Dossie
Jaime Eyzaguirre y la circulación del hispanismo en Chile[1]
Jaime Eyzaguirre and the circulation of Hispanism in CHILE
Jaime Eyzaguirre y la circulación del hispanismo en Chile[1]
História Unisinos, vol. 23, núm. 2, pp. 191-203, 2019
Universidade do Vale do Rio dos Sinos

Recepción: 30 Enero 2019
Aprobación: 30 Abril 2019
Resumen: El trabajo ofrece una interpretación de una de las fuentes del pensamiento conservador, incluso reaccionario, en el Chile del siglo XX, un hito hasta ahora desconocido, así como el contexto en que se produce y los primeros indicios de una ideología que terminará circulando por toda Hispanoamérica a través de personas, textos e instituciones. Transformando también la visita pastoral y política del primer cardenal de la Iglesia Católica que visitó Chile, en 1923, en un instrumento de circulación ideológica. A partir de la obra del intelectual, ensayista e historiador chileno Jaime Eyzaguirre, cuyas primeras publicaciones datan de 1924, expondremos el origen de su pensamiento hispanista, tanto como la influencia social y política de una figura del escenario cultural nacional que, además, se caracterizó por su catolicismo, tradicionalismo y conservadurismo, todos los cuales proyectó a través de numerosas iniciativas y publicaciones.
Palabras clave: Cardenal Benlloch, Jaime Eyzaguirre, hispanismo conservador en Chile, autoritarismo c. 1923-1973.
Abstract: The work offers an interpretation of one of the sources of conservative, even reactionary, thought in twentieth-century Chile, a hitherto unknown milestone, as well as the context in which it occurred and the first signs of an ideology that ended up circulating throughout Latin America through people, texts and institutions, and transforming also the pastoral and political visit of the first cardinal of the Catholic Church who visited Chile, in 1923, into an instrument of ideological circulation. Based on the work of the Chilean intellectual, essayist and historian Jaime Eyzaguirre, whose first publications date back to 1924, we will expose the origin of his Hispanicist thought, as well as the social and political influence of a figure in the national cultural scene who was also characterized for his Catholicism, traditionalism and conservatism, all of which he projected through numerous initiatives and publications.
Keywords: Cardinal Benlloch, Jaime Eyzaguirre, conservative Hispanism in Chile, authoritarianism c. 1923-1973.
A través de la obra del escritor, ensayista e historiador Jaime Eyzaguirre, ejemplificaremos una de las formas a través de la cuales se difundió en Chile el ideario hispanista y conservador, e incluso reaccionario, que tanta influencia tuvo en América Latina, sobre todo luego del triunfo de los nacionalistas en la Guerra Civil española en 1939.[3]
En el caso que presentamos, serán las circunstancias y consecuencias de la gira oficial que por Argentina, Chile y Perú realizó a fines de 1923 el Cardenal Juan Benlloch, enviado del Papa Pío XI, como del Rey Alfonso XIII, las que crearon un ambiente propicio para la circulación de nociones que enfrentaron a la modernidad democrática que a comienzos del siglo XX se hizo presente también en Chile, las que estimularon el ideario hispanista, conservador y reaccionario del también proselitista católico que fue Jaime Eyzaguirre.
Considerando que la gira de Benlloch por América del Sur coincidió con importantes eventos políticos y sociales como los experimentados por la política española de la época, necesitada de explicar la situación creada por el acceso al poder de Primo de Rivera; el desgaste del régimen parlamentario existente en Chile y las reformas políticas que se discutían entonces; la situación de la Iglesia en el país, con eventos como el Primer Congreso de las Juventudes Católicas y la consagración de la Basílica de la Merced, la presencia del cardenal y su discurso en Chile, que además coincidió con la celebración del Día de la Raza, como se llamó al festejo del 12 de octubre, tuvo repercusiones significativas en la sociedad chilena, tanto en el plano de la Iglesia Católica como en el de la evolución social, política y cultural. Entre otros, a través de la prensa de la época, pero también por medio de intelectuales socialcristianos que entonces comenzaban a actuar en la sociedad chilena.
Las reacciones ante la presencia del cardenal Benlloch en Chile impactaron a quienes las conocieron, entre otras razones porque el prelado aludió a la que consideraba íntima comunión entre España y la que llamó “nuestra nación chilena”; valoró la acción de los católicos chilenos, “cuyas actividades, aseguró, contribuyen al prestigio y grandeza de la Iglesia”; y, también, porque estimuló con sus palabras a los fieles al afirmar “cuán grande es la fe del pueblo chileno y cuán grande es también el amor a España de esta nación”, difundiendo así un ideario filohispanista que no tardaría en tener entusiastas seguidores en el país.[4] Algunos de los cuales, por ejemplo, afirmaron, como se hizo en un homenaje, que este era en “pro de la verdadera historia de la dominación española en Chile”, motivación que también fue un imperativo para Jaime Eyzaguirre. En particular si se considera que, entre las prédicas del Tedeum de acción de gracias celebrado con motivo de la clausura del Congreso Católico, se exhortó a los jóvenes, verdaderos “soldados de la cruz”, a detener “el desorden y la anarquía”, propagando el Evangelio, pero también la “leyenda heroica de España en América”.[5]
Nuestro texto tiene el mérito de ofrecer una interpretación de una de las fuentes del pensamiento conservador y reaccionario en el Chile del siglo XX, un hito hasta ahora desconocido, así como el contexto en que se produce y los primeros indicios de una ideología que circulará por toda Hispanoamérica a través de personas, textos e instituciones. Transformando también la visita pastoral y política en un instrumento de propaganda ideológica.
En este trabajo, y a partir de la obra del intelectual, ensayista e historiador chileno Jaime Eyzaguirre, cuyas primeras publicaciones datan de 1924, expondremos el origen de su pensamiento hispanista, tanto como la influencia social y política de una figura del escenario cultural nacional que, además, se caracterizó por su catolicismo, tradicionalismo y conservadurismo, todos los cuales proyectó a través de numerosas iniciativas y publicaciones, como, por ejemplo, la Academia Chilena de la Historia, que fundó en 1933, y su libro Ventura de Pedro de Valdivia, aparecido en 1942.[6]
La elección de este autor se explica, pues Eyzaguirre, sin duda el más relevante de los hispanistas chilenos del siglo XX, fue un prolífico e influyente divulgador de la historia de Chile y a través de ella de su ideario. Tarea en la que utilizó con maestría el ensayo, algunos de cuyos títulos dejan ver elocuentemente sus posturas intelectuales, cuando no políticas. Ahí están “El cristianismo y la civilización”, “La Iglesia y el Estado”, Hispanoamérica del dolor y Fisonomía histórica de Chile, entre muchos otros que, con una prosa elegante, emotiva y ajena al rigor de los textos científicos, cautivó a parte significativa de la elite y clase media chilenas. Las mismas que a lo largo del siglo XX fueron refugiándose en posturas cada vez más reaccionarias para hacer frente a los procesos de cambio social y político que experimentaban América Latina en general y el país en particular.
