Artículo
“Fuimos todas”. Activismos feministas universitarios y comunidades emocionales: las tomas en la UNAM
“It Was All of Us”. Feminist University Activism and Emotional Communities: The Take over of the UNAM
“Fuimos todas”. Activismos feministas universitarios y comunidades emocionales: las tomas en la UNAM
Revista interdisciplinaria de estudios de género de El Colegio de México, vol. 11, e1206, 2025
El Colegio de México A.C., Centro de Estudios de Género
Received: 09 May 2024
Accepted: 03 June 2025
Published: 07 July 2025
Resumen: El presente trabajo analiza la relevancia de las prácticas organizativas de los activismos feministas universitarios en el surgimiento de “comunidades emocionales”, con base en un trabajo de campo cualitativo realizado entre 2019 y 2020 durante el cierre de algunas facultades, de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), por colectivas feministas. Nos aproximamos al backstage de su activismo en el que, además de desplegarse prácticas organizativas para sostener las tomas se abrieron espacios de conversación para compartir las experiencias de violencia que fueron el detonante de sus acciones. Trascendiendo el lugar de víctimas, las estudiantes articularon acciones para ejercer presión en las autoridades de la universidad, con una mirada sensible al dolor ajeno y crítica de la violencia institucional y machista que experimentan. El documento constituye un aporte al campo de estudios de los activismos feministas universitarios en diálogo con el enfoque en las emociones en el análisis sociocultural, además de ser un registro etnográfico de las prácticas organizativas menos estridentes y visibles de lo que comúnmente se entiende por acciones y movilizaciones feministas.
Palabras clave: Activismo estudiantil, feminismos, comunidades emocionales, instituciones de educación superior.
Abstract: This paper explores the organized practices of the feminist activism and the emergence of “emotional communities” in the university context. Drawing on qualitative fieldwork conducted between 2019 and 2020 during the takeover of some of the departments of the National Autonomous University of Mexico (UNAM) by feminist collectives, we look at what happens e “backstage” in the practice of this activism. We explore how feminists not only used organizational methods to sustain the occupation of the UNAM but also generated spaces in which they could share the experiences of gender-based violence that triggered their activism in the first place. Overcoming a sense of victimhood, the students engaged in political actions to pressure the authorities, from a perspective that acknowledged the pain of others. This approached allowed them to critique of the institutional and sexist violence they experience. This article contributes to the growing field of studies on university feminist activism in dialogue with studies on emotions in socio-cultural analysis. It also presents an ethnographic account of practices that are less visible and powerful than what it is commonly understood as feminist action and mobilization.
Keywords: Student activism, feminism, emotional communities, higher education institutions.
Introducción
La discriminación y la violencia machista hacia las mujeres en las Instituciones de Educación Superior (IES) ha conseguido una creciente atención que se expresa, por ejemplo, en la creación de protocolos universitarios para erradicarla, la abundancia de eventos públicos, investigaciones y publicaciones dedicadas a la problemática. Las denuncias contra docentes, estudiantes e investigadores que inundan las redes sociales y los espacios universitarios, conocidas como escraches, realizadas por las colectivas estudiantiles evidencian la urgencia de enfrentar los patrones históricos de sexismo en el ámbito universitario (Mingo y Moreno, 2017) y de fortalecer un campo de conocimiento para los estudios socioantropológicos de género y feministas.
Desde hace más de 10 años -primero en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y después en otras universidades de la Ciudad de México y de los estados- hemos observado los escenarios de despliegue de estrategias implementadas por colectivas de estudiantes para denunciar el acoso, hostigamiento, bullying, el irrespeto a sus cuerpos y desprecio a su intelecto y capacidades. El presente trabajo retoma el material etnográfico y argumento general de la tesis de licenciatura en antropología de Rocío Heredia (2023), bajo la dirección de Charlynne Curiel, y se inserta en el campo socioantropológico que analiza la organización de estudiantes contra la violencia al interior de las IES. Tiene como referencia empírica las prácticas organizativas de las colectivas en la UNAM activas durante un periodo de tomas -cierres de edificios y suspensión de actividades- entre 2019 y 2020. En este artículo enfatizamos la importancia de las prácticas organizativas que sostuvieron las tomas que hicieron posible la emergencia de comunidades emocionales, incorporando aportes de autoras del estudio de las emociones en clave feminista. Nuestro objetivo es mostrar que la acción pública de los activismos feministas universitarios -que se expresan en marchas, el uso de redes sociales y el despliegue de una serie de símbolos como el color morado, el pañuelo verde o las expresiones iconoclastas, por mencionar algunas- también incluye la construcción de espacios íntimos y cerrados, como las tomas, lo que promueve el surgimiento de comunidades emocionales (Jimeno, 2007, 2009). Lo anterior, a través de prácticas organizativas que confrontan la sistemática violencia por razones de género e institucional que las estudiantes enfrentan en la universidad.
Este texto se compone de cinco secciones. La siguiente describe nuestro procedimiento metodológico, la segunda discute el contexto de las violencias en las IES y los activismos feministas en la UNAM. Posteriormente, en la tercera sección, discutimos las propuestas teóricas para analizar las comunidades emocionales en el activismo feminista y presentamos la descripción etnográfica del backstage -o lo que no se ve- de las prácticas organizativas al interior de las tomas. En las últimas dos secciones, que incluyen las anotaciones finales, resaltamos la relevancia de la socialización de las experiencias de violencias y la activación de la escucha como parte de las prácticas de organización que se orientan desde un despliegue emocional posible en el contexto de intimidad y privacidad que las tomas proveyeron.
Nota metodológica
El interés por este tema derivó de un proyecto de tesis de licenciatura en Antropología (Heredia, 2023) que se enfocó en analizar las prácticas organizativas feministas y el surgimiento de comunidades emocionales que detonaron procesos de subjetivación política en estudiantes -de entre 18 y 25 años- de las Facultades de Ciencias Políticas y Sociales (FCPyS), de Filosofía y Letras (FFyL) y de Arte y Diseño (FAD) que participaron en las tomas, entre 2019 y 2020, en tanto actividades de denuncia de las violencias de género e institucional. En un lapso de seis meses Heredia (2023) realizó un trabajo de campo de corte cualitativo en el que registró un mitin, cuatro marchas, tres talleres, dos bazares, intervenciones en la Facultad de Derecho, al interior de un edificio en la FCPyS y la Rectoría; tres asambleas feministas, una reunión interna entre alumnas de la FAD y las tomas. Con autorización y sin restricciones de tiempo se accedió a tres de estas tomas para, primero, establecer una relación con las paristas y, después, lograr el registro sistemático de su convivencia. En el contexto de las tomas no fue posible realizar entrevistas individuales; los espacios siempre concurridos y las actividades cotidianas limitaron el tiempo, pero también el acceso a la privacidad. En este contexto se realizaron entrevistas grabadas colectivas semiestructuradas con grupos de compañeras que aceptaron con la condición de mantener el uso de seudónimos, además de tomar notas de las diversas conversaciones grupales. En este sentido, vale la pena destacar que no tenemos conocimiento del nombre real de ninguna de las paristas.
Durante este periodo se registraron las prácticas organizativas1, entendidas como aquellas actividades realizadas mediante el trabajo colectivo encaminado a la visibilización y denuncia de las violencias machistas en la universidad, pero también a las desplegadas para sostener material y emocionalmente las tomas. Con este registro y las entrevistas se obtuvo información cualitativa para explicar lo que caracterizamos como el backstage2 del activismo feminista universitario, que siendo el sostén de las tomas y lo que acuerpa3 a las estudiantes ante la incertidumbre, el riesgo y el temor es su parte menos visible.
Las temáticas más recurrentes registradas en el diario de campo y en las entrevistas, por ejemplo, la importancia de organizarse para denunciar la violencia, sus experiencias de acoso y hostigamiento sexuales en la universidad y la relevancia de colectivizar sus experiencias para fortalecer vínculos y alianzas fueron codificadas con el software Atlas.ti.
