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“Nuestra vida es tan sobria como la de un espartano”: La cotidianidad de los soldados chilenos en el desierto de Atacama en la Guerra del Pacífico (Noviembre 1879 – Abril 1880) [1]

“Our life is as sober as that of a Spartan”: Everyday life of Chilean soldiers in the Atacama Desert in the War of the Pacific (November 1879 – April 1880)

Patricio Ibarra Cifuentes [2]
Universidad Bernardo O’Higgins, Chile

“Nuestra vida es tan sobria como la de un espartano”: La cotidianidad de los soldados chilenos en el desierto de Atacama en la Guerra del Pacífico (Noviembre 1879 – Abril 1880) [1]

História Unisinos, vol. 24, núm. 1, pp. 83-95, 2020

Universidade do Vale do Rio dos Sinos

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Recepción: 21 Agosto 2018

Aprobación: 22 Diciembre 2018

Resumen: El artículo reconstruye, a partir de testimonios contemporáneos, las experiencias cotidianas y sus impresiones respecto de éstas de las tropas chilenas en los campamentos instalados en el Desierto de Atacama entre noviembre de 1879 y abril de 1880, mientras se desarrolló la Guerra del Pacífico. Se estudian las estrategias desplegadas por los soldados para sobrevivir en un ambiente hostil, alimentarse, habitar, distraerse y honrar a sus camaradas caídos en combate.

Palabras clave: Guerra del Pacífico, vida cotidiana, documentos personales, Atacama, Tarapacá.

Abstract: The article reconstructs, based on contemporary testimonies, the daily experiences of the Chilean troops and their impressions in the camps installed in the Atacama Desert between November of 1879 and April of 1880, while the War of the Pacific was taking place. It studies the strategies deployed by the soldiers to survive in a hostile environment, feed themselves, inhabit, distract and how they honored their comrades fallen in combat.

Keywords: War of the Pacific, everyday life, personal documents, Atacama, Tarapacá.

Introducción

El ejército con que Chile combatió a la alianza del Perú y Bolivia en la disputa por los territorios salitreros de Antofagasta y Tarapacá entre 1879 y 1884 fue en su mayoría conformado por individuos que ingresaron a sus filas luego del estallido de la guerra. De ese modo, éstos Soldados ciudadanos (Ambrose, 1997, p. 13-16) pasaron la vida civil a la castrense modificando radicalmente su estilo de vida y cotidianidad, al ser parte de la expedición que, producto de sus sucesivas victorias, invadió y ocupó desde Antofagasta a Lima.

Durante el desarrollo y luego de finalizada de la guerra, un grupo de esos combatientes y otros observadores (políticos, corresponsales, capellanes, etc.) dejaron una serie de documentos personales y crónicas donde registraron sus experiencias en la campaña, formando un Campamento letrado donde señalaron su parecer respecto de sus respectivas vivencias de guerra, creando un discurso y retórica alterna a la proveniente de las fuentes oficiales, la cual se mostró crítica del mando político y militar (Ibarra, 2015, p. 175). Un aspecto relevante en esos escritos es la descripción en detalle de la cotidianidad de su estancia en el desierto de Atacama entre noviembre de 1879 y abril de 1880, luego de asentada la ocupación chilena en Tarapacá y mientras se preparaban para la campaña a Moquegua.[3] Así, narraron e interpretaron a múltiples voces su permanencia en San Pedro de Atacama, Pisagua, Santa Catalina, Hospicio, San Antonio Jazpampa, la Aguada de Dolores, San Francisco, Tiliviche, entre otras localidades. De ese modo, los soldados que colocaron por escrito sus experiencias, ilustrados y en su mayoría voluntarios, poniendo en evidencia la “relación privada con el propio cuerpo”, en términos de como interiorizaron las vivencias y socializaron a través de la narración los gozos, sufrimientos y penalidades físicas asociadas a la vida militar (Corbin, 2005, p. 247). Asimismo, se transformaron en portavoces de sus camaradas de armas ante el gran público contemporáneo y posterior a los hechos relatados (Mosse, 2016, p. 48).

¿Qué estrategias implementaron las tropas expedicionarias chilenas para sobrevivir en un territorio desconocido y agreste? Producto “dinámica del grupo pequeño”, donde los soldados asumen que su supervivencia depende del colectivo, integrado por un número reducido de sus iguales, donde se generan líderes, comportamientos y una ética propia (Keegan, 2013, p. 47-53), se formó una familia militar entendida como un espacio de desarrollo, como grupo e individualmente, de tareas recíprocamente dependientes y complementarias con sus camaradas, donde se desarrolló la convivencia, asistencia y dependencia mutua (Sutherland, 2000, p. 4). Ese fue el conjunto doméstico que se transformó en su referente cotidiano y de convivencia diaria (Gonzalbo, 2009, p. 240-242). En este caso, la experiencia grupal fue mediatizada por la obligación de permanecer en un ambiente hostil, adaptándose a él y buscando respuestas a las exigencias materiales de la campaña (habitar en un clima extremo, entrenamiento físico, marchas, etc.), además de proporcionar contención emocional para enfrentar el estrés por la lejanía del terruño, la pérdida de compañeros y la posibilidad de morir en un combate. De ese modo, la afinidad, amistad y camaradería reemplazaron a los lazos de sangre. ¿Cuáles fueron los aspectos que subrayaron de esa experiencia en sus escritos? Allí registraron sus vivencias las cuales pueden ser agrupadas en torno a cuatro expresiones culturales relacionadas con la guerra: la adaptación a condiciones de vida en el desierto, el esparcimiento, la alimentación y sus reacciones frente a la muerte de sus camaradas en combate. Finalmente, ¿Cómo describieron su estadía en el desierto? En concordancia con lo anterior, las experiencias vertidas en los documentos personales dejados por los protagonistas de la guerra se transformaron en ejemplo de “coraje y resistencia”, debido a las dificultades que enfrentaron y superaron, realzando la amistad y la protección mutua generada entre ellos (Hynes, 1999, p. 217 y ss.).

La historiografía de la Guerra del Pacífico ha esclarecido una parte de la cotidianidad de las tropas en campaña. En lo medular, desde papeles oficiales sin centrar su análisis desde la documentación y perspectiva de los combatientes y observadores que dejaron registro de esas experiencias. (Rodríguez, 1986, p. 25-96; Larraín, 2006, p. 31-123; Donoso-Couyoumdjian, 2006, p. 237-273; McEvoy, 2011, p. 229-289; Sater, 2016, p. 192-234; Casanova, Díaz, Castillo, 2017, p. 339-441). Asimismo, no ha dedicado un estudio específico a las condiciones de vida de los chilenos en el desierto de Atacama, durante el desarrollo de la campaña de Tarapacá (Noviembre de 1879) hasta el inicio de las operaciones sobre Moquegua (Marzo de 1880). Por esta razón, este escrito tiene por objetivo estudiar las experiencias cotidianas de los soldados chilenos durante su estadía en los campamentos establecidos en el desierto de Atacama, a partir de sus registros testimoniales y de otros observadores donde realzaron las circunstancias y actividades relevantes para ellos, siendo críticos con la autoridad política y militar cuando lo consideraron pertinente, lo cual les caracterizó como sujetos conscientes del papel crucial que ocuparon en el desarrollo de la Guerra del Pacífico.

