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La Buena Lectura y la razón pública: leer sin pathos*

La Buena Lectura and Public Reason: Reading Without Pathos

Diana Paola Guzmán Méndez
Universidad de Antioquia, Colombia

La Buena Lectura y la razón pública: leer sin pathos*

Estudios de literatura colombiana, no. 54, pp. 97-114, 2024

Universidad de Antioquia

Received: 14 August 2023

Accepted: 08 December 2023

Published: 31 January 2024

Resumen: Entre 1910 y 1912 se publicó La Buena Lectura, periódico antioqueño y católico subsidiado por la Sociedad San Vicente de Paul. En sus páginas aparecen protocolos de lectura cuyo propósito es la reconquista de la razón pública de parte del catolicismo. Surge una comunidad interpretativa de intelectuales católicos que educó a una comunidad lectora para leer sin afectaciones, sin emociones y con un alto sentido del deber. Este uso de la lectura toma elementos de la estructura catequética y encarna, sin lugar a duda, un momento fundamental en la historia de las prácticas y la formación de lectores en Colombia.

Palabras claves: Historia de la lectura, instrucción, caridad, lectores, buena lectura, pathos, censura.

Abstract: Between 1910 and 1912, La Buena Lectura was published. It was a newspaper from Antioquia funded by Sociedad de San Vicente de Paul. On its pages emerge reading protocols that search for the conquest of public reason by Catholicism. As a result, an interpretative community of intellectual people arose educating a lector community to read without affection or emotion and with a high sense of duty. This use of reading takes structural components from catechism and materializes without doubt as a fundamental moment in the history of the practices and the formation of readers in Colombia.

Keywords: History of reading, instruction, charity, readers, good reading, pathos, censorship.

Introducción

Un grupo de mujeres maneja las cajas de tipografía, toma clases de tipeo y analiza el funcionamiento de una imprenta. Son obreras pobres, llenas de ilusión en un trabajo que les permita subsistir y mejorar su vida; el problema es que cada día son más. Por eso la editorial Bedout, situada en Medellín, les abre las puertas y la Sociedad San Vicente de Paul les enseña los secretos del oficio tipográfico.

Este cuadro que parece una extraña pieza en la vida impresa del país abre el primer número de La Buena Lectura (1910-1912). Dicha publicación, que apareció quincenalmente, fue subsidiada por la Sociedad San Vicente de Paul y dirigida hasta el número 22 por el antioqueño H. Gaviria I., quien entregó a Ramón Mejía O. las riendas de la revista al asumir la presidencia de esta Fundación.1

La Buena Lectura no se diferencia, en general, de las otras publicaciones de la época que expresaban de modo permanente su defensa de la religión y la moral. Es de mediano formato con secciones permanentes y con un compendio de obras literarias entre novelas por entregas, poemas y biografías escritas por colombianos, españoles, franceses, etc. Gran parte de las publicaciones foráneas son retomadas de periódicos españoles como La Hormiga de Oro, La Ilustración Español y Americana y Blanco y Negro, por ejemplo.2

Si bien la fe católica y la función devocional de la caridad son la columna vertebral de la publicación, la lectura es un tópico permanente en casi todos los números. Este tema era expuesto a través de reflexiones, recomendaciones, normatividades acerca de los libros, las bibliotecas, la enseñanza de la lectura y el control sobre lo que se lee. Todos estos esfuerzos se dirigían a la formación de lectores obedientes, morales y, paradójicamente, con cierta erudición controlada.

A pesar de todos los dispositivos de control que los artículos de la revista mencionaban para cuidar el alma de los lectores, Colombia presentaba una altísima tasa de analfabetismo en donde el 66% de la población adulta no sabía leer y escribir.3 En este sentido, la publicación expresaba en sus páginas la necesidad de pensar en estrategias de alfabetización, sobre todo, para las obreras que formarían parte de la industria tipográfica. Si bien había un interés manifiesto por la educación y por la importancia de las letras, también expresaba de forma recurrente diferentes formas de censurar y controlar el acceso a la cultura escrita.

Para tal fin, no podemos limitarnos a evidenciar la concepción de lectura, de lectores y de materiales para la lectura que tenía la revista. Sin embargo, esta propuesta no está enmarcada en la ingenuidad de la devoción, sino que hace parte de un plan de reconstrucción nacional, la reconfiguración de un país que luego de la Guerra de los Mil Días (1899-1902) se encontró empobrecido, sin un sistema escolar, con libros quemados e imprentas destruidas.

De acuerdo con Néstor Cardoso Erlam (2010), las órdenes religiosas que lideraron el resurgimiento de los impresos pudieron traer máquinas, papel y, lo más importante, dominar la formación de los futuros operarios y tipógrafos. Por lo mismo, un gran número de publicaciones periódicas tuvieron como nicho de origen las organizaciones católicas. Sin embargo, varios fueron los factores que comenzaron a medrar el poder casi absoluto de las órdenes y organizaciones religiosas frente a la producción de impresos (p. 135).

Por una parte, las leyes de censura se fueron moderando de manera paulatina. Por ejemplo, la Ley 51 de 1898, que reglamentaba el control estatal sobre las imprentas y la prensa, la imposición de la censura a través de multas y penas carcelarias a quienes ejerzan oposición al gobierno a través de los impresos, fue modificada en 1909 a través de la Ley 1 (21 de agosto), la cual sigue promulgando el control estatal sobre la circulación de los impresos, pero ablanda las condenas por el desacato a esta normativa.