El interés por las prácticas de organización feminista orientó la mirada en los momentos en los que las paristas compartían sus experiencias de violencia, se activaba la escucha y se manifestaban sus emociones, lo que nos hizo preguntarnos, ¿qué hacen las emociones? en tanto prácticas culturales y sociales que “mantienen unido al cuerpo social” (Ahmed, 2015, p. 33) en el contexto de las tomas, como espacios de identificación a partir de la emocionalidad (Cornejo, 2016). Mientras en las manifestaciones públicas se observaron más la alegría y la rabia, al interior de las tomas se externaron más el dolor, el temor y la indignación. Así, identificamos que “pensar el vínculo miedo-ira funciona como un enlace emocional que […] se ha convertido como un sistema de referencia en un contexto geopolítico y geocultural que le confiere una valencia particular” (Peláez y Flores, 2022, pp. 14-15).
Como lo han señalado diversas autoras, las emociones están generizadas y se asocian a las mujeres por su supuesta cercanía con la naturaleza e incapacidad de raciocinio, dicha cualidad asociada históricamente a los varones. Hay un sentido común producto del orden patriarcal que da licencia para que las mujeres sean “emotivas”; sin embargo, no toda emotividad es aceptable en todas las mujeres, pues no es lo mismo externar ternura que coraje y este último se asocia a una actitud insumisa y no domesticada de las feminidades racializadas, populares o subalternas (Ahmed, 2015). Observar las emociones expresadas en los diversos escenarios del activismo feminista universitario en la UNAM nos llevó a interrogar la idea de “la emoción como lo ‘no pensado’ y el supuesto de que el ‘pensamiento racional’ no es emocional, o que no implica verse movida por otros” (Ahmed, 2015, p. 258), pues las emociones generan vínculos y estos se materializan en prácticas organizativas como la colectivización del trabajo. Lo anterior, se torna indispensable para sostener eventos excepcionales como las tomas, y robustecer procesos de organización en el contexto del activismo que interroga y rechaza el sexismo que articula las relaciones y la cultura institucional al interior de la universidad.
Coincidimos con Cornejo (2016) cuando señala que:
[…] tenemos entonces un horizonte construido desde el feminismo en el cual la racionalidad, la emocionalidad y la corporalidad se hallan imbricadas y son concebidas como construcciones sociales, que nos permiten conocer y entender diversas realidades, y a partir de ahí generar conocimiento (p. 92).
En esta investigación observamos que las prácticas organizativas que sostuvieron las tomas y la convivencia cotidiana fueron esenciales para el proceso de colectivización de las experiencias de violencia y la generación de vínculos políticos y procesos de subjetivación que en este texto analizamos en clave de comunidades emocionales (Jimeno, 2007, 2009).
La violencia por razones de género y el activismo feminista en la UNAM
La bibliografía especializada que analiza la desigualdad y la discriminación como ordenadores sociales al interior de las universidades ha explicado, por un lado, las maneras en las que se sostiene el sexismo y, por otro, el efecto que tiene en las mujeres y otras subjetividades feminizadas la reproducción de un ordenamiento de género jerárquico y excluyente (Buquet, Cooper, Mingo y Moreno, 2013).
En un trabajo previo (Curiel, Worthen y Hernández-Díaz, 2019), revisamos los estudios de corte cuantitativo-descriptivo que indagan en la incidencia, percepción y consecuencias que tienen estas formas de agresión en el estudiantado (Echeverría, Paredes, Kantún, Batún y Carrillo, 2017; Ramírez y Barajas, 2017; Hernández, Jiménez y Guadarrama, 2015; Salinas y Espinosa, 2013; Vélez, 2013). En su mayoría, esta bibliografía muestra cómo en las universidades se conjuntan las violencias institucionales, docente, laboral, psicológica y sexual y se registran actitudes reiteradas de acoso y hostigamiento (Curiel et al., 2019). La complejidad de esta situación, tan común en todas las IES, radica en que no se trata de omisiones e intentos por minimizar las denuncias, sino de los engranajes que articulan la cultura institucional de género4 (Palomar, 2011) que tienen por objetivo evadir el reconocimiento de la violencia contra las mujeres como un problema sistémico (Mingo y Moreno, 2015). También identificamos diversos análisis que explican de manera más compleja cómo la obstaculización de la denuncia y la propagación del silencio colectivo se tornan en prácticas sistemáticas e institucionalizadas entre las autoridades universitarias (Barreto, 2017; Evangelista y Mena, 2017) que prefieren no asumir sus responsabilidades ni actuar para garantizar a las mujeres, como está mandatado, una vida libre de violencia (Curiel et al., 2019).
Ante este desventajoso contexto, que genera consecuencias negativas para quienes sufren violencia, y frente al menosprecio que entrañan los dispositivos de negación de la violencia en la universidad (Barreto, 2017), el activismo feminista universitario surge como una reacción que rompe el silencio y legitima el sufrimiento causado por las violencias vividas. Cerva (2020), ubica la organización feminista universitaria entre los nuevos activismos latinoamericanos que luchan contra la violencia estructural hacia las mujeres, pero también como resultado de procesos de cambio en las IES, a lo que denomina un “doble anclaje de los procesos de institucionalización de la perspectiva de género en las universidades” (p. 140).
Breve recuento del activismo feminista en la UNAM
El feminismo como teoría y práctica en la UNAM no es nuevo. Durante la década de 1970 mujeres universitarias se identificaron con el movimiento feminista de la llamada segunda ola. De esta articulación entre militantes de organizaciones de izquierda, el feminismo y la academia surgieron el Grupo Autónomo de Mujeres Universitarias y el Centro de Estudios de la Mujer inaugurados en 1979 y 1984 respectivamente, ambos en la Facultad de Psicología. En un congreso universitario realizado en 1990 se comprometieron acciones para promover los estudios de la mujer y de género5 y ese mismo año se fundó la revista Debate Feminista. Este proceso es el antecedente del Programa Universitario de Estudios de Género (PUEG) fundado en 1992, que tuvo como fin introducir la perspectiva de género y las teorías feministas en investigaciones que atendieran las problemáticas de las mujeres; funcionó 24 años convirtiéndose en un referente en el desarrollo teórico, epistemológico y metodológico para abordar una enorme cantidad de problemáticas referentes al género. En 2016 el PUEG dio paso al Centro de Investigaciones y Estudios de Género (CIEG) en donde actualmente trabajan connotadas académicas feministas que imparten clases en varios de los programas a nivel licenciatura, maestría y doctorado, y cultivan distintas líneas de producción de conocimiento en torno a las problemáticas de género y los feminismos.
Paralelo a las investigaciones impulsadas para explicar cómo opera el sexismo y la discriminación en la UNAM (Buquet et al., 2013; Mingo y Moreno, 2015) desde hace por lo menos 15 años las estudiantes iniciaron un proceso de organización exclusivo de las mujeres para denunciar las violencias machistas, que se suma a los movimientos estudiantiles mixtos propios de la universidad.
El asesinato de Alí Dessiré, estudiante de la FFyL, en 2009 fue el trágico evento que dio paso a: “Alí Somos Todas”, la primera autodenominada colectiva visible de estudiantes y maestras aliadas con la intención de denunciar la violencia hacia las mujeres (Itacaramby Spezia, 2013). Un año después varias colectivas de la UNAM y la UAM se articularon y surgió la Red No Están Solas. En 2011 esta Red realizó una sonada denuncia pública contra un profesor de la FFyL, y por varios años organizó distintas manifestaciones de denuncia tales como tendederos y cacerolazos para señalar a presuntos agresores.
En 2016 se realizó el primer paro feminista de 24 horas de la FFyL en coordinación con la convocatoria al Paro Nacional en Argentina #NiUnaMenos y surgió la Asamblea Feminista (Mingo, 2020). Muchas estudiantes de la UNAM compartieron sus experiencias de violencia de índole sexual por Twitter (ahora X) con el #MiPrimerAcoso. En 2017 sucedió el asesinato de Lesvy Berlín Osorio en las instalaciones de la UNAM y su revictimización dio paso al #SiMeMatan. Continuaron los paros y se fortaleció la organización feminista en torno a la violencia contra las mujeres. Se fundaron la Colectiva Feminista de la FCPyS y Mujeres Organizadas de la FFyL (MOFFyL).
