LA JUVENTUD PANAMEÑA Y LA GESTA DEL 9 DE ENERO*
LA JUVENTUD PANAMEÑA Y LA GESTA DEL 9 DE ENERO*
Tareas, núm. 152, pp. 79-94, 2016
Centro de Estudios Latinoamericanos "Justo Arosemena"
Resumen: El 9 de enero de 1964 se presenta como el campo de batalla donde diferentes clases sociales se enfrentan por definir el destino de la nación panameña. Se despliegan los diferentes grupos sociales con el triunfo de la juventud y las clases populares sobre la clase rentista y ‘anti-nacional’ que pierde su hegemonía. Producto de esa lucha Panamá recuperó su soberanía territorial pero 25 años más tarde – 1989 – mediante una invasión militar norteamericana la clase rentista y transitista recuperó su hegemonía perdida.
Palabras clave: Panamá, soberanía, juventud, nación, mártires, Comando Sur, EEUU, burguesía transitista.
1. Comienzo con una cita que expresa el respeto y admiración que sentimos los panameños por nuestra juventud:
La conducta adoptada por los estudiantes en estos momentos de prueba (del 9 al 12 de enero de 1964) no ha podido ser más serena y responsable. En efecto, sus decisiones se han adoptado por medio de discusiones amplias y meditadas, en las que todos los sectores han tenido oportunidad de exponer sus ideas, de sostener conceptos, de calibrar opiniones. El resultado de esas deliberaciones, ordenadas y juiciosas, ha sido la organización de una sólida unidad de acción, que… mantiene la actitud de alerta, de vigilancia activa, en la orientación de la comunidad y en la defensa de los derechos del pueblo.
La cita es de un editorial de El Panamá América, cuya pluma fue seguramente la del abogado Jorge Illueca, quien ocupó posiciones de vanguardia en las luchas nacionalistas panameñas por más de 50 años. Illueca era producto de las aulas de la Universidad de Panamá.
El editorial publicado el 21 de enero de 1964 concluye con una afirmación certera y eterna: “...El pueblo panameño se siente orgulloso de la conducta de sus generaciones juveniles”.
2. ¿Quiénes fueron los actores el 9 de enero?
Hay que identificar a los actores presentes en la gesta de los días 9 al 12 de enero. Primero, el pueblo y sus organizaciones protestando en las calles: Los trabajadores y la fracción obrera, así como una vanguardia estudiantil. También las capas medias y sus profesionales, pequeños y medianos empresarios (de las ciudades y del campo).
Segundo, la clase tradicionalmente dominante con sus fracciones rentista y la burguesía nacional agrupados en el Palacio de las Garzas. La fuerza represiva llamada Guardia Nacional, con 8 mil efectivos, estaba acuartelada.
Tercero, EEUU, desde la Casa Blanca, dirigida por una burguesía nacional productiva (industrial) en plena expansión global (imperial), que contaba con el apoyo de una fracción financiera y una amplia clase media.
Cuarto, las tropas norteamericanas y sus francotiradores
bien equipados para avanzar sobre su objetivo, apostados en la línea divisoria de la antigua Zona del Canal. Los soldados norteamericanos eran dirigidos desde el Comando Sur (en Quarry Hights) por los generales y sus asesores de la CIA. (Quarry Heights, sobre las faldas del Cerro Ancón, es ocupado hoy físicamente por el estamento de Seguridad Nacional del gobierno que espía a todos los panameños).
3. ¿Cómo se desplegaron estos actores?
La vanguardia estudiantil del Instituto Nacional marchó el 9 de enero de 1964, bajo un sol radiante, atravesando las faldas del cerro Ancón, con un solo propósito: izar la bandera en el asta del Colegio Secundario de Balboa, en la Zona del Canal. La bandera es el símbolo de un querer abstracto, de un pasado amado, de los espacios compartidos con padres y hermanos, el símbolo de la Patria. ¿Pero se limitaría el objetivo de los estudiantes sólo en izar la bandera y honrar a la Patria? Los jóvenes estudiantes no sólo eran portaestandartes, encarnaban la Patria y, además, eran los mensajeros de un proyecto que se impregnaba en sangre y dolor, que se hacía presente en forma explosiva: Era el parto de la Nación panameña.
