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«No ha faltado quien llamó calumnia a este reparo mío». Sobre las disputas y críticas entre Pellicer y Salcedo Coronel

«No ha faltado quien llamó calumnia a este reparo mío». On the Disputes and Criticisms between Pellicer and Salcedo Coronel

Érika Redruello Vidal
Universidad de León, España

«No ha faltado quien llamó calumnia a este reparo mío». Sobre las disputas y críticas entre Pellicer y Salcedo Coronel

Hipogrifo. Revista de literatura y cultura del Siglo de Oro, vol. 11, núm. 1, pp. 1087-1116, 2023

Instituto de Estudios Auriseculares

Recepción: 07 Junio 2022

Aprobación: 24 Octubre 2022

Resumen: El presente trabajo se centra en la relación que se fraguó entre José Pellicer y José García de Salcedo Coronel, comentaristas de Góngora, atendiendo a los testimonios escritos que se conservan en los volúmenes dedicados a la defensa de la lírica de don Luis. Tanto el zaragozano como el sevillano aludirán a las palabras del otro para ejercer ciertas críticas sobre sus comentarios, a las que el aludido contestará años después, dejando constancia sobre el propio papel de las rencillas y desacuerdos. Estas menciones alcanzarán su auge en el comentario de Salcedo Coronel a las Soledades, publicado en 1636 y en el que responderá a muchos de los juicios que su compañero de oficio había estampado en sus Lecciones solemnes. Así, se pretende llevar a cabo un recorrido por la obra erudita de ambos humanistas a lo largo de las décadas de 1620 y 1640, mostrando cómo su relación fue evolucionando con el paso de los años y deteniéndonos en los puntos de disputa que se recogen en los impresos mientras mostramos una de las muchas caras que tuvo la polémica gongorina.

Palabras clave: Pellicer, Salcedo Coronel, comentaristas, disputa, Góngora.

Abstract: This paper focuses on the relationship forged between José Pellicer and José García de Salcedo Coronel, commentators of Góngora’s works. In doing so, we will examine the written testimonies preserved in the volumes devoted to the defence of Don Luis’ lyric poetry. Both the Zaragozan and the Sevillian will indirectly allude to each other’s texts in order to exercise certain criticisms of their commentaries, passing years between replies. This would leave a record of the quarrels and disagreements reflected on paper and reaching their peak in Salcedo Coronel’s commentary on the Soledades, published in 1636. In this work, he would reply to many of the judgements of his rival in his work, the Lecciones solemnes (1630). Thus, the aim of this article is to provide an overview of the scholarly work of the two humanists throughout the 1620s and 1640s. Our aim is to show how their relationship evolved over the years, focusing on the points of dispute while showing one of the many sides of the Gongorine polemic.

Keywords: Pellicer, Salcedo Coronel, Commentator, Quarrel, Góngora.

El marco lírico del siglo xvii se nutriría de un contexto de crítica erudita que se llevaba gestando desde hacía años, dando lugar a importantes testimonios escritos. Acudiendo a los comentarios de Sánchez de las Brozas y posteriormente de Fernando de Herrera alrededor de la poesía de Garcilaso, es sabido que algunas de las anotaciones de ambos a los versos del toledano despertarían ciertas desavenencias. En efecto, en el momento en el que Tomás Tamayo de Vargas redactara sus propios comentarios al mismo poeta, mostraría en ellos su desaprobación respecto a las obras de sus predecesores en la materia, achacando a Herrera el hacer ostentación de «doctrina propia» mientras que «al Brocense se le imputa el error de limitarse a apuntar la “imitación ajena”» 1.

La ya bien conocida polémica gongorina, que enfrentó en un primer momento a censores y defensores de los versos de Luis de Góngora, llegaría a crear una posterior o «paralela» vía a la discusión inicial 2, enfrentando a eruditos a favor de esta «nueva poesía» y creando una disputa durante años alrededor de sintagmas, referencias, variantes y elementos retóricos por ver quién se hacía con el puesto de comentarista de Góngora de referencia.

La figura de José García de Salcedo Coronel, dedicado durante años a comentar gran parte de la producción lírica del maestro cordobés, fue objeto, como ocurriría con otros de sus contemporáneos, de críticas y rencillas por parte de otros eruditos, lectores y curiosos, pero también de compañeros de oficio. Nicolás Antonio, Andrés de Ustarroz o Soriano Carranza mostrarían su oposición respecto a ciertos testimonios del sevillano 3, en especial hacia los juicios del erudito en torno a algunos versos 4; mientras que sus enfrentamientos con José de Pellicer se reflejaban en las propias páginas de sus impresos de comentario.

Si bien su relación de ida y vuelta con este último —entre cordialidades y rencillas— ya era puesta de relevancia por Dámaso Alonso y tratada brevemente en algunos estudios posteriores 5, en las siguientes páginas pretendemos realizar una concreción de estas referencias, alusiones y ataques que se llevaron a cabo entre estos dos humanistas, desarrollando cómo se fraguó el vínculo que conocemos hoy en día a partir de la observación de los testimonios escritos alrededor de la poesía gongorina. No nos detendremos aquí en las diversas críticas que recibió el aragonés tras la publicación de sus Lecciones solemnes en 1630, que muestran las burlas ejercidas de mano de figuras como Lope de Vega, Andrés Cuesta, Vázquez Siruela o Francisco de Quevedo, y que ya han sido tratadas en otros lugares 6; lo que pretendemos es acudir a la relación que se estableció entre los dos comentaristas, de qué manera se reflejan estas menciones, respuestas y críticas pero también citas y halagos, y cómo fue evolucionando su trato a lo largo de los años.

Una polémica relación: salcedo coronel y pellicer

Ambos eruditos debieron de coincidir en la capital hacia 1624, momento en el que se embarcaban en la labor de comentar los versos gongorinos para librarlos de las «injurias», y participando en la polémica que ya se había desatado. Tras ver impresas sus dos primeras obras líricas —hablamos de la Ariadna (1624) y las Rimas (1627) —, el sevillano Salcedo Coronel será el primero en realizar su comento a la Fábula de Polifemo y Galatea (1629) , pero llegará tarde para con las Soledades, el Panegírico al duque de Lerma y la Fábula de Píramo y Tisbe, publicado su comentario a las primeras en 1636 (seis años más tarde que las Lecciones solemnes), del segundo en 1648 por un problema de impresión 7 y la última destinada a un tercer y último volumen que no le daría tiempo a realizar o, al menos, a finalizar y publicar 8.

En el comento a la fábula del cíclope aparece por primera vez el nombre del aragonés Pellicer, aludido en una única ocasión pero de manera amistosa al detenerse en el término «helvecias». Los versos referidos se dan alrededor de la cueva del jayán, donde antaño colgaba de la pared, al igual que hacían los cazadores con las fieras, las cabezas de los viajeros que llegaban a la isla. Ahora, gracias al influjo de la ninfa Galatea, ha dejado de hacerlo para, en su lugar, darles acogida:

Registra en otras puertas el venado

sus años, su cabeza colmilluda

la fiera cuyo cerro levantado

de helvecias picas es muralla aguda;

la humana suya el caminante errado

dio ya a mi cueva, de piedad desnuda,

albergue hoy por tu causa al peregrino,

do halló reparo, si perdió camino 9.

Sobre la estancia y el sintagma que nos interesa dice el comentarista:

[…] quiso decir que en otras puertas se ve colgada la cabeza colmilluda del jabalí y compara las erizadas cerdas de su cerro a las picas de los helvecios que hoy llamamos «esguízaros» por ser famosas en las historias las escuadras de piqueros de esta nación.

Oponen al poeta algunos que en aquel tiempo no había helvecios. A esta objeción satisface con mucho ingenio Pedro de Rivas; no refiero sus palabras porque el curioso podrá verlo en sus notas y muy largamente disputado este y otros lugares en las Lecciones solemnes que hace a las obras de nuestro poeta don José Pellicer de Salas, cuyo florido ingenio va enriqueciendo con loables fatigas nuestra patria 10.

Como ya proponía Dámaso Alonso 11, parece ser que el humanista ya había leído o al menos ojeado la obra de su rival, al que elogiaba por dedicarse también a la tarea de comentar al maestro cordobés mientras demostraba la lectura de la obra de Díaz de Rivas, a quien cita en varias ocasiones 12. Será en 1630 cuando la situación cambie radicalmente.

Si atendemos a los preliminares de las Lecciones solemnes, veremos que las censuras, la licencia del ordinario y la suma de privilegio están fechadas entre junio y julio de 1628, mientras que la suma de tasa se demoraría hasta febrero de 1630. Además, las paginas dedicadas al Polifemo (primera obra estudiada) son más abundantes, están más cuidadas en detalles e incluso el final del comentario parece mostrar que iba a ser una obra independiente, debido a las palabras del humanista y los folios en blanco que lo separan de las notas a la Soledad primera13. Así, no parece desacertado pensar que Pellicer tuviera intención de publicar el primer comentario de tal estilo a la fábula del jayán en particular 14; de hecho, defendía en la primera página de las destinadas «a los doctísimos» la dificultad de su labor bajo un «si erré, voy a la censura con disculpa; si acerté, consigo más de buen aire la alabanza» 15. Con la demora en la publicación y la anticipación del comentario de Salcedo Coronel, no es de extrañar la frustración del zaragozano, que leería la obra de su rival y demoraría más tiempo la publicación de la suya para poder incluir refutaciones a algunas de sus interpretaciones, afirmando al final del comento a la fábula del cíclope que 16:

en tanto que otros sudaban en esta arena, intenté correrla yo. No entiendo llego primero al palio, aunque salí antes. Pero en estudiosas tareas el que acierta madrugó más, al que yerra el trasnochar no se le alaba y el premio se le debe al seso, no a la prisa, sin que tenga disculpa en lo temprano 17.

