Entrevista
Luis Fayad: la sencillez de las palabras*
Luis Fayad: Simplicity of Words
Luis Fayad: la sencillez de las palabras*
Estudios de literatura colombiana, no. 52, pp. 201-218, 2023
Universidad de Antioquia
Received: 05 January 2023
Accepted: 19 January 2023
Published: 31 January 2022
Antes de entrar en diálogo con Luis Fayad, uno podría formarse una idea equívoca respecto a ese hombre de modales siempre delicados, sobrios, que antes de la sonrisa ofrece una figura tocada por un aire de tristeza o de nostalgia, pensaría uno, un poco circunspecto quizá, con una estampa que podría hacernos pensar en un cuervo a la hora del ocaso. Pero una vez iniciada la conversación con el maestro, esa imagen sufre un cambio rotundo, pues entonces se descubre a un hombre lleno de cortesía y calidez en el trato, y si todavía lo asociamos al cuervo es solo en la certeza de que, para algunas culturas, esta ave ha sido emblema de la reflexión y la memoria. Hablar con él es descubrir a una persona sencilla y afable que rompe con cualquier estereotipo que se pueda tener frente a un escritor de su trayectoria.
El escritor, poeta, crítico, periodista y traductor Luis Fayad nació en Bogotá en 1945; cursó varios semestres de sociología en la Universidad Nacional de Colombia; cuando tenía unos treinta años se marchó a París y ya nunca regresó a vivir en su país. A la ciudad natal vuelve de visita con cierta frecuencia, al menos una vez por año, pero hoy su casa está en Berlín, donde vive con María Rosario, más conocida por sus cercanos como Charo, con quien formó hogar desde hace ya unos 45 años, y con el hijo menor, Diego.
Con Charo y Darío, el hijo mayor, llegaron a Berlín a mediados de los ochenta cuando Fayad fue invitado por el gobierno alemán a una estancia de un año a través de una beca de intercambio cultural, y allí se quedaron, en una urbe a la que él describe como una ciudad “muy grande, morrocotuda, casi como una muñeca, pero muy agradable […]. Me gusta mucho la movilidad de Berlín, me parece bastante dulce. A veces me parece como una niña indefensa a la que dan ganas de acariciarla, de llevarla de la mano” (Perfiles de Berlín, 2018).
Reconocido por sus cualidades como novelista desde que apareció Los parientes de Ester en 1978, prestigio que seguiría cultivando con Compañeros de viaje (1991), La caída de los puntos cardinales (2000), Testamento de un hombre de negocios (2004) y Regresos (2014), Luis Fayad también tiene una amplia trayectoria como cuentista; de hecho lo primero que publicó fueron dos cuentos, uno en Lecturas Dominicales de El Tiempo y otro en la revista Letras Nacionales, en 1966; ha publicado los libros de cuentos Los sonidos del fuego (1968), Olor de lluvia (1974), Una lección de vida (1984) y Un espejo después (1995); también ha incursionado en ese género que todavía no tiene traducción precisa al español, puesto que no encaja propiamente en el cuento ni en la novela, y que seguimos reconociendo bajo el término francés de nouvelle, con las obras La carta del futuro y El regreso de los ecos (1993); también tiene una amplia producción periodística, pues el periodismo es otro de sus amores. El escritor y crítico Fabio Rodríguez Amaya (2012) ha dicho, a propósito de sus cuentos: “Ante todo considero un deber constatar que Fayad nace como cuentista. Pero no como un cuentista más, sino como un maestro del género de lo que da muestra incontrovertible con su libro de exordio Los sonidos del fuego (1968) que tanto nos animó e interrogó en su momento” (párr. 3).
En un estudio sobre las percepciones de Bogotá en sus cuentos, Cristo Rafael Figueroa (2009) concluye:
Después de recorrer la cuentística de Luis Fayad entre 1968 y 1995 es claro el cruce de dos procesos mutuamente conectados en su interior, el de escritura con sus correspondientes dinámicas expresivas y el de la captación problemática de un espacio urbano, Bogotá entre los años sesenta y ochenta, metamorfoseada luego en cualquier urbe contemporánea. El primero incluye transgresión de modelos narrativos, cuestionamiento de estructuras canónicas y diversidad de formulaciones textuales; el segundo vierte y revierte las asimetrías existentes entre modernización económica y modernismo cultural, las cuales relativizan y fragmentan el proyecto moderno de la capital colombiana, que al transformarse de aldea grande en metrópoli, ocasiona conflictos sociales, crecimientos heterogéneos, hibridaciones o surgimiento de subculturas (p. 305).
En cuanto a sus novelas, Los parientes de Ester presenta el drama de un hombre de clase media, luchando por la supervivencia, y lidiando con sus conflictos familiares, en medio de su recién adquirida viudez. Juan Gustavo Cobo Borda (2010) la definió como
[…] una de las novelas más reveladoras de la nueva narrativa urbana, ambientada en Bogotá: Los parientes de Esther. Novela de diálogo y pequeñas existencias empeñadas en sobrevivir, entre los tortuosos escalafones de la burocracia y la lucha tenaz, día a día, para alcanzar las tres comidas diarias en esos hogares de clase media, sostenidos por una estropeada dignidad, y la llegada inexorable de la jubilación y la vejez (p. 150).
