Conferencia

Palabras para Sergio Ramírez*

Words for Sergio Ramírez

Pablo Montoya
Universidad de Antioquia, Colombia

Palabras para Sergio Ramírez*

Estudios de literatura colombiana, no. 56, pp. 192-195, 2025

Universidad de Antioquia

Received: 27 August 2024

Accepted: 04 October 2024

Published: 31 January 2025

Heredera de grandes escritores latinoamericanos del siglo xx, como Miguel Asturias, Alejo Carpentier y Gabriel García Márquez, la obra de Sergio Ramírez llega hasta nosotros impregnada de una fuerza narrativa en la que la imaginación literaria se alimenta de la historia de América y de su prodigiosa capacidad fabuladora. Ella lo muestra, además, como uno de los últimos exponentes, en el contexto hispanoamericano, del necesario compromiso que el escritor debe mantener con la defensa de la libertad. Esa libertad de expresión, opinión y creación sin la cual toda literatura, y por supuesto la de Sergio Ramírez, carecería de prestigio.

La vida de quien es el narrador mayor de Nicaragua -sabemos que el poeta es Rubén Darío- ha estado atravesada por dos pasiones: la literatura, por un lado, y la política, por el otro. Ahora bien, desdeñar la segunda para ocuparse solo de la primera sería desequilibrar la balanza y solo quedarse con una imagen incompleta. Porque él ha sido un escritor nutrido no solo de sus avatares políticos -aquellos que lo vincularon directamente a la revolución sandinista y a su posterior deriva autoritaria-, sino que también ha sabido insertarlos en una escritura que sobresale por su pujanza verbal, por la recreación de una cultura popular variopinta y por la presencia insoslayable de la imaginación literaria.

La fusión de estos elementos puede observarse en una de sus novelas más aclamadas: Margarita, está linda la mar. Como un trepidante y riquísimo contrapunto, aquellas dos pasiones confluyen en ella. La literaria encarnada en la figura de Rubén Darío. Y la política representada por Anastasio Somoza. El primero asciende de León, una localidad rústica de Nicaragua, a las esferas cosmopolitas de la poesía en París para volver a morir a sus terruño natal, enfermo y desolado. Y el segundo cuyo ascenso, o más bien descenso, va del estatuto de limpiador de letrinas hasta convertirse en uno de los dictadores más sanguinarios de un continente que ha sido copioso en personajes de esta índole.

Dueño de la utilería verbal propio de los barrocos latinoamericanos, el narrador de Margarita, está linda la mar despliega su talento para mostrar al lector cómo se confabulan la literatura y la política, tanto en la vitalidad desbordada ofrecida por una cultura nacional como en la desgracia social provocada por los excesos del poder militar. Y digo barroco porque leer a Sergio Ramírez es remitirse a esa tradición en la que Alejo Carpentier, Carlos Fuentes y José Lezama Lima son los referentes más notables. Aunque Ramírez se distancia de la gravedad erudita de Carpentier, del experimentalismo a veces desmesurado de Fuentes y del hermetismo también en ocasiones impenetrable de Lezama. En él lo que prima, al contrario, es la descripción detallada de un entorno que se apoya con frecuencia en el esperpento y el trazo del humor. Humor que impide que el universo descrito no se hunda aparatosamente en la tragedia. Como sucede en García Márquez, la obra de Sergio Ramírez indaga en los infortunios de un grupo humano sin ser ajena a la risa y al jolgorio. Y es que él sabe que, sin ellos, el destino de avasallamiento y de tiranía, en el caso de Nicaragua y América Latina, sería la más asfixiante de las condenas.

En Adiós muchachos, por su parte, se hace un recuento de lo que fue la historia de los triunfos y las derrotas del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN). Este es un libro paradójico porque muestra el triunfo de una revolución esperada para después confrontarla con su posterior derrota. Acaso me equivoque, pero tengo la impresión de que Adiós muchachos es uno de los libros más amargos de Sergio Ramírez. No solo por la gran cantidad de sacrificios humanos que tuvo este proceso de cambio, sino porque todo lo que esperanzó a una Nicaragua en busca de la liberación de sus opresores, ha terminado en ese fracaso rotundo que es todo proyecto nacional cuando se ve sometido a la ambición totalitaria de un partido o de un caudillo. Pero a pesar de este horizonte aciago, Adiós muchachos es también la intensa aventura de un hombre comprometido con esa transformación que él mismo entendió como una “utopía compartida”. Y, sobre todo, como una travesía sustentada en un presupuesto ético alimentado de la ideología de Sandino. Presupuesto que el mismo Ramírez explica, arraigado en Ortega y Gasset, como un vivir la vida a la manera de una “perpetua y solidaria emigración del yo hacia el otro”.

