Historias septentrionales cervantinas
Dando crédito al Septentrión: Ricla y el naufragio de Pietro Querini en la isla de Røst
Giving credit to the North: Ricla and Pietro Querini’s shipwreck on the island of Røst
Dando crédito al Septentrión: Ricla y el naufragio de Pietro Querini en la isla de Røst
Hipogrifo. Revista de literatura y cultura del Siglo de Oro, vol. 7, núm. 1, pp. 59-71, 2019
Instituto de Estudios Auriseculares

Recepción: 07 Mayo 2018
Aprobación: 01 Junio 2018
Resumen: Este artículo propone una interpretación de la ‘bárbara caritativa’ Ricla como personaje de inspiración tanto, o más, septentrional que ‘americana’. Esta interpretación se basa en una nueva lectura del relato del naufragio del gentilhombre veneciano, Pietro Querini, en la costa norte de Noruega en el año 1431-1432, un relato recogido en el segundo volumen de la muy difundida obra de Giovanni Battista Ramusio Delle navigationi et viaggi (1550 -1559), y que como ha reconocido la crítica bien pudo conocer Cervantes. El artículo argumenta que el elogio de la caridad y piedad cristiana de los habitantes de la isla de ‘Røst’ de parte de los venecianos naufragados, sobre todo de las mujeres, haya inspirado a Cervantes en la construcción del personaje Ricla.
Palabras clave: Ramusio Delle navigationi et viaggi, naufragio, Piero Quirino [Pietro Querini], género y geografía, Cervantes, Los trabajos de Persiles y Sigismunda, historia setentrional.
Abstract: In this article I propose an interpretation of the ‘charitable barbarian woman’ Ricla as a character inspired just as much, or even more, by ‘Northern’ than ‘American’ sources. This interpretation is based on a new reading of the testimony of the shipwreck of the Venetian nobleman, Pietro Querini, on the Northern coast of Norway in the year 1431-1432. Querini’s story was included in Giovanni Battista Ramusio’s widely distributed work Delle navigationi et viaggi (1550 -1559), that may have been one of Cervantes’ sources to knowledge of the North, as critics recognize. The article argues that the praise of the charity and Christian piety of the inhabitants of the island of ‘Røst’, in particular of the women, has inspired Cervantes in his construction of the character Ricla.
Keywords: Ramusio Delle navigationi et viaggi, Piero Quirino’s shipwreck, Gender and Geography, Cervantes, Los trabajos de Persiles y Sigismunda, historia setentrional.
Género y geografía
Este artículo pretende explorar la veta septentrional del personaje femenino Ricla y así evaluar cómo este personaje contribuye a dar crédito al Septentrión como una nueva geografía literaria en la obra póstuma de Cervantes. En cuanto al estado de la cuestión sobre este personaje, la «pista americana», por así llamarla, tiene bastantes adeptos, sobre todo en cuanto a la representación de la bárbara como ejemplar buen salvaje. William J. Entwistle lo constató ya en 1940 sin ambages, afirmando —lo ya «tácitamente» establecido por los editores Schevill y Bonilla1—, que el material sobre las costumbres de los habitantes de las islas del norte Cervantes lo obtuvo «not from the north but from the west»: sobre todo de los Comentarios Reales del Inca Garcilaso de la Vega, publicados en 16092. O, incluso, proponiendo un cambio de coordenadas geográficas como hace Michael K. Schuessler en su artículo de 1997: «Los trabajos de Persiles y Sigismunda: ¿Historia occidental?», donde propone a la Mexicana de Gabriel Lobo de Lasso como fuente ‘americana’ de Cervantes. Como bien se sabe, Diana de Armas Wilson ha sido una de las defensoras de la lectura ‘americanista’, al igual que ‘feminista’, de la Historia setentrional desde su importante estudio Allegories of Love (1991), y posteriormente en la monografía con enfoque geográfico-literario: Cervantes, the Novel and the New World (2003). Son muchos los estudios y tesis (estadounidenses, sobre todo) que han seguido sus pasos; entre otros William Childers, quien en su Transnational Cervantes (2006) revindica el Persiles como especialmente relevante para nuestros tiempos, y en particular para los lectores americanos. De hecho, en el capítulo titulado «Towards an Americanist Reading of Persiles y Sigismunda» se refiere a De Armas Wilson y su interpretación de la Isla Bárbara como «geográficamente localizada en alguna parte del Mar del Norte, pero imaginativamente en el Nuevo Mundo»3, Childers sostiene que el Persiles es la obra cervantina que más se ocupa de América (con la posible excepción de El rufián dichoso). Frente a estas aportaciones, Héctor Brioso Santos, por otra parte, en su monografía titulada nada menos que Cervantes y América, del mismo año que el estudio de Childers, advierte ya contra cualquier localización en el mapa de la Isla Bárbara, subrayando que lo esencial en la primera descripción de la isla es que los habitantes sean precisamente esto, bárbaros: «gente indómita y cruel»4 y argumenta que la «dosis de indeterminada barbarie es suficiente para ambientar esta novela de 1617, sin entrar en más lucubraciones sobre su improbable americanismo, que nos obligaría a hacer una interpretación muy torcida de ella»5.
