El tópico de la guerra de Jerusalén en Luis de Miranda y Martín del Barco Centenera

The Topic of the Jerusalem War in Luis de Miranda and Martin del Barco Centenera

Silvia Tieffemberg
Universidad de Buenos Aires, Argentina

El tópico de la guerra de Jerusalén en Luis de Miranda y Martín del Barco Centenera

Hipogrifo. Revista de literatura y cultura del Siglo de Oro, vol. 5, núm. 2, pp. 283-294, 2017

Instituto de Estudios Auriseculares

Recepción: 15 Febrero 2017

Aprobación: 07 Marzo 2017

Resumen: El trabajo propone un análisis de los Cantos IV y IX de la Argentina y conquista del Río de la Plata, —primer poema épico sobre esta región—, publicado en 1602 por Martín del Barco Centenera, en diálogo con el llamado Romance de Luis de Miranda, —primer poema sobre la misma región—, escrito probablemente hacia 1540. Este análisis, cuyo punto de partida es la complejidad discursiva de las producciones coloniales y sus múltiples horizontes de gestación y circulación, considera de manera particular en ambos textos la presencia y rearticulación, en el escenario político rioplatense temprano-colonial, de un tópico de gran difusión en la literatura peninsular de la época, el del cerco de Jerusalén. Este tópico, que remite al relato de Flavio Josefo De bello Iudaico, se configura sobre dos ejes: la destrucción de la ciudad como castigo divino y los estragos provocados por hambre a causa del sitio.

Palabras clave: Centenera, Miranda, Río de la Plata, guerra, Jerusalén.

Abstract: The work proposes an analysis of Chapters IV and IX of Argentina y conquista del Rio de la Plata, the first epic poem about this region, published in 1602 by Martin del Barco Centenera, in dialogue with the so-called Romance of Luis de Miranda, the first poem about the same region, probably written about 1540. This analysis, whose point of departure is the discursive complexity of colonial productions and their multiple horizons of gestation and circulation, considers in a particular way in both texts the presence and rearticulation, in the early colonial-colonial political scene, of a topic of great diffusion in the peninsular literature of the time, that of the siege of Jerusalem. This topic, which refers to the account of Flavius Josephus De bello Iudaico, is shaped on two axes: the destruction of the city as divine punishment and the ravages caused by hunger because of the site.

Keywords: Centenera, Miranda, Río de la Plata, war, Jerusalem.

«como en Jerusalén, / la carne de hombre también/la comieron»

Luis de Miranda, Romance

«no hizo ella jamás otra hazaña/ cual esta y de Judea referida»

Martín del Barco Centenera, Argentina y conquista del Río de la Plata

En una carta escrita en Sevilla, probablemente en 1571, Martín del Barco Centenera, poco después de ser nombrado arcediano de la Iglesia del Paraguay y antes de la partida hacia el Río de la Plata, se dirige al Consejo de Indias para solicitarle algunos proveimientos que considera necesarios. Entre los pedidos que realiza Centenera me interesa para este trabajo la solicitud de que el clérigo Luis de Miranda sea nombrado como dignatario dentro del cabildo de Asunción, por formar parte, dice Centenera, de un grupo de «sacerdotes doctos, de buena vida», con varios años ya de residencia en la tierra1. Si bien podría resultar llamativo el volumen y la exactitud de la información que exhibe Centenera con respecto a la región rioplatense, —se trataba de un clérigo joven que aún no había vivido la experiencia americana—, las razones se deducen del contexto con relativa facilidad. A causa de que la expedición de Joan Ortiz de Zárate, en la que Centenera se había alistado para llegar al Río de la Plata, debió esperar casi tres años antes de iniciar la partida, varios de sus integrantes se vieron en la necesidad de convivir por un largo tiempo en el puerto de embarque. Entre ellos estuvieron Martín del Barco Centenera y Francisco Ortiz de Vergara, gobernador interino del Río de la Plata y del Paraguay entre 1558 y 1564, y activo participante de la vida política de la región desde su llegada en 1542. Es altamente probable que Ortiz de Vergara haya proveído la información puntual para las solicitudes del arcediano, y esto se corrobora si tenemos en cuenta que, por la misma fecha, Francisco Ortiz había enviado al Consejo de Indias tres documentos con información semejante a la expuesta por Centenera. Más aún, en uno de esos documentos —donde advierte sobre la necesidad de que los gobernadores del Río de la Plata sean aquellos conquistadores que han descubierto la región—, Ortiz de Vergara copió o hizo copiar un poema escrito por Luis de Miranda, al que denominó Romance2. La inclusión del poema de Miranda en este documento no es ingenua: un texto que describe el fracaso en la implementación efectiva de autoridades estables en la región rioplatense refuerza el pedido de Francisco Ortiz desde la perspectiva legitimada de un conquistador viejo, llegado con la armada de Pedro de Mendoza. Ortiz de Vergara, además, formaba parte de la misma facción política que Miranda —los leales—, y conocía la precaria situación económica en la que este había quedado, tras haberle sido arrebatada la capellanía de Asunción en 1545, como consecuencia de la destitución del segundo adelantado, Alvar Núñez Cabeza de Vaca, al que ambos habían apoyado. En este contexto, entonces, es posible comprender por qué Martín del Barco Centenera, en un documento generado antes del arribo al Río de la Plata, menciona expresamente y solicita se provea de un cargo a un clérigo para él desconocido, pero camarada cercano de Francisco Ortiz en épocas anteriores.