Así, examinar sus experiencias cotidianas implica hacerse cargo de parte del trayecto vital de quienes, producto de la victoria militar de Chile sobre el Perú y Bolivia, se transformaron en un ícono de civismo y patriotismo (Cid, 2009, p. 221-254), en un conflicto externo clave en la construcción de la identidad y nacionalidad chilena, tanto para los contemporáneos al conflicto como para las generaciones posteriores convirtiéndose en una epopeya nacional y republicana (Stuven, 2017, p. 220-232).

Por último, cabe señalar que los antecedentes presentados en las páginas siguientes, aportaran elementos a la discusión historiográfica relativa a la Guerra del Pacífico en general, y a la reconstrucción de las experiencias individuales y colectivas asociadas al desarrollo de ella en particular. En definitiva, este escrito se enmarca dentro de una revisión del conflicto, realizada desde el estudio de la vida de las tropas chilenas en campaña.

La cotidianidad de la guerra

Los individuos movilizados al teatro de operaciones entre 1879 y 1884 asumieron un nuevo rol como soldados adaptándose a los procedimientos de la vida de cuartel y de campaña que se transformaron en su nueva cotidianidad.[4] En ese contexto, desarrollaron habilidades específicas de sobrevivencia y de relación con sus pares apropiándose de conductas y saberes específicos inherentes a la vida castrense, proveyéndoseles de los conocimientos y competencias para enfrentarse a la realidad concreta de la campaña y el combate (Heller, 1987, p. 22). Así, al formar parte del Ejército también lo fueron de su cultura, que considera “un sistema distintivo de valores, creencias, actitudes y normas, que caracterizan la idiosincrasia militar e imagen propia, tanto de oficiales como del personal” (Gutiérrez, 2002, p. 3). Esas prácticas se perpetúan en el tiempo, a través de los mecanismos de control establecidos en leyes y reglamentos que les constituye como un grupo de características especiales en la sociedad (Zamora, 2005, p. 135).

En campaña, los soldados vieron modificada su rutina y se enfrentaron a la carestía donde las necesidades más fundamentales, alimentación e higiene personal, no fueron completamente satisfechas. El cansancio, el hambre, la sed, la suciedad corporal y de sus ropas, implicaron padecimientos que sufrieron cada uno de los individuos que participaron de la incursión a Tarapacá, en especial a quienes desde la civilidad se integraron a la vida militar, los acostumbrados a la vida de ciudad y a la limpieza corpórea diaria (Audoin-Rouzeau, 2006, p. 288).

Asimismo, los campamentos del desierto de Atacama fueron el referente inmediato para cada soldado, en tanto fue el espacio donde debieron permanecer a la espera de recibir órdenes para buscar al enemigo y combatirlo, o bien, desplazarse a otro lugar y ocuparlo. Cada unidad (regimiento, batallón o compañía) entrenó, comió, descansó, divirtió, y se prestó mutua protección, predominando las relaciones homosociales masculinas, restringidas por el espacio físico donde se emplazaron (Makepeace, 2017, p. 7). Con todo, las tropas convivieron con una población femenina reducida, conformada por cantineras y otras mujeres que les acompañaron realizando diversas tareas cotidianas (Larraín, 2006, p. 79-123).

“Campos malditos de Dios”: la vida en los calichales [calíchales?]

La incursión chilena en Tarapacá significó para los expedicionarios comenzar a vivir en territorio enemigo. Tras los desembarcos de Pisagua y Junín del 2 de noviembre de 1879, las tropas acamparon en las alturas del farellón costero, improvisando ranchos y chozas con los materiales que tenían disponibles, la gran mayoría de ellos rescatados de los escombros de los edificios del pueblo. Dos días después de su arribo, el alférez de artillería Salvador Ladrón de Guevara, anotó en su “Diario de Viaje” que la casucha ocupada por sus camaradas estaba compuesta por “varias tablas de alerce y planchas de zinc” las cuales se encontraban “tan mal colocadas, que el viento penetra al interior como en su casa y revuelve papeles, ropa y cuanto objeto liviano encuentra”. Empero, destacó la camaradería que se vivía en su interior pues, “a la luz de lo que fue una lámpara enemiga, los compañeros ríen y charlan como si estuvieran en confortable habitación”. Otros construyeron “pequeñas rucas como los araucanos”, formando un “conventillo al aire libre” (La Patria, 15/11/1879).

El problema más grave en los primeros días en Pisagua fue la escasez de agua, pues la traída por los barcos era consumida rápidamente y las máquinas resacadoras no la obtenían en cantidad suficiente desde el mar. El entonces secretario del general Erasmo Escala, José Francisco Vergara, recordó que el líquido comenzó a faltar de tal modo que “el temor se dejó ver en casi todos los semblantes”. Peor aún, la jefatura debió imponerse ante los “desórdenes y aun los amotinamientos que estaban principiando” (Ruz, 1979, p. 38). Por esos días, rememoró el soldado del regimiento Buin Lucio Venegas, “[n]uestra existencia, así como la de los compañeros, se sentía embargada por esa silenciosa melancolía resultante de las necesidades no satisfechas”. Asimismo, señaló que “los soldados formulaban ante sus superiores quejas justísimas pero imponentes”. Por su parte, los oficiales subalternos tenían los mismos problemas y, “por no ser tildados de dar mal ejemplo, callaban” (Venegas, 1885, p. 56). Una de las quejas, como lo especificó un anónimo a un amigo, era que había agua “buena y en abundancia en la quebrada de Pisagua Viejo”, la cual no se hacía llegar a la tropa “teniendo bombas y bombines para traerla” (El Mercurio 20/11/1879). Fueron momentos difíciles. En efecto, Vergara afirmó que “los suicidios se iban haciendo frecuentes en la tropa” y se pensó en “reembarcarse como única medida de salvación” (Ruz, 1979, p. 39-40). Empero, con el correr de los días la situación mejoró merced al trabajo del ingeniero Federico Stuven, quien, a juicio del sacerdote Ruperto Marchant Pereira, fue “el verdadero salvador del Ejército” (Marchant, 1959, p. 22). Por su parte, el bibliógrafo José Toribio Medina, que durante la guerra viajó a la zona en disputa para hacerse cargo de la Judicatura de Letras de Iquique, aseveró que meses después se recordaba en el ejército, “con pena”, los momentos de “terrible angustia que allí se pasaron por falta de agua” (Medina, 1952, p. 6).

Poco a poco en Pisagua se estableció una rutina diaria. La diana sonaba a las 5 de la mañana marcando el inicio de las actividades. El artillero Ladrón de Guevara relató que despertaba “tiritando de frío y mi cabeza dolorida con la almohada, una maleta de cuero”. Además, haciendo mención a las noticias y comentarios respecto de la guerra que se hacían en Chile exclamó: “Ah! Yo trajera a los que allá en Valparaíso y Santiago duermen en blandos lechos y los hiciera acostarse una hora no más en la tierra que me ha servido de cama y de infierno”. Y remató: “Entonces verían lo que es una campaña”. El día proseguía con el paso de lista, instrucción militar, aprendizaje de los reglamentos, preparación del equipo, entre otras. Con la llegada de la tarde y luego la oscuridad nocturna, finalizaban las actividades y también comenzaba el frío desértico. “Esto es insoportable”, aseguró Ladrón de Guevara. Los oficiales “descansan de las fatigas del día y otros se entretienen en conversar sobre la toma del puerto y las próximas expediciones en busca de los peruanos”. Por su parte, el soldado, hasta el toque de silencio a las 9 de la noche, “hace fogatas y forma ruedas en torno a ellas” (La Patria, 15/11/1879).

