Dossier. Historia industrial

Las vías occidental y oriental de la revolución industriosa y la plata americana

Western and Eastern Industrious Revolution Paths and the American Silver

María Fernanda Justiniano
Universidad Nacional de Salta, Argentina

Las vías occidental y oriental de la revolución industriosa y la plata americana

Revista tiempo&economía, vol. 7, núm. 2, pp. 62-89, 2020

Universidad de Bogotá Jorge Tadeo Lozano

Recepción: 06 Marzo 2020

Aprobación: 20 Mayo 2020

Publicación: 17 Junio 2020

Resumen: En las últimas décadas tomó forma en la historiografía de la historia económica asiática y occidental un nuevo consenso que registra intensificación del trabajo y del consumo, respectivamente. Estos procesos, denominados revolución industriosa, tuvieron lugar tanto en Asia del Este como en Europa en los siglos previos a la Revolución Industrial. Este artículo pretende mostrar la forma en que la plata americana incidió en ambos procesos, los cuales constituyeron el rasgo característico de la primera globalización. Para ello, se recurrirá al análisis de aportes actuales de la historia económica global.

Palabras clave: historia global de la plata, revolución industriosa, plata americana, edad moderna, historia económica.

Abstract: In the last decades, a new consensus has taken shape in the historiography of Asian and Western economic history regarding labor and consumption intensification, respectively. These processes, known as the industrious revolution, took place both in East Asia and Europe during the centuries prior to the Industrial Revolution. This article aims to show how American silver influenced both processes, establishing the characteristic features of the first globalization. For this, we will use the analysis of the current contributions of global economic history.

Keywords: Global silver history, industrious revolution, American silver, early modern history, economic history.

INTRODUCCIÓN

El artículo del historiador holandés Jan de Vries, The industrial revolu­tion and the industrious revolution, publicado en 1994, introdujo y extendió en el campo de la historiografía de la historia moderna y de la historia eco­nómica occidental el concepto de “revolución industriosa”, con el cual de Vries cuestionó las propuestas explicativas más aceptadas sobre los oríge­nes de la Revolución Industrial y su rol en la modernización occidental. Sin embargo, el término no es de su autoría. Fue el historiador económico y demográfico japonés Akira Hayami quien lo acuñó en 1967 para dar cuenta del desarrollo del lado de la demanda que tuvo el trabajo intensivo de cul­tivo de arroz en el Japón Tokugawa, entre 1600 y1868 (Hayami, 1986).1 En la perspectiva del historiador nipón, los campesinos del período Tokugawa tuvieron una mejoría notable de los estándares de vida, acompañados del desarrollo de mercados de exportación e importación de sus productos.

En un artículo de 2007, otro historiador económico japonés, Kaoru Su­gihara, identificó dos vías de la industrialización que se habrían desarrolla­do al mismo tiempo, pero con diferentes características: la “vía occidental” y la “vía oriental” (2007, p. 123).2 Años antes, Sugihara había señalado que ambas trayectorias tomaron diferente curso en el siglo XVII, sin tendencia a converger en los siglos posteriores (2004a, p. 6).

La existencia de ambas rutas de industrialización forma parte de un nuevo escenario historiográfico que emergió con fuerza en el siglo XXI. Su aceptación implicó la renuncia a los grandes relatos explicativos elaborados por la ciencia occidental durante los siglos XIX y XX; además del abandono de los enfoques teóricos clásicos que acompañaron a las grandes elabora­ciones de la ciencia histórica.

El presente artículo se propone analizar los aportes explicativos de este nuevo consenso historiográfico. Se trata de hacer un estudio de conjunto que integre los aportes de la historiografía asiática y occidental en el estudio de los procesos de industrialización. A la par, se revisará el papel que jugó la plata americana en la dinámica económica de la primera globalización que desembocó en sendas experiencias industrializadoras.

EL “DESARROLLISMO” DESMORONADO Y LAS NUEVAS ESCRITURAS DE HISTORIA ECONÓMICA

Estos nuevos desarrollos de la historiografía de la historia moderna y de la historia económica global fueron impulsados por los aportes realiza­dos por la denominada Escuela de California (California School), los cua­les contribuyeron a socavar algunas de las sólidas bases sobre las que se asentó el relato de la “vía única europea” o del “milagro europeo”, sustento de las narrativas historiográficas elaboradas en los siglos XIX y XX.3}

Kenneth Pomeranz es uno de los representantes más sobresaliente de esta línea de investigación. Al igual que Roy Bin Wong (1997, p. 9-52), Pomeranz argumentó que, hasta 1800, China mantuvo índices muy se­mejantes a los alcanzados en ese tiempo por los europeos en materia de mercados, consumo y expectativas de vida. La divergencia en los desa­rrollos comenzó rápida y abruptamente en el siglo XIX (Pomeranz, 2000). Para el historiador económico norteamericano, Europa —en particular In­glaterra— contó con recursos ambientales que la favorecieron, tal como el carbón y la posibilidad de contar con tierras en las colonias de Améri­ca del Norte, al tiempo que la urbanización había avanzado y la pobla­ción había aumentado.

A partir de estos aportes, quedó claro en las exposiciones históricas escritas sobre el pasado económico de las sociedades que ya no había elementos para argumentar que la “gran divergencia” en los desarrollos entre Asia y Europa se habría originado en los tardíos tiempos medievales o en los tempranos tiempos modernos. Las nuevas perspectivas afirmaron la existencia de una gran divergencia en los desarrollos de Europa y Asia fechada durante los albores del siglo XIX y de pequeñas divergencias de nivel regional (little divergences) en estos grandes espacios continentales.

