Resumen: En este artículo reflexiono sobre la posibilidad de realizar un ejercicio de descolonización de las metodologías de investigación feminista en el sentido de un proceso de intervención crítica, en conjunto con un grupo de empleadas domésticas indígenas integrantes del Colectivo de Empleadas Domésticas de los Altos de Chiapas (Cedach), ubicadas en San Cristóbal de las Casas (Chiapas, México). En particular reflexionaré sobre el proceso de aplicación de la metodología de la autoetnografía feminista tanto con las integrantes del Cedach como con la investigadora.
Palabras clave:intervención feministaintervención feminista,descolonizacióndescolonización,autoetnografíaautoetnografía,trabajo doméstico remuneradotrabajo doméstico remunerado,mujeres indígenasmujeres indígenas.
Abstract: In this article I reflect on the possibility of carrying out an exercise of de-colonization of feminist research methodologies in the sense of a process of critical intervention, in conjunction with a group of indigenous domestic workers who are members of the Colectivo de Empleados Domésticas de los Altos de Chiapas (Cedach) (in English: Group of Domestic Workers of los Altos de Chiapas), located in San Cristóbal de las Casas (Chiapas-Mexico). In particular, I will reflect on the process of applying the methodology of feminist auto-ethnography both with the members of Cedach and with the researcher.
Keywords: subject, political legitimacy, historicity, political science.
DOSSIER
¿Es posible una intervención feminista descolonial? Una reflexión desde la experiencia y la práctica política antirracista
Is a decolonial feminist intervention possible? A reflection from the experience and anti-racist political practice

Recepción: 19 Diciembre 2018
Aprobación: 06 Febrero 2019
El proceso de investigación-intervención feminista realizado junto con el Colectivo de Empleadas Domésticas de los Altos de Chiapas (Cedach) es parte de un trabajo de tesis doctoral aún no culminada, que desarrollo desde 2016. Entiendo la investigación-intervención feminista como un proceso de construcción de conocimiento en la cual la investigadora está comprometida políticamente con el colectivo u organización involucrada en la investigación. En la intervención feminista, las integrantes del colectivo participan de manera activa en el proceso de investigación, aportando desde su conocimiento experiencial y buscando junto con la investigadora evaluar su experiencia organizativa, hallar soluciones para los problemas estructurales e internos que enfrentan y transformar sus realidades sociales, a través de la profundización del nivel de conciencia del colectivo y comunidad.
Para el caso de esta investigación con el colectivo Cedach, la intervención feminista se concibe como una combinación de un diagnóstico participativo y un proceso de sistematización que generen espacios para la reflexión colectiva en los cuales las integrantes del Cedach profundicen su proceso de constitución como sujetas políticas, identificando prácticas, rupturas y resistencias en sus experiencias de vida que tengan un sentido feminista. La sistematización implica reconstruir sus experiencias laborales, cotidianas extralaborales y de organización colectiva a través de talleres, foros grupales de evaluación y discusión.
Cuando hablo de un sentido feminista, me refiero a la construcción de un feminismo desde la experiencia, es decir, un feminismo que parte de las luchas y prácticas de resistencia de las mujeres empobrecidas, racializadas y, a través de las cuales ellas transforman sus vidas y las de otros. Este feminismo desde la experiencia rescata las luchas de las mujeres subalternizadas que probablemente no tienen acceso a la teoría feminista, pero que han aportado en la construcción de un mundo más justo para las mujeres empobrecidas y racializadas. Entiendo el feminismo desde las posiciones del feminismo negro, indígena, antirracista y descolonial, como una lucha y una plataforma política que no está enfocada en un solo eje de opresión (como el género), sino que hace énfasis en la simultaneidad de opresiones y la codependencia de los sistemas de poder clasista, sexista y racista. La investigación-intervención entonces, está enfocada a provocar un proceso de politización de su experiencia individual y colectiva, que contribuya a su fortalecimiento interno organizativo.
A partir de los aportes del feminismo negro, del feminismo descolonial y de los cuestionamientos al patriarcado colonial desde las mujeres indígenas, abordo la centralidad de la experiencia vivida para el proceso de construcción de un posicionamiento feminista antirracista y de carácter descolonial. El feminismo negro lo concibo como un conjunto de experiencias expresadas en prácticas políticas de muchas mujeres negras que se configuraron desde los procesos de colonización y esclavitud y fueron posteriormente elaboradas intelectual y académicamente, principal e inicialmente en el caso de los Estados Unidos. Activistas negras como Sojourner Truth, Ida B. Wells, Harriet Tubman, Rosa Parks, Angela Davis o las integrantes de la Colectiva del Río Combahee han sido figuras fundamentales del feminismo negro estadounidense. Como señala Patricia Hill Collins (2012), el pensamiento feminista negro como teoría social crítica elabora las reflexiones cotidianas producidas por las mujeres negras a partir de sus experiencias de opresión compartidas que constituyen un primer nivel de conocimiento, que puede ser usado para la transformación de sus propias vidas. Las mujeres negras en el contexto latinoamericano y del Caribe también han producido sus propios conocimientos y prácticas políticas, que desde hace tres décadas apenas comienzan a reconocerse en el ámbito de la academia feminista. Algunas de las principales referentes son Léila González, Sueli Carneiro, Marie Ramos Rosado, Jurema Weiner, Ochy Curiel, Djamila Ribeiro, Mara Viveros, entre otras.
