Reseñas críticas
De metáforas (conceptos) e historias
From Metaphors (Concepts) to Histories
| Fernández Sebastián Javier. Key metaphors for history. Mirrors of time. 2024. London. Routledge |
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Received: 06 February 2025
Accepted: 06 March 2025
Sabemos de la importancia que en la historiografía iberoamericana ha cobrado la historia conceptual. Y en su entorno sin duda Javier Fernández Sebastián es uno de sus máximos representantes. Pues bien, en su nuevo libro, Fernández Sebastián se atreve ahora a incursionar en el terreno opuesto al de Reinhart Koselleck, representante insigne de la Begriffsgeschichte. Con ello busca complejizar aún más lo que contiene la entrada teórica y metodológica de la historia conceptual para intentar mostrar su otra cara: ese aspecto faltante relacionado con la figura de las metáforas. Así, lo que designa la historia no solo está edificado a partir del logos, sino también de figuras retóricas que destacan por su fuerza imaginativa y creatividad para generar imágenes articuladas por elementos aparentemente contradictorios o inconsistentes. Con el agravante de plantear, incluso, que a los conceptos subyace este sustrato de figuras en apariencia endebles y frágiles. Así, tras su experiencia como historiador conceptual, se sumerge ahora en el submundo de los lenguajes históricos; en particular, para hacer aflorar estas figuras subyacentes a los conceptos de la modernidad en su doble modalidad: histórica y epistemológica.
La publicación de esta obra se realiza a través del sello prestigiado de Routledge, como parte de una serie que intenta ofrecer claves y pistas para ahondar en los enigmas y desafíos intelectuales de un presente que se distingue por su carácter obtuso, a veces ominoso, convulso, de marchas aceleradas, estancamientos y regresiones inesperados. Esta vez no se trata de un diccionario sobre conceptos fundamentales de la modernidad iberoamericana, sino de ofrecer un conjunto de metáforas significativas que forman parte del armazón de la historiografía y de los discursos sobre la historia. Ahí aparecerán metáforas de viejo cuño como “historia, espejo del presente”, a través de las cuales la historia busca comprenderse y autojustificarse. Metáfora polimórfica, como casi todas, que puede ser también símbolo celebratorio de la apariencia pura o recordatorio de la fugacidad de lo temporal.
La investigación, sin ser exhaustiva, explora un sinnúmero de fuentes procedentes de muchos tiempos y lugares, dejando vΩtransición constante, que invita por eso a su crítica o discernimiento.
Dichos conceptos se constituyen en ese sentido en metáforas para describir lo que de otro modo es indescriptible. Son formas indirectas para dar nombre a lo todavía sin-nombre. No son sino préstamos generados al interior mismo del arsenal de la lengua. Se explica una cosa por otra. Y por eso, en la excavación realizada por Fernández Sebastián no puede dejarse de pensar que existe una cierta reaparición de la vieja retórica, aunque transformada. Un asunto, como se sabe, que comenzó a ser develado con fuerza a partir de la Metahistoria de Hayden White y proseguido por la obra de Frank Ankersmit, entre otros, para sentar las bases de nuevas formas de lectura de las fuentes históricas y de la historia, menos “literalistas”, más sensibles a la advertencia de estos giros tropológicos, y así abrirse a una mejor comprensión del funcionamiento de la Historia y la historiografía.
Entender el mundo histórico a través de estos signos icónicos remite a lugares donde suceden cosas: se construyen edificios, se miran los rostros en los espejos de mano, se usan los retrovisores para evitar accidentes, etcétera. Pero en la historiografía esos objetos aparecen transfigurados. Lo cual implica un grado de simulación o inversión de los mismos usos y objetos. Se “hace la historia”, “se escribe la historia”, como si así fuera en tiempo real, sin que lo sea. Remite a lugares, cuerpos, volúmenes, que sin ser reales pueden verse y tocarse, escucharse, probarse.. Es solo un reflejo; una imagen como la de Narciso mirándose en el estanque. O el reflejo que reproduce el agua de una piscina o un arroyo. Lo cual implica una duplicación del objeto, del motivo que lo ocasiona. Y sin duda no deja de ser fascinante indagar sobre la necesidad que se tiene de disponer de una réplica de lo ya vivido o de lo posible. Se presenta el juego de los símiles y las comparaciones de la retórica clásica, pero en un régimen moderno futurista no trascendente, este adquiere nuevas formalidades. Las viejas metáforas son resignificadas, transfiguradas, al tiempo que aparecerán otras nuevas, menos espaciales y más temporalizadas, como modernidad, transición, antes y después, proceso, progreso, aceleración, tren, velocidad, que implican el deseo de acortar el tiempo para llegar al destino fijado más rápidamente.
