Sección especial
El carisma de las sucesoras: entrevista a Caitlin Andrews-Lee
The charisma of successors: interview with Caitlin Andrews-Lee
El carisma de las sucesoras: entrevista a Caitlin Andrews-Lee
Foro internacional, vol. LXVI, no. 1, pp. 173-192, 2026
El Colegio de México A.C.
Resumen:
Desde hace algunos años, la figura de los liderazgos carismáticos -vinculados a menudo a movimientos populistas- se ha vuelto un rasgo prominente de la política internacional, incluso en democracias consolidadas. No obstante, la discusión política sobre el carisma permanece mayormente vinculada a las ideas desarrolladas hace más de un siglo por Max Weber, para quien este tipo de autoridad se caracteriza por su carácter extraordinario y efímero. En su último libro, The Emergence and Revival of Charismatic Movements: Argentine Peronism and Venezuelan Chavismo,1 que recibió el premio Leon Epstein de la American Political Science Association, la profesora Caitlin Andrews-Lee desafía esta tesis centenaria y plantea una teoría alternativa. Respaldada por evidencia obtenida mediante experimentos, entrevistas y grupos de enfoque en América Latina, la académica de la Universidad de Carolina del Norte, en Chapel Hill, sugiere que los movimientos fundados por este tipo de liderazgo pueden persistir y reemerger como fuerzas políticas poderosas gracias a su núcleo personalista, y no a pesar de éste. César Morales Oyarvide dialoga con Andrews-Lee2 sobre la dificultad de definir el carisma, los dilemas que enfrentan tanto quienes suceden a personajes como Hugo Chávez como quienes se les oponen, y el rol del género en el liderazgo de las mujeres que han llegado a dirigir estos movimientos, como la presidenta Claudia Sheinbaum.
Palabras clave: Populismo, carisma, democracia, género, liderazgo.
Abstract:
In recent years, charismatic leadership figures-often linked to populist movements-have become a prominent feature of international politics, even in consolidated democracies. However, the political discussion of charisma remains tied mainly to the ideas developed more than a century ago by Max Weber, who characterized this type of authority as extraordinary and ephemeral. In her latest book, The Emergence and Revival of Charismatic Movements: Argentine Peronism and Venezuelan Chavismo,3 which received the Leon Epstein Award from the American Political Science Association, Professor Caitlin Andrews-Lee challenges this century-old thesis and proposes an alternative theory. Backed by evidence from experiments, interviews, and focus groups in Latin America, the University of North Carolina at Chapel Hill scholar suggests that movements founded by this type of leadership can persist and reemerge as powerful political forces, rather than in spite of it, thanks to their personalistic core. César Morales Oyarvide talks with Andrews-Lee4 about the difficulty of defining charisma, the dilemmas faced by both, those personalities who succeed-such as Hugo Chávez-and those who oppose them, as well as the role of gender among women who have come to lead these movements, such as President Claudia Sheinbaum.
Keywords: Populism, charisma, democracy, gender, leadership.
César Morales Oyarvide [CMO]: Se dice a menudo que vivimos en un momento populista y, en ello, la figura de los liderazgos carismáticos tiene mucho que ver. América Latina tiene una larga historia con este tipo de liderazgos, pero parece que en últimas fechas este fenómeno se ha extendido a lo largo del mundo. No obstante, creo que seguimos sin definir exactamente qué es el carisma. ¿Cómo determinamos si un político es carismático o no? ¿Cómo influye el carisma en la política? Quisiera que comencemos esta conversación por ahí.
Caitlin Andrews-Lee [CAL]: Creo que estamos presenciando un momento crucial a nivel global, no sólo para el populismo, sino para el liderazgo carismático. Es cierto que el ca risma es notoriamente difícil de comprender, en parte porque las personas tienen dificultades para identificar los atributos que hacen que alguien sea percibido como carismático. También es un concepto ampliamente utilizado en los medios de comunicación, en diversos campos académicos y en ocasiones se emplea con significados distintos. Sin embargo, al menos en política, el carisma suele entenderse como una propiedad esencial del liderazgo que hace que las personas perciban a un líder como una figura extraordinaria, como un salvador que está en una misión para rescatar a la población de un gran sufrimiento o de una amenaza grave -existencial, incluso- para su bienestar.
