Artículos
Los enigmas de la lectura literaria. Sobre las interpretaciones de la novela Cien años de soledad, de García Márquez*
The Enigmas of Literary Reading. On the Interpretations of the Novel One Hundred Years of Solitude, by García Márquez
Los enigmas de la lectura literaria. Sobre las interpretaciones de la novela Cien años de soledad, de García Márquez*
Estudios de literatura colombiana, no. 52, pp. 65-83, 2023
Universidad de Antioquia
Received: 23 May 2022
Accepted: 24 November 2022
Published: 31 January 2023
Resumen: El propósito del artículo es plantear una interpretación sobre la novela Cien años de soledad, del escritor Gabriel García Márquez, apoyándose en algunas de las variadas lecturas generadas sobre ella por parte de acreditados analistas iberoamericanos. Para lograr esta meta, primero nos orientamos con los principios del Pluralismo Hermenéutico que centra como clave la labor abductiva con elementos indiciales latentes en los textos; posteriormente, abreviamos tres lecturas de la empresa garciamarquiana. Finalmente, entretejemos tres lecturas más de la novela, dejando ver el eterno retorno de la violencia, que se despliega desde los orígenes para seguir azuzando el porvenir colectivo.
Palabras clave: Conjetura, enigma, violencia agraria, violencia epistémica, repetición.
Abstract: The purpose of this article is to present an interpretation of the novel One Hundred Years of Solitude, by Gabriel García Márquez, based on some of the varied readings generated about it by important Iberoamerican analysts. To achieve this goal, we first took the principles of Hermeneutic Pluralism as a guide which focuses on the abductive work with latent indicial elements in the texts as the key; after that, we abbreviated three readings of the garciamarquiana endeavor. Finally, let us interweave three more readings of the novel, showing the eternal return of violence, which unfolds from the beginning to continue shaping the collective future.
Keywords: Conjecture, riddle, agrarian violence, epistemic violence, repetition.
Introducción
Existen muchas maneras de acceder a la lectura de una obra literaria; no obstante, todas vienen modeladas y guiadas por un trabajo extraliterario que postula y administra sus maneras de comprensión. Varias veces estas lecturas se complementan con un aparataje publicitario o de expectativas agenciadas por periodistas e intelectuales a través de sus publicaciones en revistas culturales, en la prensa y hasta con entrevistas y publicidad en medios de comunicación masiva. El caso de la empresa intelectual de García Márquez es un ejemplo de esto, pues el mundo intelectual ha venido imponiendo desde hace décadas unas formas de leer comprensivamente su labor, sumado a acciones sistemáticas de expectativas, como las que se fraguaron con la aparición de su obra en Buenos Aires, Cien años de Soledad, en mayo de 1967. Quizá por esto mismo la novela se convirtió en una de las más editadas en lengua española, traducida a más de cuarenta idiomas y con más de cincuenta millones de ejemplares vendidos en el mundo. Lo demás son efectos conocidos: la incubación de bibliotecas especializadas (gaboteca), empresas académicas longevas (grupo de gabólogos), incontables lectores apasionados por su obra (gabiteros) y nuevas estratagemas literarias para su reformulación o cuestionamiento (el realismo sucio o el movimiento literario del McOndismo).
Todo esto ha generado lecturas heterogéneas que han abordado la enorme complejidad en Cien años de Soledad (2014, en adelante CAS) y han resignificado de muchas maneras su propósito; así, por ejemplo, como documento folclórico, extensa elegía vallenata, cuento infantil u obra que actúa a modo de anecdotario. Asimismo, se ha propuesto entender la obra como forma nueva de concebir las crónicas de viajeros, o como relato etnográfico, novela moderna, épica familiar, etc.
Pues bien, el propósito de este artículo es sistematizar algunas de esas lecturas interpretativas instaladas en el mundo académico sobre CAS y enlazarlas para construir otra hipótesis en cuanto a su intención comunicativa; esto al aprovechar indicios que se esbozan en los perfiles de algunos de sus personajes durante las siete generaciones de los Buendía. Y, para avanzar en tal derrotero, en un primer momento se describirá el componente teórico que orientó la investigación y que, de forma compatible, expone ciertas pistas metodológicas para adelantar lecturas comprensivas; todo esto para, finalmente, entretejer esas lecturas con aportes particulares y determinar los resultados surgidos tras el esfuerzo, refrescando así esos archivos analíticos previos y las formas de asumir la novela.
La búsqueda del sentido y las claves de lecturas indiciales
Se sabe que cualquier intérprete debe adelantar una labor personal en busca del sentido de lo que lee, y hay varias perspectivas que explican cómo se logra esto, por caso “la antropológica, la semiótica, la psicolingüística, la sociocultural, la sociocrítica y la constructivista” (García-Dussán, 2015, p. 119). No obstante, los aportes del Pluralismo hermenéutico o Relativismo limitado, provenientes de la filosofía del siglo XX, presentan puntos comunes con estas otras posturas, ya que, igualmente, centran su interés en lo que hace el lector frente al texto en contextos situados, armonizando el análisis estructural y la interpretación subjetivo-existencial, pues, al decir de Ricœur (2006), “sin lector que lo acompañe, no hay acto configurador que actúe en el texto; y sin lector que se lo apropie, no hay mundo desplegado delante del texto” (p. 875). De suerte que las perspectivas teóricas se encuentran al sugerir lecturas abiertas que implican des-cubrir elementos ocultos en los entresijos del texto, con asistencia de la “interpretación como táctica de la sospecha y como lucha contra las máscaras” (Ricœur, 2004, p. 27).
