Dossier Abierto

Investigar en situación. Aproximaciones metodológicas y otras imprecisiones

Virginia S. Martinez Coenda
Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, Argentina

Investigar en situación. Aproximaciones metodológicas y otras imprecisiones

RevIISE - Revista de Ciencias Sociales y Humanas, vol. 9, núm. 9, pp. 77-95, 2017

Universidad Nacional de San Juan

Recepción: 13 Septiembre 2016

Aprobación: 22 Febrero 2017

Resumen: En el presente trabajo esbozaré algunas aproximaciones a la perspectiva metodológica que venimos construyendo en el Colectivo Coconstrucción. Se anudarán en el texto descripciones, análisis y reflexiones que nacen de las experiencias situadas en las ciudades de Concordia y Bariloche (Argentina). Las nociones de “procedimientos” y “situación” serán centrales en las argumentaciones. El énfasis será metodológico, pero el esfuerzo estará en ir reconociendo todo lo político, lo epistemológico, lo teórico que se juega en esas definiciones.

Palabras clave: Procedimientos, Experiencias, Situación.

Abstract: In this paper, I will outline some approaches to the methodological perspective that we have been producing in the “Colectivo Co-construcción”. Descriptions, analysis and reflections born from situated experiences in the cities of Concordia and Bariloche (Argentina) will be tied in the text. Notions of “procedure” and “situation” will be crucial in the argumentations. The emphasis will be methodological, but the effort will be to identify the political, epistemological and theoretical aspects that are at stake in those definitions.

Keywords: Procedure, Experiencias, Situación.

Introducción

Tratar de decir algo sobre nuestra1 perspectiva metodológica es, ya, una tarea dificilísima. Desligarla de “la cuestión epistemológica” y de “la cuestión política” es decididamente imposible. Sabemos que la escritura académica nos dispone muchas veces a separar en partes aquello que, de tan anudado, una no cree siquiera que existan tales partes. Nos dicen que ésta es la forma en la que se procede en toda investigación que se pretenda científica. Entiéndase bien: objetivos, marco teórico, metodología, recolección de datos, análisis de datos, conclusiones. Lo que presentaré en estas páginas es, en cambio, un texto que transcurre, al mismo tiempo, por distintos lugares. Se anudan en él descripciones, análisis y reflexiones de un colectivo de investigación que nacen de sus experiencias situadas en las ciudades de Concordia y Bariloche (Argentina) y se vale, para ello, de elementos diversos: teóricos, empíricos, imágenes, tonos, todos ellos dispuestos al ritmo que la escritura vaya marcando.

El modo de organizar el texto que me pareció más conveniente fue el siguiente: una primera parte de presentación que intenta esbozar algunas líneas ilustrativas acerca del colectivo de investigación Co-construcción y de las experiencias de Bariloche y de Concordia. Espero que después de esta parte, el/la lector/a pueda hacerse una primera imagen, todo lo difusa que se quiera, de nuestras investigaciones.

En la segunda parte, intentaré tirar del hilo de algunas preguntas que nos venimos haciendo con el colectivo y que sólo hemos podido ir res-pondiéndolas parcialmente: ¿cómo construir conocimientos junto a nuestras/os compañeras/os de Concordia y Bariloche? ¿Cómo desplazarnos del lugar de privilegio conferido al saber académico para habilitar la emergencia de esos saberes otros? ¿Cómo escuchar la voz “verdadera” del otro/a? ¿Cómo expresarla aquí sin hablar por él/ella? ¿Cómo armar un horizonte común ante semejante diversidad? ¿Cómo poner a funcionar esos conocimientos para la transformación social? ¿Cómo correr los límites un poco más? ¿Cómo transformar al Estado? ¿Cómo dislocar los poderes establecidos? ¿Cómo articular las temporalidades instituidas de las investigaciones y las que transcurran en los territorios? Por supuesto que preguntas de este espesor abrieron infinitas consideraciones, algunas de las cuales organizaré en este escrito. El énfasis será metodológico (la persistencia del “cómo” en todas las preguntas nos da una señal sobre eso), pero el esfuerzo estará en ir reconociendo todo lo político, lo epistemológico, lo teórico que se juega en esas definiciones.

Primera parte A propósito del colectivo Co-construcción y de las experiencias enConcordia y Bariloche

El equipo de investigación del cual formo parte está constituido hoy por doce personas aproximadamente. Un poco más de la mitad proviene de formación de grado en arquitectura, mientras que el resto nos hemos formado en distintas carreras de ciencias sociales, en mi caso ciencias económicas. Primer aprendizaje: las disciplinas por sí solas no son capaces de comprender la complejidad de las realidades que habitamos. La interdisciplina constituye entonces el primer intento de rebasar ese límite.

Sin embargo, fuimos aún un poco más lejos. En el trascurrir de nuestras investigaciones hemos comprendido que había otro límite por traspasar, pues advertimos que el conocimiento científico, aún interdisciplinar, tampoco es suficiente. Llegamos así a nuestro segundo aprendizaje: la resolución de nuestras problemáticas sociales requiere de la combinación no sólo de saberes de distintas disciplinas sino que, aún más, de saberes construidos por fuera de los mecanismos convencionales de la academia.

De este doble aprendizaje nace la idea de co-construcción del conocimiento, que nos resultó expresiva de la posición política, epistemológica y metodológica que asumimos como investigadores/as. De allí que hemos optado por identificarnos con el nombre de Colectivo de Investigación Co-construcción2.

La noción de lo colectivo me resulta particularmente interesante como modo de composición en la pluralidad. Una investigación colectiva, del modo que la estoy planteando, no supone la fusión de las diferencias. Se parece más al ch’ixi de Silvia Rivera Cusicanqui, en tanto gris jaspeado resultante de la mezcla del blanco y el negro, que se confunden a la percepción sin nunca mezclarse del todo (Rivera Cusicanqui en Gago, 2014). En ese mismo sentido, tampoco supone la difusión de las asimetrías. Soy consciente de que cualquier forma otra de investigar que nos propongamos va a estar tensionada por las formas ya sedimentadas e institucionalizadas. Los esquemas enquistados (cristalizando determinados intereses) van a ejercer sus fuerzas ordenadoras. Gestada en esta tensión, nuestra investigación colectiva va a combinar prácticas y racionalidades en apariencia contradictorias: lo asimétrico se superpone con lo horizontal, lo individual con lo comunitario.

Si bien el equipo está radicado institucionalmente en Córdoba, nuestras experiencias de investigación se extienden hasta las ciudades de Concordia (provincia de Entre Ríos) y Bariloche (provincia de Río Negro). Así, ese modo de articulación de las diferencias que hemos llamado colectivo es expresivo no sólo del modo relacional que nos damos hacia el interior del grupo, sino que al mismo tiempo, y necesariamente, hacia afuera de él, con los territorios y actores locales. Digo necesariamente ya que, ambas dimensiones (y convengamos por ahora es que posible, al menos analíticamente, hacer esa separación entre el interior y el exterior del grupo) son parte constitutiva de un mismo movimiento epistemológico. En otras palabras, no creemos que el gesto de la co-construcción pueda hacerse cuerpo sólo “adentro” o sólo “afuera” del equipo.

Ahora bien, desplacemos la idea abstracta de colectivo y de co-construcción hacia un terreno más concreto. De manera resumida (y muy reducida) lo que hacemos, tanto en la experiencia de Concordia como en la de Bariloche, es promover la integración de saberes diferenciados (académicos y no académicos) en procesos de desarrollo colectivo de tecnologías para el hábitat. Cuando hablamos de tecnologías para el hábitat nos referimos específicamente a sistemas constructivos en base a madera, tanto para viviendas como para edificios públicos (salones de usos múltiples por ejemplo). La tecnología es comprendida aquí en sentido amplio, abarcando tanto el artefacto-producto que resulta de ese desarrollo, como así también los procesos organizativos que moviliza. Cuando hablamos de procesos de desarrollo nos referimos concretamente a las instancias de diseño, producción, construcción y montaje de prototipos tecnológicos.

