Reseñas

Las Travesías*

Jose Pablo Pareja Díaz
Universidad de Antioquia, Colombia

Las Travesías*

Estudios de literatura colombiana, no. 55, pp. 234-236, 2024

Universidad de Antioquia

. Las Travesías. 2021. Bogotá. Penguin Random House. 431pp.

Received: 25 March 2024

Accepted: 12 April 2024

Published: 31 July 2024

Las Travesías es una novela de Gilmer Mesa publicada en 2021, después de su ópera prima, La cuadra (2016), y antes de su más reciente libro, Aranjuez (2023). Recordemos brevemente de qué va el relato: Cruz María y Mercedes establecen su finca en un “territorio sin nombre […] una maleza sin provecho” (p. 6) y la llaman Las Travesías. De esta pareja y de un amorío de Cruz María con Carmela, la hermana de Mercedes, se desprenden generaciones enteras de nuevos colonos que, con un ímpetu inacabable, “cogieron las rulas y los azadones y se guindaron a tumbar monte” (p. 7). Es una analepsis relatada por un narrador heterodiegético que retoma las historias de los descendientes de aquel linaje, localizables en gran parte del siglo xx en Colombia, en el marco de la guerra bipartidista. En clave de ese agitado contexto sociopolítico del campo antioqueño -que merecería su propia y profunda reflexión-, Mesa diserta sobre la relación entre el ser humano y el paisaje montañoso andino, atravesados por las diferentes formas de La Violencia.

En ese sentido, la novela aborda temas canónicos de la novelística de Mesa. Además de La Violencia, también están la familia y el fratricidio, lo abyecto y el cuerpo, y el espacio como actante. Si recordamos la espacialidad de las otras dos novelas de Mesa (el barrio), Las Travesías pareciera, a primer vistazo, un punto hiático en su novelística, pues desplaza la mirada del lector de la urbe medellinense hacia la ruralidad del norte de Antioquia (La Granja, El Aro, Ituango), alejándose del “vasto gris que asfixia”, como lo llama Mesa. Sin embargo, se trata realmente de la continuación de un ejercicio de memoria histórica que alterna narraciones crudas de lo abyecto y lo violento con reflexiones de tipo filosófico y sociológico. En la narrativa de Mesa, la importancia del espacio es tal que no solo sus novelas se titulan como los lugares en donde ocurren, sino que estos espacios adquieren el carácter funcional de lo que Mieke Bal, en su Teoría de la narrativa (1985) llama “actante”, un actor que mantiene una cierta intención teleológica. Es decir que, en Las Travesías, el espacio es relevante para la concepción de los personajes (y viceversa) con La Violencia como dador.

¿Cómo ocurre esto? Al reconocerse, desde la primera línea, al espacio montañoso andino -el monte- como un paisaje agreste: “Esa tierra no era más que selva ruda que se regeneraba más rápido de lo que se tumbaba” (p. 6) y que exige ímpetu: “el hombre se empleó a fondo en trabajos de sol a sol, tumbando monte como un poseído, salía todavía oscuro y volvía bien entrada la noche” (p. 23), más de lo que exige reflexión: “[…] atiborrándose de labor para no tener tiempo, mente ni cuerpo para pensar en su agravio, sin conocer el descanso, transfiriendo el tormento al quehacer, no quería pensar y se lo veía furioso con el entorno, sus amigos decían que no estaba fundando sino peleando con el monte” (p. 23). Con todo esto, Mesa define seres humanos tan agrestes como la naturaleza que habitan, realizando así un proceso de construcción de subjetividades de sus personajes basado en el paisaje, similar a cómo lo hace Manuel Mejía Vallejo en El día señalado (1964) y La casa de las dos palmas (1988). Bien lo dice Miguel Ángel Asturias en su discurso de recepción de la laurea honoris causa en la Universidad de Ca’ Foscari (1972) cuando habla de los contrastes violentos y de la fuerza con que el paisaje moldea los personajes, creando arquetipos. El lector de la novela notará que el arquetipo del clásico hombre antioqueño es fuerza bruta de semblante indolente: “el monte lo había hecho frío como la escarcha de las madrugadas” (p. 98); pero es una indolencia que Mesa matiza bien, porque el monte es también soledad y confrontación de los sentimientos, revelándolo menos tosco y más sensible: “la embriaguez lo condujo al monte, en donde se dejó caer en soledad sobre unas hojas de bijao y lloró honda y largamente sin saber bien por qué” (p. 119).

