Ensayos y debates
Estableciendo acontecimientos históricos “bajo una descripción”
Establishing historical Events “under a Description”
Estableciendo acontecimientos históricos “bajo una descripción”
Historia y grafía, no. 65, pp. 207-226, 2025
Universidad Iberoamericana, Departamento de Historia
Received: 12 February 2025
Accepted: 29 April 2025
Resumen: Este artículo argumenta que los acontecimientos históricos solo existen “bajo una descripción”, moldeados por los marcos interpretativos y los propósitos narrativos de los historiadores, en lugar de como entidades autónocontenidas a la espera de ser descubiertas. Ante la pertinaz idea de que los acontecimientos deben tener una existencia independiente, se critican las concepciones esencialistas y se demuestra que los acontecimientos se construyen mediante la organización selectiva de hechos en relatos que sirven objetivos explicativos específicos. A diferencia de los debates en la filosofía del lenguaje, el constructivismo histórico no tiene tanto que ver con la referencialidad cuanto con la construcción de conexiones significativas. Este artículo también cuestiona la fiabilidad de las explicaciones causales, lo que revela su limitado valor para captar las complejidades de los fenómenos del pasado y, en cambio, subraya el papel de las prácticas lingüísticas e historiográficas al momento de prestar coherencia y significado a los acontecimientos. Al distinguir entre la exactitud factual de los componentes individuales y la más amplia validez de las interpretaciones históricas, pone el acento en la naturaleza contingente, valorativa y construida de la representación histórica. En último término, este planteamiento invita a entender la escritura histórica como una práctica dinámica de producción de significados: una que se funda en las pruebas, pero también en el reconocimiento de sus límites, sus desafíos éticos y su poder para conformar la memoria y la identidad colectivas.
Palabras clave: Realismo, antirrealismo, acontecimientos, explicaciones causales, descripción.
Abstract: This article argues that historical events exist only “under a description”, shaped by the interpretive frameworks and narrative purposes of historians rather than as self-contained entities waiting to be discovered. Confronting the persistent intuition that events must have an independent existence, it critiques essentialist views and demonstrates that events are constructed through the selective organization of facts into accounts serving specific explanatory aims. Unlike debates in philosophy of language, historical construction is less about reference and more about constructing meaningful connections. The article also critiques the reliance on causal explanations, revealing their limited value in capturing the complexities of past phenomena, and instead underscores the role of linguistic and historiographical practices in giving events their coherence and significance. By distinguishing between the factual accuracy of individual elements and the broader validity of historical interpretations, it emphasizes the contingent, evaluative, and constructed nature of historical representation. Ultimately, this approach calls for an understanding of history-writing as a dynamic practice of meaning-making—one grounded in evidence but also in the recognition of its limits, its ethical stakes, and its power to shape collective memory and identity.
Key-words: Realism, anti-realism, causal explanations, description, events.
A juzgar por la situación actual en el campo de la teoría y la filosofía de la historia, puede decirse con justicia que parece oportuno volver a algunas definiciones básicas que han sido previa y largamente reiteradas y debatidas en la disciplina. Esto resulta particularmente importante en relación con la pregunta sobre qué significa que los acontecimientos sean construidos o, de hecho, ficticios (o “ficcionalizados…”), pese a que ese aspecto del debate general haya persistido de una forma u otra desde hace ya más de medio siglo y con singular fuerza en su modalidad de “giro lingüístico”. La ruta que normalmente adoptaría para abordar esta pregunta consistiría en acercarme en específico a Hayden White y a la llamada teoría narrativa de la historia. El problema de seguir ese camino, sin embargo, radica en que la teoría narrativa de la historia en la línea de White continúa siendo a este respecto una perspectiva controvertida incluso en nuestros días. Por ello, espero que, en cambio, resulte provechoso partir de algunos puntos y propuestas filosóficos, teóricos y específicos de la historia (un tanto) más convencionales, pero en gran medida también soslayados en la actualidad, todos los cuales más o menos convergen en la conocida idea de que “los acontecimientos se identifican bajo una descripción”. En última instancia, ello conduce en gran parte a las mismas conclusiones que las de mis autores de siempre en la teoría narrativa, si bien se basa en posiciones y argumentos bastante distintos de pensadores que comprenden desde a Elizabeth Anscombe (obviamente), pasando por R. G. Collingwood, Reinhart Koselleck, Richard Rorty, John Zammito y Barbara Hernstein Smith, y hasta Paul Roth.