El concepto de pequeña divergencia fue introducido por Jan Luiten Van Zanden para abstraer el proceso de crecimiento en población, ni­veles de urbanización y salarios, que se concentró, entre los siglos XV y XVIII, en las regiones del Mar del Norte, las islas británicas y los Países Ba­jos (2009, p. 95).4

Indagaciones en el mismo sentido fueron llevadas para explicar las diferencias de los desarrollos en el Asia, sobre todo entre Japón, China e India (Saito, 2015). Estas investigaciones no solo arrojaron una mayor luz para consolidar las observaciones sobre la existencia de pequeñas diver­gencias regionales, sino que también aportaron para fortalecer el consenso de la gran divergencia.5

Tales contribuciones de la historia económica de la Edad Moderna encontraron respaldo en muchos de nuevos avances de la historiografía política del período en cuestión. Con el desarrollismo (developmentalism) desmoronado,6 los tiempos modernos dejaron de ser leídos como de “tran­sición” o antesala a los tiempos contemporáneos y se desdibujó la función teleológica que los distintos modos de historiar del siglo pasado le habían asignado. Nuevos interrogantes vinieron a sumarse en el nuevo milenio. La realidad de un mundo multipolar y el ascenso contundente del Este Asiático en el contexto internacional del siglo XXI obligó a repreguntarse no solo la vía única europea, sino también por qué las sociedades del Asia oriental habrían podido dar este salto cualitativo y cuantitativo en el crecimiento económico observable en la segunda mitad del siglo XX.7

Regionalizar a Europa y a Asia se convirtió en un imperativo metodoló­gico de las nuevas exposiciones históricas. Kenneth Pomeranz, el miembro más conspicuo de la Escuela de California, en su obra publicada en 2000, reafirmó la importancia del método comparativo para el estudio de la his­toria económica. Existe consenso entre los investigadores acerca de que el Regionalizar a Europa y a Asia se convirtió en un imperativo metodoló­gico de las nuevas exposiciones históricas. Kenneth Pomeranz, el miembro más conspicuo de la Escuela de California, en su obra publicada en 2000, reafirmó la importancia del método comparativo para el estudio de la his­toria económica. Existe consenso entre los investigadores acerca de que el espacio que involucraba a Inglaterra y Holanda, en Europa, es susceptible de comparación con regiones diferenciadas de China y Japón, tal como la zona del Bajo Yangtsé,8 o como señala Kenneth Pomeranz, la provincia de Jiangsu.9 Ambos espacios, a la vez que manifiestan semejanzas en sus desa­rrollos hasta el siglo XVIII, difieren de las regiones de las grandes áreas de las cuales forman parte. Tal como expresa Stephen Broadberry, ello supo­ne que una gran divergencia estaba ocurriendo entre Europa y Asia al mis­mo tiempo que las pequeñas divergencias acaecen en ambos continentes (2013, p. 5). Si las regiones del Mar del Norte lideraron dentro de Europa, en Asia ese papel estuvo a cargo de Japón (Broadberry, 2013, p. 11).

Macrorregiones fisiográficas de China según William Skinner: El Bajo Yangtsé
Figura 1
Macrorregiones fisiográficas de China según William Skinner: El Bajo Yangtsé
Fuente: tomado de Esherick, Joseph y Backus-Rankin (1990).

ASIA RECONSIDERADA

Kaoru Sugihara es quizás uno de los investigadores que más ha difun­dido en lengua inglesa la existencia de una vía oriental de la industrializa­ción. Esta propuesta supera la estrechez de las fronteras nacionales para su formulación y se acoge dentro de las posibilidades explicativas e interpreta­tivas que brinda la historia económica global.

La industrialización perdió esa especificidad inglesa, europea, o norat­lántica que las respectivas historiografías afianzaron en los siglos XIX y XX, por cuanto, a partir de los estudios asiáticos, puede identificarse otro cami­no del fenómeno industrial, que Sugihara denominó como la “vía del Este Asiático”. Ambos procesos, en uno y otro lugar del planeta, desplegados en forma simultánea, contribuyeron a la creación del mundo global industrial de los siglos contemporáneos.

Estos nuevos asertos exigen modificar enfoques teóricos y conceptua­les construidos en las dos centurias anteriores, caracterizados por una pers­pectiva eurocéntrica de análisis que en la mayoría de los casos desconoció al Asia, tanto en su potencialidad explicativa como en su naturaleza de es­pacio objeto de estudio.

Las proyecciones econométricas y los análisis demográficos que los es­pecialistas desarrollaron demuestran que las regiones del Pacífico asiático gozaron de un gran dinamismo durante la Edad Moderna,10 tanto así que algunos identificaron un mundo asiacéntrico (Flynn & Giráldez, 1995).11

Porcelanas, especias, seda, marfil, te, muebles, abanicos, jade, perlas, muselinas, carpetas y calicós fueron los productos demandados por consu­midores de Europa, América, África, y la propia Asia. China e India fueron los grandes talleres manufactureros del mundo renacentista hasta comienzos del siglo XIX.

Las investigaciones realizadas en las últimas décadas sobre la región del Bajo Yangtsé muestran que, entre 1550 y 1850, este aumento de la ac­tividad industrial fue acompañado de un incremento de los rendimientos agrícolas. En ambos casos, la familia campesina fue protagonista (Saito, 2015). Este nuevo consenso que emergió en el marco de los estudios de historia económica asiática comenzó a derribar las viejas certezas histo­riográficas que habían construido la imagen de una China estancada y con caídas drásticas de los niveles de vida durante el período tardo im­perial. Esta imagen, en su momento ampliamente compartida por los his­toriadores occidentales, fue fortalecida por sus contrapartes chinos del continente. Inmersos en el debate de los “brotes del capitalismo” chino (Sprouts of capitalism), entre las décadas de 1950, 1960 y 1980, reforzaron la concepción de una larga persistencia del feudalismo en el gigante asiá­tico (Li, 2005, p. 68).

El ascenso de una economía de mercado durante la tardía dinastía Ming y la temprana Qing llamó la atención en las producciones historio­gráficas chinas continentales desde 1950. Sin embargo, lejos de conside­rarse un proceso histórico particular chino, fue explicado desde el conven­cimiento impulsado por el “desarrollismo” de la existencia de una única vía, la marcada por Europa. De este modo, el mercado se desvaneció del registro historiográfico (Von-Glahn, 1996, pp. 2 y 3).

Bozhong Li, ocupado en desafiar estas lecturas eurocéntricas de la historia de China y cuestionar el enfoque de los “brotes del capitalismo”, estudió la región de Jiangnan, un área geográfica que motorizó la eco­nomía imperial por más de un milenio.12 El historiador económico chino, en consonancia con otros estudiosos, advirtió que la lupa del crecimiento económico construida por la ciencia occidental no logró aprehender la realidad de esta región de Asia, por cuanto se trata una economía rural distinta que no registró las diferencias conocidas y conceptualizadas por la historiografía occidental entre ciudad y villa, entre campesino y obrero, hechos que son observables incluso desde el siglo XVI (Li, 2008, 313).13

Según estimaciones de Li, la población china aumentó 80 % entre 1620 y 1850, pasando de 20 a 36 millones de habitantes en estos 230 años. Durante este tiempo la urbanización se aceleró. También creció la indus­trialización rural, especialmente la textil, con la consecuente demanda de fuerza de trabajo. Hombres y mujeres, principalmente estas últimas, fue­ron atraídos por el impulso sostenido de la manufactura rural. Los hogares debieron recurrir a mano de obra estacional para cubrir las demandas de trabajo que la familia no satisfacía (Li, 2005, p. 57).

