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La Era de las Revoluciones bajo la lupa. Análisis crítico de dos libros recientes de la historiografía estadounidense
The Age of Revolutions under the microscope. A critical analysis of two recent books in american historiography
La Era de las Revoluciones bajo la lupa. Análisis crítico de dos libros recientes de la historiografía estadounidense
Foro internacional, vol. LXIV, no. 4, pp. 965-1014, 2024
El Colegio de México A.C.
Received: 01 May 2024
Accepted: 01 September 2024
Resumen: Este ensayo bibliográfico revisa críticamente dos libros recientes sobre las revoluciones atlánticas y la Era de las Revoluciones (1688-1848): The Age of Atlantic Revolution, de Patrick Griffin (2023), y The Age of Revolutions, de Nathan Perl-Rosenthal (2024). Se argumenta que estos trabajos son ilustrativos de tendencias en la academia estadounidense al estudiar este periodo crucial para entender la modernidad política. Mediante la discusión de problemas historiográficos en ambas obras, el ensayo se propone fomentar un debate sobre cómo se estudia y explica esta época en la academia contemporánea. Se pone especial énfasis en los efectos de la hegemonía de la lengua inglesa en la investigación, cuyas implicaciones en la interpretación de la Era de las Revoluciones son significativas, pero frecuentemente desestimadas.+
Palabras clave: Modernidad política, revoluciones atlánticas, historiografía latinoamericana, historiografía occidental, lengua inglesa en la academia.
Abstract: This bibliographic essay critically reviews two recent books on the Atlantic Revolutions and the Age of Revolutions (1688-1848): Patrick Griffin’s The Age of Atlantic Revolution (2023) and Nathan Perl-Rosenthal’s The Age of Revolutions (2024). It argues that these works are illustrative of trends in American academia when studying this crucial period for political modernity. Through an examination of several historiographical issues in both works, the essay aims to foster a discussion on how this era is studied and explained in contemporary academia. Special emphasis is placed on the effects of the hegemony of the English language in research, whose implications for interpreting the Age of Revolutions are significant, yet frequently ignored.
Keywords: Political modernity, Atlantic Revolutions, Latin American historiography, Western historiography, English language in academia.
A mi querido amigo Eric Van Young, por su calidez y modestia.
I. A modo de introducción
En 2023 apareció The Age of Atlantic Revolution, de Patrick Griffin, y, en 2024, The Age of Revolutions, de Nathan Perl-Rosenthal.1 El primero es profesor de la Universidad de Notre Dame, en el estado de Indiana, y el segundo de la Universidad de California del Sur. Al considerarlos juntos, resultan útiles para adentrarnos en algunos aspectos del modo en que cierta historiografía estadounidense contemporánea se ocupa de la época revolucionaria por excelencia en la historia de Occidente: la llamada “Era de las Revoluciones”. Esta utilidad es relativa por el simple hecho de que estas líneas tratan únicamente de dos libros. Sin embargo, ambos textos participan de tendencias que es posible percibir en la academia anglosajona que ha estudiado la Era de las Revoluciones durante los últimos lustros.2 En cualquier caso, lo que se pretende con la visión crítica aquí adoptada es fomentar una discusión académica sobre las revoluciones atlánticas y, por extensión, sobre dicha era.
Existen algunas diferencias respecto a la cronología de la Era de las Revoluciones. Ahora bien, si como es común afirmar, la modernidad política fue su legado más importante, se antoja difícil no comenzar con la llamada Revolución Gloriosa, que tuvo lugar en Inglaterra en 1688-1689. Sin embargo, lo más común es empezar bastante más tarde. Para Griffin, por ejemplo, todo comienza en Nueva York, en julio de 1776, con el derribo de la estatua del rey Jorge III por colonos insatisfechos con las políticas de la corona británica. En cuanto al final de dicha era, en varias partes de su libro y, particularmente en el epílogo, el autor plantea que la Era de las Revoluciones aún no ha terminado, es decir, que sigue con nosotros. Esta propuesta parece problemática desde diversos puntos de vista (como se tratará de mostrar en la parte final del segundo apartado). En cuanto a Perl-Rosenthal, su cronología es más convencional, pues para él la era que nos ocupa comenzó en 1765 y terminó en 1825.
Las revoluciones de 1848 son una muy buena opción para cerrar la Era de las Revoluciones. De hecho, no son pocos los historiadores que emplean esa fecha como punto final3 y, si no son más, creo que se debe a que para la mayor parte de la historiografía que se ha ocupado de dichas revoluciones en las últimas décadas, casi todos los movimientos revolucionarios que empezaron en 1848 terminaron fracasando, en mayor o menor medida.4 No voy a entrar aquí en lo problemática que es la utilización de la noción de “fracaso” en la historiografía, ni voy a establecer tal o cual fecha como el punto de arranque y como el punto de cierre de la Era de las Revoluciones. No sólo porque estas cuestiones cronológicas suelen no llevarnos muy lejos si lo que queremos es entender un proceso histórico (o conjunto de procesos históricos), sino también porque las fechas seleccionadas tienen mucho que ver con las hipótesis de partida y con los objetivos que se fija cada historiador o historiadora en cada uno de sus trabajos. En todo caso, incluso limitándonos a las revoluciones atlánticas, la cantidad de estos procesos es tan grande, que cualquier intento por englobarlos y explicarlos bajo una sola hipótesis interpretativa (general, abarcadora y que se pretende omniexplicativa) se antoja una empresa de Sísifo. Entre otros motivos, porque lo más probable es que tiendan a proliferar los casos, digamos, “atípicos” (outliers en lengua inglesa). Como veremos, sin embargo, tanto el libro de Griffin como el de Perl-Rosenthal pretenden ofrecer hipótesis de la índole mencionada.5
Como quedó expresado, en las páginas que siguen se revisarán los libros de Griffin y de Perl-Rosenthal desde una perspectiva crítica. Empezaremos con el de Griffin, pues apareció primero, en el apartado siguiente. En el tercero, nos ocuparemos del libro de Perl-Rosenthal. Por último, en el cuarto apartado se retomarán algunos de los contenidos de los dos anteriores, para hacer un par de planteamientos generales y poner sobre la mesa una cuestión lingüística muy importante respecto a la manera que se estudian en la actualidad tanto las revoluciones atlánticas como la Era de la Revolución.6 Esta cuestión académica, que tiene enormes consecuencias sobre el estudio de la historia latinoamericana en la academia occidental contemporánea, puede referirse como “la hegemonía (absoluta) de la lengua inglesa”.7
En suma, esta doble reseña es un ensayo historiográfico cuyo objetivo es mostrar algunos aspectos de la manera en que actualmente se estudia la Era de las Revoluciones en la academia de Estados Unidos, con la finalidad última de fomentar un debate historiográfico importante y necesario. Algunos de los temas que deben discutirse son los siguientes: las hipótesis generales para explicar un periodo tan complejo; las conexiones causales que tienden a establecerse entre las diversas revoluciones atlánticas; las notables diferencias entre los procesos revolucionarios que forman parte de la Era de las Revoluciones; la noción de “influencia” que privilegian la historia atlántica y la historia global; el peso decisivo concedido por estas mismas historiografías a las similitudes y a las continuidades; la manera en que se enmarca a la América española dentro de lo que se considera el “ciclo revolucionario atlántico”; la forma en que la “corrección política” incide en ocasiones sobre el modo de estudiar la Era de las Revoluciones; la tendencia a uniformar procesos que en aspectos fundamentales son muy distintos; la propensión a enmarcar cada vez más procesos y de más partes del mundo dentro de la “Era de las Revoluciones”; la inclinación a enfatizar el carácter socialmente revolucionario de procesos que en aspectos medulares no fueron revolucionarios en lo social; la tendencia a “deshistorizar” el liberalismo (lo que implica no solamente verlo desde el mirador del siglo XXI, sino también adjudicarle una entidad y homogeneidad que, simplemente, no podía tener durante el medio siglo que va de 1775 a 1825); seguir viendo a la independencia de Estados Unidos y a la Revolución francesa como los modelos que los demás movimientos revolucionarios de la época no hicieron más que reproducir de una u otra manera, y, para no extender más este recuento, el modo en que a menudo se pierde conciencia de las distintas velocidades de las diversas modernidades vislumbradas o surgidas durante una era revolucionaria que, en algunos aspectos, resultó serlo menos de lo que suele plantearse.8
Antes de proceder al siguiente apartado, conviene señalar que, hasta donde se puede comprobar al leer todas las reseñas disponibles y salvo un par de excepciones, los libros revisados aquí han recibido una buena acogida. Por poner un solo ejemplo, en ReVista (Harvard Review of Latin America), Fabrício Prado concluye su elogiosa reseña del libro de Griffin con estas palabras:
Este libro suscitará animados debates académicos entre atlanticistas, latinoamericanistas, estudiosos de la América del Norte temprana, europeístas y africanistas interesados en el imperio y la revolución. Servirá como una excelente monografía para conducir debates en seminarios de posgrado y como una excelente introducción sobre este periodo para estudiantes de licenciatura. The Age of Atlantic Revolution es una monografía de actualidad que no pretende ofrecer una síntesis general; en cambio, toma como base la extensa historiografía atlántica de las últimas décadas sobre diferentes regiones del Atlántico para ofrecer una perspectiva nueva sobre un tema tradicional.9
Como veremos en las páginas que siguen, el presente ensayo difiere de valoraciones como la de Prado. Por supuesto, el libro de Griffin tiene diversos méritos, entre ellos, su ambición interpretativa, la cantidad de lecturas que refleja su elaboración y el enorme esfuerzo de síntesis que supone un texto tan abarcador. Además, resulta interesante y atractiva su manera de combinar desde distintos ángulos dos temas fundamentales del periodo, como son las crisis imperiales y la esclavitud. Respecto al primer tema, cabe destacar que el autor no menosprecia al imperio español de la segunda mitad del siglo XVIII, como sucede con relativa frecuencia, pues en el capítulo II reconoce que su pérdida de poder respecto a la centuria anterior no fue tal que impida considerarlo una potencia mundial durante el periodo bajo estudio. Cabe añadir que Griffin no deja fuera de su libro el caso brasileño y, por lo tanto, los avatares de la monarquía portuguesa durante la segunda mitad del siglo XVIII y primeras décadas del XIX.10 Por último, se reconoce en general la tendencia del autor a no pretender decir la última palabra sobre prácticamente ninguno de los muchos temas que trata en su obra, sino dejar opciones abiertas para que los lectores exploren cada tema por su cuenta.
