Dossier. Historia industrial
Las vías occidental y oriental de la revolución industriosa y la plata americana
Western and Eastern Industrious Revolution Paths and the American Silver
Las vías occidental y oriental de la revolución industriosa y la plata americana
Revista tiempo&economía, vol. 7, núm. 2, pp. 62-89, 2020
Universidad de Bogotá Jorge Tadeo Lozano

Recepción: 06 Marzo 2020
Aprobación: 20 Mayo 2020
Publicación: 17 Junio 2020
Resumen: En las últimas décadas tomó forma en la historiografía de la historia económica asiática y occidental un nuevo consenso que registra intensificación del trabajo y del consumo, respectivamente. Estos procesos, denominados revolución industriosa, tuvieron lugar tanto en Asia del Este como en Europa en los siglos previos a la Revolución Industrial. Este artículo pretende mostrar la forma en que la plata americana incidió en ambos procesos, los cuales constituyeron el rasgo característico de la primera globalización. Para ello, se recurrirá al análisis de aportes actuales de la historia económica global.
Palabras clave: historia global de la plata, revolución industriosa, plata americana, edad moderna, historia económica.
Abstract: In the last decades, a new consensus has taken shape in the historiography of Asian and Western economic history regarding labor and consumption intensification, respectively. These processes, known as the industrious revolution, took place both in East Asia and Europe during the centuries prior to the Industrial Revolution. This article aims to show how American silver influenced both processes, establishing the characteristic features of the first globalization. For this, we will use the analysis of the current contributions of global economic history.
Keywords: Global silver history, industrious revolution, American silver, early modern history, economic history.
INTRODUCCIÓN
El artículo del historiador holandés Jan de Vries, The industrial revolution and the industrious revolution, publicado en 1994, introdujo y extendió en el campo de la historiografía de la historia moderna y de la historia económica occidental el concepto de “revolución industriosa”, con el cual de Vries cuestionó las propuestas explicativas más aceptadas sobre los orígenes de la Revolución Industrial y su rol en la modernización occidental. Sin embargo, el término no es de su autoría. Fue el historiador económico y demográfico japonés Akira Hayami quien lo acuñó en 1967 para dar cuenta del desarrollo del lado de la demanda que tuvo el trabajo intensivo de cultivo de arroz en el Japón Tokugawa, entre 1600 y1868 (Hayami, 1986).1 En la perspectiva del historiador nipón, los campesinos del período Tokugawa tuvieron una mejoría notable de los estándares de vida, acompañados del desarrollo de mercados de exportación e importación de sus productos.
En un artículo de 2007, otro historiador económico japonés, Kaoru Sugihara, identificó dos vías de la industrialización que se habrían desarrollado al mismo tiempo, pero con diferentes características: la “vía occidental” y la “vía oriental” (2007, p. 123).2 Años antes, Sugihara había señalado que ambas trayectorias tomaron diferente curso en el siglo XVII, sin tendencia a converger en los siglos posteriores (2004a, p. 6).
La existencia de ambas rutas de industrialización forma parte de un nuevo escenario historiográfico que emergió con fuerza en el siglo XXI. Su aceptación implicó la renuncia a los grandes relatos explicativos elaborados por la ciencia occidental durante los siglos XIX y XX; además del abandono de los enfoques teóricos clásicos que acompañaron a las grandes elaboraciones de la ciencia histórica.
El presente artículo se propone analizar los aportes explicativos de este nuevo consenso historiográfico. Se trata de hacer un estudio de conjunto que integre los aportes de la historiografía asiática y occidental en el estudio de los procesos de industrialización. A la par, se revisará el papel que jugó la plata americana en la dinámica económica de la primera globalización que desembocó en sendas experiencias industrializadoras.
EL “DESARROLLISMO” DESMORONADO Y LAS NUEVAS ESCRITURAS DE HISTORIA ECONÓMICA
Estos nuevos desarrollos de la historiografía de la historia moderna y de la historia económica global fueron impulsados por los aportes realizados por la denominada Escuela de California (California School), los cuales contribuyeron a socavar algunas de las sólidas bases sobre las que se asentó el relato de la “vía única europea” o del “milagro europeo”, sustento de las narrativas historiográficas elaboradas en los siglos XIX y XX.3}
Kenneth Pomeranz es uno de los representantes más sobresaliente de esta línea de investigación. Al igual que Roy Bin Wong (1997, p. 9-52), Pomeranz argumentó que, hasta 1800, China mantuvo índices muy semejantes a los alcanzados en ese tiempo por los europeos en materia de mercados, consumo y expectativas de vida. La divergencia en los desarrollos comenzó rápida y abruptamente en el siglo XIX (Pomeranz, 2000). Para el historiador económico norteamericano, Europa —en particular Inglaterra— contó con recursos ambientales que la favorecieron, tal como el carbón y la posibilidad de contar con tierras en las colonias de América del Norte, al tiempo que la urbanización había avanzado y la población había aumentado.
