Reseña
Biblioteca de autoras colombianas de Pilar Quintana (Coord.). Ministerio de Cultura, Bogotá, 2022, 18 vol.*
Biblioteca de autoras colombianas de Pilar Quintana (Coord.). Ministerio de Cultura, Bogotá, 2022, 18 vol.*
Estudios de literatura colombiana, no. 54, pp. 231-236, 2024
Universidad de Antioquia
Received: 09 May 2023
Accepted: 20 December 2023
Published: 31 January 2024
En la presentación de esta colección de dieciocho volúmenes, Angélica María Mayolo Obregón, Ministra de Cultura en 2022, señala que el objetivo de este esfuerzo editorial es rescatar y promover el trabajo de escritoras de distintas procedencias étnicas, geográficas y sociales cuyos trabajos revelan distintas perspectivas estéticas. Varias de las obras escogidas no se conocen, han sido descatalogadas (quizás solo se publicaron una vez y hace mucho tiempo) o no han tenido el reconocimiento que merecen. Otras son nuevas antologías, versiones de textos ya aparecidos o manuscritos inéditos, lo cual constituye uno de los aportes más valiosos de esta selección de textos. Mayolo señala que además de mostrar la variedad de la producción femenina colombiana desde la Colonia hasta la primera década del siglo xxi, Biblioteca de autoras colombianas tiene un enfoque de género. Así, estas obras permiten el desciframiento de un orden social, el colombiano, que ha asignado a cada sexo unas funciones específicas y sitúa a las mujeres en desventaja. La colección, que está organizada de forma cronológica, muestra cómo las autoras paso a paso, con dificultad porque el oficio de ser escritora no ha sido siempre bien visto en Colombia, han elaborado voces propias, nacidas de ellas mismas, para dejar constancia de su trasegar, sus afectos, sus ideas políticas y su quehacer en lo público. Desde el pergamino conventual donde apenas asoma la palabra de la monja guiada por su confesor, pasando por relatos costumbristas del siglo xix publicados con seudónimos, nacidos del deseo de dar forma a la nueva nación, hasta poemas y narraciones irreverentes, obras experimentales, textos pensados para plasmar huellas de identidades y atrevidas investigaciones periodísticas, escritas en los últimos cincuenta años, las autoras dejan en claro qué es ser mujer en Colombia. Al leerlas también tenemos la certeza de que los suyos no son textos aislados y por fuera de una o varias tradiciones literarias, lo cual nos permite situarlas en el lugar que les corresponde en la historia literaria nacional. Porque siempre han dialogado con las corrientes estéticas de cada momento, aunque a veces lo hayan hecho con miradas disidentes o formas de escritura propias de las mujeres que, por eso, pueden sonar extrañas.
Las editoras de la Biblioteca eligieron a autoras de autobiografías, novelas, cuentos, crónicas, poesía y teatro, e incluyeron a algunas periodistas que dejan el sello de ese oficio en sus textos. Comencemos por las autobiografías para señalar algunos rasgos que nos lleven a la comprensión de la literatura femenina nacional. Su vida (escrita hacia 1700), de la Madre Castillo, fue hecha por órdenes del confesor de la monja, la única posibilidad de escribir para las mujeres de entonces, y revela, desde lo íntimo y con el lenguaje de la mística, su amor desmesurado a Dios. En otro lado del espectro, porque es un texto narrado por un sujeto subalterno, está Tengo los pies en la cabeza, de Berichá (Esperanza Aguablanca) que se publicó en 1992. Berichá, que hace parte de la primera generación de escritores indígenas en Colombia, enlaza el yo personal con el colectivo, como suele suceder con los relatos de comunidades nativas y las marginales, para contarnos las vicisitudes de la infancia de una niña que nació sin piernas, su educación al interior de los u’was y con los misioneros católicos y sus tareas como docente. Berichá denuncia los múltiples atropellos cometidos desde los tiempos coloniales contra la comunidad u’wa y a la vez muestra cómo ese grupo indígena se rebeló contra varias instituciones gubernamentales y la Iglesia católica que les impedían sus dos grandes objetivos: recuperar sus tierras y sus valores culturales. La autobiografía, que tiene una organización particular, reúne relatos ancestrales de su comunidad, algunas de las prácticas rituales u’was y dibujos sobre elementos significativos de esa cultura.
Son varias las novelas de la colección. La primera, Una holandesa en América (publicada en formato libro en 1888), de Soledad Acosta de Samper, narrada a partir de cartas entre Lucía y su tía Mercedes, es una reescritura de la idea civilización vs. barbarie, porque su protagonista, Lucía, modelo de la mujer buena y europea, es la que inculca a sus hermanos las normas de vida “correcta”. Como en otras de sus obras, Acosta de Samper da importancia al corazón, que viene a ser sinónimo de mujer, y se queja de los hombres porque buscan en el ser amado absoluta sumisión, y del matrimonio.
