Artículos
Marginación y fantasía transgénero en “Esta es tu noche” de Mario Mendoza*
Transgender Fantasy and Urban Marginalization in “Esta es tu noche” by Mario Mendoza
Marginación y fantasía transgénero en “Esta es tu noche” de Mario Mendoza*
Estudios de literatura colombiana, no. 52, pp. 85-101, 2023
Universidad de Antioquia
Received: 21 June 2022
Accepted: 24 November 2022
Published: 31 January 2023
Resumen: “Esta es tu noche” (2004) contextualiza el trasegar del barrio Santa Fe de Bogotá (distrito rojo de la ciudad) desde la perspectiva del comercio sexual transgénero. El barrio resulta ser un nicho que recrea la simulación y la doble moral de la sociedad local. Lo anterior se revela en el dilema que tiene que enfrentar el protagonista del cuento, cuya sexualidad y ética quedan presas entre el deseo reprimido y una orden que debe cumplir. En este artículo se reflexiona acerca de la representación de personajes transgénero dentro de la reciente narrativa colombiana, y a la vez se explora la imagen literaria de una zona icónica de Bogotá.
Palabras clave: Mario Mendoza, literatura colombiana, literatura urbana, literatura transgénero, realismo sucio.
Abstract: “Esta es tu noche” (“This is your night”) (2004) contextualizes the events in the Santa Fe neighborhood of Bogotá (red-light district of the city) from the perspective of the transgender sex trade. The neighborhood portrays the simulation and double standards of local society. We see this in the dilemma the protagonist faces, whose sexuality and ethics are conflicted between repressed desire and an ordered path. While this article examines the representation of transgender characters in recent Colombian literature, it also explores the literary image of an iconic area of Bogota.
Keywords: Mario Mendoza, Colombian Literature, Urban Fiction, Transgender Literature, Dirty Realism.
Propuesta temática de Mendoza
Mario Mendoza, escritor colombiano con amplia difusión en las últimas décadas, ha diversificado su obra1 que en un principio se enfocó en recrear imágenes de la capital colombiana que recaían, como él mismo lo señaló en su momento, en el género del realismo sucio o degradado.2 Es allí donde se encuentra su mayor aporte no solo a las letras colombianas, sino también en lo que respecta a la reflexión y la problematización de la representación literaria de la Bogotá contemporánea. Mendoza, fiel a esta temática, realizó instantáneas de la vida bogotana en barrios marginales y concentró su interés creativo en las vidas de los menos favorecidos y en los rostros trasgredidos de una Bogotá fragmentada. En sus páginas se leen pinturas hiperrealistas de una sociedad y una nación desgarradas socialmente que recogen el crónico fracaso de administraciones corruptas y enceguecidas por el beneficio individual y el de sus cómplices a expensas de las mayorías arrojadas, irónicamente, al destierro dentro de su propio territorio. En ese proceso, a través de la voz de sus personajes, el autor describe en varias de sus narraciones el forjamiento de áreas marginadas en las ciudades tercermundistas donde el vicio y el comercio ilegal se convirtieron en ley, y a su vez cómo esos territorios del miedo siempre se trataron de enmascarar o disimular por ciertas elites con el objetivo de fingir una falsa equidad social:3
La generación de los noventa había llevado al extremo las propuestas del neoliberalismo incipiente de la generación anterior, y esta actitud se tradujo en la búsqueda de una limpieza y una asepsia (la pobreza era sucia y desagradable) segregacionistas. Las clases poderosas no querían ver mugre ni miseria, y como no podían encontrar soluciones acertadas y justas, se dedicaron a ocultar, a negar y a expulsar a las favelas y a los barrios de invasión el alto porcentaje de humildes y zarrapastrosos que intentaban vivir en las grandes ciudades (Mendoza, 2001, p. 219).
Siguiendo esa ruta, Mendoza ya hablaba desde el siglo anterior de un nuevo modelo de ciudad que estaba surgiendo, en el que prevalecería la mendicidad, la violencia y el abandono estatal. Urbes en las que estas zonas empobrecidas imperarían y se convertirían en la norma y no en la excepción. El desbalance económico y social de los Estados, además de la perfidia humana, facilitarían el crecimiento de este tipo de áreas que ya no solo sería frecuente en los países subdesarrollados, sino que también comenzaría a verse con mayor presencia en naciones industrializadas:
En el siglo xix la ciudad arquetipo era París. En el xx ha sido Nueva York. Ahora, a las puertas del tercer milenio, la ciudad tercermundista es el arquetipo: caos, violencia, cordones de miseria, vagabundos nómadas en busca de alimentos, niños asesinos y asesinados, habitantes de las alcantarillas, multitud de dementes por las calles... Nosotros ya nunca seremos como París o Nueva York, sino al revés. Ellas, cada vez más, se parecen a Bogotá, a Río de Janeiro o a Ciudad de México. Somos el futuro. He ahí nuestro difícil privilegio (Mendoza, 1998, p. 166).