A partir de estos aportes, quedó claro en las exposiciones históricas escritas sobre el pasado económico de las sociedades que ya no había elementos para argumentar que la “gran divergencia” en los desarrollos entre Asia y Europa se habría originado en los tardíos tiempos medievales o en los tempranos tiempos modernos. Las nuevas perspectivas afirmaron la existencia de una gran divergencia en los desarrollos de Europa y Asia fechada durante los albores del siglo XIX y de pequeñas divergencias de nivel regional (little divergences) en estos grandes espacios continentales.
El concepto de pequeña divergencia fue introducido por Jan Luiten Van Zanden para abstraer el proceso de crecimiento en población, niveles de urbanización y salarios, que se concentró, entre los siglos XV y XVIII, en las regiones del Mar del Norte, las islas británicas y los Países Bajos (2009, p. 95).4
Indagaciones en el mismo sentido fueron llevadas para explicar las diferencias de los desarrollos en el Asia, sobre todo entre Japón, China e India (Saito, 2015). Estas investigaciones no solo arrojaron una mayor luz para consolidar las observaciones sobre la existencia de pequeñas divergencias regionales, sino que también aportaron para fortalecer el consenso de la gran divergencia.5
Tales contribuciones de la historia económica de la Edad Moderna encontraron respaldo en muchos de nuevos avances de la historiografía política del período en cuestión. Con el desarrollismo (developmentalism) desmoronado,6 los tiempos modernos dejaron de ser leídos como de “transición” o antesala a los tiempos contemporáneos y se desdibujó la función teleológica que los distintos modos de historiar del siglo pasado le habían asignado. Nuevos interrogantes vinieron a sumarse en el nuevo milenio. La realidad de un mundo multipolar y el ascenso contundente del Este Asiático en el contexto internacional del siglo XXI obligó a repreguntarse no solo la vía única europea, sino también por qué las sociedades del Asia oriental habrían podido dar este salto cualitativo y cuantitativo en el crecimiento económico observable en la segunda mitad del siglo XX.7
Regionalizar a Europa y a Asia se convirtió en un imperativo metodológico de las nuevas exposiciones históricas. Kenneth Pomeranz, el miembro más conspicuo de la Escuela de California, en su obra publicada en 2000, reafirmó la importancia del método comparativo para el estudio de la historia económica. Existe consenso entre los investigadores acerca de que el Regionalizar a Europa y a Asia se convirtió en un imperativo metodológico de las nuevas exposiciones históricas. Kenneth Pomeranz, el miembro más conspicuo de la Escuela de California, en su obra publicada en 2000, reafirmó la importancia del método comparativo para el estudio de la historia económica. Existe consenso entre los investigadores acerca de que el espacio que involucraba a Inglaterra y Holanda, en Europa, es susceptible de comparación con regiones diferenciadas de China y Japón, tal como la zona del Bajo Yangtsé,8 o como señala Kenneth Pomeranz, la provincia de Jiangsu.9 Ambos espacios, a la vez que manifiestan semejanzas en sus desarrollos hasta el siglo XVIII, difieren de las regiones de las grandes áreas de las cuales forman parte. Tal como expresa Stephen Broadberry, ello supone que una gran divergencia estaba ocurriendo entre Europa y Asia al mismo tiempo que las pequeñas divergencias acaecen en ambos continentes (2013, p. 5). Si las regiones del Mar del Norte lideraron dentro de Europa, en Asia ese papel estuvo a cargo de Japón (Broadberry, 2013, p. 11).

ASIA RECONSIDERADA
Kaoru Sugihara es quizás uno de los investigadores que más ha difundido en lengua inglesa la existencia de una vía oriental de la industrialización. Esta propuesta supera la estrechez de las fronteras nacionales para su formulación y se acoge dentro de las posibilidades explicativas e interpretativas que brinda la historia económica global.
La industrialización perdió esa especificidad inglesa, europea, o noratlántica que las respectivas historiografías afianzaron en los siglos XIX y XX, por cuanto, a partir de los estudios asiáticos, puede identificarse otro camino del fenómeno industrial, que Sugihara denominó como la “vía del Este Asiático”. Ambos procesos, en uno y otro lugar del planeta, desplegados en forma simultánea, contribuyeron a la creación del mundo global industrial de los siglos contemporáneos.
Estos nuevos asertos exigen modificar enfoques teóricos y conceptuales construidos en las dos centurias anteriores, caracterizados por una perspectiva eurocéntrica de análisis que en la mayoría de los casos desconoció al Asia, tanto en su potencialidad explicativa como en su naturaleza de espacio objeto de estudio.
