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Tradición e innovación en torno a un pueblo fabuloso: los «pineos» del Policisne de Boecia (1602), de Juan de Silva y de Toledo

Tradition and Innovation around a Fabulous People: The “Pineos” of Policisne de Boecia (1602) by Juan de Silva y de Toledo

Walter José Carrizo
Universidad Nacional de San Juan, Argentina
Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, Argentina

Tradición e innovación en torno a un pueblo fabuloso: los «pineos» del Policisne de Boecia (1602), de Juan de Silva y de Toledo

Hipogrifo. Revista de literatura y cultura del Siglo de Oro, vol. 11, núm. 1, pp. 895-912, 2023

Instituto de Estudios Auriseculares

Recepción: 01 Diciembre 2022

Aprobación: 13 Febrero 2023

Resumen: El género literario de los libros de caballerías castellanos (siglos XVIXVII) conserva muchas categorías monstruosas de la literatura caballeresca medieval. Sin embargo, sus gigantes, enanos, dragones, salvajes e híbridos conviven con seres de raíz grecolatina, como basiliscos, centauros y minotauros. A ellos podemos añadir los pigmeos, raza extraordinaria de hombres de pequeñas dimensiones que hace su aparición, bajo la denominación de «pineos», en el último de sus títulos originales impresos: el Policisne de Boecia (1602), de Juan de Silva y de Toledo. No obstante, debido a que muchos portentos procedentes de la tradición teratológica clásica aparecen en los libros de caballerías hispánicos mostrando cambios figurativos y/o de significado derivados de su paso por el Medioevo, cabe preguntarse si los pineos del Policisne se ven atravesados o no por la mirada transformadora de la época medieval, además de por la perspectiva particular sobre los seres humanos maravillosos del propio género. Este es, precisamente, el interrogante que guía este artículo, el cual pretende analizar su apariencia y comportamiento, con el fin de determinar sus sentidos; grado de fidelidad a sus precedentes antiguos, y si exhiben o no huellas de la reconceptualización medieval de las criaturas fabulosas grecorromanas.

Palabras clave: Libros de caballerías castellanos, Policisne de Boecia, pigmeos, tradición, innovación.

Abstract: The literary genre of the Spanish romances of chivalry (16th-17th centuries) preserves many monstrous categories of medieval chivalric literature. However, its giants, dwarves, dragons, savages and hybrids coexist with beings with Greco-Latin roots, such as basilisks, centaurs and minotaurs. To these we can add the pygmies, extraordinary race of men of small dimensions that makes its appearance, under the name of “pineos”, in the last of its original printed titles: Policisne de Boecia (1602) by Juan de Silva y de Toledo. However, because many portents from the classical teratological tradition appear in the Spanish romances of chivalry showing figurative changes and/or meaning derived from their passage through the Middle Ages, it is worth asking whether the pineos of the Policisne are crossed or not by the transforming gaze of medieval times, in addition to the particular perspective on the marvelous human beings of the genre itself. This is precisely the question that guides this article, which seeks to analyze their appearance and behavior, in order to determine their senses; degree of fidelity to their ancient precedents, and whether or not they exhibit traces of medieval reconceptualization of fabulous Greco-Roman creatures.

Keywords: Spanish Romances of Chivalry, Policisne de Boecia, Pygmies, Tradition, Innovation.

Los libros de caballerías castellanos (siglos XVI-XVII) constituyeron una de las más importantes formas de literatura desarrolladas en la España de comienzos de la Edad Moderna. Este género literario, inaugurado por la refundición de Garci Rodríguez de Montalvo del Amadís de Gaula —cuya edición más antigua conservada proviene de 1508—, agrupa más de setenta títulos originales, y numerosas ediciones y reimpresiones. Alcanzó un notable éxito en la primera mitad del siglo XVI, pero continuó gozando de bastante popularidad aun años después de la aparición de la obra que buscó ponerle fin en la preferencia de los lectores: Don Quijote (1605-1615), de Miguel de Cervantes.

Como herederos de la literatura caballeresca medieval, los libros de caballerías hispánicos conservan muchos de sus estereotipos y los de carácter monstruoso no son una excepción. Sin embargo, gigantes, enanos, dragones, salvajes e hibridaciones inspiradas por el Endriago amadisiano conviven en sus páginas con criaturas de raíz grecolatina, como basiliscos 1, centauros y minotauros 2. A estas podemos sumar los pigmeos, raza fabulosa de hombres muy antigua y que hace su aparición en el último exponente original del género que gozó del favor de la imprenta: el Policisne de Boecia (1602), de Juan de Silva y de Toledo. En efecto, algunos de sus capítulos están dedicados al relato de una extraordinaria aventura que tiene lugar cuando algunos caballeros desembarcan en una isla repleta de «pineos»: hombrecillos que destacan por ser incluso más pequeños que los enanos, los clásicos representantes de la pequeñez en las letras caballerescas 3. Ahora bien, en vista de que varios portentos procedentes de la tradición teratológica clásica irrumpen en los libros de caballerías castellanos exhibiendo cambios figurativos y/o de significado derivados de su tránsito por el Medioevo 4, cabe preguntarse si los pineos del Policisne no se ven atravesados por la mirada transformadora de la época medieval, además de por la perspectiva particular de lo teratológico que anida en el propio género. Este es, precisamente, el interrogante que guía el presente artículo, el cual busca identificar y examinar los atributos figurativos y axiológicos de estos seres, con el fin de determinar qué sentidos yacen tras ellos, cuán fieles son al estereotipo clásico y si presentan o no rastros del proceso de resignificación medieval de las entidades monstruosas de la mitología grecolatina.