Hay estudios en Psicología en los que se han centrado otros politólogos y muestran que, cuando las personas experimentan sufrimiento y se sienten marginadas -ya sea por crisis profundas o, en su versión contemporánea, por una prolongada falta de representación y la ausencia de actores que realmente defiendan sus intereses-, ello les genera la sensación comprensible de no poder resolver su propia situación. En consecuencia, buscan a alguien a quien perciben como más capacitado para hacerlo en su lugar. ¿Y quién mejor que alguien que parece, sin lugar a dudas, extraordinario?
Es en este tipo de contexto de crisis cuando las personas buscan activamente un “salvador”, lo que genera una oportunidad propicia para aquellos líderes que poseen capacidad para transmitir señales de que son ellos quienes pueden ocupar ese papel.
Ahora bien, yo sostengo que, en política, los líderes que logran este propósito con mayor eficacia no sólo brindan un reconocimiento genuino del sufrimiento de las personas -con frecuencia en formas novedosas y más persuasivas que las utilizadas por otros en el pasado- sino que, además, este reconocimiento no es meramente simbólico. Estos líderes intervienen activamente y resuelven ese sufrimiento con determinación, a menudo a través de programas y políticas audaces implementados de manera personalista. Así, no es necesario que la solución al sufrimiento de la población sea perfecta; basta con que sea una acción audaz que demuestre tanto la voluntad como la capacidad del líder para emprender medidas drásticas que alivien ese sufrimiento de cierto modo.
Por último, un elemento clave de este fenómeno es la narrativa que sostiene todo el proceso: una narrativa cuasirreligiosa que presenta al líder como el salvador que rescata al pueblo, liberándolo de algo o de alguien que ha sido señalado -con o sin razón- como el responsable de su sufrimiento. En este esquema, el pueblo y el líder emprenden juntos una misión para confrontar a esos enemigos y alcanzar una suerte de trascendencia positiva.
Así es como defino el carisma, y creo que es una caracterización útil para comprenderlo en el ámbito político. Su influencia trasciende la ideología, desde la izquierda hasta la derecha, y su esencia radica en la experiencia del sufrimiento durante un momento de crisis, lo que lleva a las personas a percibir como extraordinarios a aquellos líderes que emiten este tipo particular de señales. El resultado es un vínculo profundo, no mediado, de una intensidad emocional única entre los seguidores y ese líder en particular.
[CMO]: Lo primero que llama la atención de tu investigación es que va en contra de la premisa básica sobre la que se discute el carisma en las ciencias sociales, al menos desde Max Weber. La teoría clásica dice, en pocas palabras, que el carisma es un tipo de vínculo político muy efímero y siempre atado a la existencia física del líder. ¿Podrías decirnos cómo se distingue tu trabajo de los planteamientos de la llamada tesis de la “rutinización”?
[CAL]: Se trata de una distinción realmente importante, porque en gran medida yo estoy de acuerdo con Weber en la definición de lo que es el carisma y por qué es tan relevante en política; no obstante, discrepo en cuanto a lo que ocurre con éste a largo plazo. Coincido en que es la capacidad del líder para proyectar este tipo de cualidades extraordinarias en un momento de crisis lo que genera los vínculos emocionales tan profundos entre él y sus seguidores. No obstante, sostengo que este vínculo no requiere necesariamente la presencia física constante del líder ni el refuerzo continuo de la conexión.
Creo que, una vez que [el vínculo carismático] se ha establecido, puede provocar un cambio radical en la identidad política y en la cosmovisión de quienes lo desarrollan. Y dado que es un fenómeno profundamente afectivo -altamente emocional- y está arraigado en el mito o en la narrativa de esta persona como un salvador, resulta muy difícil de desmantelar. Así que no se erosiona de forma automática con el tiempo. Si bien [el carisma] puede desgastarse y ser sustituido por otro tipo de vínculo, este proceso es lento en extremo y, ciertamente, no es inevitable. De hecho, en mi trabajo sostengo que es improbable que ese apego se transforme en algo diferente.
Cuando Weber habla de la “rutinización”, lo que implica es que estos movimientos cambian fundamentalmente de naturaleza, pasando de ser movimientos carismáticos -basados en el liderazgo personalista de un individuo- a convertirse en una organización partidaria más tradicional, ya sea en un contexto democrático o autoritario. El líder se despersonaliza y se transforma en otra clase de estructura institucional, que puede ser la de figuras en el partido o de cargos burocráticos.
Para que este proceso tenga éxito, quienes se identifican con el movimiento y lo respaldan deben hacerlo por razones distintas, que no se fundamenten en la autoridad carismática del líder, porque en el escenario de rutinización el carisma deja de ser el principio aglutinador del movimiento.
