Conferencia
Otra vez el tiempo te ha traído Recordando a Álvaro Mutis en el centenario de su natalicio*
Time Has Brought You Once Again. Remembering Álvaro Mutis on the Centenary of his Birth
Otra vez el tiempo te ha traído Recordando a Álvaro Mutis en el centenario de su natalicio*
Estudios de literatura colombiana, no. 54, pp. 173-185, 2024
Universidad de Antioquia
Received: 17 August 2023
Accepted: 08 December 2023
Published: 31 January 2024
Este año [2023] marcó el centenario del natalicio del poeta Álvaro Mutis (Bogotá, 1923-México, 2013) y el décimo aniversario de su muerte. Su poesía, portadora de belleza y sabiduría, de amor y de desapego, de conciencia de la decadencia y la desesperanza, resuena como anticipado augurio de la realidad en los tiempos que nos confrontan. Fiel creyente en un principio universal de origen sagrado y transcendente, Álvaro Mutis sigue vigente.
Fue galardonado con los más prestigiosos reconocimientos. Octavio Paz temprano lo colocó en el ámbito internacional con su reseña de Los Hospitales de ultramar; Elena Poniatowska lo entrevistó en la cárcel de Lecumberri; Guillermo Sucre le dedicó un capítulo en su libro La máscara la transparencia, y García Márquez mantuvo con él una amistad sin sombras hasta el final de sus días, a pesar de las diferencias ideológicas. Hubiera podido ser del Boom, pero prefirió ser un solitario al margen de los grupos y de las escuelas. Estas páginas exponen y comparten la memoria de mis encuentros con Álvaro Mutis durante varios años de trabajo sobre su obra poética y narrativa… mi manera de honrar su obra, su vida y su legado hoy, cuando se cumplen cien años de su nacimiento.
Cuando conocí a Álvaro Mutis tenía 67 años y le dije con certeza: vas a vivir 90 años. “Eso creo yo también”, me contestó sin vacilar (Mutis, 1991a). Murió en 2013, después de una vida plena de creatividad y de intensas experiencias personales que le otorgaron su capacidad para aceptar los designios del destino con auténtico fatalismo y lo dotaron con su singular poética. Al cumplir veinticinco años, publica La balanza (1948), su primer poemario que, aunque desapareció en uno de los incendios del Bogotazo el 9 de Abril, marcó el inicio de esta voz inconfundible en el concierto de la poesía hispana. Una retrospectiva de su obra devela sus primeros trabajos como el eslabón en el que se engranaría toda su estética del deterioro, como ya lo he demostrado en mis anteriores estudios. La dolorosa pérdida de su padre y de su abuelo en la niñez, el haber quedado al cuidado de su madre, según Mutis, una mujer de veintiocho años apasionada, independiente y dada al riesgo y la aventura, sumados a la época de la Violencia en Colombia durante su juventud y el paso por la cárcel de Lecumberri en México lo pusieron cara a cara con la inexorable ley de la entropía, señora de todo lo existente. Ya en 1946 escribía:
La muerte cambia súbitamente los paisajes y detiene las cosas para dejar al hombre que lucha vanamente un sordo momento que dura lo que el canto de una mujer ansiosa de su antiguo deseo (Mutis, 1982, p. 362).
Mutis, autor de poemarios, obras narrativas y numerosos escritos periodísticos, inventó a Maqroll el Gaviero, el más persistente alter ego de su poesía y el protagonista de la saga narrativo-poética que concluye después de su jubilación. Maqroll el Gaviero, personaje sui géneris y cercano a Álvaro en su vida multifacética, también encarna a la humanidad, y por eso seguirá vivo. Como ha dicho García Márquez (1993): “Maqroll somos todos” (párr. 22). Lejos del mal llamado realismo mágico, atribuido a la literatura del Boom, Maqroll es demasiado humano, vive sus experiencias sin trucos y va a las profundidades del ser para descubrir su miseria, su lento desmoronarse y también su grandeza, su coraje y su convicción en la capacidad de renacer de las cenizas. En consonancia, Mutis se definía como un hombre lejos de lo académico e intelectual, de lo político y lo burocrático -jamás participó en elecciones y estaba convencido de que su obra corre al margen de la anécdota histórico-política de América Latina-. Afirmaba: “De Latinoamérica lo único que me preocupa es saber cuándo va a salir del pantano para ser una civilización tal como la concibo” (Mutis, 1991a).
