Reseñas

Sobre Sudhir Hazareesingh, Black Spartacus. The Epic Life of Toussaint Louverture

Roberto Breña
Colegio de México, Mexico

Sobre Sudhir Hazareesingh, Black Spartacus. The Epic Life of Toussaint Louverture

Historia mexicana, vol. LXXIV, no. 3, pp. 1396-1406, 2025

El Colegio de México A.C., Centro de Estudios Históricos

Hazareesingh Sudhir. Black Spartacus. The Epic Life of Toussaint Louverture. 2020. Nueva York. FarrarStraus and Giroux. 427pp.. 978-037-411-266-0

Entre las revoluciones atlánticas, la revolución haitiana (1791-1804) es, en un sentido fundamental, la más radical, pues terminó con la esclavitud. Una “institución” que acompañó a la humanidad desde, por lo menos, el sur gimiento de las sociedades urbanizadas. Creo que este hecho, así como el auge de la historia global, la historia desde abajo y la historia influida por el pensamiento decolonial, contribuyen a explicar que, desde hace poco más de un cuarto de siglo, lo acontecido en la parte occidental de una isla caribeña durante esos tres lustros haya recibido una atención académica considerable. Acostumbrados como estábamos a que casi todos los reflectores se concentraran en la independencia de las Trece Colonias y en la revolución francesa, la atención prestada a la revolución haitiana era una gran noticia desde una perspectiva historiográfica. Desafortunadamente, parte de la literatura sobre esta revolución que ha visto la luz en los últimos años parece estar más preocupada por reivindicarla que por entenderla. Y vaya que se necesita un esfuerzo analítico para comprender a cabalidad un proceso que, a pesar de haber tenido lugar en un espacio geográfico muy reducido, es de una notable complejidad, desde varias perspectivas: social, étnica, política, ideológica, militar, diplomática y cultural.

Black Spartacus de Sudhir Hazareesingh es la última biografía que se ha escrito sobre Toussaint Louverture, el líder indiscutible de la revolución haitiana. La complejidad aludida en el párrafo anterior cuenta, entre sus elementos, un hecho en el que no se repara lo suficiente: a pesar de ser, en cierto sentido, el líder indiscutible de la revolución haitiana, Louverture nunca quiso separarse de Francia, es decir, nunca buscó la independencia de Saint Domingue. Como la introducción muestra de manera palmaria, con este libro Hazareesingh pretende hacer una reivindicación de la figura de Louverture. Como toda empresa de esta naturaleza, los riesgos que se corren desde una perspectiva historiográfica son excesivos, pues es fácil caer en adulaciones, sim pli fica ciones y exageraciones. Es decir, en historia hagiográfica. Un género que conocemos bien los latinoamericanos, pues durante casi 170 años, una parte considerable de las obras escritas sobre nuestros procesos emancipadores caían, en mayor o menor medida, dentro de ese “género”.

En la introducción, el autor afirma que la revolución haitiana fue “the most masterful political improvisation of the Radical Enlightenment” (p. 11), ensalza “the originality of his [de Louverture] republicanism” (p. 12) y asevera que su biografiado “was familiar” con las ideas principales de Raynal, Maquiavelo, Montesquieu y Rousseau. Además, el pensamiento político de Louverture recibió “powerful echoes” de la tradición neorromana estudiada por Quentin Skinner (p. 12). Por último, en esa misma página, Hazareesingh sugiere que Louverture y los demás líderes revolucionarios haitianos poseían una “meaningful intellectual potency”.

