Resumen: Este artículo analiza la trayectoria de Cuba desde su participación en el Consejo de Ayuda Mutua Económica (CAME), como parte del bloque socialista, hasta su actual interés en los BRICS, un foro de economías emergentes que combina pragmatismo económico con una agenda de cooperación multilateral. Se examinan las transformaciones en la estrategia de integración cubana tras el colapso de la Unión Soviética, así como los retos y oportunidades que plantea su inclusión en los BRICS. Si bien el enfoque de este bloque difiere del modelo solidario del CAME, su integración ofrece a Cuba una plataforma para fortalecer la cooperación Sur-Sur y diversificar sus relaciones internacionales. El éxito de esta participación dependerá de la capacidad de la isla para armonizar su legado ideológico con las dinámicas y exigencias de un sistema internacional en transformación, y consolidarse como un actor relevante en el emergente orden multipolar.
Palabras clave: Bloque socialista, cooperación Sur-Sur, integración, diversificación de las relaciones internacionales, cooperación económica.
Abstract: This article analyzes Cuba’s trajectory from its participation in the Council for Mutual Economic Assistance (CAME in Spanish), as part of the socialist bloc, to its current interest in the BRICS, a forum of emerging economies that combines economic pragmatism with a multilateral cooperation agenda. It examines the transformations in Cuba’s integration strategy following the collapse of the Soviet Union, as well as the challenges and opportunities posed by its inclusion in the BRICS. Although the approach of this bloc differs from the solidarity-based model of the CAME, its integration offers Cuba a platform to strengthen its South-South cooperation and diversify its international relations. The success of this participation will depend on the island’s ability to harmonize its ideological legacy with the dynamics and demands of a transforming international system, positioning itself as a relevant actor in the emerging multipolar order.
Keywords: Socialist bloc, South-South cooperation, international relations diversification, economic cooperation.
Artículos
De la solidaridad socialista al multilateralismo contemporáneo: cuba entre el CAME y los BRICS
From socialist solidarity to contemporary multilateralism: cuba between the CAME and the BRICS
Received: 01 December 2024
Accepted: 01 May 2025
Published: 21 July 2025
La inserción de Cuba en los sistemas de cooperación económica internacional ha sido históricamente una manifestación de su política exterior revolucionaria y su lucha por construir alternativas al orden económico mundial dominado por las potencias capitalistas. Durante décadas, el Consejo de Ayuda Mutua Económica (CAME) representó un espacio fundamental para la participación cubana en un modelo de cooperación que priorizaba la solidaridad y la complementariedad entre los países socialistas, en contraposición al mercado global dominado por las lógicas neoliberales. En este marco, Cuba logró no sólo acceder a recursos y mercados estratégicos, sino también consolidar su rol como un socio clave en el bloque socialista.
La desaparición del CAME marcó el fin de un modelo de integración económica basado en la solidaridad socialista y dejó a Cuba en una posición de vulnerabilidad, forzándola a redefinir sus estrategias internacionales. Décadas después, los BRICS emergieron como una alternativa prometedora para la isla, combinando el enfoque pragmático de las economías emergentes con un cuestionamiento al orden hegemónico global, y ofreciéndole un espacio donde puede proyectar su experiencia histórica y avanzar hacia una integración más sostenible y estratégica.
Este artículo analiza cómo la experiencia de Cuba en el CAME sentó las bases de su visión de cooperación internacional. Examina también cómo este legado se refleja en sus esfuerzos por integrarse a los BRICS, evaluando similitudes y diferencias, su rol estratégico y los desafíos que enfrenta para posicionarse como un actor relevante en un sistema global en transformación.
La cooperación alternativa y revolucionaria emerge como una respuesta a las limitaciones y deficiencias inherentes a los modelos tradicionales de colaboración internacional, los cuales, con frecuencia, perpetúan las desigualdades estructurales y las dinámicas de poder asimétricas. Los enfoques convencionales, dominados por los intereses de las potencias hegemónicas y las instituciones financieras internacionales, han demostrado ser insuficientes para abordar de manera efectiva las necesidades y aspiraciones del denominado Sur Global. Este paradigma alternativo busca promover un desarrollo más equitativo y sustentable, basado en principios de solidaridad, reciprocidad y autodeterminación. Asimismo, pretende establecer una base más justa y democrática para las relaciones internacionales, facilitando una cooperación que verdaderamente empodere a las naciones en desarrollo.
Aunque concebido inicialmente como un mecanismo de cooperación económica entre los países socialistas europeos, el CAME también se convirtió, en su evolución, en un eje fundamental para naciones no europeas como Cuba, integrando estas dinámicas dentro de una visión más amplia de solidaridad socialista internacional. La incorporación de Cuba al CAME ilustra cómo este modelo trascendió fronteras geográficas y culturales, adaptándose a las necesidades y características de los Estados miembros.
Como se ha mencionado, uno de los ejemplos históricos más significativos de este enfoque es el CAME, que se destacó por su intento de implementar un modelo de integración económico basado en la cooperación socialista. Antes de profundizar en su análisis como mecanismo de integración económica, es fundamental establecer una distinción conceptual entre dos términos que suelen utilizarse de manera intercambiable en el ámbito de las relaciones internacionales: “cooperación” e “integración”. Ambos conceptos poseen significados y alcances distintos; comprender esta diferencia resulta esencial para analizar los esquemas de inserción internacional en los que Cuba ha participado.