La juventud que caminaba con determinación por tierras minadas por el ocupante foráneo, era la encarnación de una simbiosis, que dejaría su marca para siempre: la Patria y la Nación se abrazaban envueltos en el pabellón glorioso, que sentía el latido en los pechos de los jóvenes valientes. Marchaban con un propósito muy claro: reivindicar la soberanía panameña sobre todo su territorio. ‘Un solo territorio, una sola bandera’.
La vanguardia estudiantil de las jornadas de enero de 1964 estaba impregnada de tres concepciones de la nación que, a la vez, convergían y se rechazaban: Por un lado, el proyecto clasista de los obreros que levantaban la bandera revolucionaria de una transformación social radical. Por el otro, la bandera clasista de una burguesía nacional que fincaba su éxito en la consolidación de un mercado nacional o interno que incluyera toda la Zona del Canal. En tercer lugar, el proyecto ‘transitista’, descrito por Hernán Porras como una fracción social especuladora incrustada en el Istmo. Tenía –y aún conserva- como lema ‘Panamá pro mundo beneficio’. Su proyecto pretende garantizar, para su beneficio, el flujo de las rentas producto de la posición geográfica privilegiada de Panamá.
La burguesía nacional se reunió al atardecer del 9 de enero de 1964 en torno al presidente Roberto Chiari en el Palacio de las Garzas, junto con su consejo de Gabinete, su consejo de Relaciones Exteriores y otros asesores claves. El Ejecutivo asumió en horas difíciles un liderazgo que pretendió levantar la bandera de la unidad nacional. Consciente de la dinámica generada por anhelos reprimidos durante generaciones, el presidente Chiari actuó para controlar la efervescencia social cuyo alcance no se conocía.
Ante la alevosa agresión de que eran objeto los panameños, afirmó Luis Navas, en esta misma tribuna hace dos años, el presidente Chiari supo comprender el momento histórico y se desempeñó con inteligencia y coraje. Decidió romper relaciones diplomáticas con EEUU. Por eso cuando llegó a la Presidencia la multitudinaria manifestación popular, encabezada por la FEP, salió al balcón presidencial y se lo comunicó al pueblo panameño.
El ministro de Educación de aquella época, Manuel Solís Palma, y el asesor legal, Eloy Benedetti, comprendieron que el 9 de enero no era un estallido espontáneo, no respondía a los deseos de algunos agitadores aislados. La movilización popular era el resultado del pensamiento y de los sentimientos de varias generaciones acumuladas producto de la educación y organización que envolvía a todas las clases sociales, pero de maneras distintas. Si la burguesía nacional, en ese momento, daba un paso atrás, el pueblo rebasaría los perímetros históricos y avanzaría con el proyecto de Nación sobre sus propias espaldas y asumiendo todas las consecuencias de sus actos. En el seno del gobierno de Chiari, sin embargo, se encontraba otro actor importante de la epopeya. En las primeras y agitadas horas del 9 y 10 de enero, la fracción transitista se opuso al rompimiento de relaciones con EEUU e insistió en la necesidad de apoyar a las fuerzas armadas de ese país para reprimir las manifestaciones populares que protestaban a favor de la soberanía nacional.
Fue esta fracción de clase ‘transitista’ que conspiró con éxito para fundar la República en 1903. Contó con el apoyo coyuntural de representantes importantes de los liberales moderados (los comerciantes) y radicales (artesanos, profesionales y trabajadores). En las negociaciones con EEUU durante la primera mitad del siglo XX, los liberales convirtieron el aumento de las rentas y el acceso al comercio en la anti- gua Zona del Canal en su bandera.
