Comunicación Social

Una mirada periodístico0literaria al conflicto colombiano a partir de las figuras de Pablo Escobar e Íngrid Betancourt: análisis de las crónicas de Juan José Hoyos y Felipe Restrepo Pombo

A LITERARY/JOURNALISTIC PERSPECTIVE ON THE COLOMBIAN CONFLICT BASED ON PUBLIC FIGURES PABLO ESCOBAR AND ÍNGRID BETANCOURT: AN ANALYSIS OF THE CHRONICLES BY JUAN JOSÉ HOYOS AND FELIPE RESTREPO POMBO

Jeovanny Moisés Benavides Bailón 1
Universidad Técnica de Manabí (UTM), Ecuador

Una mirada periodístico0literaria al conflicto colombiano a partir de las figuras de Pablo Escobar e Íngrid Betancourt: análisis de las crónicas de Juan José Hoyos y Felipe Restrepo Pombo

Revista de Investigación del Departamento de Humanidades y Ciencias Sociales, núm. 14, pp. 1-26, 2018

Universidad Nacional de La Matanza

Recepción: 01 Marzo 2018

Aprobación: 15 Junio 2018

Resumen: La crónica ofrece una reconstrucción periodístico/literaria de hechos o personajes. Su característica esencial es edificar un texto en que el empleo de procedimientos narrativos sea más relevante que las urgencias informativas. En este contexto, y bajo el prisma de este género, se analiza el conflicto armado colombiano. A lo largo de este proceso han existido casos y figuras paradigmáticas que acapararon la atención mediática en el mundo. En el presente texto nos referiremos a dos de ellas: Pablo Escobar, el ex capo de la mafia, e Íngrid Betancourt, secuestrada en el 2002 cuando era candidata presidencial. Para narrar este tipo de historias acudimos a los textos de los cronistas Juan José Hoyos y Felipe Restrepo Pombo. En ellos los autores se permiten dejar su huella en las historias para desmitificar a estos dos personajes y dotar de sentido una realidad tan disímil y compleja como el conflicto colombiano.

Palabras clave: crónica, procedimientos, narrativos, conflicto, conflicto armado colombiano, realidad social.

Abstract: Chronicles are literary journalistic reconstructions of events or characters. Their essential feature is that that they build up a text in which the use of narrative strategies gains relevance over information transmission issues. The Colombian armed conflict is analyzed in this context, and in the light of this genre. Throughout this armed process there have been cases and paradigmatic figures who have grabbed the world´s media attention. In this text we will refer to two of them: Pablo Escobar, a former mafia boss, and Íngrid Betancourt, a presidential candidate kidnapped in 2002. In order to narrate this type of stories we have resorted to texts by chroniclers Juan José Hoyos and Felipe Restrepo Pombo. In them the authors have made their mark on the stories to demystify these two characters and make sense of such a dissimilar and complex reality as that posed by the Colombian conflict.

Keywords: chronicle, narrative procedures, Colombian armed conflict, social reality.

Introducción

La crónica pretende configurar la realidad en base a una mixtura periodístico/literaria con la narrativa histórica. Por ello, el cronista apela a una reelaboración del pasado, a una configuración en la que tiene un pie en la invención y otro en los datos. De esta forma estructura un texto con consciencia y conocimiento estrictamente histórico para transmitir, conservar y enriquecer aquello que narra. A la luz de esta perspectiva analizamos la forma en que los autores Juan José Hoyos y Felipe Restrepo Pombo han tratado el conflicto colombiano a partir de dos figuras claves en este proceso: Pablo Escobar e Íngrid Betancourt.

Pensar el periodismo como documento, como archivo, como rastro, como registro histórico, exige cuidados que están más allá de la idea de lidiar prioritariamente con la factualidad, con el tiempo presente, porque en palabras de Ricouer (1987), “entre la actividad de narrar una historia y el carácter temporal de la existencia humana existe una correlación que no es puramente accidental, sino que presenta la forma de una necesidad transcultural”. En este sentido, la crónica marca la diferencia, porque debido a su naturaleza histórica pretende producir memoria en casos y procesos tan complejos como el que se trata a continuación.

De acuerdo con ello, cuando se plantea este tema se lo hace con la convicción de que la crónica, revestida de periodismo literario, se configura en un relato histórico por medio del cual acontecimientos que han causado una profunda huella en la región como el conflicto armado colombiano son expuestos en la órbita del debate para emprender la búsqueda de reivindicaciones y justicia social. O, en su defecto, evitar el olvido y la impunidad. Tal es el caso de los textos que analizamos y que constituyen una perspectiva distinta de dos personajes claves en el proceso que abordamos: Pablo Escobar e Íngrid Betancourt.

El conflicto armado en Colombia o cómo se desangra un país

Se ha escrito mucho sobre el conflicto armado interno que vive Colombia desde buena parte del siglo pasado hasta ahora cuando se ha vislumbrado ya una solución al parecer definitiva. Se trata de un problema con muchas ramificaciones y con antecedentes bastantes remotos. Incluso no existe una hipótesis definida para establecer la fecha o el momento exacto en que comenzó. Incluso hay varias versiones generalizadas sobre sus inicios.

La primera versión, según Medina (2010), asegura que el origen del conflicto se encuentra entre 1930 y 1958, puesto que entonces se dieron aspectos centrales de la historia en Colombia. Otra hipótesis apunta a que en la década de 1920 se dieron los primeros enfrentamientos violentos a raíz de la lucha por la tierra. Un criterio bastante generalizado, defendido por historiadores como Estrada (2015), apunta a que el conflicto empezó en el período conocido como “La Violencia”, que inició el 9 de abril de 1948 cuando fue asesinado en Bogotá el jefe liberal Jorge Eliécer Gaitán. Este suceso fue conocido como “El Bogotazo” y aunque no tuvo aparentemente un móvil político partidista, este crimen generó un cruento levantamiento popular en la capital, que se extendió a todo el país. El período de “La Violencia” se desarrolló hasta 1958. Sin embargo, diversos expertos, como Reyes (2009), sostienen que el conflicto armado como tal empieza precisamente en este período. La coincidencia de estas hipótesis radica en que el problema o razón fundamental del conflicto es la tierra.

En todo caso, el conflicto ha dejado oficialmente, según la Organización de Naciones Unidas, en las últimas cinco décadas 260.000 muertos, 45.000 desaparecidos y 6,9 millones de desplazados. Cifras que se sintetizan en una ola indiscriminada de matanzas, secuestros, desapariciones y ejecuciones extrajudiciales, crímenes todos que han marcado la guerra interna en Colombia.

Las causas para que se desarrollara el conflicto armado colombiano se centran en la pobreza, la falta de educación, el abandono estatal, las deficiencias socio/económicas en los núcleos familiares, y los valores de la sociedad. Otra de las causas del conflicto radica en la concentración o monopolización del campo por terratenientes y el desplazamiento de campesinos hacia los centros urbanos.

Con el boom del narcotráfico hacia Estados Unidos y Europa en las décadas de 1970 y 1980, los campesinos se dedicaron a la plantación de cultivos ilícitos financiados inicialmente por narcotraficantes. El narcotráfico, fuente de dinero fácil, generó corrupción, constituyendo redes que comprometieron a todos los actores presentes en el conflicto armado colombiano, mientras que Estados Unidos declaraba la Guerra contra las drogas. Muchos de esos movimientos campesinos se consolidaron en movimientos de campesinos cocaleros, que sentaron las bases de las guerrillas como las FARC y con notoria similitud a lo ocurrido en Perú y Bolivia. El narcotráfico degeneró los ideales iniciales y creó una nueva economía que se mantiene como el principal combustible del conflicto.

El conflicto armado colombiano ha generado como resultado miles de muertos, lisiados, secuestrados, una de las peores crisis de desplazamiento forzado en el mundo y desaparecidos, lo que ha conllevado a que Colombia sea clasificado como uno de los países más violentos del mundo y uno de los principales exportadores de drogas ilegales.

La década de 1970 a 1980 se caracterizó por una desmedida represión por parte del Estado contra los movimientos políticos, obreros, campesinos y estudiantiles. Además, algunos particulares tomaron con su propia mano la aplicación de medidas represivas contra los mencionados sectores. Wills (2007) señala que entre el 1 de enero de 1970 y el primer trimestre de 1981, ocurrieron numerosos asesinatos, torturas, desapariciones y otras violaciones de los Derechos Humanos. Desde 1970 hasta marzo de 1981 se presentaron 1.053 asesinatos y 7.571 casos de torturas provocados principalmente por las Fuerzas Armadas.