Las plantaciones de mora, algodón y de arroz se extendieron. Duran­te los años de la dinastía Ming ya se habían introducido lentamente ade­lantos tecnológicos en el proceso agrícola en toda la región, tales como la doble cosecha, el uso de fertilizantes, mejoras en los capullos de seda y en las semillas de mora, así como el uso de carbón para la cría y el devanado de los gusanos de seda (Li, 2005, pp. 58-65). El resultado de estos procesos fue una mejora sostenida de los niveles de vida, observable en el conjunto de la población de Jiangnan, en los salarios, en la alimentación. La ingesta de los “obreros campesinos/campesinos obreros” podía abarcar pescado, carne y tofu, acompañada de bebidas como té y vino, pero también de sustancias adictivas como azúcar, tabaco y opio.

La prosperidad se extendió más allá del Delta y pudo registrarse en regiones del interior del valle del Yangtsé. La ciudad de Jingdezhen, ubi­cada a 600 km de Shanghái, en dirección sureste, impuso a nivel global la medida de la belleza y de la ostentación al convertirse en el principal, aunque no único, centro manufacturero de porcelana que satisfizo a con­sumidores europeos, asiáticos, africanos y americanos (Gerritsen & Mc­Dowall, 2012).14 Michael Dillon, en 1976, afirmó que este impresionante desarrollo comenzó entre 1522 y 1566 y se expresó en una expansión de los mercados, así como en la extensión de una agricultura y artesanía cada vez más comerciales (Dillon, 1976).

Obsérvese que hasta mediados del siglo XVIII la gran mayoría de los productos manufacturados que circularon en el globo fueron de origen asiático, ya sea de China o la India. El índice y las estimaciones sobre los niveles de producción industrial elaborados por Paul Bairoch, a partir de los datos sobre el movimiento del monopolio comercial de la Compañía Británica de las Indias Orientales, fundan esta afirmación y los datos pre­sentados en la figura 2.15

Distribución continental del potencial industrial en 1750 (%)
Figura 2
Distribución continental del potencial industrial en 1750 (%)
Fuente: elaboración propia condatos de Paul Bairoch (1982,p. 292).

El mapa presentado en la figura 3, elaborado por Osamu Saito, cuya imagen se replica, abstrae la complejidad, dinámica y diversidad de la economía del Este Asiático, observables durante las últimas décadas de la dinastía Ming, que coincidieron con la presencia de los europeos en la región.

Centros de producción y comercio en el Este asiático a fines del siglo XVI
Figura 3
Centros de producción y comercio en el Este asiático a fines del siglo XVI
Fuente: tomado de Saito (2016,p. 170).

Esta condición de taller manufacturero global fue autorreconocida por la propia dinastía Qing. Dos siglos después, en 1793, el emperador Qianglong, en respuesta a la solicitud de aceptar un representante en la Corte china, realizada por el embajador George Macartney, expresó en una carta dirigida al rey británico Jorge III:

Tú, oh Rey, vives más allá de los confines de muchos mares, sin em­bargo, impulsado por tu humilde deseo de participar de los beneficios de nuestra civilización, has enviado una misión que respeta que aca­rrea tu memoria. Tu Enviado ha cruzado los mares y ha presentado sus respetos en mi Corte en el aniversario de mi cumpleaños. Para mostrar su devoción, también ha enviado ofertas de los productos de su país…

La majestuosa virtud de nuestra dinastía ha penetrado en todos los países bajo el cielo, y los reyes de todas las naciones han ofrecido su costoso tributo por tierra y mar. Como su Embajador puede ver por sí mis­mo, poseemos todas las cosas. No pongo ningún valor en los objetos ex­traños o ingeniosos, y no tengo ningún uso para las manufacturas de su país. Esta es mi respuesta a su solicitud de designar un representante en mi Corte, una solicitud contraria a nuestro uso dinástico, que solo resultaría en un inconveniente para usted (Internet Modern History Sourcebook, s/f).16

Entre los años 1500 y 1820, la mayor parte del bruto (PB) mundial pro­vino de Asia, particularmente de China e India. Angus Maddison proyectó que para 1820 el continente asiático todavía contribuía con el 52 % del PB, del cual un 29 % correspondió a China y un 16 % a India. Asia también fue entre esos siglos el continente más populoso (Maddison, 2004).17

Antes de iniciada la primera globalización, en 1500, las cifras de los po­bladores de Asia rondaron entre 200 y 225 millones. Alrededor de 1650 este continente contó con cerca de 300 millones de habitantes, en un mundo poblado aproximadamente por 500 millones de personas. Cien años des­pués, el número de personas que habitaron el continente asiático habría crecido a 700 millones.

Las cifras proporcionadas por los demógrafos e historiadores indican que de las zonas de Asia, Japón fue la que creció más rápidamente entre 1500 y 1700. Hayami Akira, en el artículo citado en páginas anteriores, seña­ló una tasa de crecimiento entre 0,8 y 1,3 % por año. En cuanto al Sudeste de Asia, los estudiosos coinciden que su movimiento habría sido más lento entre 1600 y 1800, a una tasa de crecimiento de la población por año que no habría excedido 0,2 %. Este ascenso sostenido de la población fue acompa­ñado del crecimiento de algunas ciudades y la desaparición de otras (Subra­hmanyam, 2012, p. 12).

Los estándares de vida también forman parte de la nueva agenda que pone en discusión el retraso asiático y el ascenso europeo durante la edad moderna. El ascenso sostenido del producto bruto y de las poblaciones aler­tan a revisar los enfoques clásicos sobre Asia18 y considerar un dinamismo asiático en los tiempos modernos, lo cual obliga a desandar esa imagen de un continente asiático estático recluido en sí mismo frente a dinámicas po­tencias europeas.

