Reportes de investigación
Violencias y movilidad estudiantil nacional: el caso de universitarias y universitarios de Guerrero en Morelos
Violence and national student mobility: The case of Guerrero university students in Morelos
Violencias y movilidad estudiantil nacional: el caso de universitarias y universitarios de Guerrero en Morelos
IE Revista de Investigación Educativa de la REDIECH, vol. 16, e2546, 2025
Red de Investigadores Educativos Chihuahua A. C.

Recepción: 12 Abril 2025
Aprobación: 16 Diciembre 2025
Publicación: 23 Diciembre 2025
Resumen: En este artículo se visibiliza la relación entre la movilidad estudiantil nacional y las experiencias violentas que sufre el estudiantado de Guerrero en su vida cotidiana, tornándose en un desplazamiento forzado. El objetivo del estudio fue conocer cómo vive las violencias el estudiantado universitario. Para el caso que se presenta nos centramos en las y los estudiantes que tuvieron que salir de Guerrero y se instalaron en el estado de Morelos. Se utilizó el relato de vida, a través de la realización de entrevistas semiestructuradas a un grupo de quince estudiantes universitarios. Los resultados indican que el estudiantado experimenta una continuidad de las violencias, lo que demuestra el carácter circulatorio y dinámico de las violencias que no se limitan a las fronteras geográficas, en ese sentido podemos afirmar que la topografía cambia, las violencias mutan, y producen variaciones que se insertan en las subjetividades del estudiantado.
Palabras clave: violencias, estudiantes, movilidad nacional, desplazamiento forzado.
Abstract: This article highlights the relationship between national student mobility and the violent experiences that Guerrero students experience in their daily lives, resulting in forced displacement. The objective of the study was to understand how university students experience violence. In this case, we focused on students who had to leave Guerrero and settle in the state of Morelos. We used life stories through semi-structured interviews with a group of fifteen university students. The results indicate that students experience a continuum of violence, demonstrating the circulatory and dynamic nature of violence that is not limited to geographical borders. In this sense, we can affirm that topography changes, violence mutates, and produces variations that are embedded in student subjectivities.
Keywords: violence, students, national mobility, forced displacement.
Introducción
Las experiencias violentas que sufre el estudiantado son cotidianas en los contextos escolares de Guerrero. Una de las estudiantes participantes en este estudio, proveniente de dicho estado, comentó que ella realmente quería estudiar su licenciatura en Chilpancingo, Guerrero, pero refiere que “ahí estaba muy violento, mis papás dijeron que no, que era mucha violencia, entonces pensamos en que lo mejor era salir” (7S, 2019). Sin embargo, salir de ese espacio y tomar la decisión de estudiar en Morelos no terminó con las vivencias violentas de la estudiante, más bien continuaron, se reconfiguraron en el nuevo contexto universitario, y así sucedió con todas las personas participantes en esta investigación.
Tras escuchar estas experiencias del estudiantado se infirió que las distintas violencias vividas por las y los jóvenes universitarios participantes en el estudio no pueden comprenderse únicamente como un fenómeno disperso solo en el contexto. Para entender mejor esta continuidad transformadora de las violencias fue necesario ampliar nuestro marco conceptual y analítico hacia un vocabulario que permita comprender cómo estos fenómenos se encadenan. Algunos de estos son la continuidad geográfica y territorial-rizomática de la violencia, el género, la edad y el desplazamiento forzado interno –DFI–.
Lo geográfico alude a la distribución de hechos violentos en ciertos puntos, rutas, territorios o regiones, los lugares donde ocurre y se desplaza. Según Moliner (1997) en su Diccionario del uso del español, lo geográfico apunta a todo lo que tiene que ver con “la descripción, disposición, localización y características físicas de la superficie” (p. 1391), mientras que lo territorial es una noción enmarcada en lo político que también nos permite pensar en la manera en que las personas experimentan, viven, significan, sienten y padecen esos espacios: los miedos, estrategias de movilidad, decisiones y modos de habitar que cada lugar les imponen, en este caso, a los y las jóvenes universitarios. En este sentido lo territorial remite a una “división administrativa a cuyo frente está un gobernador” (Moliner, 1997, p. 1299). Los elementos anteriores nos permiten pensar en el sentido cotidiano y contextual de las palabras y cómo estas reflejan formas de vivir y narrar los espacios tocados por las violencias en el contexto de Guerrero y Morelos.
A partir de las definiciones anteriores, proponemos pensar estas violencias no solo como continuidad geográfica y territorial sino como un entramado más complejo: un territorio-rizomático. Retomamos la noción de rizoma propuesta por Deleuze y Guattari (1996), que permite imaginar el espacio de la violencia no como líneas fijas o jerarquizadas sino como conexiones múltiples, capilares, ramificadas y cambiantes. Este enfoque ayuda a comprender alegóricamente cómo las violencias se enlazan, se expanden, se infiltran y se reconfiguran, afectando la vida de las y los jóvenes universitarios en formas simultáneas, impredecibles y profundamente encarnadas, más allá incluso de una violencia estructural o sistemática o de los enfoques estructurales o sistemáticos. En el estudio entendemos el concepto de rizoma como
Un tronco subterráneo, se distingue totalmente de las raíces y raicillas. Los bulbos, los tubérculos son rizomas. Las plantas de raíz o raicillas pueden ser rizomorfas por cualquier otro concepto: la cuestión de saber si la botánica, en su especificidad, no es por entero rizomórfica. Incluso hay animales que lo son por lo que respecta a su forma de manada; las ratas son rizomas. Las madrigueras lo son en cuanto a todas sus funciones de hábitat, de previsión, de desplazamiento, de evasión y de ruptura. El rizoma en sí posee muy diversas formas, desde su extensión superficial ramificada en todos los sentidos, hasta sus concreciones en bulbos y tubérculos. Cuando las ratas se deslizan unas bajo las otras. En el rizoma se encuentra lo mejor y lo peor: la patata y el grama, la mala hierba. Animal y planta, la grama, es la digitaria [Deleuze y Guattari, 1996, p. 12].
