Sección General

Recepción: 13 Octubre 2024
Aprobación: 21 Enero 2025
DOI: https://doi.org/10.21676/16574923.6234
Resumen: Este texto pretende diseñar, desarrollar y presentar un nuevo concepto analítico enmarcado en la teoría de la frontera para el estudio de los procesos de integración cultural de los grupos de inmigrantes culturalmente diversos y sin ciudadanía nativa. Los cambios derivados de los más recientes circuitos migratorios Sur-Sur y el asentamiento temporal o definitivo de personas en nuevas regiones de atracción de estos traslados plantean distintos horizontes, campos y sujetos de investigación. Para abordar este tema, se utiliza una metodología deductivo-inductiva, instrumentando diversas fuentes bibliográficas y un estudio de caso etnográfico localizado en la ciudad de Tijuana, México. Así se concreta la noción de fronteras internas, cuya originalidad radica en la desagregación y oposición abstracta entre las dimensiones estatal y étnico-nacional para problematizar la construcción social de las naciones latinoamericanas y sus posibilidades de integrar a los recién llegados sin menoscabo de sus identidades culturales. El caso de estudio muestra las barreras a la integración de los inmigrantes del sur por el rechazo a la alteridad alóctona expresada en relaciones de subalternización.
Palabras clave: inmigrantes, extranjeros, identidad cultural, nacionalismo cultural, México.
Abstract: This paper seeks to introduce a new analytical concept within Border Theory for the study of cultural integration processes of culturally diverse immigrant groups without native citizenship. The changes derived from the new South-South migratory circuits and the temporary or permanent settlement of immigrants in new regions of migratory attraction raise new horizons, fields and topics of research. For this purpose, I use a deductive-inductive methodology, drawing on various bibliographical sources and an ethnographic case study located in the city of Tijuana, Mexico. Thus, the concept of inner borders, whose originality lies in the analytical disaggregation and abstract opposition between the state and ethnic-national dimensions, is used to problematize the social construction of Latin American nations and their ability to integrate newcomers without undermining their cultural identities.
Keywords: Immigrants, Non-Citizens, Cultural Identity, Cultural Nationalism, Mexico.
INTRODUCCIÓN
Actualmente, los procesos migratorios a escala mundial persisten más allá de los cambios en la globalización iniciada tres décadas atrás. Aunque en el presente se observa una regionalización en las políticas de libre mercado, los circuitos migratorios mantienen su intensidad e integran nuevas áreas de expulsión, tránsito y (re)asentamiento. Es el caso, relacionado con el tema de este texto, de la denominada movilidad Sur-Sur en América.
Los nuevos circuitos migratorios entre ciertas naciones periféricas son ya conocidos en la literatura especializada, que constata hasta once corredores intrarregionales en América Latina y el Caribe integrados en —o vinculados con— los corredores históricos central, del este y del oeste (Álvarez et al., 2021; Organización Internacional del Trabajo [OIT], 2016). Además, ante la evolución de las tensiones entre movilidad y restricciones estatales, los espacios fronterizos internacionales se erigen en «elemento nodal en la configuración y dinámica de los corredores migratorios» (Álvarez et al., 2021, p. 6).
Consecuentemente, ciertas naciones y regiones latinoamericanas están recibiendo nuevos flujos inmigratorios internacionales, fenómeno que las administraciones públicas caracterizan como desafíos al orden interno. En paralelo, las sociedades receptoras, o sectores de ellas, están experimentando una suerte de ansiedad cultural expresada en discursos y acciones antiinmigrantes, xenófobas y racistas ante el renovado contacto intercultural y la emergencia de patrones pluriculturales insólitos (Toledo-Sarracino & García-Landa, 2018).
Este escrito deriva de reflexiones surgidas al calor de los primeros resultados de una investigación cualitativa desarrollada en la ciudad de Tijuana durante 2022 y 2023 con inmigrantes de cuatro países latinoamericanos que tuvo como objetivo principal determinar los procesos de integración en la sociedad fronteriza mexicana. Los próximos apartados servirán para reflexionar sobre ciertos hallazgos desde otra perspectiva teórica, la de las fronteras, esta vez orientada hacia la resolución de nuevas tramas y preguntas surgidas del susodicho estudio.
Ante todo, se propone aquí el concepto de fronteras internas para analizar las articulaciones y los conflictos culturales entre residentes de Tijuana y nuevos inmigrados alóctonos constatados en la etnografía previa. Bajo dicho principio operan las nociones de etnicidad y nacionalismo, que remiten a los estudios sobre política y cultura entroncados con la teoría de la frontera (Michaelsen & Johnson, 2003), y sobre todo con aquellas investigaciones históricas, antropológicas y metodológicas espacialmente ubicadas (Donnan & Wilson, 2010; Grimson, 2003, 2020; Kearney, 1999; Sahlins, 1991; Vila, 2004).
Mientras la literatura sobre migraciones establece modelos de integración que remiten al fenómeno del contacto intercultural, estos procesos son explicados por mediciones e indicadores aplicados bien a los inmigrantes o bien a la institucionalidad del lugar de destino, pero rara vez a la dialéctica intersubjetiva entre residentes y foráneos. Ahora bien, la convivencia en proceso debe ser abordada como un sistema de relaciones socioculturales interdependientes, donde las características del grupo residente son determinantes para comprender el curso efectivo del asentamiento y sus obstáculos.
Modelos de integración y cuestiones de interculturalidad
Las fronteras, las significativas según Kearney (1999), son o fungen como sistemas clasificatorios. Ahora, el problema de diluir el concepto en múltiples redes de significado que operan como mecanismo de categorización es notable. Así, las fronteras geopolíticas, las étnicas, las del género, las de la diversidad sexual, las de la edad… todas las del ámbito humano pueden aprehenderse desde esta perspectiva, que no deja de ser una de tantas definiciones de cultura.
No obstante, al resaltar la cuestión económica del valor, Kearney (1999) establece un instrumento analítico con potencialidades holísticas basándose en la clásica dialéctica antropológica entre diversidad cultural y desigualdad social. Precisamente, ambos tópicos conforman las aproximaciones de los investigadores a los procesos de asentamiento de los inmigrados en los países de destino, aunque no siempre se trate de poblaciones vulnerables, sino que exhiben diversos rangos de subalternidad.
Entonces, los estudios sobre la integración de los migrantes internacionales han estado caracterizados por la doxa al equiparar al migrante con bajo estatus socioeconómico. Así, la literatura existente da cuenta de los obstáculos económicos, educativos, jurídicos y lingüísticos que afrontan estas personas tras establecerse en alguna región del centro mundial (Gil-Araújo, 2006). Este fenómeno se debe a que, mayormente, los estudios al respecto han surgido en estos países, lo que resulta en una desventaja científica ante la emergencia de nuevos corredores migratorios acotados a las regiones periféricas mundiales, donde las condiciones de todo tipo difieren de los modelos metropolitanos que se presentan con dos perfiles claros: Estados Unidos y Europa occidental[1]. El primer referente es sobradamente conocido en las academias mexicana y centroamericana; el segundo ha sido ampliamente abordado, por razones obvias, desde las contrapartes sudamericanas.