Una novela que causó impacto no solo por la perspectiva realista con la que logra retratar la Bogotá de finales de los sesenta, sino, sobre todo, porque en 1978, año de su primera edición, lograba abrirse campo en un ámbito editorial español que en aquella época seguía obnubilado por el hoy famoso boom latinoamericano comandado por autores como el Gabriel García Márquez de Cien años de soledad o el Mario Vargas Llosa de La ciudad y los perros.
Así evocó Ricardo Bada (2019) la llegada de Los parientes de Ester a las librerías españolas:
Aún recuerdo el revuelo que se armó en 1978 cuando un escritor bogotano de nombre Luis Fayad, a la edad de Cristo, con 33 años, publicó en Madrid una novela titulada Los parientes de Ester. ¡Por fin adiós al realismo mágico, por fin alguien que recogía la antorcha de Juan Carlos Onetti y nos metía de lleno en el realismo urbano, en la auténtica y cenicienta realidad de las megalópolis de América Latina! (párr. 1).
A partir de lo que enuncia Bada, podemos afirmar que el escritor bogotano es más bien lo que podríamos llamar un escritor antiboom: “Luis Fayad es todo lo contrario del autor de diseño que quieren las editoriales al uso. Él escribe a su ritmo, y termina sus libros con independencia de compromisos temporales urgidos por el pago de un anticipo…, que así le luce el pelo a la literatura en lengua española de nuestros días” (párr. 3).
En cuanto a la vigencia que ha mantenido esta novela después de más de cuatro décadas de su publicación, Clara Riveros (2018) concluye:
[…] es una novela que marcó un punto de inflexión respecto a la etiqueta de exotismo instaurada por el “realismo mágico” y el casi encasillamiento de la literatura colombiana. […] Lo que hizo Fayad con Los parientes de Ester fue romper con los estereotipos, es decir con esa imagen e idea aceptada y extendida respecto al carácter inmutable de la literatura y de los escritores colombianos, impregnando su obra con un estilo realista y teniendo como epicentro de los acontecimientos la ciudad en su cotidianidad. […] El autor ubica al lector en un tiempo y espacio determinados, Bogotá a finales de la década de 1960, lo que otorga una fuerte dosis de realismo a la historia y a sus protagonistas que ilustran y describen con mordacidad la realidad que les rodea (pp. 16-17).
En Compañeros de viaje (1991), su segunda novela, cuenta la historia de las luchas estudiantiles de los años sesenta protagonizadas por un grupo de muchachos de la Universidad Nacional de Colombia, en una evocación de la época universitaria en la que fue estudiante de sociología, y donde presenta “someramente las inquietudes políticas de esta generación colombiana” (Rodríguez-Vergara, 1991, p. 43). Una obra en la que uno de los méritos del autor es “no convertir una época en un panfleto político y de despertar nostalgia de años muy significativos en la historia universitaria” (p. 43).
En La caída de los puntos cardinales (2000), su tercera novela, Fayad reconstruye las vidas de seis jóvenes libaneses que emigraron a Colombia a finales del siglo xix, en unas historias que van formando una trama que lo llevan a uno a pensar en los abuelos libaneses de Fayad, que también llegaron a Colombia por esa misma época, según lo ha contado el escritor: “Mis abuelos paternos se instalaron primero en Honda, por el provecho del río Magdalena, y después en Bogotá, mis abuelos maternos se instalaron primero en Honda, después en Facatativá y después en Bogotá” (citado en Riveros, 2018, p. 24).
Testamento de un hombre de negocios (2004), la preferida del autor, según nos lo confiesa, gira en torno a una familia inmersa en el oscuro mundo del narcotráfico. Una novela que “supone un intento verdaderamente original y renovador dentro de la narrativa del narcotráfico”, a juicio de José Manuel Camacho (2018, p. 636), quien la califica como una obra “de gran virtuosismo técnico” (p. 637).
Si se le pregunta por los escritores que considera han tenido mayor influencia en su trayectoria, Fayad afirma:
Por lo general, no hablo de influencias sino de enseñanzas. Yo he aprendido de todos los escritores que he leído y amado desde que era niño; de los más antiguos y de los más nuevos, son mis amigos, no dejo de volver a sus libros y a sus enseñanzas. Cuando me siento incomunicado con la capacidad de escribir los invoco y les rezo para que me salven, porque a los únicos que yo les rezo es a los escritores. Pero ellos siempre me contestan que no confíe en su bendición, que no crea en el Espíritu Santo ni en la inspiración, solo en el trabajo, y que, si no soy capaz de enfrentarme a la página en blanco, entonces deje de escribir, que no sufra en vano, que no sea majadero (Bautista, 2018, párr. 24).