Las proyecciones econométricas y los análisis demográficos que los especialistas desarrollaron demuestran que las regiones del Pacífico asiático gozaron de un gran dinamismo durante la Edad Moderna,10 tanto así que algunos identificaron un mundo asiacéntrico (Flynn & Giráldez, 1995).11
Porcelanas, especias, seda, marfil, te, muebles, abanicos, jade, perlas, muselinas, carpetas y calicós fueron los productos demandados por consumidores de Europa, América, África, y la propia Asia. China e India fueron los grandes talleres manufactureros del mundo renacentista hasta comienzos del siglo XIX.
Las investigaciones realizadas en las últimas décadas sobre la región del Bajo Yangtsé muestran que, entre 1550 y 1850, este aumento de la actividad industrial fue acompañado de un incremento de los rendimientos agrícolas. En ambos casos, la familia campesina fue protagonista (Saito, 2015). Este nuevo consenso que emergió en el marco de los estudios de historia económica asiática comenzó a derribar las viejas certezas historiográficas que habían construido la imagen de una China estancada y con caídas drásticas de los niveles de vida durante el período tardo imperial. Esta imagen, en su momento ampliamente compartida por los historiadores occidentales, fue fortalecida por sus contrapartes chinos del continente. Inmersos en el debate de los “brotes del capitalismo” chino (Sprouts of capitalism), entre las décadas de 1950, 1960 y 1980, reforzaron la concepción de una larga persistencia del feudalismo en el gigante asiático (Li, 2005, p. 68).
El ascenso de una economía de mercado durante la tardía dinastía Ming y la temprana Qing llamó la atención en las producciones historiográficas chinas continentales desde 1950. Sin embargo, lejos de considerarse un proceso histórico particular chino, fue explicado desde el convencimiento impulsado por el “desarrollismo” de la existencia de una única vía, la marcada por Europa. De este modo, el mercado se desvaneció del registro historiográfico (Von-Glahn, 1996, pp. 2 y 3).
Bozhong Li, ocupado en desafiar estas lecturas eurocéntricas de la historia de China y cuestionar el enfoque de los “brotes del capitalismo”, estudió la región de Jiangnan, un área geográfica que motorizó la economía imperial por más de un milenio.12 El historiador económico chino, en consonancia con otros estudiosos, advirtió que la lupa del crecimiento económico construida por la ciencia occidental no logró aprehender la realidad de esta región de Asia, por cuanto se trata una economía rural distinta que no registró las diferencias conocidas y conceptualizadas por la historiografía occidental entre ciudad y villa, entre campesino y obrero, hechos que son observables incluso desde el siglo XVI (Li, 2008, 313).13
Según estimaciones de Li, la población china aumentó 80 % entre 1620 y 1850, pasando de 20 a 36 millones de habitantes en estos 230 años. Durante este tiempo la urbanización se aceleró. También creció la industrialización rural, especialmente la textil, con la consecuente demanda de fuerza de trabajo. Hombres y mujeres, principalmente estas últimas, fueron atraídos por el impulso sostenido de la manufactura rural. Los hogares debieron recurrir a mano de obra estacional para cubrir las demandas de trabajo que la familia no satisfacía (Li, 2005, p. 57).
Las plantaciones de mora, algodón y de arroz se extendieron. Durante los años de la dinastía Ming ya se habían introducido lentamente adelantos tecnológicos en el proceso agrícola en toda la región, tales como la doble cosecha, el uso de fertilizantes, mejoras en los capullos de seda y en las semillas de mora, así como el uso de carbón para la cría y el devanado de los gusanos de seda (Li, 2005, pp. 58-65). El resultado de estos procesos fue una mejora sostenida de los niveles de vida, observable en el conjunto de la población de Jiangnan, en los salarios, en la alimentación. La ingesta de los “obreros campesinos/campesinos obreros” podía abarcar pescado, carne y tofu, acompañada de bebidas como té y vino, pero también de sustancias adictivas como azúcar, tabaco y opio.
La prosperidad se extendió más allá del Delta y pudo registrarse en regiones del interior del valle del Yangtsé. La ciudad de Jingdezhen, ubicada a 600 km de Shanghái, en dirección sureste, impuso a nivel global la medida de la belleza y de la ostentación al convertirse en el principal, aunque no único, centro manufacturero de porcelana que satisfizo a consumidores europeos, asiáticos, africanos y americanos (Gerritsen & McDowall, 2012).14 Michael Dillon, en 1976, afirmó que este impresionante desarrollo comenzó entre 1522 y 1566 y se expresó en una expansión de los mercados, así como en la extensión de una agricultura y artesanía cada vez más comerciales (Dillon, 1976).
