Resumen: : Autodesignada como “puerta y puerto del sur argentino”, la proyección de Bahía Blanca hacia la patagonia ha construido una suerte de lugar común que, aunque incontestable para sus habitantes, demanda el análisis de su sentido ideológico. Si bien la noción encuentra sus primeros antecedentes en las observaciones decimonónicas sobre su supuesta centralidad en la región austral, fue durante los años centrales de la última centuria que sus aspectos políticos, económicos y culturales cobraron mayor complejidad a partir de planificaciones específicas y prácticas concretas. En este artículo nos proponemos dar cuenta de la vertiente cultural y simbólica que esta idea asumió al promediar el siglo XX y del rol de la figura de Domingo Pronsato en ello, para lo cual examinaremos los debates esgrimidos en torno a las formas de producir los saberes y los conocimientos que permitieran legitimar las acciones locales sobre el territorio patagónico. De esta forma, procuraremos dar cuenta de cómo el proceso de gestación y construcción de la Universidad Nacional del Sur (1956) se entrelazó con esas discusiones, con las ambiciones de la burguesía bahiense y sus estrategias de validación simbólica de las mismas y con la dinámica política e ideológica en la que la región en cuestión se hallaba inmersa.
Palabras clave:Bahía BlancaBahía Blanca,PatagoniaPatagonia,historia culturalhistoria cultural,Domingo PronsatoDomingo Pronsato,UniversidadUniversidad.
Abstract: Self-appointed as "gate and port of southern Argentina", the projection of Bahia Blanca to Patagonia has built a sort of common place which, though incontestable for its inhabitants, demands analysis of its ideological sense. While the notion finds its earliest antecedents in the nineteenth-century observations on her alleged central role in the austral region, it was during the middle years of the last century that its political, economic and cultural dimensions became more complex based on specific plannings and practices. In this paper we intend to account for the cultural and symbolic aspects that this idea took during the mid twentieth century and the role of the figure of Domingo Pronsato in it, for which we will examine debates put forward about the ways of producing understanding and knowledge that would legitimate local actions on the Patagonian territory. In this way, we will try to account for how the process of gestation and construction of the Universidad Nacional del Sur (1956) intertwined with these discussions, with the ambitions of the local bourgeoisie and its strategies for the symbolic validation of them and with the political and ideological dynamics in which the region in question was immersed.
Keywords: Bahía Blanca, Patagonia, cultural history, Domingo Pronsato, university.
Artigos
Irradiación, destino y profecía: la representación de Bahía Blanca como centro cultural de la Patagonia Argentina (1940–1970)
Irradiation, destiny and prophecy: the image of Bahía Blanca as cultural center of the Patagonia (Argentina, 1940–1970)

Recepción: 16 Julio 2015
Aprobación: 09 Enero 2017
Desde hace mas de un siglo, la ciudad portuaria argentina de Bahía Blanca es imaginada por sus pobladores como “capital natural de la Patagonia”. Fundada al sudoeste de la provincia de Buenos Aires en 1828 (Figura 1), en el siglo XVIII la localidad era considerada el “país del diablo”, retomando la toponimia de “huecuvú mapú” (Pronsato, 1954) con que los pueblos originarios nominaban a un territorio caracterizado como ventoso, desértico y climatológicamente hostil; sin embargo, las transformaciones económicas, sociales, demográficas y políticas que se iniciaron con la instalación del sistema ferroviario en la década de 1880 dieron lugar a un proceso de cambio. El otrora fuerte militar fronterizo fue artículado a la estructura del modelo agroexportador a la vez que mutaron las representaciones con que los ciudadanos observaban a Bahía Blanca (Ribas, 2010; Agesta, 2009), produciendo tópicos todavía vigentes. En efecto, desde distintas vertientes y plasmada en diversos proyectos políticos, económicos y culturales la construcción de la ciudad como presunta “capital sureña” tiene una profundidad temporal que excede los límites de este artículo. Sin embargo, en el período que nos ocupa es posible detectar la convergencia de tres líneas de operatividad – la geopolítica, la infraestructural y la cultural - que, si bien ya se hallaban en ciernes hacia las postrimerías del siglo XIX, para el final del período abordado por esta investigación quedaron simbólicamente anudadas a la figura y a la trayectoria de Domingo Pronsato (1881-1971) como una suerte de “profeta” patagónico, por un lado, y a la Universidad Nacional del Sur como elemento de legitimación de la misión bahiense en el territorio austral y como herramienta de intervención en su devenir. En este texto buscaremos reconstruir las maneras en las que la dimensión cultural fue considerada como la clave fundamental de vinculación de la localidad con la zona patagónica y afirmaremos que esta representación compleja le asignó un lugar primordial a la creación de una nueva universidad y al conocimiento específico como elementos de diferenciación y jerarquización.
En términos globales, este artículo procura aportar a la reflexión histórica sobre una idea compleja que funcionó – y continúa haciéndolo – como una máxima prácticamente indiscutible y de una enorme potencia movilizadora en la sociedad bahiense. Reconstruir las formas y los matices de esta representación resulta fundamental, no en tanto ella fuera o no “verdad” en términos fácticos, sino por cuanto actuó como presupuesto compartido por todos los actores involucrados en las prácticas sociales, económicas, políticas y culturales gestadas en la ciudad durante los años centrales del siglo XX. Sin importar demasiado el color ideológico o las pugnas coyunturales, la afirmación de que Bahía Blanca tenía “derechos naturales” a orientar el destino patagónico se estableció como punto de partida y leitmotiv de casi todos los emprendimientos locales (López Pascual, 2015, 2016a, 2016c); simultáneamente, el relativo fortalecimiento de esa posición diferencial justificó y definió los objetivos a lograr en el mediano y el largo plazo y anudó de manera variable aspectos materiales e ideológicos.
Por otro lado, esta indagación busca insertarse en el marco historiográfico amplio que hoy se define difusamente en torno a la historia regional. No es que nos interesen aquí los términos de reivindicación nostálgica y localista, sino que proponemos articular esta búsqueda al mosaico mayor en el que se ha transformado el relato del pasado “nacional” por la heterogeneidad aportada por la variación espacial y de las escalas de análisis. El devenir de estos cuestionamientos ha producido, de manera incipiente pero con creciente énfasis, la revisión progresiva de las propias divisiones regionales, de la preeminencia de lo urbano en la definición de los objetos, de los fundamentos de los límites administrativos y su yuxtaposición con las fronteras geológicas y las marcas orográficas, de las configuraciones producidas por la disciplina geográfica, etc.[2] En este sentido, esta reconstrucción se articula de manera global al estudio de las percepciones históricas del espacio y, de manera más específica, al de los debates en torno a las formas de organizar las tierras y los sujetos que durante la primera mitad del siglo XX fueron gobernados bajo la figura jurídica del “Territorio Nacional”.[3] En última instancia, esas discusiones y las proyecciones espaciales con las que se articulaban conformaron una de las dimensiones en las que se manifestaron las tensiones entre los núcleos urbanos “centrales” y aquellos que, sin ser su “periferia”[4], se hallaban en condiciones relativas de menor poder.
