado por el marketing editorial, la ficción cobra la dimensión que Borges le dio a partir de esa obra maestra llamada precisamente Ficciones y que a los ojos de los seguidores del llamado realismo político en Argentina supuestamente constituía una “irresponsable” escapada de la tarea del escritor ante “la lucha del pueblo para derrocar la tiranía burguesa”. Enojoso error y condenable anatema político que el transcurso del tiempo se ha encargado de colocar en su sitio: la ficción es la exploración de lo que la conducta de los individuos ha supuesto ante encrucijadas que responden a las preguntas universales que Aristóteles llama la muerte, el destino, el sufrimiento, la precariedad de la vida disimuladas entre lo que llama “las pasiones oscuras”. Discusión que se mantiene hoy aun cuando me parezca más una estrategia totalitarista que tratar de arrojar claridad sobre si la Historia debe reducirse a cifras, nombres y por lo tanto no debe ser ficción; precisamente como recuerda Christian Salmon, lo que el fanatismo persigue a muerte es la ficción. Hesíodo es ficción, La conquista de México es ficción; lo es la crónica de viajes de Pigafetta y lo es esa obra inmortal La tierra purpúrea, de W. H. Hudson.
En el pobrísimo panorama de nuestra vida intelectual colombiana esta discusión se ha dejado a editores sin la más mínima educación estética, y aquí Borges o Macedonio no solo no se hubieran publicado sino que, seguramente, estarían condenados a trabajos forzados. Es lo que me preocupa de este texto singular -atípico, hubieran dicho otros- de Julián Serna, Ironías filosóficas y paradojas literarias, erróneo título puesto por el antiguo profesor de pedagogía en el afán de esclarecer a sus alumnos las categorías filosóficas a las cuales cree estar dando respuesta pero que es, jubilosamente, un notable ejercicio de ficción -la otra escritura que esperábamos- donde el fabulador vence por fin al arduo pedagogo de antes, y recurre a quienes en el pasado del pensamiento fueron marcando con sus vidas la ejemplaridad mediante la cual un filósofo, un pensador, un quejumbroso andariego recuerda que la vida es pensamiento cuando es capaz de ensanchar los dominios de aquello que aún es misterio, interrogante, tierra de nadie, y el narrador se decide a aceptar este reto jugándose las monedas que le quedan.
Serna ha sido capaz de renunciar al tedio académico, al lugar común de la corrección política para entender que la filosofía, al hacernos singulares, nos está desanclando de aquello de lo cual llegamos a sentirnos propietarios, y sobre todo que la literatura, repito, es el enfrentar las preguntas esenciales. ¿Cómo presentarlas ante un lector para participar con él de su perplejidad? J. M. Cuesta Abad recuerda que, para Levinas, “la realidad no sería solo lo que es, lo que se desvela de ella en la verdad, sino también su doble, su sombra, su imagen. Y las imágenes, lejos de reducirse a un sucedáneo o a una semejanza lábil y evanescente de la realidad, pertenecen a la consistencia y sustancialidad de lo real”.1
En este libro lleno de madurez, las imágenes se constituyen en el esfuerzo de crear la verdad recurriendo en ocasiones a la fábula y en otras a la parábola. ¿O no es la verdad la envidia o no lo es el odio o la amarga certeza de que la carne es mortal, o lo es la certificación de haber palpado con las manos la densidad del laberinto? ¿Qué quiere decir que un sabio constate después de una investigación con la que ha consumido su vida que “antes que él otro lo había pensado” -Borges dixit en “Las ruinas circulares”?
Las aporías se sitúan en el plano de la racionalidad más fría, pero los abismos a los cuales nos puede llevar el pensamiento responden a la visión de los maelström que nos engulle y nos deja flotando solitarios en los remolinos de nuestro propio cosmos. ¿Cuándo se inició eso que Lem llama “la lenta elaboración de la inteligencia”? El universo estaba ahí y la Historia impedía verlo. En el apartado 28, “Ser y no ser”, al final del texto, y no sé si como conclusión o como puntos suspensivos, se lee: “Aunque sus facultades mentales permanecen intactas, en el lugar nadie cree en sus historias, y él no sabe si seguirles el juego y asumir una vida prestada o preservar su identidad perdida no sea que el día de mañana todo vuelva a la normalidad. Si ocurre lo último no sabría a dónde ir; si lo primero, no sabría qué decir” (p. 77). Este es entonces un texto que acepta, mediante el recurso feliz a la inteligencia, el imposible reconocimiento de los literatos de oficio.
Notas