Como muchos en el mundo iberoamericano, Eyzaguirre apeló, siguiendo a Ramiro de Maeztu y también en defensa de la hispanidad, a la promoción y exaltación del legado histórico y cultural que España heredó a sus excolonias como fundamento del futuro. En su opinión, la más trascendente manifestación de esta herencia era la religión cristiana, cuya grandiosa y ejemplar realización era mérito de España. Obra que no podía ser olvidada y menos desechada por las repúblicas surgidas al amparo del liberalismo.
Desde sus ensayos juveniles, Jaime Eyzaguirre elaboró una noción e interpretación de la historia de Chile en virtud de la cual ésta solo tenía sentido en el occidente cristiano. Una visión, también hispanista, que no derivaba del análisis científico, sino que fue fruto de sus convicciones más íntimas, su fe católica. Así, por ejemplo, llegó a afirmar que “si la historia es la sucesión consciente y colectiva de los hechos humanos, la de Chile sería inútil arrancarla de una vaga y fragmentaria antecedencia aborigen, carente de movilidad creadora y vacía de sentido y horizontes”. Pues, en definitiva, escribió: “Chile se revela como cuerpo total, se introduce en el dinamismo de las naciones a través del verbo imperial de España” (Eyzaguirre, 1948, p. 14). Por eso, advirtió a sus lectores, “la primera y más de una de las páginas –de su historia–, serán páginas españolas, con todas las modalidades propias que se quiera, pero sin violar en esencia la fisonomía originaria”. Para Eyzaguirre, solo la fidelidad a su historia, a España, su cultura y religión, era fuente de esperanza para Chile. La razón de ser de la patria y el pueblo, pues, aseguró, “el nacer de Chile fue por obra y gracia de su madre España”. De este modo, concluyó: “ser hispano para el chileno es signo de filiación, no postura servil o imitativa”.[7] En su obra intelectual también hizo uso de la apelación histórica, uno de los recursos característicos de la hispanidad, que incluye la idealización de España y su obra histórica, como de la identificación de un enemigo interno, el liberalismo decimonónico y, en el siglo XX, las doctrinas y sistemas foráneos como el marxismo y el materialismo capitalista.[8] Sin duda, Eyzaguirre utilizó el hispanismo como medio para combatir las amenazas que identificó asolaban a Chile, entre ellas, la progresiva democratización social y económica del país. Para él “sólo cabía avanzar con paso firme por el camino de la tradición, porque ella es la conformidad de la existencia nacional con el ser nacional”. Tradición que no concebía como nostalgia, sino como esperanza, y que se había forjado en cuatro siglos de historia que habían delineado un “rostro espiritual, un alma colectiva”.[9]
Sostenemos que el caso de Jaime Eyzaguirre demuestra “cómo el hispanismo funcionó como una matriz narrativa del pasado y como un dispositivo de elaboración de nuevos imaginarios nacionales” o, a lo menos en el caso de Chile, como eficiente contrapeso de otros proyectos políticos e ideológicos, pues, en definitiva, su visión histórica tuvo como propósito esencial influir sobre el futuro del país. Objetivo que evidentemente logró a juzgar por la actitud de algunos de sus seguidores y admiradores en los sucesos que llevaron al golpe de 1973 y, luego, durante la dictadura militar.
Jaime Eyzaguirre, un “cruzado español”
“Esforzado y vigoroso paladín de la hispanidad”, “verdadero cruzado español” e “hispanista de siempre” fueron algunas de las calificaciones que Jaime Eyzaguirre recibió de quienes lo homenajearon en su funeral en septiembre de 1968 luego de su muerte repentina e inesperada, y por ello tal vez más trágica y conmovedora, en un accidente automovilístico.[10]
En la ocasión, se hicieron presentes algunos de los más conspicuos representantes del pensamiento y mundo conservador, católico, hispanista y derechista del Chile de la época, entre ellos, y además del embajador de España en Chile Miguel de Lojendio e Irube; Sergio Fernández Larraín, de la Academia Chilena de la Historia; Mario Arnello en nombre del Instituto Chileno de Cultura Hispánica y la Asociación Universitaria Alcalá de Henares, y Enrique Campos Menéndez, por los escritores de Chile. No fueron los únicos oradores de una ocasión que reunió a numerosas personas de la academia y el mundo cultural, pero sí quienes más enfáticamente ratificaron las características, las opciones intelectuales y religiosas del destacado historiador fallecido quien, desde temprana edad, dio señales de sus inclinaciones hispanistas y conservadoras. Las cuales a lo largo de su vida defendió con cautivante pasión y convicción, encendida oratoria y elegante prosa, influyendo sobre generaciones de intelectuales y políticos chilenos, como lo demuestran la heterogénea concurrencia a su funeral y las reacciones ante su muerte.[11]
Los conceptos pronunciados a modo de resumen de una trayectoria intelectual, y homenaje y reconocimiento a una obra historiográfica, cultural y, agregamos nosotros, política, reflejan bien quién era, y qué representaba para muchos, Jaime Eyzaguirre en el Chile de la década de 1960. Un país en medio de acelerados cambios sociales, económicos, culturales y políticos que, como es sabido, tendrían con la elección de Salvador Allende como presidente de la República en 1970 una de sus expresiones más elocuentes y amenazantes para la mayor parte de los concurrentes al funeral del intelectual conservador.
Desde el primer orador en la ceremonia, el embajador español, quedó asentado el significado que se atribuía a la obra de Eyzaguirre, quien, en palabras del diplomático, “despojó a la historia de vanas incertidumbres y de, interesadas o no, falsas afirmaciones”, porque en “su obra palpitaba siempre un hondo sentido de la verdad”, por eso es que con su muerte “la Madre Patria pierde un esforzado y vigoroso paladín” (BAChH, 1968, p. 13). Mostrando que la cruzada de prácticamente toda la vida del intelectual católico e hispanista en contra de la “leyenda negra” y por la reivindicación histórica de España, no sólo había tenido eco, sino que era reconocida una vez más en el momento de los homenajes póstumos, pues ya lo había sido en vida cuando, por ejemplo, se le concedió la Cruz de Comendador de Isabel la Católica por parte del Estado franquista.
Luis Lira Montt, en representación del Instituto Chileno de Investigaciones Genealógicas, mencionó otro de los intereses que Jaime Eyzaguirre cultivó con afán desde su adolescencia cuando a los 12 o 13 años escribió acerca del “Imperio Eyzaguirre” y el “Imperio Vergara”, una fantasía histórico-genealógica casi infantil que sin embargo refleja su carácter y no disimuladas pretensiones aristocráticas; él aludió directamente a esta faceta del historiador, llamándola “afición a la ciencia genealógica”; pero sobre todo recordó “sus caros ideales de católico, patriota e hispanista”, imposibles de soslayar en virtud de la trayectoria del homenajeado (BAChH, 1968, p. 30).[12]
La caracterización de Luis Lira Montt, en apariencia igual a muchas otras que conoceremos sobre Eyzaguirre a lo largo de este trabajo, tiene sin embargo un matiz; incluye entre “católico” e “hispanista”, cuyo orden de prelación tampoco puede ser obviado, el adjetivo “patriota”. Tal vez el contexto, la época en que se pronuncian estos discursos fúnebres, en medio de un intenso dolor incrementado por la tragedia inesperada del que se apreciaba como un líder en momentos convulsos, con la Guerra Fría como telón de fondo de una sociedad absolutamente polarizada como la chilena de entonces, en la que se acusaba a la izquierda de importar ideologías ajenas a la trayectoria histórica nacional, explican el calificativo asignado a Eyzaguirre. Pero tal vez también se utilizó para diferenciar, y con ello reafirmar la calidad de los que estaban ahí reunidos. Tal como el homenajeado había promovido a través de una obra en la que siempre diferenció a los unos de los otros.