Problematizando los procesos de producción de conocimiento con que se conciben tales tecnologías, quisimos complejizar la perspectiva heredada de transferencia de conocimiento tecnológico. Con los aportes de los Estudios Sociales de la Ciencia y la Tecnología que señalaban el fracaso relativo de experiencias transferencistas -que endilgan el “no funcionamiento” de artefactos “bien diseñados” a la incapacidad cultural de las poblaciones “adoptantes”- fuimos construyendo un modo investigativo colectivo cuyos sentidos se sintetizan en aquello que llamamos renglones más arriba co-construcción del conocimiento.

Forman parte de la investigación redes de actores locales compuestas por organizaciones de trabajadores/as de la construcción (carpinteros/as, albañiles y/o herreros/as), gobiernos municipales, escuelas e instituciones del sector científico-tecnológico. El horizonte es aportar al desarrollo de la actividad forestal local, que en ambas ciudades constituye una actividad de escaso valor agregado, bajo lógicas incluyentes que no reproduzcan el funcionamiento segregador del mercado capitalista tradicional.

En el año 2010, Gustavo, el ex intendente de la ciudad de Concordia, se comunicó con Paula Peyloubet (la directora del programa) para convocar al equipo de investigación a trabajar junto al municipio en una problemática que anuda, en principio, dos cuestiones: la promoción de la actividad forestal local y la resolución de la problemática de la deficiencia habitacional de la ciudad3. Ese primer anudamiento entre “la cuestión productiva” y “la cuestión habitacional” que nos traía Gustavo hizo sentido con una afirmación conceptual que el equipo venía construyendo desde su experiencia en Villa Paranacito: la problemática habitacional no puede reducirse a la vivienda4. Cuestiones sociales, económicas, tecnológicas, políticas van articulándose para componer una definición de la problemática habitacional verdaderamente compleja, que es necesario desenmarañar para abordarla con seriedad. En el reconocimiento de esa complejidad, a nosotras/os nos interesa (por la trayectoria del equipo) aquello que se encuentra en la intersección de

Así, desde la convicción de no querer contribuir a la ya obscena acumulación de capital por parte de unas/os pocas/os, planteamos como primer punto nuestra voluntad de conformar una red que vincule, en principio, a pequeños/as productores/as de la economía popular, a gestores municipales y a nosotras/os (a la que luego se fueron sumando otros actores). El propósito era ir construyendo entre todos/as un proyecto que sea capaz de articular nuestras diferencias en pos de accionar transformaciones en aquello que nos conmueve. En otras palabras, organizar colectivamente nuestros deseos a partir de los puntos en los que ellos se tocan, se encuentran. En ese camino conocimos a los compañeros de la Asociación de Carpinteros de Concordia, de la Dirección de Vivienda y de la Secretaría de Producción y Trabajo (ambas municipales) y de la Universidad Nacional de Entre Ríos, con quienes seguimos trabajando hasta el día de hoy. Así nació nuestra experiencia en Concordia.


En el año 2013 Paula recibió un llamado de Alejandro, del INTA Bariloche. Había leído acerca de la experiencia de Villa Paranacito en la página del Ministerio de Ciencia y Tecnología de la Nación y, luego de conversar con sus compañeras/os decidieron contactar al equipo. Ellas/os venían trabajando en una mesa de trabajo público-privada en torno a la situación forestal de la región junto a la Comisión Forestal y Maderera de esa ciudad (CFMB), el director del área forestal de la provincia y un técnico forestal del entonces Ministerio de Agricultura, Ganadería y Pesca de la Nación. La encrucijada era la siguiente: en los años 80, a partir de la sanción de la Ley 25.080 que promovía inversiones en nuevos emprendimientos forestales y en ampliaciones de los bosques existentes, muchos terratenientes vieron una oportunidad: cobrar subsidios por sembrar pinos. El proceso de forestación no tuvo un seguimiento estatal (ni de control ni de inversión económica) en las etapas subsiguientes a la siembra. El resultado es evidente: existen hoy miles de hectáreas forestadas que producen madera de baja calidad (por no haber recibido nunca los cuidados que requiere su producción) en manos de propietarios que no se dedican a la actividad forestal y tampoco tienen interés en hacerlo5.

Esa mesa de trabajo había estado pensando en la posibilidad de generar un producto maderero que, a través de su inserción en el mercado, traccione el circuito económico forestal desde la demanda. Las/os propietarias/os de los bosques ya habían demostrado el desinterés por invertir en la actividad, por lo que la opción de “empujar” el circuito desde la oferta estaba, al menos temporalmente, desestimada. En ese con-texto, y conociendo nuestras experiencias de investigación anteriores, nos convocaron para desarrollar un sistema constructivo (ya sea para viviendas o edificios públicos) en base a las características técnicas de la madera local disponible.

A diferencia de Concordia, donde fuimos convocadas/os por el entonces intendente de la ciudad, en Bariloche fue esa mesa de trabajo público-privada quien nos llamó. Quizás esto explique, al menos en parte, ciertas tensiones a la hora de definir los acuerdos iniciales, específicamente en relación a nuestra posición de desacuerdo respecto a que el sector científico-tecnológico se dedicara a investigar en favor de la acumulación empresarial6. Los desencuentros en los deseos y las diferencias irreconciliables no tardaron en hacerse evidentes con la mayor parte de las/os integrantes de esa mesa de trabajo. Sin embargo, no fue con todas/os así. Conectamos de manera interesante con la gente del INTA y del área forestal de la provincia, con sus búsquedas, sus intereses, sus deseos, sus modos de pensar la relación con el territorio y fue con ellas/os que emprendimos los inicios de este proceso. Con el correr de los meses nos fuimos acercando al municipio, al Taller Integral Angelleli, al Taller San José Obrero y a la Cooperativa Laburar (entre otros actores que se siguieron sumando después). Así nació nuestra experiencia en Bariloche.


Del para quién al con quién investigamos

Creo que la dimensión política de nuestras investigaciones se juega de manera más clara en las preguntas fundantes (y refundantes, puesto que se van actualizando con el correr de los años) del para qué y para quién investigamos. En algunas ocasiones he tenido la oportunidad de compartir estas preguntas con colegas y compañeras/os y la primera respuesta que suele aparecer tiene que ver con la comprensión: investigar para comprender. Claro, pero comprender para qué me pregunto. Comprender para la acción: no creo en una comprensión que no esté anudada a la acción, al movimiento. De allí que la idea de praxis de Paulo Freire que concibe a la reflexión y la acción como unidad indisoluble me parece especialmente interesante. Así fue que nos fuimos acercando al amplio y heterogéneo espectro de la investigación-acción (de Fals Borda para adelante) y a la investigación militante (Colectivo Situaciones).

Ahora bien, ¿para quién investigamos? ¿Para aportar al “acervo de conocimientos sociales” y ponerlos así a disposición de la sociedad para que los tome y los use a la medida de sus necesidades? ¿No debiéramos investigar para contribuir a resolver problemas que sufren los sectores más desfavorecidos? ¿No es acaso nuestra responsabilidad como investigadoras/os financiados por el Estado nacional la de producir conocimientos para las/os excluidas/os?

Estas preguntas, planteadas de este modo, pueden tener un derrotero peligroso. Investigar-para-alguien, así sea para ese genérico impersonal que llamamos “la sociedad” o bien, en una apuesta más jugada, para “los sectores desfavorecidos”, propone un esquema donde quien investiga queda separada/o de quien es investigada/o. En esa brecha se produce un problema de investigación que parece estar depositado en las/os investigadas/os, lejos y ajeno a las/os investigadoras/es.