A partir de la década de 1930, la naciente burguesía nacional incorporó a las negociaciones con EEUU la reivindicación del mercado (consumidores panameños y norteamericanos) de la llamada Zona del Canal. Los obreros que irrumpieron sobre el escenario nacional, sobre todo a través de su vanguardia estudiantil, a partir de la década de 1940, dieron un paso adicional exigiendo que se respetara la soberanía panameña sobre todo su territorio.
El otro actor central fue EEUU. La presencia semi-colonial de ese país en Panamá se partió en tres en las horas del atardecer del 9 de enero. Por un lado, la Embajada de EEUU perdió control sobre los acontecimientos que se desenvolvían rápidamente. No logró asumir el papel político que exigía la coyuntura. Por el otro, el gobierno de la llamada Zona del Canal que se encontraba acéfala, tenía líderes políticamente incompetentes. Por último, el Comando Sur de EEUU que rodeaba el Canal de Panamá con cerca de 50 mil efectivos de las cinco ramas armadas de ese país, distribuidos en 16 bases militares.
Mientras la Embajada se dedicaba a quemar papeles en su bunker sobre la Avenida Balboa y la Policía de la Zona perseguía a estudiantes con sus toletes, salió el Ejército de EEUU con sus tanques, bazucas y armas sofisticadas para enfrentar al pueblo panameño. Entre los soldados, se destacaban los francotiradores letales que se apostaban en lugares estratégicos.
El general Andrew P. O’Meara, jefe del Comando Sur en Panamá, se comunicó con el General Taylor, jefe del Estado Mayor Conjunto en Washington. O’Meara informó a Taylor que el gobernador interino le pidió que se hiciera cargo de la Zona del Canal. O’Meara le aseguró a su superior que respondiendo a esta solicitud “moví inmediatamente mis tropas a su posición”. Taylor le preguntó enseguida cual era la situación al atardecer del 9 de enero. O’Meara le contestó, “yo soy la ley y el orden ahora. Estoy al mando de la Zona del Canal”. El desorden entre las Fuerzas Armadas, Policía y los políticos de la Embajada creó un vacío que culminó causando la muerte de 23 jóvenes panameños por las balas disparadas con alevosía e irresponsabilidad por EEUU. En palabras de sus propios comandantes, todo objeto que se movía era un blanco para ser eliminado físicamente.
En los documentos desclasificados por Washington sobre la insurrección del 9 de enero en Panamá, se destacan las maniobras cargadas de cizaña de Thomas Mann, enviado per- sonal de Johnson. Este le comunica a Chiari, falsificando los hechos, que información de inteligencia de EEUU indica que los comunistas castroides han infiltrado su Gobierno. Asegu- ra también que Fidel Castro tratará de entrar armas a Pana- má.
Mann también informó sobre la posibilidad de que ocurriera una revolución en Panamá el 11 de enero. El mensajero de Johnson le aseguraba a Chiari que se había enterado de que (Arnulfo) Arias podría unirse con los comunistas para derrocarlo. Según Mann, recurriendo a sus guionistas más imaginativos, un informe de la CIA había confirmado la posibilidad de un golpe de estado esa noche. Johnson ya había dado las órdenes para respaldar militarmente a Chiari en caso de un golpe de las fuerzas de Arnulfo Arias combinados con los comunistas.
Mientras tanto en la Casa Blanca, Johnson y su equipo ya barajaban alternativas en torno a la operación del Canal, la construcción de un nuevo canal en otro país y la posibilidad de invadir militarmente a Panamá.
Al día siguiente, el 12 de enero, la Casa Blanca emitió un comunicado que, entre otras cosas, decía que actuaría militarmente: “1) Si el actual Gobierno de Panamá solicita ayuda militar de EEUU para evitar su derrocamiento por las agrupaciones políticas orientadas hacia el Castro-comunismo y 2) Si un gobierno orientado hacia el Castro/comunismo tome el poder en Panamá (EEUU lo reemplazaría) por un gobierno amigo de los intereses de EEUU”.
