Dossier monográfico
Política de gestos. La aristocracia contra la monarquía democrática de Amadeo de Saboya1
Political gestures. The aristocracy against the democratic monarchy of Amadeo of Savoy
Política de gestos. La aristocracia contra la monarquía democrática de Amadeo de Saboya1
Pasado y Memoria. Revista de Historia Contemporánea, núm. 18, pp. 19-38, 2019
Universidad de Alicante
Recepción: 11 Febrero 2019
Aprobación: 18 Marzo 2019
Resumen: El modelo de monarquía que se diseñó con la llegada del rey Amadeo a España presentaba notables diferencias con respecto a la monarquía isabelina. Políticamente, se basaba en principios políticos democráticos. Socialmente, en una respetabilidad burguesa que remitía a una forma de vida austera y acorde con la mentalidad de la clase media. El objetivo de este artículo es tratar de calibrar cuáles fueron las limitaciones que tuvo ese proyecto democrático de monarquía en un contexto en el que sus propuestas resultaban inéditas. Se estudiará, en particular, el papel desempeñado por las clases altas (tradicionales soportes de la Corona) no tanto en su labor conspirativa, sino en su rechazo explícito a lo que la monarquía democrática significaba y al papel que a ellas les cabía en dicho proyecto.
Palabras clave: Amadeo de Saboya, Aristocracia, Monarquía, Marqués de Alcañices, Nobleza, Motín de las mantillas.
Abstract: The model of monarchy that was designed during King Amadeo’s reing in Spain presented important differences with respect to the monarchy of Isabella II. Politically, it was based on democratic political principles. Socially, in a bourgeois respectability that referred to an austere lifestyle, in line with the mentality of the middle class. The objective of this article is to try to evaluate what were the limitations of that democratic project of monarchy in a context in which its proposals were unknown in Spain. In particular, the article revolves around the role played by the upper classes (traditional supports of the "Crown"), not in their conspiratorial work, but in their explicit rejection of what the democratic monarchy meant.
Keywords: Amadeo of Savoy, Aristocracy, Monarchy, Marquis of Alcañices, Nobility, Riot of the Mantillas.
1. Los problemas de la monarquía democrática
Con la elección de Amadeo de Saboya como rey se ponía a prueba un modelo de monarquía inédito en España: la monarquía democrática. Más allá de la limitación de sus prerrogativas políticas, al asumir la corona española Amadeo iba a encarnar una forma de ser rey en la que se hermanaban los principios políticos de la democracia, los valores sociales de la burguesía y el peso simbólico de la majestad (Pascual, 2002: 29-49). Una difícil combinación que no fue comprendida por muchos de sus súbditos, incluidas las clases populares. Reinar bajo los preceptos constitucionales fue, para el nuevo monarca, un dogma indiscutible. Así lo proclamó al aceptar la corona y así procuró comportarse en su breve reinado, lo que no parecieron entender los políticos que le rodeaban, los cuales se hallaban, pese al proyecto revolucionario que habían encabezado, insertos en una cosmovisión política que consideraba factible, si la situación lo requería, el uso de estrategias más propias del reinado de Isabel II que de la nueva situación2. Amadeo y su familia vinieron a España para encarnar una monarquía apoyada en la respetabilidad burguesa, en la austeridad y en el deber como principio rector de sus conductas respectivas. Todo ello habría de asegurar a la nueva dinastía un apoyo popular que buscaron con ahínco el rey y la reina, tanto a través de apariciones públicas desprovistas de todo boato como por medio de actividades de beneficencia3. Pese a todo, el objetivo no se cumplió. Ni las clases populares ni las clases altas entendieron esa monarquía próxima y cercana, acostumbradas como estaban al despliegue de magnificencia de las ceremonias de la época borbónica, lo que otorgaba un halo de majestad a la institución, algo difícil de conseguir con una monarquía burguesa (Bolaños, 2003: 283).
Este trabajo pretende estudiar la reacción de la aristocracia ante la llegada de la nueva dinastía a España. Más allá de las conspiraciones políticas tanto desde el interior como desde el exilio, la aristocracia desplegó en Madrid, capital y corte, toda una panoplia de gestos orientada hacia la marginación social y la deslegitimación política del matrimonio real. El objetivo era mostrarle el rechazo de quienes habían sido los pares tradicionales de la monarquía, los principales soportes de los reyes: los nobles. La convicción de su superioridad social, que no jurídica, les hacía sentir que su actitud de rechazo frente al nuevo monarca y su esposa iba a ser un elemento conducente a la abdicación. Ciertamente, la marginación a la que la nobleza sometió a la familia real no fue la razón de la renuncia de Amadeo al trono en febrero de 1873. Sin embargo, contribuyó a crear un clima de hostilidad que, unido a las pugnas entre los valedores del rey y de otras circunstancias, preparó la partida de los Saboya de España. Los aristócratas manifestaron su repulsa a Amadeo incluso antes de que este llegara a su nuevo país. A principios de noviembre de 1870 el marqués de Miraflores presentó ante las Cortes un manifiesto de rechazo a la candidatura de Amadeo de Saboya como rey de España, basándose en su nacionalidad italiana, por tanto, extranjera, y en el hecho de ser hijo de un rey excomulgado por el Papa4. Un mes después, los grandes de España se reunieron a petición del marqués de Molins para acordar el boicot al nuevo rey, recayendo en el marqués de Alcañices la organización de las acciones a tomar al respecto (Lema, 1927, II: 454)5. A partir de ahí, la aristocracia desplegó un amplio abanico de actitudes y comportamientos que se movieron entre la hostilidad pasiva y la hostilidad activa, entre el desafío y la provocación. El objetivo que se plantea en estas páginas es, por consiguiente, el análisis de esas conductas que evidenciaban tanto una animosidad militante contra la nueva dinastía como un rechazo a su forma de entender el ejercicio de la majestad.