Dice Alejandro Haber (2011) que

es nuestro principal interés que haya un problema que nos cree a nosotros como investigadores. [...] El problema de investigación es, pues, nuestra coartada: nos ofrece la posibilidad de decir que el mundo nos necesita. [...] Por eso es que lo enunciamos como si el problema fuese independiente de nosotros, como si estuviese allí, y nosotros aquí [...] Así las cosas, el problema es nuestro problema. Es decir, si no problematizamos nuestra relación con el problema, si simplemente omitimos pensarnos en relación con el problema y develar la invitación que nos ofrece a constituirse en nuestra coartada, habremos concedido dejarnos llevar por el lugar que nos tiene reservado la institucionalidad de la ciencia, los roles, objetivos, misiones y lenguajes, habremos renunciado a hacer otra cosa que reproducir esa institucionalidad, es decir, gozar de nuestro lugar en ella (p.3)

Siguiendo con el planteo de Haber, me parece que crear la idea de que existe un problema en otras personas para justificar nuestra existencia como investigadoras/es y como gestoras/es de la resolución de ese problema es la fórmula que sostiene la maquinaria (y el negocio, digámoslo) de la asistencia. La asistencia resulta así un esquema relacional asimétrico, donde alguien parece que “se hace cargo” del problema de otra/o, y en eso de sus posibilidades para elegir los modos de resolverlo. Este esquema asistencial es muy habitual en ciertas intervenciones estatales, incluidas algunas iniciativas de investigación orientadas a la acción y de desarrollos tecnológicos (ligadas a las prácticas transferencistas a las que referí antes). Así planteado, nos lleva sin escalas al viejo positivismo del hombre neutral que, al no estar conectado subjetiva ni emocionalmente con el problema a resolver, es capaz de elaborar soluciones objetivas y transferibles a ellas/os, las/os que poseen problemas, las/os que adolecen de potencialidades, las/os sujetas/os de falta, los objetos de investigación. Dice Haber que, en esta operación, toda relación social que una/o tenga ya establecida con ese mundo, queda oculta en la distancia epistemológica que introduce la objetivación que se enuncia como problema de investigación (2011, p.6).

Coincido con el Colectivo Situaciones (2004) cuando plantea que quebrar la distinción sujeto-objeto de investigación implica pensar, en todo caso, que el objeto de investigación son los problemas, incluyendo el modo de plantearlos. Plantear el problema en clave de demanda (tal sector de la sociedad demanda producir conocimiento para resolver tal problemática) supone necesariamente la existencia de alguien que asista esa demanda. Y conlleva también la idea de carencia: aquellas/os que demandan aparecen como sujetas/os de necesidad pero aparentemente vacías/os de potencialidades.

El punto es, entonces, que si investigamos para alguien es, en todo caso, para nosotras/os mismas/os. Con esto no me refiero al típico individualismo neoliberal. Me refiero más bien a esa compleja y dinámica relación entre lo personal y lo social. Lo diré de esta forma: para que la investigación de un problema social opere por fuera del esquema de la asistencia, es necesario que ese problema nos interpele en lo personal, lo sintamos propio. Para ello requerimos, como dice Haber, problematizar nuestra relación con el problema. Creo, entonces, que la sensibilidad ante ciertas situaciones es el primer indicador de que estamos frente a un problema que, de alguna manera, nos es propio, puesto que activa en nosotras/os distintas emociones: enojo, tristeza, angustia, impotencia. Sin embargo, creo que no toda sensibilidad nos activa el deseo de movernos. Además de sensibilizarnos, necesitamos que ese problema nos conmueva. La palabra conmover viene del latín conmovere y significa “mover completamente”: con (junto, todo, completo) y movere (mover). Digo entonces que, cuando un problema nos sensibiliza al punto de hacerse insoportablemente presente diría Haber, nos activa el deseo de la acción, nos conmueve. Ese problema es, así, irremediablemente nuestro. Se abre allí la posibilidad de una acción colectiva que se funda en la conexión que ese deseo propio puede establecer con el deseo de otras/os.

Abandonamos así el esquema de investigar para alguien y la necesaria asimetría que ello conlleva para empezar a colocarnos en otro sitio. Me refiero a un sitio en el que, conectadas/os con nuestros dolores y deseos, o sea, conmovidas/os, nos conectamos también con otras/os, habilitando un proceso colectivo de investigación.

Este corrimiento del investigar para otras/os al investigar con otras/os tensiona con las prácticas académicas instituidas. Sin ir más lejos, cuando presentamos un proyecto de investigación nos es solicitado que predefinamos (solas/os, nosotras/os, desde nuestras oficinas) la problemática a abordar, los objetivos, la metodología, los “beneficiarios”, entre otros ítems. En este esquema, la definición colectiva de esos elementos no encuentra lugar.

Sin embargo, en el año 2008 el Ministerio de Ciencia y Tecnología de la Nación creó el Programa Consejo de la Demanda de Actores Sociales (PROCODAS) con la idea de promover políticas que favorezcan la interacción entre el sector científico-tecnológico y los sectores socio-productivos ligados al ámbito de la economía social de pequeña escala productiva7. Para ello, el Programa dispuso de una línea de financiamiento específica llamada Proyectos de Tecnologías para la Inclusión Social (PTIS), con cuatro áreas de aplicación: Economía Social; Agricultura Familiar; Hábitat y Discapacidad. A pesar de que esta nueva línea reprodujo muchos de aquellos sentidos que veníamos cuestionando con el equipo (por ejemplo, la noción de beneficiario como un actor pasivo de ese proceso de investigación o la predefinición de objetivos por parte de las/os investigadoras/es), abrió al mismo tiempo algunas posibilidades interesantes. De ellas, me interesa resaltar la afirmación de la importancia de construir vínculos con actores extra-académicos. Si bien ese vínculo es planteado desde el esquema de la demanda (sobre lo que ya expresé mis críticas a las posibilidades que un vínculo de ese tipo arroja), pudimos dar allí una disputa. Al mismo tiempo que festejamos el gesto de apertura que estaba instaurando el Ministerio con ese pro-grama, plantamos bandera: esa apertura no puede reproducir el esquema transferencista si pretendemos poner a trabajar allí un tipo de producción de conocimiento colectiva.

Para la convocatoria de proyectos del año 2010, propusimos entonces un proyecto para trabajar junto a algunos actores concordienses cuyo objetivo era, precisamente, la definición colectiva del problema de investigación. Tomamos como insumos para la definición del proyecto que presentamos al Ministerio aquello que Paula había conversado con Gustavo en su primer encuentro. Quisiera señalar aquí dos aspectos: el primero de ellos, que lo defino como habilitante, es el hecho de que las premisas de trabajo que expresamos en la formulación del proyecto tuvieron la voluntad de expresar aquello que había sido construido en las conversaciones con Gustavo, lo cual significó un avance en la tradicional clausura del sector científico-tecnológico. Sin embargo, no puedo dejar de señalar al menos dos limitaciones, y grandes, de esa apertura. Primero, las conversaciones iniciales se dieron con el entonces intendente de la ciudad y no así con los compañeros de la Asociación de Carpinteros de Concordia y otros actores de la comunidad que se sumarían posteriormente al proceso, lo cual pone en evidencia que la apertura no conlleva necesariamente la dislocación de ciertos órdenes de poder. Segundo, si bien la formulación del proyecto resultó de una conversación con actores no académicos, fuimos nosotras/os, como equipo de investigación, quienes lo escribimos y administramos, ejerciendo allí nuestro poder de ordenar y nominar sentidos bajo un criterio que quiso abrirse pero que no deja de ser el nuestro.

Todo esto nos convoca a plegarnos a las pro-fundas discusiones que se están dando en torno a relación entre el Estado y las organizaciones sociales. El tema se complejiza aún más si consideramos que nosotras/os, como Colectivo de Investigación, somos el Estado, trabajamos desde el Estado. Ante esto apelamos, como dicen Borio, Pozzi y Roggero (2004) a la contrautilización de los medios capitalistas (incluidos los instrumentos movilizados por las políticas públicas) para potenciar nuestra propia acción. El problema, no obstante, no consiste en su mera utilización para fines distintos, porque los medios no son neutros: hay que someterlos al mismo tiempo a discusión, combinarlos de maneras peculiares, curvarlos, invertirlos, transformarlos. Nuestra lucha por la transformación de esas inercias, esos órdenes, es, pues, desde, hacia y contra el Estado.

Así, de la artesanía que implicó situarnos en esa tensión entre un gesto de apertura que no ter-mina de ser pero que empieza a correrse del lugar de la clausura total, resultó el siguiente objetivo:

Generar un proceso tecnológico en el campo del hábitat, alternativo al convencional, que desarrolle un producto coconstruido -vivienda de madera de Eucalyptus grandis- en el marco de un circuito interactoral basado en una productividad cooperativa y solidaria, a partir de una necesidad sentida por la población, pasible de ser modificado en una decisión colectiva y autogestionaria, haciendo uso del recurso local tanto natural renovable como socio cultural productivo. Localización en Concordia, provincia de Entre Ríos (Proyecto Tecnología para la inclusión social en el marco del desarrollo local, PTIS-PROCODAS, convocatoria 2010, las negritas son mías)

Más adelante, traeré algunas escenas que expresan cómo se pudo hacer cuerpo (con sus posibilidades y limitaciones) aquella idea de lo pasible de ser modificado en una decisión colectiva y autogestionaria. La experiencia de Bariloche también tuvo como primera línea de financiamiento un proyecto de Tecnología para la Inclusión Social que se propuso la conformación de una red de actores locales para la definición colectiva del problema de investigación.

