Secciones
Referencias
Resumen
Servicios
Buscar
Fuente


Al encuentro con la etnografía: reflexiones autoetnográficas sobre la entrada a campo y sus posibilidades
Encountering ethnography: autoethnographic reflections on field entry and its possibilities
Revista Jangwa Pana, vol. 24, núm. 2, e5678, 2025
Universidad del Magdalena

Sección General

Jangwa Pana cuenta con una licencia Creative Commons de Atribución-No Comercial-Compartir Igual 4.0 Internacional (CC BY-NC-SA 4.0). Por ello, el contenido publicado por la revista Jangwa Pana, se puede distribuir, remezclar, retocar y crear de modo no comercial, siempre y cuando se respeten los derechos de autor; las nuevas creaciones que se originen de las publicaciones, también deben regirse bajo estas mismas condiciones.

Recepción: 31 Enero 2024

Aprobación: 21 Octubre 2024

DOI: https://doi.org/10.21676/16574923.5678

Resumen: Al introducirnos al método etnográfico encontramos flexibilidad y apertura. Pero hacer etnografía no significa una libertad desbordada, sino un proceso riguroso que lleva inmerso un mayor reto metodológico y ético en comparación con otras estrategias. El objetivo es desarrollar un ejercicio autoetnográfico que de manera narrativa muestre el contexto general de la investigación; así como las experiencias personales y en el trabajo de campo, para comprender las posibilidades de la etnografía como una alternativa que se actualiza a las necesidades cambiantes de la investigación social. La base para desarrollar estas reflexiones es un proyecto realizado de 2018 a 2022 con mujeres y familias artesanas de San Cristóbal Zapotitlán, una comunidad rural en el Estado de Jalisco, México. El artículo se desarrolla en tres momentos: 1) los inicios en la investigación, a partir de una narrativa autoetnográfica; 2) el espacio de estudio, como un acercamiento al contexto en el que se desarrolló la investigación; y 3) la aplicación del método etnográfico, que busca compartir algunas de sus alternativas y posibilidades. Los hallazgos permiten concluir que la etnografía es fundamental para comprender las formas de vida y los significados de las prácticas que llevan a cabo las interlocutoras en su cotidianidad.

Palabras clave: método etnográfico, autoetnografía, trabajo de campo, reflexividad.

Abstract: When we are introduced to the ethnographic method we find flexibility and openness. But doing ethnography does not mean an unbridled freedom, but a rigorous process that involves a greater methodological and ethical challenge compared to other strategies. The objective is to develop an autoethnographic exercise that in a narrative way shows the general context of the research, as well as personal and fieldwork experiences, in order to understand the possibilities of ethnography as an alternative that is updated to the changing needs of social research. These reflections are based on a project carried out from 2018 to 2022 with artisan women and families from San Cristóbal Zapotitlán, a rural community in the state of Jalisco, Mexico. The article is developed in three stages: 1) the beginnings in the research, from an autoethnographic narrative; 2) the study space, as an approach to the context in which the research was developed; and 3) the application of the ethnographic method, which seeks to share some of its alternatives and possibilities. The findings allow us to conclude that ethnography is fundamental to understand the ways of life and the meanings of the practices carried out by the interlocutors in their daily lives.

Keywords: ethnographic method, autoethnography, fieldwork, reflexivity.

INTRODUCCIÓN

La etnografía puede ser interpretada y aplicada de múltiples formas. A partir de los intereses de cada investigador, pero también de su formación y contexto, la etnografía toma matices muy diversos que permiten un acercamiento flexible a la construcción del conocimiento. Desde las ciencias sociales se ha desarrollado un uso sistemático del método etnográfico. Sin embargo, la utilidad que representa para otros campos de estudio no ha pasado desapercibida. Resulta necesario dar cuenta de sus procesos de adaptación a las viejas y nuevas problemáticas metodológicas. La apertura de la etnografía, de sus técnicas e instrumentos, permite ampliar los horizontes de su aplicación. El objetivo de este texto es compartir algunas posibilidades para acercarse a la etnografía haciendo énfasis en una de sus relativamente recientes estrategias: la autoetnografía[1]. Para este fin, tomo como base algunas reflexiones derivadas del proyecto que realicé con mujeres y familias artesanas de San Cristóbal Zapotitlán, Jocotepec; una localidad del Estado de Jalisco, México; cuyos resultados conformaron mi tesis doctoral (Zepeda-Cazarez, 2022). En dicho trabajo comencé a acercarme a los estudios antropológicos y etnográficos, tarea ardua y polifacética desde la que pretendo contrastar algunas de sus posibilidades y la riqueza de sus resultados.


Fig. 1.
Lago de Chapala en San Cristóbal Zapotitlán
Fotografía: Salvador Durán.

Comenzaré con algunos planteamientos necesarios para abordar los estudios etnográficos. Guber (2019) menciona que la etnografía es un conjunto de actividades[2] que conforman el llamado “trabajo de campo” y se caracterizan por su flexibilidad y apertura, en el que los actores expresan sus sentidos de vida y cotidianidad. Para Restrepo (2018), la etnografía es la descripción de lo que las personas hacen desde su propia perspectiva, y le interesan tanto las prácticas como los significados de esas prácticas. Al tratar asuntos específicos de la vida social, implica comprensiones situadas en un momento, lugar y personas concretas.

Aunque en sus inicios la etnografía se utilizó para el estudio de las culturas “exóticas” o para segmentos marginales de la sociedad (Guber, 2019), hoy en día el centro de sus análisis se encuentra en lo “familiar”. Extrañarse de lo familiar y preguntarse por cuestiones presuntamente triviales o que pasan desapercibidas es fundamental para la labor etnográfica (Restrepo, 2018).

Además, el estudio de la etnografía es complejo porque puede entenderse en distintos niveles. Como técnica de investigación, suele asimilarse a la observación participante[3]; si se concibe como metodología, conlleva la articulación de sus varias técnicas para explicar cómo se realiza la investigación; y si la pensamos como método, lo que interesa es profundizar en las bases epistemológicas y sustentar los presupuestos teórico-metodológicos de la investigación (Restrepo, 2018).

