Dossiê

¿Existió la microhistoria?

Did microhistory exist?

Dedier Norberto Marquiegui
Universidad Nacional de Luján (UNLu), Departamento de Ciencias Sociales., Argentina

¿Existió la microhistoria?

História Unisinos, vol. 20, núm. 3, pp. 249-259, 2016

Universidade do Vale do Rio dos Sinos

Concedo a Revista História Unisinos o direito de primeira publicação da versão revisada do meu artigo, licenciado sob a Licença Creative Commons Attribution (que permite o compartilhamento do trabalho com reconhecimento da autoria e publicação inicial nesta revista). Afirmo ainda que meu artigo não está sendo submetido a outra publicação e não foi publicado na íntegra em outro periódico e assumo total responsabilidade por sua originalidade, podendo incidir sobre mim eventuais encargos decorrentes de reivindicação, por parte de terceiros, em relação à autoria do mesmo. Também aceito submeter o trabalho às normas de publicação da Revista História Unisinos acima explicitadas.

Recepción: 01 Agosto 2016

Aprobación: 04 Noviembre 2016

Resumen: El artículo recorre la historia de los diversos movimientos en el mundo que han sido reconocidos como microhistoria. Para ello estudia la trayectoria de sus componentes, sus títulos más reconocidos y su lugar en el panorama historiográfico de su época, valiéndose del análisis de esas mismas obras. El propósito es encontrar las diferencias, semejanzas y propuestas comunes de todas para el examen de problemas como los movimientos migratorios que busca inspiración en ella.

Palabras clave: microhistoria, movimientos, autores, aportes.

Abstract: This paper traces the history of the movements in the world that have been recognized as microhistory. It involves studying the trajectory of their members, their most recognized titles and their place in the historiographical panorama of their time, based on the analysis of these same works. The purpose is to find the differences, similarities and common proposals to examine problems such as migratory movements seeking inspiration in it.

Keywords: microhistory, movements, authors, contributions.

Palabras iniciales

No tema el desconcertado lector, no se trata aquí de afirmar la inexistencia del campo de estudios que es materia de análisis de este artículo. Pero sí, en cambio, de llamar la atención sobre la ausencia de una definición única de microhistoria, sobre la dispersión y variabilidad de las expresiones que reclamaron su pertenencia a algo que pudiera rotularse con ese nombre, acerca de la imposibilidad de comprender a todas esas formas como desprendimientos de un mismo tronco, que aspire a idénticos objetivos, ni que pueda ser considerada como una sola corriente o escuela. Ni siquiera como una empresa común que fue languideciendo, sin que ni siquiera quienes fueran sus principales cultores mostraran demasiado interés por sostenerla (y aunque, sin nombrarla, la siguieran practicando). Microhistoria mexicana, microstoria italiana, microanalyse française, jeux d’echelles, local history inglesa, o la historia “en su lugar” de Justo Serna y Anaclet Pons. Demasiadas opciones, tantas como para que parezca legítimo preguntarse, incluso lo hicieron algunos de sus iniciadores italianos, sobre su misma existencia. Puntos de vista y hasta proyectos diferentes, pero con algunas propuestas en común, métodos e ideas entre las que se pueden buscar las razones de una perdurabilidad que llega hasta nuestros días.

Porque, pese a todo, contra todos los obstáculos y hasta contra la presunta indiferencia de quiénes alguna vez la llevaron a su cénit (y quiéranlo o no siempre estarán asociados a ella), seguimos hablando de microhistoria. Quizá por el impacto mayúsculo que su implementación tuvo en terrenos como los estudios migratorios, mas no solo en ellos, con consecuencias imposibles de soslayar, simplemente dejándolos de lado. Es por eso que, en el presente artículo, nos proponemos repasar las principales líneas de algunos de esos movimientos, con especial énfasis en la “escuela” microhistórica italiana, en tanto eventuales fuentes inspiradoras de esos y otros desarrollos que se reflejaron en diversos países y en una variedad de terrenos, entre los que los estudios dedicados a la inmigración europea con destino a América de los siglos XIX y XX ocuparon un lugar sin dudas destacado.

Microhistoria mexicana, local history inglesa y otros aportes

Pueblo en vilo. Microhistoria de San José de Gracia de Luis González y González (2001), publicada por primer vez en 1968, aparece como el punto de llegada y a su vez el impulsor de una larga tradición monográfica, que tuvo lugar en México tanto como en otros países. En esta “historia universal de San José de Gracia”, como la definieron algunos de sus seguidores de la Escuela de Michoacán, González y González defiende la legitimidad de la historia local, de la pequeña villa, parroquia o región como una concreta opción resultado de la búsqueda de una forma de historiar más abierta y humana, más dispuesta al registro del acontecer cotidiano, de la minucia que la Gran Historia descarta. Pero, discípulo de Braudel al fin, pues había cursado estudios en Francia, lo hace en el arco de la larga duración, recorriendo la historia de su pueblo natal a lo largo de cuatro siglos.

Su forma de escribir, sin embargo, poco tiene que ver con la de quienes reconoce como sus maestros franceses y mexicanos (como Daniel Cossio Villegas), pues en todo momento hace opción por una forma de descripción cualitativa, que deja de lado lo serial y cuantitativo, que hace hincapié en lo singular y tiene base en su propia práctica del oficio de historiador. La suya, de todas maneras aclara, está lejos de la petite histoire francesa, de tan mala fama para alguien como él formado en las aulas de la Escuela de los Annales, pues la suya está lejos de ser historia anecdótica, el resultado del chismorreo de las historias de alcoba que queda como rezago de las biografías, para deleite de un público ávido de esa clase de relatos morbosos. Antes bien, si busca en los pliegues de lo conocido, su versión de microhistoria podría encuadrarse entre lo que Nietzsche alguna vez definió como “historia anticuaria”, es decir, aquella que se regodea en lo pequeño, restringido, antiguo o arqueológico. Pero que no estudia al acontecimiento por el acontecimiento mismo, cualquiera sea su antigüedad, sino que busca en él la esencia de las cosas. Por eso la llama también “Historia Matria”, por oposición a “Patria”, que alude a todo lo grande, varonil, cambiante, poderoso y racionalmente consciente, mientras que su búsqueda es de lo pequeño, débil, conservador, suave, telúrico y femenino del mundo de la madre, pero que brinda el sustento sobre el cual se despliegan todas las acciones.