No toda la aristocracia se decantó en contra de Amadeo de Saboya, desde luego, pero sí lo hizo una parte muy significativa. El posicionamiento de los nobles en relación a la nueva dinastía llegó a dividir a algunas familias, como la del Príncipe Pío, dos de cuyos hijos fueron fervientes amadeístas, mientras que tanto la madre como el padre y los otros hijos defendieron la causa borbónica de forma declarada. Los dos hijos amadeístas del Príncipe Pío, Julio y Manuel Falcó d’Adda (barón de Benifayó y duque de Fernán Núñez, respectivamente) habían conocido al rey en Italia y se convirtieron en sus más cercanos consejeros (junto a Dragonetti y a Locatelli). Entre el círculo de españoles con los que el rey trataba asiduamente, Julio y Manuel Falcó eran de los pocos con los que Amadeo podía hablar en un fluido italiano, dadas sus dificultades con la lengua española. La cuestión del apoyo o del rechazo a los Saboya entre las familias de la alta sociedad se traslucía en discusiones familiares y matrimoniales y se evidenciaba en las recepciones públicas, lo que en ocasiones llegó a saltar a la prensa6.
2. La oposición en los balcones
Una de las primeras tareas del rey Amadeo fue formar su corte en Palacio, una corte que habría de ser reflejo del nuevo concepto de monarquía. La austeridad y el carácter operativo de la planta diseñada por el rey y sus asesores constituyeron sus elementos definidores. La planta cortesana proyectada se hallaba muy lejos de la populosa corte isabelina que, a pesar de su multitud de empleados y sus problemas económicos, respondía a lo que, en el imaginario de los españoles, era la magnificencia de la monarquía, tal y como la habían conocido hasta entonces (Sánchez y San Narciso, 2018). En esta labor Amadeo no pudo contar con el apoyo de la nobleza, tradicional detentadora de los cargos cortesanos, pues esta se había negado a formar parte del círculo más próximo al rey y su familia. Las dificultades para la constitución de esta corte “democrática” nos son bien conocidas. También lo son la pugna y animadversión entre algunos de los individuos que la formaban (Bolaños, 2003; Pascual, 2018). En particular, entre la duquesa de la Torre, esposa del general Serrano, y la duquesa de Prim, viuda del general asesinado.
Consciente del rechazo de la vieja aristocracia, Amadeo trató de crear un grupo de personas próximas a él a través de la concesión de títulos nobiliarios y de la creación de la Orden Civil de María Victoria7. Algunos de los nuevos títulos fueron a aumentar la cartera nobiliaria de los pocos aristócratas fieles al rey. Sin embargo, otros fueron otorgados a individuos que, por razones políticas, económicas o por haber prestado algún servicio a la dinastía saboyana, se convirtieron en aristócratas sobrevenidos, como el banquero Estanislao de Urquijo, titulado marqués de Urquijo en 1871. Popularmente, circuló el rumor de que Amadeo repartía títulos a cualquiera que fuera medianamente afín a su persona, por lo que a esa nueva aristocracia se la conoció entre los alfonsinos con el remoquete de “nobleza haitiana” (Villa-Urrutia, 1923: 31; Gutiérrez Gamero, 1925: 207)8.
Más allá de estas cuestiones, y dentro de la política de gestos a la que alude el título de este trabajo, hay que señalar que, desde los primeros días de la estancia del rey en España, es decir, desde enero de 1871, es posible constatar las muestras de desdén hacia él por parte de los nobles. El dos de enero, tras rendir homenaje al cadáver de Prim y visitar las Cortes, en su desfile por las calles camino de Palacio, Amadeo se encontró con las ventanas cerradas de las casas de los nobles más significados como alfonsinos (La Época, 3.1.1871), e incluso, semanas después, con los coches de estos últimos tapados de negro y con crespones cruzándose con él (La Igualdad, 20.3.1871). En febrero, varias mujeres de la aristocracia, adornadas con insignias borbónicas, fueron a la cárcel a visitar a los oficiales que se habían negado a jurar fidelidad al nuevo rey9. Sin embargo, los actos en los que la aristocracia se comportó de forma más claramente hostil tuvieron lugar tras la llegada a Madrid de la reina y los hijos del matrimonio en marzo del año 1871. El día 19 la familia real llegó a la capital por tren. Los niños fueron llevados a Palacio por el duque de Tetuán mientras que María Victoria se dispuso, junto a su marido y las autoridades, a hacer la entrada que se pretendía triunfal por las calles de la ciudad. Los periódicos afines narraron el desfile haciendo mención al recibimiento multitudinario que los Saboya habían tenido en la capital, aunque, al decir de algunos testigos poco sospechosos de animosidad contra los monarcas, la aclamación popular no fue tan generalizada como indicaron estos periódicos10. Al margen del entusiasmo ciudadano, encontramos referencias a algunos aristócratas que aprovecharon la coyuntura para evidenciar públicamente su rechazo a Amadeo. En palabras del periódico progresista La Nación: “Los balcones de todas las casas, a excepción de los del Veloz-Club y marqueses de Alcañices, de Santa Marca, Manzanedo y la Torrecilla, estaban adornados con vistosas colgaduras y llenos de hermosas señoras que agitaban con entusiasmo los pañuelos en señal de afectuosa bienvenida a la Reina” (La Nación, 21.3.1871). Además de Alcañices, de Santa Marca, Manzanedo y Torrecilla, también permanecieron cerrados los balcones de los Medinaceli, los Villahermosa y los Oñate, entre otros (Valdeiglesias, 1950, I: 158). Es decir, la actitud de desprecio hacia los reyes no fue algo puntual.
La reacción del Veloz-Club llamó especialmente la atención porque varios de sus socios aparecieron en los balcones del club en la calle Alcalá sin quitarse el sombrero ante la reina, lo que fue considerado una falta de respeto no solo a María Victoria en tanto que reina, sino también en tanto que mujer, algo que, como dijo un periódico, era “ajeno a los hábitos de las personas que allí concurren” (El Debate, 20.3.1871). Creado en 1869 por la juventud ociosa, aristocrática y adinerada de Madrid, el Veloz-Club no se había significado políticamente antes, pues así se había establecido en sus estatutos11. Sin embargo, entre los firmantes del manifiesto del marqués de Miraflores contra la candidatura de Amadeo al trono español se pueden encontrar los nombres de varios de sus socios, entre ellos el de su presidente, el marqués de Martorell. Al día siguiente de los hechos, Martorell escribió un comunicado en el que se negaba la intención política de los socios del club, apelando a sus estatutos (El Imparcial, 20.3.1817; El Tiempo, 20.3.1871). Sin embargo, después del escándalo, otros socios se dieron de baja (El Imparcial, 21.3.1871).
