DOSSIÊ: Perspectivas locais em tempos globais. História Glocal como uma variável teórica e metodológica nos estudos históricos do espaço americano (séculos XV-XIX)
Received: 30 January 2023
Accepted: 19 September 2023
DOI: https://doi.org/10.22456/1983-201X.129777
RESUMEN: Este artículo analiza la inserción del Caribe occidental en el proceso de globalización económico del siglo XVIII, en este sentido revisa cómo en ausencia de un control estricto por parte de la corona española, los territorios del Caribe Occidental, compuesto por la costa de la Mosquitia y las islas adyacentes, junto a sus habitantes y un contingente de agentes imperiales y comerciales de diferentes partes de Europa, cumplieron un papel fundamental en el proceso de construcción de una red global de comercio y de comerciantes que se insertaron en los circuitos de producción y mercados de consumo que se configuraban tempranamente entre Europa, América del Norte y el Caribe, tomando como vehículo las conexiones mercantiles británicas. Desde el punto de vista teórico y conceptualmente se utilizan los postulados de la historia global, pero enfocada desde un ámbito regional, y metodológicamente se aborda desde la disciplina de la historia utilizando un acervo documental del siglo XVIII, que se encuentra en los archivos españoles de y el archivo General de la Nación en Colombia.
Palabras clave: España, Inglaterra, Costa Mosquitia, Caribe Occidental, Globalización comerciantes, agentes imperiales, Blak River, Providencia.
RESUMO: Este artigo analisa a inserção do Caribe Ocidental no processo de globalização econômica do século XVIII, neste sentido revisa como, na ausência de controle rigoroso da Coroa Espanhola, os territórios do Caribe Ocidental, compostos pela costa da Mosquitia e as ilhas adjacentes, juntamente com seus habitantes e um contingente de agentes imperiais e comerciais de diferentes partes da Europa desempenharam um papel fundamental no processo de construção de uma rede global de comércio e comerciantes que se inseriram nos circuitos de produção e mercados consumidores que se configuraram cedo entre a Europa, a América do Norte e o Caribe, tomando como veículo as conexões mercantis britânicas. Do ponto de vista teórico e conceitual, os postulados da história global são usados, más focados a partir de um âmbito regional, e metodologicamente é abordado a partir da disciplina de história usando uma coleção documental do século XVIII, que está nos arquivos espanhóis e no Arquivo Geral da Nação na Colombia.
Palavras-chave: Costa de Mosquitia, Caribe Ocidental, Comerciantes da globalização, agentes imperiais, Blak River, Providence.
ABSTRACT: This article analyzes the insertion of the Western Caribbean in the economic globalization of the eighteenth century. In this sense, it reviews how the lack of strict control of the Spanish crown helped the territories of the Western Caribbean -composed of the coast of the Mosquitia and the adjacent islands, together with its inhabitants and a contingent of imperial and commercial agents from different parts of Europe-, playa fundamental role in the construction of a global network of trade and merchants inserted into the circuits of production and consumer markets that were configured early between Europe, North America and the Caribbean, taking as a vehicle the British mercantile connections. From the theoretical and conceptual point of view, we used the postulates of global history from a regional scope, and methodologically, we approached it from a historical perspective using a documentary collection of the eighteenth century, which is in the Spanish archives and the General Archive of the Nation in Colombia.
Keywords: Mosquitia Coast, Western Caribbean, Globalization traders, imperial agents, Blak River, Providence.
Introducción
Este artículo discute la inserción del Caribe occidental, especialmente la llamada costa de la Mosquitia y sus pequeñas islas adyacentes en el contexto de una red de transacciones humanas y económicas que se insertan en el mundo global en creciente proceso de configuración durante el siglo XVIII. En este sentido pretendemos discutir el lugar marginal que tiene este territorio en los desarrollos historiográficos, que han situado las actividades comerciales y las actuaciones imperiales de manera principal en las ciudades y puertos importantes, desde donde salían volúmenes destacados de mercancía y por donde circulaban enormes cantidades de metales. Se trata por lo tanto de examinar el rol de estos territorios en la articulación y las interacciones con diversas zonas del propio Caribe, América del norte, África, Asia y de Europa con sus redes en otros puntos del globo (CAÑIZARES Y SEEMAN, 2007; ASSADOURIAN, 1982).
Discutir la idea predominante sobre las actuaciones rígidas de los imperios, en especial el hispánico, se ha convertido en un desafío para comprender las realidades de los territorios caribeños que por más de tres siglos hicieron parte importante de la agenda de extensión de las fronteras políticas, religiosas y comerciales de las diferentes potencias europeas, de tal forma que el Caribe se convirtió en un espacio fundamental de los procesos de globalización experimentados por la humanidad (BAYLY, 2004; HOPKINS, 2002). Sin embargo, se suele creer que aquellos territorios que ocuparon un lugar marginal en las dinámicas comerciales dominadas por las ciudades administrativas y portuarias españolas gozaron de un aislamiento en las interacciones globales, lo que es preciso discutir a la luz de nueva documentación y una revaloración de los acontecimientos en estas zonas del occidente caribeño (WALLERSTEIN, 2011; DARWIN, 2007).
De acuerdo con esto, analizaremos la franja Mosquitia, considerada en el siglo XVIII como aquel territorio litoral extendido desde las inmediaciones de Bocas del Toro en Veraguas, hasta el golfo de Honduras, y además las islas adyacentes en especial las isla Corn; Mangles; San Andrés, Providencia y Santa Catalina y Roatán entre otras, territorios que desde los inicios de la conquista fueron subvalorados por carecer de recursos metalíferos, hecho que sin duda, incide en el lugar marginal que ocupa en el desarrollo historiográfico. Este territorio pese a su escasa importancia minera fue desde el siglo XVII configurando su rol en los contextos de las disputas imperiales, hasta convertirse en un eslabón significativo de un entramado de relaciones sociales, políticas y económicas que interactuaba en el complejo universos de las interacciones globales (WALLERSTEIN, 2011; ELLIOTT, 2007).
El caso de la Mosquitia es un ejemplo importante de cómo operaron los procesos de globalización en el siglo XVIII en el Caribe occidental en conexión con los acontecimientos que ocurrían en el norte de Europa, vinculados con otros territorios extraeuropeos como la India. Entendemos por globalización temprana siguiendo a Hausberger: “...el proceso de construcción de un amplio entramado de relaciones de diversa índole que en su conjunto cubrían el globo y asume que tal proceso se inició en el siglo XVI” (HAUSBERGER, 2018, 11). Pese a que esta parte del Caribe por sus características geográficas y dinámicas sociales se mantuvieron en los márgenes de las dominaciones imperiales, sus prácticas de autonomía politica y social le permitieron realizar negociaciones, transacciones y vínculos con los imperios que los conectaron a las realidades paralelas de otros territorios en América, Asia, África y Europa, al mismo tiempo que se convirtieron en zona estratégica para los intereses Británicos que buscaban un corredor interoceánico que les permitiera el acceso entre el mar Caribe y el océano Pacífico, con el propósito de ampliar un circuito comercial con la India, territorio que comenzó a controlar después de su triunfo frente a Francia y gobiernos locales en las llamadas Guerras Carnáticas, ocurridas en tres momentos entre 1740 y 1763 (MEHTA, 2005, 210-216).
