Artículo de reflexión
El mito de la revolución. Estudio y clasificación de las revoluciones políticas contemporáneas a través de la teoría de Alexandre Deulofeu, la matemática de la historia
The myth of the revolution. Study and clasification of contemporary political revolutions according to Alexandre Deulofeu's theory, the Mathematics of History
El mito de la revolución. Estudio y clasificación de las revoluciones políticas contemporáneas a través de la teoría de Alexandre Deulofeu, la matemática de la historia
Revista interamericana de investigación, educación y pedagogía, vol. 12, núm. 1, pp. 135-168, 2019
Universidad Santo Tomás
Recepción: 14 Febrero 2018
Aprobación: 22 Junio 2018
Resumen: Este artículo pretende criticar la perspectiva política que la historiografía contemporánea ha usado hasta hoy para estudiar a las revoluciones históricas. Para ello, en él se estudian cuatro de las revoluciones más importantes de la contemporaneidad (la revolución rusa, la americana, la francesa y la colombiana) a través de la teoría conocida como La matemática de la historia. Este nuevo paradigma creado por el historiador catalán Alexandre Deulofeu nos permitirá analizarlas de forma absolutamente diferente y predecir el estado futuro de sus naciones. Para cerrar el artículo, se ofrece a los lectores una clasificación general de los diferentes tipos de revoluciones atendiendo a su estructura, y no su ideología.
Palabras clave: revolución, Alexandre Deulofeu, matemática de la historia, historiografía.
Abstract: This paper aims to critizice the political perspective that contemporany historiografy has used in the study of historical revolutions. In line with this objective, it examines four of the most important contemporany revolutions (the Rusian revolution, the American revolution, the French revolution and the Colombian revolution) using the Mathematics of History, a theory proposed by the catalan historian Alexandre Deulofeu. This new approach will allow us not only to make a different analysis of those revolutions but also to predict the future trends of those nations. Finally, this article outilnes a general classification of the diferent kinds of revolutions, regarding not their ideology but their structure.
Keywords: revolution, Alexandre Deulofeu, the Mathematics of Historyl, hisotiography.
1. Introducción: La disciplina histórica y las revoluciones políticas
La historiografía contemporánea siempre ha tenido una especial debilidad por el estudio de las revoluciones políticas. Lo prueba el hecho que justamente se establezca como fin de la edad moderna (Tahull, 2016) e inicio de la época contemporánea una revolución, la francesa, dándole a esta última (y a todas aquellas que se le puedan parecer) una significación y valor transcendentales. Ser contemporáneo significa ser hijo de una revolución.
Sin embargo, una lectura histórica de este tipo presupone, como mínimo, tres nociones que vale la pena considerar. En primer lugar, que la entera historia humana es un conjunto de etapas progresivas (antigua, medieval, moderna y contemporánea) que permiten homogeneizar las realidades de todos los continentes. En segundo lugar, que la revolución política es uno de los motores de esta historia (si no la principal) y que la puede cambiar por completo, como supuestamente lo hizo la de 1789. Y, en tercer lugar, esta visión de la historia presupone al ser humano como un ser libre capaz de doblegar la realidad histórica en cualquier momento, a través, sobretodo, de un movimiento político revolucionario. Visto de este modo, de la concepción historiográfica común hoy en día por todo el planeta se desprende que la revolución política es la máxima manifestación colectiva de la libertad del ser humano. Y, en consecuencia, la historia no es nada más que la reconstrucción biográfica, es decir en el tiempo, del ejercicio de esta libertad.
Esta idealización de las revoluciones tiene claras raíces en las teorías históricas del siglo XIX, sobre todo aquellas de origen revolucionario, como no podía ser de otra manera. No es de extrañar, pues, que hoy en día continuemos perpetuando esta veneración por las revoluciones y que tendamos a idealizarlas y sobrevolaras, como si de grandes epopeyas históricas se trataran.
En nuestros días vale la pena preguntarnos, ¿es ciertamente científico este enfoque de la cuestión? ¿No estamos proyectando nociones de filosofía política en el estudio histórico? Para un historiador que parta de un paradigma revolucionario no hay otro remedio, en cuanto el estudio histórico por sí mismo es una herramienta de lucha y, por lo tanto, precisa, en cuanto tal, de la proyección de estas nociones. Pero, ¿es posible prescindir de un paradigma político (sea de la tendencia que sea) a la hora de tomar los hábitos de historiador?
Actualmente, la respuesta que se suele dar a este interrogante es a través de una pregunta aún mayor: ¿es deseable que así sea? Es decir, ¿es deseable que los historiadores prescindan de un marco político? Sin ir más lejos, el recientemente fallecido Josep Fontana, historiador catalán de gran renombre, defendió hasta el final que la función del historiador debe ser la lucha contra el fascismo y la tiranía, es decir, una función nítidamente, y sin complejos, política (Fontana, 2018).
No obstante, una maniobra de este tipo nos parece no solamente una renuncia explícita a la objetividad (¡ah, una quimera pasada de moda!) sino a la renuncia por si misma a que la historia sea o pueda ser algún día una ciencia. Con susodicha concepción, no se hace otra cosa, creemos, que trasladar al historiador del campo de la epistemología al de la moral, obligándole a operar con los datos históricos tal y como el cura con las escrituras, es decir, reconstruyendo la información de la que se dispone con el fin de conseguir parábolas y moralejas que permitan incidir en la conducta del individuo y de la sociedad entera.
No se trata, en absoluto, de menospreciar la función política que la disciplina histórica puede tener y tiene en nuestras sociedades contemporáneas. Sin embargo, lo que nos preguntamos es si este fin es el que debe determinar el estudio histórico en sí mismo y su método, convirtiéndolo en una disciplina auxiliar de la filosofía política y de las ideologías, sino ya de la misma política institucional.
No vamos a ser nosotros ahora quien vayamos a responder a estos complicados interrogantes, en los cuales trabajamos. Pero, lo que sí nos proponemos con el presente artículo es quebrantar un poco el mito revolucionario en que nuestra disciplina histórica (y por ello, nuestras mentes) se hallan inmersas. Y lo vamos a hacer a través del estudio de las revoluciones más importantes de la historia: la revolución rusa, americana, francesa y colombiana. Pero, para no caer en los mismos errores que denunciamos, vamos a estudiarlas con un nuevo paradigma histórico llamado La matemática de la historia; paradigma que debemos al historiador catalán Alexandre Deulofeu Torres (1903- 1978).
Si en nuestra condena posmoderna ya no creemos más que en puntos de vista, lo que deseamos hacer con La matemática de la historia es mostrar que otra visión histórica es posible. En primer lugar, una visión que no sufra el prejuicio (político) del eurocentrismo, que proyecta el desarrollo de la historia de occidente al resto del mundo, ¿o acaso tiene algún sentido para la historia de la India la entrada a la edad media en el año 476 D.C., encontrándose en ese momento bajo el imperio Gupta, una de sus etapas más brillantes culturalmente y de una unidad política y militar innegable? En segundo lugar, queremos usar una visión que desmitifique la importancia y la supuesta excepcionad de las revoluciones políticas en el devenir de la historia, como si otros factores no fueran más relevantes, e incluso más científicos, a la hora de estudiar a las civilizaciones. Y finalmente, en tercer lugar, vamos a usar una visión que no exija al estudioso la adopción de una metafísica sobre la libertad humana en absoluto, como tampoco lo requieren (y es bueno que así sea para su funcionamiento) la mayoría de las disciplinas científicas.
La originalidad de nuestro artículo se encuentra, pues, en la elección de esta teoría histórica para llevar a cabo nuestra desmitificación de las revoluciones; así como también el hecho de aportar a la La matemática de la historia de Deulofeu perspectivas, estudios, cálculos y predicciones que su autor nunca llevó a cabo en su obra pero que nosotros, en el transcurso de nuestra búsqueda de una teoría propia, aportamos aquí con el respeto a la maestría que la obra de Deulofeu ha ejercido en nosotros.