Falta en él, que bajo incitación de sus colegas buscó escribir luego tratando de precisar su práctica histórica en ideas generales en Invitación a la microhistoria (González, 1984) y Nueva invitación a la microhistoria (González, 2003), el deseo por exceder esa misma práxis, formulando otras y más profundas definiciones teóricas, o por establecer una discusión sobre la legitimidad de otras escalas de estudio que difieran de la suya. Y, aunque a lo largo de todo el mundo y en todos los tiempos encuentra ejemplos de “microhistoria” o “historia matria”, no localiza en cambio antecedentes contemporáneos a los cuales referir esa obra, traducida y publicada luego en Francia, salvo esa “local history” inglesa de la que le repugna su apelativo de “local” y su rechazo, expresado por W.G. Hoskins, a utilizar para definirse la denominación de microhistoria, que él había sido uno de los primeros en utilizar.

Esta corriente, en particular encarnada por la Escuela de Leicester, sin embargo no se ve a sí misma como meramente “local”, sino que ha sido conceptualizada como una “historia nacional en pequeño”, que en lo práctico se hace posible por toda la enorme diversidad de documentos disponibles a este nivel, pero que no lo está en otras escalas. Es más, sus componentes más destacados, empezando por Hoskins (1972), el primer director del Departamento (luego Centro) de Historia Local de la Universidad de Leicester y primer catedrático en la materia, quien, acompañado contemporáneamente o luego por Finberg, Thirsk, Phythian y Everitt, entre otros, se proponían alcanzar desde una óptica multidisciplinar una “historia total de las comunidades, entendiéndose por tal las pequeñas comarcas encuadradas en perspectiva topográfica, en un amplio abanico de problemas que van desde el medio ambiente y el paisaje, pasando por la sociedad, la demografía, especialmente la demografía, la economía, la cultura y el folklore. Es más, en un cierto sentido, es probable que puedan pensarse como historiadores regionales antes que locales, si bien se reconocen como continuadores practicantes de una larga tradición de historias de las localidades, villas y aldeas, que tratan de buscar en ellas, y en eso es probable que se asemejen a González y González, los movimientos subyacentes y fuerzas profundas que están detrás del desarrollo de las regiones y la nación entera. Estos siempre pensados como niveles diferenciados, superiores, en los cuales se articulan las pequeñas historias que ellos cultivan. En un momento especialmente propicio, como el de la segunda posguerra, en particular durante la década del cincuenta, en donde la apertura hacia la microhistoria viene a coincidir con la práctica activa de una microeconomía y una microsociología influyentes al mismo tiempo que, desde otros espacios historiográficos, se reclamaba, insinuando la utilidad y potencial riqueza, de promover el intercambio entre historia social y antropología.

En este sentido, resulta ilustrativo el interés de Thompson por la cultura, particularmente la cultura de los sectores populares, sobre todo visible a partir de su clásico The making of the English working class. Para él una forma de descubrir las normas no expresadas de una determinada forma de convivencia o sociedad, para colmo parte de una época que por definición nos es ajena, rehuyendo las fáciles generalizaciones que nos son accesibles a todos, buscando al revés el hecho atípico, como clave de decodificación de un universo de ideas al que no podremos acceder de otra manera. Mas no calificándolo desde el hoy como una rareza, sino tratando de entender su significado en su contexto de producción, lo que nos permitirá aumentar nuestro conocimiento de esa sociedad en particular, indagando en el contrateatro que los pobres ponen en escena, como respuesta y hasta prácticas de sobrevivencia en un marco de un sistema opresivo. Pero que, en lugar de encontrarlos como víctimas o actores pasivos de las injusticias que sufrían, nos devuelve la imagen de seres y grupos activos que influyen en su destino a través de sus propios rituales y recursos para contestar aspectos de una posición que de otra manera sólo puede verse como adversa. Pero lo interesante es que la relación entre ricos y pobres, entre sectores dominantes y subalternos no es así nunca lineal, sino siempre un ida y vuelta, aunque para recobrar su significado nos impulse a buscar esos aspectos “extraños” significantes, reveladores de sentidos de los comportamientos de los actores de una época a la que no pertenecemos (casi un paralelismo y no por casualidad del oxímoron de “lo excepcional normal” de Edoardo Grendi en Italia), del mismo modo que lo hacen en su práctica profesional los antropólogos (Thompson, 1997).

Claro que no será este el único aporte de la antropología o la sociología británicas al trabajo de los historiadores y en especial, directa o indirectamente, al de los dedicados al estudio de los movimientos migratorios internacionales. Uno, sin dudas fundamental, es la noción de redes sociales tal como lo entiende la Escuela de Antropología Social de la Universidad de Manchester. En este ámbito, regenteado por un en principio reacio Max Glukman, surgió la teoría del social network anaslysis. El escepticismo inicial de su director cedió ante la evidencia empírica y la riqueza de insinuaciones que le fueron progresivamente presentando, a lo largo de la década del cincuenta, los sugestivos trabajos de John Barnes y Elizabeth Boot, y más adelante Clyde Mitchell. El primero, con su estudio sobre la importancia de los vínculos personales, de parentesco, amistad y vecindad en un comunidad de feligreses pescadores de Bremnes en Noruega, fue el pionero en utilizar formalmente el concepto, la segunda con su trabajo sobre el papel de las redes en las conductas segregativas de los miembros de un grupo de familias obreras del este de Londres y el tercero con sus análisis del papel de ese mecanismo en situaciones urbanas europeas y sociedades tribales en África, sentaron las bases para el despliegue de un campo de estudios llamado a influir en una diversidad de problemas que aún resuena muy lejos de haber encontrado su horizonte. Esos, en realidad, fueron los primeros trabajos que sentaron las bases metodológicas y de un tipo de aproximación que, sin dejar de lado los sistemas de agregación tradicionales, los concibió en términos de sistemas de relaciones. De esa manera, la cuestión medular de esta perspectiva se desplaza al estudio de los vínculos entre personas como explicaciones plausibles de sus patrones de comportamiento, siempre a nivel micro, como parte de familias, grupos o incluso comunidades (esa red total de la que hablaba Barnes), lo que revaloriza el papel de esos actores como protagonistas de sus propias historias y de las redes sociales como constructos que resignifican otorgando nuevo sentido a sus acciones.