I
Álvaro Mutis ha sido una presencia intermitente en mi camino desde 1978, cuando por primera vez leí Los trabajos perdidos y escribí mi primer artículo sobre su poesía. Ahora, cuando cumpliría un siglo, sentí como si volviera a decirme que entre mis tareas cotidianas abra un espacio a sus “obsesiones”, como llamaba a sus preocupaciones vitales y a su poética.
Viví el asombroso encuentro con su obra en el seminario de Poesía después de la Vanguardia, conducido por Guillermo Sucre en la Universidad Simón Bolívar en Caracas. Desde entonces el deseo de profundizarla fue una necesidad impostergable; me motivaba una extraña sintonía que solo más tarde comprendí. Como yo, él pertenecía a una familia de hacendados antioqueña por el lado materno, gente del campo, tradicionalista y religiosa. Además, percibí una resonancia entre el decir de sus poemas y los percances que en ese momento me atravesaban lejos de mi familia, fuera de mi país y movida solo por un anhelo de conocer y saber. Por ello escribir sobre Los trabajos perdidos fue la oportunidad perfecta, y se dio en el momento propicio. Luego, escribí mi tesis de maestría sobre la primera Summa de Maqroll el Gaviero (1973). Y posteriormente, enfocada en toda su obra poética y narrativa en 1991, concluí el manuscrito de mi libro Álvaro Mutis: Una estética del deterioro (Hernández, 1996).
En 1984 le envié a Mutis mi tesis de maestría, El poema: una fértil miseria. Una lectura de Álvaro Mutis (Hernández, 1984) y su respuesta llegó con dos poemas inéditos: “En una calle de Córdoba” y “Cádiz”, los cuales llevé al poeta Luis Alberto Crespo, quien inmediatamente los publicó en El Papel Literario de El Nacional de Caracas. Luego estos poemas fueron recogidos en Los emisarios. Su carta dice:
Qué raro resulta ver mi poesía trabajada con una conciencia crítica tan rigurosa y certera como la tuya… Estas líneas son para decirte mi gratitud por tu desvelado interés por lo que escribo y asegurarte que tus noticias me han llegado cuando más falta me hacían. Era la respuesta perfecta, la objeción rotunda a ese fatal ¿para qué? que persiste a lo largo de toda mi vida de escritor (Mutis, 1984).
Nuestra correspondencia continuó hasta 1986; yo le enviaba mis artículos publicados en El Nacional de Caracas, donde yo vivía, y Álvaro enviaba sus poemarios para mí y sus amigos venezolanos que servían de puente entre nosotros, aún sin conocernos. Inolvidables son Eugenio Montejo, Guillermo Sucre y Juan Sánchez Peláez, a quien le llevé uno de estos poemarios y manifestó: “Quiero leer tu trabajo. Todo lo que sea sobre Álvaro me interesa profundamente”.
II
Álvaro vuelve a aparecer en mi vida en 1989, a propósito del examen oral para el doctorado en New York University. El presidente del jurado, John A. Coleman, autor de Other Voices, A Study of the Late Poetry of Luis Cernuda, y conocedor de la poesía de Mutis, me dijo con determinación: “tienes que escribir el libro sobre Mutis”. Y a pesar de tener ya listo un proyecto sobre Joao Guimarães Rosas, acepté el desafío como un golpe del azar y de nuevo me lancé a las páginas del Gaviero. Con el borrador ya avanzado, llamé a Álvaro en noviembre de 1990, y él mismo me contestó con su peculiar voz de locutor. Me identifiqué y le dije “Estoy escribiendo un libro sobre tu obra y quiero entrevistarte”. “Ah, sí. ¿Y cuál es el título?”-preguntó escéptico. Álvaro Mutis: una estética del deterioro, respondí sin dilaciones. Fue la palabra pase que abrió la puerta para oír que me esperaba en México en enero de 1991. Anoté las fechas y lo demás fue hacer planes y marcharme conmovida por su generosidad: pues no solo aceptó que lo entrevistara, además me ofreció hospedaje durante el tiempo que estuviera en México trabajando con él. Luego el propio Álvaro referiría esta primera impresión en el prólogo a mi libro:
Cuando Consuelo Hernández me comunicó el título que pensaba darle a su trabajo sobre mi obra […], supe en ese mismo instante que Consuelo daría en el blanco y trabajaría alrededor del núcleo esencial de lo que he escrito […]. Desde niño […] lo que más me impresionaba era ese destino de ruina y olvido que toca a todas las cosas de la tierra. Me impresionaba y me dejaba una lección que hasta hoy me acompaña, sobre nuestro destino en esta tierra (Mutis, 1996, p. 11).