Mientras Pellicer observaba cómo se le adelantaban respecto al comentario del Polifemo, la obra a la que más atención le había prestado en sus Lecciones, él intentaría hacer lo mismo con el Panegírico al duque de Lerma y la Fábula de Píramo y Tisbe, cuyos comentarios escribiría en el breve período aproximado de un año. Almansa y Mendoza, Fernández de Córdoba o Díaz de Rivas, entre otros, ya habían aportado su interpretación sobre las cuestionadas Soledades, pero sería el primero respecto a los otros dos poemas. Así, dentro de la carrera por comentar al maestro cordobés, Pellicer se anticiparía en dos grandes composiciones y, respecto al epilio barroco, leería el impreso de Salcedo Coronel y lo usaría para intentar ponerse a la cabeza en esta tarea, a lo que el sevillano respondería años después 18.

Si acudimos al extenso índice de autores con el que Pellicer encabeza sus Lecciones solemnes y donde incluye a lo largo de veinte folios cientos de autoridades que —según afirma— cita en su obra, veremos que no solo se incluye a sí mismo, sino que, efectivamente, no hay rastro del nombre de Salcedo Coronel. Bien sabido es que leyó a su contemporáneo, mas no habría hueco para su nombre ni entre esas autoridades ni en las páginas de la obra.

Entre los lugares comunes que se pueden apreciar en ambos comentarios (que levantarán la sospecha y futura acusación de plagio por parte del sevillano), se pueden encontrar algunas discrepancias. En el momento en el que Acis encuentra a Galatea dormida, el poeta enuncia los versos «dulce occidente viendo al sueño blando, / su boca dio y sus ojos cuanto pudo / al sonoro cristal, al cristal mudo» 19. Salcedo Coronel afirmará que el joven besa a la dormida ninfa mientras posa «sus ojos cuanto pudo al cristal sonoro del arroyo o fuente y al cristal mudo de Galatea», mostrando la equiparación entre las cristalinas aguas del lugar y la lisa, suave y clara piel de la ninfa 20, pero Pellicer no estará de acuerdo. Según este, Acis besa con la boca a la fuente y con los ojos a Galatea, bebiendo agua mientras observa a la ninfa dormir, apuntando que «no se entienda que besó a Galatea, como dicen algunos, porque aquí boca y ojos solo beben, no besan» 21.

En la nota al lector del volumen de 1636, dedicado a las Soledades, Salcedo Coronel remite directamente al «poco acierto» del comentario de Pellicer a este poema y, sin mencionar su nombre, alude a cómo este había plagiado su trabajo alrededor de la fábula mitológica y de qué manera no hubiera errado tanto en sus interpretaciones respecto a la compleja composición si hubiera podido hacer lo mismo:

Segunda vez, oh lector, que me expongo a tu censura, comentando ajenos versos, no tanto por la gloria que espero de esta fatiga, cuanto por satisfacer el deseo que tienes de entender este poema de las Soledades de don Luis, que hoy te ofrezco menos difícil. Porque, si bien alguno intentó descifrar sus conceptos, como le faltó de quién valerse para la inteligencia de ellos, tropezó muchas veces en la oscuridad de sus sentencias; por ventura no le sucediera si aguardara a que yo diese a la estampa estas notas, pues pudiera trasladarlas como hizo [con] las del Polifemo que saqué a luz años pasados 22.

Salcedo proseguía su discurso mostrando su predisposición a citar en todo momento las fuentes empleadas para «no quitarle mérito» a ningún erudito 23, mientras describía su obra como una «fatiga propia y no usurpada» 24:

No me cuesta poco estudio huir de la misma culpa, siendo mi mayor cuidado no usurparle ningún lugar de los que trae en declaración de estas Soledades (como advertirás cuando, diligente, cotejares los unos con los otros), valiéndome solamente de los que halló mi desvelo en los autores que he leído 25.

La primera remisión a la interpretación del poema por parte de su ya rival la encontramos en las estrofas de dedicatoria al duque de Béjar, en concreto en los versos en los que el poeta elogia sus dotes de caza:

Arrima a un fresno el freno, cuyo acero,

sangre sudando, en tiempo hará breve

purpurear la nieve,

y, en cuanto da el solícito montero,

al duro robre, al pino levantado,

émulos vividores de las peñas,

las formidables señas

del oso que aun besaba, atravesado […] 26.

Pellicer dedicaba un amplio comentario a esta estrofa y mencionaba respecto al verso dieciséis al «Escoliastes de Aristófanes en Pluto» como explicación de la referencia del poeta 27. Por su parte, Salcedo Coronel interpretaba que:

Y en cuanto el solícito montero clava en el duro roble y levantado pino, que compiten en altura y duración con las peñas, los formidables despojos del oso, esto es, el pie o cabeza de la fiera que ha muerto. Fue costumbre de los cazadores dar parte de la caza a Diana, clavando en algún árbol del mismo monte donde cazaron en honra suya la cabeza o el pie de la fiera que mataban 28.

E interrumpía su discurso —como ya ponían de relieve Alonso 29 y Núñez Rivera 30— para remitir de manera directa al plagio de su contemporáneo:

Consta del intérprete de Aristófanes en Pluto. No pongo sus palabras porque las puso antes cierto comentador de estas Soledades, y fuera pagarle la buena obra de haber trasladado de verbo ad verbum todo mi comento al Polifemo, queriendo usurparse trabajos tan poco estimados de mí. Pero aunque más lo procuró, no pudo cubrir con la ajena piel las propias orejas, pudiendo yo decir por él con Marcial: «Quem recitas, meus est, o Fidentine, libellus. Sed male cum recitas incipit esse tuus [‘Este libro que estás leyendo, Fidentino, es mío, más si tan mal lo lees comienza a ser tuyo’]» 31.

Como muestra el pasaje, el nombre del zaragozano no aparecerá en el impreso, solo ese «alguno», «otros», un «expositor de las Soledades» o un «cierto comentador»; iniciando así una serie de ataques que se agruparían en dicho volumen. Salcedo Coronel remitirá de manera recurrente a sus palabras y explicaciones o a

Como muestra el pasaje, el nombre del zaragozano no aparecerá en el impreso, solo ese «alguno», «otros», un «expositor de las Soledades» o un «cierto comentador»; iniciando así una serie de ataques que se agruparían en dicho volumen. Salcedo Coronel remitirá de manera recurrente a sus palabras y explicaciones o a «lo que soñó» 32, proponiendo otra interpretación y fuente de los versos y tachando la mala o nula comprensión de los latinos que tenía su rival. De hecho, si acudimos a la reimpresión de la fábula del cíclope y la ninfa, incluida al final del impreso de las Soledades, veremos que ha desaparecido la mención elogiosa al comentarista aragonés respecto a la cita anteriormente recogida sobre los helvecios de la estrofa LIV. Tras mostrar la interpretación de los versos, Salcedo Coronel aludirá a Díaz de Rivas y pasará a mencionar a las autoridades que, según él, influyeron en don Luis, eliminando el nombre del zaragozano y el título de su obra. 33.

En el momento de redactar su comentario a las Soledades, Salcedo Coronel no solo leería la obra de Pellicer con atención y le acusaría de plagio en la parte dedicada al mito del cíclope, sino que se defendería de los apuntes que le había hecho su compañero mientras le refutaba varias afirmaciones de sus escritos. Como veremos a lo largo de las siguientes páginas, Salcedo se cuidó de leer atentamente el comentario del Polifemo, pero más aún de hacer lo propio con el dedicado a las Soledades.

El sevillano, convencido del plagio de su comento,, muestra al principio del volumen su atenta lectura de las palabras de su rival y su plena determinación a no repetir lo que él ya había citado: «No traigo el lugar común de Horacio, libro I, oda 3, por cumplir lo que he propuesto de no poner en este comento ninguno que haya visto el que se valió de todos los míos» 34.

En lo que respecta a las muchas invectivas hacia las interpretaciones de Pellicer, encontramos la primera a propósito de la mezcla de asuntos —religiosos y profanos, en este caso—. A la hora de contar el naufragio del peregrino, dice el poeta:

Besa la arena, y de la rota nave

aquella parte poca

que le expuso en la playa dio a la roca:

que aun se dejan las peñas

lisonjear de agradecidas señas 35.

En relación a esa «rota nave», «ofrecida» a la playa que lo acoge como alusión al culto clásico, Pellicer hablaba de un «supersticioso rito de los gentiles» mientras incluía que:

Esta ceremonia profana [la] vemos consagrada hoy por los fieles, que dejan pendientes (entre mortajas, grillos, cadenas, cirios, cabelleras) tablas en memoria de la libertad del naufragio o convalecencia de la enfermedad en tantos santuarios de España. Hable (y séame lícito a mí nombrar algunos, devoto) […] 36.