Dentro del método etnográfico encontramos variantes que hacen énfasis en determinados aspectos para la generación del conocimiento. Unas de estas vertientes es la llamada autoetnografía, que comenzó como una necesidad de los investigadores por narrar los procesos que habían seguido durante su trabajo de campo, lo que observaban y lo que hacían. En los años ochenta, la “crisis de confianza”, inspirada en el posmodernismo, motivó la reinvención de objetivos y formas de investigación dentro de las ciencias sociales. Cada vez más, los investigadores hicieron énfasis en las limitaciones ontológicas, epistemológicas y axiológicas que encontraban; perdieron interés en establecer narrativas universales y tomaron conciencia de su imposibilidad al identificar nuevas relaciones entre autores, audiencias y textos (Ellis et al., 2015).

Tiempo después, las reflexiones fueron tomando fuerza crítica para cuestionar su posicionamiento de poder frente a los individuos que investigaban (Guber, 2019). Buscaron formas de producir conocimiento significativo, accesible y evocativo, basado en la experiencia personal que sensibilizara a los lectores y profundizara en la capacidad de empatizar con quienes son diferentes (Ellis et al., 2015). De esta forma, la autoetnografía amplió su bagaje para conjugar los relatos personales con las experiencias como etnógrafo, situadas en un contexto social y cultural (Blanco, 2012).

La autoetnografía es un enfoque que reconoce y da lugar a la subjetividad, la emocionalidad y la influencia del autor, en lugar de ocultarlas o pretender que no existen. Los autoetnógrafos reconocen las innumerables formas en que la experiencia personal está presente en el proceso de investigación (Ellis et al., 2015). La escritura autoetnográfica comienza con un evento que persiste y permanece en la historia de vida y genera las condiciones para redescubrir los significados de eventos pasados (Denzin, 2017). Permite e invita a que la persona se exponga en el texto sin dejar de dialogar entre lo cercano y lo distante. Más aún, incita a que dicho diálogo forme parte de la creación de conocimiento científico y, de esta forma, mostrar sus fortalezas y debilidades (Alegre-Agís & Fernández-Garrido, 2019). Lo que podemos ver en los demás depende en gran medida de lo que somos (Guber, 2019).

El documento se desarrolla en tres momentos: 1) los inicios en la investigación, que desde una narrativa autoetnográfica articula esos primeros encuentros; 2) el espacio de estudio, como un preámbulo de los aspectos demográficos, económicos, sociales, políticos y culturales necesarios para comprender las experiencias de las mujeres y las familias artesanas; y 3) el método etnográfico desde la reflexividad, para mostrar la metodología y aplicación de las técnicas e instrumentos, así como algunos de sus principales hallazgos. En este sentido, comparto algunas ideas que pueden interesar a quienes se enfrentan al “extrañamiento” por primera vez; y para quienes no se consideren principiantes, quizá coincidamos en algunas historias o recuerden esos primeros encuentros con el “otro”.

MÉTODOS Y TÉCNICAS

Los resultados se derivan del trabajo etnográfico que realicé durante mis estudios de doctorado. Intentan reflejar los primeros encuentros con la comunidad y con las mujeres y familias artesanas que iniciaron desde finales de 2018 y previo a la pandemia por Covid-19 en marzo de 2020. Después continué el contacto por comunicación telefónica y otros medios virtuales. Tuve la oportunidad de introducir algunas estrategias de la llamada etnografía digital[4]; aunque la discusión que presento se enfoca en la etnografía “tradicional” que llevé a cabo con las mujeres y las familias, y que desarrollo a detalle en los próximos apartados. La propuesta metodológica central es un ejercicio autoetnográfico que, como método, combina características de la autobiografía y de la etnografía;[5] y que pretende mostrar mi contexto y experiencias personales respecto a la investigación etnográfica para dar cuenta del proceso de interpretación en las prácticas y significados de mis interlocutoras.

DECLARACIÓN DE ASPECTOS ÉTICOS

Al realizar este trabajo observé de manera puntual los lineamientos éticos para la investigación social. Las personas participaron de manera libre e informada. El cuidado de su identidad y representación fue primordial durante todo el desarrollo del proyecto. El uso de seudónimos y la revisión directa de las transcripciones de sus entrevistas fue un ejercicio cotidiano para garantizar su consentimiento y verificar que la comunicación de su voz y su pensar fuera lo más certera posible. De igual manera, el uso de su imagen fue autorizado para fines académicos, lo cual también se documentó.

Por otro lado, al tratarse de un enfoque autoetnográfico, el interés principal es realizar una observación minuciosa de la labor de investigación; implica en sí mismo un compromiso ético para la construcción del conocimiento que cuestiona los problemas de sobreinterpretación y descontextualización de los datos; busca un diálogo abierto y colaborativo al momento de construir y presentar los resultados que de ella derivan.

Los inicios en el campo: aproximaciones a la investigación

Para comenzar, me gustaría compartir algunos recuerdos que considero que pueden abrir la discusión hacia las implicaciones del método etnográfico en la investigación social. Alrededor de los 16 años comencé a laborar haciendo encuestas. Por lo general, se trataba de realizar estudios de mercado que me permitían conjuntar dos cosas que siempre me gustaron: salir a caminar por las calles y hablar con las personas. Durante esos años, poco a poco fui desarrollando cierta habilidad para identificar a mis posibles “informantes”, y también una práctica un tanto “extractivista” de la información que amablemente me compartían. Al final, lo que necesitaba era sus respuestas sobre un producto o acontecimiento particular (como su intención de voto para las siguientes elecciones, o su percepción por tal o cual candidato), por lo que una vez obtenida esa información no interesaba nada más. Aunque en ocasiones debía dar un seguimiento a sus respuestas, y realizar una segunda encuesta con la misma persona, por lo general, interactuaba con ella una sola vez, agradecía y me olvidaba del asunto.