Asentada la invasión chilena a territorio peruano, tras las victorias de Pampa Germania (6/11/1879), Dolores (19/11/1879) y pese a la derrota en la quebrada de Tarapacá (27/11/1879), las tropas fueron repartidas en distintos lugares con el objeto de asentar la ocupación de la zona y, asociado a ello, asegurar que la extracción de salitre se restableciera a la brevedad. Así, el ejército se repartió entre Jazpampa, San Antonio, la Aguada de Dolores, San Francisco, Santa Catalina, Tiliviche y otros lugares.

Las tropas debieron adaptarse a la aridez y soledad del desierto. Lucio Venegas definió al despoblado de Atacama como “El Sahara de la América” (Venegas, 1885, p. 81). Más expresivo, “El Corresponsal” de El Tamaya de Ovalle aseguró que “[c]ualquiera ponderación para pintar lo que son esos desiertos, sería nada. Son inmensos calichales que parecen campos malditos de Dios, tal es su esterilidad y triste aspecto” (La Libertad, 22/02/1880). En ese escenario habitaron los chilenos. Según la carta del teniente del batallón Atacama Rafael Torreblanca, escrita desde Dolores a su hermano Manuel, “la mayor parte de los cuerpos acampan al aire libre”, extendidos a lo largo de la línea del ferrocarril desde Jazpampa a Santa Catalina. Formaron “con sus frazadas pequeñas carpas para librarse durante el día del calor y de la tierra” (Fernández, 1979, p. 165). Por esos mismos días, el sacerdote Marchant aseveró que los “pobres soldados” vivían allí “como los ratones metidos en sus cuevas” y en condiciones sanitarias deficientes, pues “por fuerza, hay que connaturalizarse con el salitre, la sal y el azufre” (Larraín-Matte, 2004, p. 108-109). Con sorna, Lucio Venegas comentó que, durante su estancia en Tarapacá, observó como el jefe del su unidad poseía una carpa “casi espléndida”. Y luego exclamó: “¡cuánta comodidad hay dentro de ella!”. Por su parte, “los soldados tendidos en unos cuantos sacos tratan de evitar la potente acción del sol del desierto” (Venegas, 1885, p. 124). Otros, como Arturo Benavides Santos y sus camaradas del regimiento Lautaro, construyeron chozas “formadas por costras de caliche, colocadas a modo de adobes” (Benavides, 1967, p. 42).

Luego de asegurada la ocupación del desierto de Atacama, las tropas comenzaron a experimentar el hastío, producto de la inacción propia de los campamentos. Desde Santa Catalina, el sacerdote Florencio Fontecilla, en carta del 2 de enero de 1880 a Jorge Montes, aseguró que “[p]or acá no hay más novedad que comunicarle, que la gran ansiedad que tiene todo el ejército por que se principien pronto las nuevas operaciones” (Matte, 1982, p. 217). A fines del mismo mes, el corresponsal de El Tamaya comentó que el ejército seguía “acantonado tranquilamente desde Dibujo a Pisagua” aunque “gastando su entusiasmo” y salud, pues sufrían “los rigores del desierto, cuyo clima es fatal”. En definitiva, estaban hastiados por “su inmovilidad” y “todos desean batirse y que finalice pronto la campaña” (La Libertad, 22/02/1880). Un diagnóstico similar realizó el enviado especial de El Coquimbo, quien aseguró que “nuestros heroicos defensores se fastidian de una vida que en manera alguna es la del verdadero militar” (El Coquimbo, 11/02/1880). En Calama, un anónimo aseguró que “el descontento en la tropa aumenta, porque no se la envía a pelear” (Diario de la guerra, 03/02/1880). Lucio Venegas confesó que las jornadas transcurrían “sin ocuparnos de otra cosa que de formarnos tres veces para que tenga lugar la indispensable lista” (Venegas, 1885, p. 125). En palabras del religioso Marchant, la vida era de una monotonía “sin igual” con una “falta absoluta de diversiones” (Larraín y Matte, 2004, p. 109). Un anónimo desde Santa Catalina sentenció: “Nuestra vida es tan sobria como la de un espartano”, debido a la austeridad, disciplina, privaciones, incomodidades derivadas de los entrenamientos, el esfuerzo físico, las marchas, el calor diurno y el frío nocturno a los que estaban sometidos, además de la certeza de la posibilidad de ser heridos o muertos en combate y que, eventualmente, sus cuerpos sin vida quedaran abandonados anónimos y a merced de los elementos, sin sepultura y alejados de sus seres queridos. Con ironía, aseguró que su única entretención de día era “espantarnos las moscas”, y de noche “defendernos de las chinches y vinchucas, que, dispersadas en guerrilla nos atacan por todas partes” (El Censor, 11/03/1880).

Distinta fue la experiencia de los Cazadores del Desierto. Cien de ellos fueron enviados a San Pedro de Atacama, que fue definido por un anónimo como un “Edén en este destierro”. En efecto, señaló que allí se imaginaba “trasportado a una de las provincias australes de nuestro querido Chile”, debido a la “abundancia, exuberante vegetación, límpidas y abundosas corrientes de excelente agua, flores, frutas y todos los demás dones con que la naturaleza ornó [sic] nuestro privilegiado y bendito suelo” (Diario de la Guerra, 04/02/1880). Según Florentino Salinas, del regimiento Aconcagua que guareció el poblado en abril de 1880, los soldados colocaron “un buen sistema de alumbrado” y ornamentaron “con jardines los lugares públicos”. Así, se “regularizó de tal modo los servicios locales, que de un poblado semi-bárbaro hizo casi una ciudad con todo el aspecto”. El único inconveniente de su estadía en el pueblo fue el clima, pues “se sufre un calor tropical durante el día, y por las noches un frío insoportable” (Salinas, 1893, p. 85-86).

La permanencia prolongada en un territorio hostil y alejado de sus hogares permitió que se generaran y fortalecieran los lazos de amistad y camaradería. El artillero Ladrón de Guevara aseguró que en torno a las fogatas las fisonomías de soldados “tostadas y varoniles se iluminan con la llama y se dejan ver animadas por la alegría” (La Patria, 5/11/1879). Allí recordaron sus vidas dejadas en suspenso, oscilando entre la preocupación por el destino familiar y la evocación romántica que resiente la lejanía física del ser amado y la familia (Albornoz, 2015, p. 42). El propio Ladrón de Guevara rememoró que en las fogatas “los sentimentales, los menos, hablan de lo que han dejado atrás, siempre una esposa, una madre o un hermano y su pensamiento mudo trae a la memoria escenas de felicidad y de amor ya pasados”. En efecto, el alférez se refirió a una conversación que sostuvo con su “sincero y querido amigo” Víctor Bianchi, en la cual recordaron a sus cercanos en Chile “¡y cómo nos hemos dejado uno a otro de herederos, en caso de que maten a uno de los dos!”, prometiéndose mutuamente la ayuda a sus eventuales deudos (La Patria, 15/11/1879). Por su parte, el corresponsal de La Patria relató que en un campamento los hombres que sabían leer devoraban “las cartas que les traen memorias del hogar”, vertiendo “silenciosas lágrimas si por casualidad la esposa, la madre o la hija descuidaron enviarles la inequívoca prueba de su amor y de su cariño guardada en la débil cubierta de un cierro de papel” (La Patria, 16/02/1879). Asimismo, un oficial anónimo desde Dolores encargó al receptor de su esquela que saludara a “a la mejor amiga de casa”, la cual “no se olvida nunca de mí; y dile, amigo, que toda mi alma está puesta en ella; que en las horas del combate su imagen es la única que se me presenta” (El Atacama, 29/11/1879).