Conflicto: las drogas y las FARC, la pérdida de los objetivos iniciales

El conflicto ha tenido protagonistas bien visibles y cambiantes a lo largo de la historia. Al comienzo quienes lo lideraban eran las guerrillas de izquierda con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). Este grupo fue fundado en 1964 y se constituyen en la principal agrupación rebelde, que en la década de 1990 tuvo cerca de 16.000 guerrilleros. El gobierno ha iniciado un proceso de paz que se concretó en el 2017. Otras organizaciones que han surgido por el conflicto son los paramilitares de derecha en 1980 y fueron desmovilizados entre 2003 y 2006 a instancias del gobierno de Álvaro Uribe. También han participado las fuerzas estatales, el ejército colombiano principalmente. Y, por último, se destaca el grupo de los cárteles narcotraficantes que aparecieron hacia 1980 y ha dado a las otras organizaciones un rumbo distinto en sus aspiraciones y principios, porque es indudable que el negocio de las drogas ha sido motor de la conflagración como fuente de financiamiento de los grupos armados ilegales. Incluso se puede decir que “una de las causas por las cuales se ha extendido el conflicto es la forma en que ha influenciado el narcotráfico tanto en las guerrillas como en grupos paramilitares”, (Wills, 2007).

El negocio de las drogas ilegales financia de forma importante a las FARC y las Autodefensas y en menor medida al ELN, situación que ha permitido el mantenimiento de sus fuerzas y por lo mismo, agravado las condiciones del conflicto armado.

Según Medina (2010), los nexos de las FARC con el narcotráfico se remontan a los finales de la década del setenta. Pese a su oposición inicial frente a la economía de las drogas ilícitas, las FARC se vieron llevadas a admitir paulatinamente su funcionamiento en los territorios bajo su dominio a fin de evitar la erosión de sus relaciones con la población de aquellas regiones que veía en los cultivos ilícitos, auspiciados entonces por el cartel de Medellín, su único medio de sustento. En este periodo, la guerrilla no asumió un control directo sobre los cultivos sino que autorizo el cobro de un impuesto por parte de autodefensas.

En 1982, y vistos los excesos cometidos por las autodefensas delegadas, se regularizó el cobro de impuestos directamente por la guerrilla, a partir de acuerdos formales con las organizaciones de narcotraficantes. Para 1998, las FARC ya habían asumido el control total del tráfico local en zonas colombianas como Putumayo y Caquetá, imponiendo precios fijos para la base de coca y obligando a los campesinos a vender únicamente al frente local. En adición, iniciaron el almacenamiento y venta de grandes volúmenes de coca a los representantes seleccionados de los numerosos microcarteles que reemplazaron a los grandes tras la muerte de Pablo Escobar.

Para finales de la década del 90 se hizo evidente la expansión territorial de las FARC y su control de una parte importante de las regiones cocaleras, hecho que supuso para las autoridades colombianas, el inicio de las actividades de refinamiento y tráfico de cocaína. Sobre este hecho sin embargo no existe completa certeza. Así, mientras para unas fuentes, el refinamiento y el tráfico internacional del producto acabado son evidentes, para otros analistas, las FARC apenas se encuentran en los niveles de producción y venta de base de coca. Hacia febrero de 2005, el tráfico ilícito de sustancias sicoactivas por parte de las FARC cubrió las actividades de producción, cultivo y comercialización de hoja de coca y de amapola, producción de pasta y clorhidrato de coca en laboratorios.

El proceso de paz con las FARC

En septiembre de 2012, el gobierno de Juan Manuel Santos empezó formalmente los diálogos de paz con la guerrilla de las FARC que se desarrollaron en La Habana, Cuba, pero para llegar a este punto se tuvo que llegar a dos momentos decisivos. Primero, la muerte en septiembre de 2010 (un mes después de asumir la presidencia) del jefe militar de este grupo subversivoi Jorge Briceño Suárez, alias Mono Jojoy, en el marco de la Operación Sodoma, en zona rural del municipio de La Macarena (Meta), así como también de numerosos guerrilleros que eran parte de su esquema de seguridadi en ese momento ya se habían iniciado contactos entre las partes para una fase exploratoria.

La otra acción importante contra este grupo subversivo es la caída en combate de Guillermo León Sáenz Vargas, alias Alfonso Cano, entonces comandante en jefe de las FARC, quien asumió tras la muerte en 2008 por causas naturales de Manuel Marulanda Vélez, alias Tirofijoi operativo realizado en el año 2011 bajo el nombre de Operación Odiseo en el departamento del Cauca.315 En respuesta a estos ataques, las FARC realizaron una serie de ataques furtivos contra soldados y policías, en varios casos en forma de emboscadas, como el ocurrido en zona rural del municipio de Buenos Aires (Cauca), donde mataron a 10 militares que acampaban en una cancha, hecho ocurrido en Abril de 2015, poniendo en riesgo los diálogos en La Habanai pero el hecho más recordado por la opinión pública es el atentado terrorista en 2012 contra el Ex/ministro del Interior y Justiciai Fernando Londoño Hoyos, en la ciudad de Bogotá, provocando la muerte de 2 de sus escoltas y varios civiles heridos.316 Otras emboscadas de parte de las FARC contra la Fuerza Púbica ocurrieron en Caranal (Arauca), asesinando 15 uniformados en julio de 2013i La Montañita (Caqueta) en abril de 2012, y Tierradentro (Córdoba), matando 7 policías en septiembre de 2014.

Después de casi cuatro años de negociaciones con altas y bajas, el 23 de junio de 2016 se firmó el último de los seis puntos de la agenda de negociación prevista entre el gobierno y las FARC, declarando el cese bilateral de hostilidades, el desarme, desmovilización y reintegro a la vida civil de los miembros del grupo insurgente, según declaraciones del Jefe del equipo negociador del gobierno, Humberto de La Calle. Todo se efectuará de manera gradual en un lapso de seis meses después de la firma oficial. Pese a que en junio de 2016 se pactó el último punto de la agenda, las conversaciones se extendieron por dos 2 meses más hasta el 28 de agosto del mismo año, cuando quedó totalmente discutido y aprobado por ambas partes los Acuerdos de La Habana que se firmaron de manera oficial en Cartagena el 26 de septiembre para terminar la guerra entre el gobierno y las FARC, sometiéndolos a votación del pueblo colombiano por medio de un plebiscito que se desarrolló el 2 de octubre de 2016, siendo finalmente rechazados por estrecho margen.

Pese a la negativa de los acuerdos por parte de los colombianos, el gobierno creó espacios de diálogos con los promotores del No a los acuerdos, específicamente con el partido opositor Centro Democrático, para renegociar o modificar los acuerdos ya firmados en consenso con los negociadores de las FARC en el menor tiempo posible para el pronto desarme de la guerrilla.

Luego inició el proceso de desmovilización de insurgentes y de entrega de las armas a la ONU en un lapso de 180 días desde el 1 de diciembre de 2016, desarme que terminó el 14 de agosto de 2017, mes y medio después del plazo pactado, entregando un total de 8.112 armas al organismo internacional, además de la destrucción de municiones, caletas, minas antipersona, granadas y explosivos. El gobierno, por su parte, realizó la promulgación de leyes ante el Congreso que aseguró el proceso de paz.

Por su contribución a la búsqueda de la culminación del conflicto armado en Colombia (tanto con las FARC como con el ELN), el presidente Juan Manuel Santos fue galardonado en Oslo (Noruega) con el Premio Nobel de la Paz en 2016.

La narración del conflicto: las voces, los protagonistas.

Como mencionamos al comienzo de este apartado, estamos ante un problema con muchas complejidades, ramificaciones y con diversos matices. Lo que se plantea en este texto, en todo caso, es una lectura periodístico/literaria del conflicto colombiano desde la perspectiva de la crónica narrativa. Se han escrito múltiples crónicas sobre este acontecimiento y sobre los dos personajes que se abordan en este texto. Principalmente, sobre el líder de la mafia Pablo Escobar una investigación previa del autor de este texto señala que se han publicado cerca de 150 crónicas sobre este personaje solo en México, Colombia y Argentina. Y sobre Íngrid Betancourt se han publicado alrededor de 24 crónicas en estos mismos países. Las crónicas escogidas para esta investigación, tanto la de Juan José Hoyos y la de Felipe Restrepo Pombo, han sido seleccionadas porque tienen un rasgo distintivo muy peculiar: ambas procuran desmitificar al personaje. Estos autores han realizado un acercamiento con Escobar y Betancourt y ofrecen un relato de sus condiciones humanas alejadas de lo mediático.