En este proceso de proyectos de conexiones transimperiales e interoceánicas la costa de la Mosquitia jugará un papel importante, en primer lugar se convierte en un abastecedor de maderas para la construcción de embarcaciones británicas que conectaron el mundo por vía marítima, y en segundo lugar, aportaría grandes suministros de raíces tintóreas para dar color a la producción de telas que se masificaban en plena expansión de la Revolución Industrial y que se suministraban en los diferentes mercados del mundo. Estos hechos, el de la búsqueda de una ruta interoceánica entre el Caribe y el Pacífico por parte de los británicos y el cumplimiento de un rol abastecedor y comercializador de estas costas en plena expansión capitalista, coinciden con lo que Mariano A. Bonialian llaman atlantización del siglo XVIII, en el sentido en que estos territorios del Caribe occidental contribuyen con la incorporación del espacio americano a la globalización, jugando un rol clave como posible puente transoceánico que comunicaría las economías del Atlántico y del Pacífico (BONIALIAN, 2019).
La idea que sustentamos es que, en ausencia de una eficaz presencia española, en los territorios del Caribe occidental y en concreto la costa de la Mosquitia, sus poblaciones originarias y un contingente de agentes y redes comerciales europeas cumplieron un papel fundamental en el proceso de conexión de esta zona con un entramado global de comercio inserto en los circuitos atlánticos y pacíficos. Si bien estos territorios carecían de oro y plata y quedaron al margen de los circuitos mercantiles españoles en las fases iniciales de las interacciones entre el Caribe y Europa, si lograron en el contexto de expansión capitalista y de las luchas imperiales del siglo XVIII generar un volumen importante de suministros naturales para las demandas de consumo de la naciente industria europea con sus redes de distribución en los mercados trasnacionales.
Este artículo se aborda desde la perspectiva de la historia global, pero enfocado desde el ámbito regional de la costa caribe occidental, que se integra a espacios transimperiales y trasatlánticos y, por su puesto, hace parte de los vínculos trasnacionales que se tejen por medio de un entramado de actores locales, y otros de diferentes orígenes dentro de los cuales se destacan americanos, europeos, judíos y africanos que se insertan y construyen sus relaciones en diferentes espacios económicos y humanos del naciente mundo global (FACIO, 2006, p. 59-72; LEVI, 2018, p. 21-35; SEOANE, 2020, p. 147-156).
Este trabajo se inscribe en la discusión que intenta descentrar la- historia de la globalización pensada desde Europa y China y propone al mundo americano jugando un rol destacado en el proceso de globalización del mundo, Desde esta perspectiva se entiende como Historia Global, aquella que tiene como interés analizar las relaciones e interacciones de sociedades alejadas entre sí, que a nivel local, suprarregional y transfronterizas, se entrelazan y generan intercambios e influencias reciprocas en tiempo determinado y a escala mundial (HAUSBERGER, 2018, 15; YUN; 2019, 9).
Al abordarse desde la disciplina histórica usaremos enfoques metodológicos de esta área del conocimiento a partir del análisis cualitativo, cuantitativo y comparativo sobre aspectos puntuales de un acervo de documentación del siglo XVIII, que se encuentra en los archivos españoles de Simancas, Archivo General de Indias, y el Archivo Histórico Nacional de Madrid. También se analizan de manera crítica fuentes inglesas encontradas en estos archivos, en especial documentación incautada a barcos ingleses por parte de la armada española durante las confrontaciones del siglo XVIII.
Para lograr orden y coherencia dividiremos este artículo en cuatro partes: en la primera plantearemos antecedentes y las circunstancias en que estos territorios inician su proceso de configuración e incursión en las conexiones globales más allá del control de la Monarquía Hispánica; en la segunda revisaremos las dinámicas de los agentes británicos y como se configura una red de individuos locales y redes comerciales de diferentes nacionalidades que constituyen un entramado de interacciones que tienen un aporte clave al proceso de globalización; en la tercera parte se analizan las condiciones productivas, la oferta de productos y la creciente demanda atlántica de estos que insertaron a estas costas en una fase importante de globalización, y la cuarta realizaremos las conclusiones sobre los aportes del artículo a los estudios con enfoque de historia global.
La configuración de un espacio comercial en el caribe occidental entre costa e islas
A finales del siglo XVIII los imperios británico e hispánico evidenciaban su interés por los territorios de la Mosquitia, el motivo se debía a tres factores fundamentales: uno, su posición estratégica para la implementación de una ruta interoceánica que comunicara el Caribe con el Pacífico y fortalecer las dinámicas globales del comercio, satisfaciendo las demandas del consumo asiático; dos, por las posibilidades que daba el control del territorio a la actividad militar y naval, para neutralizar el acceso a los recursos naturales que contribuyeran con el engrandecimiento de los imperios rivales; y tres por la oferta natural para el suministro de maderas, palos y raíces tintóreos, las maderas fundamentales para la construcción de embarcaciones y fortalecimiento de flotas mercantes y navales, y lo segundo para extraer los tintes y colorantes para telas y derivados del algodón que se producían en las fábricas de textiles europeas y que tenían una alta demanda en diferentes puntos del planeta. Ambos productos de importancia para los británicos y su comercio transcontinental. (OOSTINDIE, Y ROITMAN, 2014).
Pese a esta importancia estratégica que adquieren estas costas a fínales del siglo XVIII, es necesario anotar que fueron marginales en la agenda política y económica de los españoles hasta mediados del siglo XVIII, aunque se procuraron expulsar a colonos extranjeros asentados, ya que brindaban refugio a contrabandistas y se convertían en sus centros de operaciones, como las islas de San Andrés, especialmente Providencia. Estas islas a mediados del siglo XVII sirvieron a los intereses británicos y como cuartel de piratas que las usaban para asaltar y perturbar el comercio de la Carrera de Indias, por lo tanto, ese renovado interés español por estos territorios en la segunda mitad del siglo XVIII se debe comprender en el marco de las luchas imperiales, cuando se definía la hegemonía imperial occidental. (MARCHENA y CUÑO, 2018).