Al llegar a la ciudad de México, Álvaro me esperaba en el aeropuerto y en su mano derecha levantaba un ejemplar de Ilona llega con la lluvia; era la contraseña acordada para reconocernos. Nos abrazamos e inmediatamente el diálogo empezó con una familiaridad propia de los amigos que se conocen desde siempre. Pasamos esos días de enero trabajando; en la noche, él leía los borradores de los capítulos de mi libro y en el día después del desayuno conversábamos sobre los mismos, confirmaba mis sospechas o tachaba y corregía, y me contaba detalles inéditos de su vida. Algunas veces invitaba amigos a tomar un café o a cenar con nosotros. Recuerdo a Alejandro Rossi y su esposa, a Elsa Cross, Alberto Blanco y Alicia Mesa.
Nuestras conversaciones giraban en torno a su poesía, sus novelas, sus lecturas, sus aficiones, sus experiencias personales y sus proyectos. Me regaló el manuscrito inédito de Abdul Bashur, soñador de navíos, con el título inicial, “Abdul Bashur soñador de barcos” y me pidió leerlo y comentárselo. Dialogamos largamente sobre Jaime Tirado, el Rompe Espejos, un personaje muy bien logrado que encarna a un capo de la droga. Yo hacía mis modestas sugerencias que él escuchaba con un interés ejemplar. En el Rompe Espejos me transmitió toda la tensión y la violencia desatadas por el narcotráfico que tocaban mis fibras de colombiana atenta a todo lo que pasa en el país. Es un tipo de la clase alta, lo que me pareció perfecto, pues el narcotráfico no discrimina clases, borra algunas y da surgimiento a otras; y su apodo alude a la ruptura de imágenes en las estructuras sociopolíticas y económicas del país. Como dice Maqroll, Jaime Tirado es capaz de todo porque carece de una noción del bien y el mal.
A los dos días de haber iniciado nuestro trabajo me dijo en el almuerzo: “Hablar de mi obra me dejaba un mal residuo y te lo advierto por si en algún momento me callo”. Por suerte esto no pasó. Su temor provenía de su misma rigurosidad con el lenguaje y de su desconfianza en la capacidad de las palabras para expresar la realidad. Tenía la firme convicción del gran abismo que existe entre lo que se siente adentro y el rastro incompleto y borroso que queda en lo dicho.
Otro día conversamos sobre los personajes de sus novelas como si se tratara de personas reales conocidas por ambos. Pensábamos que la mujer que Maqroll recogió en su camino en el poema “Los esteros” de Caravansary podría haber sido la misma Flor Estévez de La nieve del Almirante. Estuvimos de acuerdo con que en Un bel morir, la muerte de Amparo María, en la confrontación entre la guerrilla y el ejército, le da a la novela el tono de violencia colombiana que no conoce la piedad, y le duele profundamente a Maqroll porque su primera experiencia erótico-sexual fue con esta muchacha campesina, recolectora de café, inocente y de un erotismo a flor de piel. Álvaro se sentía muy cerca del Maqroll de la poesía, mientras que el Maqroll de las novelas se le escapaba. Ya en Amirbar Maqroll tiene poco del autor. A propósito de la influencia de los cuentos de los hermanos Grimm, inspiradores de La verdadera historia del flautista de Hammelin, consideraba que era un error clasificarlos como historias para niños por su excesiva crueldad. Luego comentó que El flautista de Hammelin lo había escrito en una época en que rechazaba a los niños, actitud que, a los 65 años, le cambió radicalmente uno de sus nietos, al cual vio crecer desde el primer día de nacido.
Conocí de sus labios toda la verdad sobre el origen del Diario de Lecumberri y las causas de su encarcelamiento, cuando casualmente conoció al muralista David Alfaro Siqueiros, quien también cayó preso por otras razones. Lo atormentaba el dolor de no haber podido ayudar a su amigo Gabo, cuando estaba en Francia pasando las necesidades que plasmó en El Coronel no tiene quien le escriba, y resentía que otros, a quienes sí había ayudado, lo tildaran de estafador.