Este artículo pretende cuestionar una influencia exclusivamente americana en la configuración de un personaje septentrional clave como es la bárbara Ricla, aunque no por ello necesariamente excluir la posible confluencia de dos geografías literarias en este personaje: la americana y la septentrional europea, el nuevo y el viejo mundo. En ambos casos se trata de geografías leídas y no experimentadas por Cervantes, lo que tal vez hace más probable este tipo de ‘arte combinatoria’ de nuestro «alquimista de la ficción», como lo califica Childers en un artículo más reciente6. Huelga añadir que la noción de ‘geografía literaria’ no se emplea aquí en sentido teórico estricto conforme a la (relativamente) nueva disciplina así llamada7. No obstante, el Persiles se presta obviamente a estudios que pretenden explorar en qué sentido los textos literarios nos ofrecen un conocimiento válido del espacio8. En cuanto al espacio del extremo norte en los textos ‘propiamente’ geográficos de la época, estos textos se adaptaban cada vez más a la geografía experimentada de cada vez más viajeros y exploradores. Sin embargo, como nos recuerda Monique Mund-Dopchie a propósito de Islandia y Frislanda (y Shetland y Groenland), en el Renacimiento se trata todavía estas geografías como representaciones situadas en el cruce entre la realidad y el sueño: «Se trata de la confusión y de la transferencia, hechas posible por la existencia objetiva de rasgos en común de la mayoría de las islas del Extremo-Norte: un clima riguroso, mares tempestuosas y aguas ricas en pescado»9.
En lo que sigue me detendré en un texto que se encuentra, en varios sentidos, en un cruce de perspectivas: entre texto geográfico y etnográfico, relato de naufragio (con tintes de autobiografía) y de testimonio edificante cristiano-moral. Por tanto, no es de sorprender que este fuera un texto que llamaría la atención de Cervantes.
Se trata del Viaggio del magnifico messer Piero Quirino10, incluido en el segundo volumen de los muy difundidos Delle navigationi et viaggi (1550, 1556, 1559) de Giovanni Battista Ramusio, y que es uno de los relatos en que bien pudo haberse inspirado Cervantes, aunque varía el grado en que se considera una fuente de conocimiento del mundo septentrional11. Sin embargo, me parece que todavía falta tomar en cuenta este texto, en todos sus aspectos, como fuente de inspiración cervantina. Pasemos ahora al tema que nos ocupa y a la relación que hay entre el personaje de Ricla y el relato del gentilhombre veneciano.
La bárbara septentrional
Isabel Lozano-Renieblas comenta en Cervantes y el mundo del Persiles que, aunque Ricla y Auristela eran «autóctonas del septentrión, no del mundo católico, son los dos personajes más proclives a la ortodoxia católica»12. Y nos recuerda en la misma sección, respecto a la concepción medieval del cristianismo en el septentrión, que Tule era denominada «isla de los beatos» y que el cronista medieval alemán, Adam de Bremen, califica a la gente del septentrión de «gens beatissima que practica la caridad y comparte lo que tiene con sus semejantes»13. Veamos cómo aparece representada la bárbara septentrional en su primera aparición en la novela, en el capítulo 4 del primer libro:
Salieron, con teas encendidas en las manos, dos mujeres vestidas al traje bárbaro: la una muchacha, de hasta quince años y, la otra, hasta treinta; ésta hermosa, pero, la muchacha, hermosísima.