Para comenzar, tres puntos clave:
1) El problema de la construcción (y de la “ficcionalización”) difiere radicalmente del problema general de la referencia planteado en la filosofía del lenguaje. La piedra angular en los debates filosóficos sobre la referencia desde principios del siglo XX han sido los nombres propios; los debates oscilan entre tratar los nombres como un tipo de acto ostensivo (por ejemplo, designadores rígidos) o como algo lingüísticamente complejo (por ejemplo, descripciones disfrazadas). Nada de esto guarda relevancia para la pregunta sobre qué hacen los historiadores, en específico, en su trabajo -sobre qué sucede cuando intentamos relatar o explicar un conglomerado de hechos pasados como un acontecimiento, por decir un ejemplo- porque la estructura filosófica de estos problemas referenciales simplemente no toca las cuestiones clave que distinguen la teoría y la filosofía de la historia como un campo de actividad distintivo. Los filósofos del lenguaje se preguntan cómo evaluar la manera en que los diferentes componentes lingüísticos contribuyen a determinar las condiciones de verdad de un enunciado; los debates en la teoría y la filosofía de la historia después de White giran en torno a cómo evaluar narrativas contrapuestas. Las respuestas a la primera pregunta no responden a la segunda, mientras que examinar la referencia es un problema mucho más fundamental (o, para ser más preciso: problemático) que el que concierne a cómo hacemos cosas con el lenguaje al producir (re)presentaciones.
Por consiguiente, tan solo por razones pragmáticas y disciplinares, el problema de la referencia no es aquello en lo que deberíamos detenernos cuando investigamos la historia y los acontecimientos históricos. En cambio, el mejor pacto [compromise] al momento de teorizar sobre la historia es aceptar que los “hechos” con los cuales trabajan los historiadores están lo suficientemente bien establecidos como para permitir hablar de un pasado real (estos hechos suelen designarse “enunciados existenciales singulares” o “enunciados singulares de existencia”, pese a que dicha formulación es un tanto problemática; por ejemplo: “una unidad militar israelí atacó el pueblo de Qibya en octubre de 1953”).2 En particular, dicho pacto parece más que justificado desde un punto de vista pragmático por el grado en que la formación profesional del historiador se centra en la “faceta investigativa” de su trabajo. Los historiadores son expertos en establecer hechos históricos.
2) Sin embargo, cuando intentamos extender ese mismo pacto pragmático desde los enunciados singulares y hacia el plano de “el acontecimiento”, las cosas tienden a volverse más complicadas. Un enfoque (yo diría que minoritario) consiste en pensar que los acontecimientos existen en el mundo como simples objetos de algún tipo, mismos que están ahí y pueden “encontrarse” a semejanza de cualquier otro. Que tienen forma, sustancia y, quizás, incluso significado propio, algo que los define y los fija. Llámese a este enfoque “esencialismo de los acontecimientos”. Y este presupuesto esencialista parece ser la premisa de base de los ataques contra el constructivismo o el “narrativismo”.3 Por ejemplo, muchas contribuciones a un libro reciente que sostiene la “pobreza del antirrealismo” parecen equiparar un acontecimiento con todo y cualquier cambio de estado, de acuerdo con las siguientes líneas: “Los acontecimientos históricos son, por lo tanto, disposiciones y cambios de disposición de los constituyentes de la realidad en el espacio y el tiempo”.4 Los esencialistas dan por sentado saber (¿antes de investigar? ¿Como resultado de la investigación? No se nos dice) cuáles deben ser los constituyentes de la realidad. La suya es una visión de ningún lugar.
