Recepción: 15 Diciembre 2016
Aprobación: 15 Abril 2017
Resumen: En este artículo se analiza la resistencia a la refronterización, es decir al proceso de endurecimiento de los regímenes fronterizos por parte de los Estados-nación. En las regiones fronterizas, la resistencia se ha producido mediante operaciones en las que se movilizan los actores y recursos locales de ambos lados de un límite internacional, así como los propios espacios y lugares (trans)fronterizos y las distintas representaciones espaciales. Mediante una metodología cualitativa se analizan dos operaciones de resistencia a la refronterización de Estados Unidos en la frontera México–Texas. Ambas se dan en y con los puentes internacionales (un símbolo de la desfronterización) por medio de la representación de una unidad transfronteriza y del rechazo al muro fronterizo, basándose en un ideal de igualdad entre las poblaciones de ambos lados de la frontera. Sin embargo, ambas operaciones también hacen visible la frontera y refuerzan la diferenciación territorial entre ambos estados-nación.
Palabras clave: refronterización, desfronterización, asimetría de poder, resistencia, representación espacial.
Abstract: This article analyses the resistance to rebordering, as a process by which Nation-states harden their border regimes. In border regions, resistance has been conducted through operations in which local actors and resources from both sides of an international boundary are mobilized, as well as (cross-)border spaces and places, and the different spatial representations. Two resistance operations to the United States rebordering at the Texas-Mexico border have been analyzed through a qualitative methodology. Both took place on and with the international bridges (a debordering symbol) using a representation of a cross-border unity, and of the rejection of the border fence / wall. They are based on an ideal of equality between the communities from both sides of the border. Nevertheless, these operations also make the border visible, and reinforce territorial differentiation between both State-nations.
Keywords: rebordering, debordering, power asymmetry, resistance, spatial representation.
Résumé: Cet article examine la résistance au rétablissement de la frontière, entendu comme le processus de renforcement du régime des frontières des états-nations. Dans les régions frontalières, la résistance est le résultat d’opérations qui mobilisent les acteurs et les ressources locaux des deux côtés d’une limite internationale, ainsi que les espaces propres et les lieux (trans) frontalières, et les différentes représentations spatiales. Au moyen d’une méthodologie qualitative, on analyse deux opérations de résistance au rétablissement de la frontière des États-Unis, à la frontière entre le Mexique et Texas. Les deux ont eu lieu avec et sur les ponts internationaux (un symbole de « l’effacement des frontières ») par la représentation d’une unité transfrontalière et le rejet du mur frontalier, fondés sur un idéal d’égalité entre les populations des deux côtés de la frontière. Cependant, les deux opérations font également visible la frontière et renforcent la différenciation territoriale entre les deux États-nations. Mots-clés : rétablissement de la frontière; effacement des frontières; asymétrie de puissance; résistance; représentation spatiale. Introducción
Mots clés: rétablissement de la frontière, effacement des frontières, asymétrie de puissance, représentation spatiale.
Introducción
A la refronterización de los Estados-nación, es decir al endurecimiento de su régimen fronterizo (por ejemplo, mediante la construcción de muros), se opone una resistencia por parte de distintos actores, desde las comunidades fronterizas (gobiernos locales, empresas, sociedad civil) hasta individuos y colectivos migrantes y activistas pro-derechos humanos y anti- muros. Aunque resulte contradictorio, como se mostrará, la resistencia también refuerza la separación fronteriza; es decir, la creación y mantenimiento de discontinuidades (territoriales, sociales, culturales, etc.) entre espacios socialmente separados y diferenciados. En este sentido, en el artículo se analizan las representaciones espaciales (re)producidas en las operaciones de resistencia desarrolladas en espacios fronterizos adyacentes y/o cercanos al límite internacional; es decir, los significados y valoraciones sobre los espacios y lugares (trans)fronterizos, los Estados-nación y los procesos de refronterización y, su contrario, de desfronterización. En particular, se busca identificar aquella ambivalencia en las representaciones espaciales.
Con este objetivo se seleccionó como caso de estudio la resistencia a la refronterización de Estados Unidos en la frontera con México. El interés en este espacio radica en la constatación que, si bien la refronterización en aquel país tiene efectos en las comunidades de ambos lados de la frontera, la academia se ha focalizado mayoritariamente en el estadounidense (Andreas y Biersteker, 2003; Maril, 2011; Correa, 2013; Dear, 2013; Casey y Watkins, 2014). Por el contrario se ha prestado una insuficiente atención a los espacios locales fronterizos de México, incluso desde este país (Verea, 2006; Drache, 2007; Wong, 2013). En este sentido, se busca identificar la relación entre la ambivalencia de la resistencia (en las representaciones movilizadas) y la participación de actores locales de ambos lados. Para ello se analizan dos operaciones sucedidas durante el periodo 2007-2008 en distintas ciudades gemelas de Texas y México (desde El Paso-Juárez a Brownsville- Matamoros). Este periodo fue el de mayor intensidad de oposición a la refronterización, aunque es probable que se incremente de nuevo a partir de 2017 a raíz de la intención del presidente Donald Trump de construir un nuevo muro. La primera operación, “Hands across el Rio”, fue una protesta en 2007 contra el muro fronterizo; la segunda, la “Ceremonia del Abrazo”, es un evento de carácter anual que celebra la vecindad y la amistad binacional, en el marco de la cual en 2008 se manifestó el rechazo al muro. Aunque de naturaleza distinta, ambas comparten algunas características: los lugares de celebración (el río y los puentes internacionales) y la co-presencia de los cuerpos (humanos); asimismo, en ambas participaron actores locales de uno y otro lado, incluso en ocasiones los mismos.