“Un día de verdadera fiesta”: diversiones, juegos y esparcimiento

Pocos sucesos rompieron con la monotonía en el desierto. Para combatir el rigor y el tedio del campamento, los chilenos echaron mano a su creatividad reproduciendo a escala las costumbres lúdicas y festivas de la vida civil (Páez, 2007, p. 55-56). Con ellas relajaron y, hasta cierto punto, trasgredieron los límites impuestos por la disciplina militar, creándose un espacio de tolerancia aceptado por la oficialidad superior que permitió su realización y en ocasiones participó de ellas como público. De ese modo, en los tiempos de ocio participaron voluntariamente de varias actividades que colaboraron con satisfacer los derechos y necesidades de descanso y recreación, además del desarrollo de la personalidad individual y colectiva de los soldados, instancias asociativas y vinculadas entre sí, aunque existiendo diferentes estados de interacción entre ellas. La intervención de los individuos en esas ocupaciones sirvió para fortificar los lazos y solidaridad entre las tropas (Dumazedier, 1992, p. 341-347 y 361). Así, se involucraron en ocupaciones no relacionadas con las actividades militares tales como de naturaleza cultural, lúdica y gimnásticas (Trucot, 2016, p. 13-14). El esparcimiento reforzó la conexión y la camaradería dentro del ejército de manera horizontal y vertical, en tanto permitió trascender los individuos y a su estatus en la jerarquía establecida (Jiménez, 2005, p. 333-334), en tanto [ y en tanto?] se trasgredieron por momentos los hábitos de contención establecidos, conectándose con las emociones y el frenesí propio de las celebraciones colectivas (Pereira, 1947, p. 8).

En las festividades colectivas populares tales como el aniversario de la Primera Junta de Gobierno de Chile (18 de septiembre) y del fin de año eran ampliamente celebradas en la ciudad y el campo. En los campamentos chilenos del desierto de Atacama también se reprodujeron los festejos aunque sometidos a la disciplina militar, en especial la ingesta de alcohol, evitando los desórdenes que eran comunes en las celebraciones citadinas (Salinas, 2007, p. 22).

Un festejo de los soldados chilenos en el desierto fue el año nuevo. El sacerdote Marchant señaló que la llegada de 1880 se recibió con “hermosas fiestas”. Se realizaron actividades tales como “teatros, volantines, títeres, carreras de burros, [y] fuegos artificiales” (Larraín y Matte, 2004, p. 113). En palabras de José Toribio Medina, los soldados recrearon “en grande y al natural” el comercio de la “Alameda, los bailes del tabladillo con disfraces femeninos, y al decantado minero”. Además, crearon dramas en verso “en que figuraba el incomparable [Hilarión] Daza y demás acompañamiento [sic] de los ridículos personajes y sucesos de la alianza”, alusivos al devenir del gobernante de Bolivia (Medina, 1952, p. 9). Otro religioso, Florencio Fontecilla, comentó a Jorge Montes que “el día de año nuevo fue para el ejército un día de verdadera fiesta”, pues los festejos coincidieron con la noticia del ascenso del general Escala, lo cual produjo que los músicos tocaran “diana frente a la habitación del General y los jefes y oficiales que aquí se encuentran venían en cuerpo a manifestar su regocijo” (Matte, 1982, p. 216).

Las obras de títeres montados por los soldados fueron una constante y sus funciones no solo se realizaban en días de fiesta. “En las filas de mi cuerpo”, apuntó Lucio Venegas, “se fabrican pequeños monos de palo, vestidos con trajes arreglados de mil modos, con el fin de dar funciones de títeres y hacer pasar por las noches un inocentísimo momento de agradable solaz” (Venegas, 1885, p. 125). Según el corresponsal de El Coquimbo, jefes, oficiales y soldados, a la vermú del día designado para el espectáculo, asistían a la “carpa o bodega más espaciosa” que hacía las veces de teatro, donde “una buena soga y cuatro o seis frazadas corridas entre sí, separan al público inteligente de los iniciados en el arte” (El Coquimbo, 28/01/1880). Allí, señaló Venegas, se disfrutó de “las muchas habilidades del famoso Don Cristóbal de la Polichinela y las no menos dignas de verse curiosidades de su querida consorte, la amable doña Clarita” (Venegas, 1885, p. 125-126). El enviado especial de El Coquimbo comentó: “como los actores son gente de profesión, el espectáculo es interesante y arranca verdaderos aplausos, sobre todo por las alusiones del militar” (El Coquimbo, 28/01/1880). Las marionetas servían de catarsis para los soldados, pues a través de ellas se hicieron patentes sus quejas respecto de las privaciones y problemas. Antonio Urquieta aseguró que los titiriteros “eran muy diestros para manejar a los habilosos monitos, [y] echar en cara sus agravios y reclamos” (Urquieta I, 1907, p. 212). También se realizaron actos circenses los que funcionaron jueves y domingos, destacando el número del payaso “Granito de oro” (Venegas, 1885, p. 131). Estas distracciones hechas por y para los soldados se repetirían en los campamentos de Las Yaras y Pocollay (Tacna), además de Pisco y Lurín (Lima) (El Ferrocarril, 08/11/1880; El Atacama, 21/12/1880 y Benavides, 1967, p. 104).

También hubo otros pasatiempos. Fueron comunes los juegos de mesa y azar, los cuales eran populares entre la población desde la colonia (Pereira, 1947, p. 216). El corresponsal de El Coquimbo relató que el ajedrez, los dados y el dominó tenían “muchísimos devotos”, los cuales eran motivo de apuestas las que se pagaban “al contado”. “Lástima, anotó el cronista, solo que los 20 ó 25 mil pesos en fichas que se encontraron en las oficinas salitreras no tengan valor alguno”. Las piezas necesarias para jugar eran fabricadas por los soldados, pues “madera sobra, carpinteros no faltan y un poco de tinta termina la última mano”. Otros juegos eran de destreza física y se realizaban en grupos (El Coquimbo, 28/01/1880).

Pese al hastío, en los campamentos del desierto no se registraron indisciplinas de importancia. Todo indica que el estar alejados de tabernas, prostíbulos, chinganas y, especialmente, del alcohol en exceso apartó a los soldados de problemas y desordenes de mayor cuantía.[5] Así lo deslizó José Toribio Medina, quien luego de visitar el campamento de Dolores afirmó que “entre los seis mil que forman la reserva que tenga pendiente causa de ninguna especie”. Sin embargo, era muy común entre algunos de los nuevos reclutas, especialmente los llegados desde Santiago, se dieran a “pequeños hurtos en los primeros días” (Medina, 1952, p. 12).

“El hambre no hace caso de protestas”: La alimentación en el desierto

El despliegue de las habilidades para cocinar y el acto de comer como tal satisfacen de la necesidad inevitable y continua de alimentarse para sobrevivir. Asimismo, constituyen prácticas culturales que permiten y la construcción y reproducción de la camaradería entre pares (Souto, 2007, p. 129). Los expedicionarios chilenos al desierto de Atacama echaron mano a sus destrezas sociales y culinarias, para conseguir alimentos cuando no los hubo y complementar la ración entregada por el Ejército. Con ese fin, se agruparon libremente en “Carretas” para recolectar, hacer rendir y cocinar sus alimentos (Benavides, 1967, p. 66). Cabe señalar que para las tropas provenientes de los sectores populares citadinos de Chile la carestía de alimentos era una condición habitual de su diario vivir (Palma, 2004, p. 399). En consecuencia, rebuscárselas para conseguir viandas para el sustento diario era una tarea que no les era desconocida.