Sin embargo, el carácter inherente de los acontecimientos parece una postura difícil de defender, dado que apuntar a ellos en el mundo (fenomenológicamente, incluso a acontecimientos actuales) constituye una tarea por demás complicada, puesto que exige, entre otras cosas, saber cómo labrar [carve] esos acontecimientos con independencia de nuestras prácticas discursivas. Lo que sucede una vez que han sido labrados de esta manera -construidos, pero también “ontologizados”, por así decirlo- es un problema diferente y no se debe confundir ambos. Como constructos discursivos, se puede afirmar, y es incluso bastante obvio, que los acontecimientos existen “ahí afuera” en el mundo. Pero, incluso entonces, vincularlos a enunciados existenciales singulares específicos (a un conjunto definido y finito de ellos) suele ser impracticable. ¿Cuáles son, por mencionar un ejemplo relativamente corriente, los enunciados singulares que deben incluirse para que un relato de la Revolución francesa lo sea? ¿Cuáles hechos deben incluirse en la construcción de un acontecimiento para que esta sea capaz de constituirlo y delimitarlo lo suficiente? O, por retomar otro ejemplo clásico, también conectado (adaptado de R. G. Collingwood al referirse a la vida en Londres), ¿cómo se haría para ofrecer un relato de “ayer en Helsinki”?5 ¿Qué es un relato suficiente y adecuado y qué no lo es? ¿Cómo decidimos qué es relevante y qué es irrelevante? Ello pone de manifiesto cuán diferentes son las preguntas que plantea un teórico de la historia, en contraste con un filósofo del lenguaje.
La respuesta obvia parece consistir en que lo que se incluye y lo que se excluye está definido, no por el “acontecimiento”, ni incluso por el “objeto” complejo, sino por (las intenciones y los propósitos de) el relato que marca dicho acontecimiento. El relato construye la entidad, pero no hace ni afirma absolutamente nada en el plano de lo óntico, y un agnosticismo general con respecto a la realidad es algo que debe observarse en lo que sigue. El problema no radica, por lo tanto, en que de repente desaparezca el pacto referencial que por necesidad se establece al elegir el género histórico. Estriba, más bien, en que aquí estamos juzgando algo muy distinto y en que la validación no funciona de manera idéntica cuando nos hallamos ante construcciones complejas.
3) Al tratar de decidir la pertinencia de incluir o de apelar a ciertos enunciados singulares específicos, recurrir a la causa y el efecto también se queda corto. Pese a que la “causalidad” ostensible funciona de maravilla en las construcciones lingüísticas, el valor de las conexiones causales en el mundo real es mucho más limitado de lo que a veces se presupone intuitivamente. A fortiori lo es cuando las cosas por conectar se encuentran alejadas unas de otras e imbricadas en situaciones complejas, puesto que los fenómenos del mundo real claramente se sitúan en escenarios mucho más complejos que la mayoría de los ejemplos más prácticos e instructivos de la causalidad. Al fin y al cabo, es posible rastrear en retrospectiva una “cadena causal” desde (¿casi?) cualquier cosa hoy en día hasta los “acontecimientos” más fundamentales y, sin embargo, hacer esto aportará poco o nulo contenido explicativo o interpretativo. Para ojalá no insistir en lo obvio: que yo esté aquí sentado tecleando ahora puede atribuirse causalmente a la domesticación del fuego, a la producción de metales o a la invención del automóvil y la consiguiente necesidad de cocheras para las empresas de TI. O a cualquier otra cosa que se nos pudiera ocurrir, dado que los vínculos causales apuntan y se extienden hacia delante, por lo que rastrearlos en sentido inverso no tiene mucho sentido.
Por consiguiente, ¿qué podrían significar todas esas conexiones causales? En contraste con este tipo de “explicación” débil a través de vínculos causales, las conexiones y los acontecimientos significativos se producen a través de prácticas discursivas más robustas y formativas de atribución de significado. Un ejemplo ya habitual de este tipo de procesos más robustos de producción de significado puede encontrarse en las “oraciones narrativas” de Arthur Danto, como “la Guerra de los treinta años empezó en 1618” y demás desafíos que plantea la trama retrospectiva ya contenida en este enunciado en apariencia tan sencillo. Desde luego, este tipo de ejemplos también problematiza la idea de los enunciados existenciales singulares cuando se examina más de cerca, si bien este problema debe permanecer en suspenso cuando nos centramos en cuestiones relativas a las formas referenciales como la historia en específico.