El artículo inicia con la aproximación teórica que guía el análisis de la resistencia a la refronterización, seguido de la descripción de la estrategia metodológica. A continuación se expone brevemente el proceso de refronterización de Estados Unidos, para después exponer los resultados sobre las representaciones espaciales en las dos operaciones de resistencia seleccionadas. Se cierra con unas conclusiones.
1. Marco teórico
1.1. La refronterización
Los fenómenos que constituyen la globalización ponen en duda uno de los paradigmas en los que se sustenta el Estado-nación: la tríada territorio-soberanía- frontera (Elden, 2009; Amilhat-Szary y Giraut, 2015); sirva de ejemplo la acción transnacional de empresas y organizaciones criminales al captar parcelas de soberanía de distintos países, influir en la desregulación de sus políticas comerciales y aduanales, etc. Los Estados-nación perciben e interpretan estos fenómenos, o al menos una parte, como una amenaza ante la cual protegerse mediante su refuerzo y restauración (Brown, 2015). Tanto la pérdida de validez de aquella tríada como su refuerzo se manifiesta en los espacios fronterizos con la simultaneidad en tensión de dos procesos: la desfronterización y la refronterización (Anderson, 2001; Vallet y David, 2012; Mezzadra y Neilson, 2013; Ashby, 2014; Amilhat-Szary y Giraut, 2015;Nail, 2016).Así, una misma frontera está sujeta a la vez a uno y otro o, dicho de otra forma, se mueve en un continuum entre ambos extremos. El resultado es una permeabilidad selectiva en la frontera: para algunos flujos globales, transnacionales y transfronterizos (capital, de mercancías legales, de personas altamente calificadas, etc.) la frontera se abre, y para otros se cierra (personas indocumentadas y empobrecidas, de mercancías ilegales, etc.). En este sentido la refronterización se asocia con una dinámica geopolítica orientada a la seguritización, es decir, el aumento de los controles a los flujos y a la movilidad en pro de la seguridad nacional (Andreas y Biersteker, 2003), mientras que la desfronterización lo está a la geoeconómica, orientada al libre comercio (Ferrer- Gallardo, 2008). Sin embargo, esto último actualmente está en transformación, como demuestra el creciente giro hacia políticas económicas proteccionistas por parte de algunos estados europeos y de América del Norte. Se trata de fenómenos como la renegociación en curso del Tratado de Libre Comercio de América del Norte a propuesta de Estados Unidos o la salida del Reino Unido de la Unión Europea y del Mercado Común. Este giro se vincularía a un neoliberalismo discontinuo y a una multiplicación del capital mediante la expansión y multiplicación de fronteras (Mezzadra y Neilson, 2013; Nail, 2016; Smith, 2017).
La refronterización básicamente es el endurecimiento delas funciones fronterizas (la regulación y control de la entrada, permanencia y salida de personas, mercancías, capitales, etc., y la diferenciación territorial y social entre ambos lados), como reacción a la “ingobernabilidad” derivada de la pérdida de poder del Estado-nación ante ciertos procesos de la globalización (la migración indocumentada, el narcotráfico, el terrorismo, la pérdida de soberanía, la hibridación cultural, etc.). A efectos analíticos propongo distinguir tres subprocesos mediante los cuales se ejerce: a) la refronterización material, mediante el incremento de la infraestructura, tecnología, métodos de control y cuerpos policiales y militares (implementación de sistemas de vigilancia, construcción de bardas y muros de seguridad, etc.); b) la refronterización jurídica, mediante el endurecimiento de las provisiones legales sobre migración (incluida la deportación), aduanas, seguridad de la frontera, etc., y su aplicación por los poderes ejecutivo y judicial; y c) la refronterización biopolítica, mediante la aplicación de métodos de control de los cuerpos y las emociones (desde la biometría hasta la producción de discursos del miedo y del odio, en relación a la población y el territorio al otro lado del límite fronterizo, y la insensibilización moral hacia el sufrimiento causado por el régimen fronterizo).
La refronterización la realiza el Estado-nación (y todo su aparato) y, en determinados aspectos, otros actores no-estatales, como los medios de comunicación y los grupos civiles de vigilancia fronteriza (como los border vigilantes en Estados Unidos) (Akers Chacón y Davis, 2006). Los medios de comunicación, por exponer un solo caso, son clave en la refronterización biopolítica, en tanto que construyen y difunden una imagen negativa del otro lado de la frontera, desde la desolación y el abandono hasta la peligrosidad y la violencia, a la vez que niegan la posibilidad de ver la frontera como un espacio humano, vivible y diverso. Esta refronterización biopolítica retroalimenta el discurso de una necesaria refronterización material y jurídica. La retroalimentación no se da en una sola dirección, sino que es mutua: así, mientras que los medios crean un discurso de vulnerabilidad, los agentes fronterizos y los grupos vigilantes actúan contra las “amenazas” mediante operaciones que son cubiertas y espectacularizadas por los medios (Walters, 2008; Cisneros, 2013).