La magnitud del desarrollo económico logrado por los habitantes de Bahía Blanca a partir de las últimas dos décadas del siglo XIX y el gran crecimiento de su población[5], sumados a las características geográficas naturales, sirvieron de base para una buena cantidad de proyectos que, entre 1880 y 1912, propusieron y defendieron la necesidad de ubicar un foco de poder político y administrativo regional autónomo en Bahía Blanca. Los debates surgidos de los diferentes planteos excedieron los límites de la ciudad y se entrelazaron con otras disputas y coyunturas provinciales y nacionales. De un lado, la culminación del proceso de federalización de la ciudad de Buenos Aires (Lobato y Suriano, 2004) en 1880 desencadenó la discusión en torno a la ubicación de la nueva capital de la provincia homónima, ante lo que Bahía Blanca se postuló como una candidata viable frente a quienes sostuvieron las ventajas de diseñar una nueva sede para las autoridades bonaerenses. El triunfo de esta última opción en 1881 y la determinación política de convertir a la novel ciudad de La Plata en el centro del poder administrativo provincial dieron por tierra con las ambiciones bahienses, dejando un rastro de disgusto en los habitantes sureños (Ribas, 2008). La condición de ciudad otorgada a Bahía Blanca en 1895 por medio de la ley provincial Nº 2547 la convertía en una de las siete localidades bonaerenses, y la única de la región del sudoeste bonaerense, en contar con ese rango[6].
Por otra parte, la incorporación de grandes masas territoriales resultante de la “conquista del desierto”, organizadas bajo el formato de gobernaciones y territorios nacionales (Favaro, 2012), y los posteriores debates en torno al ordenamiento jurídico de La Pampa y del área de Río Negro, Chubut y Santa Cruz (Bandieri, 2009) dieron bases, sobre todo en los albores del siglo XX, para un buen número de propuestas de provincialización en las que Bahía Blanca fue considerada como espacio ideal para el asentamiento del poder político en virtud de sus condiciones demográficas, su ubicación geográfica y su desarrollo económico (Silva et al., 1972). Aunque ninguna de ellas fue concretada de manera definitiva, algunas de estas planificaciones surgieron en el propio seno de la legislatura nacional y fueron objeto de acaloradas discusiones protagonizadas por diputados, senadores, gobernadores y presidentes que aportaron sólidos fundamentos para su defensa. La mayoría de estas formulaciones se visibilizaron y se sostuvieron a través de las intervenciones en la prensa periódica, como las del diario significativamente nominado La Nueva Provincia; a la vez, alimentaron la producción de un corpus de textos que calificaban a Bahía Blanca como un espacio decisivo en el crecimiento nacional y como un eslabón ineludible en la inserción de la economía argentina en el sistema de comercio mundial. Frente a estas percepciones, las opiniones originadas en las esferas del poder político platense se manifestaron partidarias de la permanencia de la localidad dentro de la égida bonaerense y se opusieron terminantemente a su secesión.
El problema de la capitalización de Bahía Blanca pareció dejarse de lado, al menos temporalmente, hacia 1900 en parte como consecuencia de la definición legal de las localidades de Viedma y Santa Rosa del Toay como centros administrativos del territorio nacional de Río Negro y de la gobernación de La Pampa, respectivamente, y luego de la frustración del proyecto de reestructuración de los límites políticos de la región propuesto conjuntamente por el presidente Roque Sáenz Peña y el gobernador bonaerense José I. Arias en 1912 (Silva et al., 1972). Las preocupaciones locales acerca del rol administrativo de la ciudad en el escenario sureño no parecieron ser objeto de nuevos debates en los años transcurridos durante las décadas de 1920 y 1930. Sin embargo, la articulación imaginaria de la ciudad y “su zona de influencia” no sólo continuó siendo operativa sino que, también, fue reforzada y complejizada mediante los recursos de visualización que modernizaron los medios de prensa en los primeros años del siglo.[7] Simultáneamente, después de 1914 comenzó a revertirse la tendencia demográfica en alza que se había sostenido de manera constante desde mediados de siglo XIX, a pesar de lo cual Bahía Blanca siguió siendo una de las ciudades más pobladas de la región lo que quizás haya fundamentado, al menos en parte, el resurgimiento de los proyectos de capitalización en los años 40 (López Pascual 2016c).
No obstante esta profundidad temporal, a lo largo del siglo XX la representación de Bahía Blanca como “capital natural” de la patagonia argentina quedó asociada, de manera preponderante, a la persona del ingeniero Domingo Pronsato.[8] Hijo de los bahienses Antonio Pronsato y Catalina Zonza, y nieto de colonos italianos llegados a la zona del sudoeste bonaerense con la Legión Agrícola Militar de Silvino Olivieri[9], nació en 1881 y fue educado en el seno de la comunidad religiosa salesiana. Hacia el fin de su adolescencia fue enviado por su familia a Italia, donde realizó estudios de Física, Ingeniería Eléctrica y Bellas Artes. A partir de su vuelta a la Argentina en 1910, comenzó a entrelazar actividades en apariencia disociadas pero íntimamente arraigadas en su interés en el desarrollo patagónico. En este sentido, y ante la falta de espacio laboral para el desempeño de su profesión de ingeniero eléctrico, Pronsato se dedicó no solo a la pintura de temas lacustres y cordilleranos sino también a la topografía, ocupándose de la agrimensura y el loteo de buena parte de los poblados, colonias agrícolas y campos aledaños a Bahía Blanca, contratado por el Ministerio de Agricultura nacional, [10] así como también intervino en el diseño y trazado urbano de San Carlos de Bariloche. Sus viajes por las regiones sureñas le reportaron, no sólo las iniciativas geopolíticas y turísticas que luego intentaría promover, sino también lazos de amistad con personalidades foráneas a Bahía Blanca como el geólogo norteamericano Bailey Willis, el empresario y self-made man Primo Capraro, el ingeniero Guido Jacobacci y el militar Edelmiro J. Farrell, entre otros.
La centralidad adquirida por su figura -en la que se articulaban el prestigio social, el capital político y el cultural con una participación activa en el ámbito asociativo- y las gestiones por él sostenidas durante más de dos décadas convirtieron a las iniciativas en sucesivos eventos de gran convocatoria entre los distintos sectores de la sociedad local. Entre 1943 y 1950, Pronsato pergeñó y presentó al poder ejecutivo nacional dos proyectos en los que Bahía Blanca fue concebida como el centro político y administrativo ideal de las tierras que por entonces conformaban las gobernaciones de La Pampa, Rio Negro y Neuquén (Figura 2). Aunque fallidos, estos planes geopolíticos y su correlato económico, aportaron a la representación de la ciudad como organizadora de la región austral a la vez que movilizaron acciones vecinales asambleístas de considerables proporciones en las que intervinieron la prensa, la mayor parte de las organizaciones de la sociedad civil y las corporaciones económica, profesional, religiosa y militar (López Pascual 2014, 2016a).

Figure 1. Bahía Blanca and the north patagonic región

Figure 2. Geographical projection for the province of Libertador General San Martín, 1950. Pronsato family archive.
Esas propuestas hallaban sentido y se insertaban en el contexto del proceso de provincialización de los Territorios Nacionales, cuyo problema no sólo se discutía en el escenario legislativo nacional (Ajmechet, 2012; Gallucci, 2012), sino que generaba iniciativas y debates entre los sujetos que se sentían involucrados.[11] Fue así como la idea de convertir a Bahía Blanca en un centro regional sureño volvió a constituir un tópico de debate y de proyección. Si en los planes finiseculares la ciudad se había figurado como la potencial metrópolis de La Pampa, en los trazados cartográficos realizados por Pronsato en los años ´40 el eje se reorientaría hacia la zona del valle del Río Negro en virtud de sus reconocidos recursos y de su creciente producción frutihortícola.[12] Así, en los proyectos presentados por el artista-ingeniero, defendidos por la mayor parte de la sociedad civil bahiense y alentados circunstancialmente por quienes ocupaban distintas esferas del poder ejecutivo, la localidad debía convertirse en el centro político de una nueva provincia que abarcaba el área norpatagónica desde los faldeos cordilleranos hasta las costas atlánticas (López Pascual 2016a).