Pero no solo el presente de los dolientes del trágicamente fallecido historiador motivaba la alusión al patriotismo; también sus ensayos que todos declaraban conocer, los que desde las primeras décadas del siglo XX venían augurando, como en el que escribió en 1925 a raíz de la separación del Estado y la Iglesia consagrada en la nueva Constitución de la República: “días lúgubres se anuncian en el firmamento de nuestra patria”.[13] Iniciando entonces una obra marcada también por su pesimismo respecto de la situación de Chile y de América, una de cuyas manifestaciones más elocuentes es la nota preliminar a la recopilación que con el título de Hispanoamérica del dolor apareció en 1969 y que incluye el ensayo que con el mismo título había publicado en 1947. Ahí se lee: “Nos duele, Chile, la patria chica. Nos duele Hispanoamérica, la patria grande. Y callar parecería consentir en una muerte que rechazamos”.[14]
Sergio Fernández Larraín, el representante de la Academia Chilena de la Historia fundada por Eyzaguirre en la década de 1930, en su homenaje aludió a la tesis historiográfica de “la hermandad en sacramento de amor y de fe, de Independencia y Colonia, de Chile y España” (BAChH, 1968, p. 17); ratificando de este modo la continuidad histórica que Eyzaguirre se esforzó siempre por asentar como elemento constitutivo de Chile, y cuya acabada formulación se encuentra en Fisonomía histórica de Chile, ensayo que concluyó en octubre de 1946 y publicó en 1948.
Obras como las mencionadas servían para sustentar los conceptos de Fernández Larraín quien, luego de ponderar sus virtudes intelectuales y personales, afirmó que “Jaime Eyzaguirre en todos los actos de su vida estampó su rúbrica de caballero y de cristiano a carta cabal”, poniendo énfasis entonces en lo que consideraba una existencia “al servicio de su fe y de su Dios y en la que puso todos los tesoros de su talento y de su indomable voluntad”. La conclusión, y la proyección eran contundentes: “La espiritualidad cristiana revienta por todos los poros de su obra maciza y perdurable. Su fe, su fe profunda de verdadero cruzado español constituye su herencia más preciada” (BAChH, 1968, p. 20).
En un tono muy similar, Enrique Campos Menéndez calificó a Jaime Eyzaguirre “como un Quijote, que arremetió contra todas las leyendas negras que obscurecían nuestro pasado”. Para el escritor, representante en la ocasión de la Sociedad de Escritores de Chile, la obra historiográfica de Eyzaguirre “relegó a las sombras de su mezquina proporción a los reflejos del oro de Indias y, en cambio, proyectó con su talento y su verdad a aquellos firmes señores de la espada y a esos siervos de la cruz, que fueran los heroicos actores de la gesta sublime de su Hispanoamérica del dolor” (BAChH, 1968, p. 28). Palabras escogidas que resumen claramente el trabajo historiográfico e intelectual de Eyzaguirre.
Para el hombre de derecha que era Campos Menéndez, las señaladas eran todas virtudes que hicieron de Eyzaguirre “un adelantado; un adelantado de la genuina chilenidad”; cuyas obras pronosticó, tal vez también a modo de aliento, “traspasarán el tiempo para ir dejando en cada generación la semilla fecunda de una patria con historia; que es lo mismo que decir, un Chile con esperanza” (BAChH, 1968, p. 29). Una virtud que tal vez la mayor parte de los presentes en las exequias, todos muy críticos de la convulsionada realidad política y social chilena, como de su evolución a lo largo del siglo XX, ya habían perdido.
Otro de los oradores que homenajearon a Eyzaguirre fue Mario Arnello, entonces un joven nacionalista e hispanista, más tarde diputado derechista, vehemente opositor al gobierno de la Unidad Popular, promotor del golpe de Estado de 1973 y colaborador de confianza de la dictadura militar. Arnello se declaró un admirador permanente, junto a las corporaciones que representaba, como el Instituto Chileno de Cultura Hispánica, de la “limpia ejecutoria hispánica y de la ejemplaridad de la misión” de Eyzaguirre, quien, recordó, “tenía tan unidos, tan desde dentro, el amor a Chile y a su destino, con el amor a España y a su misión universal” (BAChH, 1968, p. 25).
En su discurso, Arnello se encargó de recordar, a los presentes y a los futuros lectores de lo ocurrido en la ceremonia en que estaba participando, que “desde hace una treintena de años que Jaime Eyzaguirre tomó a conciencia su misión de cruzado de la hispanidad”, señalando así la perseverancia del ensayista. Para Arnello, un acto de valor en una “época en que era lugar común, moda intelectual, atacar y denigrar a España; en que se reiteraban envejecidas críticas y tergiversaciones de su obra histórica, de su creación ecuménica en estas y en tantas otras latitudes del mundo”; pese a lo cual el entusiasta admirador concluyó, ofreciendo un ejemplo de convicción en una época en que muchos parecían flaquear frente a lo que se percibía como la amenaza incontrarrestable del centro y la izquierda y su programa reformista, “Jaime Eyzaguirre tuvo el coraje de salir en defensa de España y de la Hispanidad” (BAChH, 1968, p. 25). En lo que puede ser considerado también un verdadero llamado a actuar ante el sombrío presente que para los asistentes era el Chile de entonces.
En el funeral de Jaime Eyzaguirre, como advirtió Pedro Lira Urquieta de la Academia Chilena de la Lengua al ponderar otras cualidades del escritor, más neutras y entonces menos comprometedoras desde el punto de vista ideológico, “tampoco habrá de silenciarse su amor a España y a la tradición cristiana que nos legó” (BAChH, 1968, p. 16). Tarea que, sin embargo, y como hemos mostrado, dejó a otros, los fieles seguidores de los planteamientos nacionalistas e hispanistas de Eyzaguirre.
Orígenes de una cruzada
La fama de Jaime Eyzaguirre se sustentaba en su obra ensayística e historiográfica y en su entusiasta, apasionada y persistente difusión de las ideas y los valores en los que creía a través de numerosos medios escritos, entre ellos las revistas que fundó y dirigió a lo largo de su vida: el periódico Falange, el Boletín de la Academia Chilena de la Historia, Estudios . Finis Terrae, las principales. Todas ellas relacionadas con las elites intelectuales y culturales, la Universidad Católica, la derecha y los sectores altos de la sociedad, la mayor parte de ellos cercanos al Partido Conservador, la Iglesia Católica, la escuela de Derecho de la Universidad de Chile –de la que Eyzaguirre fue profesor por décadas–, la alta burocracia estatal, el mundo empresarial y financiero y el cuerpo diplomático nacional. Sin olvidar los sectores católicos, nacionalistas e hispanistas que, en la segunda mitad del siglo XX, como Eyzaguirre, veían con preocupación el desenvolvimiento del mundo occidental y de Chile en particular.