Algunos años después, durante mis estudios de maestría en Investigación Educativa, se presentó la posibilidad de realizar entrevistas con jóvenes de bachillerato para conocer cómo elegían una determinada carrera. Al inicio me sentí bastante confiada, consideraba que tenía “mucha” experiencia entrevistando (o más bien encuestando), y no vi una mayor dificultad para abordar a mis nuevos informantes. Los resultados no fueron precisamente lo que esperaba. Durante una presentación de los avances de investigación, ingenuamente comenté frente a mis lectoras que los estudiantes parecían un tanto aleccionados al darme sus respuestas; no sentía que lograra una conexión con ellos, y me parecía que contestaban lo que quería escuchar. Cuando mencioné lo que percibía en los estudiantes, una de las profesoras (antropóloga, por cierto) me contestó tranquilamente que no me daba cuenta de que estaba ejerciendo una posición de poder al realizar la entrevista. No entendí su respuesta, ni sabía a qué se refería. Había sido amable y respetuosa con los estudiantes, solicité su consentimiento, les aseguré que sus datos y respuestas serían confidenciales y anónimas, les expliqué el objetivo de la investigación y que únicamente tenía fines académicos; es decir, hice todo lo que pensaba necesario para realizar una entrevista de forma ética, y tener una posición lo más horizontal posible con las personas que me estaban apoyando. Sin embargo, no pude ver otras implicaciones. Aunque al momento de realizar la entrevista cuidé todo el protocolo ético y metodológico, mis acciones pesaron más. Lo que previo a la entrevista observaron y escucharon los estudiantes determinó en gran medida sus respuestas. La primera vez que me vieron se dieron cuenta de que conocía a sus profesores (eran mis compañeros y los saludé con familiaridad), me presentaron como una docente que estaba haciendo una investigación, y les indicaron que me ayudaran en todo lo que necesitara. Esa primera impresión me posicionó como una autoridad escolar más, por lo que al conversar con ellos me daban las respuestas que le darían a cualquier profesora en el salón de clases. Además, no los conocía previamente (lo que se supondría es adecuado, aunque no siempre), y sólo los vi en esa ocasión; es decir, hice lo mismo que con las personas que contestaban mis encuestas, llegué por la información y me retiré. Fue hasta que ingresé al doctorado y, sobre todo, al conocer a las mujeres y familias artesanas, que empecé a comprender lo que me dijo mi profesora de la maestría, y el porqué de los resultados de aquellas primeras entrevistas. Las distintas formas de acercarse a los “sujetos”, “Informantes” o “colaboradores” son cruciales para todo el proceso de investigación y, en particular, para el método etnográfico. Encontré una situación muy diferente al girar mis intereses y mis formas de abordaje durante los estudios de doctorado.

Comencé mis primeros acercamientos a las mujeres y familias artesanas de la comunidad de San Cristóbal Zapotitlán en el mes de octubre de 2018. Acababa de comenzar el doctorado y en aquel momento mis referentes del lugar y de la actividad artesanal se limitaban a algunas noticias de proyectos escolares realizados por el ITESO[6] y la UNIVA[7]; pero había un punto clave en mi interés por su trabajo artesanal: la existencia de una cooperativa de mujeres artesanas. Me interesaba conocer cómo se organizaba la cooperativa y cómo se relacionaban las mujeres que la conformaban. Había buscado organizaciones de mujeres artesanas y, hasta ese momento, las investigaciones que encontré se concentraban en el centro y sur del país. Por lo que una cooperativa de artesanas en el occidente y, en específico, en una población “rural”[8], me pareció una propuesta interesante.

Mi formación como abogada, junto a mi poca experiencia en el espacio rural y en la antropología representó un desafío que en aquellos primeros momentos no alcanzaba a percibir. Había trabajado temas educativos y de género, puesto que siempre he sido docente y fue la línea de mi maestría. Después cursé una especialización en estudios de género, por lo que no dudé en presentar una iniciativa para trabajar con mujeres. El interés por ese tema era analizar sus relaciones dentro del oficio artesanal. Pensé que los procesos de acompañamiento durante la enseñanza-aprendizaje de la artesanía (así entendía la transmisión del conocimiento artesanal), y las implicaciones de trabajar juntas, podrían ser un escenario adecuado para observar sus interacciones; pero también los conflictos que surgen en los espacios de mujeres, como puede ser una cooperativa. Sin embargo, y como por lo general sucede, no se trataba de elegir un problema, sino de encontrarlo, o más bien construirlo.

Nací en Guadalajara, Jalisco, y había visitado en varias ocasiones Mezcala, Chapala y Ajijic[9], pero nunca Jocotepec. Sabía que el lago de Chapala tiene graves problemas de contaminación y de explotación de sus recursos naturales; que en Mezcala continúan luchando por el reconocimiento de sus derechos sobre el territorio; y que son lugares turísticos muy importantes en el Estado, donde además residen muchos extranjeros jubilados. Es decir, conocía elementos muy generales de la región y de ciertas zonas. Al comenzar a visitar San Cristóbal, me encontré con un escenario diferente. Estaba el lago, y había residentes extranjeros en los alrededores, pero el pueblo tenía particularidades muy distintas a las de los lugares turísticos del lago, comenzando por las grandes lonas blancas que cubren sus cerros[10]; o la existencia de un centro artesanal que, por su diseño, resulta disonante con el resto del entorno en el que predomina el espacio rural. Por lo que de manera automática me interesó conocer más sobre sus formas de vida. Encontré un contexto diferente y específico que continúo reflexionando, desde las familias que ahí habitan, y desde sus prácticas artesanales. Una vez comenzado este diálogo desde un enfoque autoetnográfico, me interesa articularlo con los principales elementos que conforman el espacio donde se desenvuelven las mujeres y las familias artesanas, y luego profundizar en mi encuentro con la etnografía.

Acercamiento al escenario: contexto de las mujeres y familias artesanas

San Cristóbal Zapotitlán es un pequeño pueblo de orígenes indígenas con una población de poco más de 2,500 habitantes[11], localizado en la ribera del lago de Chapala en el municipio de Jocotepec, Jalisco. Tradicionalmente dedicado a la pesca y a la agricultura, muy devoto de sus fiestas y celebraciones religiosas, reconocido por ser cuna de músicos y de las principales bandas musicales de la región; y donde siempre se ha practicado la artesanía. Hoy en día, distintos procesos han reestructurado las formas de vida de sus habitantes y diversificado sus estrategias. Uno de los cambios, que ha sido ampliamente estudiado, es la crisis de la agricultura y la presencia de empresas agrícolas transnacionales que han impactado de forma generalizada los espacios y comunidades rurales de todo el país. En San Cristóbal, su presencia se ha intensificado en las últimas décadas y han traído consigo un cambio radical en el escenario rural, entre otras consecuencias para el medio ambiente y para sus habitantes.


Mapa 1.
Ubicación geográfica de San Cristóbal Zapotitlán
Fuente: elaboración propia.