En 2018, en las instalaciones del CCH Oriente mataron a Miranda Mendoza Flores. Este hecho se sumó a las demandas de justicia que articuló el surgimiento de la Asamblea InterUniversitaria de Mujeres (ASIUM, integrada por estudiantes de la UPN, diferentes escuelas del IPN, Universidad de Chapingo, UAM-X, UAM-I, FCPyS, FAD, Facultades de Economía de Ciencias, de Música, ENES-Morelia, CCH Sur y otras prepas de la UNAM). El #MeToo en 2019 hizo públicas decenas de acusaciones y señalamientos contra académicos, profesores y docentes de la UNAM. El 11 de abril del 2019 SDP NOTICIAS publicó en Twitter:
La cuenta #MeTooAcademicos recibió desde su apertura el 24 de marzo, 350 denuncias: 184 de escuelas en general, 36 nivel medio superior y 129 sólo de la @UNAM_MX, 40 de estas últimas provenientes de la Facultad de Filosofía y Letras.
En ese contexto surgieron las colectivas Me Verás Organizada de la Facultad de Ingeniería; el Frente Estudiantil Médico y Mujeres Organizadas-Derecho. El MeToo fue un evento imprescindible en el proceso organizativo de las colectivas feministas actuales ya que:
motivó a decenas de alumnas a difundir testimonios de abuso y acoso de los que fueron víctimas por parte de maestros y compañeros en sus centros de estudio. Este último fenómeno fue central para que al día de hoy contemos con una trama densa, activa y contestataria dentro de los planteles de estudio (Cerva, 2020, p.143).
En esos años, las colectivas retomaron las demandas del movimiento feminista, contra la violencia, para ubicarlas en el espacio universitario y denunciar las desigualdades y discriminaciones que enfrentan las mujeres. Interrogaron la neutralidad y la meritocracia en la vida académica, y pusieron en el centro de la discusión los privilegios que históricamente los varones han detentado en la universidad en relación con los contextos estructurales y patriarcales de injusticia e impunidad que vivimos en el país, desplazaron estas demandas de los espacios físicos a los espacios virtuales (Cerva, 2020).
En los últimos lustros varias universidades, entre ellas la UNAM, crearon protocolos o unidades de atención para casos de violencia hacia las mujeres por razones de género, sin embargo, es recurrente que las autoridades de escuelas, facultades e institutos no actúen como deben en el ámbito de sus obligaciones para atender las denuncias. Esta realidad ha derivado en un nutrido activismo feminista que en algunas universidades denuncia a perpetradores en lo individual, pero también devela la estructura de arreglos, pactos y complicidades que se activa para mantener el status quo al interior de las IES cuando los casos de violencia son denunciados ante las instancias oficiales.
Los activismos feministas universitarios contra la violencia machista en la UNAM
La organización de las universitarias en la UNAM se ha analizado para dar cuenta de la toma de acuerdos entre las colectivas y las autoridades universitarias para identificar las dificultades para la movilización, las demandas de las estudiantes, sus logros y mostrar los vacíos institucionales. Por ejemplo, Barreto y Flores, (2016) analizaron el caso de la Red No Están Solas, enfatizaron la efectividad de las acciones colectivas organizadas por las estudiantes al ganar acceso a la justicia en dos casos de violencia machista en la UNAM, en el marco del proceso de institucionalización de la perspectiva de género.
Barreto (2017) analiza la denuncia pública como una estrategia que aumenta las posibilidades de acceso a la justicia en contextos de negación. La denuncia se transforma en una herramienta que legitima a la víctima generando empatía, y el señalamiento del agresor produce emociones negativas entre quienes se enteran de la denuncia. La autora observó cómo el testimonio individual de violencia promovió que se hiciera público el caso a través de redes virtuales y protestas tanto en la universidad como en otros espacios, y con esto lograron vías de acceso a la reparación individual y colectiva (Barreto, 2018). Sus análisis concluyen que la denuncia, las protestas y los testimonios que se exponen son una respuesta estudiantil que focaliza la responsabilidad en el agresor, y ha hecho visibles las carencias institucionales en materia de violencia machista, lo que muestra mayor efectividad para acceder a la justicia.
González (2019) también analizó a la Red No Están Solas, para explicar su acción política y sus efectos. Observó que la violencia de tipo sexual genera mayor debate en el espacio universitario, y que los escraches son formas de acceso a la justicia en la medida que hace visible la violencia y presiona el actuar de las autoridades universitarias. Entre sus hallazgos señala que el escrache también es un medio a través del cual se busca sanar colectivamente. Mingo (2020), por su parte, analizó las estrategias de la Asamblea Feminista de la FFyL para visibilizar la violencia contra las mujeres más allá de esa facultad, observó que la acción colectiva de las estudiantes “trastoca los imaginarios sociales que apuntalan las normas de género” (p. 16) y genera una serie de debates orientados por el cliché de la “feminista enojada”, lo que provoca estigma y una postura antifeminista entre estudiantado y profesorado masculinos, que también asumen otras docentes y estudiantes mujeres.
En investigaciones realizadas en la Universidad Autónoma Metropolitana, también en la Ciudad de México, se encontró que los diálogos con el personal institucional despojaron a las estudiantes de sus “propias formas de rebeldía” (Torres, 2021, p. 64), pero frente a estos diálogos tensos, ellas combaten la violencia con prácticas organizativas que apelan a las emociones y al gozo, mientras se establece un lenguaje de las luchas por derechos en su relación con el poder institucional. Otra dimensión detectada del activismo universitario se relaciona con el espacio virtual. En el contenido creado por las colectivas, Di Napoli (2021) identifica la articulación de modalidades de acción que implican la creación de perfiles en redes virtuales, cuyas publicaciones se concentran en acciones que se despliegan en los espacios físicos tales como la realización de tendederos de denuncia y la toma de sus facultades académicas. El autor menciona que en ese despliegue de actividades en las redes sociodigitales, la violencia machista adquiere visibilidad y “se erige en foco de conflicto dentro de las instituciones educativas” (p. 1).
Es en la escena pública, ya sea de la universidad o en las calles (en el espacio que es visto por todos), que las colectivas despliegan actos performativos de denuncia, expresiones artísticas, pintas, lectura de testimonios de violencia, bailes, tambores y gritos en los escraches. Estas manifestaciones, con una presencia visible de las estudiantes, se combinan y refuerzan con su aparición en las redes sociales de manera instantánea a través del uso de las nuevas tecnologías. Es decir, la denuncia y la protesta se amplifican en el ciberespacio (Cerva, 2020, 145).
En la bibliografía especializada se observa que la organización de las estudiantes universitarias en la UNAM es un proceso que ha implicado para ellas, primero, reconocer el problema, después, generar vínculos, confianza y alianzas conformando así un sujeto social novedoso que se autonombra o reconoce como colectiva feminista. Estas son agrupaciones de estudiantes generalmente de la misma escuela o facultad que se organizan para discutir las problemáticas que viven como estudiantes, actúan en los espacios físicos y virtuales y se articulan con los amplios movimientos feministas en México, sumándose a las exigencias por erradicar las violencias, las desigualdades e inequidades sociales.
Estas investigaciones han registrado las acciones públicas y virtuales, y también coinciden en el gran despliegue emotivo que conllevan para las participantes. Las tomas y cierre de instalaciones que afectan el desarrollo de las actividades docentes y académicas son el extremo de las estrategias para ejercer presión y lo que sucede en ellas está menos registrado como otro tipo de práctica organizativa por ser además menos recurrente.