LA VÍA ORIENTAL DE LA REVOLUCIÓN INDUSTRIOSA

Hasta ahora, las perspectivas occidentales se detuvieron en la impor­tancia que tiene el capital sobre el trabajo o la producción sobre la demanda o el consumo para ofrecer el gran esquema explicativo del desarrollo. Se construyó una narrativa dominante de la industrialización, del crecimiento económico y de su difusión global.

Este relato dominante sostuvo que, a partir de la Revolución Industrial inglesa, Gran Bretaña se convirtió en el taller del mundo durante el siglo XIX y que los demás países iniciaban este camino de industrialización o se espe­cializaban en la exportación de materias primas. Aceleradamente, durante la segunda mitad del siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX, algunas regiones del Viejo y del Nuevo Mundo alcanzaron la industrialización, ya sea por la incorporación de las nuevas tecnologías, la introducción de capital mediante maquinarias o de trabajo por medio de mano de obra importada vía la inmigración, en algunos de los casos.

Estudios recientes consideran que el factor trabajo se minusvaloró en el análisis del crecimiento económico, a la par que se lo consideró como una variable abundante, homogénea y desechable en la etapa inicial del desarrollo económico. De este modo, el trabajo como capital humano no fue importante para los estudios de la etapa inicial del fenómeno industrial.

La historiografía económica asiática, particularmente la japonesa, se ocupó de realizar un camino investigativo inverso y valorizar el factor tra­bajo en toda su complejidad. Con estas preocupaciones pudo identificarse una segunda vía de industrialización caracterizada por el trabajo intensivo. Para Kaoru Sugihara (2007), esta vía fue más dinámica en la difusión de la industrialización a nivel global, se desarrolló primero en Japón y luego en los demás países asiáticos.

Estos nuevos aportes de la historiografía económica pusieron en cues­tionamiento al relato occidental dominante elaborado para explicar la in­dustrialización japonesa. Recuérdese que, con énfasis en el capital, el pro­ceso industrialización nipón había sido situado a partir de la Restauración Meiji en 1868, la apertura de la isla al comercio mundial en 1859 y la conse­cuente adscripción a las instituciones capitalistas occidentales. El Japón pre­vio, también conocido como la etapa Tokugawa, era descrito sin comercio exterior, abocado a la producción de textiles, cerámica, lacas, cobre, papel, cera, té, tinta, abanicos, paraguas, velas, carbón, sake, frijol, bambú, algas marinas y medicinas tradicionales, con la mayoría de los edificios de made­ra, donde los vehículos de ruedas eran poco comunes (Sugihara, 2007).

Akira Hayami y Thomas Smith contribuyeron, de modo temprano, con sus obras a un mejor conocimiento de la economía y sociedad japonesa en los siglos previos a la Restauración Meiji. Ambos, sin salirse de la narrativa dominante de la industrialización occidental, coinciden en que Japón y Eu­ropa Occidental experimentaron un incremento de la actividad industrial y comercial durante la Edad Moderna que devino en una mejora sostenida de los ingresos per cápita. Este crecimiento identificado en la centuria previa o inmediatamente antes de la Revolución industrial fue denominado por Smith como “crecimiento premoderno” (1989, p. 15). Las estimaciones de Osamu Saito y Masanori Takashima del PB per cápita confirman estas aseve­raciones (tabla 1).

Tabla 1
Evolución del producto bruto per cápita en Japón (1600-1874)
Evolución del producto bruto per cápita en Japón (1600-1874)
Fuente: Saito y Masanori (2015).

Este aumento sostenido del PB de Japón fue acompañado por un pro­gresivo crecimiento de la población. Entre 1600 y 1700 la población se du­plicó y alcanzó la cifra de 27,7 millones de habitantes. Durante un siglo y medio su evolución fue sostenida y lenta. En 1730 se registró una disminu­ción de 2 millones de personas, número que recién se recuperó a mediados del siglo XIX (tabla 2).

Tabla 2
Evolución demográfica del Japón Tokugawa19
Evolución demográfica del Japón Tokugawa19
Fuente: Smitka (2011).

Akira Hayami diferenció la trayectoria socioeconómica del Japón Toku­gawa (1603-1868) de la tendencia occidental y, específicamente, de la acae­cida en suelo inglés. A la primera, a efectos de distinguirla de la segunda por sus características particulares, la denominó “revolución industriosa”.

Smith, al igual que su colega japonés, observó diferencias en las tra­yectorias de ambas regiones, sobre todo respecto del crecimiento urbano. El crecimiento premoderno en Europa occidental estuvo acompañado de una intensa urbanización. En cambio, el Japón Tokugawa perdió ciudades y población en los centros urbanos. Esta característica le permitió al historia­dor norteamericano diferenciar dos patrones de crecimiento moderno: uno urbano céntrico (el europeo) y otro rural céntrico (el nipón) (Li, 2008; Saito, 2005; Smith, 1973; Saito, 2005; Li, 2008).

El dinamismo demográfico y comercial del Japón Tokugawa descri­to por estos dos historiadores fue compartido por estudiosos posteriores. Osamu Saito dató los inicios del crecimiento demográfico mucho antes de 1603, año en que los Tokugawa asumieron el poder y llegó a su fin el largo período caracterizado por los señores de la guerra. Sin embargo, este autor reconoce que el aumento sustancial de la población se dio en el siglo XVII, a la cual definió como una centuria de expansión pero no de crecimiento fuerte en términos de ingreso per cápita (Saito, 2005).

Estas contribuciones de la historiografía asiática objetan la conceptua­lización de “aislamiento” con la que se caracterizó la experiencia del Japón Tokugawa, la cual, según la interpretación tradicional, se habría visto inte­rrumpida con el arribo a la isla del comodoro estadounidense Matthew Pe­rry en julio 1853, la consecuente firma del Tratado de Paz y Amistad en 1854 y la apertura de los puertos de Nagasaki, Shimoda y Hakodate para satisfa­cer los intereses de los balleneros norteamericanos.

A diferencia de Broadberry y Sugihara, otros estudios proponen enten­der que Japón estuvo integrado, en la mayor parte de su historia y también durante el período Tokugawa, a la civilización del Este Asiático, cuyo centro fue China. La propuesta de Takeshi Hamashita, entre otros, consiste en ex­plicar el crecimiento del Japón premoderno desde un enfoque intra asiático a partir de su imbricación en un sistema de relaciones de tributo y comercio (Hamashita, 2017).