Con ello, lo que nos proponemos es analizar las revoluciones contemporáneas que la historiografía actual considera imprescindibles para mostrar: (1) que no son fenómenos aislados y excepcionales, sino que se enmarcan en un momento específico de la historia de un pueblo, y por tanto no son sino manifestaciones y consecuencias políticas que promueven la compleja evolución interna del territorio donde se llevan a cabo; y (2) que existen diferentes prototipos de revoluciones (contra la visión contemporánea, que las homogeneiza) en función del momento socio-cultural por el que esté pasando el territorio donde ésta se realice. Por esta razón, vamos a defender que una clasificación general de las revoluciones es posible, y vamos a proponer una en nuestro último apartado de acuerdo con el análisis que La matemática de la historia nos va a facilitar.
La estructura de nuestro artículo será, pues, la del estudio de inspiración deulofeliana de la revolución rusa, americana, francesa y colombiana, esta última aprovechando la nacionalidad e interés que nuestros lectores probablemente tendrán, para exponer finalmente nuestra clasificación general de las revoluciones, abierta, evidentemente, a aquellos casos que no analizaremos aquí pero que invitamos al lector a que los estudie aplicándolos nuestras conclusiones. No obstante, antes de entrar en materia será necesario introducir brevemente los fundamentos de La matemática de la historia, así como una noticia biográfica de su autor, en especial de su relación con el continente suramericano.
2. Noticia biográfica sobre Alexandre Deulofeu

Alexandre Deulofeu Torres nació en el año 1903 en Armentera, un pequeño pueblo en el norte de Cataluña. A los nueve años de edad, su familia se trasladó a vivir a Figueres. Allí coincidiría en el instituto con Salvador Dalí, futuro pintor surrealista con quien trazó una fuerte amistad durante toda su vida, siendo Dalí uno de los mayores difusores y defensores de su obra por todo el mundo (Deulofeu, 2012).
Durante su juventud y madurez, Deulofeu se tituló en ciencias químicas y farmacia, trabajó como profesor en el instituto de Figueres y fue militante del partido nacionalista catalán Izquierda Republicana de Cataluña, con el cual desempeñó diferentes cargos en el ayuntamiento municipal, entre los cuales cabe destacar el de la alcaldía durante la Guerra Civil Española (1936-1939).
Debido a su clara filiación política e ideológica, Deulofeu se exilia en Francia en el año 1939. Fue justamente durante su estancia en la ciudad de Montpelier (1939-1944) cuando inició la confección y la redacción de su teoría histórica, a la cual llamó La matemática de la historia.
De vuelta en Cataluña en enero de 1947, Deulofeu publica el primer resumen de su teoría en 1951 (de título homónimo) e idea el ambicioso plan de 22 volúmenes que demuestren la validez de sus descubrimientos sobre las leyes matemáticas que rigen la historia. El resto de su vida lo va a dedicar a este propósito. Publica: Europa al desnudo (1954), Nacimiento, grandeza y muerte de las civilizaciones (1956), Los grandes errores de la historia (1958), Las culturas europeas (1969), La paz al mundo por la matemática de la historia (1970), Lucha de imperios (1972-73), El segundo ciclo europeo (1974), Cataluña, madre de la cultura europea (1977) y La segunda ola imperial en Europa (1977). Tras su muerte, sus discípulos publicaron dos obras inéditas: Las culturas irano-sumerio-caldeas, egipcia e hitita (2005) e Historia del arte universal (2008)1.
En sus últimos años, Deulofeu se dedicó especialmente al estudio de las culturas y naciones suramericanas, sobre las cuales, por desgracia, no nos dejó más que bosquejos. Sin embargo, fue gracias a su relación con este continente que trazó amistad con sus dos discípulos más célebres. En primer lugar, el capitán argentino Abelardo Gabancho, que en 1978 lo invitó a dar unas charlas sobre La matemática de la historia por algunas universidades del continente austral2. Y en segundo lugar, y con un reconocimiento especial, con el general venezolano José Fernández Bolívar, quien en 1963 redactó su tesis sobre la aplicación estratégica y militar de La matemática de la historia a la Escuela Superior de Guerra de París, siendo editada el año siguiente en la Revista de las Fuerzas Armadas de Venezuela y, posteriormente, entregada a los ministerios de defensa de varios países, entre ellos EUA y algunos del América del sur (Fernández, 2009)3.
3. Exposición de los fundamentos de la matemática de la historia
Tal y como la definimos nosotros en estudios anteriores (Pérez, 2015), La matemática de la historia es una hipótesis científica según la cual todas las civilizaciones históricas pasan formalmente por unos mismos estadios. Las características demográficas, políticas, económicas, científicas y artísticas de cada uno de estos estadios queda definido por la hipótesis. Sin embargo, a diferencia de otras teorías historicistas anteriores4, ésta establece una periodización cronológica media para cada uno de estos estadios, es decir, asigna a cada estadio una media de duración en años. De esta manera, se genera un modelo general de la duración y las etapas por las que pasarían todas las civilizaciones. Ahora bien, el modelo establece que en un mismo momento histórico las diferentes civilizaciones no deben necesariamente encontrarse en el mismo estadio, sino que pueden estar en estadios diferentes del mismo modelo. Así pues, cada civilización pasaría por los mismos estadios, pero no necesariamente de forma coetánea al resto.
La constatación de la hipótesis consiste en los siguientes pasos. En primer lugar, determinar el estadio en que una civilización de encuentra en un momento determinado a partir de la comparación entre su realidad histórica y las características que establece el modelo general. En segundo lugar, precisar en qué año del estadio en cuestión se encuentra, ya que estos tienen una duración media. Y en tercer y último lugar, predecir o retrodecir5 su entrada a otro estadio a partir de los cálculos que permite la duración general del modelo, es decir, pronosticar los años que le quedan a una civilización para finalizar un estadio a partir de la suma o de la resta entre los años que de facto lleva transcurridos en un estadio en cuestión y la media que establece el modelo para que éste termine y empiece el siguiente. O, dicho de otro modo, su constatación consiste en una serie de operaciones aritméticas muy simples hechas a partir de la comparación entre la duración general media que establece el modelo y el momento concreto en que esta civilización se encuentre. De ahí el cualificar a esta hipótesis de matemática, tal y como originalmente su autor la bautizó.
Deulofeu denominó al conjunto de los estadios que conforman el modelo general como Ciclo histórico, por razón de su naturaleza cíclica. En efecto, La matemática de la historia establece dos grandes estadios periódicos, es decir, que se alternan consecutivamente en el tiempo, cuando uno termina empieza de nuevo el siguiente. El primero se denomina etapa de fragmentación demográfica y el segundo etapa de unificación. Vamos a estudiarlos brevemente6.
La etapa de fragmentación demográfica se define como aquel período del ciclo histórico en que las civilizaciones restan organizadas en unidades poblacionales pequeñas e independientes unas de las otras, sin ningún poder excesivamente centralizado que las aglutine y culturalmente muy diversas. Se trata de pequeños estados que pueden conformar federaciones e incluso unirse bajo un mismo líder, pero que ante todo conservan su soberanía. Habitualmente es una etapa con una economía mayoritariamente rural y muy religiosa regida al inicio por una aristocracia feudal (normalmente unas pocas familias propietarias) y posteriormente por una aristocracia de la riqueza (es decir, por una burguesía comerciante) que progresivamente va dejando paso a un proceso de mayor participación política por parte de la población hasta llegar a regímenes de una democracia considerable en que predomina el comercio como actividad económica primordial. Además, es durante esta etapa que nacen las primeras manifestaciones artísticas, científicas y filosóficas, las cuales sufren varios cambios hasta llegar a su cima de creatividad y potencia justo en el mismo momento en qué se instauran los regímenes democráticos. Todo ello, es un proceso que dura 650 años de media: los primeros 400 años bajo la aristocracia feudal y los 250 años restantes para el ascenso al poder de la aristocracia de la riqueza y la democracia.