La una dijo:
—¡Ay, padre y hermano mío!
Y la otra no dijo más sino:
—¡Seáis bien venido, regalado
hijo de mi alma! (I, 4)14
Luego, nos informa el narrador: las dos bárbaras «aderezan» la cueva con «lanudas pieles», «arrimando a las paredes las teas» para recibir a los huéspedes «cansados y temerosos» y protegerlos del frío. Sirven la cena en platos «ni de plata ni de pisa», y ya que «Quedóse lejos Candia» no sirven vino, sino «agua pura, limpia y frigidísima» (I, 4)15. Brioso Santos ha comentado la poca ‘americanidad’ del entorno en que se conocen Antonio y Ricla; lo mismo vale para este escenario16. Se podría incluso añadir que su vestimenta tampoco parece corresponder con la de una indígena americana, sino más bien con, por ejemplo, la del grabado de la «Donna Christiana Settentrionale», incluido en la segunda edición del famoso libro de hábitos, Habiti antichi, et moderni di tutto il Mondo del italiano Cesare Vecellio, impreso en Venecia en 159817. Vecellio se basa en Olao Magno, Historia de gentibus septentrionalibus (Roma, 1555) y copia sus grabados para el «Libro V. de gli habiti Settentrionali», que en las palabras de Giulia Calvi se presenta como «The New World Within» en la obra de Vecellio18.
Como bien se sabe, Ricla no solamente sirve de «bárbara acogedora» salvando a los fugitivos del frío y del hambre, sino que también toma la palabra para terminar de contar la historia de su esposo —para que no se canse él, pero aún más para abreviarla y que no se canse el público. Explica Ricla que le llama «su esposo» al español, «porque, antes que me conociese del todo, me dio palabra de serlo» (I, 6)19. Todo esto lo relata en el idioma de su esposo, porque como explica, los dos se han enseñado mutuamente sus respectivas lenguas. Y Ricla logra contar en la lengua adoptada, en muy breves palabras en comparación con Antonio, su encuentro, la constitución de su familia y su fe, tal como se la ha enseñado su esposo. Ricla ha asentado en su alma y su corazón esta fe «donde le he dado el crédito que he podido darle.» (I, 6)20. En el credo que resume a continuación, con la misma brevedad y sencillez, la crítica ha visto una prueba de la ortodoxia tridentina de Cervantes: «El credo que se reza en la cueva es el Credo que reza Cervantes al final de su vida, y afirmación de toda su obra hondamente católica», en palabras de Casalduero21, y hasta una imagen de la disputa entre católicos y protestantes acerca del papel de los laicos en la propagación de la fe, tal como lo interpreta Nerlich22.
Aunque la polémica sobre la ortodoxia tridentina del autor y de su texto no es el tema principal aquí, sino el más modesto de examinar la posible influencia del relato de Quirino en la construcción del personaje Ricla23, cabe señalar que me he apoyado también en la interpretación de Michael Armstrong-Roche de Ricla como una representante de lo que él en su monografía de 2009 llama la «contra-narrativa paulina», donde hace hincapié en la espiritualidad cristiana y la caridad o cristiandad paulina24. Porque, a pesar de que la primera mención textual de la «caridad cristiana» no ocurre hasta el primer capítulo del tercer libro, en boca de Antonio a la llegada de Lisboa, la práctica de la caridad cristiana ha sido ampliamente demostrada por su esposa Ricla en la isla Bárbara.
Ricla es la única mujer bárbara «auténtica» que conocemos de la isla Bárbara25, y parece no tener nada o poco que ver con los hombres bárbaros de la isla, que terminan exterminándose entre sí en el momento del casi-sacrificio de Auristela vestida de muchacho y del casi-rapto de Periandro vestido de mujer26. Para Ricla, lo que sigue después del fuego exterminador en la isla Bárbara, a diferencia de lo que ocurre con Auristela y Periandro —o más bien Sigismunda y Persiles— es un viaje sin retorno. Se queda en la tierra de su esposo, sin necesidad de ir hasta Roma para ser catequizada27.