Recordó el “Nocturno V” de un Homenaje y siete Nocturnos, poema al Mississippi escrito junto a una copa de vino en la terraza de un hotel en Baton Rouge, después de una cena de negocios cuando era empleado de ExxonMobil. Al apagar las luces, miró el río, sintió su majestuosidad y la enorme energía que desplazaba y surgió este nocturno que no tiene título, pero su final es revelador: “Le dicen Old Man River / Sólo así podría llamarse” (Mutis, 1986, p. 33). Una clara alusión al canto interpretado por Jerome Kern sobre los duros tiempos de la esclavitud.
Con Álvaro pude confirmar el cambio de voz en el hablante lírico que advertí en Los emisarios, donde se aleja de Maqroll, deja de cantar a su tierra natal, al trópico de su juventud y empieza a poetizar a sus ancestros, como lo evidencian “Cádiz” y “En una calle de Córdoba”, este último escrito cerca de la mezquita-catedral de Córdoba, en la calle que alberga la sinagoga donde predicaba Maimónides. Este giro en su obra se desencadenó en un viaje a Ampurias, un antiguo puerto griego en Cataluña, España. Y agregó que los epígrafes de Los Emisarios y de Los hospitales de ultramar los inventó antes de los poemas.
Otro gran tema de conversación fue la música, tan presente en toda su obra. Para Álvaro la música era una necesidad vital; lo suspendía en un estado casi visionario, lo sacaba del mundo hacia otro orden y la consideraba la más extraordinaria de las bellas artes y una prueba definitiva de la existencia de Dios. La impronta de la música persiste desde su primer texto poético de 1945: “Un Dios olvidado mira crecer la hierba….” escrito después de escuchar la quinta sinfonía de Sibelius y en especial el tercer movimiento; a este le siguió el poema “La creciente”, ambos recogidos en Poesía y prosa (Mutis, 1982, pp. 359, 360).
Álvaro gozaba de un gran repertorio musical donde abundaban los clásicos rusos. Varias tardes escuchamos música de la iglesia ortodoxa rusa, como La gran pascua rusa de Rimsky Korsakov que le producía un efecto muy especial, un hondo sentido de oración y de contacto con la divinidad tan evidente y palpable que se sobrecogía. Igualmente escuchamos En las estepas del Asia Central de Borodín o piezas de otros músicos como Noche transfigurada de Arnold Schönberg, La misa de los pobres de Erik Satie, y los nocturnos y sonatas para piano de Chopin, el más grande discípulo de Mozart. Su devoción por la música incluía los Cantos gregorianos. Probablemente las invocaciones del Gaviero tienen su origen en la música.
Su concepción de la amistad era admirable, un sentimiento a toda prueba. Fue Álvaro Mutis quien acompañó a su amigo García Márquez a recibir el Premio Nobel y a quien las circunstancias lo abocaron a escribirle “El brindis por la poesía”, el cual leyó Gabo en el banquete de Estocolmo (García Márquez, 1982). Mucho de ese tiempo inolvidable, que tuve la fortuna vivir a su lado, giró en torno a sus innumerables lecturas y a sus autores favoritos. Mencionaré solo dos, Cervantes y Montaigne. Consideraba a Don Quijote como el único libro inagotable, y admiraba a Montaigne y la manera como le ordenaba lo que pensaba respecto al dolor, la pérdida de las personas amadas, el prestigio y el éxito, la edad… Y comentamos que “El caballero del verde gabán” y “El discurso de las armas y las letras” de Don Quijote tienen sus antecedentes en Montaigne.
Respecto a su ideología, se definía como “Gibelino, Monárquico, Legitimista”, pero cuando le pregunté si consideraba su obra existencialista, se negó rotundamente a etiquetarla, pero aceptó que la caracteriza “una situación de desesperanza total”: “no creo que tengamos nada que hacer aquí, ni que haya solución para nada, estamos at the end of the rope” (Cobo Borda, 1981, p. 251). Su ideología era desconfiar y rechazar toda ideología. Y me remitía a Maqroll, que jamás llega a conclusiones razonadas, ni explica, ni cuestiona los designios del destino; el mundo que propone tal vez esté en sus lecturas. Mutis ponía en duda las leyes y los decretos construidos en forma razonada por los humanos; para aceptarlos debían tener un origen transcendente y un valor sagrado. Los “ismos” le parecían reductores. Obsesionado por la historia desde su época de estudiante, hizo de su conocimiento y de su convicción religiosa parte de la ideología de aceptación e indulgencia que caracteriza a Maqroll el Gaviero.