Por contraste, la etapa de unificación representa todo lo contrario. Una vez los regímenes democráticos entran en crisis, finaliza la etapa de fragmentación y las civilizaciones tienden a la creación de núcleos imperiales que centralizan el poder y hacen de la conquista territorial su sustento económico. Durante esta etapa, las especificidades políticas y culturales de cada uno de los antiguos pequeños estados van desapareciendo en favor de una mayor unidad y subordinación a un poder y cultura centrales, habitualmente patrimonio de una sola ciudad: la nueva capital del imperio. Durante este período, el arte y el pensamiento entran en crisis, y se utilizan como herramienta de propaganda imperial. Sin embargo, con las crisis sucesivas de los imperios y sus derrotas militares, la unificación se va revertiendo poco a poco, hasta llegar desintegración imperial y el resurgimiento de unidades estatales más pequeñas que reinician el ciclo histórico con una nueva fase de fragmentación. Toda esta etapa de unificación tiene una duración media de 1050 años, normalmente dividida en dos períodos, cada una asociada a un imperio dominador diferente.
Por lo tanto, el ciclo histórico en su totalidad tiene una duración media de 1700 años, es decir, 650 años de fragmentación demográfica más 1050 años de unificación imperial.
Frase de fragmentación demográfica: 650 años.
* Aristocracia feudal (400 años).
*Aristocracia de la riqueza y democracia (250 años) Fase de unificación imperial: 1050 años.
Para terminar esta introducción a la teoría, solamente nos va a ser necesario para nuestro propósito explicar la concreción que ésta da sobre los estadios imperiales. Y es que, si bien la etapa de unificación tiene su propia dialéctica, ésta incluye la existencia de núcleos imperiales que, a su vez, tienen sus propios estadios internos paralelos al transcurso de los estadios del ciclo histórico general. Así pues, un territorio concreto puede no formar un imperio propio, pero si se encuentra en su fase de unificación estará sometido al imperio que haya formado otro territorio que también se encuentre en esta fase, aunque el imperio en cuestión seguirá sus propias etapas. Vamos a explicar rápidamente, pues, cuales son las fases internas por las que pasa cada unidad imperial durante la etapa de unificación, y que, todas ellas juntas, duran de media 550 años. O, en otras palabras, según La matemática de la historia todo imperio dura de media 550 años.
Así pues, según Deulofeu todos los imperios pasan por seis etapas consecutivas:
4. La revolución rusa, o la desintegración del imperio Moscovita
Una vez el lector se haya podido familiarizar con el paradigma de la teoría, vamos a analizar a continuación las revoluciones contemporáneas que la historiografía actual considera imprescindibles para que de esta forma podamos ir dibujando la clasificación que hemos prometido a nuestros lectores. Vamos a empezar, pues, por una de las revoluciones que más ha contribuido a crear el mito de las revoluciones como fenómenos imprevisibles y capaces de cambiar por completo el rumbo político e histórico de una nación: nos referimos a la revolución rusa de 1917, paradigma indiscutible de la historiografía revolucionaria.
Para poder comprender la significación histórica de esta revolución para con el pueblo ruso, antes debemos ubicar el momento del ciclo histórico en qué éste se encontraba. Y según los datos de que disponemos, no hay duda de que el pueblo ruso tuvo una primera etapa de fragmentación demográfica (300d.C - 950) en que las tribus eslavas independientes fueron progresivamente evangelizadas por el cristianismo griego. Sin embargo, los pueblos eslavos en su totalidad entran en fase de unificación a partir del siglo IX, con la llegada de los vikingos, y Rusia poco después es asimilada por el Rus de Kiev, un imperio que se desintegra con la llegada de los mongoles en el siglo XIII (es decir, 500 años después de su fundación, fecha que se ajusta a duración media de todos los imperios).
Así pues, el pueblo ruso inicia su etapa de unificación (950- 2000) sometido al yugo de Kiev, pero una vez este se desintegra es el principado de Moscú el que aprovecha la ocasión y, recuperándose de los estragos causados por los mongoles y la Horda Dorada, toma la iniciativa y se erige como nuevo núcleo imperialista a partir de 1396, fecha en qué el monarca Vasilio II unifica ciertos territorios y lleva a cabo una de las primeras victorias contra los tártaros. Nace de esta forma el imperio moscovita.
No vamos a repasar aquí en detalle las etapas por las que pasa este núcleo imperial, estudiadas meticulosamente por Deulofeu en su obra7. Solo hará falta concretar que el imperio tiene su gran descenso durante el reinado de Iván IV, y la pérdida de territorios que éste conllevó; y que durante su segundo proceso agresivo y plenitud Rusia consolida su posición como potencia europea y lleva a cabo la importante conquista de Siberia, que es donde se encuentran los conflictos que iniciarán su entrada a la decadencia.
En efecto, podemos situar el inicio de la etapa de la desintegración del imperio ruso a partir de una de sus primeras derrotas importantes, como lo es la guerra contra el Japón (1904-1905), que es la chispa que provocó la revolución de 1905 y que, en consecuencia, preparó el terreno para la de 1917. La finalización de esta desintegración, es decir, la desaparición completa del imperio, la datamos con la caída de la URSS (1991). Así pues, la desintegración del imperio ruso abarca el siglo XX propiamente dicho, al final del cual Rusia desaparece como una unidad imperial. Se trata de una desintegración corta pero fulminante, que acaba con el imperio en menos de un siglo y lleva de nuevo a su población al estado de servidumbre propia del inicio del ciclo histórico. Así pues, con la caída de la URSS termina el primer ciclo histórico ruso, que se encuentra, en estos momentos, en el inicio del segundo. Veamos las cifras:
Etapas del primer ciclo histórico ruso.
Etapa de fragmentación: 300 d.C-950.
Etapa de unificación: 950- 2000 (imperio de Kiev e imperio de Moscú).
Etapas del imperio moscovita.
Primer proceso agresivo: 1396-1580.
Gran descenso o depresión: 1580-1645.
Segundo proceso agresivo y plenitud: 1645-1905.
Decadencia y desintegración: 1905-1991.
Total: 595 años (dentro de la media de 550 años).
En consecuencia, tenemos que situar a la revolución de 1917 en el contexto de desintegración imperial y caída del poder unitario, que conlleva, como hemos visto: (a) el respectivo debilitamiento del ejército y sus aspiraciones imperialistas; (b) el retorno a la religiosidad; y (c) la independencia progresiva de los territorios imperiales. Vamos a analizar estos tres factores y sus relaciones con la revolución por lo que a Rusia respecta.
En primer lugar, sobre la cuestión del ejército, durante el siglo pasado mucho se escribió sobre las posibilidades militares de Rusia, así como de su participación en los conflictos más importantes. Sin embargo, el mismo triunfo de la revolución ya es un síntoma de la debilidad de las fuerzas armadas del Zar. ¿Cómo pudieron unos obreros inexpertos imponerse ante las mismas tropas que hacía doce años les habían masacrado? Una supuesta explicación que se ha dado es el arraigo del marxismo y la organización obrera que éste infundió en la nación. Sin embargo, para La matemática de la historia no hay ideología que valga en este sentido. Para ella, si la revolución rusa triunfa no es gracias a la adopción del marxismo, sino al momento del ciclo en que ocurre. Al contrario, se trata de un ejemplo paradigmático de como la ideología está al servicio del momento histórico y no, en cambio, el momento histórico al servicio de la ideología. Es en el debilitamiento del imperio y del ejército en particular, pues, al que en parte debemos el triunfo de la revolución. O lo que es lo mismo, es a la evolución interna de todo imperio que llega a su etapa de desintegración a la que debemos la decadencia de su sistema de defensa.
Pero, una vez instaurado el nuevo régimen comunista, ¿no se convierte Rusia en una de las potencias mundiales más importantes, incluso militarmente, del siglo XX? Baste hacer notar, nos dice Deulofeu, que Rusia en pocas ocasiones se detiene a enfrentarse directamente al enemigo a partir de 1945, como lo muestra el hecho que se embarcara en una Guerra Fría, es decir, indirecta. Deulofeu no considera a Rusia una amenaza real después de la II guerra mundial, basándose, pues, en los pronósticos de su teoría. Ya en su primera obra del 1951 nos dice:
El hecho que los rusos hayan propagado su deseo de expandir su revolución al exterior de su territorio se ha interpretado como una amenaza inminente de invasión, y, en cambio, los rusos están muy lejos de pensar eso. Es un hecho evidente e incontrovertible que, si esta hubiera sido su intención, el ataque ruso habría tenido lugar justo en el momento en que los EUA principalmente habían desmovilizado y destruido su material de guerra después de la victoria en el momento en que se mantenía un falso prestigio ruso, en el momento que nadie sospechaba sus pretendidos deseos de dominación. (Deulofeu, 1967, p.17).