Si bien las órdenes religiosas gozaban de ciertos privilegios, también se vieron abocadas a la producción nacional de papel y tinta. Este crecimiento de las empresas gráficas fuera del dominio de la Iglesia se evidenció en una circulación de los impresos que creció en un 42% durante los primeros 10 años del siglo xx. Es decir, otras industrias gráficas como Bedout o Carvajal también comenzaron a producir papel y a importar insumos de impresión de manera masiva (Canal Ramírez, 1973, p. 156).

Esto quiere decir que el privilegio del que gozaban las órdenes religiosas se tuvo que enfrentar a una pujante aparición de imprentas privadas y políticas que pusieron a rodar cientos de libros y periódicos. El peligro de la lectura viciosa e indecente estaba creciendo de manera exponencial y La Buena Lectura nace para frenarla.

Entre el obrero desobediente y la convergencia de testimonios: la lectura como patología

En el primer número de La Buena Lectura, publicado el 1 de octubre de 1910, aparece la sección “Buena Lectura” bajo la pluma del jesuita español Remigio Vilariño. En este texto, llamado como la sección, Vilariño (1910) hace referencia al diálogo que el jesuita tiene con un obrero “desobediente”:

He aquí ante mi presencia un obrero que, según dice, viene a ver cómo yo le convenzo de que Dios existe [...] Es un corazón noble, pero habla como un desvergonzado, se jacta como un sabio, y vive, como él mismo lo confiesa, dominado de la lascivia (p. 2).

La descripción subsiguiente ilustra el carácter del padre Vilariño. El obrero ha sido dañado desde su ignorancia y no acepta que un ignorante le discuta sobre la existencia de Dios a un prelado ilustrado. Lo interesante de este episodio es que los culpables de la perversión espiritual del obrero son los impresos:

De los dos bolsillos de una chaqueta, ennegrecida por el carbón de la fábrica y la gracilla del trabajo cotidiano, me saca uno tras otro un periódico de lo más blasfemo. Puede, un asqueroso papelucho que enloda de escándalo á la ciudad, un hediondo papel que en letras muy anchas dice El País, un estúpido catecismo escrito por un socialista en papel de estraza (p. 2).

La indignación del padre Vilariño sobre ese impreso de papel de trapo aumenta cuando el obrero atrevido sigue discutiendo sobre la existencia de Dios y la justicia social. La pregunta que se hace el jesuita también se convierte en una respuesta para la concepción e importancia que se confería a la lectura: “¿De dónde sabe esto? Desde que lee esos periódicos y esos libros” (p. 2).

Es justo después de enunciar esta pregunta cuando Vilariño divide las buenas de las malas lecturas y esta premisa va a acompañar la publicación a lo largo de su existencia. La Buena Lectura, a diferencia de otras publicaciones de carácter religioso, no participó de manera directa en los debates políticos y se dedicó a rescatar las biografías de próceres de la Independencia y de prohombres de Antioquia.4

La presencia de la historia nacional o la “Historia patria”, como se nombra una de las secciones de La Buena Lectura, construía una memoria que glorificaba el binomio entre fe y valentía. Los próceres eran hombres católicos que estaban dispuestos a morir por su patria y en defensa de la Iglesia. Esto quiere decir que su forma de participar en el coloquio crítico significó más un gesto editorial que de controversia permanente.

La lectura deja de ser una práctica indefensa que se hace en el hogar y bajo la vigilancia del maestro para convertirse en un modo de participación del pensamiento católico dentro de la reconstrucción política del país. De alguna manera, leer “las buenas lecturas” que recomendaba Vilariño instauraría la religión como un modelo que regula las relaciones sociales y el mantenimiento del statu quo.

Vilariño convierte la lectura en una práctica pública al mencionar que “¡Ah! Las malas lecturas son fuente de las demencias públicas y morales que lamentamos. La fe se pierde por causa de las malas lecturas” (p. 2). Es evidente que para Vilariño las malas lecturas no se limitan a aquellas que cuestionan la Iglesia, sino todo el acervo que no es controlado ni mediado por un instructor responsable. Este es el caso que describe de una joven lectora suicida:

He aquí por otro lado a una joven tendida en tierra, con los pómulos cadavéricos y la mano en puño abierto. En la primavera de su vida ha bebido desesperada no sé qué veneno ¿han visto el libro que tiene en su mano? Es una novela inmunda de Zola, de esas que aún al estómago de toda persona honrada causa desagrado y provocan náuseas (p. 2).

El cuadro del obrero sucio y desobediente se enlaza con la imagen trágica de una joven que sucumbe al influjo mágico y oscuro de la novela y que se ha quitado la vida frente a todos, sin reparo ni pudor. Todo por culpa de la mala lectura. Más adelante, Vilariño asegurará que la lectura es una presencia necesaria en la vida, pero peligrosa sin la orientación ilustrada de los intelectuales de la Iglesia. El uso de la palabra intelectual para referirse a sí mismo no solo reafirma su posición como mediador y censor acreditado, sino que lo faculta para hacer un llamado a combatir las inmundicias y los peligros de las novelas y los periódicos obreros.

Siguiendo a José Zanca (2006), los intelectuales católicos se proponen diferenciar lo sagrado de lo profano; es decir, son administradores del carácter sagrado que sería, de alguna manera, la única protección que tiene el ignorante (p. 13). La lectura se convierte en parte de esta regulación y la decisión libre de leer lo que se quiera leer desde la esfera de lo privado pierde la batalla frente a la necesidad de regular el comportamiento público a partir de la moral.

El llamado que hace el jesuita por detener las malas lecturas, porque “los malos periodistas son los hombres más abominables de la sociedad, los malos escritores son los comerciantes más perversos de la tierra” (Vilariño, 1910, p. 3), se dirige a los buenos cristianos que gozan “del ingenio y la ilustración de las buenas lecturas y del cultivo del conocimiento” (p. 3).