La cooperación implica la interacción voluntaria entre actores estatales o no estatales que se proponen lograr objetivos comunes mediante acuerdos, sin que esto conlleve la creación de estructuras supranacionales ni la cesión de soberanía. Estas relaciones se basan en la reciprocidad y el beneficio mutuo, pero preservan la autonomía de cada parte. Por su parte, la integración supone un proceso más profundo y estructurado, en el que los Estados transfieren progresivamente ciertas competencias a instancias supranacionales con el fin de maximizar los beneficios derivados de la interdependencia económica y política.
Como lo señala Altmann, “la integración debe comprenderse como un proceso permanente, pues en tanto sus objetivos van evolucionando con el tiempo, las distintas iniciativas tienen que irse adaptando. No obstante, también es un estado al que se aspira llegar una vez que los Estados construyan los entes supranacionales necesarios o los marcos jurídicos a los que aspiraron al iniciar el proceso de integración”.1
Carlos Alzugaray, por su parte, define la integración como “un proceso complejo, amplio, profundo y multifacético de transferencia gradual de atribuciones soberanas a un nivel supranacional de gobernabilidad con participación de actores gubernamentales y no gubernamentales, por el cual se maximizan los beneficios y minimizan los costos de la interdependencia y la globalización”.2 En este sentido, la cooperación puede ser vista como un paso previo hacia la integración, ya que establece las bases de confianza y coordinación necesarias para que los Estados puedan avanzar hacia proyectos más ambiciosos de integración regional o global. Sin embargo, también es posible que algunos procesos de cooperación permanezcan en ese nivel y no evolucionen hacia una integración plena, dependiendo de los intereses y prioridades de los actores involucrados.
A partir de esta clarificación conceptual, es posible analizar con mayor precisión el rol del CAME en la estrategia de inserción internacional de Cuba. Aunque fue concebido inicialmente como un mecanismo de cooperación económica entre los países socialistas, sus objetivos y métodos evolucionaron hacia un modelo de integración económica que buscaba optimizar la especialización productiva, fomentar el comercio intrabloque y reducir la dependencia de los mercados capitalistas occidentales.
El CAME se creó en 1949 en una conferencia que tuvo lugar en Moscú3 para, por un lado, coordinar las respuestas económicas, aunque también políticas y estratégicas, orientales al Plan Marshall llevado a cabo por los Estados Unidos, y contrarrestar su influencia. Y, por el otro, para resolver la necesidad de perfeccionar las formas y los métodos empleados para regular la colaboración y profundizar la división internacional socialista del trabajo, en un momento en que el carácter de socialización de la producción y del trabajo era cada vez mayor. No obstante, su documento fundacional fue aprobado diez años más tarde.4 En éste, se enfatizó la necesidad de aquel momento de asegurar el desarrollo dinámico y armónico de la economía de cada país y de toda la comunidad de Estados integrantes, sobre la base de la intensificación de la producción y de la introducción de los logros mundiales del progreso científico-técnico. Así, el CAME fue la primera organización intergubernamental del bloque soviético en institucionalizar intercambios multilaterales entre Moscú y Europa del Este.5
En el complejo entramado de la economía política internacional, el CAME ha sido frecuentemente analizado como un modelo alternativo de integración económica, puesto que representó una estructura de cooperación económica que desafió los paradigmas predominantes del capitalismo occidental. Por lo tanto, este análisis permite examinar cómo este modelo abordó las cuestiones de equidad y desarrollo sostenible, y cuál fue su impacto en la economía global y en la relación entre sus Estados miembros. Este estudio no sólo contribuirá a una comprensión más profunda del CAME como fenómeno económico y político, sino que también ofrecerá perspectivas críticas sobre la viabilidad de modelos alternativos de integración en el mundo contemporáneo.
Años después, Fidel Castro lo definiría de la siguiente manera: “El CAME es una confirmación del necesario carácter internacional del socialismo, postulado por Marx y Engels y demostrado en la práctica revolucionaria por Lenin”.6 Su desaparición se produjo en 1991 con el colapso del campo soviético. En enero de ese mismo año, se planteó crear la Organización para la Cooperación Económica Internacional (OCEI) para sustituir el CAME, no obstante, la propuesta no acabó por producirse.7 La OCEI fue concebida como una plataforma que continuaría los esfuerzos de integración económica y cooperación multilateral entre los antiguos miembros del CAME, preservando así los vínculos económicos y estratégicos forjados durante décadas de colaboración socialista. Esta nueva organización pretendía adaptarse a las cambiantes realidades políticas y económicas de la etapa posterior a la Guerra Fría, intentando establecer un modelo de integración más flexible y adecuado a las necesidades emergentes de los países exsocialistas. A pesar de los esfuerzos iniciales y las intenciones declaradas, la falta de consenso y la rápida transición de muchos de estos países hacia economías de mercado impidieron la consolidación de la OCEI. Además, las profundas transformaciones políticas internas y la reorientación de las prioridades nacionales contribuyeron a la disolución de la iniciativa. Por lo tanto, se considera que la OCEI y sus intentos fallidos proporcionan una valiosa perspectiva sobre las dificultades inherentes a la reconfiguración de sistemas de cooperación internacional en un contexto de drásticos cambios geopolíticos y económicos.
