Epidemias, crisis y remedios en las Indias virreinales

Recepción: 23 Mayo 2022
Aprobación: 04 Agosto 2022
DOI: https://doi.org/10.13035/H.2022.10.02.27
Resumen: De peste variolarum es un conjunto de doce elegías en el cual el jesuita Juan Ignacio Molina (1740-1829) expone en primera persona su experiencia como enfermo de viruela, abordando las distintas etapas de la enfermedad. El presente artículo se centra en cómo el autor chileno, que junto con la subjetividad del enfermo refleja su interés por el conocimiento médico, adapta el género elegíaco a sus necesidades, incorporando elementos del canon y sus modelos, pero llevándolo simultáneamente por cauces nuevos que incluyen su condición criolla y acercan el texto, incluso, al plano científico.
Palabras clave: Juan Ignacio Molina, De peste variolarum, literatura y enfermedad, elegía neolatina colonial.
Abstract: De peste variolarum is a twelve elegy corpus in which jesuit Juan Ignacio Molina (1740-1829) describes in first person his experience as a small- pox sufferer, adressing with the different stages of the disease. The present article focuses on how the Chilean author, who, together with the patient’s subjectivity, reflects his interest in medical knowledge, adapts the elegiac genre to his needs, incorporating elements from the canon and its models, but at the same time taking it through new channels that include his Creole condition, even bringing the text closer to the scientific field.
Keywords: Juan Ignacio Molina, De peste variolarum, Literature and disease, Colonial Neo-Latin elegy.
En el ámbito de las letras latinas y neolatinas, el género elegíaco ha sido algo esquivo a las definiciones. Si bien a nivel formal su descripción no presenta dificultades, por el uso invariable del dístico elegíaco —un conjunto de dos versos compuesto por un hexámetro y un pentámetro—, a nivel temático plantea un panorama más complejo debido a sus muchas configuraciones ya desde épocas tempranas. Conocida es la definición de Horacio en Ars Poetica 75-78, que describe al género en función de su estructura métrica y su contenido emocional: «Versibus impariter iunctis querimonia primum, / post etiam inclusa est voti sententia compos; / quis tamen exiguos elegos emiserit auctor, / grammatici certant et adhuc sub iudice lis est» [«En versos desigualmente unidos primero se incluyó el lamento, luego la expresión del deseo satisfecho. Mas qué autor dio a conocer como primero los exiguos versos elegíacos lo discuten los gramáticos y el litigio está aún bajo juez»]1. En un contexto reciente, Antonio Alvar Ezquerra habla de «composiciones relativamente extensas en dísticos elegíacos, en las que se expresan sentimientos en primera persona (fundamentalmente amorosos), con un elevado cuidado en la forma (lengua, estilo, estructura, composición, etc.) y desde una posición intelectual y creativa de carácter erudito (que se sirve de la mitología, las evocaciones e imitaciones de otros poetas griegos y latinos, etc.)»2. Y frente a la grandiosidad de la épica, Gibson, por su parte, destaca que la elegía corresponde a un lugar de expresión de lo privado y lo ‘suave’3.
Mientras que algunos investigadores asocian sus orígenes al lamento en cuanto pérdida4, otros insisten en que la elegía ya tempranamente fue utilizada como medio de expresión de los sentimientos personales en un sentido más amplio, abordando contenidos de carácter heterogéneo que podían incluir lo patriótico, el exilio, etc.5 En el contexto latino, el género se concentró sobre todo en temas amatorios y por un período de tiempo acotado —Tibulo, Propercio y Ovidio6 son sus principales figuras7—, pero de todos modos dejó abierto el camino a una rica tradición. Durante la Modernidad temprana tuvo una amplia recepción y pasó a ser una de las formas predilectas de las letras neolatinas8: a los modelos antes mencionados se sumaron Ausonio y Claudiano (siglo IV), y los temas se ampliaron otro tanto generando una variedad que superaba a la de los antiguos9 y con una mayor presencia de lo autobiográfico10. La elegía ocupó asimismo un lugar determinante en la producción latina de la Compañía de Jesús y formó parte de sus antologías y tratados, como el Parnassus Societatis Jesu (1654) y Ars poetica exemplis illustrata (1781) de Emanuel de Azevedo.