La microhistoria italiana

La microhistoria italiana puede ser pensada primero como un síntoma, como la historia de una reacción, la manifestación palpable de una insatisfacción cada vez más grande perceptible en la pérdida de centralidad de los modelos hegemónicos globales, ya sea en su versión marxista o estructural-funcionalista, que les era ya evidente entre mediados y fines de la década del sesenta, y que encontraría ratificación plena después con la caída del Muro de Berlín o el agotamiento del arquetipo del Fin de Historia (por el triunfo del mercado) de Francis Fukuyama. Pese a la ausencia de tan rotundas confirmaciones, la crisis les resultaba visible, lo que significaba poner en discusión sus antiguas certezas, entre otras cosas evidenciando los resultados decrecientes de los esquemas de interpretación cuantitativos que esas líneas de trabajo propiciaban tanto como sus conclusiones, casi siempre pobre remedo de otras obtenidas previamente. Pero como siempre en cada crisis hay una oportunidad. La necesidad de romper con las manifestaciones vacías de esos modelos generales y abstractos, que casi siempre conocían sus resultados antes de empezar a investigar, todo llevó a la gestación de otras formas de aproximarse a los problemas, contándose entre ellas y en un lugar de privilegio la microhistoria italiana.

En tanto reacción contra esa clase “historia total”, que hace énfasis en lo serial y repetitivo, sobre todo los acercamientos macroscópicos representados por la Escuela de los Annales franceses, Grendi defiende lo que él llama “la vía italiana hacia una historia social más avanzada”. Porque, si muchas de sus propuestas no son absolutamente originales, por ejemplo la opción por la reducción de la escala, que ya hemos observado como parte de otras propuestas, su enunciación adquiere aquí una radicalidad en otras partes ausente. El historiador mexicano Aguirre Rojas coincide con Grendi al creer que muchas cosas se explican por condiciones específicas que solamente se dan en Italia. Entre ellas, la falta de un discurso unificador, que cada tanto surge solo para diluirse con la misma rapidez con que había aparecido, en parte explicable por la fuerte tendencia policéntrica y autonomista del territorio y la sociedad italiana. Esta diversidad geográfica y cultural, con regiones y ciudades fuertes, en el contexto de un estado central debilitado, dificulta la posibilidad de construir relatos unificados, máxime cuando una de las últimas veces que se lo intentó se lo hizo desde la órbita del fascismo después desprestigiado, una razón por la que, tras su derrota, resurgen las historias de villas y regiones que brindan un terreno fértil para la microhistoria. Ello explica las dificultades habidas aquí para explicar lo general prescindiendo de lo particular. Pero si a eso le sumamos la fortaleza de una sociedad civil que gusta problematizar la historia de los sectores obreros, campesinos y populares, que siempre han estado en el centro de las preocupaciones de los microhistoriadores, la mayoría originariamente marxistas o pertenecientes a movimientos de orientación de izquierda, combinado a la abundante disponibilidad en todas partes de fuentes de todo tipo, generadas en el transcurso de la vida de una sociedad varias veces milenaria (Italia misma es, en términos de Ginzburg, un inmenso archivo), y la densidad y cosmopolitismo de la cultura italiana, que los alienta a ser abiertos en la búsqueda de sus fuentes de inspiración sin por ello perder su carácter nacional, invitándolos al localismo sin por eso dejar de ser universales, es que quizá podamos comenzar a entender el contexto general y particular donde surge una propuesta tan original como la analizada (Aguirre Rojas, 2003).

Tiempo y espacio nos brindan las coordenadas desde donde comenzar a comprender la singularidad y universalidad al mismo tiempo del proyecto microhistórico italiano, pero no tanto para entender los itinerarios, a veces convergentes, a veces divergentes, de muchos de los que serían sus principales representantes, los consensos básicos a los que llegaron, lo mismo que las diferencias que los habrían de separar, los contenidos en definitiva de esta forma de hacer historia que fue ganando visibilidad. La microhistoria, desde el principio, se definió como una práctica historiográfica. Por eso mismo carece de manifiestos teóricos, programáticos, estatutos, etc., lo que no fue impedimento sin embargo para que se convirtiera en uno de los principales protagonistas del debate histórico epistemológico de los últimos 40 años. Otro de los acuerdos básicos alcanzados desde el principio es que es una práctica que se basa en la reducción de la escala de observación como recurso metodológico, una premisa que descansa en la segura convicción que la observación microscópica producirá efectos de conocimiento, viniendo a revelar la presencia de factores antes no contemplados (Levi, 1996, p. 122-124). Ese análisis microscópico se combinará con una utilización intensiva de todo el material disponible a ese nivel, que cristalizará en un relato producido en los términos de una “descripción densa” (Geertz, 1996). Años antes, el antropólogo norteamericano Geertz, lo que prueba la amplitud de sus fuentes de inspiración, había definido a la “descripción densa” como la habilidad de com­pren­der concep­tos que, para otro pueblo, son de expe­rien­cia próxi­ma y traducir­los ponién­dolos en conexión signi­ficativa con aque­llos otros, que son de experiencia distante, “[...] que son aquellos con los que los teó­ricos acos­tum­bran a captar los rasgos generales de la vida social [...]”. Lo que se busca, en definitiva, o lo que se debiera buscar, propo­niendo una espe­cie de “ir” y “volver”, de equilibrio inestable entre “lo más local del detalle local y lo más global de la estructura glo­bal”, es re­crear un cam­po que permita la concurren­cia, aun­que más no sea tempo­raria, de dos realida­des que, aún distin­tas, se encuentran en este punto haciendo de ese modo posi­ble su compren­sión mutua (Geertz, 1994, p. 76).