A la refronterización se le añade una segunda dinámica: la frontera móvil, como respuesta a la amenaza que supone el cuerpo humano en tanto que espacio móvil (Ashby, 2014; Amilhat-Szary y Giraut, 2015; Nail, 2016; Amelina, Horvath yMeeus, 2016; Urbán y Donaire, 2016). Se trata del ejercicio de las funciones fronterizas en cualquier punto del territorio estatal, y en los territorios de otros Estados-nación y por parte de actores privados; lo que denomino como deslocalización y externalización, respectivamente. Así, la refronterización no se circunscribe a los espacios fronterizos, sino que se extiende a todo el territorio estatal. En este sentido se ha argumentado que todo el territorio es frontera (Balibar, 1998; Fábregas, 1994), aunque tal reducción esconde la heterogeneidad de la refronterización y deslocalización en el territorio y sus efectos en los individuos (por clase, género, nacionalidad, etc.) (Nail, 2016). Igualmente, la refronterización de un Estado-nación se extiende más allá del límite externo del mismo. Así, las funciones fronterizas se externalizan a terceros estados, no necesariamente colindantes, para el control migratorio, la formación y capacitación de agencias policiales, la reforma de la política fronteriza y migratoria, etc., y mediante acuerdos bilaterales y multilaterales, ocupación e injerencia. Ejemplos de ello son los acuerdos de la Unión Europea con Turquía y países del norte de África, y de Estados Unidos con México (Urbán y Donaire, 2016). La externalización también se realiza mediante la cooptación de funcionarios públicos (en ayuntamientos, escuelas, hospitales, etc.) para la detección y denuncia de inmigrantes indocumentados; y de actores privados, en y fuera del territorio nacional, como las regulaciones que las aerolíneas y otras operadoras de movilidad deben cumplir para embarcar pasajeros en los aeropuertos, puertos o estaciones de origen (Ridgley, 2008; Nail, 2016).
1.2 Resistencia a la refronterización
Ante la refronterización (y la deslocalización y externalización de las funciones fronterizas) distintos actores desarrollan operaciones de resistencia, tanto pasiva como activa, para reclamar su abolición y/o reivindicar la desfronterización. La pasiva es aquella mediante la cual las poblaciones fronterizas se resisten a aceptar el marco binario de los estados-nación y las funciones fronterizas sin una confrontación política abierta (Jones, 2011). Esta resistencia se da con y mediante las actividades cotidianas, a través de las cuales la población transgrede lo que interpreta como una imposición y/o una violencia ejercida contra ella. Un claro ejemplo son las llamadas “ciudades santuario”: la objeción de conciencia de los funcionarios públicos de gobiernos locales y servicios sociales en Estados Unidos a denunciar inmigrantes indocumentados (Ridgley, 2008; Nail, 2016). Por otro lado, la resistencia activa se muestra abierta y explícitamente mediante operaciones como manifestaciones reivindicativas, campañas de boicot, ocupaciones y construcción de campamentos anti-fronteras, apoyo a migrantes indocumentados y refugiados, eventos festivos de protesta y expresiones de arte fronterizo, entre otras (Akers Chacón y Davis, 2006; Walters, 2006; Gordon, 2010; Nyers, 2010; Amilhat-Szary, 2012; Cisneros, 2013; Casey y Watkins, 2014).
En la resistencia se moviliza un conjunto de representaciones que, en síntesis, rechazan la frontera (como forma y función), tales como la unidad transfronteriza, la libertad de movimientos, la libertad de permanecer donde cada persona escoja, el libre comercio, la coexistencia pacífica y amistosa, y un mundo sin fronteras (Gordon, 2010; Bauder, 2012; Casey y Watkins, 2014). En menor o mayor medida se construyen bajo un ideal romantizado y naif, que llega a obviar las asimetrías de poder entre los Estados- nación fronterizos o entre ciudadanía e inmigración indocumentada. Esto crea un efecto paradójico: la resistencia también acaba reforzando la separación fronteriza; es decir, hacen visible justamente la frontera y la diferenciación entre ambos lados y actores (Sundberg, 2007;Burridge, 2010). A pesar de esta objeción, sin aquellas representaciones difícilmente sería posible oponerse e imaginar alternativas a la refronterización (Gordon, 2010; Bauder, 2012).
Por último, un elemento clave en la (re) producción de representaciones espaciales es el lugar donde opera la resistencia: en los espacios de la refronterización, ya sea en el límite internacional (muros fronterizos, puertos fronterizos, etc.) o en el resto del territorio (aeropuertos, centros de detención y deportación de migrantes indocumentados, sedes de organismos fronterizos y de empresas privadas que hayan asumido funciones fronterizas, etc.). Para el primer caso dos lugares simbolizan especialmente la refronterización y la desfronterización: los muros y los puentes (Amilhat- Szary, 2012). Ilustrativo de la simultaneidad de ambos procesos es la coincidencia ocasional de estos dos lugares, como en los límites fronterizos trazados a partir de cursos fluviales. Un ejemplo de ello es la frontera México-Texas, cuya delimitación coincide con el río Bravo/Grande, y en la cual se localizan tanto un muro fronterizo (el de Estados Unidos) como varios puentes internacionales. Estos últimos, materialmente constituyen la infraestructura que permite cruzar el río/ frontera y unir ambos lados, y simbólicamente poseen una connotación positiva casi universal en términos de acercar, forjar enlaces y reconciliarse, y en este sentido representan la unidad y cooperación transfronterizas y la superación de las divisiones (O’Dowd, 2002; Warnaby y Medway, 2008). Sin embargo, los puentes también son frontera (puertos de entrada), donde se ejercen funciones fronterizas y, por lo tanto, se regula aquel acercamiento y unidad y se refuerza la separación (Nail, 2016).