De igual forma, los cambios en las políticas estatales, y la intervención de agentes externos públicos y privados, producen fuertes efectos en la comunidad, en la organización de las familias y en el papel de las mujeres. Los programas o proyectos de intervención —­­que han oscilado entre el asistencialismo, la capacitación para el empleo y el emprendimiento— han estado presentes durante muchos años en San Cristóbal. Las familias se han adecuado a estas transiciones, donde los “apoyos” varían entre los distintos gobiernos e instituciones. La migración interna e internacional sigue siendo una de las principales estrategias de las familias, pero ha tomado otros matices. En algunos casos, se ha intensificado con los programas de empleo temporal, en particular para jornaleros; o la contratación de las bandas de música del pueblo para tocar fuera del país. Así como la mayor movilidad de jóvenes hacia la zona metropolitana de Guadalajara; ya no únicamente para trabajar en la construcción, maquila, o en el servicio doméstico, sino para estudiar una licenciatura.

La llegada de nuevos habitantes a la región también causa considerables acomodos. La expansión inmobiliaria y la gentrificación[12] rural han provocado una mayor demanda en el acceso a bienes y servicios. Pero no solo llegan habitantes con un alto perfil económico, por lo general, los nuevos vecinos son jornaleros que llegan a trabajar en los cultivos de la zona. Esto ha provocado diversas tensiones con los habitantes del pueblo que en ocasiones miran con recelo a los recién llegados. Desconfían de ellos no solo porque no los conocen, sino porque al tiempo de comenzar a llegar los jornaleros, se hicieron presentes de forma regular otros “extraños” que han provocado diversos problemas de seguridad en la comunidad. Además, hay que considerar los problemas ambientales y de contaminación de la laguna —los locales casi siempre llaman “laguna” al lago de Chapala— que desde hace varios años han modificado las costumbres y la relación que tenía el pueblo con su más preciado recurso natural. Estos cambios, entre otros aspectos, intervienen en la definición de las familias y de las mujeres, de sus diversas actividades y de su oficio artesanal; imprimen características propias al pueblo y resignifican su ruralidad.

Las mujeres y las familias de San Cristóbal elaboran principalmente dos tipos de artesanías: las canastas de palma, que tienen una larga tradición —hay testimonios de familias que las elaboran desde finales del siglo XIX—; y la producción de flores y figuras de hoja de maíz, que es más reciente, y se introdujo en la comunidad como una alternativa laboral para enfrentar la crisis económica de la década de 1990 (Villarreal, 2002). Aunque algunas artesanas mencionan que se comenzó a trabajar la hoja de maíz ante la disminución de la demanda de canastas y la competencia entre distribuidores. Actualmente, han comenzado a elaborar artículos de ocoxal —u ocochal, que es el follaje de los pinos—. En esta localidad, el oficio artesanal se ha desarrollado por generaciones en algunas familias y es una fuente de ingresos para una proporción importante de habitantes. Pero también representa una estrategia de intervención privada y estatal en las comunidades para impartir capacitaciones y promover el autoempleo. Las mujeres han tenido una participación fundamental como sus principales transmisoras, y son a quienes los habitantes identifican como ejecutantes de esta actividad.


Fig. 2.
Señora Mary y Señor Felipe en una exposición artesanal en Zapopan, Jalisco
Fotografía: Natalia Zepeda.

El papel que juega la artesanía en estas familias —además de propiciar otras alternativas para la generación de ingresos y ser un legado en algunas de ellas— modifica las interacciones de las mujeres dotándolas de una mayor capacidad de acción; al tiempo que incrementa sus responsabilidades y reorganiza la dinámica familiar. Las mujeres artesanas de San Cristóbal siempre han buscado todos los medios disponibles para hacerse de recursos. Asisten a las capacitaciones y aceptan los acompañamientos de las autoridades y voluntarios; pero solo incorporan a su trabajo artesanal lo que les parece viable en cuanto a sus obligaciones y su organización familiar. Aprovechan los talleres, pero también todos los programas y apoyos que llegan al pueblo. Sin embargo, son algunas las mujeres y las familias que participan en estos programas, muchas no los conocen, prefieren no involucrarse o les parecen complicados. A partir de estos elementos contextuales, propongo profundizar en las implicaciones de mi experiencia con el método etnográfico durante el proyecto.

La experiencia etnográfica en el estudio

Para continuar, presento algunas reflexiones sobre mi encuentro con la etnografía y, posteriormente, propongo alternativas en su aplicación y muestro algunos hallazgos que, a mi parecer, fueron posibles gracias al enfoque etnográfico del proyecto. Como mencioné previamente, mi primer acercamiento al trabajo de campo académico fue mientras cursaba los estudios de maestría. Me parece que fue ahí donde escuché por primera vez la frase: “dime qué investigas y te diré quién eres”. Siempre que pienso en los temas que me interesan y en lo que he desarrollado concluyo que reflejan claramente mis experiencias personales y profesionales, lo que pienso y lo que me gustaría cambiar.

Reflexionar sobre mis experiencias previas en el trabajo de campo, los aciertos y los errores, permitió acercarme a la investigación antropológica y a la etnografía como un nuevo desafío y compromiso. Considero que, al iniciar este viaje, el primer problema que enfrenté fue la construcción del plan de trabajo, comenzando por orientar mis intereses hacia una “pregunta antropológica”[13]. Sabía que esa pregunta me llevaría a establecer una adecuada estrategia metodológica, pero no estaba segura sobre cómo formularla o qué elementos debía contener. Una vez superado este primer reto —no sin múltiples ejercicios y una infinidad de alternativas—, consolidé una postura inicial que cuestionaba el papel de las mujeres y las familias artesanas en la resignificación de la familia rural y de la ruralidad, a partir de la transmisión de su oficio artesanal y de sus estrategias familiares de vida[14]. Con este primer planteamiento, que implicaba tener un conocimiento profundo de las personas, sus formas de vida y su contexto; me apresuré a investigar lo más que pude sobre el pueblo y sus habitantes —ayudada en gran medida por las redes sociales— y partí hacia San Cristóbal.

Al comenzar mis visitas a la comunidad, realicé algunos recorridos por el pueblo e identifiqué los sitios de interés, y se destacó por su obviedad el centro artesanal. El primer objetivo era acercarme a las mujeres que participaban en la cooperativa de artesanas, por lo que empecé a preguntar entre las personas del pueblo cómo podría contactarlas. La respuesta llegó rápido, debía ir a la casa de la señora Carla, la presidenta de la cooperativa. La encontré justo en el momento en que se dirigía hacia la cabecera municipal a realizar unos trámites. De manera ágil me presenté, le platiqué sobre el proyecto y mi interés por asistir a sus sesiones. Me escuchó con atención y despreocupadamente me dijo que entonces nos veríamos el siguiente miércoles en punto de las 10:00 horas en el centro artesanal. Ese día se reúne la cooperativa para participar en los talleres de acompañamiento que realiza el ITESO, por lo que a partir de ese momento fui asistente permanente en sus actividades. Además de comenzar a acercarme a la cooperativa, me interesaba explorar otras posibilidades —ya que el centro de la investigación eran las mujeres y familias artesanas, y no todas pertenecían a la cooperativa o asistían a las reuniones—, por lo que al mismo tiempo continué explorando San Cristóbal desde múltiples fuentes. Consulté trabajos realizados sobre la comunidad y la región; páginas de Internet, de Facebook y videos de YouTube; acudí a instituciones y organismos públicos y privados que trabajan en la comunidad; a otros espacios públicos del pueblo, como la Delegación y el Registro Civil, la notaría de la parroquia, el centro de salud y la biblioteca; así como conversaciones con distintos habitantes y familias del pueblo.