El rol que cumplieron en el conflicto ambos personajes en el conflicto armado colombiano ha sido relevante. Por un lado, cuando la guerrilla colombiana degenera en sus intereses y opta por el narcotráfico como su principal objetivo, la figura de Pablo Escobar se yergue como el rostro más visible del cultivo y comercialización de sustancias ilícitas desde el cartel de Medellín hasta el mercado estadounidense principalmente. Se han escrito cientos de crónicas sobre este personaje, se pueden destacar entre ellas los textos de Juan Carrá y Santiago Restrepo para la revista Anfibia, una historia escrita de Alejandro Aguirre sobre el capo de la mafia y su estancia en Medellín, y tantas otras que dan cuenta de los hechos más significativos de la vida de este personaje. Sin embargo, ninguna historia ha tenido un tratamiento más memorable que el texto de Juan José Hoyos que proponemos como análisis en este trabajo. La visita a su hacienda y el encuentro con Pablo Escobar reseñado en el texto son solo algunos de los aspectos más sobresalientes que se analizarán a continuación.

Por otro lado, la figura de Íngrid Betancourt se la analiza en este conflicto debido a que constituye el rostro más visible de los secuestrados. Seis años en cautiverio significaron un período en que se acaparó la atención mediática mundial en torno a la forma, el momento y el lugar en que iba a ser liberada. Su rescate fue, de hecho, transmitido en directo en la televisión de muchos países y por las grandes cadenas de televisión como si de un acontecimiento deportivo se tratase. Las crónicas que se han escrito sobre Íngrid Betancourt han sido múltiples, destacamos entre ellas las historias que contaron periodistas como César Paredes para la revista Semana, la crónica sobre su liberación escrita por la periodista Paola López y otras más que se centraron en su vida en cautiverio y proceso para recuperar su libertad. La misma Betancourt narra sus experiencias en su libro “No hay silencio que no termine”. Para este trabajo académico se escogió el texto de Felipe Restrepo Pombo porque se trata de una crónica donde el autor confronta a su personaje, analiza aspectos significativos de su vida y evita, sobre todo, caer en el cliché y lugar común de tantos textos que condenaron o rescataron la figura de Betancourt.

El recorrido que proponemos va desde el rol que ha jugado el narcotraficante Pablo Escobar, hasta uno de los secuestros emblemáticos de estas organizaciones, como fue el de Íngrid Betancourt cuando era candidata presidencial. Para ello acudimos a dos textos que consideramos significativos y que ejemplificarán lo que nos proponemos. Uno de ellos es la crónica que el periodista Juan José Hoyos realizó sobre Escobar y que se titula “Un fin de semana con Pablo Escobar”. En este trabajo, Hoyos brinda un acercamiento y un abordaje desde la perspectiva de su encuentro con quien fuera uno de los hombres más temidos en toda América Latina. El segundo texto se denomina “Luces y sombras de Íngrid” y fue escrito por el periodista Felipe Restrepo Pomboi en este trabajo brinda los resultados de una reportería exhaustiva de lo que significó el secuestro de la ex candidata a presidenta de Colombia y cuya desaparición y posterior liberación en el 2008 conmovió al mundo entero. A través de este recorrido que proponemos, con dos figuras emblemáticas, teniendo la crónica periodística como eje, brindamos una mirada particular a las diversas aristas de la compleja realidad de un conflicto tan sanguinario como inexplicable.

Juan José Hoyos y el consejo de Sabato

Juan José Hoyos es un periodista colombiano graduado de la Universidad de Antioquia. Fue corresponsal y enviado especial del periódico El Tiempo de Bogotá (Colombia). Ha sido director y editor de la Revista Universidad de Antioquia y columnista del periódico El Colombiano. Es considerado “el gran maestro del periodismo narrativo en Colombia". Participó como escritor invitado en el International Writing Program de la Universidad de Iowa (Estados Unidos). Ha sido profesor titular de periodismo en la Facultad de Comunicaciones de la Universidad de Antioquia durante más casi treinta años. Además, durante ese tiempo fue periodista en varios medios, libretista, novelista, reportero. Ha publicado obras teóricas sobre el periodismo narrativo, uno de los más importantes es "El arte y el oficio de narrar en el periodismo".

Debido a una promesa que le hizo a su amigo el escritor Ernesto Sabato decidió abandonar el periodismo. Sabato le dijo que la labor periodística prostituye el alma, al no dejar plasmar en los diarios historias sensibles, para darle mayor espacio a los hechos que son considerados noticias. Según Juan José Hoyos, los periódicos han omitido la lección de Sherezade en “Las mil y una noches”: Si la joven escapó a su destino fue porque supo cómo esgrimir el arma del suspenso, el único recurso literario que surte efecto ante tiranos y salvajes. Desde el abandono del periodismo tradicional, Juan José Hoyos se ha dedicado a escribir más obras de ficción, crónicas y algunos poemas.

Sus escritos marcaron huellas profundas en el periodismo literario latinoamericano. La crónica que presentamos a continuación se denomina “Un fin de semana con Pablo Escobar”, se trata de un texto en el que se brinda un acercamiento original a la vida del capo de la droga Pablo Escobar y, sobre todo, el autor describe con minuciosidad lo ocurrido en la Hacienda Nápoles, el lugar donde por mucho años vivió uno de los narcotraficantes más temidos en toda América Latina. En este texto surgen imágenes fragmentadas sobre la droga, el cartel, la muerte, las motos, los aviones, las caletas, las armas, un exótico zoológico, y un sinfín de imágenes producto de un período marcado por la vida y extravagancias de Pablo Escobar.

La desmitificación de Pablo Escobar en la Hacienda

Nápoles: más allá de las telenovelas y el show mediático

La crónica de Juan José Hoyos sobre el capo de la droga Pablo Escobar está repleta de imágenes poéticas de la Hacienda Nápoles. Se trata de un texto memorable e imprescindible para entender a uno de los hombres que hizo historia en Colombia y en toda la región. El acercamiento que hemos tenido de Pablo Escobar (ya sea a través de películas, documentales o libros) ha sido parcial. Se trata, en la mayoría de las ocasiones, de una imagen estereotipada, llena de prejuicios sobre un capo sanguinario al que le importa solo la droga y cuyo pensamiento se centra en solo matar indiscriminadamente y sembrar el terror. El texto de Juan José Hoyos guarda el espíritu de la crónica latinoamericana contemporánea, porque centra su atención en el personaje, lo muestra como el ser humano que es y construye alrededor de su figura una serie de vivencias, anécdotas, diálogos, escenas y experiencias que lo despoja de los estereotipos que se han tejido sobre su figura en telenovelas, series y demás producciones impresas y audiovisuales.

El encuentro entre el cronista Juan José Hoyos y Pablo Escobar tiene lugar en enero de 1983. La pretensión del autor consistía en describir la Hacienda Nápoles, propiedad del capo y sobre la cual se contaban diversas historias. Esta hacienda tenía 2.995 hectáreas y múltiples animales exóticos como avestruces, rinocerontes, elefantes, camellos, cebras y jirafas y cuatro hipopótamos que se reprodujeron y llegaron a ser casi cien. La Hacienda Nápoles estaba ubicada en Puerto Triunfo, Antioquia. Fue comprada por Pablo Escobar en 1979. Para el capo de la mafia era un lugar para descansar y estar con sus amigosi mientras que para otros significaba el sitio excéntrico y macabro en el que se planeaba la muerte y las rutas de la droga colombiana.

Según allegados de Pablo Escobar, este tenía una fortuna calculada en más de 25 mil millones de dólares. Todo ese dinero fue amasado durante su permanencia al frente del Cartel de Medellín. Con su fortuna, el capo compró decenas de edificios, viviendas, automóviles y haciendas, la más famosa fue la Hacienda Nápoles, valorada en 65 millones de dólares. Desde el inicio de la crónica, Juan José Hoyos fija su posición en el relato:

Era un sábado de enero de 1983 y hacía calor. En el aire se sentía la humedad de la brisa que venía del río Magdalena. Alrededor de la casa, situada en el centro de la hacienda, había muchos árboles cuyas hojas de color verde oscuro se movían con el viento. De pronto, cuando la luz del sol empezó a desvanecerse, centenares de aves blancas comenzaron a llegar volando por el cielo azul, y caminando por la tierra oscura, y una tras otra se fueron posando sobre las ramas de los árboles como obedeciendo a un designio desconocido. En cosa de unos minutos, los árboles estaban atestados de

aves de plumas blancas. Por momentos, parecían copos de nieve que habían caído del cielo de forma inverosímil y repentina en aquel paisaje del trópico. Sentado en una mesa, junto a la piscina, mirando el espectáculo de las aves que se recogían a dormir en los árboles, estaba el dueño de la casa y de la hacienda, Pablo Escobar Gaviria, un hombre del que los colombianos jamás habían oído hablar antes de las elecciones de 1982, cuando la aparición de su nombre en las listas de aspirantes al Congreso por el Partido Liberal desató una dura controversia en las filas del Nuevo Liberalismo, movimiento dirigido entonces por Luis Carlos Galán Sarmiento (Hoyos, 2012, p. 1).