Partiendo de lo anterior, buena parte de la narrativa del autor toma como escenario los barrios de Bogotá que en un pasado tuvieron alguna ascendencia social pero que gradualmente se fueron transformando en zonas empobrecidas o en áreas urbanas de “alto impacto”,4 es decir, zonas de comercio sexual y servicios afines. Tanto en estos lugares, esenciales para sus historias, como algunos otros cercanos a estas peculiaridades urbanas irrumpen personajes que frecuentemente presentan rasgos de locura y maldad. Según el escritor, en algunos casos lo antedicho puede ser respuesta o consecuencia del pavoroso presente en el que vivimos. En la obra de Mendoza, la sociedad y el mundo contemporáneo poco ofrecen para el bienestar del ser humano; todo lo contrario, es un universo escindido e impregnado por el egoísmo, la violencia y la perversión que agobian a muchos sectores de la humanidad al incentivar, de diferentes maneras, su autodestrucción por medio de corrupción, masacres y guerras. Todo este asfixiante presente es tierra fértil para que sus personajes exterioricen desequilibrios psíquicos y sicológicos que hasta cierto punto justifican sus brutales acciones. En ese aspecto particular referente a las características de algunos de estos individuos, conviene recordar las influencias literarias del autor e incluso algunas similitudes palimpsésticas con otras obras. Al respecto José Manuel Camacho, brinda un recorrido de esos influjos cuando examina la novela Relato de un asesino (2001) y en ella identifica vínculos temáticos con autores clásicos:
En las páginas de la novela se vislumbran numerosas influencias literarias que son utilizadas para reflexionar sobre la importancia del viaje como forma de conocimiento, sobre la incidencia de la locura en la sociedad actual, sobre la presencia del Mal, el problema de la identidad, el tema del doble o las relaciones entre la ciudad y el artista moderno. Es así como encontramos referencias explícitas a Stevenson, Conrad, Poe, Hawthome, Mutis, Melville, Homero, Defoe, Durrell o Baudelaire […]. No obstante, no es el viaje el elemento decisivo de la novela, sino el lado oscuro del personaje. En ese sentido, la obra tiene, al menos, cinco grandes referentes internos: Robert Louis Stevenson, Nathaniel Hawthome, Edgar Alian Poe, Charles Baudelaire y Ernesto Sábato (Camacho Delgado, 2005, p. 40).
Pues bien, al tener una medida concreta del contenido de gran parte de la obra del autor colombiano, podemos establecer y situar la narrativa que nos convoca y realizar una aproximación sociocrítica del relato. El cuento “Esta es tu noche”, incluido en la colección de historias denominada Una escalera al cielo (2004), posee tres elementos constitutivos que ponderan su trama para el análisis que nos interesa. Uno, el uso del espacio urbano, en este caso un barrio plenamente identificable de la ciudad con la descripción puntual de su cotidianidad. Dos, la intervención e interacción de uno de los personajes principales del relato que desafía la heteronormatividad de buena parte de la narrativa colombiana. Esta peculiaridad rompe con el esquema tradicional y no solo democratiza, sino que también visibiliza la diversidad sexual de la sociedad que penosa e intencionalmente ha sido marginada tanto en la realidad como en nuestras letras. A la vez esta condición permite, además de establecer un debate sobre la sociedad colombiana con sus problemáticas actuales, resguardar los derechos de estas minorías (Balderston, 2015, p. 184). Finalmente, y en concordancia con el punto previo, seduce dentro de la trama del cuento, el subtexto que denota el interés o el deseo del protagonista heterosexual en una mujer transgénero; pasión que podría ser compartida por muchos otros personajes en la historia pero que termina reprimiéndose de la peor manera. Lo anterior como microcosmos de nuestra propia idiosincrasia que siempre ha manifestado escrúpulos morales conservadores y excesivos ante la diferencia. Sin duda, un nuevo llamado desde la literatura, en este caso, a deconstruir el modelo tradicional de dualismo de género.
Proscenio
Si existe un lugar de la Bogotá de los últimos cincuenta años en el que se plasmen algunas de las problemáticas sociales más comunes de toda Colombia, bien podría pensarse en la vieja zona capitalina del barrio Santa Fe. En ella converge un tipo de pasado ilustre con sus casonas de otras épocas que en la actualidad solo muestran fachadas maltrechas, fusionadas con un presente que es una amalgama de delincuencia, vicio y comercio sexual. En “el Santa Fe”, como se le conoce dentro de la bogotaneidad, el caminante encuentra el impacto del deterioro urbano en cuadras y calles, yuxtapuesto a la diversión representada en bares, estruendos de música de moda, luces de neón, prostíbulos icónicos de la ciudad, droga, comercio ilegal, prostitución callejera y toda la adrenalina requerida para una palpitante zona roja ubicada en una megalópolis tercermundista.