Los portugueses y españoles que arribaron al Asia se integraron a una red comercial existente. El siglo XVI, además de un aumento demográ­fico, registró un florecimiento del comercio marítimo asiático, en el cual los comerciantes portugueses y luego los holandeses jugaron un rol de­cisivo en la nueva era que se abrió. Los locales asiáticos (chinos, indios y japoneses) respondieron a las oportunidades creadas con un incremento de los volúmenes comercializables. Japón, al igual que América del Sur y América Central, asistió a un boom de la minería de plata y fue un compe­tidor, aunque de baja escala, de las minas de los virreinatos establecidos por la monarquía hispánica. Desde ambos lados del Pacífico se satisfizo la frenética demanda de una economía voraz en plata, que la dinastía Ming había generado en China.

LA PLATA: EL MOTOR ECONÓMICO DE LOS DERROTEROS INDUSTRIOSOS ASIÁTICO Y EUROPEO

Ambos rumbos industriosos, el occidental y el oriental, recibieron el impulso que le dio a la economía global la plata americana durante la pri­mera globalización. Esta aseveración cobró mayor envergadura con las in­vestigaciones de historia económica global desarrolladas a partir de la dé­cada de 1990. Dennis Flynn y Arturo Giráldez afirmaron un nuevo consenso historiográfico que propone entender a China como una bomba succiona­dora de la plata global (Flynn & Giráldez, 1995; Flynn, 2015).

A comienzos del siglo XV la dinastía Ming enfrentó una crisis fiscal que la obligó a revertir las políticas monetarias anteriores y comenzar a conver­tir la mayor parte de los pagos tributarios a plata (Von-Glahn, 2012).20 Se impuso un rechazo por las antiguas monedas, tales como bronce, arroz, co­bre o papel, y la población se inclinó por la plata en lingote, impermeable a las manipulaciones imperiales pero con capacidad de actuar como reserva de valor, medida de valor y medio de intercambio (Ming, 2017; Von-Glahn, 1996). Además, entre 1572 y 1582 se instituyeron una serie de reformas. En­tre ellas, la más importante fue la del “Látigo Único”, que consistió en la con­mutación a plata de todos los tributos y obligaciones de trabajo (De-Vito & Gerritsen, 2017, pp. 129-130).

Por diferentes rutas, por dos centurias drenó hacia China la riqueza ar­gentífera de las minas recién descubiertas en Europa central, pero también en la Europa Oriental, controladas recientemente por los otomanos, de las flamantes minas japonesas de Iwami y Sado, que explotaron en producción de plata a partir de 1530, y de los yacimientos de plata que la Monarquía Hispánica se hizo a partir de la conquista del Nuevo Mundo.

Zacatecas y Guanajuato, en el actual México, y Potosí, en la actual Bo­livia, fueron los principales centros mineros desde donde fluyó el metal al mundo. Los estudiosos coinciden en que el 85 % de la plata que circuló en el globo entre 1500 y 1800 provino de América (Barrett, 1993, p. 224; Tepaske, 2010, p. 313). Es pertinente mencionar que no todo el metal era registrado. Al respecto, Stanley y Bárbara Stein señalan que durante la segunda mitad del siglo XVI la mitad de la plata americana que arribó a la península ibérica había pasado por los registros que la Monarquía hispánica dispuso para tal fin (Stein & Stein, 2000, 92).21 La elusión de la fiscalización regia tuvo lugar tanto en el Pacífico como en el Atlántico.

En los últimos años tuvieron lugar acciones investigativas para cuanti­ficar la circulación de plata en el mundo con renovadas metodologías. Los datos analizados indican que la producción y circulación del metal en el glo­bo creció progresiva y sostenidamente entre 1403 y 1903. Los siglos que ocupan a este artículo se caracterizaron por un crecimiento sostenido lento, el cual se acelerará en la segunda mitad del siglo XIX. Mientras que en 1700 un habitante del planeta contaba con 22 gramos de plata en su haber, dos centurias después esa suma se cuadriplicó. La población creció a razón de 0,45 % y la producción de plata lo hizo a 0,7 % por año (Manning et al., 2017, pp. 9-11).

Soportados en las cifras de Ward Barrett, Nuno Palma y Andrés Silva realizan una aproximación de la plata americana que circuló vía Europa y vía del Pacífico entre 1501 y 1800. Estos autores establecen que de las 267.000 toneladas de plata producidas en América, 194.750 arribaron a Europa y 72.250 fluyeron hacia Asia vía el Pacífico indiano22 (Palma & Silva, 2017, p. 9; Bonialian & Hausberger, 2018). Los autores demuestran que sin los metales preciosos americanos el comercio euroasiático habría sido imposible en la escala observada. El uso del modelo general de equilibrio les permite tam­bién proyectar y aseverar que fueron los metales preciosos americanos los que elevaron las compras europeas en Asia seis veces.

La plata americana no solo alimentó el comercio del Sudeste asiáti­co vía Manila. Desde Europa circuló de Sevilla a Goa, de Amberes por el Cabo de Buena Esperanza, de Venecia al imperio otomano. Los cálculos de Palma y Silva indican que entre 1501 y 1800, 120.750 toneladas de plata habrían salido desde Europa con destino al Este Asiático (Palma & Silva, 2017). Por su parte, Kenneth Pomeranz expresa que las minas americanas pagaron el 90 % de las importaciones europeas de productos asiáticos (Pomeranz, 2000, p. 159).

Los escritos del inglés Richard Hakluyts revelan el rol de la plata en el comercio de los comienzos de la primera globalización.23 Hakluyts, con base en los reportes de Henry Hawks —un inglés españolizado, casado con una española que estuvo en México entre 1567 y 1571— situó la descripción en 1568 (Taylor, 2017). En uno de los hechos relatados, Hawks se refirió sobre las “buscadas y encontradas Islas Salomón en el Mar del Sur”. Tres años antes de la fundación de la ciudad de Manila y tres cuarto siglo después de que Cristóbal Colón pisó suelo americano por primera vez, las tierras de China eran reconocidas como el lugar donde se podía ser maravillosamente ricos. De allí provenían las finas piezas de plata y tazas por las cuales todo hombre daría su peso en plata.

They have in this port of Navidad ordinarly their ships which goe to the Islands of China, which are certaine Islands which they have found within 7 yeeres. They have brought from thence gold, and much Cina­mom, and dishes of earth, and cups of the same, so fine, that every man that may have a peece of them, will give the weight of silver for it (Taylor, 2017).