Tras la paz de Utrecht en 1715, Inglaterra logró un rol más activo en el Caribe, lo que le permitió potenciar su papel político y comercial desde la isla Jamaica, arrebatada a España en 1655. (REICHERT, 2009). Esta posesión ayudó a fracturar el monopolio comercial hispano que alimentaba de plata los circuitos mercantiles de Europa occidental. En este nuevo escenario los imperios europeos pusieron freno a un ciclo de anarquía en el mar, con el que habían amenazado el comercio hispano, especialmente la Carrera de Indias, y persiguieron el filibusterismo, antes favorecido por ellos, con grandes beneficios mercantiles, de tal suerte que, a partir de entonces, el comercio el oro y la plata de América se dirigió de manera directa al norte de Europa, donde los Países Bajos, Inglaterra y Francia fortalecieron sus funciones en la cadena de producción y consumo trasatlántica y desde entonces, las zonas marginales de América, tomaron relevancia como consecuencia de las oportunidades que brindaban para la ampliación de redes de comercio (ELLIOTT, 2007).
En este contexto el Caribe occidental comenzó a ser visto como una zona atractiva para la extracción de productos demandados en Europa y sus mercados conexos, entre éstos, destacaban los pesqueros, forestales que impulsaron el despegue de la industria textil y las crecientes armadas imperiales (BAÑOS, 2012). La Mosquitia zona periférica para España se convirtió en el siglo XVIII en un territorio caracterizado por la interacción entre diversos grupos étnicos en estrecha relación con el medio natural y sus conexiones trasnimperiales, mediadas por la travesía trasatlántica y la incursión de comerciantes ingleses, holandeses, irlandeses judíos y de otras nacionalidades, que reproducían un modelo común de extracción de recursos, enfrentando las capacidades de resistencia y negociación por parte de la población misquita y otras objeto de expropiación (LINEBAUGH y REDIKE, 2005).
Este territorio se convertiría en un epicentro a pequeña escala de transacciones económicas globales y derivó su nombre de Costa de la Mosquitia en el siglo XVIII en honor a sus pobladores, los zambos mosquitos. Este término lo promovió el marino inglés William Dampier, en su obra A New Voyage Round the World, publicada en Londres en 1697. Sus descripciones presentaban una sociedad compleja producto de décadas de interacción poblacional en sus litorales, en los que surgieron poblaciones mixtas producto de la convivencia de individuos de nacionalidades diversas y condiciones étnicas diferentes, poblaciones originarias, africanos y europeos (GARCÍA 2002, p. 441-462). La débil presencia de los imperios posibilitó que sus habitantes quedaran sin jurisdicción clara y sin sujeciones absolutas. Esta ausencia de dominación dio paso a que se convirtiera en una frontera transimperial, dando la posibilidad a sus habitantes de oponerse a las subordinaciones y de entablar negociaciones frente a los imperios y sus agentes (BOSCH 2009; PRADO 2012, p. 318-333).
Los españoles desde la capitanía de Guatemala y otras gobernaciones ubicadas hacia el lado pacífico de Centroamérica, no pudieron por la lejanía y falta de interés ejercer un control efectivo, por el contrario, su ausencia dio paso desde mediados del siglo XVII a una creciente interacción social entre individuos de diferente procedencia con los indígenas locales, que a la vuelta del siglo XVIII representaban un peligro a los intereses españoles (VIDAL Y ROMÁN 2018, p. 161-178). Los mosquitos interactuaron con agentes comerciales, protestantes y judíos, neerlandeses, e ingleses, quienes ofrecían regalos a sus líderes para conservar su amistad, entre los más apetecidos estaban pólvora, armamento, ropa, herramientas y ron (OFFEN, 2008, CÁCERES y LOVEJOY, 2008)
Las armas y la pólvora fueron un elemento importante en las transacciones comerciales y permitió a los pueblos mosquitos, pese a los intentos de exterminio de los españoles, ejercer la fuerza sobre otros pueblos indígenas y lanzar incursiones para secuestrar y esclavizar indígenas de los actuales territorios de Panamá y Costa Rica, en definitiva, ejercieron relaciones de dominación sobre otros pueblos originarios, llegando incluso a formalizar relaciones tributarias. También se enrolaron como mercenarios en Jamaica, sobre todo, para combatir levantamientos cimarrones y perseguir prófugos, y aunque mantuvieron estrechas relaciones con los ingleses, también lo hicieron excepcional y convenientemente con los españoles (IBARRA, 2007).
La alianza entre mosquitos e ingleses generó condiciones para que este área caribeña se potenciará como un espacio de comercio regular, insertándose en las conexiones globales que proporcionó Jamaica en el siglo XVIII, desde donde se posibilitaron incursiones a este litoral, convirtiendo a algunas islas, en especial Providencia, Santa Catalina y San Andrés, en parte de los circuitos mercantiles utilizadas por los redes comerciales británicas y neerlandeses, quienes a diferencia de los ibéricos no controlaron mediante una administración real (ROMÁN Y VIDAL, 2022).
Frente a esta presencia de Jamaica, los españoles desde los años treinta del siglo XVIII realizaron exploraciones y nuevas valoraciones de estos territorios, sin lograr tomar control efectivo sobre estos. (MARTÍNEZ, 2021;). Resultado de estas preocupaciones se organizaron varias expediciones,1 entre estas las del obispo de Nicaragua, fray Benito Barred, en 1711, que alertaba sobre los recurrentes y destructivos asaltos que cometían los mosquitos, secuestrando y asesinando poblaciones indígenas cristianizadas, por ello, abogaba por una respuesta militar, indicando: “Son ágiles y expertos dichos zambos, indios, negros, mestizos e ingleses, en el manejo de flechas, lanzas y espingardas…” (BARRED, 1711, p. 46). Otra exploración la realizó el gobernador y capitán general de Costa Rica, Francisco Antonio Carrandi y Menan, quien recorrió el valle de Matina en 1737 con el propósito de fortificarlo y, en lo posible castigar a los mosquitos y zambos (CARRANDI, 1738).
Sin embargo, estas expediciones eran una reacción tardía por parte de la Monarquía Hispánica, ya que la Mosquitia albergaba numerosos asentamientos foráneos que vivían en equilibrio con los zambos mosquitos. Entre los documentos británicos confiscados por los españoles abundan ricas descripciones de la región, y esto permite ver la importancia que le daban los agentes imperiales ingleses, valorando sus recursos naturales y su potencial comercial. El capitán Robert Hodgson, nombrado superintendente entre 1740 a 1759.2 y su hijo el Coronel Robert Hodgson, también superintendente entre 1768-1775 recorrieron estos territorios desde finales de los años treinta del siglo XVIII, son probablemente los conocedores más destacados (SANCHEZ, 1967, p.1205-1235).