De igual forma, identifiqué otros lugares importantes para el estudio, como los locales de venta de artesanías (uno que trabaja en cooperativa, pero fuera del centro artesanal, y otro que pertenece a una familia artesana). Así como las casas de las familias y de los principales distribuidores, donde reciben los productos de las artesanas y venden diversos materiales e insumos para su fabricación. Asistí a las ferias, exposiciones y lugares de venta de las artesanías; como el tianguis artesanal de Tonalá y el malecón de Jocotepec. Además de la comunidad y sus alrededores, me acerqué a instituciones como la Dirección de Fomento Artesanal; la Casa de la Cultura y el Departamento de Turismo y Artesanía de Jocotepec, así como a su Archivo municipal.

Algunas de las mujeres y familias artesanas se convirtieron en mis informantes clave a lo largo de la investigación. También fueron fundamentales otros habitantes de la comunidad, como los adultos mayores y los cronistas del pueblo. Así como los operadores de los programas públicos y privados, las maestras y alumnado del ITESO y las autoridades vinculadas al oficio artesanal a nivel municipal y estatal. Las entrevistas con los primeros informantes me permitieron comenzar a contextualizar la actividad artesanal e identificar a las primeras familias artesanas. En el primer periodo formal de trabajo de campo —durante los meses de mayo a agosto de 2019— realicé trece entrevistas e identifiqué a ocho familias artesanas. El segundo periodo de campo —que llevé a cabo de enero a agosto de 2020— requirió ajustarse a la situación de la contingencia sanitaria por el Covid-19; sin embargo, realicé quince entrevistas a once familias distintas. Los datos recabados corresponden a las 28 entrevistas que realicé durante el trabajo de campo, y a las 19 familias artesanas conformadas. Algunas entrevistas fueron individuales, y otras con dos o más miembros de la familia. De igual manera, fueron indispensables mis diarios de campo, la investigación documental, los recursos materiales (artesanías) y audiovisuales, así como la etnografía digital, sobre todo a partir del periodo de confinamiento.

Para desarrollar los ejes de la estrategia etnográfica, consideré adecuado establecer dos vías para la construcción de los datos, una desde un enfoque diacrónico, en el que me interesaban las transformaciones de las familias; y otro sincrónico, para analizar las dinámicas cotidianas. Para este fin, contemplé reconstruir las transiciones de las familias en el trabajo artesanal a partir de relatos de historia familiar, y construir las dinámicas familiares cotidianas a partir de narrativas de vida familiar. Propuse estos acercamientos porque, a mi parecer, se ajustaban a los objetivos del estudio basados en la historia oral, la historia de vida y las historias de familias en contexto; estas perspectivas etnográficas marcaron la ruta metodológica que desarrollé.

La historia oral como proceso de investigación permite construir corpus de información integrados por testimonios orales (entrevistas) recogidos sistemáticamente. Aborda la subjetividad como uno de sus objetos centrales de indagación. Persigue las memorias y los olvidos en la experiencia vital de las personas con las que interactúa (Aceves, 2017). Articulada a la historia oral, la historia de vida antropológica estudia en la vida individual cómo las personas son las hacedoras y los productos de los sistemas sociales de los que forman parte. La historia de vida contribuye con importantes interpretaciones de la cultura y de su tiempo, pero su foco de atención se encuentra en el “pequeño detalle” de la vida cotidiana (De Garay, 2013).

Enfocar el análisis de la historia de vida en las familias puede dar cuenta de los cambios que han impactado a la familia como institución social. Las historias de familia (en contexto), como método de recolección de datos, se inscriben en la tradición biográfico-narrativa de las ciencias sociales. Abordan a las familias desde la producción de narrativas que se entretejen no solo con la historia particular del grupo familiar; sino con los contextos sociales, históricos, culturales y políticos en los que ellas se encuentran inmersas (Álvarez & Amador, 2016).

Las entrevistas (semiestructuradas y temáticas) son los recursos que me permitieron penetrar a los relatos y narrativas de las mujeres y las familias. El resultado de las entrevistas son textos que relatan recuerdos y testimonios personales de las narradoras. La entrevista es un escenario e instrumento para el intercambio de subjetividades; donde las memorias se construyen, elaboran y organizan con la voluntad de incursionar en el sentido de las vivencias del pasado; y con el propósito de narrarlas selectiva, pública y coherentemente para mostrar la experiencia y trayectoria de la vida personal en la sociedad (Safa & Aceves, 2009). Junto a las entrevistas, la observación participante y el análisis de otras fuentes de información —como conversaciones, fotografías y objetos artesanales del acervo familiar—, busqué dar cuenta de sus trayectorias, elaboré mapas familiares y genealogías artesanales para comprender mejor sus transiciones. Con las herramientas y materiales de investigación conformé un registro de grabaciones, transcripciones y diarios de campo.

A partir del procesamiento de los datos, y de la generación de diversos corpus, logré un bagaje conceptual para reflexionar sobre las problemáticas de las familias artesanas. La intención en la búsqueda de interlocutoras era incluir la mayor variedad posible de experiencias, por lo que establecí diversas tipologías a partir de sus propias características. Encontré un amplio abanico de manifestaciones en el oficio, de trayectorias familiares y artesanales que, de otra forma, difícilmente hubiera identificado y mucho menos comprendido.