En esta columna aparece otro elemento fundamental: la llamada “convergencia de testimonios” que funciona como una estrategia retórica de los escritos católicos y que proviene de la gramática teológica. Consiste en agrupar en párrafos sin intervalo una serie de ejemplos y testimonios que sirve para ilustrar la necesidad de la orientación y la mediación del sacerdote, en el caso de Vilariño, sobre el conocimiento y la lectura.5 Vilariño no es ajeno a la técnica de Moeller y presenta una serie de bloques con ejemplo de lectores devotos:

Ved a Agustín leyendo la vida de San Antonio y convirtiéndose en uno de los más fervientes santos de la Iglesia. Ved á Ignacio leyendo la vida de Santo Domingo y a San Francisco y mudándose en el Gran Capitán de la mayor gloria de Dios. Mucho pueden las buenas lecturas (Vilariño, 1910, p. 3).

De testimonios de santos a los que la lectura les cambió la vida y los convirtió en hombres de Dios, Vilariño pasa a ejemplos más comprometidos como el de Jaime Balmes, quien, además, era la encarnación más visible del intelectual católico: “no me digáis que ya no son niños y podéis leer cualquier cosa. ¿Sois más hombres que Balmes?” (p. 3). La pregunta de Vilariño tiene dos propósitos: poner en entredicho el libre albedrío para leer lo que se quiera y contraponerlo con una figura de autoridad que demostrará, a través de su testimonio, cómo se curaba de las malas lecturas. Para esto, Vilariño transcribe las palabras de Balmes: “Sin embargo, cuando leo un libro prohibido, siento la necesidad afirmarme en ella con la lectura de la Sagrada Escritura, de la Imitación de Cristo y del piadoso Luís de Granada” (p. 3).

Así continúan los testimonios de católicos que se curan del mal con las lecturas piadosas. Todos los párrafos comienzan con la misma pregunta: “¿acaso son más hombres que…?”. Lo interesante de esta convergencia de testimonios es que deviene en una concepción sobre la lectura que le confiere el poder de pervertir el alma o de sanarla. Basta con recordar el cuadro de aquella joven suicida que acaba con su vida por causa de la novela de Zola. Esto quiere decir que aquellos quienes se acercan a “las malas lecturas” no gozan del discernimiento suficiente para evitar sus terribles efectos. El mismo Vilariño lo demuestra al afirmar que “el que lee liberalismo se vuelve liberal” (p. 4).

En este sentido, se le confiere a la lectura un poder mediatizador que, sin control, puede resultar peligroso. Sin embargo, el asunto resulta más complejo. El control de la lectura se convierte, de forma inmediata, en el dominio del sujeto. Dejarse llevar por los afectos y las emociones sacrifica el carácter racional y normativo de la religión como patrón de vida. De este modo, resulta más fácil controlar a un sujeto que deja sus afectos y emociones de lado, que a otro cuya razón se deja inundar por las malas ideas de otros.

Siguiendo a Karin Littau (2008), la idea de controlar la lectura y a aquellos que la practican evita leer con pathos; es decir, dejarse impresionar; enfermarse. Leer se convierte en una patología cuya única medicina es la misma enfermedad: la lectura (p. 152). Y solo los hombres piadosos que miden sus afectos a través de las ideas devotas -lo cual podría sonar a contradicción- son los únicos que pueden ayudar a evitar la propagación del virus. Lo había dicho Jacques Ranciere (2010) en el Espectador emancipado, que el llamado ignorante enseñe aquello que no debe saber es un riesgo latente a la jerarquía de la Intelligentsia y por tanto del poder estatal o clerical (p. 65). Significaría que el obrero que discute con Vilariño está a la misma altura, en todo sentido, que el hombre santo e ilustrado.

En conclusión, la mala lectura no es una patología por sí misma, sino porque resultaría en una pérdida del control del sujeto, pero también de la función de la Iglesia como educadora principal. Recordemos que la presidencia de Restrepo se caracterizó por una secularización incipiente que dejaba a la Iglesia de lado a los problemas políticos y públicos. El clero ya no tendrá el control pedagógico de las escuelas, no podrá definir los currículos sin la presencia del gobierno, pero sí tendrá la potestad de administrarlas.

El llamado que hace la publicación no puede relacionarse de manera inmediata con la obediencia. Por el contrario, leer desde el pathos, con la pasión enardecida, resultaría en la encarnación de un lector que es incapaz de controlar sus pasiones y que expresa una pasividad peligrosa. Como lo propone Littau (2008), al evidenciar que la palabra pasividad tiene como raíz pathe, misma que comparte con patología y paciente, el vínculo etimológico entre estas palabras demuestra que leer con pathos es, en realidad, leer de modo pasivo y, por ende, la lectura se convierte en una patología (p. 124).

La convergencia de testimonios y la convocatoria permanente que hacen los autores de la publicación se concentran en la constitución de un lector robusto, público, capaz de ser mediado y orientado por la intelectualidad católica. El problema resulta en que esta lectura activa no se desprende de la idea devocional y doctrinaria de la religión; sin embargo, “despatologizar” la lectura a través de “las buenas lecturas” es la estrategia más visible para reconquistar la razón pública.

Novelas por entregas y cuentos católicos: la literatura como instrucción

La Buena Lectura publicaba varios cuentos y novelas por entregas en su sección “Variedades”. Algunas escritas por autores colombianos, pero la mayoría eran resultado de la pluma de escritores europeos, sobre todo españoles. Por sus páginas desfilaron escritores consagrados como Guy de Maupassant, Rosalía Castro o Ricardo Palma. En ningún número se registran traducciones propias en el caso de obras escritas en idiomas distintos al español o colaboraciones hechas para el periódico de modo concreto. Este aspecto nos llevó a rastrear los lugares donde el acervo de autores publicaban de manera permanente.