1. Algunos apuntes sobre Los pigmeos en el mundo grecolatino y el medioevo

La palabra «pigmeo» deriva del latín pygmaeus y esta del griego πυγμαῖοι— pygmaioi—, voz que, a su vez, proviene de πυγμή — pygme—, que podría traducirse por ‘puño’ y que apunta al pequeño tamaño que les era atribuido a los integrantes de este pueblo. Hoy en día, el término es comúnmente utilizado a la hora de eng lobar a todo un conjunto de grupos humanos que se caracterizan por sus reducidas dimensiones corporales y por habitar, desde hace miles de años, en las selvas ecuatoriales africanas. En la actualidad, ocupan territorios densamente boscosos de Camerún, Gabón, la República Centroafricana, la República del Congo y la República Democrática del Congo 5. Empero, en la Antigüedad Clásica y la Edad Media, el término aludía a una de las tantas humanidades exóticas que se suponía que habitaban en los confines del mundo conocido. Es más, como ya señalamos en el apartado introductorio, los pigmeos son una de las gentes fabulosas de orígenes más remotos 6, muestra de lo cual es el hecho de que aparecen ya mencionados en la Ilíada de Homero, escrita hacia el 700 a. C, donde se alude específicamente a su guerra interminable contra las grullas, el motivo más importante con el que se han visto asociados a lo largo de la historia:

Una vez ordenado cada ejército con sus príncipes, los troyanos marchaban con vocerío y estrépito igual que pájaros, tal como se alza delante del cielo el chillido de las grullas, que, cuando huyen del invierno y del indecible aguacero, llevando a los pigmeos la muerte y la parca, y a través del aire les tienden maligna disputa 7.

Según la mitología, este conflicto surgió a raíz de que Gérana —a veces llamada Énoe—, una orgullosa reina pigmea que era adorada divinamente por su pueblo, fue castigada por Hera, debido a su negativa a rendir tributo a los olímpicos. La pena que le fue aplicada fue la de ser convertida en grulla. Gérana, quien tenía un hijo—Mopso—, fue inamistosamente recibida por los pigmeos al intentar visitarlo, ya que no la reconocían en su nueva forma. Así fue como estalló la guerra entre ellos y las aves 8.

A posteriori, Heródoto de Halicarnaso, en su Historia —redactada en Turios, ciudad a la que llegó en el 444 a. C. 9—, escribió el que puede considerarse como el primer informe etnográfico acerca de los pigmeos 10. En dos ocasiones describe encuentros de viajeros con pobladores africanos de baja estatura, individuos muy probablemente emparentados con aquellos que, en la actualidad, componen tribus caratuladas como pigmeas. En la primera, cuenta que cinco jóvenes nasamones—miembros de un pueblo nómada libio—, al llegar a una zona boscosa ubicada al sudoeste del área desértica que se extiende en la parte meridional de Libia,

vieron al fin árboles que crecían en una llanura, se acercaron y se pusieron a coger la fruta que había en los árboles; pero, mientras la estaban cogiendo, cayeron sobre ellos unos hombres de pequeña estatura, inferior a la de un hombre de talla media, que los apresaron y se los llevaron; y ni los nasamones entendían lo más mínimo la lengua de sus raptores ni éstos la de los nasamones. Luego, los condujeron por extensas marismas y, una vez atravesadas, llegaron a una ciudad en la que todos eran de la estatura de sus raptores y de piel negra 11.

La segunda ocasión en la que Heródoto habla de los pigmeos es cuando se refiere al viaje que se vio obligado a realizar el persa Satespes a cambio de no ser empalado, pena que le había sido impuesta por haber cometido un delito grave. La travesía tenía por finalidad circunnavegar Libia por el oeste, lo que, en la práctica, implicaba bordear la totalidad del continente africano. Al cabo de un tiempo, de regreso a Egipto, país de donde había partido junto a una tripulación contratada en el lugar, Satespes relató a Jerjes, el rey de los persas, que, en el punto más lejano alcanzado por él y sus hombres en el litoral occidental africano, «había costeado el territorio de unos individuos de baja estatura que utilizaban una vestimenta hecha de hojas de palmera y que, cuando ellos atracaban con su nave, huían siempre a las montañas, abandonando sus ciudades» 12.

La imagen que Plinio el Viejo brinda de los pigmeos contrasta con la de Heródoto, por cuanto el romano amplía su área de difusión. Efectivamente, él los sitúa en Tracia, más específicamente, en Gerania —nombre derivado de su famosa reina 13—; en Caria —al sudoeste de la península de Anatolia—, en la ciudad de Tralles 14; en las montañas del Indo 15, y en las fuentes del Nilo 16. Asimismo, retoma características de la leyenda, pues habla de la lucha entre los pigmeos y las grullas cuando aborda a los de Gerania y a los situados en las montañas de la India. De estos últimos, detalla sus pertrechos y procedimientos bélicos:

Es fama que, en primavera, sentados a lomos de carneros y cabros, armados con flechas, descienden en tropel hasta el mar y destruyen los huevos y polluelos de esas aves; la expedición se lleva a cabo en tres meses; de otro modo no resistirían a las siguientes bandadas 17.

Los pigmeos no pasaron desapercibidos para los autores cristianos altomedievales. A ellos se refirieron, por ejemplo, san Agustín 18 y san Isidoro 19. La notable influencia que tales autores ejercieron sobre los siglos venideros mantuvo viva la creencia en este pueblo durante las centurias siguientes, y su retrato y modus vivendi continuaron enriqueciéndose y desarrollando variaciones. Por ejemplo, el también altomedieval Liber monstrorum de diversis generibus señala, siguiendo la tradición, que los pigmeos guerrean contra las grullas, pero advierte que lo hacen específicamente en épocas de cosecha, para evitar que las destruyan 20.