Por estas fechas tuvo lugar el acontecimiento, el gesto, que más efecto produjo entre los contemporáneos: el motín de las mantillas. Lo que el embajador Layard llamó “the ladies’ revolution”. Su análisis merece un apartado específico. Antes de ello, no obstante, es necesario prestar atención a otros gestos aparentemente banales que acabaron connotándose políticamente. Se hace referencia a las prácticas de sociabilidad aristocrática durante el reinado de Amadeo. La aristocracia alfonsina convirtió las reuniones sociales en actos políticos. Más allá de las maniobras contra el rey, las fiestas y otras celebraciones de los círculos borbónicos evidenciaban el posicionamiento dinástico de la alta sociedad. Asistir o no hacerlo a las celebraciones en Palacio Real o en las casas de los más declarados amadeístas significaba políticamente a las personas. Conscientes de todo ello, los alfonsinos trataron de desplegar una nutrida actividad social que reprodujera la vida cortesana de la época de Isabel II, una época en la que los lazos entre la nobleza y la monarquía se estrecharon fuertemente a través de estas actividades lúdicas, como cuenta en sus memorias el marqués de Valdeiglesias. Unas fiestas a las que jamás fue invitada la pareja real (Prado, 2012: 43). Aunque algunos diplomáticos acreditados en Madrid trataron de tender puentes entre amadeístas e isabelinos incluso antes de la llegada del rey (Valdeiglesias, 1950, I: 93), los segundos adoptaron sus tácticas de provocación ya desde enero de 1871, como demuestra la fiesta celebrada por los condes de Superunda a finales de ese mes para conmemorar el santo del príncipe Alfonso. La onomástica del príncipe acabó siendo, de hecho, una de las ocasiones más esperadas para la visualización pública de la oposición alfonsina. La siguiente celebración, la del 23 de enero de 1872 en casa de los Heredia Spínola, se convirtió, de hecho, en una de las fiestas más concurridas y famosas de la vida social madrileña de la época. La ostentación, el lujo y, sobre todo, la repetición continuada de estas fiestas ofrecían un llamativo contraste con la austera monarquía de Amadeo y remitían a una relación entre monarcas y nobles enmarcada en una cosmovisión política tradicional, en la que la aristocracia seguía la estela de la grandeza de la Corona y reflejaba, con su forma de vida, la fastuosidad de la misma (Valdeiglesias, 1950, I: 179-184). Todo ello se hallaba muy lejos de la asociación entre monarca y clases productoras que había tratado de crear la monarquía amadeísta, en la línea de las monarquías modernas, adaptadas a las nuevas realidades socioeconómicas de la segunda mitad del siglo XIX.
3. El motín de las mantillas: “haciendo política de pantomima”
El “motín de las mantillas”, llamado también la “manifestación de las peinetas”, es tal vez una de las anécdotas más conocidas de la monarquía amadeísta. Los acontecimientos se gestaron en la casa de los marqueses de Alcañices (duques de Sesto). Desde la abdicación de la reina Isabel en junio de 1870 y antes de la llegada de Amadeo a España, la marquesa, Sofía Troubetzkoy, y su amiga la marquesa de la Torrecilla, María Josefa de Arteaga y Silva, habían tomado la costumbre de utilizar la flor de lis en sus aderezos de vestuario, tanto en sus apariciones sociales como en las fiestas celebradas en sus casas (Benalúa, 1924: 86), declarando así públicamente su alfonsismo. La costumbre fue adoptada por otras mujeres de la aristocracia, siendo frecuente encontrar la flor de lis tanto en adornos informales como en joyas elaboradas expresamente para ello. Alrededor de la marquesa de Alcañices se había creado un grupo de oposición cerrada a los reyes saboyanos que se había venido gestando en las tertulias celebradas en su palacio. Tan evidente era su posicionamiento político que el matrimonio llegó a recibir amenazas de bomba, lo que se verificó en la explosión de un artefacto bajo una de las ventanas del piso bajo de su palacio a mediados del mes de enero (Benalúa, 1924: 85). Este atentado no arredró a Sofía Troubetzkoy y sus amistades aristocráticas, pues la prensa de la época ofrece numerosas noticias acerca del uso de la flor de lis en las semanas siguientes. A la flor borbónica se uniría poco después la utilización de mantillas y peinetas en conciertos, bailes, corridas de toros y paseos. Su actitud produjo un efecto de imitación en las mujeres carlistas, que copiaron el uso de elementos simbólicos asociados a dinastía Borbón, pero en este caso a la rama disidente mediante el complemento de su vestimenta con margaritas, en alusión a la esposa del pretendiente Carlos VII, Margarita de Borbón-Parma (Sagrera,1959: 162). Se llegó a fundar, incluso, un periódico dedicado a las “damas blancas” llamado La Margarita. Álbum de las señoras católico-monárquicas, que empezó a publicarse en abril de 1871. Si bien hasta ese momento las actividades de las aristócratas alfonsinas se habían mantenido en el terreno de la exhibición de símbolos borbónicos y la celebración de tertulias y fiestas, la presencia de la reina convirtió su actitud en una provocación claramente explícita a la nueva dinastía12.