En el panorama aparecieron dos periódicos españoles como lugares de donde la dirección de La Buena Lectura podría haber extraído las obras. Por un lado encontramos La Ilustración Española y Americana, y por otro Blanco y Negro. Ambos publicados en el país ibérico y de raigambre católica y carlista. Por ejemplo, Manuel Matosses, cuyo seudónimo era Andrés Corzuelo y cuyos escritos aparecían en La Ilustración Española y Americana, o la Condesa de Pardo Bazán, como se hacía llamar Emilia Pardo Bazán, quien escribía en varios lugares, especialmente en Blanco y Negro, fueron nombres que aparecieron de manera recurrente en la publicación antioqueña. Encontramos, a su vez, un caso muy interesante: el de David Guarín, escritor colombiano que publicaba en La Ilustración Española y Americana bajo el seudónimo de Juan García.

Si bien la mayoría de literatura publicada se trataba de cuentos naturalistas y relatos cortos, la poesía hacía presencia en menor proporción, pero con el tema religioso como premisa principal. La Buena Lectura publicó durante varios números una novela por entregas llamada El azote de Bogotá, escrita por José Manuel Marroquín y que emulaba, de alguna forma, Los Misterios de París de Eugenio Sue. Este relato se publicó sin interrupción del número 2 (15 de octubre de 1910) al 11 (15 de marzo de 1911).6

El azote de Bogotá estaba conformada por varios cuadros de costumbres que encarnaban diferentes situaciones y personajes de la Bogotá desconocida, con paisajes aislados sobre el lado oscuro de una ciudad que funcionan como piezas independientes, pero que se relacionan a través de un hilo narrativo dominado por el autor. Al final de cada cuadro se presenta una lección moral que interpela al comportamiento cívico y religioso. De las obras literarias publicadas, esta es la más extensa, a diferencia de la sección de “Historia Patria”, que publicaba largas biografías de próceres latinoamericanos.

Vale la pena aclarar que antes de la sección de “Variedades” aparecía la de “Buena Lectura”, sobre la cual ya hemos hecho referencia. A partir del número 6 (15 de diciembre de 1910), la voz del padre Vilariño fue reemplazada por la del jesuita R.V. de Ugarte, quien, en adelante y hasta el número 18 (1 de agosto de 1911), es la pluma principal del apartado. Luego aparecerán escritos del español Lino M. León.

El padre Ugarte antecedía los textos literarios con varias advertencias sobre la importancia y el peligro de la lectura. Sin embargo, toca temas más profundos que los de su antecesor e inicia su presencia en el periódico con un artículo titulado “Curiosidades”, que no solo abría la edición de la publicación, sino que hacía referencia a los riesgos de la libertad de imprenta y prensa:

Donde sea que el Estado autorice o no la libertad de la prensa ¿cuántos males o bienes se siguen? Si el Estado hubiese reprimido todos los artículos ofensivos á la doctrina católica y á la iglesia que han salido en El País, en El Imparcial, en El Liberal, El Heraldo y otros parecidos; si hubiese mandado a recoger las revistas pornográficas, cerrar los teatros indecentes, quemar las novelas inmorales… ¡cuántos que están hoy en el infierno, estarían hoy en el cielo! (Ugarte, 1910, p. 120).

La idea de una lectura patológica continúa dominando el tono de los escritos. La advertencia del padre Ugarte evidencia una selección muy ajustada a los ideales de la publicación que se enmarcan en la representación de un nacionalismo católico. Esto le confiere a la literatura la misión de poner a la religión en un espacio público y de disputa a través de temas naturalistas en donde la tradición conservadora y la práctica católica de la moral resultaban protagonistas. Si bien la variedad de nombres y estilos puede resultar variopinta, de alguna manera se inscriben en una poética estable y repetitiva.

Esta selección tan uniforme, en esencia, configura una suerte de ciudad letrada comandada por los escritores e intelectuales católicos. En la sección “Variedades”, la más nutrida de la publicación, aparecían cuentos cortos, algunos poemas (la mayoría de Ramón Campoamor), fábulas y cuadros de costumbres.7 Sin lugar a duda, los cuentos cortos son los amos y señores de la sección, casi todos de corte naturalista y católico. Esta pauta de selección se relaciona con un llamado a la acción. Muestra de ello es lo expresado por el padre Ugarte (1910) en la columna que abre su participación en La Buena Lectura y a la que ya hemos hecho referencia. La orden es clara: “romper los barrotes que nos han impuesto los masones a través de una política de persecución” (p. 121). La acusación del padre a los católicos que han permanecido dormidos, hipnotizados por las mieles de la modernidad y de una “falsa libertad” que los ha alejado de dios, solo puede solventarse a través de una presencia activa de la Iglesia en un mundo político que la ha mantenido alejada de la vida pública y colectiva.

El proceso de “recristianización” social solo podría configurarse a través de un nacionalismo católico que, en el caso del mundo impreso, debía expresarse mediante relatos que mostraran la acción de los creyentes como prácticas de transformación colectiva. Es decir, la lectura ya no se limitaba a ser una actividad individual y silenciosa, sino un determinante en la lucha contra la masonería. La solución: presentar textos épicos en donde los católicos superan la oración y la contemplación para accionar en la batalla. Las narraciones de esta naturaleza que encontramos en el periódico son numerosas; en los relatos siempre hay un personaje que debe defender su fe, pasar por la guerra, aguantar la pobreza y superar el pecado de la modernidad.