El barrio Santa Fe sufrió una agresiva transformación urbana que en medio siglo lo convirtió en un área conflictiva con múltiples dificultades: “Santa Fe resultó ser un espacio que reúne una diversidad de habitantes, costumbres, actividades que por diferentes factores se ha transformado del cielo a la tierra en menos de 50 años” (Piñeros, 2010, p. 3). La cercanía del barrio con el centro histórico de la ciudad hace de esta zona un área en la que se congregan todo tipo de ciudadanos que por algún motivo debe circular por sus calles y fronteras, ya sea por cuestiones de trabajo, gestiones personales, administrativas, comerciales o simplemente en busca de diversión. En el mapa de Bogotá, el Santa Fe comprende una especie de trapecio que demarca límites con otras zonas comerciales de la ciudad, pero que gana protagonismo por el ejercicio de los servicios sexuales que ofrece de manera legal desde la administración del exalcalde Antanas Mockus:
El barrio Santa Fe está ubicado en la Localidad de los Mártires (centro de Bogotá), en la UPZ (Unidad de Planeamiento Zonal) 102 de La Sabana. Este barrio se sitúa entre las calles 26 (norte) y 21 (sur, contiguo a los barrios La Favorita y el Listón); y, entre la Av. Caracas (este) y los barrios La Florida y Samper Mendoza (oeste). Tiene aproximadamente 13.56 hectáreas (SDP, 2009). Actualmente es una Zona Especial de Servicios de Alto Impacto (ZESAI) para el ejercicio de la prostitución. Si bien, desde el año 2002 (alcaldía de Antanas Mockus), este sector viene siendo considerado oficialmente como una zona de características normativamente especiales, entonces denominada Zona de Tolerancia, desde hace más de 40 años se han establecido negocios de prostitución en el barrio (Pérez, 2013, p. 28).
Es de esta manera, con alusión a las coordenadas del barrio Santa Fe, que el cuento de Mendoza empieza a moldear el escenario en donde se presentará la acción. A partir de un par de párrafos iniciales emerge uno de los protagonistas del relato, el sargento Ciro Barajas, que, en una noche de asueto, alicorado y deprimido, deambulando por los vericuetos de la zona, es interceptado por un atracador: “Una llovizna fina intermitente caía diagonal sobre el centro de la ciudad. Al voltear la esquina de la calle veintidós un hombre se abalanzó sobre él y, sin darle tiempo para reaccionar, le puso una navaja en la boca del estómago” (Mendoza, 2004, p. 77). Es en ese instante que surge la figura de Gina, una prostituta transexual que lo auxilia y evita el robo. Desde ese momento se establece una amistad con algunos guiños de atracción entre el agente y la mujer trans, relación que brevemente, a pesar de los prejuicios, se fortalece y que comentaré más adelante en este artículo.
En la narración, al especificar algunos límites de esta zona de tolerancia capitalina, pero sin nombrar concretamente al barrio Santa Fe -como frecuentemente lo ha hecho en otras narraciones-, el autor dibuja las ejecutorias de este sargento que en conjunción con sus subordinados suelen patrullar la cuadra de prostitutas trans del barrio realizando redadas y controlando la seguridad de la zona. Es ahí en donde Mendoza, directa o indirectamente, contextualiza parte de la narración al situar el vínculo entre Barajas y Gina en el sector callejero donde las prostitutas trans laboran. Recordemos una de las preguntas del sargento a la mujer luego de que lo salvara del asalto: “¿No deberías estar en la calle de abajo con los demás travestis?” (p. 79). La inquietud de Barajas hace alusión a la cuadra asentada entre las calles 19 y 20 con carrera 16, espacio, dentro de la cartografía del barrio, asignado para la prostitución transexual (importante recordar el final de la historia cuando Barajas y Estévez van directamente a esa cuadra, detallando la dirección, a ajusticiar a las mujeres). En ese entorno Mendoza instaura una especie de complicidad con elementos de amistad y deseo entre los dos protagonistas del relato, y entroniza este encuentro de dos desconocidos al decorar su potencial romance en medio de las calles polvorientas, reventadas e inseguras de una barriada bogotana. Aquí es quizá en donde el cuento reflexiona acerca del rompimiento o quizá la reivindicación de las relaciones alejadas a la heteronormatividad o al binarismo tradicional hombre-mujer. De esta manera, el barrio Santa Fe resulta ser el lugar óptimo para dicho encuentro, que encarna una resignificación de este espacio urbano, distanciado de su estigma de ilegalidad o del estereotipo del mero comercio sexual. Por el contrario, esta vez el escenario cobra otra trascendencia ahora como espacio de idilio. Lo anterior se constata en una respuesta que el autor ofrece en una entrevista, refiriéndose a esta zona de tolerancia, la cual caracteriza como un entorno urbano en el que no solamente se realizan transacciones sexuales mediadas por el frío dinero, sino que también se distingue por ser un medio urbano en el que la amistad y un posible amor (como lo leemos en la narración) pueden florecer:
AB. Usted habrá conocido zonas de tolerancia en Europa, en Asia o en muchas partes del mundo, ¿qué tiene de especial esta zona en Bogotá para ser merecedora de tantas páginas en sus libros? MM. Bueno, primero que es mi gente, que es mi país, que me siento por supuesto ligado a ellos y no me puedo sentir ligado de una manera tan directa a una zona de tolerancia en Holanda o una zona de tolerancia en Bélgica. Pero independientemente de eso creo que aquí hay algo muy curioso y muy particular y es que aquí no hay profesionalismo en la prostitución, por fortuna. Usted llega a un lugar de esos y no lo atiende una profesional, lo atiende una mujer con quien dos días después se puede estar tomando un café y esa mujer no se ofrece para usted solo a nivel de cuerpo, esa mujer termina contándole su vida, esa mujer termina bailando con usted, esa mujer puede terminar salvándolo en un momento de dificultad. Creo que ese no profesionalismo del barrio Santa Fe lo convierte en algo tan humano, en algo tan enternecedor, tan conmovedor y memorable para uno. Estas personas están desprotegidas, pero lo dan todo, lo entregan absolutamente todo, son ellas una lección de generosidad que nadie tiene con uno nunca (Bernal, 2018, pp. 253-254).
