Reseña

Del agua al desierto de Azriel Bibliowicz. Tusquets, Bogotá, 2022, 354 p.*

Simón Henao
IdIHCS-CONICET-UNLP, Argentina

Del agua al desierto de Azriel Bibliowicz. Tusquets, Bogotá, 2022, 354 p.*

Estudios de literatura colombiana, no. 54, pp. 227-230, 2024

Universidad de Antioquia

Received: 09 May 2023

Accepted: 20 December 2023

Published: 31 January 2024

En una entrevista radial realizada en abril del 2023, en el programa La oreja de Bresson de Roger Koza a propósito de la película Mudos testigos, el realizador y productor Jerónimo Atehortúa apuntó contra la dimensión sociológica que se le exige a toda ficción latinoamericana. Es como si nosotros no pudiéramos simplemente hacer cine o literatura, parece decir. En efecto, en la literatura latinoamericana, y quizás con mayor énfasis en la literatura colombiana donde la tradición realista ha sido hegemónica, siempre tiene que haber un tema, un problema social del que dé cuenta la ficción. El tema está por encima de la literatura. Del agua al desierto, la más reciente novela de Azriel Bibliowicz, no es la excepción.

Profesor y director hasta hace unos años de la Maestría de Escrituras Creativas de la Universidad Nacional de Colombia, Bibliowicz había publicado hasta ahora, además de los cuentos del volumen Sobre la faz del abismo (2002), las novelas El rumor del astracán (1991) y Migas de pan (2013). En ellas la cultura judía, con sus experiencias migrantes, ocupan un lugar central y conforman un elemento articulador que atraviesa el universo literario de Bibliowicz.

Mientras en El rumor del astracán aparece la migración judía en la Bogotá de la década de los cuarenta, en Migas de pan es en la de las décadas del ochenta y noventa donde la comunidad judía bogotana sufre, al igual que toda la sociedad colombiana, los efectos de las violencias, particularmente los del secuestro en un espacio narrativo donde, como ha señalado Reindert Dhondt, se superponen dos memorias concentracionarias. Por su parte, en Del agua al desierto también el universo simbólico y mitológico judío es relevante, al igual que el escenario bogotano y su sabana, pero acá Bibliowicz encuentra una serie de vasos comunicantes entre lo judío y lo muisca que entreteje, de manera inesperada y muy estimulante en términos críticos, la trama de la novela. Una novela donde se cruzan Moisés y Bochica, Bachué y el rabino Menasseh Ben Israel, Lilith y Güitaca, las diez tribus perdidas de Israel y las tropicales selvas del Cauca en el siglo xvii.

David Goldstein, el personaje desde donde se focaliza la narración, es un profesor de escrituras creativas que está buscando tema para escribir una novela. En una tarde lluviosa bogotana se le inunda el apartamento y, gotera tras gotera, le viene encima la ocurrencia. Escribe en su diario: “Llevo días dándole vueltas como en un molinete, y no sé por dónde comenzar la novela. Otra gota… El agua me va a asfixiar… ¡El agua!… ¡¡El agua!!… Claro: ¡ese puede ser el tema!… ¡Cómo no se me ocurrió antes! […]. Inundados, y sin agua para beber. ¡Qué paradoja! Una ciudad en donde sus aguas desaparecen en medio de la lluvia” (p. 28). En medio de conflictos familiares, decide entonces ponerse a investigar sobre el agua y sobre los humedales en Bogotá, una ciudad que ha perdido, según la Fundación Humedales Bogotá, 47000 mil hectáreas en las últimas tres décadas.

En su pesquisa, David se encuentra con Zue, una líder de la comunidad muisca que conoce bien los humedales de la sabana bogotana y el continuo proceso de desaparición que han tenido a lo largo de los siglos. Ese encuentro, que deriva en un triste desencuentro, estructura la trama, pero, sobre todo, como dijo Juan Manuel Roca en la presentación de la novela en el auditorio del Gimnasio Moderno de Bogotá el 28 de julio del 2022, asienta las posibilidades de tejer “relaciones inesperadas entre esas dos culturas perseguidas y en acoso permanente”.

La novela utiliza el hallazgo de los vasos comunicantes entre esas dos miradas tribales, la del mundo judío y la de la comunidad muisca, para posicionarse como una novela de denuncia ecológica y social y para plantear un posicionamiento claramente crítico frente a lo que sucede con el desarrollo de la ciudad, con el trato a los nativos y aborígenes en una sociedad regida por el afán empresarial de la ganancia económica. Una imagen sintetiza este posicionamiento: la sugerencia de que la estatua de Bolívar erguida en el centro de Bogotá debiera ser reemplazada por el becerro de oro: “Los conquistadores y evangelistas fueron los primeros en despreciar las quebradas, los lagos y los humedales, y ahora los neoconquistadores y los adoradores de becerros de oro son los nuevos patrocinadores del desamparo” (p. 199).