Esta idea brinda la posibilidad de reflexionar en realidades que no se constituyen por centros ni series lineales, sino por conexiones múltiples, imprevisibles y heterogéneas. Nuestra propuesta de territorio-rizomático supone que las violencias experimentadas por el estudiantado universitario no se distribuyen como un mapa de puntos fijos, sino como una serie de enlaces que se activan, se intensifican o se desplazan según coyunturas, actores, edades, género, experiencias corporales y condiciones de movilidad. En este mismo sentido, el territorio de la violencia se reestructura modificando los modos de desplazamiento, las decisiones y los modos de habilitar cotidianamente el espacio universitario y lo que ello implica.
Por su parte, González (2020) sostiene que “la espacialización de la violencia se realiza en la totalidad de los espacios, pero se expresa de manera diferenciada; se trata de un proceso homogéneo que se concreta de forma heterogénea” (p. 62). Según su perspectiva, lo que ocurre es los territorios no es una acumulación de hechos de violencia sino una configuración desigual de sus expresiones, intensidades y efectos que se inscriben en los cuerpos y moldean las formas de transitar. En esa misma línea, el autor afirma que los espacios públicos anclan valores que criminalizan la pobreza y legitiman acciones de control y vigilancia federal, estatal y municipal, produciendo “espacios homogéneos vacíos” (González, 2020, p. 62) donde se descargan imaginarios de miedo que presionan a su disciplinamiento y privatización. Desde esa lectura, se sugiere que para las y los estudiantes desplazados por violencia lo geográfico no solo delimita puntos y fronteras de riesgo sino que estructura condiciones materiales de desigualdad y disparidad que transforman sus decisiones sobre dónde estudiar, cómo y cuándo moverse, qué espacios evitar y a quién recurrir para estar seguros y continuar con sus estudios.
Metodología
En el presente estudio nos preguntamos por la relación entre la movilidad estudiantil nacional y las experiencias violentas que sufre el estudiantado de Guerrero en su vida cotidiana y que se prolongan en los nuevos espacios universitarios a los que llegan, en este caso en el contexto del estado de Morelos; en ese sentido exploramos la idea de que dicha movilidad estudiantil interna transita poderosamente por contextos violentos que desencadenan un DFI. Hasta el momento de nuestra indagación sobre el DFI en México el estudiantado universitario ha sido escasamente explorado porque el DFI de estudiantes puede ser confundido con una migración interna o incluso con una movilidad estudiantil nacional.
También ponemos sobre la mesa de discusión que por diversos factores se pueden diluir los motivos de desplazamiento forzado del estudiantado de educación superior, que ha sido obligado a salir de su residencia habitual para evitar las violencias, una vez que logra incorporarse en alguna institución de educación superior –IES– en espacios geográficos nacionales diferentes a su comunidad de origen. Como una manera de contribuir a la visibilización del DFI en ese grupo específico, cuestionamos: ¿Cómo vive las violencias el estudiantado universitario? Para el caso que se presenta nos centramos en las y los estudiantes que tuvieron que salir de Guerrero y se asentaron en el estado de Morelos.
De acuerdo con el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados –ACNUR–, los desplazados internos se definen como “individuos o grupos de personas que han sido forzados a huir de sus hogares para escapar del conflicto armado, la violencia generalizada, los abusos de los derechos humanos o los desastres, naturales o provocados por el ser humano” (ACNUR, 1998, p. 5). Desde la Comisión Nacional de Derechos Humanos –CNDH–, se considera que son “personas que se han visto forzadas u obligadas a escapar de su hogar o de su lugar de residencia habitual, debido o para evitar los efectos de situaciones graves de violencia en la que su vida, libertad corren peligro” (CNDH, 2016, p. 18). Otros autores (Castles, 2003) han señalado también que “la migración forzada o involuntaria incluye un conjunto de categorías legales o políticas. Todas implican a personas (desplazados y refugiados) que han sido forzadas a escapar de sus hogares y buscar refugio en otra parte” (p. 12). La Comisión Mexicana de Defensa y Promoción de los Derechos Humanos –CMDPDH– (2018) también coincide con la definición de la ACNUR, poniendo énfasis en el caso mexicano.
Las diferentes causas del DFI señaladas en los principios rectores de la CNDH son cinco: conflicto armado, violencia generalizada, violaciones de los derechos humanos, catástrofes naturales o provocadas por el ser humano y proyectos de desarrollo (CNDH, 2016, p. 10). Entre los tipos de DFI se pueden observar dos variantes que son el recurso reactivo y el preventivo. El DFI también se clasifica de acuerdo con la cantidad de personas que se desplazan, para el caso de estudio que desarrollamos nos ubicamos en el DFI “gota a gota”. En esta modalidad, el desplazado o la desplazada no informa a nadie que se va para que no se note, solo un círculo de familiares más cercanos se entera, para tender redes de apoyo (Aquino y Sánchez, 2008).
Desde la política gubernamental se reconoce un ciclo de desplazamiento, el cual hace referencia al proceso de victimización que comienza con las causas del desplazamiento y termina con las posibles soluciones que se les brindan a las personas víctimas de desplazamiento forzado. Rubio (2014) lo sintetiza de la siguiente manera:
A partir del momento en que se establecen las causas de la huida, hasta su completa rehabilitación, los desplazados pasan por una serie de etapas caracterizadas por el sufrimiento, la violencia, el desarraigo, la pérdida material y humana, la falta de protección física y jurídica, la violación de sus derechos, la falta de vivienda digna, dificultades para reinsertarse en el mercado laboral y educativo, y atención médica adecuada, entre otras afectaciones. Se considera el fin del ciclo del desplazado cuando las víctimas de desplazamiento forzado logran rehacer su vida e incorporarse exitosamente a la vida social y laboral en un entorno de pleno respeto a sus derechos humanos [p. 44].
Sin embargo, desde la experiencia de las personas desplazadas, esto no siempre ocurre. Por ejemplo, el estudiantado universitario de nuestro estudio no pasó por ese ciclo, de hecho sus experiencias estuvieron atravesadas por una continuidad de las violencias, pues en el lugar al que llegaron, Morelos, prosiguió una serie de vivencias que a menudo les hicieron cuestionarse “¿Para qué vine aquí, si está igual?” (1A, 2019).