Un aspecto que resalta en la personalidad de Luis Fayad es su sobriedad y su sencillez, tanto en sus gestos como en sus palabras, una sobriedad y una mesura que también ha logrado imprimirle a su obra, escrita sin afanes, con la paciencia con la que se destilan y se añejan los licores más exquisitos. Con esa misma calma nos cuenta que escribir La caída de los puntos cardinales le tomó cerca de nueve años. Uno puede concluir que él para escribir mantiene el mismo sigilo que cuando habla: con pausa, como sopesando cada palabra antes de acomodarla, siempre con la cautela y delicadeza del orfebre cuando elabora las filigranas más complejas. Pero no hay complejidad ni artificios en la palabra de Fayad: tanto en su conversación como en su escritura predomina la sobriedad. Como lo afirma Riveros (2018), “tiene un estilo definido, un lenguaje prolijo y cuidado, sencillo y sin redundancias que otorga credibilidad y solidez a sus historias y a los protagonistas y personajes que las dotan de sentido” (p. 13).
A propósito de su estilo, en la nota de contraportada del libro La carta del futuro y El regreso de los ecos, el poeta y ensayista José Manuel Arango escribió:
Luis Fayad es autor de una escritura que se empeña en no ser ruidosa, que se mantiene alejada de todo exhibicionismo técnico, que muestra y sugiere más que dice […]. Ahora lo confirman estos relatos sobrios e intensos, que cuentan de situaciones duras (la servidumbre, el desarraigo) y cuyos personajes son tratados y retratados con amoroso respeto, como prójimos y semejantes. Artefactos también, desde luego, estas historias se adivinan escritas y reescritas, siempre con contenida emoción, por alguien [sic] trabaja el lenguaje con empeño de poeta (Fayad, 1993).
Por su parte el escritor José Luis Díaz-Granados (2012), amigo desde los tiempos en que coincidieron como estudiantes de bachillerato en el Gimnasio Boyacá, afirma:
Desde muy joven, Luis Fayad entendió que el oficio de escribir es como un sacerdocio; es decir, que requiere, además de lectura, escritura y observación del comportamiento humano, de una entrega total. Y así lo hizo. En marzo de 1966, cuando no había cumplido aún los veinte años, publicó su primer cuento, “Justo Montes” en la revista Letras Nacionales, que dirigía Manuel Zapata Olivella (párr. 4).
Cuando retomamos su historia con Charo Ginto, una española nacida en Pamplona, Luis cuenta que se conocieron en una de sus idas a Barcelona, cuando ya él vivía en París. “Fue en un restaurante. Yo me senté en una de esas mesas compartidas y ahí al frente estaba Charo con una amiga, y empezamos a hablar, fuimos a beber algo y nos vimos al otro día. Yo volví a París, y después, en otra ida a Barcelona, la llamé. Cada que iba a Barcelona nos encontrábamos. Así comenzamos”. Y así se formó esa pareja que tiene tres hijos, Darío, Delia y Diego, en ese orden, como en un juego silábico; Darío nació en La Palma, islas Canarias; Delia y Diego nacieron cuando ya la familia estaba radicada en Berlín; todos han permanecido en la capital alemana.
Luis y Charo hoy llevan una relación que refleja la sincronía que solo puede alcanzarse con la sabiduría y la experiencia de tantos años de complicidad, como pudimos verlo durante el pasado verano, en el Tercer Coloquio Internacional del Grupo de Estudios Literarios -de la Universidad de Antioquia- realizado en la Universidad de Sevilla, en España. Allí estuvo el maestro Fayad como invitado a la conferencia inaugural, y allá lo vimos durante todo el evento, siempre acompañado de Charo, con la alegría y el entusiasmo que mostraría un aspirante a escritor, pero también con la sencillez y la humildad que solo puede mostrar un verdadero maestro. En un bar al frente de la antigua fábrica de tabaco que hoy funciona como campus, en la calle San Fernando, conversamos al calor de un buen café, y con el ambiente impregnado por el infaltable Pielroja sin filtro que lo ha acompañado desde los tiempos de la adolescencia cuando cursaba su bachillerato en el Gimnasio Boyacá, donde fumaba a escondidas; una época en la que ya hacía sus primeros intentos de novela: “Antes de Los parientes de Ester había ensayado en dos ocasiones escribir una novela, una llegó a tener cuarenta páginas, pero no las sentí como un trabajo literario, romper las páginas escritas fue una liberación” (Bautista, 2018, párr. 6).
Y sus Pielroja sin filtro lo siguieron acompañando cuando emprendió su viaje a París en 1975, con un equipaje ligero en el que iban el borrador de Los parientes de Ester y su máquina de escribir Olivetti Lettera 22, la cual ha conservado desde entonces. Entre el tinto y el Pielroja, y con Charo como su ángel guardián, avanza la conversación con este escritor que también nos cuenta que entre sus grandes maestros están Dante, Shakespeare y Cervantes, y que expresa su amor por Baudelaire; más allá de Las flores del mal, él se confiesa un enamorado de la prosa del precursor del simbolismo, y nos cuenta que dos de sus obras preferidas son El spleen de París y El pintor de la vida moderna, obras que visita con cierta frecuencia.