Obsérvese que hasta mediados del siglo XVIII la gran mayoría de los productos manufacturados que circularon en el globo fueron de origen asiático, ya sea de China o la India. El índice y las estimaciones sobre los niveles de producción industrial elaborados por Paul Bairoch, a partir de los datos sobre el movimiento del monopolio comercial de la Compañía Británica de las Indias Orientales, fundan esta afirmación y los datos presentados en la figura 2.15

El mapa presentado en la figura 3, elaborado por Osamu Saito, cuya imagen se replica, abstrae la complejidad, dinámica y diversidad de la economía del Este Asiático, observables durante las últimas décadas de la dinastía Ming, que coincidieron con la presencia de los europeos en la región.

Esta condición de taller manufacturero global fue autorreconocida por la propia dinastía Qing. Dos siglos después, en 1793, el emperador Qianglong, en respuesta a la solicitud de aceptar un representante en la Corte china, realizada por el embajador George Macartney, expresó en una carta dirigida al rey británico Jorge III:
Tú, oh Rey, vives más allá de los confines de muchos mares, sin embargo, impulsado por tu humilde deseo de participar de los beneficios de nuestra civilización, has enviado una misión que respeta que acarrea tu memoria. Tu Enviado ha cruzado los mares y ha presentado sus respetos en mi Corte en el aniversario de mi cumpleaños. Para mostrar su devoción, también ha enviado ofertas de los productos de su país…
La majestuosa virtud de nuestra dinastía ha penetrado en todos los países bajo el cielo, y los reyes de todas las naciones han ofrecido su costoso tributo por tierra y mar. Como su Embajador puede ver por sí mismo, poseemos todas las cosas. No pongo ningún valor en los objetos extraños o ingeniosos, y no tengo ningún uso para las manufacturas de su país. Esta es mi respuesta a su solicitud de designar un representante en mi Corte, una solicitud contraria a nuestro uso dinástico, que solo resultaría en un inconveniente para usted (Internet Modern History Sourcebook, s/f).16
Entre los años 1500 y 1820, la mayor parte del bruto (PB) mundial provino de Asia, particularmente de China e India. Angus Maddison proyectó que para 1820 el continente asiático todavía contribuía con el 52 % del PB, del cual un 29 % correspondió a China y un 16 % a India. Asia también fue entre esos siglos el continente más populoso (Maddison, 2004).17
Antes de iniciada la primera globalización, en 1500, las cifras de los pobladores de Asia rondaron entre 200 y 225 millones. Alrededor de 1650 este continente contó con cerca de 300 millones de habitantes, en un mundo poblado aproximadamente por 500 millones de personas. Cien años después, el número de personas que habitaron el continente asiático habría crecido a 700 millones.
Las cifras proporcionadas por los demógrafos e historiadores indican que de las zonas de Asia, Japón fue la que creció más rápidamente entre 1500 y 1700. Hayami Akira, en el artículo citado en páginas anteriores, señaló una tasa de crecimiento entre 0,8 y 1,3 % por año. En cuanto al Sudeste de Asia, los estudiosos coinciden que su movimiento habría sido más lento entre 1600 y 1800, a una tasa de crecimiento de la población por año que no habría excedido 0,2 %. Este ascenso sostenido de la población fue acompañado del crecimiento de algunas ciudades y la desaparición de otras (Subrahmanyam, 2012, p. 12).
Los estándares de vida también forman parte de la nueva agenda que pone en discusión el retraso asiático y el ascenso europeo durante la edad moderna. El ascenso sostenido del producto bruto y de las poblaciones alertan a revisar los enfoques clásicos sobre Asia18 y considerar un dinamismo asiático en los tiempos modernos, lo cual obliga a desandar esa imagen de un continente asiático estático recluido en sí mismo frente a dinámicas potencias europeas.
LA VÍA ORIENTAL DE LA REVOLUCIÓN INDUSTRIOSA
Hasta ahora, las perspectivas occidentales se detuvieron en la importancia que tiene el capital sobre el trabajo o la producción sobre la demanda o el consumo para ofrecer el gran esquema explicativo del desarrollo. Se construyó una narrativa dominante de la industrialización, del crecimiento económico y de su difusión global.
Este relato dominante sostuvo que, a partir de la Revolución Industrial inglesa, Gran Bretaña se convirtió en el taller del mundo durante el siglo XIX y que los demás países iniciaban este camino de industrialización o se especializaban en la exportación de materias primas. Aceleradamente, durante la segunda mitad del siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX, algunas regiones del Viejo y del Nuevo Mundo alcanzaron la industrialización, ya sea por la incorporación de las nuevas tecnologías, la introducción de capital mediante maquinarias o de trabajo por medio de mano de obra importada vía la inmigración, en algunos de los casos.
