Entrevistas
Milagros de la vida: Entrevista a Triunfo Arciniegas*
Life’s Miracles: Interview with Triunfo Arciniegas
Milagros de la vida: Entrevista a Triunfo Arciniegas*
Estudios de literatura colombiana, no. 56, pp. 197-216, 2025
Universidad de Antioquia
Received: 01 October 2024
Accepted: 09 October 2024
Published: 31 January 2025

Hicimos esta entrevista en abril de 2023, en el hotel de Corferias, con un ruido infernal alrededor. Estuvimos hablando largo rato como comadres chismosas, cabeza con cabeza, muertos de la risa. Triunfo venía al lanzamiento de Muertas de amor y se veía realmente feliz. Nos conocemos desde hace muchos años, y aunque nos vemos poco, nunca hemos dejado de estar en contacto. Triunfo me manda mensajitos de vez en cuando diciéndome que me quiere mucho, y yo le contesto diciéndole que lo quiero más. Todavía recuerdo el júbilo de leer el manuscrito de lo que después sería La silla que se le perdió una pata. Leer a Triunfo, en sus múltiples registros, sigue siendo una iluminación.
El primer amor
El primer gran amor de mi vida fue mi abuela, Emperatriz Ojeda, y fue una relación literaria. Me aprendía coplas en el transcurso de la semana y se las recitaba el domingo para hacerla reír. Ella, que lavaba y planchaba ropa ajena, me despedía con un traje para entregar. El dueño me pagaba un peso, que me servía para entrar al cine. Es decir, llevaba poesía a casa de la abuela y recibía poesía.
Iba a misa de nueve y a matinal de diez. A las muchachas que entraban al cine se les olvidaba quitarse el velo.
La biblioteca de Málaga
Mi otro espacio de felicidad era la lectura.
En mi casa no había libros, pero salía de la escuela directo a la biblioteca pública. La bibliotecaria, la típica bibliotecaria pequeña, de falda a media pierna, tacones gruesos y anteojos, con demasiados años, quedó grabada en mi mente. Nunca se aprendió mi nombre, me decía Trino, Trinidad, Príncipe.

Antes de entregarme un libro, me mandaba a lavarme las manos en un platoncito, como un lavatorio de iglesia. Una ceremonia. Los libros son sagrados, al fin y al cabo. Me leí El tesoro de la juventud, cuentos europeos, todo lo que ella me daba. Había un estante pequeño a un lado de la pared con libros de lomo dorado, muy especiales, preciosos. Ella tenía una llavecita y, cuando llegaba un caballero, le daba uno de esos libros. Me preguntaba cuándo alcanzaría semejante nivel, cuándo me consagraría como lector.
Nos fuimos a vivir a Pamplona y en unas vacaciones en Málaga le pedí a la bibliotecaria que me permitiera uno de los libros dorados. Cuando me senté a leer supe que había logrado un deseo. Me había graduado de lector.
El circo
Málaga era mi niñez, mi paraíso. Pamplona fue la desolación. Le escribía cartas a la abuela con ilustraciones, y mi tía Graciela se las leía porque ella nunca aprendió a leer ni a escribir. Me inventaba muchas cosas, pero a uno se le olvidan las mentiras y cuando llegaba a Málaga me preguntaban:
-¿Qué pasó con el circo?
-¿Cuál circo?
-Pues ese en el que estuvo trabajando.
Me tocaba empezar a remendar.
El circo, el león, el payaso, el malabarista, el domador, desde entonces, todos aparecen en mi obra. Yo era un niño sin televisión y el circo era mi espectáculo. Tenía esta idea romántica de irme con el circo. Me imaginaba robando gatos en el vecindario para darle de comer a los leones. Me gustaba la idea de irme, pero me asustaba la vida cotidiana del circo. Uno piensa en la aventura, pero no en el hambre que se pasa.
Pamplona
Llegamos a Pamplona un 19 de junio. Ya era casi un adolescente. Al día siguiente salí a recorrer las calles. Me perdí, pero pude volver porque sabía que mi casa estaba detrás del cementerio. Me compré una libreta sin rayas en la tipografía Duarte y en esa libreta empecé a escribir. Todo pasó ese primer día. Después encontré una nueva biblioteca municipal.
