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Sismología. Extractivismo epistémico, paradojas raciales y soberanía cultural
Fabián Villegas
Fabián Villegas
Sismología. Extractivismo epistémico, paradojas raciales y soberanía cultural
Millcayac - Revista Digital de Ciencias Sociales, vol. VI, núm. 10, pp. 13-20, 2019
Universidad Nacional de Cuyo
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DOSSIER

Sismología. Extractivismo epistémico, paradojas raciales y soberanía cultural

Fabián Villegas
Contranarrativas Consultora
Millcayac - Revista Digital de Ciencias Sociales, vol. VI, núm. 10, pp. 13-20, 2019
Universidad Nacional de Cuyo
Sismología. Extractivismo epistémico, paradojas raciales y soberanía cultural

El presente dossier, titulado Contranarrativas: Epistemologías descoloniales, racialidad y mapas de la conciencia, es fruto de un esfuerzo colectivo y coadyuvante entre la red colaborativa de Contranarrativas y el equipo editorial de Millcayac.

En septiembre de 2018, a través del seminario virtual: Sismología, extractivismo epistémico, paradojas raciales y soberanía cultural, en el que participaron alrededor de 50 personas de 11 países distintos, decidimos elaborar conjuntamente una iniciativa que permitiera sistematizar y documentar el intercambio, los diálogos, las reflexiones y debates, vertidos durante el desarrollo del seminario.

La articulación y el encuentro de un cúmulo de actoras y actores sociales provenientes de distintos espacios organizativos, culturales, académicos, comunitarios, movimientos sociales de América Latina y el Caribe, Europa y África abordando críticamente y elaborando estrategias sobre descolonizaciones, racialidad, feminismos comunitarios, soberanía cultural y geopolítica del conocimiento, estimularon la posibilidad de construir una experiencia de sistematización y registro del seminario.

Fue así que a través de la directora de la revista Millcayac, Rosana Rodríguez, quien participó del encuentro, surgió la invitación para coordinar colectivamente el presente dossier, a través de una convocatoria y un sistema de registro en el cual las y los participantes postulaban un texto enmarcado en los tópicos transversales del seminario, así como en las pautas editoriales de la revista Millcayac.

Creemos con fervor que es una enorme experiencia de articulación, diálogo y cruce, que potabiliza enormemente los esfuerzos por construir pensamiento crítico desde experiencias mucho más democráticas, descentralizadas y verdaderamente estimulantes para el diálogo y los horizontes epistémicos en el Sur.

Desde el nacimiento de Contranarrativas, sentamos como imperativo la articulación, el trabajo colectivo, la inteligencia colaborativa y la socialización de capacidades inventivas al servicio de tres ejes fundamentales: la perspectiva anticolonial, los estudios del Sur global y la lucha antirracista. Razón por la cual celebramos con alegría este espacio de diálogo, encuentro y construcción colectiva.

Contranarrativas, como todo proyecto horizontal y colaborativo, ha tenido un viaje itinerante, fluctuante, de construcción y resignificación permanente. En su primera fase, teníamos el deseo de crear una editorial independiente, que diera acompañamiento y sistematización a un proyecto de historia oral, educación popular y literatura testimonial que desarrollamos en Panamá, República Dominicana, Puerto Rico y Guatemala.

Seguimos creyendo en el impacto que tienen las iniciativas editoriales independientes para lograr mecanismos y estrategias de descentralización, democratización y descolonización de los espacios de producción de conocimiento. Sabemos del nivel de control, centralización y criterio curatorial que poseen las editoriales tradicionales para definir quién genera conocimiento, dónde se produce conocimiento, bajo qué canales se socializa ese conocimiento, quién recibe ese conocimiento y qué conocimiento se produce, entendemos así el 80% del mundo editorial como un espacio que históricamente se ha encargado de producir y socializar el paradigma occidentalocéntrico de conocimiento con todos los marcadores de raza, género, clase, territorialidad que eso representa.