Sin embargo, lo que encuentro en mi investigación sobre el chavismo en Venezuela y el peronismo en Argentina es que, incluso años o décadas después de que un líder muera o deje el poder, estos vínculos carismáticos permanecen sorprendentemente vigentes. Son altamente resilientes, pueden trascender generaciones y no pierden su naturaleza carismática. Siguen anclados en la narrativa original de este individuo como el salvador que proporcionó redención a su pueblo.
[CMO]: La sabiduría convencional sugiere que el carisma no se hereda y tu trabajo apoya en cierto sentido esta idea. Sin embargo, tu investigación sugiere que, si bien el carisma no se hereda, sí puede “revivir”. ¿En qué consiste esta reactivación del carisma? ¿Cómo ocurre? ¿Bajo qué circunstancias?
[CAL]: Se trata de una propiedad importante. La manera en que el carisma puede ser, en cierto sentido, “rearticulado” o “reencarnado” en un nuevo líder requiere, en primer lugar, comprender lo que está ocurriendo con los vínculos de los seguidores con el movimiento o con su identidad respecto del líder.
Si los seguidores han desarrollado este tipo de vínculos emocionales profundos con el movimiento a través del líder y éstos no cambian con el tiempo, entonces moldean su cosmovisión y sus expectativas sobre la política y los políticos de maneras muy particulares. Más específicamente, su relación con el movimiento no se basa en una marca programática específica ni en un conjunto de políticas concretas, porque los líderes carismáticos pueden modificarlas con el tiempo. La esencia de estas políticas no radica en su contenido particular, sino en su función de proveer salvación. Por ello, de manera comprensible, los seguidores buscan a alguien más que pueda ocupar ese lugar y ofrecer la misma promesa de redención que les fue dada antes.
De esta forma, lo que buscan en un líder no es una relación de tipo principal-agente, según la lógica de: “Tengo un sistema de creencias con un conjunto de políticas definidas y sólo necesito a alguien con experiencia comprobada que pueda materializarlas”, sino, más bien: “¿Quién puede ocupar el lugar de esta persona y convertirse en quien me salve de esta crisis?”
En mi trabajo he demostrado que esto hace que sea sumamente difícil para otro líder asumir ese rol. Al igual que ocurre con el surgimiento del fundador carismático, es necesario un conjunto de condiciones específicas que hagan que las personas estén particularmente ansiosas por encontrar un salvador. Sin embargo, esas condiciones -crisis, incertidumbre, inestabilidad- son, en realidad, parte inherente de la naturaleza del liderazgo carismático.
Los líderes carismáticos que emergen con la promesa de brindar salvación -una meta que es prácticamente imposible de alcanzar a largo plazo- lo hacen implementando políticas que, en el corto plazo, resultan impactantes y audaces, pero que en realidad son insostenibles y preparan el terreno para futuras crisis. Esto no es beneficioso para la sociedad, pero las personas conservan en la memoria el impacto inicial de esas acciones como una especie de mito que se consolida en torno a la figura del líder.
Cuando surgen nuevas crisis, los seguidores buscan a otro líder que pueda reactivar esa actuación extraordinaria o repetir el milagro del líder original. Esto permite que estos movimientos sigan una trayectoria casi cíclica o intermitente, en la que nunca llegan a desintegrarse por completo tras la desaparición del líder, pero tampoco logran institucionalizarse. En cambio, alcanzan el poder a través de una figura fuerte e impactante que, inevitablemente, deja tanto al país como al movimiento en una situación de precariedad. Esto relega el movimiento a un estado latente, en el que las personas vuelven a experimentar sufrimiento y esperan la llegada de otro salvador que reactive el milagro. Y así, el ciclo se repite.
Por ello, sostengo que el liderazgo carismático sigue lo que denomino “trayectorias espasmódicas”: ascienden y caen, ascienden y caen, en lugar de emerger una sola vez como una reorganización necesaria de la sociedad, seguida por un proceso de rutinización y un retorno a la política convencional, que es la manera en la que Weber concibe el papel del liderazgo carismático en la sociedad.
[CMO]: En México, estamos en una coyuntura muy particular. La presidenta actual, Claudia Sheinbaum Pardo, no sólo es la sucesora directa de Andrés Manuel López Obrador (AMLO), fundador y líder de un movimiento carismático, sino que es también la primera mujer en ocupar la titularidad del Ejecutivo. Aunque no has estudiado directamente a Sheinbaum, tu trabajo habla mucho de los dilemas que enfrentan las políticas en su posición. Quisiera primero que nos contaras, de acuerdo con tu investigación, ¿cuál suele ser la suerte de quienes suceden a líderes como AMLO en el poder?
