Semblanza
Juan Pedro Viqueira (1954-2025)
Juan Pedro Viqueira Alban fue un historiador mexicano reconocido de manera particular por sus estudios acerca de las sociedades indígenas de Chiapas en el periodo colonial y del presente. Aunque su formación inicial se centró en las matemáticas y la física, materias que se le facilitaban de manera natural, su curiosidad intelectual lo acercó a la sociología, la antropología y la filosofía, sin dejar de ser un apasionado de la literatura y la música, muestra de un pensamiento con una amplitud y profundidad poco comunes. Esta universalidad lo llevó a encontrar en la historia su vocación. Él mismo contaba que el momento decisivo llegó durante una conferencia del historiador francés Jean Meyer sobre la Guerra Cristera a la que asistió. Al finalizar la exposición, un testigo directo de aquellos acontecimientos tomó la palabra y confirmó la veracidad de lo narrado. A partir de entonces, Viqueira se convenció de unir todos sus intereses en el oficio al que se dedicó el resto de su vida.
Era hijo de Anne-Marie Alban, escritora y poeta franco-española, maestra de español y literatura en el Liceo Franco-Mexicano, y de Jacinto Viqueira Landa, español de familia gallega-extremeña e ingeniero mecánico electricista, profesor emérito de la UNAM. Ambos fueron parte de la segunda gene ración de españoles exiliados en México, a donde llegaron a principios de los años cuarenta. Juan Pedro fue el segundo hijo de este matrimonio; nació el 5 de diciembre de 1954 en la ciudad de México. Cursó la primaria, secundaria y preparatoria en el Liceo Franco-Mexicano. Sus padres le heredaron el gusto por las letras y los números. Esta combinación de intereses se reflejó a lo largo de su trayectoria, en la que logró integrar de manera constante las ciencias sociales con el pensamiento lógico y matemático. Un ejemplo de esta síntesis fue su aplicación de conocimientos de programación, aprendidos durante su incursión en las matemáticas, para desarrollar un programa que permitía organizar fichas de investigación histórica. Nunca lo probé, pero por rudimentario que fuera, con ello se adelantaba varios años a la creación de gestores bibliográficos, como Mendeley o Zotero. Por su parte, no es un secreto que, amante del orden como era, solía disponer los datos histórico-estadísticos en documentos de Excel, que luego usaba para hacer gráficas y mapas o simplemente como herramienta de consulta. Varias veces me he beneficiado de estos archivos, que nos compartía sin reservas a colegas y alumnos. Sirvan estos simples ejemplos para comenzar a acercarnos a su modo de pensar la vida y su oficio.
En 1972 se inscribió en la Université de Paris VII-Jussieu para estudiar ciencias exactas. Sin embargo, al poco tiempo, cambió su interés hacia las ciencias sociales y en seguida regresó a México. En 1974 cursó un par de semestres de antropología social, antes de ingresar a la Universidad Autónoma Metropolitana-Xochimilco (UAM-X), donde obtuvo el título de sociólogo, interesado, sobre todo, en la vida rural. Entre 1976 y 1979, encontró su otra vocación, la de maestro, al impartir clases en una secundaria. En ellas fue director y compositor musical de obras como Edipo Tirano, de Sófocles, o La zapatera prodigiosa, de Federico García Lorca, que presentó con sus grupos en distintos pueblos de Morelos y Michoacán, como Atlacahualoya, Telixtac y Tócuaro.
Juan Pedro Viqueira fue también filósofo y teórico de la historia, pues juzgaba deber del historiador reflexionar en torno al conocimiento y a la condición humana. En su trayectoria abordó estas cuestiones en diversos ensayos, de entre los que me gustaría destacar uno que plantea un problema fundamental, rara vez considerado con la profundidad que merece. Me refiero al ensayo publicado en 1983 en la revista Relaciones, Estudios de Historia y Sociedad de El Colegio de Michoacán, titulado “Realismo y nominalismo en las ciencias sociales”, donde analizó la persistencia de dos corrientes filosóficas medievales en el pensamiento social contemporáneo: el realismo, que postula la existencia objetiva de los universales (categorías y conceptos), los cuales pueden descubrirse en la estructura de la sociedad, y el nominalismo, que los considera construcciones mentales sujetas a su contexto histórico y cultural. Viqueira pensaba más acorde a este último grupo y estaba en contra de asumir posturas absolutas; le parecía, como al filósofo Jean-Paul Sartre, esencial reconocer que el conocimiento no sólo refleja el objeto estudiado, sino también al sujeto que lo analiza. En este sentido, sostenía que los estudios sociales no deben limitarse a “opiniones doctrinales” pretendidamente imparciales, sino ser un “fecundo diálogo entre dos proyectos humanos: el del analista social y el de los hombres estudiados [el objeto de estudio], cada uno enraizado en su realidad social, espacial y temporal.”