La mayoría de los cuentos presentan la caridad como parte esencial del ser moral católico, sumado a una valentía que supera a la del soldado que va a la guerra. Tal es el caso de “En el bosque”, escrito por el francés Enrique Leredau y publicado en el número 8 de La Buena Lectura. En este relato, un valiente abate sale en la noche para cruzar el bosque y asistir a un enfermo con los santos óleos. En el camino se encuentra con un “forajido” que se hace pasar por un viajero perdido y, cuando ya tiene la confianza del anciano, lo ataca. Lo interesante es que el viejo y desvalido sacerdote fue un valiente soldado que defendió su religión durante la “terrible noche de la guillotina” (Leredau, 1911, p. 183). Héroe en contra de los desalmados revolucionarios franceses. Obviamente, el ladrón arrepentido recibe una bendición del héroe devoto y decide cambiar su vida.

Así podríamos seguir enumerando una docena de relatos con personajes parecidos. En este sentido, la llamada ciudad letrada y celestial ya no se limita a las historias de los mártires. Sus personajes son sujetos de acción, valientes y dispuestos a dar la vida por la fe. Como lo explica Carolina Cherniavsky Bozzolo (2016), el nacionalismo católico, principal proyecto de los intelectuales, se convierte en una ideología con todo lo que esto compromete. Supera el terreno de lo privado y lo íntimo para adentrarse en la realidad mundana, ordenarla, darle pautas de organización y comportamiento; pero, además, trata de consolidar una comunidad lectora y una comunidad de interpretación (p. 49).

Esta diferencia resulta importante. Una comunidad lectora que supere la definición de la lectura como una actividad silenciosa, una “danza efímera” y pasiva. Para esta comunidad ideologizada, la lectura será un brazo en la batalla y los lectores son los llamados a la guerra y a romper los barrotes de la jaula masona. Pero si bien los lectores son llamados a la acción, requieren de unos protocolos de lectura que solo pueden ser configurados por una comunidad interpretativa que gestione el corpus y las razones por las cuales las obras elegidas son “buenas lecturas”.

Es decir, la comunidad interpretativa conformada por los intelectuales y letrados católicos es la que expone un orden jerárquico en donde, a pesar de que el lector es convocado a dejar la pasividad, no puede confundir su acción con la desobediencia. Como lo explica José Zanca (2006), es esta comunidad la que define el lugar de los significados y el modo como estos deben ser recibidos por la comunidad lectora (p. 55).

En el caso de La Buena Lectura, los consejos del padre Ugarte se convierten en esos protocolos de lectura e interpretación que se encarnan en las obras publicadas. Ejemplo de ello es el número 9 de esta publicación, que aparece el 15 de febrero de 1911. El ejemplar lo abre un texto del padre Ugarte llamado “Los Lujos” y tiene entregas hasta el número 12. En estos escritos, la crítica va dirigida, directamente, al “espíritu femenil que ha perdido su misión” (Ugarte, 1911, p. 192). Se hace referencia a la superficialidad de las mujeres modernas alejadas de los principios cristianos. A continuación, y en un orden editorial definido, se encuentra “Carta al cielo”, de Magdalena de Santiago Fuentes.

Esta narración cuenta la historia de unas hijas que padecen la pobreza con su madre. Tras leer la historia de la Virgen del Pilar, reconocen que la humildad solo puede darse a través de la caridad, y comparten lo poco que tienen con familias más pobres que ellas (de Santiago Fuentes, 1911, pp. 193-199) El ejercicio es claro, el orden se establece desde esta suerte de editorial que abría la publicación y que expresaba los protocolos de la comunidad interpretativa y se encarnan en la literatura, escenario en donde se conforma la comunidad lectora.

En este sentido, la comunidad interpretativa que define el contenido del corpus y su lugar en la publicación también tenía como misión principal proteger la comunidad lectora de los peligros encarnados en las publicaciones liberales.8 De acuerdo con Patricia Londoño Vega (2004), dicho veto significaba, de inmediato, que ningún católico podría leer estos materiales que eran anunciados en los sermones de las misas dominicales. Siguiendo a la historiadora, solo aquellos que llevaran el sello nihil obstat podrían formar parte de las bibliotecas devotas. De igual modo, la Iglesia antioqueña podía revisar los contenidos escolares impartidos en las instituciones educativas (p. 35).

El arzobispo Caycedo, como todo el clero colombiano, era arte y parte de la política y el partido conservador al que defendía como la única forma de gobernar y, por tanto, escenario obligado para que la Iglesia tuviera presencia constante y activa. De hecho, Carlos E. Restrepo, presidente al que hemos hecho referencia, también fue blanco de críticas lideradas por el clero. Así lo explica Londoño Vega (2004):

Caycedo acusó a Carlos E. Restrepo de propagar los principios materialistas de la evolución y el determinismo en sus escritos de Derecho constitucional. Restrepo replicó que él simplemente seguía a León XIII y recordó la oposición que ese Papa había recibido de una parte del clero francés (p. 59).

A pesar de las críticas del arzobispo al presidente de la república, La Buena Lectura dedica el número 5, publicado el 1 de diciembre de 1910, a la figura de Carlos E. Restrepo. Se le define como un hombre intelectual, devoto y preocupado por el bienestar de la nación. Esto nos lleva a considerar que la publicación no pertenece al sector ultramontano del catolicismo y que se sitúa, más bien, en un punto intermedio que pretendía congraciarse con el gobierno de turno para formar parte de la escena política.