La descripción de los ambientes, la puesta en escena de múltiples elementos como los animales exóticos, el surgimiento en el texto de Pablo Escobar, son solo algunos de los aspectos que Juan José Hoyos destaca al comienzo de su trabajo. Sin embargo, aparte de lo estético también este mismo inicio cuenta con información reveladora para adentrarnos a la forma de pensar de un capo de la mafia. Uno de los rasgos significativos que encontramos en esta historia es la paradoja, el contraste de las escenas construidas por su autor de cara a la realidad. Es difícil (casi imposible) imaginar siquiera que el hombre que mira apacible la forma en que las aves se recogen a dormir haya sido el mismo que ordenó asesinar a cientos de personas de forma cruel y despiadada, el mismo hombre que más tarde secuestrara a Andrés Pastrana, expresidente de Colombia, al entonces jefe de redacción del diario nacional El Tiempo, Francisco Santos Calderón y cientos de personajes en su afán por conseguir patrocinio para sus actividades criminales.

Lo cierto es que el proyecto de construcción de la Hacienda Nápoles fue monumental, faraónico podría decirse. La procedencia de los recursos para comprar 2.995 hectáreas fue, en sus inicios, desconocido. Allí trabajaron miles de obreros. Ellos por órdenes directas de Pablo Escobar trasplantaron árboles, construyeron doce lagos intercomunicados, sistemas hidráulicos, pistas para aviones medianos, un helipuerto, canchas, parques, plaza de toros y casas de campo. Tenía atracciones singulares y excéntricas como una simulación de un parque jurásico, un coliseo, una casa, sala de colección de autos y varias piscinas.

—A usted le puede parecer muy fácil –dijo Pablo Escobar, contemplando las aves posadas en silencio sobre las ramas de los árboles.

Luego agregó mirando el paisaje, como si fuera el mismo Dios:

—No se imagina lo verraco que fue subir esos animales todos los días hasta los árboles para que se acostumbraran a dormir así. Necesité más de cien trabajadores para hacer eso…. Nos demoramos varias semanas.

Pablo Escobar vestía una camisa deportiva muy fina, pero de fabricación nacional según dijo con orgullo mostrando la marquilla. Estaba un poco pasado de kilos pero todavía conservaba su silueta de hombre joven, de pelo negro y manos grandes con las que había manejado docenas de autos cuando junto con su primo, Gustavo Gaviria, competía en las carreras del autódromo de Tocancipá y de la plaza Mayorista de Medellín.

—Todo el mundo piensa que uso camisas de seda extranjera y zapatos italianos pero yo sólo me visto con ropa colombiana –dijo mostrando la marca de los zapatos (Hoyos, 2012, p. 2).

La inclusión de un procedimiento narrativo como el diálogo es también la incursión en escena de Pablo Escobar. Al construir esta acción a través de una conversación, el autor pretende que los lectores escuchen al personaje. El empleo del diálogo dista mucho del frío y distante uso convencional que hace la prensa tradicional u ortodoxa con los ya clásicos verbos de atribución: dijo, afirmó, aseguró, mencionó y un casi infinito etcétera. De todos los atractivos de la casa destacan el zoológico, pues reunió a 200 especies de animales como hipopótamos, jirafas, elefantes, cebras y avestruces.

El folklore del lugar, el exotismo, la excentricidad y aires de grandeza que se vivía a cada paso también hablaban en parte de la personalidad del anfitrión. Hacia 1983 Pablo Escobar recién se daba a conocer y Juan José Hoyos destaca algunos puntos clave de su encuentro. Describe, por ejemplo, que el capo hablaba con seguridad, pero sin arrogancia.

La pasión de Pablo Escobar por personalizar su propiedad y hacerla cada vez más única propició que sea él quien dirigiera durante meses la tarea de poblar su tierra con canguros de Australia, dromedarios del Sahara, elefantes de la India, jirafas e hipopótamos del África, búfalos de las praderas de Estados Unidos, vacas de las tierras altas de Escocia y llamas y vicuñas del Perú. Los animales alcanzaron a ser más de 200: Hoyos narra que durante varios años, Pablo Escobar le enseñó a un canguro a jugar fútbol y mandó a traer desde Miami, en un avión, a un delfin solitario envuelto en bolsas plásticas llenas de agua y amarrado con sábanas para evitar que se hiciera daño tratando de soltarse. Luego, lo liberó en un lago de una hacienda situada entre Nápoles y el Río Claro.

La crónica de Juan José Hoyos estriba en explicar este sueño delirante del capo de la mafia más reconocido y temido en América Latina. Lo hace a través de este hecho significativo en la vida de Pablo Escobar. Mediante estas extravagancias podemos acercamos al personaje. Sin embargo, en la historia de Hoyos también hay espacio para reflexionar en los aspectos políticos del personaje. Leamos de qué forma:

Pablo Escobar era representante a la Cámara y había sido elegido para ese cargo en las listas del Movimiento de Renovación Liberal que lideraba el senador Alberto Santofimio Botero, seguidor a su vez del candidato presidencial del Partido Liberal, Alfonso López Michelsen. La justicia sólo había proferido contra él una vieja orden de captura que reposaba sin ningún efecto jurídico en un oscuro juzgado de Itagüí. Por todo esto era fácil obtener una entrevista con él. Escobar se codeaba de tú a tú con todos los políticos de entonces y hasta había sido invitado a España por el presidente electo de ese país, Felipe González. En ese viaje lo acompañaron varios parlamentarios colombianos de los dos partidos. La policía española recibió informaciones de infiltrados en el mundo de la droga según las cuales el principal capo del narcotráfico colombiano se hallaba hospedado en un hotel de Madrid. Por este motivo, fuerzas especiales allanaron el edificio y detuvieron por un rato a varios asustados congresistas del Partido Conservador, que se habían acostado temprano. Los senadores, ya vestidos de pijamas, fueron requisados minuciosamente junto con sus equipajes. Mientras tanto Pablo Escobar tomaba champaña con varios amigos y periodistas colombianos en la suite presidencial adonde los había invitado Felipe González (Hoyos, 2012, p. 4).

Los aspectos que narra Juan José Hoyos sirven para encuadrar al personaje, para caracterizarlo. Este es un recurso estilístico periodístico/literario que se basa en brindar una mirada particular sobre un individuo, en singularizarlo al otorgarle determinados rasgos visuales o actitudinales que generan rechazo o aprecio en el lector. Para ello este cronista investiga, indaga en un cúmulo de antecedentes, realiza un trabajo de seguimiento. Se trata de una labor minuciosa. Muchas veces esa labor no aparece explícitamente en el texto, porque atenta contra el dinamismo narrativo del relato, pero sirve de base contextual y como gran referente cultural.

Como podemos apreciar, este texto sobre Pablo Escobar no podemos definirlo como un retrato, porque no refleja exactitud, mucho menos es una caricatura, porque el autor no deforma a los individuos. Se trata de una construcción honesta de los rasgos que caracterizan a un personaje o que simplemente, en algunos casos, lo diferencian de otro. Además en esta crónica intervienen varios aspectos que ayudan a entender la complejidad de un personaje como Pablo Escobar: por un lado está su obsesión por la construcción exótica de la Hacienda Nápoles y por otro su incursión en la política y sus relaciones con personajes de la talla de Felipe González.