El capitán Hodgson dejó interesantes descripciones sobre los territorios que componían la Mosquitia: “Salí a principios de 1739 en una goleta de algunos levantados de Bahía Arenas, toque en San Andrés, en donde hallé como 10 familias inglesas y mestizas con cerca de 40 negros, y llegué a Bahía Arenas, que está a 12 leguas del sur de cabo de Gracias a Dios”.3 Entre sus documentos aparecen referencias de otros exploradores que dan cuenta de estas islas, como las memorias del duque de Riparda que refiriere sobre las condiciones estratégicas de ellas en 1757. Sobre San Andrés corrobora lo sostenido por Hodgson padre, al indicar que la isla en muchos aspectos era útil en especial sus puertos, aunque eran solo para barcos pequeños, “…es un poco más grande que la antigua Providencia, demora 12 leguas al sur de esta y debe sucederla lo mismo que a ella. Allí encontré más de 50 ingleses habitantes en el año 1757”.4
Sobre Providencia decía: “…está a 13, 10 latitud norte y 79 y 30 longitud W, tiene como 8 millas de largo y 4 y media de ancho” y le daba mayor importancia que a San Andrés por su puerto, la posición de la conexa isla de Santa Catalina y porque era la ruta directa de Jamaica al golfo de Honduras. Resaltaba que era montañosa, pero con potencial productivo para sostener a sus habitantes y con condiciones para el comercio del palo amarillo, apreciado para tinta textil. Señala la existencia de plantas de algodón, caña de azúcar y jengibre entre otros alimentos como “… plátanos, ñames y piñas que crecen sin demasiado cultivo y se producen bien”5 que garantizaban la alimentación y el intercambio de sus pobladores, agregó:
Las estaciones son los mismo que en la costa de Mosquitos y el clima se ha tenido siempre por muy sano. No hay muchas especies de animales. Hay cantidad de muy buenos jabalíes, y gatos monteses: no faltan pichones, buenos papagayos, todas las aves comunes del mar, y cantidad considerable de muy buen jicotea o tortuga de tierra. La costa del mar llena de arrecifes y escollo, abunda en pesca y tortuga.6
Como indican los testimonios en 1730 proliferaban los asentamientos ingleses en todos los litorales de América central, refería que desde “Nicaragua hasta Bocas del Toro se llama Costa Rica, y desde ésta a Cocleé, a 12 leguas de Chagres, no tienen los españoles ningún establecimiento al lado del norte”, excepto del rio “Carpenters, o Matina”, sin duda, conocía bien los territorios de la costa de la Mosquita, hecho que favoreció la influencia británica y transformó las dinámicas, vinculando estos territorios con la economía atlántica en una ruta alternativa a la Carrera de Indias (CASTILLERO, 2008).
Lugares como Black Rivers, Cabo Gracias a Dios, Sandy Bay y otros asentamientos dispersos, se convirtieron en zonas estratégicas donde los cortadores de maderas y redes de comerciantes que se organizaron de manera autónoma, se articularon a los circuitos comerciales atlánticos. Segun calculos de Robert Agregae de Hodgson hijo en 1757 había unos catorce asentamientos con unos 1300 pobladores, sin mencionar a los nativos. Black River, Cap River y Mestizoe Creek, tenían la mayor parte de los pobladores 302, 243 y 187 habitantes respectivamente, que incluían colonos blancos, mulatos y mestizos libres y esclavos negros e indígenas. La población total de Black River se estimó en 100 blancos y 600 esclavos. La población descrita por Hodgson se puede apreciar en la gráfica 1
Estos asentamientos tenían una economía mixta basada en la venta de servicios e intercambios de bienes con los mosquitos y en un modelo esclavista que soportaba la tala de maderera y sus aserraderos, y complementada con pequeños plantíos y la pesca de la tortuga.7 Se indica que la prosperidad del asentamiento se debía a la seguridad que ofrecía su localización a los cortadores de madera provenientes de Belice. Estos llevaban una vida poco sedentaria y se encontraban dispersos en diferentes puntos del territorio junto a sus familias y colaboradores. Las casas por lo regular eran de maderas con techos de paja y algunas con laterales de yeso y a veces de dos pisos y buen aspecto (DAWSON, 1983, pp. 677-706).

La franja litoral hacia el sur, sin contar militares e indios libres, estaba poblada por 1130 individuos de los cuales 806 eran esclavizados, 170 mulatos o mestizos libres y 154 blancos, todos dispersos en pequeños grupos desde el río San Juan hasta cabo camarón. Estos pobladores consumían bienes y productos europeos, sin embargo, el mayor porcentaje de estos productos se introducía clandestinamente al interior de Centroamérica a través de una cadena de intermediarios hacia Guatemala y el Valle Central de Costa Rica a veces por Black River, otras por el Río Matina y en ocasiones por Trujillo (HODGSON, 1822).
La formación de un espacio económico entre imperios: agentes imperiales y redes mercantiles
Estos asentamientos comerciales costeros y la incursión acelerada de potencias como Inglaterra, Holanda y Francia en el Caribe, fracturaron el monopolio comercial de la Monarquía Hispánica y esta franja litoral adquirió relevancia. Al comienzo fueron piratas y filibusteros que atacaban las flotas de galeones con destino a La Habana, después, desde finales del siglo XVII, se conformaron redes de comerciantes organizadas por los colonos, aventureros que supieron insertarse al comercio británico, vía Kingston, con el tráfico de añil, cacao y zarzaparrilla de América Central (VIDAL, 2021). Lugares facilitadores del comercio que brindaron acceso a productos europeos incorporados paulatinamente al consumo de colonos, zambos y mosquitos, mientras estos últimos aprendían el manejo de armas de fuego suministradas por los comerciantes para tenerlos de aliados (ELLIOTT, 2007).
El asentamiento de colonos y comerciantes en las costas se vio estimulado por la necesidad de mantener el corte de maderas en el rio Walix, que se comercializaba desde las últimas décadas del siglo XVII y tenía una demanda creciente en norte de Europa (VILLEGAS Y TORRAS, 2014). Otro factor que provocó la proliferación de asentamientos fueron las prohibiciones y la persecución realizada por el gobierno inglés contra la piratería, muchos de estos hombres transformaron sus vidas y se asentaron en estas costas dedicados a cortar maderas para exportar a Inglaterra. Estos antiguos piratas convertidos en leñadores gozaron primero del respaldo mosquito y británico después desde Jamaica, desde donde se argumentaba que eran hombres en condición de defender los intereses del rey en caso de confrontación con España.