Maestro Fayad, sus obras han sido muy espaciadas en el tiempo. ¿A qué se debe eso?
Voy escribiendo lo que se debe escribir. Tengo que esperar a veces a que venga la convicción de que lo que voy a escribir corresponde a un deseo y que la visión de lo que va a resultar está bien. Uno puede, como en todo, improvisar, pero hay que prepararse ya en el momento de escribir. También me dedico al cuento, y el cuento hay que esperarlo a que salga: uno al año, a veces dos en cinco años. Cuando uno tiene una novela, tiene un trabajo diario; uno le puede organizar el horario, el tiempo en el que trabaja. Uno podría decir que anticipar el tiempo en el que va a terminar el cuento es difícil. A veces me ha pasado que tengo el cuento armado, lo voy armando en la memoria, las frases, qué fragmento sigue, uno después del otro... Son tres meses o más. Ya cuando tengo el cuento, digo: “Bueno, lo redacto en tres días”, y resulta que los tres días se me convierten en tres meses. Ahora estoy preparando otros dos libros de cuentos. Uno de ellos ya está listo, el título es Cuentos de amigos, este será mi próximo libro. Pero es por eso por lo que hasta ahora tengo publicadas cinco novelas, estoy escribiendo la sexta, ya bastante avanzada, un libro de ensayos y unos artículos periodísticos que van a corresponder a un título que puede ser “Gotas literarias”. Son trabajos cortos que uno cree que se hacen rápido, pero que toman tiempo en concebirse. Es por eso que mis libros han sido tan espaciados.
¿Va tomando apuntes, o arma toda la historia en su cabeza antes de empezar a escribir?
Soy dado a tomar apuntes. Me doy cuenta después, cuando reviso los apuntes, que lo que debía salir en lo que estoy escribiendo ya está incluido, y lo que no debía quedar, aunque está anotado, no se incluye. A veces no me sirven en realidad los apuntes, pero los llevo. Quizá también ocurre esto: en el momento en que uno escribe se le queda más fácil todo en la memoria, entonces ya lo tengo, no tengo que consultarlo, pero sí lo he anotado de alguna manera.
¿Cómo definiría usted la escritura, el arte de escribir?
Claro, en los deseos de cada uno hay muchas maneras de decidir por qué escribe uno. Yo no tengo más que el deseo de encontrar un lenguaje literario, según lo que yo creo que es la literatura: hay un sentido en todo. Lo que yo escribo, lo busco. Yo no le pierdo la idea de lo que importa. Para mí, importa mucho el sentido, pero la dificultad es darle un sonido a todo ese sentido: es decir, la forma y el fondo. Si no tengo el fondo, me da dificultad, no puedo empezar a escribir nada; pero después, ¿por qué escribo?: por encontrar la forma, para quedar satisfecho debo encontrar cómo escribir lo que quiero decir.
En su conferencia de esta semana -en el Tercer Coloquio Internacional del Grupo de Estudios Literarios, realizado en la Universidad de Sevilla-, usted habló de la técnica y del estilo. Quisiera que sintetizáramos sus planteamientos al respecto.
Se habla de la técnica en los libros. ¿Qué deja eso? La técnica se la atribuyo yo más al escritor: cosas pequeñas suyas: de qué manera maneja el medio en que está escribiendo, a qué hora escribe. Esta es mi técnica. Y el estilo, se habla mucho de que un escritor tiene estilo. Para mí, el estilo lo tiene lo que se está escribiendo. La novela, ella misma requiere un estilo, no el escritor. Un cuento crea su estilo cuando se está escribiendo. Él mismo pide y crea un estilo; el poema crea su propio estilo. Cuando se le dice a un escritor “Me gusta su estilo”, se entiende lo que se le está diciendo al escritor, pero un escritor no tiene un estilo único. En el momento en que un escritor dice “Encontré mi estilo”, o cuando alguien le dice, por ejemplo un editor, “Escriba en su estilo”, eso es acabarse, es tener que estar sujeto a unas leyes que se le imponen al escritor. Yo creo que un escritor que cree que encontró su estilo se acaba. Cada obra necesita su propio estilo.
Pero hay unas formas reconocibles en el escritor.
Mucho, mucho. Hay formas reconocibles.
¿Y qué son esas formas?