La pregunta que de inmediato surge es si este tipo de aspectos son en realidad importantes para entender a Toussaint Louverture y para calibrarlo como persona, como político y como revolucionario, así como para calibrar historiográficamente a la revolución haitiana en su conjunto. ¿Cabe definir a Toussaint Louverture como un intelectual muy cultivado? Yo creo que no. De entrada, por razones evidentes: Louverture no podía poseer una educación que le permitiera alcanzar los altos vuelos intelectuales que Hazareesingh plantea que lo definen (no sólo en la introducción, sino a lo largo de todo el libro). Desde mi punto de vista, el mayor valor histórico y “civilizacional” de la revolución haitiana está en haber logrado extirpar, en las postrimerías del siglo XVIII, en una pequeña isla del Caribe, a una de las más grandes lacras que habían caracterizado a la humanidad durante milenios: la esclavitud. Para decirlo de manera clara y concisa: Louverture era menos ilustrado, menos republicano, menos “neorromano” y menos sofisticado en lo intelectual de lo que plantea Hazareesingh en su libro. Lo anterior, sin embargo, no disminuye un ápice a Louverture y tampoco el valor, la trascendencia y el legado de la revolución haitiana.

Recurro a un pasaje del propio Hazareesingh para mostrar dónde está, en mi opinión, el valor de Louverture como líder de la revolución haitiana (que no de la independencia haitiana, como se afirma a menudo): “Después de expulsar a las tropas extranjeras de la colonia, de haber establecido su autoridad militar como comandante en jefe, de haber subyugado la rebelión en el sur, de haber neutralizado y expulsado a los enviados de Francia, de haber superado a las autoridades españolas en Santo Domingo y de haber unificado toda la isla de la Española bajo el gobierno republicano de Francia, Louverture se embarcaba en su aventura más osada hasta ese momento: una nueva constitución.” (p. 237, las cursivas son mías). A lo anterior habría que agregar que pacificó toda la isla de La Española, que derrotó y expulsó a los ingleses de la misma y, además, que convirtió a Estados Unidos, si bien de manera no oficial (pues el gobierno estadounidense nunca lo reconoció en ningún sentido), en una especie de socio comercial y en un proveedor de armas para su causa. Todo lo anterior Toussaint Louverture lo logró y de esta manera, sin proponérselo, puso las bases para que la parte oeste de su isla natal obtuviera la independencia poco después de su muerte. Él nunca vio el arribo de dicha independencia, pues sus días terminaron, muy lejos de su terruño, en la Francia metropolitana, en la primavera de 1803.

Un poco más adelante volveré a la muerte de Louverture, a la constitución mencionada y a las cursivas empleadas. Por lo pronto, cabe plantear que el listado anterior bastaría para darle a Toussaint Louverture un lugar privilegiado en la historia de las revoluciones atlánticas, de la era de la revolución y de la historia tout court. Pero, además, Louverture había logrado lo impensable: terminó con la esclavitud. La extirpó de Saint Domingue, la colonia que más riqueza producía en toda América (sobre todo por la caña de azúcar). En suma, estamos ante la primera rebelión de esclavos en la historia de la humanidad que tuvo éxito. Se dice pronto, pero se trata de un logro de tal alcance, que es difícil de analizar y de valorar en términos históricos e historiográficos.

Ahora bien, si es posible establecer una clara distinción entre el final de la esclavitud en Saint Domingue y la independencia haitiana, el principal responsable es Toussaint Louverture. Como quedó dicho, es indiscutible que él puso las condiciones para que la isla lograra la independencia, pero nunca abogó por ella, pues hasta el final de sus días quiso formar parte de Francia o, con más exactitud, de la República Francesa. Aunque los especialistas en el tema lo sepan muy bien, éste es un punto en el que vale la pena insistir, pues, como adelanté, todavía es común toparse con la noción de que Louverture fue el artífice de la independencia de Haití. Al respecto, me parece engañoso que Hazareesingh escriba lo siguiente sobre una cuestión que, desde mi punto de vista, dista de ser secundaria: “Toussaint Louverture dio forma (shaped) de manera decisiva (decisively) al curso de la guerra haitiana de independencia” (p. 326). ¿Cómo es posible dar forma de manera decisiva a una guerra cuyo objetivo (que la define) nunca fue considerado por el supuesto líder independentista? De hecho, con base en sus Memorias, se puede decir que Louverture se sintió orgulloso de su lealtad a Francia hasta poco antes de morir. El propio Hazareesingh lo tiene que reconocer, aunque a regañadientes: “Toussaint no pudo atreverse [bring himself] a romper de manera decisiva con Francia […] [hasta el final de su vida] todavía creía, de alguna manera [somehow], que sólo un Saint Domingue francés podía garantizar la seguridad y prosperidad de la colonia en el largo plazo” (pp. 314-315). Y en la Constitución que Louverture mandó redactar (la de 1801, ya mencionada), en concreto en su artículo 3, la libertad y la “francesidad” van de la mano, como corolario de la abolición de la esclavitud: “No pueden existir esclavos en este territorio, en donde la servidumbre ha sido abolida para siempre. Todos los hombres que nacen en él, viven y mueren libres y franceses” (p. 261). Lo anterior no le impide al autor, en uno de los últimos capítulos (“A Universal Hero”, pp. 327-358), considerar la ausencia del término “independencia” en el documento constitucional como un “ingenious attempt” (intento ingenioso) de Louverture por evitar una invasión francesa (p. 355).