En su segunda fase, partiendo de la inserción que algunas compañeras y compañeros de la red tenemos sobre construcción y articulación de redes de comunicación libre en América Latina, buscamos conformarnos como una iniciativa de comunicación libre, periodismo independiente y prensa comunitaria para transversalizar los ejes arriba mencionados, a través de una plataforma web y el uso híbrido de las redes sociales. Sin embargo, sometimos a reflexión los horizontes y la comunicación efectiva que se produce a través de las iniciativas de comunicación libre, que nos llevaron a tomar ciertas decisiones sobre el cuerpo del proyecto.

Quien ha tenido experiencia laborando con proyectos de comunicación libre sabe perfectamente lo demandante que resultan, partiendo de la encrucijada en la que nos hemos atrapado quienes trabajamos desde la comunicación libre. Que es justamente trabajar a través de coyunturas, asunto que es vital en la medida que permite dar acompañamiento y servir como satélites de comunicación a procesos de organización comunitaria, movilización social y luchas populares. Sin embargo disputar comunicación, información a través de coyunturas y crear contranarrativas a los relatos de la comunicación hegemónica, a veces acostumbra a nuestras/os lectores a consultarnos solo cuando tiene algún tipo de incertidumbre sobre el relato que la comunicación hegemónica ha instalado sobre algún acontecimiento en particular, y a nosotras/os nos acostumbra a instalarnos en el horizonte contranarrativo de la coyuntura, y no a disputar y producir conocimiento fuera de ella. Aunado a que existe una multiplicidad de redes y proyectos de comunicación libre en ese eje que realizan un trabajo excelente. Por tanto, decidimos concentrar más los esfuerzos en una plataforma de comunicación libre no exclusivamente centrada en coyunturas sino en análisis sobre perspectiva anticolonial, estudios del Sur global y lucha antirracista desde un formato editorial más fresco, indisciplinado, alejado del lenguaje académico tradicional con el que se abordan usualmente estos ejes.

En su tercera fase como resultado del seminario internacional Epistemologías descoloniales, racialidad y mapas de la conciencia que impartimos en la Universidad de São Paulo, Universidad Nacional de Costa Rica, Universidad Autónoma de Santo Domingo y Universidad Autónoma de Quintana Roo, decidimos autonomizar un espacio de formación permanente y una plataforma de aula pública global en la que a través de seminarios, cátedras, congresos, simposios, talleres transversalizamos los tres ejes fundamentales del proyecto desde un espacio descentralizado, incluyente y desescolarizado.

Una de las premisas fundamentales del proyecto es trascender los límites del espacio académico y sus canales tradicionales de producción de conocimiento, a través de generar una perspectiva de interculturalidad radical que teja diálogos entre actoras, actores, colectivos, procesos, movimientos, organizaciones que no necesariamente provienen de los modelos formales de escolarización académica. Sino que vienen de otros procesos organizativos de lucha, resistencia, comunitarios, culturales, políticos y epistémicos.

A lo largo de dos años, la experiencia, el espacio de formación ha logrado articular a más de 240 participantes de 26 países y 3 continentes bajo la oferta de seminarios y cátedras presenciales y virtuales del esquema de aula pública.

En su cuarta fase, Contranarrativas creó un entramado de gestión cultural descentrado por nodo/país que dio cabida a procesos híbridos de investigación cultural, artística transdisciplinariedad y producción descentralizada de conocimiento. Creemos que es vital superar las fronteras disciplinarias de los paradigmas estacionarios de conocimiento, a través de un intercambio dialógico entre distintas prácticas, lenguajes, disciplinas, formatos, narrativas y abordajes que coadyuven en la construcción de estrategias y sistemas de un nuevo pensamiento anticolonial, antirracista y que tome con seriedad las experiencias epistémicas del Sur global.

¿Por dónde empezar?

Dijo el músico y economista Felwin Saar (2016) en su libro Afrotopía, haciendo un guiño a las tesis sobre cultura desarrolladas por el músico y el ex ministro de Cultura brasileño Gilberto Gil, que es parte fundamental para superar estas crisis multipolares, crear un nuevo diálogo civilizatorio a través de un nuevo paradigma cultural del siglo XXI. Paradigma cultural que supere el viejo modelo estacionario de la cultura decimonónica que reflexiona y legisla la cultura como un ministerio de artes: pintura, teatro, cine, literatura...otros. Que termina por silenciar, invisibilizar, residualizar todo el universo cultural y las experiencias epistémicas que no se enmarcan dentro de esas categorías coloniales de las bellas artes.