no de los ejes vertebradores de esta vasta unidad territorial estaría constituido por una infraestructura de comunicación y transporte internacional en la que el mismo Pronsato venía trabajando desde 1947 junto a su amigo Juan Isoardi, el Municipio local y sus pares chilenos en Valdivia: el ferrocarril trasandino austral (López Pascual, 2014) (Figura 3). Si bien la provincialización de La Pampa en 1952, de Río Negro y de Neuquén, ambas en 1955, significaron la definitiva frustración del proyecto capitalizador de Bahía Blanca, las ideas en torno a la centralidad de la ciudad no fueron abandonadas. Por el contrario, las tratativas en torno al sistema ferroviario que conectaría a Bahía Blanca con Chile se sostuvieron y la planificación infraestructural pareció cobrar mayores adherentes a la vez que ganaba en complejidad. Luego de la realización del Congreso Trasandiniano en 1957 y con la anuencia de quienes ocupaban los distintos niveles del poder político, el proyecto también contempló el trazado y la pavimentación de la ruta nacional 22, la instalación de una represa hidroeléctrica en la zona de Huelches y la ampliación de la capacidad de almacenamiento y operaciones del puerto de Ingeniero White (López Pascual, 2016a). No obstante, este proceso de planificación y movilización que involucró a distintos sectores políticos, sociales y productivos de la ciudad y de la zona circundante no se dio de manera tersa, sino que se insertó y entrelazó con los debates teóricos acerca de las vías de ordenamiento general y desarrollo material de la región patagónica que se habían instalado en la agenda intelectual nacional desde fines de los años 30. Así, el análisis y las conceptualizaciones del ingeniero Ricardo M. Ortiz[13] observaron otro panorama y estipularon diferentes metas, tanto para las tierras sureñas como para el rol que le cabía a Bahía Blanca en su evolución (López Pascual, 2016a, 2016c). A diferencia de quienes entendían que la ciudad contaba con “derechos naturales” a comandar el destino de la patagonia y que se lamentaban por la falta de reconocimiento a esas supuestas prerrogativas, Ortiz defendió la necesidad de un desarrollo autónomo de la región en la que Bahía Blanca actuaría de complemento y sostén del crecimiento general, estimulando así la descentralización económica del litoral rioplatense y la producción fabril.
Los distintos proyectos políticos y económicos con los que se procuró jerarquizar a la ciudad y promover su estatus como centro de la región patagónica tuvieron como correlato la búsqueda de consagración de Bahía Blanca como su rectora y su líder cultural. La consolidación de la imagen de “urbe moderna” construida a lo largo de las primeras décadas del siglo XX (Agesta, 2016), dio como resultado la aparición de planes que idearon la hegemonía de la localidad en torno a la actividades de la “alta cultura” y, específicamente, a la producción y la difusión del conocimiento ligado a los caracteres regionales y a los problemas productivos. Estos fueron la impronta y el bagaje histórico con los que se signó a cada una de las iniciativas que tuvieron lugar en la ciudad hacia la mitad de la centuria; a la vez, esa fue la marca de origen que rubricó el nacimiento de la Universidad Nacional del Sur en 1956, y la herencia identitaria que debió incorporar y procesar en sus primeros años de desarrollo.[14]

Figure 3. Tracing of the Trasandino del Sur Railway, 1957.
Reproducido en AA.VV. Congreso Trasandiniano, Comisión Pro- Ferrocarril Trasandino del Sur, Bahía Blanca, 1958, p. 24.En verdad, la voluntad de crear una institución de enseñanza superior contaba con varias décadas de historia. Ya en 1924, el diputado nacional Mario M. Guido había presentado un proyecto de ley en el que se proponía la creación de una universidad en Bahía Blanca con el objetivo fundamental de procurar la oferta de estudios superiores a los estudiantes de la localidad y la región. Según el representante legislativo, debía evitarse el paulatino desplazamiento de los jóvenes hacia “la gran urbe” -es decir, hacia los centros universitarios de Buenos Aires, La Plata y Córdoba– ya que ese traslado despoblaba la zona y demoraba su progreso. Por el contrario, Guido insistía en estimular su arraigo dotándolos de “medios adecuados y eficientes”: en este plan, Bahía Blanca se erigía en la “cabeza” y el “centro orientador” en virtud de su crecimiento material pero, también, por poseer los “elementos de cultura” necesarios (Guido, 1924). En su opinión, la institución no debía erigirse de acuerdo al “frondoso” modelo tradicional “con sus típicas facultades capaces de dar médicos, abogados y filósofos” sino que debía prestarse mayor atención y cuidado a la formación relativa al comercio y a la industria. En este sentido, las opiniones de Guido encontraban parte de su razón de ser en las características comunes que detentaban la mayor parte de los profesionales universitarios instalados en la ciudad desde principios de siglo, cuando la apertura de espacios burocráticos judiciales y de educación secundaria había conducido a numerosos abogados y docentes a residir en Bahía Blanca. Si bien este cuerpo de letrados y maestros había permitido la conformación de la incipiente sociabilidad cultural “moderna” que años más tarde avalaría a los bahienses a validar su jerarquía en el contexto regional (Agesta, 2016) lo cierto es que, frente a los desafíos infraestructurales planteados por la producción económica de la vasta zona agrícola circundante, la comunidad profesional comenzaba a presentarse como comparativamente insuficiente.
Con mayor énfasis en el interés económico, ésta también fue la impronta que sostuvo Samuel Allperín en la fundamentación de su propio proyecto legislativo en 1939. Para este diputado nacional, la entidad educativa que se instalara en Bahía Blanca debía orientarse a subsanar la falta de personal técnico argentino capacitado para la explotación racional y planificada de los recursos naturales sureños. En su perspectiva, ese tipo de carencias no podían ser cubiertas por las disciplinas del “espíritu” y requerían de la instrucción práctica y aplicada. Frente a quienes recuperaran las ideas en torno a la condición mercantil y “fenicia” con la que se adjetivaba a Bahía Blanca (Ribas, 2008) y pudieran cuestionar el “materialismo” de sus propósitos, Allperín anticipaba la defensa de lo que a su entender constituía una estrecha relación entre el “esfuerzo del trabajo”, el desarrollo de la industria y el “engrandecimiento de la patria” (Allperin, 1939). El poder material de la ciudad - que a sus ojos la convertía, sino en el centro económico del país, al menos en el del sur - no significaba la exclusión de las inquietudes culturales; por el contrario, su nivel demográfico y su holgura financiera le señalaban y legitimaban su “misión” de ser quien “expresara” a la patagonia en el concierto nacional.
Mientras labora para sí, engrandece la patria y ayuda al hombre a vivir. ¿Puede pedirse una más noble función, un carácter más espiritual de la misión del hombre que vive en sociedad? La Universidad Nacional del Sur es una puerta abierta, una nueva posibilidad para la juventud estudiosa del país. Por su ubicación geográfica será el centro hacia el cual convergen las corrientes de la enseñanza secundaria, normal y especial de todo el sur de la República […]
La ciudad de Bahía Blanca, donde el proyecto ubica a la Universidad Nacional del Sur, es el sitio obligado para ella. Alguien ha dicho y con razón, que es la capital económica de la Nación, mas si esto pudiera parecer excesivo, no podrá negarse que es en efecto la capital económica de la mitad austral de la República.
[…] la ciudad de Bahía Blanca está doblemente indicada para ser la base de una Universidad de tipo técnicopráctico, pues a la natural importancia que acabo de enunciar, suficiente por sí sola para crear en ella un centro superior de estudios, une la de ser también una eminente expresión del sur argentino (Allperin, 1939, p. 193).