Pamplona es una ciudad de colegios, grande, fría, muy desolada, y con montañas peladas, sin la vegetación de Málaga, sin su calor. Éramos tan pobres que nos divertíamos viendo enterrar a la gente. Nos cubríamos con una cobija y nos sentábamos a ver.
Pasamos hambre. Venimos del hambre y la necesidad. Yo tuve catorce hermanos. Dos murieron al nacer, doce seguimos vivos y mi papá hizo dos más (aunque se habla de otros). Hubo años en los que nacieron dos hijos el mismo año. Mi papá herraba de día, de noche no. Era un papá borracho, y muy generoso en las cantinas. Quién sabe cuánto gastaba en las cantinas. Allá era adorable, pero un demonio en la casa. Debajo de las cobijas escuché a mi papá amenazando con irse. Lo oí anunciarle a mamá que lloraría lágrimas de sangre. Mi mamá no podía ocuparse de otra cosa aparte de criar y llevar la casa, oficios inacabables. Las mujeres como ella, esclavizadas y sin dinero, vivían resignadas. Tal vez por eso, por contraste, las mujeres de mis textos son tan desatadas.

El incendio
Yo creo que en el amor hay una sumisión y una entrega absolutas, eso es la pasión: un deslumbramiento que dura y devora tanto como un incendio. Después todo se va al carajo, pero mientras dura es una maravilla porque en ese incendio se consumen dos personas. Las personas más fuertes e independientes, decididas, afortunadas, pueden ser absolutamente sometidas en la cama. Es el único momento en el que se le concede a otro que sea nuestro dueño.
Es la dicha absoluta. Lo dice Rihanna en una entrevista. La vemos tan libre, tan liberada, pero en la intimidad es otro cuento. Soy apasionado de las entrevistas. Aprendí más de García Márquez en sus entrevistas que en sus libros. Él era muy cuidadoso con sus declaraciones. Ahí están los secretos. Con Woody Allen pasa lo mismo.
La Normal
Mi mamá se empeñó en que hiciera la Normal. Me sostuvo en los momentos de debilidad. Me gradué con la ropa que le regalaron. Tan pronto como empecé a trabajar en el magisterio pude costearme la universidad. Fui el primero de mi casa en conseguir una licenciatura. Vengo de abuelos analfabetos y de padres que apenas hicieron los primeros años de primaria. Algunas de mis hermanas asistieron a la universidad, pero la mayoría no. Tengo una hermana que, como yo, coronó una maestría. Los hijos nuestros llegarán, sin duda alguna, a la universidad y quizás a un doctorado.

Indocumentado
Recién salí de la Normal me fui a buscar a mi abuelo Domingo a Ureña. Le pedí plata prestada y me dio quinientos pesos. Volví a Cúcuta, entré a una librería y salí sin un peso. Me tocó llamar a casa para que me mandaran el dinero del pasaje. Fue lo más sabio que pude hacer. Compré Mi vida con Picasso de Françoise Gilot y la biografía de Hemingway del periodista Edward Hotchner. Esos dos libros marcaron mi vida, aprendí de esos libros un montón. Gilot tiene cien años y vive en Nueva York, tuvo dos hijos con Picasso. Ese libro es hermoso, lo disfruto mucho, y la biografía de Hemingway, mi adoración. Tiene uno que otro recurso tramposo, como transformar una carta en una conversación, pero en esencia cuenta lo que dijo Hemingway. Después de haberme gastado la plata me sentí como una bestia, pero viéndolo desde ahora, ¡qué bendición! Lo que yo hice fue un negociazo porque esos libros me formaron, me iluminaron. Seguí haciendo lo mismo durante mucho tiempo; dos almuerzos eran un libro, y más o menos esa sigue siendo la proporción: dos corrientazos son un libro de segunda. Así fue, con puro sacrificio y tenacidad. Soy resultado de mi propia terquedad, así fue la vida. Ahora como lo que quiera y compro los libros que quiera.