De esta manera Azriel Bibliowicz reafirma lo expresado por Saúl Sosnowski hace más de dos décadas en “Fronteras en las letras judías-latinoamericanas”, donde destacó la presencia recurrente de conceptos como territorio, nación y ciudadanía en los escritores judíos-latinoamericanos. Estos temas, cargados de identidades múltiples, son abordados con distintos niveles de urgencia y énfasis. En este caso, la urgencia y el énfasis, un énfasis por cierto bastante subrayado, están dirigidos en la desaparición. La desaparición del agua, por supuesto, pero también la desaparición de los espacios, las personas y de los lenguajes. Lo llamativo es que en pos de esa desaparición, el escritor se piensa como arqueólogo: “A veces creo”, escribe David en su diario, “que los escritores debemos pensar como arqueólogos e ir en búsqueda de lo desaparecido” (p. 73). Hay en esto, además, un carácter didáctico de la narración muy común en la novela colombiana. Se escribe -y se lee- para aprender sobre aquello que está desapareciendo.

Aun así, una forma de la aparente contemporaneidad de la novela está en la incorporación de, como se dice comúnmente, cuestiones de agenda. Además de las denuncias por los ecocidios derivados del progreso urbanístico y por la ambición económica, aparecen enunciadas, más que elaboradas narrativamente, una noción como la de identidades fluidas o, como trasfondo escénico, cierta sofisticación urbana transculturada de los saberes ancestrales afrocolombianos e indígenas, como cuando David y Zue, luego de haber asistido a una exposición de Mark Rothko en una galería de Bogotá, van a comer al restaurante de la prestigiosa cocinera Leonor Espinosa, conocida por trabajar “con muchas comunidades aborígenes y afrocolombianas investigando la comida ancestral del país” (p. 210).

Una vez más en la literatura colombiana se verifica, además del acartonamiento que le otorga a la experiencia de lectura el uso solemne del lenguaje, la exagerada necesidad de resguardar lo literario en lo real. Lo que sucede en Del agua al desierto, como en la mayoría de las novelas colombianas de las últimas décadas, con muy pocas excepciones, es la comprobación de que la imaginación literaria, así como su vocación poética, se restringe a lo temático y, a su vez, como es de esperarse, los temas que conforman esta noción de lo literario provienen de las condiciones de lo real. Pareciera que en novelas como la de Bibliowicz el tema y con él el referente son la prioridad. No pueden faltar informaciones y registros propios de la realidad que localicen con exactitud al lector.

La novela, entendida y practicada de esta manera, en una ya más que desgastada tradición realista, pertenece cada vez menos al campo literario para abrazarse, con mucha convicción, eso sí, al orden del discurso, es decir, a esa dimensión del lenguaje donde no cabe la literalidad. Narrar, en este tipo de escrituras, no es mucho más que la transmisión de un mensaje (por eso le huye, horrorizada, a la literalidad, como si se tratara de algo insoportable), el acartonado desarrollo de un tema que no da espacio para que la lectura sea un ejercicio de desplazamiento de sentido, un tipo de literatura sin literalidad que, como señala el filósofo François Zourabichvili en su ensayo “La literalidad”, se organiza siempre desde el exterior en función de un referente.

La propia novela de Bibliowicz, perspicaz y astuta, pone en escena la práctica de una escritura de esta naturaleza y tematiza, valga la redundancia, esta concepción temática de una poética de la novela que parte del hallazgo de un tema (el agua y su desaparición, como es el caso) y la escritura como una expansión discursiva (y no solo representativa) de esa temática, pero no ya como una dimensión propiamente estética que configure una experiencia literaria capaz de trascender el orden de lo discursivo, capaz de prolongarse, de interrumpirse, de bifurcarse según las intensidades encontradas.

Es sabido, desde hace tiempo, que es insuficiente enunciar un tema, partir de él, abordarlo y desarrollarlo a través de tramas, personajes y escenarios para que ese tema se convierta en novela. “Nombrar no es iluminar”, dice Damián Tabarovsky en Lo que sobra. La novela contemporánea latinoamericana, al menos en sus expresiones más significativas, se caracteriza por no limitarse a ser la enunciación discursiva de un tema. Eso es discurso, pero no novela. La literatura colombiana está cada vez más plagada de esto y Del agua al desierto viene a sumarse a ese amplio grupo. Desde hace tiempo se habla del desgaste de la exigencia sociológica que se le hace a la ficción latinoamericana, del hartazgo de la máquina realista que domina la narrativa colombiana, pero aun así se hace poco, muy poco quizás, para salir de la imposición de ese dominio.

Notes

* Cómo citar esta reseña: Henao, S. (2024). Reseña del libro Del agua al desierto de Azriel Bibliowicz. Estudios de Literatura Colombiana 54, pp. 227-230. DOI: https://doi.org/10.17533/udea.elc.353636
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