Black Spartacus está dividido en cuatro secciones que siguen la vida de Louverture en orden cronológico. En esta reseña me limitaré a esos dos aspectos a los que Hazareesingh otorga tanta importancia: Louverture como un gran intelectual y Louverture como un gran republicano. Un republicanismo que el autor retrata como una ideología coherente, compacta y, a juzgar por el libro que nos ocupa, digna de todos los elogios. Desde mi punto de vista y como referí con base en el propio Hazareesingh, sus acciones, así como las diversas habilidades que ellas presuponen e implican en términos militares y políticos, hablan por sí mismas. No veo ninguna necesidad de revestir a Louverture de un lenguaje, un discurso y unas ideas que tenían que corresponder, en términos generales, a las condiciones en las que nació, creció y vivió François-Dominique Toussaint Bréda (quien, una vez iniciado el movimiento que hoy conocemos como “revolución haitiana”, cambió su nombre por Toussaint Louverture). Tampoco veo necesidad alguna de elogiar sin mesura un republicanismo que, en mi opinión, tenía fisuras evidentes. No me refiero en esta ocasión a limitaciones teóricas en el diseño de dicho republicanismo, sino al hecho de que no pocos de los principios políticos y de las acciones públicas de Louverture casan mal con el republicanismo, con cualquier republicanismo.

Es cierto que sin Toussaint Louverture no se puede entender la independencia absoluta que declaró Jean-Jacques Dessalines a finales de 1803 y, una vez más, en enero de 1804. No obstante, como ya expresé, este hecho no debe nublar nuestra perspectiva en lo que respecta a las intenciones políticas que manifestó Louverture hasta su muerte, la cual tuvo lugar el 7 de abril de 1803 en una helada prisión francesa de una fortaleza ubicada en el macizo del Jura, al este de Francia (Louverture había nacido en 1743). A mediados de 1802, como resultado de haber sido engañado por varios militares galos que seguían instrucciones de Napoleón, Louverture fue hecho prisionero y enviado a la metrópoli, en donde fue encarcelado bajo condiciones que retratan bien al entonces primer cónsul Bonaparte y su sistemático proceder contra quienes osaban desafiar su omnímodo poder (el primer cónsul, por cierto, se convertiría en emperador no mucho tiempo después, en mayo de 1804).

En Black Spartacus estamos frente a una minuciosa reconstrucción de la vida de Toussaint Louverture. El resultado es destacable en términos de algunos de los archivos consultados y, por ende, de aspectos de la vida del biografiado que no habían sido investigados, así como en términos de la cantidad de bibliografía secundaria que revisó Hazareesingh. Las más de 40 páginas de notas/bibliografía del libro son revela do ras a este respecto. La principal reserva que yo haría a este libro no tiene nada que ver con la investigación en sí misma, sino con lo que el autor hace con la información recabada y con la manera de presen tar la. Entre los objetivos que guían la interpretación de Hazareesingh sobresalen los dos aspectos ya mencionados: hacer de Toussaint Louverture un pensador de altos vuelos y convertirlo en representante de un republicanismo libre de ambigüedades o contradicciones. El tono desmedido de elogios del libro que nos ocupa se puede percibir no solo en el subtítulo del libro (The Epic Life of Toussaint Louverture), sino también en los títulos de varios capítulos. Este aspecto podría considerarse secundario, si no fuera porque el tono de un libro incide y se refleja en los contenidos que se eligen, se privilegian y se subrayan. Imposible en una reseña como la presente referir todos los ejemplos de elogios desmesurados y, por tanto, simplistas y simplificadores, que encontré en Black Spartacus. Me limitaré entonces a los dos aspectos referidos en un par de ocasiones.