El zaragozano pasaba a mencionar algunos de los templos e iglesias más importantes de la época (Zaragoza, Toledo, Montserrat, Guadalupe…) mientras aludía a los milagros que en ellos se habían presenciado y justificaba su discurso con citas de autoridades, alejándose de los versos del poeta; práctica común entre ambos eruditos. A este testimonio responderá el sevillano seis años después:

Esta misma ceremonia de los antiguos se ha trasladado piadosamente a nuestra sagrada religión, ofreciendo los navegantes en tablas o pequeños navichuelos sus votos a los más venerables santuarios, a quien se prometieron en sus naufragios. Traer aquí cuáles y cuántos sean no es a propósito, que nunca fui amigo de mezclar lo sagrado con lo profano, como otros menos atentos, que por hacer ostentación de lo que han leído, nos referirán las oraciones que rezan los ciegos en las capillas 37.

Un poco más adelante, a propósito de los versos en los que el poeta retrata la llegada del extranjero a lo alto del risco, observando esa cabaña iluminada que le sirve de guía como el farol al navío, este invoca dichas luces enunciando los versos «“Rayos —les dice— ya que no de Leda / trémulos hijos, sed de mi fortuna / término luminoso” […]» 38. Salcedo Coronel mencionaba a los remitidos Cástor y Pólux, y, tras recoger citas de Horacio, Ovidio, Virgilio y Píndaro, afirmaba que «vulgar es esta fábula, pero no se excusa repetirla, que no todos tienen la biblioteca que soñó alguno» 39. Efectivamente, Pellicer remitiría a propósito de dicho mito a unos quince autores diferentes —aunque sin incluir sus citas ni explicaciones propias— 40, lo que llevaría al sevillano a hacer burla de esta manera de proceder y, de paso, a ese exorbitante índice de autores que incluía al principio de su obra.

Otra refutación se recogía dos páginas adelante. El poema continuaba con el temor del peregrino a que se interpusiera entre él y la lumbre que lo guiaba un fuerte viento que la apagara o una «invidïosa bárbara arboleda» 41 que no le dejara seguirla. Salcedo Coronel defendería que esta última la habría puesto el poeta «por inculta, rústica y confusa, y no por grande. No lo es poco el desacierto del que piensa lo contrario […]» 42, pues Pellicer había afirmado que dicho adjetivo «Es lo mismo que “Grande arboleda”» 43.

Sobre el curioso animal con luciente frente de la Soledad primera44 —recuérdense los versos «de animal tenebroso, cuya frente / carro es brillante de nocturno día» 45— y que Pellicer relacionaba con un lobo aludiendo a Plinio 46, Salcedo le rebatía que:

Cierto comentador de don Luis a estas Soledades dice que es el lobo de quien habla, y que este animal trae en la cabeza el carbunclo, [y] cita a Plinio (lib. 37, cap. 7). Sin duda debe de ser otro Plinio que tiene en su biblioteca, porque en los que todos han visto no se hallará semejante burlería. Bien es verdad que en el lib. 8, cap. 37, hablando del lince, que es un género de lobos, y de su orina dice « Lyncum humor ita redditus ubi gignitur glaciatur arescitve in gemmas carbunculis similes et igneo colore fulgentes, Lyngurium apellant». Lo mismo Solino, cap. 2: « In hoc animalium genere nominantur & Lynces , quarum urinas coire in duritiem pretiosi calculi fatentur»; y Ovidio, lib. 15. Metamorfosis: « victa racemifero lyncas dedit India Baccho: e quibus, ut memorant, quicquid vesica remisit, vertitur in lapideset congelat aere tacto». Vea pues el curioso si es lo mismo orinar esta piedra que traerla en la cabeza 47.

Siguiendo las estrofas del poema, en el momento en el que el peregrino llega al lugar en el que los cabreros forman un círculo y se realiza un elogio a la aldea 48, la voz poética enuncia los versos «¡Oh bienaventurado / albergue a cualquier hora, templo de Pales, alquería de Flora!» 49. Ante dicho albergue, decía Salcedo Coronel que «imitó don Luis a la letra de Séneca en su Hipólito, y no [a la] de Horacio» 50, como había afirmado Pellicer 51. La obra continúa bajo un «No moderno artificio / borró designios, bosquejó modelos, / al cóncavo ajustado de los cielos / el sublime edificio 52». Sobre el término «cóncavo», referirá Pellicer que «Dice ahora que no está su techo ajustado a lo cóncavo del cielo, que no está su cúpula o su cimborio labrado a imitación del cielo; en media naranja, que dice el vulgar» 53. Su contemporáneo le rebatirá que «Levantando el sublime edificio hasta el mismísimo cielo, igualándolo con él. Esto quiso decir el poeta, sin acordarse de media naranja, como quiere alguno» 54.

En ese desarrollo de la crítica a la corte y alabanza de la aldea, se describe a la Adulación como una «sirena de Reales Palacios» 55, ante la que Pellicer afirma que:

Toma la alusión don Luis de los navíos que peligraban a la música de las sirenas, adormecidos los pasajeros de su canto […]. Toca don Luis el ardid de Ulises, que se tapió los oídos con cera por escaparse de las sirenas y no oír su música. Así, los que en los palacios reales se dejan halagar los oídos de las lisonjas, peligran, perdiendo los sentidos 56.

El sevillano mostrará su opinión hacia la inclusión «innecesaria», por ser bien conocido, de este mito: «La fábula de las sirenas ¿quién la ignora? ¿Qué autor no toca sus propiedades? Inútil fatiga sería crecer este volumen con vulgaridades, basta que otros lo hagan» 57.

La acogida de los cabreros sigue con una cena en la que se describen diferentes productos. Con relación a la leche reciente descrita en el verso «leche que exprimir vio la Alba aquel día» 58, Pellicer remitía a la Égloga II de Virgilio 59, referencia que Salcedo no repetirá; modo de proceder que ya veíamos anteriormente: «Virgilio en la égloga 5 […]. También en la Égloga 2. No pongo las palabras porque se acordó alguno de referirlas antes» 60. Un poco más adelante, el poeta acompañaba la bebida del adjetivo «gruesa» —«gruesa le dan, y fría / impenetrable casi a la cuchara / del viejo Alcimedón invención rara» 61—, a lo que Pellicer explicaría que: «Gruesa, por lo denso y grueso parece que era el calostro», remitiendo a autoridades como Plinio, Nonio Marcelo, Marcial, Columela, Flavio Aecio o Plauto 62. Su compañero, airado, afirmará que «No sé que haya necesidad de conjeturas en esta palabra “gruesa”, pues nadie ignora que es una de las cualidades que ha de tener para ser buena. Y lo que nuestro don Luis quiso dar a entender es que era leche sin desnatar» 63 continuando con la burla hacia el zaragozano que ya destacaba Miren Usunáriz Iribertegui 64: «La erudición de los calostros es buena para los que maman pero no para este lugar. Hallola alguno en el Padre Juan Luis de la Cerda y aplicola sin tiempo» 65. Efectivamente, el cronista remitía, sin citarle, a las obras que el padre La Cerda había expuesto al comentar el sintagma virgiliano « lac novum» 66. Sobre el último verso, diría Pellicer que imitaba el poeta a Virgilio: «remedo virgiliano, egl. 3» 67, a lo que Salcedo Coronel responderá que:

Aquí invención puso don Luis por obra, como Virgilio en la égloga 3, lugar que no entendió quien dice que fue remedo de Virgilio, y que Marón no dice que fue invención la cuchara, sino solamente los vasos de Alcimedonte. Ni [lo] uno ni [lo]otro consta del lugar citado. Dice Virgilio « pocula ponam / Fagina, caelatum diviniopus Alcimedontis». « Opus Alcimedontis» dice «obra», no «invención», luego engañose el tal expositor en decir que fue remedo de Virgilio. Culpan a don Luis por haberse arrojado a hacer inventor de la cuchara a Alcimedón, yo entiendo que quiso decir «obra» y no «invención»; los escrupulosos en menos tropiezan y connada se satisfacen 68.

Siguiendo con la escena gongorina, la cecina aparecerá a través de la metáfora «El que de cabras fue dos veces ciento / esposo casi un lustro […]» 69, afirmando Pellicer en relación al último término que las Olimpiadas son cada cuatro años 70, lo que le rebatirá el sevillano bajo un «Si hubiera leído el epigrama 45 del libro 4 de Marcial alguno que le cita, no pusiera duda en que la Olimpiada era el espacio de cinco años, como el lustro; o no lo citara» 71. Aunque Pellicer sí que remitía a la discusión sobre si «lustro» y «olimpiada» engloban el mismo espacio de tiempo — afirmando que el primero comprendería cinco años— Salcedo Coronel no le pasaría por alto el haber citado a Marcial y no haber notado que el autor latino equiparaba ambos períodos.

Dos páginas más adelante, continuando con la descripción del macho cabrío, se enuncian los versos «triunfador siempre de celosas lides / lo coronó el Amor, mas rival tierno, / breve de barba y duro no de cuerno, / redimió con su muerte tantas vides)» 72. Se detendrá Salcedo Coronel en el término «rival» con significado de «contrincante amoroso», proponiendo que «viene del nombre latino rivales, que significa los competidores enamorados de una misma cosa. […] Cuando tenemos voz tan propia, ¿por qué buscar la que no lo es tanto? Sin duda se le perdió a alguno Calepino y se halló el procus en el estudio de algún amigo» 73. Si acudimos a la obra de Pellicer, efectivamente este había propuesto dicho término, proveniente del latín arcaico, como la fuente etimológica 74.