Estudios recientes consideran que el factor trabajo se minusvaloró en el análisis del crecimiento económico, a la par que se lo consideró como una variable abundante, homogénea y desechable en la etapa inicial del desarrollo económico. De este modo, el trabajo como capital humano no fue importante para los estudios de la etapa inicial del fenómeno industrial.
La historiografía económica asiática, particularmente la japonesa, se ocupó de realizar un camino investigativo inverso y valorizar el factor trabajo en toda su complejidad. Con estas preocupaciones pudo identificarse una segunda vía de industrialización caracterizada por el trabajo intensivo. Para Kaoru Sugihara (2007), esta vía fue más dinámica en la difusión de la industrialización a nivel global, se desarrolló primero en Japón y luego en los demás países asiáticos.
Estos nuevos aportes de la historiografía económica pusieron en cuestionamiento al relato occidental dominante elaborado para explicar la industrialización japonesa. Recuérdese que, con énfasis en el capital, el proceso industrialización nipón había sido situado a partir de la Restauración Meiji en 1868, la apertura de la isla al comercio mundial en 1859 y la consecuente adscripción a las instituciones capitalistas occidentales. El Japón previo, también conocido como la etapa Tokugawa, era descrito sin comercio exterior, abocado a la producción de textiles, cerámica, lacas, cobre, papel, cera, té, tinta, abanicos, paraguas, velas, carbón, sake, frijol, bambú, algas marinas y medicinas tradicionales, con la mayoría de los edificios de madera, donde los vehículos de ruedas eran poco comunes (Sugihara, 2007).
Akira Hayami y Thomas Smith contribuyeron, de modo temprano, con sus obras a un mejor conocimiento de la economía y sociedad japonesa en los siglos previos a la Restauración Meiji. Ambos, sin salirse de la narrativa dominante de la industrialización occidental, coinciden en que Japón y Europa Occidental experimentaron un incremento de la actividad industrial y comercial durante la Edad Moderna que devino en una mejora sostenida de los ingresos per cápita. Este crecimiento identificado en la centuria previa o inmediatamente antes de la Revolución industrial fue denominado por Smith como “crecimiento premoderno” (1989, p. 15). Las estimaciones de Osamu Saito y Masanori Takashima del PB per cápita confirman estas aseveraciones (tabla 1).

Este aumento sostenido del PB de Japón fue acompañado por un progresivo crecimiento de la población. Entre 1600 y 1700 la población se duplicó y alcanzó la cifra de 27,7 millones de habitantes. Durante un siglo y medio su evolución fue sostenida y lenta. En 1730 se registró una disminución de 2 millones de personas, número que recién se recuperó a mediados del siglo XIX (tabla 2).
Akira Hayami diferenció la trayectoria socioeconómica del Japón Tokugawa (1603-1868) de la tendencia occidental y, específicamente, de la acaecida en suelo inglés. A la primera, a efectos de distinguirla de la segunda por sus características particulares, la denominó “revolución industriosa”.
Smith, al igual que su colega japonés, observó diferencias en las trayectorias de ambas regiones, sobre todo respecto del crecimiento urbano. El crecimiento premoderno en Europa occidental estuvo acompañado de una intensa urbanización. En cambio, el Japón Tokugawa perdió ciudades y población en los centros urbanos. Esta característica le permitió al historiador norteamericano diferenciar dos patrones de crecimiento moderno: uno urbano céntrico (el europeo) y otro rural céntrico (el nipón) (Li, 2008; Saito, 2005; Smith, 1973; Saito, 2005; Li, 2008).
El dinamismo demográfico y comercial del Japón Tokugawa descrito por estos dos historiadores fue compartido por estudiosos posteriores. Osamu Saito dató los inicios del crecimiento demográfico mucho antes de 1603, año en que los Tokugawa asumieron el poder y llegó a su fin el largo período caracterizado por los señores de la guerra. Sin embargo, este autor reconoce que el aumento sustancial de la población se dio en el siglo XVII, a la cual definió como una centuria de expansión pero no de crecimiento fuerte en términos de ingreso per cápita (Saito, 2005).
Estas contribuciones de la historiografía asiática objetan la conceptualización de “aislamiento” con la que se caracterizó la experiencia del Japón Tokugawa, la cual, según la interpretación tradicional, se habría visto interrumpida con el arribo a la isla del comodoro estadounidense Matthew Perry en julio 1853, la consecuente firma del Tratado de Paz y Amistad en 1854 y la apertura de los puertos de Nagasaki, Shimoda y Hakodate para satisfacer los intereses de los balleneros norteamericanos.
A diferencia de Broadberry y Sugihara, otros estudios proponen entender que Japón estuvo integrado, en la mayor parte de su historia y también durante el período Tokugawa, a la civilización del Este Asiático, cuyo centro fue China. La propuesta de Takeshi Hamashita, entre otros, consiste en explicar el crecimiento del Japón premoderno desde un enfoque intra asiático a partir de su imbricación en un sistema de relaciones de tributo y comercio (Hamashita, 2017).