En este estudio trabajamos a través del relato de vida (Pujadas, 1992). Se realizaron entrevistas semiestructuradas (Kvale, 2011) en el año 2019, utilizamos la técnica de análisis de contenido (Bardin, 1991), con un marco categorial previo. En el trabajo de campo surgieron a su vez categorías emergentes que se visibilizan tanto en los resultados como en las conclusiones. El diseño incluyó el uso de la técnica de bola de nieve, iniciando con tres estudiantes clave, quienes cursaban la licenciatura en Cuernavaca, Cuautla y Temixco, ellos nos brindaron la posibilidad de entrar en contacto con un grupo más amplio de jóvenes (ocho mujeres y siete hombres cursando universidad).
Los criterios de inclusión fueron: vivir y haber cursado sus estudios de preparatoria (ya sea pública o privada) en Guerrero y experimentar algún tipo de violencia que desencadenó su desplazamiento hacia Morelos. Una vez que se estableció contacto por medios electrónicos con las y los jóvenes universitarios, se les compartió el objetivo del estudio y el formato de consentimiento informado, en todo momento hubo una protección de datos y el uso fue de carácter anónimo. Al estudiantado participante se les informó sobre los canales institucionales de atención psicológica que brinda la Universidad Autónoma del Estado de Morelos –UAEM– a la comunidad universitaria.
Las y los estudiantes participantes en el estudio provienen de ocho municipios de Guerrero (Acapulco de Juárez, Taxco de Alarcón, Iguala de la Independencia, Chilpancingo de los Bravo, Buenavista de Cuéllar, Atoyac de Álvarez, Juan R. Escudero y General Heliodoro Castillo). A la salida de su comunidad de origen se desplazaron hacia Morelos, ubicándose en los siguientes municipios: Cuautla, Jojutla, Cuernavaca y Temixco, espacios en donde cursan las licenciaturas en Diseño molecular, Economía, Biología, Trabajo social, Psicología (ver Tabla 1). El rango de edad de las y los jóvenes es de 19 a 26 años, edad en la que experimentaron su primer desplazamiento, la mayoría solas y solos; en un par de casos refirieron que los acompañó algún familiar.
| Clave | Edad | Sexo | Carrera (UAEM) |
| 1A | 22 | M | Lic. en Diseño molecular y Nanoquímica Facultad de Ciencias |
| 2D | 19 | F | Lic. Economía FESC |
| 3C | 20 | M | Lic. Economía FESC |
| 4G | 23 | M | Lic. Biología Facultad de Biología |
| 5J | 21 | M | Lic. Biología Facultad de Biología |
| 6T | 26 | F | Maestría en Nutrición Facultad de Medicina |
| 7S | 19 | F | Lic. en Ciencias de la Comunicación Facultad de Artes |
| 8K | 23 | F | Lic. en Trabajo Social FEST |
| 9Dd | 21 | M | Lic. en Trabajo Social FEST |
| 10E | 22 | F | Lic. en Psicología Facultad de Psicología |
| 11M | 19 | F | Lic. en Ciencias de la Comunicación Facultad de Artes |
| 12R | 22 | M | Lic. en Psicología Facultad de Psicología |
| 13B | 21 | F | Lic. en Biología FESJ |
| 14M | 19 | F | Lic. en Trabajo Social FEST |
| 15Ee | 19 | M | Lic. en Trabajo Social FEST |
Identificamos que la salida de sus comunidades de origen de Guerrero se dio desde el año 2011 y hasta el 2019, con tres picos: 2014, 2016 y 2018. El inicio del desplazamiento del estudiantado que participó en este estudio coincidió con el pico de homicidios dolosos en dicho estado, entre los años 2011-2012, pues para el 2013 “Acapulco se convirtió en la ciudad más peligrosa del territorio nacional” (Santiago e Illades, 2019, p. 258). Esos contextos violentos no pararon cuando se desplazaron a Morelos, tal como se podrá apreciar en los relatos del estudiantado.
El artículo contiene tres partes. En la primera presentamos un acercamiento sociohistórico de los contextos de salida –Guerrero– y de llegada –Morelos– del estudiantado; en la siguiente brindamos los resultados del estudio (dividido en dos apartados), y finalmente compartimos las conclusiones de la investigación.
Los contextos (violentos) importan
En este apartado compartimos un panorama general sobre los contextos de violencia que se viven en los estados de Guerrero y Morelos, para comprender el DFI de las y los participantes en el estudio, tratando de visibilizar las líneas que se tienden entre las violencias, los espacios geográficos y el desplazamiento de estudiantes.
Contexto de violencias en Guerrero
El estado de Guerrero, situado en la región suroeste de México, limita al norte con los estados de Michoacán, Estado de México, Morelos y Puebla, mientras que al este colinda con Puebla y Oaxaca. Al sur es limítrofe con Oaxaca y el Océano Pacífico, y al oeste con el Océano Pacífico y Michoacán (Instituto Nacional de Estadística y Geografía [INEGI], s.f.). La ubicación de esta entidad federativa le permite tener ventajas para el comercio y otras actividades económicas y sociales, aunque también le impone dinámicas complejas de violencia presentes en todas sus regiones.
Guerrero ha sido uno de los estados más afectados por las violencias en nuestro país. Basta revisar su historia para constatar diversos procesos de violencia económica, social y estructural, por mencionar solo algunas. Estas violencias han estado presentes tanto en el pasado como actualmente. Un ejemplo de esto fue la Guerra sucia durante las décadas de los sesenta a los ochenta, un conflicto en el que se persiguió a los movimientos guerrilleros encabezados por Lucio Cabañas y Genaro Vázquez y cuyas prácticas fueron la desaparición forzada, la tortura y la detención de los familiares de los guerrilleros, entre otras (Mendoza, 2011).