¿Otro pueblo, por qué otro pueblo? Esto es casi natural en la actividad de los antropólogos, que casi siempre tratan con una alteridad tan radicalmente distinta a su propia identidad, que no necesita de mayores explicaciones. Pero los historiadores, ¿por qué nosotros? Y máxime cuando si estudiamos nuestra propia sociedad… He aquí otra de las contribuciones de la microhistoria italiana. Sobre todo de los pioneros en la década del sesenta, Gredi, Poni, el mismo Ginzburg. No se trata de demostrar lo que ya sabemos, ni el modo como hubiésemos querido que sean las cosas. Cuando vamos al pasado nos sumergimos en “otro mundo” distinto al nuestro, con otros códigos y formas de proceder, no importa que se trate del lugar que hoy precisamente habitamos. Un mundo distinto precisa de nuevos métodos que nos permitan captar esa alteridad que se nos pasa desapercibida, de pensar lo “excepcional normal”, en términos de Grendi, que nos permita pensar eso que no conocemos pero representa el status quo de cómo se vivía en ese momento. Es en ese sentido que quizá podamos reconocer precisamente en Grendi a uno de los precursores necesarios de los rasgos esenciales del proyecto microhistórico italiano, aunque en principio fuera reacio a usar la palabra microhistoria, y a uno de los mediadores culturales imprescindibles a través de los cuales se filtró la influencia del mundo cultural anglosajón (había estudiado en la London School of Economics), en particular receptivo a las lecciones de la tradición thompsoniana (como hemos visto permeable a un intercambio más abierto entre historia social y antropología social), y del sustantivismo económico de Polanyi (Grendi, 1978), la sociología rural, la antropología y hasta la de los local historians británicos. Fue a través de ellos que Grendi se atrevió a reclamar el fin del diletantismo de los grandes modelos, que llevaban inexorablemente al triunfo de las grandes leyes y abstracciones, y a exigir una mayor concretización de los conceptos, algo que se podía hacer sólo a través del microanálisis, tal el término que él utiliza. La radicalidad de la propuesta de disolución de la historia-síntesis, en el largo plazo, llevó a proclamar la necesidad de explorar los conocimientos extraordinariamente abundantes existentes a escala pequeña, en la ciudad, en la parroquia, en la aldea, en la familia, llegando a un máximo de desagregación posible, lo que llevaría, a Ginzburg junto a Poni, a postular la pertinencia de anclar las investigaciones en lo que podríamos llamar un máximo de desagregación posible, identificable con la apelación al nombre, la referencia en última instancia como se pueden reconocer las personas (Ginzburg y Poni, 1991), sin por ello recaer en el individualismo. Porque no se trata del individuo por el individuo mismo, aunque apelando al nombre se pueden construir biografías reveladoras de las formas de sociabilidad y la cultura subyacentes en una época y sociedad determinadas. Porque a partir del nombre, y al revés de cómo se habría hecho en una historia “desde arriba”, volviendo a Grendi, es que se puede reconstruir la verdadera dinámica de las relaciones existentes hacia el interior de las pequeñas comunidades, lo que hace de la suya una aproximación que enfatiza una visión ligada a una historia social que hace hincapié, recuperando el papel de las personas, las familias y los grupos de pertenencia, reconstruyendo las redes de relación sociales a ese nivel perceptibles (Grendi, 1977), en una clase de interpretación, que luego tendrá a Giovanni Levi como uno de sus mayores exponentes.

Es decir, de lo que se trataba para hacer fructificar en el trabajo histórico era de retomar las lecciones de una antropología social que, a partir de la reducción de la escala, era capaz de dotar de “contenidos” a unos conceptos (como la estructura social, la familia o el mercado) que, a escala mayor, aparecían siempre como abstractos, vacíos de sentido y de utilización repetitiva, tratando de escapar de la lógica entificante del discurso macro. Por el contrario, lo que él proponía (y con él todos los microhistoriadores italianos) era una “historia desde abajo” y de reconstrucción de las experiencias propias de cada época, a las que se debía restituir su verdadero sentido que así podía ser recuperado para las generaciones presentes en su auténtico significado histórico. Y fue en esa búsqueda de lo “excepcional normal”, que Grendi consideraba como el horizonte deseable de los historiadores, que otro destacado miembro del grupo fundacional, Ginzburg, publicaba en 1966 I Benandanti,, considerado el primer libro de la escuela microanalítica.

Básicamente, I Benandanti anticipa ya muchas de las características propias del texto microhistórico: es un estudio de caso, de un caso además atípico, analizado minuciosa y detalladamente, mediante la utilización de toda la documentación disponible en el universo microscópico elegido, siendo un estudio que también sirve como base para una crítica de algunos de los grandes modelos de análisis sobre el tema por entonces vigentes, como la historia de las mentalidades, a la vez que se ofrece como la propuesta de una historia cultutal alternativa que terminará de concretar años después con la aparición de su obra más conocida y traducida, Il formaggio e i vermi, en donde además retomará algunos temas, como la inquisición, presentes en la obra fundacional a la que aludimos. Pero 1966 es un año importante también porque es ese el momento en el que se comienza a publicar Quaderni Storici (al principio delle Marche), una revista que se ofrece como espacio de experimentación y renovación historiográfica, a la que se van en lo sucesivo a vincular, oficiando como medio para la divulgación de muchos de sus escritos hasta llegar ellos mismos a ocupar cargos directivos, comenzando por Grendi en 1970, que es no casualmente el año en que pierde el apelativo delle Marche, afirmando por sobre su vocación localista, y sin perderla del todo, la de una publicación llamada a pesar en el debate nacional e internacional. La revista ofrece la primera empresa común que habrá de reunirlos, a la que se habrá de sumar después la edición conjunta de la serie de libros rotulada como Microstorie que llegó a reunir una veintena de títulos entre 1981 y 1991.