Los portugueses y españoles que arribaron al Asia se integraron a una red comercial existente. El siglo XVI, además de un aumento demográfico, registró un florecimiento del comercio marítimo asiático, en el cual los comerciantes portugueses y luego los holandeses jugaron un rol decisivo en la nueva era que se abrió. Los locales asiáticos (chinos, indios y japoneses) respondieron a las oportunidades creadas con un incremento de los volúmenes comercializables. Japón, al igual que América del Sur y América Central, asistió a un boom de la minería de plata y fue un competidor, aunque de baja escala, de las minas de los virreinatos establecidos por la monarquía hispánica. Desde ambos lados del Pacífico se satisfizo la frenética demanda de una economía voraz en plata, que la dinastía Ming había generado en China.
LA PLATA: EL MOTOR ECONÓMICO DE LOS DERROTEROS INDUSTRIOSOS ASIÁTICO Y EUROPEO
Ambos rumbos industriosos, el occidental y el oriental, recibieron el impulso que le dio a la economía global la plata americana durante la primera globalización. Esta aseveración cobró mayor envergadura con las investigaciones de historia económica global desarrolladas a partir de la década de 1990. Dennis Flynn y Arturo Giráldez afirmaron un nuevo consenso historiográfico que propone entender a China como una bomba succionadora de la plata global (Flynn & Giráldez, 1995; Flynn, 2015).
A comienzos del siglo XV la dinastía Ming enfrentó una crisis fiscal que la obligó a revertir las políticas monetarias anteriores y comenzar a convertir la mayor parte de los pagos tributarios a plata (Von-Glahn, 2012).20 Se impuso un rechazo por las antiguas monedas, tales como bronce, arroz, cobre o papel, y la población se inclinó por la plata en lingote, impermeable a las manipulaciones imperiales pero con capacidad de actuar como reserva de valor, medida de valor y medio de intercambio (Ming, 2017; Von-Glahn, 1996). Además, entre 1572 y 1582 se instituyeron una serie de reformas. Entre ellas, la más importante fue la del “Látigo Único”, que consistió en la conmutación a plata de todos los tributos y obligaciones de trabajo (De-Vito & Gerritsen, 2017, pp. 129-130).
Por diferentes rutas, por dos centurias drenó hacia China la riqueza argentífera de las minas recién descubiertas en Europa central, pero también en la Europa Oriental, controladas recientemente por los otomanos, de las flamantes minas japonesas de Iwami y Sado, que explotaron en producción de plata a partir de 1530, y de los yacimientos de plata que la Monarquía Hispánica se hizo a partir de la conquista del Nuevo Mundo.
Zacatecas y Guanajuato, en el actual México, y Potosí, en la actual Bolivia, fueron los principales centros mineros desde donde fluyó el metal al mundo. Los estudiosos coinciden en que el 85 % de la plata que circuló en el globo entre 1500 y 1800 provino de América (Barrett, 1993, p. 224; Tepaske, 2010, p. 313). Es pertinente mencionar que no todo el metal era registrado. Al respecto, Stanley y Bárbara Stein señalan que durante la segunda mitad del siglo XVI la mitad de la plata americana que arribó a la península ibérica había pasado por los registros que la Monarquía hispánica dispuso para tal fin (Stein & Stein, 2000, 92).21 La elusión de la fiscalización regia tuvo lugar tanto en el Pacífico como en el Atlántico.
En los últimos años tuvieron lugar acciones investigativas para cuantificar la circulación de plata en el mundo con renovadas metodologías. Los datos analizados indican que la producción y circulación del metal en el globo creció progresiva y sostenidamente entre 1403 y 1903. Los siglos que ocupan a este artículo se caracterizaron por un crecimiento sostenido lento, el cual se acelerará en la segunda mitad del siglo XIX. Mientras que en 1700 un habitante del planeta contaba con 22 gramos de plata en su haber, dos centurias después esa suma se cuadriplicó. La población creció a razón de 0,45 % y la producción de plata lo hizo a 0,7 % por año (Manning et al., 2017, pp. 9-11).
Soportados en las cifras de Ward Barrett, Nuno Palma y Andrés Silva realizan una aproximación de la plata americana que circuló vía Europa y vía del Pacífico entre 1501 y 1800. Estos autores establecen que de las 267.000 toneladas de plata producidas en América, 194.750 arribaron a Europa y 72.250 fluyeron hacia Asia vía el Pacífico indiano22 (Palma & Silva, 2017, p. 9; Bonialian & Hausberger, 2018). Los autores demuestran que sin los metales preciosos americanos el comercio euroasiático habría sido imposible en la escala observada. El uso del modelo general de equilibrio les permite también proyectar y aseverar que fueron los metales preciosos americanos los que elevaron las compras europeas en Asia seis veces.