Si bien los años previos a la pandemia fueron de un activismo digital masivo, cuando después de los hashtags #Miprimeracoso, #Simematan o el #Metoo se visibilizaron las violencias que sufren las mujeres, sobre todo jóvenes y muchas de ellas universitarias. Las estudiantes de la UNAM recurrieron a las tomas de las instalaciones para interrumpir la actividad académica, ocuparon los espacios físicos para reposicionar sus demandas en donde se articulan las relaciones sociales y de poder que las discriminan y afectan en su día a día.
Por lo anterior, cuando fue posible tener acceso a las facultades tomadas en la UNAM, entre 2019 y 2020, surgió el interés por documentar lo que ahí sucedió. Lo anterior, con el fin de contrastar el menosprecio que entrañan los dispositivos de negación de la violencia en la universidad (Barreto, 2017) con las prácticas que se articulan a través de vivencias en común y emociones compartidas que vinculan y fortalecen las relaciones sociales. Es decir, cuando se activa la escucha y se colectiviza la rabia, la alegría, la indignación y el dolor. Esto es lo que llamamos el backstage del activismo feminista que orientó la mirada a una forma de organización menos visible, pero que resultó fundamental para explicar la densificación de los vínculos, el sostenimiento del activismo feminista, la politización de las subjetividades y el logro de algunas demandas para ir transformando las relaciones de género en la universidad.
De “feministas enojadas” a la conformación de comunidades emocionales
Si bien el feminismo tiene décadas enarbolando el eslogan “lo personal es político”, hooks (2023) cuestiona que: “nombrar el dolor personal en relación con las estructuras de dominación” (p. 61) no considera que esto sea “solo la fase inicial del proceso de desarrollo de la conciencia política [y] crítica acerca de la resistencia política colectiva” (p. 62). Ahmed (2015) señala que:
los testimonios sobre sus experiencias de violencia son cruciales no solo para la formación de los sujetos feministas […], sino también para los colectivos feministas, que se han movilizado alrededor de la injusticia de esa violencia y la demanda política y ética de desagravio y compensación (p. 261).
La idea de nombrar y colectivizar el dolor está en el seno de la propuesta del concepto de comunidades emocionales (Jimeno, 2007, 2009). Esta ha sido una potente herramienta que interroga la dicotomía emociones-racionalidad en la que se funda el pensamiento occidental (y el discurso científico), y que reivindica el papel que las emociones6 tienen en el análisis de los fenómenos sociales.
En la indagación de las experiencias de personas y colectivos atravesadas por vivencias de extrema violencia, derivada de conflictos armados o guerras civiles, se observó el despliegue de sus capacidades para recuperarse en tanto individuos y colectividades que trascienden el lugar de víctima, en la etapa de postconflicto, y luchan por acceder a la justicia, la verdad y la reparación. El vínculo de las experiencias -privadas y subjetivas- de sufrimiento con la acción política se hace posible a través del testimonio público, que abre líneas de comunicación (Ahmed, 2015) que contribuyen a la construcción de una conciencia colectiva. Retomando a Von Scheve e Ismer, Cornejo (2016) señala que la comunidad emocional “es una colectividad donde sus integrantes evalúan un evento de forma común”, lo cual requiere compartir un “mínimo de estructuras de evaluación o preocupaciones” que llevan a la convergencia en la respuesta emocional (p. 99).
En la bibliografía especializada acerca del activismo feminista se han registrado ejemplos del respaldo a actos de protesta, acompañamiento en procesos de denuncia, otorgamiento de contención ante una agresión y apoyo en la organización de escraches como expresiones que arropan a quienes solicitan apoyo en momentos de desolación. Además, son formas de acompañamiento a las víctimas en sus procesos de sanación o de transformación emocional que aún requieren mayor análisis. Lo que las colectivas feministas hacen a través de sus acciones es canalizar las “emociones proscritas” -incompatibles con las percepciones y valores dominantes (Cornejo, 2016, p. 100)- vinculadas a la subordinación de las mujeres (miedo, vergüenza, depresión) hacia otras que conducen a la protesta y al activismo como sucede con el enojo (Peláez y Flores, 2022). Así, “la reparación emocional de la imagen propia” (Jasper, 2012, p. 53) es uno de los resultados importantes a los que puede conducir la acción colectiva de las mujeres (Mingo, 2020).
Se entiende que los sujetos son producto de las maneras en las que elaboran y dan sentido a sus experiencias (Das, 2016) y que observar y problematizar los efectos de la violencia a partir del lenguaje y las prácticas de quienes la padecen, considerando además cómo contestan y negocian los discursos hegemónicos, hace posible observar el restablecimiento de relaciones o vínculos sociales (De Marinis y Macleod, 2019). En una entrevista Jimeno explica que las comunidades emocionales:
Se producen en el proceso de narrarle a otro, atestiguar para otro, un sufrimiento vivido y lograr que el otro se identifique en ese sufrimiento a través de un relato, una narrativa. A veces es una narrativa escénica, a veces es una narrativa ritual, a veces es una narrativa política. Lo que argumento es que esa narrativa política adquiere verdadero efecto cuando construye comunidad emocional. Es decir, cuando el dolor de la víctima no queda particularizado en la víctima, sino es extendido a otras audiencias que permiten identificar y conmoverse profundamente y que eso es un vínculo político, no simplemente una compasión momentánea (en De Marinis y Macleod, 2019, p. 14).
En esta propuesta se afirma que: “las emociones son un lenguaje político, no apenas un sentimiento íntimo; este lenguaje al ser compartido y público, permite comunidades morales sostenidas en la ética del reconocimiento que alimenta la acción política” (Jimeno, 2009, p. 14). Las subjetividades sufren una transformación, pues no se encierra al individuo en sus sentimientos y pensamientos internos, sino que se conforma mediante un proceso social, hacia fuera nuestro, hacia y desde los otros (Jimeno, 2009). Es esa “la base de la acción del sujeto hacia y sobre el mundo, que adopta la forma de deseos e intenciones específicos, culturalmente modelados” (Jimeno, 2007, p. 180).
Para el caso de los movimientos sociales, Jasper (2012) afirma que debemos ampliar el lenguaje para nombrar diferentes clases de sentimientos más allá de la ira y el miedo. Además, señala que: “los grupos parecen fortalecerse cuando comparten emociones reflejadas en respuesta a ciertos eventos, y cuando comparten lealtades afectivas entre sí. [...] la identidad colectiva es un fin al mismo tiempo que un medio” (p. 55).
Cuando las estudiantes realizan diversos actos de protesta en las calles aparentan estar encerradas en la furia, sin embargo, el trabajo de campo permitió observar una variedad de emociones que comparten cuando se reúnen entre ellas en un espacio más íntimo, como lo fueron las tomas. Estos procesos subjetivos se materializan en la conformación de las colectivas feministas y sus acciones reactivas al dolor ocasionado -por vivencia propia o por empatía- por las situaciones de violencia en la universidad.
[…] la pregunta por el efecto, sentido y percepción colectiva e individual de las violencias cobra relevancia, intelectual y política, una vez que permite entender los modos en que estas violencias configuran la subjetividad y a la vez son configuradas -y susceptibles de ser transformadas-por las acciones particulares y de las comunidades (Aquino, 2013, pp. 272-273).
Esto se observa en el despliegue de las grandes movilizaciones feministas que a partir del 2016 han llenado calles, avenidas y plazas en diversas ciudades de México. Convocadas a partir de la sensibilidad al dolor de las otras, desde la rabia ante la injusticia e impunidad, el miedo y las tristezas, emociones que potencian llamados a la organización que politizada se transforma en acciones colectivas, vínculos sociales, colectividades relacionadas a través de la valentía, indignación, fuerza, alegría y gozo por luchar para evidenciar y afrontar la violencia patriarcal (Peláez y Flores, 2022).