la primera composición poética y del primer poema épico sobre el Río de la Plata, y, más allá de la información que suministra la carta, no se ha hallado ningún documento que certifique, con posterioridad, la existencia de un vínculo personal entre ambos. Sin embargo, Barco Centenera, no solamente conoció y utilizó el Romance de Luis de Miranda como fuente primaria para componer los Cantos IV y IX de su Argentina, sino que también adhirió a su pensamiento político, y desde ese lugar de enunciación, relató —con similar apasionamiento— sucesos ocurridos en el Río de la Plata muchos años antes de su llegada. El vínculo entre Centenera y Miranda, por otra parte, no se agota en la pertenencia a una misma facción política ni en el aprovechamiento de una fuente documental de alta significación por provenir de un activo protagonista en el primer asiento rioplatense. Uno y otro, además, conocedores en mayor o menor medida de la preceptiva del siglo de oro, versificaron su experiencia en Indias apelando a la retórica y a los tópicos aprendidos en la península. Así, si bien es necesario moderar la afirmación de Morínigo acerca de «la aparición de un nuevo arsenal retórico»3 con la llegada a América de los contingentes colonizadores, es innegable que el bagaje cultural, propio y colectivo que estos traían —y que se modificaba en el mismo proceso de aprehensión—, generaba los nuevos textos de la expansión, que sin dejar de ser productos peninsulares ya no lo eran.

En este trabajo, entonces, propongo un análisis de los Cantos IV y IX de la Argentina y conquista del Río de la Plata publicada en 1602 por Martín del Barco Centenera, en diálogo con el Romance de Luis de Miranda, escrito probablemente hacia 1540, haciendo hincapié en la complejidad discursiva de las producciones coloniales y sus múltiples horizontes de gestación y circulación. Analizaré, de manera particular en ambos textos, la presencia y rearticulación en el escenario rioplatense temprano-colonial de un tópico de gran difusión en la literatura peninsular de la época, el del cerco de Jerusalén.

I.