El libro está organizado en dos grandes apartados de acuerdo con la contraposición y fusión que puede haber entre conceptos y metáforas, entre lo continuo y lo discontinuo: “Metáforas conceptuales para la historia”, por un lado, y “Conceptos metafóricos en la historiografía”, por el otro. En el primero se muestra el modo de cómo metáforas tradicionales han sido resignificadas durante la modernidad modernista y modernizadora; y en el segundo, se dejan ver algunas de las formas en las que esta modernidad ha sido generadora de nuevas metáforas, de cómo a esa discontinuidad radical le han brotado múltiples ramas metafóricas estabilizadoras. En su lectura se observa la circulación de convenciones gramaticales, unas más antiguas que otras, que han perdurado y se han transformado durante la modernidad cientificista, cuyo impacto se refleja en la figura de un movimiento continuo, ascendente, hasta conformar un relato teleológico universalista, inmanente, autoreferencial; inscrito en la noción de contemporaneidad como vector temporal principal, en torno al cual muchas metáforas tradicionales recibirán un nuevo impulso, transformadas y ajustadas a nociones de velocidad y aceleración, no cósmica, sino según las condiciones desde donde se realiza la observación de ese tiempo fluido. En ese contexto, viejas metáforas como las de la historia como tribunal de justicia recibirán nuevas atribuciones mediadas ya no por la noción de eternidad sino por las de un tiempo histórico e historicista.
En “Metáforas conceptuales para la historia” se examina el modo en el que se da sentido y orientación a la historia mediante el recurso de las metáforas. Recoge algunos símiles que oblicuamente permiten descubrir lo que hace la historia y se espera de ella en sus formas de narrar, enseñar e investigar. Se compone de cuatro incisos en los que se rescatan algunas convenciones heredadas, su transfiguración y algunos apuntes críticos (F. Nietzsche y W. Benjamin). Se da cuenta de la aparición de la metáfora constructivista y artística de la “perspectiva” que hace de la historia una reescritura constante y abre el compás a la pluralización de otras historias o perspectivas. Por un lado, se muestra el tránsito que hay entre las religiones del libro, a la constitución de la Historia como el gran libro en el que ha de escribirse, cuyo curso es semejante al flujo de un río en marcha, con sus múltiples afluentes. De la misma forma, la historia se dibuja como un gran espejo donde se revelan tanto los misterios del presente como del pasado.
El capítulo inicial, “Metaforizando la historia” es central. Concluye con el repaso de algunas metáforas espaciales y temporales utilizadas por la historia académica en su intento de ordenar y jerarquizar ciclos, niveles y escalas, como las de micro y macrohistoria; “historias desde arriba” e “historias desde abajo”, tiempos de larga, corta o mediana duración, unos más lentos, otros más rápidos; historia de tres niveles o historia como un edificio de condominios múltiples, giros historiográficos, puntos de inflexión, etcétera. Todas estas formas son examinadas como expresión general de una historia que transcurre en una situación constante de crisis y dudas acerca de los alcances y límites del vivir y conocer la historia como un flujo de tiempo que parece dibujarse en un horizonte sin límites precisos y caótico.
De alguna manera los dos capítulos siguientes se conectan en torno a la problemática acerca de las relaciones entre el tiempo y la memoria. En el primero se nos entrega una suerte de inventario de las formas en las que el tiempo ha sido metaforizado espacialmente generando memorias y acervos colectivos, así como de los tiempos donde se efectúa dicho proceso. Ahí son evocadas nociones clásicas como las de clío, cronos y kairos, y las figuras geométricas de los círculos, ruedas, líneas y puntos con las cuales se busca tomarle la medida al tiempo, que cobrarán una fuerza especial durante la emergencia del nuevo tiempo histórico al conectarse con las metáforas acuíferas del tiempo oceánico y ribereño que puede percibirse, o bien como resistente a su domesticación, o bien, en trances de inmovilismo, de regresión o franco estancamiento. Y, a continuación, lo que luego puede captarse como ambientes y atmósferas, “espíritus o ánimos temporales”, sedimentaciones y fosilizaciones, estratificaciones geológicas, metáforas que buscan describir las dimensiones no geológicas de la existencia humana y del transcurrir de la historia. En suma, la fluidez de un tiempo imposible de captar o hacerse comprensible si no es por el favor que dispensan al recurso esta clase de metáforas o representaciones. El capítulo segundo, en particular, cierra con la alusión a la problemática de una memoria excedida, diluviana, que tiende a opacar las labores y convenciones propias de Clío. Un asunto fundamental que ha sido destacado, como sabemos, en la obra historiográfica de François Hartog. Ya no es la poderosa Clío justiciera y educadora, severa, del pasado, sino su conversión en una suerte de pasatiempo o de trabajo reflexivo sobre sí misma; más humilde y modesta en cuanto a sus alcances cognitivos y transformadores.