Más adelante, hizo estudios en El Colegio de Michoacán, donde conoció a su esposa y compañera de vida, la antropóloga María Graciela Alcalá Moya, así como a admirados maestros, como Luis González (1925-2003), Andrés Lira, Jean Meyer, José Lameiras (1938-2003), Heriberto Moreno, Beatriz Rojas, Otto Schöndube (1936-2020), Carmen Castañeda (1941-2007), y otros de fuera del ColMich, como Luis María Gatti, Guillermo de la Peña y Brigitte Boehm de Lameiras (1938-2005). En esta institución, obtuvo la maestría en historia en 1984, con una tesis sobre la moralidad pública y las diversiones en la ciudad de México durante el siglo XVIII. Dicha investigación fue asesorada por el doctor Andrés Lira y galardonada en 1985 con el Premio Francisco Javier Clavijero que otorga el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) a la mejor tesis en historia. Tres años después, aquella investigación se transformó en el libro ¿Relajados o reprimidos? Diversiones públicas y vida social en la ciudad de México durante el siglo de las Luces, publicado por el Fondo de Cultura Económica. Esta obra, que él mismo llamó su best-seller, con un toque de ironía, ha tenido tres reimpresiones y fue traducida al inglés en 1999. Se trata de un trabajo en el que revisó las diversiones populares en la capital novohispana del siglo XVIII -los toros, el teatro, el juego de pelota vasca, los bailes, paseos, posadas, fiestas- y ofreció con ello una mirada profunda a la vida social del periodo ilustrado. También decía que el éxito de ese libro se debió a la “generosa reseña” que Pilar Gonzalbo Aizpuru (1935-2024) publicó en la revista Historia Mexicana. En ella, Gonzalbo Aizpuru admiró la originalidad de su enfoque, el rigor metodológico basado en datos sólidos, su redacción amena, así como su audacia para plantear nuevas hipótesis y formular preguntas innovadoras. El libro, en el que Viqueira agradece a amigos, académicos y a Jean-Jacques Rousseau, traza un puente entre los valores morales y culturales del siglo XVIII y la actualidad, y representa un ejemplo de un estudio histórico en apariencia modesto, pero con profundidad y belleza notables.
Meses antes de su muerte, e inclinada por la curiosidad que me produjo que en nuestro seminario de Antropología filosófica el doctor mencionara un artículo suyo sobre la muerte en la ciudad de México, le pedí que me enviara dicho texto, a lo que accedió con la advertencia: “Sé ‘indulgente’ con él. Yo era tan sólo un estudiante que empezaba la maestría.” Es probable que sus estudios acerca de la ciudad de México ilustrada, así como sus largas estancias michoacanas, lo hayan acercado al tema del “sentimiento de la muerte” en la capital novohispana y en el imperio tarasco, materia de tres artículos y para los que no necesité ninguna indulgencia. Durante la década de los ochenta, otras cuestiones llamaron su atención, como el matrimonio y la sexualidad, la familia, incluso las tortillas y los tacos, tema que desarrolló en un divertido texto que hizo con su esposa respecto al curioso hecho de que los puestos callejeros de quesadillas y tlacoyos son una actividad reservada a las mujeres.
Entre 1982 y 1985 fue profesor en la Escuela Nacional de Antropología e Historia, y luego, a mediados de 1985, se incorporó al Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social del Sureste (CIESAS Sureste), en San Cristóbal de Las Casas, Chiapas. En los primeros meses allí, leyó el libro La Paz de dios y del rey, de su admirado amigo Jan de Vos (1936-2011). Me atrevería a decir que fue a partir de entonces que afianzó su interés por Chiapas. Al mismo tiempo realizó otras actividades, como una fructífera estancia en el Archivo General de Indias, en Sevilla, en la que disfrutó, según sus propias palabras, de la primavera y de su Semana Santa alucinante, mientras investigaba en uno de los lugares más felices para los que nos dedicamos a la historia. Todavía en el CIESAS se trasladó a París para hacer más estudios en la École des Hautes Études en Sciences Sociales (EHESS), donde obtuvo el Diplôme d’Études Approfondies entre 1988 y 1989, con el trabajo “Histoire et anthropologie des communautés indiennes tzotziles y tzeltales au Chiapas colonial, sud-est du Mexique (1524-1821)”, bajo la dirección de Jean-Pierre Berthe (1926-2014); el primero de sus trabajos como historiador de Chiapas.