2. Metodología
Se aplicó una metodología cualitativa que permitió identificar la variabilidad de representaciones espaciales (significados y valoraciones) movilizadas en las operaciones de resistencia. En primer lugar, se realizó una búsqueda de fuentes que documentaran ambas operaciones (webs, blogs y comunicados de prensa de los actores participantes; vídeos en YouTube realizados por los participantes; y notas periodísticas) de un arco temporal comprendido entre 2006 y 2014. Esta temporalidad cubre ambas operaciones y su continuidad, particularmente para el caso de una de ellas, inscrita en un evento anual. Para la recopilación se consultó el fondo Border Wall and Border Security del Border Studies Archive de la University of Texas-Rio Grande Valley (Brownsville, Texas), así como medios de comunicación digitales de las ciudades gemelas de ambos lados de la frontera. Entre las ventajas del uso de estas fuentes sobresale la cantidad de información recabada, además de forma cronológica, sobre un determinado fenómeno. Entre sus desventajas destaca el carácter parcial e incompleto de la información, que no siempre es veraz y neutral; en este caso, sin embargo, forma parte del objeto de estudio en tanto que son analizadas las representaciones dadas por unos actores ideológicamente situados.
Posteriormente, se analizó la información mediante un análisis de contenidos. Este método permite formular inferencias reproducibles y válidas, y su aplicación implica considerar tres aspectos: los datos tal y como fueron expresados por los actores; el contexto de los datos (la autoría y producción de la fuente, etc.), y la subjetividad y conocimientos del investigador. Se requieren tres etapas básicas: la simplificación (reducción de la información bajo el criterio de la relevancia interpretativa, y selección de los datos pertinentes y relevantes para la investigación), la categorización (clasificación de los datos según un conjunto de criterios previamente definidos y a partir de lo cual se elabora un sistema de categorías), y la redacción de los resultados. De acuerdo a los objetivos de la investigación las categorías se organizaron en dos grupos: la descripción de las operaciones de resistencia y las representaciones espaciales movilizadas. En relación al primero, se identificaron y definieron cinco categorías: a) objetivos, b) organización, c) desarrollo, d) lugares y e) actores participantes; y para el segundo,cuatro: a) la resistencia, b) el lugar de la operación, c) elespacio fronterizo (la población, las ciudades, la región(trans)fronteriza, el “otro lado”, etc.) y d) los procesosde refronterización.
3. Refronterización y resistencia en la frontera de Estados Unidos con México
La frontera Estados Unidos-México está sujeta simultáneamente a la refronterización ya la desfronterización, ilustrado por la coincidencia temporal de dos sucesos: en 1994 Estados Unidos inició la construcción del muro fronterizo y entró en vigor el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN). El origen de la refronterización se remonta a la década de 1980 con el cambio de paradigma de Estados Unidos en relación a sus amenazas externas (Andreas, 2003): se pasó de una política dirigida a afrontar una invasión militar (del bloque comunista) a otra centrada en detener determinados actores transnacionales (el narcotráfico y la migración indocumentada). Muestra de ello son la Guerra contra las drogas y la reforma migratoria de 1986 de la administración Reagan (1981-1989), que buscaban reducir los cruces ilegales en la frontera con México mediante un incremento tecnológico y una mayor capacitación. El proceso se intensificó después de los atentados terroristas de 11 de setiembre de 2001, que se tradujeron en un aumento de la percepción de vulnerabilidad y en la consiguiente implementación de distintas medidas de seguridad nacional (Andreas, 2000; Garrett y Storbeck, 2011; Maril, 2011; Dear, 2013) basadas en la ejecución de controles fronterizos más rigurosos, la militarización de la frontera, y la coalición de intereses de distintos actores públicos de todos los niveles y privados (el denominado complejo industrial-fronterizo).
De particular interés para esta investigación es la Secure Fence Act (2006), para la construcción de un muro fronterizo con México destinado a disminuir la inmigración indocumentada y el narcotráfico. En el sector Texas-Tamaulipas, por ejemplo, en 2007 se emprendió la construcción del muro, con la intención que fuera continuo (unos 400 km de longitud) y rigurosamente uniforme. Sin embargo, terminó teniendo una extensión discontinua, discrepante e inconsistente, con variaciones significativas en su estructura, apariencia y estilo constructivo (Casey y Watkins, 2014). Las discontinuidades se explican por distintas razones, entre las cuales la resistencia a la refronterización, que se ampliará más adelante, pero también a los altos costos económicos, los conflictos jurídicos y a decisiones gubernamentales dirigidas a no afectar a determinados actores e intereses económicos, entre otras (Working Group on Human Rights and the Border Wall, 2008). Asimismo, el trazado del muro no es adyacente ni paralelo al curso del río Bravo/Grande; por el contrario, se localiza a una distancia variable del mismo (hasta los 3km), fuera del área inundable del río.
La aplicación de la Secure Fence Act fue paralela al incremento en México de la violencia e inseguridad asociadas al conflicto entre diferentes carteles del narcotráfico y entre el Estado y aquellos (Pereyra, 2012). Cabe recordar que este conflicto responde a los flujos globales de narcóticos desde América Latina hacia Estados Unidos, el principal consumidor. Este conflicto contribuye directamente a la justificación de la refronterización en Estados Unidos (Correa-Cabrera, 2013) y de la externalización de las funciones fronterizas en México a través de la Iniciativa Mérida (2007) (Chabat, 2010; Wolf, 2011); y constituye una pieza clave en la (re)producción de un discurso del miedo y de insensibilización moral, a laque contribuyeron ampliamente los medios de comunicación, donde México se representa como un lugar peligroso e ingobernable y los migrantes como criminales (Dorsey y Diaz-Barriga, 2010; Correa-Cabrera, 2013; Jones, 2014). Esta representación tiene el objetivo de convencer a la población estadounidense de que el “problema” de la frontera con México requiere una respuesta basada en su militarización y fortificación.