«Melting pot», «Salad Bowl», «enclave étnico» y «gueto» son las nociones clave para describir el fenómeno migratorio y su inserción en Estados Unidos de 1850 a la actualidad. El modelo denota una persistente tensión entre la asimilación y la segregación. Por una parte, la asimilación operó con varias velocidades en correspondencia con el origen étnico y nacional. Así, inmigrantes irlandeses, italianos o judíos oscilaron entre las dos situaciones por décadas. Por otra parte, grupos étnicos con ciudadanía como afroamericanos e indígenas consolidaron una historia de segregación y desigualdad social extrema con ciertas características compartidas con otros grupos nacionales como chinos, japoneses, mexicanos y otros latinoamericanos.
De tal suerte, el patrón predominante de asentamiento urbano, el enclave étnico, mantiene cinco elementos definitorios: son zonas de exclusión espacial, de uniformidad étnica, subordinación socioeconómica y política, estigmatización y criminalización (Trapaga & Padilla, 2019). Estas dinámicas prevalecen en la actualidad junto a un giro multiculturalista, a tono con otros países de la órbita anglosajona, representado por el término «Salad Bowl», no exento de análisis crítico tanto social como académico (Macleod, 2021; Mahfouz, 2013) ya que la asimilación cultural persiste como medio de ascenso social.
Frente a este bagaje, las academias del sur han desarrollado marcos analíticos tributarios de las escuelas centrales, con prevalencia empírica del fenómeno migratorio y supeditando el inmigratorio. No obstante, y derivado de los acontecimientos finiseculares, se cuenta con dos décadas de incipientes investigaciones sociales en torno a varios corredores migratorios Sur-Sur y su gestión desde las naciones-Estado latinoamericanas. Entre estas, las principales preocupaciones científicas giran, precisamente, en torno a la integración de los nuevos inmigrados (Domenech, 2004; Paniagua-Arguedas, 2006; Sandoval, 2002; Uriarte-Bálsamo, 2006; Uriarte-Bálsamo & Montealegre, 2018; Zelaya, 2016). Las temáticas de estos trabajos redundan en discusiones y análisis a propósito de nuevos inmigrados, conflictos interculturales, etnocentrismo y asimilación monocultural.
Los nuevos corredores americanos, a su vez, entroncan con los corredores provenientes de África y Asia, configurando un sistema mundial de circuitos migratorios Sur-Norte y Sur-Sur. Ahora bien, ¿qué modelos de integración y marcos analíticos sobre inmigración se imponen en esta literatura reciente? El latinoamericano, cuando existe tal dispositivo de ingeniería social, equivale al susodicho melting pot, al crisol de culturas de las naciones del Cono Sur, al mestizaje mexicano como estándar unívoco de aculturación. Entretanto, el colonialista, implantado en la región para las sociedades aborígenes, parece instrumentarse igualmente para la diversidad alóctona (Félix, 2021).
El proceso hegemónico de asimilación opera mediante la educación pública obligatoria y la hostilidad cultural (Domenech, 2004; Paniagua-Arguedas, 2006; Sandoval, 2002). Entre otros, se instrumentan marcos teóricos orientados al análisis de los discursos y las instituciones, con metodologías basadas en el diseño de matrices de medición de la discriminación o modelos cualitativos orientados a la visión del actor, esto es, el inmigrante.
El proceso de integración, por su parte, es abordado desde el concepto de inserción (educativa, laboral y habitacional), describiendo cualitativamente un panorama general de no integración cultural regido por la xenofobia, el racismo y los sentimientos antiinmigrante (Boric et al., 2021; Cavalcanti et al., 2019; Domenech, 2004; Pérez-Roa & Galaz, 2021; Rojas & Koechlin, 2017). Mientras tanto, entre los postulados sociales sobre migración en la producción científica reciente se destacan el transnacionalismo y la teoría de redes (Cavalcanti et al., 2019; Pedone & Alfaro, 2018).
En suma, el modelo latinoamericano pretende la asimilación forzosa a la identidad hegemónica nacional mientras reserva, en primera instancia, las posiciones más bajas de la esfera socioeconómica para el mayor contingente posible de inmigrantes de las periferias mundiales. Este fenómeno ocurre al mismo tiempo que los flujos y los circuitos no dejan de ampliarse e intensificarse.
Las fronteras internas
Como se deduce de lo anterior, la integración de los nuevos inmigrados en regiones del sur de América se topa con, al menos, la cuestión de la identidad nacional. Su antagonista —esto es, el extranjero— ha sido configurado históricamente como un ente indeseable (Schwarz, 2012). Partiendo del concepto de identidad predatoria (Appadurai, 2007) y del esquema teórico de las fronteras étnicas (Barth, 1976), el estudio de Trapaga y Padilla (2019) bosquejó el término «microfronteras sociales» para analizar el rechazo a la inmigración centroamericana en la frontera norte mexicana. Asimismo, previamente otros autores habían empleado «frontera simbólica» como herramienta analítica ante el mismo fenómeno (Paniagua-Arguedas, 2006).
Ahora bien, es preciso observar que en caso de «microfonteras sociales» la fuerza de la idea se debilita al no corresponder necesariamente con la dimensión espacial ni el nivel de escala. Por su parte, el término «frontera simbólica» pierde agudeza y concreción por la vaguedad del calificativo simbólico, esfera que alude a infinidad de acciones humanas y mejor definibles como cultura. En consecuencia, se propone en este trabajo un concepto menos impertinente con respecto al objetivo de este texto: desentrañar la función del etnocentrismo nacionalista respecto al panorama empírico de xenofobia y racismo contra las poblaciones inmigradas en el contexto mexicano de movilidad Sur-Sur.
Con «fronteras internas» se alude habitualmente en la literatura científico-social a aquellas delimitaciones convencionales entre entes de carácter político-administrativo de una misma nación-Estado (Rodríguez-Torrent et al., 2018). Eventualmente, alude también a los intersticios en los sistemas urbanos, interinstitucionales o de gobierno en general. Bajo esta última acepción, se ha empleado para definir los obstáculos cotidianos que las maquinarias burocráticas de los países ponen a la inmigración en el acceso a sus derechos humanos como mecanismo de inclusión y exclusión discrecional (Pérez et al., 2019).
De igual forma, la frontera interna es definida como «lugar simbólico donde simultánea y dialécticamente se producen y reproducen los significados con los que el sujeto se percibe a sí mismo» (Pech et al., 2009, p. 40). Visto así, este concepto, concebido desde la comunicación intercultural, entra necesariamente en diálogo con la presente propuesta, aunque reiterándose la misma confusión que en el término «microfronteras» por ser metáforas cuyo referente es un espacio o alude a diversas escalas geográficas. Las barreras del etnocentrismo carecen de un territorio necesario, atributo acentuado por las actuales condiciones de globalización económica.