Publicada por primera vez en 1968, Mi capitán Fabián Sicachá, de Flor Romero de Nohra y clasificada como una novela de La Violencia, se interesa más en el juego experimental para desafiar al lector y en darle cabida a historias femeninas y domésticas, que en narrar la lucha bipartidista y los pormenores políticos que guían las acciones del jefe guerrillero Fabián Sicachá, como sucede en la mayoría de las obras del corpus aludido. A partir de numerosas voces entre las que se destacan la de Cleotilde, esposa de Fabián, que cuenta los pormenores de su riesgoso amor y el difícil día a día con sus hijos, y la de Saulo Porras, situado en el otro bando de la contienda, Romero explica las condiciones de exclusión que llevan a alguien a hacerse combatiente y las huellas imborrables que deja una guerra. Fabián, siempre perseguido en lucha por sobrevivir, es un desplazado eterno.
Dos veces Alicia de Albalucía Ángel, publicada por primera vez en 1971, opta por el non sense, utilizado en la obra de Lewis Carrol, para mezclar multiplicidad de sentidos con el sinsentido, jugar con las reglas del lenguaje y la representación, y para crear un mundo raro en el que no hay nada establecido. La escritora que habita una pensión en Londres en los años sesenta y vive la época de la liberación sexual, la guerra de Vietnam, mayo 68, el hippismo escribe en primera persona sobre los sucesos absurdos que desembocan en un crimen en la fiesta de año nuevo de 1969. Para complejizar el relato y hacerlo más lúdico y absurdo, Ángel crea otra escritora, la que dialoga con Alicia a través del espejo, que genera refracciones que acentúan el tono disparatado de la obra. Doble código, dobles voces que producen hilaridad en el lector y le sirven a Ángel para criticar los valores de todo el mundo y en particular el de sus orígenes, que suele describir con lenguaje oral paisa, fluido y coloquial.
Teresa Martínez de Varela, mujer polifacética que abrió caminos para las mujeres mulatas y negras, escribió Mi Cristo negro (1983), una novela que nace de una investigación extensa sobre las causas del fusilamiento de Manuel Saturio Valencia Mena, el último que se realizó en Colombia en 1907. Con rasgos dramáticos, tintes de delito pasional y un fondo cristiano porque compara a Saturio con Cristo, Martínez recrea la vida de este héroe chocoano cuyo asesinato fue causado por el racismo, la envidia que despertaba por ser ilustrado, talentoso músico, persona decente y, además, líder de la comunidad afro (aspecto que no se menciona con fuerza en la obra).
Hazel Robinson Abrahams, autora sanandresana, hace parte de esta colección con su novela Sail Ahoy!!! (¡Vela a la vista!), que fue publicada por primera vez en 2004. Robinson revela su gran capacidad narrativa para contar el romance insólito entre la monja María José y Henley, un marinero, en los años treinta y comienzos del cuarenta del siglo pasado en Providencia, San Andrés y Panamá. Sail Ahoy!!!, que da título al relato, evoca la voz del caracol que fue usado como un recurso de resistencia primero, por los colonizadores ingleses, y después por los colombianos. De esa suerte, la narración tiene la función de recuperar la memoria ancestral e ignorada de los pueblos de este archipiélago: deja conocer algunas peculiaridades de las comunidades nativas de San Andrés y Providencia, sus mezclas lingüísticas (creole, inglés, español), musicales, teológicas y gastronómicas vinculadas a los coloniajes diversos que se asentaron en la zona; además de ello, da cuenta de la relación conflictiva con la cultura de los “paña” o del interior colombiano.
Otra novela es la obra de trasfondo histórico y periodístico de Silvia Galvis La mujer que sabía demasiado, publicada en 2006 por Planeta, según un manuscrito que es diferente al que elaboró la autora. Alberto Donadío, marido de Galvis, entregó a las editoras la versión que la escritora quiso ver impresa. La narración, que sigue el formato de la novela negra, surge de las indagaciones sobre el asesinato de Elizabeth Montoya de Sarria, la Monita Retrechera, sucedido en 1996 y ligado al proceso 8000. Escrita con agilidad que atrapa al lector, el relato deja al descubierto las redes de narcotraficantes y miembros del gobierno que ocultaron la entrada de dineros ilícitos a la campaña presidencial de 1994.
Las crónicas de la colección descubren el humor y la ligereza, poco comunes en la literatura colombiana. Déjennos tranquilas, selección de relatos de Sofía Ospina de Navarro compilada a partir del libro Crónicas (1983) y de un escrito que apareció en Cuentos y crónicas de 1926, muestra el desparpajo de una matrona antioqueña que enfrenta la vida con sencillez. Ospina cuenta episodios cotidianos con aires costumbristas, se afinca en los valores del hogar, en la exaltación de la buena esposa con una actitud tímida en relación con los derechos de las mujeres.