Chile no quedó al margen de la tradición de estos paulo minora. Las elegías formaron parte importante de los escritos neolatinos coloniales, sobre todo en el contexto jesuita y de las composiciones que vieron la luz en sus aulas. De las obras que han llegado a nosotros, quien más destaca como exponente del género es Juan Ignacio Molina (Villa Alegre, 1740-Bolonia, 1829), cuya producción en lengua latina está conformada en su totalidad por dísticos: De Conceptionis urbis ruina («Acerca de la ruina de la ciudad de Concepción», dedicada al terremoto y posterior salida del mar en la ciudad de Concepción en 1751), Ad Michaelem Olivarium («A Miguel Olivares», opúsculo de carácter autobiográfico), De fluviis Chilensibus («Acerca de los ríos de Chile»), De peste variolarum («Acerca de la peste de viruelas») y De peste variolis vulgo dicta («Acerca de la comúnmente llamada peste de viruelas»)11. Como se desprende de los títulos, el mismo esquema formal da lugar a un corpus de temas variados, pero estrechamente vinculados a la experiencia vital del autor.
El presente trabajo revisa una obra particularmente llamativa de este conjunto, De peste variolarum,en la cual Molina expone en primera persona su experiencia como enfermo de viruela. Compuesto por una praefatio y doce elegías neolatinas distribuidas en dos libros12, el texto aborda tanto las etapas de la enfermedad como su tratamiento, desde una perspectiva que da especial énfasis a la subjetividad del enfermo pero que al mismo tiempo refleja un afán descriptivo que supera esta dimensión. Nuestra intención es mostrar cómo el autor chileno hace suyo el género de manera familiar y original a la vez, con un resultado que incorpora elementos del canon y sus modelos, pero que simultáneamente toma cauces nuevos, acercándose, incluso, al plano científico13.
***
Como es de esperar, los modelos clásicos son un elemento esencial de la obra. En un primer nivel formal, el jesuita se inserta llanamente en la tradición elegíaca latina mediante el uso de los dísticos. Construye el texto con fluidez, aprovechando la concisión y el ritmo del metro para formar unidades de sentido que por lo general se limitan a los dos o cuatro versos. Utiliza un léxico amplio y recursos estilísticos entre los que destacan aliteraciones y anáforas, además de una notoria inclinación por el hipérbaton14.
A diferencia de otros textos neolatinos, en De peste variolarumno percibimos un procedimiento centonario en un sentido estricto15, y los elementos originales superan considerablemente a aquellos de segunda mano. En lo que respecta a los préstamos provenientes de otras fuentes, por lo general se trata de dos o tres palabras, a inicio o final de verso. Algunos de estos segmentos incorporan el sentido del original, mientras que otros solo parecen ser el resultado de una memoria poético-musical en lo que, siguiendo a Pigman, podríamos definir como un proceso de reminiscencias inconscientes16. Así, por ejemplo, mientras que en Indicia pestis 7-8 el vínculo con el tercer libro de la Eneida (214-215) involucra principalmente el sentido —el carácter feroz y el origen infernal de la peste, aunque con un stygiis que permite establecer un nexo formal con el modelo—, en Phlebotomia 1-2, la referencia al barbero y su navaja reproduce varias palabras, en el mismo orden y posición, de un verso de Marcial (11. 58. 5), obviando —quizás como resultado de una tradición indirecta— el carácter explícitamente erótico del epigrama:

Los fragmentos aislados no corresponden, en todo caso, a la única forma en que las auctoritates encuentran eco en la obra de Molina. El jesuita también recurre a ellas en términos más amplios. Una muestra es Vigiliae, elegía que gira en torno al insomnio causado por la enfermedad17. Como tópico lo encontramos en la tradición elegíaca (Prop. 1. 11. 5; Prop. 1. 14. 20-22; Ov. Am. 1. 2. 1-4)18 y en otros autores, pero destaca la cercanía que se produce aquí con el popular poema cuarto del libro V de las Silvae de Estacio: en De peste variolarum la imposibilidad de dormir se traduce en la invocación al Sueño mediante un Somne insistente y el uso de la segunda persona en versos que tienen un ambiente muy similar a los del poeta del siglo primero19:
Nullus at ille fuit, totus discesserat illinc,
victaque praebuerat iam sua terga fugae;
Somne veni, dixi, placidissime Somne deorum20,
Somne, quies animo semper amata meo.