Queda claro para la historia que la confusión que reinó en las filas de los dirigentes norteamericanos fue la causa de las muertes en las jornadas de enero de 1964. El presidente de ese país y su equipo diplomático sólo pensaban en las próximas elecciones y su contrincante Richard Nixon. Por otro lado, los zonians sólo pensaban en cómo conservar su paraíso tropical cuestionado por un pueblo que no los quería. Por último, los militares obtusos sólo veían el futuro de sus carreras por la punta de los cañones de sus tanques.
4. La juventud del 9 de enero
Mientras que el Palacio de las Garzas y la Casa Blanca conspiraban y creaban cizaña, el frente estudiantil panameño estaba movilizado. Según Adolfo Ahumada, en la mañana del 10 de enero de 1964 se convocó a una manifestación relámpago en los predios de la Universidad de Panamá. “Más de mil estudiantes salimos entonces por la (vía) Transístmica, encabezados por los dirigentes de la Unión de Estudiantes Universitarios y de la Federación de Estudiantes de Panamá”. Eduardo Flores señala que el 10 de enero se celebró una Asamblea en el Paraninfo de la Universidad de Panamá “donde después de un análisis se aprobó un manifiesto y una marcha a la Presidencia”. En el manifiesto se pidió la ruptura de relaciones con EEUU.
Los dirigentes universitarios que encabezaron esa columna fueron Floyd Britton, Víctor Ávila, Adolfo Ahumada, César Arosemena y Simón Liepsik. Además, Rolando Armuelles, Moisés Carrasquilla, Euribíades Herrera, Adán Castillo Galástica, Honorio Quezada y José Hurtado.
‘Volveremos más fuertes’ es, sin duda, el grito de cada generación de jóvenes que han escalado hasta las cimas más altas en el proceso de construcción de la Nación panameña.
¿Quién se hubiera imaginado que una juventud rebelde pon- dría fin a esa absurda pretensión de Washington de convertir a Panamá en su colonia a perpetuidad? En una fría y oscura noche del otoño norteamericano (18 de noviembre de 1903), el secretario de Estado norteamericano, John Hay, y el francés, Bunau Varilla, firmaron un Tratado absurdo, antijurídico y traidor que fue desconocido y enterrado por nuestra juventud valiente y decidida.
José Stoute describe con maestría el choque entre los estudiantes y las tropas norteamericanas. “Eran las 10 de la noche del 9 de enero, cuando los combatientes de la soberanía empezaron a contestar el fuego enemigo. Con ello se fortaleció la voluntad de lucha de los insurrectos y la batalla se hizo más encarnizada. Traigo a mi memoria, para honrarlo, al ciudadano panameño que al frente de un Comité de Defensa y desde un piso alto del Palacio Legislativo no silenció su escopeta sino al agotar su munición”. Stoute nos presenta el campo de batalla tan desigual cuando, según su recuerdo, “todas las gasolineras del área fueron ocupadas por los Comités de Defensa, quienes constituyeron equipos fabricantes de cócteles molotov. Los cócteles eran transportados en cajas de Coca Cola, utilizando para ello vehículos expropiados para tales efectos. Esta ordenada e inteligente labor logística le permitió a los Comités de Defensa que se encontraban en la primera línea de fuego mantener en permanente jaque a la soldadesca imperialista. En las 72 horas que duró la lucha, los Comités de Defensa realizaron tareas de policía con indudable éxito, destinadas a mantener el orden necesario para el adecuado desarrollo de su lucha”.
Los comités trabajaron juntos con “los bomberos, cumplieron tareas de socorro civil, sin las cuales el número de muertos hubiese sido muy superior. En dichas tareas destacaron los taxistas, quienes transportaban a los heridos. Un número plural de médicos atendía a los caídos en el epicentro de la lucha. Largas colas de donantes de sangre podían observarse en el Hospital Santo Tomás”.