Uno de los méritos de la crónica de Juan José Hoyos es que cuenta el momento exacto en que se encuentra con Pablo Escobar, el miedo que sintió mientras los guardaespaldas del capo de la droga lo llevaban a su encuentro. En esos instantes la incertidumbre era presa de él y eso lo denota en el relato. A continuación narra minuciosamente cómo fue ese primer encuentro que, obviamente, lo cuenta en primera persona. La acción transcurre ya en la Hacienda Nápoles junto a una piscina:

En la piscina, dos hombres se bañaban. Uno de ellos era un poco entrado en años. Por los uniformes y las insignias que habían dejado al borde de la piscina me di cuenta de que eran dos coroneles del ejército. En ese momento apareció Pablo Escobar. Me saludó con una amabilidad fría, pero llena de respeto por mi oficio y por el periódico para el cual trabajaba. Estaba recién motilado y lucía un bigote corto. En su cara, en su cuerpo y en su voz aparentaba tener aproximadamente unos treinta y tres años. Me invitó a sentarme en una de las sillas que bordeaban la piscina donde los coroneles seguían disfrutando de su baño. Junto a la mesa donde empezamos a hablar había un traganíquel marca Wurlitzer, lleno de baladas de Roberto Carlos. La que más le gustaba a Escobar era “Cama y mesa”. Desde que eran novios, él se la dedicaba a su esposa, María Victoria Henao. Ella estaba sentada en otra mesa, a dos metros de la nuestra, acompañada solo por mujeres. Entonces me di cuenta de que todos los hombres y las mujeres estábamos sentados aparte los unos de los otros. Por los corredores de la casa, un niño de gafas pedaleaba a toda velocidad en su triciclo. Era Juan Pablo, el hijo de Escobar. De vez en cuando, una que otra garza blanca llegaba sin miedo hasta el borde de la piscina a tomar agua con su largo pico. En la mitad de la piscina había una Venus de mármol. En un estadero cubierto que podía verse desde la piscina, había 3 ó 4 mesas de billar cubiertas con paños verdes. Varios pavos chillaban junto a la puerta del bar donde un mesero joven vestido de blanco preparaba los primeros cocteles de la noche (Hoyos, 2012, p. 7).

La caracterización que Juan José Hoyos brinda de Pablo Escobar lo desmitifica. El capo se encuentra en un ambiente íntimo, familiar, rodeado de su esposa, hijo y de sus más íntimos amigos. Y ahí, en ese contexto, se muestra tal cual es. De nuevo lo real vence al estereotipo. Con tantas películas, series y documentales que se han realizado en torno a los capos de la droga, la visión que se tiene es que solo escuchan música que incitan a matar, los denominados narcocorridos o algo que ronde lo satánico, pero no. Resulta que el hombre que ha mandado a asesinar a cientos de personas, que ha secuestrado a otras tantas y de quien se dice que ha torturado de forma inimaginable a sus más acérrimos enemigos, está ahí sentado un fin de semana junto a su esposa, hijo y amigos escuchando una de las canciones que más le gustaba “Cama y mesa” de Roberto Carlos, que era la melodía que le dedicaba a su cónyuge desde que eran enamorados.

En este contexto es pertinente señalar que cualquier personaje tanto de ficción como periodístico se puede entender en su forma de vestir, en su aspecto personal, en aquello.

En este contexto es pertinente señalar que cualquier personaje tanto de ficción como periodístico se puede entender en su forma de vestir, en su aspecto personal, en aquello que come o deja de comer, en sus gustos, pasiones y hobbies. Pero también, y sobre todo, el personaje se construye a partir de la forma en que actúa, la manera en que se relaciona con otros. En este caso se trata de la manera en que Pablo Escobar interactúa con su círculo familiar e íntimo. Sobre la caracterización de un personaje, Stanislavsky (1975) dice que en la configuración de sus rasgos interviene “la tridimensionalidad del personaje”, un concepto que se fundamenta en el desarrollo de las dimensiones físicas, psicológicas y sociales de los sujetos abordados. Para Monsiváis (2006), en cambio, el personaje debe ser tratado en el texto como una persona que vive en “el mundo real”. Esto significa que frente a determinadas circunstancias o conflictos tenga una opinión definida, una postura y un punto de vista. De allí que la mera descripción y el arduo esfuerzo por obtener un cúmulo incalculable de datos no sea el fin último de este recurso compositivo. Al contrario, el periodista busca encontrar sentido en lo que va escribiendo, en esas huellas de los personajes que va descubriendo, para sorprender a sus lectores con aspectos de la realidad que no se habían reparado, pero que confirman el pulso de una intuición.

Y esto es lo que ocurre cuando se describe a un personaje como Pablo Escobar. A través de circunstancias cotidianas y apelando al lenguaje coloquial, Juan José Hoyos muestra un perfil memorable de este hombre. Cuenta, por ejemplo, que cuando cayó la noche, Pablo Escobar le dio un paseo por toda la finca manejando un campero Nissan descubierto. Le dijo que su lugar preferido era un bosque nativo que él no había dejado tocar de ningún trabajador. Le contó cómo había arborizado planta por planta toda la hacienda. Le mostró unas esculturas enormes, de concreto, en las que trabajaba un artista amigo. Pensaban hacer dos enormes dinosaurios cerca de uno de los lagos. Le llevó también al lago de los hipopótamos y le mostró un letrero que él mismo había mandado a pintar. También le mostró desde afuera una plaza de toros recién terminada Ya muy entrada la noche, Pablo Escobar invitó al cronista a conocer un proyecto hotelero que según él iba a transformar la región de Puerto Triunfo. Era un pequeño pueblo blanco, de estilo californiano, y estaba situado cerca de la hacienda, junto al poblado de Doradal. Para abandonar la hacienda, Escobar llamó a uno de sus guardaespaldas y le pidió que acompañara al cronista. En ese momento, Juan José Hoyos refiere que volvió a sentir miedo. Entonces hablaron incluso de escribir un libro. Pablo Escobar se comprometió el darle una beca al autor para que lo hiciera, pero después perderían contacto y la idea no se cristalizó.

Todas las acciones de esta crónica ocurren en la Hacienda Nápoles. El cronista ha abundado en este trabajo con detalladas descripciones para explicar a los lectores cómo es el lugar en su interior. Ahora el sitio es un gran espacio público y acuden cada año miles de turistas, pero entonces, en 1983, era un lugar prácticamente inexpugnable. La construcción del lugar en la narrativa periodístico/literaria es un factor clave. Los sitios que transitan los personajes, los lugares que son nombrados por el narrador y creadosi en definitiva, la construcción del espacio constituye un aspecto decisivo. De allí lo que significativo que resulta que Pablo Escobar quiso tener el encuentro en la Hacienda Nápoles y no en otro lado. El espacio, la descripción del sitio es trascendental en este relato.

Básicamente, la escena tiene como función reproducir la acción y el movimiento de los personajes. Con este procedimiento, el periodista “muestra” al lector el movimiento de los personajes con un lenguaje gráfico. Sus componentes son: el diálogo y la descripción. Para Surmelian (1968), la escena es un acto específico, un hecho individual que ocurre en un determinado tiempo y espacio y dura mientras no exista un cambio de lugar ni ruptura en la continuidad temporal. El narrador en esta historia sobre Pablo Escobar busca reconstruir el escenario de la historia, sus personajes y sus acciones. En lugar de hacer uso de la narración histórica el autor muestra lo que aconteció empleando profusamente la descripción. La vida misma tiene un transcurrir espacial que la hace especial, única e irrepetible. Veamos la escena final de la crónica de Hoyos:

Pablo Escobar ordenó que el bote se arrimara a la orilla y se montó en él como un jinete avezado. Uno de sus hombres le cubrió las orejas con unos tapones de corcho para que el ruido del motor de la hélice no lo ensordeciera. Los congresistas fueron invitados a abordar e aparato. Ellos lo hicieron en orden: primero Santofimio, después Lucena y por último Jairo Ortega. Tadeo Lozano se quedó en la orilla. Apenas me vio observándolos desde la orilla, Escobar me hizo señas con la mano para que les tomara una foto. Yo disparé mi cámara, entre sumiso y regocijado. Los congresistas se asustaron cuando vieron la cámara.

Pablo Escobar les dio un paseo por el río. Cuando regresaron, llamó aparte a Alberto Santofimio Botero y le dijo:

—Venga, doctor, le presento a un amigo. Él es periodista de El Tiempo. Santofimio me dio la mano a regañadientes, tragando saliva y sin mirarme a la cara.

— ¿Y usted qué está haciendo por aquí hombre? –me preguntó con un gesto de disgusto.

Yo le contesté:

—Lo mismo que usted, doctor…

A renglón seguido Pablo Escobar tomó en sus brazos a mi hijo Juan Sebastián e insistió en que les tomara una foto. El asado terminó poco después de las cinco de la tarde. Me despedí de Escobar y de su guardaespaldas con cara de asesino y regresé directamente a Medellín sin volver a la hacienda Nápoles, donde los aviones iban a recoger a los congresistas y al resto de los invitados (Hoyos, 2012, p. 11).