Somne veni, propera, quid vitas stragula nostra?
Stragula deliciis cognita saepe tuis. (Vigiliae 3-8)
Pero no hubo dormir alguno; se había alejado por completo de ahí
y ya, vencido, se había dado a la huida.
«Ven, Sueño», dije, «Sueño, el más plácido de los dioses,
Sueño, descanso siempre amado por mi espíritu.
Ven, Sueño, apresúrate. ¿Por qué evitas mi cama,
ama frecuentemente reconocida por tus delicias?
En esta extensa red de referencias y vínculos con las letras latinas destaca la presencia de Ovidio. La cercanía de Juan Ignacio Molina con él no es, por cierto, algo exclusivo de la obra que nos ocupa: ya antes, en De Conceptionis urbis ruina, manifiesta su admiración agregando el nombre del poeta latino al suyo, al comienzo de la obra —se lee ahí «Ioannis Ignatii Ovidii Molinae opuscula elegiaca»—, y luego, en De peste variolis vulgo dicta, junto con una mención a Cicerón como modelo en la lengua latina, se referirá a Ovidio como el principal autor elegíaco y referente en la composición de versos21. En De peste variolarum la influencia se manifiesta en numerosos préstamos22 y en otros contextos. Un caso particular es el de Tube ra, donde la deformación del cuerpo producida por las pústulas de la viruela lleva la marca de las Metamorfosis a través de la comparación con Níobe y Atlas. Y, en lo que podríamos interpretar como una suerte de «self mythologization»23, el yo poético habla de ser cantado «por otro Nasón»:
Iam mea paulatim mutari membra videntur;
ossa petrae fiunt, terra fit aegra caro.
Saxa habeo, quid enim restat? Montescere coepi,
Atlas in Lybico qualiter ille solo.
Iam metamorphosin Naso meditabitur alter,
qua plectente deo mons abiisse canar. (Tubera 25-30)
Ahora parecen transformarse poco a poco mis miembros.
Mis huesos se vuelven rocas; mi carne enferma se vuelve tierra.
Tengo rocas, ¿qué resta, pues? He comenzado a volverme monte,
así como Atlas en el suelo libio.
Ya compondrá un nuevo Nasón una metamorfosis
en la que seré cantado como alguien que,
golpeado por un dios, se volvió monte.
La poesía de Ovidio, y en particular Tristia y Ex Ponto, también podría haber influido indirectamente en algunos lugares de la obra de Molina. Así, por ejemplo, la figura del juez, que en De peste variolarum se materializa en la escena del juicio final, junto a su sentido cristiano podría estar haciendo eco del judex/Augusto presente en los versos ovidianos del exilio24. Del mismo modo, la situación de aislamiento y enajenación en el hospital bien admite una lectura en cuanto forma de relegatio: aunque momentáneamente, el enfermo es un exiliado en su cuerpo cuya experiencia podría identificarse con los lamentos del poeta latino.