Como se señaló en páginas precedentes, luego del desembarco de Pisagua faltó el agua, a lo cual se sumó la carestía de alimentos. Según “El Corresponsal” de El Independiente, desde el 2 al 17 de noviembre la dieta del ejército estuvo reducida a “charqui y galleta dura”. Ración, única y repetitiva que “el soldado la rechaza con fastidio” (El Independiente, 27/11/1879). Por su parte, el artillero Ladrón de Guevara acusó la misma falta de viandas. Anotó que, ante una insípida ración de valdiviano que sus camaradas prepararon y compartieron con él en una de las primeras jornadas en Pisagua, su estómago sintió “deseos de protestar, pero el hambre no hace caso de protestas, sobre todo cuando durante el día nada más que aire se ha tragado”. Según el mismo relato, el domingo 9 fue una fiesta, pues estuvieron “de cazuela”, acontecimiento que debía ser “celebrado con la cara y el traje limpios, tan limpios como nuestros estómagos…” (La Patria, 15/11/1879). En ese periodo crítico, hubo quienes accedieron a más elementos debido a su cercanía con la jefatura del ejército. Por ejemplo, el religioso Marchant afirmó que dispusieron de “charqui, harina tostada, galleta y una caramayola de agua por cabeza”, y cocinaron la carne seca a modo de “valdiviano y charquicán con algunas variaciones a la parrilla, a la machuca, al arroz”. Del mismo modo, “confeccionamos excelentes ulpos y bebidas endulzadas con chancaca” y con la galleta, “que es como piedra de molejón, se hacen sopaipillas y guisos a la fricandó”. Con todo, aseguró que la ingesta de alimentos no era suficiente, pues “día por día va disminuyendo el peso regular de nuestra pobre humanidad” (Larraín y Matte, 2004, p. 91).

El servicio de intendencia demoró en proveer de suministros. Además, las tropas no pudieron aprovechar lo que eventualmente hubieran dejado a su disposición los aliados tras el desembarco de Pisagua. Como lo afirmó un anónimo que firmó como “X” en carta del 5 de noviembre de 1879, antes que los chilenos llegaran a las alturas del farellón peruanos y bolivianos “incendiaron los víveres y forrajes” (La Verdad, 20/03/1880). El transporte Loa cargado con 60 toneladas de alimentos logró aliviar la situación, pues llegó con bueyes para dar carne fresca a los soldados. El 17 de noviembre, apuntó “El Corresponsal” de El Independiente que los animales “comenzaron a ser beneficiados para el alimento de la tropa” (El Independiente, 27/11/1879). Con este hecho, aseguró el cura Marchant, “se ha vuelto a despertar en los estómagos un feroz apetito gastronómico”, especialmente “al sentir hervir las cacerolas los suculentos costillares y chirriar en las parrillas las exquisitas tajadas de roast beef” (Larraín y Matte, 2004, p. 93). Pese al arribo de las necesarias viandas, el cronista de El Independiente exclamó: “¡Dad de comer a los que vienen a morir por la honra y la riqueza de Chile!” (El Independiente, 27/11/1879).

Con el transcurso del tiempo, la calidad y cantidad de los alimentos de los soldados mejoró aunque restringido a provisiones básicas. A saber, harina, galleta, charqui, grasa y café, con los cuales se conformó la base de la dieta en el vivac. A ello se sumó lo que los soldados consiguieron por sus propios medios. Durante su estadía en Santa Catalina, Arturo Benavides aseguró que “la comida era abundante y bien preparada” (Benavides, 1967, p. 42). En efecto, a inicios de enero de 1880, el sacerdote Marchant comentó que el “rancho de la tropa váse [sic] mejorando de una manera notable”, pues “ya la carne, el pan y hasta el café abunda” (Larraín y Matte, 2004, p. 133). Hacia fines de enero, el corresponsal de El Tamaya aseveró que por fin “el soldado es ahora atendido y come bien”, por cuanto “día por medio se le da carne fresca y algunos vegetales, como papas y cebolla, y pan excelente” (La Libertad, 22/02/1880). En la misma línea, Lucio Venegas afirmó que al “charqui y galleta de todos los días ya les acompañan algunas papas, pocas cebollas y unas pequeñísimas porciones de harina, azúcar y café” (Venegas, 1885, p. 125). Con menos entusiasmo, un anónimo anotó que “la carne fresca suele verse algunas veces, y durar 5 a 6 días”. Además, los infantes conseguían ampliar el espectro de viandas disponibles, a través de los pobladores de las comarcas cercanas que se acercaban “a cambiar legumbres y frutas, que traen del interior, por charqui, grasa, etc.” (El Censor, 11/03/1880). En ocasiones, también recibieron alimentos enviados por familiares, amigos e instituciones de la sociedad civil. Por ejemplo, el corresponsal de El Coquimbo informó que un subteniente de apellido Torres, recibió en Pisagua el “cocaví que le enviaba al cuerpo la Comisión de la Serena”, el cual fue bienvenido, pues por esos pagos el pan era un “manjar de dioses” (El Coquimbo, 16/01/1880).

Las tropas que permanecían en el desierto cuando ya se desarrollaba la campaña a Moquegua (marzo-junio de 1880) también sufrieron por la escasez de alimentación. Eduardo Kinast, desde el campamento de Dolores en abril de 1880, se quejó en carta dirigida al polígrafo Benjamín Vicuña Mackenna de la escasez, calidad y lentitud en la entrega de las viandas. Por ejemplo, se refirió al café que recibían: “digo café”, anotó con ironía Kinast, “porque tiene ese color pero en realidad es granza tostada algo que siquiera les servía para calentar sus estómagos”. Del mismo modo, aseguró que se les entregaba salitre en remplazo de sal. Ante esto, se preguntó “¿Es siquiera racional que un ejército que ocupado en terrible enemigo para la defensa de la integridad nacional se le mantenga a ración de hambre cuando se tienen recursos de sobra?” (ANFBVM, vol. 252, sin foja).

Los alimentos más despreciados por los infantes eran la harina tostada y el charqui. El primero, según el enviado especial de La Patria, debido a que “desarrolla la disentería” solicitando que fuera remplazada por “por otra sustancia que no tenga ese inconveniente”. Por su parte, al charqui la tropa llegó a “tenerle verdadero aborrecimiento”, tanto por su repetición en el menú cotidiano, como por la “inextinguible sed que produce”. A tanto llegó el hastío que el periodista recién citado aseguró, con sarcasmo, haber observado “a más de diez soldados fabricar ojotas de su ración de charqui…” (La Patria, 16/02/1880).