«Ihre innern Grenzen». Así se refiere Fichte (1984) a la objeción levantada ante el extranjero y generada «por la naturaleza espiritual del hombre mismo», origen a su vez de la lengua, que lo es a su vez de la unidad lingüística de un pueblo aborigen (Urvolk) (Balibar, 2011; Goddard, 2012). De tal modo se expresa una nación y sus fronteras internas ante los inmigrantes, en particular ante la acogida mortal del foráneo, esto es, frente al contacto intercultural que «amenaza la identidad espiritual» (Balibar, 2011) de la comunidad nativa. Entonces, la esencia étnico-nacional no radica más en las fronteras externas (außer begrenzung) ni en los ancestros comunes, ni siquiera en los elementos naturales contenidos por las fronteras exteriores, sino en la especificidad lingüística y espiritual, es decir, en la esencia cultural que genera un tipo nacional único, una identidad sin par.
Frente a la «lengua verdadera», considerada baluarte identitario nacional, las fronteras externas son generadas por el Estado. Esta acepción integra los límites geopolíticos, los fundamentos jurídicos de la soberanía, los aparatos burocráticos, incluso las prácticas internas de las instituciones que excluyen a ciertos sujetos de sus derechos humanos (Pérez et al. 2019). La relación interdependiente entre lo cultural (etnia, nación) y lo político (Estado) somete a este último como consecuencia de la existencia de un genio particular étnico-nacional (Fichte, 1984). Aquí radica la fuerza analítica del enunciado fichteano para los intereses de este artículo: en la disociación, primero, y en la elucidación, después, de la relación nación-Estado y su secuencia, etnicidad-ciudadanía.
La sucesión casuística nación-Estado tiene, en Fichte, un colofón dialéctico: para que triunfe la primera, esta debe ser instruida según la nueva educación, que no es sino una formación espiritual (Betreuung) colectiva y «propia de alemanes». Necesariamente, la tarea de dicha enseñanza, cultural nacionalista, recae sobre el segundo componente. Al parecer, este es un concepto coherente con el nacionalismo moderno y con el surgimiento histórico de las naciones-Estado con su sistema social e ideológico. Sin embargo, la particularidad del legado de Fichte radica en su concepción de la etnicidad —y de la alemana en concreto— por obvios intereses políticos dentro de una coyuntura histórica determinada por la invasión napoleónica donde las fronteras externas desaparecieron. ¿Qué relación teórica se da, entonces, entre etnia, nación y Estado?
La etnicidad, la etnia y todo su campo semántico surgen histórica y empíricamente del etnocentrismo consustancial a los grupos humanos (Giménez-Montiel, 2006). Así, esta noción se corresponde con los sinónimos «alteridad» y «otredad» en el conjunto de la jerga antropológica. Esta primera precisión es fundamental para el ulterior abordaje del término «nación» y su par, la «etnia», al establecer parámetros de desigualdad intergrupal.
Aún hoy, la etnicidad es un término disputado. Cualquier proyecto colectivo o individual para establecer de forma científica el carácter distintivo de una etnia (Real Academia Española, s. f.-a) se ha detenido ante sus propiedades subjetivas. Si bien las primigenias aproximaciones apuntan a los rasgos primordiales (subjetiva e históricamente establecidos), Barth (1976) afirma que el consenso antropológico vigente resalta su carácter situacional, relacional y procesual. Dicho autor, de hecho, completó el giro teórico y ontológico más radical a las perspectivas reinantes hasta entonces cambiando la perspectiva del sustantivismo cultural al esquema relacional apoyado en el concepto fronteras étnicas.
Dada su relevancia para la presente propuesta, vale la pena resumir en las próximas líneas los ejes programáticos desarrollados por Barth (1976) y sus colegas de la academia noruega. Para esta escuela, la identidad étnica se establece, negocia y desarrolla en —y mediante— el contacto entre dos o más grupos étnicos. Más que la «posesión» de una cultura unitaria y distintiva, estos colectivos fungen como prototipos de organización social en que la dicotomía autoadscripción y exoadscripción opera dialógicamente para determinar pertenencias e identidades propias y ajenas.
En síntesis, la etnicidad es un sistema comunicativo de clasificación cuya función social es dotar de organización al grupo humano y establecer, así, pautas de conducta, valores y discursos aceptados y comprensibles por otras comunidades que establezcan idénticos límites, esto es, subjetivamente se consideren diferentes y miembros de una unidad (Barth, 1976). Estos son límites sociales más que territoriales, geográficos o ecológicos, en sintonía con la intuitiva definición fichteana de fronteras: generan esquemas de interacción que permiten la reciprocidad simbólica, de objetos y de personas, así como la persistencia de estos límites o su disolución por aculturación. Acorde a su orientación socioantropológica, más allá de la instrumentación de símbolos, la pertenencia a un colectivo se sanciona por la conducta social, por un modo de ser mexicano, hondureño o estadunidense.
A contrapelo con estas bases mínimas de la teoría de las fronteras étnicas, críticas recientes señalan de nueva cuenta la invención de características primordiales basadas en la construcción social de parentescos como elementos clave y definitorios de la etnicidad, acusando a la propuesta noruega de falta de rigor al especificar lo étnico del esquema de interacción (Giménez-Montiel, 2006). Para estos críticos, el planteamiento de esa escuela es tan difuso que sirve para cualquier criterio de clasificación social: género, edad, clase, etcétera, reiterando al parentesco real o imaginario como material cultural generador de etnicidad[2] (Giménez-Montiel, 2006).
No obstante, diversas aportaciones teóricas y empíricas contemporáneas al debate de la etnicidad cuestionan convincentemente este survival primordialista. Para fines de la argumentación, se abordará aquí un solo tema de contraste: los estudios con base en la etnogénesis en tanto propuesta analítica y proceso social empírico. La etnogénesis se puede definir como «proceso histórico de configuración de colectividades étnicas como resultado de migraciones, invasiones, conquistas, fisiones y fusiones», así como «los recurrentes procesos de emergencia social y política de los grupos tradicionalmente sometidos a relaciones de dominación» (Bartolomé, 2006, p. 39).
En realidad, más allá de las visiones esencialistas, la etnicidad demuestra caracterizarse más por su plasticidad y adaptabilidad que por cierta unidad cultural estática. Una somera mirada a la historia mundial moderna y contemporánea confirmaría la tendencia autopoyética de los sistemas culturales definidos como etnias y naciones.