[CAL]: Gracias, es un tema fascinante. Creo que los sucesores designados que siguen inmediatamente al líder carismático, primero, es importante señalar que casi siempre son escogidos a dedo; incluso en elecciones democráticas son seleccionados, nominados, respaldados y apoyados… yo lo llamo ungidos, prácticamente por el líder carismático. Esto está en sintonía con la relación cuasirreligiosa que los seguidores establecen con este líder. El líder, entonces, cuenta con el enorme mandato popular de sus seguidores para poder designar a la persona destinada a recoger el testigo y continuar la misión que él mismo inició.
Sostengo que un sucesor designado enfrenta enormes dificultades para tener éxito por varias razones. Primero, hereda las políticas de su predecesor carismático y, aunque estas suelen ser ambiciosas, audaces, transformadoras y muy populares -al menos en un principio, especialmente entre los seguidores-, su propia naturaleza hace difícil sostenerlas. Ya sea porque implican el desmantelamiento de instituciones, porque suelen implementarse de manera personalista desde la cúspide del poder, sin la infraestructura necesaria para garantizar su continuidad, o porque no se benefician del aprendizaje institucional. En algunos sentidos, esto puede percibirse como una ventaja, pero también es una limitación. Además, con frecuencia, son políticas sumamente costosas.
Si tomamos el caso de Hugo Chávez, por ejemplo, un líder profundamente carismático con políticas audaces e impactantes, vemos que éstas se volvieron insostenibles cuando terminó el auge de los commodities en la década de 2000. Así, un sucesor designado hereda estas políticas y esta ambiciosa agenda programática sin tener los recursos necesarios para mantenerlas de manera efectiva, lo que se convierte en una gran dificultad.
El otro desafío es más bien simbólico, y es que los líderes carismáticos, por definición, no suelen aceptar ser reemplazados. Se les percibe como salvadores extraordinarios y parte de su carisma radica precisamente en su singularidad, en su autenticidad y en su capacidad para asumir una misión trascendental de transformación social. Por ello, resulta muy difícil encontrar a alguien que sea igualmente audaz, excepcional e impactante, así como convencer a otros de que esa persona tiene la capacidad de llenar esos zapatos.
Desde un punto de vista estratégico, argumento además que los líderes carismáticos no suelen tolerar ser eclipsados por otro. Incluso si están en su lecho de muerte -lo cual no siempre es el caso, al final de su mandato-, lo primero que observamos es su intento por perpetuarse en el poder. Hugo Chávez, por ejemplo, padecía cáncer y fue muy reacio a hablar públicamente de su enfermedad, porque quería desafiarla para poder continuar con su misión. Es comprensible. Incluso aquellos líderes que enfrentan límites constitucionales a la reelección buscan extender su tiempo en el cargo.
Hemos visto esto repetidamente en América Latina, donde muchos líderes carismáticos han impulsado reformas constitucionales para permitir su reelección. Y, aunque no siempre han tenido éxito -como el caso de Cristina Fernández de Kirchner en Argentina, quien intentó, sin éxito, lograr su reelección tras su segundo mandato-, la tendencia es clara.
Así que, cuando finalmente se ven obligados a dejar el poder, a menudo designan a alguien para sucederlos. Esto no es inusual en política pero, en términos generales, los líderes carismáticos tienden a elegir a alguien que no represente una amenaza significativa y que, por lo tanto, quizás esté menos calificado para asumir la dirección del movimiento y llevarlo adelante.
Dado que suelen optar por alguien menos intimidante -y, en algunos casos, menos competente- y dado que ese sucesor enfrenta el enorme desafío de sostener políticas que por naturaleza son insostenibles, los sucesores designados tienen serias dificultades para establecer su propia legitimidad independiente.
Una opción que podrían tomar sería un viraje en sus políticas, cambiando el rumbo y adoptando medidas económicas más sostenibles, rompiendo con el legado de su predecesor. Sin embargo, si su única fuente de legitimidad proviene precisamente de haber sido ungidos por el líder carismático, es poco probable que el propio predecesor vea con buenos ojos ese distanciamiento, lo que crea una situación sumamente difícil.
Por otro lado, si deciden profundizar las políticas heredadas, esto podría ser efectivo en el corto plazo, pero es probable que las políticas terminen colapsando. En ese caso, la responsabilidad de la crisis recaería sobre el sucesor designado y no sobre el líder original, lo que, a su vez, resulta conveniente para la figura del líder carismático. Este mecanismo ayuda a preservar su legado y la supervivencia general del movimiento, ya que el fracaso puede atribuirse a un sucesor incompetente en lugar de cuestionar la viabilidad del propio proyecto carismático.