Según los postulados del Pluralismo hermenéutico, al saber que la importancia de una expresión lingüística no está en su superficie, en primer lugar el intérprete interpela el texto con preguntas para descubrir lo esencial en su zona profunda o latente (preguntar proviene del latín percontari: buscar -en- el fondo del mar), y así recuperar en el proceso “vestigios, síntomas, indicios o rasgos” (Ginzburg, 1999, p. 143), que le permitan hacer el tránsito hacia lo que está detrás, y encontrar información insinuada/implícita. Es que todo producto textual se manifiesta con doble rostro, siendo el más importante aquel que se encuentra enmascarando datos, y cuyo límite entre uno y otro está habitado por islas de sentido, hilos sueltos o impertinencias semánticas, que persisten con la función de pasar de la superficialidad textual hacia el mundo subterráneo del discurso.
Así, la labor del intérprete es olfatear y otear impertinencias semánticas, las cuales le permiten destejer y luego volver a entrelazar el todo del texto como unidad global, tal como lo hace Penélope con su manto, en espera de Ulises. Estas impertinencias pueden estar manifiestas en una fecha, en el uso estratégico de un verbo o un adjetivo, en el/los nombre/s de un agente de acción, en un título o su ausencia; pero, también, en el uso de una metáfora o una metonimia, en un deíctico espacial o personal, en una expresión frástica, un dato histórico o las acciones de un personaje, etc.1
Una vez se ha previsto, presupuesto o anticipado el material oculto del texto con interrogaciones a su inmediatez (Vorgriff), el lector conjetura para exponer aquellos indicios (conjeturar aparece del latín coniectura: trabar indicios). El resultado de esa anticipación es la formulación de, al menos, una hipótesis, construida a partir de la asociación de indicios, y que aglomera las partes al todo y re-seña el todo cuando hace coincidir las partes de forma circular, lo que llama Gadamer (1991) “la regla hermenéutica” (p. 360); ejercicio que certifica, de paso, la lectura “como un proceso de un efecto cambiante, de carácter dinámico, entre texto y lector” (Iser, 1987, p. 176).
Luego, la conjetura hecha hipótesis debe ponerse a prueba bajo la técnica del ensayo-error; para esto el lector se apoya en otras voces o modelos aclaratorios y demostrativos, que pueden ser de tipo científico o experiencial. Dado esto, las asociaciones fundadas hacen que, al final del escrutinio, los elementos indiciales ya no sean igual a sí mismos, lo que permite verificar que toda hipótesis que representa el cierre de la labor analítica sea la traducción de un lenguaje público a uno privado. Es que, traducir es abducir (Peirce, 1988, p, 145); esto es, generar conjeturas para construir hipótesis; y, por tanto, introducir ideas nuevas a partir del saber del otro o de lo otro. Y, es en este punto de la labor donde la superficie del texto cede y deja visibilizar su fondo gracias a una explicación (explicar proviene del latín desplegare: quitar pliegues superficiales).
Por último, una vez develado lo oculto y revestido con una explicación, no queda más que confirmar la hipótesis desplegada-explicada con la presentación de proposiciones que compilan y abrevian la gimnasia descrita. De esta manera, primero se debe des-cubrir lo oculto y luego se cubre con hipótesis; y, en esta paciente labor, la explicación rellena los vacíos textuales y satisface la expectativa o posibilidad de dar, en el acto lector, una totalidad discursiva. Como acto final, el intérprete forja un repliegue de las partes para con-figurar o re-cubrir el todo, gracias a que interpretar “es diseñar (aus-legen) una comprensión anticipatoria que ha clarificado el camino para actos más plenos, más explícitos y más refinados de análisis” (Armstrong, 2010, p. 147).
Así las cosas, es notorio que se da sentido y, por tanto, cierre a la labor de lectura, cuando se ha trabajado lo previsto de antemano, por lo que cualquier lector comprende desde preconceptos o prejuicios. En este orden de ideas, toda lectura envuelve una revisión de estos prejuicios que orientan la llegada al sentido, y guían desde el inicio “las condiciones bajo las cuales se comprende” (Gadamer, 1991, p. 365).
En suma, leer comprensivamente es investigar indicios y volver al texto para obtener de él su sustancia discursiva, lo cual es coincidente con modelos semióticos y psicolingüísticos de la lectura; labor lograda tras de-velar o des-cubrir el código, anticipar una hipótesis, y luego re-cubrir con las pautas envolventes del todo textural. Ahora, la advertencia en cuanto a este trabajo lector focaliza que tales abducciones se manifiestan en traducciones sobre el contenido latente de una obra, pero siempre desde un compromiso que propone hipótesis en la medida en que intenta sacar del fondo lo oculto de un texto.
Tres interpretaciones previas y tres lecturas a Cien años de Soledad
Pues bien, si nos apropiamos de aquello que deja la revisión del Pluralismo hermenéutico, vemos que se lee para predecir o presuponer lo oculto de una obra; en otras palabras, el intérprete lee para resolver un enigma, para completar un rompecabezas suelto que está puesto como paisaje estético. Esto es significativo, ya que al menos en dos entrevistas García Márquez afirmó que “toda novela es una adivinanza” o “una representación cifrada de la realidad” (en Palencia-Roth, 1983a, p. 403). Sin duda, esta afirmación es una invitación a que los lectores trabajen como detectives e investigadores cuasiforenses, tratando de descifrar el secreto oculto en la empresa garciamarquiana.