El CAME lo fundaron, aparte de la propia Unión Soviética, una serie de países socialistas: Bulgaria, Checoslovaquia, Hungría, Polonia y Rumania. Más tarde entrarían en la organización la actual República de Albania (1949),8 la República Democrática Alemana (1950), Mongolia (1962), Cuba (1972)9 y Vietnam (1978). Asimismo, contaba con Yugoslavia como Estado asociado y una gran cantidad de Estados observadores, entre los cuales había incluso países del continente americano (México y Nicaragua) y el africano (Angola, Mozambique y Etiopía). Entre sus objetivos principales estaba el de fomentar las relaciones comerciales entre los Estados con el fin de hacer frente a la economía capitalista. Además, se presentó como una organización de cooperación económica, con la cual daría inicio la experiencia de cooperación alternativa y revolucionaria soviética en el ámbito económico. De esta manera, no era un modelo clásico de comercio, es decir, su objetivo principal no fue maximizar beneficios, puesto que sus relaciones tienen un sentido más político e ideológico.
Desde 1949 hasta 1953, el CAME se dedicó única y exclusivamente a “registrar los acuerdos bilaterales entre sus miembros, así como los créditos que se otorgaban recíprocamente en ese marco de bilateralismo”. Durante esta fase, los países miembros priorizaron los acuerdos bilaterales, relegando el comercio y la cooperación multilateral.10 Además, adoptó el principio del libre intercambio de patentes, estableció acuerdos de compensación, debatió sistemas de negociación de precios y formuló modelos de acuerdos comerciales internacionales, convirtiéndose así en un actor fundamental en la reorientación de los flujos comerciales en el continente europeo.11 Esta fase inicial del CAME no sólo subrayó la importancia de la cooperación bilateral en el ámbito socialista, sino que también sentó las bases para la posterior expansión y sofisticación de los mecanismos de integración económica. En consecuencia, su papel en la configuración del comercio y la economía del bloque socialista merece un análisis detallado para comprender plenamente su impacto histórico y legado institucional.
A mediados de la década de 1950, el CAME comenzó a desarrollar cambios en sus funciones y, de esta manera, empezó a desempeñar un papel real en la vida económica de Europa del Este.12 Así, en 1957 comenzó la compensación multilateral, creándose incluso, en 1963, el Banco Internacional para la Cooperación Económica (BICE),13 aunque solamente funcionaba para las transacciones que no se hubieran incluido en los acuerdos bilaterales firmados previamente. Por otro lado, el Consejo puso en marcha un Acuerdo de Especialización que tenía como objetivo detener “un desarrollo paralelo e independiente de las naciones que no disponían de economías de escala”.14 Esta iniciativa fue crucial para la organización, puesto que estaba orientada a optimizar la eficiencia económica y la integración de las economías socialistas de Europa del Este y otros países miembros. Así, se estableció un marco para la división del trabajo y la especialización productiva entre los países miembros, buscando aprovechar las ventajas comparativas y los recursos específicos de cada nación.
En la década de los sesenta, se hizo notable la falta de avances significativos en relación con la integración real entre los países, debido a que la movilidad de los elementos clave de producción fue extremadamente limitado. Es decir, las condiciones que habían permitido a los países socialistas lograr el desarrollo sobre bases extensivas desaparecieron. Se cree que esta falta de avances fue impulsada por la escasez de soluciones que se presentaban respecto a los problemas que tenían relación con la inconvertibilidad y el bilateralismo.15 No obstante, en la segunda mitad de la década, la Unión Soviética realizó grandes esfuerzos para fortalecer la integración dentro del CAME. En consecuencia, fue necesario para estos países desarrollarse sobre bases intensivas, aplicar los logros de la ciencia y la técnica en la producción, aumentar la productividad del trabajo y lograr la utilización eficiente de los recursos energéticos, laborales y materias primas. Así, en 1971 se realizaron una serie de proyectos destinados a la especialización y colaboración en la industria, los cuales desempeñaron un papel fundamental en los esfuerzos de coordinación de los planes nacionales de los años 1976-1980. En consecuencia, a principios de 1977 se habían establecido más de 90 acuerdos de cooperación productiva a nivel multilateral.16 A pesar de ello, en los años setenta, los países socialistas dieron gran importancia a las relaciones con los países capitalistas desarrollados, comenzando así una dependencia financiera de los países del CAME con Occidente.
En el caso de América Latina y el Caribe, la Unión Soviética mantenía convenios comerciales bilaterales con los siguientes países: Argentina, Bolivia, Brasil, Colombia, Costa Rica, Cuba, Ecuador, El Salvador, Guyana, Jamaica, México, Perú, Uruguay y Venezuela. Estos acuerdos incluían clausulas estándar aplicables para todos ellos. Sin embargo, se diferenciaban en lo referente a los objetivos específicos de los países.17 De esta manera, durante estos años, el CAME se presentaba como un modelo alternativo al Nuevo Orden Económico Mundial (NOEI), sosteniendo siempre la visión socialista sobre el futuro de las relaciones Norte-Sur basada en la fórmula de “integración a través de igualdad”,18 impulsando así un modo de cooperación e integración alternativo.
En el contexto de estos acuerdos comerciales bilaterales, la influencia de la Unión Soviética en América Latina y el Caribe no se limitaba a la esfera económica, también se extendía a ámbitos políticos y culturales, reforzando alianzas estratégicas y promoviendo la ideología socialista. El CAME, como representante de este modelo alternativo al NOEI, buscaba una integración económica además de un reordenamiento de las relaciones internacionales que desafiara la hegemonía occidental. La fórmula de “integración a través de la igualdad” propuesta por el CAME significaba una ruptura con las dinámicas tradicionales de dependencia y subordinación características de las relaciones Norte-Sur. Este enfoque promovía la equidad y la cooperación mutua, evitando las asimetrías de poder y las inequidades económicas que perpetuaban el subdesarrollo en la región.