[CMO]: ¿Existen casos que rompen esta tendencia general? Junto a la profesora Laura Gamboa has estudiado la experiencia de Juan Manuel Santos, expresidente de Colombia, como un sucesor elegido por el líder que, contra todo pronóstico, resultó ser exitoso y salir de la sombra de su antecesor. ¿Qué es lo que distinguió a su gobierno?
[CAL]: Sí, nosotras sostenemos que Juan Manuel Santos es una excepción importante a esta regla y argumentamos que la Colombia de Santos constituye un caso atípico. No es un fenómeno común y, de hecho, es sumamente difícil de lograr. Su éxito fue el resultado tanto de una estrategia política extraordinariamente calculada por parte de Santos como de condiciones específicas que facilitaron su consolidación en el poder.
Santos era un político sumamente hábil que, en el momento de su unción, optó por disimular sus propias ambiciones y capacidades personales. Se esmeró en ganarse la confianza de su predecesor, el líder carismático Álvaro Uribe.
Otro factor clave en este contexto fue que Uribe intentó elegir a varios leales como sucesores, pero esos procesos de designación fracasaron repetidamente por razones fuera de su control. Al final, terminó recayendo en Santos, quien, con extrema cautela -decimos nosotras- “ocultó” sus verdaderas intenciones y preferencias políticas. Se presentó, en esencia, como el candidato de la continuidad: “Voy a continuar exactamente como Uribe lo ha diseñado”.
Sin embargo, para consolidar su poder, Santos tuvo que pivotar tanto en lo político como en lo programático. Y lo hizo, pero a través de un proceso sumamente lento, gradual y estratégico, en el que fue construyendo alianzas y vínculos con actores ajenos al movimiento uribista que respaldaban el rumbo político que él quería tomar, en particular, el proceso de paz como respuesta a la crisis de seguridad.
Pero este viraje lo realizó con gran discreción, casi fuera del ojo público. Sólo una vez que había asegurado el respaldo necesario, reveló su verdadera orientación política y anunció: “Vamos a alejarnos de las políticas de Uribe y a avanzar en el proceso de paz”.
Como resultado, perdió un respaldo considerable entre los seguidores de Uribe, pero ya había logrado construir una base de legitimidad alternativa y aún contaba con el apoyo de ciertos sectores moderados que previamente habían respaldado a Uribe. Así que este giro político sólo fue posible gracias a lo que denominamos “caminar sobre la cuerda floja”, es decir, equilibrar cuidadosamente la reafirmación de las políticas uribistas para su base de apoyo mientras negociaba concesiones y generaba compromisos con otros actores, tanto antes como durante la transición de su agenda política.
[CMO]: Ahora bien, tu línea actual de investigación se enfoca en estudiar la situación de las mujeres en los movimientos carismáticos. Precisamente, una de las grandes interrogantes que acompaña la coyuntura mexicana es hasta qué punto, y de qué manera, el estilo de liderazgo de la presidenta Claudia Sheinbaum está atravesado por el género. ¿Qué nos dice la evidencia internacional al respecto? El carisma, ¿es una cosa “de hombres”? ¿Qué ocurre con las mujeres que ocupan una posición de liderazgo en movimientos políticos de esta naturaleza?
[CAL]: Creo que es una pregunta muy importante y aquí también identifico la posibilidad de otro tipo de excepción a la regla de que los sucesores designados están destinados al fracaso. Empíricamente, hemos visto que ha habido liderazgos carismáticos tanto de hombres como de mujeres a lo largo de la historia. Sólo en América Latina, por ejemplo, tenemos el caso de Eva Perón, quien nunca ocupó formalmente el Poder Ejecutivo, pero fue venerada como una figura extraordinaria. Para muchos argentinos, fue prácticamente santificada por haber ofrecido redención, lo que encaja con nuestra definición. Cristina Fernández de Kirchner, esposa y sucesora de Néstor Kirchner, logró algo similar, aunque con una base de seguidores más reducida. No obstante, fue audaz y desafiante, y continuó la misión de rescatar a la sociedad, según la narrativa que ella y su esposo construyeron desde que él asumiera el poder en 2003.