Es a este respecto que Deulofeu menciona todas las campañas en que Rusia no participó, como cuando acató la independencia de Azerbajan, como cuando no intervino en los tratos de EUA con Teherán por la cuestión del petróleo e, incluso, cuando no reaccionó ante la independencia de Yugoslavia en 1948. Y es sobre este último caso que Deulofeu sentencia:
Si el espíritu de hegemonía y de expansión estuvieran en la base del del régimen stalinista, Rusia no habría perdido Yugoslavia por muchas razones (...) por lo tanto, aquello que evitó la acción armada de Stalin contra Tito no fue el temor de una guerra general, sino una mentalidad parecida a la de Inglaterra ante la pérdida de sus colonias, es decir, de renuncia, o sea la mentalidad propia de los imperios que han entrado en la fase de desintegración. (Deulofeu, 1967, p.19).
Sin embargo, la poca importancia que nuestra teoría da a las ideologías parece entrar en contradicción con el segundo punto que nos proponíamos sobre la decadencia del imperio ruso, que es su regreso a la religiosidad (Azevedo, 2014) propia de la etapa de fragmentación demográfica. ¿Cómo defender que Rusia, que en 1917 se convirtió en el primer estado comunista de la historia, es a partir de la revolución que vuelve progresivamente a la religiosidad? Deulofeu reconoce en sus obras que este es uno de los puntos que él consideraba más inverosímiles de las predicciones que su teoría le proporcionaba. Pero, en nuestros días esta ya no es una cuestión que se pueda esconder detrás de una cortina de hierro.
Deulofeu no podía saber que, en efecto, una muestra de la sumisión feudal del pueblo ruso, a medida que se acerca su desintegración, fue la creciente necesidad de fe, que en su contexto cultural se tradujo en un aumento de fieles de la iglesia ortodoxa y el inevitable poderío que progresivamente iba recuperando la clase sacerdotal, especialmente en nuestros días. Hoy sabemos que, a partir de los años 70, es decir, a poco de la caída de la URSS y la finalización del primer ciclo histórico, en Rusia efectivamente se produjeron conversiones en masa, muchas de ellas por parte de personas que provenían del nihilismo y la cultura universitaria del momento y que eran la segunda o como mucho la tercera generación posterior a la revolución. Un testimonio crucial de este movimiento del que comenzamos a ver hoy los frutos es el libro de Tatiana Gorichéva titulado Nosotros, los convertidos de la Unión Soviética (edición original francesa, 1983), una profesora de filosofía nietzscheana originaria de Leningrado que se hizo monja en esa época y promovió la conversión ortodoxa como una forma de liberación espiritual, política y cultural:
Así pues, escribir versos estaba considerado como un pecado, la filosofía como el fruto supremo del orgullo, y la actividad política (la disidente) no era nada más que pasiones mezquinas. (.) Pero era aquí donde se manifestaba el milagro de la Iglesia, de nuestra Iglesia rusa. Prisionera y oprimida, absorbía nuestros talentos más variados, nuestro conocimiento, para santificarla, y nos permitía reconciliarnos con el mundo del pensamiento y del arte. (Goritchéva, 1983, p. 81).
Pero, esta nueva religiosidad tiene sus consecuencias políticas, como es el creciente poder que los sacerdotes fueron ganando, y sobretodo que van ganando hoy en día. Sobre este tema, les recomendamos una magnífica película d'Andrei Zvyagintev que retrata la actual mísera situación de la población rusa en las garras de los oligarcas que, a su vez, se deben cada vez más a la iglesia: la película Leviatán (2014).
Finalmente, para entender adecuadamente el valor que según La matemática de la historia tiene la revolución de 1917, debemos tener en cuenta que la Rusia comunista no es una nación de expansión y conquista (como lo fue antaño la Rusia zarista), sino más bien un imperio que, como hemos visto, se fragmenta progresivamente a través de la independencia y mayor autonomía de sus respectivos territorios. Esta situación no es otra que la que se vivió en Rusia desde el nacimiento de la URSS, la cual fue cediendo ante las reivindicaciones regionales y dando autonomía a las repúblicas que así lo desearan. Sin embargo, estas reivindicaciones no se calmaron con el tiempo, sino más bien lo contrario, pasando de las cuatro repúblicas iniciales creadas poco después de la revolución (en 1922 solamente eran Rusia, Ucraina, Bielorusia y Transcaucásica), a quince en el momento de su disolución en 1991. Pero, curiosamente esta fragmentación progresiva no fue percibida en su momento como un síntoma de debilidad imperial, debido, nos esclarece Deulofeu:
Al hecho que Rusia, en lugar de ser un imperio intercontinental, es decir, un imperio que tenga sus colonias dispersas por el mundo, como lo es el francés o el inglés, las tiene completamente soldadas al núcleo hegemónico de Moscú. Esto ocasiona que, en iniciarse la pérdida de vitalidad, las colonias alejadas se separen con facilidad del imperio, mientras que en Rusia esto no pasará hasta la desintegración total. (Deulofeu, 1967, p. 17).
Así pues, es con la caída de la URSS que la desintegración territorial del imperio, latente hasta el momento, explota con todas las independencias de los llamados satélites soviéticos. Esta fragmentación liberó a las naciones subyugadas por el imperialismo desde hacía 1050 años, tales como la ucraniana, las cuales (también desde la religiosidad) inician en nuestros días un duro proceso de feudalismo, es decir, una nueva fase de fragmentación demográfica. La reciente guerra en Ucraina (2014) nos pone de manifiesto cómo el pueblo y los monjes ortodoxos, bajados de las montañas con sus iconos, lucharon juntos en las barricadas contra los restos del imperialismo. Vemos, pues, que la revolución rusa de 1917 es claramente resultado de la decadencia imperial de Moscú. Y así, si bien es verdad que en otros países el marxismo supuso una mejora en las condiciones del pueblo, en Rusia tuvo como resultado una clase dirigente reservada al partido comunista y una plebe empobrecida y servil, tal y como predice La matemática de la historia. Sobre este tema, dice Deulofeu:
El marxismo no representa nada nuevo en el proceso de los pueblos. El régimen actual (1977) de Rusia es el propio de todos los imperios de finales de un ciclo histórico, poco antes de su desintegración, es decir, el poder se encuentra centralizado y se ejerce mediante una red burocrática, que en el caso de Rusia es conocida con el nombre de partido comunista. (Deulofeu, 1997, p. 224).
Y después de ella, añadimos nosotros, son los herederos de esta clase dirigente los que actuaran en nuestros días como señores feudales durante los 650 años en que Rusia permanecerá en su segunda fase de fragmentación demográfica que acaba de empezar hace tan solo 27 años. Una etapa, no obstante, que promete un gran esplendor cultural.
5. La revolución americana, o la creación del núcleo imperial de Washington
Pasemos ahora al estudio de una revolución completamente diferente y, para ser exactos, formalmente la antítesis de la rusa: la revolución americana. Si hemos visto que la revolución rusa tiene lugar en el momento de desintegración del imperio ruso, según La matemática de la historia la revolución de los EUA tiene lugar en el momento de creación de su núcleo imperial, que Deulofeu ubica en 1783, es decir, con la finalización de la guerra contra la metrópolis (Deulofeu, 1997, p. 21).
Eso significa que el territorio americano (al menos la costa este) se encontraba en la fase de fragmentación demográfica antes de esta fecha, es decir, durante su historia colonial y, sobretodo, durante la América precolombina. A nuestro entender, esta etapa de fragmentación vería su cima con la convivencia entre colonias inglesas y francesas, pero también con las confederaciones de los pueblos indígenas. Un caso muy interesante es, por ejemplo, el de la confederación indígena del pueblo Iroquois, la cual parece que tuvo una enorme influencia sobre los padres fundadores y redactores de la constitución, sobretodo Benjamín Franklin y Thomas Jefferson, que admiraban el sistema confederado y democrático de este pueblo, sistema que conformaran sobretodo en la cima de su etapa de fragmentación demográfica. Prueba de ello es que todavía en nuestros días el símbolo de la confederación Iroquois sigue siendo uno de los símbolos fundamentales de EUA: el águila con una flecha rota en su pata, que fue el gesto pacifista con que cada pueblo indígena confirmaba su entrada a la confederación Iroquois a mediados del siglo XV8.