Estábamos de acuerdo con que el lenguaje erótico es más eficaz e indisociable de la experiencia mística, como lo expresan muy bien los sufíes. El erotismo, decía, es una vía de conocimiento y símbolo de entrada a un mundo que da una visión efectiva como se puede constatar en la poesía de santa Teresa, san Juan de la Cruz y El cantar de los cantares (Mutis, 1991a). Al finalizar estos días recibí el aliento y la confirmación de que iba por buen camino para seguir avanzando con estas palabras:
Está muy bien hecho todo este trabajo, y has agarrado exactamente el secreto, el núcleo, sentido profundo de lo que yo escribo que es el deterioro. Me parece el enfoque más rico que se puede dar a mi poética. Nunca había visto un trabajo así sobre mi obra (Mutis, 1991a).
Regresé a Nueva York, armada con grabaciones, todos sus libros dedicados, Abdul Bashur todavía inédito, y cartas para John Coleman, Edith Grossman y Alastair Reid, e inundada de ideas y epifanías sobre su obra, y con un entusiasmo que me acompañó hasta finalizar el libro.
III
El tercer encuentro fue en agosto de 1991. Volví a su casa de San Ángel, en la Ciudad de México. En los meses anteriores me llamaba o escribía desde donde estuviera atendiendo las múltiples actividades que le habían generado sus novelas, y con interés genuino por mi trabajo me motivaba y resolvía mis dudas y preguntas. En este viaje llevé concluido el manuscrito del libro; lo leyó muy emocionado página por página y me hizo sugerencias puntuales para la publicación. Cada encuentro agregaba espesura al conocimiento que por mi parte alcanzaba de él como persona y como poeta, y Álvaro ganaba más y más confianza en mi trabajo y la comunicación se volvía más profunda y personal. En mis notas escribí: Álvaro es un hombre muy cálido, expresivo y generoso. Al contacto con su palabra queda como un temblor de lago perturbado que incita a la poesía, a la meditación y al arte.
Esta visita fue fundamental para el destino y la forma final de mi libro Álvaro Mutis: Una estética del deterioro, y la conmoción que le provocó su lectura quedó grabada en estas palabras:
Es una prueba de fuego para mí porque es la primera vez que alguien descubre la imagen de mi zona oscura. Me ha hecho ver mi obra y a mí mismo. Es un trabajo endemoniado, muy complicado, y profundo, me obligó a ver a tanta distancia que desde que la leí, empecé a soñar con esquinas de Bogotá, con mi mamá, con mi hermano Leopoldo, con Coello, todo me dio marcha atrás… Y eso no me había pasado con nada (Mutis, 1991b).
Le parecían extraordinarias las relaciones que exponía el manuscrito, por ejemplo, entre su obra con Dickens y S. J. Perse. Se refirió a la importancia de los detalles físicos en la narración, reconocía a los ingleses y a los rusos como los más grandes narradores del mundo. En ese tiempo estaba escribiendo sobre tres hechos que cambiaron la vida al Gaviero al final de sus días. Se refería a la que fue, creo, la última obra que pensaba llamar “Escalas”, pero dos años después la publicó con el título Tríptico de mar y tierra (1993). Sin embargo, noté que su final como escritor ya se anunciaba. Lo percibí cuando Álvaro manifestó el presentimiento de que con las últimas páginas de Abdul cerraba la saga, agregando que era algo que no había sentido ni siquiera en Un bel morir, donde narró la muerte de Maqroll.
El último día nos despedimos en el aeropuerto, después de haber compartido un almuerzo en un restaurante de Ciudad de México y de haberme regalado los tomos del Diccionario de María Moliner, al que valoraba por su profundidad y le parecía, más que diccionario, una verdadera enciclopedia.