La refronterización ha tenido efectos en las espacialidades de ambos lados (Andreas y Biersteker, 2003; Drache, 2007; Dear, 2013; Wong, 2013): en la cotidianidad de las poblaciones locales fronterizas y en las actividades económicas que hacen uso de la frontera (aumento de las revisiones de entrada a Estados Unidos a vehículos y personas y, consiguientemente, aumento de los tiempos de espera y cruce; aumento del miedo a cruzar a México, lo que conduce a la ruptura o debilitamiento de las relaciones afectivas transfronterizas), así como para la población indocumentada en Estados Unidos (incremento de deportaciones). En el ámbito de las relaciones bilaterales, la política de seguridad estadounidense se volvió intrusiva e intensificó sus cuestionamientos a la política interna de México (Drache, 2007), como en el proceso de legitimación de la Iniciativa Mérida.
Por último, la refronterización o, más específicamente, la ejecución de la Secure Fence Act fue opuesta activa y pasivamente por las comunidades fronterizas de Estados Unidos y de México. La resistencia activa se materializó a través de manifestaciones reivindicativas, actividades lúdicas y campamentos anti-frontera, entre otras operaciones (Burridge, 2010; Dorsey y Diaz-Barriga, 2010; Garrett y Storbeck, 2011; Correa, 2013; Casey y Watkins, 2014; Thompson, 2015), en las que participaron representantes de cargos públicos (principalmente de nivel local), líderes económicos, clérigos, activistas (sociales, pro-migrantes, indígenas, ambientalistas, etc.), propietarios de suelo, universidades, etc. opuestos a lo que el muro representa y a sus efectos sociales, económicos, políticos y ambientales en el ámbito local. Aunque la resistencia se concentró en el periodo 2006- 2008, ésta ha continuado; por ejemplo, y a raíz de la propuesta del presidente Trump de un nuevo muro, mediante el boicot al turismo de compras mexicano en Estados Unidos (Ferman, 2017).
4.Resultados
A continuación se caracterizan las dos operaciones de resistencia seleccionadas, para después exponer las representaciones espaciales que fueron movilizadas.
4.1 Descripción de las operaciones
Por orden cronológico se describe primero Hands across el Rio y después la Ceremonia del Abrazo. La primera consistió en una serie de manifestaciones celebradas sucesivamente en un periodo de 16 días en 2007 en distintos pares de ciudades gemelas, desde El Paso y Ciudad Juárez hasta la desembocadura del río Grande/Bravo (Tabla 1). Se perseguía un doble objetivo: primero, mostrar el rechazo de las comunidades locales a la construcción del muro y, segundo, llamar la atención a nivel de Estados Unidos sobre la controversia del mismo (Border Ambassadors, 2007). Su organización estuvo a cargo de una coalición ad hoc, Border Ambassadors, liderada por el histórico activista anti-militarista Jay J. Johnson-Castro (Thompson, 2015), integrada por activistas y otras organizaciones contrarias al muro (“No Border Walls” y “Unidos Contra El Muro”) así como latinas, católicas, ambientalistas, pro-derechos de los migrantes, etc. de Estados Unidos (LULAC, Labor Council for Latin American Advancement, United League for Human Rights, Coalition of Amigos in Solidarity&Action, etc.).

El acto central de cada manifestación consistía en la formación de una cadena humana en los puentes internacionales, de un extremo a otro, y con los participantes agarrados de las manos. Completada la cadena humana, el acto continuaba con parlamentos y conferencias de prensa a cargo de miembros de la organización, y en algunas ocasiones intervinieron alcaldes y diputados de los estados fronterizos. El programa se completaba con otros eventos (música en directo, piñatas, comidas colectivas, etc.) en espacios cercanos a los puentes, aunque siempre del lado estadounidense. Siguiendo cada manifestación, algunos activistas recorrieron el río en canoa y cayac (lo que se denominó el “fltilla trip”).
Border Ambassadors buscaba mostrar y representar una participación equitativa entre las comunidades de ambos lados, por lo que invitó a participar a la población local de las ciudades gemelas, incluidos los alcaldes y otras autoridades. Se consiguió que en las cadenas estuvieran presentes la mayor parte de los alcaldes, aunque el número de participantes locales, especialmente del lado mexicano, fue menor al esperado. Por el contrario, en varios casos en las cadenas predominaron los activistas procedentes del interior de Texas y de otros estados. Ante los escasos participantes del lado mexicano, la mayor parte de las cadenas se empezaron únicamente del lado estadounidense. El peor caso fue en este sentido El Paso-Juárez, donde los únicos participantes de México fueron el alcalde de Juárez (junto con algunos acompañantes) y los reporteros que cubrían el evento, a lo que se suma que la cadena no alcanzó a llegar al extremo mexicano del puente (News West 9, 2007). Las manifestaciones donde se reunieron suficientes participantes de ambas ciudades fueron pocas, de las que destaca Laredo-Nuevo Laredo, donde los participantes (incluidos los alcaldes) se encontraron en medio del puente y desde allí desplegaron la cadena, extendiéndose hacia ambos extremos (Richards, 2007). La Ceremonia del Abrazo se incluye en las anuales fiestas de la buena vecindad, que celebran diez pares de ciudades gemelas de la frontera México-Texas (Tabla 2) (Oliveras, 2016). La organización de la ceremonia recae en los gobiernos locales, cámaras de comercio o asociaciones civiles de una localidad de México, de Estados Unidos o de ambas. Tiene un carácter predominantemente diplomático y su objetivo es la reafirmación de la amistad y la buena vecindad entre las comunidades fronterizas y, por extensión, entre los dos países. Se celebra en medio de los puentes internacionales, donde se reúnen las delegaciones de ambas ciudades, integradas por el acalde y otras autoridades locales y actores económicos y civiles, y acompañados en ocasiones por autoridades estatales y federales, así como militares y religiosas. El acto principal consiste en un abrazo entre los alcaldes y las demás autoridades de un mismo nivel y entre parejas de niños y niñas. A ello se suma un intercambio de regalos y de banderas, y parlamentos.