La toma de la ciudad de Jerusalén llevada a cabo por Tito en el año 70 d.C. para sofocar el violento levantamiento que, desde hacía cuatro años, agitaba a Judea, constituyó el cuerpo principal del relato del historiador Flavio Josefo en De bello Iudaico, también conocido como La guerra de los judíos o La destrucción de Jerusalén. Josefo compuso el texto en época contemporánea a los hechos narrados, aproximadamente entre el 75 y el 79 d.C., pero, como explica Beatriz Aracil Varón, el relato de Josefo se conoció no solamente por su versión original, sino a través de diferentes versiones que registraron «una amplia difusión en la literatura medieval europea»4. La Destruction de Jérusalem, poema anónimo escrito en lemosín en el siglo XIII, tuvo dos versiones: una inglesa, en verso, Titus and Vespasian or The Destruction of Jerusalem, y otra francesa, en prosa, Destruction de Jérusalem, que se imprimió «en el siglo XV al menos siete veces y fue traducida al español a finales de ese mismo siglo con el título de Historia del noble Vespasiano»5. De esta versión, indica Cristina González, se conservan dos ediciones, una realizada por Juan Vázquez en Toledo, entre 1491 y 1494, y otra realizada en Sevilla en 1499 por Pedro Brun. Finalmente, en el siglo XVI se concluyó una nueva edición, hoy perdida pero conservada a través de la transcripción llevada a cabo por Adolfo Bonilla y San Martín en 1908. De todo lo anterior, puede afirmarse, concluye González, que la Historia de Vespasiano fue un best-seller en los primeros años de utilización de la imprenta en España, y que, junto con obras como Oliveros de Castilla, El conde Partinuples o Roberto el Diablo, puede catalogarse dentro del llamado género editorial, creado por impresores y libreros para responder a las demandas del público de la época6.

David Hook afirma que existen versiones del relato de la destrucción de Jerusalén en casi todos los idiomas del viejo continente, pero que la versión más divulgada parece haber sido la chanson francesa conocida como La Vengeance de Nostre-Seigneur. En la península ibérica en particular, existieron prosificaciones en castellano, catalán y portugués y una versión dramática, El auto de la destruición de Jerusalén, que deriva a su vez de otra versión recogida en la colección de textos piadosos, Gamaliel7. No hay que olvidar, además, que en 1491, al filo del renacimiento, De bello Iudaico fue traducido al español por el humanista Alonso de Palencia y que se publicó un año más tarde con el título de Los siete libros de la Guerra Judaica, en el propicio contexto político de la Reconquista.

Para finalizar, me interesa dejar señaladas dos cuestiones con respecto al relato de Josefo. Por una parte, la destrucción de Jerusalén no se consideró un hecho causal sino la consecuencia del justo castigo divino, ante un estado de libertinaje desenfrenado al que era necesario poner fin. La interpretación de la destrucción de Jerusalén en tanto castigo de Dios para Luis de Granada —que utiliza el texto de Flavio Josefo como fuente histórica—, adquiere valor probatorio de la divinidad de Cristo y así aparece en Introducción al símbolo de la fe, escrito en 15838. Por otra parte, el imaginario europeo condensó la extensa narración de la guerra judaica en los pasajes que narran los estragos provocados por el hambre a causa del cerco soportado por la ciudad, así, se recordaba especialmente un caso extremo de antropofagia: una madre que asó y devoró a su propio hijo.

II.

El traslado y difusión del tópico en América es incierto y solo podemos rastrear los indicios: uno de los ejemplos más emblemáticos es la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España (1575). Allí Bernal Díaz del Castillo hace referencia por lo menos tres veces a lo ocurrido en Jerusalén tras el cerco romano y en una de ellas, compara la caída de Tenochtitlan con la de Jerusalén, de la que dice haber tenido noticia a través de la lectura. Al igual que Juan Gil9, Enrique Flores afirma que Bernal no leyó De bello Iudaico sino una de las versiones ya citada, que se conservó a través de las ediciones de Toledo y Sevilla10. Se trataría, dice, de un libro de cordel —breve y de circulación popular— emparentado con «los romances hagiográficos y artúricos, y en especial con el Libro de Josep de Abarimatía y el Libro del Santo Grial». Asimismo, ha podido documentarse, continúa, que Hernando, el hijo de Cristóbal Colón, poseía —entre los casi 15.000 volúmenes de su biblioteca personal— un ejemplar de la Historia de Vespasiano, emperador de Roma, mientras que en el inventario de libros de 1529 de Jacobo Cromberger se registraron seiscientos setenta y un ejemplares de la Destrucción de Jerusalén11. No puede aseverarse, sin embargo, que en América hayan circulado exclusivamente versiones de la obra de Josefo: María Rosa Lida, que registra la referencia a De bello Iudaico en Cieza de León12 y en Gonzalo Fernández de Oviedo13, sugiere que tanto el original como sus versiones habrían circulado por América, por lo cual, unas y otras podrían haberse encontrado en la biblioteca de algún letrado colonial14. Además, desde épocas tempranas también circularon por nuestro continente obras misceláneas que referían la historia del cerco de Jerusalén de manera abreviada, tal es el caso de los capítulos dedicados al tema en la Cuarta parte de la Silva de varia lección de Pero Mejía, reimpresa diecisiete veces en el siglo XVI.