***
Molina se ubica en la tradición del flebile genus con su experiencia directa25 como víctima de la viruela26. En consonancia con el género elegíaco, la «primera autopatografía chilena»27 aborda con detención e intensidad las emociones que la enfermedad desencadena, en parte bajo la influencia de la retórica de los afectos de la Compañía de Jesús. No obstante, en comparación con la elegía latina clásica, en De peste variolarumlas pasiones no son expresadas de manera aislada, sino que responden a un plan narrativo28 que identificamos ya en los títulos de los poemas individuales. Las etapas de la viruela se presentan en orden cronológico, dando al corpus coherencia a nivel temporal, con inicio, desarrollo de los síntomas y mejoría final29. Se produce asimismo un movimiento en el que la sucesión dada por las fases de la enfermedad genera simultáneamente una gradación a nivel de emociones30. Estas alcanzan su momento de mayor tensión hacia la mitad del segundo libro, en Tubera, donde la enajenación producida por las pústulas que cubren el rostro y el resto del cuerpo se traduce en un grito de dolor:
Undique contingo lapides, montanaque saxa,
et rigidi scopuli corpora nostra tenent.
Hei mihi, vociferor, iam durum transeo montem,
vae mihi, vae totus iam lapidesco miser.
Iam mea paulatim mutari membra videntur,
ossa petrae fiunt, terra fit aegra caro. (Tubera 21-26)
En todas partes toco piedras y rocas montañosas,
y rígidos peñascos dominan mi cuerpo.
«¡Ay de mí!», grito, «Ya me vuelvo un duro monte.
¡Ay de mí! ¡Ay, ya me vuelvo, oh desdichado, entero piedra!»
Ahora parecen transformarse poco a poco mis miembros.
Mis huesos se vuelven rocas; mi carne enferma se vuelve tierra.
La presencia de elementos autobiográficos es otro aspecto de la obra digno de atención31. Molina inserta en sus elegías diversas referencias temporales, así como también alusiones a aspectos concretos y específicos de su biografía. Es lo que sucede, por ejemplo, con la mención a sus estudios de filosofía en la primera elegía o su conocimiento del griego, en fragmentos que confieren al texto un carácter familiar y vinculado al ámbito escolar:
Vix bene Aristotelis per rura inamoena vagabar,
coeperat et curas ergo movere meas.
Primus ubi incipiens te, Termine, terminat ardor
tentat et implicitos explicuisse dolos. (Indicia pestis 1-4)
Con dificultad erraba yo por los incómodos campos de Aristóteles
y el ergo había empezado a agitar mis preocupaciones.
Cuando estaba comenzando contigo, Término, termina el primer entusiasmo
e intenta dejar a la vista los ocultos engaños.
Destaca el rol de autoafirmación que cumplen algunos de estos versos. En di- versos lugares reconocemos un elogio de la facultad poética y del conocimiento de las lenguas clásicas, como en Timores 9-14, donde la descripción del funeral también incluye la mención a los poemas y el conocimiento del griego por parte de Molina32, o la Praefatio, que celebra la lengua latina, en oposición a la barbarie de quienes la menosprecian: «Cumque favore tuo subii parnassia templa, / romanoque audax aequore vela dedi. / Dum genus hoc scripti gens caetera barbara spernit, / prosequeris digno solus honore, pater. / Nempe recognoscis maiestas quanta sit eius, / qui lepor, et latiis gratia quanta modis. / Despicitur virtus, quia non cognoscitur illa, / sic quoque romuleis Musa loquuta sonis» (Praefatio 27-34) [«Y con tu favor subí los templos del Parnaso / y audaz me di a la vela en el mar romano. / Mientras las restantes gentes bárbaras desprecian este género, / tú solo, padre, atiendes a él con justo honor. / Sin duda reconoces cuán grande es su majestad, / cuál su belleza, y cuán grande es el encanto de las melodías del Lacio. / Se desprecia a la virtud porque no se la conoce; / así también a la Musa que habla con los sonidos romúleos»].