Stoute concluye que “las jornadas de enero mostraron el rostro de un pueblo capaz de luchar hasta las últimas consecuencias y de manera organizada. La capacidad de la organización en lo militar, policial y en el socorro civil, sin embargo, no se vio correspondida por la necesaria dirección política”.
Ernesto ‘Neco’ Endara, nos ofrece otro momento que quedó plasmado en la historia cuando “dos muchachos (Ricardo Hurtado y José Arana), sin pelos en el pecho, pero con otros aditamentos muy bien puestos, escalaron un poste de luz para colocar en lo alto la bandera panameña. Todo esto sucedió y fue fotografiado por Emilio Gastelú. Gallardamente arriesgaron la vida”.
5. ¿Qué proyectos representaban estas clases sociales?
Como señalara Ricaurte Soler, al interior de la formación social panameña, se enfrentaban dos proyectos muy distintos en la lucha por la soberanía panameña. Por un lado, el proyecto transitista – Pro mundi beneficio – que percibía a Panamá como un premio para el más audaz y que podía establecer una alianza con las potencias globales: España, la Colombia de Bolívar, Francia, Inglaterra o EEUU. Era el proyecto, según Soler, de una clase ‘anti-nacional’.
Por el otro, un proyecto nacional que tenía dos componentes. En primer lugar, una burguesía que aspiraba a construir un mercado nacional o interno sobre la base de su alianza con la potencia global. En segundo lugar, una clase obrera en as- censo que tomaba conciencia de su condición explotada y que luchaba por sus reivindicaciones. Entre estas reivindicaciones, ocupaba un papel muy importante el rechazo a la presencia de las tropas represivas de EEUU en territorio panameño.
Soler decía que el pueblo unido podía hacer realidad el proyecto de Nación de los panameños. Las jornadas de enero de 1964 sirvieron de prueba para demostrar que la teoría de la nacionalidad esbozada por Soler tiene fundamento y está vigente. Mientras que la ‘burguesía nacional’ negociaba, a la vez, con los intereses ‘transitistas’ y con EEUU, las columnas estudiantiles – vanguardia de las clases populares – se enfrentaban a la soldadesca norteamericana que tenía un siglo – desde el incidente de la Tajada de Sandía – reprimiendo a los trabajadores panameños.
El 9 de enero de 1964 hace su aparición –encarnada en la juventud– el proyecto de Nación expresada claramente. No eran sólo los ‘símbolos’ abstractos que honramos por lo que representan: la bandera, el himno y el escudo. Eran los hombres y mujeres, la vanguardia juvenil y el pueblo movilizado, que rompieron todos los diques que separaban el proyecto nacional de su verdadero objetivo: la riqueza que producimos los panameños. El panameño raizal, trabajador, se hacía dueño de su esencia y se apropiaba de los símbolos que lo representaba.
En aquellas jornadas de 1964 se produjo un quiebre fundamental. Como señalaría para otro contexto Hernán Porras, la clase transitista perdió su hegemonía. En otras palabras, los símbolos de la Patria ya no eran de esa clase transitista. Los símbolos ahora pertenecían a la juventud que se había levantado para reivindicar las luchas patrióticas – las de sus padres– que eran los trabajadores de las ciudades y de los campos de toda la extensión geográfica de Panamá.
Para consolidar la nueva hegemonía de los sectores más humildes de la sociedad panameña –y su vanguardia juvenil– era urgente construir la Nación. La hegemonía en una coyuntura histórica, sin embargo, no necesariamente significa ser dominante. La bandera estaba en manos de la juventud y de sus padres, pero la economía y los resortes políticos seguían en poder de las fracciones dominantes. Fracciones muy divididas en torno a sus proyectos, como bien lo expresaban sus representantes atrincherados durante aquellas jornadas de enero en el Palacio de las Garzas.