El relato sobre el cerco de Jerusalén, por otra parte, no circuló solamente como tópico en América: dentro del teatro evangelizador novohispano existe una pieza titulada Destrucción de Jerusalén —de la que se conserva un manuscrito en náhuatl, copia de un original que se habría escrito en el siglo XVI—, en la que pueden encontrarse los elementos esenciales del relato de Josefo, según explica Beatriz Aracil Varón15.

III.

El precario asentamiento levantado en 1536 por Pedro de Mendoza en la región del Plata tuvo una vida breve: la etnia lugareña de los querandíes pronto se rebeló ante los desconocidos y sitió el fuerte para impedir el aprovisionamiento. La falta de alimentos llevó a la antropofagia y a ella quedó asociada la región rioplatense en el imaginario europeo, en especial desde el momento en que el editor Levinus Ulsius acompañó el relato del primer cronista de la región, Ulrico Schmidl, con una serie de grabados donde algunos soldados descolgaban de las horcas a sus propios compañeros y los devoraban. La hambruna padecida en Buenos Aires se asoció con la del sitio de Jerusalén y así se registró en la mayoría de los textos temprano-coloniales nacidos en el Río de la Plata. El símil con el hambre de Jerusalén aparece desde las primeras crónicas de la región: ya en la «Relación» sobre el gobierno de Pedro de Mendoza dirigida por Gregorio de Acosta al Consejo de Indias en 1545, este decía, refiriéndose a la suerte corrida por la armada mendocina, que sus integrantes habían recibido el castigo de Dios «con una grande hambre como la de Jerusalén y mayor pues se comieron muchos hombres unos a otros»16. Además, el símil se encuentra en la carta que la expedicionaria Isabel de Guevara dirigió en 1556 a la princesa Juana, regenta de España en ese momento; en los dos textos que se analizan en este trabajo, el Romance de Luis de Miranda (ca. 1540) y la Argentina y conquista del Río de la Plata de Martín del Barco Centenera (1602), y en la Argentina del mestizo Ruy Díaz de Guzmán, primera obra historiográfica rioplatense, compuesta hacia 1612. Incluso, el historiador Alberto Salas, especialista en la época colonial temprana de la región rioplatense, asume en su ensayo Crónica florida del mestizaje de Indias, en una muestra de empatía con las crónicas del período, que el hambre asoló la primera Buenos Aires «como a Jerusalén durante el sitio de Tito»17.

Por tratarse de una zona marginal, —es decir, alejada de los centros virreinales y de comunicación poco fluida con la península—, la circulación de obras metropolitanas en el Río de la Plata fue escasa, más aún en épocas tempranas, de manera que la presencia del tópico de Jerusalén en estas obras debe, muy probablemente, provenir de lecturas o referencias orales que antecedieron la llegada a América. Ahora bien, la importante revitalización que el tópico experimenta en el siglo XVI obedecería a que el cerco y destrucción de Roma, ocurrido en 1527, habría avivado en la península el recuerdo del sitio de Jerusalén y a él se habría asociado18. El llamado «saco» de Roma o saqueo de Roma se produjo el 6 de mayo de 1527 cuando las tropas de Carlos V se enfrentaron a las fuerzas del papado, sitiaron por hambre la ciudad, y finalmente la tomaron. Al igual que en Jerusalén, rendida Roma, los soldados realizaron todo tipo de actos vandálicos entre los que se recuerda el despojo de obras de arte que se encontraban en el Vaticano, el robo de objetos sagrados de iglesias y catedrales, y la apropiación de bienes personales de dignatarios eclesiásticos19. La caída de Roma, como la de Jerusalén, también fue asimilada al castigo divino: en el Diálogo de las cosas ocurridas en Roma de Alfonso de Valdés, uno de los personajes exime de culpas al emperador y explica la caída de la ciudad, indicando que «todo lo que ha acaecido ha sido por manifiesto juicio de Dios, para castigar aquella ciudad, donde con grande ignominia de la religión cristiana reinaban todos los vicios que la malicia de los hombres podía inventar»20.