Hacia el final de Deliria, después de un particular enfrentamiento entre franceses y españoles —posiblemente una alusión a la batalla de Pamplona33—, el yo poético declara que es «todo chileno»: «In cursu lapsus coepi dubitare quis essem, / gallus an hispanus, gallicus esse timens. / […] / Non possum non mirari cur gallicus essem, / cum meus ex illo sanguine nil habeat. / Chillenus prognatus utraque ab origine totus / deffero plus patriae, qua pietate decet» (Deliria 40-41 / 47-52) [«Después de caer en el camino comencé a dudar quién era yo, / si un galo o un hispano, temiendo ser galo. / […] / No puedo no admirarme de por qué era galo / siendo que mi sangre nada tiene de esa. / Nacido todo chileno, de ambas familias, / rindo más deferencia a la patria, con la piedad que corresponde»]. Junto con la exaltación en el ámbito creativo e intelectual, Molina también aprovecha los dísticos elegíacos, pues, para declarar su identidad criolla. Esta se relaciona a la vez con el estrecho vínculo afectivo que lo une con el territorio chileno34, igualmente presente en De peste variolarum. Si bien se manifiesta en diversos pasajes, en Sitis, segunda elegía del libro segundo, ocupa un lugar especial. Ahí el síntoma de la sed cataliza un excurso que presenta un viaje imaginario35 sobre los ríos de su tierra natal36 que por momentos parece servir de consuelo:
Hinc Maypus luteo primum se gurgite monstrat;
lympha licet turpis limpida visa fuit.
Cis Merumghaeas fauces est rivulus istic,
quem vicina bonam gens ea dicit aquam.
Vadimus ulterius: fluit hic divinitus olim
Cachapual primum linquere iussus iter.
En Rioclarillum, claris qui dictus ab undis
pingit agros multa fertilitate suos.
Hac Fernandopolim regalem nomine solum
discretis cingit Tinghiririca vadis.
Non ita post tumido quaerit Tenus aequora cursu,
hinc illinc multas et rigat ille casas.
Lontua saxifragis decorat Curicunta fluentis,
cumque Teno in pontum, iam Mataquitus, abit.
Iam prope Talcensis cernuntur culmina terrae,
montibus a notis aura secunda venit.
Hic Rioclarus adest, merito qui nomen adeptus
Lyrcaio occurrens nomen, opesque rapit.
Iam nos Talca vocat surgentibus inclyta tectis,
Talca, iuventutis conscia prima meae.
Ad latus et medio fluviis formosa duobus
frigescit, quorum suavior ille fluit.
Ah, quoties oculis liquidas mirantibus undas
consumsi totum conspiciendo diem!
Absque siti quoties hausi de fontibus illis,
dum biberem caeli nectar in ore ratus!
Millia bis septem percurrimus inde, tumensque
Maulis se se offert aequoris instar atrox.
Qualiscumque, inquit, sitias, bibe, suppetet unda,
ipse licet potet Taenarus ipse fluam.
Quin adeo pontum, pontus si forte periret,
implerem solus, Maulis, ut ante, manens.
Est sitis haec maior, dixi, quam ut stinguere possis,
Neptuni vincas quamlibet ipse salum.
Sed mihi fas tandem natales visere terras,
Loncomilla suas qua vehit altus aquas.
Hic Caroli Sexti postremo Caesaris anno
natus sum, patria nobiliore carens. (Sitis 19-56)
Desde aquí se muestra primero el Maipo con una corriente lodosa;
aunque su agua es sucia, parecía cristalina.
De este lado de las gargantas Merungeas está este arroyo,
al que el pueblo vecino le llama Agua Buena.
Vamos más allá: aquí fluye el Cachapoal,
que antiguamente recibió la orden divina de abandonar su primer curso.
Y he aquí el Rioclarillo, que, habiendo recibido el nombre por sus claras
[corrientes,
pinta sus campos con mucha fertilidad.
Por aquí el Tinguiririca, con sus aguas separadas,
rodea a San Fernando, lugar de nombre real.
No mucho después busca el Teno el mar con curso hinchado,
y aquí y allá riega él muchas cabañas.