La dominación sin hegemonía no puede ser permanente. Eso lo entendieron los transitistas en 1821 y 1903. Habiendo perdido su hegemonía en medio de las guerras por la independencia de España, la pequeña pero poderosa clase transitista supo negociar con Bolívar y declarar su unión al proyecto colombiano (el 28 de noviembre de 1821) para recuperar su hegemonía. Igualmente, en 1903, las fuerzas transitistas dominaban el Istmo bajo la protección del Ejército colombiano pero habían perdido su hegemonía como resultado de la guerra (civil) de los Mil Días (1899-1902). En una maniobra que sorprendió a todos, los conservadores (transitistas), quienes dominaban el istmo, conspiraron con EEUU el 3 de noviembre de 1903 para separar a Panamá de Bogotá. La acción les permitió recuperar su hegemonía perdida –aunque compartida con los comerciantes del Partido Liberal– que la conservarían por más de medio siglo, hasta el 9 de enero de 1964.
La hegemonía transitista fue cuestionada –pero no arrebatada- durante todo el período previo al 9 de enero. Los liberales terminaron siendo los portadores del proyecto transitista, aliados a EEUU, enfrentando los retos de los trabajadores del Canal, la pequeña burguesía de Acción Comunal, de los artesanos y trabajadores organizados en los partidos socialista y comunista, de las federaciones de estudiantes, educadores y profesionales.
En 1964 la fuerza, la inteligencia y la persistencia del pueblo panameño le arrebató la hegemonía a la fracción transitista y sus aliados. El liderazgo y la bandera nacional quedaron en manos de los trabajadores y de su juventud. El poder, sin embargo, lo mantuvo una frágil alianza de las fracciones burguesas gobernantes que no logró consolidarse. En 1968 la crisis se resolvió mediante un golpe militar que pretendió colocar a la institución castrense por encima de las luchas que se libraban en torno al proyecto de Nación.
La intervención de la Guardia Nacional no significó –como en 1821 o 1903– que la hegemonía perdida la recuperaría la fracción transitista en el acto. Por un lado, el pueblo panameño, sus trabajadores y su juventud no tenían la menor intención de abandonar su proyecto o arriar la bandera nacional. También continuaron las luchas entre una burguesía en ascenso y su proyecto de mercado interno enfrentado a los transitistas y su proyecto rentista. En este marco la potencia global –EEUU– tenía que velar por sus intereses estratégicos –militares y comerciales– en Panamá.
Las jornadas de 1964 habían creado el escenario para el desarrollo de las cruentas luchas por la hegemonía y el poder. Es claro que la dominación (el poder basado en la fuerza) es efímera si no es acompañada por la hegemonía. Igualmente, la hegemonía se desgasta sin el poder de la dominación.
El gobierno militar encabezado por Omar Torrijos entendió que era urgente construir una base social lo suficientemente fuerte para sostener la República. Las lecciones del 9 de enero sirvieron como guía para iniciar su labor como dirigente político. El primer punto que colocó en la agenda fue la cuestión de la soberanía. Lo llamaba ‘la lucha generacional’, que unía a los proyectos más dispares bajo un mismo techo. El lema ‘un solo territorio, una sola bandera’ se convirtió en grito de batalla.
Torrijos también acogió el proyecto de Nación. La Zona del Canal tenía que convertirse en un segmento importante del mercado nacional, abierto a la producción y a nuevas oportunidades de trabajo. A su vez, siendo un pragmatista, sobre todo, Torrijos no abandonó a los transitistas quienes veían su proyecto rentista en la forma de un centro bancario y un Canal que arrojara más beneficios para sus arcas particulares.