1: Tamaulipas; 2: Coahuila; 3: Chihuahua
Elaboración propia a partir de Oliveras (2016).En 2008 los alcaldes explicitaron su rechazo a la refronterización y, mediante la ceremonia, exhibieron un interés compartido ante lo que interpretaban como una amenaza para la convivencia. Asimismo, en el período estudiado también fue habitual la denuncia a la inseguridad y violencia en México y a la política al respecto del gobierno mexicano. A diferencia de la oposición a la refronterización, esta denuncia fue menos explícita y comprometida; los alcaldes mexicanos midieron sus declaraciones por miedo a las represalias y los estadounidenses limitaron su intromisión en asuntos internos de México.
4.2 Representaciones espaciales
Las representaciones de la resistencia pueden dividirse entre las de unidad transfronteriza y las de rechazo al muro, movilizadas de forma interrelacionada. La de unidad se construyó a partir del lugar de las operaciones (los puentes) y la co-presencia de los cuerpos (una cadena humana o un abrazo según el caso). La co-presencia implica el contacto humano y para los participantes simbolizaba la cercanía, la intimidad, la empatía, la confianza y el respeto mutuo. Se representaban unos lazos estrechos entre las comunidades fronterizas de ambos lados del río/frontera, así como la solidaridad, la amistad, la compasión y la cooperación transfronterizas. Desde sus inicios, con la “Ceremonia del abrazo” se ha deseado representar la voluntad de superarla asimetría de poder entre ambos países, aparentando una igualdad y equiparación geopolíticas (Oliveras, 2016). Asimismo, al menos para una parte de los participantes, esta unidad trasciende y transgrede el territorio de ambos países y, en cambio, conciben una región transfronteriza o un “tercer país” entre México y Estados Unidos (Anzaldúa, 2007; Dear, 2013), del cual el río Bravo/Grande y las ciudades gemelas devienen sus ejes articuladores. Lo ilustra lo expresado por uno de los participantes en una ceremonia del abrazo: “Laredo y Nuevo Laredo es lo que llamamos el tercer país porque aquí converge lo mejor de las dos naciones” (López, 2010). Igualmente se expresa que el río no debe ser frontera, negando y a la vez rechazando que su curso constituya la base sobre la que se estableció el límite internacional (Terrazas y Gurza, 2012). La concepción de esta región transfronteriza incorpora, además, una referencia a una identidad compartida a ambos lados, a veces en relación a unos ancestros comunes y otras a la hibridación. Así, por ejemplo, también en la ceremonia de Laredo y Nuevo Laredo se expresó que “We are blessed to have a culture thatis a mix of both American and Mexican” (Pineda, 2011). Una idea similar se refleja en la lengua, al emplear ocasionalmente el spanglish, es decir, mesclando deliberadamente el inglés y el español, como indica la misma denominación de una de las operaciones, Handsacross el Rio.
El rechazo a la refronterización se articuló a partir dela suma de distintos significados y valoraciones, agrupados en cuatro categorías:
a) Político-ideológicos. Primero, la refronterización es cuestionada desde los imaginarios de un mundo sin fronteras y del fin de la historia, construidos con la desaparición del bloque comunista (y la simbólica caída del muro de Berlín) (Zwick y Zwick, 2007). En esta dirección, la refronterización es vista como un proceso anacrónico, anti-histórico y contrario al “progreso de la historia”, por lo que era descalificada como una “absurdidad”, una “ridiculez” y una política “grotesca” (Border Ambassadors, 2007). Segundo, se considera el muro como “agresivo”,“violento” y “como una herida a la tierra” (de las comunidades fronterizas y de Estados Unidos)“ fruto de una política deshumanizante” (Border Ambassadors, 2007; Nail, 2016). Precisamente frente un “muro deshumanizado” y una tecnología de control del cuerpo humano y de su movilidad, los participantes en Hands across el Rio lo subvertían mediante la cadena humana, un “muro humano” transversal a aquél. Tercero, se denunciaba que la concepción y justificación de la refronterización no se basaba en la “realidad” sino en una ficción ideológica, según la cual la frontera estaba rota y que Estados Unidos estaba sufriendo una invasión (en este caso, a través de la inmigración, el narcotráfico y el terrorismo internacional) (Border Ambassadors, 2007; Brown, 2015). A ello se contraponía, por ejemplo, que “Estados Unidos es una nación construida y formada por inmigrantes”. Asimismo, se cuestionaba la eficiencia de la refronterización, aunque no hubiera suficientes evidencias para hacerlo; simplemente los opositores asumen que el muro, la video vigilancia y los sensores de movimiento son ineficientes para detener el narcotráfico y la migración indocumentada (Dorsey y Diaz-Barriga, 2010; Dear 2013). Por el contrario, se reclamaba al gobierno de Estados Unidos la necesidad de comprender los fenómenos globales y de buscar soluciones integrales, a la vez que priorizara otras problemáticas, como la pobreza en las comunidades fronterizas. En este último sentido, a menudo tanto los activistas de Border Ambassadors como los alcaldes de las ciudades gemelas se sustentaban (y repetían) una de las críticas habituales de los actores locales fronterizos, que “las decisiones que afectan a la región fronteriza no se toman en ésta”, sino en las capitales federales y por personas que no son de la región o que viven muy lejos (tanto físicamente como emocional y cognitivamente). Subvirtiendo el imaginario de la invasión, la refronterización fue reinterpretada como “la auténtica invasión”, en este caso perpetrada por “Washington” (Treviño, 2007).