El Lontué decora Curicó con sus caudales que quiebran las rocas,
y con el Teno sale al mar, llamado ahora Mataquito.
Ya cerca se ven los tejados de la zona de Talca;
una brisa favorable viene desde las conocidas montañas.
Aquí está el río Claro, que merecidamente ha recibido el nombre;
se une al Lircay y toma su nombre y su fuerza.
Ya nos llama Talca, famosa por sus elevados techos:
Talca, primera confidente de mi juventud.
Ella, hermosa, es enfriada por dos ríos, uno al costado
y otro en medio, de los que el primero fluye más suave.
¡Ah, cuántas veces, admirando mis ojos sus puras corrientes,
consumí todo el día contemplando!
¡Y cuántas veces bebí, libre de sed, de aquellas fuentes,
pensando, mientras bebía, que tenía en mi boca un néctar celestial!
Catorce millas recorrimos desde ahí, e hinchándose
se muestra el Maule como un mar funesto.
«No importando cuánta sed tengas», dice, «bebe. El cauce tendrá en
[abundancia.
Aunque el Ténaro mismo beba, yo seguiré fluyendo.
Es más, si por algún motivo el mar se extinguiera,
lo llenaría yo solo, y seguiría siendo —como antes— el Maule.»
«Esta sed es más grande», dije, «que la que podrías apagar,
aunque aventajes a cualquier mar de Neptuno, sea cual sea».
Pero finalmente puedo contemplar mis tierras natales,
por donde el profundo Loncomilla sus aguas arrastra.
Nací aquí, en el último año del césar Carlos Sexto,
careciendo de una patria más noble.
***
El tema de la enfermedad no es ajeno al género elegíaco: en la tradición latina autores como Tibulo (1. 3) y Ovidio (Tr. 3. 3) incorporan el tópico de los sufrimientos corporales, y en las letras neolatinas encontramos, por ejemplo, una elegía dedicada al tema, De se aegrotante, de Marco Antonio Flaminio. El rigor y detalle con que Molina lo aborda nos llevan, sin embargo, a situar el texto en un plano menos unívoco: las fases de la viruela expuestas por el jesuita transmiten una idea bastante precisa de los síntomas y procedimientos para tratarla, reflejando capacidad de observación e interés en la enfermedad más allá del ámbito subjetivo. Así, los límites de lo elegíaco se difuminan, y permiten una lectura del corpus a la luz de la tradición del poema didáctico. Este género, cuyos principales autores en el contexto de la latinitas clásica son Lucrecio, Virgilio, Ovidio y Manilio37, se caracteriza por un contenido usualmente técnico o filosófico, con intención didáctica y puesto por lo general en hexámetros, en lo que se ha interpretado como un uso de la métrica destinado a endulzar los temas y facilitar su digestión. Conviene destacar que tuvo un gran auge durante los siglos XVII y XVIII y fue objeto de especial predilección entre los miembros de la Compañía de Jesús38: con una motivación que va más allá de la enseñanza y que en algunos casos roza lo recreativo39, dio lugar a obras de asuntos variados y quizás inesperados, como la electricidad o el chocolate.
Tomando esto en consideración, resulta casi obligado establecer un vínculo entre De peste variolarum y la descripción de la peste de Atenas en De rerum natura (6. 1138-1286). Si bien no encontramos sino un par de préstamos textuales del autor latino —tampoco se trata, por cierto, de un nexo en lo que respecta a las ideas filosóficas—, una comparación de fragmentos del poema didáctico con el texto de Molina revela su cercanía. Ambas obras son el resultado de una detenida observación y presentan descripciones detalladas, con imágenes concretas y de carácter ecfrástico que recurren principalmente a la vista, pero también se valen de otros sentidos, como el tacto o la audición.