Expresado lo anterior, el propósito del próximo apartado es elaborar críticamente sobre algunos aspectos del libro de Griffin que simplifican el estudio de la Era de las Revo luciones y tienden a obstaculizar, en alguna medida, la percepción de la enorme complejidad que caracteriza esta época de la historia occidental. Complejidad que se desprende del tema mismo: una serie, sumamente nutrida, de movimientos políticos, sociales, militares y económicos que abarcan un periodo de tiempo muy largo y un espacio geográfico extendido, por lo que las sociedades involucradas son muchas y muy diversas. Se hará una labor crítica similar respecto al libro de Perl-Rosenthal en el tercer apartado de esta doble reseña.
Los desacuerdos con ambos autores tienen que ver con algunas de sus decisiones historiográficas, sobre todo, con hipótesis que parecen demasiado ambiciosas en cuanto a todo lo que pretenden explicar (como quedará claro más adelante, denominarlas “omniexplicativas” no es una exageración). En cada uno de los dos libros que se revisarán, estas hipótesis pretenden vertebrar la Era de las Revoluciones en su conjunto. Una época que, conviene explicitarlo desde ahora, debe ser vista no sólo o primordialmente desde la óptica de las similitudes, los paralelismos y las analogías, sino (aunque resulte más trabajoso y complique notablemente cualquier hipótesis abarcadora) poniendo sobre la mesa las particularidades de algunos de los movimientos revolucionarios más importantes que la componen (entre ellos, de manera destacada en este ensayo, las revoluciones hispanoamericanas); en especial, cuando algunos de esos casos tienden a contravenir o refutar las hipótesis de partida. De otro modo, se puede dar la impresión de que la Era de las Revoluciones, un periodo fundamental de la historia moderna de Occidente, habría sido más lineal, homogénea y nítida de lo que realmente fue.
En el caso del libro de Griffin, The Age of Atlantic Revolution, el peso analítico y heurístico que el autor concede al concepto de conexión en su libro es excesivo. A este respecto, el autor tiene detrás de sí la historia global y la historia atlántica, ambas muy en boga durante los últimos lustros, que han hecho de dicha conexión un postulado que, como tal, no amerita cuestionamiento ni discusión y que, por ende, se acepta de forma acrítica. Un postulado con el que, insisto, se pretende explicar toda la era en cuestión. Antes de proseguir, conviene aclarar que no se pretende negar en este ensayo dicha conexión, que resulta evidente por muchos motivos; el objetivo es matizarla.
Cabe añadir que el propio Griffin refiere en la introducción de su libro que la “historia cruzada” y la “historia conectada”, otras dos corrientes historiográficas que también están de moda en la actualidad, quizás han abusado de nociones como entrelazamiento (entanglement) y conexión (connection).11 Sin embargo, este abuso, que él mismo percibe y explicita, no le impide llevar ambas nociones a su máxima expresión en los dos primeros capítulos del libro, al cual nos referimos a continuación.
II. La Era de la Revolución atlántica en un mundo hiperconectado
La tesis central de The Age of Atlantic Revolution de Patrick Griffin se refleja, sobre todo, en el subtítulo del libro: “La caída y el ascenso de un mundo conectado”. Resulta muy difícil dilucidar a qué caída y ascenso se refiere concretamente el autor. En cuanto al nivel de conexión, me parece importante poner sobre la mesa de debate reservas sobre el altísimo nivel de conexión que asume y presupone gran parte de la historiografía contemporánea que se ocupa de las últimas décadas del siglo XVIII y las primeras del XIX. Aunque sólo fuera por la lentitud de las comunicaciones de la época (navales y, no digamos, terrestres), por la ínfima cantidad de personas que podían viajar o que efectivamente lo hacían, por las barreras lingüísticas que obstaculizaban una comunicación en sentido profundo y, por último, porque los avances técnicos entre la época romana y el uso interurbano del ferrocarril (1830) afectaron la velocidad de la comunicación (terrestre y marítima) mucho menos de lo que suele pensarse, cabría ser más cautos antes de plantear la existencia de una conexión intensa, permanente y ubicua como la que Griffin concede a todo el mundo atlántico desde la primera página de su libro.
Conviene insistir en que no se está poniendo en duda dicha conexión, sino su magnitud. Tampoco se pone en entre dicho la comunicación muy intensa en ciertas regiones del mundo atlántico (el mar Caribe en primer lugar), sino la ubicuidad de una supuesta hipercomunicación en cada rincón del Atlántico (y lugares más o menos adyacentes) y, sobre todo, las implicaciones de todo tipo que derivan de ella los practicantes de la historia global, la historia atlántica, la historia cruzada y, por supuesto, la denominada “historia conectada”.
Conviene empezar este análisis crítico planteando que para Griffin las revoluciones atlánticas son, en realidad, una sola (de hecho, el título de su libro está en singular). Para empezar, una cita sobre la “ola revolucionaria” que, para el autor, arrasó todo el mundo occidental entre 1775 y 1825: “La Era de la Revolución transformó todo. Después de que los neoyorquinos derribaran la estatua, el espíritu de la libertad recorrería América casi como una corriente eléctrica. Después viajaría a Francia, a lo largo de todo el continente y el Caribe, de regreso a las Islas Británicas y, al final, encontraría su camino hacia América Latina y África”.12 En cuanto a la magnitud de la corriente eléctrica, Griffin no duda: “A lo largo y ancho del Atlántico, desde la década de 1760 hasta la década de 1820, nada ni nadie saldría intocado”.13 Respecto al nivel de interconexión, el autor tampoco tiene dudas: “Lo que sucedió en un lugar, entonces, informó lo que ocurriría en otro. Tirar del hilo en un rincón aparentemente aislado de la red, podía tener implicaciones dramáticas para personas y lugares a un océano de distancia”.14 De hecho, para el autor el Atlán ti co es una unidad que sólo se explica como tal: “El todo sólo tiene sentido cuando reunimos las que comúnmente se ven como discretas dinámicas con las que ocurren muy lejos y cuando vemos cómo se relacionan unas con otras”.15 En el mundo que plantea el autor en la introducción de su libro, todo, absolutamente todo, está conectado (y bien conectado). No sólo eso, sino que incluso la inteligibilidad de esa totalidad depende directamente del nivel de interconexión. Este nivel es tan profundo, continuo y omnipresente para él, que en este ensayo opté por emplear el término “hiperconexión”.
Para Griffin, un personaje tan excepcional en términos de sus desplazamientos atlánticos como Olaudah Equiano, a quien volveremos al final de este ensayo, “demuestra la manera en que los nexos atlánticos ahora vinculaban a las personas y conectaban regiones lejanas”.16 En la misma línea de algo ya expresado en el primer capítulo de su libro, el autor reconoce que el término entanglement (entrelazamiento) es un concepto “demasiado a la moda” (all too trendy)17 y, sin embargo, los dos primeros capítulos de su libro (titulados “A Tangled World” [Un mundo entrelazado] y “Disentangling the Atlantic” [Desentrelazar el Atlántico]) están repletos del sustantivo entanglement y sus variantes. Estos capítulos contienen algunas afirmaciones que cabría considerar exageraciones historiográficas de diversa magnitud, como las siguientes: planteamientos sobre la cultura impresa en inglés (con Benjamin Franklin como “epítome”), que parecen presuponer que todo el mundo atlántico comprendía ese idioma en el tercer cuarto del siglo XVIII;18 el viajero atlántico que se movía entre distintos mundos con una soltura asombrosa como si fuera “la norma” (the norm);19 sugerir una causalidad de mediano plazo entre la independencia de las Trece Colonias y las independencias hispanoamericanas que me parece indemostrable20 y, para seguir en los dos capítulos mencionados, establecer una lógica y una inevitabilidad históricas que no pueden dejar indiferente a ningún historiador medianamente cauto: “El mundo atlántico estaba tan imbricado que es una locura (folly) creer que una crisis sobre la soberanía que se convirtió en una revolución se mantendría aislada. La lógica del sistema no lo permitiría”.21 Cabe preguntarse de qué “lógica” y de qué “sistema” estamos hablando, a menos que se hayan aceptado acríticamente las hipótesis de trabajo que Griffin planteó en su introducción. La historia, desde el punto de vista de quien escribe este ensayo, es menos lógica, menos sistemática y predecible de lo que sugiere el autor (aquí y en otros pasajes de su libro). En cuanto al nivel de imbricación, cabe matizarlo con un solo ejemplo: entre el inicio de la guerra de independencia de las Trece Colonias y la declaración de independencia de la región hispanoamericana con la que prácticamente colindaba al sur, la Nueva España (México), transcurrió cerca de medio siglo.