Gilberto Gil abogaba por una contraantropología de la cultura, en la que entendía la cultura metafóricamente como un cuerpo orgánico en el que cada órgano, del más grande al más pequeño, es constitutivo y dependiente uno del otro, no importa que tan pequeño sea, es vital para el funcionamiento del cuerpo total. La relevancia de la tesis no está tanto en esta metáfora que definió la estética del tropicalismo brasileño 25 años atrás, sino en la posibilidad de pensar experiencias culturales, experiencias epistémicas, experiencias de saber deducidas de espacios gnoseológicos no tradicionales, de la vida cotidiana, de los espacios de lucha. Tal como Amílcar Cabral (1973), quien entendía la cultura en el Sur global como todo ese conjunto de prácticas que son resultado de los procesos organizativos de resistencia. Y con resistencia no nos referimos a esa colonización del relato que se adscribe exclusivamente como práctica de desobediencia civil, sino a todo ese conjunto de prácticas que en el Sur global se han enmarcado como espacios de la defensa de la vida, y reconstrucción de la vida comunitaria. Bien esto podría ser a través del baile, la comida, el humor, la oralidad, la estética, la crianza, la relación con el territorio.

Reflexionamos sobre la transversalidad de la discusión cultural para pensar un nuevo diálogo en el siglo XXI que nos ayude a encarar la crisis civilizatoria, pero también para tener una conversación más honesta para identificar a qué nos referimos con epistemologías del Sur o experiencias epistémicas del Sur.

Los últimos 10 años la universidad latinoamericana ha incorporado dentro de sus estrenos discursivos la descolonización, la descolonialidad como adjetivos, metáforas y alegorías conceptuales de una manera totalmente indiscriminada. Y no es que sea de nuestro menester o jurisdicción legislar maltratos conceptuales, sin embargo, sí es importante identificar los niveles de despolitización, descontextualización, resignificación que la institución académica y la hegemonía cultural imponen sobre un concepto que tiene una enorme densidad revolucionaria y emancipatoria.

Eve Tuck (2012), en su excelente libro La descolonización no es una metáfora, aborda con cierta sorna el maltrato conceptual que ha tenido la categoría dentro de la hegemonía cultural en el contexto de las democracias liberales. Como un adjetivo ornamental para acompañar cualquier práctica o concepto: “descoloniza tu dieta”, “descoloniza el yoga”, “descoloniza tu sexualidad”. Si para los años 80, la categoría deconstrucción se volvió el lugar común del relato emancipatorio de los espíritus liberales, ya para el siglo XXI la hegemonía cultural hizo de la descolonización y la deconstrucción caras de una misma moneda. Probablemente para la tradición eurocéntrica de pensamiento crítico de raigambre posestructuralista, el que la deconstrucción se quedara instalada en una disputa performativa no resultaba tan perturbador, pero reducir la categoría de descolonización a una disputa performativa, simbólica, desvinculada de estructura y materialidad social, que legitima aquel criterio en el que “la sociedad se deconstruye como se deconstruye un texto”, resulta para las luchas anticoloniales y antirracistas en todo el mundo absolutamente conflictivo.

Lo que para Eve Tuck resultaba una falta de perspectiva materialista en el contexto de las democracias liberales (y con materialismo no nos referimos única y exclusivamente a las unidades analíticas de significación del totalitarismo eurocéntrico del marxismo tradicional), para el contexto latinoamericano podemos identificar como una perspectiva permanentemente desracializada de la descolonialidad.

Podríamos enumerar más de 20 ocasiones en las que hemos compartido mesa en conferencias, simposios, cátedras en instituciones académicas, centros culturales, fundaciones donde nuestras y nuestros colegas haciendo todo tipo de disertaciones sobre descolonialidad en ningún momento aluden a los conceptos de raza y racialidad. Parece que es cómodo hablar de “sistema mundo moderno, colonial”, “locus epistémico”, “geopolítica del conocimiento” y “diferencia colonial”, sin abstracciones de desigualdad racial, pigmentocracias y lógicas de colonialismo interno en la contemporaneidad.