La biografía intelectual de Jaime Eyzaguirre (1908-1968) está por hacerse, sin embargo, existen algunos textos analíticos que han abordado su vida y obra, cosmovisión, obra historiográfica y, también, las características de su pensamiento conservador e hispanista. Entre ellos, el de Mariana Aylwin, Cristián Gazmuri y Juan Carlos González, Perspectiva de Jaime Eyzaguirre, aparecido en 1977; también el apartado referido a la historiografía conservadora chilena del siglo XX que en 1983 Sergio Villalobos incluyó en su Historia del pueblo chileno. Otros son el acucioso análisis del corporativismo e hispanismo de Jaime Eyzaguirre que publicó Renato Cristi en 1992 en El pensamiento conservador en Chile. Seis ensayos y, más reciente, 2002, y el libro Jaime Eyzaguirre en su tiempo. Este último ofrece una biografía del historiador, siendo una de sus características que uno de sus autores, Gonzalo Vial, conoció al biografiado, fue su alumno y se consideraba y es considerado uno de sus discípulos, todo lo cual le permitió acceder al archivo del ensayista, entrevistar a sus familiares directos y a integrantes de su círculo, y conocer de primera fuente dichos y hechos de su maestro y, por lo tanto, actuar como fuente y autor y, también, guardián de su memoria. Este último aspecto es evidente a lo largo de muchas partes del texto, en especial cuando se trata de suavizar o derechamente negar algunas de las conductas, ideas, rasgos de carácter, intereses o actitudes atribuidas a “don Jaime” o, con la confianza que da la cercanía, “Jaime”, como alternativamente se lo nombra a lo largo del libro.
Expresión de la actividad e ideario de Jaime Eyzaguirre, incluido su estilo lírico y las formas barrocas de sus escritos, es la pregunta que su discípulo y biógrafo se hace en la biografía que escribió: “¿Historiador o profeta?”. El solo hecho de plantearla en una obra como la de Gonzalo Vial refleja la ambigüedad que Eyzaguirre provoca hasta el día de hoy. Más allá de la respuesta del autor que es Vial, para él no hay duda, sin embargo, “que de sus estudios históricos surgió una teoría sobre el futuro y misión de Hispanoamérica y Chile que excedía los límites específicos del pensamiento histórico. Hablamos del llamado hispanismo”. Obra que lo llevó a “ocupar casi totalmente, los años ’50 y ’60, el campo de la llamada historiografía conservadora”. Vial completa su caracterización de Eyzaguirre señalando que “a veces la etiqueta de conservador fue reemplazada por la de tradicionalista” (Vial, Góngora & De la Taille, 2002, p. 195-196 y 201).
En los textos citados está delineado lo esencial del pensamiento del historiador y ensayista, pero sobre todo sus características fundamentales: conservador, aristocratizante, hispanista, católico. Faltan, sin embargo, antecedentes sobre el origen de su pensamiento hispanista, así como un análisis de su influencia en la elite intelectual y política chilena, una parte de la cual terminaría apoyando entusiastamente el golpe de 1973. Momento a partir del cual la obra de Jaime Eyzaguirre cobró nuevos bríos y su figura se transformó en un referente de las nuevas autoridades. Nosotros, precisamente, queremos llamar la atención sobre algunos de estos hechos y aportar nuevos antecedentes que, esperamos, contribuirán a explicar mejor su trayectoria intelectual y la suerte de su obra en el país.
Según los estudiosos de Eyzaguirre serían diversos factores familiares, sociales y políticos los que condicionaron su pensamiento y obra, en particular, la evolución de la sociedad chilena y los procesos de reforma social y política experimentados en el país desde las primeras décadas del siglo XX, siempre hacia posiciones cada vez más alejadas de los intereses y mentalidad de las elites tradicionales. Entre ellos, la separación del Estado y la Iglesia y la creciente democratización de la sociedad. Todos hechos que contrariaron evidentemente a los sectores más conservadores y católicos que, con el paso de las décadas, terminarían formando parte de la derecha chilena que promovió y apoyó la dictadura militar. Por ejemplo, Gonzalo Vial, su ya mencionado discípulo, fuente privilegiada para conocer el carácter y pensamiento de Eyzaguirre, y que con los años sería uno de los autores del llamado Plan Z, una operación comunicacional post golpe materializada en un documento que daba cuenta de un supuesto autogolpe de la Unidad Popular, escrito con el propósito de justificar el golpe de Estado contra Salvador Allende.[15]
La pertenencia a una familia aristocrática, aunque evidentemente venida a menos, y católica, donde la religión, su ética y sus ritos eran las reglas fundamentales; una madre protectora y muy piadosa que cultivó en Eyzaguirre la fe, de hecho cuando niño jugaba a hacer misa; una infancia solitaria pletórica de imaginación y ensueños, entre ellos “el imperio Eyzaguirre”; la influencia de un tío sacerdote de gran compromiso social, que habría orientado su sensibilidad; el profesor en el Liceo Alemán, que despierta en él su interés por la historia; y sobre todo la presencia de Eduardo Solar Correa, el profesor de castellano que le enseña la literatura española, despertando su interés por el pasado colonial e inspirando sus posteriores tesis históricas, han sido señalados como los principales antecedentes no solo de la personalidad de Eyzaguirre, sobre todo de sus planteamientos y posturas intelectuales, políticas e ideológicas. Precedentes válidos, pero a nuestro juicio todavía insuficientes para explicar el inicio de una cruzada que, además, no fue original.
Cierto que Eduardo Solar Correa como su profesor en el Liceo Alemán ejerció una profunda influencia en las posturas históricas de Eyzaguirre. A juzgar por su trabajo “Las tres colonias (Ensayo de interpretación histórica)”, aparecido en el Boletín de la Academia Chilena de la Historia en 1935, Solar Correa reivindicó la época colonial como la que “encierra, en gran parte, el secreto de nuestras virtudes y defectos”, constatando que en
Chile, al describir el dominio español, no se ha sabido, en general, liberarse de la leyenda creada en los años de la Independencia, y al contrario, los prejuicios políticos del siglo XIX y aun otros de índole religiosa han contribuido a recargar el cuadro de tintas sombrías hasta el punto de no distinguirse en él sino una sola, uniforme e indescifrable mancha gris (BAChH, 1935, p. 34).
Ahondando en el tema y, creemos, estimulando sin saberlo lo que serían los futuros trabajos de Jaime Eyzaguirre, Solar Correa sostuvo entonces que
no se ha sabido interpretar la psicología de nuestros antepasados peninsulares, única manera de comprender el móvil y el valor de sus acciones; no se ha visto la curiosa pero lógica evolución de esta psicología a través de los siglos; no se ha tenido tampoco la imaginación retrospectiva suficiente para trasladarse a aquella época y contemplarla, no en relación con la vida moderna, sino en relación con su propio tiempo (BAChH, 1935, p. 34).