Son elementos con los que escribe fácil el escritor. El escritor tiene ciertas palabras que se le pueden repetir. A uno no le importa eso cuando escribe. Yo en un cuento o en una novela repito ciertas palabras porque son las mías. Uno se apropia de ciertos términos, son sus palabras. Y otra cosa, aparte del escribir bien, es la sintaxis. Hay una manera de poner las palabras que un escritor nota que son las suyas, que le suenan mejor para pasar a otra frase. Eso, más que estilo, es utilizar sus propios recursos: el recurso literario que tiene el escritor, pero no es un estilo que se pueda reconocer. A muchos se les reconoce por eso, pero más que reconocerle a un escritor un estilo, es el recurso literario, el recurso narrativo, el recurso poético, que ahí sí es del escritor, pero precisamente como tiene muchos recursos, aparecen sin que el escritor deba someterse a esos recursos. Van saliendo porque son de su propiedad. Las palabras son de su propiedad, la sintaxis es de su propiedad. Terminar un fragmento como una parte independiente de todo el libro, independiente de la página; eso le pertenece al escritor, pero no porque tenga un estilo, sino porque tiene recursos literarios.
A propósito de la escritura: uno en distintas etapas de la vida va teniendo sueños, aspiraciones. ¿En este momento cuál es su aspiración? ¿Qué siente que le falta hacer?
Mejor no tener sueños, propósitos sí. Seguir escribiendo me gustaría, que nunca se me quitaran las ganas, aunque uno a veces dice: “Yo quisiera dejar de escribir”. Yo lo he oído en muchos escritores que durante todo el tiempo lo único que hacen es escribir, pero han pensado en dejar de escribir. Yo sí deseo, por más que la escritura sea tan difícil, tener al enemigo todos los días en la casa, que yo le siga sacando el gusto de cualquier manera a escribir, porque siempre tengo algo que hacer, que es como leer también. Ojalá que nunca se me quite lo que más deseo en mi vida que es seguir leyendo.
¿Tener el enemigo en casa?
Luchar todos los días con lo que uno está escribiendo, porque todos los escritores lo dicen: no es fácil. Se atormentan, dicen mucho en contra del mismo momento de escribir. Por eso es la lucha diaria.
Hablemos un poquito de la lectura, ¿qué está leyendo por estos días?
Desde que empecé a leer, cuando era un muchacho, casi niño, voy de un lado a otro. No tengo plan para leer siquiera, sigo mi deseo. Cuando estoy escribiendo algo, pues consulto libros. Por ejemplo, había leído novelas de Robert Walser, el escritor suizo: me gusta mucho. Me faltaba una, y la acabo de leer. Estoy releyendo una novela de Tolstoi que había leído muy joven, Resurrección. La estoy releyendo después de cuarenta o más años. Siempre había pensado en releer esta novela. Estoy leyendo una selección de cuentos colombianos que se hizo en Colombia, y voy de uno a otro porque hay autores que no he leído y cuentos que no he leído, y sigo leyendo literatura colombiana, lo mismo que la selección de poesía colombiana. Cada vez que sale una nueva, la busco, porque conozco a los autores, pero hay poemas que me dan la oportunidad de volverlos a leer. De Colombia siempre estoy pendiente, le saco mucho gusto.
¿Cómo ve la literatura colombiana contemporánea?
Yo veo que cada vez hay más disciplina y más interés de formarse como escritor, que fue lo que tuvo la generación o promoción mía desde que éramos jóvenes, hablábamos de eso. Ya existe el propósito de escribir como escritor, no la novela casual que sale de un político al que le dio por escribir: era como una obligación escribir, pero no había ni el propósito de ser escritor, de dedicarse a la literatura, ni había un propósito grande de que el libro que estaba escribiendo significara algo. Uno lo piensa, ¿qué va a significar? Bueno, los resultados no se pueden prever nunca. Ya empezamos a verlo mejor desde la generación mía, porque teníamos más conciencia de que cuando uno va a escribir algo tiene que tener una visión de lo que va a escribir. Sí, un tema, pero también el propósito literario.
Usted salió de Colombia hace ya bastantes años, ¿en qué año salió?
En el año 1975.
¿Qué lo trajo a Europa?
El deseo que tenía de salir un rato de Colombia. Yo quería salir de Colombia y quería ir a París. No hubo más, ningún otro propósito ni deseo.
¿Y qué se fue a hacer a París en ese año?
A vivir. Yo tenía un buen puesto de redactor técnico en el dane, y salí joven, pero no era un muchacho. Cuando llegué a París me convertí en un muchacho para poder vivir, renuncié a todo para hacer oficios que hacen los jóvenes en París, y al mismo tiempo estudiar. Me matriculé, aunque no tenía intención de hacer alguna carrera, pero sí de compartir. En ese tiempo conocí y asistí a todas las clases de los filósofos.
¿A dónde? ¿En la Sorbona?
En la Sorbona y en el Collège de France, a donde iban a dar sus clases y sus conferencias Althusser, Foucault, Derrida, Pécaut, un gran colombianista que había en ese tiempo, y otros de esa época. Yo iba a verlos y a escucharlos.
¿Alguna de esas cátedras que lo haya marcado?