Así, pues, al asumir el reto insinuado por el mismo García Márquez, tras revisar algunas de las lecturas interpretativas acaecidas en más de medio siglo de existencia de CAS, se encontraron esfuerzos por catalogarlas, revisarlas y comentarlas, todo esto con fines suplentes o suplementarios. En este artículo se tratan tres de ellas, como base para plantear otra tríada de lecturas interpretativas, las cuales permiten aventurar una conjetura renovada sobre la lectura de esta novela, aprovechando como indicios centrales ciertos actantes y sus acciones cruzadas en la obra a lo largo de sus veinte capítulos.
La primera lectura es la promesa ofrecida por el crítico uruguayo Ángel Rama (1985, pp. 147-245), y que fue originalmente un cursillo organizado en 1972 por la Universidad Veracruzana. A partir de la hipótesis de que una obra literaria alude a una cultura, y de que toda interpretación surge de una tradición epocal, “donde la obra alude, refiere, contesta, dialoga y desarrolla otros sectores intelectuales” (p. 148), Rama conjetura que las obras desbordan su literariedad y dialogan con una mirada concreta de la realidad. Desde aquí, y gracias a la expresión indéxica del devenir temporal de un pueblo y sus moradores, CAS sería un proyecto cultural y un arte nacional-popular que actúa como una pieza clave en toda la empresa garcíamarquiana. Rama, entonces, la estatifica en tres momentos, a saber: el período comprendido entre 1947-1955, que inicia con cuentos y termina con La hojarasca; el período entre 1955-1961, cuyo producto son otros cuentos y El coronel no tiene quien le escriba (la mejor novela, según su propio autor), y finalmente la fase entre 1961 y 1967, que culmina con CAS.
Las primeras etapas dan cuenta de un pueblo domeñado por empresas foráneas y abandonado a su suerte. Allí, uno de sus protagonistas es un coronel patricio que defiende las buenas costumbres; rasgo que se complementa con la representación de otro coronel quien, en la segunda etapa, permite otear una degradación social por una violencia naturalizada y un duelo por aquel orden transmutado en crisis sociopolítica. En la tercera etapa la preocupación es el tiempo, el cual se presenta en un cronos mítico y que corresponde a la fundación de un pueblo paradisíaco (primeros tres capítulos de CAS); seguido de un cronos histórico/objetivo, el de las guerras civiles y la llegada de la United Fruit Company (capítulos 4 al 17); y, por último, el cronos subjetivo, el cual corresponde a hechos autobiográficos del autor (capítulos 18 a 20). Así, en esta novela se delinea un pueblo armónico y feliz que sufre una pauperización socio-económica por el desangre de las guerras y la explotación internacional, y concluye con la descripción velada de hechos particulares de un aldeano cataqueño que escuchó sobre todo esto en su infancia.
Una segunda aproximación es la del profesor español Luis Beltrán (1995, pp. 32-39) quien, a veintiocho años de la publicación de la obra, clasificaba en dos grandes grupos las lecturas críticas de CAS, solo diferenciadas por los métodos usados para ir de la epidermis a las profundidades de la novela. El primer grupo está compuesto por las metódicas de la hermenéutica y la filología, que han aprovechado indicios y pistas que el mismo autor ofreció en sus entrevistas, especialmente sus influencias y herencias; y el segundo, determinado por métodos psicocríticos y estructuralistas que explotan la tematización (V. gr. el incesto) y nuevamente aspectos crono-espaciales latentes en la obra (V. gr. el tiempo circular).
Mucho más reciente, y a casi cuarenta años después de publicada la obra en cuestión, se esboza la propuesta del profesor colombiano Juan Moreno, para quien las posibilidades diseñadas para leer la escritura de García Márquez pueden ser clasificadas en tendencias; esto es, “discursos críticos que han querido interpretar la obra garciamarquiana […] que delinean líneas bien marcadas y estables” (Moreno, 2006, p, 99); y esto, según se privilegien ciertos indicios presentes en la obra, los cuales permiten conjeturas de orden textual y/o contextual, aunque todas promueven la idea de que las obras obligan a negociar sentidos de esa realidad representada por medio de una labor de lectura abductiva. Así, por caso, se tiene:
La tradición escriptocéntrica. Aquí, CAS es un crisol donde se reflejan, bajo lógicas intertextuales, temas y tramas de textos anteriores propios de escritores griegos, españoles, ingleses, norteamericanos y latinoamericanos, incluyendo la tradición escrita judeo-cristiana y que, por ser escriptocéntrica, son lecturas que legitiman la escritura impresa de textos fijos que pertenecen a cierta tradición canónica, eliminando la literatura popular y la “literatura desarrollada en los márgenes y olvidada por la historiografía tradicional” (Buarque, 1995, p. 107). Sin embargo, CAS reivindica una tradición oral al reproducir entre sus 138.054 palabras constitutivas, 15.827 distintas; algo así como el 12% de la obra escrita en costeñol. Esto último ha dado origen a estudios sobre regionalismos usados en la obra garciamarquiana, como el de Oliveira (2007), instalando así una versión contra la cultura letrada decimonónica, que admitió la exclusión social y aprovechó el mal hablar aldeano como condición de anulamiento, en lugar de anudamiento, real.