Los españoles, contrarrestaron estas actividades, persiguiendo toda embarcaciones sospechosas de trasportar maderas y fueron los leñadores, junto a los mosquitos quienes desafiaron esta vigilancia para comerciar con Jamaica, Nueva York, Londres, Ámsterdam, Hamburgo, fortaleciendo sus conexiones atlánticas. La piratería forestal jugó un rol central en la conexión de las zonas interiores por medio del contrabando y estimuló vínculos de individuos de múltiples procedencias y mezclas culturales, que cristalizaron en redes comerciales autoorganizadas (POTTHAST, 1998). Más allá de su marginalidad fue un escenario que impulsó la interacción entre agentes comerciales diversos, que se articularon, en la magnitud que permitían sus transacciones, al comercio global. (PRADO, 2019 1-25)
En estos procesos de intermediación y conformación de redes de comercio trasatlántico entre extranjeros, mosquitos y comerciantes centroamericanos, los agentes imperiales ingleses jugaron un papel clave como mediadores culturales. Hay que destacar las actuaciones de William Pitt, del capitán Robert Hodgson, y su hijo el coronel Hodgson, ambos superintendentes en estos territorios, el primero entre 1740 a 1759 y el segundo en 1768-1775, también podemos destacar al irlandés Colville Cairns, muy influyente entre las autoridades mosquitas y Enrique Corvin, señalado por espías españoles de ser uno de los hombres más ricos de la zona
En el siglo XVIII el más importante y destacado impulsor de este comercio originado en los asentamientos madereos hondurenos fue el comerciante William Pitt, procedente de las Islas Bermudas, llegó a Belice sobre 1725 y acumuló una riqueza considerable en el comercio del palo Campeche, acosado en ocasiones por los españoles cambió su asentamiento hacia 1732, cuando se establece Black River buscando seguridad (SORSBY, 1969). El propósito inicial fue extraer resina para calafatear barcos y canoas; extraer frutos tropicales como cacao, bananas silvestres y la zarzaparrilla, que tenía gran demanda en Europa por sus valores curativos y el palo de tinte, importante para industria textil europea. Pitt logró un asentamiento exitoso que se convirtió en el más importante del litoral y lo llevó a ser un hombre acaudalado (DAWSON, 1983, pp. 677-706).
Pitt fortificó Black River con fuertes y cañones, también logró cultivar considerables extensiones de tierra con caña de la que extraía melaza que exportaba a Jamaica para la fabricación de ron y azúcar, que terminaba en los mercados europeos y africanos, a cambio recibía productos de Jamaica que almacenaba en sus depósitos de Black River para vender a comerciantes centroamericanos con la garantía de no ser asaltados por los mosquitos, puesto que Pitt los protegía de cualquier agresión (SORSBY, 1969).
Willian Pitt consiguió gran respetabilidad entre leñadores, agentes comerciales, españoles, mosquitos y autoridades jamaiquinas. A esto ayudo también el papel que desempeñó su familia en la expansión atlántica inglesa, ya que su bisabuelo Thomas Diamond Pitt, que fue gobernador de Jamaica en 1716, logró ser representante del poder legislativo en Inglaterra. Su tío abuelo, Thomas Pitt en 1728 fue el capitán general de las islas de Barlovento y su abuelo gobernador de las Bermudas en los años veinte del siglo XVIII. Este legado familiar le garantizó a Pitt una gran influencia sobre las autoridades jamaiquinas que siempre lo respaldaron (DAWSON, 1983; SORSBY, 1969).
La reputación de Pitt fue inquietante para la débil soberanía de la Audiencia de Guatemala en el litoral, que nunca pudo afectar este próspero asentamiento. Diez años después de su instalación en Black River, realizó acuerdos con las autoridades de Jamaica para convertir el lugar en un centro administrativo asociado al imperio para afianzar los intereses políticos y económicos británicos. En 1739 los ataques españoles a embarcaciones inglesas, sumado a razias mosquitas sobre las poblaciones españolas, apoyadas por Jamaica, desencadenó en un enfrentamiento bélico. Esta situación llevó a los ingleses a fortalecer las relaciones con los mosquitos y Jamaica otorgó el título de Mariscal de Campo a Pitt. La estrategia del gobernador de Jamaica, Edward Trelawney se dirigía a explotar las ventajas que ofrecía Black River por su condición comercial y el reconocimiento que de Pitt tenían los Mosquitos (DAWSON, 1983).
El gobernador estaba convencido que a futuro se desarrollaría una ruta interoceánica entre el Caribe y el Pacífico que posibilitaría una expansión comercial de los intereses británicos, que haría posible un comercio más extenso con el interior de América Central y otros mercados del Pacífico (SORSBY, 1969). La estrategia de Trelawney inició con el envío de agentes con el propósito de fortalecer la lealtad de los mosquitos y su posible cooperación en caso de guerra contra España. Al comenzar la Guerra de la Oreja de Jenkins, (1739 a 1748), en el que se enfrentaron las flotas Gran Bretaña y España en toda la región del Caribe, el gobernador comisionó al Capitán Robert Hodgson, para concretar con Pitt, en Black River, una estrategia para reafirmar la alianza con los mosquitos (DAWSON, 1983).
En 1740 Hodgson se reunió con el rey mosquito Eduardo y sus jefes en Sandy Bay para acordar colaboración militar y el acuerdo llegó a feliz término. Desde Jamaica por petición se enviaron tropas británicas para también proteger los asentamientos dada la poca confianza en los mosquitos. Hodgson organizó ataques contra posiciones españolas y junto a Pitt navegó a Roatán en 1742 para fortificarla y hacerla cuartel general para las operaciones navales británicas a lo largo de la costa. La labor militar y comercial de Pitt fue importante, permaneció en Roatán como superintendente con los colonos que llevó de Black River durante la Guerra, posición que dejó tras la firma de la paz (DAWSON, 1983).
Tras la guerra de 1748 el control comercial de los ingleses era notorio, sus asentamientos se habían propagado a lo largo de la costa misquita y se dedicaban al comercio extractivista de maderas preciosas y los palos tintóreos, carey, cacao y bálsamos, demandados por comerciantes e intermediarios de Jamaica. Esta situación fue constatada por los marinos españoles. En 1748 con la capturas de algunos barcos ingleses se logró acceso a información que revelaba la situación de la costa y las posiciones inglesas, entre esa documentación se encontraron notas del teniente Timoteo Pendet que se refiere a los pobladores de la siguiente manera: “Estos que cortan el Palo de Tinte, son una especie de pueblo libertino, compuesto la mayor parte de vagabundos y fugitivos de diferentes partes del Norte de América, y allí tienen el modo de vida que les parece…” (FLORES, 1981, p. 71).