A partir de 1989, Juan Pedro investigó la rebelión tzeltal de Cancuc de 1712, tema en el que se hizo el mayor experto y al que dedicó algunos libros y varios artículos. En 1992 escribió el texto “¿Qué había detrás del petate de la ermita de Cancuc?”, trabajo que explora la reacción desencadenada por la aparición de la Virgen a una joven indígena de nombre María. Su calidad y belleza le valieron el premio CIESAS 1993 al mejor artículo. Ese mismo año, el Fondo de Cultura Económica publicó María de la Candelaria, india natural de Cancuc, relato histórico acerca de la joven María -quien terminó por encabezar la Rebelión de 1712 y que murió escondida, de un parto malogrado- que se reeditó en 1996 y que hoy está agotado. Estos estudios se conjugaron en un libro publicado en 1997, por el Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social: Indios rebeldes e idólatras, dos ensayos históricos sobre la rebelión de Cancuc, Chiapas, acaecida en el año de 1712, también agotado.
A pesar de sus viajes académicos, Juan Pedro trabajaba y vivía en San Cristóbal, ciudad que había observado bien, por lo que sabía que los aires coloniales de la otrora capital chiapaneca -y que se extienden al resto del estado- se reflejaban en su configuración social actual. Viqueira buscaba contrastar el estudio del pasado con el presente para comprenderlo y esto rigió su trabajo académico por lo menos desde ¿Relajados o reprimidos? Al calor del alzamiento neozapatista en Chiapas en 1994, estas ideas adquirieron más sentido. Juan Pedro Viqueira abogó por deshacernos de la visión idealizada y estereotipada con la que se veía y se ve a los indios y dedicó muchas páginas al análisis crítico del complejo proceso, mismo que le valió ser llamado “traidor de la causa indígena”, que él pensaba imaginaria y nociva para los indios de carne y hueso. Uno de sus primeros esfuerzos por entender desde la historia de la región el levantamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) fue el libro Chiapas: los rumbos de otra historia (1995), una obra colectiva que coordinó junto con el antropólogo y lingüista Mario Humberto Ruz Sosa, sobre la historia del estado desde la conquista española hasta la llegada del EZLN. Más tarde redactó otros trabajos al respecto, como el de Los indígenas de Chiapas y la rebelión zapatista. Microhistorias políticas, en colaboración con el sociólogo y politólogo Marco Antonio Estrada, publicado por El Colegio de México en 2010.
Viqueira reflexionó con la historia de los últimos tres siglos bien estudiada, mapas y datos demográficos/electorales en mano, que el levantamiento zapatista fue resultado de una combinación de factores estructurales, entre ellos la crisis del sistema priista, la pobreza extrema, las reformas neoliberales, el papel de la Iglesia y la creciente organización indígena. Sin embargo, la interpretación del conflicto estuvo marcada por una visión idealizada de los indígenas, promovida por el EZLN y amplificada por los intelectuales y medios de comunicación. Esta narrativa simplificó la compleja realidad chiapaneca, presentando a los indígenas como un bloque homogéneo y heroico e ignorando las tensiones internas, disputas políticas y contradicciones dentro del movimiento. Así, el “Chiapas imaginario”, si bien generó simpatía global, oscureció los problemas estructurales, lo que a la larga traería más problemas que soluciones. Esta visión crítica del movimiento zapatista parece un excelente ejemplo para recordar la idea de Max Weber que a Juan Pedro le gustaba referir: un profesor (y un buen académico) debe “enseñar a sus alumnos a aceptar los hechos incómodos”, así como a aceptar que “algo puede ser verdadero, aunque no sea ni bello, ni sagrado, ni bueno”.