Basado en lo anterior es claro que Mendoza crea un vínculo especial con este escenario que le sirve de proscenio para desarrollar sus historias. De acuerdo con lo enunciado surge la hipótesis bajo la cual, más allá de los encuentros entre clientes y prostitutas, en esta zona de Bogotá, conocida ampliamente en el imaginario colectivo como un espacio negativo y estigmatizado por las actividades que allí se ejecutan, emergen sólidos lazos de amistad y confraternidad. Es en ese tránsito en donde los personajes se cruzan y la narración cobra su clímax.
Desde luego, es importante repensar los orígenes de esta parte de la ciudad para contar con un panorama amplio de sus condiciones y peculiaridades, y de esta forma entender tanto la trama del relato como su contexto histórico.5 Siguiendo brevemente ese itinerario, podemos mencionar que el barrio Santa Fe, ubicado en la localidad de Los Mártires, cobró especial atención desde la construcción del Cementerio Central (1836), espacio que por décadas fue el más relevante de Bogotá en su género. El camposanto colindaba con varias cuadras prestantes en las que vivían diferentes familias de abolengo. Incluso, algunas comunidades judías hicieron parte de la zona por algún tiempo. De ahí que el Santa Fe tuviera un origen acomodado, aunque poco a poco fue transformándose, como ha sucedido con diversos sectores de la ciudad, hasta convertirse en una zona comercial que con el correr de los tiempos, y con la migración de familias hacia los barrios del norte en búsqueda de seguridad y zonas campestres, terminó en una suerte de collage que acoge actualmente distintos tipos de comercio, pero emblemáticamente aquellos de servicios sexuales: “Al mismo tiempo, el centro tradicional de la ciudad había entrado en un deterioro creciente por el abandono de los antiguos moradores que, al no tener acceso a vivienda apropiada en el barrio, optaron por trasladarse a los nuevos barrios del norte y del occidente de Bogotá” (Rodríguez Silva, et al. 2004, p. 11).
Continuando con la narración, los siguientes encuentros relacionados con los protagonistas toman lugar en el mismo escenario -el barrio que actúa como el eje de los mismos- ya sea por medio de las redadas de la Policía en cabeza de Barajas, o a través del espacio de vivienda de Gina, la prostituta trans que reside en el área y que a partir del primer encuentro con el sargento inicia un mayor acercamiento con él. A lo largo del relato el barrio interviene como personaje menor con su vivacidad y dinamismo.
“Esta es tu noche”, como el título lo menciona, lleva al lector a recrear la atmósfera de la historia a partir de la oscuridad y de las penumbras que como testigo y entorno facilitan las citas de los personajes necesitados del anonimato. Para Gina y Barajas este tipo de relaciones que los pondrían en controversia no es permitido socialmente, en especial para la hombría del sargento: “Si sus compañeros de trabajo supieran que usted me conoce, comenzarían los chistes y las frases de doble sentido… Y aunque yo sea una mujer física y mentalmente, su virilidad se vería cuestionada” (Mendoza, 2004, p. 83). Por otro lado, para Gina sería inadmisible su relación con un representante de la autoridad que más que proteger a esta minoría, es identificado como un abusador.
Además, en este análisis referido al espacio resulta válido integrar que el cuento, en buena parte de su desarrollo, tiene lugar dentro de ese anonimato protegido por el crepúsculo. El barrio Santa Fe no podría perder tal condición, pues su vitalidad radica en la noche, en los chorros de luces de los establecimientos y de los autos de los clientes que dan rondas por las calles esperando ingresar a un bar o contratar un o una trabajadora de la noche. Esa fusión de zona roja y oscuridad resulta acertada para la pintura que el autor desea desplegar por medio de la cimentación de un encuentro cuestionado socialmente entre dos personajes que, entendidos como antagonistas, logran en la historia compartir un mutuo secreto.