b) Económicos. Las representaciones se construyeron con base al imaginario del libre comercio. A pesar de que la política fronteriza de Estados Unidos no implicaba una alteración del TLCAN, los participantes daban por hecho que la refronterización afectaría la economía de la región fronteriza de Texas. Se veía como una amenaza a las oportunidades de los sectores económicos locales que dependían directa o indirectamente del cruce internacional. Sirva de ejemplo el turismo de compras en las ciudades fronterizas de Texas: para los alcaldes, como el de Hidalgo (WRadio, 2008), el muro enviaba un mensaje muy negativo a México, ante el cual los compradores mexicanos podían sentirse agraviados, si no es que directamente impedidos a cruzar y, consiguientemente, comprar en Estados Unidos. A pesar de esta narrativa, en las operaciones no se expresó nunca que las relaciones económicas México-Estados Unidos se fundamenta precisamente en la existencia de la frontera: en las diferencias económicas y laborales entre ambos lados.
c)Ambientales. Las organizaciones ambientalistas integradas en Border Ambassadors hicieron énfasis también en los impactos del muro sobre el paisaje (estéticos) y el medio ambiente (erosión, destrucción y ruptura de hábitats naturales y de corredores para la fauna terrestre). Así, por ejemplo, se señalaba las amenazas que suponía para el ocelote, una especie animal cuyo hábitat divide el muro (No Border Wall, 2009). Asimismo, se reproducía otra crítica habitual a la frontera, su anti-naturalidad.
d)Geográficos y geopolíticos. Desde una concepción del proceso de división como un acto injusto y atentatorio a la libertad de movimiento, se denunciaba que la extensión del muro partía distintos espacios (localidades, tierras agrícolas, hábitats naturales, propiedades, caminos, etc.), lo que deja buena parte incomunicada entre el muro y el límite fronterizo (el curso fluvial). A las valoraciones ambientales ya señaladas, se sumaba la limitación al derecho de la población de Texas a acceder a sus propiedades privadas y a las tierras públicas. Detrás de esto se halla un elemento constitutivo de la identidad texana, la asociación entre propiedad y libertad (Cummins y Scheer, 2016). En segundo lugar, se interpretaba que la erección del muro constituía una cesión de facto a México del territorio entre el límite y el muro, lo que para el nacionalismo estadounidense era una afrenta, pero para el mexicano una cierta reparación histórica. Asimismo, se valoraba que el muro simbolizaba el miedo de Estados Unidos hacia lo externo, lo cual entraba en contradicción con el “espíritu americano”, según el cual los “americanos” no se esconden detrás de un muro, sino que se enfrentan a las amenazas con valor (Zwick y Zwick, 2007).
Junto a estas representaciones de unidad transfronteriza y de rechazo al muro, en ambas operaciones hubo otras de signo contrario, que refuerzan la separación fronteriza, es decir la diferenciación de los territorios y sociedades de México y Estados Unidos, así como los estereotipos sobre el otro. Desde un lado y otro se reprodujo la asimetría de poder que media entre ambos países, incluso, paradojalmente, cuando los activistas estadounidenses negaban que tal asimetría afectara a sus relaciones con los mexicanos. La escasa participación del lado mexicano en las manifestaciones Hands across el Rio se puede deber a la reproducción de aquellas relaciones de poder; por ejemplo, la concepción de la protesta no fue fruto de una colaboración transfronteriza en plano de igualdad sino que, desde México, se interpretó como un movimiento capitalizado en y para Estados Unidos en el cual la voluntad de los actores texanos de incluirlos respondía a una estrategia de instrumentalización. Por otra parte, en ambas operaciones, pero particularmente en la “Ceremonia del Abrazo”, no se negaba ni deslegitimaba la existencia misma de la frontera internacional, fruto de la invasión militar por parte de Estados Unidos en 1846 (Terrazas y Gurza, 2012; Cummins y Scheer, 2016); por el contrario, los actores estadounidenses celebran la línea fronteriza,en ocasiones explícitamente como un logro positivo de la “humanidad” y de la “civilización” (Sánchez, 2013). La reproducción y refuerzo de la frontera también se refleja en el uso y comprensión de las lenguas: el español por parte de los actores mexicanos y el inglés por los estadounidenses, a pesar de algún esporádico uso del español y el spanglish por parte de estos últimos.
Un ejemplo extremo del refuerzo de la separación fronteriza lo ofrece la ridiculización que los activistas estadounidenses hacían del muro al decir que la ciudadanía estadounidense necesitaría pasaporte para moverse de un lado al otro de aquél a pesar de estar en territorio nacional (Zwick y Zwick, 2007). Sin embargo, para los actores de México aquella ridiculización resultaba incongruente ya que no cuestionaban que a la población de México se le requiera pasaporte y visa para entrar a Estados Unidos.