Por su parte, del feminismo descolonial retomo su cuestionamiento radical del universalismo del feminismo occidental que termina legitimando una visión homogénea de las experiencias de las mujeres racializadas y subalternizadas (Curiel, 2014). Como señala Yuderkys Espinosa (2014), la experiencia de las mujeres se desenmascaró como experiencia de algunas mujeres, con privilegios sociales y de escucha: de clase media, blancas y euronorcentricas principalmente. Por tanto, el feminismo descolonial enfatiza en la necesidad de tener una mirada no fragmentada de los sistemas de opresión y en realizar una lectura imbricada de las experiencias de las sujetas racializadas. Algunas de las referentes más importantes dentro del feminismo descolonial son Yuderkys Espinosa, Ochy Curiel, María Lugones, Breny Mendoza o Rita Segato. Y de los cuestionamientos al patriarcado colonial desde las mujeres indígenas, principalmente retomo lo señalado por Aura Cumes (2012) respecto de que no puede entenderse la opresión de las mujeres indígenas, y por extensión de las mujeres racializadas, si no se da cuenta de que el sistema patriarcal en el contexto latinoamericano es de carácter colonial y que al mismo tiempo los procesos de colonialismo de origen europeo han sido eminentemente patriarcales.
Los aportes de estas tres corrientes críticas del feminismo blanco hegemónico, que han contribuido a lo que se conoce actualmente como feminismo antirracista, me han permitido reflexionar sobre la relación entre la categoría de experiencia y la construcción de conocimientos subalternos críticos no solo sobre las sujetas de estudio sino sobre quien se supone investiga, lo cual ha resultado fundamental para mí, a la hora de caminar un proceso de investigación que intenta ser descolonizador.
Para esto, en primer lugar presentaré información básica sobre las sujetas de investigación, es decir las compañeras integrantes del Cedach. En segundo término, reflexiono sobre la categoría de experiencia como epistemología y metodología. En tercero, doy cuenta del origen y carácter colonial de los modelos de intervención social y en particular de la intervención feminista. En el cuarto apartado presento algunos de los principales conflictos en la dinámica organizativa del Cedach que han tenido relación con estos procesos de intervención feminista no solo desde la figuras de las investigadoras académicas sino también de las asesoras externas herederas del modelo de las ONG. En el quinto apartado reflexiono sobre mi propia experiencia de apuesta por descolonizar las metodologías de intervención feminista y las dificultades con las que me he encontrado, en medio de las crisis que ha enfrentado el Cedach. Y finalmente presento algunas conclusiones sobre el balance por este intento de realizar una intervención feminista descolonial.
El Cedach es un colectivo independiente de mujeres empleadas domésticas, dedicado a la defensa de sus derechos laborales, la visibilización y valoración del empleo doméstico asalariado y no-asalariado como un trabajo, y la alfabetización y formación de estas mujeres. Este Colectivo de Empleadas Domésticas de los Altos de Chiapas (Cedach), se conformó en 2005, a raíz de situaciones de despidos injustificados que vivieron algunas de sus fundadoras, lo que las motivó a organizarse por la defensa de sus derechos laborales, la mayoría de los cuales eran desconocidos para ellas en aquel momento. A partir de 2009, el colectivo se constituye legalmente como asociación civil, eligiendo una representante legal y conformando una asamblea deliberativa y decisoria.
El Cedach cuenta con una trayectoria de ya casi catorce años y diez años como Asociación Civil. Actualmente está conformado por un núcleo base de ocho integrantes, que constituyen el equipo operativo y otras 15 a 20 asociadas, que tienen poder de decisión en las asambleas. Sus edades oscilan entre los 15 y los 50 años. La alfabetización es tal vez el eje de trabajo más importante que el colectivo desarrolla, ya que a través de talleres, con una metodología creada por las propias integrantes del Cedach, de corte freiriano, y partiendo de sus propias experiencias, de manera conjunta enseñan a otras mujeres a leer y escribir en castellano. Este proceso de alfabetización cobra una relevancia fundamental para la defensa de sus derechos laborales, ya que muchas de estas mujeres, indígenas hablantes de lenguas como el totsil y el tseltal, los talleres de alfabetización les permiten aprender a hablar castellano y contar con una herramienta de sobrevivencia para habitar San Cristóbal de las Casas y negociar sus condiciones laborales con sus empleadores.