Hice un semestre en la universidad pero tuve que salir a buscar trabajo. Estuve de zapatero en Bucaramanga, trabajé en una licorería en Piedecuesta. Estuve otras veces en Venezuela indocumentado. Nunca me arrestaron. Allá fui herrero y portero de discoteca, cosas así. Conocía la ruta hasta Herrán, cerca de Rangonvalia, y en mi primer viaje por suerte encontré un muchacho que me guió el resto del camino. Llegamos juntos a San Cristóbal. Allá viví meses. Una vez iba subiendo a pie hacia Rubio, y al final del camino me encontré con un guardia de frente. Ahí me dije: “De aquí a la cárcel”. Pero llevaba una pintura para alguien en San Cristóbal y con eso me salvé. El guardia solo me dijo: “Váyase”.

Uno pasaba la noche en Rubio y madrugaba a irse a San Cristóbal. Había que bajarse antes de llegar a la alcabala, pero me quedé dormido y me desperté cuando se subió el guardia a pedir cédulas. Antes de mí había un señor con unas empanadas, el policía se provocó, pidió una y no siguió revisando. Me salvaron las empanadas. Tenía un pasaporte, pero no la visa. Un día iba por la calle y me paró la policía, le mostré mi pasaporte y él miró sin revisar si había visa y me lo devolvió. Esto fue después del setenta y cinco.
Nunca estuve en la cárcel. Mi papá sí, por andar indocumentado. Una vez cerraron la frontera, Chávez cerraba Venezuela como si fuera una finca. Entonces tenía una novia en San Cristóbal y nos veíamos en San Antonio. No tuve otro remedio: pasé al otro lado por el río, pero tropecé con un guardia estratégicamente escondido detrás de una curva. Le hablé tanto que terminó acompañándome para que no me pusieran problema y me vi con la novia. Ella fue más tarde la protagonista de “Altagracia”, un cuento que escribí en Caracas. “El perfume del viento” pertenece a la misma cosecha.
El correo
Mi manera de salir de Pamplona fue enviando textos y cartas a todas partes. También la manera de hacerme conocer. La publicación en revistas y periódicos, los premios. Entre esas revistas estaba Puesto de Combate, de Milcíades Arévalo. Yo a él no lo conocía y le escribí una carta. Él le ha escrito miles y miles de cartas a muchos escritores colombianos. La revista tiene más de cincuenta años, un trabajo de toda la vida. Mandé también a Gato encerrado, creo que ahí me gané un premio. Mandaba sobre todo a periódicos. Cuando estaba en el colegio envié a El Tiempo un texto, media cuartilla, y me lo publicaron. El profesor Elio Buitrago lo llevó a la clase, lo leyó y dijo: “Arciniegas tiene cinco. Quien quiera que publique un cuento también tendrá cinco”. Como ganarse la lotería.
La plata se me iba en correos y libros. Ahí empezó una búsqueda muy personal de lecturas; lo que me gustaba lo exploraba hasta el agotamiento. Después de las bibliotecas públicas de Málaga y de Pamplona pasé a la biblioteca de la Escuela Normal, una biblioteca que se inventó Gabriel Suárez, mi profesor de español. Él hizo una selección exquisita de Losada y Sudamericana, que publicaban a Camus, Sartre, Neruda, Flaubert, Kafka, Moravia. A todos los leí -en ese entonces adquirí la fiebre de Neruda-. Leía Madame Bovary cuando otros estaban leyendo María. Madame Bovary me pervirtió, lo que yo soy es por culpa de ese libro.
Milcíades y El Tiempo me publicaban, pero no me pagaban. Yo seguía gastando dinero enviando cosas desde el fin del mundo y vivía esperando la carta que cambiaría mi vida. Tenía un apartado aéreo y mirar por entre los rotos el cajoncito del apartado y comprobar que había algo era una dicha. Tenía una llavecita, abría la pequeña puerta y me iba con el paquete a la panadería de la esquina. Pedía una Coca-Cola y un pan de agua y empezaba a esculcar. Esa panadería aún existe y está por cumplir cien años.
La Javeriana
“Un día, un muchacho se le acercó al padre Marino Troncoso y le dijo: ‘Padre, yo no tengo dinero y quiero estudiar en la Javeriana’ y él le contestó: ‘Venga el lunes’”. Así contó el cuento Juan Diego Mejía en Medellín y así fue. No tengo ese recuerdo pero así fue. Empecé prácticamente como un alumno clandestino, no tenía carné ni acceso a la biblioteca pero iba a clase. Jamás pagué un peso y sin embargo me gradué.