Es importante destacar que una comprensión más plena de la causalidad también ayuda a recordar por qué la mecánica de negar (“vetar”) interpretaciones históricas es posible a partir de pruebas factuales (en su forma más fundamental en el estilo de Reinhart Koselleck: “la comprobación de las fuentes excluye lo que no se puede decir”),6 mientras que “demostrarlas” no lo es. Que el proceso de verificación solo pueda ser igualmente unidireccional es otro asunto que a estas alturas debería ya haber quedado en claro en cualquier debate filosófico o teórico sobre la historia (o, de hecho, sobre cualquier forma de representación referencial), pero no parece estarlo.
Como he señalado, y pese a que gran parte de todo esto puede parecer obvio a quienes trabajan en filosofía o en estudios literarios, por ejemplo, muchos de los esfuerzos contemporáneos por teorizar la escritura de la historia no están en absoluto al día en relación con estas cuestiones de base. Por fortuna, hay algunas discusiones particularmente instructivas en que apoyarse y entre las más recientes se encuentra The Philosophical Structure of Historical Explantation (2020) de Paul Roth. En esas páginas, Roth ofrece (entre otras formulaciones de utilidad) lo que con gran tino denomina “la tesis de la no separabilidad [nondetachability]”: la idea de que un acontecimiento no puede separarse de su descripción. En sus palabras, “los acontecimientos que explican las historias solo existen como acontecimientos en tanto construcciones de esas mismas historias. […] No, desde luego, porque el mundo que describen no exista, ¡atención!, sino debido a que la narrativa ordena selectivamente los materiales. […] Una narrativa construye tanto el explanans como el explanandum”.7 O, en una formulación más directa (y que también remite de modo directo al título de mi artículo): “Los acontecimientos históricos solo existen bajo una descripción”.8 (O una vez más unas cuantas páginas más adelante: “los acontecimientos históricos solo ‘existen’ como parte de una u otra narrativa”).9
En relación con esta idea de no separabilidad, Roth -apoyándose en gran medida en Danto y en Mink- presenta otras dos tesis que, en conjunto con la primera, conforman su definición de narrativa histórica. Esta formulación tripartita de los “rasgos definitorios de las narrativas históricas” parece, pese a su sofisticación, engañosamente sencilla: “la no separabilidad de las conclusiones, la no estandarización [nonstandardization] de los acontecimientos explicados y la no agregabilidad [nonaggregativity] de las explicaciones narrativas”.10 En mi interpretación, estos rasgos plantean concretamente cuatro grandes temas teóricos y filosóficos muy debatidos, todos ellos fundamentales para la práctica histórica concreta: la inevitabilidad de imponer significados, la complejidad de la realidad social, los desafíos del uso del lenguaje natural y la imposibilidad de cualquier historia universal.
Aunque mi objetivo ahora en cuanto a estas definiciones es ligeramente distinto del de Roth (quien desea esbozar cómo la narrativa histórica puede entenderse como explicación), la misma idea de que los acontecimientos solo existen “bajo una descripción” se desprende también de manera bastante natural de los tres puntos básicos e interrelacionados que planteé; dado que (1) si (en la práctica) es más difícil naturalizar recopilaciones y conglomerados significativos de hechos que enunciados individuales singulares, (2) si los acontecimientos no tienen una existencia concreta “ahí afuera” que guíe nuestra representación [mapping] final de ellos ni la selección de los enunciados individuales pertinentes y (3) si los vínculos causales no son particularmente útiles para superar estas dificultades, entonces parece ya más que evidente que las prácticas de construcción lingüística y de producción de significados constituyen la única manera de empezar siquiera a pensar en los desafíos que implica enfrentarse a los acontecimientos históricos, por no hablar de su naturaleza.11
Entonces, tras estas consideraciones de partida, ¿a qué nos compromete pensar que los acontecimientos se establecen “bajo una descripción” (interpretada en sentido amplio con respecto a los diversos usos de dicha formulación)?12 ¿Y qué tipo de salvedades se deben detectar?