¿De verdad cabe considerar a Toussaint Louverture “a man of ideas”, como afirma el autor? (p. 100). ¿Qué deben entender los lectores cuando el autor alude a la “intellectual integrity” de Louverture? (p. 212). Las expresiones admirativas a este respecto recorren todo el libro: Louverture tenía un “complex and original scheme of thinking” (pp. 56-57), las personas se quedaban estupefactas ante la magnitud de sus “intellectual qualities” (p. 214), poseía un “lofty thinking” (p. 239), sus “intellectual powers” deslumbraban (p. 285), la constitución que mandó redactar fue “a precious contribution to modern political science” (p. 355), Louverture era un “sage” (p. 356) y su lucha fue “a vital source of intellectual inspiration” (p. 369). Al respecto, ya adelanté la pregunta obligada: ¿gana algo la historiografía y gana algo nuestra comprensión de la revolución haitiana convirtiendo a Toussaint Louverture en un intelectual de primera magnitud? Más importante aún, pues es el meollo de la cuestión: ¿los documentos que hemos leído de Louverture y los documentos leídos por el autor para escribir su biografía justifican ese intento? Yo estoy convencido de que no, pero serán los lectores que se animen a leer esta biografía y, sobre todo, quienes lean a Louverture, quienes decidirán si el esfuerzo de Hazareesingh tiene alguna justificación más allá de ser un intento de reivindicar a su biografiado.

El otro tema que me gustaría poner sobre la mesa es el republicanismo de Louverture que plantea Hazareesingh en su libro de mil mane ras distintas, adjudicándole un carácter proteico que a mí me resulta desconcertante. De entrada, el “republicanismo” de Louverture es tantas cosas que no cabe dudar de la “originalidad” que le adscribe el autor (p. 12): militarista, antiesclavista, mestizo, realista (royalist), católico, fraternal, multirracial y revolucionario, todo a un tiempo. Según Hazareesingh, el republicanismo de Louverture poseía las marcas distintivas (essential hallmarks) del republicanismo jacobino (p. 100); su “republicanismo criollo” era “una combinación única de elementos europeos, africanos e indígenas” (p. 156); Louverture poseía un “republican value system” (p. 160); su republicanismo se definía sobre todo por sus acciones “in the best interests of the colony’s citizens” (p. 200, ¿puede esto definir a un republicanismo?); su retórica era “wholly republican” (p. 209); Louverture se caracterizaba por su “republican ethic” (p. 242; lo que no impedía que en ocasiones se desviara del “republican path”, p. 269); soñaba con “a multiracial republic” (p. 324) y poseía un “republican self” (?, p. 326); asimismo, su legado incluye una mitología histórica que el autor denomina “anti-slavery republicanism” (p. 357), el cual, según Hazareesingh, apuntaló las luchas por la emancipación de los esclavos en el siglo XIX y la lucha por los derechos civiles en Estados Unidos; además, también el siglo XX inspiró el anticolonialismo “which reaffirmed the classic republican opposition to imperial conquest and military occupation” (p. 358).