En 1977 se firmaron los Tratados Torrijos-Carter y los principios de lucha que incendiaron los corazones patriotas el 9 de enero siguieron vigentes. ¡Quizás más que nunca! La juventud seguía exigiendo la radicalización del gobierno y el cumplimiento del proyecto de Nación. Su mensaje era hegemónico, aceptado por las grandes mayorías de los trabajadores y de los empresarios. Sólo era rechazado por los transitistas, que sentían que sólo necesitaban el apoyo de EEUU para ejercer su poder económico y político.
La mano de EEUU en la muerte misteriosa de Torrijos en 1981, esa misma mano estuvo presente en el proyecto militarista promovido por el general Noriega a mediados de esa década y en la invasión ‘estúpida’ de EEUU en 1989. La alianza entre los transitistas y EEUU en 1989 desarticuló el proyecto de Nación liderado por la juventud y que contó con las clases sociales que participaron en la insurrección de 1964. La invasión de EEUU significó la recuperación de la hegemonía por parte de la fracción transitista y su proyecto rentista, basado en la posición geográfica del país y el Canal de Panamá. El proyecto de Nación fue hegemónico durante 25 años –entre 1964 y 1989– pero sucumbió producto de las políticas neo-liberales impuestas por EEUU y un liderazgo nacional que se debilitó y fue arrollado por los transitistas y sus aliados.
El pueblo panameño perdió una batalla. No es la primera vez en la historia de Panamá que la hegemonía perdida por la fracción transitista es recuperada. La segunda mitad del siglo XIX fue testigo de la aparición del Estado de Panamá entre 1855 y 1886. Fue un período de luchas tenaces entre clases con proyectos muy distintos. Entre 1886 y 1903 bajo el régimen restaurador de los conservadores se desarrolló una lucha violenta que culminó con la guerra civil de los Mil Días.
¿Hemos avanzado? Definitivamente. Pero la lucha continúa. Hace un año el grupo artístico El Kolectivo denunció la acción del gobierno que destruyó sus murales que pretendían recuperar la memoria colectiva sobre la gesta del 9 de enero de 1964. Los muchachos declararon que la “indignación, rabia, tristeza nos envuelve al ver pisoteado nuestro esfuerzo por salvar nuestra memoria histórica pero volveremos más fuertes y entusiasmados para defenderla”. La gesta -cuyo aniversario conmemoramos hoy- sigue siendo el grito de guerra del pueblo panameño y de la juventud. Es el símbolo del proyecto de Nación y recoge lo más noble de nuestro patriotismo.
6. Las tareas
Desde la invasión militar norteamericana de 1989, los sectores más oscurantistas del país han querido borrar de la memoria colectiva de la nación la gesta heroica de nuestra juventud. En medio de esta lucha ideológica, aparecieron muchos grupos y movimientos por el rescate del 9 de enero como fecha de reflexión nacional. Queremos restablecer la cátedra que estudia nuestras relaciones con EEUU. El gobierno está obligado a respetar la fecha heroica y su significado para entender quienes somos.
La base económica sobre la cual descansa la sociedad panameña se ha transformado en los últimos tres lustros. La forma en que el Canal de Panamá fue incorporado (a partir de 2000) al proceso de acumulación interna de riquezas del país ha favorecido, en gran parte, al sector financiero y especulativo de la clase dominante.
Estos cambios y otros han tenido un fuerte impacto sobre la estructura social. La desigualdad se ha agudizado, sometiendo a sectores cada vez más grandes a vivir en condiciones de pobreza y permitiendo que una pequeña elite se haga cada vez más rico.
Combinado con la invasión militar de EEUU (1989), las nuevas condiciones sociales y económicas del país han sacudido la visión de país de los panameños. Los sectores dominantes –desde las instancias de gobierno, del sistema educativo y debilitando la institución familiar– pretenden cuestionar la identidad misma de los panameños.
Estos factores se reflejan en la organización política del país. La elite económica y social (la clase burguesa en combinación con los rentistas) celebran cada quinquenio torneos electorales donde sus candidatos compiten por el control de los gobiernos. El pueblo sorprendido por la invasión militar norteamericana y engañada hábilmente por las políticas de despojo (neoliberales) ha perdido parte importante de su organicidad y movilidad.