Su llamado fue claro, reconociendo la enorme documentación acumulada por los investigadores contemporáneos, pronosticando que, “aprovechada, interpretada, por espíritus imparciales e inteligentes, nos mostraría algún día una imagen de la Colonia, ni tan santa como unos la pintan ni tan pecadora como la pintan otros, una imagen en que no reconoceremos a aquella triste, amodorrada y terriblemente uniforme que han forjado los más de nuestros historiadores” (BAChH, 1935, p. 34). Delinea de este modo la senda de la hispanidad por la que ya transitaba Jaime Eyzaguirre.
Adelantándose a la que sería la obra de su alumno, Solar Correa escribió, “adviértese en los tiempos de la dominación española, a poco que se les estudie, un lento pero vigoroso y constante movimiento evolutivo” (BAChH, 1935, p. 34). Realidad que por lo demás él ya había comenzado a demostrar en su obra Semblanzas literarias de la Colonia, aparecida en 1933. En ella, a través de ensayos críticos, abordaba la obra de los escritores que, como Alonso Ercilla, Pedro de Oña, Alonso Ovalle y Diego Rosales, habían dado forma a las letras en Chile. Su afán se materializó en el ensayo que publicó en 1935, en el cual identificó los tres momentos que formaban la Colonia en Chile: Primero, Segundo y Tercero, cada uno asociado con un siglo entre el XVI y el XVIII. Como más tarde a Eyzaguirre, a Eduardo Solar Correa le interesó entonces identificar la “fisonomía” de cada etapa, su “sello particular e inconfundible”, pues en ellas se encontraban “nuestros orígenes nacionales”, escribió[16].
Tal vez el adolescente solitario que era Eyzaguirre en el primer lustro de la década de 1920, su padre había muerto cuando era un niño de 7 u 8 años y su recuerdo de hombre escaso de recursos y bohemio nunca fue grato, lo predispusieron emocionalmente a apreciar las lecciones de Correa Solar como una oportunidad para fortalecer su condición, una situación social en entredicho por la pobreza de su familia, a pesar de sus antecedentes aristocráticos. En el pasado, en la historia, en la genealogía, en la trayectoria histórica de sus ancestros, en el servicio a España, para no hablar de la fe, estaban las certezas, las seguridades que el joven no encontraba en su presente familiar[17]. De ahí sus afanes, por ejemplo, por obtener la Cruz de la Orden Pontificia de San Gregorio Magno a los 18 años, cuando, como hasta su discípulo lo cree, “es prácticamente imposible que haya hecho méritos justificatorios para esta condecoración. Un muchacho de esa edad a la busca de una condecoración pontificia, es ya decidor” (Vial, Góngora & De la Taille, 2002, p. 66).[18]
Pero creemos que no solo fueron lecciones académicas las que condicionaron las opciones y la trayectoria intelectual de Jaime Eyzaguirre. También influyó en él un hecho totalmente obviado por todos los estudiosos de su vida y de su obra.[19] En los primeros días de octubre de 1923, a los 14 años, el joven que entonces era se informó, tal vez participó, asistió, leyó quizás, sobre la celebración del Primer Congreso Nacional de la Juventud Católica, las liturgias de Consagración de la Basílica de la Merced y las sesiones de la Unión Iberoamericana. Todos eventos masivos, solemnizados no sólo con ceremonias apropiadas, espacios privilegiados, la participación de las máximas autoridades del país, sobre todo, con un hecho de inédita relevancia para Chile, la presencia en el país del cardenal arzobispo de Burgos Juan Benlloch quien, además, encabezó la celebración del 12 de octubre de aquel año, y cuya misión, en palabras del rey Alfonso XIII, era “que cada vez sea más estrecha la amistad que une a Chile con la Madre Patria”.[20]
La presentación de la hispanidad
La crónica de todos estos sucesivos acontecimientos se encuentra en la prensa de la época, la que refleja el impacto que tuvo, sobre todo, la visita del cardenal Benlloch, cuyas actividades, palabras y gestos fueron seguidos y reproducidos en detalle, como también las de quienes lo homenajearon a él, y por su intermedio, al Papa, al Rey de España, a la religión católica y a la obra de España en la historia, augurando todos tiempos venturosos. Como queda muy claro en las relaciones periodísticas, la presencia del delegado papal, que además lo era de Alfonso XIII, de quien portaba un mensaje especial para los chilenos, no solo se aprovechó para engalanar los eventos señalados y otros que se organizaron entonces; en especial para promover la religión y exaltar la piedad de los chilenos, pero también para afirmar la proyección de España en América, la misma que terminaría dando forma a la noción de hispanidad.
No conocemos la magnitud del impacto que en el joven huérfano, sensible y piadoso católico que era Jaime Eyzaguirre pudieron tener todos estos eventos, ceremonias y palabras solemnes. En particular la presencia y declaraciones del cardenal Benlloch, una dignidad eclesiástica y un “orador grandilocuente”, a quien se hizo objeto de una muy entusiasta acogida popular y oficial que aplaudió con fervor sus conceptos, como las de quienes se manifestaron en su presencia.[21] Pero sí tenemos algunas fuentes que nos permiten afirmar que lo ocurrido entonces no fue ajeno a la trayectoria posterior del ensayista hispanista.
Entre los sucesos de aquellos primeros días de octubre de 1923 la celebración del Día de la Raza fue uno de los más lucidos, una oportunidad única para prodigar palabras y conceptos destinados a homenajear a España y a su obra. Todos los cuales se materializaron en editoriales de la prensa, como los textos del director de El Mercurio Carlos Silva Vildósola y del ensayista Mariano Picón Salas, discursos en la ceremonia de premiación del concurso convocado por la Unión Iberoamericana en “pro de la verdadera historia de la dominación española en Chile”, reconocimientos a los promotores del acercamiento entre Chile y España y, en fin, Te Deums, novenas del rosario, romerías, procesiones, desfiles, recepciones, bailes, banquetes, fiestas, brindis y expresiones de agradecimiento y homenaje entre muchas otras manifestaciones que se sucedieron una tras otra durante aquellos febriles días para el mundo católico, conservador y panhispanista, cuyos representantes no ahorraron elogios a la visita y a lo que el cardenal Benlloch representaba.[22]
Fue por todo lo anterior que el joven Jaime Eyzaguirre pudo leer las declaraciones del cardenal Benlloch sobre la que consideraba íntima comunión entre España y la que llama “nuestra nación chilena”, tanto como para hablarles a “los hijos de Chile de vuestra amada España”; así como saber del saludo y valoración que ofreció a los católicos chilenos, “cuyas actividades contribuyen al prestigio y grandeza de la Iglesia”; conocer del abrazo que espontáneamente le dio al Presidente de la República, rompiendo el protocolo, como “símbolo de la unión indisoluble de Chile y España”; o sentirse estimulado por las palabras del dignatario sobre “cuán grande es la fe del pueblo chileno y cuán grande es también el amor a España de esta nación”.[23] Efecto debe haber causado también en el adolescente que a Benlloch, a quien El Mercurio llamaba “eminente prelado” o “talentoso purpurado”, lo caracterizara “como la encarnación más típica del alma española; siempre franco, espiritual y noble”.