Segunda parte Investigar en situación I (las experiencias situadas)

Antes que metodología de casos, prefiero hablar de experiencias situadas. La literatura acerca de la metodología de casos de tipo cualitativa (al menos con la que me encontré hasta ahora) aporta una mirada indiscutiblemente interesante para nuestra perspectiva de investigación8. Sin embargo, sigue moviéndose en un registro que no me queda del todo cómodo. Persiste muchas veces en ella la idea de metodología como un momento previo, anterior a algo, que prefigura el camino investigativo. Al convocar la idea de situación, en cambio, ponemos en primer plano a lo contingente, a lo imprevisible. O, como dice Haber (2011), a aquello que sucede en los márgenes de nuestra mirada, lo cual sólo podríamos notar si desviamos nuestra atención hacia lugares distintos de los previstos y nos descubrimos así en donde nunca habíamos pensado estar.

La noción de situación también pone de relieve a la diferencia, la diversidad. Pero, que quede claro: la situacionalidad no es una apología al multiculturalismo neoliberal ni al relativismo paralizante que, so pretexto de la diversidad y la especificidad, no dirigen ni un esfuerzo en ensayar algún modo de articularla. El Colectivo Situaciones la define como aquello que se funda en la articulación de puntos de una cierta homogeneidad. No se trata ni de borrar, ni de disimular las diferencias, sino de convocarlas desde el planteamiento de ciertos problemas comunes (2004:104). Así, una metodología que opere en situación requiere de cierta flexibilidad para transcurrir el dinamismo, tiempo para construir confianzas, sensibilidad para provocar el emerger de las diversidades y persistencia para trabajar en la creación de un horizonte común que las encuentre y potencie. En otras palabras, se trata de hallar, al mismo tiempo, la multiplicidad en lo común y lo común en lo múltiple para no caer en eso que Borio, Pozzi y Roggero (2004) denominaron el pensamiento débil que, no pudiendo dominar la complejidad, la trocean en mil fragmentos, reivindicando la propiedad de uno específico. Tarea nada sencilla en un contexto donde la regla es la fragmentación y la dispersión, mientras que la organización, que requiere de una sostenida práctica, amenaza todo el tiempo con estallar9.

Late aquí una pregunta que vale hacerse: ¿por qué experiencias situadas en Concordia y en Bariloche? Si bien mencioné en el apartado ante-rior que en ambos casos fuimos convocadas/os por actores locales, la pregunta tiene otro sentido, apela a otra cuestión: ¿por qué salir a buscar sitios de intervención afuera? ¿No se trata de una suerte de escape a la exigencia de politizar las “propias vidas” en lo que éstas tienen de cotidianas?10 Estas preguntas me llevaron, en palabras de Haber, a problematizar mi relación con el problema de investigación. No me interesa desplegar aquí un recorrido autobiográfico que revele esos puntos de conexión entre mi trayectoria personal y estas experiencias. Sólo quisiera plantear que investigar en lo cotidiano no es una opción, todas/os somos en lo cotidiano e investigamos desde ahí. En todo caso, la opción es devenirlo primero consciente y después explícito. Por otra parte, las experiencias de Concordia y Bariloche tienen de cotidiano para mí mucho más de lo que hallo de cotidiano a tres cuadras de mi casa. Es que la conexión que hice (y sigo haciendo) con esas personas, con esas experiencias, me son tan propias, tan cercanas, que relativizan la distancia física, geográfica, y ponen en jaque la definición del “afuera” y del “adentro”. En otras palabras ¿hasta qué punto Concordia y Bariloche están “afuera” de mi cotidianeidad si se juegan allí muchas de las luchas que me constituyen más profundamente, en mi “interior”, en la politización de mi “propia vida”? Como expresa el Colectivo Situaciones con contundente claridad: ¿sacrificaríamos nuestro ser común con ellos en nombre de una vecindad puramente física determinada por criterios burdamente espaciales? (2004: 105).

Sin embargo, es cierto que la distancia geográfica hace más difícil esa conexión. Quiero decir que, si bien no creo que exista una relación de determinación entre los kilómetros que separan dos o más cotidianeidades y sus posibilidades de conectarse, sí creo que su incidencia es significativa, o al menos en mi experiencia. Insisto: existe una conexión con mis compañeras/os de Córdoba, de Concordia y de Bariloche que motoriza una acción colectiva, aún con los kilómetros que median entre nosotras/os. Aún así, reconozco que durante los viajes, en los que se da el encuentro cuerpo a cuerpo con ellas/os, se produce una suerte de reactivación, reactualización de esa conexión. Así, en nuestras experiencias de investigación, lo corporal, el encuentro cara a cara, parece ser inmanente al proceso de conmovernos y, con él, al de la acción colectiva.

Investigar en situación II (los procedimientos metodológicos)

Tanto en Concordia como en Bariloche, el financiamiento, con todo lo que ello implica (formulación y administración de proyectos principalmente) es un aspecto metodológico fundamental. Luego de los primeros proyectos del Programa PROCODAS que mencioné antes, continuamos con otros proyectos11 que financiaron, junto a los otros actores, la continuidad del proceso12. Promovimos, en ambos casos, la conformación de redes interactorales que articulen al sector productivo (organizaciones de trabajadoras/es), gubernamental (gobiernos municipales) y científico-tecnológico (nosotras/os y, para el caso de Bariloche, algunas/os compañeras/os de INTA); todos actores vinculados de uno u otro modo con la actividad forestal. En Bariloche, la red fue ampliándose hacia otros sitios, como escuelas técnicas orientadas a la construcción y diversas dependencias estatales (Administración de Parques Nacionales, Dirección de Producción Forestal de la Nación, Concejo Deliberante Municipal).

En consideración de la distancia geográfica que separa nuestros domicilios, los viajes constituyen un dispositivo metodológico fundamental. Con una periodicidad variable (a veces cada mes, a veces cada dos o tres meses, en función a la disponibilidad de fondos y a lo que vaya aconteciendo), suelen durar entre tres o cuatro días. Lo fundamental de estas instancias es que, al habilitar encuentros con cuerpo presente, si se me permite la expresión, constituyen los momentos de mayor intensidad del proceso investigativo.

Ahora bien, ¿qué sucede en esos viajes? ¿Cómo se construyen los itinerarios? ¿Cómo investigamos colectivamente? ¿Cómo trabajamos y acordamos con otras/os? Para empezar a responder estas preguntas, retomo aquí la idea de procedimientos metodológicos. Con ella no quiero referirme a pasos secuenciales predefinidos al modo de una receta, sino más bien a la puesta en práctica, siempre situada, que surge de las preguntas sobre cómo se asume la existencia de las diferencias (Colectivo Situaciones, 2004:103). Creo que esta definición pone sobre la mesa tres cuestiones cruciales para nuestra perspectiva metodológica:

Entendidos de esta forma, suelen producirse durante los viajes algunos (o todos) de los siguientes procedimientos:

Talleres de producción: Los talleres son el motor, el corazón de la investigación que moviliza pulsiones, manos, palabras, emociones, cuerpos, que circulan por todas las arterias del proceso. Se trata de encuentros que duran varias horas (desde los primeros mates de la mañana hasta bien entrada la tarde) y que producen un suceder extraño del tiempo. Me refiero a una suerte de sus-pensión de la velocidad inscripta en nuestras memorias corporales inaugurando una temporalidad diferente. Encuentros itinerantes que rotan entre una u otra carpintería de una u otra organización, convocados con la excusa de coproducir un artefacto tecnológico, y abiertos a la participación de todos los actores, habilitan un espacio-tiempo especialmente interesante para la composición de heterogeneidades. Sobre estos talleres, sobre sus temporalidades y sobre las posibilidades que allí se crean volveré más adelante.