Hemos mencionado antes que De peste variolarum expone un proceso emocional que sigue un curso paralelo a las diferentes etapas de la enfermedad. Molina aborda los síntomas y tratamientos con muchos de sus pormenores, dando forma a un texto que también puede ser aprovechado como registro médico y que coincide a grandes rasgos con documentaciones científicas contemporáneas, como el Tratado completo de calenturas de Luis Joseph Pereira (1768) o la Disertación físico-médica (1784) de Francisco Gil. En el caso de las descripciones de los procedimientos en Phlebotomia o Clysteria, por ejemplo, no solo se trata del miedo e irritación con que el enfermo percibe los tratamientos, sino también de cómo y con qué instrumentos se realizan las prácticas: los cortes, los vendajes de la sangría o incluso los detalles de la preparación del líquido del enema40. O cuando se refiere el exceso de abrigo y la pieza cerrada en Febris, junto con el relato del agobio del enfermo, podemos extrapolar que se le estaba aplicando la llamada terapia cálida, consistente en someterlo «a procedimientos como la transpiración, la restricción en la circulación del aire en la pieza en que se encontraba y la casi total privación de líquido»41. En estas descripciones es frecuente encontrar asimismo versos que presentan situaciones cotidianas, como las humanas quejas por el escaso alimento que recibe el enfermo:
Heu! Iuris scutella mali est alimonia tota,
bis datur haec multa saepe petita prece.
Additur hinc pulli crus nudum pelle, ciboque
non raro, quoniam nomine pellis abit.
Crusta datur panis paulo post dentibus esca,
inter eos (nec enim praeterit inde) manet. (Fames 31-36)
¡Ah! Un platillo de caldo malo es todo el alimento;
me sirven dos veces, después de pedirlo insistentemente, con gran súplica.
Luego le agregan una pata de pollo sin piel,
y muchas veces sin carne, ya que se sale a causa de la piel.
Un poco después se da como alimento una corteza de pan a los dientes,
y entre ellos (pues de ahí no pasa) permanece.
No es nuestra intención proponer que Molina hubiese tenido como primera motivación la escritura de un texto médico: en el plano más inmediato ciertamente se concentra en la vivencia en sí y en la percepción afectiva de las fases de la viruela. Con todo, como vemos, la imagen que se entrega de la enfermedad misma y de parte de su tratamiento, con detalles concretos y explícitos, acerca este corpus a los dominios del poema didáctico y el conocimiento científico.
***
De peste variolarum es muestra de una apropiación consciente de los modelos que al mismo tiempo se abre a otras tradiciones. La elección del marco elegíaco permite a Juan Ignacio Molina desarrollar una imagen vívida y personal de la enfermedad en la que se plasman con detalle las emociones experimentadas, y que suma elementos autobiográficos relativos a su educación, su condición de criollo y su apego a la tierra de Chile. Los modelos clásicos proveen material en diferentes niveles, y mediante motivos e imágenes permiten establecer un nexo con la tradición en la cual se inserta el corpus. A estas dimensiones, sin embargo, se añade otra que también se ocupa de la descripción de la enfermedad misma y de sus tratamientos. Este sentido le confiere al texto uno de sus mayores atractivos, generando un rico intercambio entre subjetividad y ciencia.
El contrapunto entre la libertad que proporciona la distancia del contexto americano y el conocimiento de los modelos, así como también las habilidades e ingenio de la Compañía en el ámbito letrado42, confluyen en un autor que consigue llevar sus elegías a territorios novedosos y explorar sus muchas posibilidades. Un juego en que lo cotidiano y lo desagradable se vuelven eficaces objetos de sorpresa y en el cual contenidos que en primera instancia parecerían confinados al silencio se transforman en dísticos.
Agradecimientos
El presente artículo se realizó con el apoyo de FONDECYT, en el marco del proyecto Iniciación 11170237, «De peste variolarum (1761), del jesuita Juan Ignacio Molina: estudio, edición con traducción y notas». Agradezco a mis colegas Javier Beltrán y Sarissa Carneiro sus valiosísimos comentarios al texto.
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Notas