Como se habrá podido observar, también desde el principio se perfilan las características que permitirán distinguir por lo menos dos ramas diferenciadas o formas de hacer microhistoria diferenciadas. Una, con representante destacado en Ginzburg, abierta a la formación de una historia cultural, que no se descarta la apelación a lo individual (el molinero Menocchio), como una forma de empezar a reconstruir no solo la red de relaciones sociales en que estaba implicado, sino la de las referencias culturales a través de las cuales nuestro personaje construyó su cosmovisión del mundo, brindando a la vez que las bases para la construcción de una crítica a las formas tradicionales de aproximarse a esta clase de problemas un edificante ejemplo alternativo de construcción de un universo de representaciones que vuelve a la vida en toda su densidad y complejidad. La otra, más relacionada a Levi y Grendi, antes bien dirigida a la construcción de una nueva historia social, que desechando los grandes agregados macroestructurales, las definiciones per se, los resignifique dotándolos de nuevos sentidos, si se prefiere articulados “desde abajo”, mediante la reconstrucción de la red social de pertenencia y los vínculos por los que se relacionan y prefiguran los verdaderos significados de época con que redefinir sus comportamientos.

Esas diferencias, no obstante, si bien presentes desde los mismos orígenes del movimiento, se harán más patentes en lo que Carlos Aguirre Rojas, mas no solo él, ha dado a llamar “etapa áurea” de la microhistoria italiana, o sea, aquella donde, después de 1970, hicieron su aparición los principales textos, aquellos de mayor reconocimiento, nacional e internacional, traducidos a infinidad [a una infinidad?] de idiomas, y de mayor influencia en el debate teórico epistemológico internacional. Hablamos, en primer término y entre muchas otras obras, sobre todo de Il formaggio e i vermi, El queso y los gusanos de Ginzburg y de L’eredità inmateriale, La herencia inmaterial de Levi.

En El queso y los gusanos Ginzburg utiliza, y de manera muy consciente, varias de las propuestas metodológicas propias de la microhistoria, moviéndose constantemente en un ida y vuelta entre lo más local del detalle local (en la reconstrucción de la vida y relaciones de Domenico Scandella, más conocido como Menocchio, el molinero friulano de proverbial locuacidad que estaba siempre discutiendo con alguien, sobre todo cuando se trataba de exponer sus ideas en materia religiosa, lo que le valió ser llevado dos veces ante los tribunales de la inquisición) y el nivel más general de las formas de aproximación macrohistóricas por entonces vigentes en la recuperación del mundo cultural italiano y europeo del siglo XVI. Para criticarlos parte de una “utilización intensiva” de toda la documentación disponible, en particular practicando una lectura minuciosa de los juicios inquisitoriales, que le son reveladores hasta en “los silencios, pero sobre todo por la tendencia de los jueces a anotar cada palabra de lo que se declara, como una forma de probar la culpabilidad herética del reo”. Esa sobreabundancia de informaciones le permitirá hacer una ejemplar “descripción densa”, reviviendo para el lector actual toda la profusión de experiencias y de lecturas que están detrás de la cosmogonía de Menocchio, de su mundo de convicciones que habrán de llevarlo finalmente a la hoguera, presentando un modelo alternativo para la recuperación del mundo de la cultura popular de los sectores campesinos del siglo XVI italiano y europeo. Modelo alternativo superador a las formas de reconstrucción representadas por la historia de las mentalidades, las aproximaciones que tienden a ver a la cultura popular como cultura impuesta “desde arriba” o la historia serial de los procesos culturales (Ginzburg, 1987 [1976]).

Un conjunto de problemas, especialmente el del saber reservado a la cultura popular y los círculos privilegiados, que habrá de recuperar de otra forma luego en “Lo alto y lo bajo: el tema del conocimiento vedado en los siglos XVI y XVII” (Ginzburg, 1994), lo que le permitirá perfilar un modelo de análisis aún más específico de aquel que había pergeñado con Poni y que de alguna manera había corporizado en Scandella, cuyo “nombre” había permitido cruzar todas las fuentes y los archivos que documentaban distintos aspectos de su vida. En el camino se entremezclan otras influencias no menos sugerentes, como la de Aby Warburg, en su apreciación de los modos de salvar las distancias entre monumentos y documentos, superando la percepción meramente estética de las obras de arte para dejar pasar a las sensibilidades propias del artista y de su mundo de pertenencia, es decir, de recuperar la historia que se expulsa por la puerta, pero se filtra por la ventana, que se articularán en la formación de un nueva forma de interpretación que él mismo reconocerá bajo el rótulo de “indiciario”. En el paradigma indiciario de lo que se trata es de prestar atención a aquellos aspectos menos relevantes, a los detalles aparentemente secundarios, a los pequeños gestos inconscientes, a esos vestigios infinitesimales, esas típicas minuciosidades que se nos presentan como huellas o indicios particularmente aptas para descifrar el espíritu profundo o la impenetrable realidad de una época que nos es enteramente ajena. Ante la disyuntiva, impuesta a las ciencias humanas por la orientación cuantitativa y antropocéntrica de las ciencias de la naturaleza desde Galileo en adelante, de optar entre asumir un estatus científico débil para llegar a resultados relevantes o un estatus científico fuerte para llegar a resultados repetitivos de escasa significación hermenéutica, no duda en ponerse del lado de los primeros como el medio más adecuado de recuperar lo vivido, la experiencia cotidiana de las sociedades pasadas (Ginzburg, 2004).