Sin embargo, la descolonización del país fue seguida automáticamente por una campaña de conquista y expansión territorial en que las tribus indígenas con las que se había convivido hasta entonces (con algunas confrontaciones) son masacradas. Como en cualquier proceso imperialista en sus inicios, unas ciudades (las antiguas colonias) se imponen al resto de núcleos de población, en este caso los indígenas. Ha nacido el imperio de Washington.
Si hacemos los cálculos pertinentes, veremos que la costa este norteamericana, que inicia su etapa de unificación imperial en el 1783, supuestamente comenzó su etapa de fragmentación demográfica 650 años antes, es decir, en el año 1133. Eso significaría que la creación de las confederaciones indígenas como la Iroquois, que los historiadores datan alrededor de 1450, se habrían conformado cuatro siglos después de iniciar esta etapa. O lo que es lo mismo, justo en su paso de la etapa de aristocracia feudal a la aristocracia de la riqueza e inicio de las primeras experiencias democráticas. Así pues, si nuestros cálculos son correctos, el primer ciclo de la costa este norteamericana quedaría fechado de esta manera:
Primer ciclo de la costa este norteamericana.
Etapa de fragmentación: 1113- 1783.
Etapa de unificación: 1783- 2833 (fecha estimada).
Se hace evidente, en consecuencia, que el contexto en que se lleva a cabo la revolución americana difiere hasta tal punto del de la rusa que de hecho son revoluciones que no tienen nada en común. Las características que hemos analizado en el apartado anterior referentes a la debilidad del ejército ruso, su religiosidad creciente y su tendencia hacia la fragmentación imperial, por lo que respecta a EUA serán pues justamente lo contrario.
Con la independencia (posible en tanto que el imperio inglés se encontraba en su etapa de gran descenso), el nuevo imperio americano no hace más que mejorar su ejército y conseguir una victoria tras otra en la carrera militar por la conquista de la costa oeste. Asimismo, la religiosidad norteamericana no aumenta con el tiempo, sino más bien lo contrario (aunque nunca sin desaparecer). Y por la misma razón, vemos que EUA no ha perdido territorios ni interiores ni exteriores desde su creación, más bien lo contrario. No hay duda, pues, que la revolución significó para este territorio lo mismo que para todos aquellos que inician un primer proceso agresivo imperial: grandes conquistas, debilitamiento de la fe y, por último, una organización federal de sus territorios. Por lo tanto, el caso de EUA nos pone de manifiesto que no todas las descolonizaciones deben entenderse históricamente de la misma manera.
Pero, ¿hacia dónde va hoy el imperio de Washington? Según La matemática de la historia, hacia el gran descenso que sigue, para todo imperio, al primer proceso agresivo. En efecto, según Deulofeu el primer proceso agresivo se inicia con la revolución de independencia de los EUA, a la cual siguen (a lo largo del siglo XIX y XX) unas campañas victoriosas. Sin embargo, encontramos un primer síntoma de debilitamiento en la derrota que supuso la guerra del Vietnam (1955-75). Este conflicto tenía como escenario a un pueblo (el vietnamita) que se encontraba en su fase de fragmentación, razón por la cual los imperios difícilmente podían conquistarlo. Sea como sea, a partir de esta fecha podemos concluir con bastante seguridad que el imperio de Washington inicia su descenso, como de hecho los desastres sociales, militares y políticos de las últimas décadas nos van confirmando poco a poco. Escuchemos las palabras de Deulofeu en este sentido:
Hoy (1973) los Estados Unidos han llegado a su momento culminante de esplendor y de gloria propios del final del primer proceso agresivo. En este momento el imperio da la sensación de ser invencible, y lo serian, en efecto, si no lo llevaran dentro de sí mismos el germen de la desintegración y de la catástrofe. ¿Qué le pasará al imperio americano? Nada más y nada menos que lo que les ha ocurrido a todos los imperios en el momento equivalente. Los síntomas son perfectamente visibles. Por una parte, la acumulación de riquezas en manos de una clase; por la otra, el descontento de la clase humilde, el deseo del poder personal entre las familias poderosas y el deseo que se irá acentuado en los estados, que cada día se sentirán más oprimidos. Estas son las circunstancias que hasta hoy han conducido a todos los imperios a una lucha violenta de clases y han determinado la caída de todos en manos de un dictador y el paso a la fase unitaria. (Deulofeu, 1973, p. 64).
Ciertamente, las aterradoras predicciones que nos permite La matemática de la historia para con el imperio de Washington son la de un conflicto civil muy importante (fruto de las enormes desigualdades (Ferreyra, 2014) que ya se viven allí desde hace décadas) y, como resultado, la entrada al segundo proceso agresivo. Este último, tal y como hemos explicado al inicio del artículo, siempre tiene un régimen de poder unipersonal que conlleva, además, la eliminación de la organización federal del imperio para pasar a una unificación centralizada. Es lo que ocurrió, por ejemplo, el imperio romano con la llegada de César y, más tarde, del emperador Augusto: después de tres guerras civiles, el emperador unifica el poder del cónsul, del senado y de los comicios en su sola persona. Esto es lo que, de alguna manera, podemos predecir qué ocurrirá en EUA. ¿Cuándo? Según la teoría, la media de vida del imperio americano llegaría hasta el año 2333 (1783 + 550= 2333), fecha en la cual ya habría pasado por todas sus etapas. Así pues, solo podemos asegurar que este paso al segundo proceso agresivo se dará antes de ese momento, con bastante probabilidad más cerca de nuestros días que no de la fecha de desintegración.
6. La revolución francesa, o la gran depresión del imperio parisino
La revolución francesa es también un ejemplo de cómo la historiografía contemporánea ha desdibujado completamente el sentido histórico de un acontecimiento de tal gravedad. Según La matemática de la historia, la revolución francesa es un ejemplo de lo que justamente en el apartado anterior hemos predicho que ocurriría en EUA cerca de nuestros días: una guerra civil que precipita el gran descenso o depresión de los imperios y prepara el terreno para la llegada de un poder unipersonal. En el caso de esta revolución, del segundo proceso agresivo del imperio de París. Tal y como dice Deulofeu: "La revolución francesa ha sido tomada a los ojos de la Europa moderna como una explosión extraordinaria, pero en realidad no es nada más que la guerra civil característica de todas las fases de depresión" (Deulofeu, 1997, p. 183). Veamos, pues, el contexto cíclico en que se enmarca.
Según Deulofeu, el imperio francés nace en el año 1589. Esta es la fecha de la última anexión territorial (concretamente, de Gascona) al poder central de París. Así pues, tal y como hemos hecho con el imperio americano, antes de esta fecha los territorios que conforman actualmente el estado francés se encontraban en la etapa de fragmentación demográfica. Concretamente, podemos calcular que desde el año 939, poco después de la desintegración del imperio franco. O, en otras palabras, la fragmentación francesa ocuparía la edad media y, en cambio, su primer proceso agresivo prácticamente toda la edad moderna. Vamos a ver las fechas que establece Deulofeu para las fases de este imperio (Deulofeu, 1997, p. 163):
Segundo ciclo francés.
Etapa de fragmentación: 939-1589 Etapa de unificación: 1598-2639.
Etapas del imperio parisino.
Primer proceso agresivo: 1589-1697.
Gran descenso: 1697-1793.
Segundo proceso agresivo y plenitud: 1793-1939.
Decadencia y desintegración: 1939-2139 (fecha promedia).