Las posturas sociocríticas, que permiten leer CAS como archivo metonímico que contiene elementos de historia colombiana -y latinoamericana-. Es una historia que comienza con la Conquista y la Colonia, para terminar con la época de nuevas colonizaciones en el siglo xx. Para esto, se valen del concepto de ‘república bananera’, “asociado a la presencia en Latinoamérica de la United Fruit Company” (Stavans, 2010, p. 38) y que, peyorativamente, refiere a países sometidos y empobrecidos por la hegemonía extranjera. De esta suerte, la obra encarnaría los cambios de las estructuras sociopolíticas y económicas tras los hechos de explotación foránea, lecturas basadas en la propuesta sociocrítica de autores como el hispanista francés Edmond Cros (1999), y cuyo objetivo es “el estudio de los indicios y el funcionamiento social e ideológico en los textos de ficción” (p. 7).
Acercamientos pragmáticos. Se trata de propuestas interpretativas que unen elementos de la cultura popular y oral de los departamentos de Magdalena, Cesar y Guajira, con ayuda de productos periodísticos del autor (Saldívar, 1997; Zuluaga, 2007), pero obviando idiosincrasias regionales del mundo amerindio; todo esto con excepción de Juan Moreno (2015). Y, desde allí, otros análisis revelan a CAS en relación con anécdotas y aspectos biográficos del autor, explotando sus delirios y demonios personales, sus posturas políticas, y su trayectoria como escritor caribeño y periodista, etc. (Vargas Llosa, 2021; Williams, 2001; Martin, 2009); y también estudios que asocian hechos del continente de la ficción con la vida de García Márquez (Saldívar, 2015; Janik, 1992).
Ejemplo categórico de Realismo mágico. Entendido como un momento de esplendor narrativo frente al agotamiento de las novelas en Europa a mediados del siglo xx, hubo una cierta emergencia de mentalidad poscolonial que quedó asociada a García Márquez, pues el autor mostraba, y especialmente en el contenido y no en la forma de CAS, una realidad social desbordante, hiperbólica y exótica. Esta realidad es mostrada como un ensueño que se hace norma y normalización literaria a través de Macondo, y que sirve de estratagema para buscar la identidad latinoamericana desde elementos quiméricos (Menton, 1993).
Empresa inaugural de lo macondiano. Otra forma recurrente de interpretar CAS ha sido desde los parámetros sugeridos por aquel sobrenombre facilitado por el Primer Mundo de lo Macondiano, para que los latinoamericanos nos pensemos en oposición a lo europeo o lo norteamericano, razón por la cual el macondismo representado en CAS termina siendo una categoría que sirve como mito fundacional para el Tercer Mundo. De esta suerte, CAS “aparece para los latinoamericanos como la forma afirmativa de representar el ‘Otro’ de los europeos y norteamericano […] y en la que el relato que sirve de base ha sido suministrado por la propia cultura latinoamericana” (von der Walde, 1998 , p. 234); esto es, la novela representa una narrativa identitaria que explica la vida ilógica vivida en ciertas naciones.
No obstante, estas tres propuestas revisitadas, administradas y hechas modelo por los letrados en más de cincuenta y cinco años de porvenir de CAS, dejan parcialmente de lado que el lector de esta obra asiste a un mundo preso en una mónada leibniziana o interacción hermética de elementos, autosuficiente per se, y cuyas relaciones internas están sostenidas por fuerzas legítimas e ilegítimas: Úrsula Iguarán y Pilar Ternera. Y, también, que ese sistema monádico contiene unas pistas enigmáticas en sus entrañas, concentradas en acciones y cualidades de algunos de sus personajes, las cuales permiten inferir matices sobre la intención del autor con su obra.
La hipótesis de lectura aquí anclada apunta a que CAS es una alegoría histórica construida sobre enigmas, al tiempo que un libro antropológico que construye un esbozo sobre la caracterología o identidad social colombiana. Y, para esbozar estas razones, se avanzará desanudando enigmas concentrados en tres focos actanciales: el patriarca fundador, los advenedizos del Macondo paradisíaco y la figura de Melquiades. Al final, se atarán los hilos ofrecidos por muchas de estas lecturas y se formulará un resultado interpretativo ecléctico, peculiar y más refrescante.
Primera lectura: El patriarca José Arcadio y el problema de la violencia agraria
Si se acepta la formación de Macondo como expresión literaria de nuestros comienzos, se ve que la motivación es mostrar una primera violencia, a saber: huir tras la muerte de Prudencio Aguilar; y aquí cobra sentido el origen del grupo actancial fundador; esto es, el hipotético “origen judeo-converso de los Buendía” (Wahnón, 2021, p. 15). Los primos José Arcadio y Úrsula unen sus vidas en una ranchería de la Guajira, pero el temor de la mujer a dar a luz un hijo deforme por el parentesco de sangre con el cónyuge la obliga a mantenerse virgen y a reemplazar el comercio carnal con inocentes forcejeos nocturnos. Fue la bravata imprudente de Prudencio Aguilar, tras perder una pelea de gallos, la que despertó el cuestionamiento sobre la virilidad de José Arcadio, acto que causó la escena de su muerte en la gallera: el agraviado esposo atravesó un enorme falo en forma de lanza en el cuello de Aguilar, y con esa misma puya ensangrentada se presentó al tálamo matrimonial, clavó la lanza en la tierra y, con las manos aún manchadas con la sangre del provocador, ahora extinto, colonizó por fin el cuerpo de su consorte. Más tarde, atormentado por el asesinato y por el espectro del fallecido, la pareja huyó de la ranchería con otros pobladores y, tras la peregrinación de meses, se asentaron en las ramificaciones de la Sierra, fundando Macondo.