Reuniones de organización de la producción: Son encuentros entre los referentes de las organizaciones de trabajadores y el equipo de investigación (se suma el INTA para el caso de Bariloche). Inseparables de los talleres de producción, estas reuniones constituyen el complejo ejercicio de construir acuerdos en palabras en relación a la organización de la producción. La dificultad estriba en, digamos, tres cuestiones fundamentales. Por una parte, el trabajo, como ámbito privilegiado para la reproducción de la acumulación capitalista, está permanentemente atravesado por fuerzas del mercado, con los ya conocidos efectos de normalización y atomización de la producción. La potencia transformadora que habita allí tiene, entonces, su correlato en altos grados de dispersión, conflictos y tensiones que hacen complejo el proceso de ponerse de acuerdo para la organización cooperativa del trabajo. Por otra parte, la palabra, como mecanismo también normalizador y excluyente, no sólo no es un lugar cómodo para muchas/os compañeras/os, sino que, además, a falta de significantes que puedan expresar mejor lo que somos, lo que deseamos, lo que creemos, nos deja al desamparo de un lenguaje que poco tiene que ver con nosotras/os. Finalmente, los sentidos distintos en torno a la idea de organización del trabajo que entran en tensión. Los dispositivos de financiamiento de estos procesos14, que precisamente por eso operan también como dispositivos reguladores, exigen a las/os trabajadoras/es un modo de organización del trabajo en el que se predefinan tiempos, actividades, precios, mecanismos de distribución del ingreso, antes de comenzar con la instancia de producción propiamente dicha.

Hace menos de un mes el municipio de Bariloche firmó un convenio con los tres grupos productivos que conforman la red interactoral: la Cooperativa Laburar, el Taller San José Obrero y el Taller Angelelli, para el pago del trabajo por la construcción del primer prototipo de la tec-nología que estamos desarrollando: un salón de usos múltiples.

Es interesante pensar en el proceso de formulación de ese convenio ya que es expresivo de las tensiones entre lo instituido y lo instituyente (sólo por ponerlo en esa clave) en la que se gesta este proceso. En otras palabras, revela una de las tantas formas en que lo instituyente le gana terreno, no sin dificultades, o lo instituido (o como lo mencionáramos en aquel PROCODAS que presentamos en el año 2010 para la experiencia de Concordia, cómo lo instituido es pasible de ser modificado en una decisión colectiva y autogestionaria).

Como dijimos anteriormente, los procesos de desarrollo de tecnología que se producen en las experiencias de Bariloche y Concordia van siendo financiados por distintos actores y a través de distintos modos de financiamiento. Para el caso de Bariloche, el pago del trabajo para la construcción del prototipo es financiado por el Instituto Municipal de Tierra y Vivienda para el Hábitat Social. Para tal fin, el instituto requiere la firma de un convenio donde se predefinan las condiciones de esa relación contractual. En este sentido, lo que quede definido en ese convenio va a incidir directamente en la organización del trabajo de las/os carpinteras/os.

Tradicionalmente, el Instituto contrata a una empresa constructora quien asume las tareas de la obra (pagar a las/os constructoras/es, contratar el seguro de trabajo, gestionar los materiales e insumos, dirigir la obra, etc.). Los convenios, para esos casos, están prácticamente tipificados, puesto que las condiciones en general no varían demasiado. Sin embargo, al presentar nuestra experiencia características diferentes, se creó un convenio que no respondió al modelo típico. Voy a puntualizar sólo en tres aspectos que me parecen elocuentes:

Esto no quiere decir que se desanduvieron las relaciones de poder históricamente sedimentadas en este tipo de vinculación contractual. Lo que sí quiere decir es que hubo un modo que, si bien desigual, fue haciendo lugar al emerger de voces siempre silenciadas y a su institucionalización en un convenio. Que hubo aspectos en los que la pulsada la ganó el Instituto, los hubo. Que hubo aspectos que ni siquiera pudieron cuestionarse por ese orden tácito pero súper efectivo que define lo decible y lo no decible por parte de quien está en situación desigual, los hubo. Pero hubo otros, hubo grietas en las que otras voces se colaron, hablaron, definieron. Y pensemos que no es sólo las voces de las/os trabajadoras/es que sabemos que siempre llevan las de perder contra el capital. Son las voces de las/os trabajadoras/es de la economía popular que, dentro del heterogéneo mundo del trabajo, son uno de los sectores más desamparados y desprotegidos por las leyes laborales y de seguridad social.


Reuniones de la red ampliada: Son momentos de encuentro entre las organizaciones de trabajadores/as, los/as gestores/as municipales, el equipo de investigación y, para el caso de Bariloche, todos los demás actores que participan en el proceso. Discutimos allí aspectos que exceden “lo productivo”, involucrando otras cuestiones que componen al escenario local. Esta red ampliada se mueve a un ritmo un poco diferente al que se mueve el núcleo de producción16. Justamente, parece que el núcleo de producción, al que he dado en llamar el corazón de nuestra investigación, late en una red que, en un entramado de venas y arterias, vincula múltiples núcleos. Y la metáfora no es casual: hablo de corazones, núcleos, venas y arterias, porque hablo de procesos altamente vitales. Y la vitalidad, como sabemos, es movimiento permanente. Como es propio de ese constante movimiento nos suele suceder que, más de una vez, llegamos al límite de tensiones que la red puede soportar. Se generan allí momentos de recomposición, de reacomodo, de replanteo: se producen nuevos núcleos, se conciben nuevos planos y nos abrimos así, cada vez que esto sucede, a tramos desconocidos de la red. Lo que sucede en estas reuniones de red ampliada es, entonces, no sólo el encuentro y reconocimiento recíproco, sino que, también, el ejercicio de hallar y de construir esas superposiciones de puntos entre los núcleos, esa sinergia, esas relocalizaciones.

Reuniones de gestión estatal: Se trata de encuentros entre las/os referentes de las organizaciones de trabajadoras/es, las/os gestoras/es municipales, el INTA (en Bariloche) y el equipo de investigación. Allí, intentamos superar las tradicionales relaciones asistencialistas y paternalistas entre Estado y organizaciones sociales, para construir una relación que habilite la emergencia de mayores autonomías. La cuestión del Estado en las luchas emancipatorias es un nudo problemático largamente abordado por distintas/os autoras/es y organizaciones sociales y representa en nuestro equipo y en la red una de las discusiones más intensas. Creo que persiste hoy, como continuidad de larga duración, aquel mandato unificador y homogeneizador que operó en la génesis de los modernos Estados-nación. Sin embargo, creo también que en tanto no se conciba al Estado como mero instrumento de las clases dominantes y se incorpore su dimensión productiva y articuladora, la complejidad de su abordaje es insoslayable. Me acerco así a la propuesta de García Linera (2010) de pensar al Estado como un campo de lucha, de disputa de sentidos. De allí que, como Cortés (2008), creo que el eje adentro/afuera del Estado se corre hacia el eje funcional/no funcional: ¿cómo, cuándo y de qué manera funciona para las organizaciones sociales la relación con el Estado?

Volvamos un segundo a la situación del convenio relatada anteriormente. Leída en clave decolonial, hubo una transformación más bien en los temas de la conversación, pero no precisamente en los términos en las que ella se produjo: la cuestión siguió organizándose bajo el modo institucional de un convenio, aunque transformado, y en torno a una idea de centralidad y de previsibilidad, aunque transformada. Sin embargo, no soy pesimista respecto de esto. No se trata de negar la relación siempre y estructuralmente asimétrica que se produce entre las organizaciones sociales y el Estado. Se trata, en cambio, de ir produciendo rupturas, ensayos, momentos, situaciones, micropolíticas como dice Guattari, donde esas asimetrías se vayan dislocando, desordenando, aún cuando la inercia empuje nuevamente al orden. Coincido con Liendo (2011) en que el momento instituyente de un movimiento algunas veces hasta exige su institucionalización, precisamente, para abrir el espacio a la posibilidad de un nuevo proceso de institución, que pueda ganarle terreno a lo que ya va quedando como instituido, que pueda ir corriendo el límite y la fijación que implica todo estatuto establecido.