¡Claro! Sobre todo, asistía a los seminarios, que eran ya pequeños, de Daniel Pécaut, porque él estaba dedicado a Latinoamérica. Yo oía los análisis que él hacía de Colombia, bastante buenos, de la política en general. Una historia de Colombia, historia política, historia económica, cómo fueron los gobiernos. Me interesaba, me aclaraba mucho, me gustaba mucho escucharlo.
Volvamos a la escritura. ¿En qué momento se da cuenta de que quiere ser escritor?
Empecé a escribir con mucho interés literario, digamos, a los 17 o 18 años. Fue una novela. Yo sabía que no estaba bien, me deshice de ella. Pero los cuentos… Siempre me ha gustadoesa representación literaria. Cuando tenía unos cuentos publiqué uno en Lecturas Dominicales de El Tiempo y esa misma semana salió otro en la revista Letras Nacionales de Manuel Zapata Olivella. Después, un día iba caminando para la casa, y reflexioné: “Bueno, yo publiqué los cuentos. Tengo que tener un propósito. Si me voy a dedicar en verdad a la literatura, tengo que resolverlo de una vez. Sí me gusta escribir; ¿pero para dedicar mi vida a la literatura?”, me dije. Además, pensé: “Publiqué, ¿pero es en serio que yo quería publicar?, ¿o le estoy quitando el sitio a otro joven que sí quiere de verdad publicar?”. Entonces lo sentí en ese momento. “Sí, me voy a dedicar a la literatura”.
¿Recuerda cuáles fueron los primeros cuentos que publicó?
Publiqué uno que nunca rescaté en El Tiempo. Ese nunca lo rescaté, desapareció.
¿Recuerda el título?
Sí, sí. El de Letras Nacionales se llama “Justo Montes”. Ese cuento lo incluí en un libro, está en mi libro de cuentos Los sonidos del fuego. Cuando hice ya una selección para volver a publicar el libro, lo excluí; pero me han dicho: “¿Por qué sacó ese cuento? A nosotros nos gusta”. Justo ahora me lo decía el organizador del evento aquí en la Universidad de Sevilla, José Manuel Camacho; él quiere dedicarle un artículo a los cuentos, un ensayo inclusive, según me dijo. Me insistió tanto que, sobre todo por darle gusto, lo volví a leer, y entonces lo corregí sin quitarle nada esencial, correcciones de redacción y algunos detalles sin quitarle ni agregarle nada, porque entonces sería cambiarlo. Hice corrección y ahora va a volver a salir. El otro, el de El Tiempo, es “La noche de San Anselmo”. Ese sí desapareció del todo y no se va a incluir. Después han salido otros ahí mismo en Lecturas Dominicales, y en otras páginas. Esos sí los estoy recogiendo.
¿Usted recuerda sus primeras lecturas?
¡Claro! Yo vuelvo a la poesía porque leíamos mucha poesía entre los amigos, pero entre las primeras lecturas estuvo la literatura del siglo xix, la literatura rusa, los cuentos y las novelas. Lo mismo la literatura francesa, la literatura inglesa. Literatura del siglo xix fue lo que más leí al principio. Y la literatura de Estados Unidos del siglo xx nos gustaba mucho, y puedo hablar en plural. Y otra cosa que hice cuando decidí ser escritor fue leer la literatura que dice de dónde venimos, sobre todo de tres autores. Si se hacen cuentas, bueno, desde hace miles de años, venimos desde Homero. Pero me refiero a los escritores que dicen cómo ven la literatura, cuál es su posición dentro de la literatura, cómo cambia el escritor y cómo empieza una literatura ya más reconocida, como la literatura de nuestro continente y de nuestra cultura. Eran Dante, Cervantes y Shakespeare. Yo dije: “Bueno, si esos son los comienzos, yo los voy a leer”. Y yo leí las obras completas de los tres, ese fue un trabajo mío, como mi tesis. Como los que hacen tesis universitaria, para mí fue leer estos tres autores. Dije: “Tengo que leerlos, si mi propósito es la literatura, y si de ahí vengo, quiero saber lo que es eso, ellos me van a enseñar qué es lo que voy a hacer”.
¿Hay algunos de esos autores del siglo xix, ingleses o españoles o franceses que lo hayan marcado?
¡Claro! Muchos de los franceses, pero conservo uno desde muy joven para mí: Baudelaire. Se habla mucho de su poesía y de Las flores del mal, yo también lo he leído. Pero su prosa la leo con mucha frecuencia. Para mí, El spleen de París o El pintor de la vida moderna, todo lo que sea prosa de Baudelaire. Recurro más a su prosa que a su poesía.
¿Por qué es importante para usted la prosa de Baudelaire?
A mí me llegó desde joven. Me parecía esencial su sensibilidad, como él mismo dice: “Ser poeta inclusive cuando uno escribe en prosa”. Él me aclaró muchas cosas. Escribir la poesía no es escribir solamente poemas, sino que la narrativa pertenece a una poética, hay un orden poético dentro de la narrativa, y eso lo alcanza él en su prosa. Y algunas definiciones que me parecían importantes. Todo lo que él decía, su comportamiento tanto literario como humano, un hombre inteligente. Yo no sé si para ser un gran escritor hay que ser inteligente, pero eran dos cualidades que yo veía en Baudelaire, y quedó para mí como un gran escritor, no solamente admirado sino también amado.