Es de notar, entonces, el isomorfismo entre la posesión sexual de Úrsula y la de las ciudades latinoamericanas por parte de los conquistadores, pues se sabe que la fundación de las ciudades en la Nueva España obligaba a efectuar el acto político de ocupación para afirmar el terruño como derecho de la corona española. Este hecho simbólico consistía en que el fundador mandaba hacer un hoyo en el suelo para hincar en él un madero (la futura picota), luego se bajaba de su caballo, arrancaba un puñado de hierba, pronunciaba la posesión de la tierra en nombre del rey, y luego echaba mano de la espada para desenvainarla y con ella golpear tres veces el suelo, retando a duelo a quien se enfrentara a tal posesión. Posteriormente, se realizaba la primera misa en una ermita.
Hay en los dos eventos, entonces, un reto y una lanza o espada -insignia más inmediata del poder fálico- que atraviesa la tierra -símbolo de lo femenino-. De esta suerte, se muestra cómo la sexualidad representada en CAS es un acto de conquista territorial, lo cual permite establecer la siguiente analogía: el conquistador es al dominio violento de la tierra como el esposo es al dominio violento de la cónyuge; asociación que comparte, además, otro ingrediente, a saber: el de un dominio sobre el otro y el destierro de quien se oponga a la nueva ley instalada. Respecto a esto último, basta recordar que José Arcadio hijo es desterrado por su madre cuando domina sexualmente a su hermanastra, Rebeca.
Ahora bien, es una constante esta posesión violenta de lo femenino (de la tierra) por parte de los hombres de la familia Buendía, a lo cual se suma una aceptación por parte de las mujeres frente a esta violencia vital, brutal y sexual. Así, por ejemplo, la ferocidad de las relaciones íntimas de José Arcadio con una gitana del circo o con Rebeca, tan invasivas como placenteras para ellas; de la misma manera se describe la brutalidad de las relaciones entre Aureliano Babilonia y su tía Amaranta Úrsula, o la complacencia de Pilar Ternera, violada en su adolescencia y cuya respuesta fue que se enamoró del violador. En estos casos, el escenario conductual de conquista y el teatro sexual humano como efecto de una conquista poseen un sema común: lo femenino es lo violentado. A partir de esto, se puede afirmar que las conductas sexuales de los hombres en CAS son el correlato semiótico de la conducta del colonizador (Osorio y Carvajal, 2015, p. 125), y que tiene como efecto común la dominación y, posteriormente, el destierro; todo esto con un consentimiento o anuencia local, calcado también en narrativas como la de Pocahontas o la de la Malinche.
El profesor chileno Juan Durán (1979) afirmó que CAS es la historia de América, “desde su descubrimiento y conquista hasta la disolución de la familia de fundadores, cuyo vástago último nace con cola de puerco para cancelar un ciclo que narra el inicio, desarrollo, gloria y despojo de un pueblo que pareciera ser todo el continente” (p. 179). Aprovechando tal tesis, se puede sostener que esta primera invasión foránea que terminó con la fundación de ciudades en América, y que se replica como antecedente de la fundación de Macondo, se renueva allí mismo al menos tres veces más con actores igualmente foráneos en la historia de Macondo, a saber: i) la invasión de los gitanos, que produce como efecto la pérdida de la razón en el patriarca; ii) la invasión del pueblo que trajo Úrsula, actuando como una Pandora caribeña, cuando fue en busca del hijo pródigo y halla, sin querer, el camino que ligaría a Macondo con el mundo, y iii) la invasión de los forasteros que llegaron al pueblo tras la llegada de la United Fuit Company por la fiebre del banano, y que constituyen el fenómeno social de ‘la hojarasca’. De esta suerte, es notorio ver cómo, a cada nueva invasión, corresponde un nuevo tipo de violencia, mostrando en esta obra que la nación es heredera de una violencia primigenia asociada a la tierra, violencia agraria ostentada en un “despojo territorial como estrategia de dominación” (Aprile-Gniset, 2007, p. 5).
A partir de esto, otra arista de esta interpretación es que la forma violenta de instituir sociedad y, por tanto, de anudar lazos filiatorios, pasa por una incapacidad para convivir con el advenedizo (lazos dilatorios). Lo anterior se confirma al constatar que en la novela los Buendía solo pueden amar lo igual, no lo desemejante; de ahí el tema del incesto. Aún más, Macondo nace como un esfuerzo burdo de evadirse del incesto, pero paradójicamente el único destino de sus habitantes es el de amarse entre ellos. La sutil relación de la tía Amaranta y Aureliano José, en los inicios de la trama, se hace factum social con la relación carnal de Amaranta Úrsula y Aureliano Babilonia al final; en suma, una endogamia que se repite con la indiscutible clonación de los nombres de la estirpe (Levine, 1971, pp. 722-723). En ese orden de ideas, el único camino que tienen los Buendía es la endogamia como negación a ‘la hojarasca’, aunque esto los condene al desvanecimiento, fundándose una nueva correspondencia semiótica: el no-amor es a la soledad como el amor es a la desaparición.