La necesidad de la formación específica de los habitantes locales se estableció como uno de los puntos cruciales en los estatutos de la Universidad del Sur, creada en 1940 por la filial bahiense del Museo Social. Bajo el lema de “No es una Universidad más, sino una Universidad nueva” -que luego fue recuperado por los sectores estudiantiles durante décadas con significados variables y distintos objetivos- la enseñanza y la investigación científicas articuladas a los requerimientos económicos regionales fueron establecidas como las apuestas concretas mediante las cuales la entidad privada se propuso “Argentinizar el Sur” (Ygobone, 1948)
La educación profesional técnica orientada al sistema productivo no constituyó, sin embargo, la única vertiente de las ideas acerca del rol cultural de Bahía Blanca en la región. En efecto, bajo la denominación genérica de “Artistas del Sur Argentino”,[15] un grupo de pintores, escultores y arquitectos liderados por Manuel Mayer Méndez y el mismo Domingo Pronsato se dirigió al diputado Carlos E. Cisneros en 1938 para solicitar la presentación y la aprobación de un proyecto de ley que subsidiase la creación y el funcionamiento de una Escuela de Croquis, Paisaje y Grabado en la ciudad. Los firmantes manifestaron representar, puesto que residían en Bahía Blanca, no solamente a los creadores locales sino también a “la mayoría absoluta” de aquellos que residían en el sur de la provincia de Buenos Aires, “desde Tandil y Olavarría hasta Patagones” y a los que habitaban en los Territorios Nacionales sureños (AAS, Correspondencia, 21/11/1938). Sin mayores referencias, los líderes de la iniciativa aseguraban interpretar la voluntad de las localidades cercanas y también la de otras que, a decir verdad, contaban con movimientos culturales autónomos tan incipientes como el bahiense y que no parecían haber aportado delegados.[16] Nuevamente aparecieron, anudados a estas aseveraciones, los argumentos que recurrían a los “derechos” que poseía la ciudad y a las “obligaciones” propias de la dirigencia política frente a los ciudadanos de una región que quería dar respuestas a la interpelación de sus jóvenes puesto que constataban, en su opinión, “que la gran Ciudad del Sur es una verdadera y propia Capital espiritual econòmica y social de una gran parte del territorio argentino”. La formación daría lugar, un año después, a la cristalización de la Asociación Artistas del Sur (AAS)[17] que definió su accionar orientada por lo que su misma fundación establecía como el “objetivo esencial: hacer efectiva toda obra de cultura artística en el sur argentino, teniendo a nuestra ciudad como capital espiritual” (Rumbo, 1940). La intención de crear una escuela de enseñanza artística fue retomada por la Comisión Municipal de Cultura (CMC) [18] que procuró canalizar el proyecto a través del Ministerio de Educación de la Nación en 1949, con las mismas premisas y al amparo del desarrollo general de las políticas públicas de la cultura coordinadas por el peronismo (López Pascual, 2016c). La ciudad era el punto de convergencia de los pintores y los escultores de una gran área, en la que se incluían localidades vecinas como Punta Alta y Coronel Dorrego junto a otras más distantes como Tres Arroyos, Neuquén e incluso San Carlos de Bariloche; Bahía Blanca debía responder a sus requerimientos con “clara visión” de lo que “debe ser como centro de irradiación cultural” (CMC, Correspondencia, 08/01/1949).
En la misma línea argumental que la AAS y la CMC, pero con prácticas relativamente diversas, la representación de Bahía Blanca como eje sureño fue recuperada también como principio rector del accionar del Colegio Libre de Estudios Superiores (CLES)[19]. No sólo sus gestores locales arguyeron la importancia de la localidad sino que también formó parte de los supuestos sostenidos por Luis Reissig y la dirigencia del CLES capitalino, quienes convocaron a “todos aquellos hombres y mujeres de la Patagonia, el Neuquén, del sur de la Provincia de Buenos Aires y de La Pampa que tienen a Bahía Blanca como capital natural” (Reissig, 1941). A su vez, con motivo de la inauguración de la filial local en 1941 y a diferencia de los sectores de la prensa que criticaron la iniciativa, el diario La Nueva Provincia la celebró y la legitimó en función de esta misma idea, y la ocasión fue aprovechada para hacer una clara manifestación política:
[…] Bahía Blanca es la capital natural del sur argentino, porque para ello tiene acreditado, ante todo el país, un seguro magisterio que se desprende de su posición geográfica y natural; de su capacidad económica; de sus instituciones de cultura, oficiales y particulares; de sus aficiones artísticas y de la protección que aquí hemos dispensado siempre a todas las iniciativas y a todos los proyectos que tendieran en una u otra forma, a valorar el sur de nuestro país, ese sur olvidado de los poderes públicos, olvidado sistemática y deliberadamente, por entender que la grandeza del ser y la prosperidad de nuestra ciudad que ya debiera ser una mayor urbe, perjudicaría a la metrópoli, especialmente en sus aspectos económicos, naturales, y aún políticos (La Nueva Provincia, 1941)[20].
Para el redactor, la nueva entidad formaba parte de lo necesario para que la ciudad fuera “lo que debe ser, con su gran puerto de aguas hondas: el primer puerto sobre el Atlántico”, al sostener “conceptos y principios acentados [sic] sobre lo regional en el arte, la cultura y la vida” (La Nueva Provincia, 1941). Las disputas respecto a la capitalización de La Plata que a fines del siglo XIX habían instalado un dejo de amargura en el discurso de los bahienses, medio siglo después habían dado paso a una construcción que leía las decisiones referentes a las políticas públicas en clave conspirativa y con mayor desaliento. Aquello que Bahía Blanca “merecía” no le sería dado por los poderes públicos ya que, potencialmente, se corría el riesgo de disminuir la importancia de Buenos Aires e invertir los polos del poder.
El 26 de septiembre de 1941, el ex intendente socialista Agustín de Arrieta pronunció su conferencia “Bahía Blanca y el Sur Argentino”, en el contexto del “Curso sobre Bahía Blanca” ofrecido por el CLES (López Pascual, 2013). En ella el disertante realizó un informe de sus viajes por los territorios sureños. Sin embargo, luego de bosquejar el paisaje pampeano y patagónico y caracterizar su geografía, Arrieta abandonó la descripción y realizó un planteo decididamente político y económico. Sus observaciones de lo patagónico se enlazaron con el rol protagonista que, según se ha visto, él y otras personalidades le asignaban a Bahía Blanca en el desarrollo de la región: los problemas de poblamiento que se evidenciaban en los territorios australes se solucionarían, en parte, mediante la estructuración de tendidos férreos que los conectaran con el puerto local y les facilitasen la exportación frutihortícola del valle rionegrino. En su discurso, denunció el acaparamiento de tierras por los productores lanares [21] mediante estrategias de dudosa legalidad, y el impacto negativo de este proceso en las políticas colonizadoras (de Arrieta, 1946). Su prédica reforzaba la idea de Bahía Blanca como espacio estratégico en la concepción geopolítica de la patagonia, a la vez que evaluaba la relación dependiente entre el modelo de desarrollo económico argentino y las oscilaciones del mercado mundial, evidentes después de la crisis mundial de 1929. Recuperando las ideas que ya habían expuesto Guido y Allperín, de Arrieta también consideraba central la creación de una universidad ya que, en su opinión, ella complementaría el rol material que le correspondía a la ciudad, siendo “sus trabajadores, sus técnicos, sus intelectuales, sus políticos, sus periodistas, sus educadores” los encargados de guiar el progreso austral (de Arrieta, 1946).