En el capítulo 3, Griffin se adentra en la Revolución francesa, no sin antes sugerir que Thomas Jefferson “personifica” (personify) la Era de la Revolución. Al respecto, cabe preguntarse: ¿y por qué no Danton, Louverture o Bolívar?22 La respuesta, para el autor, es que Jefferson “epitomiza” la magnitud de las conexiones que, según él, definían el mundo y la época en la que vivió el principal redactor de la Declaración de independencia de Estados Unidos. Para Griffin, darle significado a la Era de la Revolución gira, básicamente, alrededor de “hacer conexiones”.23 En el mismo sentido, al inicio de su análisis de la Revolución francesa, el historiador sugiere que, justamente por la profunda conectividad imperante, dicha revolución puede considerarse una derivación del movimiento revolucionario de las Trece Colonias y que, al igual que ésta, “tuvo sus orígenes” en los entrelazamientos referidos.24 Esto puede ser cierto en alguna medida pero, una vez más, la experiencia estadounidense aparece como la matriz por excelencia. Así lo expresa Griffin: “Estados Unidos [America en el original] parece haber provocado una reacción en cadena en la década de 1780 y haber envalentonado a hombres y mujeres a imaginar lo que significaba ‘revolución’. Como lo dijo Thomas Paine en 1776, de manera casi profética, ‘la causa de América es la causa de la humanidad’”.25
Para Griffin no existen los matices ni las prevenciones cuando se trata de conectividad. Por ejemplo, ¿qué quiere decir que en la década de 1780 América del Norte y América del Sur estaban conectadas “por toda clase de vínculos”?26 Enseguida, el autor parece darse cuenta de que está exagerando, pues afirma que establecer conexiones es una cuestión compleja y añade que las revoluciones “no sólo empiezan por las ideas”, sino que comienzan “por agravios de larga data, dese quilibrios e injusticias estructurales, politización, así como por acción o inacción del gobierno”.27 En cuanto al lugar y el peso que a veces concede a las ideas en su libro, parecen más propios de la vieja historia de las ideas, que de la historia intelectual de las últimas décadas del siglo XX y primeras del XXI. Dicho de otro modo, sus planteamientos se parecen a aquellos que hacía con relativa frecuencia un autor como Isaiah Berlin, pero que es difícil encontrar en historiadores como Reinhart Koselleck o Quentin Skinner; es decir, los dos representantes más importantes de la historia conceptual y de la historia de los lenguajes políticos, respectivamente (tan alejadas, ambas, de la historia de las ideas tradicional).28
Volviendo a la cita del párrafo anterior, las peculiaridades de cada proceso histórico son fundamentales (entre ellas, por cierto: “agravios”, “desequilibrios”, “injusticias estructurales”, “politización” y “acción o inacción del gobierno”), si no queremos pasar de largo sobre aspectos importantes de cada movimiento revolucionario al plantear el tipo de generalizaciones a las que son tan afectos los historiadores atlánticos y globales. Al respecto, llama la atención de cualquier lector atento que el autor primero establezca una conectividad muy estrecha entre la independencia de Estados Unidos y la Revolución francesa y que, cuando apenas se adentra en esta última, reconozca que, “con el tiempo, los franceses perderían interés en América”29 o que afirme, tan pronto nos adentramos en la revolución de 1789, que las comparaciones entre los casos británico y francés “se vienen abajo, al menos parcialmente”.30
Un poco más adelante, cuando se ocupa de la Revolución haitiana, el autor plantea que este movimiento revolucionario influyó en el Caribe, en la América española y “eventualmente, [sobre] quienes dirigieron los levantamientos de esclavos en Estados Unidos”.31 Sobre este tema, conviene recordar que si bien es cierto que durante los últimos lustros del siglo XVIII y primeros del XIX se dieron varias rebeliones de esclavos en diversas partes de América, la esclavitud se mantuvo intacta en las tres regiones mencionadas por Griffin durante muchas décadas más después de concluida la Revolución haitiana (1804) y que el tráfico de esclavos creció exponencialmente en el sur de Estados Unidos, Cuba y Brasil. Ni siquiera en la vecina isla de Jamaica tuvo lugar nada remotamente parecido a lo sucedido en Saint Domingue. Como lo ha planteado Paul Friedland, la historiografía reciente ha sobredimensionado el influjo de la Revolución haitiana, incluso en la región del mar Caribe.32 Sin embargo, el autor va más lejos todavía, pues enseguida afirma que los relatos sobre Saint Domingue “provocaron el mismo rango de respuestas que habían provocado los sucesos en Francia”.33 Otra afirmación que habría que matizar, sobre todo si se tiene una idea de la magnitud de las reverberaciones de la Revolución francesa en todo el mundo atlántico. Hasta donde alcanzo a ver, la distancia con respecto a la Revolución haitiana es considerable.
Algo similar puede plantearse sobre la afirmación de Griffin de que la rebelión irlandesa de 1798, que fue un absoluto desastre en cuanto a sus objetivos, puede considerarse un hecho “paralelo” o equivalente a lo sucedido en Saint Domingue.34 Cabe dudar sobre esta afirmación, aunque sólo fuera porque la Revolución haitiana fue, en un sentido “civilizacional”, la más importante de las revoluciones atlánticas, pues logró terminar, si bien en un espacio geográfico muy redu cido, con la esclavitud, una de las lacras de la humanidad durante miles de años (y que, como quedó dicho, lo seguiría siendo muchas décadas más). En el libro que nos ocupa, la rebelión irlandesa (que no “revolución”, como la denomina Griffin) es considerada un movimiento político muy importante, comparable en varios sentidos con la revolución de las Trece Colonias, la francesa, la haitiana y las hispanoamericanas. Al respecto, cabe plantear que, con poco que se conozca dicha rebelión, puede considerarse que el esfuerzo de Griffin está un tanto desenfocado. De hecho, el propio autor termina considerando el caso irlandés como “otra baja (casualty) reveladora del momento revolucionario atlántico”35 y aceptando que “Irlanda siguió siendo un traspatio (hinterland) subdesarrollado de la Gran Bretaña y del Atlántico”.36 Cabe añadir que el principal resultado político de dicha rebelión fue la pérdida del parlamento irlandés y su traslado a Westminster; nada menos.37 Ahora bien, no está de más aclarar que un determinado proceso histórico no tiene que ser exitoso en términos políticos para ser históricamente “importante”. El problema historiográfico está en otra parte: en pretender brindarle una entidad y una relevancia históricas a un proceso que no lo tuvo en su momento en la magnitud planteada y que la historiografía, por sí sola, no puede concederle.