La investigadora Elena Azaola argumenta que pueden identificarse tres causas de la violencia actual en México: una son las formas de violencia que han existido en el pasado que no se vinculan a grupos de delincuencia organizada, pero sí son afines a otras formas de violencia; otra es el debilitamiento de las instituciones de seguridad y de justicia, y la última, la falta de políticas sociales y económicas que reduzcan las desigualdades (Azaola, 2012). Aunque en este estado están presentes las causas que refiere Azaola respecto a la violencia que azota Guerrero, esta violencia contemporánea también responde a la presencia de grupos del narcotráfico que se disputan el territorio y los cuerpos de las personas, especialmente en las zonas estratégicas para el tráfico de drogas y otros ilícitos. Estos grupos mantienen sus actividades a nivel local, nacional e incluso internacional (Mares, 2024).
Entre los principales grupos locales que controlan y ejecutan el tráfico de drogas en Guerrero al menos dieciséis están asentados en todas las regiones de esta entidad federativa, incluso también se puede encontrar ahí el cártel Jalisco Nueva Generación, grupo con presencia nacional que no solo domina el tráfico de narcóticos sino otras actividades como el secuestro, la extorsión, el robo y el homicidio (El Sur, 2023).
Según los datos del gobierno federal sobre la incidencia delictiva nacional de presuntos delitos registrados en enero-julio del 2024 (Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública [SESNSP], 2024), en Guerrero se registraron 15,312 delitos. Entre los más recurrentes se encuentran el homicidio –con 1,095 casos– y el robo –con 3,380–. Además las cifras muestran otras actividades ilícitas, como los llamados “delitos contra la libertad personal”, que incluyen el secuestro –con un total 194 casos– (SESNSP, 2024).
El impacto de estas violencias mencionadas se extiende a diversos grupos de la sociedad, siendo el estudiantado uno de los más afectados. La permanente amenaza de ser víctimas de alguna violencia ha traído como consecuencia que muchos de estos y estas jóvenes no sigan estudiando, o busquen desplazarse a otras partes de Guerrero o hacia otros estados colindantes del país.
Esta situación de violencia implica no solo la pérdida de vidas en términos utilitarios y de productividad sino que también afecta el tejido social y el desarrollo de las comunidades. La falta de políticas y estrategias efectivas de seguridad, añadida a la de un compromiso social para hacer frente a estos desafíos, han sido una constante en el estado de Guerrero. Lo anterior ha permitido que la situación actual se deteriore aún más, afectando gravemente a la población, aunada a la ausencia de una trayectoria en la gestión pública del gobierno en turno. Esto ha derivado en un aumento y continuidad de la criminalidad, al no tener respuestas efectivas para combatirla.
Contexto de violencias en Morelos
El estado de Morelos está situado en el centro-sur de México; colinda al norte con el Estado de México y la Ciudad de México, al este con el Estado de México y Puebla, al sur con Guerrero y Puebla, al oeste con el estado de Guerrero y también el Estado México (INEGI, s.f.). Esta ubicación geográfica le otorga una posición estratégica, existiendo un punto de conexión entre la Ciudad de México y otros estados del sur del país.
Su cercanía con Guerrero ha influido en la dinámica de seguridad en Morelos, haciendo que las violencias se amplíen a su territorio, lo cual afecta tanto a la población local como a quienes migran hacia el estado en busca de un entorno más seguro, como es el caso del estudiantado universitario guerrerense. Peña y Ramírez (2015) plantean que Morelos y Guerrero comparten un “corredor de la violencia” que se extiende desde la Ciudad de México hasta Acapulco, y documentan que “en los municipios por los que atraviesa esa carretera […] ocurre la mayor cantidad de delitos de alto impacto como: homicidios, secuestros, extorsiones y robos con violencia” (2015, p. 51), entre otros. Este planteamiento permite meditar sobre otras aproximaciones a las causas de las violencias y sus interrelaciones.
En el año 2024 Morelos fue uno de los estados con mayor índice de violencia en nuestro país, caracterizado por el aumento en diversos delitos de alto impacto, por ejemplo, homicidio, feminicidio, secuestro, abuso sexual, robo, entre otros. Según datos del informe ya referido de la SESNSP (2024), en Morelos se registraron 27,168 delitos.
Esta violencia no solo afecta a la población en general sino también a grupos específicos, como los y las estudiantes desplazados/as y locales, quienes se ven especialmente vulnerables ante estos escenarios. Diversos informes reflejan una preocupante tendencia al alza en los delitos cometidos en Morelos. Del 2018 al 2024 el estado presentó un crecimiento en la inseguridad y violencia (SESNSP, 2024). Según la organización Morelos Rinde Cuentas, en el gobierno de Cuauhtémoc Blanco, “del 1 de octubre de 2018 al 31 de junio de este año, se han registrado 6,028 homicidios dolosos, 212 feminicidios, 226 secuestros, 6,710 despojos y 24,149 robos de vehículos” (Pedroza, 2024).
En una entrevista realizada por el periodista Jaime Luis Brito con Roberto Salinas, director de Morelos Rinde Cuentas, este mencionó que las violencias que se viven en Morelos afectan a las familias porque estas tienen que modificar sus actividades cotidianas en función de las dinámicas de violencia que se viven diariamente en ese estado. En esa conversación Salinas indicó que el gobierno de Morelos se caracterizó por su desinterés por resolver las distintas problemáticas de la entidad, alejado de la gente y de las comunidades (Brito, 2024). Además afirmó que
La violencia, la delincuencia es la que está ocupando esos lugares donde no hubo desarrollo económico, donde no hubo fortalecimiento de las policías, donde no hubo mejora de las condiciones o el crecimiento en el número de policías; estos [vacíos] se ocupan por la delincuencia, por esta violencia que hoy nos está atemorizando y nos mantiene en la incertidumbre a los ciudadanos [Brito, 2024].
El impacto de las violencias que viven los estudiantes en Morelos, tanto desplazados como locales, es profundo. Quienes se han desplazado de regiones igualmente violentas como Guerrero se enfrentan a una nueva ola de inseguridad que afecta su bienestar y rendimiento académico. La violencia genera un entorno de constante amenaza, lo que se traduce en afectaciones para su salud mental, emocional y física porque, tal como ellas y ellos lo comparten más adelante, deben generar estrategias de sobrevivencia en cualquier espacio en el que transiten.