Estos procesos de poiesis étnica son expresiones de agencia y coinciden con el caso histórico de los movimientos etnonacionalistas. En consonancia con el etnocentrismo, los nacionalismos reivindican diversos grados de superioridad sobre quienes definen como extranjeros. Tal movimiento (y sentimiento) funge como legitimador del Estado moderno; sus objetivos manifiestos aspiran a unificar la supuesta unidad cultural o étnica con la unidad política de un Estado presente, pasado o futuro. «El nacionalismo engendra a las naciones, no a la inversa» (Gellner, 1988, p. 80).
En un proceso de etnogénesis, los movimientos nacionalistas cristalizaron «nuevas unidades [políticas], una cristalización posible gracias a las nuevas condiciones que imperan» (Gellner, 1988, p. 71). Ya que la homogeneidad étnica fortalece la legitimidad política, es obvio que la divergencia étnica presente en la unidad político-territorial tenderá a ser asimilada, eliminada o expulsada. Es así como se erigieron las naciones y como nuevos grupos étnicos de cultura normativa (civilizaciones) integraron otros de cultura primaria.
De manera que la nación es una forma de etnicidad en cuya etnogénesis se asoció a una administración estatal (Staatsnation, Gesamtstaat) y cuyos activos son culturales y políticos, en todo caso de orden subjetivo, producto de las voluntades. Retomando el leitmotiv del texto: la nación otorga etnicidad, esto es, una identidad y una agencia acotadas por la disposición clasificatoria; el Estado, en cambio, otorga ciudadanía[3]. En el próximo apartado se definirá la noción propuesta, fronteras internas, desarrollando su fuerza analítica y pertinencia con respecto a las perspectivas expresadas en el estado del arte.
La noción de frontera interna
Este orden discursivo lleva al punto de partida, es decir, al planteamiento de un nuevo concepto analítico que problematice las relaciones entre nación y Estado en el marco de la integración de las minorías culturales alóctonas. Cabe anotar que esta cuestión debe ser caracterizada como parte de las políticas de identidad y de la antropología «de la constitución, diferenciación e integración de las sociedades contemporáneas» (Dietz, 2012, p. 14). En este sentido, como se subrayó previamente, la presente propuesta rebasa el ámbito de las teorías migratorias, aun reconociendo la sintonía con algunos aspectos de la teoría transnacional y con los postulados de la integración cultural.
Por lo tanto, la teoría de la frontera debe tomarse como marco amplio de la noción propuesta de frontera interna ya que es una teoría cultural y se piensa mediante el empirismo de las fronteras simbólicas y la epistemología de las disciplinas académicas[4]. Vila (2000), en particular, emplea la metáfora del reforzador de fronteras (border reinforcement) para instrumentar una metodología analítica centrada en las narrativas en tanto materiales de los procesos identitarios de constitución y diferenciación. Esta perspectiva considera al tropo fronterizo como barreras a la comunicación intercultural (interétnica), en oposición dicotómica al tropo fronterizo de los puentes, esto es, del encuentro cultural. Como se señaló arriba, desde la perspectiva relacional, procesual y situacional de Barth (1976), ambas funciones operan colegiadamente.
Considerando todo lo anterior, se puede definir la frontera interna como el dispositivo cultural con funciones clasificatorias para dirigir las conductas públicas aceptables y para construir identidades sociales y pautas de interacción intercultural basadas en valores y creencias de cada grupo particular, cuyo principal criterio ordenador es la etnicidad nacionalista. Este constructo opera como condición y obstáculo a la comunicación intercultural en determinadas situaciones sociales y procesos de alterización integrados en cada diseño concreto de frontera interna. Por ende, su actividad se visibiliza en circunstancias de contacto intercultural derivado de migraciones internacionales pasadas, presentes y futuras.
En línea con las obras de Pablo Vila, la frontera interna debe considerarse un mecanismo de contención, asimilación, segregación o, incluso, supresión de la alteridad nacionalista y que, por medio de valores culturales, genera esquemas de desigualdad. Por ejemplo, los nacionalismos contemporáneos definidos como identidades predatorias son movilizados contra sus alteridades históricamente minorizadas con fines políticos: la conquista del aparato estatal (Appadurai, 2007).
Un aspecto aún por dirimir son las minorías nacionales, aquellas particularidades étnico-nacionales subalternas mas con ciudadanía formal. En contraste con Chávez (2017), la presente reflexión entiende que la ciudadanía es una de las características básicas de las fronteras externas, esto es, son atributos de la administración estatal. Por ende, al menos, el concepto aquí en desarrollo está acotado a la alteridad cultural alóctona, excluida de la ciudadanía de iure y de facto.
La frontera interna en una ciudad fronteriza: Tijuana, México
De enero a octubre de 2022 se desarrolló un trabajo de campo combinando técnicas de etnografía digital y virtual junto a otros contactos cara a cara en varias ubicaciones del municipio de Tijuana, aunque las jornadas digitales se prolongaron esporádicamente unos meses más, hasta febrero de 2023. El principal objetivo de esta metodología fue conocer cómo los inmigrados del Sur global estaban apropiándose de su nuevo asentamiento y, en general, de sus nuevas vidas durante el proceso de integración social, económica y cultural. Por esta razón, los sujetos contactados contaban con ciertas características que delimitaban esta doble condición de inmigrante asentado y de originario de regiones periféricas mundiales.
En concreto, participaron personas con más de un año de residencia en Tijuana y de nacionalidades hondureña, haitiana, salvadoreña, colombiana y venezolana. En total, se sumaron diecinueve entrevistados: siete mujeres y doce hombres de entre 27 y 56 años. Entre estos sujetos, tres accedieron a continuar las entrevistas a profundidad para generar relatos de vida; otros tres concedieron otras tantas sesiones de conversaciones estructuradas abiertas; y los trece restantes expresaron su deseo de no registrar el audio de dicho instrumento de investigación. Hubo también varias aproximaciones adicionales a las comunidades de colombianos y cubanos, pero finalmente quedaron fuera de la investigación central.
Las principales fuentes de datos presenciales fueron las entrevistas a profundidad vis a vis orientadas a generar relatos de vida[5] y la observación participante en cinco espacios urbanos: tres negocios típicos, unas instalaciones deportivas, el consulado honorario de Haití en Tijuana y un templo cristiano. Por su parte, la exploración y los contactos en línea se basaron casi exclusivamente en las redes sociales (social media), reducidas efectivamente a tres de las plataformas dominantes del mercado latinoamericano.
La selección de redes sociales estuvo basada en dos criterios. En primer lugar, se hicieron búsquedas aleatorias considerando las publicaciones telemáticas como documentos públicos y abiertos, y se capturaron y analizaron los discursos asumiendo el lugar de un internauta más. En segundo lugar, se tuvieron en cuenta las autoadscripciones por parte de personas y grupos públicos y cerrados de inmigrantes latinoamericanos en Tijuana o Baja California. Posteriormente, se contactó al administrador de los grupos para solicitar permisos de acceso y presentar brevemente el proyecto. Así, con el segundo criterio, y según las interacciones vis a vis, se generó un listado de contactos de mensajería integrado por residentes fronterizos de las nacionalidades arriba señaladas.