Los textos de Emilia Pardo Umaña, ingeniosos y periodísticos, reunidos en Autobiografía de una uña por Lina Flórez y Natalia Mejía, revelan a una mujer libertaria sin pelos en la lengua que, hacia el medio siglo xx, hizo crónicas ligeras como una forma de ataque al acartonado mundo bogotano y nacional. Políticamente incorrecta, nutría sus crónicas de historias y voces callejeras, que adornaba con burlas. Su Kiki, doctora en amor, dueña de un consultorio sentimental, dio consejos realistas que nada tuvieron que ver con el amor romántico ni con la defensa del matrimonio.
Las compilaciones de cuentos son considerablemente disímiles. Ángela y el diablo (1953), primera colección de relatos que publicó Elisa Mújica, se ocupa de tres grandes temas: historias a veces crueles, enfocadas en personajes de mujeres que sufren del desamor causado por el abandono del amante, enmarcadas en los límites de una sociedad pacata, y que revelan las vidas precarias de mujeres del medio siglo xx; historias de colegialas discriminadas, e historias de la violencia colombiana, del desplazamiento y el horror.
Los cuatro relatos cortos que conforman La M de las moscas (1970) de Helena Araújo están alejados del realismo, se centran en la experimentación y lo filosófico y desconciertan al lector por sus manipulaciones del lenguaje. En el cuento que da nombre a la colección, haciendo uso de lo disparatado y la ironía, la autora nos recuerda la práctica de resistencia intelectual que creó Sartre en Las moscas, la cual le permitió, sin mayores líos con la censura, mostrar su postura contra el nazismo. De esa manera critica las corruptelas, los entramados de poder, el fanatismo de los eclesiásticos, a los economistas que no saben de economía, al congreso, los partidos tradicionales y, tangencialmente, se refiere al tema de las guerrillas, a la vez que se detiene en una huelga de prostitutas que sucede en el Distrito. Todo pasa al final de un gobierno, en verano, en una ciudad parecida a Bogotá.
Amalialú Posso Figueroa seleccionó cuatro cuentos que hacen parte de su obra Vean ve, mis nanas negras (2001) y nueve escritos eróticos (cuentos, poesía y crónica literaria) para conformar Mido mi cuarta y me paro en ella, homenajear al Chocó, donde nació, y a varios personajes que han marcado su vida. Con lenguaje fresco, desparpajado, calcado con maestría de la oralidad y la música, Posso narra divertidas historias de sexo mientras evoca la belleza de su tierra para darle una identidad literaria.
Son cuatro los libros de poemas que conforman la Biblioteca. Las obras de las poetas nacidas entre 1919 y 1922 (Ayarza, Meira del Mar, Maruja Viera) fueron escogidas por Camila Charry para conformar nuevas antologías. Acá empieza el fuego de Emilia Ayarza reúne poesías tomadas de seis libros aparecidos entre 1950 y 2020 en torno a dos preocupaciones que son significativas para Charry: el cuerpo femenino, que es casi siempre el de la autora, y la patria, ambos heridos y marginales. En esos poemas largos, con un lenguaje fuerte y sin disimulos, la voz lírica se hace la voz de muchas mujeres colombianas para denunciar el dolor de la pérdida de los hijos, de la pobreza, de la desesperanza en una tierra irredenta.
Charry seleccionó poemas intimistas, de añoranza de la casa paterna, la cercanía a la muerte, la presencia del mar y la doble identidad de libanesa y caribeña para hacer la antología Ninguna voz repetirá la mía de Meira Delmar. Difícil de clasificar, la poesía de Meira Delmar, de una apabullante belleza, se acerca al romanticismo hispanoamericano y, a la vez, a la lírica clásica. Similares tópicos son los que destaca Charry en El nombre de antes, el nuevo poemario de Maruja Vieira, quien ha dicho que su poesía es periodística, clara, accesible.
Los poemas de María Mercedes Carranza fueron elegidos por su hija Melibea Garavito, a partir de Poesía completa (2019), para conformar El oficio de vivir. Desencanto, miedo, dolor de estar viva, soledad y ausencia de amor atraviesan estos versos que confluyen en la muerte, explicando el suicidio de la autora; a ellos se unen los poemas del final, sobre la patria sin esperanza.
La única obra de teatro de la Biblioteca es Los hijos de ella, de Amira de la Rosa. Fue encontrada en un baúl que era propiedad de una restauradora de arte barranquillera, a comienzos del siglo xx, y ahora se publica como obra independiente. Amira de la Rosa fue diplomática en Madrid y Sevilla hacia 1946 y a esa época, la del franquismo, corresponde esta pieza, situada en España, que es una enardecida y patética alabanza de la maternidad y la feminidad más tradicional. Esta pieza es la única de la colección que va en contravía de las luchas de las mujeres por la equidad.
Destaco la labor de las editoras de la colección que, con cuidado y una investigación rigurosa, produjeron nuevas obras, las revisaron, anotaron y pusieron en contexto; también es digno de elogio el trabajo de las autoras de los prólogos de cada una de las obras, que le da solidez a la Biblioteca de autoras colombianas. La seriedad con que fue pensada y elaborada la antología es un rasgo muy sobresaliente.
Notes