La plata americana aseguró a habitantes del Viejo Mundo y el Nuevo Mundo la adquisición de los preciados bienes del Oriente. En 1582, Acapul­co fue designado oficialmente como la puerta de entrada de los Galeones. Una vez que los productos estaban en tierra eran transportados en mulas a la Ciudad de México, distribuidos por el interior americano, después al puer­to de Veracruz y de allí a los mercados europeos.24 Hacia el interior america­no la introducción legal de los bienes adquiridos se dio hasta 1604, fecha en que la Corona española prohibió el paso de las mercancías orientales al Virreinato del Perú.

La manufactura asiática comprada con la plata extraída de las minas americanas viajaba por el Atlántico junto con las remesas del metal de la Corona y de los particulares. Sorteados los peligros de la navegación de ultramar y los piratas, el quinto real25 y la plata de los particulares llegaba al complejo Sevilla-Cádiz en moneda acuñada y en barras de veinte o más kilos. Las maniobras fraudulentas, como escatimar el quinto real, falsear la ley de plata o introducir metal sin registrar, acompañaron el derrotero tra­satlántico (Vilaplana-Persiva, 1997, pp. 12-13). Comenta el historiador An­tonio Domínguez Ortiz que la mayor parte de las barras se acuñaron en la ceca de Sevilla y se labró mayoritariamente en reales de a ocho debido a la urgencia de los mercaderes de contar con el dinero esperado. Este autor ex­plica que el éxito planetario del real de a ocho obedeció a que los gobiernos españoles solo hicieron discretas devaluaciones de sus monedas de plata (1997, p. 14). Según Vilaplana, después de las pragmáticas de 1566, el real de a ocho se convirtió en la moneda española por excelencia, una moneda gruesa propia para ser empleada como medio de pago en las transacciones internacionales (1997, p. 49).

El metal americano no tuvo como único destino la acuñación de mo­nedas. Los objetos de plata tuvieron varios usos sociales, ostentar fue uno de ellos, pero el otro fue evadir con mayor facilidad el quinto real. El barón de la Vega de Hoz, Enrique Leguina y Vidal a fines del siglo XIX, a la par que acusó a la plata americana de la decadencia del arte en España, dejó en sus escritos un registro de los innumerables objetos en los que “fue frecuente el empleo de la plata” (De Leguina y Vidal, 1894, p. 119). Recuperamos aquí solo un recuerdo de la condesa de D’Aulnoy quien en 1679 afirmó:

No pasa un domingo sin que se iluminen con más de cien velas los altares que en todas las iglesias de Madrid están atestados de plata. En ciertos días de gran solemnidad, formamos jardinillos de césped con sur­tidores que se derraman sobre fuentes de plata, de mármol ó de pórfico… Nunca se hace uso de vajillas estañadas, solamente las de plata y porcela­na sirven en las mesas (pp. 13-14).

Estudios realizados sobre isótopos de plata para rastrear el origen y la circulación de la moneda indican que la plata de origen europeo dominó las monedas españolas hasta el reinado de Felipe III. Ocho décadas después, la masa monetaria circulante en el Viejo Mundo fue labrada con plata de ori­gen mexicano (Desaulty et al., 2011). Estas investigaciones geológicas res­paldan los datos brindados por la historia económica cuantitativa.

El peso del real de a ocho acuñado en las cecas americanas se convirtió en el principal producto de exportación de los virreinatos de Nueva España y Perú. China fue su mercado primordial, lo cual deja claro el procurador general de la islas Filipinas, Juan Grav y Monfalcon, al justificar la conserva­ción del comercio de las mencionadas islas: “… que folo pueden vfar los de Filipinas del comercio de la China; porque para folo efte tienen fuftancia, pafandole á Nueua-Efpaña, y retornado della plata con que sustentarle, por no auer otro genero, que los Chinos apetezcan , según se prueba…” [sic] (Grau & Monfalcón, 1640, p. 11).

Los pesos de plata salieron de las costas del océano Pacífico america­no para solventar los gastos administrativos, eclesiásticos y militares de la Gobernación de Filipinas. Los particulares también remitieron moneda acu­ñada a efectos de cubrir las necesidades mercantiles. El situado de Filipinas, esta remesa de plata acuñada y luego aspirada por China, obliga a interro­garse sobre si el real de a ocho circuló como moneda o como mercancía durante los siglos de la edad moderna (Irigoin, 2018, p. 8).

Las respuestas dependen desde dónde se observan los movimientos globales en este mundo policéntrico y conectado sin potencias hegemóni­cas que se distingan (Bentley et al., 2015 p. 7). Si el punto de observación es la monarquía hispánica, el peso real de a ocho forma parte de un amplio y complejo sistema monetario que se extiende, incide y participa en el espa­cio de las demás coronas europeas y sus dominios. Si es China y el sistema tributario que integra el lugar desde dónde se miran los procesos, el peso real de a ocho y las demás monedas de plata acuñadas en las cecas espa­ñolas circularon como mercancía en un momento en que la reforma fiscal impone la platificación de la economía imperial.

De modo paradójico, aunque la plata americana escasamente incidió en el antiguo y complicado sistema monetario del Celeste Imperio, sí inter­vino ampliamente en su producción manufacturera orientada a satisfacer los nuevos gustos globales de los consumidores de los dominios de las mo­narquías europeas y no solo ellos.26

Una gran cantidad de trabajadores de Jingdezhen se vieron en la em­presa de manufacturar porcelanas finas para la elite imperial, de mediana calidad para su distribución regional y de baja calidad para el consumo local. Así mismo, fabricaron objetos con formas, diseños y usos totalmente novedosos dirigidos para el consumo intensificado que posibilitó la plata americana a ambos lados del Atlántico (De-Vito & Gerritsen, 2017, p. 126). Casi como una cinta de montaje, los batallones de trabajadores se dedi­caron unos a amasar la arcilla, otros a moldearla, esmaltarla, picar leña, preparar los hornos y empacar los objetos. Anne Gerritsen afirma que cada una de las tareas estaba claramente separada de las otras, y un conjunto de supervisores aseguraban que el trabajo sea realizado en el tiempo pre­visto (p. 132).