El proceso de constitución de la experiencia vivida en prácticas políticas feministas en el colectivo Cedach lo abordo desde la mirada descolonial de la experiencia como empleadas domésticas remuneradas, que han sido sexualizadas, racializadas y empobrecidas. Un abordaje desde la mirada descolonial de la experiencia implica dar cuenta de la simultaneidad de opresiones que configuran las experiencias de las mujeres indígenas del Cedach. Y entender sus experiencias así, requiere reconocer las reflexiones, conocimientos e interpretaciones que ellas han producido sobre sus propias vivencias y que en determinados momentos las han llevado o pueden llevarlas a generar posicionamientos políticos como grupo por la defensa de sus derechos laborales y contra las opresiones que enfrentan como mujeres indígenas. En este sentido, me parece muy importante retomar el cuestionamiento que plantea Chandra Mohanty (2008) respecto del privilegio y el universalismo etnocéntrico, que en el caso del feminismo plantea a la “diferencia sexual” como la base de la opresión principal que afectan a los cuerpos feminizados, ocultando las opresiones de raza, clase o de otro tipo. Considero que esto implica, como señala Patricia Hill Collins (1989), cuestionar el academicismo eurocéntrico, masculino y blanco, que ha subalternizado las experiencias de las sujetas racializadas y los conocimientos que a partir de ellas se han generado.
También he abordado este problema de investigación-intervención feminista retomando principios de la metodología de la Investigación Acción Participación (IAP) partiendo de la propia situación de estas sujetas con el fin de realizar los análisis, interpretaciones y la reconstrucción de sus experiencias (Fals Borda, 1999). Concibiendo a las sujetas de investigación, como señala Martha Patricia Castañeda (2012), no solo como informantes sino como creadoras culturales de su propia existencia y la de otros. Es decir, lo importante de visibilizar la experiencia de las sujetas feminizadas y racializadas es reconocerlas en su sentido político y no como una esencia de carácter fijo.
Por tanto, la propuesta de intervención social feminista ha implicado por una parte realizar una sistematización sobre la experiencia en el proceso de organización colectiva como empleadas domésticas remuneradas de los Altos de Chiapas. Y, por otra parte, generar un proceso de reflexión al interior de las alfabetizadoras en torno a profundizar su consciencia feminista antirracista, su identidad política como indígenas, con el fin de fortalecer su proceso de organización colectiva.
El proceso de sistematización de la experiencia del colectivo, con las compañeras del Cedach, se inició a finales de 2016 y durante todo 2017 y la mitad del 2018 se realizaron entrevistas en profundidad, observación participante y siete talleres. Tales espacios de reflexión han permitido que poco a poco se identifiquen prácticas políticas que podrían tener un sentido feminista antirracista en el colectivo, que han ido construyendo desde su experiencia vivida como empleadas domésticas remuneradas.
El objetivo ha sido que ellas se involucren en este proceso de investigación, no solo como informantes, sino también usando algunas de estas herramientas que les permiten comenzar a sistematizar la propia historia de su organización colectiva, y claro, esto con el acompañamiento de la investigadora. Este proceso de recuperación histórica de la experiencia de organización política del Cedach ha sido muy importante para dar cuenta de la dinámica del proceso organizativo, en cuanto a las tensiones, retrocesos, avances o rupturas y para permitir evaluarlo de la mejor manera posible. Así que la sistematización de experiencias es entendida como el ordenamiento y reconstrucción de un proceso organizativo o de intervención para comprenderlo, interpretarlo y generar nuevas dinámicas organizativas (Verger, 2007).
Como plantea Ezequiel Ander-Egg (1982), la intervención social tiene sus orígenes en proyectos de carácter colonial como los del desarrollo comunitario cuyo objetivo era reacomodar la fuerza laboral en las colonias, y una vez lograda la independencia se continuaba con el dominio colonial mediante las relaciones con los gobiernos recién instaurados. Un proceso de intervención social refiere a un conjunto de acciones que se planifican desde el gobierno, los Estados o las instituciones para buscar la solución a determinados problemas sociales que afectan a ciertos sectores de la población. Un proceso de intervención social busca fortalecer o cuestionar el modelo de desarrollo de una sociedad, dependiendo de los intereses de quienes la concreten. Algunos de los primeros procesos de intervención social estuvieron vinculados a los proyectos de desarrollo comunitario que fueron promovidos por el colonialismo inglés de los años 20 y se prolongó su aplicación hasta 1942 en las colonias británicas ubicadas en Asia y África. Sin embargo, después de la Segunda Guerra Mundial, la Unesco se plantea intervenir el denominado Tercer Mundo, con el fin de sacar a estos países del retraso económico. El desarrollo comunitario y las formas de intervención social implicadas fueron institucionalizadas en la década del 50 por organizaciones internacionales tales como las Naciones Unidas, Banco Mundial, Banco Interamericano de Desarrollo, entre otras (Gómez, 2008).