El segundo apartado del libro pone de relieve algunos conceptos historiográficos que no son sino formas metafóricas para articular y dar sentido a la fabricación de sus discursos sobre la Historia. Comienza con las metáforas que reenvían a la historiografía a sus “fuentes originarias” y a sus “formas de articulación o composición”: fuentes y vestigios, acontecimiento y hechos, procesos y estructuras. “Conceptos metafóricos” que adquieren la calidad de categorías heurísticas, que tienen su propia historia y cuyo significado ha variado con el tiempo. “Heurísticas” en el sentido de tratarse de dispositivos metodológicos no necesariamente rigurosos, elásticos, que hacen referencia a lo que es incompleto de origen, y que solo sugieren una posible salida para escapar del atolladero u obstáculos intelectuales (aporías); pero que, en el modo de articularse, llegan a formar parte de una constelación que muestra que no hay procesos sin estructuras, ni acontecimientos sin hechos, y que depende de la estructura el que propiamente un hecho particular se constituya en un “acontecimiento histórico” o no. Lo cual remite a su vez a una “fuente” de donde brota toda “fuente” de conocimiento para la historia.
En ese sentido son formas imaginarias vacías, que solo adquieren visibilidad y sentido puntual cuando se plasman en formas identificables, distinguibles, como las descritas en el capítulo 5 a propósito de tres nociones centrales de la modernidad: revolución, crisis y modernidad. En el caso del último, un poderoso dispositivo capaz de remitir a un sinnúmero de formas metafóricas de diverso alcance y densidad: revelación, descubrimiento, desencanto; acción y dominio, racionalización y secularización; un vendaval perenne; un montón de arena y el contrato; globalización y gran aceleración; efectos perversos y contra-metáforas. El apartado se cierra con un capítulo final dedicado a establecer un balance final de todo el proceso de indagación articulado en torno a las nociones de progreso, decadencia y transición. Una especie de retorno al punto de partida desencadenante de esta investigación: Progreso, avance, desarrollo; Decadencia y disminución; Tradición y transición.
En resumen, lo que tenemos en esta obra magna de Javier Fernández Sebastián es el intento de mostrar que toda construcción de la historia como acontecer y como saber encuentra sus bases y fundamentos en la metáfora. Su lectura constituye un análisis de las formas de nombrar y describir el acontecer desde la perspectiva de la metáfora. Una forma historiográfica antigua que en la modernidad cumple no solo las funciones de entretener o moralizar, sino de servir de espejo y conducir su marcha. Su función epistemológica es crucial porque sirve de base para construir nuevos conceptos generales e históricos. Es decir, su legitimidad se cimienta sobre un saber que es solo presupuesto, sin poderse demostrar o probar. Solo adquiere su forma gracias a palabras cuyo devenir es frágil y semánticamente móvil. Son traslados que la modernidad hace para dar cuenta de lo inédito, lo raro, y que consigue estabilizar gracias al recurso de las metáforas; pero que en su “novedad” esconde otras prácticas, otras posibilidades. En ese sentido sus formalizaciones se asemejan a las formas del mito: poseen un poder generativo, creativo, engendran nuevos sentidos translacionales propiciando brechas o abismos entre lo no conceptual y lo conceptual.
Queda claro también que este juego de equívocos que rodea a la metáfora (describir una cosa a partir de otra), es un modo de dar sentido a lo que en primera instancia no lo tiene. Así, se mueve entre lo lógico y lo ilógico; como una forma de describir lo que no tiene un lugar propio. Se transfiere, se proyecta algo familiar, ya conocido, en otra cosa no familiar, desacostumbrada, inesperada. Y en eso tiene razón Fernández Sebastián: el recurso de la metáfora es una forma muy humana que aspira a domesticar lo indomesticable o incognoscible; con ella se busca dar inteligibilidad a lo que carece de la misma. Con el poder extra de convertirse en detonador de acciones posibles fuera ya de su contexto original. Su marca intrínseca, por eso, es la del anacronismo: hacer posible lo imposible mediante el recurso de una ficción o fabricación imaginaria.
Esta clase de estudios probablemente no tendría mayor interés si no hubiera signos de que algunos de los pilares que sostienen a la historia y a la historiografía han tendido a ser poco funcionales para describir y explicar el curso de la historia. En este sentido son expresión indudable del momento crítico reflexivo que atraviesan la historia y la historiografía. En este caso particular, su aspiración sería la de ofrecer una suerte de metaforología histórica, análoga a la emprendida por Hans Blumenberg para la filosofía. Por lo mismo es una invitación a proseguir y profundizar el diálogo entre diversas disciplinas como la historia, la filosofía, la literatura, la sociología y la antropología. Esta última, como sabemos, objetivo fundamental de la carrera emprendida por Blumenberg: la de constituir una sólida antropología filosófica sin menoscabo del principio de historicidad.
Sea lo que sea, el análisis de estos pilares conceptuales y metafóricos de la historia comprendida como filosofía de la historia o como una disciplina académica interesará sin duda a estudiantes, académicos y especialistas en ciencias sociales y humanidades. Sin afán de cerrar el círculo, es una invitación a asumir desafíos tanto intelectuales como políticos, propios de un tiempo incierto y plomizo. A medio camino entre la historia conceptual y la metaforología, apunta a la conformación y refundamentación de lo que aparece como una historiosofía crítica y reflexiva. Parte de una agenda indispensable para la reflexión y la investigación históricas que constituye en sí misma una forma de autorreflexión del historiador sobre su actividad, sobre su manera de posicionarse, de pensar, de enseñar y de escribir la historia.