Fantasía trans y simulación
La historia que nos ocupa desde su inicio quiebra y cuestiona los esencialismos del mundo tradicional en términos de sexualidad. Bien sabemos que existe una normatividad cultural impuesta que articula y categoriza de manera estricta los vínculos entre sexo, género, identidad, deseo e incluso placer. Tal sistema conservador, que por mucho tiempo fue culturalmente aceptado sin mayores cuestionamientos, regulariza y reduce la sexualidad a relaciones heterosexistas binarias: “la cultura occidental tradicional asume que el sexo y el género son absolutos:6 hombre y mujer, sin ninguna posibilidad de variación” (Salin, 2008, p. 93). En este caso, el apoyo teórico que nos facilita el entendimiento y análisis de las relaciones que surgen en la trama de “Esta es tu noche”, se apoya en los múltiples postulados de la teoría Queer, que logra una posición no solo teórica, sino también claramente política en virtud de controvertir y debatir esa heterosexualidad determinada. Al respecto, Judith Butler (2002) nos habla de la diversidad en la que vivimos y cómo las identidades fijas y esos esencialismos anacrónicos en el ahora pierden todo fundamento; de hecho, se controvierte de por sí el concepto de identidad:
Uno podría sentirse tentado a decir que las categorías de identidad son insuficientes porque toda posición de sujeto es el sitio de relaciones convergentes de poder que no son unívocas. Pero tal formulación subestima el desafío radical que implican esas relaciones convergentes para el sujeto. Pues no hay ningún sujeto idéntico a sí mismo que cobije en su interior o soporte esas relaciones, no hay ningún sitio en el cual converjan tales relaciones. Esta convergencia e interarticulación es el destino contemporáneo del sujeto. En otras palabras, el sujeto como entidad idéntica a sí misma ya no existe (p. 323).
Al fijar esta concepción de la sexualidad como principio fundamental que describe las relaciones entre los diferentes individuos, las posibilidades vinculantes son múltiples y se sustentan en una diversidad que, aunque siempre existió, tan solo en las últimas décadas ha sido reivindicada y restituida. Lo anterior ayuda a dar comprensión y una lectura mucho más democrática al nudo afectivo que enlaza a los protagonistas del relato. Hablo, entonces, de la amistad y la atracción que se inicia a partir del auxilio que Gina le brinda al sargento evitando que lo atraquen en una de las calles del barrio, y cómo desde ahí se va forjando una nueva relación. Recordemos que tras aceptar una primera invitación de la mujer, Barajas le confiesa su dramática situación económica y ella, tiempo después, lo vuelve a ayudar, pero de otra manera:
Gina se acercó a Barajas y le tendió un paquete pequeño envuelto en papel cartón. -¿Qué es esto? -Un acto de solidaridad y de respeto con usted. Barajas se quedó quieto con el paquete en la mano. -Ábralo, sargento. -Tú sabes que yo no puedo recibir regalos. -Por favor, Barajas rasgó con suavidad el papel y aparecieron, bien ordenados y compactos, varios fajos de billetes de distinta denominación (Mendoza, 2004, p. 84).
Uno de los momentos más reveladores de esta amistad, principio de una relación sentimental, se desarrolla a través del desconocimiento que Barajas tiene ante el hecho de relacionarse con una mujer trans que lo ha ayudado. Para el sargento la condición de Gina es descrita como se suele denominar a las personas trans muchas veces desde la perspectiva de la ignorancia. Barajas la tipifica como una travesti callejera y refuerza de esta manera un estereotipo que se nutre de la superficialidad y que está basado en la marginación y la estrecha relación de esta circunstancia con la actividad sexual que muchas mujeres trans se ven obligadas a ejercer.
-¿No deberías estar en la calle de abajo con los demás travestis?
-Yo no soy travesti. -¿Entonces? -Transexual. -Ah, estás operado. -Operada, gracias (p. 79).
La percepción que tiene el sargento de Gina en la narración parece ser un claro guiño que realiza Mendoza para ilustrar la incomprensión que posee buena parte de la población que ha sido educada estrictamente dentro del marco de una cultura que solo reconoce como natural o normal el binarismo y los esencialismos conservadores en términos de género. Ese es el binarismo de género que el autor de manera explícita intenta evidenciar -si no denunciar- por medio de la historia. Esa categorización, que rígidamente establece naturalezas excluyentes en las que los individuos precisan estar inmersos sin mayor debate, sigue modelos culturales dictándoles a las personas cómo han de entenderse y mostrarse ante los demás. Tal construcción ideológica es la que aún persiste en algunas comunidades que se modelan bajo los conceptos todavía de masculino y femenino, entre otros binarismos.
La investigación, reflexión y debate alrededor del género han conducido lentamente a plantear que las mujeres y los hombres no tienen esencias que se deriven de la biología, sino que son construcciones simbólicas pertenecientes al orden del lenguaje y de las representaciones. Quitar la idea de mujer y de hombre conlleva a postular la existencia de un sujeto relacional, que produce un conocimiento filtrado por el género. En cada cultura una operación simbólica básica otorga cierto significado a los cuerpos de las mujeres y de los hombres. Así se construye socialmente la masculinidad y la feminidad (Lamas, 2000, p.4).