Mientras que muchas organizaciones populares han visto sus números decrecer y su capacidad de lucha disminuir, ha surgido con fuerza el clientelismo como forma de trabajo político. Los partidos de la oligarquía ganan sus votos en las elecciones mediante el pago en efectivo o en especie. Cada vez, la práctica del soborno se hace más descarada.
El militarismo ha asomado nuevamente su presencia convirtiéndose cada día más en un actor político con pretensiones de intervenir en el futuro del país. El militarismo no es una muestra de un proyecto nacional alternativo. Más bien responde a los intereses de seguridad hemisférica de EEUU. En Panamá cuenta con dos batallones militares, 11 bases militares aeronavales y una institución con 15 mil policías. EEUU entrena los estamentos y financia los armamentos e infraestructura. Los últimos gobiernos también han beneficiado a los oficiales con ascensos y emolumentos que no responden a la realidad ni a las necesidades del país.
A pesar de los elementos más arriba señalados, el proyecto de Nación sigue vigente, grabado en la imaginación popular. Las jornadas heroicas del 9 de enero de 1964 y la memoria de otras insurrecciones populares son atacadas sistemáticamente por la burguesía ‘rentista’ panameña. A pesar de las campañas desatadas por estos sectores, que Soler llamó ‘antinacionales’, el pueblo resiste y conserva su memoria histórica.
Los panameños tenemos la tarea de defender aquellos valores conquistados por todas las generaciones que nos anteceden.
Las riquezas del país, actualmente saqueadas sistemáticamente por la clase dominante, tienen que ser recuperadas por el pueblo. Tienen que ponerse al servicio de una educación integral, de políticas de salud igual para todos y de vivienda decente para todas las familias panameñas.
Hay que rescatar el Canal de Panamá que le costó sangre y lágrimas al pueblo y a su juventud heroica. En la actualidad, enfrentamos un fenómeno nuevo que golpea a cada fmilia panameña. Son los jóvenes ‘ni ni’. Una juventud que llega a su edad de oro y no encuentra oportunidades para estudiar y, tampoco, existen plazas de trabajo para integrarla como miembro productivo de la sociedad. El fenómeno crece, se agiganta, con el paso de cada año y no hay voluntad política de la elite gobernante para atacar el problema.
Al contrario, introduce el flagelo de las drogas en todas sus formas para acabar con una juventud rebosante de energía y aspiraciones. En vez de orientarla hacia el estudio o la producción, los gobiernos ven con satisfacción la aparición del crimen organizado, las pandillas y la corrupción.
La Universidad de Panamá es parte del proyecto de Nación del pueblo. Nació para formar a la juventud y darle impulso al proyecto de Nación de las clases más avanzadas de la época. Igualmente, se transformó en una institución comprometida con el desarrollo económico y el proyecto de expansión de la producción.
Hoy enfrentamos el reto de transformar la Universidad en un centro dedicado a la investigación y a la innovación. Tenemos que transformar nuestros departamentos en laboratorios donde nuestra juventud contribuya con sus investigaciones a los cambios que demanda con urgencia la sociedad panameña.
7. Conclusión
Han pasado 51 años desde aquellas jornadas heroicas de enero de 1964. El proyecto de Nación que encarnó nuestra juventud y que se eleva simbólicamente en los colores de nuestra hermosa bandera, manchada por la sangre generosa de nuestros mártires, está muy presente. Los valores encarnados en nuestra juventud han perdido momentáneamente su hegemonía y siguen siendo mancillados por la fracción transitista y sus aliados ‘accidentales’ u oportunistas.
Los sentimientos de Patria que todos los panameños compartimos, nuestra bandera tricolor y el ejemplo de Ascanio siguen palpitando en el corazón de todos quienes luchamos por la realización del proyecto de Nación.
Notas