Ahorita hablábamos de su llegada a Europa, a París. Me imagino que llegó con la idea de retornar a Colombia.
¡Claro!
Y se fue quedando.
Y me fui quedando. Me acostumbré a vivir París. Uno a veces no sabe de qué vive en París… de estos trabajos que hacen los estudiantes, haciendo de todo, pero me fui quedando. Viví casi un año en Estocolmo. Fui a parar allá por trabajo, como muchos de los que vivíamos en París en esa época: me llegó la voz de que había que ir a Estocolmo porque allá pagaban bien. Volví, y entonces me entraron ganas de vivir en España, porque desde que salí de Colombia, aunque yo quería ir a París, siempre llevaba la idea de conocer España. Nunca tuve interés de conocer ningún otro país, ni de Europa ni de ningún lado, pero sí quería conocer España. Fui a España, volví, fui a España otra vez y viví en Barcelona, y así fue como de a poquitos fui conociendo España. Y allá en Barcelona conocí a la que es hoy mi mujer; ella se llama María Rosario, pero todos le decimos Charo, su verdadero nombre. Con ella estamos desde entonces.
¿En qué año se conocieron?
Fue en una de mis idas de París, como en el 76 o 77. Nos conocimos, pero yo volví a París. Cuando volví otra vez a España la llamé, porque tenía el teléfono […].
Volviendo al tema de Colombia, ¿cómo ha visto la evolución o el proceso del país en todos estos años?
A veces baja un poco lo que estaba bien, y vuelve y sube. Está mejor, pero hay cambios. Hay una cosa muy peligrosa para alguien que sale, y es volver y seguir hablando del país como si fuera el mismo que dejó. Si uno sale un mes, dos meses, un año, quizá pueda hacerlo. Pero cuando uno pasa bastantes años afuera, tiende a ver el país igual a como lo dejó, y eso no es cierto, no es cierto. Yo me he dado cuenta de que sí cambia, cambia la mentalidad de la gente. Hay una sociedad que, por poquito que sea, sí se va desarrollando para bien. Sus conceptos de progreso son otros, los deseos de vivir en comunidad crecen, una lucha contra algo que puede estar perjudicando al país, por ejemplo la corrupción. Sí hay una oposición, un deseo de luchar por mejores gobiernos. La gente deja de pertenecer a ciertos partidos para unirse a otros en sus protestas, llamémoslo manifestaciones, en sus paros nacionales. No importa de dónde sale. Sencillamente queremos más justicia social y que haya una mejora en el gobierno. Yo sí creo que el país ha cambiado, y lo veo, aunque hay gente que dice: “¡Qué va! Esto es lo mismo”. No es lo mismo nunca, nunca.
¿Estar afuera le ha facilitado escribir sobre Colombia?
Puede ser que uno cambie la visión del país, pero también hay algo más que lo hace cambiar a uno, y es saber cómo ven los demás desde afuera al país de uno, cómo nos estaban viendo cuando llegué a París, a Francia. Sí, cómo veo yo el país de otra manera cuando vivo en Berlín, donde viva, pero cómo nos ven ellos también, lo que opinan. Aquí me di cuenta de que los europeos esperaban mucho de Latinoamérica, y en estos últimos años, a través de los amigos que tengo en diferentes países, me doy cuenta de que en Europa ha habido una decepción. Esto hay que decirlo de una vez. No nos engañemos en eso de lo que vamos a hacer y de que estamos haciendo mucho. No. Europa esperaba más de nosotros, que tuviéramos una organización social mejor que la que tenemos ahora en cada país latinoamericano y en Latinoamérica en general. Esperaban que hubiera unos movimientos de avanzada que influyeran más en Latinoamérica. Me ha servido entender cómo la veo yo, pero también cómo la ven los demás.
Ya que hablamos de esa esperanza que había en nosotros, ¿cómo ve el cambio político que hay ahora en el país con el nuevo presidente?
Sí, ya lo que haga el nuevo presidente, lo hará él. Los que más saben, más pueden predecir, pero es que los que más saben, a veces ocultan lo que saben, y a veces lo distorsionan y a veces llevan por otro lado la información. Pero ya hay un cambio, ¿no? Ya de todas maneras hay un cambio. El nuevo presidente viene de otra corriente. Se luchó algo. Hubo un momento político en que se trató de imponer una vieja manera de hacer política. Era como si el país no pudiera cambiar en algo, avanzar. El paso liberal no se trata de hacer, como se dice, los cambios radicales. No es que sea imposible hacerlo, es que no hay necesidad. Lo que hay que hacer es dar al menos un paso adelante cada día. En general se había intentado en algunas corrientes, pero creo que ya hay un cambio en el hecho de que las elecciones se hayan hecho entre dos candidatos tan distintos, que no representaban a los partidos tradicionales.