El domingo 19 de marzo de 1871 los marqueses de Alcañices abrieron su casa para recibir a los amigos que acudieron a felicitar al duque con motivo de su onomástica. El mismo día en que se produjo la entrada de María Victoria en Madrid. Fue en esta reunión cuando las damas alfonsinas trazaron el plan con el que pretendían humillar a la nueva reina y hacerle ver el rechazo que su presencia generaba en aquellos que, por razones de rango, debían ser sus principales apoyos. Entre otras, se hallaban comprometidas en el asunto la citada marquesa de Torrecilla, Carolina de Montúfar (marquesa de Bedmar), Angustias Heredia Spínola (condesa de Heredia Spínola), Agripina Mesa Queralt (marquesa de Castelar), Belén y Mercedes de Echagüe y Méndez de Vigo (hijas del general Echagüe, la primera marquesa de Valmediano y, más adelante, duquesa de Osuna y la segunda aún soltera; ambas, sobrinas de Alcañices) (Sagrera, 1990: 311). El acuerdo era ir al día siguiente al Paseo del Prado a hacer la habitual ronda hasta la Fuente de la Castellana en sus respectivos carruajes tocadas con peineta y mantilla. De este modo, se pretendía hacer un alarde de españolidad frente a la reina italiana cuando se encontrasen con la carroza en la que pasearía el matrimonio real. El primer día de esta particular manifestación no estuvo muy concurrido el Paseo del Prado y ni siquiera asistieron los reyes por el mal tiempo. Sin embargo, sí contribuyó a crear una considerable expectación entre el público asistente y una no menos grande preocupación en el gobernador civil de Madrid, Ignacio Rojo Arias. El día siguiente, el 21 de marzo, la procesión política se repitió, esta vez con más afluencia de personas, que pretendían ver la reacción de los reyes ante el sorprendente gesto de las aristócratas alfonsinas. Al parecer, la reina María Victoria no entendió el mensaje que se le estaba tratando de transmitir pues, desconocedora del lenguaje simbólico utilizado por las aristócratas, creyó que se trataba de una costumbre local y se propuso imitarla en su próximo paseo, en un deseo de asimilarse a su nuevo país. Informada la reina del significado de estas vestimentas, tomó conciencia de la real situación de su familia en España. Por su parte, el gobernador civil, conocedor de los hechos y deseoso de mantener el respeto debido a los reyes, reforzó la seguridad en el entorno del Paseo del Prado obligando a los coches a circular en un sentido, de tal forma no se pudiese atravesar ningún carruaje para exhibirse delante de ellos con los símbolos borbónicos e impidiendo la conversación informal entre los paseantes, según era costumbre. Aun así, la cuestión no quedó zanjada pues evitar que los reyes paseasen por el Paseo del Prado, como habían hecho siempre los Borbones españoles, no contribuiría en nada al modelo de monarquía democrática que se estaba tratando de construir, ya que alejaría a los monarcas de su pueblo. El gobierno decidió entonces tomar medidas drásticas y optó por una solución más pintoresca aún que el plan de las aristócratas.
Conocemos cómo se desarrollaron los acontecimientos por varias fuentes, pero tal vez las más directas sean el relato de uno de los implicados, Felipe Ducazcal, la narración del padre Luis Coloma13, y la carta enviada a la prensa por un ciudadano, Eleuterio Martínez, testigo presencial de los preparativos (La Regeneración, 24.3.1871). Al decir de Ducazcal, Manuel Ruiz Zorrilla, Práxedes Mateo Sagasta, Juan Moreno Benítez y Ricardo Muñiz se pusieron en contacto con él para que ideara un plan que permitiera dar al traste con el continuado desafío de la aristocracia alfonsina a los reyes14. El miedo a que la reina, viéndose rechazada, convenciera a su marido para que abdicase se hallaba detrás de ello. Hay que tener en cuenta, a este respecto, que sobre María Victoria sobrevoló, durante todo el tiempo que estuvo en España, la sombra del efímero emperador mejicano Maximiliano y la de su esposa Carlota, por lo que no es de extrañar que este incidente contribuyera mucho a que, desde los primeros momentos de su estancia en España, empezara a plantearse el peso de la corona que había caído sobre su marido y sobre ella. Antes de la llegada de ambos a España, el republicano Roque Barcia había publicado un artículo titulado “Luces en el aire” en el que ya se hacía este paralelismo entre ambas parejas reales15. Un año y medio después, en junio de 1872, un periódico de gran difusión publicaría un artículo titulado “La loca del Vaticano”, en el que se insistía en el paralelismo, vaticinando un final para el matrimonio italiano tan funesto como el de Maximiliano y su esposa (El Imparcial, 10.6.1872). El 18 de julio, poco después de la publicación de este artículo, tuvo lugar el La situación política española, por tanto, resultó siempre muy inquietante para la reina.
El plan de Ducazcal consistía en ridiculizar a las manifestantes sirviéndose de la inversión paródica de su gesto político. Es decir, la reproducción del acto, la manifestación y exhibición pública de los mismos símbolos utilizados por las aristócratas, por parte de quienes eran su reverso social, en una suerte de broma carnavalesca con una clara lectura no solo política, sino también social y de género. Ducazcal lo explicaba así:
“Mi proyecto era muy sencillo; como contraste de hermosura, elegiría mujeres que, naturalmente, no salían de ningún convento. Las mantillas habían de ser blancas, con la menor cantidad de encaje, por lo que pudiera suceder (que se las llevaran); las peinetas muy altas, muy empingorotadas, grandemente ridículas” (El Heraldo de Madrid, 3.4.1891).