Avanzando en el poema, el peregrino observa a las serranas bailando y bajando la ladera desde sus aldeas para asistir a las nupcias, mientras los jóvenes conducen a una ternera y su madre al banquete al son de la música:

Vulgo lascivo erraba al

voto del mancebo

(el yugo de ambos sexos sacudido),

al tiempo que (de flores impedido

el que ya serenaba

la región de su frente rayo nuevo)

purpúrea terneruela, conducida

de su madre no menos enramada,

entre albogues se ofrece, acompañada

de juventud florida 75.

Pellicer comentaba que los serranos iban «corriendo» a la vaca, acompañada de la terneruela 76, a lo que Salcedo respondería con un breve pero tajante ataque: «no venían corriéndola ni lidiándola, como quiere un expositor que intentó comentar estas Soledades, porque nadie ha visto lidiar toros con música» 77.

Continuando con los animales que portan para el banquete, dice Góngora:

de negras baja, de crestadas aves,

cuyo lascivo esposo vigilante

doméstico es del Sol nuncio canoro,

y, de coral barbado, no de oro

ciñe, sino de púrpura, turbante 78.

Salcedo Coronel defendía que los dos últimos versos representan la cresta del gallo mediante la metáfora del turbante turco, afirmando respecto a los sintagmas relacionados con el color que: «la cima o parte superior del yelmo, donde se pone el penacho, se llama “cresta”, la cual siempre suele ser dorada […]. También suelen ser rojas» 79. Según el sevillano, el poeta se había inspirado en Homero, Virgilio y Silio Itálico, mientras que Pellicer destacaba solamente el «turbante púrpura» como metáfora de la cresta del gallo, sin añadir posibles fuentes del poeta 80. El sevillano cerraría su comentario a esta estrofa con una nota incidiendo en la evidente lectura de dichos antiguos, que bien podía ser una reprobación directa a su rival: «¿quién duda que don Luis leyó esto?» 81.

La alusión a Pellicer y crítica a su obra se vuelve a reflejar unas páginas más adelante. En los versos en los que el peregrino se acerca a los serranos, uno de ellos le recita un largo discurso sobre el estado rasgado de sus ropajes:

¿Cuál tigre, la más fiera

que clima infamó hircano,

dio el primer alimento

al que, ya deste o de aquel mar, primero

surcó, labrador fiero,

el campo undoso en mal nacido pino,

vaga Clicie del viento,

en telas hecho, antes que en flor, el lino? 82

Como indicaba Jammes, los comentaristas se «extraviaron» en algún verso y oculta alusión de esta intervención 83. En su obra, Pellicer relacionaba los seis primeros versos con un «navegante osado», citando como fuente a Horacio y, a través de la peligrosidad del mar, aludía a la Medea de Séneca, pasando a mencionar a propósito de los primeros navegantes y el grosor de las naves a Sófocles, Opiano, Anacarsis, Juvenal, Plinio, Platón, Herodoto, Propercio, Camões y otros 84. Mientras, Salcedo Coronel se detenía a hablar de la transformación de la ninfa Clitie en girasol tras el abandono de Apolo, en el libro IV de las Metamorfosis —«a esto alude nuestro poeta, llamando a las velas del navío Clicies del viento, porque siempre se buscan y porque el lino tiene flor y de él se hacen los lienzos del que se hacen las velas» 85—, remitía a sus propios versos en relación a la peligrosidad de las naves a través de Propercio, y detenía su comentario para criticar la innecesaria mención de fuentes con «falta de juicio» que realizaba Pellicer:

No he querido valerme de los lugares comunes de Horacio (Oda 3, lib. I), ni de Séneca en Medea, ni de Propercio (elegía 17, lib. I), ni de otros muchos que se ha valido alguno. La lección de muchos libros o noticia de ellos, si falta el juicio, no sirve de otra cosa que de manifestar la ignorancia del que los lee; que el acumular lugares sin propósito es lo mismo que llenar desordenadamente el estómago de multitud de manjares que, aunque buenos, ahogan el calor natural, o aplicar a un enfermo en la destemplanza del frío que padece tanta ropa que le quite la vida. Los libreros saben muchos títulos de libros y por mayor lo que contienen, pero no por eso los llamamos doctos 86.

Como venimos observando, hay diversos puntos de disputa destacables en las Soledades comentadas, pero creemos que uno en especial es sumamente revelador. Se encuentra en los versos 393-396 de la Soledad primera, momento en el que se describe el imán de la brújula que guía a los navíos: «En esta pues fiándose atractiva / del Norte amante dura, alado roble, / no hay tormentoso cabo que no doble, / ni isla hoy a su vuelo fugitiva». Destacando el sintagma «alado roble», Salcedo Coronel pausaba su discurso sobre el poema y mencionaba que: «Se descuidó don Luis en el Polifemo, estancia 36 [56, en realidad] cuando puso la haya por el navío, siendo (como notamos entonces) inútil para la fábrica de las naves este árbol». Mostraba, a continuación, el porqué de dicho inciso, la defensa ante un ataque previo del futuro cronista real: «No ha faltado quien llamó calumnia a este reparo mío, queriendo probar que la “haya” y “abeto” son una cosa misma» 87. Si accedemos a las Lecciones solemnes, veremos que Pellicer había mostrado, en defensa del poeta, «dos objeciones [que] hace a Don Luis la calumnia. La primera, que en tiempo de Polifemo los genoveses no manejaban los comercios, como ahora. La segunda, que llamó «haya» a la nave, no fabricándose de este árbol los navíos por ser inhábil para la navegación» 88. Recuperamos las estrofas donde se produce la escena de acogida del náufrago por parte del cíclope tras la llegada catastrófica del navío genovés en el que viajaba, y la respuesta del primero a través de obsequios:

En tablas dividida, rica nave

besó la playa miserablemente,

de cuantas vomitó riquezas grave,

por las bocas del Nilo el Orïente.

Yugo aquel día, y yugo bien süave,

del fiero mar a la sañuda frente

imponiéndole estaba (si no al viento

dulcísimas coyundas) mi instrumento.

[…]

cuando entre globos de agua entregar veo

a las arenas ligurina haya

en cajas los aromas del Sabeo,

en cofres las riquezas de Cambaya:

delicias de aquel mundo, ya trofeo

de Escila, que, ostentado en nuestra playa,

lastimoso despojo fue dos días

a las que esta montaña engendra harpías 89.

En 1629, Salcedo Coronel aludía a las mismas críticas al poeta por no hacerse «de la haya navíos, porque la madera de este árbol es porosa y se corrompe fácilmente, y así fue impropiedad o necesidad del consonante lo que obligó a don Luis a poner “haya” en vez del “pino”», mientras remitía a las palabras también intercesoras de Díaz de Rivas 90. Por su parte, Pellicer defendía a don Luis diciendo que:

En tiempo que Homero, Teócrito, Virgilio, Ovidio hablan de Polifemo, los genoveses no manejaban los comercios […]. Antes, en aquella era, vivían como bandoleros […]. Pero los poetas con la facultad suya pueden alterar los tiempos, mudar los sucesos y escribir después lo que fue antes y antes lo que fue después. […] La dificultad segunda de la «haya» aún es menor, porque «haya» en latín, según muchos, es lo mismo que abies […]. Ser el abies lo mismo que «haya» se prueba con que fagus, que algunos piensan ser el «haya», no lo es, porque fagus es lo propio que «encina» 91.

Salcedo Coronel respondería en 1636 con el tono irónico que se mantiene vigente durante todo este volumen, aunque en especial en las notas a la Soledad primera: «Si es error o no júzguelo quien sabe lengua castellana y el que no ignora el idioma latino […]. Fagus es lo propio que Abies. ¿Tan lejos estaba el Calepino? ¿Tan difícil es Plinio? ¿Las Etimologías de San Isidoro no están en latín?». Cerrando con un consejo para su contemporáneo: «Atienda más, por amor de Dios, o no se atreva a censurar temerariamente» 92.

Una de las muchas demostraciones de erudición de Salcedo Coronel se recupera a propósito de la forma maremagnum. Continuando el discurso del serrano al náufrago, alude el poeta a la piedra imán de la mencionada brújula y a cómo los navíos son guiados por ella, pasando a mencionar a Tifis (timonel del Argo) y Palinuro (de la nave de Eneas), navegantes del «mar cerrado por la llave de Alcides»:

Tifis el primer leño mal seguro

condujo, muchos luego Palinuro

si bien por un mar ambos, que la tierra

estanque dejó hecho,

cuyo famoso estrecho

una y otra de Alcides llave cierra 93.