Poco tiempo después, pero en clave social, línea de la que se convertiría en principal representante, un Levi, introducido al grupo y al Comité de Redacción de Quaderni Storici por Grendi, de quien sería continuador en su propuesta de trabajo (completando el llamado “núcleo duro” de la microhistoria italiana compuesto por Grendi, Poni, Ginzburg y Levi), escribía L’ere­dità inma­te­ria­le. Carrie­ra di un esor­cista nel Piamonte del Sei­cento, un libro destinado a alcanzar pronta celebridad. En él relata la historia de Santena, pequeñísima comunidad piamontesa que permite poner a prueba todos los presupuestos de la práctica microhistórica, y de Giovanni Battista Chiesa, el sacerdote de la localidad condenado por la práctica sistemática del exorcismo. Las dos cuestiones le sirven de punto de partida para reconstruir de manera intensiva, profundizando en los archivos administrativos, parroquiales y notariales de la comuna, las biografías personales y familiares de sus habitantes, en particular la densa red de relaciones interpersonales existentes entre todos ellos, los vínculos familiares, clientelares y económicos existentes hacia el interior de ese pequeño microcosmos. Esa reconstrucción intensiva de ese universo desde una óptica relacional lo habilita para una crítica descarnada de las formas de aproximación tradicional, incapaces de dar vida desde sus parámetros a esa clase de mecanismos operantes en su existencia cotidiana, traducibles en términos conceptuales a manera de estrategias. Estrategias a través de las cuales adaptarse a las cambiantes condiciones, por lo general hostiles, que se les imponen desde afuera, surgidas de las relaciones con el Arzobispado, los señores feudales y el estado turinés. Formas de resistencia que dan cuenta de la existencia de una racionalidad específica del mundo campesino. Racionalidad limitada, acotada por la escasa disponibilidad de recursos materiales en sus manos, lo mismo sirve para revelar la importancia de los lazos sanguíneos en el surgimiento de una suerte de “economía moral”, irreductible a los términos de mercado autoregulado de la economía capitalista, destinada a mantener indivisa la propiedad familiar, y explica la tendencia a la baja en los precios de la tierra cuando se trata de transacciones intrafamiliares, sesgando por completo ese precio, que se rige todavía por una serie de mecanismos extraeconómicos negándose a la lógica del mercado. La lógica de los campesinos, los procesos de toma de decisiones de sus componentes se rigen por las incoherencias del sistema normativo en la época de crisis del feudalismo, la disponibilidad de información, lo mismo que la fortaleza del entramado de relaciones familiares, lo que nos devuelve la imagen de una sociedad activa, nunca víctima pasiva de los cambios, gracias a la configuración de un entramado social y cultural al que echan mano. Son esos lazos sociales y culturales la herencia inmaterial que Giovanni Battista Chiesa recibirá de su padre Giulio Cesare, uno de los notables, varia veces sindaco, que participaba de la vida política del pueblo mediante la ocupación de puestos municipales o el desempeño del oficio de notario. Eso le permitió anudar lazos con varios poderosos de la región. Alianza en competencia con otras, que conforman grupos de poder, que serán decisivos en la infortunada suerte de Giovanni Battista, cuya práctica de exorcismos, como cura de enfermedades que se creía originadas en casos de posesión diabólica, si bien era común en la época, fue considerada herética en su caso (Levi, 1985).

Los microhistoriadores “no estudian aldeas, estudian en aldeas”, sentencia Levi en algunos de sus textos más teóricos (Levi, 1996, p. 123), diferenciándose de González y González, para quien su condición de nativo de San José de Gracia fue el factor desencadenante en su decisión de estudiarlo. No podía ser de otra manera, la referencia a la frase de Geertz, además de manifestación de la influencia de una antropología social, perceptible por lo demás en la del social network analysis en la reconstrucción de las redes sociales, cumple puntillosamente con la premisa de Grendi de la recuperación de casos que se puedan presentar como anomalías normales (anomalías para nosotros, normales para ellos, los que vivieron en la época analizada), lo mismo susceptibles para revivir las reglas del juego, vigentes en un determinado momento histórico (y que nosotros desconocemos), lo mismo que para establecer formas de control sobre los resultados de distintas prácticas historiográficas (Grendi, 1996).

Algunos otros títulos notables, como Il paese stretto. Strategie matrimoniali della Diocesi di Como, secoli XVI a XVIII, de Raúl Merzario, Mondo operaio e mito ope­raio. Spazi e per­corsi so­ciali a Tori­no nel primo Novecen­to, de Maurizio Gribaudi (Gribaudi, 1987a) y Terra e telai: sistemi de parentela e manifattura nel Biellese dell’Ot­tocento, de Franco Ramella (1984), que nos privamos de reseñar por razones de espacio, verían la luz como parte de la colección Microstorie, sintomáticamente dirigida por Levi y Ginzburg, los más renombrados de los microhistoriadores aunque promotores de líneas de estudios diferenciadas, pero el movimiento atravesaba momentos decisivos hacia una descomposición en principio inesperada. Los integrantes del núcleo duro de la microhistoria italiana (Grendi, Poni, Levi y Ginzburg) dejaron de cumplir sus funciones como miembros del Comité de Redacción de Quaderni Storici que todos llegaron a desempeñar simultáneamente, la aparición de nuevos libros de la colección Microstorie de Il Mulino se espaciaba hasta desaparecer definitivamente, y lo que era un proyecto común se disolvió en una serie de trayectorias individuales fuertes (Aguirre Rojas, 2003).

Pero, ya entonces, la microhistoria italiana había dejado una huella profunda en el panorama historiográfico internacional. Tan profunda que su trazo no se pudo borrar, influyendo en diversos países y campos de estudios hasta la actualidad.

El mapa de dispersión de la microhistoria italiana. La historia en su lugar española, juego de escalas y microanálisis francés

Resulta interesante trazar el mapa de dispersión de la microhistoria italiana, según las líneas internas de estudio que hemos descripto anteriormente. La historia cultural de Ginzburg es la fuerza detrás de la historia en su lugar de Justo Serna y Anaclet Pons en España, no logró hacer pie en Francia (quizá por la competencia representada por el proyecto del mundo como representación de Roger Chartier), pero influyó fuertemente en Alemania, Estados Unidos (donde contaba con el antecedente de Robert Darnton), México y, en menor medida, Brasil. La historia social de Grendi y Levi se hizo presente, sobre todo a través de este último, y muy fuertemente en Francia, Uruguay y Argentina, donde es conocida no solo la obra de Levi, sino también la de Franco Ramella y los Gribaudi, Gabriella (Gribaudi, 1992) y sobre todo Maurizio. Lo principal de ese aporte en nuestro país, en los estudios migratorios aunque no solo en ellos, fue la incorporación del concepto de redes sociales como herramienta analítica, la significación atribuida a la familia y los lazos interpersonales como herramientas para la elaboración de estrategias de sobrevivencia en contextos de cambio macroestructural, la valoración de los exámenes y las reconstrucciones intensivas a pequeña escala, canalizadas a través de la microhistoria social italiana, y directamente o indirectamente a través suyo del social network analysis (Grendi, 1996). Pero, aún confirmada esa prevalencia, sería injusto afirmar la completa ausencia de las sugerencias de la microhistoria cultural, en particular Ginzburg y su paradigma indiciario, que han constituido el norte que orientó no pocas investigaciones.