Las mujeres que representaron esta farsa fueron una dependienta, dos turistas francesas y otras jóvenes de dudosa reputación. A ellas les acompañaban unos caballeros que, vestidos de majos “con su calañés, chaqueta corta, grandes patillas y cigarros puros enormes”, reproducían la españolidad del vestido masculino, en su versión satírica. Los caballeros eran hermanos y amigos de Ducazcal, uno de ellos con un disfraz en el que se podía reconocer perfectamente al duque de Sesto, en una clarísima burla al más notorio de los agentes alfonsinos en Madrid. Es decir, y como decía un periódico monárquico, los varones de la contramanifestación trataban de “imitar a determinados grandes de España desafectos al actual orden de cosas” (La Convicción, 26.3.1871)16. Señala Ducazcal que, aunque se hizo todo con el mayor secretismo, pronto se generó gran expectación entre la población de la ciudad. Algo de cierto hay en sus afirmaciones pues el testigo Eleuterio Martínez contaba en su carta a la prensa que él mismo había visto salir las carretelas de la calle de Cedaceros, próxima al Paseo del Prado, y que cuando fue a denunciar el escándalo, José Abascal, concejal del Ayuntamiento de Madrid, le detuvo pretendiendo hacerse pasar por el alcalde de la ciudad (Fernando Hidalgo Saavedra) y ordenando su apresamiento, presumiblemente para que no difundiera la información. Finalmente, hubo de ser liberado. También llegaron los ecos de la contramanifestación al palacio de los Alcañices, pues ante los rumores que corrían por la ciudad, el marqués le pidió a su esposa que no acudiese a su paseo entre el Prado y la fuente de la Castellana el día previsto para el acto, el jueves 23 de marzo. La aparición en el Paseo del Prado de las carretelas con los falsos aristócratas generó gran interés entre los ciudadanos madrileños de a pie. Sin embargo, los nobles y burgueses adinerados que se hallaban en la zona comenzaron a abandonar el paseo con el temor de que se produjeran incidentes, pues Rojo Arias había, de nuevo, reforzado el área con más agentes de seguridad. El empeoramiento del tiempo ayudó a ello. En cualquier caso, y aunque el trasfondo es más complejo, como veremos ahora, el efecto buscado por Ducazcal y el gobierno se había logrado: a partir de ese momento, la actividad política de las mujeres aristócratas hubo de reducirse a los espacios domésticos y a las actividades propiamente asociadas a su condición femenina, como los actos benéficos para recaudar dinero con destino a la causa alfonsina o las reuniones sociales en forma de fiestas o tertulias. Las aristócratas habían quedado expulsadas de la esfera política pública con un arma muy efectiva: la humillación a través del escarnio público17.
No era la primera vez que las mujeres de alta clase social se implicaban en una causa política de forma pública y explícita, más allá de las actividades desarrolladas por personajes muy claramente significados y habitualmente con carácter individual. Entre los años cincuenta y sesenta se habían producido importantes movilizaciones de aristócratas españolas en contra de la secularización y de la creación del reino de Italia. Ya entonces estas acciones se llevaron a cabo a través de instrumentos, como la petición pública, que no les correspondían en tanto que no eran sujetos políticos de derecho (Romeo, 2017). Sin embargo, su movilización en favor de algo que consideraban que se hallaba más allá de la esfera política, es decir, la autoridad del papa Pío IX en el mundo católico, había logrado convertir sus peticiones en una demanda respetable. Como mujeres, en tanto que en ellas quedaba depositada la defensa de la fe en un mundo en proceso de secularización, se consideraban legitimadas para luchar por lo que consideraban intromisiones del poder político tanto en el sacrosanto espacio de las creencias privadas como en el poder terrenal del papado. Estas actitudes encajaban perfectamente en las estrategias de feminización de la religión puestas en marcha por la Iglesia católica en el siglo XIX (Mínguez, 2016). Además, y como ha señalado Mª Cruz Romeo en el artículo citado, el catolicismo tenía un lugar especialmente importante en el discurso nacionalista desarrollado por las clases altas, lo que explica la insistencia de la prensa en el hecho de que la dinastía saboyana era una dinastía excomulgada, razón que la invalidaba de raíz para reinar en España. De tal forma que, en el Sexenio, las mujeres nobles ya disponían de una cierta experiencia asociativa y de activismo que, si bien se había articulado en la mayoría de los casos alrededor de la beneficencia, había permitido el desarrollo de plataformas asociativas, el crecimiento de redes de relación entre ellas y las prácticas discursivas que dieron sentido a sus actividades políticas en este periodo.
La forma en la que estas mujeres diseñaron su estrategia de movilización responde también a medios alternativos a los caminos establecidos por la política formal. Estos medios vienen definidos por un dónde y un cuándo claramente asociados al mundo femenino. Se hace referencia a los espacios de toma de decisión, es decir, los espacios domésticos (sus residencias) y también al momento en que la decisión de intervenir públicamente fue tomada: una reunión social (la celebrada con motivo del santo de José, marqués de Alcañices). Lo mismo puede decirse de los elementos utilizados para su protesta política. Se trataba de objetos de uso femenino: joyas y prendedores con forma de flor de lis, mantillas y peinetas. Los objetos remiten a los conceptos políticos alrededor de los que giraba la actividad de la oposición alfonsina a Amadeo. La flor de lis, obviamente, aludía a la dinastía Borbón. La peineta y la mantilla formaban parte del código semiótico con el que se hacía fácilmente reconocible la identidad española, especialmente la popular. La asociación entre la mantilla y el traje nacional español es anterior a la Guerra de la Independencia ya que formaba parte del debate dieciochesco acerca de la creación de un traje nacional. Su uso estaba generalizado en todas las clases sociales, especialmente cuando se salía de casa. Mantilla y basquiña eran, precisamente, lo que los viajeros del siglo anterior (Fischer, Humboldt, Bourgoing, etc.) caracterizaban como algo propiamente español. Al decir de Fischer, eran precisamente las mujeres de clase alta que paseaban por el Prado las que menos utilizaban la mantilla porque al cubrir esta sus lujosos vestidos, no podían lucirlos (Molina, Vega, 2004: 154-159). De esta forma, las mujeres aristócratas coaligadas contra Amadeo se apropiaban de un símbolo popular. No entraban en la defensa de un programa político concreto, sino que articulaban su actuación en función de ideas-fuerza que no las significaban como agentes políticos, sino como defensoras de un imaginario común al que, sin dificultades, se podía adherir cualquier individuo de su entorno o de similares simpatías dinásticas. El apoyo a la familia Borbón se teñía así de elementos nacionalistas que, además, se ajustaban a la perfección a otros momentos históricos.