En este sentido, las malas lecturas no solo pervierten el alma y la virtud de quienes las leen, sino que le cierran las puertas a la posibilidad de participar en la vida social, ya que el lector de este acervo se vuelve perezoso, incapaz de opinar y de comprender la misión de su vida. En el número 12, publicado el 1 de abril de 1911, aparece en la página 271 el poema escrito por la española Pilar de Cavia, llamado “Las Malas Lecturas”. En este escrito queda claro que las lecturas liberales no solo son vanidosas y vacías, sino que engendran la ignorancia y, en consecuencia, el crimen y la devastación social: “Cuánto crimen y cuánta deshonra/ nació de sus páginas/ cuánta pura inocencia en el fango/ cayó pisoteada/ al ponerse en contacto con ellas. Por eso arrojadlas/ cual se arroja un tizón encendido/ que quema y que mancha” (de Cavia, 1911, p. 271).

La selección de cuentos de corte naturalista, con una impronta de moralización, también se combinaba con una suerte de ejercicio propagandístico a través de principios sencillos: existen lecturas malas y otras buenas. El objetivo de publicaciones como La Buena Lectura se centra en promover sus ideales de manera masiva; por esta razón, las historias que aparecen en sus páginas también son entretenidas, cortas y directas. No hay tiempo para la complejidad ni los análisis profundos. Por otro lado, tenían claro que las novelas realistas, como las escritas por Zolá o las de aventuras como la obra de Dumas, estaban fuera de los sanos propósitos de formar comunidades lectoras. El cuento, por su parte, permitía que los lectores pudieran empezar y terminar la historia en una leída y con la lección aprendida y terminada.

En este sentido, el modo cómo se debía leer las obras literarias no se relacionaban con el simple entretenimiento, sino que, con la guía de las editoriales escritas por el padre Ugarte, podrían convertirse en materiales de enseñanza-aprendizaje; es decir, estamos frente a una lectura catequética y no estética. De acuerdo con Eugenia Roldán Vera (2012), la catequesis puede definirse como un proceso dinámico, gradual y permanente de educación en la fe, en el que la lectura catequética considera unos pasos definitivos: orientación, lectura, ejemplo de vida y práctica (p. 43).

Como lo explica Ann Marie Chartier (2004), la estructura del catecismo fue replicada por varias materialidades, como las publicaciones periódicas, por ejemplo; en este sentido, los manuales o las revistas se convertían en catecismos portátiles y literarios que contribuían a la formación de lectores devotos (p. 98). La selección de las lecturas publicadas que, como lo hemos dicho, salen de periódicos ibéricos como La Ilustración Española y Americana, La Hormiga de Oro o Blanco y Negro depende no solo de su función adoctrinante, sino de generar empatía con los personajes de los cuentos: pobres, enfermos, bondadosos, piadosos, mártires.

Estos hombres y mujeres llenos de virtudes religiosas y morales se oponen a aquellos que no representan la piedad: vanidosos, avaros, ateos. Dentro de las narraciones, los virtuosos guiarán a los pecadores para que cambien su vida. Lo que significa que el paso de la orientación no solo aparece en el cuerpo editorial de la publicación, sino también en la forma composicional del corpus literario.

El siguiente paso de la práctica catequética, la lectura, también contempla unos requerimientos concretos: el docere y el dectare (enseñar y deleitar) que tienen como función despertar emociones más nobles. La literatura no hace presencia para librar a los lectores de un aburrimiento rampante, sino para configurar un mapa de los afectos direccionado a la fe, la obediencia y la defensa irrestricta del catolicismo. Que un lector pueda ser testigo de la entrega de una madre devota o de la conversión de un ladrón por medio de las palabras de un sacerdote despierta de inmediato un deleite conmovedor y, por lo mismo, un docere que se evidencia en una vida moral y correcta.

El ejemplo de vida, tercer paso, se concentra en la selección de escritores representativos del carlismo y la defensa pública del catolicismo. La miscelánea de nombres publicados cumple con este principio; no aparece Zolá, Dumas, ni Victor Hugo, que resultaban ser presencias muy permanentes en la prensa liberal. En este sentido, los y las escritoras encarnan ejemplos de vida que replican en sus personajes. El cuento de Alfonso Nieva Pérez, “La Venganza de Cristianos”, que aparece en el número 18 del 1 de agosto de 1911, es un ejemplo muy claro de lo que acabamos de referir.

Los cristianos que luchan contra el régimen despótico de la Francia posrevolucionaria son caritativos, buenos, jóvenes y bellos. Protegen a los desamparados a pesar de ser perseguidos, estudian los libros sagrados, transitan los caminos sin miedo porque van resguardados por el espíritu santo. Pero sus cualidades se combinan con una valentía absoluta: no solo están dispuestos a morir en defensa de su fe, sino a defenderla de sus enemigos a como dé lugar. Evidentemente, estos personajes son ejemplos de vida, no solo por su piedad, sino por su acción clara y directa para que la religión sea respetada y pueda formar parte de la vida colectiva.

De esta forma, el ejemplo de vida se relaciona con la identificación y la empatía con los personajes y escritores, para terminar en una afectación por parte del lector. Los cuentos se convierten en llamados a la acción, a romper la quietud de la que tanto acusó el padre Ugarte a la sociedad moderna.

