Reseñas
| Ansell Ben. Why Politics Fails. 2023. Nueva York, NY. Public Affairs. 352pp. |
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El autor empieza su análisis con una pregunta interesante: si la democracia es tan deseada, ¿por qué resulta tan difícil tomar decisiones democráticas? (p. 36). Para hablar de ello se remonta al siglo XVIII, específicamente al derecho de veto en el parlamento polaco (Sejm), una solución que a la larga produjo corrupción y el debilitamiento de Polonia. Así, Ansell afirma que la mayoría en las elecciones no garantiza la voluntad del pueblo (p. 41).
En libro se explica cómo el teorema de Condorcet muestra que las referencias colectivas son cíclicas. La aplicación de esta paradoja es frecuente y ya en los años cincuenta, explica el autor, Arrow mostró con el teorema de la imposibilidad que no hay reglas electorales que satisfagan la racionalidad de una elección.
Son varias las “trampas” que el autor aborda en su libro. Respecto a la llamada “trampa democrática”, estudia la inexistencia de la voluntad popular y la ejemplifica con el Brexit de Inglaterra, cuando la mayoría simple del voto violó la colectividad racional (p. 44). Lo mismo sucedió en las elecciones de Bélgica en 2010, cuando el país tardó más de un año en formar un gobierno.
El problema en estos casos es la manera en la que se decide cómo se tomarán las decisiones. La democracia no puede resolver este problema: éste es el problema (p. 49). El voto estratégico afecta a los electores y se manifiesta en los congresos y, en última instancia, conduce al caos, porque el interés personal merma las mejores propuestas (p.49).
Si las políticas multidimensionales crean caos, con una dimensión se crea la polarización, entonces la trampa democrática prevalece. Así, Ansell ejemplifica la polarización de Estados Unidos, en 2011, cuando el movimiento “Tea Party” bloqueó el presupuesto de Obama (Obamacare) ocasionando un estancamiento con consecuencias negativas para los mercados bursátiles (p. 55). Desde entonces, la polarización pone en riesgo de paralización al gobierno cada vez que el presupuesto se somete a votación. Otro ejemplo es el de Argentina, cuya polarización también ha agudizado la crisis económica de este país. Por eso, explica Ansell, es necesario superar tanto el caos como la polarización, para salir de la trampa democrática.
Ansell se pregunta si es posible salvar la democracia. Al respecto, explica, pueden rediseñarse las instituciones políticas y fortalecerse las normas sociales. Lo que es imposible es escapar de la política, sobre todo de los escépticos de la democracia, como son los populistas iliberales, los tecnolibertarios y los autócratas. No es posible salvar la democracia eliminando lo que no queremos, como el conflicto, la contención e incluso el caos. Los populistas, añade el autor, tienden a desmantelar las instituciones democráticas, sin embargo, las instituciones no democráticas como las cortes, los bancos centrales o las agencias científicas desempeñan funciones importantes en las democracias (p.59). Estas instituciones, al igual que otras, como los Ombudsmen, protegen a las minorías de la tiranía de la mayoría, pero tampoco reemplazan la democracia.
Los electores, explica Ansell, se sienten atraídos por la información que refuerza sus creencias y prejuicios, y ello crea mayor polarización (p. 61). Así, refiere la teoría epistémica de la democracia, que aporta mayor conocimiento, y la ejemplifica con el caso de Irlanda, donde los debates en las asambleas ciudadanas permitían conocer mejor la posición de los oponentes, si bien las decisiones tomadas en éstas no eran vinculantes. Ante las polarizaciones, como la ocurrida en Estados Unidos en 2020, cuando Trump no aceptó su derrota, el autor menciona que el conflicto puede resolverse ya sea cambiando la mentalidad de las personas o bien, cambiando el sistema político (p. 67).
Por su parte, el sistema de representación proporcional se basa sólo en excepciones y, por lo tanto, es más estable, porque permite coaliciones y la participación de la minoría en el gobierno (p. 71). El autor opina que también el voto obligatorio puede ser útil. En estos casos, considera que es necesario preservar la estabilidad de las instituciones y no cambiar las leyes electorales en cada elección. Asimismo, es importante adoptar normas para escuchar y deliberar, y desarrollar nuevos foros de discusión política. Esto debido a que la democracia trata sobre opiniones diferentes y, por lo tanto, sólo la tolerancia permite llegar a un consenso (p. 72).
En la segunda parte del libro, Ansell aborda la “trampa de la equidad”. Señala que Estados Unidos pasó de ser una sociedad relativamente equitativa desde los años sesenta, lo cual ya no fue así en 2014, cuando el 1% de la población recibía el 20% del total del ingreso, mientras que el 50% más pobre recibía solamente el 12%. Afirma que no se ha adoptado el impuesto a los más ricos, de modo que la igualdad de derechos y la igualdad de resultados se socavan mutuamente. Cuando se exige igualdad es necesario preguntar a qué igualdad se refieren (p. 81). Los libertarios, de Friedman a Hayek, piensan que todos tienen el derecho de tener propiedades e intercambiarlas; menciona asimismo a autores que justificaron la desigualdad, como Spencer y Nietzsche, y por último, critica a los igualitarios porque el trato a la gente es igual en ciertos espacios, pero no en otros (p. 82). El autor cita al filósofo canadiense Will Kymlicka para afirmar que es necesario que el gobierno trate a los ciudadanos con igual consideración. La norma de igualitarismo rige el debate, aunque acepta que es difícil lograrlo en el marco del populismo y de una gran desigualdad económica, como lo ha expuesto la medición de la desigualdad que arroja el índice de Gini en estos países.