El hecho de que la protesta estuviera protagonizada por mujeres y, además, por mujeres aristocráticas tuvo una enorme repercusión popular. Sin embargo, fue en la prensa donde con más insistencia se trató el tema del protagonismo femenino. Para la prensa católica, la reacción de las aristócratas fue valorada muy positivamente ya que evidenciaba el compromiso de aquella parte de la sociedad que debía ser el referente para el resto. Se trataba, en definitiva, de un “gesto de patriotismo” o, como aparece de forma reiterada en general en toda la prensa, de “españolismo” porque “alguna vez hemos de empezar a ser españoles”. La prensa católica, además, construyó un discurso patriótico según el cual la españolidad se situaba por encima de la dinastía Borbón (pues apenas aparecen referencias a la misma, en especial en los periódicos carlistas) que enlazaba con momentos históricos altamente significativos: el motín de Esquilache (de nuevo, el asunto de la indumentaria en juego) y la guerra contra los franceses, pues el “majismo” de las peinetas y mantillas remitía a los trajes conocidos en la actualidad como “goyescos”, asociados al levantamiento heroico contra las tropas napoleónicas18. Transmutados los franceses en italianos, el peligro se encarnaba ahora en los Saboya, por dinastía extranjera y excomulgada, con referencias al rechazo de los ciudadanos de Madrid a los italianos que formaban parte de la servidumbre del rey, lo que de nuevo remitía a situaciones del pasado reciente en las que los reyes se hallaban rodeados de extranjeros (el reinado de José Bonaparte). Así, la prensa católica alababa la capacidad movilizadora de las mujeres y establecía unos paralelismos entre la actitud de desafío de estas con el levantamiento popular en comentarios como el siguiente:
“Una mantilla y una peineta pueden derribar la situación más afirmada. ¿Pero deberá por esto el ministerio atropellar por todo y dar una ley de modas con figurines, prescribiendo el traje que deben usar las señoras en España? Que lo mire mucho, y dudo que, lo que no podemos aún ni imaginarnos, cometiera tan impolítica torpeza, considere que quitando una pedrezuela no se evitará otra; que a no dar los sucesos del dos de mayo la voz de alarma, no hubiera faltado quien la diera animoso y que, sin las mantillas y los pendientes, podrán ser los sombreros y las agujas” (El Pensamiento Español, 23.3.1871).
De este modo, para los católicos y los monárquicos la actitud de las aristócratas revelaba la contradicción del propio gobierno, pues se presentaba como defensor de las libertades y negaba a unas mujeres su derecho a vestirse como quisieran. La restricción de la libertad de las mujeres nobles escondía, en su opinión, la debilidad del ministerio ya que, en última instancia, solo estaba combatiendo a unas “ilustres damas a quienes el partido de los derechos individuales niega el de lucir en sus tocados peinetas antiguas de bruñida concha” (El Pensamiento Español, 24.3.1871). Las apelaciones a la cobardía del gobierno son continuas, mucho más que hacia el rey, quien aparece en las crónicas de la prensa católica como un figurante más del escenario político contemporáneo. De ahí las continuas alusiones a la presunta reorganización de la famosa “partida de la porra”, es decir, al matonismo instrumentalizado desde el poder político. El protagonismo de Ducazcal en los acontecimientos dio pie a ello y fue una cuestión añadida con la que católicos y monárquicos se propusieron desgastar al gobierno y al rey19. En definitiva, y detrás de su retórica nacionalista, para la prensa monárquica e integrista la sobreactuación del gobierno evidenciaba su debilidad al atacar a quienes no tenían capacidad política efectiva y legal y a quienes, por su sexo, se les presuponía una situación de dependencia que les impedía disponer de autonomía y criterio político propio.
En la misma línea, aunque con más mesura y menos información explícita acerca de las “actividades políticas de la aristocracia”, se pronunciaron los periódicos conservadores como el unionista Las Novedades y, sobre todo, el isabelino La Época, para quien las “ilustres damas” no debilitaban la posición del rey. Era el propio gobierno el que, al consentir actos como la contramanifestación de Ducazcal, “toman necia y torpemente las personas de los monarcas como bandera para llevar a cabo violencias y vomitar contra una clase similar de la monarquía y sin la cual la última en ningún país europeo puede pasarse” (La Época, 23.3.1871). La prensa republicana, por su parte, se mostró crítica tanto con la aristocracia como con el gobierno y la dinastía saboyana20. Sin embargo, su interés por la manifestación de las mantillas fue secundario, prestando una mayor atención a la violencia empleada por los esbirros del gobierno, con continuadas alusiones a la reaparición de la “partida de la porra”.
La prensa afín al régimen del 68, por el contrario, fue extremadamente dura con el gesto de las damas aristocráticas, sobre las que proyectó todos los prejuicios de la ideología de la domesticidad burguesa. Los argumentos de los periódicos acusados de ministeriales se sirvieron del sarcasmo y de la burla para desmontar el discurso nacionalista de la protesta, orquestada por Sofía Troubetzkoy, “antes princesa rusa, duquesa francesa después y hoy marquesa de Alcañices”, “preciosa caricatura española”21. Las burlas hacia el uso del traje goyesco fueron continuas y pretendieron mostrar la ignorancia de la aristocracia española que apelaba al patriotismo indumentario22. Más duro fue el periódico sagastino La Iberia, para quien el gesto de las aristócratas no era más que algo “grotesco”, “política de pantomima” que desvirtuaba el verdadero quehacer del hombre público. En definitiva, una degradación de la verdadera política, algo ajeno a las mujeres: “no olviden estas señoras que la mujer, lejos de hacerse odiosa, debe, por el contrario, mostrarse siempre benévola y simpática, y que su única política es la política de la modestia y del recato, de la verdadera virtud, en una palabra” (La Iberia, 22.3.1871). Con este comentario contraponía La Iberia la conducta mesurada y discreta de la reina María Victoria (una reina burguesa en sus costumbres) con la exhibición ostentosa de las aristócratas, ajenas al estereotipo doméstico que les correspondía en tanto que mujeres23. Desde el punto de vista de La Iberia y de otros periódicos progresistas, lo que estaba en juego era la influencia de los reyes sobre la moral pública, para lo cual planteaban una comparación entre la actuación de la exreina Isabel y Amadeo y su familia, de tal forma que la defensa de la anterior dinastía perdía toda legitimidad sirviéndose de elementos frívolos (los adornos de vestuario) y de individuos sin capacidad ni conocimiento político alguno (las mujeres), en una suerte de paralelismo entre la conducta inmoral de Isabel II y la de las aristócratas que la respaldaban: “Si algunos habían olvidado las cualidades que distinguen a la aristocracia, cómplice de las fallas de aquella desgraciada [Isabel II] a quien abandonó en los días de su desventura, esa misma aristocracia se las recuerda con su conducta” (La Nación, 25.3.1871).