En 1757, el capitán español Francisco Javier De Vargas, exploró la costa de la Mosquitia con el propósito de alcanzar un acuerdo de la paz con el Rey mosquito, dejó un completo testimonio sobre los asentamientos ingleses y sus actividades. Desde su salida de Portobelo cuenta que tropezó con embarcaciones que merodeaban la zona persiguiéndolas y apresando algunas. Lo revelador de la expedición fue adquirir conocimiento directo sobre la presencia y actividades comerciales inglesas en la zona. Resaltó la estrecha conexión de estos con las autoridades misquitas: el Rey, el Gobernador y los Capitanes. Advierte que en su negociación con las autoridades mosquitas en la localidad de “Tipuppi,” el “ingles” Colvill Carius” siempre acompañó al Rey, influyendo en sus decisiones a tal extremo que él, le indicó que no dejarían de negociar con los ingleses, ni impediría que se asentaran con sus familias en su territorio, “… y sin que pueda ejecutarlo español alguno, conviniendo únicamente en las muchas franquicias de pesca de carey” […] (DE VARGAS, 1757, p. 432).
Para De Vargas era irritante la influencia de Jamaica y denunciaba la minuciosa organización en las transacciones mercantiles que realizaban diferentes agentes comerciales ingleses, irlandeses y holandeses con los indígenas e incluso con los comerciantes españoles de Guatemala. Aseguraba que Colvill Cairus tenía un criado llamado Augli Draks dedicado a cuidar cultivos de maíz con ocho esclavos, y que almacenaba “aguardiente, pólvora, municiones, fusiles y machetes que distribuye a los indios a cambio de carey”. Agregaba que todos los asentamientos existentes lograban ser abastecidos con géneros europeos que se distribuían también entre españoles. Expresaba que Cairus poseía varios almacenes: “…muy provistos de cuantos géneros exquisitos se fabrican en Londres y sus colonias que iba a parar á manos de los comerciantes de Guatemala con quienes mantienen este gran giro y estos les envían, ganado mular que remiten a Jamaica” (DE VARGAS, 1757, p. 439).
El capitán De Vargas, logró con la información recabada tener una idea clara del funcionamiento comercial de la zona y explicó cómo operaban estas redes comerciales que controlaban el comercio y la explotación forestal, además logró identificar y enumerar varios cortadores de maderas asentados en las cercanías de la bahía de Perlas: “En la parte que hace isla habitan crecido número de ingleses entre los principales están Haman, Yanitz, Basin, Pitch, Patazin, Niquiaut, Are, Heovoic y Brat, que sacan y remiten a Jamaica abundancia de caoba, cedro macho y maría” (DE VARGAS, 1757, p. 441).
Otro empresario importante y políticamente influyente fue el coronel Robert Hodgson, quien nacido 1725 fue hijo del primer superintendente de la Mosquitia y se casó con la hija de Pitt. Fue el organizador del asentamiento de Bluefields y de Corn Island. Desde joven y de la mano de su padre, recorrió toda la costa y sus islas. En calidad de ingeniero la reconoció desde Portobelo hasta el golfo de Honduras para fijar los límites del corte de palo en 1763 tras la paz de Paris. Fue superintendente comandante en jefe de la Mosquitia por 9 años en cuyo tiempo reconoció incluso el interior del país levantando números planos, mapas e informes.8
Fue un hombre ambicioso y con una visión clara de la geopolítica de la Mosquitia por ello, siguiendo las ideas de su padre, planteo en la corte de Londres, abrir paso hacia el mar del sur por el rio de Nicaragua en tiempo de guerra, cuando los españoles eran más vulnerables, pues abogaba por extender el comercio inglés para que no decayese su marina (VIDAL Y ROMÁN 2022). Esta apuesta por una mayor globalización de la economía británica tuvo el respaldo de su protector en la corte, el secretario de Estado y de Guerra Lord George Germain, quien hizo considerar sus planes que definitivamente fueron apoyados en 1779.9
Hudson incorporó a la visión geoestratégica inglesa de este territorio la posibilidad de extender el comercio al proponer la conexión rápida entre el Atlántico y el Pacífico, utilizando de conexión el istmo para así superar la embarazosa travesía del cabo de Hornos, y así perjudicar gravemente el comercio español y unir África, Asia y Europa, en un momento en que los británicos estaban desarrollando su dominación sobre la India, tras derrotar a los franceses aliados con los reinos locales. Pero para asegurar esta empresa transoceánica británica, proponía la necesidad de fortificar las islas de San Andrés, Providencia y Santa Catalina.10
Robert Hodgson y su padre no fueron los únicos en visualizar la importancia de extender la economía británica a una escala global mediante la conexión entre el Caribe y el Pacifico por el Rio San Juan. En 1766 Pedro Alexandro de Velasco, conocedor de la Mosquitía e informante de España, envió un informe sobre su misión, donde exponía los planes y ambiciones de los ingleses. En el contaba que estando enfermo en la Mosquitia en casa de “vecino ingles llamado Abrahán Tonoston en la laguna de Perlas”, lo visitó Enrique Corvin, considerado el hombre de “...más riqueza en todo el país de los mosquitos, aunque a la verdad todos los ingleses que lo habitan son ricos”11. Lo que causó mayor sorpresa e inquietud fue lo que le contó sobre el plan inglés para la costa:
Yo espero que, dentro de pocos años, esta tierra de mosquitos será una de las provincias más florecientes que el gobierno inglés tenga en toda América. Le pregunté en que fundaba sus esperanzas sobre este y me respondió: hace 20 meses presente en Jamaica a míster Littleton su gobernador una exacta descripción de toda esta tierra, y su importancia, pero más particularmente y del famoso puerto de San Juan en la boca del rio Nicaragua y su gran laguna y demostré que un estrecho ismo media desde la laguna y el mar del sur, que no pasa de ocho leguas de travesía de ancho, y con cuanta facilidad podría adquirirse el importante trato del mar del sur, siendo el río navegable para las más grandes piraguas y habiendo en la laguna agua bastante para balandras y goletas.12
Antes de la guerra de los siete años, el litoral se había convertido en un espacio engarzado al comercio Atlántico, y en los años posteriores se potenció como un escenario que facilitaba la interacción entre individuos de diversas procedencias y los naturales en medio de las disputas imperiales. Se convirtió en una zona que catalizó el desarrollo económico de lugares y comunidades alejadas de los centros de poder europeo que construyeron relaciones altamente flexibles adaptadas a las cambiantes circunstancias económicas y políticas, que permitieron la creación de redes de comercio trasatlántico innovadoras y cambiantes que superaron las rivalidades imperiales y donde la tensa convivencia entre distintas comunidades impulsó el fortalecimiento de los esfuerzos locales por mantener actividades más allá de las fronteras imperiales (PRADO, 2019, pp. 1-25).