Segunda lectura: los advenedizos y el problema de la violencia epistémica
Ahora, si se retoman algunos personajes tratados en la primera lectura, los fundadores, y se anudan con otro grupo actancial, el regido por minorías étnicas, es posible avanzar nuevas conjeturas. Como es sabido, el origen de José Arcadio Buendía y Úrsula Iguarán es una ranchería indígena de la Guajira; sin embargo, ellos son descendientes de españoles, de Aragón, de la misma forma que los abuelos maternos de García Márquez eran “descendientes de familias blancas europeas” (Martin, 2009, p. 30). Pues bien, cuando los primos deciden fundar Macondo, lo hacen con los criterios de un lugar arcádico; formación aldeana sostenida por tres pilares esenciales: su origen cultural castizo, el miedo continuo al incesto y el esquema patriarcal.
Y en este cosmos social, en su historia primitiva, aparece la presencia de advenedizos representados por Visitación y Cataure, quienes vienen huyendo de la peste del insomnio. Es Visitación quien, tras la llegada de Rebeca a la casa de los Buendía, descubre en los ojos de esta cría la peste que produce una progresiva pérdida de la memoria, propagada por los animalitos de caramelo consumidos entre los habitantes, y que opera como un vaciamiento de recuerdos y de registros lingüísticos, hasta dejar a los habitantes aldeanos en una especie de idiotez sin pasado. Ya el pueblo entero, en una vigilia sin precedentes, busca etiquetar con palabras los objetos. Como se sabe, este es un hecho que no puede controlar nadie en Macondo y que solo un sortilegio de Melquiades puede salvar.
Sin embargo, a pesar de su efímera acción, y de su papel secundario en la evolución de la familia Buendía, los indígenas logran influir en la esencia de su primera generación. Así, por ejemplo, Amaranta y José Arcadio hijo aprenden la lengua indígena y se alimentan de sus platos, compuestos de lagartijas y arañas; esto es, se comunican con lengua no española y adoptan gastronomías secundarias. Así las cosas, la peste es el recurso literario de García Márquez para manifestar el discurso de los marginados; esto es de “quienes no pertenecen al modelo homogéneo del colono de origen español” (Montes, 2002, p. 63). Curiosamente, es la cura mágica del gitano foráneo la que cancela de tajo esta minoría étnica; algo similar a la desaparición de la indígena guajira Meme en La Hojarasca, asociada al amancebamiento con el médico foráneo: “Meme desapareció hace alrededor de once años. La muerte del doctor acababa con la posibilidad de conocer su paradero, o, al menos, el paradero de sus huesos” (García Márquez, 1985, p. 14).
No obstante, este contradiscurso patriarcal en CAS sobrevive en toda la historia de los Buendía gracias a la pervivencia de Rebeca. A ella se le conoce como una niña, no mayor de 12 años, proveniente de Manaure (municipio de La Guajira), quien fue entregada a José Arcadio Buendía por unos traficantes de pieles. Ahora bien, cinco hechos más llaman la atención a propósito de este misterioso personaje:
La expansión del olvido. Rebeca es el caso cero y foco de contagio de la peste del insomnio-olvido a todo el pueblo.
El origen confuso. Una carta que la acompañaba al momento de la entrega, afirmaba hacer caridad con la huérfana, hecho agenciado por familiar lejano de los Buendía, aunque “ni José Arcadio Buendía ni Úrsula recordaban haber tenido parientes con esos nombres ni conocían a nadie que se llamara como el remitente y mucho menos en la remota población de Manaure” (García Márquez, 2014, pp. 48-49).
La aparente desadaptación. Desde su llegada, Rebeca presentó comportamientos que había adquirido con los guajiros y que perturbaban el orden establecido por José Arcadio para sus hijos. Así, por ejemplo, comer tierra y cal de las paredes y chuparse el dedo como infante. Esto se refuerza con las conductas protomachas de su futuro cónyuge, quien llega de su recorrido por otras tierras hecho un terrible animal, y que se manifiesta con actos casi inhumanos y hablando la extraña jerga de los marineros.
El fantasma del incesto. A pesar de que José Arcadio y Úrsula huyen de su tierra natal, efectúan un largo peregrinaje y terminan fundando Macondo para ponerle tapón al incesto; pero, Rebeca se va a vivir con su hermano político, algo que Úrsula tacha como una falta de respeto. Esa relación incestuosa con escandalosa vida amatoria y el lugar periférico donde deciden vivir los hermanos (cerca al cementerio) atentan contra la estabilidad céntrica que inaugura otrora José Arcadio padre; una evidente transgresión a la estabilidad de Macondo, pues con esta conducta activa el fantasma del fin de la estirpe por la degeneración sanguínea.
La muerte de José Arcadio hijo. Tras la muerte de José Arcadio, sabemos que no “encontraron ninguna herida en su cuerpo, ni pudieron localizar el arma. Tampoco fue posible quitar el penetrante olor a pólvora del cadáver” (p. 138); solo se supo que de su oído derecho fluyó el mágico hilo de sangre que llegó a Úrsula, pero nunca quién usó el arma homicida.
Rebeca, entonces, desde la sombra periférica y el silencio marginal, ataca tímidamente lo establecido primitivamente en Macondo, tal como antes lo habían conseguido con sus estrategias indígenas Visitación y Cataure. No gratuitamente en este mismo conjunto queda incluido José Arcadio hijo, quien después de volver del viaje con los gitanos y dar sesenta y cinco vueltas al mundo llega hecho un hombre desmesurado, una especie ser pantagruelista, forjándose esto como la mejor expresión del “mimetismo colonial” del que habla Homi Bhabha (1994, p. 87); es decir, un ser con particularidades de colonizador, pero colonizado, finalmente; por tanto, un actante ambivalente.