Por tanto, la intervención social surgió en el contexto político de consolidación de los llamados Estado-nación, que, respondiendo a los modelos eurocéntricos de la modernidad occidental y colonial, buscaron integrar a las comunidades racializadas y denominadas como pobres a los proyectos nacionales de desarrollo. Sabemos que la colonialidad del poder, del ser y del saber siguió estando presente en las naciones que se independizaron de los Estados colonizadores europeos, ya que se vieron obligadas a replicar el modelo de desarrollo capitalista dominante y el modelo político del Estado-nación como garantía de modernización.
Para ello se consideraron formas de intervención social que consideran a las poblaciones y comunidades locales como víctimas pasivas y como marginales del desarrollo y no como sujetos que pueden confrontarlo y hacer propuestas sobre el mismo. Esos procesos de intervención social, la academia en general y las ciencias sociales en particular, tuvieron un papel fundamental en sus ejercicios de dominación y colonización vía el ideal moderno del desarrollo. Y tal ejercicio de control colonial se ha profundizado aún más en el actual contexto neoliberal (Rodríguez, 2013).
Por tanto, la intervención social tiene en su origen una fuerte carga colonial, que aún se mantiene vigente y que ha impedido la autodeterminación de los pueblos y comunidades racializadas y empobrecidas para elegir su propio camino y formas de organización de la vida. Sin embargo, como señala Gianina Muñoz (2015), aunque la intervención social se constituyó en una de las formas fundamentales de ejercicio de la dominación de la matriz colonial, con su institucionalización a comienzos del siglo XX, de igual forma es posible que la intervención social pueda adquirir el carácter de un proyecto de liberación.
En este sentido, para pensar la intervención feminista como un proyecto descolonizador, es necesario reconocer que a través del concepto de género y principalmente de la tecnocracia neoliberal que se desplegó a partir del mismo, las denominadas mujeres en su generalidad comenzaron a ser objeto de políticas asistencialistas para mejorar sus condiciones de marginación y convertirlas en agentes activas del desarrollo. Tanto las políticas asistencialistas como los programas de intervención que intentaron hacerlas partícipes de las agendas desarrollistas de carácter neoliberal y neocolonial conciben a las mujeres como víctimas y entes pasivos que deben ser receptoras de beneficios gratuitos o subsidiados.
Sin embargo, como señala Yuderkys Espinosa, estas mujeres a quienes se busca incluir en las agendas de desarrollo nacionales y trasnacionales no son todas las mujeres, sino precisamente aquellas mujeres empobrecidas y racializadas, producidas en el marco de la diferencia colonial capitalista. Ésta ha sido precisamente la agenda del feminismo blanco burgués de carácter occidental eurocéntrico, que es hijo de la Ilustración y que por tanto reproduce la razón moderna colonial. Lo que se ha denominado como feminismo blanco o feminismo hegemónico ha centrado su lucha principalmente en las ideas de igualdad y la diferencia, asumiendo que el sujeto mujer es un sujeto universal, y considerando al género como el principal marcador determinante de la opresión. Pero la lucha por la igualdad de derechos hace parte de una visión liberal y neoliberal, en tanto ha sido posible principalmente para mujeres blancas, mestizas, profesionales, heterosexuales de clase media y alta, que residen en los países del Norte pero también en el Sur global. Son estas mujeres las que efectivamente ha sido consideradas como humanas y ciudadanas, y su liberación de los hombres o de prácticas patriarcales ha descansado sobre la base de la opresión de las mujeres empobrecidas y racializadas.
Estas mujeres privilegiadas han usado esta concepción eurocéntrica del feminismo para establecer relaciones clientelares con instituciones y el Estado, para obtener movilidad social y profesional con las prebendas, los privilegios y los beneficios políticos individuales y de carácter instrumental. Incluso la propia historización occidental del feminismo en las olas –primera ola de la igualdad o del feminismo ilustrado, segunda ola del feminismo liberal sufragista y la tercera ola de la diferencia o del feminismo contemporáneo– oculta las experiencias de las mujeres racializadas y empobrecidas (negras, indígenas). Básicamente el feminismo blanco burgués se ha construido sobre la idea de un “‘progreso en la conquista de derechos de las mujeres’ y que se considera ha sido posible solo en Europa, Estados Unidos y en algunos países adelantados del tercer mundo” (Espinosa, 2014).