La porcelana japonesa también tuvo destinos semejantes a la porcela­na china, aunque una menor presencia. Nuevas investigaciones constatan la presencia de objetos nipones, tales como porcelanas, laca y tejidos, en los palacios de Felipe V e Isabel de Farnesio en la primera década del siglo XVIII. Los artículos generalmente se destinaron al adorno y menaje de dor­mitorios, gabinetes y espacios privados (Noblett & López, 2018). Estudios ar­queológicos ilustran la exportación difusión de la porcelana Arita de origen japonés hacia América (Kimura, 2019).

A MODO DE CIERRE

Los aportes de la historiografía de la historia económica occidental y asiática están generando nuevos consensos que obligan a revisar los relatos explicativos elaborados por la historia económica durante los últimos dos­cientos años. La perspectiva abierta por Akira Hayami y Jan de Vries sobre procesos de industrialización industriosos guiados por la intensificación del trabajo y del consumo, tanto en el Este Asiático como en Europa, encuentra un soporte explicativo en el enorme drenaje de la plata americana.

Este flujo del metal americano por casi tres centurias coincidió con el proceso de platificación de la economía de la tardía dinastía Ming y los comienzos de la Quing, tras la reforma fiscal del Látigo Único. Mientras que en Europa la plata americana posibilitó una intensificación del con­sumo de bienes asiáticos, en Asia la demanda de los bienes produjo una intensificación del trabajo para manufacturar los productos destinados al comercio de exportación.

En este mundo global, con centros de producción de plata, centros de consumo de bienes y de manufactura de productos, la plata americana cir­culó como parte de un sistema monetario complejo y amplio, pero también como mercancía.