Hacia el final de la Edad Media, el redescubrimiento de la India, China y del sudeste asiático espoleó el interés por las razas fabulosas de hombres que se estimaba que allí vivían, propiciando, en consecuencia, un aumento en las menciones al pueblo que nos ocupa. Por ejemplo, en uno de los textos más influyentes del periodo bajomedieval, Los viajes de Sir John Mandeville —mediados del siglo XIV—, son localizados en una tierra por la que pasa el río Balay —actual Chang Jiang— y que se encontraba sometida al Gran Khan. La minuciosa descripción que les es dedicada representa un claro ejercicio de la conjunción de referencias antiguas con el ingenio de su autor anónimo, algo por demás habitual en los libros de viajes:

Son bellos y graciosos dentro de sus límites, tanto los hombres como las mujeres. Se casan cuando tienen medio año y engendran hijos. No viven más de seis o siete años, como mucho. Y si alguno llega a vivir ocho años es considerado excepcionalmente viejo. Estas gentes son los mejores artesanos del mundo en trabajos de oro, plata, algodón, seda y otros muchos materiales. Con frecuencia pelean con las aves del país, a las que cazan y se las comen. Estas pequeñas gentes no trabajan las tierras ni las viñas, sino que tienen personas grandes, de nuestra estatura, que labran la tierra y trabajan las viñas para ellos. Sienten gran desprecio por los hombres de nuestra estatura y sienten el mismo asombro ante ellos que el que sentiríamos nosotros, si hubiese gigantes entre nosotros. Existe en esa tierra, entre otras ciudades, una en la que habita un gran número de estas pequeñas gentes. Es una ciudad muy grande y muy bonita, pero las gentes de tamaño normal que viven entre ellos engendran hijos tan pequeños como los pigmeos a causa de la naturaleza de la tierra; ésa es la razón de que haya tantos. […] Aunque los pigmeos son pequeños, sin embargo, son gentes de gran sentido común de acuerdo con su edad, y saben discernir perfectamente entre el bien y el mal 21.

Ya en la escena castellana del alba de la Edad Moderna, Antonio de Nebrija, en su Diccionario latino-español (1492) , los define muy escuetamente como «pueblos [que] son de la India» 22. Mayores detalles nos brindan Alfonso de Palencia y Rodrigo Fernández de Santaella, quienes coinciden, entre otros puntos, en reproducir el dato, ya brindado en Los viajes de Sir John Mandeville, de que los pigmeos alcanzan la vejez a los siete u ocho años 23. Este punto también es comentado por Antonio de Torquemada, autor del libro de caballerías castellano Olivante de Laura (1564), en su texto más conocido: el tratado en forma de diálogo Jardín de flores curiosas (1570). Aquí, recoge y sintetiza siglos de teorizaciones en torno a los pigmeos. Esto se entrevé, por ejemplo, en sus observaciones acerca del interminable enfrentamiento que mantienen con las grullas, en donde se hace eco de informaciones proveídas por Plinio, pero también de una apostilla ya observada en el Liber monstrorum de diversis generibus: aquella que apunta que los ataques de los pigmeos tienen por fin mermar los perjuicios agrícolas que las aves les generan.

en el tiempo que en otras partes es invierno van las grullas a poner sus huevos y a criar sus hijos en la ribera del río; y porque los pigmeos son tan pequeños que las grullas no los temen, antes les hacen daño en sus personas y en comerles los mantenimientos y destruirles las sembradas, tienen cuidado (como lo dice Homero), al tiempo que saben que ponen los huevos, de ir a quebrárselos, y así, se juntan gran multitud dellos y, caballeros en cabrones y carneros, hacen guerra a las grullas como si fuesen a un hecho muy hazañoso, por que no se multipliquen para poderles dar mayor trabajo 24.

2. Los pineos del policisne, de silva y de toledo: una mirada a su apariencia, comportamiento y significados

Es en este contexto en el que Silva y de Toledo escribe el Policisne, donde relata una serie de sucesos que tienen a los pineos como sus protagonistas. Con ellos se topan los caballeros Panfirio y Floremés en una exuberante isla a la que fueron a parar mientras se dirigían a Tebas, en donde pretendían encontrar a un sabio que les ayudara a derrotar a la «sierpe encantada» que impedía liberar de su hechizo a la doncella Menardia, interés amoroso del primero de los héroes mencionados. El texto describe a los pineos como «hombres que en cuevas moravan, tan pequeños como un codo, de hermosos rostros y los cabellos y la barba avían rubios. Vestían pieles de estrañas colores» 25. Este retrato inicial no dista demasiado de los elaborados por los predecesores de Silva y de Toledo, pues comparte con ellos varios elementos comunes. Para empezar, cabe decir que de su naturaleza cavernícola ya nos habla Aristóteles en Investigación sobre los animales (mediados del siglo IV a. C.) 26. Siglos después, el Liber monstrorum de diversis generibus se hizo eco de ella 27. El tamaño es otra de las características que los pineos del Policisne tienen en común con sus antecesores. El autor les atribuye un codo, medida de longitud antropométrica muy antigua que correspondía a la distancia existente entre esta parte del brazo y el puño cerrado, equivaliendo, en la España quinientista, a aproximadamente 41,79 cm 28. Menos de un codo es la altura que les adjudican san Agustín 29 y san Isidoro 30. Más preciso es Plinio, quien expresa que no pasan de los tres palmos o dodrantes 31, es decir, de los 21,9 cm, dato que posteriormente hallaremos replicado en Los viajes de Sir John Mandeville32 y que también, citando su fuente, repite Torquemada 33. En el libro de viajes se afirma, de igual modo, que, al igual que los pineos, son de bello aspecto 34.