Productos naturales para la demanda global
Para algunos ingleses como el Superintendente Robert Hodgson, la costa de la Mosquitia ofrecía fácil comunicación y trasporte entre sus puertos y el norte de América. A ello sumaba la abundancia de ríos que permitían un fácil acceso al interior del continente y con abundancia de peces, tortugas, ostras y manatíes que facilitaban la alimentación y condiciones adecuadas para el asentamiento de hombres. (CRAWFORD, 2020) La tierra era apta para la ganadería y ricas en caña, productos tropicales que permitían la prosperidad y un fácil acceso a los circuitos mercantiles del mundo atlántico. A ello se sumaba inmensos bosques llenos de caoba, cedro y palos tintóreos además de plantas medicinales, apetecidos en los mercados europeos y centros de acopio que enlazaron las redes de comercio trasatlántico (HODGSON, 1822, p 10-12).
Con estas bondades naturales no fue difícil que los aventureros ingleses generaran las condiciones de productividad e intercambios adecuadas para extraer sus recursos naturales, pero se requirió para ello mano de obra esclavizada, esta proveída, en gran medida, por los holandeses de Curazao, quienes lograron introducir más de ochocientos esclavizados hacia 1760, sumando a ello los indígenas esclavizados por los mosquitos. Las principales labores productiva giraban en torno al corte de caoba y otros árboles, así como a cosechar zarzaparrilla demandada como remedio contra las enfermedades venéreas. La mayor parte de las actividades, en especial el corte de madera, la recolección de frutos y productos medicinales se soportaban en el trabajo esclavo, aunque la existencia de un número importante creciente de mestizos libres indica la existencia de servicios de mano de obra especializada. En 1757 el 71% de la población de los asentamientos de la costa de la Mosquitia eran esclavizados, otro 15% estaba compuesto por mulatos y mestizos libres y solo el 14% era población blanca dedicada al comercio (HODGSON, 1822, p. 15).
Black River por su ventajosa ubicación para comerciar con los españoles, criollos e indígenas del interior alimentó el intercambio de productos de ferretería y ropas inglesas por añil, cacao, mulas y algo de oro, fomentando una interesante actividad comercial. Hodgson lo describía indicando que los colonos de Inglaterra: “…los surten de todas las provisiones, y de yerro, aquellos artículos con más comodidad de los que se pueden enviar desde Europa y sus hachas y demás útiles, son preferibles a las hechas de yerro, español…”, utilizado para cortar los árboles y palo de Campeche que cambian en el norte de la isla de Jamaica por ron y azúcar. Esta carga de palo una vez recibida por el comprador asegura Hodgson: “…se va directamente a Holanda y Hamburgo, tal cual de los barcos chicos van a Inglaterra, y se aprovecha, para el tinte de las lanas”.13
Las negociaciones directas con puertos no ingleses llevaron en muchos casos a molestias a las autoridades de Jamaica y a los superintendentes que no controlaban las exportaciones hacia potencias rivales, ni las mercancías que intercambiaban los holandeses, a veces a menor costo, afectando las dinámicas de oferta y demanda y haciendo tensas las operaciones con los mosquitos. Las descripciones, aunque no muestran las cantidades de mercancías exportadas permiten clasificar los productos y entender las conexiones de estas costas con diferentes puntos del planeta, además de las relaciones con otros puertos de la Mosquitia y del Caribe, pues eran frecuentes las conexiones con las islas holandesas, inglesas y franceses y de Norteamérica, amén de estos puertos que permitían la llegada de productos de Asia y África, un buen ejemplo de esto lo vemos en la descripción de Hodgson:
Los barcos holandeses se fletan generalmente en Curazao desde donde vienen a Bluefields, u otro puerto de Jamaica a donde vienen a buscar ron y azúcar: el capitán es siempre inglés cargan con mucha prontitud, y el mejor palo que pueden, dando la mitad por cuenta del flete, y con el importe de lo correspondido, les traen osnaburgos, paños flamencos, lienzos, efectos de la India y aguardiente todo mucho más barato, de lo que nosotros podemos dárselo, a menos que no se proyecte el arbitrio de que venga a nosotros todo el brasilete que se corte…”14
Para 1757 Hodgson, además de anunciar la competitividad de los precios de mercancías provenientes de la India, calculó que las exportaciones de la Mosquita alcanzaban las 25 mil libras esterlinas anuales, todos los productos salían de embarcaciones cuyos dueños residían en las costas. Calculaba, al menos, 12 embarcaciones, la mayoría de propiedad de Willian Pitt, además de otras pertenecientes a comerciantes de Jamaica. Testimonia que de la Mosquitia partían tres barcos anuales con maderas, palos de tinte y zarzaparrilla para Europa. Otros navegaban de manera más rápida con mercancías hacia Nueva York y de manera regular a Jamaica, a pocos días de navegación, desde donde los intermediarios en muchos casos comerciaban con Londres. (HODGSON, 1822) En la Gráfica 2 observamos los productos de exportación y sus valores en libras esterlinas anotados por Hodgson.

El principal producto fue la zarzaparrilla, que se exportaba anualmente por un valor de 12.000 libras, le sigue la caoba y otras maderas, cuantificadas anualmente en 200.000. Le siguen el carey extraído del caparazón de las tortugas y las mulas valoradas unitariamente en 20 libras la unidad y otros porcentajes menores provenía de cantidades mínimas de dinero, plata bruta, añil, cacao, cueros y sebo, derivado del intercambio de productos manufacturados ingleses que se vendían a los españoles (HODGSON, 1822, p. 17).
Treinta años más tarde el consumo de la costa aumentó considerablemente en proporción con el aumento de población y la dependencia creciente de las manufacturas y productos que comerciaban los ingleses, según cálculos de Inglaterra, el valor anual subió a 130 mil libras con recaudo fiscal de 5 mil libras anuales (DAWSON, 1983, pp. 677-706). Estos cálculos no reflejan el comercio clandestino e informal que los comerciantes ingleses establecían con los de otras nacionalidades, ya fuera mediante suministro de esclavizados u otras mercancías que almacenaban para evitar gravámenes fiscales. Según las cifras se cuadriplicó el valor del comercio con Londres, sin mencionar las transacciones con el norte de América, reenviadas para el norte de Europa. Aunque los productos eran los mismos como la madera, zarzaparrilla y el carey, también había otros como el cacao y café que dan cuenta de las relaciones con el interior de Centroamérica y de la demanda de sus productos en Europa. (GÁMEZ, 1939). Los productos exportados pueden verse en la gráfica 3.