Éste es un tema que sigo investigando, por lo que no tengo resultados definitivos. Sin embargo, sostengo que, aunque algunas mujeres han logrado ejercer un liderazgo carismático, la mayoría de los líderes carismáticos han sido hombres. Y no sólo eso: por lo general, han sido “hombres fuertes” [strongmen], lo cual no es una coincidencia.
El carisma y el liderazgo carismático tienen una naturaleza hipermasculina. En términos generales, cuando pensamos en liderazgo político, las personas tienden a asociarlo con estereotipos masculinos o rasgos que, en general, se consideran atributos masculinos, como la asertividad, la inteligencia y la capacidad de decisión. Ahora bien, cuando buscamos a un líder carismático, buscamos la versión extrema de esos atributos: alguien que no sólo sea capaz, sino extraordinario; alguien que no sólo sea asertivo, sino activamente agresivo en su confrontación con los enemigos del pueblo. De hecho, investigaciones han demostrado que, en momentos de crisis o cuando las personas se sienten amenazadas, no sólo tienden a buscar un líder carismático, sino que muestran una mayor inclinación hacia figuras hipermasculinas.
Si observamos el caso latinoamericano en los últimos 50 años, encontramos que los únicos líderes carismáticos que han sido fundadores originales de sus movimientos han sido estos hombres hipermasculinos. Tenemos, por supuesto, a Juan Domingo Perón, Hugo Chávez, Evo Morales, Nayib Bukele y Andrés Manuel López Obrador. Todos ellos han proyectado la imagen de un hombre fuerte y de un salvador. Entonces, surge la pregunta: ¿cuál es el rol de las mujeres en este tipo de liderazgo?
Sostengo que estos líderes carismáticos tienden a no compartir el poder con otros, porque su propia legitimidad depende de su carácter excepcional. Para perpetuar su imagen como salvadores irremplazables, suelen rodearse de personas que complementen, en lugar de desafiar, su figura. En este sentido, suelen percibir a las mujeres como figuras que, en lugar de representar una amenaza, pueden acentuar y reforzar su hipermasculinidad.
Si analizamos a los líderes carismáticos de la región, encontramos que muchos de ellos se han rodeado tanto de familiares -quienes les generan mayor confianza- como de mujeres que consideran menos intimidantes y más complementarias a su estilo de liderazgo. Por ejemplo, Alberto Fujimori, un líder carismático de derecha, también se rodeó de mujeres y llegó a designar a una de ellas como su sucesora en 2006, además de impulsar la candidatura de su propia hija en elecciones posteriores. Asimismo, tenemos el caso de Perón y Evita. Ella fue una figura profundamente carismática, pero su carisma no compitió con el de Perón, sino que lo reforzó y legitimó. Observamos algo similar en la relación entre Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner.
Planteo, por lo tanto, que los líderes carismáticos, esos hombres fuertes, tienen una probabilidad igual o incluso mayor de elegir a una mujer como sucesora que a un hombre. Y esto es significativo porque, aunque pueda ocurrir en una proporción similar, el hecho de que las mujeres sean ungidas como sucesoras en el ámbito del liderazgo carismático es mucho más común de lo que ocurre en la política programática convencional. Fuera de este contexto, no vemos un camino claro y predominante para las mujeres en la política.
Otro aspecto que estoy investigando -y que considero posible- es que la percepción de los sucesores varía según el género. Es posible que las personas sean más propensas a considerar que una mujer sea una mejor discípula de un líder carismático que un hombre, al menos en lo que atañe a la sucesión política. Es decir, una mujer podría, potencialmente, lograr la consolidación de su legitimidad mediante la adopción de un perfil femenino y complementario respecto a su predecesor carismático masculino, lo que le permitiría reclamar que encarna su autoridad carismática sin necesidad de demostrar sus propias cualidades extraordinarias de manera independiente. Por el contrario, un hombre designado sucesor enfrentará expectativas sumamente exigentes para demostrar un liderazgo igual de extraordinario. Sin embargo, si intenta adoptar un perfil complementario en lugar de un liderazgo fuerte, será percibida como una figura emasculada, en lugar de fortalecida.
Estoy investigando esta hipótesis, pero creo que existe una ventana de oportunidad para que las mujeres, de manera contraintuitiva, puedan consolidar su legitimidad como sucesoras carismáticas designadas con mayor facilidad que los hombres. Entonces, surge la pregunta: ¿es necesario que estas mujeres tengan un vínculo familiar con el líder carismático para que su legitimidad sea más convincente y puedan reivindicar esta lógica de encarnación del carisma? Creo que es una posibilidad interesante. Y me parece particularmente fascinante observar el caso de Claudia Sheinbaum para ver cómo se desarrolla este fenómeno y cómo enfrenta los desafíos de haber sido una sucesora designada.