Como podemos ver, según Deulofeu el imperio francés inicia su descenso con la paz de Ryswik (1697), con la cual el monarca Luis XIV renunciaba a los Países Bajos y reconocía a la casa de Orange. A partir de ese momento, Francia entró en una etapa de letargo militar y económico que se iría acentuando progresivamente hasta llegar a la crisis que ocasionó la revolución de 1789. Con el poder central debilitado y, al mismo tiempo, unas diferencias estamentales abusivas, el pueblo puede levantarse en armas y hacerse con el poder, que de otra forma habría sido imposible, de la misma manera que, como ya hemos explicado, el triunfo de la revolución americana se debió en parte a que el imperio inglés se encontraba en su etapa de gran descenso.
Vale la pena destacar que la diferencia principal entre la revolución francesa y la rusa (que tan asiduamente se comparan) es que para el imperio moscovita la revolución supuso un estadio avanzado de su desintegración y, consecuentemente, su acercamiento a la fragmentación progresiva de sus territorios a través de la creación de las repúblicas soviéticas. En cambio, para los pueblos bajo el yugo parisino la revolución significó totalmente lo contrario, es decir, la tendencia cada vez más fuerte hacia el centralismo y la desaparición de su identidad nacional. Pueblos tales como el catalán, el occitano, el bretón, el corsa o el normando, que hasta el momento habían gozado de legislación e instituciones propias bajo el régimen federal del primer proceso agresivo del imperio, a partir de 1789 ven cómo sus libertades, parlamentos, lenguas y culturas son represaliadas y perseguidas por el centralismo revolucionario de París. Masacres tales como las que ocurrieron en el Rosselló no son contadas habitualmente cuando se narra la historia de la revolución, perpetuando el mito centralista y obviando, pues, la contrarrevolución católica y sobretodo regionalista que se vivió en la mayoría de estados franceses.
En este sentido, se puede comparar la acción revolucionaria francesa con la primera guerra civil romana (88-81 a.C) y la llegada al poder de Sula, que comportó la represión y casi desaparición de los pueblos etrusco y samnita. Como con Sula, pues, Francia con Robespierre y su terror fue apoderándose no solamente de la capital, sino también de todos los territorios exteriores, conllevando a la aparición de un poder unificado, unipersonal y militarizado que llevaría a cabo el segundo proceso agresivo del imperio. Como César y Augusto en Roma, Tutmosis III en Egipto, Hannibal en Cartago, Olav I en Noruega o Hitler en Alemania, en Francia aparece un emperador todopoderoso fruto nada más y nada menos que de la famosa revolución francesa: evidentemente estamos hablando de Napoleón.
Bajo el ropaje de la ilustración y los derechos del hombre (Pérez, 2013), la revolución francesa escondía el germen de la unificación, una prueba más que la ideología revolucionaria no tiene una relación directa con los resultados de la misma. Sin conocer el marco imperial donde se ubica, es fácil confundir el valor de una revolución. Y aunque no negamos el valor intelectual de la revolución francesa, creemos asimismo que históricamente se ha olvidado su significado interno, es decir, el valor que tuvo para los pueblos franceses mismos.
Lo que pasó después de la revolución es suficientemente conocido, y no lo vamos a explicar aquí. Lo que si vale la pena que mencionemos son las predicciones que La matemática de la historia hace para con este imperio y, sobretodo, respecto su desintegración. Según Deulofeu, después de la II guerra mundial el imperio francés entra en su fase de decadencia. A partir de 1939, pues, a Francia no le quedan más aspiraciones militaristas, va perdiendo progresivamente sus colonias y, si tomamos la media de duración de los imperios, se desintegrará definitivamente en el año 2139. A partir de ese momento, a los pueblos franceses les quedarán todavía 500 años más bajo la etapa de unificación, razón por la cual no entrarán todavía en su tercera fase de fragmentación hasta el año 2639. ¿Qué imperio ocupará el lugar de París hasta ese momento? Según Deulofeu, será el imperio alemán o de Berlín, que en nuestros días (después de su segundo proceso agresivo con el nazismo) se encuentra en su plenitud imperial (Deulofeu, 1997, p. 163).
Pero, quedan todavía 121 años para la desintegración del imperio. En este período de tiempo, como con todos los otros, las luchas internas serán el pan de cada día, ocurriendo desastres notables como los que desgraciadamente estamos viviendo en nuestros días, los cuales, no son causados por ciudadanos extranjeros, sino por los propios franceses que, después de la pérdida de las colonias y el racismo creciente, luchan contra el poder central del imperio.
7. La revolución colombiana, o el paso de la aristocracia feudal a la aristocracia de la riqueza
Finalmente, en este último apartado de nuestro estudio nos arriesgaremos a ofrecer a nuestros lectores el análisis de la revolución de independencia de Colombia. Decimos que nos arriesgaremos por diversos motivos. En primer lugar, porque nuestros lectores van a ser unos muy buenos conocedores de la historia de Colombia. Y, en segundo lugar, porque Deulofeu nunca estudió el ciclo histórico de esta nación y, en consecuencia, el estudio que vamos a ofrecerles a continuación será una hipótesis fruto únicamente de nuestros cálculos.
No vamos a hablar en detalle de la Colombia precolombina, es decir, ni de la cultura de San Agustín, ni de la de Tierradentro, ni de los pueblos Quimbayas, entre tantos otros. Desconocemos demasiado esta etapa que, además, desgraciadamente nos es hoy para todos tan fragmentaria e incompleta, como en la mayoría de pueblos precolombinos (Chaves, Morales, & Calle, 1992). Sin embargo, se nos hace evidente que la primera organización política propia de una etapa de fragmentación aparece en estos pueblos precolombinos a partir de medianos del siglo XV, con las llamadas confederaciones de aldeas (Chaves, Morales, & Calle, 1992, p. 85). Es el caso de la confederación Muisca y la confederación Tairona, la cuales:
Estas dos agrupaciones, debido a su eficiente utilización de la tierra, a su elevada densidad demográfica, a su complejo sistema religiosos y social, a su adelantada arquitectura, a su organización política con tendencia a la unificación y a sus relaciones artísticas, son consideradas como las culturas clásicas colombianas. (Chaves, Morales, & Calle, 1992, p. 79).
Si bien durante el primer milenio «varias agrupaciones indígenas llegaron a un nivel de transición entre tribu y estado» (Chaves, Morales, & Calle, 1992, p. 61), las federaciones de aldeas del siglo XV representan una etapa ya plenamente estatal en que "las ciudades estaban divididas en barrios, cada uno al mando de un cacique y todos ellos dependientes de un señor principal, pero no existe evidencia de una unión entre los diversos grupos" (Chaves, Morales, & Calle, 1992, p. 83). Durante esta época, pues, los pueblos colombianos crean por primera vez una red de ciudades que, sin embargo, no va en detrimento de sus independencias, pero que se diferencia claramente de los períodos anteriores por su complejidad socio-política. Por lo tanto, consideramos que los pueblos colombianos inician su (¿primera?) etapa de fragmentación demográfica aproximadamente en el año 14509.
Con la llegada de los conquistadores y la fundación del reinado de Nueva Granada, se fundan las primeras ciudades hispánicas en los años 1509-1510. Sin embargo, creemos que la conquista no conlleva un cambio consubstancial de etapa histórica, sino que los pueblos colombianos continúan (pese a las masacres) su progreso por la etapa de fragmentación demográfica.
Puede parecer contradictorio que consideremos que Colombia se encuentra en una etapa de fragmentación justo en el momento en que es conquistada por un imperio europeo en pleno primer proceso agresivo. Pero, si estudiamos con detenimiento el régimen colonial español en Colombia, así como las demás facetas históricas del período, nos vamos a dar cuenta que los conquistadores jugaron el mismo papel en Sudamérica que el que jugaron los señores feudales en la Europa medieval y que, en consecuencia, no hicieron nada más que perpetuar el régimen de cacicazgos preexistente. Tal y como defiende el doctor Luis Navarro:
La gobernación de Nueva Granada se nos muestra (...) soberbiamente impasible y fiel a sí misma, desde el principio al fin de la centuria. Gobernación de acentuada fisonomía rural, cuyas familias dirigentes se perpetúan y aun afianzan de generación en generación, nos hallamos aquí en un estrato del acontecer histórico bien distante de la vacua agitación epidérmica de intrigas y sobresaltos cortesanos que conmueve a la capital audiencial.