Hay varios pasajes en The Age of Atlantic Revolution que llaman la atención de cualquier lector que conozca la época con cierto detalle. Baste un solo ejemplo, pero tratándose de un personaje histórico de la talla de Napoleón Bonaparte, resulta imposible dejarlo pasar. Griffin afirma que, al igual que la constitución de Estados Unidos de 1783, Napoleón también instituyó “una nueva constitución”;38 el autor se refiere aquí al código civil napoleónico. La comparación parece inadecuada, pero lo son aún más las afirmaciones que hace en seguida: Napoleón enfrentó “el mismo tipo de crisis” que habían enfrentado Washington y Jefferson; el genio político de Napoleón es el mismo de los Founding Fathers; además, Napoleón y Jefferson tuvieron éxito “empleando casi exactamente los mismos medios”. Para cerrar este tema, Napoleón combinó las ideas de pueblo, nación y Estado en un arreglo exitoso después de un periodo de “soberanía incierta” (uncertain sovereignty); a este respecto, escribe: “Los colonos americanos como Jefferson habían hecho exactamente lo mismo”.39
Para quienes conocen relativamente bien el ascenso político napoleónico y el contexto europeo de la época, afirmaciones como las anteriores resultan problemáticas, por decir lo menos, pues las diferencias entre el contexto político, social, económico y diplomático de Napoleón y la situación política que enfrentó la élite terrateniente que estuvo al frente del proceso de independencia de las Trece Colonias son muchas y muy notables. A este respecto, creo que vale la pena traer a colación lo que alguna vez escribió David Hackett Fischer sobre las analogías históricas: “Todo uso inteligente de la analogía debe comenzar con una percepción sobre sus límites”.40 Si éste es el caso respecto a toda analogía histórica, la cautela debe ser todavía mayor respecto a la serie de equivalencias históricas como las que prácticamente plantea Griffin entre los Padres Fundadores y Bonaparte. Al respecto, cabe insistir que enfrentaron situaciones y coyunturas políticas notablemente disímiles.41
En lo que concierne a la América española (Latin America, la denomina Griffin a lo largo del libro), el autor la incluye entre las áreas que resultaron “relativamente intocadas” por la Revolución francesa (¿dónde quedó, se pregunta el lector, la profundísima conexión atlántica?). Y añade: “Las ideas por sí solas no podían desencadenar una revolución ahí”.42 Más adelante, considera que la América española es “la excepción que confirma la regla de las complejas conexiones entre lo universal, lo local, los vínculos del Atlántico y el papel del Estado”.43 Más allá de que las excepciones no confirman ninguna regla, llama la atención que, incluso cuando una región no responde a la hipótesis central del autor, resulta que, a fin de cuentas, sí la corrobora.44 Más adelante en el libro, Griffin se refiere al caso de América Latina como un proceso revolucionario que se puede considerar un “no-final” (non-ending).45 Una afirmación que parece desprenderse de que la violencia social se mantuvo una vez concluidas las independencias;46 lo cual es cierto, pero eso no implica que los procesos independentistas hispanoamericanos no hayan tenido un final, pues todos lo tuvieron, de manera muy clara, durante la segunda y tercera décadas del siglo XIX (Griffin volverá a esta noción de procesos revolucionarios inacabados al final de su libro).
Más allá de la diferencia interpretativa recién señalada, las dudas respecto al nivel de conocimiento del autor de las independencias hispanoamericanas se derivan de varios pasajes y, sobre todo, de la relación que hace de lo acontecido en el que puede considerarse el territorio americano más importante del imperio español: la Nueva España. Sobre este par de páginas, contesto puntualmente varias de sus afirmaciones: la violencia social sí surgió desde 1810; las élites criollas no intentaron cooptar a los movimientos campesinos; México no se volvió independiente en 1814, sino en 1821; las pulsiones centrífugas no se impusieron sobre la centrípetas cuando México logró su independencia en el último año referido y, por último, no toda América Central se separó de México en 1821 (es más, en un principio, prácticamente toda se le unió).47
En relación con la América española, no está de más apuntar que, a diferencia de Griffin, algunos especialistas actuales en la Era de las Revoluciones consideran que las revoluciones hispanoamericanas no pertenecen a dicha era.48 Una “propuesta” historiográfica que resulta sorprendente, por decir lo menos, a estas alturas del siglo XXI. Si menciono esta cuestión aquí es porque Griffin es consciente de que estas revoluciones no pueden excluirse de la era en cuestión
En una nota de este ensayo se refirió el peculiar e interesante capítulo séptimo del libro de Griffin, que está dedicado a los memoriales que se edificaron en varios países sobre diversos de los movimientos que se enmarcan en la Era de las Revoluciones. El capítulo previo, el sexto, está dedicado a una cuestión que resulta desconcertante (al menos para el autor del presente ensayo): para Griffin, la Era de la Revolución no ha terminado aún. Esta discusión lo lleva a hacer afirmaciones como las siguientes: “Tal vez la Era de la Revolución no ha terminado en absoluto” o “quizás la Revolución de Haití también continúa”.49 Aseveraciones que pueden sonar bien en algunos oídos, pero que carecen de rigor historiográfico. Al respecto, no es una casualidad que quien esto escribe nunca haya leído en ninguna parte o escuchado en algún debate académico que el mundo del siglo XXI sigue inmerso en la Era de las Revoluciones.
Las últimas páginas de The Age of Atlantic Revolution se mueven entre la corrección política y la ingenuidad historiográfica. El autor regresa a Olaudah Equiano, un personaje importante en la Era de las Revoluciones por lo que revela sobre la esclavitud (un tema fundamental para la época que nos ocupa y para el mundo atlántico, por si hiciera falta repetirlo). Sin embargo, y pese a la notable difusión que tuvo su autobiografía de 1789,50 llama la atención el prominente lugar que le otorga Griffin en su libro. No es claro en qué sentido puede equipararse la autobiografía de Equiano con los Viajes de Gulliver de Swift y el Robinson Crusoe de Defoe (como plantea el autor);51 tampoco es evidente lo que puede significar la afirmación de que el Atlántico “ahora le pertenece [a Equiano]”, y menos aún la aseveración de que “la mayoría de los académicos piensa que necesitamos a Equiano”.52 Para terminar con este tema, concluir un libro sobre la Era de las Revoluciones afirmando que es un desafío “encontrar un pedestal que pueda pertenecerle [a Equiano]”),53 es el tipo de planteamientos (voluntaristas, afectados y políticamente correctos), que los historiadores profesionales debieran tratar de evitar.
Griffin concluye su libro sugiriendo algo ya referido: la Era de la Revolución sigue con nosotros; una sugerencia que no se sostiene (¿dónde están las revoluciones actuales?, ¿dónde los revolucionarios del siglo XXI?, ¿dónde la “ola revolucionaria” que plantea al inicio de su libro?). Según el autor, dicha Era sobrevivió a la industrialización, a dos guerras mundiales y a la Guerra Fría.54 El final del libro es una continuación lógica de este planteamiento de la revolución inacabada y, al mismo tiempo, un remache sobre la hiperconectividad que lo recorre integralmente: “Es una buena apuesta que la Era sobrevivirá también a nuestro tiempo. Todavía nos une”.55
En cuanto a los vínculos revolucionarios que supuestamente “nos” unen todavía en la actualidad (¿a quiénes?), temo pecar de pesimista, pero en estas postrimerías del primer cuarto del siglo XXI, y sin importar hacia qué parte de la geografía mundial opten los lectores por voltear su mirada, yo diría que, en aspectos políticos y sociales muy importantes, las diferencias y las particularidades pesan tanto como esas conexiones y entrelazamientos que, según el autor de The Age of Atlantic Revolution, supuestamente definen a todos y cada uno de los movimientos revolucionarios que tuvieron lugar durante esa era y que, también supuestamente, siguen definiendo al mundo casi dos siglos y medio después de que los habitantes de la ciudad de Nueva York decidieran echar por tierra la estatua ecuestre del rey Jorge III.
III. La Era de las Revoluciones explicada mediante generaciones y movilizaciones
A continuación, revisaré The Age of Revolutions (and the Generations who Made it), de Nathan Perl-Rosenthal, que, como señalé en el primer apartado, apareció en 2024. Este libro gira, en parte, alrededor de la vida de siete personas que vivieron la Era de las Revoluciones en diferentes lugares del mundo atlántico; cuatro de ellas eran hombres y tres, mujeres. Cinco son personajes poco conocidos, que el autor de alguna manera rescata del olvido historiográfico. Su diversidad social los convierte en “buenos puntos de entrada” a diferentes lugares del mundo revolucionario de la época, un mundo “habitado por personas de diferentes razas, etnicidades, sexos y patrias”.56 La utilidad de un enfoque biográfico en un libro sobre la Era de las Revoluciones se deriva parcialmente del hecho de que todos los personajes aludidos participaron de uno u otro modo en la vida política de sus respectivas sociedades. Desde cierto punto de vista, esta decisión del autor es acertada, pues enriquece el cuadro que retrata de la época revolucionaria por antonomasia en la historia de Occidente; además, es notable el trabajo de archivo para poder llevarla a cabo. El resultado final es un retrato vital polifónico, que muestra la diversidad de trayectorias, vicisitudes y circunstancias que es posible encontrar en el mundo atlántico durante dicha época.
Ahora bien, como veremos enseguida, en este caso el problema historiográfico está en otra parte: en las premisas generales que vertebran todo el libro, las cuales terminan opacando, por decirlo de algún modo, las siete trayectorias biográficas mencionadas. Pese a todo el interés intrínseco que sin duda tienen éstas y a lo atractivo que resulta para los lectores conocer sus avatares, esas trayectorias vitales se adaptan a las hipótesis centrales del autor y terminan por subordinarse a una visión general de la Era de las Revoluciones que me parece reduccionista y hasta engañosa en aspectos fundamentales del periodo, como se tratará de mostrar. Esto se deriva parcialmente de la falta de cautela de Perl-Rosenthal ante generalizaciones sobre toda una época con base, en gran medida, en un puñado de vidas individuales.57
Más allá del carácter biográfico referido, que es quizá el mayor acierto del libro, su premisa central, como lo sugiere el subtítulo, es la sucesión de dos generaciones. Estas generaciones, supuestamente muy distintas entre sí, son las que, consideradas juntas, explican más que ninguna otra cosa lo sucedido en el mundo atlántico. En primer lugar, la que define el periodo 1765-1800 y, enseguida, la que define el periodo 1800-1825. La primera generación (correspondiente, grosso modo, al último cuarto del siglo XVIII), fue incapaz, según Perl-Rosenthal, de movilizar a las masas; la segunda (correspondiente de manera exacta al primer cuarto del siglo XIX), en cambio, supuestamente sí logró hacerlo. La primera generación fracasó en gran medida (largely failed) y la segunda tuvo éxito (succeeded).58 Es con base en este fracaso y este éxito que se articula The Age of Revolutions, libro del que nos ocuparemos en detalle en lo que resta del presente apartado.