Entre las palabras y conceptos que por esos días y actos se pronunciaron están muchos que poco tiempo después ya comenzarían a estar en los textos de Jaime Eyzaguirre, entre ellos: “la inmensa epopeya americana, tan sublime en sus ideales”; “deber de gratitud para con los esforzados conquistadores castellanos que supieron legarnos con su sangre la herencia más preciada aun de la fe”; verdaderos “titanes, adalides de la cruz y de la espada”; los que “inflamados por el amor y la fe, buscaban gloria para su Dios, laureles para su patria y dominios para su rey”; “la fraternidad hispano-americana”; “la anarquía de la democracia moderna”; “las utopías miserables salpicadas de odios”; “las amenazas contra las bases mismas de la sociedad humana”; “encauzar la reacción de la Iglesia hacia el resplandecimiento de la verdad divina”; “Chile, hija predilecta de su amada España”; “los vínculos morales y materiales que unen a España y Chile”; el anhelo de “conservar a toda costa las costumbres puras y tradiciones santas de nuestra madre España”.[24]
Entonces fue que supo que en muchos chilenos también “palpitaba, como afirmaron con fervor, el alma española con sus generosas inspiraciones de grandeza, de hidalguía y de heroísmo”; los que también eran conscientes, como Eyzaguirre lo era o lo sería, del papel de la “madre que nos dio el ser en la época venturosa en que nuestro mundo surgió bajo la égida de su poder y a impulsos de sus anhelos de gloria y de inmortal renombre”. Una relación entre España, la Iglesia Católica y la patria que un editorial de El Diario Ilustrado saludando al prelado hizo explícita, incluso para aludir a la presensia de Benlloch como al de “una embajada espiritual”.[25]
El tópico del “alma española” fue reiteradamente citado a propósito de la fiesta de 1923. En “El día de la Raza”, El Mercurio del 12 de octubre editorializó con conceptos que es imposible no relacionar con los escritos del hispanista en que se transformaría Jaime Eyzaguirre. Ahí están “la conciencia de los pueblos de alma española”, “los heroicos conquistadores de la raza hispana”, “el orgullo por el común origen”, “la fe en los altos destinos de la raza”, “la esperanza en sus fuertes ideales”, “el amor por la ascendencia que fundió en el alma de todas las nacionalidades de origen hispano la tristeza de soñar, el anhelo siempre vivo por todo lo que revista sacrificio”, “la generosidad como virtud de la estirpe”, y “la unidad racial que nos hace herederos del más heroico linaje”. Todo gracias a “la España creadora de pueblos, vivero de nacionalidades, orgullosa de su obra inmensa”. Una España “heroica y creyente”, realizadora “de la más formidable proeza de civilización que registra la historia”. Todos hechos que justificaban “los sentimientos de admiración y de entusiasmo que, sostenía el editorialista, dan alma a estas fiestas con que todo un continente conmemora su origen y rinde culto al viejo solar glorioso que forjó la raza”.[26]
Para Carlos Silva Vildósola, el conservador e influyente director de El Mercurio, entonces, en 1923, “las leyendas de sombras que parecían empañar la majestad de la epopeya del descubrimiento y la conquista, los juicios que pretendían reducir sus magníficas proyecciones, toda su heroica majestad, ya pasaron”. Y, así, pudo concluir su editorial, tomando la representación de la comunidad, en un estilo recargado, incluso barroco, como también adoptaría Jaime Eyzaguirre,
España de pasado de luchas, de contiendas centenarias, de empresas gigantes, de duelos y de victorias; la Madre de los pueblos americanos, plena de energías que nunca tuvieron desfallecimientos definitivos, se muestra al mundo segura de su potencia de renovaciones; y en el día en que el continente de Colón rememora su común origen van hasta ella los homenajes de esta república traduciendo los filiales de sus hijos.
Pero El Mercurio no solo exaltó la obra histórica de España, pronosticándole además un “porvenir brillante” en la misma edición del 12 de octubre, incluso en la página en la que celebraba el Día de la Raza, junto a un fragmento del diario de Colón publicado como “La ruta de la gloria”, incluyó un perfil de “Don Alfonso XIII”, el que ya en el primer párrafo aparecía como “un fenómeno único de nuestro tiempo”. Para el medio, crítico de la situación chilena inaugurada con la llegada al poder de Arturo Alessandri cuyo programa social favorecía sobre todo a las clases medias y populares, en lo que apreciaba un comienzo de siglo “atormentado, tumultuoso e incierto”, era “casi un milagro este soberano, cuyo trono se siente hoy más sólido que el día que lo ocupó”, avalando así el golpe de agosto de 1923 que el Rey consagró nombrando a Primo de Rivera jefe de gobierno. Para El Mercurio, por medio de su director Carlos Silva Vildósola, que firmaba el homenaje a Alfonso XIII y su política, “un movimiento de progreso y de bien público” que “el hombre de Estado moderno” que era el Rey, “estimulaba y dirigía”.
El principal periódico nacional valoró también la “mirada penetrante del estadista que ha comprendido que la grandeza futura de España reside en su unión íntima, material y moral con los pueblos que engendró”. Criticando a los “políticos que ven en pequeño” y han estorbado su acción, ponderó las iniciativas de Alfonso XIII en favor de la vinculación de los que hablan la lengua española. Afortunadamente, continuaba el articulista su halago, transformado a medida que avanzaba en política e ideología, “el momento presente es de transición en la Península, y el régimen político que la ha desgobernado durante tanto tiempo ha hecho crisis”, deseando por lo tanto que “la nueva orientación tuviera como resultado dar al Rey la libertad” para crear la vinculación de intereses de todo orden entre españoles y americanos.
¿Qué impresión pudieron haber causado en Jaime Eyzaguirre estos conceptos que contienen la mayor parte de los elementos propios del nacionalismo hispanista que él abrazaría con pasión?[27] Ofrecidos todos, además, en medio de la descripción de magníficas liturgias y ceremonias, protagonizadas por un enviado del Papa y del Rey de España, el primer cardenal que visitaba Chile, un acontecimiento destacado en todas las crónicas y estímulo de palabras solemnes y grandilocuentes, la mayor parte de ellas destinadas a exaltar la obra de España en la historia; sobre todo la propagación de la religión católica y gracias a ella haber dado vida a una comunidad cultural y espiritual.