Desde los cuestionamientos de las mujeres indígenas, la investigadora maya kaqchikel Aura Cumes (2012) denuncia y señala que ellas han sido tratadas de forma paternalista dentro del feminismo hegemónico, de corte occidental blanco y eurocentrado, ya que son tratadas como hermanas menores o hijas, dentro de un feminismo que no ha sido construido y pensado por ellas y del que solo se las considera como seguidoras. Por tanto, muchas mujeres indígenas han manifestado un rechazo al feminismo –o por lo menos a este feminismo racista–, a pesar de que muchas de sus prácticas políticas y experienciales durante siglos de dominación patriarcal y colonial han cuestionado de manera efectiva estos sistemas de opresión (Cumes, 2012).
Pero además, como también plantea Espinosa (2009) la colonización material y discursiva de las sujetas racializadas y empobrecidas no solo ha sido producida y reproducida por las mujeres blancas burguesas del Norte imperial occidental sino que también las feministas hegemónicas del Sur han reproducido tal colonización sobre todo cuando responden a los intereses institucionales de la academia o del Estado. Es decir, que un ejercicio de intervención social de carácter feminista e incluso antirracista, las investigadoras racializadas no estamos exentas de reproducir la misma razón moderna colonial, apropiándonos de los discursos de otras mujeres racializadas empobrecidas que no cuentan con el privilegio de escucha académica. Así lo plantea Espinosa:
Una buena parte de las feministas de la periferia, gracias a sus privilegios de clase y raza, si bien en desventaja en relación a sus compañeras del Norte, en sus propios países se han beneficiado de los marcos conceptuales occidentales y etnocéntricos que producen –como su otro constitutivo– a la “mujer (negra, india, pobre, lesbiana, ignorante) del tercer mundo”. Ellas participan activamente en el proyecto que hace imposible la agencia y la escucha de la subalterna latinoamericana (Espinosa, 2009:47).
Muchas investigadoras racializadas y feministas se comprometen con la razón colonial moderna en tanto buscan solo beneficios personales y de estatus en el marco de la academia y las instituciones del Estado. Pero incluso quienes nos encontramos por fuera de esos ejercicios, también hemos sido formadas en esa razón colonial moderna y por tanto es muy probable que caigamos en esos ejercicios de expropiación epistémica. Surge entonces la pregunta ¿cómo hacer para producir una investigación e intervención social feminista con un carácter profundamente descolonial? La respuesta por supuesto no la tengo de manera definitiva, pero intentaré construir algunos argumentos basados en la práctica y experiencia de la investigación-intervención que me permitan acercarme a la misma.
Desde marzo de 2017 los conflictos al interior de Cedach se profundizaron, dejando como resultado que tres compañeras renunciaran y abandonaran el colectivo. Esta ruptura marcó un momento muy doloroso para la mayoría de las integrantes del colectivo, ya que estuvo inscrita en un conflicto con una compañera que durante varios años fungió como asesora acompañante del Cedach, siendo además ella quien motivó a la actual presidenta del colectivo a que buscaran otras compañeras para conformar una colectiva de empleadas domésticas que agrupara a otras compañeras que compartían situaciones de explotación laboral y discriminación, similares a las de ella.
Los problemas de orden personal y colectivo entre la asesora externa y las integrantes del Cedach ya venían desde hacía un buen tiempo. Algunas de las compañeras que llevan más trayectoria sintieron que la asesora externa las abandonó hacia 2009, cuando ella se va al extranjero a estudiar su posgrado. Además, al parecer siempre hubo una molestia con la forma de trabajo de la asesora externa, ya que ha sido percibida como intransigente, programando actividades a su propio ritmo y pensando poco en las condiciones de vida de las empleadas domésticas.
Por su parte la asesora externa, ha señalado en muchas ocasiones la falta de compromiso de muchas integrantes del Cedach, su desorden organizativo y la falta de iniciativa para realizar otros proyectos, de mayor impacto político. Así que esta ruptura y separación al interior del Cedach parece que tiene que ver con la dependencia que sus integrantes desarrollaron frente a la figura de las asesoras externas.
Como afirma Martina1en su entrevista, cuando se las animó a constituirse como Cedach, recibieron muy poca capacitación sobre cómo debían organizarse. Ella admite que Cedach no ha tenido las herramientas administrativas, pedagógicas y organizativas adecuadas que permitan apropiarse de la mejor manera y con el compromiso necesario en la organización política del Cedach. Por tanto, algunas de ellas han heredado una dinámica de trabajo, con poco compromiso, siempre esperando la iniciativa de las líderes y externas profesionales. Así lo detalla Martina:
…Sí, las decisiones las tomaban las que eran externas (…) pero éramos como muy externas, muy externas no sabíamos nada, entonces nos preguntaban de cosas y no entendíamos porque no sabíamos, entonces ahí fue donde dijimos no, ya y le digo a Cecilia basta, le digo ya: “yo siento que solo nos están manejando” (…) (Martina, 43 años, separada, dos hijas, originaria de Tzajalá municipio de Ocosingo).