Es posible reducir las desigualdades por medio de la redistribución del ingreso, que puede lograrse con los impuestos, como lo hizo Francia (p. 84), si bien pareciera que se contradice al criticar la mayor imposición a los más ricos. Asimismo, el autor precisa que suele medirse la inequidad en los ingresos y no en la fortuna.
Para referirse a las desigualdades económicas, Ansell hace un recuento que arranca desde el origen de la agricultura, que generó las primeras desigualdades debido al superávit que generó. Durante el Imperio romano, la brecha de la desigualdad no era tan grande, pero debido a las condiciones de la época, moría un mayor número de gente. Según el autor, en el periodo entreguerras se restringieron los derechos de las personas, pero la distribución de los ingresos fue más equitativa (p. 88). En tiempos de la globalización, las desigualdades crecieron porque, además de la meritocracia, se creó una nueva clase privilegiada.
Así, cuando una economía se estanca, cualquier incremento en la desigualdad proviene de los ricos que obtienen activos de los pobres. Pero si la desigualdad ocurre cuando la economía crece, la razón de la inequidad es que algún grupo exige más de este crecimiento, y no suele ser el grupo en el poder el que se beneficia (p. 105). De cualquier modo, el crecimiento económico se ha traducido en una mayor marginación, afirma Ansell.
Las secciones del libro sobre la “trampa de la solidaridad” abordan a pensadores como Durkheim, así como las perspectivas éticas sobre lo que nos debemos unos a otros, la desmercantilización, el surgimiento del Estado solidario, los límites de la solidaridad, cómo el bienestar social se asoció con la población negra en Estados Unidos y las tensiones étnicas en torno al bienestar. Para reducir la desigualdad, Ansell examina estrategias para que el impuesto a la riqueza sea más aceptable y considera políticas sobre el salario mínimo, los sindicatos, las tasas de interés bajas y la inversión social. Estas soluciones de la equidad se superponen con las propuestas para salir de lo que él llama la “trampa de la solidaridad”, que incluyen una renta básica universal y la provisión de beneficios a la clase media.
En cuanto a la “trampa de la seguridad”, las teorías y los teóricos clave que el autor cita incluyen a Hobbes, el surgimiento de las fuerzas policiales modernas y el encarcelamiento, tema que a menudo se olvida [cuando, por ejemplo, en América Latina hay una crisis de los centros penitenciarios que no es ajena a los problemas estructurales de seguridad y justicia]. El autor plantea el debate sobre la disminución de la violencia, las soluciones a los problemas de la tiranía y la anarquía, y el lado oscuro del capital social. Las soluciones en materia de seguridad (tales como mejorar la vigilancia con cámaras de velocidad y algoritmos de ciencia de datos, o con cámaras corporales para la policía), parecen francamente muy limitadas en razón de la complejidad de los problemas sistémicos de violencia e inseguridad en América Latina.
A nivel internacional, las propuestas de Ansell incluyen la promoción de la democracia y de acuerdos de seguridad colectiva como la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) e incluso el uso de sistemas letales de armas autónomas.
Por último, en la sección dedicada a la “trampa de la prosperidad”, el autor analiza la trampa maltusiana y la Gran Divergencia, las instituciones inclusivas, los compromisos creíbles, los problemas de acción colectiva junto con los incentivos selectivos, las organizaciones civiles y las burbujas económicas.
Para escapar de esta trampa, podrían aplicarse medidas como la economía de mercado coordinada, el Estado emprendedor (por ejemplo, agencias de innovación y fondos soberanos), impuestos más altos, regulación bancaria y los impuestos al carbono. Aunque hay que señalar que las limitaciones a este último han fracasado en Canadá frente al populismo conservador.1
Para mejorar la democracia, el autor explora formas de restringirla para así evitar aquello que la amenaza: el caos y la polarización. De manera pragmática sugiere las asambleas ciudadanas, la deliberación en línea (como en el caso de Taiwán), las elecciones primarias abiertas, el voto obligatorio y la representación proporcional.
En suma, Ansell presenta un libro que busca alternativas ante los problemas y desafíos que nos impone lo que Bobbio denominaba la democracia real. Argumenta la inevitabilidad y la centralidad de la política, propone eliminar el conflicto y el interés propio de ésta. Si bien pareciera idealista, resulta pertinente plantear sus propuestas y reflexiones en la actualidad. En cuanto a algunas de las soluciones que ofrece ante las “trampas” que enfrentan las democracias contemporáneas, quizá éstas sean limitadas por su alcance o en distintos contextos con realidades diversas. Sin embargo coincidimos, como él sugiere, que una mayor apreciación de la idea sobre la centralidad de la política podría conducir a una mejor manera de hacer política. Desde América Latina, este optimismo es bienvenido.
Notes