Estimulante debió ser también que en medio de “La celebración del Día de la Raza en la capital”, como tituló El Mercurio su crónica de los acontecimientos del 12 de octubre de 1923, se procediera a la premiación de “la mejor obra de historia que se publicase referente al periodo colonial y en la cual se hiciesen desaparecer los errores que contenían los libros de tal naturaleza, errores que eran los obstáculos más grandes a la completa y perfecta compenetración de ambos pueblos”, como lo había establecido la colectividad española en Chile que convocó al certamen. El reconocimiento fue para el libro del entonces ministro del Interior, el historiador Domingo Amunátegui quien, con el título de La dominación española. Descubrimiento i conquista de Chile, 1525-1609, había compuesto una obra que, en palabras del cardenal Benlloch que le entregó el premio, “estaba iluminada por el sol de la verdad”.[28]
Verdades sobre España y su empresa histórica en América como las que entonces se celebraron, por algo el libro de Amunátegui se titula “la dominación española”, fueron las que desde sus primeros escritos Jaime Eyzaguirre se encargaría de comenzar a develar al año siguiente de los acontecimientos de octubre de 1923.
Catolicismo, hispanismo y autoritarismo
El primer ensayo conocido de Jaime Eyzaguirre es el que siendo un estudiante del penúltimo año de enseñanza secundaria se publicó en la Memoria Anual de la Academia Literaria del Liceo Alemán en 1924. Su título es decidor y refleja que el adolescente de entonces no solo tenía ideas formadas, también seguridad y ambición. Pero, además, que estaba atento a los tiempos y sus hechos, que desde el comienzo de su trayectoria intelectual defendió la religión y la autoridad, y que desde su primer escrito hizo uso de la historia para sostener sus concepciones religiosas y políticas.
En “El cristianismo y la civilización”, el joven escolar recuerda “los pasados tiempos” para mostrar la “acción bienhechora de la Iglesia de Cristo”, confundiendo las páginas de la historia del mundo civilizado con las del cristianismo, al que califica de “regenerador de la humanidad”, “doctrina del amor” e “instrumento de los designios de la Divina Providencia”.
Junto con resaltar el papel de la Iglesia Católica en todas las edades, Eyzaguirre identifica los momentos críticos que ha debido enfrentar, el principal, “la Revolución Francesa”, la que “no trajo solo como consecuencia el derrumbamiento de un régimen político, sino también la desaparición completa de la moral y del respeto a la autoridad divina”. Calificándola como “mar inmenso de corrupción” y “torrente de inmundicia”, la revolución, sostiene, “deshizo en unos cuantos años la acción benéfica del Cristianismo”.
Llegando al verdadero foco de su interés, en un país que como el Chile de entonces vivía un intenso debate sobre las reformas sociales que trataba de impulsar el gobierno, entre ellas la de una nueva constitución, Eyzaguirre califica a los revolucionarios de 1789 como “enemigos irreconciliables del dogma católico”, a la vez que pretendidos “primeros apóstoles de la democracia”, preguntando a sus lectores de forma retórica, pues la respuesta para él es una sola: “¿Puede concebirse acaso una democracia con abstracción completa del Cristianismo?” (Eyzaguirre, 1924, p. 209-211).
Señal de la época en que escribe sus primeros ensayos, pero también adelanto de lo que serán sus posturas intelectuales y políticas desde entonces, en 1925 el joven estudiante escribió “La Iglesia y el Estado” (Eyzaguirre, 1925, p. 211-214). Un texto en el que presentó la separación entre ambos que la nueva Constitución había consagrado aquel año como el inicio de “días lúgubres de nuestra patria”, o el comienzo de la desaparición del “sol radiante de la libertad y el orden”. Mostrando también desde un comienzo el tono pesimista, incluso apocalíptico, que lo caracterizó a lo largo de su vida, en particular cuando se refirió a la evolución de Chile como sociedad.
“Señores, advirtió en su ensayo Eyzaguirre, se pretende borrar del corazón de los chilenos aquellos conceptos que traducen todo el ideal humano: Dios, Patria, Familia”. Afirmando que nada puede esperarse de un “pueblo que blasfema el nombre del Ser que lo creó, de un pueblo que reniega de sus centenarias tradiciones”. A continuación de lo cual señaló que, si “el hombre por naturaleza tiende a un fin supremo y último”, él se preguntaba: “¿iremos a encontrar, por ventura, la dicha en los bienes materiales?”, aludiendo así a otro de los enemigos que combatió durante toda su vida, el materialismo capitalista, que de este modo se suma al otro gran mal que para él representó el liberalismo democrático.
Intentando, como en toda su obra, legitimar sus posturas en experiencias históricas, aludió en su ensayo “al criterio limpio y sereno de la historia que nos muestra la cumbre de esplendor a que han ascendido las naciones penetradas del espíritu religioso y el estado degradante en que se han sumido cuando menospreciaron la moral y las creencias”. Dando por probado que había dejado asentada “la obligación ineludible que tiene todo país, así como todo individuo, de marchar en unión y armonía con los preceptos dictados por el Hacedor”.
Frente a la realidad nacional el joven creyente concluyó su reconocido texto apelando a las que llama “tradiciones nacionales”: “¡Oh catolicismo, bien sumo, verdad pura y santa, como que eres testamento del Dios-mártir, tú no podrás ser borrado de nuestras leyes, tú no podrás ser proscrito de nuestros corazones!”.[29]
Los mencionados escritos fueron el inicio de una producción intelectual, con ribetes de política, que hizo de Jaime Eyzaguirre uno de los principales, si no el principal, historiador, ensayista, defensor y propagandista católico, hispanista, conservador, tradicionalista y derechista de Chile en el siglo XX. Situación que alcanzó por la influencia de una obra que, iniciada en el campo de los estudios históricos, rápidamente se amplió hacia el de la cultura y de ahí al de la política.
Como ha sido demostrado por los estudiosos de su vida y su obra, en cada una de las iniciativas periodísticas que Jaime Eyzaguirre fundó, dirigió, promovió y participó desde 1930 en adelante, defendió valores y principios relacionados con la continuidad histórica que hacían posible lo hispano y la religión católica, la autoridad, la tradición y el orden; mientras transformaba a la democracia y al liberalismo, así como al materialismo capitalista y al socialismo, en sus principales enemigos. Si solo en algún momento sostuvo ideas corporativistas como forma de organización del Estado, siempre abogó por un orden jerárquico y autoritario.
En su obra historiográfico-ensayística, iniciada en la década de 1920, el tema de la religión católica y de España y su misión evangelizadora sirvieron a Eyzaguirre para “sostener posiciones autoritarias de las que es el representante más característico” (Ruiz, 1992, p. 90). Siendo los valores hispánicos los rasgos esenciales de los pueblos americanos, Chile, su preocupación, tiene la obligación de recuperar la cultura legada por la madre patria.