Si la Era de las Revoluciones, según el propio autor, va de 1765 a 1825, se antoja difícil que su planteamiento generacional-movilizacional, por denominarlo así, resulte realmente útil como eje explicativo, pues tres de las cuatro “grandes” revoluciones atlánticas tuvieron lugar antes de 1800 (con la haitiana excediéndose por apenas cuatro años, pues si bien comenzó en 1791, terminó hasta 1804). Como se tratará de mostrar en los párrafos siguientes, si queremos entender la Era de las Revoluciones en su complejidad, las hipótesis centrales de Perl-Rosenthal son mucho menos convincentes de lo que él plantea en la introducción de su libro y que sustentan casi todos sus análisis.
“La primera ola de revoluciones […] tuvo éxito en ser disruptiva de las estructuras sociales, económicas y políticas de los imperios atlánticos del siglo XVIII”.59 Es decir, la primera generación “revolucionaria”, la que se supone “fracasó ampliamente”, sí logró perturbar las estructuras fundamentales de las sociedades atlánticas de la época. Esto puede considerarse revolucionario y, por tanto, difícilmente un “fracaso” (no al menos en un libro cuyo tema central es la Era de las Revoluciones). Para el autor, no obstante, parece no haber aquí contradicción alguna con su planteamiento central. Conviene señalar un punto sugerido antes, crucial respecto al libro en cuestión: el movimiento revolucionario atlántico que muchos historiadores consideran el más importante en términos políticos (la Revolución francesa), tuvo lugar entre 1789 y 1799, es decir, antes de 1800. Conviene señalar también que esta revolución movilizó a las masas en la misma medida que cualquier otra de las revoluciones atlánticas (o incluso más, si consideramos los movimientos contrarrevolucionarios que se dieron tanto en Francia como en varios países adyacentes durante la década mencionada). Asimismo, en la Revolución francesa se dieron alianzas entre clases diversas, con intensidad variable y a menudo fluctuantes. Este último punto resulta relevante porque para Perl-Rosenthal la alianza élite-masas es lo que define a la segunda generación de revolucionarios, la generación que él considera “exitosa”.60
El autor afirma en la introducción que entre 1800 y 1825 “muchos de los movimientos revolucionarios en el mundo atlán tico tomaron un giro antiliberal”.61 Si el liberalismo puede considerarse, junto con el republicanismo y muchas veces en consonancia con éste, la ideología más revolucionaria de la Era de las Revoluciones (en la medida en que se opuso de manera frontal al ancien régime) y si, supuestamente, la segunda generación revolucionaria fue la que tuvo éxito, cualquier lector atento empieza a perder un poco el rumbo (¿existió tal cosa como un “liberalismo liberal” antes de 1800 que a partir de ese año se convirtió en “liberalismo iliberal”?).62 La confusión del lector es todavía mayor cuando, casi enseguida, Perl-Rosenthal afirma que en Saint Domingue, en Estados Unidos y en la América española, durante ese mismo cuarto de siglo (1800-1825), “los movimientos políticos reforzaron la igualdad de las mayorías a expensas de las minorías”.63
Cualquier lector que conozca la historia política de Estados Unidos durante esos años, las constituciones haitianas de 1801 y 1805, así como las prácticas políticas que imperaron en Haití hasta 1825 (por no ir más lejos en la centuria), o que tenga conocimiento más o menos detallado de los movimientos independentistas hispanoamericanos, así como de las directrices políticas y sociales que guiaron a sus principales líderes políticos y militares entre 1810 y 1830, no puede evitar fruncir el ceño ante afirmaciones como la anterior y preguntarse: ¿de qué “igualdad de las mayorías” estamos hablando? ¿De qué “minorías”? ¿En qué sentido puede decirse que estas minorías salieron perdiendo, entre 1800 y 1825, en Saint Domin gue, en Estados Unidos y en la América española?
Vamos ahora a lo que el autor considera las tres percepciones profundas (insights) de la historia generacional de las revoluciones atlánticas que plantea en su libro. La primera es que “no debemos esperar que el cambio radical suceda rápidamente”.64 Nada que decir a este respecto, entre otros motivos porque se puede considerar un truismo, no sólo historiográfico, sino vital. La segunda percepción del autor es que los académicos deben repensar el lugar especial que con mucha frecuencia se otorga a las revoluciones estadounidense y francesa en la historia de la política moderna, en detrimento de las revoluciones haitiana e hispanoamericanas.65 La tercera y última percepción del autor, que puede considerarse una extensión de la anterior, es que su libro plantea una historia “antiexcepcionalista” de la Era de la Revolución.66 Básicamente, lo que quiere decir con dicho término es que la independencia de las Trece Colonias y la Revolución francesa no fueron excepcionales (ya sea en sentido positivo o, como se ha considerado durante los últimos años, negativo).
Aseveraciones de difícil interpretación aparecen frecuentemente en The Age of Revolutions. Por ejemplo, apenas en las primeras páginas, Perl-Rosenthal afirma que en el mundo atlántico del siglo XVIII (incluidas las plantaciones de Saint Domingue) “las clases bajas ganaron una medida inesperada de dominio” (the lower sorts gained an unexpected measure of dominance).67 Esto lo asevera el autor después de afirmar que el pueblo trabajador (working-class people) se apoderó de espacios públicos que hasta entonces le estaban vedados. Si esto pudo haber sucedido en cierto sentido en algunas calles de Boston y París, no sucedió en la inmensa mayoría del mundo atlántico del siglo XVIII. De entrada, porque el término working-class aplicado a esa centuria está fuera de lugar (a excepción de Inglaterra), pero no solamente por eso.68 La afirmación anterior llama aún más la atención porque, en el capítulo 7, el autor afirma prácticamente lo contrario: “En general, las sociedades atlánticas del siglo XVIII se caracterizaron por un hiato cada vez mayor (widening gulf) entre los pudientes (well-off) y la clase trabajadora (working-class)”.69 Según Perl-Rosenthal, durante los meses de julio a septiembre de 1789 (i.e., apenas iniciada la Revolución francesa), estos dos grupos ya constituían “las dos principales alas” (the two main wings)70 de la revolución. Un poco más adelante, cuando se ocupa de la revolución holandesa de 1780, la clase trabajadora se ha transformado en una “no-élite” (non-elite),71 con lo cual los lectores que ya estaban un tanto confundidos respecto a esta importante cuestión, probablemente se confundan aún más.72
Conviene detenerse en el planteamiento de Perl-Rosenthal referido al final del párrafo anterior, pues yo tiendo a estar de acuerdo con David Bushnell y Neill Macaulay cuando afirman lo siguiente sobre la América española decimonónica: “Tiene muy poco fundamento reducir la historia latinoamericana del siglo XIX a una simple lucha entre las élites y las masas”.73 Como lo afirman estos autores, hay que ser precavidos respecto a cualquier generalización sobre los intereses de clase de ambas pues, dependiendo del tiempo, del espacio y de la coyuntura, las “masas” estaban formadas por diferentes grupos, con intereses diversos y, por tanto, con objetivos políticos distintos. Los autores, expresan las mismas reservas respecto a las “élites”; de hecho, son todavía más escépticos: “El concepto de élite como un simple grupo de presión, con intereses dominantes -autosuficiente y capaz de perpetuarse a sí misma, conspiradora y embarcada en una permanente lucha de clases contra las masas- es peor que inútil”.74 A este respecto, Bushnell y Macaulay concluyen que en la América Latina del siglo XIX, los enfrentamientos sociopolíticos no se dieron entre las élites y las masas, “sino entre grupos de intereses, cuyos miembros se encontraban en todas las clases sociales”.75 Puede ser que “todas las clases sociales” sea una exageración de Bushnell y Macaulay, pero la cuestión aquí es evidenciar las limitaciones de planteamientos dicotómicos aparentemente nítidos (en este caso, élites versus masas) para entender los conflictos políticos, sociales y económicos que recorren la Era de las Revoluciones durante el siglo XIX (no sólo en la América española, sino también en el norte de América y en el resto del mundo occidental).