Al respecto, podemos decir que cuando las estudiantes al interior de las tomas socializaron sus experiencias de violencia y de revictimización, otras compañeras que atravesaron vivencias similares las compartieron por primera vez. Entre el contar y la escucha, hay un encuentro que se expresa en frases como: “a mí también me pasó”, “igual me sentí yo”, “eso mismo creí”. El dolor en tanto una “emoción compartida” (Jasper, 2012) movilizó a las estudiantes para sostener las tomas buscando así hacer visible su denuncia contra la violencia machista en sus facultades, pero también las demandas dirigidas a las autoridades universitarias.
El backstage del activismo feminista universitario
Si bien desde el 2016 las manifestaciones y el activismo digital al interior de la universidad se hicieron más recurrentes, fue hasta finales de 2019 que inició la escalada de tomas indefinidas feministas en varias escuelas y facultades. El periodo del trabajo de campo fue durante las tomas de la Facultad de Filosofía y Letras (FFyL) que inició en octubre de 2019, seguida por la de Ciencias Políticas y Sociales (FCPyS) tomada en enero de 2020 y la de Artes y Diseño (FAD) tomada en los primeros días de febrero7. Heredia (2023) identificó que las estudiantes rondaban una edad de entre 18 y 25 años, algunas ya habían participado en organizaciones estudiantiles mixtas, otras integraban colectivas feministas en sus facultades y otras, aunque no eran parte de éstas, fueron afines a los reclamos y apoyaron las tomas.
En las diferentes facultades las estudiantes organizadas deliberaron primero sus opciones antes de tomar la decisión de los cierres definitivos. Cuando otras medidas de presión no surtieron efecto y las autoridades se mostraron omisas e indiferentes, optaron por el cierre de las instalaciones y la interrupción de las actividades docentes y académicas. Una vez cerrados los edificios, lo que ocurría adentro forma parte de lo que caracterizamos el backstage de su activismo. Con esto nos referimos a las prácticas organizativas desplegadas al interior de las facultades cerradas que no fueron visibles para el resto de la comunidad universitaria, que transcurrieron en el día a día y que hicieron posible el sostenimiento material y emocional de las tomas. Son el conjunto de arreglos de convivencia y estrategias de organización que incluyeron desde labores de limpieza, preparación de comidas, creación de protocolos de seguridad, gestión de una agenda de actividades recreativas y formativas, activación de la escucha y la colectivización de las experiencias de violencia.
La Toma de la FFyL
Una serie de eventos relacionados con el actuar de las autoridades de la FFyL fue el antecedente para una racha de marchas, paros de 12 horas, asambleas, reuniones, pronunciamientos e incluso exigencias de destituciones de autoridades, encabezadas por estudiantes durante varios días del mes de octubre de 2019. Al ser ignoradas por las autoridades, las integrantes de la colectiva MOFFyL decidieron cerrar las instalaciones el 4 de octubre.
Las estudiantes cerraron todos los accesos a las instalaciones con excepción del portón ubicado entre el auditorio Justo Sierra -mejor conocido como “Che” Guevara- y la Biblioteca Central. Cubrieron la vista al interior de la facultad con una enorme lona de color gris además de pegar unas hojas blancas con la lista de sus demandas. Al principio, se estableció un protocolo riguroso para el ingreso ya que la puerta se mantuvo con candado las 24 horas y sólo se permitió la entrada a mujeres de la misma facultad. A las pocas semanas se abrió el acceso a estudiantes que participaban en otras tomas, conocidas o amigas de quienes mantenían la toma. Bajo ciertas condiciones ingresaron durante esas semanas algunas mujeres periodistas.
El protocolo de seguridad incluyó la prohibición de tomar fotos y videos señalada en varios letreros. Durante el día el corredor de la entrada principal se convirtió en un área recreativa donde las MOFFyL se reunían a conversar, a hacer lecturas astrológicas y a comer; por la noche se colocaban colchonetas y cobijas para convertir el espacio en dormitorio.
Los roles para realizar las labores no estuvieron claramente distribuidos, pero las paristas se organizaban para preparar el desayuno y la comida, lavar los baños y trastes o hacer el resto del aseo y mantener el espacio habitable. Por ello, a veces se volvían actividades individuales, aunque la preparación de la comida sí era una labor colectiva. Si al cocinar hacía falta algún ingrediente que estaba en sus posibilidades comprar, alguien debía ir al supermercado, pero si su economía no se los permitía la estrategia era expropiar el ingrediente o producto en una sucursal cercana de una conocida cadena transnacional como una forma de insubordinación.
La convivencia implicó la realización de pijamadas, proyectar películas o series y cantar canciones de plataformas digitales. La ingesta de alcohol y drogas estuvo prohibida. Realizaron fiestas en la planta baja y sus reuniones las llevaron a cabo en el salón de la cocina y en los salones vecinos.
Para ducharse usaron los lavabos de los baños de la segunda planta. Si el agua se acumulaba en el piso después de cada baño la regla era arrastrar el agua con ayuda de un jalador hasta una coladera debajo de los lavamanos. Para calentar el agua en cubetas se usaba un aparato conocido como “resistencia”. Para dormir no había un horario determinado. Quienes tenían un empleo o alguna obligación de cuidados en sus casas se dormían y despertaban temprano, se bañaban, se arreglaban y salían de las instalaciones.
Algunas participantes vivían en la toma y otras únicamente llegaban de visita en determinados días de la semana. Eran jóvenes que se mantenían al día acerca de las noticias relacionadas con la UNAM, en especial respecto a la política de género, revisando notas periodísticas que leían en voz alta. Cuando tenían novedades de asambleas que se realizaban en otras facultades compartían sus opiniones y sus puntos de vista en torno, por ejemplo, al separatismo o las demandas que se negociaban con las autoridades. También platicaban de manera crítica sobre el desinterés mostrado por sus compañeras de facultad ante la toma y las acciones convocadas en el marco de ésta. Otro tema de preocupación era cómo hacer posible una mayor difusión de las convocatorias a manifestaciones u otras actividades. Cuando había algún desacuerdo o más de una propuesta se sometían las opciones a votación y se hacía lo que la mayoría decidía, no sin antes contrastar los puntos de vista, como si se tratara de una asamblea.
En esta facultad nunca hubo más de diez estudiantes sosteniendo la toma. Algunas llegaban y se iban otras, aunque al menos cinco estudiantes vivieron ahí de forma permanente. Una medida de seguridad importante fue que las estudiantes no se llamaron por sus nombres en ningún momento, sino que usaron seudónimos para mantener el anonimato y garantizar su seguridad.
La Toma de la FCPyS
La mañana del jueves 30 de enero del 2020 un pequeño grupo de alumnas, entre los 18 y 20 años, identificadas como las MOFCPyS se encontraba al interior de las instalaciones de la FCPyS con los accesos cerrados. “Algunas de las paristas que intentaban explicarle la situación a la comunidad estudiantil eran constantemente interrumpidas entre abucheos de estudiantes” (Heredia, 2023, p. 146). Después de un rato el estudiantado inconforme se dispersó al entender que el portón se mantendría cerrado por tiempo indefinido. Pronto, al interior las alumnas comenzaron a decorar con posters y pintas su zona de guardia.
Para bloquear la vista desde la calle al interior de la facultad, las paristas “colgaron una manta de color verde con dos símbolos de venus trazados con aerosol negro, uno intervenido con una letra A de anarquía y otro con unos triángulos pequeños simulando orejas de gato” (Heredia, 2023, p. 147). En letras blancas pintaron la frase: “Toma Separatista” y las siglas de organizaciones y colectivas cuyas integrantes tenían prohibido el ingreso (NO Pan y Rosas y NO Rosas Rojas, entre otras). Junto a esas mantas pegaron un papel de estraza en el que dieron a conocer su pliego petitorio. La comisión de guardia se ubicó en la entrada del estacionamiento para estudiantes de la facultad. Se adaptaron la cabina de vigilancia y sus alrededores para cocinar, convivir y dormir. La caseta de la entrada del estacionamiento fue utilizada por las alumnas como almacén de alimentos.