Resultados
En este espacio compartimos los resultados de nuestro trabajo de campo. En primer lugar presentamos cómo el estudiantado vivía las violencias en sus comunidades de origen en Guerrero. En segundo lugar compartimos sus experiencias de desplazamiento hacia Morelos y la existencia de una continuidad de las violencias en los espacios morelenses a donde llegaron a vivir. En ambos puntos se pueden apreciar las diferentes estrategias que el estudiantado universitario puso en marcha para poder enfrentar las situaciones de violencia en dichos contextos.
“¿Cómo vivía en Guerrero?”
En la investigación encontramos que el primer pico de salida del estudiantado fue en el año 2014 y tuvo que ver directamente con el contexto de violencia que vivía el estudiantado, acrecentado con la desaparición de los 43 jóvenes estudiantes de educación superior de la Escuela Normal Rural “Raúl Isidro Burgos”, en el municipio de Iguala de la Independencia, de donde son originarios/as tres estudiantes (dos mujeres y un hombre).
El segundo pico se suscitó en el 2016. En ese tiempo se reconocía que Guerrero era aún más violento que cuando desaparecieron los estudiantes normalistas y, según el recuento que hicieron Santiago e Illades (2019), desde el 2013 hasta el 2017 –retomando los datos públicos del SESNSP–, “el año más violento fue 2016 con 2,844 asesinatos (p. 264).
El tercer y último pico fue en el 2018 y coincide con un elevado número de homicidios en varios de los municipios de Guerrero, tal como lo documentaron Hernández y López (2024). Además se documentó que en ese mismo año fueron las elecciones federales en México, que coincidieron con el aumento de la violencia política en Guerrero. De acuerdo con Hernández (2020), la entidad federativa con más asesinatos políticos fue Guerrero, con doce crímenes registrados. Estos eventos incrementaron la percepción de inseguridad y riesgo.

Municipios de residencia: Taxco de Alarcón, Iguala de la Independencia, Buenavista de Cuéllar, Chilpancingo de los Bravo, Atoyac de Álvarez, Acapulco de Juárez, Juan R. Escudero, General Heliodoro Castillo.
Fuente:INEGI, s.f. (con base en el trabajo de campo, 2019).Como se muestra en la Figura 1, el estudiantado entrevistado que partió de Guerrero a Morelos provenía, en su mayoría, de familias que valoraban la educación y apoyaron la decisión de sus hijos e hijas de cambiar de territorio. La mayoría de las personas entrevistadas vivían bajo la supervisión de sus familias y tenían una rutina y horarios con actividades relacionadas con sus estudios de educación media superior o a su edad –“había la libertad de salir” (12R, 2019)–, solo cuatro de los/as entrevistados/as estudiaba y trabajaba. Cuando salían a divertirse adoptaban estrategias de autocuidado como apoyarse en sus redes de amigos/as, evitar situaciones de riesgo, no acudir a lugares considerados peligrosos, no caminar por calles desiertas y limitar las salidas nocturnas. Siempre había la encomienda de salir acompañados/as, de avisar dónde estaban y evitar salir a altas horas de la noche, tal como relatan dos de las entrevistadas:
Nunca andaba sola, siempre estuve con mis amigos de la iglesia, con mi grupo de amigos más cercanos, nos esperábamos, nos reuníamos, siempre juntos, los hombres nos llevaban a casa, nos acompañaban, y así, siempre juntos porque sí teníamos el temor de que algo pudiera pasar [7S, 2019].
Tenía que salir temprano porque ya en la tarde-noche era peligroso [11M, 2019].
Las madres y padres de estos y estas estudiantes tuvieron un papel central en la decisión de desplazarse a Morelos para estudiar una licenciatura. Ante la constante amenaza de inseguridad en Guerrero –“allá [Acapulco] está muy peligroso” (10E, 2019)–, buscaron alternativas que garantizaran tanto su bienestar físico y emocional como su futuro académico. Las madres y los padres priorizaron la seguridad, sacrificando la cercanía familiar y el arraigo comunitario en Guerrero, tal como se puede observar en los siguientes relatos.
Tuve un intento de secuestro; yo estaba en el gimnasio, entonces yo venía saliendo del gimnasio, venía acomodando mis cosas, y en el fondo de la salida del gimnasio había un carro, cuando siento encima a uno de los hombres y me empieza a golpear, el otro me agarra, yo no tengo la menor idea de dónde saqué tanta fuerza para escaparme, lo que sí me acuerdo bien es que llenaron un trapo y quisieron dormirme, me lo pusieron en la boca, entonces yo dije “no sé cómo le hago pero me escapo”, como que me aguadé y dijeron “ya se durmió” y me iban a cargar, pero yo no sé de dónde saqué tanta fuerza, pataleé, tire golpes y me aventé, y cuando vi que me iban a levantar dije “vámonos”, corrí [9Dd, 2019].
En las narrativas del estudiantado que se cambió de sus lugares de origen emergen los motivos que impulsaron su DFI de Guerrero hacia Morelos. Encontramos que estos fueron principalmente la inseguridad, la percepción de que la violencia está presente como algo común en la vida cotidiana: “había lluvias de descargas” (13B, 2019) en pleno día; “está feo, es peligroso” (11M, 2019). La inseguridad fue un factor determinante de este desplazamiento para encontrar un territorio más seguro.
El miedo constante a la violencia no solo era físico sino también psicológico, y como consecuencia de esto vivían en constante incertidumbre por ser víctimas de la inseguridad en cualquier momento, como lo narra una estudiante: “no sabes si te va a tocar una balacera saliendo de tu casa” (13B, 2019). Este miedo no solo afectaba su libertad cotidiana sino que también marcaba decisiones familiares drásticas. Así relata el entrevistado 1A:
Mis tíos tuvieron problemas con el narco, por lo tanto, a mis papás les daba miedo, porque justamente eran dos de mis tías, tías directas, hermanas de mi papá, que tuvieron problemas con el narco. Entonces, a mis papás les daba miedo que siguiéramos ahí porque, por el simple hecho de ser familia, pues podíamos estar comprometidos en esas cosas. Lo que ellos prefirieron fue sacarnos lo más pronto posible y que ya no regresáramos [1A, 2019].