En parte, estas observaciones sobre la explotación de la tierra y la producción nacional se hallaban alineadas con las preceptivas emitidas por el CLES capitalino, toda vez que la esfera material del país constituía una de sus preocupaciones fundamentales, y encontraron puntos de coincidencia con las conclusiones a las que había arribado Ricardo Ortiz en sus estudios sobre los problemas económicos del territorio austral en 1945 (López Pascual, 2016a, 2016c). Sin embargo, lo que resulta interesante destacar es cómo, a través de diversas operaciones esgrimidas por sujetos que se encontraban en una amplia gama de posiciones políticas, profesionales y económicas comenzó a consolidarse la noción que relacionaba el potencial productivo de la ciudad con la legitimidad de los bahienses que intervenían en los espacios intelectuales para determinar las formas de acción en las tierras sureñas. En esta idea, algunos de los habitantes de la ciudad debían ser quienes lideraran el diseño de las políticas globales para la patagonia porque Bahía Blanca era la población con mayor poder económico e infraestructural; para ello, era necesario contar con un espacio de formación técnica que instruyera y capacitara a la futura mano de obra y que, a la vez, validara la posición diferencial de los locales mediante títulos profesionales.
La expectativa creada en torno a la posible universidad desde los años '20 había logrado efectivizarse durante la gestión administrativa de Miguel López Francés en el Ministerio de Hacienda de la provincia de Buenos Aires y a partir de la movilización de sus contactos con el gobierno mercantista se había concretado la creación del Instituto Tecnológico del Sur (ITS) (Marcilese, 2006; López Pascual, 2011). En 1948, Aquiles Ygobone[22] elaboró un extenso trabajo en el que, de manera global, presentó y legitimó la creación de este organismo en el contexto del campo académico e intelectual argentino. Editada en Buenos Aires en 1948, la obra recopilaba una ingente cantidad de datos estadísticos referidos a la producción económica de la región austral y numerosa documentación con la que se hilvanaban los antecedentes históricos del proyecto universitario en Bahía Blanca. Para un lector que desconociera la ciudad y la zona, no parecía haber dudas acerca de la evidente lógica del emplazamiento de la nueva casa de estudios y de la estrecha relación de la localidad con la patagonia. Preocupado por los problemas educacionales de la zona sur, el letrado señalaba que las deficiencias de la enseñanza se relacionaban con la orientación equívoca en la que se sustentaban, que no contemplaba las “verdaderas” necesidades de “nuestra” realidad económica, política y demográfica, lo que retardaba el progreso del país. La apertura de la casa de estudios en la ciudad conformaba, en su opinión, la cristalización de una voluntad generalizada entre la población de los territorios australes y colaboraba con la meta de “descentralizar la cultura”. El emplazamiento, por su parte, se justificaba en virtud de la potencia económica, la masa poblacional y la ubicación geográfica de la localidad (Ygobone, 1948). En la misma línea argumental que Guido y Allperín, a quienes señalaba como pioneros del proyecto, Ygobone sostenía que el planteo general en el que el Instituto Tecnológico del Sur hallaba razón de ser era el de ofrecer educación técnica y formación práctica que se vinculara al medio, que permitiera la planificación y el usufructo eficaz[23] del suelo patagónico y que posibilitara el salto cualitativo del desarrollo industrial de la región (Ygobone, 1948). En consecuencia, la oferta académica y la estructura curricular de la institución reflejarían “el vasto panorama educativo que desde Bahía Blanca ha de proyectarse al extremo austral como un anticipo del porvenir que aguarda a esta ciudad y la inmensa región patagónica” (Ygobone, 1948). Las estrategias y las condiciones de la organización productiva de la patagonia debían dejarse en las manos de su “capital natural” que, mediante la instalación del ITS y el diseño de carreras profesionales ad hoc, contaría con los expertos necesarios en el mediano plazo.
Estas eran, también, las ideas que circulaban por la prensa; la fundación del Instituto no era la realización de una aspiración “egoísta” para Bahía Blanca, sino que constituía una acción “generosa” que venía a satisfacer “las necesidades culturales del inmenso sur”. La nueva casa debía transformarse en la “Universidad del Sur” porque así lo reclamaban “urgente e impostergablemente” los intereses de la cultura argentina (Aquí nosotros, 1949). Siguiendo con la noción del “destino patagónico” y consultado sobre las necesidades de la ciudad, el abogado y gestor cultural Pablo Lejarraga [24] también afirmó en 1949 que la consolidación de la región Sur debía tener a Bahía Blanca como expresión cultural. A su entender ello permitiría proseguir, por una parte, el “proceso de integración nacional” mientras que, por otra, corregiría la asimetría entre Buenos Aires y el interior del país (Lejarraga, 1949). Como ya habían expresado otras voces, la desigualdad entre la Capital Federal y los espacios provincianos era percibida como un padecimiento que obstaculizaba la unidad nacional. Así, la concreción del proyecto global supondría un quiebre de la centralidad política, económica y cultural de la ciudad de Buenos Aires por el simultáneo crecimiento de un polo de decisión equivalente, ordenador de los territorios nacionales de La Pampa, Neuquén, Chubut, Río Negro y Santa Cruz. También para Lejarraga, coherentemente con lo expresado por los demás actores relevados, la importancia de la ciudad se relacionaba con las dimensiones geográficas, que él entendía como rasgos “telúricos”, y con los logros económicos y sociales a los que habían alcanzado sus habitantes. Sin embargo el abogado agregaba que la base material de este proyecto sería dada por el conocimiento global y específico de la región en cuestión, del que no se excluían los aspectos “imaginarios”. Durante el desarrollo de este proceso cobrarían relevancia “los escritores, artistas e investigadores” (Lejarraga, 1949) sin los cuales no sería posible cumplir con la “vocación” de la localidad por construir una relación “espiritual” bilateral con la región.
Pero ¡y aquí la reflexión!, para alcanzar cabalmente el designio, debe mediar de parte de Bahía Blanca, un acto de inteligencia y voluntad, tan resulto y fraterno que la ponga en la posesión plena de tan alta responsabilidad, y que al mismo tiempo le permita ganar y concertar lo mejor de la región, para la obra necesaria.
Consciente de su misión, Bahía Blanca, capital cultural del Sur argentino, deberá poner en acción todos sus elementos y desenvolver los medios de atracción e irradiación indispensables para una viva y honda compenetración espiritual a lo largo de la zona. La materia, en lo fundamental, será dada por el conocimiento de la región, conocimiento profundo, que no excluye la dimensión imaginaria, logrando a través de ese conocimiento, la imagen de sus inquietudes, problemas y aspiraciones. (Lejarraga, 1949, p. 1).
En cierta manera, con mucha sutileza y sin negar los datos de tipo económico, las palabras del secretario del Colegio Libre reforzaban la idea de la solidez intelectual como elemento indispensable en el plan de jerarquización de la ciudad en el contexto sureño lo que, en algún punto, discutía las razones y los planes exclusivamente materiales que eran subrayadas por otros agentes e invertía el orden de los factores. El conocimiento y la investigación sobre los problemas de la región se presentaban entonces como la pauta central de articulación de Bahía Blanca con su entorno, lo que le asignaría finalmente su valor como centro regional y lo que conduciría, eventualmente, a una integración nacional armónica en la que lo económico era una de las partes.
El ideario reformista y los cuestionamientos arielistas[25] resonaban fuertemente en el pensamiento de Lejarraga e impregnaban la manera en la que entendía el rol de la ciudad en la región. En parte, aunque complejizadas por su entrecruzamiento con las consignas de la tradición de la izquierda, eran estas mismas ideas las que subyacían en el discurso pronunciado por Ricardo Ortiz en 1958 al asumir las funciones como primer rector estatutario de la flamante Universidad Nacional del Sur. En su opinión, las instituciones universitarias no podían desentenderse del devenir de los hechos del “mundo moderno” en el que los pueblos reclamaban mejoras en el nivel de la vida pero también “superiores alimentos culturales” e “integración en la condición humana” ni despreocuparse por “los mil detalles que constituyen la trama de la vida social, en cuanto se traducen por las relaciones entre el Estado y el individuo, por la manera en que puede impulsarse el sentimiento de solidaridad que implica esa condición” (Ortiz, 1958b). En el caso de la Universidad local, estas afirmaciones se traducían en la necesidad de establecer nexos recíprocos con el entorno regional. El conocimiento profundo del contexto, obtenido mediante la investigación científica, era el objetivo primordial que debía satisfacer la universidad si lo que se pretendía era consolidar el lazo de la ciudad con lo que entendía como su “zona de influencia” y conducir el desarrollo de la misma hacia la independencia económica mediante la vía de la industrialización. El rol orientador de Bahía Blanca en el sur del país no se resumía en su potencia material sino que debía ser construido, específicamente a través de la variable cultural, siendo ello una de las responsabilidades que se llamaba a cumplir a la naciente UNS. Contribuir a la “creación de la nación” suponía, para Ortiz, potenciar el desarrollo regional “respetando las variedades locales, las modalidades de su población y de su medio” e infundirles “lo que hay de común dentro de los límites de la Argentina” (Ortiz, 1958b).