Yo era el último que llegaba al comienzo del semestre y el primero que me iba porque tenía trabajo en Pamplona. Pero me las ingeniaba y pedía permisos de tres meses para poder venir. Una vez vendí una moto para hacer un semestre.
Bogotá significaba patas mojadas porque vivía con los zapatos rotos. Cuando llovía era terrible. Una vez tuve plata para unos zapatos y los compré en San Victorino, y en el primer aguacero se me abrieron como una flor. Me tocó buscar los anteriores en la basura.
Se murió un joven alumno de la Javeriana que se llamaba Fumio Ito. Los papás vinieron de Japón y ofrecieron a la universidad un dinero, un capital inmenso. Así se creó la fundación Fumio Ito y el padre Marino dijo: “Le damos una beca a Triunfo.” Los papás de un muchacho japonés me pagaron la universidad, milagros de la vida.
Me sostenía como podía con el magisterio. También encontré un ángel de la guarda en Meissen. Yo vivía en un restaurante tolimense y la señora me acogió. Después tuve la suerte de que un pintor me ofreciera su casa en La Candelaria. “¿Para qué se va por allá a sufrir?”, me dijo la señora tolimense. Vivía a costillas suyas y no quería dejarme ir. Tenía la posibilidad de librarse de mí pero me rogaba que no me fuera. ¿Cómo podía ser tan maravillosa? Finalmente me fui y encontré cosas qué hacer: un taller, cosas así, algo pasaba. Además, tenía un espacio propio para otras aventuras. Ahí aprendí a vivir solo, a disfrutar la soledad. Yo sigo viviendo solo en una casa inmensa y me encanta. La soledad es rica cuando uno la elige, no cuando a uno le cae.
Amistades de años
La revista Espantapájaros sí pagaba las publicaciones. Una cosa muy bonita. Uno se maravillaba porque tenía cincuenta mil pesos, que serían quinientos mil ahora, y con eso uno compraba libros y almuerzos. Espantapájaros está presente en la vida de varios de nosotros.
Irene Vasco también andaba por allí. Ella fue mi ángel de la guarda. Cuando necesité algunos pesos o alguna cosa, acudía a ella, tan generosa. Me ofreció su amistad en las buenas y en las malas. Margarita Valencia, la señora tolimense, Domitila Pinzón, Marino Troncoso e Irene Vasco fueron mis ángeles de la guarda en distintos años. Cualquier lío que tuviera, les podía pedir ayuda. Evelio [Rosero] también es un amigo de esos de tomar cafecito y de las necesidades más terribles, de estar jodidos, de tener únicamente el dinero del bus y aun así conservar los sueños y seguir peleando. Hemos mantenido el aprecio y la amistad. Yolanda [Reyes] vino después. Estas amistades son una construcción de años, fruto de una larga paciencia.
Los primeros libros
En la Javeriana estuve trabajando sobre Celia se pudre, pero me pudrí yo. Hubo escritores que siguieron la línea de Rojas Herazo, pero esa no era mi búsqueda. Yo tuve el sarampión de Neruda y tuve otro muy intenso con Hemingway.
Empecé a escribir para niños luego de haber publicado El cadáver del sol [1984] y En concierto [1986], dos libros oscuros y sangrientos, duros y deprimentes, que con los años se transformaron en El jardín del unicornio y otros lugares para hombres solos y Noticias de la niebla. Eran cosas que no podía mostrarle a mi mamá. Ella fue una cómplice, una experta negociante que vendía mis libros a sobreprecio y me hacía pasar vergüenzas. Nuestra sociedad funcionó porque nos respetábamos comercialmente. El dinero que yo necesitaba, ella me lo conseguía. A menudo le decía que tenía un negocio entre manos, que se pusiera las pilas. Ella le rezaba a los santos para que funcionara y yo le daba su porcentaje por la intervención divina. Mágico, eficaz e inexplicable. A veces le daba dinero a mi mamá porque yo necesitaba, no ella. Por ejemplo, le daba cincuenta porque necesitaba cien y de pronto me aparecían cien o doscientos. Nunca falló. Darle a ella era darme a mí mismo el doble. Era un reto.
Gané un concurso de cuento con “La mujer cometa”, tal vez mi primer premio. Un cuento muy corto sobre los niños y el erotismo. Otra vez me gané un premio en Florencia que jamás me pagaron. Me gané el concurso de La Hormiga Editores, pero no publicaron el libro. Nunca publicaron nada de nadie. Ahora lo agradezco, porque estaba en una época de formación y era un libro horrible.