En una dirección similar, el rechazo a la refronterización se redujo a la construcción del muro fronterizo; no se cuestionaron otras medidas que forman parte del mismo proceso y que pueden ser más insidiosas. En este sentido, en primer lugar, no se rechazó la reproducción de un discurso del miedo: si bien las autoridades reunidas en la Ceremonia del Abrazo manifestaron su preocupación por la violencia e inseguridad en México, no criticaron la construcción de aquel discurso en Estados Unidos. Asimismo, en segundo lugar, como alternativa al muro apostaban por el incremento del número de agentes de la Border Patrol, en tanto que asumían que el patrullaje tiene una mayor eficiencia y una menor afectación a la cotidianidad de y entre las dos riberas.
5.Conclusiones
Operaciones como las analizadas para la frontera México-Texas (Hands across el Rio y la Ceremonia del Abrazo) son un ejemplo de la resistencia en los espacios aledaños a los límites internacionales sujetos a la refronterización (no se ha abordado aquí la resistencia en espacios de la frontera móvil). Aunque cada operación tiene un origen distinto, ambas presentan características comunes: el lugar de celebración (los puentes internacionales), la co-presencia de los cuerpos (abrazos y agarres de la mano) y la búsqueda de la legitimación a través de las autoridades locales (los alcaldes de las ciudades gemelas). Precisamente por estas características se trata de operaciones que implican y requieren para su éxito, al menos el simbólico, la participación de actores de Estados Unidos y de México. Esto las distingue de las operaciones circunscritas únicamente al territorio de los estados-nación que emprenden la refronterización, en este caso Estados Unidos.
Como muestran los resultados, en y con ambas operaciones se movilizaron simultáneamente represen- taciones de signo opuesto: de una parte, la unidad transfronteriza y el rechazo al muro, y de la otra, la separación fronteriza. Esta ambivalencia se manifestó también en los referentes del espacio fronterizo y en el lugar de las operaciones.
La primera representación, con la que se buscaba una reivindicación de la desfronterización, está integrada por referentes como la amistad de las ciudades gemelas, la concepción de una sola región, el río como eje articulador y una cultura compartida, entre otros. Esta representación pone de manifiesto dos configuraciones territoriales en conflicto. Una, la construida por los actores locales y activistas, que implica el empoderamiento de la escala local y de la sociedad civil, la apertura de las fronteras –lo que no equivale a su desaparición– para el mutuo beneficio y la convivencia entre ambos lados, y el reconocimiento de una continuidad social, ambiental, económica y cultural transfronteriza. Ésta se opone a la del Estado-nación, basada en el reforzamiento del régimen fronterizo (ante lo que los actores estatales perciben como amenazas externas a la integridad territorial y la seguridad nacional) y de la discontinuidad y diferenciación territorial entre países colindantes.
En segundo lugar, el rechazo a la refronterización, limitada al muro, se basa en una valoración negativa de sus efectos económicos, ambientales, sociales, geopolíticos e, incluso, identitarios para la región. Ante ello oponen un conjunto diverso de representaciones (la libertad de movimientos, el libre comercio, la anti- naturalidad de la frontera, la lejanía del Estado-nación, la igualdad entre las poblaciones de un lado y otro, etc.). En ambas operaciones, al igual que en otras, se hizo también visible la frontera, la asimetría de poder (político, económico, cultural, etc.) entre Estados Unidos y México, y la diferenciación territorial y social entre ambos. Una muestra de ello fue la escasa participación de actores de México en Hands across el Rio –no en la Ceremonia del Abrazo donde la participación se restringe a invitados oficiales–, en tanto que percibían que eran instrumentalizados por el lado estadounidense, y ello a pesar de que interpretan el muro como una afrenta a México y a la integración regional de América del Norte. A su vez, la escasa participación de un lado retroalimenta la separación fronteriza por partida doble: de un lado, se manifiesta en la negativa y/o desinterés de la sociedad civil mexicana a participar en el rechazo de una política de un Estado-nación que no le es propio; y, del otro, en la construcción de representaciones que responden únicamente a los valores y aspiraciones de la población estadounidense.
La reproducción de la separación fronteriza parece responder tanto a una falta de comprensión global de la refronterización por parte de quienes se oponen, como a una incapacidad y/o una ausencia de voluntad real de cuestionar las bases geopolíticas sobre las que se apoyan las políticas internas y externas de ambos países y de sus relaciones bilaterales. Cabe tener en cuenta que ambas operaciones querían legitimarse mediante los alcaldes de las ciudades gemelas, es decir, por actores que incorporan en sí mismos otra ambivalencia: si bien son representantes de las comunidades locales, también lo son de la estructura estatal. Ello es especialmente evidente en la Ceremonia del Abrazo, un evento dirigido a reafirmar anualmente el statu quo, donde junto a la unidad transfronteriza hubo una escasa y un tanto tardía crítica a la construcción del muro.
Esta constatación pudiera llevar a la conclusión pesimista que la resistencia es ilusoria. Por el contrario, debe invitar a los actores locales y activistas de ambos lados a reflexionar sobre la asimetría de poder y la separación fronteriza con el objetivo de evitar su reproducción (Gordon, 2010; Martín-Cabrera, 2015). Más importante aún, esa reflexión colectiva transfronteriza constituiría en sí mismo un ejercicio de desfronterización. El incremento de la refronterización de Estados Unidos emprendida en 2017 por la administración Trump y, ante ello, el movimiento de resistencia que en ambos países se está generando será una buena ocasión para comparar las representaciones espaciales movilizadas, la participación de actores de ambos lados y evaluar los aprendizajes al respecto.
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