La principal traba en muchos de los debates actuales parece provenir de la idea o intuición de que debe haber, pese a todo, alguna forma más concreta de que “existan” los acontecimientos que la que propone el constructivismo. Al señalar que no hay tal, supuestamente suscribimos un antirrealismo peligroso y radical respecto a la existencia del mundo en general, o al menos esto es lo que sostienen muchos defensores de este tipo de posturas críticas. Pero no es esto lo que propone nadie que defienda seriamente la construcción lingüística.
Aunque las afirmaciones de Roth puedan parecer radicales a primera vista, él aclara enfáticamente que el foco de su atención se centra en cómo “los acontecimientos explicados por las historias existen como acontecimientos”, no, por ejemplo, en cómo “existen” como recopilaciones no constituidas de hechos en la realidad pasada. De ahí que las críticas basadas en una perspectiva según la cual los acontecimientos forman parte esencial de la realidad pasen obviamente por alto sus consideraciones. Sin embargo, es importante destacar que, como ya se ha visto, Roth cuida no sobredimensionar esa afirmación, al explicar de manera explícita que ello no implica en modo alguno negar la existencia de la realidad. Del mismo modo, incluso White y Keith Jenkins -a menudo los principales símbolos del antirrealismo en la historia- han rechazado airadamente las interpretaciones excesivas de sus respectivas posturas. White, por su parte, hace la misma concesión pragmática que subrayé líneas más arriba: “La realidad del pasado se da por descontada [a given], es un presupuesto que habilita la investigación histórica”.13 Asimismo, al presentar lo que, en última instancia, no es sino una postura antifundacionalista, Jenkins escribe: “acepto como axioma originario la existencia de la materia, la materialidad, la ‘realidad’. [… Pero] parece evidente que la realidad de la ‘existencia’ evita todo antropomorfismo (definitivo)”.14
Desde este punto de vista, y para comprender mejor las intuiciones y objeciones “realistas” en nuestros días, puede resultar provechoso volver a versiones más radicales de la idea de que los relatos construyen la realidad. El argumento a favor de una forma de antirrealismo que más sugiere la irrelevancia de la realidad para la investigación histórica fue, en mi opinión, presentado en una etapa temprana del debate por Frank Ankersmit en Narrative Logic. Es el siguiente:
El Renacimiento no es ni más ni menos que lo que cada historiador nos dice que es. Por lo tanto, un relato del Renacimiento es muy distinto de, por ejemplo, la descripción de un objeto físico: lo que decidamos escribir en nuestra historiografía sobre el Renacimiento no puede sino ser verdad de nuestro Renacimiento. No es posible describir erróneamente el Renacimiento (porque no existe), mientras que no es difícil describir erróneamente sillas o automóviles. A lo sumo podemos desafiar costumbres historiográficas en uso, si bien en cierta medida los historiadores están incluso obligados a desafiar dichas costumbres.15
Aunque esta forma de pensar amplió provocativamente las fronteras del argumento antirrealista, también introdujo algunas inferencias preocupantes y tal vez suscitó una resistencia innecesaria. Desde luego, como historiadores, “nuestro” el Renacimiento -si se pretende que esté a la altura de los conocimientos históricos y los debates historiográficos que indica ese término- no puede sino involucrar de alguna manera la cultura y las artes de la Europa de los siglos XV y XVI, en oposición al resurgimiento de la ficción histórica en los últimos treinta años, por decir algo. Además, dadas las restricciones pragmáticas y de definición relativas a lo que se entiende por historia, parece igualmente claro que podemos, con bastante facilidad, “describir erróneamente” las distintas piezas, por así decir, de este Renacimiento.16 En relación con esto, conviene recordar la distinción entre verdad y validez. De lo contrario, volvemos inadvertidamente a intuiciones trasnochadas que se basan en alguna expectativa de correspondencia, como Ankersmit en este caso, incluso si su postura en este punto parece haberse sostenido en la tensión entre creencias un tanto contradictorias: aunque se apoya en gran medida en la correspondencia al poner el acento en la “descripción errónea”, el vocabulario que elige -el “relato” del objeto construido, por oposición a la “descripción” del objeto físico- apunta hacia argumentos para evaluar la validez, un problema que solo menciona una vez de pasada.