El cuento, entonces, propone esa fisura con la tradición instituida que se manifiesta cuando Barajas responde inseguro pero interesado frente a la ayuda que le brinda Gina, y a su vez no se muestra indiferente ante los requiebros de la mujer. Tanto Gina como el sargento poco a poco se ven sumidos en una atracción que, pese a ser real, cultural y socialmente está condenada. Y aquí nace el cuestionamiento -al menos en cuanto al deseo sexual- que se debe hacer el personaje. Dicho protagonista, representante de la ley, es dibujado por Mendoza con los rasgos del machismo típico de nuestra cultura, y además caracterizado con los fuertes atributos que debe ostentar un estereotipado policía de nuestra sociedad que siempre tiene que mostrarse muy masculino y dictatorial:
Durante la semana siguiente Gina y Ciro Barajas se vieron muchas veces en la zona de tolerancia. El sargento la trataba con seriedad y distancia, pero siempre, bien fuera al comienzo o al final de la entrevista, había un instante, imperceptible para los demás, en el que la miraba con secreta camaradería. Esos momentos no pasaban desapercibidos para ella, quien, a través de una ligera sonrisa o de una mirada penetrante e intensa, se encargaba de regresar los mensajes de afecto y amistad (Mendoza, 2004, p. 86).
El interrogante que parece ser una simple prueba de su condición de hombría cuestiona toda una larga trayectoria aprendida en lo referente a ser “hombre”. Una incertidumbre profunda que en términos de sexualidad desafía a la sociedad y a la cultura heterosexista hegemónica. En el relato, el personaje no resiste esta querella interna que lo enjuicia y reacciona, quizá como muchos hombres lo harían en tales circunstancias, negando lo que siente, haciendo caso omiso a su presente, acatando y siguiendo dócilmente lo que su educación y su mundo le han impuesto. Hablamos de aquella simulación que varias veces se le ha adjudicado a buena parte de las sociedades colombianas. El aparentar lo que no se es, lo que no se siente, como si se tratara de una ventaja o una credencial ante los demás, “Es un defecto que nace del sentimiento de inferioridad” (Ospina, 1997, p. 23). Tal simulacro resulta ser una particularidad que se asume desde lo económico, racial y en este caso sexual. En Colombia se ha enseñado que los hombres exitosos en todos los ámbitos deben reconocerse o aspirar a hacerlo preferiblemente como individuos blancos, económicamente pudientes (o con un pasado acomodado, si este es extranjero aún mejor), y sobre todo, muy machos, capaces de coleccionar decenas de faenas amorosas de orden heterosexual. Alguna variante de este imaginario sería entendida como una señal de debilidad, y mucho peor si es en el aspecto sexual. Tal postura, sin duda, es el fundamento de la discriminación y la segregación en la que se ha normalizado todo tipo de violencia e intolerancia: “Desde muy temprano en nuestro país se dio esa tendencia a excluir y descalificar a los otros, que nos ha traído hasta las cimas de intolerancia y de hostilidad social que hoy padecemos” (p. 24). Espejo de ese mundo es en el que vive Barajas; al hacer parte de esa cosmovisión, la asume como una verdad cuando Gina se lo advierte y recuerda: “Yo sé que un transexual no es bien visto socialmente. Somos motivo de desprecio y de burla. Por eso acercarse a alguien como yo produce vergüenza” (Mendoza, 2004, p. 83). En medio de su dilema, el personaje masculino sabe que, a pesar de la potencial atracción que siente por Gina o simplemente por el deseo de entablar una amistad con ella, su masculinidad estaría en entredicho y que corre el riesgo de perder mucho más de lo que podría ganar. De esta forma, Barajas termina liderando una mal llamada “limpieza social” en el barrio Santa Fe, encomendada por uno de sus superiores, y asesina brutalmente a Gina. En este penoso pero realista desenlace de la historia surge otra de las problemáticas culturales propias de nuestra nación: asesinatos por encargo cuyos orígenes nacen de una voz poderosa aparentemente no identificable. En “Esta es tu noche”, la orden suministrada por un capitán de la Policía que debe cumplir el sargento en verdad emana de un político influyente, cuyo hijo estuvo vinculado con personas trans y habría terminado asesinado en circunstancias indeterminadas:
El hijo de un importante senador de la República fue asesinado por un travesti anoche. La idea es capturar en la calle a varios de esos maricones, tú sabes, esos pervertidos que andan por ahí haciéndoles daño a las buenas costumbres, y sentar un precedente. Los llevas al río Tunjuelito y los desapareces. Eso es todo (p. 87).