Diversos estudios, biografías, series y películas describen a Pablo Escobar como un hombre despiadado y con crueles intensiones. En la escena anterior descrita por Juan José Hoyos ocurre todo lo contrario. El personaje es un hombre sencillo, amante de la vida del campo, comparte con sus amigos y adora a los niños tal como ocurre con el hijo del autor del texto a quien le pide incluso que saque una fotografía. En este sentido, las escenas construidas son memorables.

Esta crónica “Un fin de semana con Pablo Escobar” presenta una lectura distinta sobre un personaje que definió los destinos de un país. Un personaje del cual aún ahora se sigue hablando y cuya presencia parece mantenerse más vigente que nunca. Hay que precisar, no obstante, que la crónica de Juan José Hoyos fue reporteada en enero de 1983. Luego, en los posteriores años del gobierno de Belisario Betancur (1982/1986), la situación se tornó más tensa cuando el ministro de Justicia Rodrigo Lara Bonilla decidió enfrentarse públicamente con Escobar, luego de ser acusado de recibir dinero de la mafia. Un tiempo después, Lara Bonilla fue asesinado y un juez de la República dictó auto de detención contra Pablo Escobar y otros narcotraficantes por su posible participación en el asesinato del ministro. Desde entonces, Escobar desapareció de la vida pública. Aunque Juan José Hoyos lo intentó localizar varias veces, con la idea de que le contara unas cuantas historias más, no pudo volver a verlo. Luego vinieron la pelea con el cartel de Cali, las bombas, los asesinatos de policías y toda esa larga historia de terror que rodeó a Escobar por el resto de su vida, hasta el día en que fue acribillado a balazos por un comando del Cuerpo Élite de la Policía Nacional, el 2 de diciembre de 1993, un día después de su cumpleaños.

Felipe Restrepo Pombo, el periodista tras las huellas de los personajes

Felipe Restrepo Pombo es periodista, editor y escritor. Estudió Letras e inició su carrera como reportero en la revista Cambio. Publicó el libro Retrato de una pesadilla (Panamericana, 2013), una biografía del pintor inglés Francis Bacon. En 2013 fue editor invitado en la redacción de la prestigiosa revista Paris Match, en la capital francesa y desde entonces es su corresponsal. Es también autor de dos libros de viajes: 50 hoteles con encanto en México (Editorial Mapas, 2009) y Mundo Maya (Editorial Mapas, 2011). Fue becario de la Fundación Prensa y Democracia de la Universidad Iberoamericana y participó en talleres de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano con Tomás Eloy Martínez, Carlos Monsiváis y Martín Caparrós. Fue editor para Latinoamérica de la revista Esquire, editor cultural de la revista Semana, profesor de periodismo narrativo en varias universidades, columnista del diario El Espectador y de la revista Gente, y colaborador ocasional de diferentes medios hispanoamericanos como GQ, Travesías, El Universal, SoHo y La Tercera, entre otros. Actualmente es director editorial de la prestigiosa revista Gatopardo.

Para nuestro trabajo consideramos una crónica de este autor realizada sobre Íngrid Betancourt, un personaje que ha marcado parte de la historia contemporánea colombiana. Entre el 2002 y el 2008 fue secuestrada por las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc), su caso conmovió al mundo y fue considerada un ícono en América Latina. Diversos gobiernos presionaron para que fuera liberada. Su proceso de liberación fue recogido y dimensionado en todos los periódicos y noticiarios del mundo entero. Convertida en un símbolo de la paz fue propuesta para el Premio Nobel de la Paz en varias ocasiones. Tras su liberación y la recogida de testimonios se granjeó poco a poco la antipatía de la opinión pública, porque fue acusada de manipuladora, tratar mal a sus compañeros de cautiverio y por pensar en solo sus intereses personales cuando pretendió demandar al Estado colombiano por más de 15 mil millones de pesos (unos 3 millones de dólares), demanda de la que desistió finalmente por el repudio público. Esta crónica trata justamente sobre cómo un personaje como Íngrid Betancourt es alabado, propuesto para el Nobel de la Paz y objeto de cuanto homenaje haya sido posible hasta su decadencia y escarnio social. La pluma del cronista Felipe Restrepo Pombo reconstruye esta parte de la historia colombiana tan significativa.

Luces y sombras de Íngrid Betancourt, la historia detrás del secuestro que conmocionó al mundo

¿Quién puede imaginar que un personaje sea amado por toda una nación y al día siguiente genere un rechazo total? ¿Cómo se puede pasar de la gloria al oprobio universal tan rápido? Este es el curioso caso de Íngrid Betancourt. Cuando se habla de la historia colombiana reciente, el nombre de ella surge inevitablemente. Ella es una política colombiana que durante la década de 1990 se desempeñó en la Cámara de Representantes de Colombia, luego en 1998 postuló por el Partido Verde Oxígeno al Senado en las elecciones legislativas de ese año. Entonces resultó electa con la primera mayoría nacional. Sin embargo, renunció a su escaño en el año 2001 para postularse a la presidencia de su país en las elecciones del año 2002. A Íngrid Betancourt se la conoce no por su carrera política, sino por lo que sucederá después: su secuestro. Su imagen encadenada durante el cautiverio y sometida a torturas dio la vuelta al mundo. Se trata de un hecho que marco profundamente a Colombia y al resto de América Latina por cuanto visibilizó la realidad de los secuestrados al convertir a la figura de Íngrid Betancourt en un caso tan mediático.

En esta crónica Felipe Restrepo Pombo tiene como tarea desmitificar a un personaje que generó reacciones y sentimientos encontrados en quienes siguieron de cerca el caso. Sobre este texto en particular, el autor refiere que la excandidata presidencial es un personaje que le despertó sentimientos encontrados. “Fue una de las crónicas más difíciles que me ha tocado hacer. Creo que ella tiene grandes cualidades, pero también ha cometido varios errores”, asegura. La crónica se centra en el momento en que es liberada y había muchas expectativas por lo que ella iba a hacer en el futuro. Narra Restrepo Pombo que algunos se aventuraron a decir que podría llegar a ser la primera presidenta de Colombia, que le entregarían el Nobel de la Paz o que la nombrarían en algún puesto en el gobierno de Francia, país que le otorgó la nacionalidad y en el que era vista casi como una santa. Pero, con el paso de los meses, ese futuro brillante empezó a desdibujarse. Betancourt desconcertó con actuaciones fuera de lugar y algunas de las personas más cercanas a ella empezaron a desvirtuar su imagen en público. Las revelaciones de Clara Rojas, supuestamente una de sus mejores amigas y su fórmula vicepresidencial, de los tres ciudadanos estadounidenses que fueron compañeros de secuestro, de Juan Carlos Lecompte, su ex esposo, y de muchos otros, que la pintaron como una persona egoísta y ambiciosa, dejaron ver que Betancourt estaba lejos de ser la heroína que los medios habían creado. Incluso en Colombia, donde ya había sido muy criticada en el pasado, sorprendió la rapidez de su desprestigio.

Íngrid Betancourt fue secuestrada por las Farc el 23 de febrero del 2002 cuando recorría la zona del Caguan en Colombia. Betancourt estaba en franca campaña electoral y había planificado recorrer el lugar. También fue secuestrada Clara Rojas, su amiga íntima y binomio presidencial. El Gobierno colombiano mencionó que el secuestro se produjo porque ella desatendió las insistentes recomendaciones de la fuerza pública y otras autoridades de no proseguir en su intención de viajar al municipio de San Vicente del Caguan, Caquetá, donde tenía previsto realizar un acto para su campaña política.

Íngrid Betancourt fue liberada por las fuerzas militares de Colombia a través de la denominada Operación Jaque que se desarrolló el 2 de Julio de 2008.

Sobre el secuestro es pertinente señalar que cualquier rastro de Betancourt se perdió durante seis años. Dice Aponte (2008) que son crímenes perfectos, silenciosos, en los que los familiares y los testigos evitan hablar, denunciar, ya sea porque no pierden la esperanza de que sus seres queridos regresen algún día o porque las amenazas de los mismos victimarios se lo impiden.