Así, las dos ciudades de mayor carga simbólica en la historia de la cristiandad, Roma y Jerusalén, se habrían fundido en el imaginario popular europeo —a través del hambre, la destrucción y la idea del castigo divino— reposicionando el tópico, y la vía oral habría sido uno de los canales —más allá de los librescos— del trasladado a América. No parece un dato menor, en este sentido, que Luis de Miranda participara como soldado en el saco de Roma junto a Pedro de Mendoza, ni que parte del botín allí obtenido sirviera para financiar la expedición al Río de la Plata en la que ambos llegaron. Esta información no surge de una deducción posterior sino que era de público conocimiento en la época: en el canto IV de su Argentina, Martín del Barco Centenera comienza el relato sobre el hambre y la antropofagia de la primera Buenos Aires, haciendo referencia a la participación de Pedro de Mendoza en el saco de Roma.

IV.

Centenera llegó al Río de la Plata el 8 de febrero de 1573 en la armada de Joan Ortiz de Zárate, tercer adelantado de la región, con el título de arcediano de la Iglesia del Paraguay. Durante su permanencia en América —alrededor de veinte años—, además de abocarse a la reorganización de la iglesia para la que había sido designado, se desempeñó como «Protector de indios», cargo en el que fue nombrado por Juan de Garay, como vicario en Charcas y Oropesa, y como Comisario de la Inquisición en Cochabamba. Existe en el Archivo de Indias una carta dirigida al rey sin firma y sin fecha pero que, por la información que aporta, pertenece a Centenera y puede ser fechada alrededor de 158721. En esta carta —que muestra a Centenera interviniendo nuevamente en el ámbito político de la región—, el arcediano informa con detalle sobre la delicada situación del Río de la Plata, y finaliza anunciando que la gran cantidad de información útil a la corona que ha recogido, tras quince años de peregrinar por América, le ha permitido concluir una Historia, que saldrá a luz en la península y será ofrecida a Felipe II en persona. Se trata de la ya citada Argentina y conquista del Río de la Plata, que se editará recién en 1602, ahora bajo el reinado de Felipe III.

Barco Centenera comienza el Canto IV, donde describe la llegada de la armada mendocina a la región, connotando la figura de Pedro de Mendoza desde lo moral y desde lo fáctico. La codicia y la soberbia definen al adelantado en cuanto a lo moral como aquel «enriquecido en vana gloria», mientras que, desde lo fáctico, se lo presenta como un actor menor en el saco de Roma —«soldado»—, en relación con dos figuras sobresalientes del mismo: Carlos III, duque de Borbón y condestable de Francia, y Juan de Urbina, capitán del ejército español:

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El duque de Borbón fue un actor clave en el saco de Roma, pues se dice que su muerte, ocurrida el 6 de mayo de 1527, precipitó, ese mismo día, la toma de Roma por parte del ejército de Carlos V: frente a esto Juan de Urbina debió asumir el mando de las tropas, pero no pudo evitar la irrupción vandálica de la soldadesca en la ciudad. Ahora bien, la connotación de Pedro de Mendoza a través de la codicia y la soberbia y su filiación con el saco de Roma es el paso inicial para asociarlo, mediante un entramado retórico complejo, con el tópico del cerco de Jerusalén. El hambre padecida por la armada mendocina se liga con el castigo divino23 en torno a la figura del adelantado porque este había formado parte del ejército que asoló Roma y, ya en América, —he aquí un elemento nuevo, tomado del ámbito local— fue el responsable de la ejecución sin juicio del capitán Osorio. El análisis del pasaje descripto por Centenera en el Canto IV de su Argentina muestra, además, que el Romance de Luis de Miranda fue la principal fuente utilizada.

V.