El último paso, la práctica, se da a través del llamado a la acción, pero también en la muestra clara y fáctica de la presencia benéfica de la Iglesia en la historia universal y la vida pública. Esta presencia no solo dependía de los recuentos históricos, de la vida de santos, próceres y sacerdotes, sino de un control expresado de manera abierta y reiterativa. La censura, el llamado a quemar los malos libros y borrar a los escritores profanos no se centraban en la voluntad, sino en la obligatoriedad acatada por todo buen católico. Quemar el impreso del “enemigo” significaba anular al enemigo. Desde la selección del corpus, hasta la “aplicación” de lo aprendido en la lectura, la censura es considerada como una herramienta de protección de la comunidad interpretativa sobre la lectora. Los parroquianos no son capaces de discernir entre lo bueno y lo malo, solo cuentan con la capacidad de aprender, reconocer lo sublime y cumplir las normas que la Iglesia consideraba como normatividad pública.

Siguiendo a L. X. Polastron (2015), el control censor sobre la práctica lectora se convierte en un régimen político, normativo y activo; es decir, una posibilidad de limpiar lo sucio, prevenir la enfermedad, regresar a la idea de una lectura patológica, porque, al final de cuentas, la patología se puede curar (p. 101). En este sentido, la literatura seleccionada y publicada en La Buena Lectura cumple con una función preventiva que, a lo largo de la publicación y la práctica catequética, se transforma en la curación para los males de la modernidad.

Lectura y caridad: a modo de conclusiones

Desde el primer número de La Buena Lectura, el llamado a la caridad va ligado a la educación de los menos favorecidos, como lo hemos mencionado antes, y se concentra en las mujeres que recibirán instrucción en las artes gráficas. Participar en la sobrevivencia y circulación de “esta empresa” entrañaba el cumplimiento de una obra de caridad, ser benefactor de las jóvenes obreras de la Sociedad San Vicente de Paul.

Como lo explica Beatriz Castro Carvajal, existe una diferencia entre la beneficencia y la caridad. La primera se relaciona con las acciones de la Iglesia para mejorar la vida de los menos afortunados y la segunda alude a las acciones estatales y seculares para el auxilio de los pobres. A pesar de esta distinción tan importante, Castro Carvajal (2007) complejiza esta relación, ya que la existencia de organismos estatales que asumen actividades antes exclusivas de la Iglesia pone en riesgo la posesión eclesiástica de la caridad (p. 58).

El gobierno de Carlos E. Restrepo asumió, como lo enunciamos anteriormente, una posición moderada frente al apoyo irrestricto a la Iglesia y sus poderes. Al apoyar ciertos procesos de modernización con los que el clero y los partidos tradicionales no estaban de acuerdo, junto a su intento por separar a la Iglesia del Estado y consolidar una presencia estatal más activa, en la educación, fue objeto de críticas que calificaron la política republicana de Restrepo como tibia y amorfa.9 Muchos sectores de la Iglesia, incluyendo el arzobispado de Medellín se opusieron a las propuestas de Restrepo que terminaban por quitarle poder al clero.

Regresando a la división entre caridad y beneficencia, la primera ubicada en el escenario estatal y la segunda en el clerical, La Buena Lectura no apuesta por ninguna, y más bien considera una combinación de ambas, encontrando en la promoción de la lectura una aliada fundamental. “Religión y Patria”, del sacerdote salvadoreño Juan Bertis, aparece publicado en el número 26. En este escrito la definición de una sociedad ideal unifica la fe y el patriotismo como un estado armónico y necesario para el progreso social:

RELIGIÓN Y PATRIA son dos ideas y sentimientos comprendidos en el primer mandamiento de la ley divina: Amarás á tu Dios con toda tu alma con todo tu corazón, con todas tus fuerzas, hé aquí la RELIGIÓN. Amarás á tu prójimo como á ti mismo; una aplicación de ese precepto es el amor á la PATRIA, no siendo ésta un ser abstracto, sino la reunión de todos los con-ciudadanos (Bertis, 1911, p. 610).

La base de la caridad es el amor al prójimo, la misma base del patriotismo según Bertis (1911), quien, a lo largo del texto, va a ubicar como pilares de un patriotismo devoto la caridad, la fe y la instrucción; es decir, la educación de los menos favorecidos enmarcados en la idea de una sola fe y una sola patria:

Enseñarle al pobre, al ignorante, es menester del religioso y del patriota. Un hombre religioso debe ser patriota y un patriota debe ser religioso. La caridad también es parte de la educación. Por eso el cultivo de las buenas lecturas, la creación de bibliotecas piadosas y morales no solo son acciones caritativas, sino patriotas (p. 610).

La vinculación entre la fe y el patriotismo unifica, a su vez, la idea de caridad y beneficencia. Como lo expresa el padre Bertis, la formación de buenos lectores a través de las buenas lecturas no solo genera un cambio moral, sino social y político. Esto quiere decir que la lectura, ligada a la instrucción consolida la idea de una caridad que se expresa a través de acciones determinadas. Esta relación entre caridad, beneficencia y lectura es también expuesta en el número 30 de la revista, último que se publica el 15 de febrero de 1911.

El texto “La Caridad”, del político e intelectual español Rodrigo Castelar (1912) en el último número de la revista, propone la caridad como una “serie de acciones que benefician a todos, que educan a todos. Debe ser una acción expansiva” (p. 691). Como ya lo hemos mencionado, gran parte de la impronta de la publicación se evidencia a través de su curaduría editorial, y este ejemplar es muestra de ello. Después de la aparición de este escrito, se encuentra el poema “Amor Patrio”, del jesuita Alberto Risco. De nuevo el amor patrio es solo posible a través de las acciones heroicas de la caridad y la beneficencia, la instrucción y la lectura: “El amor por la patria/solo puede darse como el amor al prójimo/es obligación del patriota devoto/enseñar, alimentar y curar al ignorante” (Risco, 1912, p 692).