Ahora bien, la atribución de cabellera y barba doradas sí parece constituir una novedad. Sin embargo, esto no resulta incomprensible si tenemos en cuenta que los pigmeos, pese a que eran vinculados a África y a veces eran figurados con rasgos fisonómicos similares a los que les eran atribuidos a los etíopes —como el pelo lanoso, la nariz chata y los labios evertidos—, jamás abrazaron como marca de singularidad la negritud, siendo su signo de identificación la pequeñez 35. Ello habilitó la posibilidad de que pudieran ser representados con características físicas no demasiado distantes de las utilizadas para figurar al hombre europeo. Efectivamente, en ilustraciones de impresos de comienzos de la Edad Moderna que evocan el motivo de su guerra contra las grullas —como las que podemos observar en el folio 12r de la Crónica de Núremberg (1493), de Hartmann Schedel, y en el folio 195r de la compilación de fábulas Esopi appologi sive mythologi cum quibusdam carminum et fabularum additionibus (1501), de Sebastian Brant —, los pigmeos no muestran más signo de extrañeza que su reducido tamaño, del que solo podemos percatarnos por la similitud de sus dimensiones a las de las aves contra las cuales combaten.

El hecho de que los pineos vistan pieles puede ser interpretado como un indicio que denota la presencia de cierto componente semisalvaje en su naturaleza 36. Tal indicio, a su vez, trasluce, junto el extraordinario tamaño de este pueblo, su pertenencia a las razas fabulosas de hombres. No obstante, cabe aclarar que, en consonancia con la tradición sobre la que se sustentan, Silva y de Toledo otorga a sus pineos cierto grado de civilización. Esto se denota, en primer lugar, en su capacidad para comunicarse a través de un lenguaje verbal identificable 37. En el texto, Floremés se percata de ello al intentar convencer a un asustadizo pineo para que baje de un árbol al que se había subido al notar la presencia de los caballeros:

[…] hablándole en todas las lenguas, que él muy bien sabía, por ver si alguna entendiesse. […] A él se le acordó que las más gentes de aquellas estrañas comarcavan más con indios y aun en sus maneras conformavan con ellos. Y hablole en lengua india, diziendo que d’él temor no hubiesse, que él prometía de no le hazer mal. Y entonces el pineo, entendiendo a Floremés, abaxó 38.

En este fragmento se divisa, además, el tópico de la vinculación de los pigmeos con la India, localización geográfica que, cabe recordar, fue considerada, desde la Antigüedad clásica, como un escenario más que predilecto para el desarrollo de seres humanos extraordinarios. Otros datos de la tradición fabulosa de los pigmeos son apuntados por el texto con anterioridad a esta referencia. Precisamente, antes de ser convencido de descender del árbol, el atemorizado pineo realiza un llamado de auxilio a sus pares, ante lo cual el sitio en torno a los caballeros se llena de compañeros suyos predispuestos para luchar:

Venían en canes grandes con sus adereços a manera de la gineta. Por armas no trahían otra cosa sino en las manos, como a manera de adargas, unas conchas blancas de pescados y en las cabeças unos cascos de pescados. En la otra mano trahían unas hastas tamañas, como tres palmos, a manera de lanças y por hierro un garavato en los cabos 39.

Aunque también representa una novedad que los hombrecillos de Silva y de Toledo monten perros, el acto de cabalgar, ciertamente, no lo es. Aristóteles ya había señalado que los pigmeos tenían caballos 40. A posteriori, Plinio los cambió por carneros 41, animales que se consolidaron como sus monturas por defecto en el plano textual. En el plástico, además, se convirtieron en un elemento iconográfico de usual aparición en ilustraciones medievales en las que se los representa en plena batalla contra las grullas, muestra de lo cual es la iluminación del folio 47r del manuscrito Le secret de lʼhistoire naturelle contenant les merveilles et choses mémorables du monde (1401-1500) . En ella, por otra parte, los hombrecillos figuran, al igual que los pineos del Policisne, blandiendo lanzas, arma típicamente asociada a la caballería. En cuanto a las «conchas blancas» y los «cascos» de «pescados» que estos últimos emplean, respectivamente, a modo de escudos y yelmos, cabe expresar que recuerdan a los aditamentos defensivos que portan las amazonas montalvianas —hablamos de las «medias calaveras de pescados que todo lo más del cuerpo les cubrían y eran tan rezias que ningún arma las podía passar» 42— y, en el propio Policisne, el gigante de rasgos salvajes Grandomo, pues del mismo se nos dice que «estava armado de unas coraças hechas de costillas de vallena, clavadas con muy fuertes clavos» 43. Por esta razón, y basándonos en que las armaduras de los salvajes del género se encuentran usualmente compuestas por materiales recogidos de la naturaleza 44, es posible afirmar que las protecciones de combate de los pineos constituyen una prueba más de su adhesión parcial a la esfera de lo silvestre.