Para los fines de este ensayo, los espacios digitales y físicos de contacto intercultural fueron los más significativos. En ellos se hallaron las referencias más abundantes y explícitas a la caracterización de las alteridades mexicanas representadas por residentes extranjeros de origen latinoamericano, amén como fuente del contacto y selección de entrevistados. Las redes sociales proclives a la interactividad, como los comentarios de YouTube, y las citadas canchas deportivas donde se enfrentaban diversos equipos de fútbol amateur contra el equipo Honduras F. C., también de aficionados, concentraron la recolección de materiales etnográficos base de este artículo.
En este caso de etnografía in situ, el proyecto fue presentado a los responsables del equipo de fútbol y a una parte amplia de los hondureños participantes. Semanalmente se acudía a los torneos, o cuando se recibía invitación por mensajería electrónica. La técnica principal desarrollada durante las competencias dominicales fue la observación participante, tomando posiciones variadas para recoger información cruzada mediante observación y conversaciones informales con los asistentes como público general y porras o barras de los equipos. En este último caso, la interacción se dio asumiendo el rol de un asistente o aficionado más.
DECLARACIÓN DE ASPECTOS ÉTICOS
Aunque en el apartado supra se adelantan algunas de las cuestiones éticas planteadas en el diseño y la ejecución metodológica en campo, es necesario hacer explícitos los ejes que rigieron esta dimensión ética del esfuerzo científico. Esta cuestión es, si cabe, más delicada para el marco mexicano de investigación antropológica ya que este no cuenta con un código deontológico formalizado y vinculante[6].
La guía ética aplicada en el diseño de la investigación parte de los cinco puntos propuestos y debatidos por Hammersley y Atkinson (1994):
El dispositivo interno-fronterizo en los discursos públicos
Del diseño y la ejecución en campo de la estrategia metodológica citada surgieron unas primeras lecturas y, necesariamente, reflexiones y nuevas preguntas heurísticas. Entre estas últimas, se destaca la inquietud en torno a las causas de la dificultad —reiteradamente percibida y expresada en las conversaciones— de estos inmigrantes para la integración cultural frente a la relativa facilidad para integrarse económica y espacialmente en la sociedad nativa fronteriza. Dicho interrogante fue central para la consecución de los planteamientos conceptuales y analíticos vertidos a continuación.
En primera instancia, cabe subrayar el carácter dual de los discursos etnocéntricos nacionalistas. Aunque se constata una amplia variabilidad por individuo y por país de origen, todas las personas entrevistadas y las presentes en el campo físico (por lenguaje corporal, segregación espacial, redes primarias de interacción, entre otros) y digital (por imágenes y textos) reforzaban las fronteras culturales respecto a sus opuestos, identificados principalmente como mexicanos, y al mismo tiempo frente a otras nacionalidades presentes en su campo de acción social cotidiana. Sin embargo, el dispositivo cultural de delimitación y oposición identitarias dista de ser constante. Más bien, se trata de una disposición latente con momentos donde se condensan los actos comunicativos que interpelan la alteridad y, en menor medida, la mismidad colectiva.
Esta intermitencia de las fronteras interpuestas en las relaciones cotidianas permite diversos grados de inserción e inclusión para las personas con etnicidades nacionales distintas a la autóctona, como se presentará al final de este apartado. Adicionalmente, las denominadas fronteras externas establecen condiciones y matices según la interpelación que asienta la administración pública ante las personas no ciudadanas, y que se expresa notablemente en la documentación migratoria o la carencia de esta.
En las fuentes presenciales, las entrevistas exhiben situaciones de hostilidad autóctona, y dichos episodios abundan particularmente en narrativas y condensaciones de sentido etnocéntrico orientadas a la expresión de relatos de vida. Partiendo de la discusión previa sobre etnicidad, a continuación se presenta la información obtenida por bloques analíticos.
Marcadores semánticos de la mismidad colectiva (cultura e identidad nacional)
Estas marcas discursivas fueron emitidas por personas inmigrantes de varias nacionalidades latinoamericanas en entrevistas a profundidad semiestructuradas y en otras técnicas de conversación más informales. En ocasiones, se plantearon ante una pregunta expresa, y en otras surgieron espontáneamente o formaban parte implícita del individuo; por ejemplo, mediante tatuajes con el término «guanaco»[7] en letras góticas sobre el torso.
Otros documentos con soporte corporal o de extensión corporal son los expedidos por autoridades gubernamentales. Es el caso de un inmigrante venezolano que no modificó su estatus legal en México durante una década para así inscribir en el registro civil a sus hijos, nacidos en México, como de padre venezolano. De esta forma, la filiación de una persona, ascendente o descendente, puede considerarse como una prolongación del propio cuerpo. Siguiendo este hilo de la progenie, una madre expresaba preocupación por la educación impartida en Tijuana a sus hijos por no ser consecuente con los valores hondureños basados en el respeto a la autoridad y a sus parientes mayores.
En general, las alusiones al grupo de parentesco remiten a connotaciones positivas del terruño, aun cuando se expresen en términos de duelo y memoria. Un elemento recurrente es la exhibición de símbolos patrios, principalmente banderas nacionales o sus colores. Entre las inmigrantes centroamericanas, este elemento se expresa mediante significantes futbolísticos, tanto para la pertenencia nacional como para la regional[8].
Otros símbolos identitarios son los billetes en moneda nacional, elementos de la naturaleza regional, efigies y retratos del presidente del país de origen[9]. Algunos ítems más de referencia son los paisajes autóctonos, la gastronomía propia, los modismos dialectales o la lengua nativa en el caso haitiano. Por último, cabe subrayar los actos de comunicación integrados y modulados en ceremonias sociales de origen espontáneo, como el beso a la bandera acompañado de una selfie en algunos de los centros sociales; específicamente, negocios de comida típica centroamericana.
Tampoco están exentas de autocrítica las narrativas del yo colectivo, a pesar de ser muy escasas. Una de estas apunta a los estereotipos de la mujer sudamericana, en el sentido de sexualización negativa de su cuerpo. En aras de evitar el estigma por los autóctonos o, en general, los no venezolanos/colombianos, uno de sus connacionales entrevistados señala, precisamente, una puesta en escena pública que exacerba e instrumenta esta identificación estereotipada.
Marcadores semánticos alóctonos sobre la alteridad mexicana
En general, las descripciones de la autoctonía se enfocan en la ciudad de Tijuana al tratarse de una investigación delimitada a ese municipio, donde todas las personas entrevistadas y contactadas residían en el momento del trabajo de campo. Las principales valoraciones positivas de ese espacio urbano se reducen a la movilidad socioeconómica ascendente que les otorga la residencia allí y, como se anotó arriba, en México, al compararla con las condiciones de vida en las regiones de inicio del proceso migratorio.