Al analizar los resultados de mi inmersión en la etnografía, pude identificar varios de los elementos que comprenden sus distintos niveles. Como técnica de investigación, y en estrecha relación con la observación participante, me descubrí aprendiendo a ser artesana y realizando las actividades que cotidianamente hacen —como asistir a las reuniones, capacitaciones o ferias—; conviviendo de manera cercana con las mujeres y las familias, y preocupándome por sus intereses —si subieron los precios de los materiales, o si viene la temporada navideña, la mejor del año—; e incluso dando mi opinión (solicitada) en las reuniones de la cooperativa y en las decisiones que debían tomar. En el nivel metodológico, me permitió profundizar en la construcción de una estrategia que articuló diversas técnicas y herramientas para obtener una metodología propia y congruente para el estudio de las transiciones familiares, artesanales y rurales. Y como método, la reflexión constante sobre la idoneidad de cada estrategia y su articulación con la teoría me permitió conformar un amplio escenario para construir las historias de vida y los relatos de familias con los análisis contextual, situacional, generacional, relacional, visual y material dentro del estudio. Para finalizar, planteo algunos hallazgos derivados de la aplicación del método etnográfico, lo que permitió obtener datos y reflexiones particulares que no se lograrían con otro tipo de acercamiento metodológico.


Fig. 3.
Señora Lorena elaborando muñecas de hoja de maíz
Fotografía: Salvador Durán.

Un primer ejemplo se desprende de la división sexual que opera en el trabajo artesanal. La opinión generalizada es que las mujeres son las principales ejecutantes, lo cual es cierto, si pensamos en el número de personas que lo llevan a cabo; también lo constata la cooperativa de mujeres artesanas que tiene bastante visibilidad por administrar el centro artesanal y por las relaciones que tienen con diversos agentes externos. Sin embargo, al voltear a ver a los hombres artesanos, que parecieran relegados a un segundo plano, en realidad tienen una mejor posición en comparación a las mujeres. Por lo general son distribuidores, exportan los productos que realizan otras artesanas, e incluso son a ellos a los que se les reconoce como “maestros artesanos” tanto dentro como fuera de la comunidad, aunque sean minoría. Por lo que la primera impresión que ubica a la artesanía como una plataforma de mayor participación femenina es sesgada.

Otra impresión que sostienen los agentes externos y los distribuidores es que las artesanas no entienden las peticiones del cliente. Resulta común que al realizar pedidos les soliciten ciertos colores, cambios en los diseños o productos personalizados. Por lo general, las artesanas se niegan a estas peticiones, lo cual es interpretado por los externos como incapacidad para comprender la solicitud, falta de compromiso, ingenio o creatividad; pero es hasta que profundizas en sus experiencias que puedes entender su respuesta. El primer elemento que las hace no querer modificar sus diseños es el económico. Una pequeña variación en el diseño implica conseguir otros materiales, practicar y a veces tirar los prototipos que no resultaron; además de invertir más tiempo, que obviamente los solicitantes no están dispuestos a pagar. Un segundo elemento es que muchas artesanas solo hacen una determinada figura, porque en el pueblo hay una marcada especialización en la producción; por lo que si llegas a pedirles tulipanes, pero solo hacen rosas te dirán que no, ya que hay una persona que se dedica a los tulipanes, aunque muchas veces no te lo explican. Y un tercer elemento tiene que ver con las múltiples jornadas de las artesanas. No es que no quieran dar mejores acabados a sus productos, inventar nuevos diseños o demostrar su creatividad; el gran problema es que además de ser artesanas deben cubrir con un sinfín de responsabilidades en el hogar y con la familia, por lo que hacen artesanía en sus cortos ratos libres y sobre todo por las noches, lo que imposibilita que desarrollen su “maestría artesanal” o sus productos cumplan otras expectativas.

Respecto a la cooperativa y los programas de apoyo a las artesanas, a primera vista se presentan como una alternativa viable para que las mujeres generen ingresos y mejoren su calidad de vida, pero también tienen ciertas implicaciones. En realidad, son muy pocas las artesanas que asisten (alrededor de 20, cuando el último censo artesanal elaborado por el ayuntamiento reportó 328 artesanas en el pueblo), la mayoría no puede hacerlo porque sus responsabilidades no se los permiten, o no les interesa porque piensan que pierden su tiempo, cuando lo que ellas necesitan es trabajar. De igual manera, existen algunos problemas que se han suscitado entre las artesanas y que las han enemistado, por lo que muchas no consideran asistir al centro —situación de la que me percaté al acercarme a los “bandos contrarios”—. Y además, una cuestión que tampoco es visible de inicio son las marcadas diferencias entre las artesanas, no sólo las más evidentes, como sería su edad; sino también educación y relaciones con las autoridades y otros agentes, lo que les confiere una mejor posición en la “cooperativa”.

Además de los elementos relacionados con el oficio artesanal, otros hallazgos contextuales permiten profundizar en las posibilidades que brinda la etnografía. Como mencioné antes, los cambios en el uso del suelo y en las viviendas de San Cristóbal han generado situaciones complejas entre los habitantes. Desde hace muchos años es común observar la presencia de propiedades utilizadas como casas de campo o fincas vacacionales frente al lago, así como proyectos residenciales o la venta de terrenos que se expanden por toda la región. El crecimiento del cultivo de frutos rojos ha provocado que los empresarios agrícolas compren casas y terrenos en el pueblo, y los llamados “hijos ausentes”, familias o personas originarias del pueblo que radican en el extranjero o en otros estados, contribuyen con sus recursos a intensificar la demanda de viviendas de alto perfil y la presión por nuevos servicios. Aunque en principio, estos cambios pueden resultar beneficiosos para ciertos habitantes, ya que incrementan el valor de sus tierras o generan empleos; por otra parte, y al mirar con cuidado sus interacciones, te puedes dar cuenta de que muchos de los habitantes son conscientes del deterioro del territorio y el costo que representará para las nuevas generaciones. Quienes son dueños de pequeñas propiedades han visto que este crecimiento no les beneficia o incluso es perjudicial. Los nuevos habitantes no se integran al pueblo, sobre todo los que llegan a los complejos residenciales, entran y salen congestionando los accesos, tienen sus espacios delimitados e incluso no les hablan.

Por último, una opinión que es recurrente entre las personas del pueblo coloca a las mujeres artesanas como madres irresponsables que no están al pendiente de sus hijos, de llevarlos a la escuela o darles de comer a sus horas. Esta percepción se intercala con la dificultad que dicen tener los distribuidores para que las artesanas cumplan en tiempo y forma con los pedidos que les realizan, por lo que también son irresponsables en su trabajo. Hasta que pasas algún tiempo observando y escuchando a las artesanas, te das cuenta de los malabares que muchas de ellas tienen que hacer para terminar sus encargos y para cumplir sus responsabilidades en el hogar. Las mujeres tienen que trabajar para mantener a sus familias, por lo que la artesanía es primordial; conlleva el sacrificio de otras actividades y obligaciones que no se cumplen o se posponen; sobre todo en el caso de madres solas y en quienes los esposos están ausentes. Si no entregan los pedidos, no hay dinero para hacer la comida, y menos para ir a la escuela; no es que no quieran llevarlos o tengan flojera, lo que sucede es que no tienen para el “lonche” de sus hijos.