Un texto aparecido en Estudios, dirigida por Eyzaguirre, sirve para mostrar la relación estrecha entre la opción autoritaria y la interpretación hispanista de la historia que promovía. En 1934, Roberto Barahona escribió en la revista que
la raza hispánica ha revelado nuevamente su enorme vitalidad, su gran fecundidad creadora y su espíritu profundamente realista. En una época de desconcierto y de ruina, de desorganización social y de crisis moral, la república portuguesa, bajo la hábil dirección de Oliveira Salazar, ha encontrado la solución a sus problemas, dando ejemplo formidable al mundo por la originalidad de sus concepciones y la sencillez de sus métodos.[30]
La crítica a la política, sobre todo a la política partidista, será otro de los componentes del pensamiento de Jaime Eyzaguirre, y por lo tanto también de la derecha chilena. En su noción, “la gran política atiende al bien común y forma parte de la ética general […] Otra cosa es si se trata de la política de partido”, como sostuvo en 1939 en Estudios.[31] Palabras que señalan una orientación antipolítica que en su sentido más profundo induce a concluir que la verdadera política puede prescindir de esas formaciones características de la representación del tipo democrático-liberal que son los partidos políticos, como efectivamente ocurrió en Chile a partir de septiembre de 1973.
Como se ha concluido, “esta orientación profundamente antiliberal y antidemocrática da la clave para la interpretación de las tendencias apolíticas que tanta importancia tendrán en el proyecto de la derecha chilena, tanto en la década de los 1950 como a comienzos de 1960, y, sobre todo, a partir de 1965” (Ruiz, 1992, p. 88-89).
En Jaime Eyzaguirre la asociación entre autoritarismo e hispanismo, así como entre corporativismo e hispanidad, proyecto político y proyecto cultural al mismo tiempo, es clara y se acentuará a partir de los años ’40 del siglo XX, como lo refleja su interpretación de la historia de Chile y América. Representa un giro desde el terreno político, evidente en la época de la revista Estudios, hacia el campo cultural. Según los estudiosos de su pensamiento, es una estrategia de los grupos que representa para hacer frente a las transformaciones y cambios sociales que experimentan América Latina y Chile. Estos sectores derrotados en el ámbito de la política se vuelven hacia la cultura como área privilegiada desde la cual hacer frente a la angustiosa realidad. Es el Eyzaguirre de Hispanoamérica del dolor y Fisonomía histórica de Chile, obras de “recuperación del sentido y del valor de la común esencia hispánica de los pueblos hispanoamericanos que, esencialmente hispánica, es también profundamente católica y antiliberal” (Ruiz, 1992, p. 92-93). Contraria a las tendencias liberales y democráticas de la sociedad chilena, la interpretación de Eyzaguirre es también ligeramente antioligárquica y resueltamente anticapitalista y anti-indigenista.[32]
Un elocuente reflejo de que la modernidad que llegó con el siglo XX tuvo muchos detractores reaccionarios imposibles de obviar son las palabras con que Juan XXIII inició Gaudet Mater Ecclesia, el discurso de apertura del Concilio Vaticano II el 11 de octubre de 1962, ahí asentó:
En el cotidiano ejercicio de Nuestro ministerio pastoral llegan, a veces, a nuestros oídos, hiriéndolos, ciertas insinuaciones de algunas personas que, aun en su celo ardiente, carecen del sentido de la discreción y de la medida. Ellas no ven en los tiempos modernos sino prevaricación y ruina; van diciendo que nuestra época, comparada con las pasadas, ha ido empeorando; y se comportan como si nada hubieran aprendido de la historia, que sigue siendo maestra de la vida, y como si en tiempo de los precedentes Concilios Ecuménicos todo hubiese procedido con un triunfo absoluto de la doctrina y de la vida cristiana, y de la justa libertad de la Iglesia. Nos parece justo disentir de tales profetas de calamidades, avezados a anunciar siempre infaustos acontecimientos, como si el fin de los tiempos estuviese inminente.
Colofón
Entre los documentos fundamentales del régimen militar encabezado por Pinochet está la llamada Declaración de Principios del gobierno de Chile que la junta militar dio a conocer el 11 de marzo de 1974. En ella, además de sentar las bases del nuevo régimen, se identifican los modelos de sociedad posibles de implementar, el “socialista” y el de los países “desarrollados occidentales”, afirmándose, categóricamente, que “la alternativa de una sociedad de inspiración marxista debe ser rechazada por Chile, dado su carácter totalitario y anulador de la persona humana, todo lo cual contradice nuestra tradición cristiana e hispánica”.[33] Siguiendo los planteamientos y el diagnóstico que Jaime Eyzaguirre había sustentado con vigor, en el acápite sobre la “Concepción del hombre y de la sociedad”, se repiten casi literalmente sus concepciones, ahora fundamentos del nuevo orden. Ahí se lee: “En consideración a la tradición patria y al pensamiento de la inmensa mayoría de nuestro pueblo, el gobierno de Chile respeta la concepción cristiana sobre el hombre y la sociedad. Fue ella la que dio forma a la civilización occidental de la cual formamos parte, y es su progresiva pérdida o desfiguración la que ha provocado, en buena medida, el resquebrajamiento moral que hoy pone en peligro esa misma civilización”. A partir de lo cual se esbozó un modelo de sociedad que terminaría materializado en la Constitución de 1980, cuyo modelo de sociedad y organización económica todavía está vigente.
La Declaración de Principios es una síntesis conservadora entre nacionalismo y corporativismo, cuya matriz conceptual conservadora está determinada por el principio de subsidiariedad y la distinción entre soberanía política y soberanía social, tal como, entre otros, la concibió Jaime Eyzaguirre.[34] La presencia de los planteamientos del ensayista conservador en el documento fundacional de la institucionalidad dictatorial se expresa además claramente cuando en él se lee: “Chile tiene una larga tradición de organización social, que se remonta a su origen hispánico”, a continuación de lo cual se hace la síntesis entre el ideal corporativista sustentado por Eyzaguirre, que auspiciaba la autonomía de los organismos intermedios, y la noción de un dominio protegido por la iniciativa privada como pretendían los neoliberales. A continuación de lo cual se proscribe toda actividad política partidista, transformándose el respeto al principio de subsidiariedad en “la clave de la vigencia de una sociedad auténticamente libertaria”. Mientras tanto el nacionalismo, concebido como concepción y aspiración de la sociedad fundado en los presupuestos históricos ya señalados desplaza a las demás visiones totalizadoras, en particular las de raigambre democrática y democrática social, para no aludir a las ideologías como el marxismo. No hay duda de que la visión nacionalista y conservadora se ha impuesto.
Por último, es incuestionable la incomodidad de Jaime Eyzaguirre con la trayectoria histórica de Chile, “fue muy negativo para enfocar nuestra historia durante el siglo XX”, escribió su discípulo Gonzalo Vial. La aristocracia y su decadencia, el ascenso de la clase media, la toma de conciencia de las masas obreras, la enseñanza extranjerizante y la idolatría del cientificismo analítico, pero, sobre todo, “el hecho de desenvolverse de espalda a la historia y el alma chilena”, reflejaban para el ensayista un “panorama sombrío y amenazador” (Vial, Góngora & De la Taille, 2002, p. 218).
Pero si como concluye Vial, “el catastrofismo se apoderó de Eyzaguirre”, lo cierto es que después del golpe militar de 1973 y de la Declaración de Principios de la junta militar sus seguidores y admiradores pudieron sostener que Jaime Eyzaguirre descansaba en paz, pues para ellos, y más allá de los métodos empleados, Chile habría recuperado la fisonomía histórica que este tanto había contribuido a delinear.
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Notas