Estas sensaciones de frustración y miedo están asociadas con la imposibilidad de disfrutar plenamente de la vida social. Otro factor enunciado por el estudiantado fueron las limitadas posibilidades de seguir estudiando en Guerrero. Este panorama los impulsó a continuar sus estudios en Morelos. Entre las razones que encontramos están la falta de carreras universitarias, la baja calidad educativa –“los conserjes eran los que me daban clase” (1A, 2019)– y la infraestructura deficiente en las instituciones de educación superior.
En el caso de las carreras, revisamos las opciones de licenciaturas que tiene la Universidad Autónoma de Guerrero (UAGro, 2024) y esta no cuenta con Diseño Molecular y Nanoquímica (1A, 2019), Nutrición (6T, 2019) y Trabajo Social (8K, 2019, 14M, 2019 y 15Ee, 2019), por ejemplo. Hay carencia de opciones laborales –“no tengo futuro allá” (13B, 2019)– y la percepción de que la educación es mejor en Morelos, tal como comentó el estudiante 3C:
Hasta segundo año de secundaria era muy buena la educación, hasta en tercero noté que no era lo mismo porque recién cuando entré aquí al Conalep sí hubo un problema del nivel de educación, sí era mucho más bajo allá que acá y sí se me complicó bastante [3C, 2019].
Todo lo anterior fueron también determinantes que se suman a la necesidad de mudarse a otro estado y buscar un entorno propicio para su desarrollo personal y profesional. Las limitadas oportunidades económicas y educativas (por ejemplo, las escasas carreras universitarias o baja calidad educativa, tal como lo visibilizamos en los relatos del estudiantado) también fueron motivos para salir de Guerrero, entremezclándose con el contexto violento.
“¿Cómo vivo en Morelos?”
En el trabajo de campo observamos que la salida de las y los estudiantes de Guerrero tuvo que ver con experiencias violentas en su vida cotidiana y también para buscar otras oportunidades de vida y de estudio. Sin embargo, su llegada a Morelos no cambió mucho, pues se advirtió una continuidad de las violencias, incluso hubo estudiantes que manifestaron que esas experiencias fueron más generalizadas, sintiéndose vulnerables en todo momento, particularmente en el lugar que pensaban que sería su “espacio seguro” (7S, 2019): la universidad, tal como se puede advertir también en el estudio de Macleod y Morales (2015). Esta reconfiguración de violencias en Morelos evidencia lo que en la introducción nombramos como territorio-rizomático: un espacio donde las conexiones violentas no desaparecen, sino que se reconfiguran en nodos diferentes pero interrelacionados.

En la Figura 2 podemos ver los municipios de Morelos a los que llegaron a vivir los participantes de este estudio. Todas y todos compartieron las diferentes vivencias de acoso sexual, asaltos a mano armada en la calle, asaltos en casa, escuchar disparos, secuestros –ya sea de manera directa o bien a través de sus amigas y amigos de la universidad y de su trabajo– desde su llegada a Morelos, lo que hace que su desplazamiento hacia los nuevos espacios escolares y de vida sean más tensionantes –“desde que llegué a Morelos me siento más nerviosa, a mis amigas ya les pasó que las querían asaltar y me da miedo que eso me pase” (6T, 2019)–.
Además reflexionaron sobre las comparaciones entre Guerrero y Morelos y visibilizaron puntos que, desde su perspectiva, los hacen diferentes, pero también identificaron elementos en los que se parecen, desde el punto de vista de los contextos violentos que han experimentado –“mis papás me dijeron ‘mejor vete a Morelos, allá no hay problemas, es más tranquilo’ […] pero aquí [en Temixco] me siento con miedo porque no es como pensábamos” (14M, 2019)–. Esta sensación de “venir a lo mismo” muestra que las violencias no se dan como hechos aislados sino como redes móviles que se desplazan, se intensifican o se atenúan según el territorio, tal como lo plantea la idea de territorio-rizomático. El mismo joven que en Guerrero tuvo un intento de secuestro y por ese motivo se desplazó hacia Morelos comentó: “Yo dije ‘me vengo de un lugar y me vengo a otro y viene siendo casi lo mismo’, aquí [en Jiutepec] me asaltaron, me quitaron hasta los tenis, tuve mucho miedo otra vez” (9Dd, 2019). Así lo describió también la estudiante 7S, que actualmente vive en Cuernavaca:
Ahora veo que Morelos es muy violento también, pero antes que vivía en Iguala [Guerrero] pensaba que no, no sé, no ponía atención a las noticias o no lo quería ver, no nos llegaban las noticias así, como aquí que te enteras de todo. Entonces pensaba que Morelos no era violento, pero al llegar aquí me di cuenta, híjole, qué feo. Empecé a escuchar cosas y luego una amiga mía se enteró que otra chava fue secuestrada justo frente a mi casa en donde rento, y cuando lo supe dije “¿Cómo? ¡Si en esa casa yo rento!”. Ahí sí fue cuando dije “esto está muy mal”. Ya cuando vi eso, cuando nos enteramos de que aquí mismo en la uni [UAEM] te asaltan y yo digo “pero, ¿cómo? Si este es mi espacio seguro”, no lo podía creer; en avenida Universidad asaltan, en la curva, eso todos lo sabemos, y yo, “no lo puedo creer, no, es la universidad”. Yo veo dos tipos de violencias, una que vi en Guerrero, es que era una violencia, ¿cómo decirlo?, como, algo así como dirigida, como a personas en particular, y se decía que era porque estaban en el narco, que porque andaban en malos pasos, no sé, pero era a ciertas personas. Pero aquí en Morelos pienso que la violencia es generalizada, a cualquiera nos puede tocar. Te digo, que nos asalten en nuestro lugar seguro, en nuestra propia universidad, y que te quiten tu pasaje o te maten por un cel o que te secuestren solo porque vas caminando sola, ahí sí dices, “pero, ¿cómo, o por qué? Si yo solo voy a la escuela” [7S, 2019].
La distinción que hace 7S entre una violencia “dirigida” en Guerrero y una violencia “generalizada” en Morelos, muestra cómo el rizoma de la violencia opera a múltiples escalas, modificando su forma según el espacio y el momento, pero manteniendo su capacidad de afectar cuerpos y trayectorias.