La visión del CAME proponía un sistema de relaciones internacionales basado en el respeto mutuo, la solidaridad y el beneficio compartido, donde las decisiones económicas y comerciales se tomaban colectivamente y en función de los intereses comunes, en contraste con los modelos capitalistas que privilegiaban la competencia y la explotación. Este planteamiento, aunque ambicioso, representaba una esperanza para muchos países de América Latina y el Caribe, que veían en el CAME una oportunidad para alcanzar un desarrollo más justo y equilibrado.
El crecimiento en el número de acuerdos comenzaría a paralizarse a finales de la década de los setenta y hasta mediados de los ochenta. En esos años, los antiguos conceptos sobre la cooperación socialista se desmoronaron y se agregaron nuevos problemas a los ya existentes.19 Quizás esos problemas principales estuvieron directamente relacionados con la utilización de políticas económicas inadecuadas y la no explotación plena de las potencialidades en la colaboración e integración socialista. Asimismo, también hubo otros factores que fueron predeterminantes: la política inversionista, la escasez de la fuerza de trabajo y el decrecimiento de la productividad con el comportamiento de la productividad del capital.
Una de las consecuencias directas de este cambio fue la revisión del compromiso a largo plazo que mantenían la Unión Soviética y los países de Europa Oriental sobre el suministro de combustibles y materias primas a bajos precios. Lo ocurrido tuvo como resultado que los países (con la excepción de Cuba20) buscaran nuevas alternativas de comercio, inclinándose cada vez más por una reforma.21 De la misma manera, la reforma propuesta por Gorbachov para la reestructuración del sistema económico soviético en 1985, es decir, la perestroika, acabó por distanciar cada vez más a los países del CAME y convertirse en el principio del fin. El colapso del bloque socialista, sin embargo, no llevó a la inmediata abolición del CAME. Es más, en enero de 1990 hubo propuestas para su continuación,22 introducidas por los países de Europa del Este, y que desvirtuaron totalmente el objetivo primario del Consejo tanto en su esencia como en su alcance.
El CAME terminó por desaparecer y con ello la Unión Soviética nunca más volvió a suministrar materias primas en los términos acordados.23 Sin embargo, es de tener en cuenta que, durante aquellas décadas, la Unión Soviética se aseguró la fidelidad de los países del CAME mediante acuerdos que firmaba en términos que no siempre favorecían sus propios intereses,24 ya que sus intenciones iban más allá de lo comercial. A pesar de ello, no se produjeron las condiciones necesarias que estimularían el empleo de las relaciones directas entre los países del CAME. Además, la mencionada necesidad se profundizaba cuando los países tenían diferentes niveles de desarrollo económico.
La relación del CAME con los países del Tercer Mundo fue instrumental en la competencia con Occidente. Durante la era de Stalin, la distancia con las colonias y los nuevos Estados independientes fue considerable, con alguna excepción en el mercado de la maquinaria y equipos. En cambio, a mediados de la década de los cincuenta se inició una nueva política hacia los países independientes que tenía como fin ofrecer una alternativa clara frente a Occidente.25 Por lo tanto, a partir de esos años, estos países consiguieron un mayor número de créditos de cooperación a través del Consejo, sin embargo, se cooperó de manera diferenciada con éstos, dando una clara prioridad a aquellos de carácter “progresista”.26
A pesar de lo mencionado, contrario a otros esquemas integracionistas en los que el potencial económico y el tamaño geográfico son determinantes, el CAME ofreció iguales derechos y deberes a sus miembros con trato preferencial para los menos desarrollados, y trabajó por incrementar las relaciones de cooperación, sobre la base de la igualdad con la comunidad mundial. Es decir, se demuestra que el CAME llevó a cabo un proceso de cooperación alternativa, con objetivos claramente marcados que no fueron suficientes para sobrevivir en el mundo bipolar del momento.
Volviendo al caso latinoamericano y caribeño, es preciso mencionar que cuando estalló la Revolución en Cuba, sólo tres países de la región mantenían relaciones con la Unión Soviética (Argentina, Uruguay y México). Además, durante la década de los sesenta, sólo la Unión Soviética y Checoslovaquia contaban con algún tipo de presencia en la zona. En cambio, la historia de las relaciones oficiales de un país socialista con los de América Latina se remonta a 1924, cuando México estableció relaciones diplomáticas con la Unión Soviética. No fue hasta finales de la década de los sesenta que se establecieron conexiones o relaciones significativas con otros países. Esto es, se fueron firmando acuerdos bilaterales que tuvieron como consecuencia la expansión del comercio soviético en la zona. Asimismo, la asistencia de la Unión Soviética y Europa del Este presentó características específicas, ya que se enfocó principalmente en el sector público, es decir, en el desarrollo de recursos y proyectos de infraestructura. No obstante, también se proporcionó ayuda de otro tipo, tal como en forma de créditos para el comercio, asistencia técnica, subsidios para productos, créditos que tenían como fin impulsar las exportaciones del Consejo o el envío de estudiantes a cursar estudios en países del CAME. Así, dada la importancia que confirió el Consejo a la región, le permitió un déficit conti nuo, llevando incluso a la aceptación de productos no con vencionales como garantía para sus préstamos e, incluso, brindando apoyo financiero.27
Retomando el caso cubano, este país apostó por desarrollar cambios significativos en su economía desde los primeros años de su Revolución.28 Dichos cambios tuvieron gran impacto en la reestructuración de sus relaciones económicas internacionales.29 Una vez consolidado el proceso revolucionario y estructurada una economía de corte socialista, se consideró necesario estrechar aún más las relaciones económicas con el resto de los países socialistas. Así, es imposible entender la nueva vía económica de la Revolución sin estudiar el papel que le dio la Unión Soviética, porque Cuba fue la nación en desarrollo que más asistencia económica obtuvo de su parte, la cual se ofreció sobre todo en forma de créditos30 y se consolidó con su entrada en el CAME, formando así parte de la división internacional del trabajo en el contexto socialista.