Sobre un escritorio ubicado en la parte exterior de la puerta de la caseta montaron una parrilla, una estufa eléctrica y una cafetera, junto a los teléfonos celulares, lámparas y ventiladores. En los cajones del escritorio organizaron los utensilios de cocina como cubiertos, platos, vasos, sartenes, cazuelas y desechables, así como artículos de despensa. Las comidas más importantes eran el desayuno y la merienda cuyas preparaciones eran colectivas: alguien ayudaba a cortar y pelar las verduras, otra a batir los huevos, otra a cortar la carne, alguien más se encargaba de la estufa, otras preparaban el agua de sabor, algunas se encargaban de servir o cada quien se servía lo que deseaba comer. Entre todas se encargaban de limpiar el área de cocina y lavar los trastes en los lavabos de uno de los baños ubicados en la planta baja. Aunque las tareas ya mencionadas eran repartidas, también eran de carácter voluntario (Heredia, 2023, pp. 148-149).
Para el aseo personal, las estudiantes ingresaban a las regaderas de la facultad y tuvieron acceso a la mayoría de los baños, incluidos los del auditorio que estaban en mejores condiciones. La despensa se surtió de donaciones que las estudiantes recibieron por parte de otras alumnas, alumnos, profesoras y comerciantes de la facultad, así como mamás. Cuando hubo excedentes de alimentos perecederos como frutas, verduras y comida preparada, los donaron a la toma de FFyL. El ingreso estuvo permitido a vendedores de comida y otros comerciantes que guardaban sus cosas al interior de la Facultad. Algunos trabajadores de la cafetería decidieron donar sus despensas a la toma y algunas señoras que laboran en las cocinas de la facultad llegaban a regalar ollas de comida ya preparada para las alumnas.
Durante la toma fue común que al amanecer, después de cada comida y por las noches las paristas pasaran horas conversando entre ellas de temas personales y políticos, solían improvisar una sala cerca de la caseta de vigilancia. También tendieron bolsas de dormir o tapetes de yoga sobre los pastos para sentarse o acostarse a tomar siestas durante el día. No todos los salones de la facultad fueron ocupados, pero la mayor parte de las fachadas fueron intervenidas con pintas. También se dedicaron a prender fogatas, por las noches, para mitigar el frío durante las guardias en las que participaba la mayoría de las paristas y poder conciliar el sueño entre las bolsas de dormir, colchonetas y cobijas, pues durmieron a la intemperie en una de las entradas a la facultad.
La Toma de la FAD
El 4 de febrero de 2020 diez integrantes de la colectiva Feministas de la FAD (FEMFAD) tomaron sus instalaciones por primera vez. Las estudiantes al no saber cómo dar un comunicado ni como hablar en voz alta ante las autoridades de la facultad, solicitaron el apoyo de las MOFFyL, quienes acudieron a su llamado y comunicaron a los directivos el contexto y razones de la toma.
Decidieron cerrar el portón principal de la facultad con candados e inmediatamente instalaron una barricada de butacas amontonadas para tapar la entrada. El ingreso a la facultad sólo se permitió por la puerta trasera que dirigía al estacionamiento, la cual estaba cubierta con una lona blanca que no permitía ver hacia el interior.
Ahí pusieron una banca para el descanso de las que se quedaban en la guardia, el portón se mantenía con cadena y candado. Las guardias duraban una o dos horas dependiendo de cómo se sentían y la disponibilidad de quienes cuidaban (Heredia, 2023, p. 154).
Recolectaron despensa a través de donaciones y la mayor parte de las estudiantes que asistió a la toma llegaba con alimento para compartir. Debido a que la FAD no se ubica en Ciudad Universitaria, sino en la alcaldía Xochimilco, parte del estudiantado rentaba cuartos en los alrededores y esto provocó que, a diferencia de otras tomas, una gran cantidad de estudiantes pudo quedarse a dormir, no tenían la necesidad de bañarse en la facultad y la comida no sobraba. Quienes mayoritariamente se solidarizaron aportando despensas fueron docentes, otras estudiantes de la facultad y algunos padres y madres de familia. La comida se preparaba de manera colectiva en horarios fijos para elaborar el desayuno y la comida. Cada quien lavaba sus trastes y entre todas lavaban los utensilios de cocina acumulados. Para dormir usaron un salón ubicado en la segunda planta de la facultad porque “era calientito”, ahí tendían sus bolsas de dormir o cobijas.
Todas las estudiantes que se animaron a tomar la FAD confesaron ser nuevas “en ese tipo de cosas” (Heredia, 2023, p. 154) y por ello vivían con el miedo de cometer algún error que volviera la toma ilegítima ante las autoridades universitarias y, las más visibles, fueran sancionadas o expulsadas. En ese sentido, procuraban seguir al pie de la letra las indicaciones de los directivos: no averiar los sellos que dejaron en la puerta de cada salón, no hacer pintas en los muros y realizar actividades recreativas a lo largo de la toma. Debido a esta última exigencia, planearon una agenda donde cada día programaron talleres, reuniones, proyecciones e intervenciones gráficas y realizaron la gestión para que los eventos sucedieran en las condiciones de internamiento en las facultades cerradas.
Una constante en todas las tomas fue la forma en la que se externaron sus desacuerdos que consistían principalmente en los resolutivos tomados en las asambleas acerca de las estrategias consideradas “tibias” por unas, o más “radicales” por otras, o de cómo reaccionar al hostigamiento de elementos de seguridad-UNAM que no dejaban de vigilar las instalaciones tomadas e incluso por el hecho de que algunas compañeras sólo pusieran el foco en la afectación de la violencia a las mujeres, cuando el tema del acoso afectaba también a personas sexodisidentes. Quienes tenían más experiencia por su activismo previo sabían mejor cómo enfrentar los desacuerdos y construir consensos. El activismo feminista universitario no está exento de peleas internas, desintegración de colectivas y la represión constante por el hecho de organizarse. Durante las tomas se fueron manifestando en la conversación los disensos y aunque no todas coincidían en sus puntos de vista, durante el tiempo que duraron las tomas, antepusieron la relevancia de la acción como paristas para mantenerlas.
Otra característica común fue la realización de pintas en paredes, mantas y cartulinas como “decorado” y marcaje de las instalaciones tomadas. Las paristas colgaron mantas para ser vistas en el exterior de las facultades, pero hubo otras pintas y cartulinas pegadas en el interior y que expresaban el sentir de las estudiantes en paro. Frases como: “Hermana, yo si te creo”; “Fuimos todas”; “La sororidad es política”; “Amiga ámate, nosotras te amamos”; “Resistencia feminista”; “Siempre sorora” entre otras, expresan la empatía y el acuerpamiento que desarrollaron las integrantes de esas colectivas. Observamos que estas frases no son únicamente las consignas que se gritan en las marchas, sino parte de los sentires que emergen de las conversaciones entre dos o tres compañeras o en un grupo más amplio en las que abordaban sus experiencias de violencia (en casa, en el transporte público, en el noviazgo y, por supuesto, en la universidad), pero también las formas en las que ellas reaccionaron (con culpa, en silencio, en aislamiento). En este contexto, la “empatía emocional de las mujeres es radicalmente reconceptualizada como una habilidad del análisis político” (Cornejo, 2016, p. 101).
Hablar en grupo o en parejas y compartir el momento mismo del acto violento, la sensación de asco, el estado de shock que imposibilita actuar, el miedo a hacerlo y después el dolor, fueron prácticas que apoyaron el surgimiento de vínculos afectivos basados en la empatía y la confianza. La indignación se compartía cuando alguna de ellas narraba el día en que decidió romper el silencio, fue revictimizada y su testimonio deslegitimado. Algunas de ellas dieron nombre y apellido de las autoridades de su carrera o facultad que hicieron caso omiso a sus dichos y las acusaron de estar mintiendo o de querer afectar al varón señalado.