En Las Travesías, los personajes son a la vez causa y receptáculo de actos de violencia dentro de un determinismo que parece no abandonar el linaje de los García, como una maldición por la transgresión moral que cometiera el patriarca Cruz María al inicio del relato, mientras establecía fundos en aquella tierra virgen y prometedora. Tierra paradisíaca de la que son expulsados después. Esta lectura edénica encabeza la lista de tensiones religiosas de que está cargada la novela. Asimismo, el lector puede evidenciar el fratricidio encarnado primordialmente en Abraham e Ismael, dos de los muchos descendientes de Cruz María que se reconocen incapaces de detener el momentum con el que opera La Violencia, que los enemista y condena desde el nacimiento: “somos un par de malnacidos, ahí se dañó todo, en el alumbramiento” (p. 159). La novela presenta un sino compuesto de una miríada de masacres y revanchas cíclicas, descritas con la crudeza habitual de Mesa, que obligan al hombre a perderse en el monte, huyéndole a la predominante pulsión tanática: “el marido ausente, […] no aparecía, como si se lo hubiera tragado el monte” (p. 22).

Es así como el guiño que Mesa hace a la visión del paisaje en la La Vorágine no pasa desapercibido: la naturaleza deglute, pero también oculta. Y así los actores del conflicto -cachiporros y chusmeros, y chulavitas y pájaros por igual- pueden mimetizarse con ella: “Ismael, al frente de su tropa, se internó en el bosque cogiendo bocados de oscuridad hasta hartarse y parecerse a ella, fue volviéndose noche, anocheciéndose parejo con ella en su soledad” (p. 59). El denso monte atrae por su carácter sublime, pero también destruye, por sí mismo o por lo que alberga. Después de todo, no es un simple telón de fondo, es un actante. El narrador de Las Travesías nos dice que “[…] el monte intimida, inquirieron solo en sus bordes sin querer entrar a sus profundidades en donde habita el espanto, ninguno quería perderse o, peor, ser encontrado por alguno de los grupos que moran la espesura” (p. 398). El paisaje es contaminado por lo tanático, ya sean los rastros intangibles de quienes allí se sumieron o lo real de los cuerpos desmembrados: “los torsos, miembros restantes y algunos cadáveres completos fueron arrojados a un camión y botados al río” (p. 293). ¿Cómo no contrastar esto con la vitalidad de antes? Como el nacimiento de Crucito, nieto de Cruz María: “[El cura] bendijo el nacimiento dándole bautizo en las aguas claras de la quebrada” (p. 90). Es así como el paisaje, en otrora diáfano, se contamina con la expansión de La Violencia y más escasa deviene la posibilidad de vida.

En la Colombia actual, que perpetúa los males de siempre y que se entiende cada vez menos con el paisaje, no se pediría menos que escudriñar en la palabra hablada y escrita la memoria histórica, de lo cual es digna síntesis este libro. Es entonces imperioso que cuanto mantenga viva la memoria sea objeto de lectura en la juventud, a ver si algún día dejamos de clamar que siquiera se murieron los abuelos. Si debiésemos atisbar alguna conclusión en tan breve formato, sería la de un paisaje (el monte) y un hombre que se devoran mutuamente con el impulso tanático de La Violencia. Ella, que se instaló en el paisaje y en los hombres, ahora hace parte íntegra del entorno, y aunque ya haya pelechado rastrojo y corrido agua donde hubo cuerpos degollados y calcinados -el monte es eso, regeneración-, algo de ese pasado persiste subyacente: “en ese verde virulento de selva y gentes violentas, donde la fauna de cadáveres se acostumbró a ser flora, estaba su ayer, y los ayeres son lo que nos compone, descomponiéndonos” (p. 403).

Notes

* Cómo citar esta reseña: Pareja Díaz, J. P. (2024). Reseña del libro Las Travesías de Gilmer Mesa. Estudios de Literatura Colombiana 55, pp. 234-236. DOI: https://doi.org/10.17533/udea.elc.356716
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