Insistamos: el desafío de las construcciones complejas no debe entenderse en términos del éxito para valorarlas en relación con la verdad, ni siquiera cuando pactamos y acordamos que sus pormenores individuales precisan ser valorables en términos que nos permitan cultivar prácticas de escritura comprometida con la referencia, como es el caso de la historia. El desafío radica más bien en las maneras en que aceptamos evaluar su validez. En vista de todos los debates que conciernen a estos asuntos, debería ser evidente que esto no puede hacerse en términos de correspondencia, por muy (re)bautizada o (re)descrita que esté.17 Pese a ello, el ideal de correspondencia parece ser la tenaz intuición que alimenta la insistencia en que es mejor presentar la diferencia entre el Renacimiento y las sillas en términos de su susceptibilidad a una descripción errónea. Pero prescindir de la correspondencia no equivale a negar la referencia, sino solo a limitar su utilidad para validar estas construcciones.
Así, el problema que presenta esta clase de provocación radical es que se desdibuja la continuidad de las cuestiones más importantes entre el caso del Renacimiento y el de “esta silla”: lo pertinente no es la magnitud y la ausencia en la actualidad del primero ni la corporeidad y presencia de la segunda. El principal motivo de interés tampoco es la “referencialidad”, pese a lo que digan Ankersmit y Zammito en sus intercambios. La diferencia fundamental entre ambos ejemplos radica más bien en la proporción y el alcance de la valoración y la construcción lingüísticas que intervienen en cada caso. Lo anterior constituye también el escollo de los debates más recientes: lo que hace falta reconocer es que, aunque nuestras prácticas de representación naturalicen y ontologicen una construcción compleja -como “el Renacimiento” o “la guerra de 1948”, por ejemplo-, nada de ello justifica pensar en esa construcción como una entidad, un “acontecimiento” digamos, al que pueda apuntarse directamente y sin complicaciones. De ahí que, en lugar de dejarnos persuadir únicamente por suposiciones acerca de la naturaleza determinante de la realidad, como mínimo requeriríamos de argumentos y pruebas a favor de cualquier punto de vista en contra. A falta de unos y otras, llevar la idea de “no encontrado” al extremo de “no existente” solo sirve para polarizar la discusión y conduce al tipo de exageraciones que replican discusiones añejas de la historia de la filosofía.
Entonces, ¿qué podemos hacer para evitar caer en estas trampas? Para abordar mejor estos problemas, hace falta distinguir entre la validez de una interpretación y la verdad de los hechos empleados. Esto debería ser evidente por la mera posibilidad de que haya historias “revisionistas”. En este punto, no podemos sino repetir lo que dice Ankersmit: para juzgar qué constituye un acontecimiento o un objeto, o, más aún, cómo está constituido ese acontecimiento u objeto, solo se puede apelar a la “tradición historiográfica” y a las prácticas profesionales de los historiadores, así como a las exigencias y las responsabilidades sociales, al por qué de la construcción. No obstante, parece poco honesto que, a partir de este reconocimiento de la construcción, los críticos pasen de un salto a lanzar gritos de alarma sobre la creencia en la inexistencia de la realidad y el rechazo de las pruebas factuales.
Para evitar tales extremos, la diferencia entre verdad y validez debe entenderse más bien en función de la introducción de valoración(es), no a través de la referencia o la correspondencia. Para añadir un aspecto faltante a esos extremos a partir de las afirmaciones comentadas líneas más arriba: ¿podemos describir erróneamente una silla como “buena” o “mala”, “cómoda” o “incómoda”? ¿La bondad o comodidad de la silla es “encontrada” o “construida”? ¿Y su posible carácter construido sugiere entonces de algún modo una incapacidad para referirse a la misma cosa? ¿O su inexistencia? ¿La valoración significa entonces que estamos hablando de objetos diferentes? ¿Mi “silla buena” por la mañana en nuestra oficina compartida no es la misma que tu “silla mala” por la tarde? Permitir que una valoración nos lleve a pensar que no estamos ante la misma realidad que se refiere en la otra parece un efecto indeseable.