Ahora bien, si el conocimiento fue considerado un elemento clave en el éxito de la proyección de Bahía Blanca sobre la región patagónica casi desde principios de siglo, ¿cómo fue operada esta expectativa luego de la efectiva creación de la esperada Universidad en 1956? Como señala Patricia Orbe (2007), el rectorado del ingeniero Ortiz no se prolongó más que hasta mediados de 1959, cuando dimitió como producto de un intenso conflicto con uno de los grupos de profesionales locales a los que, entre otras cosas, acusó de funcionar como los delegados de los intereses agroexportadores bahienses. Con él se alejaron, asimismo, los planteos de desarrollo patagónico en los que Bahía Blanca cumpliría un rol no central, sino complementario del crecimiento regional (López Pascual, 2016a, 2016c). Entonces ¿cuáles fueron, concretamente, las prácticas mediante las cuales la Universidad puso en acto aquello que una buena parte de la opinión pública local demandaba de ella? En principio, cabe señalar que en 1962 su Dirección de Extensión Cultural publicó Bahía Blanca como capital de una nueva provincia escrito por Pedro González Prieto, quien había conformado la comisión de organización de la casa universitaria en 1956 y se había desempeñado como primer director de su Departamento de Geología y Geografía. En su trabajo, el profesor recuperó el histórico antagonismo de la localidad con la ciudad de La Plata y justificó, mediante razonamientos de tipo geoeconómicos, su plan de dar forma a la provincia denominada “Mar y Sierras” a través de la separación política y administrativa de los partidos de Coronel Rosales, Coronel Dorrego, Tres Arroyos, González Cháves, Laprida, Coronel Pringles, General Lamadrid, Coronel Suárez, Saavedra, Puan, Tornquist, Adolfo Alsina, Guaminí, Villarino y Patagones. En términos específicos, lo único que diferenciaba a estos planteos de aquellos que se habían hecho dos décadas antes era que sólo se contemplaban los territorios pertenecientes al estado bonaerense sobre los que, según González Prieto, La Plata no podía ejercer un verdadero poder por carecer “de una organización comercial o fabril que le permita controlar […] las fluctuaciones de las materias primas y de los productos elaborados...” (González Prieto, 1962). En verdad, la propuesta no pareció tener mayor recepción, probablemente por la improbabilidad práctica de hacer efectiva la secesión de una buena parte de la provincia (Silva et al., 1972).
A nuestro entender, sin embargo, la operación de mayor impacto tuvo lugar en el ámbito simbólico: hacia fines de los años '60, la Universidad procedió a una serie de intervenciones mediante las cuales validó sus proyectos específicos a través de la figura de Domingo Pronsato y desencadenó, a su vez, un proceso de celebración de su personalidad al que también se sumó el municipio en las vísperas del nonagésimo natalicio del homenajeado. En 1968 y 1970, a pesar de lo avanzado de sus años, el artista ingeniero publicó El desafío de la Patagonia (Pronsato, 1969)[26] y Patagonia Año 2000 (Pronsato, 1971) que serían las últimas dos partes de lo que dio en llamar la “trilogía patagónica”, iniciada en 1948 con Patagonia, proa del mundo (Pronsato, 1948). En el primer caso, la edición fue realizada por la Universidad Nacional del Sur, a través de fondos propios y subsidios del gobierno provincial y de la Presidencia de la Nación, y formó parte de las actividades emprendidas por la “Comisión de Homenaje al Doctor Ingeniero Domingo Pronsato”[27] en 1968. Entre ellas, también se creó una Sección Patagónica denominada “Domingo Pronsato” en la Biblioteca Central de la institución educativa, a la que el agasajado donó documentación, bibliografía y algunas de sus obras pictóricas (AMUNS, Res. RNº 2733). La Corporación del Comercio y de la Industria de Bahía Blanca, por su parte, creó el Departamento de Economía Regional y Turismo al que también intituló con el nombre del artista ingeniero; ambas entidades, finalmente, suscribieron un convenio por medio del cual los beneficios de la venta de los ejemplares de El desafío de la Patagonia, a los que Pronsato había renunciado, se repartirían en partes iguales entre la Sección Patagónica y el mencionado Departamento[28].
En abril del año siguiente, la misma UNS resolvió crear un Instituto Interdisciplinario de Estudios Patagónicos y Antárticos “teniendo en cuenta la circunstancia geográfica que signa a la Universidad Nacional del Sur: la Patagonia y el Mar”, la entidad se veía en la obligación de “contribuir al desarrollo de esa prodigiosa tierra incorporada a la civilización por el sacrificio y el denuedo de generaciones de argentinos que en el siglo pasado comprendieron su futura grandeza” (Resolución Consejo Superior Nº 128/69. El resaltado es nuestro). Entre sus considerandos se mencionaba la meta de superar
el peligro de querer trasladar a nuestra realidad lo que en países desarrollados es a la vez factor y producto históricamente formado y fundado en complejos valores, puesto que es imposible trasladar una ciencia y una tecnología calcada, con prescindencia del complejo cultural que en sus teatros de natural aparición los rodea (Resolución Consejo Superior Nº 128/69)
La reivindicación histórica a la “campaña del desierto” se sumaba, en este sentido, a las expectativas de creación tecnológica y científica genuina y específicamente pensada para la región; se enfatizaba, por tanto, en las propiedades y cualidades diferenciales que tendrían los conocimientos producidos en la Universidad local frente a aquellos que pudieran importarse de otras geografías.
En El desafío de la Patagonia, que compila extensamente la perspectiva pronsatiana acerca de la Argentina austral, el autor se refiere por primera vez a los territorios que eran objeto de sus preocupaciones como “Región Comahue” recuperando las discusiones que se originaron en 1966 a partir de la promulgación de la ley nacional N° 16694, constitutiva del Sistema Nacional de Planeamiento y Acción para el Desarrollo, en la que se estableció la necesidad de que la geografía nacional fuera dividida en regiones [29] . El Decreto Nacional N° 1097/67 que reglamentó la norma antedicha definió que la zona “Comahue” estaría integrada por las provincias de Río Negro, Neuquén, La Pampa y quince partidos de la provincia de Buenos Aires: Bahía Blanca, Patagones, Villarino, Coronel Rosales, Coronel Suárez, Coronel Dorrego, Tres Arroyos, Torquinst, Puán, Coronel Pringles, Saavedra, Adolfo Alsina, Guaminí, Saliquelló y Pellegrini. Con pocas diferencias, la delimitación abarcaba en la práctica los territorios que, según Pronsato, debían articularse económica y socialmente con Bahía Blanca dada su “natural” predisposición a ello.