Volviendo al tema de la escritura y de sus creaciones, si yo le preguntara cuál de sus obras es más significativa, si tuviera que elegir una, ¿con cuál se quedaría?
De mis novelas la que más me gusta es Testamento de un hombre de negocios. Que no se ofendan las otras, a todas las quiero, claro, por el trabajo que me dieron; a veces me hicieron sentir un repudio frente a la escritura, pero después de terminarlos, cada libro es un hijo que se ha portado bien conmigo y lo quiero.
Claro, pero digamos que Los parientes de Ester es una de las que más ayudó a su reconocimiento como escritor.
Sí, y a mí me enseñó desde el principio mucho el haber escrito esa novela, porque cuando la escribí, la corregí bastante, y mientras la corregía no solo le hacía correcciones a la novela, sino que yo me daba cuenta de cómo quería escribir. ¡Ahí veo el estilo!, ¡yo no tenía el estilo! ¡Yo no tengo ese estilo! El libro me impuso mi estilo, él mismo se impuso su estilo. No repita frases, quítele frases que signifiquen lo mismo, mire cómo coloca las palabras, si es esta palabra que va primero que la otra, no solamente por el sentido sino por la musicalidad, ¿por qué yo cuando leo siento que me tranco?, ¿por qué se me daña la respiración aquí?, es que una frase se pone detrás de otra. El libro fue creando su estilo. Además, esta novela iba a tener muchas más páginas. Cuando ya empecé a corregirla, dije: “De capítulo en capítulo le voy a poner unos capítulos en los que cada uno hable del personaje”. Cuando yo empecé a escribirlo todo concordaba, pero después dije: “Esto es inútil, el personaje está dado en la novela por lo que él habla y por lo que le sucede. Ese personaje se explicó él mismo, ¿para qué añadir más?”. Le fui quitando páginas que acababa de escribir. Las fui sacando.
¿Y por qué su preferencia por Testamento de un hombre negocios?
Bueno, cuando creé su representación literaria, pensé: “¿Yo de dónde sé todo lo que cuento?”. Como es una novela hecha en diálogos, cada vez que un personaje habla se convierte en narrador. En todos los capítulos aparece un personaje con el principal, que es Jacinto. En el momento en que el otro personaje habla, se va convirtiendo en el narrador de la novela. No soy yo, porque después es Jacinto el que me cuenta a mí la novela. Por eso me gustó, porque yo tenía una fuente. ¿De dónde sabe usted esto? Me lo contó Jacinto. ¿Y Jacinto de dónde lo sabe? Se lo contaron todos los demás.
Nuestra revista Estudios de Literatura Colombiana llega a muchos colombianos en el exterior también, a todos los colombianistas en Estados Unidos y en Europa. ¿Qué mensaje les dejaría a esos lectores?
Yo conozco la revista porque a mí me llega por medio de amigos o de una reseña de alguien: “En la revista Estudios de Literatura Colombiana salió esto otro”. Digamos que yo a través de esta revista voy a tener una comunicación con los lectores, pues para mí es ampliar todo lo que yo hago. ¿Para qué lo hago? Para esto, por ejemplo. Para tener esta oportunidad de hablar con ellos, hablar yo en este caso, pero son ellos los que me han dado la oportunidad de hablar. Entonces un gran saludo, es un honor. Aprovecho también para contarles a esos lectores que todas mis novelas van a ser reeditadas por la editorial colombiana Himpar Editores, comenzando con La caída de los puntos cardinales, que sale en abril de este año. Después vendrán mis otras novelas: Los parientes de Ester, Compañeros de viaje, Testamento de un hombre de negocios y Regresos.
¿Alguna vez añoró volver a vivir en Colombia?
No, yo no añoro Colombia; también me han preguntado que si añoro Berlín. No, porque estoy en ambos sitios. Yo no tengo nostalgias, ni del tiempo que ha pasado ni del espacio en el que viví, porque siempre vuelvo. Yo estoy ahí caminando todos los días. A mí, a veces, sí me preguntan: “¿Usted salió de Colombia?”. Respondo: “Mire, yo tengo la impresión de que yo no he salido de Colombia”. Yo vivo metido en el país todos los días, no solamente a través de mi literatura, sino de contactos con llamadas, hablo de lo mismo con los amigos, los tengo siempre presentes, algunos de pronto vienen a Berlín y nos vemos. Lo mismo, desaparece el exterior y existe el amigo ahí.
¿Y a veces va a Colombia?
Sí, mucho, mucho. Es una costumbre. Todos los años. Una vez… dos veces. Hubo un año en el que fui tres veces a Colombia. Había amigos míos que creían que yo ya había vuelto a vivir en Colombia. Yo les digo: “Sí, es que yo vivo en Colombia de todas maneras”.
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Notes