Podría detenerme en cada una de las citas del párrafo anterior para mostrar que el republicanismo de Louverture era bastante menos coherente y bastante más ambiguo de lo que Black Spartacus hará pensar a muchos lectores; de hecho, contenía fisuras notables en diversos aspectos (como lo hace, por lo demás, todo republicanismo, o todo liberalismo, cuando los situamos en la historia). Sin embargo y para no extenderme mucho más, me limitaré a revisar algunos aspectos del texto que Hazareesingh considera “the boldest venture” de Louverture (p. 237): la constitución de 1801, a la que el autor se refiere más de una vez como “su” constitución (es decir, de Louverture). Considerado por separado, el capítulo que Hazareesingh dedica a esta constitución (“In the Region of Eagles”, pp. 237-263) merecería una reseña aparte, así como una minuciosa y profunda crítica desde la perspectiva de la historia intelectual, pero no tengo espacio suficiente. Me limitaré a dar elementos para que los lectores hagan su propio cotejo entre algunos aspectos del republicanismo que el autor le adjudica a Louverture y algunos artículos de “su” constitución (las traducciones del texto original francés son mías; utilizo aquí la versión electrónica de la Universidad de Perpignan: https://mjp.univ-perp.fr/constit/ht1801.htm).

No me detendré en artículos como el 14 y el 16, que atan a los ciudadanos a sus parcelas y les impiden el libre tránsito, o en artículos como el 20 y el 24, que estipulan que todas las leyes de la “colonia” (pues así se define al territorio de Saint Domingue al inicio del documento) tienen que emanar del gouverneur. Refiero enseguida algunos artículos de un solo título del texto constitucional, el VIII, que comprende del artículo 27 al 41. El 28 nombra a Toussaint Louverture gobernador perpetuo; textualmente, “durante el resto de su gloriosa vida”. El artículo 30 le otorga la capacidad de nombrar a un sucesor en caso de muerte prematura. La primera parte del artículo 34 dice, a la letra: “El gobernador sella y promulga las leyes; nombra a todos los empleos civiles y militares. Es comandante en jefe de la fuerza armada y está encargado de su organización […]”. El 35 establece que el gobernador ejerce el orden público (police générale) sobre los habitantes y respecto a las manufacturas; asimismo, hace observar las obligaciones de los propietarios, de los granjeros y de los obreros; además, supervisa los deberes de los cultivadores hacia los propietarios, de los granjeros y de sus representantes. El artículo 37 establece que el gobernador dirige y supervisa la percepción, el desembolso y el uso de las finanzas de la colonia y da, con este fin, todas las órdenes necesarias (tous les ordres quelconques). El 39 le otorga la potestad de supervisar y censurar, vía sus comisarios, “todo escrito destinado a la impresión en la isla”. Por último, el artículo 41 fija el sueldo del gobernador en 300 000 francos (sorprende, por lo menos a quien esto escribe, que una cuestión de esta naturaleza, sólo crematística, constituya un artículo constitucional).

Creo que no vale la pena extenderme mucho sobre el tema del republicanismo, pues el contraste y las tensiones entre no pocas de las afirmaciones que hace Hazareesingh sobre el republicanismo de Louverture a lo largo de su libro y algunos aspectos centrales de la tradición republicana me parecen evidentes (ya sea que remontemos dicha tradición a Roma, a las ciudades-república italianas del Medioevo, a los cantones suizos o a la república neerlandesa de la primera Edad Moderna, o la refiramos a la era de las revoluciones). Se replicará que existen casos muy parecidos en otras revoluciones atlánticas y alguien podría señalar como ejemplo la Constitución de Bolívar para la República de Bolivia, de 1826 (en concreto, en lo que respecta a la figura del presidente vitalicio). Sobre este punto, no tengo mucho que expresar, salvo dos cosas. La primera es que ese aspecto de ese texto constitucional de Bolívar es citado con fruición por los historiadores antibolivarianos para poner en evidencia el afán dictatorial que se supone caracterizó a El Libertador. La segunda es que existen decenas de documentos bolivarianos (empezando por la propia Constitución de 1826) que muestran que su pensamiento político era mucho más complejo de lo que se puede inferir de un solo artículo (el septuagésimo séptimo) de uno de los miles de textos que Bolívar redactó (más bien dictó) a lo largo de su vida. Por otro lado, sé bien que el republicanismo haitiano no podía corresponder a ningún otro republicanismo histórico (por razones de muy diversa índole, empezando por su origen y por su naturaleza antiesclavista), pero, al mismo tiempo, si se le otorga el papel protagónico que Hazareesingh le da en su libro, cabía esperar elementos cercanos, similares y hasta afines a “la tradición republicana” (con todo lo debatible que esta expresión pueda ser; de entrada, por la carga de monolitismo que supone). Cabía esperar también, de manera legítima desde una perspectiva historiográfica, que el republicanismo de Louverture y su Constitución de 1801 no se distanciaran de dicha “tradición” en algunos de los aspectos que la habían caracterizado hasta entonces.