Un gentilhombre veneciano en la isla de røst
Ahora nos concentraremos en el relato del naufragio de Pietro Quirino, que al parecer tiene ciertos paralelos con el que sufrió Antonio Villaseñor en la isla Bárbara, pero que, a diferencia de éste, tiene coordenadas definidas en el mapa septentrional; y, como quisiera argumentar, puede tener cierta relevancia para el personaje de Ricla.
Se trata de la relación «del horrible y espantoso naufragio» que sufrió «el magnífico messer Piero Quirino», gentilhombreveneciano, en la costa septentrional noruega entre 1431 y 1432. Como ya queda dicho, este naufragio fue bien conocido en la época de Cervantes por estar incluido en el profusamente difundido proyecto geográfico del secretario de la cancillería veneciana, Giovanni Battista Ramusio (1485-1557). El relato de Quirino, y el de sus dos tripulantes, ocupan los dos últimos textos del segundo volumen Delle navigationi et viaggi, que, como se sabe, fue el último que salió impreso de los tres volúmenes originales, en 1559, dos años después de la muerte de Ramusio28. Merece mención la investigación reciente sobre Ramusio que contextualiza su proyecto, no solamente dentro de la historia de la república veneciana, que siempre fue su punto de referencia, sino en cuanto a su original concepción de la geografía como una actividad, similar a un conocimiento no-acabado, que siempre requería nuevas incorporaciones y revisiones29.
Para Schevill y Bonilla, como ya queda dicho, «no es inverisímil» que el relato de Quirino sea una fuente de inspiración para la descripción del Septentrión, pero no especifican para qué capítulos o episodios30. Mientras Lozano-Renieblas menciona a Quirino como inspiración para el episodio de la amable acogida —a pesar de la amenaza inicial— que recibe Periandro y sus pescadores naufragados en el reino de Cratilo31. Aquí, en contraste, veremos el relato del gentilhombre Quirino en relación con la caracterización de la bárbara Ricla. Interesa precisar que consideraremos también la versión del naufragio de dos miembros de la tripulación, Christoforo Fioravante, consejero, y Nicolo di Michiel, escribano, que Ramusio pone a continuación del relato de Quirino en su edición. Es decir que se cuenta con dos versiones de los mismos hechos ocurridos en la costa noruega en 1431, lo que nos brinda dos perspectivas desde posiciones sociales distintas32. El texto recogido por Ramusio precisa además que Nicolo di Michiel ha puesto por escrito su relación, pero la versión que conocemos es «ordenada y compuesta por mí, Antonio di Mattheo di Curado, tal como me lo contaron, y aunque fuera escrita de manera confusa, es toda la verdad completa»33. Sin embargo, por obvio que sea, se debe recordar que esta no es la única ‘manipulación’ de los ‘relatos originales’, sino que la edición de Ramusio también representa una ‘dislocación’ o ‘desplazamiento’ de los textos; primero por haberlos traducido del ‘veneciano’ al ‘toscano’, y segundo, por adaptarlos a su proyecto, como muestra una comparación entre su versión y una edición moderna basada en dos manuscritos del siglo XV, guardados en la Biblioteca Apostólica Vaticana y la Biblioteca Marciana de Venecia (para el relato de Quirino y de los dos tripulantes, respectivamente). Según la historiadora Claire Judde de Larivière, las adaptaciones de Ramusio quitan algo de la ‘crudeza’ de los relatos, los hacen más ‘literarios’, y, sobre todo, insertan pasajes edificantes34. En otras palabras, el testimonio de esta experiencia única de unos venecianos en el Septentrión en el año 1431-1432 también ha sido transformado por un ‘narrador meridional’ que nunca viajó al norte. Veamos entonces el relato ramusiano de Quirino, que después de todo es el que probablemente conoció Cervantes.
Sale el noble Quirino con una tripulación de 68 hombres del puerto de Candía [Heraclión] en Creta el 25 de abril de 1431, con mercancía destinado a Brujas, en Flandes. Lleva madera de cipreses, pimienta y jengibre, y mercancía valiosa, además de 800 barriles («botte») de vino malvasía (fol. 146r).