La plata americana no solo alimentó el comercio del Sudeste asiático vía Manila. Desde Europa circuló de Sevilla a Goa, de Amberes por el Cabo de Buena Esperanza, de Venecia al imperio otomano. Los cálculos de Palma y Silva indican que entre 1501 y 1800, 120.750 toneladas de plata habrían salido desde Europa con destino al Este Asiático (Palma & Silva, 2017). Por su parte, Kenneth Pomeranz expresa que las minas americanas pagaron el 90 % de las importaciones europeas de productos asiáticos (Pomeranz, 2000, p. 159).
Los escritos del inglés Richard Hakluyts revelan el rol de la plata en el comercio de los comienzos de la primera globalización.23 Hakluyts, con base en los reportes de Henry Hawks —un inglés españolizado, casado con una española que estuvo en México entre 1567 y 1571— situó la descripción en 1568 (Taylor, 2017). En uno de los hechos relatados, Hawks se refirió sobre las “buscadas y encontradas Islas Salomón en el Mar del Sur”. Tres años antes de la fundación de la ciudad de Manila y tres cuarto siglo después de que Cristóbal Colón pisó suelo americano por primera vez, las tierras de China eran reconocidas como el lugar donde se podía ser maravillosamente ricos. De allí provenían las finas piezas de plata y tazas por las cuales todo hombre daría su peso en plata.
They have in this port of Navidad ordinarly their ships which goe to the Islands of China, which are certaine Islands which they have found within 7 yeeres. They have brought from thence gold, and much Cinamom, and dishes of earth, and cups of the same, so fine, that every man that may have a peece of them, will give the weight of silver for it (Taylor, 2017).
La plata americana aseguró a habitantes del Viejo Mundo y el Nuevo Mundo la adquisición de los preciados bienes del Oriente. En 1582, Acapulco fue designado oficialmente como la puerta de entrada de los Galeones. Una vez que los productos estaban en tierra eran transportados en mulas a la Ciudad de México, distribuidos por el interior americano, después al puerto de Veracruz y de allí a los mercados europeos.24 Hacia el interior americano la introducción legal de los bienes adquiridos se dio hasta 1604, fecha en que la Corona española prohibió el paso de las mercancías orientales al Virreinato del Perú.
La manufactura asiática comprada con la plata extraída de las minas americanas viajaba por el Atlántico junto con las remesas del metal de la Corona y de los particulares. Sorteados los peligros de la navegación de ultramar y los piratas, el quinto real25 y la plata de los particulares llegaba al complejo Sevilla-Cádiz en moneda acuñada y en barras de veinte o más kilos. Las maniobras fraudulentas, como escatimar el quinto real, falsear la ley de plata o introducir metal sin registrar, acompañaron el derrotero trasatlántico (Vilaplana-Persiva, 1997, pp. 12-13). Comenta el historiador Antonio Domínguez Ortiz que la mayor parte de las barras se acuñaron en la ceca de Sevilla y se labró mayoritariamente en reales de a ocho debido a la urgencia de los mercaderes de contar con el dinero esperado. Este autor explica que el éxito planetario del real de a ocho obedeció a que los gobiernos españoles solo hicieron discretas devaluaciones de sus monedas de plata (1997, p. 14). Según Vilaplana, después de las pragmáticas de 1566, el real de a ocho se convirtió en la moneda española por excelencia, una moneda gruesa propia para ser empleada como medio de pago en las transacciones internacionales (1997, p. 49).
El metal americano no tuvo como único destino la acuñación de monedas. Los objetos de plata tuvieron varios usos sociales, ostentar fue uno de ellos, pero el otro fue evadir con mayor facilidad el quinto real. El barón de la Vega de Hoz, Enrique Leguina y Vidal a fines del siglo XIX, a la par que acusó a la plata americana de la decadencia del arte en España, dejó en sus escritos un registro de los innumerables objetos en los que “fue frecuente el empleo de la plata” (De Leguina y Vidal, 1894, p. 119). Recuperamos aquí solo un recuerdo de la condesa de D’Aulnoy quien en 1679 afirmó:
No pasa un domingo sin que se iluminen con más de cien velas los altares que en todas las iglesias de Madrid están atestados de plata. En ciertos días de gran solemnidad, formamos jardinillos de césped con surtidores que se derraman sobre fuentes de plata, de mármol ó de pórfico… Nunca se hace uso de vajillas estañadas, solamente las de plata y porcelana sirven en las mesas (pp. 13-14).