No está de más decir que por mencionar la palabra fuego no nos vamos a quemar la boca, o que por enunciar descolonización vamos a provocar procesos descolonizadores, más cuando nuestros espacios de enunciación están sostenidos sobre estructuras y asimetrías coloniales.

Digámoslo más simple, no podemos apostar a lógicas descoloniales cuando nuestro espacio de enunciación no solo está sostenido sobre estructuras de desigualdad y asimetría colonial, sino que incluso las legitima y las reproduce.

El escozor que produce la palabra raza como categoría socio-jurídica en las construcciones de la latinoamericanidad es insondable, produce grietas, resemantiza heridas coloniales, desenmascara relatos e imaginarios nacionales, disloca gramáticas de identidad.

Este escozor es igualmente coextensivo al pensamiento progresista liberal y a los relatos emancipatorios de la izquierda latinoamericana blanca que ven en la realidad, una categoría, y en la categoría una incomodidad por superar, o un objeto conceptual por comodificar en su unidad de problematización epistémica.

De la misma forma que la construcción histórica de los Estados nación en América Latina operaron bajo el relato de lo mestizo, la construcción identitaria de la “latinoamericanidad revolucionaria” también se construyó sobre la lógica, la moral y el orden estético de lo mestizo, en la cual la blancura se refuncionalizó como una metáfora de modernidad, incluso de sofisticación emancipatoria.

Toda construcción nacional incubó imaginarios coloniales que instalaron en lo mestizo un correlato civilizatorio de ciudadanización y de blanqueamiento. O dicho de otra de forma los Estados nacionales crearon la necesidad de exorcizar todo marcador racial de la identidad nacional, que hicieron de lo mestizo, un patrimonio ideológico de Estado para encubrir las grandes desigualdades raciales por antagonismo colonial histórico, en la nación independiente.

En su libro Violencias (re)encubiertas, Silvia Rivera Cusicanqui (2013), con un tanto de sorna (queremos pensar) citó uno de los poemas de Octavio Paz en el cual escribió: “Las palabras no sirven para nombrar las cosas, sino para ocultarlas”, agregamos que ese ha sido justamente el papel del mestizaje, un papel totalmente metafórico, que no ha servido para nombrar identidades, sino para ocultar identidades, o encubrir las violencias y los procesos de despojo que gravitan alrededor de esas mismas identidades.

Partiendo de la premisa de que el gran desafío de la descolonialidad latinoamericana no es tanto señalar el colonialismo fundacional español de los siglos XV, XVI, XVII y parte del XVIII, como la capacidad para identificar y poner de relieve la refuncionalización y el proyecto de continuidad de ese colonialismo fundacional español, con las lógicas y estructuras de colonialismo interno, pigmentocracia y racismo institucional, producidas por una élite criolla dominante en el relato emancipatorio de los independentismos latinoamericanos. Así como desenmascarar el metarrelato de la modernidad, a través de trazar la relación inherente entre modernidad y colonialidad.

Valdría entonces la pena señalar que los esfuerzos por abordar dicha premisa no están siendo muy eficaces cuando se trata de diagramar vectores de opresión, desigualdad y violencia múltiple por marcador racial en la contemporaneidad.

La descolonialidad no puede ser un metarrelato del pasado, ni un fetiche ideológico en los anaqueles de la academia, que ha hecho del concepto no solamente un uso indiscriminado sino un concepto que solo tiene validez en cuanto más esté asociado a nociones abstractas de ancestralidad y premodernidad. Son ya lugares comunes las referencias bibliográficas de la descolonialidad hacia el pasado, que transitan de Guamán Poma Ayala, a Gaspar Yanga, únicamente como referencias y metarrelatos desvinculados de las luchas y reivindicaciones de sujetas y sujetos racializados a nivel regional. Metarrelatos construidos desde una perspectiva patrilineal de temporalidad, que van del esencialismo del pasado a una imposición narrativa del presente, que entre menos contemporáneos sean, menos coetáneos sean, más sustancia descolonial les acredita la intelectualidad criolla, la moral mestiza.