Rechazados los pequeños jinetes por Panfirio —aunque sin derramamiento alguno de sangre— y convencido el pineo que había subido al árbol para que bajara de él, los caballeros son llevados por este ante su rey anciano, Sarfín, a quien el otrora atemorizado pineo había calificado como «el mayor sabio que avía en el mundo, señalando azia el cielo, diziendo que sabía tanto en la tierra como Dios en el cielo» 45. Sarfín se presenta ante ellos montado, al igual que sus súbditos, encima de un can; ricamente ataviado, en consonancia con su estatus 46, y en son de paz. Su fisonomía, asimismo, revela la injerencia del estereotipo personajístico de la literatura caballeresca que más cercanía presenta, en términos de apariencia, a los pigmeos: nos referimos al del enano. En efecto, al momento de retratar al pineo más importante de todos, Silva y de Toledo apela a su figura típica, pues destaca que el monarca «avía el rostro muy feo y la barba cana y tan larga que en el arçón de la silla le dava, que la cinta tres dedos le passava» 47. Precisamente, el rostro repulsivo —que difiere del que presentan sus súbditos, por cuanto estos, recordemos, muestran «hermosos rostros» 48— y la barba larga son componentes indisociables del retrato del enano en los textos artúricos 49. Lo dicho se percibe, por ejemplo, en la siguiente descripción de un enano maligno que aparece en el Jaufré ( c. 1169-1170):

Era pequeño y feo, rechoncho, tripudo y engreído, con una enorme cabeza; sus cabellos, lisos, le caían por la espalda y sus cejas, de largas, parecían cubrirle los ojos. Su nariz, deforme, era tan desproporcionada, que por sus agujeros hubiera podido meterse los dos pulgares, sin hacerse daño; sus labios eran gruesos y bezudos, y los dientes enormes y desmedidos; los largos bigotes le colgaban sobre la boca, y la barba, desordenada, le bajaba más allá de la cintura. Su horcajadura apenas medía un palmo desde el talón hasta la entrepierna. Su cuello era gordo y apelmazado, tan corto que casi ni parecía tenerlo. Sus brazos eran tan diminutos que ni siquiera podía agarrárselos por detrás; las manos, en fin, como las de un sapo 50.

Los autores de libros de caballerías hispánicos continuaron con esta tendencia, pues siguieron endilgándoles a los enanos una apariencia desagradable, independientemente de su carácter maléfico o no. Los siguientes extractos de descripciones resultan clarificadores: «de muy disforme gesto» 51, «es tan feo que a todos los que lo veen espanta» 52, «el más disforme que visto avían» 53, «un feo enano» 54, «un muy feo y desemejado enano» 55, etc. Por consiguiente, es posible afirmar que, a la hora de delinear a Sarfín, Silva y de Toledo, usufructuando la maleabilidad de la forma pigmea —excepto en lo que respecta a la pequeñez—, recurrió a los rasgos usuales del semblante enano en el género, los cuales derivaban de la tradición textual artúrica.

Continuando con el relato de los sucesos del Policisne, los caballeros, agasajados por el monarca pineo, le comentan sobre la Aventura de la Cierba Encantada, la cual involucra a la horrida serpiente y a Menardia. Ante esto, su anfitrión les ofrece una extraordinaria solución:

a una parte de esta mi ínsula a do agora vamos ay infinitos dragones y sierpes tan grandes y desemejadas que si no tuviessen mucha carne de que se cebar en las partes donde andan que ay muchas caças, no dexarían ninguno de nosotros que no comiessen. Y agora, porque en este tiempo las hembras están paridas, quiero traer alguna para que la enseñemos de chiquita a domestica[r] [sic] y para no le dar a comer hasta que mate otra sierpe, por que llevando vos un dragón ansí mostrado, que a otra cosa no haga mal sino a quien yo le enseñaré, podáis con la ayuda d’ella vencer la sierpe encantada y con otra cosa que yo os dé y con el esfuerço de vuestro coraçón 56.

Aquí se hace presente una suerte de oposición entre los pineos y los dragones y sierpes terribles que comparten con ellos la isla. Estas bestias, que parecen reemplazar a las típicas grullas, representan, en el escenario de interacciones simbólicas en el que se ven involucradas, la cara más brutal de la naturaleza, pero, probablemente, también la maldad y el pecado 57, lo que se trasluce no solo en su voracidad, sino, además, en ciertos detalles, como el hecho de que, para llegar hasta ellas, es necesario atravesar un espacio de evidentes connotaciones negativas:

«una selva muy espessa de árboles y muy sombría» 58, tarea que realiza el propio Sarfín en solitario. Este, una vez que captura a un dragoncillo, huye de sus furiosos progenitores, para lo cual se hace invisible masticando una hierba, lo que recuerda a creencias bastante antiguas y extendidas, especialmente en el mundo céltico, en torno al helecho, cuyo polvo marrón de hojas maduras era considerado como un amuleto de invisibilidad, ya que se pensaba que contenía el factor visualmente imperceptible gracias al cual la planta, que no genera flores ni semillas, se reproduce. Se estimaba, además, que era incluso posible conseguir estas últimas y, si se las consumía, también era factible volverse invisible 59, tal como le sucede a Sarfín al ingerir la misteriosa hierba.

Una vez a salvo con el dragoncillo, Sarfín, tal como había manifestado a los caballeros, da inicio a su entrenamiento para combatir contra la sierpe, proceso que nos es explicado con suma minucia:

[…] cada día, antes que comiesse, le ponía un animal vivo en poder de una sierpe que la figura de la otra tenía, y el dragón, que grande hambre tenía, que vía la caça en poder de la otra sierpe arremitía a ella y la otra se la defendía. Y ansí d’esta guisa que oís su poco a poco cada día le ponían la caça en poder de la otra sierpe, que antes se la sacasse de la boca se la defendía; y como iva más creciendo mayor y más grande Sarfín la hazía, hasta que creció tanto el dragón en cabo de un año que d’esta manera que oís se criava, que hazía cada día con la otra sierpe contrahecha tan cruda vatalla que cada vez cuidava el dragón que a la sierpe dexava muerta 60.