Su relato presenta un cúmulo de infortunios de vientos y tormentas y un impresionante desvío del «buen camino» para terminar naufragando en un islote cubierto de nieve en la costa norte de Noruega35, cerca de la isla de Røst [Roest], el 6 de enero de 143236. 26 miembros de los 47 que quedaban de la tripulación habían muerto del frío y hambre entre el 23 de diciembre y 5 de enero, después de abandonar la nave por el esquife salvavidas al oeste de las islas irlandeses. El islote donde naufragan los sobrevivientes está deshabitado, pero con señas humanas: encuentran una cabaña de madera donde había habido vacas. Es la época de nieve, frío y oscuridad; sobreviven a penas con conchas, y con «un pez enorme» que encuentran muerto «milagrosamente» en la playa. De los 16 tripulantes que llegaron al islote, quedan al final vivos 9, además de Quirino, cuando son descubiertos por dos jóvenes de la cercana isla de Røst, que por suerte vienen a revisar la cabaña, y así terminan rescatados los sobrevivientes el 3 de febrero de 1432.
El cura de la isla de Røst —«Rustene» en el texto— es un dominico alemán («il suo cappellano ch’era Todesco», fol. 147v), y por tanto puede comunicarse con uno de los tripulantes que es de Flandes, aunque también se dirige a Quirino en latín. Quirino relata que había 120 habitantes en la isla y que 72 de ellos recibieron la eucaristía en la Semana Santa y se declararon «católicos piadosos». Viven del pescado ‘stocfisi’ (stoccafisso, el bacalao seco) y otro gran pescado (el hipogloso, ‘kveite’, que puede medir hasta 3.5 metros y pesar hasta 300 kg, y que probablemente fue el tipo de pez que habían encontrado en la playa). El mes de mayo viajan 1000 millas a la ciudad de «Berge» [Bergen] para vender su pescado seco.
Después de dar cuenta de lo que vive la población en la isla, Quirino cuenta de los habitantes que los «hombres son muy puros y de aspecto hermoso, y las mujeres también» (fol. 148r). Comenta sobre su simplicidad e inocencia, ya que no cierran nada bajo llave y tampoco los hombres cuidan de sus mujeres. Lo comenta como testigo ocular, ya que los náufragos comparten las habitaciones con la población y observan cómo se desnudan sin ocultarse y también cómo las mujeres e hijas se quedan solas «sin custodia» cuando los hombres salen de pesca. Añade además que cada jueves las mujeres salen totalmente desnudas de la casa para ir a la sauna al lado de la casa, entrando en ella con los hombres. En la versión de los dos tripulantes, esta costumbre «per purità & usanza» (fol. 136 [sic 154] v) merece además el detalle añadido de que «la man manca tengono sul fianco distendendola quasi per ombra di coprir le posterior parti» (fol. 136 [sic 154] v) —aunque no parece importarles. Y, como contraste, los domingos, las mismas mujeres van a misa con ropa muy larga y pudorosa y se cubren la cabeza con una especie de velo. Estas «dos extremas variedades» les ha parecido importante notar y comprender (fol. 136 [sic 154] v).
El capitán Quirino repite que los habitantes son «de los más devotos cristianos» y no faltan a misa los días festivos, hacen sus oraciones en la iglesia arrodillados, nunca maldicen santos o mencionan al diablo, y observan el ayuno y los días festivos con cristiana piedad (fol. 148r).
Los náufragos pasan todo el invierno con los habitantes de la isla de Røst, pero llegado el mes de mayo y la temporada para llevar la mercancía —el pescado— de la isla a la ciudad de Bergen, viajan con ellos para emprender su viaje de retorno a Italia. Comenta Quirino después de reiterar su elogio de la bondad y hospitalidad de los habitantes, que, al acercarse el tiempo de despedida, el capellán, el fraile alemán, les avisa de que tienen que pagar cada uno dos coronas por mes de estadía, dinero de que no disponen y que por lo tanto tienen que dejar algunos cubiertos de plata que habían logrado salvar del naufragio. Y apuntan que la mayor parte de estas cosas se «quedaron en las manos del malvado fraile» (fol. 148v), mientras toda la población vino a entregarles pescado para el viaje. Quirino establece por lo tanto un contraste entre la caridad de los habitantes y la avaricia del representante de la Iglesia, el fraile alemán.