Ambos comentaristas estarán de acuerdo en que ese «estanque» es el Mediterráneo, custodiado por las columnas de Hércules, más diferían en otro aspecto. Pellicer exponía un larguísimo pasaje sobre el imán y su funcionamiento según los antiguos y afirmaba que: «Desde el Ocaso al Oriente y volviendo al mediodía, camina al septentrión, dividiendo a Europa, África y Asia, por lo cual lo llamaron maremagnum, porque los mares restantes en comparación son menores» 94. Salcedo Coronel no se privaría de responder a tal afirmación:

Quieren algunos que se entienda por este epíteto magnum el Mediterráneo. Esta opinión, por ser la menos segura, sigue un expositor de estas Soledades y dice que respecto del Mediterráneo los mares restantes son menores. ¡Oh, ciego error! ¿El océano es menor que el Mediterráneo? 95

Continuaba el polemista citando a varias autoridades clásicas que respaldaban sus palabras, lugares que «si el expositor hubiera leído, no le citara en contrario sentido»:

El epíteto magnus puso Virgilio por proceloso […]. Así lo siente Servio sobre este lugar y el padre Juan Luis de la Cerda […] lugar que si el expositor hubiera leído no le citara en contrario sentido. […] Fuera de este epíteto [como tempestad o mar alterado] magnum se le da al Océano […] y cuando los antiguos llamasen al Mediterráneo maremagnum sería porque ignoraban la inmensidad del océano y pensaban que aquel era mayor 96.

Ya Covarrubias proponía en su Tesoro que la voz «mar» se empleaba también como «océano», por lo que ambos comentaristas pudieron haber partido de bases diferentes debido al uso de los términos. Pellicer se podría haber referido a la gran magnitud del Mediterráneo, diferenciando ambos términos, mientras Salcedo Coronel los englobaba en una misma categoría, coincidiendo con la común estructura «mar océano», empleada por aquel entonces.

Siguiendo el poema, unos versos más adelante, el anciano invita al peregrino a unirse a las serranas y él:

«Cabo me han hecho, hijo,

deste hermoso tercio de serranas;

si tu neutralidad sufre consejo,

y no te fuerza obligación precisa,

la piedad que en mi alma ya te hospeda

hoy te convida al que nos guarda sueño política alameda,

verde muro de aquel lugar pequeño

que, a pesar de esos fresnos, se divisa;

sigue la femenil tropa conmigo:

verás curioso y honrarás testigo

el tálamo de nuestros labradores,

que de tu calidad señas mayores

me dan que del Océano tus paños,

o razón falta donde sobran años.»

Mal pudo el extranjero, agradecido,

en tercio tal negar tal compañía

y en tan noble ocasión tal hospedaje 97.

Mediante la metáfora bélica —«cabo me han hecho», «sigue la femenil tropa conmigo»— el poeta recrea la escena mientras muestra cómo el peregrino es incapaz de rechazar la invitación: «Mal pudo el extranjero, agradecido, / en tercio tal negar tal compañía / y en tal nobles ocasión tal hospedaje». Pellicer dedicaba un muy breve párrafo a estos versos y afirmaba que el anciano

enjugó sus lágrimas y, levantando al forastero, le dijo, como le habían hecho cabo de escuadra del tercio de los labradores, que si no le obligaba ocasión precisa a pasar adelante, que le convidaba aquella noche para un lugarcillo que estaba de la otra parte del bosque, para que asistiese a la boda y la honrase huésped de calidad tanta como daban a entender sus vestidos. No pudo el extranjero negarse a lo uno ni a lo otro […] 98.

Parece que este relacionó al «cabo» que solía encabezar las escuadras militares —pero también empleado como aquel superior al soldado— uniéndolo al «tercio» de infantería que también proponía el poeta. Salcedo Coronel reaccionará seis años después:

Cuando marcha algún tercio de soldados y falta el maestre de campo se encomienda el gobierno al capitán más antiguo, a quien toca de justicia ir por cabo de él. Sigue esta metáfora don Luis diciendo que no pudo negarse el extranjero en aquel tercio hermoso de serranas a la compañía del anciano montañés, que iba por su cabo, agradecido a sus corteses ofrecimientos 99.

Y, respondiendo a ese «cabo de escuadra del tercio» que proponía su rival, sostendrá que:

Qué poco sabe de la guerra el que dijo que era cabo de escuadra del tercio de las labradoras el serrano, como si fuera todo uno ser cabo de escuadra o cabo de un tercio. Si acertara en las cosas de la paz, le perdonara yo que ignorase los términos de la milicia, pero faltar en mucho y presumir en todo ¿a quién no cansara? 100

Describiendo el idílico paisaje que recorren los personajes del poema, hasta las hojas de los árboles al moverse con ayuda del viento crean música, acompañadas por un ruiseñor; pero dicho escenario no es suficiente para deleitar al montañés:

Músicas hojas viste el menor ramo

no céfiros en él, no ruiseñores

lisonjear pudieron breve rato

al montañés […] 101.

Pellicer afirmaba que estos versos se referían al extranjero, a lo que Salcedo Coronel respondería que:

aquí no habla don Luis del forastero, como explicó alguno, sino del anciano montañés que refirió poco antes la pérdida de su hijo y hacienda, y más abajo el mismo don Luis hablando de este con el mismo epíteto lo declara mejor «Al galán novio el montañés presenta / su forastero». Porque fuera desatino llamar al mancebo «forastero montañés», no siendo de aquella sierra 102.

En el momento en el que el montañés lleva al peregrino hacia unos árboles —«De Alcides lo llevó luego a las plantas / que estaban no muy lejos, / trenzándose el cabello verde a cuantas / da el fuego luces y el arroyo espejos» 103—, Pellicer proponía que se trataban concretamente de olmos 104, a lo que el sevillano argumentaría que:

El expositor mal contento dijo que los árboles de Alcides eran los olmos, como si don Luis no se declarara luego llamándoles álamos. ¿Quién duda que intentó darnos a entender que es una misma cosa olmos que álamos o, lo más cierto, confesarnos que ni conoce uno ni otro? 105

Efectivamente, el futuro cronista real emplearía ambos términos de manera equiparada, observando que en el comentario a la Soledad segunda, ante el verso «hermana de Faetón, verde el cabello» 106, habla de un álamo 107. En dicha confusión también caería Covarrubias, proponiendo que el olmo es una especie de álamo, quizá debido a la similitud fonética y pertenecer ambos árboles al mismo género ( populus), llevando a la confusión común y debate sobre su etimología.

En la misma Soledad segunda, relacionado con el perro de aguas que llevan consigo los cazadores 108, emplea el poeta el sintagma «buzo», en el que Pellicer no se detiene pero que Salcedo Coronel aprovechará para definir: «ciertos hombres que, sumergiéndose en el agua, sacan de sus profundos senos las cosas que están en ellos. En Indias se pescan las perlas calándose estos al centro del mar y sacando las conchas en que se crían». Si bien el comienzo de la exposición se sitúa en la línea de erudición ya marcada por el humanista, llama la atención el cierre, que bien podría ser una insinuación a lo que no indicaba su compañero: «pero ¿quién ignora esta noticia?» 109.

Como se puede apreciar, casi todas las menciones de Salcedo Coronel a lo afirmado en las Lecciones solemnes se encuentran a lo largo del estudio de la Soledad primera, donde las remisiones a pareceres que no cree certeros se dan de manera recurrente, pero se reducen en el comentario a la segunda parte del poema.

Entre 1630 y 1638 Pellicer se alejará de la labor de comentarista gongorino, como muestran las obras Fama, exclamación, túmulo y epitafio de aquel gran padre fray Hortensio Félix Paravicino y Arteaga, de 1634 , o El embajador quimérico o Examinador de los artificios políticos del cardenal duque de Richelieu, de 1638 . Pero será en este mismo año cuando la retome brevemente con las Segundas lecciones solemnes, editadas en 2019 por Valentín Núñez Rivera, quien quiso comprobar si ese modelo de «plagio» que ya se denunciaba en la obra primeriza se seguía manteniendo, y afirmaba que:

He podido constatar ahora por primera vez que, en el caso de las Segundas lecciones, Pellicer plagió también sin remilgo alguno un testimonio de la polémica que no se había publicado, la Soledad primera del príncipe de los poetas españoles, don Luis de Góngora, ilustrada y defendida […], atribuida con mucho fundamento a Francisco Cabrera, quien, como he dicho, se la hubo de facilitar junto con el Examen.

La situación cambiará en este transcurso de años, siendo todas las rencillas y ataques a la erudición que el sevillano le hacía a su contemporáneo eliminados en el siguiente impreso de Salcedo Coronel. Ocho años más tarde, el ya cronista de Felipe IV se estaría dedicando a la labor historiográfica y la enemistad y acusaciones entre ambos cesarían, siendo su nombre y su obra nuevamente citados como referencias de autoridad.

En 1644 sale a la luz la primera parte del segundo volumen de comentarios de Salcedo Coronel, dedicada a comentar los sonetos gongorinos. En el estudio de los tres últimos versos del soneto XCVI, «Undosa tumba da al farol del día», y a propósito de la visita del príncipe de Gales en 1623, se retrata su «renacer» por el futuro enlace con María de Austria a través del ave fénix: «entre castos afectos verdadera / divina luz su ánimo inflamado / fénix renazca a Dios, si águila al Norte» 110. El erudito remitía al mito de esta ave y apoyaba sus palabras en Ovidio y en el epigrama dedicado de Claudiano, recomendando la lectura de estas dos obras junto a «las diatribas que hizo a su poema de fénix don José Pellicer, donde con mucho cuidado y grande erudición recogió cuando puedes desear» 111. El sevillano citaba la obra de su compañero El ave fénix y su historia natural. Escrita en veintidós ejercitaciones, diatribas o capítulos, publicada en Madrid en 1630 112. Como ya exponía Wilson 113, Soriano Carranza le había notado en el volumen de 1636 la necesidad de remitir a esta obra en la Soledad primera; obra que, según afirmaba el mismo Wilson, el sevillano había omitido en aquel entonces a propósito.