Estas dinámicas cotidianas, y que se repitieron por varios meses, acercaron a las estudiantes de tal suerte que se intensificaron las amistades y se forjaron nuevas en las que cada quien reforzó sus posturas políticas y convicciones de lucha contra la violencia machista que afrontan cotidianamente en diversos ámbitos, no sólo en la universidad. Así, entre conversaciones, talleres de fotobordado y otro tipo de actividades, las posiciones de cada una en torno a la condición de la toma y del movimiento en general fueron expresándose junto con las emociones que emergieron cuando los temas pasaban de lo que estaba sucediendo afuera de la toma -su tratamiento en los medios de comunicación, las respuestas de las autoridades, los comentarios en redes sociales- a las experiencias personales. En conversaciones grupales sostenidas después de varias semanas al interior de la toma, las paristas reflexionaban en torno a la importancia de ser escuchadas y sentirse en comunidad. Durante el trabajo de campo fue común escucharlas hablar entre ellas de forma reflexiva del efecto que las tomas tenían en ellas sobre todo de la posibilidad de tener espacios para hablar:
“ser escuchada es una gran sanación”, “verte reflejada en la otra”, “es súper liberador saberte no responsable de esa violación”, “mantenernos unidas de alguna manera nos brinda ese apoyo”, “justo entre morras existe la empatía que es lo más cabrón...entonces pues te entienden, es un abrazo” (Heredia, 2023, pp. 203-205).
Señala Ahmed (2015) que el trabajo de escuchar, reparar en el dolor y la indignación, “de aprender a sorprenderse ante todo aquello contra lo que nos sentimos enfrentadas” es lo que forma un “nosotras”, y apoya el establecimiento de vínculos (p. 285). En las conversaciones del día a día entre las estudiantes entendimos que para ellas fue liberador encontrar un espacio seguro donde se rodearon de compañeras atentas a la escucha de sus experiencias. Quienes han vivido hostigamiento, acoso u otro tipo de violencia en la universidad, al exponer sus testimonios frente a las autoridades encuentran en algunos casos rechazo, pero en las colectivas coincide la indignación hacia la violencia y el sentido de lucha para combatirla, pero también solidaridad y apoyo.
Si bien Peláez y Flores (2022) reparan en el vínculo miedo-ira cuando analizan la acción de las colectivas feministas, en nuestro caso el vínculo dolor-indignación fue uno que se expresó, incluso con el llanto, en las conversaciones entre las paristas. Las experiencias de violencia -como el acoso o los tocamientos no consentidos- sumadas a la violencia institucional, de las autoridades omisas, provocan ese vínculo emocional y la escucha que se activa fue reelaborada como práctica organizativa para el sostenimiento de las tomas.
Identificamos también un sentido de pertenencia a una colectividad de mujeres que coinciden en ideas políticas, rangos de edad, experiencias de violencia e injusticia y emociones comunes. De ese modo van tejiendo lazos afectivos entre ellas y las que, poco a poco -por una u otra razón- se van acercando por lo que las comunidades emocionales trascienden a un plano más amplio más allá de las víctimas, ya que llega y resuena en otras audiencias que si bien “no han pasado por lo mismo” tienen la capacidad de ser empáticas y crear “lazos de solidaridad dentro de luchas políticas por justicia” (De Marinis y Macleod, 2019, p. 16).
La colectivización de las actividades para sostener la toma también es una práctica que en tanto solidaridad desplegada hizo posible la convivencia al interior de las facultades, a pesar de los limitados recursos, las incomodidades y el acoso constante de miembros de seguridad-UNAM. La convivencia cotidiana que esas labores hicieron posible también influyó en el fortalecimiento de las relaciones de compañerismo o amistad que habían tenido previo a las tomas que, ante la falta de privacidad, desarrolló un grado de intimidad y confianza inédito como otros atributos de las comunidades emocionales que se construyen “como siendo” mientras están “sintiendo” (Ahmed, 2015, p. 22).
Las tomas feministas como espacios para la creación de comunidades emocionales
En las tres tomas descritas, el interior de las facultades se convirtió en el espacio en el que las estudiantes se sintieron en comunidad. Quienes se instalaron o sólo llegaban de visita siempre tenían algo que hacer o en que apoyar: una reunión, hacer la limpieza, pintar un mural, participar de una conversación, una asamblea, un taller, preparar la comida, convivir en una pijamada, ver una película, celebrar un cumpleaños, leer y escribir poesía, cantar a gritos, hacer guardias, organizar la despensa, entre muchas actividades más. El sostenimiento de las tomas fue un aprendizaje constante al enfrentar de manera colectiva problemas, discusiones, retos, obstáculos, lograr acuerdos y darse ánimos, cualidades que, generalmente, se van aprendiendo en la medida que se experimentan. Parte de ese aprendizaje derivó de los diversos talleres y otras actividades en las que se trataron temas de violencia y género, que reforzaban los vínculos entre las asistentes y les dejaban nuevos aprendizajes para su lucha.
Durante ese tiempo de encierro, las integrantes de las colectivas incrementaron las redes de mujeres que significaron una apuesta política en tanto que fungieron como alternativas de apoyo y cuidado colectivo frente a la violencia en la universidad. Acorde con las conversaciones registradas, observamos que la toma es un momento de crisis que conlleva a la creación de vínculos distintos a los que se crean en un día común de clases. Estas alianzas entabladas en medio de la toma son complicidades creadas en un contexto de protesta y riesgo que requiere de relaciones basadas en la confianza. Una estudiante se reconoce frente a la otra ya no como compañera de clases, sino como aliadas y cómplices que coinciden con su accionar político, respetando los protocolos de seguridad y priorizando un cuidado colectivo que se mantuvo por meses.
Así, las tomas fueron lugares sociales, de interacción y generación de vínculos que garantizaron seguridad para las estudiantes, pero que también respondieron a distintos tipos de intereses y demandas que tienen para enfrentar las violencias.
El activismo feminista crea comunidades político-afectivas que confrontan el dolor de manera colectiva, a través de la propia vivencia o la generación de empatía, ante situaciones de violencia en la universidad, experimentan diversas emociones que canalizan hacia la acción. Afirma Das (2016) que cuando el dolor se colectiviza se empieza a sentir como una carga menos pesada porque se comparte y se hace posible que “mi dolor resida en otro cuerpo” (p. 51). Para las estudiantes fue sanador escucharse entre ellas decir: “no estás sola”, “cuentas con mi apoyo si quieres denunciar” o “yo sí te creo”. Observamos que, en las tomas, como señala Jasper (2012):
Las emociones están presentes en todas las fases y aspectos de la protesta; motivan a los individuos, se generan en la multitud, se expresan retóricamente y dan forma a los objetivos manifiestos y latentes de los movimientos o las luchas (p. 47).
Jimeno (2009) propone que quien da su testimonio sana y que la formación de alianzas que deriven en acciones concretas en torno a intereses y demandas comunes pasa por colectivizar el dolor individual. Durante las tomas mucho del tiempo se destinó a que las estudiantes compartieran sus experiencias de violencia dentro y fuera de la Universidad. Como medida extrema para ejercer presión, las tomas habilitan un tiempo/espacio para narrar y atestiguar esa narrativa de dolor, luego, el sufrimiento se extiende a otras audiencias donde se genera empatía o en otras palabras:
[un] vínculo político que puede ayudar a acciones reivindicativas: en pro de encontrar justicia, en pro de castigar a los culpables, en pro de saber qué ocurrió, en pro de la verdad, en pro de que las víctimas sean reparadas de una manera integral” (De Marinis y Macleod, 2019, p. 14).
Una dimensión importante de este activismo se relaciona con la memoria. Constantemente tanto al interior de las tomas como en otras acciones de protesta se habló de casos emblemáticos de estudiantes violentadas y el uso de las imágenes y nombres de compañeras asesinadas o desaparecidas, tanto dentro como fuera de las instalaciones universitarias. Tal es el caso de los murales, arte gráfico y acciones especiales en aniversarios luctuosos (por ejemplo, cada 3 de mayo por el asesinato de Lesvy Berlín Osorio), que suma a las luchas contra el olvido y el silencio de otros movimientos de víctimas para conocer la verdad, acceder a la justicia y lograr una reparación del daño.