Es decir, se generó una dependencia frente a las externas asesoras y esto no permitió una transferencia efectiva de conocimientos y habilidades de las asesoras hacia las mujeres que conforman la base del Cedach. Esta jerarquía entre asesoras externas y el colectivo reproduce el modelo de la intervención de las ONG con poblaciones que consideran vulnerables, que en muchas ocasiones establece relaciones de carácter paternalista a pesar de que se tengan buenas intenciones. Este tipo de relaciones jerárquicas y paternalistas han influido en la profundización de las inseguridades de algunas de ellas, quienes en diferentes momentos han sentido que sus capacidades y habilidades eran muy poco valoradas tanto por las externas como por una de las compañeras del Cedach que ha centralizado las tareas administrativas (por ejemplo, aprender a usar una computadora).
Estos ejercicios de poder son frecuentes entre grupos oprimidos y entre mujeres, y es necesario que se cuestionen de manera profunda, porque tal como lo señala Paulo Freire (2002), ninguna liberación será posible si seguimos funcionando con la visión y las herramientas de los grupos que ejercen el poder para oprimir. Así lo han reflexionado también el Grupo de Mujeres Maya Kaqlá dedicadas a generar procesos de sanación del racismo y de la violencia sociopolítica de mujeres indígenas en Guatemala y al fortalecimiento de su identidad, quienes realizaron un proceso de sistematización de su propia experiencia organizativa:
Es interesante reflexionar que las personas oprimidas, cuando acceden a cierto nivel de poder, repiten el patrón de los dominadores porque es la única escuela o enseñanza que han tenido. No hay un pensamiento ni práctica que diga: “Si llegamos a alcanzar poder, tenemos que demostrar que somos diferentes y que queremos una sociedad democrática, donde respetemos los derechos y las personas”. (…) La opresión internalizada también se inculca en las actividades de las comunidades. (…) Allí se internaliza que hay que vivir de acuerdo al poder y no revelarse contra él (…) Es importante entender cómo hemos internalizado el pensamiento y los valores opresores para poder deconstruirlos y construir una identidad que no repita esos patrones de comportamiento (Grupo de Mujeres Maya Kaqlá, 2006: 26-27).
Este momento de crisis en Cedach fue importante porque después de la ruptura se hicieron varias asambleas y talleres para analizar lo que había pasado y se generaron varias reflexiones interesantes que tuvieron que ver básicamente con cuatro aspectos a mejorar a nivel del trabajo en equipo en el colectivo. La primera conclusión a la que llegaron es que era necesario mejorar la comunicación interna para generar acuerdos de manera más consensuada, con mayor involucramiento de todas y con más claridades.
La segunda conclusión tuvo que ver con identificar la importancia del respeto de los acuerdos que se toman en conjunto porque eso les garantiza que estará la visión de todas con sus diferencias, y no solo la postura de algunas. La tercera conclusión refería al reconocimiento de la necesidad de involucrarse más en el trabajo en equipo, de tener más iniciativas que les permitan mejorar su organización interna. La cuarta conclusión resaltó la necesidad de que los acuerdos y la comunicación se establezcan con claridad, de no dar cosas por entendido, ya que cada quien interpreta una misma instrucción, decisión u objetivo de manera diferente.
Desde 2017, las compañeras del colectivo vienen trabajando bajo sus propios criterios, ya no cuentan con una asesora externa permanente, solo apelan a profesionales y talleristas para resolver cuestiones muy específicas, y de igual forma iniciaron una reorganización de las funciones y responsabilidades, esto ha traído más orden en su funcionamiento colectivo, lo cual no implica que no se presenten conflictos o desacuerdos, que finalmente hacen parte de la dinámica de cualquier trabajo en equipo. Hay que recordar que las condiciones de aislamiento en un hogar en el cual las mujeres indígenas urbanas desempeñan el trabajo doméstico remunerado, ligadas a la precariedad de sus vidas y sus múltiples ocupaciones familiares añade mayores dificultades para dedicarle tiempo a la organización colectiva. A pesar de estas dificultades ellas le siguen apostando a encontrarse y trabajar en conjunto. Por tanto, los momentos de crisis en los colectivos a veces son fundamentales para reevaluar la dinámica de la organización colectiva, replantear las formas de trabajo, revisar y cuestionar las relaciones de poder que se ejercen entre compañeras y construir nuevas formas de trabajo en equipo.