Encuentros en las escuelas: La escuela es, quizás, lo primero que se nos venga a la cabeza cuando pensamos en educación. Sin embargo, sabemos que los espacios donde se producen y circulan saberes exceden por mucho las paredes de esas instituciones. Lo que suele suceder es que la escuela moderna, tal como la conocemos, está desacoplada de esos otros espacios, separada del hacer cotidiano, provocando una suerte de doble carril por donde circulan saberes diferentes: los escolares y los asociados a la práctica cotidiana. Cuando nos acercamos a las escuelas de oficio Nehuen Peuman y al Taller Integral Angelelli17, hallamos allí compañeras/os comprometidas/os por transformar la escuela, por desbordar las fronteras de las instituciones educativas, hacerlas porosas, para dejarse interpelar por lo que sucede más allá de sus paredes. Así fue que no hicieron falta más que unas palabras para que se sumaran a este proyecto y empezáramos a trabajar juntas/os. A medida que profesoras/es y estudiantes se fueron acercando al proceso, conociendo de qué se trata, preguntando, opinando, respondiendo, fuimos buscando entre todas/os aquel lugar que les permitiera participar sin abandonar su lugar específico de formación de jóvenes en el oficio de la carpintería. Este punto no es menor ya que los objetivos, las lógicas y las prioridades de las escuelas son diferentes a las de las organizaciones de trabajadores. Una vez más, el desafío fue (y es) articular tiempos e intereses diferentes en una plataforma de trabajo común.

Notas de campo colectivas: Al regreso de los viajes las escribimos entre las/os integrantes del equipo que estuvimos allí. Se trata de un ejercicio de sistematización de lo sucedido, de lo vivido. Es una combinación de registros textuales, fotográficos, auditivos y audiovisuales.

Si bien los viajes constituyen los momentos de mayor intensidad de la investigación, no es posible pensar que exista tal cosa como un vacío investigativo entre viaje y viaje. Pensar en la idea de continuidad en el proceso (en Concordia, en Bariloche, en Córdoba), aunque con ritmos diferentes, hace más justicia a lo que efectivamente sucede que pensar en la idea de vacío. Los procedimientos que como equipo practicamos (en Córdoba) entre cada viaje son los siguientes:

Reuniones de proyectos: Se trata de encuentros semanales en los que nos reunimos a discutir acciones a seguir. Si bien es imposible escindir lo reflexivo de lo práctico, puesto que a toda acción práctica le corresponde una acción reflexiva, estas reuniones tienen un carácter fuertemente operativo, programático. Con ello quiero destacar la voluntad de estos encuentros de generar acuerdos para la acción, que serán siempre resignificados y de alguna manera reformulados cuando se pongan a circular por la trama de relaciones más amplias que configuran las redes interactorales. Los temas de agenda de estas reuniones participan siempre como momento: son las experiencias y, sobre todo, aquello que definimos como lo urgente o lo prioritario lo que dicta el temario.

Reuniones Irene18: Pueden ser comprendidas, de alguna forma, como el reverso de las anteriores: aún con la imposibilidad de escindir lo reflexivo de lo práctico, estos encuentros pisan fuerte sobre lo reflexivo. Nos damos aquí el permiso o la licencia del desacuerdo. Si bien las diferencias existen siempre (no hay que “permitir” su existencia, es más bien inevitable), también existe la voluntad de construir un horizonte común que las articule en plataformas de acuerdo colectivo. Estas plataformas no clausuran la expresión de la diversidad, sino que operan como un momento de acuerdo temporal para luego seguir andando, algo así como los descansos en una escalera. Una suerte de procesualidad abierta, un devenir en espiral que sedimenta nuevos estratos de acuerdos, de los que volver a partir para construir a su vez otros nuevos. Cuando digo que en estas reuniones nos permitimos el desacuerdo, no quiero decir que esa voluntad articuladora desaparezca, sino que se relaja y admite la posibilidad de una temporalidad más lenta para la construcción de los acuerdos que las decisiones operativas muchas veces no logran contener. Así, el proceso de investigación va operando, simultáneamente, en diversas temporalidades.

Talleres de tesis: Como su nombre lo indica, son encuentros donde compartimos avances de tesis, dudas, reflexiones, preguntas, respuestas. Si bien la producción de una tesis se asume como una instancia individual, su inscripción en una investigación que es eminentemente colectiva hace necesaria la generación de estos espacios.

Investigar en situación III (la conversación)

La conversación es, sin duda, el procedimiento más transversal a toda la investigación. Ocurren durante los viajes, ocurren telefónicamente o vía correo electrónico entre los viajes, ocurren entre algunas/os, ocurren entre todas/os. Hace tiempo ya que, como Colectivo, estamos reflexionando en torno a la conversación como procedimiento metodológico. Hallamos en ella posibilidades singularmente potentes, sobre todo la de romper (o al menos achicar) la distancia entre nosotras/os y ellas/os, las/os investigadoras/es y las/os investigadas/os, que tan fácilmente aparece en la forma-entrevista y en otras técnicas de la sociología cualitativa como la observación o, incluso, la observación participante. Creo que una de las cuestiones más interesante de la conversación tal como la estamos pensando (y haciendo) es que no sólo nos compromete al habla sino que también -y necesariamente- al silencio. El silencio es, primero, la producción de la escucha. Pero es, también, el correr un rato la voz, suspender el dominio de la palabra, para permitir el florecimiento de otras formas de expresión.

Cuando a partir del texto de Juan Pablo Puentes (2015) llegué al de Alejandro Haber (2011), me entusiasmó encontrarme en él con la idea de conversación. Me interesó también el intercambio que sostiene Haber con Dante Angelo en ese mismo texto en relación a la conversación y al diálogo. Conecté, por un lado, con el planteo de Haber acerca de la posibilidad de transformarnos en la conversación. Se corre así el carácter instrumental, muy propio de la entrevista tradicional, de recabar información acerca de cómo otras/os viven, hacen, resisten. Una conversación, en el sentido que la estoy planteando, produce una situación de conexión profunda con otras/os, una disposición a transformarnos con y en ella. Nos convertimos, dice Haber, no en el sentido de que nos convertimos en el otro de la conversación, sino que ambos devenimos versiones hechas en la conversación, con/versiones (2011:7).

Por otro lado, me interesa cuando Haber habla de una conversación con los sujetos subalternos o con el lado subalterno de los sujetos. La conversación nos convida así un aprendizaje junto a aquellas/os que están ya siendo, estando, viviendo, a contrapelo de lo hegemónico, sea por opción política consciente o por supervivencia. Si conversar nos convoca a aprender, a dejarnos transformar, estamos hablando entonces de un desplazamiento de nuestro lugar epistémico de privilegio, que nos sitúa, supuestamente, en el lugar del “recabado de información” o bien en el de la “transferencia de conocimiento”. Ese lugar epistémico otro al cual nos desplazamos puede expresarse como el de la coconstrucción de conocimientos y, en ella, el dialogo de saberes.

Entiendo cuando Angelo expresa sus reparos respecto a la noción de diálogo que se viene construyendo en los últimos años. Dice Angelo que la idealización en torno al carácter igualitario del dialogo lo constituyen como un bálsamo que cura los errores del pasado y nos desembaraza del legado colonial (2011:22). Soy consciente de que la postulación de la idea de dialogo desde un lugar que desconozca las relaciones de poder que lo constituyen puede convertirse en demasiadas ocasiones en una herramienta de producción de consenso y apaciguamiento del malestar social. Es por eso que subrayo con vehemencia el carácter ineludiblemente conflictivo que supone la co-construcción de conocimientos. No me interesa abonar posiciones románticas ni demasiado consensistas acerca de las posibilidades de articular diferencias. Siendo políticamente incorrecta, creo que no cualquier diferencia es tolerada. Y sobre todo creo que la construcción de “los límites de esa tolerancia” es, primero, un proceso con otras/os, puesto que los límites son eminentemente relacionales; luego, conflictivo, puesto que involucra siempre una disputa de intereses y sentidos; y por último, situacional, puesto que no se cristalizan de una vez y para siempre, sino que atienden a los acontecimientos que los van definiendo.