Las batallas de Rosalino
El Premio Enka me abrió las puertas de los salones de baile, fue mi presentación en sociedad. Ese premio lo gané en 1989 con Las batallas de Rosalino. Ya había empezado a publicar con Carlos Valencia Editores, que había puesto un aviso en el periódico anunciando que yo era su autor. Me sentí muy regocijado. Ahí me sentí escritor, tenía un editor y un premio que me daba mucho prestigio, así en lo económico no fuera mayor cosa. Jairo Aníbal Niño y Celso Román ganaron este premio. Enka marcó una época. Los libros de Carlos Valencia Editores pasaron a El Áncora y después a Panamericana. Luego llegó la oportunidad de publicar con el Fondo de Cultura Económica.

FCE y Ekaré
Los libros para niños son muy agradecidos. Yo puedo dedicarle veinte años a un libro para adultos, pero las regalías son ridículas. En cambio, escribo La media perdida en una mañana de sábado y se convierte en una pequeña entrada semestral por el resto de la vida.
Me llegó una propuesta de Daniel Goldin, que pensaba que Triunfo era una profesora de algún pueblo perdido de Suramérica. No era del todo señora, pero al resto le atinó. Le dije que estaba trabajando en un libro, que se lo podía mandar. Daniel seleccionó tres historias: “Los casibandidos”, “La escopeta de Petronio” y “El árbol de candela”, y publicó en el Fondo de Cultura Económica Los casibandidos que casi roban el sol. Es un libro que tiene más de treinta años y se sigue vendiendo como el primer día. Después publiqué con el mismo FCE El vampiro y otras visitas. Más adelante, Carmela toda la vida, Roberto está loco y El rabo de Paco. De todos modos, no puse todos los huevos en una misma canasta. Onetti decía que cambiaba de editorial cada vez que publicaba para repartir la quiebra. Cuando se acabó Carlos Valencia Editores, aprendí la lección y me diversifiqué: Panamericana, Norma, Alfaguara.

Los cinco libros del Fondo de Cultura Económica se siguen vendiendo bien. Empecé a viajar. Me empapé de la cultura mexicana. Me fui de casa pensando que era inmortal y volví sabiendo que me iba a morir. Ellos tienen una relación muy bella con la muerte, muy franca.
Publiqué Señoras y señores en Venezuela con Ekaré, pero salí debiéndoles. Para que me pagaran el adelanto tuve que viajar a Caracas. En México editaron treinta mil ejemplares de ese libro, en Argentina hicieron otra edición, y nunca tuvieron la cortesía de avisarme. Cuando les reclamé en Guadalajara, me humillaron. Mafe [Paz] estaba ahí cuando eso pasó y les dijo: “A un escritor no se trata así, a nadie se le puede tratar así”. Ellos fueron los ofendidos.
A SM España llegué porque mandé un texto a un premio (lo mandé allá porque pagaba más) y quedé finalista. Publiqué en el 2005 La hija del vampiro, que luego reclamaron otras sucursales. Publiqué con SM México y SM Colombia distintos títulos, porque tienen catálogos independientes. Si uno publica en España, publica para toda América Latina, pero si uno publica en Chile o en Ecuador lo hace para cada país. Una de nuestras desgracias. En SM están mis mejores títulos, pero la editorial ha estado perdiendo terreno.
Daniel Goldin pasó del FCE a Océano. Cuando Claudia Rueda le presentó un libro, él le dijo: “Este libro necesita un texto y el único que puede hacerlo es Triunfo”. De ahí salió Letras robadas. El proceso fue contrario al habitual: yo tenía que seguir las ilustraciones sin caer en obviedades, sin repetir lo que se podía ver. Hablé de una profesora que no aparece en las ilustraciones y de la situación de la niña en la escuela. Claudia me dijo que se había puesto a llorar cuando leyó el texto. Pero como Daniel es tan jodido nos hizo seguir trabajando. Viajé dos veces a Bogotá y una vez a México por ese libro. Le dije a Daniel que me había gastado el tiempo de tres libros y me respondió que lo que quería era “mejorar mis regalías”. Para mí fue un mal negocio, pero resultó un libro muy exitoso y acabó en la lista de los diez mejores libros publicados en habla española de El País.