No pretendo, por supuesto, con estas palabras revisar una obra vasta y compleja conformada por catorce novelas, ocho libros de cuentos y otros tantos libros de ensayo y artículos periodísticos. Una obra que ha sido, por lo demás, coronada con los premios y distinciones más notables de la literatura en lengua española, como lo son el premio Alfaguara, el premio José María Arguedas, el premio José Donoso, el premio Carlos Fuentes y el premio Cervantes. Con todo, no quiero pasar por alto la que, a mi juicio, es la obra más lograda de Sergio Ramírez: El caballo dorado. Novela que posee tantos aciertos que sería difícil enumerarlos en esta sucinta presentación. Pero, con el permiso de ustedes, aventuro a decir algunos.

El caballo dorado no es el feliz fruto de una vejez, sino el de la madurez de un magisterio. El mismo Sergio Ramírez ha dicho que una de las virtudes del oficio de la escritura es que en él no hay tercera edad. Y esta novela, teniendo en cuenta que quien la ha escrito y publicado es un hombre que ha pasado la frontera de los ochenta años, lo corrobora en cada palabra, en cada párrafo, en cada una de sus partes. Deliciosa en su trama, inquieta en la movilidad de los espacios, espléndida en la creación de los personajes, elástica en la selección de sus formatos, encantadora en el uso del léxico, El caballo dorado pareciera ser la condensación de la poética de un escritor que, sin desconocer la investigación minuciosa de los archivos de la historia, le apuesta todo a poner en su sitio más alto el poder fabulador de la literatura. Y fabular no es más que dejarse llevar por el cauce dichoso y mentiroso de la invención imaginativa. Al leerla, y sabiendo que en su itinerario se cruzan los espacios de Europa y de América de la mano de un carrusel de madera pigmentado de oro, he evocado las trashumancias de aquel mago de Lublin de Isaac Bashevis Singer, el trasegar del diminuto tocador del tambor de hojalata de Günter Grass, del ir y venir de Chiquita, la enana espectacular de Antonio Orlando Rodríguez. Pero sobre todo, he constatado que Sergio Ramírez es un artesano, fulgurante y siempre revelador, de la palabra.

Termino diciendo que en varias ocasiones he tenido la posibilidad de compartir con Sergio Ramírez en eventos literarios a lo largo y ancho de América Latina. Conversamos en Medellín, en Bucaramanga, en Panamá, en Buenos Aires y en esa Managua suya donde fue por muchos años el anfitrión de “Centroamérica cuenta”. Festival literario que organizó hasta que el Gobierno represivo de Daniel Ortega lo expulsó y le quitó su nacionalidad bajo acusaciones insensatas y falaces. Y siempre hallé a un hombre sereno y humilde, tolerante y respetuoso, curioso y sonriente ante el trato con los demás. Tales cualidades, arduas de encontrar en escritores reconocidos internacionalmente, unidas al valor indiscutible de su obra, me llena de honor y regocijo al darle la bienvenida a la Academia Colombiana de la Lengua. En nombre de cada uno de sus miembros quiero decirle, apreciado Sergio, que esta es su casa. Una casa que todos nosotros, los que ya han muerto y los que seguimos todavía vivos, hemos construido a lo largo de sus 153 años de existencia. Y que, bajo la guía de escritores e intelectuales como usted, tratamos de preservar, apoyada en la tradición pero abierta a los nuevos vientos, con las palabras de nuestra lengua.

Notes

* Palabras de bienvenida a Sergio Ramírez al ingresar como miembro correspondiente extranjero de la Academia Colombiana de la Lengua (Bogotá, 22 de agosto de 2024). Cómo citar esta conferencia: Montoya, P. (2025). Palabras para Sergio Ramírez. Estudios de Literatura Colombiana 56, pp. 192-195. DOI: https://doi.org/10.17533/udea.elc.358305
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