IV
Nuestro cuarto encuentro fue en Nueva York en mayo de 1992. Americas Society lo invitó para un homenaje y asistió con su esposa Carmen, quien lo acompañó en muchos de sus viajes. Una mujer muy amable, atenta, culta y poseedora de una calidez y una sabiduría intuitiva difícil de replicar. Después del día del homenaje, organizamos una cena con amigos y colegas de New York University. Álvaro, como era de esperarse, fue el alma de la reunión, tenía una cultura tan vasta que a todos nos enseñaba algo; además, con su simpatía y su extraordinario sentido del humor, nos hizo reír y mantuvo el ambiente mágicamente relajado. En esta cena recordó que cada una de las novelas tiene su trago característico. Por ejemplo, el dry martini en Abdul Bashur, y en otras novelas, vodka con pera, brandy y oporto; a propósito, nos contó que el gerente de un hotel parisino planeaba un menú con los cocteles de Maqroll y entre bromas agregó que si no hubiera sido escritor le hubiera encantado ser barman. Durante su estadía caminamos por la ciudad, visitamos algunos museos, y en las noches cenábamos los tres en restaurantes de Midtown en Manhattan. Le encantaba el Hotel Plaza, el Russian Tea Room, la Coté Basque y disfrutaba el vodka Absolut, los cocteles, los buenos vinos, los delis de Nueva York, la ropa de Brooks Brothers y la tradicional loción Old Spice.
Este encuentro fue muy importante para mi poesía por las sugerencias tan precisas sobre el lenguaje y el ritmo y por su minuciosa lectura de mi tercer poemario, Manual de peregrina, en ese momento todavía inédito. Luego escribiría: “Leo y releo esta sabrosa y luminosa guía, cuyo título lo dice todo. ¡Qué bello Manual de Peregrina ha sabido hacer, Consuelo Hernández! En cada sitio ha sabido estar con la sabia plenitud que solo otorga la poesía. Le deseo a este libro toda la fortuna que merece la luz que arrastran sus palabras”. A él le debo también el haber encontrado una amiga en Edith Grossman, quien en ese momento ya había iniciado la traducción de La nieve del Almirante, a la que le siguieron Ilona llega con la lluvia y Un bel morir; además, estaba planeando traducir su poesía, que por cierto saldrá en marzo del año 2024,1 en Estados Unidos. Edith nos invitó a una cena en su apartamento, y allí le concerté una entrevista en español con El Diario la Prensa de New York, pues hasta ese momento en Estados Unidos la obra de Mutis se desconocía con la excepción de dos poemas que había publicado la revista The New Yorker.
Admirable en Mutis fue su indeclinable afecto por su país natal, a pesar del exilio y la experiencia de la cárcel ordenada por el gobierno colombiano de entonces:
Colombia para mí es entrañable. La conocí a fondo a los nueve años. Por esto también tengo un gran cariño por Bélgica. Pero yo soy colombiano, jamás he pensado en tener otros documentos, ni he renegado de un solo trozo de tierra colombiana, ni de nada de lo que pasa en el país. Lo que le pasa a Colombia me pasa a mí y lo vivo muy intensamente. Pero hablar de Colombia en mis novelas me parece caer en lo anecdótico y esto le quita a lo que yo escribo el tono nacionalista (Mutis, 1991a).
El último día de su estadía en Nueva York visitamos el Museo Metropolitano y allí me regaló dos CD con los Cantos gregorianos grabados por el coro del Monasterio de Santo Domingo de Silos.
V
Coincidimos de nuevo en Barcelona, en el Congreso Internacional de Literatura Iberoamericana 1992, donde Álvaro Mutis participó en un panel con Adolfo Bioy Casares y Octavio Paz, quien señaló la ausencia de la ciudad en la literatura latinoamericana de entonces, a lo cual indiqué la presencia de la ciudad de Panamá como espacio principal donde se desarrolla Ilona, ciudad que Álvaro conocía muy bien y explicó que había elegido Panamá por ser atípica y de las más extrañas: “una ciudad sin forma, ni centro, sin la herencia fundacional romana propia de las ciudades coloniales; es desordenada y da la sensación de libertad, de disponibilidad y de que todo puede pasar y no pasa nada… Moralmente, no hay castigo a las transgresiones, y eso me ha pasado a mí, y lo he comprobado en otras personas” (Mutis, 1992). En este congreso presenté uno de los capítulos de mi libro titulado: “Razón del extraviado. Mutis entre dos mundos” (Hernández, 1992), donde veo al autor a caballo entre dos culturas; de un lado la colombiana y de otro su experiencia en Europa y su vida de viajero sin pausa. Pero a la hora de escribir, privilegia el trópico en su poética, sin prescindir de otros contextos.