CONCLUSIONES

Llevar a cabo una investigación desde el enfoque etnográfico conlleva múltiples retos. Como menciona Restrepo (2018), hacer etnografía no se traduce en visitas apresuradas y realizar unas cuantas entrevistas; implica un proceso prolongado y continuo de observación y reflexión sobre lo que acontece en los espacios, lo que viven y experimentan las personas. Uno de los primeros aprendizajes que obtienes al realizar trabajo de campo es la capacidad de acostumbrarte a lo inesperado. Puedes salir con un plan preciso, pero la etnografía te obliga a reformularlo constantemente. Te lleva por diversos horizontes, lo que no significa que pierda rigurosidad, al contrario, te brinda la oportunidad de ampliar y acercar la mirada para focalizar tus intereses.

Durante este estudio entendí que no es sencillo comprender las formas de vida de otras personas. Presentar a las familias artesanas y acercarse a sus historias resulta una tarea compleja. Sus diversas experiencias representan un desafío al momento de plantear los eventos y fragmentos de sus relatos para describirlas. Existe una riqueza enorme en las vivencias y aprendizajes de estas familias. Permiten adentrarse a sus dinámicas y a los cambios que se han suscitado en sus formas de organización; así como el papel que han desempeñado sus integrantes dentro y fuera de la familia, y a través de sus generaciones. El método etnográfico permite poco a poco acercarse a ellas, comprender los significados de sus relatos y experimentar su cotidianidad.

Desde este ejercicio autoetnográfico, los cuestionamientos sobre lo que debe ser la investigación “científica” no están exentos. Continuamos validando ciertas formas muy concretas de acercamiento a los “datos”, en muchas ocasiones descontextualizadas de las vivencias y realidades de nuestros interlocutores. La autoetnografía puede ayudar a visibilizar esas otras percepciones, memorias, saberes y emociones, igualmente válidas que otros datos; y que en muchas ocasiones reflejan una intencionalidad por generar un diálogo incluyente, colaborativo y autoreflexivo.

Para continuar estas reflexiones, sería muy oportuno profundizar en los aspectos problemáticos o que dificultan el llevar a cabo estos procesos. En ocasiones, no es tan sencillo entrar al “campo”. Hay condiciones que pueden resultar muy desfavorables, como llegar en un momento inoportuno, no conocer los códigos locales y, por lo tanto, cometer actos que puedan ser vistos como ofensivos, o incluso perjudicar con tus acciones a las personas que te están apoyando. En mi caso, la pandemia por el Covid-19 trastocó los planes para seguir interactuando de manera presencial en la comunidad, pero también abrió otras posibilidades que dan muestran de la flexibilidad y adaptabilidad de las estrategias etnográficas.

Para concluir, me gustaría compartir un recuerdo del momento en que sentí que comenzaba a volverme “parte del paisaje”. En una de las reuniones de la cooperativa llegaron de visita autoridades del ayuntamiento. Estaban promocionando un curso para aprender la técnica del ocochal, y que se impartiría en la Casa de la Cultura de Jocotepec. Las artesanas de la cooperativa tenían alrededor de dos años trabajando con esa técnica y las autoridades acudieron a invitarlas para que compartieran sus conocimientos con otras artesanas del municipio. Hasta ese momento, lo que había observado era una muy buena disposición de la cooperativa para colaborar en todos los proyectos gubernamentales, lo que obviamente se traducía en apoyos para ellas; pero en esta ocasión fue diferente. La sesión transcurrió de manera normal, las artesanas dijeron que estaban agradecidas de que se les tomara en cuenta para participar y que con gusto asistirían al taller. Las autoridades se despidieron, las maestras y alumnado del ITESO también se retiró, y cuando estaba a punto de salir, las artesanas me dijeron que esperara porque iban a platicar sobre la invitación al taller. Me sorprendió que me pidieran que me quedara, por lo que la expectativa aumentó. Resulta que yo no me había percatado que estaban molestas, porque de hecho no lo habían manifestado, pero sentían que las autoridades del municipio se estaban apropiando de su iniciativa y ahora querían hacer una difusión masiva de la “nueva” artesanía. Por lo que al retirarse las autoridades, comenzaron a discutir sobre la conveniencia de asistir a la capacitación y querían saber mi opinión. Todo lo anterior hubiera sido muy difícil de comprender sin el proceso de contacto continuo y la convivencia cercana con las integrantes de la cooperativa; lo que además implicó estar en el momento preciso y presenciar las dinámicas entre los agentes externos y las mujeres artesanas, requerimientos fundamentales para el método etnográfico.

DECLARACIÓN SOBRE CONFLICTOS DE INTERÉS

Este trabajo de investigación no tiene influencia de ningún agente u organismo. Se desprende de un proyecto académico sin intereses particulares o personales y en ninguna fase de su proceso se comprometió su rigurosidad e integridad.

AGRADECIMIENTOS

Agradezco enormemente a las mujeres y familias artesanas de San Cristóbal Zapotitlán por todo su apoyo; a mis asesores Patricia Safa y Jorge Aceves a quienes debo mucho; así como a Salvador Durán por permitirme el uso de sus fotografías y su acompañamiento. De manera fundamental agradezco al Centro de Investigaciones y Estudios Antropológicos (CIESAS) unidad Occidente su interés en el proyecto y al Consejo Nacional de Humanidades, Ciencias y Tecnologías (CONAHCYT) por los recursos para realizar esta investigación.

REFERENCIAS

Aceves, J. E. (2017). La historia oral y su praxis actual: Recursos metodológicos, estrategia analítica y toma de decisiones. In G. D. Arellano, & J. E. Lozano (Eds.), Entrevistar ¿para qué? Múltiples escuchas desde diversos cuadrantes (pp. 64-90). Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora.