4. Conclusión: la aristocracia y la crisis de la monarquía democrática
La actitud de las clases nobiliarias alfonsinas frente al rey Amadeo puede servirnos de termómetro para conocer hasta qué punto la monarquía salida de la revolución resultaba factible en la España de la época. No se trataba solo de las características personales del monarca y su esposa, especialmente las de esta última, que fueron valoradas muy positivamente hasta por los defensores de la anterior dinastía. Se trataba de las posibilidades prácticas que ofrecía una monarquía producto de la elección democrática. Si bien la monarquía amadeísta disfrutó de una incontestable legitimidad política en tanto que había sido refrendada por los representantes de los ciudadanos, no sucedió lo mismo con su legitimidad social. El loable proyecto de construir una monarquía popular a través del acercamiento de los monarcas a sus súbditos y de ofrecer una imagen de burguesa austeridad que devolviese la respetabilidad a una institución que tan bajo había caído durante el reinado anterior, no funcionó. Popularmente, puede que necesitase más tiempo; socialmente, sufrió la carencia de lo que los diarios alfonsinos calificaban como una monarquía “sin clases que le den brillo”. Es decir, sin la majestad lejana del trono y sus aditamentos (entre ellos, la aristocracia tradicional), el papel simbólico y representativo de la monarquía carecía de sentido. La situación descrita en estas páginas nos muestra hasta qué punto era aún prematuro poner en marcha un modelo de monarquía democrática en un país que, en sus clases populares y en sus clases altas, aún se hallaba plenamente inserto en una cosmovisión política de raíces preliberales que durante el reinado de Isabel II se había adaptado a los requerimientos de un sistema político representativo basado en el sufragio censitario y en el peso social de las clases altas (aristocracia y gran burguesía). En la España de los años setenta, una monarquía democrática no tenía el suficiente sustento social para mantenerse firme, de tal forma, que las únicas alternativas viables eran la monarquía restaurada de los Borbones o la república. Para La Época, el más activo de los diarios borbónicos, los ataques a las clases nobiliarias rompían las cadenas invisibles que unían al rey con sus pares, poniendo en peligro su permanencia en el trono. Se trata de explicaciones interesadas que obvian la actitud beligerante de los aristócratas, pero que revelan también una forma de entender el papel social del monarca. En esa misma línea, aunque bajo otro prisma ideológico, se expresaba Ildefonso Bermejo en sus famosas cartas a Amadeo:
“No creo que conviene a un Príncipe el dejarse ver muy a menudo en espectáculos, calles y paseos […] Por eso os puse a la cabeza de esta carta aquella sentencia de Tácito: ‘Lo que no se ve se venera más’ […] Desprecian los ojos lo que acreditó la opinión; más se respeta lo que está lejos. Hay naciones como España donde tanto acatamiento tuvo siempre la majestad de los Reyes que tienen por vicio la facilidad del Príncipe en dejarse ver…” (Bermejo, 1871, I: 97).
Más allá de estas observaciones sobre la monarquía, la rebelión borbónica contra Amadeo y su esposa sacó a la palestra la cuestión del papel de la aristocracia en la sociedad contemporánea. Si los periódicos alfonsinos la consideraban el complemento perfecto de una monarquía sólidamente establecida, los liberales progresistas lanzaron violentas críticas a una clase social incapaz de entender el cambio de los tiempos. Fueron especialmente duros El Universal. La Nación, mostrando la inanidad de la aristocracia española, su frivolidad y su inexistente sentido patriótico. Abrían estos periódicos un interesante debate que quedaría arrumbado de la vida política por la restauración de los Borbones en el trono. Sin embargo, de las palabras de ambos diarios se deduce una observación que sobrevolaba la opinión pública de la época acerca del nulo liderazgo de la nobleza española en las actividades que, como clase privilegiada, le correspondían. En un artículo titulado “Manolería”, se afirmaba lo siguiente:
“Lamentamos hondamente que una clase que, por su posición especial, se halla en condiciones de ser más ilustrada, sea tan ignorante como la más humilde; que una clase que debiera dar ejemplo de virtudes, no sea la mayor parte de las veces sino representante de toda clase de vicios y torpezas; que una aristocracia que debía fomentar el trabajo, funde en la holgazanería de sus ascendientes y en la suya propia sus más preciosos títulos de nobleza” (La Nación, 25.3.1871).
Precisamente por su proximidad a los monarcas, acusaban los diarios progresistas a la aristocracia no solo de poner obstáculos a la monarquía democrática de Amadeo, sino de haber contribuido con sus desórdenes morales y su irresponsabilidad política a “arrojar a los monarcas españoles de su trono”, en una clara alusión a la caída de Isabel II.