La domesticación, por parte de Sarfín, de la feroz criatura —que se presenta aquí como lo que Sebastián de Covarrubias llama un animal «mansuefacto», en otras palabras, una criatura de naturaleza indómita que es capaz de ser amansada 61— parece constituir una representación del triunfo del bien contra el mal. Esta mirada no es del todo novedosa, puesto que existen interpretaciones de imágenes de pigmeos combatientes que llegan a conclusiones similares. Prueba de ello es lo que expresa Debra Higgs Strickland al analizar al pigmeo que aparece montado a lomos de una perdiz, y en una clara actitud ofensiva hacia el ave, en uno de los capiteles que el escultor galo Gislebertus realizó, en el siglo XII, para la catedral de Saint-Lazare, en Autun. Strickland señala que este pigmeo representa el bien, siendo su desnudez uno de los signos que así lo demuestran, pues esta, en contextos religiosos y en palabras de la propia autora, «suggests the status of the figure depicted as that of the Elect» 62. A propósito de la desnudez, en el Policisne tiene lugar una escena en el palacio de Sarfín en la que él y jóvenes pineas hacen gala de ella frente a sus huéspedes caballerescos, aunque, a diferencia del caso escultórico comentado por Strickland, la situación se encuentra teñida por cierto tinte erótico y aparenta haber sido elaborada con el fin de revelar una cualidad física que refuerza la pertenencia de estos seres a la esfera de las humanidades monstruosas, la vellosidad 63:

[…] le truxeron un bacín de oro tres donzellas que niñas de medio año parecían si no fuera por los pechos y faciones de sus rostros, que días en ellas demostravan. Todas venían vestidas unas camisas tan delgadas que el cuerpo se les trasluzía. […] Sarfín el rey se despojó de sus ropas quedando en carnes, que todas las avía bellosas, y las donzellas lo metieron dentro en el bacín y allí le lavaron todo 64.

3. Conclusiones

Como hemos podido constatar a lo largo de este análisis, los pineos del Policisne constituyen una inserción original en el amplio abanico de criaturas fabulosas que se despliega en los libros de caballerías castellanos. Esto, sin embargo, no impide vislumbrar el hecho de que se sostienen sobre unas bases sólidas establecidas en la Antigüedad clásica y modificadas y enriquecidas a lo largo de la Edad Media. Es más, podemos incluso afirmar que varios de los rasgos de los pineos que más parecen desentonar, con respecto a la tradición textual e iconográfica en la que se sustentan, son, en realidad, variaciones de características presentes en descripciones e imágenes de pigmeos previas. Por ejemplo, los canes sobre los que cabalgan los hombrecillos de Silva y de Toledo no serían sino una alternativa a los equinos de los que ya nos hablaban autores del mundo grecorromano y a los carneros que suelen verse en miniaturas medievales en las que el pueblo pigmeo figura combatiendo contra sus archienemigas por antonomasia: las grullas. La capacidad de montar, como observamos, no es puesta en cuestión. A propósito de las aves, estas parecen haber sido reemplazadas en el Policisne por dragones y sierpes, pero, nuevamente, la esencia, para ser más específicos, el elemento antinómico que ha acompañado históricamente a los pigmeos, se halla vigente. Otras cualidades de los pineos, por otra parte, no se apartan un ápice de lo que nos manifiesta la tradición. Tal es el caso del hábitat que Silva y de Toledo les atribuye: un lugar, al parecer, bastante cercano a la India, tierra que, como advertimos con anterioridad, se hallaba ligada, desde antiguo, a seres humanos de rasgos asombrosos, entre los cuales contamos, por supuesto, a los pigmeos.

Cabe, de igual modo, volver a destacar la influencia del modelo figurativo del enano en la confección de Sarfín, el único pineo que goza de un retrato individualizado. La toma de elementos pertenecientes a dicho modelo, por parte de Silva y de Toledo, confirma la confluencia de dos grandes fuentes en la elaboración de sus hombrecillos: por un lado, aquella conformada por las creencias y aseveraciones históricamente vinculadas a los pigmeos, y, por el otro, la perspectiva de la monstruosidad que le es propia a la literatura caballeresca.

Para culminar, cabe preguntarnos cuál fue la razón que motivó al autor del Policisne a elaborar una versión propia de los pigmeos. La respuesta quizás yace en el hecho de que estos, tal como vimos al referirnos a su tratamiento en el Siglo de Oro, continuaban perviviendo culturalmente en la época. Muchos, inclusive, aún los contemplaban no como invenciones destinadas pura y exclusivamente al disfrute, sino, más bien, como un pueblo de existencia concreta, premisa que siguió siendo defendida aun después de finalizado el periodo de vigencia de los libros de caballerías castellanos. Así nos lo constata Juan Eusebio Nieremberg, quien, en su Curiosa y oculta filosofía (1649), escribe, al respecto, las siguientes líneas:

[Es] común ver entre nosotros hombres pequeños y enanos iguales a los pigmeos y no vemos gigantes. ¿Pues qué razón hay que creamos más haber habido gigantes, con no haber visto jamás hombre de tan cabal estatura como ellos, y que no creamos haber habido pigmeos, con haber entre nosotros hombres que no les exceden? 65

En consecuencia, los pineos, en definitiva, no constituirían sino un reflejo de una peculiar categoría de humanidades extraordinarias aun en boga en el contexto de producción del género y en la que se situaban aquellas gentes que, del mismo modo que las amazonas, expresaban la posibilidad de la existencia de una suerte de confluencia no solo entre lo civilizatorio y lo salvaje, sino, además, entre lo real y lo fabuloso.