Gracias a las medidas tomadas y a sus esfuerzos, Cuba logró integrarse completamente en la cooperación multilateral, algo que no fue del todo fácil debido a su distancia geográfica y a las marcadas diferencias en los niveles de desarrollo económica frente a los Estados fundadores. No obstante, esta integración se tradujo en un sólido respaldo económico y técnico-científico,31 que fortaleció el comercio exterior cubano con términos sumamente favorables, proporcionándole al país un mercado seguro y ventajoso para sus productos tradicionales, sin restricciones para su expansión. Este apoyo permitió a la economía cubana alcanzar una notable estabilidad, reduciendo su dependencia de los mercados occidentales y garantizando perspectivas económicas más autónomas en el contexto socialista.
El proceso de integración de Cuba al CAME también facilitó el desarrollo de un conjunto de programas sectoriales, incluyendo azúcar, níquel, cítricos, industria alimentaria, ligera, petrolera, electrónica y, posteriormente, la biofarmacéutica. Estos programas, diseñados con una proyección a largo plazo, contribuyeron tanto a modificar parcialmente la estructura económica y productiva del país, como a incrementar los rubros exportables. Sin embargo, aunque el grueso de los productos continuó concentrándose en actividades del sector primario, perpetuando cierta dependencia del patrón tradicional basado en ventajas comparativas naturales, sería erróneo minimizar los avances en diversificación económica logrados en este periodo. Sectores de manufactura y servicios previamente inexistentes o poco desarrollados comenzaron a tomar forma, sentando las bases para futuros avances en áreas estratégicas, como la biofarmacéutica.32
La década de 1990 marcó un periodo de profunda crisis para Cuba. La isla, que durante las tres décadas anteriores había contado con el respaldo incondicional de la Unión Soviética, se encontró de pronto desprovista de su “póliza de seguro”, como la describía Fidel Castro, enfrentando un entorno internacional profundamente adverso. En este contexto, el politólogo Francis Fukuyama33 teorizó sobre “el fin de la historia”, proclamando el triunfo definitivo del capitalismo y la democracia liberal como modelo político-económico global. Este marco de pensamiento reflejaba la visión predominante en Occidente según la cual el colapso del bloque socialista dejaba sin alternativas viables al orden capitalista liderado por Estados Unidos.
Sin embargo, para Cuba, esta narrativa no representaba un punto final, sino el inicio de un proceso de redefinición de su política exterior y su estrategia de integración internacional. Lejos de aceptar el aislamiento, apostó por resistir las adversidades del “periodo especial” y explorar nuevos esquemas de cooperación internacional que desafiaban el orden hegemónico unipolar. Las palabras de Fidel Castro, al advertir que “la próxima guerra en Europa será entre Rusia y el fascismo, excepto que al fascismo se le llamará democracia”, ilustran no sólo su escepticismo hacia el optimismo occidental, sino también su percepción aguda de las tensiones emergentes en un sistema internacional que aún enfrentaba profundas asimetrías. Este enfoque crítico se convirtió en la base para articular un modelo de integración que priorizara alianzas con otros actores del Sur Global y plataformas multilaterales que ofrecieran alternativas a la dominación económica y política de Occidente.
A duras penas, Cuba logró resistir el “periodo especial”, un tiempo de profunda crisis económica y social que puso a prueba la resiliencia de su modelo revolucionario. Este periodo crítico evidenció las limitaciones de la dependencia del bloque socialista y subrayó así la importancia de articular nuevas estrategias de cooperación e integración regional que permitieran superar el aislamiento económico. La capacidad de la isla para reconfigurar sus alianzas en este contexto adverso se convirtió en un testimonio de su determinación por mantener un proyecto nacional independiente en un entorno global en transformación.
Con el comienzo del siglo XXI, el horizonte latinoamericano y caribeño fue testigo de transformaciones profundas,34 abriendo nuevas avenidas para la reinserción de Cuba en los espacios de integración regional y global. Ante este nuevo contexto, la mayor de las Antillas emprendió una estrategia de diversificación en sus esquemas de cooperación, explorando dinámicas multilaterales y regionales como herramientas fundamentales para atenuar el aislamiento económico que había marcado la década precedente. Estas oportunidades no sólo le ofrecieron un respiro económico, sino que también reafirmaron su compromiso con una postura inquebrantablemente “antihegemónica” y “contradependiente”,35 renovando su papel como símbolo de resistencia en un sistema internacional aún dominado por profundas asimetrías.