No obstante, el destino de estos tres personajes es quedar en el saco de la omisión. Los indígenas y Rebeca han cargado y jalonado la peste del olvido y, paradójicamente, quedan olvidados en la historia de Macondo. Clara idea que se insinúa entre líneas para querer decir que las minorías étnicas, con sus saberes, han tendido el destino de ser borradas culturalmente; y que esto, a la postre, deviene en la violencia, pues la segregación es su mayor causa y la posterior extinción de la familia, cuyo efecto inmediato es la pérdida de la propia lengua. En suma, la presencia de una violencia epistémica que controla la conciencia de los colonizados y les altera para siempre su cultura (Spivak, 2012, p. 302).
En esta misma línea, otros personajes que representan minorías étnicas también siguen el mismo destino de la niña adoptada y los indígenas. Es el caso de la prostituta Petra Cotes, amante de José Arcadio Segundo y Aureliano Segundo, quien termina con los años viviendo con este último, incluso estando él desposado con Fernanda del Carpio, pero bajo el desprecio invisible de esta. En la lista también está Nigromanta, la negra que se convierte en amiga y amante efímera de Aureliano Babilonia, y quien comparte lugar con los negros antillanos, todos morando en una calle marginal de Macondo.
A partir de estos personajes colaterales en la obra, el profesor Moreno (2000, p. 17) sugiere leer CAS desde la cultura amerindia, cuyo destino es igual al que se lee en la obra: el de sujetos históricos, pero perdidos en la historia. De hecho, Moreno va más lejos al afirmar que la semántica de lo sobrenatural es igual a la tradición narrativa amerindia, que es la lógica dualista propia de los indígenas Wayúu, especialmente centrada en las oposiciones natural/sobrenatural y sueño/vigilia. En todo caso, ese olvido de los indígenas se instala como el símbolo político-social de una calamidad más que aún azota las naciones americanas, a saber: el lugar indeterminado de la estirpe indígena en la América hispana.
Tercera lectura: Melquiades y el problema del tiempo circular
Comencemos de nuevo, esta vez por el final de la segunda lectura diseñada. Si Macondo es América y el mote macondiano un latinoamericanismo, a modo de topos poiético toda la obra construye un lugar cuyo origen nace del sueño de un patriarca y donde, una vez fundado como aldea feliz, lo extraordinario se naturaliza; así por caso, la convivencia de José Arcadio Padre con el fantasma de Prudencio Aguilar, la lluvia de flores o de pájaros, el diluvio que lleva más de cuatro años en terminar, la asunción de Remedios al final de una tarde cualquiera, etc.
No obstante, en esta lista se puede sumar la presencia de los pergaminos de Melquiades que, como un elemento actancial más, atraviesa las siete generaciones de los Buendía, obligando a creer que puede haber alguien que controla el tiempo de manera tal que concentra en un instante la historia de esta familia. De suerte que aparece una obra que muestra un tiempo-otro al de la Modernidad, aquel que traspasa el devenir colectivo y que es el tiempo cíclico, caracterizado por imponer, tarde o temprano, el mismo hecho de manera reiterativa (Palencia-Roth, 1981, 1983b; Segre, 1995). En efecto, los Buendía son “un engranaje de repeticiones irreparables, una rueda giratoria”, al decir de Pilar Ternera (García Márquez, 2014, p. 392), noción que Úrsula ya había advertido cuando Macondo era una aldea próspera: “Ya esto me lo sé de memoria. Es como si el tiempo diera vueltas en redondo y hubiéramos vuelto al principio” (p. 199). Incluso, la anciana Pilar en el “burdel zoológico” y frente a Aureliano Babilonia tiene la impresión de que “el tiempo regresaba a sus manantiales primarios” al ver “un hombre óseo, cetrino, de pómulos tártaros, marcado para siempre y desde el principio del mundo por la viruela de la soledad” (p. 390).
Palencia-Roth (1983a) afirma que si hay un gran acertijo en la obra, está en lo que contienen los pergaminos de Melquiades (pp. 405-406) y, al seguir sus entrelíneas en CAS, se descubre que el texto concentró un siglo de sucesos en un solo instante; esto es, que todo lo que el lector repasa como historia progresiva en el tiempo es apenas una apariencia, pues todo existió simultáneamente, permitiendo una identidad entre el aquí y el ahora. Pero, también se comprende que esos pergaminos que aparecen en muchos episodios de la historia es la misma novela llamada Cien años de soledad. Obra, por demás, sometida a una lógica temporal bien llamativa, pues la novela, de veinte capítulos, se reinicia temática y actancialmente en el ombligo; o sea, en el décimo capítulo, sobreponiendo una lógica especular sobre la temporal: “En el capítulo primero se trata del primer Aureliano; en el décimo del Segundo; en ambos casos se alude a la muerte y al recuerdo [...]. La ficción está escrita dos veces y en forma de espejo” (Ludmer, 1985, p. 27).