Respecto del agua, el sacerdote Marchant aseguró que la de San Francisco que era “escasa, desabrida y perversa como agua de pozos” (Larraín y Matte, 2004, p. 109). Un anónimo testificó desde Santa Catalina que allí no era “muy mala”, aunque “los pozos de donde se la extrae distan unas 15 cuadras del campamento”. Empero, el mismo interlocutor aseguró “la mejor agua que se toma por estos mundos es la de Dolores” (El Censor, 11/03/1880). Así lo confirmó el testimonio de un soldado del Buin, que a mediados de diciembre comentó: “en este campamento tenemos magnífica agua, que es el elemento indispensable para el ejército” (El Mercurio, 29/12/1879). Por su parte, Hipólito Gutiérrez, soldado del batallón Chillán, aseguró que en San Antonio el agua resacada de una napa subterránea “era salobre [y] que no se podía tomar”. Por ello, se les traía en “las máquinas en unos estanques de Agua Santa” (Dos soldados, 1976, p.175). Por ello, desde el mismo lugar, José Rafael Elisondo se quejó con Benjamín Vicuña Mackenna que el aguardiente para la tropa, indispensable para hacer bebestible el agua, no llegaba a sus destinatarios. (ANFBVM, vol. 251, f. 266). No todos sufrieron las mismas penurias. José Terán del regimiento Santiago, emplazado en el oasis de Quillagua, a orillas del río Loa, aseguró a su esposa que allí disfrutaron de los “hermosos bosques” y del agua que “no me ha hecho mal sino por el contrario” (ANFBVM, vol. 251, f. 119).

A falta de agua tampoco contaban con vino o cerveza. José Toribio Medina comentó que “cuando de tarde en tarde arriba alguna buena noticia”, los hombres lograban saciar sus deseos por degustar una bebida espirituosa apurando “los escasos centavos del bolsillo y con ellos algunos tragos de la famosa tanto escasa aconcagüina…” (Medina, 1952, p. 13). Con todo, pudieron disfrutar de algunos brebajes enviados desde Chile. En enero de 1880, el corresponsal de El Coquimbo contó que un teniente de apellido Ariztía se las ingenió para llevar “un barril de mosto” a las tropas, sufriendo “las de San Crispín para llegar con él a Dolores”. A su llegada éste fue “saludado con gritos de alegría y de placer” y “en breve fue tomado a la bayoneta” (El Coquimbo, 16/01/1880). Del mismo modo, “Monte Cristo” comentó que a comienzos de febrero “nueve pipas de vino se han repartido a la tropa”, correspondiéndoles “de a un vaso por cabeza” (La Patria, 16/02/1880). No todos los envíos llegaron a su destino. Un anónimo que firmó como “La Campaña” escribió al editor de El Pueblo Chileno de Antofagasta a mediados de enero de 1880 desde Santa Catalina e increpó a los directores de la guerra: “¿Dónde se ha ido el generoso vino que por arrobas han obsequiado para el ejército algunos desprendidos y generosos patriotas?”. Del mismo modo, inquirió por la suerte de “numerosas barricas de cerveza”, además de “sacos de frutas de toda especie que se ha erogado con profusión” (El Pueblo Chileno, 24/01/1880).

“Cayeron entre el humo del combate”: La muerte en la guerra

La guerra y el fin de la vida de manera violenta van siempre de la mano, pues aquella dualidad se constituye en una circunstancia ineludible y cotidiana. En una batalla, los seres humanos dan o reciben la muerte, debido al uso intensivo de armas letales que trae como consecuencia el fallecimiento o producen laceraciones a un número significativo los individuos que toman parte de ella (Arredondo, 2007, p. 5). El arribo de los soldados a territorio enemigo los hizo enfrentarse con la guerra real. Su participación en las primeras batallas terrestres de gran magnitud del conflicto les hizo encontrarse cara a cara con la muerte. Los sobrevivientes esos encuentros armados contemplaron la materialización del fin violento de la vida, arrancada a camaradas y adversarios. Además, observaron los cuerpos exánimes y desmembrados tras el combate y también su proceso de descomposición.

Según Michelle Vovelle, el culto cívico asociado a las ideologías sobre la nación y el Estado y el romanticismo predominante en el siglo XIX son elementos clave para comprender el estremecimiento colectivo generado por la exaltación pública de la memoria de quienes murieron de manera considerada como heroica (Vovelle, 2002, p. 26-27). Es así como al deceso de los soldados en combate le siguió la recreación del martirologio y la épica asociada al sacrificio por la causa abstracta de la República y la Patria. De esa manera, la muerte como acto material se nacionalizó, en tanto vinculó a la comunidad de ciudadanos en torno a la construcción de las instituciones decimonónicas y se plasmó en la devoción a la inmolación patriótica (Mosse, 2016, p. 67 y ss.). En ese sentido, fallecer en batalla trascendió el ámbito de los actos privados para transformarse en público, pues se produjo en un contexto que de interés general para el cuerpo social. Así, se transfiguró en solemne y respetada por la ciudadanía contemporánea, pues se realizó por el bien futuro de sus pares.

Ese sentido nacional–republicano de interpretar la muerte de un camarada mezclado con el sentimiento por la partida de un ser querido también impactó a los expedicionarios chilenos. Cada hombre honró a sus muertos como mejor pudo. El rito mortuorio, cuando lo hubo, se acomodó a las condiciones materiales del campo de batalla y los recursos con que contaran los deudos, plasmándose en las manifestaciones funerarias barrocas y románticas predominantes en la segunda mitad del siglo XIX, combinadas con las tradiciones militares. Su objetivo era la valoración del ser querido fallecido y la lamentación por su partida y ausencia (León, 1997, p. 125-128).

Rafael Torreblanca relató a su hermano Manuel que tres días después de la batalla de Dolores comenzaron a enterrarse a algunos de los caídos, “ya en completa putrefacción”, debido al intenso calor. Los aliados eran inhumados a medias, pues los enterradores “los dejaban con las manos o las piernas afuera”. Por el contrario, los soldados del Atacama sepultaron a los suyos “agregándoles encima puñados de cápsulas de rifle”, para distinguirlos como guerreros caídos en la brega. Por su parte, Torreblanca y sus compañeros de armas dieron el último adiós al capitán Ramón Vallejos y a los subtenientes Vicente Blanco y Andrés Wilson. El rito se inició llevándolos a la tumba “alzándolos en cuatro fusiles”. A medida que los cubrían con aquella tierra mezclada con sangre, pólvora y caliche, la emoción les dominó: “nadie pronunciaba ni una sola palabra, pero las lágrimas brillaban en todas las miradas”. Finalmente colocaron una “tosca cruz”, donde el propio Torreblanca escribió a lápiz un verso- epitafio:

Cayeron entre el humo del combate,

Víctimas del deber y del honor.

¡Denodados y heroicos compañeros!

Valientes de Atacama. ¡Adiós! ¡Adiós! (Fernández, 1979, p. 168).

La muerte de un amigo, conocido o simplemente un compatriota impactó en el común de los soldados. Tras la batalla de Tarapacá, los efectivos que no tomaron parte en ella, pertenecientes al Buin, 3º y 4 de Línea entre otros, elogiaron a los sobrevivientes y juraron desagraviar a los caídos. Un anónimo aseguró: “Esos compañeros mártires deben vengarse, deben ser vengados; y nosotros somos los encargados de ese sagrado cometido”. Aquello fue interpretado como prueba palpable del “amor fraternal que hoy reina y que ha reinado siempre en todas clases y jerarquías de nuestro Ejército”. Del mismo modo, las tropas que participaron del combate al regresar a su campamento en Santa Catalina lo encontraron “Harto triste y casi solo”, en tanto se “echaba de menos al hermano; aquel al pariente, el otro al amigo y todos a algún nuestro querido, al jefe digno, al buen compañero” (ANFBVM, vol. 222, fs. 130-131).