En este marco, la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América-Tratado de Comercio de los Pueblos (ALBA-TCP) emergió como uno de los pilares fundamentales de la estrategia cubana de integración regional.36 Creada en 2004, el ALBA-TCP hunde sus raíces en la visión emancipadora plasmada por Simón Bolívar en la “Carta de Jamaica” de 181537 y se erigió como una respuesta contrahegemónica al Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), promovida por Estados Unidos. Ese espacio de integración promovido por Hugo Chávez y Fidel Castro buscaba ofrecer una alternativa a los modelos tradicionales de integración.38 En su etapa inicial, Cuba aportó personal médico y educativo a Venezuela a cambio de petróleo en condiciones preferenciales, consolidando un intercambio que posteriormente daría paso a proyectos más ambiciosos en salud, energía y desarrollo social. No obstante, la permanencia y expansión de esta alianza ha estado condicionada por las fluctuaciones políticas de sus países miembros, reflejando tanto su potencial transformador como su vulnerabilidad estructural.
A medida que avanzaba el primer cuarto del siglo XXI, las limitaciones de los esquemas regionales impulsaron a Cuba a mirar más allá de su entorno inmediato, buscando insertarse en espacios multilaterales más amplios que compartieran su visión de un orden internacional alternativo. Es en este marco donde la convergencia con los BRICS se presenta como una continuidad lógica de la estrategia cubana. Este bloque, con su énfasis en el multilateralismo, la reforma de las instituciones globales y la promoción de un Sur Global más fuerte, encarna ideales que resuenan profundamente con la política exterior de Cuba, país para el que los BRICS representan una oportunidad para superar el aislamiento y, a la vez, una plataforma desde la cual proyectar sus aspiraciones de justicia y equidad en un sistema internacional dominado por asimetrías históricas. Este giro hacia los BRICS marca un paso significativo en la evolución de la estrategia de integración cubana, conectando su legado histórico con las dinámicas emergentes del siglo XXI.
En noviembre de 2001, el banco de inversión Goldman Sachs publicó su boletín económico número 66, donde el economista británico Jim O’Neill, jefe del departamento del grupo internacional de investigación económica, realizó un análisis sobre la situación financiera de principios del siglo XXI. En su estudio, O’Neill destacó el acelerado proceso de crecimiento de las economías emergentes y argumentó que éstas, en el corto plazo, superarían a las potencias tradicionales del G-7 -Alemania, Canadá, Estados Unidos, Francia, Italia, Japón y Reino Unido-, posicionándose como los principales motores del crecimiento global en las décadas siguientes.
El artículo, titulado “Building Better Global Economic BRICS”, jugaba deliberadamente con las palabras: el término BRIC, acrónimo de Brasil, Rusia, India y China, países que estaban ganando creciente relevancia en el escenario mundial, se combinaba con la palabra inglesa brick (ladrillo), evocando la idea de que estos países representarían los pilares fundamentales de la nueva economía global. Según O’Neill, estas naciones no sólo se convertirían en los motores del crecimiento mundial, sino que también redefinirían las dinámicas del poder económico internacional.
En 2009, Brasil, Rusia, India y China formalizaron la creación del bloque BRIC, marcando un hito en la arquitectura del multilateralismo contemporáneo. Posteriormente, en 2011, Sudáfrica fue invitada a unirse al grupo, lo que dio lugar a la denominación BRICS,39 simbolizando la inclusión del continente africano en este foro emergente. Los BRICS se establecieron como un bloque de cooperación multilateral, cuyo propósito principal era articular una visión compartida sobre la necesidad de transformar las dinámicas de poder en el sistema internacional y promover un orden global más equilibrado y representativo.40
Los BRICS, como bloque multilateral, se articulan a través de la diversidad de sus miembros, quienes aportan fortalezas específicas que enriquecen su dinámica interna. China, la segunda mayor economía mundial,41 representando casi un 19% del producto interior bruto (PIB) mundial en 2022 según el Foro Monetario Internacional,42 se posiciona como el motor financiero del grupo, con una capacidad de inversión y un poder industrial que respaldan iniciativas clave, como el Nuevo Banco de Desarrollo (NDB).43 Rusia, por su parte, desempeña un papel estratégico en el ámbito energético y geopolítico, ofreciendo recursos naturales y una posición influyente en el sistema internacional. India aporta su vasto mercado interno y un dinamismo tecnológico creciente, consolidándose como una de las economías con mayor proyección a largo plazo. Brasil se destaca como líder regional en América Latina, facilitando la conexión del bloque con las economías del hemisferio occidental, mientras Sudáfrica representa al continente africano, garantizando una perspectiva global que refuerza el compromiso del bloque con la inclusión de las economías emergentes del Sur Global. Esta diversidad no sólo enriquece la agenda estratégica del grupo, sino que también proporciona a Cuba un marco de cooperación más amplio, donde puede proyectar sus propias iniciativas en áreas como la cooperación Sur-Sur, la salud pública y la educación.
El compromiso de los BRICS con la cooperación Sur-Sur44 se alinea profundamente con uno de los pilares fundamentales de la política exterior cubana desde la Revolución de 1959. Este énfasis compartido no sólo permite a Cuba reforzar su posición como un actor clave en el bloque, sino que también le otorga un papel estratégico como puente entre regiones del Sur Global. La experiencia de la isla en modelos alternativos de cooperación, como el envío de profesionales altamente cualificados en salud y educación a países en desarrollo, refuerza su capacidad para aportar perspectivas únicas que pueden enriquecer las dinámicas internas del bloque. De este modo, su participación amplifica la capacidad de los BRICS para proyectar una agenda global inclusiva y equitativa, consolidando su liderazgo en la transformación del sistema internacional.