Entre conferencias continuamos el diálogo por las calles de Barcelona, en cafés y restaurantes o en las librerías anticuarias del Barrio Gótico y en la catedral donde Álvaro oró y le encendió una veladora al Cristo de Lepanto. Por mi parte, había estado leyendo a Blaise Cendrars, quien cuenta que, al escribir, lo primero que se lo ocurría era el título; después venía la historia. Al respecto, Álvaro reveló que esto le había pasado a él con La nieve del almirante, Un bel morir y Amirbar. Igualmente, me interesaba saber si tenía un plan previamente detallado para el desarrollo de la novela al estilo Carpentier, pero Álvaro, por el contrario, partía de una idea general, sin prever el desarrollo del argumento; en Ilona había querido contar una historia que se le convirtió en un cuento fantástico, y aunque disfrutaba de Edgar Allan Poe, H. P. Lovecraft, los ingleses, desechó esa versión inicial y comenzó de nuevo; lo fantástico le parecía un género débil e insuficiente para lo que él tenía que decir.
Nos divertíamos comparando los espacios en los que se desarrollan sus novelas: La nieve del almirante, novela de río; Ilona es urbana; Un bel morir de la tierra, de río y del páramo; Amirbar de la cordillera, de la mina, del subterráneo, de lo más plutoniano y recóndito de la tierra, y El Tramp Steamer, novela del mar, montaña, río, de los socavones, y del páramo, que es uno de sus escenarios fundamentales en casi todas sus obras desde “El Viaje”, uno de sus primeros poemas. Fue en esta ocasión donde contó que al terminar Amirbar sintió con una fuerza incontrolable que debía contar la historia de Abdul. Y se lo confirmó su hermano Leopoldo, quien estaba en sus últimos días, y en su lecho de muerte pudo hablar con cierta claridad: “y yo por hacerle conversación para darle un tono de continuidad a la vida, le dije: voy a escribir una novela sobre Abdul. Entonces, me miró fijamente y respondió, ¡Qué bien! Apenas justo con Abdul” (Mutis, 1992). Y así nació su última novela.
VI
La última vez que nos vimos fue en Madrid durante la Semana del Autor de 1992 en honor a Álvaro Mutis, auspiciada por la Agencia Española de Cooperación Internacional. Tuve la fortuna de ser invitada, gracias a su recomendación. Mi libro sobre su obra todavía no había salido, pero ya tenía algún reconocimiento. En este homenaje participaron Luisa Castro, Santiago Mutis Durán, Juan Luis Panero, Rafael Conte, Mercedes Monmany, Dasso Saldívar, entre otros. Allí analicé la relación amorosa de Maqroll con cada una de las mujeres de la saga: Flor Estévez, Amparo María, Ilona, Doña Empera, Antonia y Dora Estela, en la cual Maqroll deja ver sus limitaciones culturales propias de su época y, simultáneamente, da una visión más avanzada de la mujer como la del autor, quien afirmaba, no sin cierto radicalismo:
Si el hombre no aprende a escuchar a la mujer cómo ser, más allá del sonido de la voz, si no aprende a percibirla, a abrirse completamente a lo que una mujer significa, puedo decir que ese hombre está perdido, no está entendiendo nada, porque las mujeres tienen de veras la primera y la última palabra. Yo no las veo fallar jamás (Mutis, 1991b).
Conversamos sobre el origen de La mansión de Araucaíma. Novela gótica de tierra caliente, nacida de un desafío de Luis Buñuel, con quien tuvo una gran amistad. Álvaro le dijo que iba a escribir una novela gótica en tierra caliente y Buñuel incrédulo le contestó: “Eso no puede ser”, la novela gótica necesita el castillo, la bruma, Inglaterra, la doncella medio loca media erótica medieval, y el carcelero. Cuándo Álvaro terminó la novela, Buñuel quedó encantado y quería llevarla al cine, e incluso avanzó en el proyecto, pero luego lo interrumpió porque lo atraparon sus brillantes temas: El discreto encanto de la burguesía, El fantasma de la libertad, Ese oscuro objeto del deseo. No obstante, La mansión de Araucaíma fue llevada al cine en 1986 por Carlos Mayolo. Por cierto, una tarde nos sentamos a mirarla en su casa con Carmen, su esposa, y observamos que la película no hace justicia a la fuerza avasalladora y al mundo de excesos del texto; le falta cohesión y la densidad psicológica de los personajes de la novela.