Mientras sucedía esto, en España, desde Valencia, siguiendo la huella de Ginzburg (Serna y Pons, 2005), Serna y Pons fijaban los principios del modelo de la historia en su lugar. Hacer historia en su lugar significa, en primer lugar, tratar de explicar las cosas que son objeto de conocimiento “en su lugar”, o sea, en el marco local del que proceden los datos que nos permiten construir nuestro caso de estudio. En su lugar, en segundo término, significa evitar imponerles una racionalidad retrospectiva, que violente las formas de pensar de nuestros antepasados indefensos aceptando que, aunque tratemos de reconstruir su mundo lo más empáticamente que podamos, el suyo es otro lugar, otro país, aunque sea en el que precisamente vivimos, del que nada conocemos, y que sus respuestas están investidas de una lógica que nos es extraña que deberemos aprender desde el principio. Finalmente, porque el texto histórico es una representación de un pasado definitivamente desaparecido, del que no fuimos protagonistas ni testigos, que nos es solo accesible a través de huellas, indicios, traducibles en conceptos y palabras volcados en escritos. Es por eso que, como alguna vez dijera Geertz, nuestro conocimiento es siempre local, en la medida que las informaciones que nos permiten explicar sus acciones se obtienen localmente (Serna y Pons, 2003).

Por su parte, a la consagración de aquella rama de la microhistoria demográfica, económica y social en Francia no sería ajena la presencia de algunos microhistoriadores italianos en espacios institucionales o que encuentran nuevos ámbitos de difusión en tierra gala. Autores como Simona Cerutti, Maurizio Gribaudi, o el propio Giovanni Levi, que habrán de influir en los desarrollos ulteriores de la historiografía francesa. En un amplio temario que toca diversidad de cuestiones, por cierto no completamente novedosas en Francia, pero que fueron tratadas en nueva clave interpretativa, que confrontaba abiertamente con aquellas otras en que se había cimentado el encumbramiento de la historia total de la escuela de los Annales, historia global basada en lo serial-repetitivo, que se convirtió en blanco predilecto de las críticas de los microhistoriadores. En el extremo opuesto, ahora cobraban nueva visibilidad las historias de aldeas y pequeños pueblos (partiendo de la general aceptación de la reciclada premisa geertziana de que los historiadores no estudian aldeas sino estudian en aldeas, lo que hizo que Giovanni Levi afirmara que le ofendería ser confundido con un historiador local), los sectores populares (Levi, 1989), obreros (Gribaudi, 1987b), los artesanos y corporaciones artesanales (Cerutti, 1990), el papel de las familias y de las redes de vínculos interpersonales en las identidades de grupo, etc., lo que hizo un destacado representante (Revel, 1989) a reclamar, en el otro extremo de la Historia global, la formulación de una historie a ras del suelo (Revel, 1989).

No obstante, con todo lo importante que fueron la renovación historiográfica en marcha no solo se alimentó de la presencia, en el contexto francés, de algunos de los más destacados representantes de la microhistoria italiana, sino que, ante la evidencia de la crisis de los modelos de análisis macroestructurales, algunos miembros de la escuela de Annales comenzaron a tomar distancia del paradigma predominante, a formular su propia autocrítica (Ramella, 1995) y a generar su propia propuesta de reducción de la escala. Se trata de Montaillou, village occitan de Emmanuelle Le Roy Ladorie. El libro reconstruye la vida en Montaillou, pequeña aldea pastoril y montañosa de Ariéges, en los Pirineos franceses, durante los tiempos de la herejía cátara, sobre todo la de los sectores campesinos, pero lo hace en los términos del viejo paradigma, de manera que es una innovación a medias (Le Roy Ladourie, 1975). Plantea un cambio de escala con fines experimentales, es cierto, aunque es al efecto de ratificar la validez de los métodos consagrados, mientras que la llamada de los microhistoriadores es a una experimentación abierta a todos los resultados a que pueda dar lugar la reconstrucción intensiva de época. Pero de todas maneras, es indicio de un cambio que se profundizará en la medida que la revista Annales abra sus páginas a la renovación, por ejemplo representada por el pasaje de una visión a priori de las categorías universales y agregadas, a otra donde están por definirse construyéndose en cada caso particular, a partir de lazos interpersonales que se dan en distintas configuraciones móviles según lugar y época (Gribaudi y Blum, 1990).