El poema de Miranda vincula, por primera vez en la producción textual rioplatense, el hambre de Jerusalén con el hambre provocado por el cerco indígena a la primera Buenos Aires y la ejecución del maestre de campo, Joan Osorio. En viaje hacia el Río de la Plata, las tensiones entre los integrantes de la armada de Pedro de Mendoza hicieron eclosión cuando un grupo de capitanes convenció al adelantado de que Osorio quería amotinarse, y se lo condenó después de un juicio secreto. El castigo divino ante esta situación —en el Romance— se hace sentir con una hambruna similar a la de Jerusalén24, cuando Pedro de Mendoza cede a las presiones de sus capitanes y ordena ejecutar al inocente Osorio. La configuración del hambre y sus consecuencias, además, proviene sin dudas de dos fuentes europeas: Juan del Encina y Flavio Josefo.

Las «Coplas sobre el año de quinientos y veinte y uno» del poeta español Juan del Encina han sido exhaustivamente estudiadas por Sofía Carrizo Rueda en relación con el Romance de Miranda. Como explica Carrizo Rueda, en los dos poemas se describe el hambre particularizando la ingesta de «alimentos viles», se narran casos de antropofagia y las hambrunas padecidas se explican a través del castigo divino25. En este sentido, podría plantearse que la fuente principal del Romance fueron las «Coplas» de del Encina, sin embargo, en estas no se registran descripciones de cuerpos humanos, de nutrida presencia en el texto de Miranda, y en la obra de Josefo.

De los ciento treinta y seis versos que componen el Romance, cincuenta y cinco están destinados a describir las manifestaciones corporales de la falta de alimento prolongado: dos de ellas me interesan especialmente. Una es la ausencia de color, es decir, la palidez propia de la inanición y otra, la pérdida de la voz. Miranda muestra a los expedicionarios de Mendoza «derribados por las calles», «flacos y descoloridos»26, mientras que en el capítulo XIV del último libro de la Guerra de los judíos, donde se describe el asalto final y la toma por hambre de Jerusalén leemos: «los mozos y mancebos andaban sin color, casi como muertos por los mercados y plazas»27. Miranda, además, se refiere a los expedicionarios desfalleciendo de hambre al punto de perder la capacidad de habla28, y en el mismo capítulo de la obra de Josefo encontramos que «no se oían en tan grandes males, llantos ni gemidos, porque la grande hambre que padecían no daba lugar para ello»29. Si bien no es posible un análisis textual que implique la comparación de lexemas específicos porque De bello Iudaico fue escrito originalmente en arameo y no estamos en condiciones de establecer a qué versión tuvo acceso Miranda, la lectura y utilización de Josefo parece evidente.

El relato que realiza Barco Centenera en la Argentina sobre los mismos hechos que refiere Miranda en el Romance muestra similitudes en cuanto a organización, contenido y vocablos implicados. Centenera alude a la ejecución de Osorio a través de una secuencia que concatena hechos y consecuencias, responsabiliza a Mendoza y «explica» el hambre producto del cerco indígena a través del castigo divino30, al igual que Miranda31. Además, utiliza términos similares a los del Romance como «envidia» y «cobardía»32, o expresiones equivalentes, como «tan fuera de razón»33 por «tan sin tiento»34. Y aunque de manera más sintética, Centenera reproduce las imágenes corporales35 que Miranda toma de Josefo. Si bien no hay duda en cuanto a que el Romance de Miranda es un hipotexto —fácilmente identificable— de la Argentina en relación con el hambre y el símil de Jerusalén, Centenera parece no haber desconocido, además, el texto de Flavio Josefo o alguna de sus versiones. Cuando describe los efectos del hambre Miranda se focaliza en los soldados de la armada de Mendoza; Centenera, por el contrario, dirige su mirada a la población civil de la armada: a los padres y madres que ven morir de inanición a sus hijos36, tal como se registra en La guerra de los judíos. Más aún, Centenera reproduce uno de los pasajes más recordados de este capítulo de Josefo, cuando alude a que los efectos del hambre prolongada lleva a algunos padres a cometer la «bajeza» de quitar la comida de la boca a sus propios hijos37.