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Notas

1 El artículo fue publicado en inglés 19 años después. Puede leerse por primera vez en lengua ingle­sa en Hayami (1986, pp. 3-13). Una selección en inglés de más fácil acceso de los artículos publica­dos por este historiador japonés puede consultarse en Hayami (2015). En las páginas que siguen se aclarará que De Vries utiliza el término en sentido diferente al de Hayami, por cuanto con este se refiere a una expansión del consumo en un contexto de salarios que se mantienen constantes.
2 El artículo de autoría de Kaoru Sugihara cuenta con una traducción al español publicada en 2015.
3 Peer Vries realiza una caracterización y revisión crítica sobre los aportes de la Escuela de California (Vries, 2010).
4 Es múltiple la literatura que en los últimos años avanzó en diferentes líneas para explicar por qué estas regiones de Europa divergieron en sus desarrollos. Un balance ellas puede consultarse en De Pleijt y Van Zanden (2016).
5 También las “pequeñas divergencias” al interior de Asia merecieron un cúmulo de investigaciones. Osamu Saito realizó una síntesis de estos avances e integra en el análisis a la Inglaterra de los Es­tuardo, el Japón Tokugawa y la India Mogol (Saito, 2015).
6 En coincidencia con la definición que propone Inmanuel Wallerstein, se entiende al desarrollismo como una ideología: “En algún momento, en el período posterior a 1945, los autores latinoameri­canos comenzaron a llamar a esta nueva ideología “desarrollismo”. La ideología del desarrollismo tomó un número de diferentes de formas. La Unión Soviética la llamó la institucionalizó como “socialismo” y quedó definida como la última etapa antes del “comunismo”. Los Estados Unidos la llamaron “desarrollo económico”. Los ideólogos del Sur usaron ambas concepciones como inter­cambiables…” (Wallerstein, 2005, pp. 1263-1278). Se trata de una ideología del modo que debe tomar el crecimiento económico en los países no desarrollados, que es compartida por actores institucionales y académicos de distintas disciplinas. Existe un convencimiento que, si bien no todos los países no están en un mismo estadio de desa­rrollo, hay un modo único de transitar desde las sociedades tradicionales hacia sociedades indus­triales y modernas.
7 Al respecto, Jean-Laurent Rosenthal y R. Bing Wong expresan que las preguntas que están a la vanguardia de la investigación en la historia económica se interrogan sobre: “¿Por qué China decli­na entre 1400 y 1980, solo para reestablecer una mayor presencia en la economía global?, o ¿por qué Europa, una región desgarrada por la lucha, el sufrimiento y el colapso económico después de la caída del imperio romano, se convirtió en el lugar de nacimiento del crecimiento económico moderno? Los autores entienden que la divergencia se vuelve inmensamente visible en el siglo XIX, y que sus causas se encuentran en las centurias anteriores. El principal argumento debe en­contrarse en la estabilidad de China y la confrontación permanente de Europa. La guerra empujó a Europa hacia la urbanización y al uso de capital tecnológico (Rosenthal & Wong, 2011).
8 En este escrito se usa la forma tradicional de la lengua española recomendada para referirse al río que desemboca en el mar oriental de China. Este también recibe el nombre Chang-Jiang (Río Largo), denominación que es el resultado de la transcripción de los caracteres chinos al alfabeto latino según el sistema «pinyin», desarrollado en China a partir de 1958 con el fin de unificar los diversos sistemas aplicados por distintos países (Diccionario Panhispánico de Dudas, 2005). La En­ciclopedia Libre Wikipedia (2018) agrega que los países hispanohablantes en algún momento lo llamaron Río Azul; se cree que para diferenciarlo del otro gran río chino que desemboca en el mar Amarillo y recibe el nombre de Río Amarillo. Los escritos anglosajones se refieren al Yangtsé como Yangtze o Yangzi.
9 El Bajo Yangtsé es uno de los diez macrorregiones fisiográficas definidas por William Skinner (Skin­ner & Baker, 1977, p. 214). Incluye ocho de las diez prefecturas de la provincia de Zhejiang y 10 de las 12 de la provincia de Jiangsu. Se caracteriza por ser un área integrada geográfica, económica y culturalmente que se extiende sobre 210.741 km2. Esta superficie es comparable al 86 % de Gran Bretaña y el 56 % de Japón (Ma, 2008, p. 358).
10 Dolores Folch señala que, en los albores del año 1.000, China estuvo al borde de una revolución industrial y conoció una expansión comercial que la interconectaría con todos los grandes agen­tes del Índico. Ello estimuló la producción agrícola y artesanal que satisfizo la demanda creciente, tanto interna como externa (Folch, 2013).
11 Dennis Flynn y Arturo Giráldez entienden que tras la fundación de Manila, en 1571, el mundo se interconectó globalmente. China fue el gran motor de la dinámica económica global al succionar la plata americana, japonesa y europea. A los europeos les cupo en este juego el papel de inter­mediarios (Flynn & Giráldez, 1995).
12 Jiangnan es una región geográfica de China que comprende el Sur del Delta del Yangtsé. Es re­conocida como un área que lideró económica y culturalmente a China en el último milenio. Se la considera históricamente responsable de una cantidad significativa del PBI chino. Se extiende sobre un 5 % del territorio del gran país asiático y comprende el actual municipio de Shangai, las partes Sur de las provincias de Jiangsu y Anhui y las partes ubicadas al norte de las provincias de Jiangxi y Zhejiang (Wikipedia, 2017). El término “Jiangman” fue acuñado durante la dinastía Song (960-1127), cuando Jiangnan Donglu y Liangzhe Lu emergieron como unidades administrativas del Delta del Yangtzé. Bajo el reinado de los Yuan (1271-1368) estas dos provincias se agruparon bajo el nombre Jiangzhe. El imperio Ming organizó nuevamente dos espacios administrativos, Nanzhili y Zhejiang, el primero con 18 prefecturas y 76 condados y el segundo con 11 prefecturas y 76 condados. Estos dos espacios, que suman una superficie 206.800 km2, fueron renombrados Jiangu y Zhejiang durante la dinastía Qing (Deng & O’brien, 2015, p. 241).
13 Una realidad semejante describió Thomas Smith al estudiar el Japón premoderno. En el desafío de proponer una respuesta al interrogante dejado, tres décadas antes, por Henry Rosovsky sobre ¿cómo los valores preindustriales nipones pudieron adaptarse a la industria moderna japonesa?, observó que las familias rurales japonesas en su gran mayoría tenían una generación o más de ex­periencia en ocupaciones no agrícolas. Agrega que sin tales características particulares de la evo­lución de la economía premoderna nipona no se hubieran tenido los estímulos necesarios para la expansión de la industria textil motorizada por los privados (Smith, 1989, 43-44).
14 Jingdezhen adquirió su nombre y notoriedad como centro de mercado productor de porcelana seis siglos antes de iniciada la primera globalización, durante el reinado de la dinastía Song (960- 1270). El emperador Zhenzong, quien reinó entro 998 y 1022, la convirtió en el centro abastecedor de la corte al ordenar porcelana de la ciudad, que fue remitida a la corte desde hornos privados bajo la supervisión oficial (Dillon, 1976, pp. 22-23).
15 El análisis propuesto por Bairoch está referido a la industria manufacturera en general. No con­templa minería, construcción, electricidad, gas o agua. Tampoco hace hincapié en diferencias tec­nológicas ni en las estructuras organizativas de las firmas (1982, 269-270).
16 Las negritas fueron incorporadas por la autora.
17 Sin dejar de reconocer el esfuerzo de Angus Maddison, los historiadores Patrick O’Brien y Keng Deng cuestionan por irrealistas las mediciones del PB de China y Europa premodernas (Deng & O’brien, 2015, p. 240).
18 Nos referimos a Adam Smith, Thomas Malthus y Karl Marx.
19 Las dificultades para realizar las proyecciones demográficas y el acceso a archivos en el Japón mo­derno son tratadas por Luis Cullen (2006, p. 129-180).
20 Richard Von Glahn advierte que la plata ya tuvo influencia e importancia en la administración fis­cal de la anterior dinastía Song. De allí que identifica, entre 1127-1276, un primer ciclo inicial de influjo de la plata en un sistema monetario y fiscal caracterizado por la adopción de papel mone­da. Tanto los Song como los Ming intentaron resolver sin éxito el fracaso del papel moneda. Wan Ming describe el proceso de monetización de plata como complicado e inusual. Aclara que durante la temprana dinastía Ming la plata y el oro estuvieron prohibidos para el intercambio y no eran legales. Recién al final de la dinastía la plata fue indudablemente usada por la sociedad entera. Para el autor el concepto de monetización de plata durante la dinastía Ming abstrae los diferentes estadios por los cuales atraviesa la plata: 1) de un bien precioso a una moneda; 2) de circulación ilegal a aceptada y estandarizada; 3) unidad de medición financiera de nivel nacional y una forma de recaudar impuestos; y 4) una moneda global (Ming, 2017, pp. 275-276).
21 La plata registrada y no registrada formó parte del debate de historiadores. En su reconocida obra, Earl Hamilton (1929) indica que entre 10 y 50 % podría haberse introducido fraudulentamente. Pierre Chaunu y Michel Morineau se inclinan por un contrabando mucho mayor. Carlo Cipolla, en tanto, cita un naufragio de 1555 cuya carga declarada era de 150.000 pesos, aunque la cantidad que se recuperó era el doble.
22 Concepto propuesto por Mariano Bonialian para abstraer el nivel de integración de Manila y Aca­pulco durante la dominación de los Habsburgos españoles (Bonialian, 2012).
23 Hubo dos Richard Hakluyt. Uno, el más joven (n. 1552-m. 1616), fue un reverendo inglés pertene­ciente a los grupos acomodados de la época. Nunca pisó suelo americano y dedicó sus escritos a la promoción las tierras del Nuevo Mundo con el fin de establecer una colonia inglesa en América. El segundo fue un abogado, coleccionista de narraciones de viajeros, que ejerció notable influen­cia sobre el primero y fue su primo. Este último murió en 1591 cuando el más joven había alcan­zado los 25 años. Es el segundo Hakluyt quien escribió los relatos de Hawks (Borge-López, 2003; Taylor, 2017).
24 La plata proveniente de las minas del virreinato del Perú salía del puerto de Portobelo.
25 Por disposición de los Reyes Católicos del 5 de febrero de 1504 se establece “que de cualquier me­tal que sacaren de minas se nos pague la quinta parte de lo que cogieren”. Se trata de un tributo que consiste en el 20 % del metal extraído. El cumplimiento del gravamen se indicaba con una marca en el metal.
26 Las pinturas de época evidencian el intercambio global que favoreció la plata americana. Kate Ho­lohan analiza la obra “Bodegón con un cofre de ébano”, cuya autoría es atribuida a Antonio Pereda y Salgado en 1652. Holohan describe con acierto a la obra como “fiesta visual globalizada”. Pueden observarse vasijas para tomar chocolate, denominadas jícaras. Los mexicanos nativos a estos reci­pientes los hacían de calabaza para un uso semejante. Los europeos los hicieron hacer de cerámi­ca en China (Holohan, 2020).
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