En Historical Representation (2001), Ankersmit intentó alcanzar algún tiempo después -según yo lo interpreto- una postura mediadora entre los acontecimientos que existen para ser encontrados y el estar construidos, una tentativa en la forma de una delgada “piel” lingüística que no aporta a la representación ningún “contenido de la forma” adicional (para presentar directamente otra manera de entenderla en términos whiteanos). Sin embargo, esto también sugiere que alguna interpretación (o presentación de un acontecimiento como acontecimiento) podría de cierto modo ser “correcta”, lo cual deja sin responder la pregunta antirrealista o antifundacionalista medular: “¿correcta cómo?” ¿Empíricamente? ¿Moralmente? ¿Estéticamente? ¿De alguna manera determinable? ¿Es concebible una piel tan fina que carezca de una función o contenido tropológico, pese a su naturaleza lingüística? A mi juicio, sigue siendo difícil entender cómo podría serlo, incluso únicamente en relación con lo empírico, mientras que en relación con lo ético y lo estético implicaría además creencias metafísicas muy específicas.18
En este sentido, intentar definir un acontecimiento por lo que ha sucedido, en lugar de por el significado que se le ha prestado -se trate de su impacto político o de algún otro tipo-, parece insostenible. Sin embargo, la posibilidad de que algo sea construido y “exista” a la vez parece erguirse como la perenne traba en estos debates, pese a que nadie cuestione la existencia de la realidad. (Recuérdese la acotación de Roth: “No, desde luego, porque el mundo que describe no exista...”). Es decir, nadie sostiene seriamente que las descripciones o construcciones históricas de “el Renacimiento”, por dar un ejemplo, se refieran pragmáticamente a nada que no haya existido. Del mismo modo, sería de nula utilidad afirmar que los términos “la Guerra de 1948”, “la Guerra de Independencia”, “la catástrofe de 1948” y “Al-Nakbah”, por ejemplo, no se refieren a la misma realidad, aunque las valoraciones que intervienen en sus respectivas formulaciones sean inconmensurables.
Que un acontecimiento exista como acontecimiento únicamente “bajo descripción”, como en los ejemplos recién mencionados, no constituye, sin embargo, una rareza de Roth, Mink o Danto, sino que se trata, más bien, de un tema bien ensayado que comparten pensadores muy diversos, lo cual pone de nuevo el foco de atención en la oposición entre la filosofía y la historia y, más en general, entre la teoría y la práctica: un debate que sin duda resulta más familiar en la filosofía “continental” y en el pragmatismo recientes que en la tradición “analítica” en sentido estricto. Consideremos, por ejemplo, el “ser en el mundo” de Sartre o la afirmación de Derrida en el sentido de que el pensamiento filosófico tiene límites, por lo que las cuestiones sociales deben atajarse dejando en suspenso las dudas filosóficas fundamentales. O considérese, de hecho, cualquier formulación antifundacionalista y sus consecuencias.19
Naturalmente, al considerar las representaciones desde el punto de vista de la valoración y la validez, la pregunta sobre en qué aspectos nos concentramos, en la perspectiva o la historia de quién, se convierte en el problema crucial. Así sucede, por ejemplo, en el caso de “la formación del Estado de Israel”, a diferencia de “el desalojo de más de 750,000 palestinos de su propia patria”,20 y la consiguiente creación de un “santuario seguro” para los judíos del mundo21 o “una vida de miseria, privaciones y desesperación” para los refugiados palestinos.22 En estos ejemplos, no resulta provechoso considerar los juicios como un problema de referencia o de correspondencia, ni tampoco es posible evaluar su validez en función del lenguaje utilizado, desde el pasivo y en apariencia objetivo “los árabes pasaron de ser mayoría a minoría, lo que ha tenido repercusiones importantes en las relaciones entre mayoría y minoría en el Estado hasta nuestros días”23 hasta el abiertamente emotivo “Los palestinos de las tierras ocupadas, que alguna vez fueron mayoría en su tierra natal, se convirtieron en una minoría indeseada y oprimida, y quedaron a merced de decretos militares y leyes de excepción que se mantuvieron en vigor hasta 1966”.24