En consecuencia, el acercamiento del uniformado a Gina queda reducido, por un lado, a un crimen premeditado que él mismo comete y, por otro, a un espejismo que como su nombre lo indica se simplifica en una ficción o a un hecho netamente ilusorio, acaso una fantasía sexual que obviamente jamás se consume. En el accionar del hombre se yuxtapone su hombría mal entendida -concepto ideológico aprendido- sobre un deseo o curiosidad por descubrir, dialogar o quizá intimar con una mujer trans. Efectivamente, los prejuicios y la simulación, como lo he mencionado antes, logran sostenerse en pie a pesar de lo que el protagonista masculino vive y experimenta. Además de no sobreponerse a esa mácula cultural del machismo, Barajas cumple penosamente el pedido de realizar un asesinato a sangre fría, y aunque nervioso y titubeante, no duda en acatar el despiadado mandato: “Las pocas fuerzas que le quedaban logró reunirlas en su brazo derecho, en su mano, en su dedo índice. Disparó” (p. 93).
Representación
En su libro Los caminos del afecto Daniel Balderston (2015) afirma que “lo que define la literatura queer colombiana de los últimos años es un tono jocoso y gozoso” (p. 183). Balderston, riguroso investigador de este tipo de literatura no solo en Colombia sino en América Latina, examina cuidadosamente la tradición de este género en las letras colombianas y en lo concerniente a la cronología de estas décadas recientes descubre una celebración o una especie de festividad algo contestataria ante esa protocolaria, religiosa y católica idiosincrasia colombiana que siempre ha manejado un discurso público pacato y vergonzante en estos temas, pero que en el discurso privado esgrime solapadamente opciones más liberales. En su texto el investigador norteamericano comenta la novela, tipificada por él mismo como bestseller, Al diablo la maldita primavera (2003) de Alonso Sánchez Baute. En ella encuentra al personaje principal como un individuo que realmente puede fortalecer algún estereotipo homosexual y que se sumerge más en un performance del homosexualismo que en una realidad más convincente. Dicho personaje juega más a ser un homosexual ruidosamente afeminado, con ínfulas de diva y drag queen, cuyas aventuras y anécdotas en Bogotá parecen más espectáculo que vivencia. Y cito el comentario de Balderston inicial y el de esta novela en particular, porque Edwin Rodríguez Buelvas, protagonista de la novela, es quizá uno de los personajes homosexuales con mayor éxito en la literatura colombiana del último tiempo que se acerca más a la representación trans que analizo en este estudio. Sin embargo, aclaro, para no caer precisamente en deslices de designación, que el personaje de Sánchez Baute no es una mujer trans, es un homosexual inclinado al travestismo y al cross-dressing. Y aunque la observación de Balderston en cuanto al tono jocoso y gozoso de esta literatura es válida, existen personajes cercanos y paralelos en cuentos y novelas escritas en los últimos veinte años que en el contexto especifico de las mujeres trans muestran una fuerte carga de dolor y discriminación.
Unido a esto es substancial observar que dentro de los estudios Queer en Colombia no existen muchos acercamientos académicos dedicados al análisis de la representación de personajes trans en la literatura nacional. La personificación literaria tanto de mujeres como de hombres trans nunca ha sido abundante, y aunque se evidencian en aumento en los últimos años, los estudios académicos al respecto en el pasado eran ausentes. En verdad, es incierta también una taxonomía de dichos personajes en de las letras colombianas. La literatura colombiana no cuenta con la gran novela cuyo protagonista sea un personaje transgénero.7 De forma general, un referente concreto es la narradora trans del cuento de Andrés Caicedo “Besacalles”, que se camufla durante toda la trama del relato y sorprende al lector cuando solamente al final exterioriza como una trabajadora sexual transgénero. De igual manera, el mismo Mario Mendoza tanto en sus novelas Scorpio City (1998) y Relato de un asesino (2001) como en Lady Masacre (2019) construye con marcado realismo encuentros y desencuentros con este tipo de personajes. En el primer caso sucede cuando el protagonista, el detective Sinisterra, mientras escucha la radio en la noche, fija su atención en la llamada telefónica de Samantha, una prostituta transexual del barrio Santa Fe que se comunica con la emisora en el contexto de un programa radial de temáticas paranormales, indagando por la existencia de homosexuales, travestis o transexuales en otros planetas (Mendoza, 1998, p. 82). El segundo acontecimiento sucede al narrarse la vida del personaje principal de la novela que vive en una casa de inquilinato en el barrio Las cruces de Bogotá, donde cohabita con diferentes individuos marginados de la sociedad, entre ellas Lulú, una prostituta transgénero que frecuenta las calles del barrio Santa Fe en las noches y que suele regresar a casa lastimada repetidamente debido a las palizas propinadas por la policía. El desenlace de Lulú no puede ser más desgarrador, pues acaba sus días ensangrentada agonizando en un camastro (Mendoza, 2001, p. 148). Y finalmente, en el tercer texto el autor erige una coprotagonista que es una luchadora transexual, Gabriela López Merizalde, residente del barrio Santa Fe, quien se ve inmiscuida en una relación sentimental con un político corrupto perteneciente a las altas esferas capitalinas, al cual termina asesinando.8 Al final de la novela Gabriela explica su condición con propiedad: “No sé si entiende. Lo que quiero decir: las demás nacieron mujeres y les parece normal ser así, a mí me tocó hacerme mujer y de ahí que tenga las facultades femeninas más marcadas” (Mendoza, 2019, p. 155). La representación de una mujer transgénero en esta novela ha brindado también la posibilidad de integrar el contexto histórico de la narración, época en la que el presidente era Álvaro Uribe Vélez, administración que estaba directa o indirectamente relacionada con el paramilitarismo y los excesos de las fuerzas armadas. Es decir, en ese marco el personaje de Lady Masacre resulta ser víctima no solo por la discriminación machista -un elemento fundamental de nuestra cultura-, sino además por la ideología brutal de nación que se vivía en ese entonces bajo la doctrina uribista:
El personaje de Gaby, una transexual de la más baja extracción social, representa todo lo que la ideología patriarcal y heterosexual que fundan los conceptos de una nación considera como innatural y encarna así una doble exclusión del sistema social colombiano. Por lo tanto, se convierte en una sobreviviente del extremismo que intentó imponer en su momento el modelo político paramilitar. Esta doble exclusión es proferida por las instituciones “viriles” del Estado que la consideran un miembro sin una identidad oficial femenina o masculina, y, por ende, un ser improductivo para el sistema en términos biológicos y sociales (Aluma-Cazorla, 2020. p. 13).