Desde la reflexión y experiencia del estudiante 5J se externó lo siguiente:
Aquí en Morelos no es mucho de matar, aquí en Morelos es mucho de asaltar, de violar a mujeres, de cosas no leves, pero en Guerrero, ahí sí creo que está fuerte porque son muertos y descabezados, que las ves tiradas, a veces llegan y los avientan afuera de tu casa o los cuelgan, y son imágenes muy fuertes. Aquí en Morelos sí hay violencia, pero no tan fuerte, nada más pasan los carros fun, fun, fun, y se empiezan a agarrar en la calle; aquí no he visto descuartizados y en Guerrero sí, hubo un tiempo en Guerrero que sí era de muertos, al día siguiente más muertos, todos los días muertos, y aquí sí hay violencia, pero creo que en Guerrero está más fuerte, por eso me vine para acá, quiero pensar que aquí está mejor [5J, 2019].
La descripción que nos comparte 5J convoca a reflexionar sobre la naturalización de las violencias en nuestra vida cotidiana, desde donde creamos y co-creamos narrativas como una especie de estrategia/refugio para sentir que tenemos cobijo en los lugares de residencia. Dicha narrativa desde luego que está muy alejada de la acción pública del Estado para la protección y cuidado de las vidas de los/as jóvenes universitarios/as.
El estudiantado llegó a Morelos a vivir en Cuernavaca, Cuautla, Temixco y Jojutla, cinco de los municipios en donde se registra un alto índice de violencia en varios rubros (SESNSP, 2024). En el caso de Temixco, por ejemplo, la estudiante 14M, originaria del municipio General Heliodoro Castillo, narró que fue víctima de un asalto, prácticamente al llegar: “el año [2018] en que llegué a Temixco me asaltaron, era como a las cuatro de la tarde, ese día mi papá me había depositado para mi mes y me lo quitaron, también un anillo que traía” (14M, 2019). Otro estudiante, 15Ee, originario de Atoyac de Álvarez, que estudia y vive también en Temixco pero trabaja en Cuernavaca, comentó que “Morelos no me espanta, pero sí hay cosas que no son bonitas, a mí ya me asaltaron, eran como las ocho de la noche, salía de trabajar, me pusieron la pistola” (15Ee, 2019).
Además de todas las formas de violencia que hemos descrito, el acoso sexual es otra de las violencias que sufren las estudiantes. La participante 2D, que vive y estudia en Cuautla, describe cómo se siente de vivir en un contexto violento que vulnera sus derechos, y la manera en que implementa estrategias para tratar de contrarrestar ese tipo de situaciones:
No sabes si te va a pasar algo, siempre que salgo a la calle llevo mi mochila supercerrada, no saco nada, porque por lo mismo no quiero que me asalten o ser un blanco fácil para los asaltantes o que me llegue a pasar algo. De noche yo no salgo aquí, o si salgo es con más amigos, nunca sola […] Mis papás saben siempre dónde estoy, ellos me marcan todos los días para saber dónde estoy […] Me preocupa que, si voy a la escuela, ya no regrese, el camino hacia la escuela me da miedo, también la parte del centro de Cuautla y por donde vivo, no puedo dar un lugar específico porque siento que todo aquí está así, luego siento las miradas o las cosas feas o los chiflidos que hacen los hombres y es difícil tener que aguantarse el enojo y no hacer caso y seguir [2D, 2019].
Podemos visibilizar que el acoso sexual es una de las violencias generalizadas en las narrativas de las estudiantes, ya sea en Guerrero o en Morelos, dicha violencia se mantiene en todos los espacios. Estas son parte de las violencias estructurales de género que no se disuelven al cambiar de geografía, de Guerrero a Morelos o de los espacios educativos de nivel medio a universitario, como fue con ellas, sino que persisten en sus nuevos contextos. Según Segato (2003), las violencias de género no son hechos aislados sino que son consecuencia de patrones sistemáticos y culturales arraigados en las sociedades patriarcales. Esto explica por qué las estudiantes que experimentaron acoso sexual en Guerrero continuaron enfrentando esas mismas violencias al desplazarse a Morelos.
En ese sentido, las estudiantes desplazadas no solo deben enfrentarse a la inseguridad que motivó su salida sino también a la continuidad del acoso y las violencias sexuales en su nuevo lugar de permanencia, lo que muestra la persistencia de la desigualdad de género y la falta de políticas efectivas para proteger a las mujeres en ambos espacios geográficos. De esta forma se evidencia que los territorios tienen género, ya que simbolizan espacios de miedo e inseguridad constantes para las estudiantes que llegaron de Guerrero a Morelos, como lo narraron al hablar de su situación en Morelos:
Pues sí, un poco insegura porque, pues, somos mujeres, entonces el hecho de salir a la calle sí es un riesgo todos los días [2D, 2019].
Entonces, si voy, voy con alguien más, nunca sola [10E, 2019].
Aquí nomás que no andes de noche y sola porque, pues es peligroso, y sí, nada más intento no estar sola muy tarde, porque igual aquí en la avenida Universidad apenas había desaparecido una niña, pero ya la encontraron. Intento no estar por esa zona [11M, 2019].
Desde el análisis de género y la territorialidad se visibilizó que las violencias que experimentó el estudiantado no afectan de manera homogénea sino que las y los jóvenes suelen enfrentar riesgos diferenciados, como acoso, hostigamiento, control territorial criminal y precariedad institucional en los espacios universitarios. Estos elementos complejizan la experiencia del DFI y evidencian que la llegada a una IES no garantiza seguridad ni condiciones de vida dignas. El género como categoría analítica nos permitió vincularlo con las experiencias de movilidad y violencias porque este es, según Martínez y Lindig (2013), un orden estructurante de las relaciones entre hombres y mujeres (p. 15), es decir, un proceso que organiza cuerpos y subjetividades. En ese sentido, podemos decir que no solo importa quién se desplaza, sino cómo ese cuerpo es leído, marcado, encarnado y regulado por ese territorio-rizomático. Para las estudiantes mujeres el DFI se articuló desde prácticas patriarcales que intensificaron el control sobre sus trayectorias. La mirada de las autoras citadas nos permite comprender cómo las violencias que enfrentan las estudiantes no solo están relacionadas a dinámicas del territorio sino también a estructuras de poder que moldean sus cuerpos y las posibilidades de movimiento.