Alegre-Agís, E., & Fernández-Garrido, S. (2019). Introducción. Cuando la voz tiembla y la disculpa incorporada emerge: etnografías como enfoque metodológico. In E. Alegre-Agís, & S. Fernández-Garrido (Eds.), Autoetnografías, cuerpo y emociones (I). Perspectivas metodológicas en la investigación en salud (pp. 17-32). Publicacions URV. Retrieved from https://llibres.urv.cat/index.php/purv/catalog/book/407

Álvarez, C., & Amador, J. C. (2016). Historias de familia. El marco ampliado de las historias de vida. Folios(46), 29-39. Obtenido de https://revistas.upn.edu.co/index.php/RF/article/view/6297

Blanco, M. (2012). Autoetnografía: una forma narrativa de generación de conocimientos. Andamios, 9(19), 49-74. doi:https://doi.org/10.29092/uacm.v9i19.390

De Garay, G. (2013). La entrevista de historia de vida: construcción y lecturas. In G. D. Garay (Ed.), Cuéntame tu vida. Historia oral: historias de vida (pp. 16-28). Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora.

Denzin, N. K. (2017). Autoetnografía Interpretativa. Investigación Cualitativa, 2(1), 81-90. Obtenido de https://www.academia.edu/33544214/Autoetnograf%C3%ADa_Interpretativa

Ellis, C., Adams, T., & Bochner, A. (2015). Autoetnografía: un panorama. Astrolabio(14), 249-273. doi:https://doi.org/10.55441/1668.7515.n14.11626

Guber, R. (2019). La etnografía: Método, campo y reflexividad. Siglo XXI Editores.

Hiernaux, D., & González, C. I. (2014). Turismo y gentrificación: pistas teóricas sobre una articulación. Revista de Geografía Norte Grande(58), 55-70. doi:https://doi.org/10.4067/S0718-34022014000200004

Instituto Nacional de Estadística y Geografía. (2020). Censo de Población y Vivienda 2020. Obtenido de https://www.inegi.org.mx/app/scitel/Default?ev=9

Pink, S., Horst, H., Postill, J., Hjorth, L., Lewis, T., & Tacchi, J. (2019). Etnografía digital. Ediciones Morata. Retrieved from https://institutorambell.blogspot.com/2023/02/etnografia-digital-principios-y-practica.html

Restrepo, E. (2018). Etnografía: alcances, técnicas y éticas. Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Obtenido de https://n2t.net/ark:/13683/ph6y/YKK

Safa, P., & Aceves, J. E. (2009). Relatos de familias en situación de crisis: memorias de malestar y construcción de sentido. Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social.

Torrado, S. (1981). Estrategias familiares de vida en América latina: la familia como unidad de investigación censal. Notas de Población(8), 55-105. Obtenido de https://hdl.handle.net/11362/12641

Villarreal, M. (2002). Las nuevas mujeres del maíz: voces fragmentadas en el mercado global. In G. D. Peña, & L. Vázquez (Eds.), La antropología sociocultural en México del milenio: Búsquedas, encuentros y transiciones (pp. 419-454). Fondo de Cultura Económica.

Zepeda-Cazarez, N. (2022). Manos de maíz y palma: familias campesinas y mujeres artesanas en la ruralidad de San Cristóbal Zapotitlán, Jocotepec. CIESAS Repositorio institucional. Obtenido de https://ciesas.repositorioinstitucional.mx/jspui/bitstream/1015/1521/1/TE%20Z.C.%202022%20Natalia%20Zepeda%20Cazarez.pdf

Notas

[1] Los antecedentes de la autoetnografía se encuentran en los relatos autobiográficos sobre la experiencia en el campo. En la actualidad su intención es enfatizar los aspectos éticos de la investigación y mostrar el posicionamiento de quien la realiza.
[2] Como podrían ser encuestas, entrevistas, observación participante y residencia prolongada con los sujetos y en los espacios de estudio.
[3] La observación participante implica introducirse durante cierto tiempo en un contexto y grupo social determinado con el objetivo de observar de primera mano sus interacciones y convivir de manera cercana con los interlocutores.
[4] Aunque la etnografía digital o netnografía no estaba contemplada como una estrategia formal en la investigación, fue necesaria, dado los nuevos escenarios que se presentaron por la pandemia. Las nuevas tecnologías ofrecen otras formas de participar en los entornos de investigación emergentes; sustituyen la presencia directa por un contacto mediado (Pink et al., 2019).
[5] En una autobiografía, el autor escribe de manera selectiva sobre sus experiencias pasadas y las reconfigura a través de una mirada retrospectiva. En la autoetnografía, estas experiencias se construyen como epifanías que surgen y son posibles gracias a una cultura y una identidad cultural particular (Ellis et al., 2015). Estas epifanías son momentos interaccionales que dejan marcas y alteran las estructuras fundamentales de significado en la vida de una persona (Denzin, 2017).
[6] Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente.
[7] Universidad del Valle de Atemajac.
[8] El análisis de la ruralidad resultaría fundamental para comenzar el trabajo de campo.
[9] Poblaciones cercanas a Guadalajara y colindantes con el Lago de Chapala en Jalisco, México.
[10] Invernaderos para el cultivo de frutos rojos.
[11] El Censo de Población y Vivienda 2020 reportana población total de 2,607 habitantes: 1,333 mujeres y 1,274 hombres (Instituto Nacional de Estadística y Geografía, 2020).
[12] La gentrificación refiere a los procesos de desplazamiento espacial de una población de menor perfil económico por otra de mayores ingresos y capital cultural (Hiernaux & González, 2014). En San Cristóbal sobre todo se impulsa por el turismo, los asentamientos de jubilados, residencias vacacionales o de fin de semana.
[13] Debido al objetivo del presente texto, no profundizo en la construcción teórico-metodológica del proyecto, ya que el enfoque es centrar la mirada en la entrada a campo y en la experiencia etnográfica, sin desconocer su necesaria articulación con los fundamentos teóricos de la investigación.
[14] Entiendo como estrategias familiares de vida los comportamientos de las familias como agentes sociales que, determinadas por su posición social y su contexto histórico, llevan a cabo para asegurar su producción y reproducción; así como para desarrollar todas aquellas prácticas económicas y no económicas indispensables para sus miembros (Torrado, 1981).

Información adicional

Para citar este artículo: Zepeda-Cazarez, N. (2025). Al encuentro con la etnografía: reflexiones autoetnográficas sobre la entrada a campo y sus posibilidades. Jangwa Pana, 24(2), e5678. doi: https://doi.org/10.21676/16574923.5678

Tipología: Artículo de reflexión

Información adicional

redalyc-journal-id: 5880



Buscar:
Ir a la Página
IR
Visor de artículos científicos generados a partir de XML-JATS por