Colombia era, pues, en sus primeros siglos hispánicos, continua:
Un país donde minería, comercio e industria no han alcanzado aún a sustentar otras élites que desplacen a los poseedores de encomiendas de su preeminente posición política y social (...) [un país donde] sus hombres de negocios no disputan a la aristocracia santafereña y tunjana, surgida de los conquistadores y los primeros pobladores, la presencia en los cabildos y la vinculación al funcionariado real. (Navarra, 1975, p. 17).
En efecto, el caciquismo propio de la época colonial, reservado únicamente a aquellos de origen peninsular, nos inclina a pensar en un feudalismo colonial propio de una época de fragmentación. Y nos lo confirma la institución de la encomienda, contrato de naturaleza claramente feudal que consistía en "una relación laboral en virtud de la cual un grupo de indígenas se obligaba a poner su mano de obra al servicio de un español a cambio de protección, buenos tratos y prestación de la doctrina a cargo de un cura sostenido por los encomenderos" (Chaves, Morales, & Calle, 1992, p. 99).
Téngase en cuenta, además, que, en la fase imperial del primer proceso agresivo, los pueblos pertenecientes al imperio no son sometidos políticamente, sino que conforman una red confederada. Es el caso, por ejemplo, de Cataluña, que durante los siglos XVI y XVII conserva sus instituciones y libertades. Sin embargo, para Sudamérica esto no es así para nada, sino que no se le otorga representación política ni ninguna libertad al estilo de los pueblos peninsulares. Así pues, los españoles y sus descendientes ejercen de señores feudales en tanto que se trata de una casta inaccesible para el pueblo llano, supuestamente protegido por la encomienda. Además, la independencia de cada territorio se mide por el abuso de sus gobernantes, que, aunque se deban al poder central de España llevan a cabo todo tipo de despropósitos. La lejanía entre la colonia y el reino permite, pues, la suficiente independencia de los gobernantes como para que se erijan como una aristocracia feudal propia del inicio de una etapa de fragmentación.
Con el paso del tiempo, el mestizaje va ganado terreno en la sociedad colombiana, y asimismo los terratenientes españoles van uniéndose cada vez más con la sociedad llana. Recordemos que la etapa conocida como aristocracia feudal dura los cuatro primeros siglos de la fragmentación, pero que, en consecuencia, su deterioro es también progresivo. Un momento en que se manifiesta esta evolución progresiva que va disolviendo el feudalismo colombiano es la creación del Virreinato de Nueva Granada por parte del monarca Felipe V en el año 1717. Si bien en España Felipe V es el representante del segundo proceso agresivo y, por lo tanto, el responsable de la unificación imperial que acabaría con las libertades de, por ejemplo, Cataluña, para Colombia representa exactamente lo contrario. Es durante el Virreinato, y su clara inestabilidad, que conllevó su desaparición durante unos cuantos años, que el pueblo colombiano por primera vez reacciona y se rebela contra las autoridades. La revolución de los Comuneros de 1781 es un claro ejemplo de cómo se van desquebrajando las bases feudales de la nación, deseosa de más libertad y con el deseo de representación política. Tal y como nos explica Rafael Gómez Hoyos, en referencia a los Comuneros:
Es evidente que el objetivo primero y esencial de la revolución (...) era buscar la libertad de las opresiones fiscales. Pero, a medida que el movimiento cobraba vigor la dinámica revolucionaria abría a los Comuneros los nuevos horizontes de la independencia política, pero como necesaria para obtener la libertad fiscal a que primordialmente aspiraban. (Gómez, 1992, p. 41).
Es así como finalmente llegamos a nuestra revolución de independencia (1810-14 y 1817-19), aprovechando la caída momentánea del imperio español en manos de Napoleón en 1808, y que significó para España la entrada definitiva a la etapa de decadencia. La revolución de independencia de Colombia llegó, pues, a partir del límite de los cuatro siglos después de iniciar el ciclo con las confederaciones precolombinas, es decir, coincide aproximadamente con el paso de la aristocracia feudal a la aristocracia de la riqueza (1450+400= 1850).
En esta etapa, como hemos visto, la clase sometida se rebela contra las fuerzas feudales y exige representación política y libertad económica en las diferentes ciudades que conforman la nación. En especial, la rebelión es siempre dirigida por la burguesía, es decir, por aquella parte de la población que a medida que se iba resquebrajando el feudalismo se ha ido enriqueciendo a base del comercio especialmente. En Colombia esa realidad se materializa muy claramente por parte de la asunción de la ideología liberal por parte de la nueva aristocracia, que es, hablando con propiedad, la que lleva a cabo la revolución. Así pues, ahora que la hemos podido ubicar, ofrecemos a nuestros lectores las fechas que nosotros estimamos para el ciclo colombiano:
Ciclo colombiano.
Etapa de fragmentación: 1450- 2100 (fecha estimada).
Etapa de unificación: 2100- 3150 (estimación).
Vemos, por lo tanto, como nuestros cálculos nos permiten deducir que, en efecto, la revolución colombina se llevó a cabo durante una etapa de fragmentación y, concretamente, durante los últimos años de la aristocracia feudal, propiciando el paso a la aristocracia de la riqueza. Pero, no solo eso. Conociendo la fecha de inicio de esta etapa de fragmentación, nos es posible también explicar los acontecimientos que resultaron de ella, y, especialmente, el fracaso del proyecto de la Gran Colombia (1819-1830).
En efecto, aunque después de la victoriosa campaña de Bolívar se pretendiera crear un estado liberal al estilo europeo, la verdad es que Colombia y los estados europeos no tenían nada en común, y en especial Colombia no se encontraba en una etapa de unidad territorial. Si Europa estaba poblada por imperios decadentes o en plenitud, Sudamérica, por el contrario, estaba inmersa en la fragmentación, razón por la cual las reivindicaciones nacionales de cada pueblo gozaban de la suficiente vitalidad como para que no fueran reprimidas, como durante la revolución francesa. Y, en efecto, es el conflicto entre un Bolívar centralista (que proyecta para Colombia un estado al estilo europeo) y un Santander federalista, el que ocasiona el fracaso del proyecto de la Gran Colombia, condenada desde su inicio. Es relevante, por ejemplo, mencionar los continuados intentos de independencia de Panamá, ya desde el 1826. Pero, evidentemente no es el único caso, y, como decíamos, el vicepresidente Santander encarna las aspiraciones nacionalistas de los pueblos colombianos, los cuales, ahora sí, despiertan de su letargo feudal y buscan, durante los dos siglos y medio restantes para terminar la fragmentación, la máxima libertad, en ese momento encarnada en el rechazo a una posible aplicación en Colombia de la constitución boliviana. La consecuencia es suficientemente conocida: se trata de nada más y nada menos que la independencia de Venezuela y Quito (Ecuador) en 1830 y, posteriormente, la independencia definitiva de Panamá.
A partir del fracaso de la Gran Colombia, que entendemos que debe ser leído como el triunfo de la libertad de los pueblos colombianos, es decir, de su progresiva fragmentación y rechazo del imperialismo, el resto de historia de Colombia se debe leer, creemos también, a través de a la ley que Deulofeu denominó "dos pasos adelante y uno atrás" o, lo que es lo mismo, una especie de ley de acción y reacción que se aplica durante la etapa de fragmentación y que ocasiona que la progresión hacia la democracia no se haga de forma uniforme, sino más bien con retrocesos conservadores momentáneos. En base a esta ley, que Deulofeu no clarificó nunca, y sobretodo basándonos en los descubrimientos de (Strauss & Howe, 1991) que nosotros hemos precisado que cada uno de estos retrocesos y avances de la fragmentación tiene una duración media de 40 años.
Así pues, tomando la fecha de la revolución como punto de partida, y teniendo en cuenta que la primera es una etapa reaccionaria por parte de Bolívar con la idea de conformar un estado imperial al estilo europeo, podemos reconstruir la historia de la Colombia poscolonial de la manera siguiente:
Etapas de acción y reacción de la fragmentación colombiana.
1a reacción: 1810-1850.