En 1997 concluyó el doctorado en historia y civilizaciones, con una investigación sobre la construcción histórica de los espacios sociales en Chiapas entre los siglos XVI y XVIII: “Chronotopologie d’ une région rebelle. La construction historique des espaces sociaux dans l’ “alcaldía mayor” du Chiapas (1520-1720)”, también dirigida por Berthe. Si bien no publicó esta investigación en un libro, la tesis fue distinguida con el Premio Francisco Javier Clavijero ese mismo año y es una herramienta formidable para los que estudiamos Chiapas colonial. En esta investigación reflexionó acerca de la complejidad, importancia y riesgos de la lectura de los paisajes y cuestionó la visión tradicional que presentaba a los pueblos indígenas como comunidades aisladas y estáticas, y en su lugar los muestra como actores activos en la transformación de su entorno. A través del concepto de “región vivida” reconstruyó la organización territorial y social de la Alcaldía Mayor (1520-1720) para explicar cómo los factores políticos, económicos y culturales moldearon las dinámicas sociales y territoriales de la región, concediéndole atención a la rebelión indígena de 1712 y sus consecuencias en la conformación territorial, así como a las redes sociales y económicas que sustentaron el conflicto. En conjunto, esta obra es una referencia clave para comprender el desarrollo histórico de dicho territorio, al tiempo que aporta herramientas metodológicas para el estudio de la historia regional.
En 1998 se incorporó como profesor-investigador al Centro de Estudios Históricos de El Colegio de México, donde encontró un entorno propicio para su desarrollo académico, rodeado de colegas, discípulos, compañeros de trabajo y grandes amigos. Allí impartió cursos y dirigió numerosas investigaciones. En su labor docente, formó a múltiples generaciones de historiadores, sociólogos y antropólogos, a la vez que consolidó un campo de estudio sobre la historia de Chiapas. Cuatro años más tarde, en 2002, publicó el libro Encrucijadas chiapanecas. Economía, religión e identidades, en una coedición de El Colegio de México y Tusquets. El libro es un llamado a cuestionarse las ideas que se asumen como ciertas respecto a la región chiapaneca y optar, en cambio, por una comprensión más profunda de su desarrollo histórico y su impacto en el presente.
No hay que olvidar que, aunque ya asentado en la ciudad de México, Juan Pedro nunca dejó de viajar a San Cristóbal de Las Casas, donde tenía una casa y una comunidad de colegas, discípulos y amigos con los que mantuvo comunicación y proyectos. Es el caso de investigadores como Dolores Aramoni, Justus Fenner, Jan Rus y varias personas más que lamento no poder mencionar aquí.
Además de sus estudios sobre la sublevación de 1712 y el levantamiento de 1994, Juan Pedro Viqueira publicó decenas de artículos, notas en revistas y periódicos, reseñas, y es posible ver videos en YouTube con entrevistas, conferencias y programas especiales. Lejos de considerarse sobreespecializado en la historia chiapaneca, veía en este espacio un punto de partida para explorar una amplia diversidad de temas: economía, evangelización, prácticas y creencias religiosas, aculturación y mestizaje, demografía, elecciones -lo que él denominaba antropología electoral-, geografía histórica, lenguas y vida cotidiana, tanto en la época colonial como en el presente. Gracias a esta perspectiva, produjo numerosos trabajos, imposibles de enumerar en su totalidad aquí, pero fundamentales no solo para quienes estudian Chiapas, sino para cualquier interesado en las ciencias sociales.
Además de sus investigaciones, Juan Pedro Viqueira hizo, junto con sus amigos y colegas, Óscar Mazín, Virginia Margarita López Tovilla, las encargadas del archivo, Rafaela Gómez y Matilde Moreno, y un equipo de expertos, interesados y becarios, lo que a simple vista podría parecer una modesta contribución a la historia del Archivo Histórico Diocesano de San Cristóbal de Las Casas. Entre 2010 y 2016, dirigió un proyecto respaldado por El Colegio de México para elaborar una base de datos del Fondo Diocesano y un inventario general de dicho archivo; se acomodaron los documentos en carpetas, separados por fondos, en buenos archiveros y a disposición del público y se hizo una versión digital con todos los expedientes. Asimismo, se organizaron fondos, como el archivo personal del obispo Samuel Ruiz García y el archivo del Comité Cristiano de Solidaridad, creado para ayudar a los refugiados guatemaltecos. Estas acciones han permitido que los interesados en la investigación de Chiapas puedan buscar con diferentes criterios acerca de sus temas y acceder con facilidad al contenido del archivo. Gracias a estas gestiones, nuevas generaciones de historiadores han podido realizar su labor, tarea importantísima si recordamos que los estudios serios de historia de Chiapas, antes sólo aproximada desde disciplinas como la arqueología o la etnología, se comenzaron a desarrollar hace apenas unos cuarenta años.