Llegando al final del mismo volumen, se detiene Salcedo Coronel en el soneto CLXXIX —«Fragoso monte en cuyo vasto seno» 114— a propósito de los versos «duras cortezas de robustas plantas / contienen aquel nombre en partes tantas / de quien pagó a la tierra lo terreno» 115, para comentar que «alude a la costumbre recibida y celebrada de los antiguos de escribir en las cortezas de los árboles el nombre de los amantes». Tras aludir a la misma referencia en las Soledades116 y remitir a la Heroida ovidiana de Sebastián de Alvarado, expone, «aludiendo a esto», un soneto

«A cierta dama» de «Don José Pellicer, admirable ingenio y digno, por sus escritos y erudición, de inmortales alabanzas, con grande espíritu de poeta:

Este tronco de Alcides papel sea

que guarde el nombre de mi Elisa ausente,

mientras el alma entre el dolor que siente

con su imaginación misma pelea.

Crece, oh corteza fiel, para que lea

el nombre amigo, siempre más presente,

ya que el respeto tuyo no consiente,

que salgan más noticias de mi idea 117.

Por último, querríamos finalizar esta parte con una alusión final al aragonés, ubicada en el soneto CLXXXIV, «Aljófares risueños de Albïela», donde el comentarista afirma que:

Este soneto escribió don Luis en la muerte de una dama portuguesa, que, según he visto en el epígrafe de un manuscrito de don José Pellicer y en otro del señor don Luis Méndez de Haro (que me comunicó nuestro amigo el doctor Siruela, canónigo del Monte santo de Granada), era natural de la ciudad de Santarém 118.

Sin duda ambos eruditos se leían, pero también sabemos que cruzaban opiniones y comentarios hacia la fecha de redacción de esta primera parte, mientras que esta última cita destaca por hacer referencia a ese manuscrito en posesión de Pellicer (con el que la relación volvía a ser cordial) y Luis Méndez de Haro, que aportaba información sobre la dama a la que iría destinado el soneto.

La segunda parte de este segundo volumen de comentarios, publicada cuatro años más tarde, incluía entre canciones, tercetos y otras composiciones, el Panegírico al duque de Lerma, siendo el segundo impreso dentro de la polémica que lo estudiaba. Las remisiones a la obra de Pellicer continúan, siendo mencionado en varias ocasiones para completar la información aportada con otras citas o para remitir a noticias que su compañero —según sus propias palabras— no ha logrado localizar o bien no quiere repetir innecesariamente.

Son destacables los momentos en los que el sevillano se para a comentar la variación de escritura o lectura de los versos gongorinos que hacen «otros» y que aprovecha para llevar a cabo extensas muestras de erudición, intentando mostrar por qué su interpretación es la verdaderamente correcta.

Atendiendo al impreso, se aprecia que las menciones a «Iusephe de Pellicer» se dan generalmente para completar alguna información o tratarle como autoridad, dirigiendo al lector a la obra del cronista. Así, en la estancia XXVIII del encomio, donde el poeta muestra el favor del duque haciendo alusión al rito de los antiguos de marcar los días favorables con piedras claras y los desdichados con piedras negras («esta le cuente / felicidad, y en urna sea, dorada, / piedra, si breve, la que más luciente / la antigüedad tenía destinada» 119), Salcedo remitía a Plinio y a «otros que recogió don Iusepe Pellicer, comentando este panegírico, de que yo no he querido valerme, pues podrá el curioso verlos en sus Lecciones solemnes» 120. De la misma forma, en la XLIX, a propósito de la fallida jornada a Argel, enuncia la voz poética el castigo que esperaba ver llegar a sus arenas:

No ya esta vez, no ya la que al prudente

Cardona, desmentido su aparato,

las velas que silencio diligente

convocaba, frustró segundo trato […] 121.

Tras mostrar que dicho castigo no ocurrirá en la jornada que emprendió Andrea Doria, alude el poeta a Juan de Cardona y Requesens, quien tuvo que ordenar la retirada. Pellicer mencionaba al «duque de Cardona» y narraba el suceso ocurrido en 1541 a lo largo de un extenso discurso 122 al que Salcedo Coronel remitía, aunque dudando en la interpretación por la dificultad de los versos y por no encontrar otras fuentes que la respaldasen:

Ni tampoco la que el «prudente Cardona», con diligente silencio, disimulando el fin de sus prevenciones, convocará los bajeles que dejará burlados [el] segundo trato de los moros, que ofrecían favorecer nuestra armada contra los turcos . Así entiendo esta oración, que a mi ver tiene grandísima dureza.

Aquí supone don Luis que hubo otra prevención o jornada contra Argel después de la de Juan Andrea y que la disposición o gobierno de la armada estuvo a cargo de Cardona. Hasta hoy no he llegado a entender si fue el duque de Cardona o caballero de este apellido. Don Iusepe Pellicer, en sus Lecciones solemnes a este panegírico, dice que fue el duque, pero en las memorias de los que han escrito en aquel tiempo no hallo esta luz 123.

En cambio, aquellas ocasiones en las que el sevillano omite el nombre de Pellicer son en las que le contradice algunos aspectos. En la estancia cuarta, parte del elogio inicial a Lerma, el sevillano proponía sobre la pervivencia del duque la versión de los versos «este, a quien guardará mármoles Paro, / que informe el arte, anime la memoria» 124, mientras Pellicer, siguiendo el manuscrito Chacón 125 en lugar del deHoces 126, recogía «que engendre el arte»; a lo que el primero comentaba que « Otros leen “que engendre el arte”, pero no tan bien, siendo la primera frase más propia y usada siempre del poeta en semejante sentido» 127. El comentarista pasaría a recordar el soneto «Esta, que admiras, fábrica, esta prima», donde se dan los versos «y esa inscripción consulta, que elegante / informa bronces, mármoles anima» 128, y los versos de la égloga piscatoria en la muerte del duque de Sidonia: «y las, que informó el arte / de afecto humano, peñas» 129, demostrando su gran conocimiento y manejo de la obra del poeta 130.

Algo similar se observa en la estancia siguiente, en la que el poeta recurre al linaje de Lerma aludiendo a sus padres, y dice sobre su madre: «Isabel nos lo dio, que al sol perdona / los rayos que él a la menor estrella» 131. El comentarista proponía que:

Pondera el poeta la hermosura de esta ilustre señora galantísimamente, diciendo que «perdonaba al sol los rayos que su esposo a la menor estrella», esto es: que igualmente excedía en resplandor al Sol, que su esposo a la menor estrella.

Otros leen «que aún no perdona / los rayos que él a la menor estrella», queriendo decir que oscurecía aún más que su esposo la luz de las estrellas, aludiendo a la propiedad del Sol, en cuyo nacimiento se esconden las estrellas excedidas de la luz superior de tan noble planeta 132.

Hacia 1650 se publicarán los Cristales de Helicona, último tomo lírico del sevillano, donde la censura y la extensa nota al lector serán firmadas por Pellicer, ya compañero suyo en la Orden de Santiago. Como muestra del elogio a Salcedo Coronel, expone el cronista real en la censura que ha leído la obra «con igual cuidado que atención. Porque mi obediencia siempre en semejantes órdenes carga toda la diligencia para cumplir con las obligaciones que V. A. pone al que elige como censor, y que es interesada la suprema dignidad del que manda y la reputación del que obedece» 133. El tono de encomio se inicia al afirmar que ha juzgado la obra «más allá de la censura, pues con estilo puro y casto envuelve los conceptos sin apartarse de la enseñanza pública, que es el único fin que deben tener cuantos escriben y el que llevaron los poetas antiguos aun en siglos de menos ejemplo» 134, y cierra con la declaración de que la obra respeta el ámbito religioso y la pureza de las buenas costumbres, así como el «decoro de nuestra nación y el realce de la lengua castellana» 135.

Refiere el erudito que esta censura se le ha encargado, al igual que pudo ocurrir con la nota al lector, donde Pellicer expone el árbol genealógico de Salcedo Coronel 136. Diecinueve páginas que parten del siglo xv con Tomás de Coronel al servicio de Juan II, en las que Pellicer redacta una extensa genealogía hasta llegar a los ascendientes de Elvira de Benavides, cónyuge de Salcedo Coronel, pasando por los descendientes de sus hijos y mostrando los matrimonios efectuados, los linajes involucrados y que muchos de sus antepasados ya fueron caballeros de la Orden de Santiago. Este elogioso testimonio, no del todo fiable documentalmente, pretendía mostrar al público «una nueva estirpe nobiliaria ilustrada por los méritos literarios y personales de don García, ocultando lo que la había hecho posible: el mayorazgo vinculado por su padre, su madre y su tío, soltero adinerado, en él y en sus descendientes» 137.

Quizá algo ocurriera en esos años entre las críticas de Salcedo Coronel en 1636 y su elogio a Pellicer en 1644, tal vez el tiempo transcurrido hizo mella y simplemente el rencor se disipó, o acaso estos últimos testimonios de mediados de siglo fueran la herramienta para volver a la cordialidad. Lo que sí podemos afirmar es que se deja claro el cese de una rivalidad de años entre los dos eruditos, que vuelven a citarse, alabarse y, a grandes rasgos, ayudarse, quizá como parte de una estrategia de ascenso social y erudito.