[CMO]: Salgamos un poco del caso de México y volvamos a cuestiones más generales. Pensando en la ansiedad actual sobre el estado de las democracias y la discusión sobre la erosión de estos regímenes, ¿por qué deberíamos ocuparnos de la autoridad carismática?, ¿cuáles suelen ser los efectos del carisma para un régimen democrático?
Cristóbal Rovira habla del populismo como un fenómeno con un potencial ambivalente, que puede actuar como correctivo y como amenaza para la democracia liberal. ¿Podríamos decir algo similar sobre los liderazgos carismáticos?
[CAL]: Sí, creo que la relación entre carisma y democracia es matizada. Por un lado, los líderes carismáticos prosperan en contextos democráticos en la medida en que emergen de un mandato popular, y con frecuencia lo hacen en momentos de crisis -cuando la percepción de un liderazgo fuerte resulta genuinamente necesaria-.
Así, cuando las personas están profundamente descontentas -y, de hecho, ésta es una línea de razonamiento recurrente en la literatura sobre populismo- y cuando hay una crisis de representación o una situación en que la población siente que sus necesidades no están siendo atendidas, la irrupción de un líder carismático que visibilice esas demandas y canalice el malestar que provoca su insatisfacción resulta crucial. En cierto sentido, constituye un ejercicio de la voz democrática.
No obstante, una vez que los líderes carismáticos llegan al poder, el mecanismo psicológico que opera en la construcción de su figura -como la de un salvador extraordinario, dotado de una capacidad única para resolver el sufrimiento del pueblo- termina fomentando que las personas transfieran su propia agencia al líder. Comienzan a percibirlo como una representación directa, o incluso como la encarnación, de sus propios intereses. Yo no creo que eso sea necesariamente cierto. Los líderes carismáticos, más que nadie, tienen un interés primordial en empoderarse a sí mismos. Puede que realmente crean en su mandato para rescatar a la sociedad, pero la manera en que buscan hacerlo rara vez se basa en el consenso.
Lo que necesitan para consolidar y fortalecer su legitimidad es implementar políticas insostenibles, con frecuencia de manera unilateral. Y hay abundante investigación en políticas públicas que demuestra que ése es un enfoque profundamente ineficiente. En términos generales, no es sostenible y no suele resolver la crisis de la manera más efectiva.
Así, es común observar a líderes que impulsan transformaciones impresionantes y de gran impacto, pero que posteriormente colapsan. Si analizamos el caso de Hugo Chávez y sus grandes misiones de redistribución de riqueza en Venezuela -que en su momento lograron una magnitud considerable, pero rápidamente colapsaron debido a la destrucción de la infraestructura de los programas sociales preexistentes- vemos con claridad cómo el estilo de gobierno personalista, característico de los líderes carismáticos, puede ser sumamente perjudicial, sin importar si proviene de la derecha o de la izquierda.
Otro problema fundamental es la creencia en la irremplazabilidad del líder. La combinación entre la disposición de la población a ceder su agencia, la inviabilidad de estas políticas y el impacto desinstitucionalizador del liderazgo carismático es, en última instancia, dañina para la democracia.
Por último, si un líder carismático permanece en el poder incluso después de que su mandato carismático ha comenzado a erosionarse -como ocurrió con Fidel Castro en Cuba-, puede volverse cada vez más autoritario. Los líderes carismáticos tienden a desarrollar ciertos rasgos autoritarios, en la medida en que buscan desmantelar instituciones y programas que representan frenos a su poder. No obstante, realmente creen en su mandato popular, por lo que, en este sentido, tienen un interés genuino en preservar algún grado de democracia.
No obstante, cuando su popularidad comienza a decaer, se vuelven cada vez más proclives a alterar las reglas del juego en su favor y, en algunos casos, a transformar su autoridad -o a rutinizarla- en una forma más abiertamente autoritaria de liderazgo. Tal es el caso de Nicolás Maduro en Venezuela y, por supuesto, esto resulta profundamente perjudicial para la democracia.