A partir de esta reflexión sería pertinente mencionar un debate un tanto indisciplinado e imprevisto que tuvimos en la Universidad de Quintana Roo, en Chetumal, México. Donde charlando sobre los modelos de colonialismo interno y epistemicidio producidos por las instituciones de educación pública y cultura como parte de los modelos del Estado posrevolucionario mexicano se desmanteló oficialmente el uso de muchísimas lenguas indígenas. Tan solo en 1820, el 65% de las lenguas que se hablaban en el territorio eran indígenas, a la fecha podríamos decir que solo representan el 6,5% de las lenguas habladas.

Cuando esta conversación pasa al campo universitario y a los espacios de profesionalización e investigación, de la lengua en este caso, el contexto de Quintana Roo, el maya, la situación se agrava por razones multifactoriales.

No solo nos enfrentamos a mezquindades de presupuesto, inclusiones jerarquizadas, currículas opcionales, epistemes subalternas, sino también a los procesos agresivos de estratificación racial del trabajo en la región que descalifican a la población maya para ejercer docencia sobre su propia lengua, y en vez las instituciones le otorgan esos espacios de docencia a la población blanca de la región, mientras que a la población maya la confinan a los trabajos más ínfimos en el sector administrativo, en el área de la seguridad y la limpieza.

En ese sentido la universidad no es un espacio al margen, como cualquier otra institución reproduce los vectores de desigualdad, opresión y violencia múltiple del modelo estructural. Sin embargo es de particular interés que instigar reflexiones serias sobre colonialismo interno, extractivismo cognitivo, división y estratificación racial del trabajo parecen reflexiones prohibidas en el seno del espacio académico.

En aquella ocasión, hicimos las preguntas abiertas sobre cuántas y cuántos docentes mayas ocupaban un espacio de docencia en la Universidad, no solamente dando lengua maya sino en cualquiera de las facultades de Humanidades, Ciencias Sociales, Artes, otras. Cuántas y cuántos docentes mayas ocupaban un puesto de docencia en el resto de las facultades, en toda la universidad. La respuesta representó menos de 1% de todo el cuerpo docente.

Lo maya es un metarrelato, un objeto petrificado en el pasado, un animal de vitrina para ciertas perspectivas del pensamiento descolonial que jamás se reconcilia, ni le interesa la maya ni el maya del presente, de carne y hueso que habita la cotidianidad.

Tal como el relato del muralismo mexicano a principios del siglo XX, que más que dignificar a la poblacion indígena o provocar un ejercicio de recuperación de la memoria histórica se construyó como un relato que instaló una temporalidad histórica perversa, que situaba a la población indígena como una alegoría del pasado, una identidad tradicional por recordar, una melancolía poscolonial, mas no una identidad del presente con condiciones sociales de existencia, voluntades de lucha, con disputas políticas, culturales, epistémicas que contrahegemonizan con el modelo civilizatorio de la modernidad.

Bajo este escenario, ¿qué lugar ocupan las epistemologías del Sur y las disputas anticoloniales en la contemporaneidad?

Si por epistemología del Sur entendemos un modelo analítico, un sistema de pensamiento crítico occidentalocéntrico que posee como unidad analítica de significación la capacidad para nombrar metarrelatos del Sur, estamos errando.

Cuando nos referimos a nombrar, también nos referimos a la arrogancia y el privilegio racial y epistémico que tiene para narrarlos, incluso para utilizarlos, instrumentalizarlos como metáfora y referencia para validar su práctica discursiva y su espacio de poblematización epistémica occidentalocéntrica.

Cuántas veces hemos leído y escuchado indiscriminadamente el uso de los conceptos de “buen vivir”, “mandar obedeciendo”, desde un espacio de descontextualización absoluta, de desvinculación con el contexto comunitario, espacio político y lugar epistémico en el que fueron nombrados estos conceptos. El problema no se reduce solo a la descontextualización por sí misma, sino a la capacidad que tiene la descontextualización de expoliar extractivamente formas de vida, modelo civilizatorio, soberanía cultural y disputa política que acompañan los conceptos.