Finalmente, queda tan solo plantear (a falta de una investigación más exhaustiva) la cuestión del papel desempeñado por la alta nobleza en la génesis de la identidad nacional, teniendo en cuenta el carácter cosmopolita de la mayoría de sus miembros. Anteriormente se ha hablado acerca del catolicismo como elemento identitario clave en el concepto de nación manejado por las clases altas. En estas páginas hemos visto también cómo la aristocracia rescató episodios del pasado reciente para revestir su protesta política en un discurso nacionalista y la forma en la que, desde los sectores del liberalismo progresista, fue tachado ese discurso como algo meramente superficial y populista. Sin embargo, esa identificación entre el “majismo” y la españolidad puede darnos pistas acerca del carácter un tanto primario y falsamente popular, pero a la vez efectivo, de ese concepto de lo español. Su pervivencia en el imaginario colectivo es indudable, como evidencia que, a la altura de 1928, cuando se estrenó la zarzuela El último romántico, uno de sus más exitosos pasacalles comenzara así: “Lucimos hoy todas las mujeres / la clásica mantilla / de encajes y de blonda, / que es la prenda que más quiero / la prenda más preciada / lo mismo que el emblema / glorioso de mi España”.
Bibliografía
ANDREU, Xavier (2010). Figuras modernas del deseo: las majas de Ramón de la Cruz y los orígenes del majismo. Ayer, 78, 25-46.
BENALÚA, conde de (1924). Memorias. Madrid: Blass.
BERMEJO, Ildefonso (1871). La Estafeta de Palacio. Madrid: Imprenta de R. Labajos.
BOLAÑOS, Carmen (1999). El reinado de Amadeo de Saboya y la monarquía constitucional. Madrid: UNED.
BOLAÑOS, Carmen (2003). La casa de Amadeo de Saboya. Rasgos organizativos. En Dolores Sánchez González (coord.). Corte y monarquía en España, Madrid, Centro de Estudios Ramón Areces, 259-300.
CEBALLOS-ESCALERA, Alfonso (2002). La Orden Civil de María Victoria (18711873): educación y cultura en España durante el “sexenio revolucionario”. Madrid: Palafox & Pezuela.
COLOMA, Luis (1998, 1890). Pequeñeces. Madrid: Espasa Calpe.
FRANCISCO OLMOS, José María de, RAMÍREZ JIMÉNEZ, David (2017). Los títulos nobiliarios durante el Sexenio revolucionario (1868-1874). Madrid: Real Academia Matritense de Heráldica y Genealogía.
GUTIÉRREZ GAMERO, Emilio (1925). Mis primeros ochenta años (Memorias). Madrid: Editorial Atlántida.
JIMÉNEZ ARANDA, Juan (2004). El Veloz Club. Anales del Instituto de Estudios Madrileños, XLIV, 555-568.
LEMA, marqués de (1927). De la Revolución a la Restauración. Madrid: Editorial Voluntad.
MÍNGUEZ BLASCO, Raúl (2016). Evas, Marías y Magdalenas. Género y modernidad católica en la España liberal (1833-1874). Madrid: CEPC-AHC.
MIRA ABAD, Alicia (2007). La imagen de la Monarquía o cómo hacerla presente entre sus súbditos: Amadeo y María Victoria. Mélanges de la Casa de Velázquez, 37-2, 173-198.
MIRA ABAD, Alicia (2011). La monarquía imposible: Amadeo I y María Victoria. En Emilio LA PARRA (coord.), La imagen del poder. Reyes y regentes en la España del siglo XIX. Madrid: Síntesis, 283-333.
MIRA ABAD, Alicia (2016). Estereotipos de género y matrimonio regio como estrategia de legitimación en la Monarquía española contemporánea. Historia constitucional: Revista Electrónica de Historia Constitucional, 17, 165-191.
MIRAFLORES, marqués de (1870). Candidatura del Duque de Aosta para rey de España: exposición a las Cortes Constituyentes por varios propietarios, en que manifiestan los inconvenientes de que la elección para ocupar el trono español recaiga en un príncipe extranjero sin derecho ni legitimidad propios, con algunas importantes observaciones sobre esta misma cuestión. Madrid: Imp. de la Viuda de Calero.
MOLINA, Álvaro y VEGA, Jesusa (2004). Vestir la identidad, construir la apariencia. La cuestión del traje en la España del siglo XVIII. Madrid: Ayuntamiento de Madrid.
PASCUAL SASTRE, Isabel (2002). La Italia del “Risorgimento” y la España del Sexenio Democrático (1868-1874). Madrid: CSIC.
PASCUAL SASTRE, Isabel (2018). La Corte bajo una constitución democrática. La Casa Real en el reinado de Amadeo I. En Raquel SÁNCHEZ; David SAN NARCISO (eds.), La cuestión de palacio. Corte y cortesanos en la España contemporánea. Granada: Comares, 263-299.
PRADO HIGUERA, Cristina del (2012). El todo Madrid. La corte, la nobleza y sus espacios de sociabilidad en el siglo XIX. Madrid: FUE.
ROMANONES, conde de (1935). Amadeo de Saboya. El rey efímero. Madrid: Espasa Calpe.
ROMEO MATEO, Mª Cruz (2017). ¿Sujeto católico femenino? Política y religión en España, 1854-1868. Ayer, 106, 79-104.
SAGRERA, Ana (1959). Amadeo y María Victoria. Palma de Mallorca: Imp. Mossén Alcover.
SAGRERA, Ana (1990). Una rusa en España: Sofía, duquesa de Sesto. Madrid: Espasa Calpe.
SÁNCHEZ, Raquel; SAN NARCISO, David (eds.) (2018). La cuestión de palacio. Corte y cortesanos en la España contemporánea. Granada: Comares.
VALDEIGLESIAS, marqués de (1950). Setenta años de periodismo. Memorias. Madrid: Biblioteca Nueva.
VILLA-URRUTIA, marqués de (1923). Palique diplomático. Recuerdos de un embajador. Madrid: Librería Española y Extranjera.
Notas
Notas de autor
Información adicional
Cómo citar este artículo / Citation: SÁNCHEZ, Raquel (2019). Política de gestos. La aristocracia contra la monarquía democrática de Amadeo de Saboya. Pasado y Memoria. Revista de Historia Contemporánea, 18, pp. 19-38. https://doi.org/10.14198/PASADO2019.18.02
1: Este trabajo es uno de los resultados del proyecto de investigación "Corte, Monarquía y Nación liberal. En torno al Rey y la modernización de España (1833-1885)" (HAR201566532-P) financiado por el MINECO/FEDER.