Los conflictos que ha presentado la colectiva con las asesoras externas y que han repercutido en los propios conflictos entre las compañeras trabajadoras domésticas afiliadas al Cedach muestran que, efectivamente, la intervención social en general, e inclusive también la intervención feminista, reproduce y puede responder a intereses colonizadores con el fin de controlar, explotar y expropiar a las poblaciones y mujeres que son racializadas y subalternizadas. En este sentido, realizar un proceso de intervención feminista antirracista descolonial con mujeres trabajadoras domésticas indígenas en San Cristóbal de las Casas-Chiapas, me ha enfrentado al reto como mujer y feminista negra de moverme de manera ética, empática y horizontal hacia sus experiencias de vida y de explotación racializada en toda su complejidad. Esto ha implicado un proceso de descolonización de mí misma, de mi propia subjetividad, que como mujer negra puedo mirarme en ellas por mis propias experiencias de racismo y mi origen de clase popular. Pero que, sin embargo, gozo de algunos privilegios como el acceso a la educación superior y de posgrado, y por tanto de cierta escucha de académica, aunque en estos espacios yo misma ocupe la mayoría de las veces un lugar marginal.
Por ello, como plantea Linda Tuhiwai (2016), para descolonizar las metodologías no basta solo con desarrollar nuevos métodos de acercamiento a las sujetas de investigación y sus realidades, sino que implica de manera profunda dar cuenta del contexto en el cual se está realizando tal investigación-intervención y el posicionamiento ético de la investigadora. Una intervención feminista descolonial que se está realizando entre un colectivo de mujeres indígenas dedicadas al trabajo doméstico y una investigadora negra colombiana implica de algún modo un diálogo intercultural, que consiste en una reflexión constante sobre la forma como me posiciono frente a mí misma, frente a las integrantes del colectivo, cómo soy percibida, cómo las percibo a ellas, cómo negociamos constantemente nuestros posicionamientos e interpretaciones y qué implicaciones tienen tales posicionamientos para el colectivo. Sin embargo, como señala Josef Estermann (2014), un diálogo intercultural no puede limitarse solo a un diálogo interpersonal y por ello es necesario que la apuesta por la interculturalidad esté acompañada de un discurso y una práctica crítica desde la descolonialidad.
Para lograr esto ha sido necesario ir consolidando un proceso de historización de nuestras experiencias, ya que como afirma Juan Pablo Puentes, la historización de las decisiones políticas de los grupos subalternizados permite “desesencializar tanto a los sectores subalternizados, como a nuestras formas de proceder cuando nos encontramos realizando investigaciones junto a aquellos/as” (Puentes, 2015: 7). Y justo para llevar a cabo tal ejercicio de autocrítica constante, donde no sea solo yo quien proponga o imponga, donde todo sea consultado, consideré que lo más pertinente era empezar primero por un ejercicio de elaboración de autoetnografía, no solo para las integrantes del Cedach sino también para mí misma.
Esto con el fin de reconocernos en nuestras diferencias y similitudes, identificando los privilegios y opresiones que han marcado nuestras historias de vida, que permitan construir relaciones no jerárquicas basadas en el reconocimiento de las diferencias entre nosotras y no una idea de horizontalidad abstracta basada en un igualitarismo inexistente. Éste ha sido el mayor reto y mayor aprendizaje para mí, como investigadora, en este intento de construcción de una intervención feminista con un colectivo de mujeres indígenas.
La autoetnografía de mí misma como investigadora, ha implicado un proceso de antropología de sí misma, que como lo propone Mari Luz Esteban (2004), es un ejercicio de autorreflexión sobre la propia experiencia como generadora de conocimiento. La cuestión aquí ha sido reconocer que este conocimiento sobre mí misma no es transparente, ya que está atravesado por las relaciones y discursos de poder, es decir por lo que yo misma he interiorizado de los sistemas de opresión en mi subjetividad. Pero ese conocimiento de mí misma también está atravesado por mis prácticas de lucha y resistencia. Por tanto, el ejercicio de autoetnografía ha implicado para mí hablar desde la experiencia como un proceso político que busca hacer conscientes las relaciones de poder que reproducimos y en las que estamos inscritas las investigadoras respecto de nuestras sujetas de investigación, pero que podemos o por lo menos intentamos transformar en un sentido emancipador (Esteban, 2004).
En este mismo sentido, Marisa Ruiz y Silvia García (2018) entienden la autoetnografía como una forma de hacer antropología de sí misma, como un proceso de construcción de conocimiento encarnado, en tanto las emociones de la investigadora están todo el tiempo comprometidas en ese proceso. Éste ha sido un ejercicio especialmente duro para mí, porque he quedado en medio de muchos de sus conflictos, llegando a sentir que tenía que elegir entre bandos, y reflexionar para al final decidir lo que consideraba más coherente conmigo misma y con el colectivo. He visto a compañeras que aprecio muchísimo abandonar el colectivo y las he sentido como pérdidas graves y dolorosas, he somatizado muchas veces esos dolores, las tensiones, los dilemas, me he enfermado.