La publicación comienza y termina de la misma manera: la obligación de instruir a través de la lectura a las obreras del mundo de la imprenta, al obrero rebelde o a la mujer vanidosa solo puede darse a través de una lectura moderada, controlada y dirigida por la Iglesia. Esa, y no otra, es la manera como el catolicismo pretende volver a ocupar un lugar preponderante en el escenario político. La censura, la organización de una comunidad interpretativa que controle a una comunidad lectora capaz de convertirse en masa lectora, sumado a la configuración de regímenes y protocolos lectores, hacen de esta práctica su caballo de batalla más seguro. El lector adoctrinado es el llamado a proteger la lectura de un pathos que anteponga las emociones al deber y los deseos modernos a la caridad cristiana.

La Buena Lectura es un mapa de protocolos de lectura muy claro. Lo primero será la presentación de una práctica lectora sin instrucción, peligrosa, y que se convierte en una patología a la que ha de “curar” la buena lectura direccionada por la Iglesia. En este sentido, la literatura publicada en sus páginas se convierte en un aliado seguro, un material verbal que consolida una épica cristiana con una axiología encarnada en un héroe cristiano que actúa y se defiende con sus ideas. Finalmente la instrucción lectora, como una retórica de la caridad que cura al pobre de la ignorancia y lo protege de las bajas pasiones, se va a convertir en la una bandera que, hasta el día de hoy, sigue considerando a la lectura como una práctica ingenua, formativa y profiláctica.

Referencias bibliográficas

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Notes

* Artículo derivado del proyecto Digitization and Analysis of Cultural Transfers in Colombian Literary Magazines (1892-1950), adscrito al grupo Colombia: tradiciones de la palabra, Facultad de Comunicaciones y Filología de la Universidad de Antioquia. Cómo citar este artículo: Guzmán Méndez, D. P. (2024). La Buena Lectura y la razón pública: leer sin pathos. Estudios de Literatura Colombiana 54, pp. 97-114. DOI: https://doi.org/10.17533/udea.elc.354592
1 Esta información fue consultada en la Hemeroteca Histórica de la BLAA, en donde, además, aparecen los números digitalizados. https://babel.banrepcultural.org/digital/collection/p17054coll26/id/7589/
2 La llegada de esta prensa católica a Medellín puede enlazarse con el carácter transcontinental de la Fundación San Vicente de Paul que surgió en Milán en 1813 en cabeza del Frances Federico de Ozanam. La fundación se extendió a lo largo de Europa y llegó a Colombia en 1857. En Medellín, un grupo de jóvenes llamados los “Escopetos” fueron quienes impulsaron la instalación de la fundación en esta ciudad. Una característica de este grupo era la defensa de la fe católica a través de la lectura de libros devotos. Esta práctica es evidente en la publicación que presentaba, de manera periódica, informes sobre las actividades de la organización (Morales Mendoza, 2011, p. 180).
3 Este dato fue extraído del men, Anuario General de Estadística y DANE. Este material está publicado en la Biblioteca Digital del dane. El anuario más cercano a la fecha de 1910 es el de 1915, pero este recoge información de los 5 años anteriores. Para consulta: https://biblioteca.dane.gov.co/media/libros/LD_70104_1915.PDF
4 En el gobierno de Restrepo (1919-1914), la Iglesia conoció los límites de un mandatario que, si bien era devoto, expresó que la religión no debía participar en política, lo cual enunció a través de una idea de protección de la fe.
5 De acuerdo con José Miguel Odero (2003), Charles Moeller (1912-1986), intelectual y teólogo católico, es quien dio una forma más contemporánea a la estrategia de convergencia de testimonios devenida de san Agustín. Para Moeller, las obras literarias podrían convertirse en la herramienta más idónea para demostrar, a través de ejemplos claros, la necesidad de enlazar el conocimiento con la fe. Su método consistió en tomar episodios de obras literarias y agruparlos en sus escritos para demostrar sus ideas. Sin embargo, el proceso no resultaba tan sencillo, Moeller configuraba un esquema redaccional que le permitía hacer conexiones racionales a la vez que “sensibles”.
6 Esta obra fue publicada, en primera instancia, en el Papel periódico ilustrado, dirigido por Alberto Urdaneta. Su aparición fue durante el año 1882. Consideramos que la dirección de La Buena Lectura extrajo de allí esta novela de Marroquín.
7 Los escritores españoles más publicados fueron Arturo Reyes cuya obra aparece en seis números, Emilia Pardo Bazán en tres números al igual que Juan Richepin. En el caso de las plumas colombianas, la lista la encabeza José M. Marroquín, cuya novela por entregas, El Azote de Bogotá, aparece en doce números; lo siguen Eduardo Gómez Barrientos con diez publicaciones, el jesuita Félix Restrepo con cinco, Jorge Holguín con tres y Lucrecio Vélez Barrientos con dos. Como es evidente, los nombres no se repiten de forma representativa y se guarda una suerte de corpus que cambia a lo largo de la publicación.
8 Manuel José Caycedo, arzobispo de la arquidiócesis de Medellín desde 1906 hasta 1934 condenó sin vacilaciones revistas locales como Panida y Acción Cultural; periódicos como El Escorpión, La Fragua, El Combate, El Bateo y La Organización; y diversos libros, como Colombia Constitucional, editado en 1915 por Antonio de J. (Londoño, 2004, p. 55).
9 La Unión República (1908-1914) fue el gran proyecto de Carlos E. Restrepo. El entonces presidente se planteó la posibilidad de quitarle el monopolio de la educación a la Iglesia, pues expresaba la necesidad de formar ciudadanos más libres, autónomos y críticos. Esta decisión, sumado a las divisiones partidistas, costó el fracaso de la Unión Republicana.
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