Investigar en situación IV (los a prioris y ese espacio-tiempo que llamamos taller)

Párrafos atrás mencioné el desfasaje de las temporalidades instituidas de la investigación y las de los territorios. Ello conlleva, a mi entender, la imposibilidad de definir metodologías a priori cuando investigamos con otras/os. Ahora bien, ¿qué significa negar el a priori? Significa negar la receta pero jamás el lugar desde el que una parte. Y a veces significa, incluso, cierta planificación que opere como motor, planificación dispuesta a ser transformada. Tomo unas palabras del Colectivo Situaciones que cuando las leí me incomodaron un poco (sobre todo en lo que al inicio me pareció cierta obstinación con la disolución de aquellas premisas o postulados previos con los que una se acerca al territorio) pero que, al mismo tiempo, me pareció que encerraban una idea muy potente:

En nuestra experiencia de MI [militancia de investigación] ha resultado fundamental la labor de disolver la ideología como cemento constituyente de cohesión (sea “autonomista”, “horizontalista”, “situacionista” o de lo “múltiple”). La idealización, en nuestro contexto, es una fuerza destructiva. Se coloca una experiencia real, contradictoria, rica y siempre conflictiva, en el pedestal unidimensional del ideal redentor. Se idealizan las operaciones que permiten a la experiencia producir existencia. Luego, se la transforma en “buena forma” a aplicar en todo tiempo y lugar, como un nuevo conjunto de principios a priori. Se le pide, a continuación, ser capaz de confirmar este ideal de cada quien. La fragilidad de la experiencia tensiona. ¿Cómo sostener esa carga? Luego, claro, viene la decepción y, con ella, se continúa la destrucción: «creí que esta vez sí era, pero sólo era una estafa» (2004:100-101)

Cuando decimos que la investigación es un viaje abierto que sabemos de dónde y cómo parte pero no adónde nos llevará, decimos, hasta donde yo comprendo, algo sobre esto. Saber de dónde y cómo partimos es reconocer el espacio que una ocupa, su domicilio diría Haber, su lugar de enunciación. Es explicitar quién es una, qué quiere, que desea, con quién sí, con quién no, cuáles son sus no negociables, cuáles son sus límites. El punto crucial que aparece aquí, en esta negación del a priori, es, más precisamente, la negación de la clausura que opera a veces en ese a priori. O es, en su reverso, asumir la posibilidad de la transformación. Asumir que una parte desde un sitio (y no desde ningún sitio como pretenden hacernos creer las/os objetivistas), explicitarlo y estar dispuesta a transformarse en el devenir de la investigación, de la acción con otras/os, de la construcción colectiva. Y no es menor, aunque parezca obvio, el planteo de esa disposición a la transformación. Digo que no es menor porque es justamente contra eso que nos quiere proteger la metodología, contra lo imprevisto, contra lo no planificado, siendo que habita allí, en lo nuevo (y no porque su existencia sea nueva precisamente, sino porque nunca miramos hacia ese lugar) la potencialidad transformadora. Esa planificación que opera como motor es, en otras palabras, la desnaturalización de lo dado y la organización de lo deseado. O sea, es un ejercicio político. Insisto, organización dispuesta a ser transformada junto a otras/os, sí, pero organización al fin. No es dejar todo al azar, porque en el azar la dispersión y la fragmentación llevan las de ganar. Porque en el azar, bien que lo sabemos, habita la hegemonía naturalizada.

Antonio Conti expresa esto con contundencia cuando reflexiona en torno a la desaparición de la fábrica como el lugar por excelencia para la producción de subjetividades antagónicas, rebeldes.

Allí donde falta un lugar específico, cargado de un significado socialmente compartido, en el que la intervención se pueda dar in-mediatamente como política, lo político se hace abstracto, no consigue aferrar lo real, da vueltas en el vacío. Para encontrar un lugar semejante, es preciso recurrir a una argucia de lo político, y postularlo previamente. Porque sólo se puede plantear la cuestión de una intervención política a la altura de los tiempos a partir de la identificación del topos de su despliegue concreto, y no a partir de un genérico “caminar preguntando” sin meta ni huella, sin haber pensado un dispositivo de puesta en relación y de producción de subjetividad, sin haber meditado sobre dónde y cómo se puede producir una nueva potencia, una nueva riqueza de subjetividades antagonistas. (2004, p.46).

Y ahí aparece, para nosotras/os, el taller de producción19. Los talleres ocupan un espacio-tiempo singularmente interesante en tanto en-sayo de articulación de las heterogeneidades que confluyen en nuestras investigaciones. Mate y criollitos mediante, inauguramos la jornada de trabajo que, todas/os sabemos, va a ser larga. Alguna/o de nosotras/os toma la palabra (registro evidentemente habitual para las/os investigadoras/es) para dar inicio al taller y definir algunas pautas y objetivos del día. Sin embargo, la ansiedad de los cuerpos presentes por ponerse en movimiento estrecha lo decible, lo arrincona. Claro, si queremos dialogar con otras/os debemos repensar nuestros lenguajes, nuestros modos. Negociamos: hacemos una ronda, invitamos (insistentemente) a la palabra, quealguien se anime a decir algo decimos, nos conformamos con unas voces que salen de algunas bocas que pocas veces antes fueron convocadas a la palabra, a ser escuchadas. Desarmamos la ronda y nos ponemos a hacer. Y comprendemos: quien trabaja la madera habla con las manos.


Poner el cuerpo en acción, entonces, habilita la construcción de ese espacio-tiempo que operará de soporte para el diálogo. Un soporte que tendrá que poder sostener los múltiples registros con los que hablan nuestros cuerpos. Dije más arriba, cuando presenté brevemente estos talleres, que producen un suceder extraño del tiempo, una suerte de suspensión de la velocidad inscripta en nuestras memorias corporales inaugurando una temporalidad diferente. La convergencia de varias condiciones (de las cuales seguramente apenas puedo percibir algunas) habilita esa situación/procedimiento/taller. Me refiero

Cabe explicitar una suerte de advertencia sobre estos talleres: creer que porque allí se produce, en ocasiones, una ruptura a la imposición capitalista significa que hallamos la solución a la dispersión es una pésima ilusión. Lo cierto es que, después de los talleres, la fragmentación vuelve a ganar terreno. Precarias a la deriva propone una imagen que me parece muy ilustrativa: quizás la paradoja de nuestro tiempo esté en el hecho de que, como las abejas, después de ser enjambre, volvemos a dispersarnos.


Cierre

Al inicio del texto expresé que nuestra investigación se gesta en una tensión, combinando prácticas y racionalidades en apariencia contradictorias (asimétrico/horizontal; individual/colectivo). Asumir esa ambivalencia e intentar producir conocimiento desde ahí es indispensable, como dice Marta Malo (2004), para orientarnos y movernos sobre un paisaje de relaciones y dispositivos de dominación en acelerada mutación.

La potencia política que encuentro en ese posicionamiento en la ambivalencia, en la tensión, es que nos permite corrernos de dos lugares: por un lado, de la crítica edulcorada al estado de cosas que no cuestiona los privilegios de pocas/os que se sostienen sobre los hombros dolorosos de tantas/os otras/os. Por otro lado, de la crítica totalizante anti-todo que, al constituirse como “todo lo contrario” a eso que critica construye una dependencia ontológica: sólo es en tanto exista aquello que reafirme la diferencia, su antítesis. La invitación es otra: suspender por un momento el pensamiento dicotómico para situarnos en la complejidad de la experiencia, en las contradicciones, en el dolor de la diferencia colonial y construir desde ahí una existencia otra. Y no estoy hablando acá del futuro. O acaso hable de un futuro que ya está siendo, que ya empezó a ser, porque esas existencias otras habitan, hoy, en los pliegues ambivalentes del presente; basta con afinar el ojo para verlas. Las experiencias de Bariloche y Concordia constituyen, a mi entender, un ensayo de esa forma otra de habitar el mundo. De allí la importancia de volver una y mil veces sobre las experiencias, pensarlas, percibir sus texturas, sus bemoles. Aprender siendo y estando allí, con el cuerpo, junto a nuestras/os compañeras/os.

La advertencia indispensable que cabe hacer es que nada de lo que dije puede considerarse una “receta para el éxito”. No sólo porque lo exitoso de nuestras investigaciones es tan cuestionable como la idea de éxito en sí misma, sino que, sobre todo, porque el carácter de los procedimientos que accionamos tanto en Concordia como en Bariloche son ineludiblemente situacionales. Con esto quiero decir que, un taller de producción o una conversación pueden ser, según cómo sucedan, acontecimientos banales o verdaderos momentos de ruptura de tiempos, espacios, prácticas y subjetividades.