Algunos de los caídos pudieron volver a su tierra. Por ejemplo, fueron recuperados los restos del comandante Eleuterio Ramírez y del capitán José Antonio Garretón, ambos del 2º de Línea, muertos en la batalla de Tarapacá. En enero de 1880, soldados de esa unidad exploraron la quebrada sin encontrar nada. “La desesperación de estos viejos conmueve hondamente”, sentenció el corresponsal de El Coquimbo (El Coquimbo, 30/01/1879). A comienzos de febrero, un anónimo que firmó como “Monte Cristo” relató que se rescataron los restos de ambos oficiales y fueron llevados a Pisagua, Iquique, Antofagasta, Valparaíso y finalmente a Santiago. En Santa Catalina y Tarapacá. les fueron presentadas armas por las unidades de las guarniciones correspondientes. Lo mismo ocurrió en Pisagua, donde “se les hizo los honores debidos y el primer batallón del regimiento Esmeralda los acompañó con su respectiva banda hasta el muelle”. En Iquique, “el cuerpo de Zapadores, mandado por el señor Santa Cruz, recibió los restos de los héroes y mártires”; además “la concurrencia era numerosísima”. El cortejo fue encabezado por las autoridades civiles y militares, además de ser acompañado por la oficialidad de las unidades allí presentes. “De cuarto en cuarto de hora”, anotó “Monte Cristo”, “un cañonazo anunciaba a los habitantes de Iquique que algo nuevo y solemne ocurría y el gentío aumentaba”. Más tarde, fueron depositados en la nave central de la Iglesia de la ciudad. Así, “después de la misa de cuerpo presente cantada y otras ceremonias religiosas, se retiró la comitiva dejando los dos ataúdes en depósito en la citada capilla” (La Patria, 16/02/1880). En Antofagasta, los restos de los jefes inmolados en Tarapacá se reunieron con los de Manuel Thomson y Eulogio Goicolea, jefe y aspirante del Huáscar respectivamente, muertos en Arica el 27 de febrero durante el tiroteo del monitor con los fuertes del Morro y el Manco Capac. Justo Abel Rosales anotó en su diario el 3 de marzo que en la ocasión predominó una “honda pena” y “hondísima impresión nos causó a todos al ver a un paso de distancia esos cuatro cajones enlutados, que contenían los restos mortales de cuatro mártires del deber y del amor a la Patria” (Rosales, 1984, p. 49).

En la misma lógica, aunque con un despliegue y medios más modestos, los efectivos del escuadrón de caballería Cazadores del Desierto construyeron un monolito para honrar a los caídos en la batalla de Dolores. En abril de 1880, un anónimo escribió a su hermano comentándole el hecho y la ceremonia realizada luego de terminado el monumento. El memorial constaba de “tres cuerpos, todo de piedra, el cuarto cuerpo tiene la forma de un cajón mortuorio, y sobre éste se alza una cruz del mismo material, la que tiene 4 metros 50 centímetros de alto, 8 metros de largo y 6 de ancho” (El Nuevo Ferrocarril, 29/04/1880). El 7 de abril fue la fecha elegida para la ceremonia. Se aprovechó la ocasión para enterrar allí a Diego Aurelio Argomedo, muerto en Dolores. Según “El Cholo”, que hacía de corresponsal para Los Tiempos de Santiago, el cuerpo fue recuperado de una fosa de caliche. Pudo ser identificado gracias a que se encontraron con él “varias medallas y una especie de relicario de género blanco”. Antes de ser llevado al pie del monolito, fue puesto en un ataúd y dejado en “una carpa que se había preparado con tal objeto” (Los Tiempos, 28/04/1880). En el cortejo participaron artilleros y los Cazadores del Desierto. Asistió la jefatura y oficiales del Caupolicán, Chillán, Aconcagua n° 2 y Atacama n° 2. Tras los discursos de rigor, el cadáver fue colocado en la parte sur del memorial. De inmediato se hizo “una descarga de carabina, conforme a ordenanza”, y luego una salva de artillería. “Todas estas ceremonias”, continuó un anónimo, “fueron acompañadas por dos bandas de música, la del Caupolicán y del Valdivia”. Terminado el acto, se realizó un banquete costeado por la oficialidad de los Cazadores del Desierto, el cual “fue espléndido y duró hasta las ocho de la noche, habiendo principiado a las cuatro de la tarde” (El Nuevo Ferrocarril, 29/04/1880).

Algunos rescataron la memoria de un camarada caído haciendo públicas las circunstancias de su fallecimiento. En diciembre de 1879, los sargentos del 2º Regimiento de Artillería escribieron a Benjamín Vicuña Mackenna para que diera a conocer ante el tribunal de la opinión la historia del sargento José Antonio Ferreira, compañero que “ha muerto cumpliendo con su deber como soldado chileno”, al cual “lo sentimos como a un hermano”. Acudieron a Vicuña Mackenna, pues “nosotros, simples soldados, no tenemos siempre la seguridad de poder hacer llegar nuestras expresiones de simpatía a las familias de los compañeros que caen en el campo de batalla”. Asimismo, “lloramos en el fondo del corazón la pérdida del compañero y amigo, y la patria un valiente defensor de su honra”. La carta fue publicada en El Nuevo Ferrocarril (El Nuevo Ferrocarril, 08/01/1880).

Otros no tuvieron la misma suerte. A fines de enero de 1880, “Monte Cristo” relató la expedición que realizó a la quebrada de Tarapacá donde se registró la batalla entre chilenos contra peruanos y bolivianos. Antes de llegar al pueblo homónimo, señaló que “principiamos a encontrar cadáveres medios sepultados”, todos chilenos los cuales “estaban enteramente descubiertos”. Respecto de éstos cuerpos y de otros que hallaron en la hondonada, aseveró que no se podía sino “pintar no el horror sino la rabia” que se apoderó de quienes formaban la comitiva, luego de observar “el salvaje modo de hacer la guerra empleado por nuestros enemigos” (La Patria, 11/02/1880). Por su parte, Abraham Quiroz escribió a su padre a comienzos de marzo de 1880, comentándole que en Agua Santa “todavía quedaban señas del combate de nuestros Cazadores”, pues “los cuerpos estaban por encima tapados con un poco de tierra”. Del mismo modo, aseguró que en Dolores, los despojos aún “se encuentran por todas partes” (Dos soldados…, 1976, p. 71). Lo mismo opinó un anónimo cuya carta vio la luz en El Censor de San Felipe, que al recorrer el campo de batalla encontró “medio cubierto por piedras, que no les será tierra muy ligera, habría unos 80 cadáveres de soldados cholos”. Y agregó: “Como se comprenderá, las brisas que se desprenden del cerro mencionado no salen impregnadas con perfumes celestiales” (El Censor, 11/03/1880).

Colofón

El 2 de noviembre de 1879, con los desembarcos de Pisagua y Junín, el ejército chileno inició la invasión a Tarapacá. En la medida que el éxito militar le favoreció luego de los éxitos sucesivos en Germania y Dolores, y pese a la victoria pírrica de los aliados en la quebrada de Tarapacá, los expedicionarios fueron agrupados en los campamentos establecidos en San Pedro de Atacama, Pisagua, Santa Catalina, Hospicio, San Antonio Jazpampa, la Aguada de Dolores, San Francisco, Tiliviche, entre otras localidades, haciendo del desierto de Atacama su improvisado y transitorio hogar. Luego de imponerse sobre sus enemigos y asegurar el territorio conquistado, se abocaron a la tarea de sobrevivir en un ambiente agreste, echando mano a todos los recursos disponibles para proveerse la mejor habitación posible, alimentarse, crear entretenciones para paliar el hastío de la inactividad y hacerse cargo, física y simbólicamente, de la muerte de sus camaradas caídos en combate.