Por lo demás, la ciudad y la franja fronteriza en su conjunto se caracterizan por la falta de atractivo estético y paisajístico. El entorno árido destaca en esta valoración denostada, donde es recurrente el uso del término «peladero»[10] para referirse a Tijuana. Otros elementos calificativos al referente urbano de lo mexicano fueron «sucia» o «contaminada e insegura».
Precisamente, la violencia simbólica, verbal o psicológica y las diversas expresiones de acoso, que configuran en definitiva una violencia de orden cultural, son el tema recurrente en la visión elaborada de la identidad mexicana. La xenofobia y un hostigamiento percibido caracterizan el contacto cotidiano de estos inmigrantes en Tijuana y se concreta en diversos escenarios y sus situaciones; por ejemplo, en el sistema escolar por comentarios extracurriculares de docentes sobre Centroamérica. Igualmente, en espacios públicos, como servicios urbanos o establecimientos comerciales, se evita hablar con acento extranjero o incluso ni siquiera se pronuncia palabra para no ser inmediatamente etiquetado e interpelado. Con todo, los residentes más veteranos coinciden en una virulencia menor del rechazo con respecto al pasado reciente, cuando las agresiones llegaban al plano físico.
Esta violencia cultural, al sumar caracterizaciones por la fisonomía de las personas, también se manifiesta como racismo. La gerente de un restaurante haitiano, al ser cuestionada sobre su estancia en Tijuana, inmediatamente respondió: «Si tú eres racista conmigo, yo soy racista contigo». Estas imágenes de lo mexicano redundan en el reforzamiento de fronteras que pautan las relaciones sociales mutuas, contribuyen al proceso de construcción de las identidades y, eventualmente, impiden una convivencia pluricultural plena.
Tramas de significación sobre la alteridad extranjera en discursos autóctonos
Este bloque se alimenta de datos empíricos registrados en el diario de campo durante varias sesiones de la Liga de Fútbol Gran Tenochtitlan, celebradas en las canchas deportivas ubicadas en la colonia tijuanense del mismo nombre y con un equipo de fútbol en liza conformado exclusivamente por nacionales hondureños residentes en Baja California. Un segundo flujo de discursos fue retomado de un audiovisual elaborado por un influencer hondureño y difundido en una red social junto a los comentarios públicos en respuesta al mensaje inicial.
En el primer caso, se trata del registro en notas de campo de las expresiones emitidas por asistentes autoidentificados como mexicanos a los encuentros que disputaba el equipo de Honduras F. C. La delimitación de la membresía nacional estuvo facilitada por la separación por gradas de aficionados hondureños (grada sureste) y mexicanos (gradas suroeste y las dos gradas norte[11]). Como observador participativo, el investigador tomó acomodo en la grada suroeste, salvo en dos ocasiones. El discurso capturado en texto correspondió a conversaciones y comentarios espontáneos emitidos desde dicha tribuna. La representatividad de esta fuente se fundamenta en el carácter espontáneo, al natural, y público de las expresiones recogidas en un campo de contacto intercultural marcado por la puesta en escena de dos etnicidades socioespacialmente segregadas.
Por otra parte, el documento audiovisual elegido dentro de la pesquisa digital resultó especialmente significativo, entre una abundancia de contenidos similares, por aludir en específico a Tijuana y sus relaciones interétnicas entre autóctonos mexicanos y alóctonos hondureños. Este material consiste en un monólogo capturado en primer plano con un smartphone del youtuber «Gatito504honduritas», quien cuenta con 83.400 suscriptores en su canal, el cual él mismo define como «variado» y orientado a generar ingreso pecuniario por donaciones y audiencia (Gatito504honduritas, 2018).
La primera fuente etnográfica abunda en tramas de significación que denuestan, estigmatizan y etiquetan a la etnicidad hondureña bajo una serie de taxones semánticos basados en criterios corporales. El marco de sentido de estas expresiones está constituido por la competencia deportiva, por lo que las prácticas sociales y discursivas ostentan puntos de referencia a este contexto. Así, la trama principal, aquella que fundamentaba los léxicos subsiguientes, establecía que por ningún motivo el equipo hondureño debía ganar una sola liga; esto es, podían llevarse la victoria en partidos concretos, pero había que evitar a toda costa que lograran posicionarse entre los tres primeros puestos, que daban derecho a medalla y otras recompensas.
Este primer argumento autóctono se instrumenta mediante un pacto privado, que involucra a los árbitros, entre mexicanos miembros de equipos de fútbol y organizadores de las competencias estacionales. Tanto es así que, en casi una década de existencia, Honduras F. C. carece de un solo campeonato o subcampeonato. Dado este apriorismo, los enunciados espontáneos justifican los atípicos fracasos sobre la cancha bajo referentes de sentido corporales: «son niñas», «juegan como niñas» o «son marimachos porque nomás parecen hombres». En oposición, la mismidad colectiva «sí juegan como hombres; por eso les ganan, aunque tengan menos experiencia».
¿Qué características recibe la hombría en estas expresiones? Más allá de la agresividad, la disposición a agredir físicamente al rival, la rudeza, la firmeza corporal y el control de las emociones que se consideren una debilidad. Así, por ejemplo, a un hondureño tendido en el pasto y adolorido por una severa patada le cantan: «¡que le den… sopa de caracol!»[12]; ante una caída por carga del rival, «lo tumbó una hormiguita»; ante los reclamos por juego peligroso, una amonestación arbitral. En suma, se identifica hombría y mexicanidad, incluso entre las mujeres asistentes a las canchas.
Para cerrar con estos registros etnográficos, otras marcas semánticas sobre el cuerpo aluden a la raza, esto es, a significar peyorativamente atributos corporales propios de los jugadores hondureños. «¿Estos son negros?», inquirió un adulto mayor recién llegado a la grada. «Sí, algunos son morenos; no como los haitianos, que son puro moreno», le respondió un parroquiano. «¿A dónde va mi México ora que ya se llenó de negros?», concluyó, lastimero, el primer orador.
Por otra parte, el documento audiovisual rescatado durante la etnografía digital tiene como marco de comprensión el contenido provocativo emitido por Gatito504honduritas en su «canal variado» el 12 de diciembre de 2018, coincidente con el arribo de una caravana migrante a Tijuana. El video original superó las 84.000 visualizaciones y fue trending topic en la plataforma Google. Su título: Honduras va ah [sic] comprar Tijuana. En síntesis, el mensaje anuncia que dicho país adquirirá la mencionada ciudad al «auténtico» presidente de México, Donald Trump, pasando a ser territorio hondureño, de manera que los mexicanos que deseen quedarse «tendrán que ponerse las cinco estrellas [del lábaro patrio hondureño] sobre el pecho» y vivir como hondureños.