He estado ante la duda de intentar influir en ciertas decisiones que han tomado como colectivo y he tenido que aceptar muchas veces que ser una investigadora participante y que no pretende ser imparcial u objetiva, también implica comprender que solo ellas son las agentes de sus propias decisiones. Soy una crítica feroz de los paternalismos salvacionistas, pero he tenido que luchar contra mí misma en esos momentos de conflicto para no verme reproduciendo justo eso que cuestiono. Y no es nada fácil, he intentado ser guía, acompañante, dar con claridad mi posición ético-política ante ciertos hechos cuando el colectivo me lo ha pedido o me ha invitado a sus asambleas. Pero finalmente la cuestión es entender y respetar que las decisiones son de ellas, y posteriormente hacer el balance de lo que decidieron.
Las autoetnografías realizadas hasta el momento han permitido visibilizar los privilegios intentando construir relaciones más simétricas entre investigadora y sujetas de investigación. A este ejercicio de visibilización y reconocimiento de los privilegios por parte de la investigadora, Marisa Ruiz y Silvia García (2018) lo denominan articulación comprometida. El ejercicio de autoetnografía también ha implicado externalizar las dudas y dilemas que las investigadoras vamos enfrentando en el proceso de investigación. Así que retomar esta propuesta ha requerido que cada una de las integrantes del Cedach realice su autoetnografía de manera individual al igual que la investigadora, y compartir las reflexiones sobre nuestras propias vidas de manera conjunta. Para realizar las autoetnografías hemos retomado la propuesta de Marisa Ruiz y Silvia García (2018), que consiste básicamente en trazar una línea imaginaria de nuestras vidas, identificando los violencias y opresiones que hemos vivido, la reflexión sobre las formas en las que hemos resistido, para finalmente reconocer los privilegios de lo que hemos gozado.
Considero que la autoetnografía nos ha permitido hacer un proceso de reconstrucción de memoria, en el sentido de la memoria de lucha individual pero también colectiva, que ha permitido dar cuenta de los momentos de inflexión que en nuestras historias de vida nos han ido constituyendo en sujetas políticas. La autoetnografia para mí ha resultado clave para indagar por los procesos de constitución de las subjetividades políticas. Ha significado poner en diálogo las experiencias de las sujetas de estudio y la sujeta investigadora, lo cual ha sido un paso fundamental para aterrizar el proceso de construcción de conocimiento sobre la experiencia organizativa del Cedach de manera más horizontal e intentando que tenga carácter feminista y descolonizador.
Sé que el reto de moverme a sus experiencias de vida, de trabajo, de opresión, de lucha, no es un proceso mecánico ni inmediato. Que ha requerido ganar confianza con ellas, compartir ciertos espacios de vida cotidiana, pero sobre todo ha implicado realizar un ejercicio de autocrítica constante sobre mí misma. Con esto quiero decir que la apuesta por descolonizar las metodologías de investigación-intervención feminista no implica solamente el ejercicio de cambiar la mirada sobre las sujetas de investigación, sino también cambiar la mirada sobre sí misma, sobre quien se supone investigadora. Considero que solo esto permite posicionarse de manera horizontal con las otras, sujetas de investigación. De manera que entiendo que efectuar este proceso de intervención feminista de carácter descolonial implica realizar un ejercicio de crítica y autocrítica constante hacia dentro y hacia afuera.
El ejercicio de descolonización de las metodologías implica entonces un ejercicio de investigación, y sobre todo de intervención crítica, no solo sobre las sujetas de estudio sino sobre quien se supone investiga. En este sentido, para mí ha implicado un ejercicio de cuestionamiento de las historias hegemónicas sobre las mujeres indígenas trabajadoras domésticas, intentando realizarlo junto con ellas. Pero además, cuestionando las ideas hegemónicas sobre mi propia historia, mi propia experiencia como mujer racializada, para así encontrar puntos en común y de diferencia con ellas que nos permitan reconocernos de una manera no jerárquica. Por ello considero que la metodología de la autoetnografía resulta fundamental para seguir desarrollando este proceso de intervención feminista antirracista, que intenta ser descolonial.
Considero que en este proceso lo descolonial es una guía, un camino a seguir, más que una meta, es un proceso contradictorio y con muchas limitaciones por la propia rigidez y reglas de lo que implica estar en la academia, de lo que implica realizar una tesis como producto de un posgrado. Pero creo que hacer el ejercicio constante de autocrítica y dar cuenta de las dificultades que se atraviesan de manera sincera, más que intentar esconderlas, es lo que permite trazar una ruta de descolonización que debe necesariamente transcender la academia y que no termina cuando haya entregado el producto, que es más, tal vez inicie en su profundidad una vez pueda comenzar a trabajar en conjunto con el colectivo cuando me encuentre liberada de las reglas de la academia. Por lo menos esa es mi intención, esperemos que las compañeras me permitan seguir acompañándolas.