Para cierta perspectiva descolonial, el lugar de la epistemología del Sur está reservado al pasado, reservado a una lectura esencialista del pasado, reservado a un espacio ahistórico, en el cual se reproducen incesantemente los usos y costumbres de una colectividad con la que se crea una relación de no contemporaneidad. Es decir para cierta perspectiva descolonial el horizonte de la epistemología del Sur es justamente el horizonte de un metarrelato premoderno, precolonial que, en tanto menos contemporáneo sea, menos coetáneo sea, más puro lo percibe, menos contaminado lo asimila. A un punto donde la condición de posibilidad de la epistemología del Sur para cierto esquema académico está en la no contemporaneidad con lo/as sujeto/as racializado/as que la detentan, y en inhabilitar su lugar epistémico para narrar su propia experiencia epistémica.

Partiendo de esa lógica, el metarrelato y la fantasía terminan por devorar al sujeto racializado concreto, con condiciones sociales de existencia concretas, con voluntades de lucha concretas. A cierto modelo descolonial no le interesa el tojolabal de carne y hueso, le interesa exclusivamente el metarrelato tojolabal, le es indiferente el tojolabal que vende cargadores de celular en la calle, desprovisto visiblemente, por razones de abuso, maltrato y colonialismo interno de su tojolabalidad, les fascina solo el tojolabal de los libros, el atavismo y ornamento tojolabal conceptualizado desde la academia. Con aquel tojolabal de carne y hueso la única relación que se establece es de asimetría racial. El metarrelato termina siendo el espacio simbólico desde el cual el interés académico contractualiza con el sujeto tojolobal, no existiendo ese metarrelato lo único que queda es desnudez y vil asimetría racial.

Decía Catherine Acholonu acerca de la condición colonial, y haciendo un guiño a sus colegas de Calcuta, que el problema no era si podíamos hablar, sino el nivel de volumen con el que nos dejaban hablar, las categorías de inteligibilidad con las que nos pretenden traducir e interpretar las pedagogías coloniales con las que nos invitan a reformular nuestra indignación e imaginación política.

Podríamos empezar por muchas cosas, por una lista enorme de demandas que le exija a la institución académica que se tome en serio la diversidad epistémica y que no opere bajo lógicas de excepcionalidad y doble estándar en las que por un lado celebra epistemologías medioambientales y derechos comunales y por otro, construye diques de exclusión y discriminación con quien no sabe hacer las sumas y las restas, o construir los caricaturescos mapas conceptuales.

Pero antes de pasar a esa lista de demandas, en un ejercicio de agenciamiento histórico, tenemos que pensar el lugar de las epistemologías del Sur, como el espacio de la autonomía, de la recuperación de la memoria histórica, de la construcción de elementos de identificación cultural y política que produzcan grietas, a los relatos nacionales, a los imaginarios coloniales, a la construcción de ciudadanías.

Tiene que ser la cartografía de una nueva imaginación política que transforme paradigmas de desarrollo, disloque temporalidades, construya lógicas alternas de producción, de ocupación y defensa de la tierra, transversalice las luchas antirracistas y anticoloniales.

Pero sobre todo, tiene que ser un espacio comunitario y gnoseológico de la defensa de la vida, que movilice dinámicamente deseo político, contrahegemonice y dispute un nuevo 20 modelo civilizatorio.

Lejos de esencialismos, anatopismos y heterotopías, defendamos el derecho a la autonomía, los bordes, el margen y la frontera.

Material suplementario
Referencias bibliográficas
Acholonu, Catherine (1995). Motherism, The afrocentric alternative to feminism. Nigeria: Afa Publications.
Amilcar, Cabral (1979 ). Unity and Struggle. Monthly Review.
Chukwudi Eze, Emmanuel (2003). Filosofía Poscolonial Africana. Barcelona: Bellaterra.
Gil, Gilberto, y Ferreira, Juca (2014). Cultura pela palavra . coletânea de artigos, entrevistas e discursos dos ministros da Cultura 2003-2010. Rio de Janeiro: Versal.
Oguibe, Olu (2004). The culture game. USA: University of Minnesota Press.
Rivera Cusicanqui, Silvia (2012). Violencias (re)encubiertas en Bolivia. Santander: Otramérica.
Sarr, Felwine (2016). Afrotopía. Francia: Philippe Rey.
Tuck, Eve (2012).Decolonization is not a metaphor. Londres: Penguin.
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