Esto, que parece extraño cuando se concibe primariamente, es una sofisticada estrategia que muestra una visión cósmica que permite otear la noción de que todo el mundo macondiano reposa en un solo cuerpo escriturario, y que los lectores pueden repasar e imaginar con un solo capirotazo mental. Sin duda, es un punto de epifanía y una experiencia cósmico-mística que se acerca a la imagen del Aleph borgiano y, en ese sentido, una imagen de la eternidad (Crespo, 2012, pp. 1-3). Se madura, así, una nueva correspondencia semiótica para leer el pasado y el porvenir, a saber: si los pergaminos de Melquiades son Cien años de soledad, entonces el sánscrito es el castellano, la prehistoria es la historia, el pasado es el presente y, finalmente, “el origen también es, en el mismo punto del tiempo, la destrucción” (Ortega, 1983, p. 27). En términos más directos, se instala la hipótesis de que el progreso lineal es una mera ilusión.
No obstante, esta identidad espaciotemporal que revelan los pergaminos, y que va de la circularidad a la eternidad, ya tiene sus indicios previos en personajes como José Arcadio Buendía y Melquiades. En el primer caso, el patriarca enloquece del todo justamente porque todos los días se parecen al lunes (día del lunático); esto es, José Arcadio queda en un eterno lunes que lo hace vivir en un espacio sin tiempo. Es entonces cuando el alocado, simulando un Prometeo caribeño, espera su muerte en compañía de fantasma del asesinato, bajo un árbol de castaño.
En cuanto al lúgubre Melquiades, gracias a sus conocimientos alquímicos y sus maravillosos poderes, tiene la habilidad de volver de la muerte, haciéndose un ser trascendente y atemporal en toda la historia. Incluso, después de su segunda muerte, se aparece bajo diferentes formas. Así, por caso, a Aureliano Segundo y, luego Aureliano Babilonia; y siempre sucede en ese lugar donde el tiempo no corrompe la materia: el laboratorio de alquimia. En efecto, ese cuarto vivía suspendido en el tiempo, y nada de lo allí amparado se envejecía; así que ese cuarto también gozaba de la cualidad de ser un espacio sin tiempo. En suma, Melquiades y su laboratorio logran la inmortalidad; “sin embargo, aunque Melquíades proclama haber encontrado este secreto de la alquimia -la inmortalidad- solamente puede mantenerla a través de su herencia mediante el recuerdo, o siempre y cuando alguien lea sus escrituras” (Sparling, 2010, p. 175).
Melquiades no solo posee el secreto del tiempo sin tiempo (de la inmortalidad), lo cual no resulta insólito, pues es un alquimista; además representa el arte de interpretar, y por esto mismo su asociación con los pergaminos es pertinente. Es que, si se echa mano de la etimología del nombre, está asociada con Mercurio o plata líquida, pero también con el Dios Mercurio o Hermes, “raíz de la palabra hermenéutico, que se asocia con la interpretación de los textos sagrados, y que también se puede aplicar a textos literarios” (p. 176); tarea que, de paso, asume Aureliano Babilonia, quien descifra los manuscritos solo para morir él mismo junto a lo que queda de Macondo; esto es, el autor y todo lector en la último pergamino traducido.
A manera de cierre
Sin duda, el asunto del tiempo es cardinal en cualquier lectura profunda a propósito de CAS, algo que ya había anticipado Rama (1985, pp. 157-230). Sin embargo, la evidencia más inmediata está en el título mismo: en cien años se asiste a la génesis y al apocalipsis de un pueblo y, con esto, se inmortaliza la historia de la familia Buen-día, cuyo apellido también refiere una marca temporal, a pesar de ser, originalmente, un topónimo. Aún más, la primera línea de la obra inicia con una superposición de tiempos: el de la profecía y el concerniente a la historia, pues el futuro de un hecho pasado, y escrito en un presente, permite la narración de una anécdota, para luego avanzar y volver hacia atrás.
Pero lo más interesante es que ese tiempo se hace circular para indicar el eterno retorno de un síntoma social. La apuesta en esta reflexión es que aquel síntoma que se repite es la esencia socio-histórica de las naciones latinoamericanas, centrada en la reproducción de dos tipos de violencia: la agraria y la epistémica, desgajadas del proceso traumático de descubrimiento, fundación, colonización, institucionalización y nuevas invasiones; y que siguen, al menos en Colombia, estando presentes en el siglo xxi bajo la lógica del destierro y del opacamiento del diferente.
Se ha reiterado otrora la tesis de que Macondo es América Latina o una caricatura sociocultural del nosotros colectivo. Ahora, tras este rodeo, se puede decir que América es un conjunto de sujetos escindidos en castas sociales y, quizá por eso mismo, arrastrados por un destino trágico: la segregación entre iguales. Este conjunto humano, el 8% del a población mundial, vive repitiendo un síntoma originario, inaugurado en la Conquista y la Colonia, la de la formación socio-espacial excluyente que dejó desplazamientos y destierros, y que hace vivir al colombiano cual judío errante, recordando la otredad en reclusión, como lo insinúa el judío de CAS, que conecta íntimamente con la (auto)excluida Rebeca. Todo esto dentro de un esquema social que hace del ciudadano una sombra humana, y también un parásito social, alimentado de soledades laberínticas.
De esta suerte, las violencias agraria y epistémica actúan en la profundidad de CAS bajo la figura de una banda de Moëbius; y, como en la topo-lógica de esta cita, si bien esas dos violencias no se cruzan, son una unidad monádica, reiterándose a lo largo de su dinamismo. Es esta una de las múltiples enseñanzas de los pergaminos mismos: todo es repetible, aunque esto niegue al narrador, quien no ve otras oportunidades sobre la tierra que rodar en círculo.
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Notes