Asimismo identificamos que las estrategias para vivir y estudiar en Morelos que implementa el estudiantado universitario tienen que ver exactamente con lo que hacían antes, pero en Guerrero –“guardar el celular, trato de no ir muy solo” (9Dd, 2019); “no hablo con la gente que no conozco, no la saludo, no llevo cosas de valor” (14M, 2019); “si voy a salir de fiesta, me quedo en casa de mis amigos y, al otro día, cada quien a su casa” (1A, 2019)–; por todo lo anterior es que se confirma una continuidad de las violencias en dichos espacios geográficos. Como se mostró en la introducción, esta continuidad no es lineal ni estable sino rizomática: una trama de violencias que se readaptan, se conectan entre sí y reemergen en nuevos territorios, trastornando de manera diferenciada las vidas y estrategias del estudiantado.
Conclusión
En los resultados que compartimos podemos advertir que el estudiantado universitario en su totalidad relató experiencias de violencias en Guerrero, ya sea en su persona, de algún familiar o de amigos/as. Una vez que se instalaron para vivir y estudiar en Morelos, ellos y ellas han experimentado una continuidad de las violencias en ese estado, lo que demuestra el carácter circulatorio y dinámico de las violencias que no se limita a las fronteras geográficas ni responde a lógicas solo lineales, tal como se planteo en la introducción.
En ese sentido podemos afirmar que la topografía cambia, las violencias mutan, y producen variaciones que se insertan en las subjetividades del estudiantado. Ellas y ellos creían que al cambiar su espacio de vida y de estudio las violencias que conocieron y experimentaron en Guerrero se quedaban ahí. Sin embargo, hay otros elementos que se combinan y se relacionan con el espacio y las violencias, especialmente las configuraciones espaciales desiguales, los regímenes de estigmatización juvenil y la manera en que ciertos territorios producen cuerpos vulnerables; por ejemplo, ubicamos tópicos como el género, el grupo demográfico en específico (jóvenes), los aspectos socioeconómicos y la ausencia de políticas públicas en educación superior, por mencionar algunos.
Identificamos también que la experiencia de las mujeres estudiantes que se desplazaron de Guerrero a Morelos confirma que las violencias sexuales trascienden las fronteras geográficas. A pesar de buscar un entorno más seguro, la violencia, particularmente el acoso sexual, continúa siendo una constante en su cotidianidad. Esto refuerza que el género, entendido como un orden estructurante de cuerpos, relaciones y territorios, configura de manera diferenciada la experiencia del DFI.
Por esa razón denunciamos en este estudio que el desplazamiento geográfico no garantiza la protección frente a violencias estructurales ni de género. La persistencia de estos problemas en Morelos visibiliza que la violencia no está vinculada únicamente a un lugar sino que forma parte de un entramado social, cultural, político y estructural más extenso que opera como un territorio-rizomático, arraigado en sistemas patriarcales en los que vivimos mujeres y hombres en el país.
Deseamos cerrar-aperturar este artículo diciendo que, hasta ahora, el discurso de los diferentes gobiernos en México sostiene que estos protegen la vida de las y los jóvenes, sin embargo, esa pretensión política se disuelve frente a las experiencias dolorosas de quienes viven día con día las múltiples violencias. Por ejemplo, en el estudio que compartimos se advierte que son precisamente los/as estudiantes desplazados/as –junto con sus familias y amistades– quienes implementan acciones individuales y comunitarias solidarias para procurar la construcción de una red de cuidado, refugio y apoyo que les permita transitar entre los espacios violentos de origen-llegada, mostrando que el DFI no es un simple movimiento espacial sino una reconfiguración marcada por desigualdades territoriales, de género, etarias y de clase.
Desde nuestra propuesta de territorio-rizomático, los espacios públicos pueden analizarse como espacios de disputa, en los que surgen resistencias que son capaces de cuestionar esas geografías de miedo. El análisis geográfico y territorial rizomático permite comprender cómo las violencias ordenan cuerpos, delimitan circulaciones y producen subjetividades, mostrando que los territorios habitados por las juventudes, incluso cuando se desplazan buscando seguridad para estudiar, están modelados por fuerzas estructurales-sistémicas que exceden lo puramente espacial. En consecuencia, concluimos que lo que vive el estudiantado de Guerrero y Morelos no es solo el tránsito entre dos estados sino el desplazamiento entre territorios marcados por dispositivos de control, desigualdad y estigma que configuran sus proyectos educativos, sus expectativas de futuro y sus propias formas de habitar el mundo.
En el presente trabajo las limitaciones son varias. Una de estas se refiere al número de participantes. El estudiantado incluido no permite que los resultados puedan generalizarse al total de estudiantes desplazados por la violencia en México; sin embargo, estos sí ofrecen una comprensión situada de las vivencias y experiencias del grupo de Guerrero en Morelos. Otra limitación tiene que ver con las historias de vida que fueron producto de una temporalidad específica y no incorpora la evolución de las trayectorias de desplazamiento o de regreso. Con base en dichas limitaciones se sugiere ampliar el universo de estudio, incluir metodologías que sigan otros contextos de salida y llegada del estudiantado para analizar cómo es el DFI de este grupo en particular.
Asimismo sugerimos revisar el DFI del estudiantado universitario desde una perspectiva que incluya categorías como género, edad, clase, escolaridad y territorio. Y en el caso de las IES resulta imperante que se reconozca el DFI como una problemática que afecta en particular las trayectorias académicas y en general la vida misma de los y las estudiantes universitarios. En ese sentido, recomendamos vincular categorías de violencia, movilidad escolar, enfoques territoriales y de género que permitan ubicar los riesgos en los espacios universitarios y los trayectos de este grupo analizado. Hacemos un llamado urgente a las autoridades de educación superior federales, estatales y municipales para diseñar protocolos de atención para las y los estudiantes desplazados por violencia en el país.
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