En 2017, Juan Pedro, junto con su amigo y colega, el japonés Tadashi Obara-Saeki, buscó explorar los mecanismos de tributación en las comunidades indígenas chiapanecas e hicieron un intenso estudio cuya metodología combinó el análisis cuantitativo de fuentes tributarias con el estudio cualitativo de documentos judiciales y administrativos, al que llamaron El arte de contar tributarios. Provincia de Chiapas, 1560-1821. Se trata de un libro de rigurosa consulta para los historiadores interesados, que establece una base demográfica para la historia colonial de la provincia de Chiapas.
Tengo la impresión de que el seminario de Antropología filosófica que impartió durante años en El Colegio de México, fue una de las experiencias que lo enorgullecía, y no es para menos. En el Seminario buscaba reflexionar sobre cuestiones tan complejas como: ¿qué es lo que caracteriza al ser humano?, ¿existe la naturaleza humana?, ¿pueden ser los humanos objeto de un conocimiento riguroso? Preguntas que, como en el diálogo entre Sócrates y Menón, no prometen una respuesta definitiva, pero sí la posibilidad de pensar con mayor claridad. A través de autores como Platón, Sócrates, Werner Heisenberg, Albert Camus, Stephen Jay Gould, Charles Darwin, Claude Lévi-Strauss, Clifford Geertz, Mijaíl Bajtín, Jean-Paul Sartre, Tzvetan Todorov, Pedro Kropotkin, Marcel Mauss, Paul Veyne, Eric Hobsbawm, Juan Pedro Viqueira daba herramientas para pensar la historia y la vida, mientras intentaba quitarnos los “complejos” que los historiadores tenemos ante las ciencias “duras” y nos desafiaba a reconsiderar nuestras propias certezas.
La selección de lecturas que hacía para sus cursos refleja una convergencia de distintas corrientes y enfoques historiográficos. Su énfasis en la historicidad del ser humano y en la construcción social del conocimiento lo vincula con el historicismo crítico, que rechaza la existencia de una naturaleza humana inmutable y destaca la transformación constante de las ideas y las instituciones. La presencia de autores como Marc Bloch, Clifford Geertz y Marcel Mauss sugiere una afinidad con la escuela de los Annales y la antropología histórica, particularmente por su interés por la cultura, las mentalidades y los rituales como elementos centrales en la organización de las sociedades. A su vez, el curso incorporaba un fuerte componente de sociología histórica, con Max Weber a la cabeza, cuya teoría de la racionalización, la dominación y la burocracia ofrece herramientas para entender la evolución del poder y las estructuras sociales. A través de esta combinación, el curso invitaba a la reflexión sobre el ser humano desde una perspectiva filosófica y proponía un diálogo crítico con las tradiciones historiográficas, enfatizando la necesidad de repensar los fundamentos del conocimiento histórico y social.
Viqueira buscaba transmitir lecciones que trascendieran el aula: leer buena literatura para escribir y pensar con claridad, y leer de todo, porque un historiador debe estar preparado para abordar cualquier tema. Insistía en la importancia de ser críticos, incluso “insolentes con los mayores”, de no aceptar las cosas como verdades absolutas. Recordaba que la historia es una construcción inacabada y que el oficio del historiador es un ejercicio en constante transformación, algo que debe afrontarse con humildad y curiosidad.
El investigador francés Louis-Vincent Thomas, que leímos para el seminario, escribió que los humanos, frente a la realidad biológica e insoportable de la muerte, han hallado un refugio en los ritos funerarios. Este texto es, en ese sentido, un ritual: un pequeño homenaje a la vida de nuestro maestro y amigo. Reconozcamos y festejemos su legado, su inteligencia aguda, su sabiduría, su generosidad, su trato afable, su sentido del humor, su sonrisa. Que su pensamiento siga acompañándonos, desafiándonos y recordándonos que la mejor manera de honrar la memoria es mantener vivo el diálogo.