Conclusiones

Los círculos eruditos que se gestaban durante el desarrollo de la polémica dieron lugar a diversidad de amistades, debates y refutaciones sobre los versos del poeta cordobés. No solo hubo rivalidades entre censores y defensores de la «nueva poesía», así como tampoco serían todo cordialidades entre estos últimos, pues las complejas relaciones fueron mucho más allá.

El trato entre Salcedo Coronel y Pellicer es una buena muestra del tono que llegó a adquirir este contexto, plagado de citas, críticas y alusiones encubiertas para crear un recorrido social de ida y vuelta en el que se pasó de menciones elogiosas a la detracción sarcástica y de vuelta al encomio y la cordialidad.

Salcedo Coronel agruparía casi todas las críticas a la obra de Pellicer en el comentario a la Soledad primera. Quizá el sevillano no encontró apenas pasajes dignos de crítica en la segunda o quizá, simplemente, cuando llegó la hora de redactar el comentario a la segunda parte del poema, la tensión que había despertado la lectura de las Lecciones solemnes se había disipado. Sea como fuere, este será el final de una rivalidad llevada al papel y comenzada ya en 1629 de la que, por suerte, seguimos teniendo memoria, otorgándonos otra de las muchas caras que adquirió la polémica gongorina.

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Notas

3 Sobre las refutaciones de estos, véase Jammes, 1960; Gates, 1961 y Wilson, 1961, respectivamente.
4 A lo largo de sus comentarios, en especial de los dedicados en 1636 a las Soledades, Salcedo Coronel incluye algunas críticas y opiniones. Mientras el polemista habla en ocasiones de «descuidos» o «pequeños yerros», en otras propone leves correcciones o mejoras para versos o sintagmas con cuyo uso no está conforme, así como propuestas de sus versos como modelo, lo que le acarrearía las críticas de algunos de sus contemporáneos.
6 Remitimos a los reveladores trabajos de Alonso, 1937, Reyes, 1918 y 1958, y Rozas, 1963; así como a Iglesias Feijoo, 1983; Usunáriz Iribertegui, 2019; los preliminares de Núñez Rivera, en Pellicer, 2019; y Galbarro, 2021.
7 La primera parte, dedicada a los sonetos, se publicaría en 1644, mientras que la segunda se retrasaría cuatro años, como indica el sevillano en la dedicatoria, a causa del librero: «las conveniencias, o intereses del librero, por cuya cuenta corría la impresión, ocasionó, que en el mismo puerto padeciese nueva tormenta la mayor parte de él» ( Salcedo Coronel, Segunda parte de las Obras de don Luis de Góngora comentadas, p. ¶2).
8 El sevillano declaraba en la dedicatoria a Luis Méndez de Haro de la parte dedicada a los sonetos su intención de llevar a cabo un «tercer y último volumen» que recogería el resto de las obras de Góngora, es decir, los «romances, décimas, comedias y otras varias poesías» ( Salcedo Coronel, Obras de don Luis de Góngora comentadas... Primera parte, p. ¶2r ), pero que seguramente no fue capaz de realizar debido a su fallecimiento.
9 Góngora, Fábula de Polifemo y Galatea, vv. 424-432 . Citamos por la edición de Ponce Cárdenas, en Góngora, 2010.
10 Salcedo Coronel, Polifemo comentado, fol. 106v . Todas las citas extraídas de estas obras, muchas de ellas sin edición moderna, han sido editadas por nosotros mismos siguiendo las normas actuales de la Real Academia Española (2022), actualizando puntuación y grafías.
12 Hemos encontrado diversas menciones al humanista, en concreto en la parte del segundo volumen, dedicada a los sonetos ( Obras de don Luis de Góngora comentadas, 1644, fols. 2r, 16v, 54r, 101r-v y 106v ), proponiendo su interpretación sobre versos, sintagmas y sonetos y redirigiendo al lector a su obra, aunque en ocasiones no esté de acuerdo con lo propuesto en ella.
13 Esta desproporción ya era mencionada por Ponce Cárdenas hace unos años ( 2012, p. 73).
14 Jaime Galbarro mostraba en un reciente estudio, 2021, la tesis de que, efectivamente, el futuro cronista real quería ser el primero en publicar su comentario al Polifemo y su intención, corroborada por un poder notarial de Paravicino, habría sido la de publicarlo de forma independiente.
16 Hemos querido destacar dentro de las propias citas todas las alusiones que se realizan los comentaristas entre sí empleando la cursiva, por lo que dentro de la edición y formato de los textos escogidos, emplearemos esta tipografía para facilitar su localización.
18 Recordemos, tal y como apuntaba Núñez Rivera, 1997, que esto mismo ocurrió con el Brocense, que publicó sus comentarios antes que Herrera mientras que este, que llevaba trabajando en su obra cuatro años, acusó a su competidor de plagio. Se puede apreciar claramente la contraposición entre la manera de citar de Salcedo Coronel y Pellicer si atendemos al comentario de ambos al Polifemo. Acudiendo a la estrofa XXIII, en concreto a los versos «La fugitiva ninfa, en tanto, donde / hurta un laurel su tronco al sol ardiente, / tantos jazmines cuanta hierba esconde / la nieve de sus miembros da a una fuente», vemos que ambos eruditos coinciden en que la ninfa se recuesta sobre la hierba y en remitir a la interpretación de otro humanista, Gabriel del Corral. Mientras Salcedo Coronel le dedicaba estas palabras en tono cortés, como habituaba: «[…] recostada al margen de una fuente, le da tantos jazmines en lo cándido de sus miembros, cuanta hierba esconde la nieve de ellos mismos. Así entiendo yo este lugar, aunque don Gabriel del Corral, cuyo ingenio y erudición honran felizmente a España, me dijo lo entendía de otra manera» ( Polifemo comentado, fol. 48r), Pellicer mencionaba que « Otros entienden este lugar de que se miró la ninfa en la fuente, retratándose en ella, pero no lo atinan» ( Lecciones solemnes, col. 173 ).
23 Observamos varias muestras de esta preocupación por no plagiar a otros eruditos, sobre todo en el volumen de 1636 con palabras como: «no traigo los lugares que el padre Juan Luis de la Cerda juntó, explicando la égloga referida de Virgilio, que ya las trasladó alguno, y yo no he de poner en este comento lugar de que otro se haya valido» ( Salcedo Coronel, Soledades de don Luis de Góngora comentadas, fol. 6v ).
26 Góngora, Soledad primera, vv. 13-20 . Citamos por la edición de Jammes, 1994.
31 Salcedo Coronel, Soledades de don Luis de Góngora comentadas, fol. 6r. Proponemos nuestra propia traducción de la cita de Marcial.
32 Hay varios momentos en los que esto ocurre, y que hemos localizado en la Soledad primera. El primero se da a propósito de los versos en los que el náufrago se acerca a la cabaña: «Rayos, les dice, ya que no de Leda / trémulos hijos, sed de mi fortuna / término luminoso» (vv. 62-64), en los que Pellicer recupera el mito de Leda ( Lecciones solemnes, col. 379) y Salcedo alude a ello bajo un «Vulgar es la fábula, pero no se excusa repetirla, que no todos tienen la biblioteca que ha soñado alguno» ( Soledades de don Luis de Góngora comentadas, fol. 27v ). La segunda se da en torno a los versos «al padre de las aguas Océano / (de cuya monarquía / el Sol, que cada día / nace en sus ondas y en sus ondas muere, / los términos saber todos no quiere)» (vv. 405-409). Respecto al último de ellos, refiere Salcedo Coronel que «Para ponderar don Luis la basta inmensidad del océano se valió de este hipérbole, no como soñó alguno porque el Sol ignore alguna parte de él, pues en Noruega y mar helado que él dice no alcanza el Sol, hay días de tres meses. […] Vea pues el que presume tanto cómo no solo llega el Sol a Noruega, pero dura tres meses continuos sin ponerse […]» ( Soledades de don Luis de Góngora comentadas, fol. 93r-v ). El último que recogemos se da alrededor del momento en el que se van a producir las nupcias y el poeta invoca a Himeneo mientras se refiere a los novios como «Cupido sin alas» y «villana Psiques», de la que dice: «Ésta ahora, / en los inciertos de su edad segunda / crepúsculos, vincule tu coyunda / a su ardiente deseo» (vv. 775-778). Con remisión a Catulo por ser fuente del poeta, afirmaba Pellicer que «fue el primero que entre los latinos cantó el epitalamio» ( Lecciones solemnes, col. 496), a lo que Salcedo respondería que «No fue Catulo, el primero de los poetas latinos, el que invocó a Himeneo, como soñó alguno, pues lo hizo antes Plauto en Casina. Él trae el lugar y no supo que Plauto floreció quince años después [de] que se comenzó la Segunda Guerra Púnica, […] y Catulo murió en tiempo de Virgilio, que fue muchos años después ( Soledades de don Luis de Góngora comentadas, fol. 158r ).