El Fondo de Cultura Económica y la UNAM decidieron publicar un libro con textos de niños y Daniel Goldin dijo que yo era el indicado para el proyecto porque era profesor y escritor. Trabajé con niños de Argentina, de México, de Brasil. Yo les ponía un problema a los niños, y ellos empezaban a escribir y me mandaban. Después de leer el material, escribía un texto extenso diciendo por qué había aceptado o rechazado cada cosa, y armaba un capítulo. Les hablé de una boda, les pedí que casaran a la enana y al domador. Ellos sabían de bodas mucho más que yo, me volví experto leyéndolos. Les tengo respeto, valoro lo que dicen. Nunca he tenido una relación vertical con los niños. Reconozco que nos llevan ventaja. De ese proyecto salió Carmela toda la vida.
Fueron seis meses muy duros porque debía cumplir con la entrega de los capítulos, que se publicaban en la página que había montado la UNAM. Uno no siempre escribe cosas que funcionan, pero acá había que cumplir. Era demasiada responsabilidad. Además no escribo con semejante ritmo. La gente me conoce por mis bajones. Cuando el FCE publicó Carmela toda la vida, Daniel se había ido a Océano. El Fondo de Cultura Económica para niños es obra de Daniel, eso no tiene discusión. Un trabajo como de diecinueve años.
Yo, Claudia fue traducido al alemán como Ich, Prinzessin Sophia. Este año me pidieron permiso para leerlo en voz alta en Alemania y me pagaron treinta dólares. Aquí los cuentacuentos cuentan y alteran mis textos todos los días y nadie me paga. He publicado también relatos breves en un par de antologías alemanas. El primer traductor de “La mujer del comeclavos” se negó a hacer el trabajo porque le pareció un texto demasiado perverso. Eso me encantó. Es la historia de un hombre que vive de tragar clavos y en las noches se los pasa a su mujer.
Hubo un intento de publicar en inglés El perfume del viento, uno de mis mejores libros. Lo publicó Loqueleo en la colección Nidos de lectura. Estuvo en el Reading Colombia, que aprobó un auxilio de tres mil dólares, pero parece que la editorial en Estados Unidos no cumplió. Roberto está loco está en portugués, en Pulo do Gato. De eso no recibo regalías. El Fondo ni siquiera me avisó.
Licitaciones
Otra cosa son las licitaciones. Yo estuve en muchísimas licitaciones con libros de teatro en México. Eso lo gestionaba Panamericana (que cumplía con avisarle a uno cuando ya se había hecho la gestión). Una vez se hicieron ciento cuarenta mil ejemplares de La vaca de Octavio. Llené México de vacas y de otros libros de teatro. Tuve una gran pelea con Panamericana por esas regalías. Con eso me compré un apartamento en Pamplona, donde ahora vive mi hija Alejandra. La imaginación me da una casa.
Alfaguara y Planeta
Pregunté en Loqueleo cómo hacer llegar un libro a Alfaguara y allá me dieron la información. Me tomé un cafecito con Adriana Martínez en el Parkway y le presenté el libro. Ella fue la editora de Dulce animal de compañía, una editora maravillosa, una bella persona, nos entendimos muy bien. Ahora que Adriana se fue me quedé de nuevo en el aire, sin interlocutor.
Con Muertas de amor me pasé a Planeta. Me crucé con Juan David Correa en el patio de Banderas de Corferias, nos tomamos un café y ahí cuadramos libro. Juan David siempre responde los mensajes, vive pendiente, me guía y resuelve mis preguntas. Además, cree en mí. Como dijo Octavio [Escobar], él nos había echado el ojo, porque somos mayores que él. Juan David sabe lo que está haciendo y me siento muy regocijado.

El magisterio y el teatro
Dejé de enseñar después de tres décadas, hace más de doce años. También dejé de hacer teatro. Siempre hice teatro para alguien. Creaba los personajes para un grupo determinado, a partir de una persona determinada. De una escalera abandonada o un pupitre que se pudría al sol. Lo que hacía a menudo era jugar con la persona o jugar de manera retorcida con algo que había sucedido. Con humor negro. Hay siempre humor negro en mi escritura, una irreverencia necesaria frente a la vida, porque tal cual es la vida resulta insoportable. Hay que disfrazarla. Si estamos muertos de hambre, hacemos de cuenta que nos estamos comiendo un manjar, que con el billete que nos encontramos en la séptima nos vamos a comer un banquete, y así nos llenamos.