Tanto quienes participaron en las batallas y combates de la campaña de Tarapacá como los que se encontraban en proceso de entrenamiento desplegaron una serie de estrategias y prácticas para enfrentar las necesidades físicas y espirituales del cotidiano. Estas fueron desde el asociativismo para preparar más y mejores alimentos, debido la crónica ausencia de los elementos necesarios para elaborar un menú que satisficiera los esmirriados estómagos de la hueste; hasta la hermandad forjada a través de la participación en juegos, espectáculos y fiestas, como artistas o público, proveyéndose de los elementos necesarios para montar los espectáculos con que se entretuvieron de capitán a paje. Del mismo modo, se organizaron espontáneamente para despedir los restos de un amigo o camarada caído, demostrando la profunda huella que dejó en ellos la certeza de la fragilidad de la vida, más aún al exponerse deliberadamente a los designios del dios Marte al momento de entrar en batalla. Esos sentimientos de pérdida se mezclaron con las ideas del liberalismo decimonónico asociados a la construcción del Estado Nación. Así, no solo despidieron a un compañero, sino también a un héroe de la Patria.

El fogón del campamento y las rucas de campaña remplazaron a las ramadas, cafés, mercados de abastos y otras instancias de la vida citadina como lugar de asociatividad. Las conversaciones y dudas respecto del pasado, presente y futuro de cada individuo y sus cercanos, tuvieron lugar allí convirtiéndose en un espacio de reflexión y conexión íntima consigo mismos y con sus camaradas. Los soldados encontraron y entregaron la contención la necesaria para seguir adelante y enfrentar las dificultades inherentes al desarrollo de una campaña militar.

“Nuestra vida es tan sobria como la de un espartano”, aseguró un anónimo estacionado en Santa Catalina hacia fines del verano de 1880, aludiendo metafóricamente a que el pasar de los chilenos en el desierto de Atacama se asemejaba al comportamiento y espíritu de los guerreros de la polis de la antigua Grecia, caracterizada por una cultura y estilo de vida lacónico, pero siempre al servicio de una causa superior por la cual estuvieron dispuestos a inmolarse no importando a quien enfrentaron. El aserto fue una alabanza para sí mismo y sus camaradas, pero también una queja contra las autoridades de La Moneda y el alto mando del ejército chileno. Lo hizo en su condición de ciudadano y de soldado. Por una parte, invocó a la disciplina y vivir modesto que llevaban durante la estancia en el desierto, sufriendo cada uno de ellos en carne propia el clima árido, la escasez de alimentos y agua, el deterioro de su higiene, la suciedad de sus ropas, la carestía general de elementos para sobrevivir; problemas que a su juicio no fueron suficientemente atenuados por los mandos del Ejército. Sumado a ello, la certeza de enfrentar la realidad del combate y la posibilidad de recibir laceraciones que les dejarían expuestos a la muerte o a consecuencias de por vida. Por el otro, subrayó el hastío que les invadía producto de la inacción e incertidumbre respecto del futuro, viviendo privaciones y deseando ser llevados a la acción para enfrentar a los aliados y terminar con la guerra. Con todo, pese a su rudimentaria forma de sobrevivencia estaban allí orgullosos y comprometidos, al igual de los soldados de Esparta, en este caso para defender los intereses de la República de Chile.

Eso fue lo que sucedió en los campamentos del desierto de Atacama durante los días que trascurrieron entre los meses de noviembre de 1879 y abril de 1880, siguiendo la definición de lo cotidiano de Humberto Giannini, cuando en apariencia no pasó nada, pues las operaciones militares de mayor envergadura se encontraban en suspenso. En esas semanas y meses, se asentaron entre los expedicionarios chilenos los sentimientos de camaradería y se materializó la colaboración necesaria para sobrevivir en el inhóspito desierto de Atacama.

El tiempo avanzó inexorablemente y con ello llegó el reinicio de la campaña. El mando político y militar chileno decidió que el ejército incursionaría sobre el departamento peruano de Moquegua, con el objetivo de amagar a las fuerzas aliadas agrupadas allí. Los soldados que hicieron de los calichales su hogar, novatos y veteranos, partieron nuevamente en busca del enemigo.

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Notas

[1] Artículo resultado del Proyecto FONDECYT N° 11160136 “La guerra íntima: testimonios, experiencias y cotidianidad en la Guerra del Pacífico (1879 – 1883)”.
[3] Los documentos personales publicados en la prensa chilena contemporánea a la Guerra del Pacífico utilizados en este escrito son: Desde el campamento (El Nuevo Ferrocarril, 27/10/1879); Diario de viaje de Salvador L. de Guevara, alférez de artillería (La Patria, 15/11/1879); El ataque de Pisagua (El Mercurio, 20/11/1879); Carta del campamento de Dolores (El Atacama, 29/11/1879); Carta de un voluntario (El Mercurio, 29/12/1879); Un buen sargento. José Antonio 2º Ferreira (El Nuevo Ferrocarril, 08/01/1880); [Sin título] (Diario de la guerra, 03/02/1880); Boletín de la guerra (Diario de la guerra, 04/02/1880); Campamento de Dolores (La Discusión, 05/02/1880); Capítulo de carta (El Censor, 11/03/1880); Cartas del teatro de la guerra (La Verdad, 20/03/1880); Carta del campamento, (El Nuevo Ferrocarril, 29/04/1880); Cartas del campamento (El Ferrocarril, 08/11/1880) y Carta del Ejército (El Atacama, 21/12/1880). Asimismo, las crónicas de corresponsales de guerra son: Pisagua. (El Independiente, 27/11/1879); Cartas del Norte (El Coquimbo, 16/01/1880; 30/01/1880 y 11/02/1880); La guerra en el campamento (El Pueblo Chileno, 24/01/1880); Expedición al valle de Tarapacá (La Patria, 11/02/1880); Correo de la guerra (La Patria, 16/02/1880); Campamento de Santa Catalina (Correspondencia especial para El Tamaya) (La Libertad, 22/02/1880); Carta del norte (Los Tiempos, 28/04/1880).
[4] Según Humberto Giannini, lo cotidiano es “lo que pasa todos los días”, más precisamente, “lo que pasa cuando no pasa nada” (Giannini, 2004, p. 27-28). En concreto, Agnes Heller sostiene que la vida cotidiana es el conjunto de acciones que caracterizan la reproducción de los seres humanos las cuales generan el cambio y continuidad de las estructuras sociales, además de asegurar su supervivencia y la continuidad de la especie (Heller, 1977, p. 19). Según Itzkuauhtli Zamora, ese comportamiento trae aparejado desacuerdos entre individuos y grupos (Zamora, 2005, p. 134). Por su parte, Norbert Elías señala que esas tareas habituales se ciñen a los cánones sociales y códigos de comportamiento predominantes de un espacio y época determinado (Elías, 1998, p. 333-347).
[5] Durante la permanencia en Antofagasta gran parte de las tropas ocuparon su tiempo libre en el consumo excesivo de alcohol y la visita a prostíbulos, lo cual significó riñas entre soldados de distintos cuerpos y problemas disciplinarios de diversa índole. (Donoso y Couyoumdjian, 2006, p. 246-247).

Notas de autor

[2] Centro de Estudios Históricos, Universidad Bernardo O’Higgins. General Gana 1702, 8370854, Santiago, Chile.
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