Dentro de estas representaciones referidas a la realidad colombiana, y en especial al conflicto armado, vale la pena también mencionar la crónica titulada “Espérame en el cielo, capitán¨ (2004), escrita por el periodista Jorge Enrique Botero y referenciada por el crítico Balderston (2015):
Narra la intensa e increíble vida de un joven travesti que es reclutado por el ejército colombiano y luego secuestrado por la guerrilla con otros soldados de su tropa, y que se enamora de su capitán cuando la guerrilla los tiene enjaulados al sur del país, la homosexualidad es un factor central que permite explorar la masculinidad y la femineidad, las relaciones de clase, los conflictos de familia y las crisis políticas y económicas del país (p. 184).
De lo anterior, es manifiesto notar que la agitada y conflictiva realidad colombiana, hablando en términos políticos, sociales y económicos, no se desprende de las desdichas que afronta la comunidad trans, sino que es parte de un todo intolerante y violento. Sin embargo, podría uno pensar que, al menos en la literatura que tiene amplio apoyo editorial y comercial,9 en las últimas dos décadas el autor Mario Mendoza ha sido un gestor constante que, desde la realidad, articula e inserta a mujeres trans en sus obras a través de la perspectiva de la marginación y el estereotipo social, enfundado comúnmente en la prostitución callejera para brindarles voz y visibilidad a sus dramas y desventuras diarias.10
Se esperaría, como avance de nuestra sociedad y cultura, que la figuración de personajes trans en la literatura nacional asuma en el futuro cercano otra realidad y se libere de los moldes establecidos en los que se les ve siempre en roles de marginación. Desde luego, para cambiar este paradigma de representación en la ficción tendría que existir un cambio más acelerado con respecto a sus circunstancias, condiciones y escenarios sociales. No sobra reiterar que la figuración de las personas trans en nuestra literatura y en los medios ha sido mayoritariamente enfocada en las mujeres transgénero. Por el contrario, la de los hombres trans es mínima o desconocida.
Colofón
La historia “Esta es tu noche” ha permitido un estudio del espacio urbano como lugar fundamental dentro del desarrollo del relato. El cuento se concentra y brinda un paneo del legendario barrio Santa Fe de Bogotá, zona identificada en del imaginario colectivo como sitio de diversión adulta, eufemismo para directamente designar todas las variedades del comercio sexual. El Santa Fe brilla cual microcosmos del deterioro urbano y la marginación social debido al fracaso de los procesos de modernización urbana y a las políticas de inversión e inclusión social. A su vez, y como tema primordial, se abordaron las relaciones de los protagonistas que desafían la heteronormatividad en la ficción y en la realidad. De esta manera, el texto democratiza y visibiliza la diversidad sexual de la sociedad y enfatiza la participación de los individuos trans. En consecuencia, lo anterior actualiza las problemáticas sociales y económicas de la sociedad colombiana. Conectado a esta temática, existe en el cuento un subtexto que revela el deseo del protagonista masculino heterosexual en una mujer transgénero; deconstruyendo de esta forma el modelo tradicional binario entre sexualidad femenina y masculina. Finalmente, el estudio de este relato permitió hacer un sondeo del tipo de representación de los personajes trans en la reciente literatura colombiana.
Referencias bibliográficas
Aluma-Cazorla, A. (2020). Representación, visibilización y resistencia de las “otras” víctimas del conflicto armado en Colombia. Revista de Estudios Colombianos 55, pp. 9-18.
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Mendoza, M. (2001). Relato de un asesino. Bogotá: Planeta .
Mendoza, M. (2004). Una escalera al cielo. Bogotá: Planeta .
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Notes