Entre las decenas de comentarios que recibió el documento, se retomarán para este relato analítico aquellos que aluden a las etnicidades implicadas, relegando los textos basados en otras temáticas que aluden a la idiosincrasia de la persona sin atributos o corolarios colectivos. La mayoría de los contenidos remiten a la violencia armada, entre los cuales la amenaza de muerte contra el youtuber o los nacionales hondureños son explícitas o implícitas.
Dentro de las manifestaciones de violencia explícitas, los internautas apelan al «narco mexicano»[13] y a términos relacionados a esta esfera o a alguna de las organizaciones delictivas mexicanas para que hagan efectiva la amenaza. Por otro lado, entre las alusiones implícitas al uso de las armas contra los «invasores» hondureños o de las caravanas migrantes en general se reitera una estrofa del himno nacional: «Mas si osare un extraño enemigo profanar con su planta tu suelo, piensa, ¡oh, patria querida!, que el cielo un soldado en cada hijo te dio».
Siguiendo este hilo del nacionalismo, en los textos más elaborados se vislumbra el modelo mexicano dominante con respecto a la integración de la diversidad cultural alóctona: asimilación o expulsión[14]. El foráneo debe renunciar a Honduras, reiterando la amenaza del uso de la violencia, como se aprecia en el siguiente comentario al video:
Si quieren vivir en Tijuana, sean trabajadores, y honrados, no unos vividores, y malagradecidos. Ahora que si se quieren quedar aquí en México, tendrán que renunciar a Honduras, vivan como mexicanos, aprendan y canten el himno nacional mexicano, utilicen la playera de la selección mexicana, aprendan sobre la cultura mexicana, porque Tijuana nunca (y escúchenlo bien), nunca seria [sic] ningún tipo de «nueva Honduras» (de eso se encargaran los tijuanenses ya sea por la buena, o por la mala)... si quieren vivir en Tijuana, aprendan a vivir como tijuanenses, ahora que si no quieren eso, pueden regresarse a su país. (@andresclyde4166, 2019)
Otro de los marcadores de mexicanidad junto al poder del narco y de la milicia, y según estos internautas, es el nivel de desarrollo, medido como poder económico: «la segunda potencia económica de América», afirma uno de ellos. En correspondencia, estas personas sitúan a los hondureños muy por debajo del poder mexicano, tanto que «ni vendiendo todos sus órganos» sería suficiente para comprar Tijuana. En suma, retomando el conjunto de fuentes, la etnicidad mexicana está construida sobre los pilares de la desigualdad y la jerarquización supremacista entre culturas, fisonomías y género, con prevalencia del uso de diversas violencias como garantes de esta relación deseada de dominación-subalternidad.
La influencia del dispositivo cultural de las fronteras internas con tal intensidad de animadversión por la alteridad alóctona supone per se una barrera a la coexistencia pluricultural y, asimismo, puede condicionar las formas del proceso de inclusión social y económica, como se manifiesta en estudios en México sobre la diversidad cultural autóctona y en varios ensayos sobre las fronteras étnicas (Barth, 1976). La conformación de nichos laborales étnicos y redes sociales endógenas o la mencionada segregación urbana estadounidense son fenómenos muy difusos cuando no ausentes en el presente caso de estudio.
Los resultados preliminares de investigación (Trapaga, 2022) sugieren que la integración económica, social y residencial no difiere en términos generales de la experimentada por inmigrantes internos arribados a Tijuana en las últimas décadas. En efecto, existe bibliografía amplia y profunda sobre la diversidad cultural autóctona en Tijuana que confirma estas apreciaciones iniciales. Por otra parte, la frontera externa no parece obstáculo si el análisis se atiene a la muestra de entrevistados[15]. Sin embargo, es necesario instrumentar investigaciones al respecto para dirimir satisfactoriamente esta cuestión. Ahora bien, ¿qué alcance tiene la conceptualización propuesta en el análisis del proceso de integración cultural e identitaria de la inmigración del Sur global dentro de los circuitos Sur-Sur?
DISCUSIÓN Y CONCLUSIONES
La dicotomía entre las fronteras externas e internas abre nuevos horizontes para el abordaje de fenómenos empíricos renovados por las modificaciones en los circuitos migratorios mundiales ante coyunturas, como el cierre de fronteras y el incremento numérico de los flujos, que pueden tornarse en parte de las estructuras del proceso migratorio mundial. Por una parte, mantener el divorcio actual entre las prácticas, los discursos y las políticas migratorias y la construcción cultural de la diversidad alóctona derivada de la ingeniería social del nacionalismo latinoamericano solo provocará mayor tensión y conflicto social e intercultural, así como resultados inesperados o ineficientes.
Aspectos como los programas de censo y documentación personal del extranjero, o las iniciativas de inserción laboral y asistencia social, u otras herramientas diseñadas e instrumentadas sin considerar el profundo conflicto cultural latente pueden resultar en simples operaciones ideológicas con fines diversos a los explicitados. Es preciso replantear la administración estatal de la inmigración mediante estudios suficientes sobre cómo se han constituido en cada caso nacional, incluso regional, las fronteras internas.
La descripción y el análisis básico de los conflictos existentes actualmente entre los residentes nacionales y los provenientes del Sur global en Tijuana conforman un primer boceto de las características de la etnicidad nacionalista local y de su contraparte foránea. Dado el esquema de conducta tan internalizado de la agresión contra la diferencia étnica y el impulso orientado a su supresión/dominación, es necesario prepararse para nuevos y reiterados episodios de violencia xenófoba, propios de una discriminación cuyos mimbres simbólicos emanan de la matriz semántica corporal y las condensaciones simbólicas nacionales. De esta forma se observa un incremento en la cantidad y en la intensidad de agresiones explícitas proporcionales al eventual aumento en el número de residentes extranjeros en las regiones de acogida, como es el caso de la frontera internacional bajacaliforniana, perfectamente descrito en la literatura de los estudios migratorios.
Aunque las administraciones estatales otorguen derechos y responsabilidades jurídicas, como ciudadanía, residencia permanente, acceso al sistema educativo y coberturas sociales en salud o desarrollo social, la doble frontera opera más allá de las políticas públicas, tanto desde las convicciones y los prejuicios etnocéntricos del funcionariado público (Pérez et al., 2019) como desde matrices de producción y reproducción cultural ajenas a la administración estatal en turno. Este último caso es patente en las semánticas de los aficionados al fútbol amateur señaladas arriba, que establecen la supremacía con base en taxones de significado corporales y de inferioridad alterna bajo términos clasificatorios de género que no forman parte explícita de los programas educativos, uno de los pilares para generar nacionalismo desde los entes estatales.
La simple aseveración anterior constata la relativa autonomía entre el aparato estatal junto a sus programas de acogida nacionales e internacionales y las expresiones nacionalistas de un sector de la sociedad autóctona. La contaminación del pueblo aborigen por lo extranjero expresada en Fichte (1984) incita a marcar y separarse de los atributos simbólicos achacados a los inmigrantes y cargados de sentidos negativos y su correlato conductual por parte de quienes se identifican con esta expresión nacionalista de la cotidianidad local.