En cambio, y de manera más fundamental, los juicios se establecen con base en cómo decidimos valorar el privilegio o el sufrimiento concomitantes: para el Estado de Israel, “los problemas económicos, de seguridad y sociales [...] eran abrumadores” y “la guerra agotó la economía del joven país, sin que remitiera la amenaza que suponían los países árabes y los palestinos para la seguridad del naciente Estado”.25 Mientras tanto, “Los refugiados palestinos en estos países vivían cerca de las zonas fronterizas, con la esperanza de regresar […]. Se hallaban sin hogar, vagando sin rumbo, dispersos en todas direcciones y sin protección alguna”.26
Esto en particular es así porque, mientras se efectúan todas esas valoraciones, los “hechos” rara vez se cuestionan: ambas partes presentan nombres, fechas, lugares y cifras conmensurables, por ejemplo, y en ocasiones incluso hablan en términos de “deportación” y “exilio” de “refugiados”, al igual que de “masacres” cometidas por un bando, de “tensiones fronterizas” e “incidentes” causados, lo mismo que de intentos de “infiltración” que el otro llevó a cabo. Por lo tanto, ninguna de estas historias puede ser simplemente “vetada” en ese plano elemental. Y tampoco hay razón alguna para rebatir muchas de sus interpretaciones; ambas partes coinciden en que “[e]l objetivo de la guerra de 1948 era […] tomar el control del territorio y poblarlo de judíos”, incluso si la otra busque subrayar que también consistía en “vaciar el territorio de su población árabe por todos los medios posibles”.27 Por consiguiente, si lo que nosotros buscamos es el mejor “punto de ensamble” entre esta clase de narrativas contrapuestas, ¿quién podría decidir cuál sea, salvo quienquiera que sea ese “nosotros”?
Así, ahí donde las intuiciones simplistas puedan llegar a plantear alguna correspondencia natural entre un “acontecimiento” y un concepto coligatorio en especial, hace falta examinar tales anhelos. No es difícil encontrar ejemplos de “acontecimientos” superpuestos (y no simplemente encadenados), cosa que, una vez más, nos debería permitir entender el punto del inevitable carácter construido y la disponibilidad para la redescripción; pensemos, por ejemplo, en “el genocidio en América” y “el triunfo del capitalismo” o -quizás en especial en nuestros días- en “la formación del Estado de Israel” y “el fin del imperio británico”. Y, obviamente, los traslapes se amplían en correlación con el alcance interpretativo o explicativo. Del mismo modo, hace falta tener cuidado con la intuición concomitante, a saber, que ciertos enunciados singulares deben incluirse en todas o en cada una de las representaciones sobre un acontecimiento reconocido. No obstante, que sea necesario considerar (pragmáticamente) que todas estas afirmaciones e ideas “refieren” no significa que dispongamos de una realidad conmensurable sobre la que se pueda alcanzar un acuerdo. La incomensurabilidad de las perspectivas se basa en la valoración, no en la “verdad”.
En ese sentido, aunque las consideraciones prácticas nos devuelven al necesario pacto asumido por toda forma referencial -en el caso de la historia, a aquello que cimienta los compromisos profesionales más fundamentales del historiador-, hay importantes salvedades. En todos estos planos, las representaciones son imperfectas por naturaleza y esta es la idea medular que por fin debe también incorporarse plenamente al pensar la historia. Es la falta de voluntad para asumir esta naturaleza “deficiente” de la representación referencial lo que parece hallarse en el corazón de un número excesivo de debates y lo que resucita una y otra vez los malentendidos sobre la naturaleza lingüística de la producción de significado. El dilema clave parece consistir en el reconocimiento de la condición lingüística y, al mismo tiempo, en la persistente necesidad de contar con una representación definitiva y exhaustiva, o, por lo menos, con algo “sólido” en que apoyarse, un anhelo por tener las dos cosas a la vez, lo cual desemboca necesariamente en contradicciones. Sin embargo, renunciar a las certezas, cuyo anhelo insufla la necesidad de que la representación haga más de lo que puede, es la lección central del antirrealismo y el antifundacionalismo. La certeza no se necesita para valorar; de hecho, necesitamos las valoraciones y los juicios en relación, en específico, con lo que no sabemos. Es más, aunque pudiera alcanzarse cierto grado de certeza acerca de las cosas del mundo -el problema que todo discurso referencial debe dejar de lado para existir en primer lugar-, esas cosas nunca podrán aportarnos significados.
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Notes