El punto de ruptura, si es que en los hechos hay alguno, pues en la realidad como hemos visto el cambio se da como un gradual deslizamiento hacia nuevas formas de hacer historia, podría situarse en la afirmación de Jaques Revel que la microhistoria había llegado para quedarse y podría ser postulada como uno de los lugares más importantes para el debate histórico epistemológico de los últimos años (Revel, 1995). En ese sentido, para él, el recurso a la microhistoria debe entenderse, en primer lugar, como un alejamiento del modelo comúnmente aceptado de historia social, que desde el principio, explícita o implícitamente, se inscribía dentro de un cuadro de aproximaciones macro (tal el caso de la larga tradición de monografías que, con prescindencia que se movieran a pequeña escala, tenían por propósito ratificar lo que ya se conocía y se había afirmado para otra). En segundo término, implicaba abandonar los criterios de clasificación taxonómicos (la comunidad, la profesión, la clase) construidos según criterios de representación que se apoyaban en la repetición y el número, que jamás habían sido discutidos ni puestos a prueba, mientras que el experimento microhistórico acentúa el papel de los fenómenos relacionales en la producción de la sociedad, y por ende de las categorías que permiten comprenderlos en su ámbito de gestación específico. Es esa contraposición entre categorías endógenas y exógenas la que precisamente exige de la reducción de la escala para poder pensarlas críticamente dotándolas de nuevos contenidos, variados y plásticos, develando por otra parte las estrategias sociales de los individuos y las familias, que toma el lugar de las hipótesis funcionalistas, definiendo el destino de las personas, introduciendo las nociones de incertidumbre y de racionalidad limitada. Finalmente, en la articulación entre diferentes escalas (local, regional, nacional o mundial), acuerda con los microhistoriadores que cada actor histórico, de lejos o de cerca, participa en acontecimientos a diferentes niveles o dimensiones y es por eso que no hay un hiato, mucho menos oposición que los separe, oponiendo a la historia global de la local. Un problema general se puede resolver a escala local dando respuestas originales que no son una versión parcial ni mutilada de una realidad ausente, sino una versión diferente. En las versiones más agregadas, que es cosa de unos pocos, los actores sociales permanecen ausentes o pasivos reduciendo una compleja realidad a conjuntos de opuestos (fuerza/debilidad, autoridad/resistencia, centro/periferia) incapaces de revelar su condición multifacética. Si un proceso, digamos la construcción del Estado monárquico, se ve “desde arriba”, desde París o Turín, su representación es la de una vasta arquitectura que no para desde ese centro de ramificarse hasta penetrar en el lugar más recóndito del país. Pero si se observa “desde abajo”, digamos desde la Santena a que magistralmente dio vida Levi, la “realidad” es otra, es la de esa “economía moral” que se resiste a la voracidad del mercado, o del Estado, es la de esas estrategias familiares que mantienen su patrimonio pese a los desafíos, de esas redes de relaciones interpersonales que son la “herencia inmaterial” que les permiten redefinir sus límites de pertenencia al interior de grupos de interés o de poder, que se mantienen o se quiebran renegociando su posición en sistemas diversos a diferente escala, pero que necesitan contar con ellos para progresar en sus propósitos. Entiéndase bien, no es que los diferentes niveles no existan o que las cosas no tengan una existencia separada. Sucede que, como alguna vez relató George R. Stewart, una de los primeros junto a González y González en utilizar la palabra microhistoria, en Pickett’s Charge. A Microhistory of the Final Attack al Gettysburg, puede que un acontecimiento menor, en este caso la carga del general mayor Edward Pickett, pueda cambiar el resultado de otro mayor, la sangrienta y decisiva batalla de Gettysburg, y con ella el resultado de la Guerra de Secesión y el carácter mismo de los Estados Unidos, que hubiera sido una nación muy distinta a la que conocemos, aunque esto sea hacer historia contrafáctica (Ginzburg, 1995). Ocurre también que lo que a veces se observa a un nivel como un acontecimiento poseedor de determinado significado (como la cohesión de grupo a escala local) puede representar otra muy distinta a diferente nivel (como factor de desintegración a escala regional o nacional).

En fin, el problema que aquí se presenta, del interjuego de escalas y sus implicancias, es encarado en Jeux d’échelles. Precisamente, desde las páginas de Juego de escalas. Experiencias de Microanálisis (Revel, 1996) se propone una discusión acerca de las modalidades de análisis vigentes en las ciencias sociales, partiendo de la constatación que los paradigmas de aproximación tradicionales están en crisis. Es por eso que, resistiendo a la siempre presente tentación de la reificación de las categorías que permiten pensar el pasado, los autores que componen esta compilación (Bernard Lepetit, Marc Abels, Maurizio Gribaudi, Paul Andre Rosental, Simona Cerutti, Giovanni Levi, Sabrina Lovriga, Edoardo Grendi y Alban Bensa) prefieran discutir sobre las implicancias de la selección y variación de diferentes escalas de observación, sobre las posibilidades de generalización y la excepción, todo desde una óptica prevalentemente microanalítica. Sin embargo, en ese sentido observan que la adopción y combinación de diferentes escalas, todas ellas válidas en ese nivel de análisis, no debería llamar a confusión, sino permitir aprehender el objeto de análisis en sus múltiples dimensiones.

Pero eso no quita que se advierta la mayor potencia heurística del microanálisis, sobre todo en términos de recuperar las formas de la experiencia, reponiendo históricamente las prácticas sociales que mediatizan en los hechos la concretización de las normas y valores generales, que devienen polisémicos, inestables, plurales, restituyendo a los estudios históricos ese estatuto de realidad, a otros niveles generalmente ausentes (Lepetit, 1995). Y no podía ser de otra manera: de la entente ítalo-francesa a la elaboración de una versión propia, específicamente francesa, del microanálisis había un solo paso. Un paso que autores como Lepetit y Revel entre otros no tardaron en recorrer, haciendo lugar a una interpretación propia, que planteó nuevos problemas, y que pronto habría de extender su influjo a otros países, en especial la Argentina, que fue particularmente receptiva de las insinuaciones de esta nueva-vieja corriente.

Conclusión

Al comenzar este recorrido preguntábamos si existió la microhistoria, y al finalizarlo no podemos menos que contestar afirmativamente. Su propuesta de reducción de la escala, para aumentar nuestro campo de conocimientos, operó revolucionando los estudios sociales, cualquiera fuera la latitud, el país y hasta el propósito con el que se adoptaba ese procedimiento. Luego, en su vertiente italiana, se incorporaron otras formas de intervención como la reconstrucción intensiva de casos utilizando todos los materiales solamente disponibles a escala local, la elaboración de descripciones densas y la utilización del paradigma indiciario que permitieron redefinir sus alcances, siempre en discusión con los modelos globales, seriales y repetitivos, traspasando fronteras del ámbito italiano al europeo y al universal posteriormente. Sus más grandes libros, y eso independientemente de la trayectoria después recorrida por quienes fueron sus principales representantes, que se sigue nutriendo de la enriquecedora sugerencia de ideas y las herramientas metodológicas de la microhistoria, se seguirán leyendo como sucedió con otros clásicos. Se discutirán en ámbitos académicos, en las aulas universitarias, en seminarios, congresos, simposios, pero también en ámbitos profanos. Pero sobre todo, su carácter provocativo, lo mismo que lo brillante, exhaustivo e innovador de su metodología, provocará replanteos que arrojarán resultados significativos que renovarán hasta la médula la diversidad de campos de análisis. Como sucedió con el estudio de los movimientos migratorios internacionales. Pero esa es otra historia.

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