Afirmar, como lo hace Perl-Rosenthal al final de su primer capítulo, que desde 1760 se habían extendido en Europa y en América visiones sobre el cambio y que las ideas correspondientes “poseían un poder y un atractivo inconfundibles”76 parecen aseveraciones exageradas e inverificables (salvo que hagamos extrapolaciones a nivel atlántico con base en unos cuantos documentos de un par de archivos). A lo anterior se suma una intencionalidad que también parece estar fuera de lugar en términos historiográficos: “La revolución que empezó en la década de 1760 puso sus miras en romper el orden social y político estancado del mundo atlántico”.77 Vamos por partes: hasta donde sabemos, en la década de 1760 no empezó ninguna revolución en Occidente; además, ninguna revolución se fija propósitos (estos solamente los pueden fijar los “revolucionarios” y, prácticamente siempre, son vagos e indeterminados en la primera etapa de cualquier revolución; un punto no menor que se olvida con demasiada frecuencia). Por último, asumir y transmitir a los lectores que el mundo atlántico de 1760 (i.e., en plena Guerra de los Siete Años, 1756-1763) era un mundo estancado en lo político y en lo social es un ejemplo más, de los muchos que hay en este libro, de historia retrospectiva o “a contrapelo” (como si, en cada momento estudiado, los actores históricos supieran lo que iba a suceder en el futuro o, por lo menos, lo barruntaran).
Los planteamientos discutibles que es posible encontrar en The Age of Revolution no sólo se refieren a las revoluciones en general, sino también a revoluciones concretas. Por ejemplo, el autor equipara la rebelión andina de Tupac Amaru de los años 1780-1781 (a la que denomina más de una vez “revolución”) con lo sucedido en las Trece Colonias entre 1776 y 1783. Aunque sólo fuera por las consecuencias de ambos procesos, establecer comparaciones como ésta llama la atención, sobre todo si no se toman las prevenciones correspondientes. Perl-Rosenthal afirma que la crisis imperial que experimentó el virreinato del Perú fue “exactamente tan ancha y profunda como el levantamiento que tuvo lugar en el imperio inglés en América del Norte una década antes”.78 Sin pretender negar la magnitud de lo acontecido en los Andes peruanos en 1780 y 1781, este tipo de afirmaciones contribuye a uno de los efectos negativos que ha tenido el auge del estudio de las revoluciones atlánticas y de la Era de las Revoluciones en la academia anglosajona desde finales del siglo pasado: convertir el periodo 1775-1825 y la Era de las Revoluciones en general en una noche en la que todos los gatos son pardos. En términos historiográficos, esto quiere decir que las características distintivas de cada proceso histórico se soslayan o ignoran, para concentrarse únicamente en sus semejanzas, afinidades y supuestas continuidades.79 Haciendo caso omiso, por cierto, de esa advertencia que lanzara Bernard Bailyn en un librito que ahora es considerado el vademecum de la historia atlántica. En él, el autor llama la atención sobre una precaución que debieran tener todos los practicantes de la historia atlántica, pues con relativa frecuencia “se corre el riesgo de exagerar las similitudes y los paralelismos sin apegarse a la realidad”.80
Respecto a la comparación que Perl-Rosenthal establece entre los casos peruano y estadounidense, cabe plantear algunas preguntas: ¿con base en qué puede afirmarse que el problema político fundamental que enfrentaron los “patriotas” en ambos lugares fue ir más allá de las divisiones sociales? Pregunto: ¿Y las cuestiones fiscales (en ambos casos)? ¿Y la fidelidad a la corona inglesa (en el caso de las Trece Colonias)? ¿Y las divisiones entre los indígenas (en el caso del virreinato del Perú)? ¿Y las cuestiones militares en ambos casos (capa cidad militar y alianzas internacionales, entre otras)? Las realidades históricas, políticas, sociales y económicas eran tan distintas entre las Trece Colonias y el virreinato del Perú de la época considerada que prácticamente equiparar lo acontecido en ambas regiones es una decisión historiográfica que debe ser tomada con no pocas reservas.
El punto no es que no puedan hacerse comparaciones como la anterior (o como muchas otras que hace Perl-Rosenthal en su libro) pero, si las hacemos, debemos poner sobre la mesa toda una serie de matices y advertencias (que, en su conjunto, brindan una perspectiva muy distinta de los procesos comparados y, por ende, de la supuesta afinidad entre ellos). Este conjunto de reservas sirve para prevenir a los lectores sobre la entidad de la comparación que se está realizando; sobre todo si no son expertos en el tema (como es el caso con enorme frecuencia tratándose de libros de historia).
Un ejemplo más de lo señalado en los dos párrafos anteriores es la forzada comparación de Perl-Rosenthal entre Estados Unidos y Haití durante la década de 1810.81 Para limitarnos a los aspectos mencionados por el autor, no son comparables sus élites políticas, ni sus políticas son “iliberales” en el mismo sentido, ni tiene caso negar el flagrante autoritarismo haitiano (basta revisar someramente las constituciones de Louverture y de Dessalines para constatarlo), ni, por último, resulta muy convincente la comparación del célebre “compromiso de Missouri” en Estados Unidos con la muerte del rey Christophe en Haití. Al respecto, parecería que, una vez más (como en la comparación Trece Colonias-virreinato del Perú), el autor se dejó seducir porque los hechos históricos considerados tuvieron lugar en fechas muy próximas; en el último caso, exactamente en el mismo año (1820).82
El problema historiográfico más importante que se percibe en The Age of Revolutions es que las diversas revoluciones ocurridas entre 1775 y 1825 son vistas no sólo bajo un prisma generacional de enorme rigidez, sino también bajo otro prisma, el de una dicotomía “adversativa” aparentemente nítida que pretende ser omniexplicativa: “las élites”, por un lado, y “las masas”, por otro. A lo anterior se añade una noción del término “movilización” que se presta a interpretaciones y adecuaciones muy diversas. Para Perl-Rosenthal, todos los movimientos revolucionarios anteriores a 1800 fracasaron porque las élites no lograron movilizar a las masas. El problema está, en primer lugar, como ya adelanté en un par de ocasiones, en que no hay revolución posible sin movilización de masas. Pero, además, plantear que lo que sucede a partir de 1800 es por completo distinto porque, supuestamente, a partir de ese año las élites lograron movilizar a las “masas” o “clases trabajadoras” o “no-élites” y ponerlas de su lado, por decirlo así, es un planteamiento que parece no sólo ingenuo, sino inexacto. Como lo prueban, meridianamente, los procesos emancipadores o revoluciones de independencia de la América española.
En la inmensa mayoría de los casos, los líderes de tales procesos no tenían un imaginario social completamente distinto al de la generación que les precedió (de hecho, no podían tenerlo, pues antes de 1800 no habían acontecido revoluciones en la América española). Si se acercaron a las masas, fue casi siempre para movilizarlas en su propio beneficio y para satisfacer o cumplir sus objetivos políticos y militares inmediatos. No existió en la América española esa supuesta “nueva generación de revolucionarios” de la que habla tan elogiosamente Perl-Rosenthal a lo largo de su libro y que supuestamente surgió, como por ensalmo, hacia 1800. Según él, esta nueva generación veía el mundo social “de maneras profundamente nuevas” y, además, nos dice, abrió “promisorias avenidas para la movilización política de las masas”.83 Sin caer en simplificaciones respecto a una ideología y tradición política cuyo carácter proteico se ha señalado en muchas ocasiones (el liberalismo), considero que aspectos muy importantes de la historia del liberalismo y de los liberales latinoamericanos del primer cuarto del siglo XIX son, en buena medida, un desmentido de varios de los planteamientos del autor en esta parte de su libro.84
No es cierto, como afirma el autor, que la generación hispanoamericana que maduró entre las décadas de 1780 y 1790 rompió con los “moldes de casta” que habían definido el orden social en la América española.85 Es más, puede plantearse que, al final de los movimientos independentistas, lo que hicieron los líderes criollos fue sustituir a la élite peninsular, sin duda, pero manteniendo para ellos el poder político, el prestigio social y las profundas desigualdades sociales que sustentaron a partir de entonces dicho poder y prestigio, así como el dominio que, en términos generales (aunque inestables), lograron imponer sobre los demás grupos sociales o, en su defecto, sobre la frágil armazón institucional que surgió con las independencias en cada país. Afirmar, como lo hace el autor, que a principios del siglo XIX, prácticas de movilidad social e ideas de flexibilidad social habían penetrado hasta en las regiones más conservadoras de la América española es una afirmación que parece discutible.86 En todo, caso habría que acompañarla de una serie de advertencias y matices para no dar a los lectores una impresión distorsionada sobre un tema tan importante (hasta donde alcanzo a ver, dicha afirmación parece desprenderse, una vez más, de unos cuantos documentos espigados de un par de archivos; documentos que no bastan, por sí solos, para hacer afirmaciones de la magnitud referida). Sobre este tema, conviene hacer una aclaración muy importante: por supuesto que el pueblo participó en la construcción y legitimación del poder en América Latina durante las independencias y a todo lo largo del siglo XIX (no puede ser de otro modo) pero, como lo plantea Hilda Sabato en su libro Repúblicas del Nuevo Mundo, las normas igualitarias que prevalecían en términos teórico-legales en casi toda la región no se materializaron en sociedades igualitarias, en instituciones igualitarias o en prácticas igualitarias.87
Cabe también matizar la aseveración del autor en el sentido de que la “nueva generación” de hispanoamericanos manifestaba “una fuerte convicción, de hecho, una certidumbre, de que los cambios de estatus eran posibles e inevitables”88 (¿una “certidumbre”?; ¿con base en qué pueden hacerse este tipo de afirmaciones?; por lo demás, ¿cabe plantear cambios sociales “inevitables” en la América española de los primeros lustros del siglo XIX?). De haber existido una situación como la que retrata Perl-Rosenthal, difícilmente se explican el tipo y la naturaleza de los arreglos políticos y sociales que surgieron en todos y cada uno de los países que nacieron en la América española al final de las independencias. Estos arreglos beneficiaron, más que nada, a las élites criollas y garantizaron su supremacía política, social y étnica durante cientos de años. Sin exagerar, pues este legado puede percibirlo cualquier observador medianamente atento de la vida cotidiana y de la vida política, tal como transcurren ambas hoy en día en muchas sociedades latinoamericanas.89
Muy poco persuasiva parece también la afirmación del autor en el sentido de que la América española “no fue la anomalía, sino el epítome de la segunda ola revolucionaria”.90 Como se ha mostrado, esa “segunda ola”, supuestamente exitosa, no se sostiene en sentido estricto en parte alguna, pero lo importante (para cumplir con las intenciones interpretativas del autor) sería que se sostuviera en la única de las cuatro “grandes” revoluciones atlánticas que tuvo lugar entre 1800 y 1825, es decir, en los procesos independentistas hispanoamericanos. Sin embargo, ese planteamiento tampoco se sostiene en la América española. Basta pensar en líderes políticos, militares e ideológicos de primer nivel como Miranda, Bolívar, San Martín, Monteagudo, Nariño, Henríquez, Bello y Mier, entre otros, para percatarse de que ninguno de ellos manifestó preocupaciones sociales como las que plantea Perl-Rosenthal en su libro. No sólo esto, sino que no intentaron acercarse a las masas y velar por sus intereses y su situación excepto, como quedó expresado, con el fin último de obtener beneficios inmediatos. Además, el pensamiento político de todos ellos contenía elementos claramente conservadores en lo social; expresado de otro modo, escasamente revolucionarios en términos sociales.91
No puede afirmarse entonces (encima, de forma categórica) que los líderes de las independencias hispanoamericanas “no son nada sino miembros de la segunda generación revolucionaria”.92 Más discutible aún, si cabe, es que su visión política, según el autor, tenía en la mira no sólo cambios políticos, sino también sociales, y que “estaba profundamente mezclada con ideas de transformación y reconstrucción del mundo social”.93 ¿De qué estamos hablando en concreto para afirmar que dichos líderes independentistas propugnaban una profunda reconstrucción de las sociedades hispanoamericanas? ¿En qué textos de esos líderes se basa Perl-Rosenthal para hacer semejantes afirmaciones?