En fin, dejé el magisterio y todo el tiempo del mundo es mío: los libros, la pintura, la fotografía, los viajes, el cine.
Los libros me interesan como evasión, para perderme. No me interesa leer para conocerme a mí mismo, leo para olvidarme de mí mismo porque estoy conmigo todo el tiempo. El libro me da la oportunidad y la felicidad de vivir en el pellejo de los otros.
La fotografía
Nunca tuve talento para la música y soy un pintor frustrado. He ilustrado algunos libros míos: El león que escribía cartas de amor, Las batallas de Rosalino, Roberto está loco, María Pepitas. Me encanta la fotografía, consuelo de los pintores. Soy un fotógrafo callejero. Tengo miles de fotos de más de diez países. Tengo fotos de amigos y de escritores, unos muy famosos y otros no tanto. Con María Osorio, editora de Babel, estoy haciendo “El dragón viejo” con fotografías mías.

Las reescrituras
En mi último libro, Muertas de amor, hay treinta años de trabajo. La nuez fue el concurso Jorge Gaitán Durán, en 2008, cuando se hicieron mil ejemplares que circularon entre conocidos. En esa edición hay nueve muertas de las veintidós definitivas. Después vino Cinco muertas de amor, porque el paginaje era muy escaso, no había tierra para más muertas. Diez mil ejemplares para los usuarios del metro de Medellín. Esto fue con Luis Fernando Macías. Luego, Juan Diego Mejía seleccionó ocho muertas, más otros cuentos de El jardín del Unicornio y de Noticias de la niebla, para una antología de la colección Debajo de las estrellas, de EAFIT.
La versión definitiva de Muertas de amor, en Tusquets, es mi estreno de este año.
Todos mis libros son así, reescritos. Se me ha ido la vida reescribiendo.

He tenido más continuidad y más publicaciones para niños porque hay más posibilidades, hay un mercado. Con los libros para adultos no es tan fácil y la distancia no ayuda. Nunca me vine a vivir a Bogotá porque no soy feliz aquí, padezco la ciudad a pesar del amor. Es una ciudad muy dura que no me permite el gozo de la vida. Amo estar en casa, con mis doce mil libros y los gatos.
Las mujeres y los hombres en mis historias tienen un espacio de libertad que es el sexo, es algo recurrente en Muertas de amor. “Última estación en el infierno”, que cierra el libro, trata de una pareja que se encuentra en Medellín, la ciudad caótica y peligrosa de otros tiempos. Ellos se reúnen en una habitación con su amor y sus heridas. “¿Hasta cuándo se van a seguir matando?”, pregunta la mujer que mira por la ventana.
Mujeres desatadas entre la opresión y el peligro. Eso es muy propio de las relaciones amorosas de la capital. Cuando llegué a Bogotá conocí el amor de otra manera, un amor muy salvaje, intenso, apasionado. Nada más miren la forma en la que las parejas se besan por las calles, se olvidan del mundo de manera absoluta, uno no existe.
El libro arranca con “Altagracia”, un cuento en el que una niña descubre el deseo. Juan David no lo quería al principio del libro, pero se trata de un texto que define la naturaleza del libro. Laura Benítez, con quien trabajé la edición, estuvo de acuerdo conmigo. “En Muertas de amor estamos todas”, me dijo Laura, y me preguntó si también había muertos de amor. Por supuesto. La pasión es como un río desbordado que arrastra con quien encuentre. No distingue edades, sexo ni condición, se lleva a todos por igual.
En Muertas de amor, un niño que viaja con su padre quiso llevarse a casa uno de los perros recién nacidos, pero era demasiado pronto y la vida del cachorro peligraba, así que se lleva un perro imaginario. En ese cuento también hay otra historia velada entre el padre y la mujer del herrero. Ese cuento es la síntesis de los distintos viajes que hice con mi padre. Los viajes son ciertos. La relación con la mujer es un invento. Le atribuyo al padre mi fascinación por las mujeres.