La crónica que abordamos aparte de analizar el secuestro también trata de la caída de un mito. Hay, en el relato de Restrepo, más sombras que las luces que augura desde el título. El mérito de esta crónica es que el autor no escribe desde lo hipotético, desde un ámbito especulativo sobre Íngrid Betancourt, sino que gestiona un encuentro que era prácticamente imposible para cualquier periodista. El encuentro ocurre en la capital de México, en la Embajada de Francia. Se trata de una sesión privada. Este encuentro es fundamental para entender al personaje por la descripción minuciosa que el autor ofrece de la excandidata presidencial. Veamos:

Tras una corta espera, Betancourt aparece. Su apariencia me deslumbra: no sólo por su figura —casi atlética—, sino por su elegancia. Viste un arriesgado traje negro de una pieza, que deja al descubierto sus estilizados brazos. Su melena está recogida y, en la muñeca del brazo derecho lleva un escapulario que le regaló su padre y que la acompañó durante todo el cautiverio. Sólo tiene un adorno en su cuello: una imagen de la Virgen de Guadalupe, tallada sobre una piedra blanca, que cuelga de una delgada cadena de oro. “Divina mi virgencita, ¿verdad? Me la regalaron ayer en la basílica de Guadalupe”, me dice con genuina emoción. Recuerdo entonces las imágenes que inundaron esa mañana todos los diarios: Betancourt arrodillada y casi al borde de las lágrimas frente a la imagen de la virgen. Aunque sencilla, su apariencia da muchas pistas sobre la nueva Betancourt, la que regresó de la selva: una mujer confiada, que no está abatida por su experiencia y que, al contrario, es más fuerte —y guapa— que nunca. Una mujer impecable y elegante que no desentonaría junto de ningún líder o celebridad. Y, tal vez lo más revelador, una mujer que se salvó gracias a su fe. Betancourt es ahora —y no lo esconde en ningún momento— muy religiosa. Algo que era impensable antes de su secuestro y que ha sido ferozmente criticado en Francia, donde ser creyente parece ser algo peor que ser criminal (Restrepo, 2014, p. 133).

El autor explica que Íngrid Betancourt luce cansada. Piensa entonces en todos los contrastes de su vida. Y sospecha que, por más que responda preguntas, que relate con detalle su cautiverio o que escriba cientos de libros con explicaciones, nadie podrá entender nunca lo que realmente le ocurrió a esta mujer. Han sido circunstancias difíciles.

A continuación el texto se centra en la amistad con Clara Rojas. Casi desde el comienzo del cautiverio la relación entre ambas se desmoronó. Sus personalidades eran opuestas. Rojas es tímida e introvertida, mientras que Betancourt es explosiva, y llegó un momento en que no aguantaron más. La situación era muy tensa y los lazos de su amistad eran muy débiles. El momento más difícil, por supuesto, fue cuando Rojas anunció que estaba embarazada de un guerrillero y que pensaba tener el bebé. Betancourt no aceptó la decisión de su compañera y rompió relaciones con ella. Cuando Rojas fue liberada unilateralmente por las Farc, en enero de 2008, llevaban ya tres años separadas. Los jefes guerrilleros habían decidido aislar a Rojas en el momento en que dio a luz a su hijo Emmanuel, después de un parto salvaje que casi le cuesta la vida. Entonces ya era vox populi que las relaciones entre las dos estaban muy mal y varias veces sus familias se habían enfrentado por la manera en que querían que se llevaran las negociaciones con la guerrilla. Desde entonces sólo han coincidido dos veces y han dejado de ser amigas. Quienes conocieron a Íngrid Betancourt mientras estaba secuestrada coinciden en destacar su personalidad egoísta, fría y calculadora. Luego, ya liberada, miraba con desdén a muchos de sus amigos, entre ellos a Clara Rojas. “Porque ella es una cosa ante los medios y otra en su situación personal”, (Rojas, 2009). Otros que tienen un criterio similar son los ingenieros estadounidenses que fueron liberados junto con ella: Marc Gonsalves, Thomas Howes y Keith Stansell. Ellos contaron con detalle su experiencia como rehenes de las Farc en el libro Out of Captivity. Los tres hombres fueron retenidos cuando el avión en el que viajaban, desde el cual fotografiaban cultivos ilícitos controlados por las Farc, se estrelló en algún lugar de la jungla colombiana. Después del accidente fueron rescatados por guerrilleros y llevados al mismo campamento en el que se encontraba Íngrid Betancourt. Ahí permanecieron 1.967 días, hasta que fueron rescatados, también junto a ella, en la Operación Jaque.

En su crónica Restrepo señala que desde su llegada al campamento, los estadounidenses tuvieron problemas con Betancourt. “Es una persona a la que le gusta controlar y manipular. Eso en cautiverio es una cosa muy difícil”, dijo Howes en una entrevista con CNN. Según los tres empleados de Northrop Group, cuando llegaron al lugar —en el que había muy poco espacio y los otros secuestrados estaban hacinados— Betancourt los recibió con displicencia. Ella misma fue a hablar con Martín Sombra, el comandante guerrillero encargado de custodiarlos, y le dijo que sospechaba que los tres estadounidenses eran agentes de la Cia y que era necesario registrar todas sus pertenencias. Betancourt también pidió que los instalaran lejos de ella, pues temía que el ejército estadounidense intentara rescatarlos y que su vida corriera peligro. “No los ponga bajo el mismo techo, déjelos afuera al lado de la basura, porque no tenemos espacio para ellos”, ordenó a los guerrilleros, según la versión que Stansell le dio al diario El Tiempo.

El libro da una imagen devastadora de Betancourt. Sus autores cuentan situaciones que, de ser reales, hablan muy mal de la colombiana. Relatan, por ejemplo, que los guerrilleros les permitían tener un pequeño radio para que no se sintieran aislados. Pero en una ocasión, por cuestiones de seguridad, se los quitaron: “El día en que las Farc llegaron para quitarnos los radios vi cómo Íngridse metía uno de los pequeños radios transistores en su bota. Todos esperábamos que ella nos pusiera al corriente de lo que escuchaba sobre cómo se desarrollaba todo en Colombia y que nos transmitiera cualquier mensaje de nuestros familiares, pero no hizo nada de eso”. Stansell narra otro incidente relacionado con un diccionario, la única lectura que tenían permitida en el campamento: “Cada día me llevaba el diccionario y me separaba del grupo para leerlo. Todo parecía bien, y nadie tenía problemas con mi pequeña rutina. Entonces, un día, busqué el diccionario y no estaba. Íngridlo tenía” (Restrepo, 2014, p. 137).

La descripción que hace Felipe Restrepo Pombo de un personaje como Íngrid Betancourt es ambigua en ocasiones, pero porque ella también lo es. Para ello apela a un estilo sobrio, directo y documentado sobre el secuestro que ella tuvo que soportar. Valga la ocasión para indagar en el estilo de la crónica periodística que es uno de sus rasgos más distintivos: ¿Hay un estilo periodístico presente en la crónica o existe una diversidad de estilos? Dice Flaubert (1998) que el estilo es en sí mismo una manera absoluta de ver las cosas, que sólo llega a alcanzarse producto de una tarea ardua y minuciosa cercana a “la obstinación fanática”. Esto significa que el estilo deja de ser un ornamento vacuo en la escritura, para convertirse en una herramienta para aprehender aquello que solemos llamar realidad, una vía de conocimiento por medio de la cual un determinado autor posiciona su mirada. No hay, por tanto, una sola y absoluta visión de un hecho impuesta socialmente, sino distintas y múltiples versiones que se configuran, que se construyen a partir de esa mirada. Quizá por eso las distintas versiones que se entretejen sobre las actitudes de Betancourt. Sostiene Barthes (1973), en “El grado cero de la escritura”, que el estilo es propiamente un fenómeno de un orden germinativo, que se sumerge en el recuerdo cerrado de la persona y que constituye su opacidad a partir de cierta experiencia de la materia. Es decir que el estilo es una metáfora, una ecuación entre la intención literaria y la estructura carnal del autor. Y eso es precisamente lo que ocurre en la crónica de Felipe Restrepo Pombo.