A pesar de la extensión de la obra y de la cuantiosa información descriptiva y estadística que reúne, la hipótesis del autor no hace sino reafirmar que la patagonia había sido sistemática e históricamente abandonada por los gobiernos nacionales, sin importar su color político ni la situación económica interna o mundial, generando así un estado de escaso desarrollo que afectaría, en última instancia, al crecimiento del país en general y a las posibilidades de integración latinoamericana (Pronsato, 1969). Presentando una gran cantidad de datos y evaluaciones obtenidas de los resultados censales y de estudios realizados por instituciones universitarias, asociaciones públicas y empresas privadas y estableciendo comparaciones con información similar pertinente a otras regiones argentinas, Pronsato continuó argumentando –de manera más extensa y detallada que en textos anteriores- acerca de la necesidad de impulsar las obras de infraestructura de comunicaciones, energética, portuaria y de regadío sistemático que él mismo había sostenido por dos décadas. En sus últimos capítulos, la obra incorpora un texto de Antonio Siri, miembro de la UNS, en el que se sumó a la casa de altos estudios como una variable nueva en el trabajo por el cumplimiento de estos proyectos, exigiéndole así un compromiso institucional con ellos y con el posible enriquecimiento de la comunidad:
[…] el destino de la Universidad Nacional del Sur aparece íntimamente ligado al desarrollo patagónico, hipótesis válida en la medida en que se admita que no es posible concebir una Universidad moderna y pujante, en el seno de una comunidad empobrecida o decadente (Siri in Pronsato, 1969).
Por supuesto, esta idea no constituyó un novedad; como hemos visto, desde los movimientos que a mediados de los '20 habían reclamado la creación de un instituto de formación superior en Bahía Blanca hasta la gestión del propio Ricardo Ortiz al frente de la UNS, numerosos actores habían dotado a la potencial institución de esas características de vinculación con la región. Lo que resulta significativo y debe resaltarse es cómo, a partir de los actos de homenaje a Pronsato llevados a cabo por la UNS mencionados anteriormente y de la edición y la difusión de su obra, la casa de altos estudios no sólo incorporaba y se identificaba con el territorio de la patagonia y con el rol que una parte de la sociedad civil de Bahía Blanca buscaba jugar en él sino que, además, anudaba esta postura a la construcción pronsatiana y a la figura simbólica que él mismo había edificado mediante su accionar a lo largo de décadas. Es probable que este proceso de conmemoración se relacionara, de una parte, con las transformaciones internas del campo académico: el crecimiento sostenido de la Universidad provincial de Neuquén condujo a que en 1971 esta fuera convertida en la “Universidad Nacional del Comahue”. Ello implicaría la relativa legitimación de la organización territorial homónima pero, también, la ubicación de su centro cultural y educativo en otro espacio urbano, de características diferentes a las de Bahía Blanca, dotándolo de una unidad académica de similar naturaleza y envergadura que disputaría con la UNS para la atracción de los estudiantes patagónicos.
Sin embargo, la celebración de la figura de Pronsato también tuvo impacto inmediato en la opinión pública local. El 6 abril de 1971, el intendente Mario Monacelli Erquiaga, impuso el nombre de “Domingo Pronsato” a una de las salas del Museo Municipal de Bellas Artes, entendiéndolo como “un acto de la más estricta justicia, hacia quien, dotado de una personalidad exquisita y generosa, traducida en importantes obras literarias y pictóricas, ha brindado lo mejor de sus afanes, hacia todo lo sureño y en especial a ésta su ciudad natal” (Decreto municipal N° 243, 06/04/1971). Significativamente, la ceremonia se incluyó en el programa oficial de festejos con que se celebró el 143° aniversario de la fundación de la Fortaleza Protectora Argentina.[30] Días más tarde, la Corporación del Comercio y de la Industria organizó un acto público donde dio a conocer la obra Patagonia Año 2000. Reflexiones de una experiencia, de cuya edición se había hecho cargo como parte de los agasajos destinados al nonagenario ingeniero. De una extensión más reducida y con mucha menor organicidad que sus precuelas, éste último libro compiló algunos textos que habían sido excluidos de El desafío de la Patagonia y los publicó junto a numerosas reproducciones de los homenajes de los que Pronsato había sido objeto durante los últimos años. En efecto, una muy buena parte de las cuartillas fue ocupada con las resoluciones de la Universidad, los decretos del municipio y las misivas remitidas por personalidades del mundo partidario – como Arturo Frondizi y Oscar Alende –, del intelectual – Arturo Jauretche, Aquiles Ygobone, Berta Gastañaga – y de las fuerzas armadas - Juan Carlos Onganía, Isaac F. Rojas, Alejandro Lanusse- con motivo de la emisión de la obra de 1969. En términos generales, poco más se decía acerca de la patagonia en sí; lo que destacaba, sin embargo, eran dos elementos que remiten a la profunda significación celebratoria del libro.
En primer lugar, el encargado de prologar la obra fue el escritor viedmense Juan Hilarión Lenzi quien, sin conocer personalmente a Pronsato, había entablado un diálogo epistolar con él basado en las comunes aspiraciones de estimular el desarrollo patagónico. La profusa y por momentos abigarrada prosa del rionegrino destacaba al artista ingeniero como el “Patriarca de las Letras Patagónicas”; si otros habían escrito y cantado al sur “con emoción y vuelo”, lo que lo distinguía era la cuestión cronológica y la singularidad temática que destacaban, en perspectiva, “la ubicación del bahiense polifacético, patagónico por espontánea determinación intelectual” (Lenzi in Pronsato, 1971). En efecto, el prologuista remarcaba la procedencia bahiense de Pronsato e incluso reconstruía su “linaje”.
No nació allende el Río Colorado, explicándose la actitud por filial predilección, siendo un bahiense fidelísimo a su Urbe, pero el más profundo, el más alto y visionero de sus pensamientos lo tiene dedicado a la región argentina que ampara, hechiza e ilusiona la Cruz del Sur. […] Pronsato es bahiense, cuyos abuelos hicieron surgir al puerto […] Antonio Pronsato, el padre, nacido ahí, participó en la difícil conquista de la pampa, que mezcla de epopeya y égloga, imponiendo la concepción argentina del nuevo orden, siendo testigo y actor en el surgimiento definitivo de la ciudad portuaria […] nació en Bahía Blanca – la aldea que ahora es metrópoli sureña – (Lenzi in Pronsato, 1971).
En su imagen literaria, Pronsato no sólo era el visionario del destino promisorio de la tierra sureña, el “Profeta de la Patagonia”, sino también el heredero del ideario “progresista” que había “ordenado” la región y la había vuelto productiva a fines del siglo anterior. En este sentido, entonces, y a pesar de su origen bahiense, Lenzi consideraba que por su vida y su obra “precursora” el homenajeado merecía que “los hombres del sur lo acojamos en nuestro breve núcleo con los brazos abiertos, diciendo con justicia palabras de reconocimiento” (Lenzi in Pronsato, 1971). Cabe preguntarse, como interrogante que atravesaría todo el tema del que este texto es objeto, cuáles fueron las formas concretas en las que los “presagios” pronsatianos fueron recibidos en los distintos confines de un espacio tan extenso y tan variado como es el que de manera históricamente determinada (Navarro Floria y Williams, 2010) se ha dado en denominar como “Patagonia”. Sin dudas, el investigador se embarcaría en un problema vasto, tanto por su densidad geográfica y humana como por su extensión temporal, razón por la cual no abundaremos aquí en consideraciones al respecto [31] . Con todo, resulta interesante señalar la apropiación que hacía Lenzi de la representación centralista de Bahía Blanca: la ciudad no era parte de la región en cuestión, pero sí se observaba como “la metrópoli sureña”.