Compartir las experiencias de discriminación y violencia machistas hace posible que las estudiantes empaticen y se conmuevan. Se inspiran así prácticas organizativas potenciadas por la rabia, indignación, tristeza, alegría, gozo y el orgullo entre muchos otros sentires, y se detona un proceso de subjetivación que parte de la experiencia del dolor (Das, 2016) no para reafirmarse en el victimismo, sino para politizar las emociones y actuar en consecuencia ante los agravios. En ese mismo sentido, “[Das] plantea que en el relato sobre la experiencia subjetiva es posible encontrar alguna convergencia entre los aspectos político, cultural y subjetivos, entre las emociones y las cogniciones que impregnan y le dan sentido a la experiencia” (Aquino, 2013, p. 273).
En algunas conversaciones al interior de las tomas las paristas reflexionaron acerca de la potencialidad que sus acciones tenían. En una ocasión una de ellas dijo: “estar aquí es más valioso que un pliego petitorio”, con lo que reconocía que la valentía de haber cerrado las instalaciones y la voluntad de mantener el espacio para la convivencia entre todas expresaba una fuerza y una solidaridad que sólo en ese contexto se podría presentar y que el resultado de ello eran unos vínculos y aprendizajes que les habían dado otra perspectiva de su activismo. Las prácticas organizativas de las estudiantes durante las tomas configuraron un sujeto político activista que denuncia, cuestiona y señala los arreglos más arraigados de la cultura institucional de género al interior de la universidad.
Reflexiones finales
La violencia por razones de género es un problema sistémico y estructural que el activismo feminista universitario está develando, ya que abre espacios para nombrar las dinámicas naturalizadas de discriminación y violencia con el fin erradicar el sexismo que subyace en la convivencia al interior de las IES. Las diversas formas de violencia institucional operan a partir de la revictimización, de una burocracia insensible, de herramientas institucionales fallidas, del abuso de poder que generan las realidades materiales y simbólicas de las estancias jurídicas como lugares que hacen inoperantes a las denuncias como proceso para acceder a la justicia y la reparación del daño. Esto ha llevado a las estudiantes sobrevivientes de experiencias de violencia a padecerlas desde la soledad, pues, como señala hooks (2023):
En el caso de muchas mujeres nombrar o revelar el dolor en un contexto en el que no se asociaba a estrategias para la resistencia y para la transformación creó las condiciones necesarias para que se sintieran aún más aisladas, alineadas, solas y, en ocasiones, desesperadas (p. 62).
El activismo feminista universitario hace una diferencia, ya que mientras las vías institucionales revictimizan a quien denuncia, juzgan y ponen en duda su testimonio, las estudiantes escuchan, brindan contención, acompañamiento y respaldo. Sentir que las otras han tenido vivencias similares desdibuja la sensación de soledad con la que generalmente se viven las experiencias violentas y ese vínculo transmite entre ellas otro tipo de emociones que operan en el sostenimiento del activismo. Estas emociones se producen en el contexto específico de las tomas, a través de las interacciones y, la mayoría de ellas, se acompañan de “sensaciones encarnadas y sentimientos” puestos en palabras (Lupton en Cornejo, 2016, p. 97).
A finales de marzo de 2020, las autoridades exhortaron que se entregaran las instalaciones ocupadas con el fin de acatar las medidas sanitarias para prevenir contagios por COVID-19 y prometieron que las mesas ya instaladas para la resolución del conflicto se reestablecerían una vez que las condiciones sanitarias lo permitieran (Carrión, 2020). Sin embargo, en varios casos las estudiantes expresaron su desconfianza en las autoridades, por lo que varias sostuvieron las tomas asumiendo los riesgos. Con el paso del tiempo las instalaciones fueron liberadas: la FAD el 31 de marzo, la FFyL el 14 de abril, la Facultad de Medicina Veterinaria y Zootecnia el 16 de abril, la FCPyS el 30 de abril, la Facultad de Psicología el 22 de mayo y la Facultad de Economía el 28 de agosto (Di Napoli, 2021). El caso de la entrega de las facultades tomadas una vez llegada la pandemia, pudo significar una derrota para muchas personas del exterior e inclusive para muchas paristas, sin embargo, la entrega de instalaciones no significó un final triste para la mayoría de ellas, pues en todos los casos lograron el cumplimiento de más de la mitad de sus exigencias.
Una vez recuperado el mundo del proceso de la pandemia las cosas no volvieron a ser igual en la UNAM. Si bien, sigue habiendo muchos retos, los logros de las tomas de octubre de 2019 a agosto de 2020 son innegables. Se creó la Coordinación para la Igualdad de Género (CIGU) que gestiona, implementa y organiza una serie de procesos formativos y eventos públicos con el fin de transversalizar la perspectiva de género y los feminismos a todos los sectores de la comunidad universitaria con incidencia incluso en los planes de estudio. Igualmente se han abierto unidades de género en varias facultades para evitar la saturación de denuncias en la unidad general y, de ese modo, agilizar los procedimientos.
El activismo feminista universitario en su conjunto ha dado como resultado la creación de herramientas de denuncia como el Protocolo para la atención integral de casos de violencia por razones de género en la UNAM que se encuentra en la página web de la CIGU8, que sigue en continua revisión y cuestionamiento por parte de las estudiantes. Otro resultado evidente es su constante politización sobre todo en relación con los feminismos, ya sea desde la teoría o la práctica, que les dan las herramientas para nombrar la violencia de género en los diversos espacios de su cotidianidad y reclamar que se cumplan sus demandas para erradicarla. Sus logros benefician el crecimiento y desarrollo de sus procesos organizativos, pues significan el resultado de los discursos y prácticas organizativas que construyen esas subjetividades en lucha constante contra la discriminación en la universidad. Los frutos que ellas han cosechado tienen distintos tintes y todos alientan la potencia del feminismo en el espacio universitario.
En este texto hemos querido mostrar que de las tomas de 2019-2020 surgieron “comunidades de sentido y afecto, que enlazan personas y sectores distintos y aun distantes, en las cuales el dolor ocasionado trasciende la indignación y alimenta la organización y la movilización” (Jimeno, Varela y Castillo, 2019, p. 34). Son experiencias que contribuyen a la discusión acerca de los feminismos, la política y las emociones para interrogar la oposición razón-emoción en los análisis de la acción colectiva, las luchas políticas y los movimientos sociales. Ya que la comunidad emocional “no es un espacio estable, sino provisorio en términos de quiénes la integran y cómo la habitan” (Cornejo, 2016, p. 99), un desafío es observar cómo cambian, se mantienen o se diluyen en el tiempo, pues las estudiantes pasan un limitado número de años en la universidad. Pero sabemos por experiencias pasadas que hay redes y alianzas feministas que encuentran otros cauces para seguir en la lucha y que las experiencias adquiridas son insumos para aportar en otro tipo de espacios de organización.
No tenemos duda de que, ante las violencias machista e institucional, las estudiantes organizadas en la UNAM mantienen su cuestionamiento al status quo, sostienen prácticas de organización cotidianas y propuestas creativas para desmontar el orden de género, además de seguir generando sus propios espacios como una apuesta que fortalece sus procesos de subjetivación política en tanto estudiantes que desean despatriarcalizar su universidad y a la sociedad.
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Notes
Author notes
Estudió la licenciatura en antropología en el Instituto de Investigaciones Sociológicas de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca. Su tesis obtuvo la mención honorífica del premio INAH Fray Bernardino de Sahagún 2024 a la mejor tesis de licenciatura en etnología y antropología social. Actualmente se dedica al periodismo de investigación.
Es antropóloga, desde el año 2012 se desempeña como docente e investigadora en el Instituto de Investigaciones Sociológicas de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca. Realiza investigación con perspectivas feministas y participa en procesos de prevención y espacios de activismo contra la violencia hacia las mujeres y otras subjetividades feminizadas en el ámbito universitario.