En 2013, durante la quinta Cumbre de los BRICS, celebrada en Durban, Sudáfrica, se adoptó un enfoque más inclusivo en la participación de las reuniones del bloque. En esta ocasión, se acordó que el país que asumiera la presidencia anual tendría la prerrogativa de invitar a otras naciones, en calidad de observadores o socios de diálogo, a las cumbres. Este mecanismo de apertura sentó las bases para lo que posteriormente se conceptualizaría como BRICS Plus. El BRICS Plus45 fue formalmente establecido durante la Cumbre de Xiamen, celebrada en China en 2017, a propuesta del presidente chino Xi Jinping.46 Este modelo amplió el alcance del bloque al incluir a países no miembros en actividades de cooperación, promoviendo así un esquema más representativo y diverso, alineado con los objetivos de los BRICS de construir un orden global más equilibrado e inclusivo.
El desempeño de los BRICS trajo como consecuencia que alrededor de 40 países se quisiesen integrar en el foro. Como resultado de esta dinámica, a partir del 1 de enero de 2024, los BRICS también están integrados por Egipto, Etiopía, Irán y los Emiratos Árabes Unidos, marcando un paso significativo hacia su consolidación como una plataforma más representativa de las economías emergentes y los países en desarrollo. Inicialmente, Argentina también fue invitada a unirse al grupo; sin embargo, tras la elección del presidente Javier Milei, su gobierno decidió declinar la inclusión, priorizando otras orientaciones en su política exterior.47 Asimismo, Arabia Saudita todavía está considerando su membresía.
Los líderes de los países miembros de los BRICS se reunieron en Kazán, Rusia, del 22 al 24 de noviembre de 2024, en el marco de la XVI Cumbre del Foro, celebrada bajo el lema “Fortalecimiento del multilateralismo para el desarrollo y la seguridad global”. Presidida por Vladimir Putin, la Cumbre centró sus deliberaciones en la promoción de un sistema de pagos conjunto, diseñado para disminuir la dependencia del dólar estadounidense en las transacciones internacionales y fortalecer la autonomía financiera del bloque. Como parte de su enfoque inclusivo, trece países fueron invitados a participar como “Estados socios”, destacándose entre ellos dos naciones latinoamericanas: Cuba48 y Bolivia,49 cuya presencia subraya el interés del Foro en consolidar vínculos con el Sur Global y reforzar su agenda de cooperación multilateral.
Cuba ha capitalizado sus relaciones históricas con Rusia para renovar su solicitud de ingreso al grupo BRICS, un esfuerzo que, en un primer momento, fue recibido de manera favorable, pero sin otorgarle la membresía plena. Inicialmente admitida bajo la categoría de “Estado socio”, una figura que carecía de una definición clara y específica, la participación de la isla se limitaba en gran medida a un rol periférico en las decisiones estratégicas del bloque. Sin embargo, a partir del 1 de enero de 2025, alcanzó finalmente la membresía plena, consolidando así su integración formal en el grupo. Este logro no sólo refuerza su posicionamiento en el ámbito del multilateralismo contemporáneo, sino que también amplía sus capacidades para participar activamente en la planificación e implementación de proyectos multilaterales en áreas clave como energía, infraestructura y desarrollo sostenible. Además, esta nueva condición le permite establecer alianzas estratégicas más profundas con miembros como China e India, lo que potencia su capacidad para articular proyectos conjuntos que combinen la experiencia cubana en la cooperación Sur-Sur con las fortalezas económicas y tecnológicas de estos países. La inclusión definitiva de Cuba en los BRICS simboliza una oportunidad de desarrollo económico y un reconocimiento de su papel como actor relevante en un sistema global en transformación.
No obstante, el contexto plantea desafíos complejos para Cuba. Si bien mantiene relaciones diplomáticas y comerciales constructivas con todos los miembros de los BRICS, es evidente que la dinámica del bloque no responde a los ideales del internacionalismo socialista que caracterizaron a las alianzas económicas en el pasado. Rusia, aunque socio histórico de Cuba, no actúa desde una lógica ideológica, sino pragmática, orientada por sus intereses nacionales. Asimismo, China, que se ha consolidado como el principal socio comercial de América Latina, adopta una postura estricta en materia de créditos y préstamos, exigiendo garantías y retornos que podrían poner a prueba la capacidad de la isla para gestionar proyectos en términos financieros. Estos factores subrayan su necesidad de articular una estrategia clara que le permita aprovechar las oportunidades ofrecidas por los BRICS, al tiempo que gestiona las condiciones exigentes de este nuevo modelo de cooperación multilateral.
La participación de Cuba en los BRICS como Estado socio representa una oportunidad para avanzar hacia una integración económica más sostenible, conectándose con un bloque que agrupa a cerca de la mitad de la población mundial y promueve alternativas al orden hegemónico. Además de las oportunidades económicas, tiene la posibilidad de fortalecer su histórica cooperación Sur-Sur, un elemento distintivo de su política exterior desde la Revolución de 1959.