Los días en Madrid pasaron veloces; en la Residencia de Estudiantes, donde nos hospedábamos, coincidimos con algunos de sus amigos, Augusto Monterroso y Bárbara Jacobs. Al retornar a su casa, después del homenaje en Madrid, me envió por correo el prólogo para el libro sobre su obra con el título “Sísifo en tierra caliente”. De allí en adelante la comunicación fue telefónica, por fax o por correo. La última vez que lo llamé fue unos meses antes de su muerte, aún estaba bien, él mismo contestó al teléfono y pude excusarme, pues condiciones de salud me impidieron aceptar la invitación que me hacía la Universidad de Puebla para homenajearlo en sus 90 años. Después de unos minutos de conversación, con tristeza me di cuenta de que la lucidez y su envidiable memoria lo estaban abandonando. Unos meses después moriría en México en septiembre 22 del 2013.
Álvaro me dejó enseñanzas únicas: la necesidad de un principio trascendente como guía, la aceptación sin juicios morales de la realidad cambiante, la fe en la superioridad incontrolable de la vida, la disponibilidad para gozar de ella en todas sus manifestaciones, la honestidad en la escritura y la sinceridad que nace de la sabiduría y la experiencia. Atesoro su espléndida generosidad, su habilidad para separar el trigo de la paja, su simpatía, su carácter festivo y acogedor, su magnetismo y el desapego por lo material y por el dinero en especial.
Me quedan las valiosas horas de audios que reúnen buena parte de nuestros encuentros y que hoy empiezo a transcribir y a compartir con ustedes para celebrar el centenario de su nacimiento. Álvaro Mutis y su obra siempre tendrán un lugar en el corazón de su familia, sus amigos y sus lectores, y un puesto privilegiado en la poesía mundial para la posteridad.
Referencias bibliográficas
Cobo Borda, J. G. (1981). Soy gibelino, monárquico y legitimista. Una entrevista con Álvaro Mutis. Eco 237, pp. 250-258.
García Márquez, G. (1982). El brindis por la poesía. Discurso durante el banquete de celebración del Premio Nobel. Recuperado de: https://centrogabo.org/gabo/gabo-habla/brindis-por-la-poesia-discurso-de-gabriel-garcia-marquez-durante-el-banquete-de
García Márquez, G. (1993). Mi amigo Mutis. Discurso leído con ocasión de los setenta años de Álvaro Mutis. La Jornada Semanal, 25 (VIII). Recuperado de https://centrogabo.org/gabo/gabo-habla/mi-amigo-mutis-discurso-de-gabriel-garcia-marquez-en-honor-alvaro-mutis
Hernández, C. (1984). El poema una fértil miseria. Una lectura de Álvaro Mutis. Tesis de Maestría. Caracas: Universidad Simón Bolívar.
Hernández, C. (1992). Razón del extraviado. Mutis entre dos mundos. Actas del XXIX Congreso del Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana. Tomo III (pp. 304-315). Editado por Joaquín Marco. Universidad de Barcelona.
Hernández, C. (1996). Álvaro Mutis: Una estética del deterioro. Caracas: Monte Ávila Editores.
Mutis, A. (1982). Poesía y prosa: Álvaro Mutis. Bogotá: Instituto Colombiano de Cultura.
Mutis, A. (1984). Carta a Consuelo Hernández. México (7 de noviembre).
Mutis, A. (1986). Nocturno V. En Un homenaje y siete nocturnos (pp. 33-36). México: El Equilibrista.
Mutis, A. (1991a). Entrevistas personales. Serie I Conducidas por Consuelo Hernández (enero).
Mutis, A. (1991b). Entrevistas personales. Serie II Conducidas por Consuelo Hernández (agosto).
Mutis, A. (1992). Entrevistas personales. Serie III Conducidas por Consuelo Hernández (octubre).
Mutis, A. (1996). Prólogo. Sísifo en tierra caliente. En C. Hernández. Álvaro Mutis: una estética del deterioro (p. 11). Caracas: Monte Ávila Editores.
Notes