Estudios realizados sobre isótopos de plata para rastrear el origen y la circulación de la moneda indican que la plata de origen europeo dominó las monedas españolas hasta el reinado de Felipe III. Ocho décadas después, la masa monetaria circulante en el Viejo Mundo fue labrada con plata de origen mexicano (Desaulty et al., 2011). Estas investigaciones geológicas respaldan los datos brindados por la historia económica cuantitativa.
El peso del real de a ocho acuñado en las cecas americanas se convirtió en el principal producto de exportación de los virreinatos de Nueva España y Perú. China fue su mercado primordial, lo cual deja claro el procurador general de la islas Filipinas, Juan Grav y Monfalcon, al justificar la conservación del comercio de las mencionadas islas: “… que folo pueden vfar los de Filipinas del comercio de la China; porque para folo efte tienen fuftancia, pafandole á Nueua-Efpaña, y retornado della plata con que sustentarle, por no auer otro genero, que los Chinos apetezcan , según se prueba…” [sic] (Grau & Monfalcón, 1640, p. 11).
Los pesos de plata salieron de las costas del océano Pacífico americano para solventar los gastos administrativos, eclesiásticos y militares de la Gobernación de Filipinas. Los particulares también remitieron moneda acuñada a efectos de cubrir las necesidades mercantiles. El situado de Filipinas, esta remesa de plata acuñada y luego aspirada por China, obliga a interrogarse sobre si el real de a ocho circuló como moneda o como mercancía durante los siglos de la edad moderna (Irigoin, 2018, p. 8).
Las respuestas dependen desde dónde se observan los movimientos globales en este mundo policéntrico y conectado sin potencias hegemónicas que se distingan (Bentley et al., 2015 p. 7). Si el punto de observación es la monarquía hispánica, el peso real de a ocho forma parte de un amplio y complejo sistema monetario que se extiende, incide y participa en el espacio de las demás coronas europeas y sus dominios. Si es China y el sistema tributario que integra el lugar desde dónde se miran los procesos, el peso real de a ocho y las demás monedas de plata acuñadas en las cecas españolas circularon como mercancía en un momento en que la reforma fiscal impone la platificación de la economía imperial.
De modo paradójico, aunque la plata americana escasamente incidió en el antiguo y complicado sistema monetario del Celeste Imperio, sí intervino ampliamente en su producción manufacturera orientada a satisfacer los nuevos gustos globales de los consumidores de los dominios de las monarquías europeas y no solo ellos.26
Una gran cantidad de trabajadores de Jingdezhen se vieron en la empresa de manufacturar porcelanas finas para la elite imperial, de mediana calidad para su distribución regional y de baja calidad para el consumo local. Así mismo, fabricaron objetos con formas, diseños y usos totalmente novedosos dirigidos para el consumo intensificado que posibilitó la plata americana a ambos lados del Atlántico (De-Vito & Gerritsen, 2017, p. 126). Casi como una cinta de montaje, los batallones de trabajadores se dedicaron unos a amasar la arcilla, otros a moldearla, esmaltarla, picar leña, preparar los hornos y empacar los objetos. Anne Gerritsen afirma que cada una de las tareas estaba claramente separada de las otras, y un conjunto de supervisores aseguraban que el trabajo sea realizado en el tiempo previsto (p. 132).
La porcelana japonesa también tuvo destinos semejantes a la porcelana china, aunque una menor presencia. Nuevas investigaciones constatan la presencia de objetos nipones, tales como porcelanas, laca y tejidos, en los palacios de Felipe V e Isabel de Farnesio en la primera década del siglo XVIII. Los artículos generalmente se destinaron al adorno y menaje de dormitorios, gabinetes y espacios privados (Noblett & López, 2018). Estudios arqueológicos ilustran la exportación difusión de la porcelana Arita de origen japonés hacia América (Kimura, 2019).
A MODO DE CIERRE
Los aportes de la historiografía de la historia económica occidental y asiática están generando nuevos consensos que obligan a revisar los relatos explicativos elaborados por la historia económica durante los últimos doscientos años. La perspectiva abierta por Akira Hayami y Jan de Vries sobre procesos de industrialización industriosos guiados por la intensificación del trabajo y del consumo, tanto en el Este Asiático como en Europa, encuentra un soporte explicativo en el enorme drenaje de la plata americana.
Este flujo del metal americano por casi tres centurias coincidió con el proceso de platificación de la economía de la tardía dinastía Ming y los comienzos de la Quing, tras la reforma fiscal del Látigo Único. Mientras que en Europa la plata americana posibilitó una intensificación del consumo de bienes asiáticos, en Asia la demanda de los bienes produjo una intensificación del trabajo para manufacturar los productos destinados al comercio de exportación.
En este mundo global, con centros de producción de plata, centros de consumo de bienes y de manufactura de productos, la plata americana circuló como parte de un sistema monetario complejo y amplio, pero también como mercancía.
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Notas