En este marco, la situación particular de Cuba es especialmente relevante por su papel dual en los esquemas de cooperación internacional, al actuar como oferente y receptor de cooperación. La demanda de cooperación es considerable50 y su modelo se ha construido en torno a sectores estratégicos en los que el país ha desarrollado importantes capacidades técnicas, como la salud y la educación.51 Estos sectores no sólo han sido los más relevantes, sino que también han permitido intercambios en áreas como la investigación y la innovación científica,52 consolidándose como un actor clave en iniciativas humanitarias y de asistencia técnica. A pesar de las dificultades inherentes a este rol dual, la política cubana sigue fundamentada en la convicción de que la cooperación internacional “constituye un importante instrumento para estimular y fortalecer la independencia económica y avanzar hacia el verdadero desarrollo”.53
Estas prácticas, que han reafirmado durante décadas el compromiso de Cuba con la solidaridad internacional, pueden enriquecer las dinámicas internas del bloque BRICS al incorporar una perspectiva humanitaria única. La experiencia cubana en el envío de capital humano altamente cualificado para misiones médicas y educativas, así como su capacidad de respuesta ante desastres climáticos, constituye un aporte distintivo que refuerza la relevancia de la cooperación Sur-Sur en los procesos multilaterales del bloque. Este enfoque le permite posicionarse como un actor que trasciende el simple interés económico, proyectando un modelo de colaboración solidario que puede complementar los objetivos estratégicos de los BRICS en su búsqueda por construir un nuevo orden global más inclusivo.
En este contexto, la participación de Cuba en los BRICS representa una ventana de oportunidad para superar las limitaciones de su modelo económico actual, además de un desafío estratégico que requiere una planificación rigurosa y una ejecución eficiente. La Cumbre de Kazán, al consolidar la apertura de los BRICS a nuevos socios, simbolizó una puerta de entrada al escenario global, pero también un recordatorio de las complejidades que enfrenta la isla para integrarse plenamente en un sistema internacional en transformación.
De cara al futuro, el acceso a proyectos multilaterales en áreas como energía, infraestructura y desarrollo sostenible podría ofrecerle oportunidades únicas para superar sus limitaciones estructurales. Asimismo, la participación en el bloque podría fortalecer su capacidad de negociación frente a actores tradicionales como Estados Unidos y la Unión Europea, al alinearse con un grupo que cuestiona las estructuras de poder hegemónicas. Sin embargo, el éxito de esta relación dependerá de su habilidad para adaptarse a las exigencias de un modelo que privilegia resultados concretos y sostenibles, además de su capacidad para proyectar su experiencia en cooperación humanitaria y Sur-Sur como un valor añadido en el bloque. Si logra articular una estrategia coherente que combine pragmatismo económico con su legado ideológico, Cuba podría beneficiarse de su participación en los BRICS, así como reforzar su posición como un actor influyente en el emergente orden multipolar.
Los BRICS no constituyen un esquema transaccional similar al que representó en su momento el CAME. Mientras que el Consejo operaba bajo un modelo de cooperación socialista orientado a la solidaridad económica y política entre sus miembros, los BRICS se configuran como un bloque de economías emergentes que privilegian un enfoque pragmático y basado en resultados tangibles. Este pragmatismo se manifiesta en la provisión de créditos y en la participación activa de empresas privadas, que buscan colaborar con países como Cuba, además de garantizar retornos económicos y estratégicos que justifiquen sus inversiones.
A diferencia de los esquemas del pasado, en los que el apoyo económico podía percibirse como un instrumento de consolidación ideológica o geopolítica sin una estricta expectativa de reciprocidad inmediata, los BRICS operan bajo lógicas contemporáneas que equilibran intereses políticos con principios de sostenibilidad económica. Los créditos otorgados en este foro no son concesiones, sino instrumentos diseñados para generar valor a través de una gestión eficiente y transparente. En este contexto, la participación de empresas privadas introduce un nivel de exigencia adicional, lo que supone una planificación rigurosa que garantice beneficios en el mediano y largo plazo.
Para Cuba, este modelo representa tanto un desafío como una oportunidad. Si bien ofrece acceso a financiamiento y cooperación en sectores estratégicos, también exige una transformación en su enfoque hacia las relaciones económicas internacionales. El reto no radica únicamente en atraer apoyo financiero, sino en demostrar la capacidad para ejecutar proyectos exitosos que generen valor compartido y fortalezcan la confianza de los socios e inversores. Este nuevo paradigma demanda una política económica y financiera adaptada a las exigencias del bloque, sin renunciar a los principios de la cooperación Sur-Sur que han sido un pilar de la política exterior cubana.
La reciente expansión del modelo BRICS Plus refuerza las posibilidades de Cuba de consolidar su red diplomática y económica en un entorno multilateral que prioriza la diversidad y la inclusión de economías emergentes. Como miembro pleno desde 2025, se encuentra estratégicamente posicionada para aprovechar las dinámicas ampliadas del bloque, contribuyendo no sólo con su experiencia en modelos alternativos de cooperación, sino también con su capacidad de articular propuestas que integren pragmatismo económico y solidaridad internacional. Esta expansión subraya la relevancia del bloque como plataforma para redefinir el orden global y sitúa a la isla en una posición clave en estos procesos transformadores.
En última instancia, la participación de Cuba en los BRICS simboliza un reconocimiento de su relevancia histórica en el ámbito internacional y un punto de inflexión en su trayectoria como actor global. Este bloque representa una oportunidad única para que refuerce su integración en la dinámica global, diversifique sus relaciones económicas y proyecte su modelo de cooperación solidaria en un marco multilateral. Sin embargo, el éxito de esta integración dependerá de su capacidad para articular estrategias efectivas, superar sus limitaciones estructurales y adaptarse a las exigencias de un sistema internacional en constante transformación.
En este escenario, los BRICS representan una oportunidad para Cuba y la posibilidad de transformar su histórico papel en el escenario internacional. Su incorporación plena al bloque puede marcar el inicio de una nueva etapa, en la que la isla trascienda viejas limitaciones y se consolide como un actor influyente en la construcción de un orden global más justo, equitativo y verdaderamente multipolar.