Agradecimientos

Agradecemos a la Dra. Carina Alejandra Zubillaga —Universidad de Buenos Aires (UBA)/CONICET— y al Dr. Axayácatl Campos García Rojas —Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM)—, por las observaciones y sugerencias amablemente brindadas

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Notas

1 A propósito de estos, ver Orsanic, 2019.
2 Para un análisis exhaustivo de los mismos, ver Sales Dasí y Pomer, 2007, pp. 35-58.
3 El exiguo tamaño de los enanos de la literatura caballeresca resulta casi tan difícil de determinar como la enormidad gigantea. Una mirada a su iconografía, no obstante, permite aproximarnos un poco más al mismo. Por ejemplo, en la miniatura del folio 423v del manuscrito 0648 (0404) del Tristan en prose (siglo XV), en donde se observa a un enano intentando aplacar a un enloquecido Lanzarote, la estatura del pequeño personaje alcanza apenas hasta las rodillas del caballero. Mayores parecen ser las figuras de Groadaín (fol. 242r) y el enano carretero (fol. 312v) que se divisan en una serie de ejemplares iluminados del Lancelot de la Vulgata —Français 117-120 . Todas estas tienen en común el hecho de que su altura equivale a la mitad de la de una figura humana de dimensiones normales, aunque también pueden llegar a ser un poco más diminutos. Para mayor información acerca de los enanos en las miniaturas de la literatura francesa de la Edad Media, ver Tiévant, 2014, pp. 105-120.
4 Un ejemplo de estos es la sirena con la que se topan el caballero Lisuarte y su séquito en el Lisuarte de Grecia (1514), de Feliciano de Silva, pues es pisciforme y no plumífera, tal como lo es la del mundo grecorromano: «oyeron en lo alto sobre sí un son e canto tan dulce cual nunca jamás oyeran. Ellos mirando quién lo hazía, vieron que era una muger, desnuda, de la cinta abaxo como pece con su canto; una harpa que en las manos tenía hazía aquel tan suave son, las ondas abaxaban y la alçavan. Ellos, aunque la muerte tenían tragada, fueron tan embevidos en la suavidad del son y canto de la muger que se cayeron adormecidos, pareciéndoles ya ser todos cubiertos de agua. Pero con la suavidad del canto e su sueño que por muerte tragado tenían, ni sintieron si estavan muertos, si dormidos» ( Silva, Lisuarte de Grecia, lxxxvi).
9 Adrados, en su introducción a Heródoto, Historia, I, p. 16.
20 Liber monstrorum de diversis generibus, I, xxiii.
23 Palencia, Universal vocabulario en latín y en romance, fol. 366; Fernández de Santaella, Vocabularium ecclesiasticum, fol. 136v.
26 Aristóteles, Investigación sobre los animales, VII, xii, 597a10.
27 Liber monstrorum de diversis generibus, I, xxiii.
28 Para mayores detalles acerca de esta medida, cuya denominación precisa es «codo vulgar» —lo que la diferencia del «codo sagrado», que se medía hasta el final de la mano abierta y que era utilizado en la construcción de obras arquitectónicas importantes, como El Escorial—, ver de la Cuadra Blanco, 2012.
36 En un tono similar son representados los pigmeos que aparecen en un grabado del flamenco Adriaen Collaert, con base en un dibujo de su compatriota Jan van der Straet —Joanne Stradano—, para la colección Venationes ferarum, avium, piscium: pugnae bestiariorum et mutuae bestiarum ( 1580). En efecto, en la ilustración de la estampa 80, en donde se observa una representación de tónica realista de una escena de enfrentamiento entre pigmeos y grullas, los primeros son retratados casi desnudos, vistiendo únicamente paños que les cubren la parte inferior del cuerpo.
37 La ausencia de la facultad de emitir palabra es, al igual que el comportamiento rayano en el de los animales, la ferocidad y la dieta que gira en torno a la carne cruda —y que incluye, inclusive, a aquella procedente de humanos—, un rasgo basal de la condición primitiva en el género. Por ejemplo, en el Primaleón (1512) podemos leer que, una vez vencido y encadenado el gran Patagón, este comenzó a dar «grandes bramidos», con el fin de ser auxiliado ( Primaleón, cxxxiiii).
40 Aristóteles, Investigación sobre los animales, VII, 597a10-11.
44 En efecto, en los libros de caballerías castellanos, los salvajes, por lo general, portan, a modo defensivo, ropajes poco trabajados y confeccionados a partir de pieles de animales. He aquí un par de ejemplos. En el segundo de los palmerines nos es manifestado, con respecto a los patagones primaleonianos, que «no traen sino vestiduras de piel de animalías que matan y son tan desemejadas que es cosa maravillosa de ver» ( Primaleón, cxxxiii). En el Cirongilio de Tracia (1545) , de Bernardo de Vargas, nos es comentado que un salvaje contra el que combate Cirongilio, su protagonista, consiguió sobrevivir a un espadazo del héroe caballeresco «por razón de venir armado con una vestidura de cuero de gran fortaleza que entre ellos se usava» ( Cirongilio de Tracia, I, xxiiii).
46 Así se desprende del siguiente extracto: «venía el rey pineo en un can tan grande como un lebrel, con unas guarniciones de oro muy ricas y muchas borlas de oro en la cabeça del can colgadas. El can trahía una gualdrapa de oro de un cendal estrañamente texida. […] Vestía unas ropas largas hasta el suelo del mismo cendal, sino que más rico era. En el pescueço trahía muchas argollas de oro y en los braços ansimesmo; en la cabeça trahía una corona de huesso guarnida y engastada en oro» ( Silva y de Toledo, Policisne de Boecia, lxii).