En la crónica que analizamos se da cuenta que al parecer Íngrid Betancourt quiso romper con su pasado sentimental. Y cortar relaciones con los hombres que hicieron parte de su vida antes y después del secuestro. Un ejemplo es que su matrimonio se disolvió. Juan Carlos Lecompte, su segundo esposo, apenas ha podido intercambiar unas cuantas palabras con ella desde su liberación. Betancourt conoció a Lecompte cuando regresó a vivir a Colombia después de haber pasado varios años en París, donde su padre, Gabriel Betancourt, trabajaba como embajador ante la Unesco. Allá estudió en Sciences Po, como se conoce al prestigioso y elitista Instituto de Ciencias Políticas de París. También se casó con el diplomático francés Fabrice Delloye, en 1981, y tuvo dos hijos: Melanie y Lorenzo. Cuando Betancourt decidió regresar a su país de nacimiento, en 1989, tras el asesinato del líder liberal y candidato presidencial Luis Carlos Galán, se separó de su esposo francés, pero mantuvieron una relación muy amigable. Después de su liberación, no obstante, se han distanciado. “Es un poco violento”, le comentó Delloye a la revista Marianne. El hombre, que es embajador en Costa Rica, confesó que su contacto se ha reducido a algunos esporádicos mensajes de texto. La relación con Lecompte también terminó abruptamente. Desde el día del secuestro él comenzó una intensa campaña para la liberación de su mujer. Se tatuó una imagen de su rostro en el brazo izquierdo y mandó hacer varios carteles de tamaño natural con una foto de ella. También alquiló una avioneta en la que sobrevoló las regiones donde se creía que Betancourt estaba y desde el aire lanzó cientos de fotos de Melanie y Lorenzo, con la esperanza de que ella recibiera alguna. Sin embargo, cuando Betancourt fue liberada, Lecompte se llevó una sorpresa. Apenas se vieron unos minutos y ella le dijo que sólo qería estar con sus hijos y su madre.

La forma en que Betancourt trata a sus anteriores allegados es clave para entenderla. El horror del cautiverio, en el que se la vio incluso encadenada a un árbol como un animal, le cambió la vida. Debido a que tenía nacionalidad francesa y porque su liberación fue algo mediático, en Francia la recibieron con honores. Había una foto enorme de Betancourt que colgaba de la fachada de la alcaldía de París. Miles de parisinos salieron a las calles celebrar. Sin embargo, el encanto duró poco. A los franceses les molestó la cercanía de Betancourt con el poder, su decisión de no regresar a Colombia a luchar por los pobres y desvalidos campesinos y su entrega religiosa. La prensa la atacó sin misericordia por su visita y sus elogios a Benedicto XVI. Ni siquiera sus hijos la quisieron acompañar a su encuentro con el Papa. Esto y sumado a otras actitudes que se decían por doquier generó un repudió. Repudio que se aceleró cuando pidió cerca de trece mil millones de pesos colombianos, unos tres millones de dólares, como indemnización por su secuestro. La aspiración de Betancourt era que la Nación le recompense los salarios que dejó de percibir los 6 años, 4 meses y 10 días que duró secuestrada y esto también debido a que los perjuicios inmateriales de orden moral y de orden fisiológico o daños a la vida de relación sufridos en el cautiverio no tienen límites. Debido a que recibió un repudio general de la sociedad colombiana retiró su pedido. En el momento del encuentro con el cronista tiene muchas ganas de continuar con su vida.

En una carta que escribió durante uno de los peores momentos de su secuestro, en octubre de 2007, Betancourt decía que había perdido las ganas de vivir. “No tengo ganas de nada. Y creo que es lo último que está bien. No tener ganas de nada. Porque aquí en la selva, la única respuesta a todo es ‘No’. Es mejor entonces, no querer nada para quedar al menos libre de deseos”, escribió. Ahora me parece imposible que la mujer entusiasta que tengo al frente, hubiera tenido semejantes ideas. Le pregunto si recuperó el deseo de vivir y si le quedan ganas de hacer cosas. “¡Tengo deseos de todo!”, me responde con una inocencia conmovedora. A sus 47 años tiene claro lo que quiere: “Obviamente lo que más deseo es vivir. Recuperar el tiempo perdido” (Restrepo, 2014, p. 142).

Así, con la esperanza de Íngrid Betancourt, culmina la crónica llena de contrastes. Con el retrato de una personalidad desafiante se explican las luces y las sombras de un personaje ambiguo, odiado por muchos, que un día apareció en las portadas de los principales diarios del mundo, se reunió con el Papa Benedicto XVI y se codeó con los poderosos del planeta. Y hoy, con el repudió social a cuestas, tiene que soportar más las sombras que las luces que han marcado su destino. Un destino que es, al mismo tiempo, el de todo su país.

Conclusiones

Con su forma de enunciación, la crónica transgrede la objetividad clásica. En esa multiplicidad, busca ser el mecanismo capaz de aprehender con autenticidad el presente. Así, nos acerca a los testigos tanto cuanto es posible hacerlo. En las historias que se analizaron sobre Pablo Escobar e Íngrid Betancourt, los cronistas siguen el imprevisible curso de los acontecimientos y buscan sorprender a sus lectores con aspectos de la realidad que no se habían reparado, pero que confirman el pulso de una intuición.

Como están dentro del campo del periodismo y no de la literatura, los cronistas no ficcionalizaron los hechos, tampoco han intentado asumir posiciones ni posturas ideológicas, sino que brindan su interpretación de los encuentros que sostuvieron con sus personajes para construir, de esta forma, su propio punto de vista narrativo. Y así se alejan del show mediático con el que series, libros, documentales y telenovelas los

ha caricaturizado. De esta manera disponemos de una mirada distinta, menos estereotipada por decirlo de alguna forma, del conflicto colombiano. Los cronistas Juan José Hoyos y Felipe Restrepo Pombo saben que hay una historia humana que todavía no ha sido contada, por ello en sus textos hay ironía, incluso exponen sus dudas y certezas con el propósito de ofrecernos un relato inédito sobre la imprevisible, dúctil, difícil y sorprendente condición humana de Pablo Escobar e Íngrid Betancourt.

Bibliografía:

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HOYOS, J. (2012). Un fin de semana con Pablo Escobar. En: D. Jaramillo. Antología de crónica latinoamericana actual. (pp. 51/64). Madrid: Alfaguara.

MEDINA, C. (2010). Farc?Ep y ELN una historia política comparada (1958 – 2006). Bogotá: Universidad Nacional de Colombia. 2010.

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RESTREPO, F. (2014). 16 retratos excéntricos. México DF: Planeta.

REYES, A. (2009). La violencia y el problema agrario en Colombia. Bogotá: Norma.

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ROJAS, C. (2009). Cautiva. Testimonio de un secuestro. Málaga: Mosaico de Gen

SURMELIAN, L. (1968). Character in Fiction. Techniques of Fiction Writing: Measure and Madness. Nueva York: Anchor Book edition.

WILLS, M. (2007). ¿Inclusión sin representación? La irrupción política de las mujeres en Colombia. Bogotá: Norma.

STANISLAVSKY, K. (1975). La construcción del personaje. Madrid: Alianza.

Notas de autor

1 Jeovanny Benavides, ecuatoriano, es Doctor (PhD) en Comunicación por la Universidad Nacional de La Plata (UNLP). Tiene un Posdoctorado en Historia por el Instituto de Estudios Latinoamericanos (LAI) de la Freie Universität Berlín (Alemania), posee un Máster en Edición por la Universidad Complutense de Madrid (España) y otro Máster en Docencia e Investigación Educativa por la Universidad Técnica de Manabí (Ecuador). Además tiene una Licenciatura en Periodismo por la Universidad San Gregorio de Portoviejo (Ecuador). Desde el 2012 y hasta la actualidad es profesor titular a tiempo completo de la Facultad de Ciencias Humanísticas y Sociales de la Universidad Técnica de Manabí (Ecuador). Ha sido becario de la Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI) y de la Universidad Nacional San Martín de Argentina en el marco de la Cátedra Coetzee, para formarse con el Premio Nobel de Literatura 2003, el sudafricano John Maxwell Coetzee. Entre el 2005 y el 2012 fue profesor titular de la Facultad de Periodismo de la Universidad Particular San Gregorio de Portoviejo (Ecuador), fue editor/ fundador de la revista La Técnica de la Universidad Técnica de Manabí durante el período 2010/2012. En la actualidad es editor de la revista de Humanística y Sociales (ReHuSo) que edita la Facultad de Ciencias Humanísticas y Sociales de la Universidad Técnica de Manabí (Ecuador).

Información adicional

*: Trabajo original autorizado para su primera publicación en la Revista RiHumSo y su difusión y publicación electrónica a través de diversos portales científicos.

*: Jeovanny Moisés Benavides Bailón (2018) “Una mirada periodístico?literaria al conflicto colombiano a partir de las figuras de Pablo Escobar e Íngrid Betancourt: Análisis de las crónicas de Juan José Hoyos y Felipe Restrepo Pombo” en RIHUMSO, nº 14, año 7, (15 de Noviembre de 2018 al 14 de Mayo de 2019) pp. 01?26 ISSN 2250?8139

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