La conclusión del autor al respecto resulta poco creíble para cualquiera que haya estudiado con cierto detenimiento los movimientos emancipadores hispanoamericanos. Una vez más, Perl-Rosenthal es muy enfático en sus aseveraciones: “De todas las revoluciones que destituyeron a los imperios atlánticos durante los siglos XVIII y XIX, ninguna fue más integralmente la obra de la segunda generación revolucionaria que los movimientos de independencia de América del Sur”.94 Es decir, de la generación supuestamente exitosa, transformadora y verdaderamente revolucionaria (en contraste con la primera), sobre todo por su supuesta capacidad movilizadora y sus preocupaciones populares. A este respecto, es imposible dejar pasar la afirmación del autor en el sentido de que los líderes políticos independentistas de América del Sur representan la aceptación “de la movilidad de estatus y del relajamiento respecto a la mezcla social”.95 Como algunos de los textos de Bolívar lo muestran de modo palmario, lo mismo que muchos otros escritos de líderes de primera línea de las independencias hispanoamericanas, éste no fue el caso en la América española de las tres primeras décadas del siglo XIX.96
En la conclusión de su libro, Perl-Rosenthal afirma que la era revolucionaria en su conjunto estuvo marcada por un “iliberalismo generalizado” (pervasive illiberalism);97 es decir, por una negación del liberalismo. Esta afirmación sólo puede plantearse si se habla desde el liberalismo del siglo XXI, pero resulta muy discutible si nos ubicamos en el primer cuarto del siglo XIX, es decir, en el contexto histórico de la época que nos ocupa. El liberalismo hispánico, como los demás liberalismos de la Era de las Revoluciones, era conservador en lo social o, para decirlo en otras palabras, antipopular o antidemocrático (eso, sin embargo, no lo convierte en iliberalismo). Eso lo convierte, simplemente, en un liberalismo más del periodo revolucionario atlántico y de toda la Era de las Revoluciones.98 En cualquier caso, como se expresó en el apartado anterior, esto no implica que el liberalismo no haya desempeñado un papel revolucionario vis-à-vis el Antiguo Régimen. Siempre que nos ocupemos de historia político-intelectual, hay que tratar de hilar fino, so pena de únicamente repetir fórmulas, plantear ideas e ideologías de una nitidez sospechosa y, en suma, simplificar la enorme complejidad de dicha historia; más todavía en tiempos revolucionarios, como los que estamos revisando en estas páginas.
El supuesto cambio o relevo generacional entre dos cohortes de personas y el supuesto vínculo mecánico que establece el autor con su incapacidad o capacidad movilizadora (según se trate de la primera o de la segunda generación), que es la hipótesis doble que pretende sostener el libro que nos ocupa, adolece de las debilidades interpretativas que he intentado poner sobre la mesa y que, desde mi punto de vista, prácticamente la anulan como eje explicativo de la Era de las Revoluciones. El planteamiento parece ingenuo desde una perspectiva historiográfica, básicamente por el poder explicativo que pretende conceder a una categoría tan volátil en muchos sentidos como es la de “generación” y aunar a ella otra, igualmente inestable, como es “movilización”. Este problema se agrava con la aplicación mecánica que hace el autor de ambas categorías. En primer lugar, porque, como se sugirió en más de una ocasión, la Era de las Revoluciones no responde a cortes tajantes de esa naturaleza (o, para el caso, de ninguna otra). Ni los valores cambiaron de forma radical de una generación a otra, ni la índole de las movilizaciones fue radicalmente distinta de una generación a otra (con el año 1800 como una especie de bisagra mirífica). Como si todos los miembros de una generación en todo el mundo atlántico respondieran de la misma manera al hecho de haber pasado de la juventud a la madurez entre un año determinado y otro año específico. La historia, siempre, es mucho más compleja.
Un ejemplo más a este respecto. Perl-Rosenthal tiene que aceptar que, en Estados Unidos, incluso el Partido Republicano, que él había identificado por completo con la “segunda generación” (la exitosamente revolucionaria), si bien expandió su base social, “se mantuvo firmemente conectado con la aristocracia rural” (gentry).99 Y añade enseguida: “Una sucesión de aristócratas de Virginia se mantuvo a la cabeza del partido a lo largo de este periodo.” Mutatis mutandis, situaciones similares se manifestaron en todas y cada una de las revoluciones atlánticas a lo largo de la Era de la Revolución (en el caso concreto de los Estados Unidos, el hecho de que la esclavitud haya sobrevivido hasta 1865 debiera eximirnos de cualquier comentario adicional a este respecto). En cualquier caso, la razón principal que explica mi postura en este ensayo sobre esta temática la aporta el propio autor cuando, al inicio de su libro y tal como se refirió ya, planteó el primero de sus insights: “No debemos esperar que el cambio radical suceda rápidamente”.100
En esta misma línea, ¿qué sentido puede tener la siguiente afirmación? (que aparece al inicio del capítulo 18): “En la América española, tal como había sucedido en el mundo revolucionario, la segunda generación empezó a tomar el control (take command) en 1800”.101 ¿En 1800? (es decir, en pleno ascenso político napoleónico, cuyas repercusiones sobre la monarquía hispánica son bien conocidas). ¿En qué territorios hispanoamericanos? ¿Quiénes representaron esta “toma de control” cuando en ese año no había sublevaciones de consideración en prácticamente ninguna parte del imperio español en América? Más importante aún: ¿qué puede significar “tomar el control” en un contexto de relativa paz y con una monarquía española relativamente estable en el continente americano y, por tanto, con las autoridades peninsulares bien instaladas en el puesto de mando en todos y cada uno de los territorios americanos que formaban parte de dicha monarquía?
Para terminar con esta revisión crítica del libro de Perl-Rosenthal, ese capítulo 18 (pp. 405-426) está dedicado en su totalidad al constitucionalismo hispanoamericano de la Era de las Revoluciones. En él, no hay prácticamente nada sobre la “explosión” constitucional que tuvo lugar en la América española a lo largo de casi todo el periodo independentista pero, sobre todo, entre 1811 y 1815. Solamente durante este lustro se elaboraron en la región más de treinta documentos constitucionales; algo que no tiene parangón en la Era de las Revoluciones, es decir, en la historia de Occidente. Lo que sí menciona el autor en dicho capítulo es la influencia de Thomas Paine, del constitucionalismo estadounidense y de las constituciones revolucionarias francesas sobre el constitucionalismo hispanoamericano (a pesar de que en temas como el censo electoral, la revisión constitucional y los poderes de emergencia fue original en el contexto occidental).102 No es posible, por un lado, manifestar que se va a hacer una crítica de los excepcionalismos estadounidense y francés de la Era de las Revoluciones y otorgar el lugar que merecen la Revolución haitiana y las revoluciones de la América española en el panteón de dicha era y, al mismo tiempo, seguir repitiendo los planteamientos de cierta historiografía, sobre todo anglosajona, en cuanto a que, de uno u otro modo, las revoluciones hispanoamericanas son subproductos o reproducciones más o menos exitosas o fallidas del proceso de independencia de las Trece Colonias y, en menor medida, de la Revolución francesa.