Por cierto, no es que el autor ignore por completo las limitaciones del republicanismo de Louverture, pero los dos párrafos que dedica a la cuestión son claramente insuficientes. No basta con afirmar que el republicanismo de Louverture se basaba en una visión muy paternalista de la sociedad que se fundía con sus valores caribeño-cristianos o que “desde una perspectiva estrictamente revolucionaria” su lógica es casi inatacable. Esta anemia analítica se agrava cuando Hazareesingh asevera que si no existía una separación formal de poderes en la Constitución, “it did in effect allow a form of social pluralism between the predominant white elites, who wielded economic power in the colony, and the black army, from which his successor was expected to be drawn and which remained the ultimate guarantor of Saint-Domingue’s arrangement” (pp. 262-263).

Por lo demás, el propio autor hace en ocasiones afirmaciones que resultan difíciles de cohonestar con el ideario republicano que se supone definía a su biografiado. Un ejemplo es cuando Hazareesingh habla de la escasa disposición de Louverture a “permitir cualquier institución social que él no controlara completamente” (p. 275). Otro: “Su decreto de octubre de 1800 era una medida draconiana, que imponía de hecho un orden marcial sobre la producción agrícola y que exigía ‘sumisión y obediencia’ de sus [his en el original] trabajadores” (p. 277). De hecho, esta política de control agrario terminaría envolviendo a Louverture, en palabras del propio autor, en una “espiral autoritaria” (p. 278). ¿Cómo conciliar afirmaciones como las anteriores con ese republicanismo, polimorfo, ubicuo y siempre elogiable que desfila a lo largo de Black Spartacus y que parece definir cada propuesta, cada pensamiento y cada acción de Toussaint Louverture? No basta, desde mi punto de vista, con hablar de “republicanismo criollo” y afirmar que Louverture pensaba que la revolución de Saint Domingue creó “un conjunto [set] de arreglos políticos que combinaba de manera única el dinamismo africano, la modernidad europea y el voluntarismo caribeño” (p. 263), por más bien que esto pueda sonar en algunos oídos.

Libros como Black Spartacus suscitan en mí una profunda desazón intelectual. Más aún porque la inmensa mayoría de las reseñas que leí sobre el libro una vez que casi había terminado de redactar la mía son muy elogiosas del libro de Hazareesingh, con un par de excepciones notables. Una de estas excepciones es la de David Geggus (New West Indian Guide, 2021, p. 95), considerado una de las mayores autoridades contemporáneas en la revolución haitiana. Esta reseña deja claro que el libro contiene una cantidad importante de imprecisiones. No obstante, en el año 2021 fue merecedor del prestigioso premio británico Wolfson History Prize. Entre otras cosas, la Fundación Wolfson planteó lo siguiente para explicar por qué Black Spartacus había sido la obra ganadora: “El extraordinario libro de Sudhir Hazareesingh es un brillante (sparkling) ejemplo del papel que la historia puede jugar en la sociedad actual y, en particular, de la importancia de iluminar experiencias del pasado frecuentemente ignoradas”. Desde hace tres décadas, la revolución haitiana dejó de ser ignorada, por la academia occidental al menos; de hecho, en apenas un lustro (2016-2020) se escribieron tres biografías de Toussaint Louverture. Cierro esta reseña afirmando algo que no por evidente es menos importante: otorgarle un premio a un libro por considerar que la historia debe desempeñar tal o cual papel en la sociedad actual dice mucho más sobre esa sociedad que sobre el libro premiado. En cuestiones historiográficas, el “espíritu de los tiempos” es un pésimo consejero.

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