1a acción: 1850-1890.
2a reacción: 1890-1930.
2a Acción: 1930-1970.
3a acción: 1970-2010.
3a reacción: 2010-2050 (estimación).
4a acción: 2050-2090 (fecha estimada del fin de la fragmentación, año 2100).
Como podemos ver, después del fracaso de la Gran Colombia nuestros cálculos indican que los pueblos colombianos recuperan progresivamente las libertades, y, en efecto, con la fundación de la República de Nueva Granada (1830-1862), con el general Santander de vuelta, se crearían los departamentos colombianos, aunque todavía con reminiscencias de los regímenes anteriores.
Sin embargo, nuestros cálculos apuntan a un cambio político muy importante hacia más progresismo a partir de 1850, en que es cuando se ejecutaría definitivamente el paso de la aristocracia feudal a la aristocracia de la riqueza.
Creemos encontrar este paso con la llegada de Guerra de los Conventos (1860-63) y la victoria de los liberales que conllevó, en efecto, la creación de los Estados Unidos de Colombia (1863-86). Libertad de expresión, de enseñanza y de culto son los resultados de esta primera etapa de avance. ¿Puede ser más explícita la intención de los gobernantes del momento de dar más autonomía y libertades a los pueblos que conformaban la república que crear una confederación de estados? Se trata, pues, de un claro avance en el dominio político por parte la nueva aristocracia de la riqueza, es decir, por parte los burgueses colombianos, que en este momento se han hecho totalmente con el poder. Tal y como expone Gonzalo España:
El liberalismo revolucionario del XIX, que a manera de borrasca sacudió la República durante casi media centuria, fue la expresión política más avanzada de la clase de los comerciantes de entonces, una inmadura burguesía mercantil que jalonó en forma independiente un notable conjunto de cambios. (España, 1985, p. 11).
Sin embargo, nuestros cálculos nos indican un cambio fundamental en el rumbo político alrededor de 1890. Y, en efecto, después de la guerra civil de 1885, Colombia entra en la etapa conocida como la Regeneración (1886- 1930), que en la persona de Rafael Núñez procura, a través de la nueva constitución, acabar con el federalismo conseguido en la etapa anterior e, incluso, con la libertad de culto y de expresión, imponiendo la religión católica (España, 1985, p. 192).
A continuación, nuestros cálculos indican un nuevo cambio progresista alrededor del año 1930. Ya poco antes encontramos una serie de huelgas obreras muy importantes (por ejemplo, la de 1928) que precipitaran la caída del conservadurismo y la entrada a la etapa que se conoce como República Liberal (1930-1946) y las consiguientes reformas que ésta supuso. Los tumultuosos años que siguieron no los vamos a comentar en detalle, pero es evidente que los ataques del conservadurismo durante todo el siglo XX no lo pusieron nada fácil, en especial, nos indican nuestros cálculos, a partir del 1970.
Y así llegamos al fin del siglo pasado, dentro de una etapa en que Colombia, según La matemática de la historia, a partir del 2010 promete un retorno al progresismo al menos hasta el año 2050.
¿Qué le depara el futuro, a Colombia? Según La matemática de la historia, una mayor fragmentación de su territorio y, también, un aumento de la independencia y la democracia que tendrá su cima aproximadamente entre el año 2090 y 2100. Una vez llegada a este punto, la nación tendrá dos futuros posibles: o bien la sumisión a un núcleo imperial extranjero (que a estas alturas no podemos precisar); o, por contra, la creación de un núcleo imperial propio que, en caso que se fundara en el año 2100, tendría una vida media de 550 años, es decir, un imperio colombiano que se extendería hasta el año 2650. Solo la historia lo dirá.
8. Conclusión
En este artículo nos hemos propuesto estudiar cuatro de las revoluciones que la historiografía actual considera de más trascendencia histórica: la revolución rusa, la americana, la francesa y, finalmente, la colombiana. Pero, lo hemos hecho a través del paradigma de La matemática de la historia de Alexandre Deulofeu. Nuestras conclusiones para cada una han puesto de manifiesto que, según esta teoría, se tratan de revoluciones formalmente antagónicas y que representan, en consecuencia, modalidades de revolución muy diferentes.
Así, hemos visto que la revolución rusa de 1917 se llevaba a cabo justo en la fase de desintegración del imperio moscovita y al final de la etapa de unificación del pueblo ruso, razón por la cual se trata de una revolución que conduce a su pueblo al feudalismo, la religiosidad y la fragmentación territorial.
Por lo que respecta a la revolución americana de independencia, todo lo contrario. Se trata de una revolución colonial que tiene lugar justo en el momento en que los pueblos de la costa este norteamericana pasan de su etapa de fragmentación demográfica a su etapa de unificación. Así pues, la revolución tiene como consecuencia la creación de un núcleo imperial que, por tanto, abandona la fragmentación en pro de una unificación mayor y un deseo de conquista mundial.
Sobre la revolución francesa, en cambio, hemos podido precisar que se trata de una revolución ocurrida durante la época de mayor crisis del imperio francés, razón por la cual la revolución constituye la base social y política para el resurgimiento imperialista y la creación de un nuevo poder unipersonal, a saber, el de Napoleón.
Finalmente, cuando hemos hablado de la revolución de independencia de Colombia hemos podido ver que se trata también de un modelo completamente diferente a los anteriores, en cuanto que es una revolución que se acontece no durante una etapa de unificación imperial (como en los tres casos anteriores), sino en una etapa de fragmentación demográfica, razón por la cual ella es la reacción de los pueblos colombianos para conseguir más libertades políticas y económicas y pasar, de esta forma, de un régimen feudal a uno de burgués que, progresivamente, vaya permitiendo la libertad de comercio y la libertad de sus territorios, e incluso su independencia.
Con estos cuatro casos, podemos concluir que vemos en realidad cuatro modelos distintos de revolución. Cuatro modelos que son aplicables al resto de casos de la historia y que, creemos, termina con la falsa homogeneidad con que la historiografía ha tratado a las revoluciones hasta el momento. Así pues, podemos clasificar a las revoluciones en, como mínimo, estos cuatro tipos, en función de qué etapa se encuentre su pueblo y/o su imperio en ese momento:
Clasificación de las revoluciones
1. Revoluciones de fragmentación: son aquellas revoluciones que ocurren en una etapa de fragmentación demográfica y que, en su mayoría, tienden a constituir un avance de la libertad política y económica de los pueblos, promoviendo, incluso, movimientos de secesión. Es el caso de la revolución colombiana, pero también de la cubana e, incluso, de la reforma protestante en Alemania.
2. Revoluciones de creación de un imperio: son aquellas revoluciones que tienen como consecuencia la creación de un núcleo imperial y que, en consecuencia, se fundamentan en la unificación de un territorio, el debilitamiento de las instituciones regionales y en consecutivas campañas militares de conquista. Es el caso de la revolución americana, y también de la inglesa.
3. Revoluciones de centralización imperial: son aquellas revoluciones que se dan en el momento de máxima crisis de un núcleo imperial, cuando parece que éste esté a punto de desaparecer. Su actividad es primordialmente un esfuerzo de recentralización fundamentada en la eliminación de las particularidades y libertades políticas de los pueblos que lo conforman, así como la constitución de un nuevo poder unipersonal. Es el caso de la revolución francesa, las dos primeras guerras civiles del imperio romano y, también, de la revolución fascista de la Alemania previa a la II guerra mundial.
4. Revoluciones de desintegración imperial: son aquellas revoluciones en las cuales la acción revolucionaria incentiva la descentralización del poder, la debilidad de sus tropas y, por lo tanto, prepara la desaparición del estado. Es el caso de la revolución rusa, pero también de las huelgas y rebeliones egipcias de finales del Imperio Nuevo (s.XXXIII a.C) y de la independencia de la India.
Con esta clasificación en la mano, invitamos a nuestros lectores a estudiar aquellas revoluciones que nosotros no hemos tratado y a las cuales podrán aplicar nuestros esquemas con el objetivo de completar e incluso corregir el estudio de las revoluciones, y terminar, de esta manera, con las concepciones absolutamente politizadas de la historiografía contemporánea.
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Notas