IV. A modo de conclusión
No es mucho lo que he de añadir en este último apartado. Si he sido tan prolijo en citas de los dos libros revisados en este ensayo historiográfico es porque quise referir, de la manera más textual posible, algunos presupuestos, enfoques, pasajes y oraciones que reflejan ciertas maneras de acercarse a la Era de las Revoluciones, que, desde mi punto de vista, no contribuyen a conocerlas en su complejidad. Ahora bien, no existe (no puede existir) un libro sobre la Era de las Revoluciones que no muestre insuficiencias, limitaciones o lagunas. Como quedó expresado en el apartado introductorio, el tema es tan vasto y toca tantos ámbitos y tantas facetas de la historia occidental durante medio siglo (o más, dependiendo de la cronología adoptada), que las lagunas sugeridas son prácticamente inevitables. Si las revoluciones atlánticas son alrededor de veinte, como se señaló en ese mismo apartado, el número total de revoluciones durante la Era de la Revolución es aún mayor. Este número se incrementa todavía más si los procesos independentistas hispanoamericanos no se consideran uno solo, como debe ser el caso. La razón es relativamente simple: en la América española, sin mayor problema y sin forzar los acontecimientos históricos, es posible identificar, al menos, siete procesos con características distintivas, tiempos diferenciados e incluso lógicas propias (algunos historiadores podrían plantear hasta nueve procesos, pues cabe distinguir más de uno al interior de dos de las unidades administrativas en las que estaba dividido el imperio español en América al comenzar el siglo XIX). Lo cual no quiere decir, por si hiciera falta repetirlo, que no existieran elementos comunes muy importantes, fundamentales. Entre ellos, los que se desprenden de un dato histórico elemental, incontrovertible y con enormes consecuencias: todos los territorios americanos formaron parte de un solo imperio que existió durante 300 años (lengua, religión, cultura política, hábitos diversos, etcétera).
Como se adelantó en el primer apartado, existe lo que se puede considerar un problema historiográfico axial en los dos libros de los que se ocupó este ensayo: sus hipótesis de partida o hipótesis centrales. En el caso de Griffin, asumir una interconexión entre todo el mundo atlántico de tal naturaleza y de tal envergadura a partir de la séptima década del siglo XVIII que se convierte en una especie de deus ex machina, que todo lo vuelve inteligible. Como intenté mostrar en el segundo apartado, un nivel considerable de interconexión en el mundo atlántico no basta para explicar todos y cada uno de los pasos de un recorrido histórico e historiográfico que es muy variado, no solo en términos cronológicos y geográficos, sino también políticos, sociales, económicos, militares, diplomáticos y culturales. En el caso de Perl-Rosenthal, las hipótesis de partida son dos: por un lado, la idea de las generaciones y, por otro, la idea de la movilización (o, más bien quizá, cabe plantear una sola hipótesis: las generaciones como no movilizadoras y, enseguida, como movilizadoras). En este caso, en el apartado correspondiente, el tercero, puse sobre la mesa una serie de críticas y argumentos que intentaron mostrar que ninguna de las dos hipótesis del autor (o la combinación de ambas) resulta convincente para entender y explicar la Era de las Revoluciones (no, al menos, en la medida que él pretende).
Es entendible que los historiadores lancen al inicio de sus libros hipótesis generales, ambiciosas y abarcadoras, por temor a caer en los que podríamos denominar una mera “relatoría de hechos”. El quehacer de los historiadores, se nos ha dicho de mil maneras distintas, presupone supuestos teóricos, planteamientos generales o hipótesis pretendidamente omniexplicativas que den coherencia al conjunto (sea un artículo, un libro o una antología). Esto es inobjetable a cierto nivel, pero provoca problemas historiográficos serios cuando se le pretende llevar demasiado lejos.
En cualquier caso, no todos los historiadores piensan que hipótesis como las referidas anteriormente son indispensables. Doy un solo ejemplo, el de Richard Stites. En el prefacio de un libro extraordinario, titulado The Four Horsemen, Stites escribe lo siguiente: “Este libro, una historia narrativa de las revoluciones en España, Nápoles, Grecia y Rusia, así como de sus interrelaciones, no tiene una hipótesis general [overarching], que amarre dicha historia como un todo [bind it together]; los análisis cambian de un tema a otro”. Unas líneas más adelante, Stites añade (refiriéndose a las cuatro revoluciones que estudia en su libro): “Compartían un piso común, pero agudas diferencias invalidan cualquier tipo de aplicabilidad universal, especialmente del tipo que se introduce en la historia especulativa con un supuesto poder predictivo”.103 Creo que los dos autores en los que se enfocó esta doble reseña, que a su vez pretende ser un ensayo historiográfico, hubieran hecho bien en prestar atención a este planteamiento, aunque sólo fuera para reducir las ambiciones explicativas de sus respectivas hipótesis centrales. De haberlo hecho, sus libros no habrían forzado los acontecimientos históricos de la manera que, de diversos modos, lo hacen en no pocas ocasiones. Esto sucede, en gran medida, por ajustar a cada paso acontecimientos muy variados a hipótesis tan ambiciosas que, con relativa frecuencia, funcionan más como camisas de fuerza sobre hechos políticos, sociales y económicos de una enorme diversidad, que como generadoras de planteamientos iluminadores respecto a cada uno de los procesos revisados y a la Era de las Revoluciones en general.
Concluyo con una cuestión lingüística de la mayor importancia, sobre todo si se tiene en mente que un porcentaje considerable de lo mejor que se ha escrito sobre las revoluciones hispanoamericanas no está en la lengua de Shakespeare, sino en la de Cervantes.104 Pensemos, especialmente, en la “revolución historiográfica” que vivió el estudio de las revoluciones hispánicas (es decir, de la revolución liberal española de 1808 a 1814 y 1820 a 1823, junto con las independencias hispanoamericanas) a principios de la década de 1990 y en el dinamismo actual en lo que concierne al estudio de las independencias hispanoamericanas.105 En el primer apartado se refirió la cuestión lingüística mencionada como “la hegemonía de la lengua inglesa”; obviamente, se trata de una hegemonía de naturaleza académica. Es justamente esta preponderancia casi absoluta la que explica que la historia denominada “global” esté condenada a no serlo realmente, pues pretende que una empresa intelectual supuestamente global puede llevarse a buen puerto en un solo idioma (el inglés), con investigadores formados en un puñado de universidades anglosajonas, con fuentes secundarias en un solo idioma (el inglés) y, en todos los casos en los que las regiones estudiadas no sean anglófonas y no se conozca el idioma correspondiente, sin fuentes primarias.
Cuantifiquemos lo que quiero transmitir considerando los dos libros revisados en este ensayo: en The Age of Atlantic Revolution hay ocho fuentes bibliográficas en español, de un total de alrededor de 1200 (el libro carece de bibliografía; la estimación se hizo con base en las notas finales en las páginas 285 a 358). En el libro de Perl-Rosenthal se contaron 30 referencias en español (sin incluir las archivísticas, cuyo número en un par de capítulos no es desdeñable). The Age of Revolutions debe tener alrededor de 1000 referencias (en este caso tampoco existe una bibliografía como tal; las notas aparecen en las páginas 463 a 525). En total, si los cálculos son correctos, estamos hablando de menos de 40 referencias secundarias en español, de un total aproximado de 2200 (en porcentaje, menos del 2%).
La pregunta obligada es la siguiente: ¿dónde están las decenas de autores, autoras, libros y artículos de calidad que se han escrito en español sobre la revolución hispánica en general y sobre las revoluciones hispanoamericanas en particular desde, digamos, 1990? El origen de este interrogante es muy simple: de las cuatro “grandes” revoluciones atlánticas, una de ellas (que, en realidad son siete procesos distintos, por lo menos) se llevó a cabo en español, con protagonistas y actores secundarios que en su mayoría hablaban español (salvo en algunas regiones cuya población era mayoritariamente indígena) y, además, con fuentes primarias que están, prácticamente todas, en esta lengua.
Si lo anterior es cierto, surge, lógicamente, otra pregunta: ¿se puede escribir, hoy en día, un libro sobre las revoluciones atlánticas o sobre la Era de las Revoluciones que no tenga un número (más o menos) considerable de referencias en español? La respuesta debiera ser evidente. Que a estas alturas historiográficas (el ocaso del primer cuarto del siglo XXI), el mundo académico anglosajón crea que es posible escribir un libro así, dice mucho, muchísimo, desde mi punto de vista, sobre la arrogancia académica de ese mundo y, al mismo tiempo, sobre su provincianismo intelectual.
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Notes
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