En cuanto a la descripción de los habitantes de ‘Rustene’, Christoforo Fiora vante y Nicolo di Michiel especifican que los habitantes se visten de pieles rojas y negras hidrófogas, y si usan paño de tela, es de un tipo grueso y barato que viene de Dinamarca. En vez de moneda usan su pescado secado como trueque. No hay señal de avaricia entre ellos, y la imagen de su ejemplaridad cristiana se refuerza con el testimonio de que el trato entre ellos es de mucha bondad y caridad, más por amor que por esperar recibir algo de vuelta («sono l’un verso l’altro molto beniuoli & servitiali, desiderosi di compiarcersi piu per amore che per sperar alcun seruitio o dono all’incontro» (fol. 136 [sic 154] r) .
Según el testimonio de Christoforo los habitantes viven tan pegados a la voluntad de Dios, sobre todo los mayores, que cada vez que alguien muere de muerte natural, sea anciano o niño, pariente próximo o amigo lejano, se juntan en la iglesia una vez el muerto ha «pasado a mejor vida» a dar las gracias y alabar a Dios. Concluye el náufrago italiano que con toda la verdad puede decir que, desde el 3 de febrero al 14 de mayo de 1432, que son «ciento-y-un días», han estado en el círculo del paraíso, para vergüenza y deshonra de los reinos italianos («Veramente possiamo dire, che da di 3. Febraio 1431 [sic] infino alli 14 di Maggio 1432 che sono giorni cento e vno, esser stati nel cerchio del paradiso ad obbrobrio & confusione de paesi d’Italia», fol. 136 [sic 154] v).
A pesar de esto, los náufragos italianos deciden salir de este círculo del paraíso para regresar a sus países, mientras la bárbara caritativa Ricla abandona su isla para asentarse en Quintanar de la Orden, donde se queda con Antonio en la casa de sus padres, los Villaseñor (libro III, cap. 9). Según Armstrong-Roche hay una ‘mutua cristianización’ entre el español Antonio y la bárbara Ricla. Esta relación también lo extiende al ‘redescubrimiento’ que hace Antonio de su ‘cristianismo nativo’ a través de Ricla37, lo que me parece un punto de contacto interesante con este relato de los náufragos italianos en la isla de Røst en el siglo XV, quienes —por lo menos en la versión ramusiana— parecen llevarse una lección de caridad y piedad de vuelta a su república católica veneciana.
Para terminar con una nota curiosa que une la trayectoria de los náufragos italianos con el destino de Ricla y Antonio, —y tal vez confirme la inspiración del relato—, quisiera recordar que en la cena que ofrece Ricla en su cueva a los ‘náufragos’ de la isla Bárbara, solamente se sirve agua pura, pues: «Quedóse Candia lejos» (I, 4), mención al puerto de embarque de la tripulación de Quirino: Candía [Heraclión] en Creta.
Geografía literaria acreditada
La descripción de los habitantes de la isla de Røst, en particular la de las mujeres, que hace el «gentilhombre veneciano», y los dos tripulantes, me parece relevante para la supuesta caridad primitiva de Ricla. Obviamente, los habitantes de una isla noruega a inicios del siglo XV son cristianos católicos, como bien lo constata Quirino. Sin embargo, es interesante ver cómo resalta el estado ‘puro’ de su cristianismo en comparación con las costumbres y religión corruptas de Venecia. Quirino parece encontrar en la práctica de los habitantes de esta isla alejada en el mar el ideal de la iglesia primitiva. Si nos permitimos tomar en cuenta este relato como ‘lugar paralelo’ a la acogida que tuvo el náufrago Antonio en la isla de Ricla, podemos ver la caridad de Ricla no únicamente bajo el prisma de una caridad pre-cristiana en un mundo bárbaro pagano, sino también ‘informada’ o ‘contaminada’ por una caridad cristiana primitiva, tal como se practicaba en la isla de Røst en esta época, a poco más de un siglo de la reforma. El relato de Quirino y su marco religioso-moral tal vez refleje las ideas que nutría o fomentaba una reforma católica, que como sabemos anticipaba a la reforma luterana38.
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Notas