El comercio según indican las cifras era muy lucrativo para estos asentamientos costeros, ya que lograban jugosas ganancias exportando sus bienes naturales a un mercado cada vez más globalizado que conectaba a Asia y a África. Aunque para la Monarquía Hispánica no eran territorios rentables ni en términos económicos ni políticos, ya que este comercio la excluía y beneficiaba a sus rivales. Esta razón los convertirá en la segunda mitad del siglo en una zona de desafío político y militar para expulsar a los británicos y neutralizar su comercio (WILLIAMS, 2003).
Tras la guerra de los 7 años siguió el crecimiento comercial, pero junto a este esplendor el celo español aumentó, lo que se tradujo en persecuciones de barcos enemigos y un sinfín de arrestos y decomisos de mercancías. Este panorama generó tensiones en la década de los setenta que llevaron a una nueva contienda. La Monarquía Hispánica aprovechó la crisis generada por la guerra de las 13 colonias y apoyó la independencia de estas, declarándole la guerra en 1779, justificándose en la idea de que los ingleses habían violado la paz de 1763, instigando a los mosquitos a atacarlos (WILLIAMS, 2003).
Tras la solicitud de paz inglesa vinieron los acuerdos de Versalles en 1783, que derivaron en intercambios territoriales entre éstos, el de la Mosquitia que pasó a control español, salvo Belice, que mantuvo Inglaterra por los privilegios concedidos sobre el corte de maderas en el tratado de 1763, aunque se restringió a la tala de caoba, la pesca, la cría de tortugas y cultivos para el consumo local. Además, el tratado exigía que los colonos ingleses evacuaran los territorios como efectivamente hicieron (VIDAL Y ROMÁN, 2018).
Tras los acuerdos y el proceso paulatino de expulsión inglesa, los españoles realizaron una vigilancia minuciosa desde el Virreinato de la Nueva Granada y se enviaron expediciones constantes para ejercer soberanía en estas costas, sin embargo, la injerencia comercial inglesa no desapareció. (DAWSON, 1998, 63-89). En 1787, el alférez de fragata Fabián Abances, siguiendo órdenes del virrey Caballero y Góngora, exploró la Laguna de Bocas del Toro, en donde divisaron embarcaciones enemigas rodeando los cayos tortugueros y las persiguieron, logrando detener varios ingleses que fueron interrogados: “…a las cuatro de la tarde volvió Morantes con cinco ingleses apresados, diciendo que al llegar con la lancha haciendo sus marcaciones a los callos tortugueros” (ABANCES, 1787, p. 334)
Los ingleses siguieron sus actividades comerciales y pesqueras, por eso para España era preciso tomar control de la Mosquitia y llegar a acuerdos de paz y de comercio con sus habitantes. Estas negociaciones se lograron, pero tenían un punto débil, derivado de la imposibilidad de proporcionar productos comercializado por británicos, por ello fue preciso contratar comerciantes ingleses. Desde 1787, el teniente coronel Gabriel de Hervías, comisionado para administrar los territorios, intentó mantener buenas y pacificas relaciones con sus pobladores, especialmente con los mosquitos, sin embargo, los problemas de desabastecimiento de productos importados por su legalización hacían las relaciones tensas (DAWSON, 1986, p. 43-63).
Para evitar el contrabando el gobernador acudió a tres comerciantes ingleses para que se quedaran como agentes comerciales en Black River, estos fueron Francis Meany, John Pitt, nieto de William y Robert Kaye, el objetivo era abastecer la costa con suministros ingleses (DAWSON, 1986). Más tarde en julio de 1786, el comerciante irlandés Colville Cairns, quien llevaba más de 25 años viviendo en el territorio fue autorizado para comprar hasta 12,000 pesos de bienes para llevar a la costa. Tras la muerte de Colville, con demoras y dificultades los productos encargados por Pitt, y Kaye llegaron entre 1794 y 1796 por un valor de 6.500 libras, entre estos se destacan “sierras, palas, azadones, limas, hachas, tazas, platillos, platos, hebillas, arcilla pipa, ollas, calicó y “chalecos de color blanco” (DAWSON, 1986, 57). Sin embargo, la llegada de los nuevos administradores españoles y la imposición de gravámenes a las importaciones, limitaba las posibilidades de que este territorio siguiera vinculado ampliamente a la economía global y la precariedad de abastecimientos dificultó la concordia y las relaciones entre los mosquitos y españoles augurando su ruptura.
Conclusiones
Las costas e islas del Caribe occidental pese a que en el siglo XVI y XVII no tuvieron una importancia estratégica para la geopolítica de la Monarquía Hispánica por carecer de metales preciosos, en el siglo XVIII, en el contexto de la rivalidad imperiales entre España, Gran Bretaña y Francia por la hegemonía de Europa occidental, este litoral caribeño provisto de grandes bosques y rico en recursos naturales, comenzó a adquirir valor en la cadena de suministros de productos naturales para Europa y sus mercados, especialmente por la expansión de nuevas demandas de productos naturales impulsada por el aumento de renovados consumos, impuestos por la industria textil inglesa, la utilización de plantas medicinales y el consumo de alimentos marinos.
El siglo XVIII representó un momento importante para la inclusión del Caribe occidental en las dinámicas de una economía más globalizada, los territorios ubicados en la Mosquitia hicieron parte importante de proyectos de conexión interoceánica entre el Caribe y el Pacífico en momentos en que los británicos expandía su control colonial en la India, también tejieron una red de comercio que involucró mercancías y gentes de diferentes nacionalidades en las transacciones económicas a desiguales escalas en el Caribe y el Atlántico, el norte de América, Europa del sur y del norte, Asia y África, productos de estos territorios estuvieron presentes de la mano de agentes comerciales, que fungieron de intermediarios, en el comercio americano, europeo y asiático, y con sus ganancias aumentaron los flujos de compra de productos industrializados europeos que se distribuyeron entre las poblaciones naturales, que forjaron nuevas formas de consumo y un creciente mercado, que por vía del comercio ilícito, logró permear los circuitos tradicionales de la América Hispana fracturando su monopolio.
En síntesis, en el siglo XVIII los asentamientos madereros de este litoral caribeño constituyeron una base para el desarrollo de redes comerciales que alimentaron los circuitos Atlánticos conexos al Pacífico y que con seguridad contribuyeron desde lo local a lo global, en otras palabras, a la expansión de la economía europea por los mercados asiáticos, pues sus maderas impulsaron, sus flotas mercantes y militares y su industria textil. No obstante, tras los acuerdos entre Inglaterra y España de 1783 y la nueva administración española, la conexión de estos territorios con la economía global se hizo vulnerable.
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Notes
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