Atravesé tantas veces ese páramo entre Málaga y Pamplona. Luego íbamos hacía Ragonvalia, en donde vivimos algún tiempo en mi infancia. Allá estaban mis primos. Pero el cuento “El dragón viejo” se acaba en Pamplona porque allí el padre vende la herradura. De regreso, esconde el dinero en los costales para mantenerlo a salvo de los ladrones del páramo.
De ladrillos y de libros

Vivo de mis libros, aunque es una cosa que fluctúa mucho. Antes vivía del magisterio, pero un día pensé que tenía que conseguir que el escritor trabajara para mí, es decir, que se ganara al menos el salario mínimo en regalías. Esa era la idea. Ese hombre se logró, lo creé, no había que afiliarlo a nada, no me hacía huelgas ni me pedía que le regalara los festivos. Ahí empezó la cosa, con la ambición de llegar a un salario mínimo extra. El magisterio servía para comer y beber, pero la literatura me dio para otras cosas. Tengo carro, finca, caballo y casa porque escribí.
La muchacha de Transilvania ganó el Premio Nacional de Literatura y compré media casa. Con Torcuato es un león viejo, Premio Nacional de Dramaturgia, la otra media. Otra cosa que me ayudó fue una beca por un libro que se echó a perder, que nunca terminé. Con eso compré la camioneta. Los premios han sido una bendición.
A mí me hizo falta un agente literario, alguien que peleara por mí. Si yo tuviera un agente quizás estaría muy bien económicamente, aunque no me ha ido mal. Las ventas suben y bajan, las editoriales se acaban, las regalías a veces se embolatan. Los libros para adultos no son muy rentables. Vivir de la literatura es difícil, pero se logró sobre todo porque escribí para niños. Si me hubiera dedicado solo a escribir para adultos no hubiera llegado. Escribir para niños es un oficio generoso. Además, mi propósito no ha sido hacer dinero. He tenido una mejor vida, por supuesto.
No hay afán, ahora estoy concentrado en hacer una casa. Cuando les anuncio a los obreros que me voy a Bogotá, les pido que recen para que me vaya bien y ellos dicen: “Jefe, que le vaya bien”. Cuando les digo que conseguí unos pesos se les nota el alivio, porque ellos tienen trabajo un mes y otro no. De la casa falta mucho, no vamos ni en la mitad, los vecinos me dicen: “¿Está construyendo un hospital o qué?”.
Si un editor me dice que me va a dar dos millones de pesos de adelanto, yo pienso en tantos ladrillos de adelanto. Solo pienso en ladrillos. Hacer una casa es un sueño muy bello. Me entretengo moviendo una pieza, llevando un baño de un primero a un segundo piso. Dibujo mucho, desde muchacho dibujo planos. Los hijos me recuerdan así. Vivíamos arrendados y me pasaba el tiempo dibujando casas. Alguna vez viajé a Chile a conocer las disparatadas casas de Pablo Neruda.
Estoy haciendo muros dobles por la inseguridad. El año pasado me robaron. Se llevaron las ollas, un televisor de 75 pulgadas, unas botas sin estrenar, todos los ventiladores, el tanque del baño, barrieron con todo. Menos mal no estaba, porque estaría muerto y sin televisor, grave. Un muerto sin televisor, qué pereza. La idea es hacer un búnker impenetrable. Yo aspiro a que un día me manden a los presos más peligrosos para probar que sí puedo mantenerlos ahí. La primera habitación es un sótano de treinta y cinco metros cuadrados: eso ya es como un apartamento en Bogotá.
Tengo otro problema que es el ruido. Al frente hay una montaña habitada y, si alguien prende un radio, suena como si estuviera dentro de casa. Los fines de semana no faltan el reguetón y el vallenato. Es insoportable. Así que también había que combatir el ruido. En vez de rellenar el solar, los obreros siguieron cavando y cayeron del cielo dos habitaciones; ahí no se oye el ruido y es muy fresco, puedo estar ahí. Tengo pensada una habitación secreta. La construcción es tan entretenida como la escritura. Hablo de esta pasión con más regocijo que de los libros. Como Proust, que decía: “De mis libros digan lo que sea, pero con mis flores no se metan”. Así estoy yo, hablando con más entusiasmo de ladrillos que de libros.
Notes