[CMO]: Para terminar, quisiera que pusiéramos el foco no en estos líderes y sus seguidores, sino en sus detractores. Al leer tu libro, en especial la idea de la vinculación carismática como la base de una nueva identidad política, no pude evitar pensar en la investigación de Jennifer Cyr y Carlos Meléndez, que sugieren que en contextos de partidos poco institucionalizados, las orientaciones de las personas en torno a políticos como Chávez, Uribe o Fujimori son casi tan eficaces como la identidad partidista para predecir preferencias y comportamientos, no sólo cuando forman parte de sus movimientos, sino también cuando están en contra de ellos. Un asunto que remite inevitablemente al tema de la polarización. Mi pregunta aquí sería, ¿cómo se ve la vinculación carismática desde la oposición? Y sobre todo, ¿crees que este tipo de fracturas puede convertirse en un clivaje político duradero que articule la competencia democrática?
[CAL]: Creo que, definitivamente, estos líderes logran consolidar una identidad resiliente entre sus seguidores, tanto mientras el líder carismático está vivo como después de su muerte o de su salida del poder. Además, se genera una antiidentidad, lo que significa que el líder se beneficia de ambos lados, ya que la fractura política se estructura en torno a su liderazgo personal. De este modo, al establecer un eje pro- y antilíder, la división política deja de centrarse en cuestiones programáticas. Yo planteo que esto confiere una ventaja al líder carismático y a su movimiento, ya que no sólo se definen por diferenciarse de sus oponentes -quienes suelen ser demonizados en la narrativa del líder-, sino que también poseen una identidad mucho más positiva, en la que los seguidores desarrollan un fuerte apego emocional.
Creo que en la literatura sobre el populismo solemos enfocarnos en la lógica maniquea y en la demonización del adversario, lo que deja en segundo plano el análisis de la identidad positiva que construyen los seguidores de un líder y de un movimiento carismático. En contraste, el otro lado, es decir, aquellos que se identifican como opositores al líder, no poseen la misma identidad cohesionada en torno a algo concreto más allá de su rechazo al líder y a su movimiento. Esto coloca a la oposición en una desventaja estructural. Incluso si la fractura política ordena el sistema de partidos de tal forma que pareciera asemejarse a una competencia programática, la lógica personalista introduce una asimetría que beneficia al lado del líder carismático y su movimiento.
Lo hemos visto en Argentina, por ejemplo, en la profunda división entre peronistas y antiperonistas y, más recientemente, entre kirchneristas y antikirchneristas. Esta última fractura permitió a los antikirchneristas ganar elecciones, pero les resultó sumamente difícil articular una identidad cohesiva y positiva que fuera más allá de la oposición al kirchnerismo. Hasta la aparición de Javier Milei, otro líder carismático que ha reorientado la división política en torno a sí mismo. Hoy en día, la identidad pro y anti-Milei parece haber desplazado a la de kirchnerismo y antikirchnerismo como el eje dominante.
Entonces surge la pregunta: ¿qué hacer si se es parte de la oposición y se quiere evitar el retroceso democrático? Si se busca enfrentar a un movimiento carismático, el desafío consiste en reorientar la fractura política para que no gire en torno a una postura pro o antilíder carismático. Pero esto es extremadamente difícil de lograr.
Creo, además, que reforzar esa división es perjudicial para la oposición. Lo hemos visto en Venezuela, por ejemplo, con la larga historia de lucha de la oposición. Y no lo digo para señalar a la oposición venezolana, pues ha pasado por distintas etapas y, en algunos momentos, ha logrado niveles extraordinarios de cohesión y movilización. Pero lo crucial es reconstruir la confianza y establecer relaciones distintas con las personas que han sido seguidoras del movimiento carismático. Esto es especialmente cierto en casos en los que el movimiento carismático goza de una mayoría de apoyo popular.
Para lograrlo, es necesario recuperar la confianza de quienes se han sentido olvidados, marginados o desplazados, o que perciben que la fuente de su sufrimiento proviene de actores asociados a la antiidentidad. Corregir esa fractura en la confianza es esencial para redirigir la división política. Incluso en Estados Unidos, donde el movimiento carismático de Trump no tiene un mandato popular mayoritario, la oposición y los demócratas están tratando de reorientar su identidad para recuperar la confianza y el apoyo de algunos de sus seguidores. Y creo que esto es fundamental. Cómo lograrlo es otra cuestión: es más fácil decirlo que hacerlo.
Para terminar, creo que es fundamental que los políticos de oposición muestren empatía y comprendan las razones genuinas y legítimas por las cuales las personas extienden su apoyo y sacrifican su agencia en favor de este tipo de líderes. Esto es clave para recuperar su confianza, porque no fueron simplemente manipulados. Son votantes racionales que experimentaron un sufrimiento real, tienen frustraciones reales y depositaron esperanzas y aspiraciones legítimas en un movimiento que, a su vez, puede acabar socavando sus propios intereses.
Notes