34. Salcedo Coronel, Soledades de don Luis de Góngora comentadas, fol. 22v. Esto mismo ocurrirá unas páginas más adelante, donde el sevillano no recogerá unos versos de Virgilio porque «los trasladó ya otro antes y no le habemos de usurpar nada de lo que ha visto o le han dicho» ( Soledades de don Luis de Góngora comentadas, fol. 55v ). Efectivamente, la cita la había colocado Pellicer en la col. 406 de sus Lecciones.
38 Góngora, Soledad primera, vv. 62-64.
41 Góngora, Soledad primera, v. 65.
44 Sobre las interpretaciones de este pasaje véase Ponce Cárdenas, 2001, y Arellano, 2014 y 2017.
47 Salcedo Coronel, Soledades de don Luis de Góngora comentadas, fol. 29v. Las notas referidas incluyen a Plinio, Historia natural (XXXVII. VIII) : «La orina de los linces vertida, en los lugares donde hay este animal, se cristaliza y se seca formando piedras preciosas, parecidas a los carbunclos y que brillan con el color del fuego, las llaman “licurios”» ( 2007, p. 113) Trad. de Josefa Cantó, Isabel Gómez Santamaría, Susana González Marín y Eusebia Tarriño. Solino, Hechos memorables («Sobre los linces») : «En esta familia de animales se incluye también al lince, cuya orina, declaran quienes han estudiado más a fondo la naturaleza de las gemas, se convierte al solidificarse en una piedra preciosa» (2001, p. 211) Trad. de Francisco J. Fernández Nieto. Y Ovidio, Metamorfosis (XV, vv. 413-415) : «La India vencida dio Linces a Baco el portador de racimos, todo lo que desprende la vejiga de estos animales, según cuentan, se convierte en piedra al ponerse en contacto con el aire» ( 2019, p. 183) Trad. de Antonio Ruiz Elvira.
74 Pellicer, Lecciones solemnes, col. 399 . El cultismo, introducido por el poeta, era ya recogido por Covarrubias ( s. v.), afirmando su procedencia de « rivalis» (‘competidor’), mientras que Corominas coincide con este, defendiendo río como el término etimológico y afirmando que procus se relaciona con «pretendiente», remitiendo a Nebrija y Juan de Valdés (s. v. garzón).
80 Pellicer, Lecciones solemnes, cols. 423-424. Como ya apuntaba Jammes, la dorada cresta o turbante de oro era denunciado por Jáuregui, a quien contestó el Abad de Rute aludiendo a los empleados hilos dorados con los que eran bordados; no aludiendo ninguno de ambos eruditos a la metáfora entre gallo-sultán, por el «harén» de gallinas-mujeres. Pellicer menciona el «turbante, insignia de los persas», mientras que Salcedo Coronel alude a que el de los sarracenos suele ser dorado, remitiendo al uso del término en Las firmezas de Isabela, mas no se fijan en la equiparación burlesca entre ambos términos ( Lecciones solemnes, col. 424 y Soledades de don Luis de Góngora comentadas, fol. 70v ). Sobre la discusión posterior y la primeriza redacción de estos versos véanse las palabras del crítico ( Jammes, 1994, pp. 260-262)
92. Salcedo Coronel, Soledades de don Luis de Góngora comentadas, fol. 81r . Si acudimos a Corominas, veremos que, según las etimologías, parece que haya provendría de fagus, mientras que pino obtiene su forma también del latín, pinus, siendo abeto el término que resulta de abies. En esta última entrada alude a la confusión que había entre el abeto y la faya y que aparece en el Glosario del Escorial.
102 Salcedo Coronel, Soledades de don Luis de Góngora comentadas, fol. 30v . Remitía Jammes ya a la equivocación de Pellicer y posterior burla de Salcedo Coronel que, según él, tampoco acierta en la interpretación, no esquivando el montañés el agua por recuerdo de su hijo, sino encerrando un chiste del poeta sobre la preferencia de este personaje folclórico por el vino ( 1994, pp. 314-316).
106 Góngora, Soledad segunda, v. 263.
108 Góngora, Soledad segunda, vv. 799-800.
110 Góngora, «Undosa tumba da al farol del día», vv. 12-14. Citamos por la ed. de los Sonetos de Matas Caballero, en Góngora, 2019.
112 La obra, con cesura de Quevedo y el padre Luis de la Cerda, se dedica a Luis Méndez de Haro y, tras encabezarse con el extenso poema del propio Pellicer a dicha ave (1130 versos organizados en silvas), incluye varias «ejercitaciones» o diatribas a lo largo de 112 páginas sobre datos de la misma para ilustrar sus propios versos. Se puede consultar en https://books.google.es/booksid=fIBsT43iYZEC&pg. Sobre las críticas de Lope hacia el poema y la respuesta de Pellicer, véase Rozas, 1984.
115 Góngora, «Fragoso monte en cuyo vasto seno», vv. 2-4.
116 Recuérdense los versos 697-698, «chopo gallardo, cuyo liso tronco / papel fue de pastores».
119 Citamos siguiendo la versión del texto de las páginas finales de Matas Caballero, Micó y Ponce Cárdenas, 2011.
123 Salcedo Coronel, Segunda parte de las Obras de don Luis de Góngora comentadas, pp. 479-480 . Defendía Angulo y Pulgar que el poeta aludía a la jornada de 1562 emprendida por el general Juan de Mendoza y que fracasó debido a otro temporal, según refieren Herrera, Cabrera de Córdoba o Pedro de Salazar y Mendoza ( Poesías de Luis de Góngora comentadas y manuscritas, fol. 175v), mientras que Nicolás Antonio admitía el conflicto al comentarista sevillano: «Reconozco la dificultad que aquí movéis de cuál jornada fuese esta: sino es que habíamos de mudar Moncada por Cardona cuando don Hugo de Moncada no había tenido ambos apellidos, que puede ser. Y aun así tuviera dificultad para entenderse de la jornada que hizo en tiempo de Carlos V don Hugo de Moncada a Argel, respecto de ponerse aquellas señas: frustró segundo trato, que parece que la hace segunda y posterior a la que principalmente se refiere de Juan Andrea Doria; bien que si se admitiese que significó la primera de don Hugo, podría explicarse que el primer trato con que le llamaron y convidaron a la empresa le frustró otro segundo trato entre sus enemigos, conque se la desvanecieron» (en Jammes, 1960, p. 27). Actualmente y como recoge Patrick Williams («Juan de Cardona y Requenses»), sabemos que el poeta habla de Juan de Cardona y Requesens, hijo de Juan Folch de Cardona, V conde y I duque de Cardona, quien participó en varias campañas y expediciones a cargo de la corona y fue miembro del consejo de guerra. Hacia 1602, se rumoreó que estaría al mando de otra expedición contra los piratas de Argel, aunque nunca llegó a realizarse. Cabrera de Córdoba en sus Relaciones menciona que en julio de este mismo año se estaban reuniendo galeras y hombres en los puertos de Cádiz, Santa María y San Lúcar para «dar calor otra vez a la empresa de Argel» al mando de Cardona. Prosigue comentando cómo se juntaron las galeras para llevarla a cabo, pero, tras afianzar la amistad con el rey Cuco, de la Cabilia argelina, y mandar un bergantín para traer noticias de la zona, se supo que el ejército turco había sido reforzado y que los esperaban en las costas de África, superándolos por mucho en número, por lo que Cardona decidió ordenar la retirada (1857, pp. 147-162).
128 Góngora, «Esta, que admiras, fábrica, esta prima», vv. 7-8.
129 Góngora, «Égloga piscatoria en la muerte del duque de Sidonia», vv. 22-23. Citamos por Observatoire de la vie littéraire (OBVIL).
130 La discusión sobre uno u otro cultismo ya era destacada por Martos Carrasco (1997, pp. 74-76), quien recogía las definiciones de ambos términos según Autoridades que nos interesan: «Informar: dar forma a la materia» y «Engendrar: vale también producir, tener virtud y substancia para dar y llevar fruto, lo que propriamente se dice de los árboles, plantas, semillas, y de otras cosas inanimadas», y los manuscritos que defienden una y otra propuesta, siendo «informe» más común. El mismo remitía a los versos que emplea Salcedo Coronel para demostrar el uso de este mientras incluía su defensa de la variante «engendre» a partir de su inclusión por Chacón y el empleo del término en varias estancias del Polifemo. Tanto «engendrar» como «informar» funcionan rítmica y semánticamente (dar forma, crear) y se ajustan al «anime [dé alma] la memoria» de la segunda parte del verso. El manuscrito chaconiano otorga fidelidad a la forma «engendre», pero «informe el arte» se asemeja más a otras fórmulas similares empleadas por el poeta continuando la temática y sigue manteniendo la sinécdoque de cómo los mármoles que guardará Paro «concebirán» en cuerpo y alma al duque de Lerma a partir del arte en cualquiera de sus formar, perdurando su recuerdo en el tiempo.
133 Pellicer en Salcedo Coronel, Cristales de Helicona. Segunda parte de las rimas, fol. ¶1r.
134 Pellicer en Salcedo Coronel, Cristales de Helicona. Segunda parte de las rimas, fol. ¶1r.
135 Pellicer en Salcedo Coronel, Cristales de Helicona. Segunda parte de las rimas, fol. ¶1v.
136 Pellicer en Salcedo Coronel, Cristales de Helicona. Segunda parte de las rimas, fols. ¶¶1r-¶¶¶¶v.
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