Finalmente, tanto el texto de Luis de Miranda como el de Martín del Barco Centenera están destinados a intervenir en el escenario político rioplatense. Miranda inserta en su Romance el tema del hambre y la guerra de Jerusalén en el marco de las guerras de los comuneros en Castilla y esto le permite articular una denuncia que liga un conflicto ocurrido en la península con los enfrentamientos facciosos entre los primeros conquistadores de la región38. Centenera, a su vez, adhiere al bando de los leales al que pertenecía Miranda y denuncia en la Argentina a su adversario, el ‘comunero’ Domingo Martínez de Irala, que había muerto muchos años antes de su llegada a la región, pero además, utiliza parte de la información aportada por el Romance para hacer su propia denuncia. En el canto IX de la Argentina Barco Centenera describe la llegada de la armada de Joan Ortiz de Zárate —de la que él formaba parte— a la isla de Santa Catalina. En su derrotero hacia el Río de la Plata en 1572, Ortiz de Zárate debió aportar en Santa Catalina pues la armada se encontraba falta de provisiones. Centenera denuncia el accionar irresponsable del adelantado que abandona en la isla parte de su armada, sin armas ni alimentos39 y utiliza, aunque sin hacer referencia al tópico de la guerra de Jerusalén, la información proporcionada por Miranda. Así, la magra ingesta de los soldados40, la antropofagia41, la descripción de los cuerpos estragados por el hambre42, reelaborados a partir del texto de Flavio Josefo en el Romance, vuelven a ser hipotexto de este otro canto de la Argentina, pero ahora para denunciar una situación ocurrida casi cuarenta años después de la llegada de Pedro de Mendoza al Río de la Plata.

Referencias

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Notas

1. Colección, p. 178.
2. Además del documento que contiene el Romance, Ortiz de Vergara dirigió a Juan de Obando en 1569 y en 1571 dos extensos documentos donde muestra claramente su conocimiento profundo de la región (Colección, pp. 114-124).
3. Morínigo, 1946, p. 247.
4. Aracil Varón, 1999, p. 30.
5. Aracil Varón, 1999, p. 31.
6. González, 2013, p. 87.
7. Hook, 1983, p. 129.
8. Lida, 1972, p. 34.
9. Gil, 2012, p. LVIII.
10. Flores, 2003, p. 71.
11. Flores, 2003, p. 71.
12. Lida, 1973, p. 101.
13. Al igual que Bernal Díaz, Fernández de Oviedo liga la destrucción de Jerusalén con la caída de Tenochtitlan, mientras Cieza de León refiere el tópico en relación con las guerras civiles del Perú (Lida, 1973, p. 101).
14. Lida, 1973, p. 180.
15. Aracil Varón, 1999, pp. 30-31.
16. Acosta, Relación, p. 175.
17. Salas, 1960, pp. 175-176.
18. Lida, 1972, p. 34.
19. Chastel, 1986.
20. Valdés, 1975, p. 60.
21. Documentos, p. 90.
22. Centenera, Argentina, p. 99.
23. La presencia del castigo divino era habitual en la épica aurisecular, en el Canto I de un texto modélico como La Araucana, Ercilla explica que los españoles fueron castigados por Dios por seguir «el soberbio intento vano» de correr «tras su próspera fortuna» (La Araucana, p. 146).
24. Miranda, Romance, p. 181.
25. Carrizo Rueda, 2005, p. 327.
26. Miranda, Romance, p. 182.
27. Josefo, La guerra de los judíos, pp. 204-205.
28. Miranda, Romance, p. 182.
29. Josefo, La guerra de los judíos, p. 205.
30. Centenera, Argentina, pp. 102-103.
31. Miranda, Romance, p. 179.
32. Centenera, Argentina, p. 102.
33. Centenera, Argentina, p. 103.
34. Miranda, Romance, p. 179.
35. Centenera, Argentina, p. 105.
36. Centenera, Argentina, p. 105.
37. Centenera, Argentina, p. 106.
38. Tieffemberg, 2014, p. 26.
39. Centenera, Argentina, p. 154.
40. Centenera, Argentina, p. 155.
41. Centenera, Argentina, p. 157.
42. Centenera, Argentina, p. 163.
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