Considerando el carácter comunicativo de las fronteras internas, cuyos fines son clasificatorios, y su importancia en la constitución de conductas sociales estereotipadas, resultan metodológicamente pertinentes la recolección y el análisis de materiales discursivos o narrativos, en sintonía con Pablo Vila, para elucidar la construcción del extranjero en la vida cotidiana. La observación participativa, además, permite captar y describir de forma significativa las conductas sociales hacia esta otredad legitimadas por los referidos patrones simbólicos dinámicos. Así las cosas, el concepto aquí propuesto específicamente para el estudio de la pluriculturalidad alóctona resultará idóneo para toda aproximación sociocientífica a las relaciones sociales como efectivamente suceden en los espacios de contacto intercultural.
Los resultados de esta y ulteriores aplicaciones del instrumento analítico harán factible la comprensión de los obstáculos a la integración cultural de grupos de inmigrantes del Sur global en México u otras localidades latinoamericanas derivados de la fronterización microsocial. En el caso tijuanense, este fenómeno de clasificación a nivel interno se caracteriza por una violencia simbólica orientada a mantener el statu quo nativo, una forma de superioridad cultural que bien puede instrumentarse en un futuro para estructurar y perpetuar la desigualdad social o para desaparecer por aculturación las identidades extrañas.
En relación con los enfoques y conceptos precedentes del término aquí propuesto, se resaltan la cuestión étnico-nacional en los procesos de interacción e integración sociocultural, el enfoque relacional y dinámico de las identidades en interacción (superando el tropo espacial) y el desdoblamiento analítico entre la esfera gubernamental y paragubernamental y el ámbito cultural popular del nacionalismo. En este sentido, las mencionadas facilidades institucionales para el uso de documentación foránea y el acceso a servicios de salud y educación contrastan con la hostilidad y la negación al acceso de recursos culturales por parte de la sociedad civil, o de una parte de ella.
Antes de continuar, es necesario recordar que esta investigación se delimitó a residentes extranjeros del Sur global. Por lo tanto, considerando las peculiaridades de la fronteriza ciudad de Tijuana como lugar de residencia de ciudadanos estadunidenses, conviene reconocer que es muy posible que las fronteras internas, sin desactivarse, se caractericen por otros elementos simbólicos de delimitación y valoración identitaria. Igualmente, la intuición científica permite suponer la existencia de construcciones variadas en sintonía con la diversidad nacional.
En este orden de ideas, se debe tener en cuenta que el alcance del presente estudio solo permitió observar este tipo de dinamismo relacional entre mexicanos y cinco grupos nacionales latinoamericanos, para quienes el dispositivo fronterizo interno funge en modos muy similares. Precisamente, algunos de los entrevistados lo resaltan: la principal estrategia de adaptación es disimular la propia particular identitaria para evitar la negación de acceso a recursos sociales y económicos, así como la estigmatización del grupo. Un ejemplo paradigmático de este recurso son las preocupaciones de venezolanos y colombianos por evitar la sexualización de los cuerpos de sus mujeres.
El proceso de integración de aquellos grupos diversos culturalmente cuenta, a su vez, con una amplia gama de avances, bloqueos y regresiones tanto desde la dimensión cultural como desde la política. Es el caso de la incertidumbre generada por los cambios jurídicos y las decisiones políticas de los Gobiernos del Centro mundial. Asimismo, el carácter situacional y procesual establece tal intermitencia de las fronteras internas que no solo mutarían al tomarlas en una perspectiva longitudinal, sino que permitirían contactos interculturales sin establecer relaciones de dominación.
De igual manera, la elasticidad fronteriza interna está presente en su función clasificatoria, discriminando según la época y la coyuntura histórica entre alteridades en una jerarquía moral. El trabajo de Pablo Vila (2004) sobre las identidades y las alteridades fronterizas mexicanas comprueba esta última aseveración, ratificada por diversos estudios sobre integración cultural que describen tabuladores de filias y fobias ante los grupos inmigrados según su etnia y nacionalidad (Centro de Investigaciones Sociológicas, 2017).
Con respecto a las teorías migratorias y sus corolarios, los postulados de la integración, cabe resaltar que los esquemas asimilacionistas, clásicos o actualizados (Ibarra, 2019), constituyen en sí mismos fronteras internas con objetivos de depredación identitaria (Appadurai, 2007). La promoción de una integración social, basada por ejemplo en matrimonios interétnicos para la supresión de las diferencias alóctonas y que además mantenga los esquemas de subalternidad cultural (Alba & Foner, 2015), resuelve el dilema intercultural por fagocitosis[16].
Solo cabe orientar las capacidades analíticas del concepto arriba planteado y desarrollado hacia situaciones particulares de contacto intercultural por asentamiento de inmigrantes de las periferias mundiales, como es el caso en México de ciertas regiones y ciudades insertas en los nuevos circuitos migratorios Sur-Sur. Las descripciones analíticas resultantes aportarán novedades al conocimiento y facilitarán políticas migratorias más apegadas a la realidad. Estas medidas de gobierno deberán preocuparse por intervenciones culturales que rediseñen la estructuración nacionalista de lo propio y lo ajeno. Sin embargo, no se debe olvidar que la decisión del modelo de integración, por asimilación o por reconocimiento y apoyo la diversidad, está en manos de las clases políticas y los movimientos sociales. Entre las primeras, y para cerrar este ensayo, cabe destacar una propuesta denominada «patriotismo constitucional» (Ascencio, 2016) como nuevo paradigma de los nacionalismos y la construcción en Latinoamérica.
DECLARACIÓN SOBRE CONFLICTOS DE INTERÉS
La investigación base de esta comunicación estuvo exenta de todo conflicto de intereses o de otra forma de manipulación del enfoque, diseño o resultados por cualesquiera de las personas físicas y morales que conocieron, participaron o evaluaron el proceso científico y sus resultados.
AGRADECIMIENTOS
Esta investigación fue posible por el apoyo financiero del programa Estancias por México del Consejo Nacional de Humanidades, Ciencia y Tecnología (Conahcyt) de México; por las infraestructuras y el personal de la Biblioteca Jorge A. Bustamante de El Colegio de la Frontera Norte; y por el apoyo moral y la participación asertiva de todas las personas inmigrantes que colaboraron de forma entusiasta con el etnógrafo y su proyecto.
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Para citar este artículo: Trapaga, I. (2025). Las fronteras internas: propuesta analítica para el estudio de la pluriculturalidad en Tijuana. Jangwa Pana, 24(2), e6234. doi: https://doi.org/10.21676/16574923.6234
Tipología: Artículo de investigación
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redalyc-journal-id: 5880