Referencias

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Notas

1 La alternancia, a veces poco clara, entre la primera persona del singular y del plural tiene que ver con el cruce entre una investigación que es ante todo colectiva y este artículo que expresa reflexiones personales que, sin embargo, sólo tienen sentido en su inscripción colectiva. Opté por ir recurriendo, según la ocasión, a la forma que encuentre más apropiada, priorizando en general a la primera persona del singular.
2 El colectivo está inscripto institucionalmente en el programa de investigación Construcción Interactoral del Conocimiento. Dicho programa, dirigido por la Dra. Arq. Paula Peyloubet, está radicado en el Centro de Investigaciones y Estudios sobre Cultura y Sociedad (CIECS) dependiente del CONICET y de la Universidad Nacional de Córdoba.
3 Gustavo conocía la trayectoria del equipo a partir de una experiencia de desarrollo tecnológico habitacional en base al recurso forestal que se llevó a cabo en la ciudad de Villa Paranacito, también provincia de Entre Ríos, entre los años 1998 y 2009. Esa experiencia está relatada en la tesis doctoral de la Dra. Valeria Fenoglio, actual compañera del equipo.
4 Recientemente hemos referido en un texto colectivo la importancia de estirar los márgenes de las definiciones tradicionales de hábitat para introducir en ellas la discusión acerca de lo productivo o, en otras palabras, de las dinámicas económicas que movilizan los desarrollos tecnológicos orientados a la producción de hábitat. Ocultas tras el velo de la pretendida objetividad, las discusiones en torno a los desarrollos tecnológicos para el hábitat parecen no querer rastrear y explicitar su vinculación con “lo político”, “lo económico”. Ver: http://revistas.javeriana.edu.co/index.php/cvyu/article/view/16855/13636 (último acceso 15/11/2016)
5 Como dicen las/os productoras/es asociadas/os en la CFMB, se trata de propietarias/os de bosques que son mayormente empresarias/os vinculadas/os al monopolio del turismo o del chocolate (las dos actividades económicas principales de la ciudad) y que no tienen “cultura forestal”. Sumado a ello, la Administración de Parques Nacionales no tienen potestad jurídica para imponer medidas respecto a la producción de esos bosques, a pesar de que muchos de ellos están asentados bajo su jurisdicción.
6 Entiendo que esa distinción respecto de quién nos convocó a trabajar no dice mucho o, por lo menos, no dice todo: sobran ejemplos de cómo el Estado ha favorecido la acumulación empresarial. Sin embargo, para el caso de nuestras experiencias, fue efectivamente muy distinta la conversación que pudimos entablar con el entonces intendente de la ciudad de Concordia respecto de la que pudimos entablar con la mesa de trabajo público-privada de Bariloche. Asumo que eso se explica, al menos en parte, por los diferentes modos que tuvo la presencia estatal en cada caso: para Concordia fue la máxima autoridad del poder ejecutivo municipal y para Bariloche fueron actores del sector científico tecnológico (INTA), un referente técnico de una secretaría nacional y un director del área forestal de la provincia. Queda como interrogante abierto profundizar en los efectos que tuvo para las experiencias esos modos distintos de presencia estatal.
7 Los objetivos que se planteó el programa en la Resolución Ministerial Nº609/2008 fueron: 1) Promover e Impulsar la inclusión social, con participación y protagonismo de todos los actores, a través del desarrollo y/o la implementación de Tecnologías que mejoren la calidad de vida. 2) Promover la transversalidad de las políticas públicas para el desarrollo social a través de acciones conjuntas, vinculadas a espacios Institucionales que fortalezcan el rol del Estado y, a través de éste, del Sistema Científico-Tecnológico Nacional. (http://www.mincyt.gob.ar/programa/procodas-programa-consejo-de-la-demanda-de-actores-sociales-6399 último acceso 10/11/2016) (Error 4: El enlace externo (http://www.mincyt.gob.ar/programa/procodas-programa-consejo-de-la-demanda-de-actores-sociales-6399 debe ser una url) (Error 5: La url (http://www.mincyt.gob.ar/programa/procodas-programa-consejo-de-la-demanda-de-actores-sociales-6399 no esta bien escrita)
8 Valoro el aporte que estas perspectivas hacen para la comprensión de que lo microsocial es un espacio-tiempo de creación, de agencia, y no una reproducción reducida del sistema general donde los sujetos son efectos de las estructuras. Pero, sobre todo, valoro la reivindicación que hacen de las micro-historias de la “gente común”.
9 Coincido con el Colectivo Situaciones en que resulta curiosa la acusación de espontaneísmo a este tipo de investigaciones cuando lo espontáneo es, precisamente, la dispersión.
10 Una vez leí estas preguntas en un intercambio entre Precarias a la Deriva y el Colectivo Situaciones (Nociones Comunes, 2004) que me conectaron con nuestras experiencias de investigación.
11 Proyecto de Desarrollo Tecnológico Municipal (DETEM) del Concejo Federal de Ciencia y Tecnología. Proyectos de Investigación y Desarrollo (PID) y Proyectos de Investigación Científico Tecnológicos (PICT) de la Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica.
12 Financiamientos vigentes de nuestras investigaciones: “Innovación para la gestión de tecnología social en el campo del hábitat. Experiencias: Villa Paranacito, Concordia y Bariloche”. Directora: Dra. Paula Peyloubet. PICT-MINCYT. 2016-2019; “Desarrollo de una tecnología social de base cognitiva plural, para el uso sustentable de un recurso regional (madera), en el marco de un circuito productivo interactoral, que promueva una economía social. Caso: Bariloche. Provincia de Río Negro.”. Directora: Dra. Paula Peyloubet. PID-ANPCYT-MINCYT. 2016-2018.
13 Dice Esther Fernández Moya que cuando Fanon enuncia que hay un punto donde los métodos se reabsorben, quiere decir que hay una ausencia de criterios de validación externos en los procesos de investigación siendo de esta manera reabsorbidos por el propio fin de la investigación (2015). Ante este hecho habitual en nuestros sistemas científico-tecnológicos, nosotras/os postulamos, en cambio, una idea de validez que involucre una apropiación práctica, concreta y real de los conocimientos, apropiación que es factible en tanto y en cuanto exista una participación de esas personas en la producción de esos conocimientos.
14 Cuando me refiero aquí a dispositivos de financiamiento necesito hacer algunas precisiones. Me refiero a los medios a partir de los cuales el Ministerio de Ciencia y Tecnología de la Nación (con sus proyectos) y el Gobierno Municipal (con sus contratos y convenios) ponen a circular dinero en efectivo y en especies (insumos, maquinarias) para la consecución de los objetivos del proceso. Este es el modo de financiamiento que estos actores accionan. Sin embargo, otros actores también financiamos el proceso con otros modos. Me refiero, por ejemplo, a las/os carpinteras/os que ponen a disposición del proceso su horas de trabajo, muchas veces no remuneradas. Eso, entiendo, es otro modo de financiar el proceso pero que, sin embargo, no les otorga a ellas/os las mismas posibilidades de regular y marcar ritmos y condiciones que les otorga al Ministerio y al Gobierno Municipal sus propios modos de financiamiento.
15 Una cooperativa de trabajo, un taller inserto en una institución educativa y un taller que trabaja con jóvenes en situación de consumo problemático y que está en plena transición de dejar de ser parte de la estructura del Estado nacional para volver a asumirse como un espacio comunitario.
16 Llamo núcleo de producción a los dos procedimientos mencionados anteriormente: el de los talleres de producción y el de las reuniones de organización de la producción. La idea de “núcleo” no es casual, ya que representan los espacios-tiempos centrales de la investigación.
17 Ambas instituciones son de Bariloche, puesto que en Con-cordia, si bien hubo acercamientos a algunas escuelas, la relación nunca logró consolidarse.
18 Llamadas de esa manera por Irene Vasilachis, referente en los estudios sobre metodología de investigación cualitativa que nos acompañó como Colectivo en nuestras primeras preguntas metodológicas y con quien aún tenemos una relación afectuosa.
19 Cortometraje de un día de taller en Bariloche: https://www.youtube.com/watch?v=lKCYJNQQqWo&feature=youtu.be (último acceso 15/11/2016)
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