El segundo de los elementos que dotaron a Patagonia Año 2000 de un carácter marcadamente conmemorativo fue la propuesta de creación del “Panteón de la Patagonia” como construcción recordatoria de la “epopeya conquistadora de [Juan Manuel de] Rosas” (Pronsato, 1971).[32] En la proyección de Pronsato, fechada en septiembre de 1970, la marca espacial hallaría su forma en un complejo de tres elementos en el que un edificio monumental de estilo “micénico-espartano-troyano” construido en la cima del Médano Redondo[33], se articularía con una colonia frutihortícola de cinco mil hectáreas ubicada en el valle del río Colorado y con un puerto de cabotaje en la desembocadura del mismo, desde el cual se transportaría la producción al puerto de Bahía Blanca. Si las grandes ciudades y las capitales europeas tenían edificios monumentales que recordaban a sus “próceres, artistas o personalidades eminentes”, también la patagonia podía tener un lugar dedicado a la memoria de “los descubridores, exploradores, conquistadores, hombres de ciencia, misioneros y arquetipos pobladores que conocieron, amaron y expusieron sus vidas para el mejor conocimiento de ese suelo patrio que todavía está perdido en las hiperbóreas regiones del sur argentino” (Pronsato, 1971). El conjunto de “héroes” cuyos nombres debían ser inscriptos en el mausoleo abarcaba a navegantes aventureros del siglo XVI como Fernando de Magallanes, misioneros religiosos como Tomas Falkner o Juan Bosco, exploradores como Charles Darwin, personajes de la historia nacional como el mentado Juan Manuel de Rosas, numerosos hombres de armas, algunos funcionarios estatales y todos los legionarios llegados a Bahía Blanca con Silvino Olivieri en 1853, entre los que se encontraban los “próceres” bahienses Daniel Cerri y Felipe Caronti y también Domingo Pronsato, abuelo homónimo del artista ingeniero (Pronsato, 1971).
Se observa entonces que la articulación de ambos factores – la caracterización construida por Lenzi y el proyecto de señalamiento espacial en el que el propio nombre de Pronsato se inscribía como protagonista de la “épica” patagónica – y su publicación conjunta con los documentos en los que la misma universidad celebraba su vida, sus ideas y proyectos, redondeaban el proceso de conmemoración del personaje y, con ello, cristalizaban la representación de la ciudad como “verdadero” centro, “injusta” y “erróneamente” no reconocido, de la región austral.
La “frustración” de los planes de hegemonía de los bahienses sobre una región a la que, sin desmedro de la variación de los límites con los que la imaginaran, fue identificada como “Patagonia” no cancela la centralidad operativa desempeñada por esa meta a lo largo del período considerado. Más allá del juego de palabras, pensar a la ciudad como “la puerta y el puerto del sur argentino” sintetizaba las aspiraciones de control de la circulación – de personas, de bienes y de ideas – desde el exterior hacia el interior de un área de la que se consideraba el centro por “derecho natural”. El análisis de esta representación a lo largo del siglo debe ser, también, la reconstrucción de cómo fue naturalizado su función y su sentido político e ideológico en el mundo social de Bahía Blanca.
Para quienes no habitaban en ellas, las tierras del sur del país y aquello que se nominó genéricamente como “Patagonia” o “el sur”, a mediados de la última centuria habían dejado de ser el “desierto” a “civilizar” para convertirse en una suerte de “El Dorado”. Su extensión territorial, su variedad orográfica y climatológica y su relativamente reciente incorporación al Estado nacional las volvían un espacio desconocido pero de promisoria riqueza. De manera análoga al proceso de “conquista” del territorio sudamericano durante la etapa colonial (Penhos, 2005), la clave del efectivo dominio de los gobiernos sobre estos territorios era la posesión del conocimiento específico.[34] Si a fines del siglo XVIII la visualidad había jugado un papel fundamental en la efectividad de la imposición española, y a mediados del XIX la representación cartográfica se planteaba como una de las herramientas para la consolidación y delimitación del territorio estatal,[35] para la época analizada la producción de saberes científicos se presentaba como una nueva variable que, sin anular las anteriores, complejizaba los conocimientos y las formas de control que ellos suponían, a la vez que asignaba nuevas posiciones a los investigadores, los intelectuales y los expertos.
A los ojos de algunos agentes locales - de los cuales Domingo Pronsato se erigió en su líder y su cabeza visible - el crecimiento económico, demográfico y social sostenido por Bahía Blanca desde las primeras décadas de 1900 la convertían en el indiscutido centro de una “periferia” patagónica que, de manera general, delimitaban en torno a los territorios de Neuquén, el valle del Río Negro y el sur de La Pampa. El argumento de la prosperidad material, unido a su ubicación relativa en el entramado de una estructura de transportes en proceso de definición, fue el elemento discursivo recurrente en las iniciativas de consolidar nominal y administrativamente lo que, en los hechos, se consideraba ya resuelto. A su vez, esta dimensión material y la meta ambigua de lograr “el desarrollo económico de la patagonia” funcionaron como las herramientas de validación de las aspiraciones locales sobre un territorio cuyo estatuto jurídico estaba en revisión y, simultáneamente, como los objetivos globales de largo plazo que justificaron los distintos proyectos particulares. Mientras en otras teorías –como las de Ricardo Ortiz- la ciudad estaba llamada a cumplir un papel importante, pero no preponderante, en el crecimiento industrial autónomo de una región a la que no pertenecía, buena parte de las prácticas generadas desde la localidad se orientaron a intervenir directamente y a coordinar las distintas instancias del proceso como una forma de defender los intereses locales frente al sometimiento al que la ciudad se sentía reducida por los poderes centrales metropolitanos.
Bahía Blanca era entonces, al entender de estos actores, la “capital natural” de la patagonia por una serie de razones: por ella circulaba su producción, era la ciudad más poblada, había alcanzado la prosperidad por la vía privada y ello le concedía “derecho” al “reconocimiento” y, también, porque en ella habitaban quienes conocían sus características y sus problemas. Fue en este sentido que la variable cultural se volvió central. De un lado -y a diferencia de algunas propuestas emanadas desde el Estado durante los años ’30, en las que primaba la concepción apriorística y homogeneizadora sobre las tierras en cuestión (Nuñez y López, 2015)- los bahienses afiermaban conocer la zona en virtud de su cercanía, por haberla fotografiado, retratado, mensurado y sufrido al recorrerla a pie, a caballo o en automóvil. Por otro, la existencia de un número relativamente pródigo de artistas, escritores y operadores culturales, situaba a la ciudad en lo que muchos entendían como una posición de jerarquía con respecto a las localidades aledañas en el sudoeste bonaerense y a los centros poblados de los territorios de La Pampa, Neuquén, Río Negro, Chubut y Santa Cruz. Ello jalonó la creciente institucionalización de las actividades culturales y, finalmente, consiguió que el largo periplo por gestar una universidad local diera sus frutos.
La creación de la anhelada casa de altos estudios ayudó así a consolidar esta noción al interior de la comunidad local - especialmente si se tiene en cuenta que fue la primera universidad nacional emplazada en una ciudad que no era capital de provincia - que vio así su edificación como la confirmación de la justeza de sus reclamos. Como contrapartida, la misma institución asumió la marca identitaria con la que había sido proyectada y complejizó la representación al propiciar la transformación de la figura del mencionado Pronsato en la del “profeta” y el “héroe” patagónico como una forma de respaldar, por medio de la autoridad simbólica del nonagenario ingeniero, su herencia “sureña” frente a la aparición de otras entidades educativas en la región que consideraba bajo su influencia.

Figure 1. Bahía Blanca and the north patagonic región

Figure 2. Geographical projection for the province of Libertador General San Martín, 1950. Pronsato family archive.

Figure 3. Tracing of the Trasandino del Sur Railway, 1957.
Reproducido en AA.VV. Congreso Trasandiniano, Comisión Pro- Ferrocarril Trasandino del Sur, Bahía Blanca, 1958, p. 24.