57 El dragón siempre fue considerado malvado en Occidente ( ver Borges y Guerrero, 2005, p. 87). No obstante, cabe precisar que fue el cristianismo el mayor responsable de su conversión en una metáfora predilecta del mal. Así nos lo demuestra la propia Biblia, en la que le fue encomendado el papel de representarlo, tal como lo constatan los siguientes pasajes del Antiguo Testamento: «Vivir con león y dragón me agradaría más que vivir con mujer perversa» ( Bover-Cantera, Eclesiástico, 25, 16); «Despierta, despierta, vístete de fortaleza, / ¡oh, brazo de Yahveh!; despierta como en los días pasados /de las antiguas generaciones. ¿No eres tú el que destrozó a Ráhab, / quien traspasó el dragón?» ( Isaías, 51, 9), y «Me ha devorado, me ha consumido Nabucodonosor, rey de Babilonia; / hame dejado como vasija vacía, me ha tragado como un dragón» ( Jeremías, 51, 34). Por su parte, en el Nuevo Testamento —más precisamente, en el libro del Apocalipsis— se consagra la vinculación entre el dragón y la principal personificación de la maldad dentro de esta religión: el Diablo. Los versículos que siguen son elocuentes: «Y se trabó una batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles iniciaron el combate contra el dragón. / Y el dragón peleó y con él sus ángeles, y no pudieron resistir, y no se halló ya para ellos lugar en el cielo. / Y fue precipitado el dragón grande, la serpiente antigua, que se llama diablo y Satanás, el que seduce todo el mundo; fue precipitado a la tierra, y sus ángeles fueron con él precipitados» ( Apocalipsis, 12, 7-9).
58 Silva y de Toledo, Policisne de Boecia, lxiii. En la visión medieval del mundo, el bosque era percibido como un ambiente inhóspito, para ser más precisos, como un desierto: un lugar en el que era improbable que los hombres prosperaran, pero no por la ausencia de vida en él, sino, al contrario, por lo que Paul Zumthor llama «una plenitud terrorífica» ( 1994, p. 64). La foresta, sin embargo, no era temida únicamente por los seres potencialmente nocivos con los que uno podía toparse allí. También lo era porque se creía que en sus oscuridades el Diablo campaba a sus anchas. Así lo explica Robert Fossier: «A lo largo de senderos inciertos, las espinas enganchaban al viajero; los troncos dificultaban su marcha; ciénagas ocultas lo acechaban: eran las trampas del Maligno. Porque este último era el señor de estas tinieblas, él y todos sus secuaces consagrados a él, elfos, gobelins, troles o kobolds de los países germánicos, con su rey Erlkönig, Arlequín; o, más al sur, hadas, dragones, tarascas y todos los faunos, silvanos o enanos verdes servidores de Pan. Todos estaban aliados para hechizar y confundir a los seres humanos crédulos y temerosos» ( 2008, p. 180 —las cursivas no son nuestras).
59 Tan prodigiosa ingesta se asoció a San Juan y a sus festividades, y aparece incluso mencionada en una obra de William Shakespeare contemporánea al Policisne: la primera parte de Enrique IV ( c. 1597). Aquí, el personaje de Gadshill, un asaltante de caminos, intenta convencer a un camarero para que se le una en un robo a unos ricos huéspedes, asegurándole que el hurto sería muy seguro, pues «we have the receipt of fern-seed, we walk invisible» ( Shakespeare, The First Part of the History of Henry IV, 2.1.8586 ). Para mayores detalles acerca de esta y de otras propiedades de índole maravillosa del helecho, como la de otorgar una fuerza extraordinaria, ver May, 1978, pp. 492-496.
61 Covarrubias, Tesoro de la lengua castellana o española, fol. 537v . Para un análisis de los animales mansuefactos que se encuentran en los libros de caballerías hispánicos, ver Campos García Rojas, 2010.
63 En el género, la pilosidad es la principal marca de identidad de los salvajes. Por ejemplo, en el Lisuarte de Silva nos es comentado que, al arribar a la Ínsula de los Ximios, Lisuarte y su séquito «vieron una barca y en ella estavan dos salvajes grandes y muy vellosos» ( Silva, Lisuarte de Grecia, lxxxvi). Los «salvajes» del Cirongilio también son descritos «cubiertos de [un] vello negro tan largo que todo el cuerpo cubría sin que parte d’él se pareciesse» ( Vargas, Cirongilio de Tracia, I, xxiiii). Pero este no es un rasgo pura y exclusivamente relacionado a esta categoría de seres, ya que suele ser observado en otros personajes igualmente representados en clave monstruosa. Una muestra de ellos es la infanta Melía, antagonista mágica a quien Rodríguez de Montalvo, en el quinto libro del ciclo amadisiano, describe como «una forma de muger muy fea toda cubierta de vello y de sus cabellos, que en el suelo tocavan» (Rodríguez de Montalvo, Sergas de Esplandián, ci). El mismo atributo también le es endilgado en el Lisuarte de Silva, pues aquí se nos dice de ella que, al encolerizarse por el escape de Lisuarte, «torciendo sus muy ñudosas manos, se asió de los largos e canos cabellos, e pelándose el bello de los braços, mordiéndose con sus dientes, dava tan fuertes bozos e gritos que puso todo el real en gran alboroto» ( Silva, Lisuarte de Grecia, xxvi).
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