Reseñas
Sobre Sebastián Rivera Mir, Ningún revolucionario es extranjero. Intercambios educativos y exilios latinoamericanos en el México cardenista
Sobre Sebastián Rivera Mir, Ningún revolucionario es extranjero. Intercambios educativos y exilios latinoamericanos en el México cardenista
Historia mexicana, vol. LXXV, no. 3, pp. 1545-1550, 2026
El Colegio de México A.C., Centro de Estudios Históricos
| Rivera Mir Sebastián. Ningún revolucionario es extranjero. Intercambios educativos y exilios latinoamericanos en el México cardenista. 2023. Zinacantepec, Estado de México. El Colegio Mexiquense. 272pp.. 978-607-883-660-4 |
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En Ningún revolucionario es extranjero. Intercambios educativos y exilios latinoamericanos en el México cardenista, Sebastián Rivera Mir plantea a sus lectores las respuestas que ha logrado formular ante el problema por la interacción de dos procesos históricos regularmente tratados de manera independiente en la historiografía: los intercambios académicos y el exilio. Aunque el autor establece campos separados para uno y otro proceso, identificando sus particularidades y estableciendo sus fronteras, pone énfasis “en aquellos elementos que permitieron -durante el cardenismo- la confluencia de los sujetos implicados en estos desplazamientos, quienes […] compartieron no sólo su interés en lo que sucedía en México, sino también los problemas, los espacios institucionales y, en muchos casos, las evaluaciones sobre el país de acogida” (p. 15). En este sentido el autor señala cómo la mirada conjunta de estos dos procesos posibilita un acercamiento a temáticas relacionadas con “el flujo transnacional de sujetos, con la movilización de conocimientos, con la diplomacia cultural, con los proyectos económicos locales, entre otras múltiples posibilidades” (p. 15).
Este planteamiento se acerca a otras miradas complejas sobre el exilio y su relación con el proceso más amplio de la migración. Así como Rivera Mir señala la importancia de identificar la confluencia del intercambio académico y el exilio, muchos autores han señalado la dificultad -e incluso el carácter innecesario y problemático- de insistir en aquello que separa y diferencia al exilio de la migración.2 Con esto quiero decir que si bien las motivaciones que impulsan a exiliados, estudiantes y maestros en intercambio y migrantes económicos son diferentes -y en pro de un análisis detallado deben ser consideradas en su especificidad-, también es cierto que estas modalidades se inscriben en el gran marco del flujo trasnacional de sujetos, y que no sólo la experiencia de un individuo puede recorrer de manera simultánea los tres campos, sino que la política migratoria nacional está orientada a controlarlos y gestionarlos.
Así, como lo señala Rivera Mir a lo largo del texto, abundan los ejemplos en que el exilio antecedió, o construyó las bases para el intercambio académico; o en el marco de las concesiones de becas para estudiantes extranjeros o del intercambio académico en general se colaron, no pocas veces, emigrados políticos que aprovecharon la institucionalidad educativa mexicana para “salvaguardar su vida y libertad”, e insertarse en México en una cada vez más robusta red educativa. “Los límites entre los distintos tipos de ingreso al país tendieron a difuminarse -plantea el autor- en la medida en que las experiencias de cada uno de los implicados los conducía por distintos derroteros” (p. 177). Los detalles de esta discusión, aunque recorren toda la estructura del trabajo, se pueden encontrar con mayor precisión en el capítulo 6, “El exilio y el intercambio académico” (pp. 171-196).
Esta discusión está lejos de cerrarse y, por el contrario, como lo plantea el autor, debe ser parte “de una agenda investigativa que permita comprender cómo ambas categorías se interrelacionaron en determinadas coyunturas particulares o, en otras palabras, cuándo y por qué un estudiante pudo preferir mostrarse más cercano al exilio o por qué un emigrado optó por destacar su condición de académico o estudiante” (p. 17). La actualidad de esta cuestión es notable, particularmente en un momento en que México continúa siendo uno de los únicos países en América Latina que aún conserva un generoso sistema de becas, a las cuales sin duda han aplicado muchos estudiantes que, más allá de querer desarrollar sus estudios de posgrado en alguna institución mexicana, han buscado salir de sus países ante el incremento de la conflictividad política y social.
Otro asunto que me parece importante destacar entre los aportes a la historiografía que hace Rivera Mir en este texto es la problematización de la dicotomía centro-periferia con la que se suele pensar el intercambio académico. Evidentemente el que México sea el protagonista de esta historia incita a pensar en la posición que éste alcanzó frente al sur del continente, más allá de las dinámicas centro/periferia, desarrollo/subdesarrollo, norte/sur y “todas aquellas posturas dicotómicas que suelen aplicarse al momento de analizar este tipo de dinámicas” (p. 52).
Si bien es innegable la densidad del flujo latinoamericano que se ha dirigido históricamente hacia Estados Unidos en cualquiera de los tres casos de los que hemos hablado -exilio, migración, intercambio-, lo es también la importancia de México como potencia media -según conceptualización de Veremundo Carrillo-.3El tamaño de su economía, población y territorio han incidido en que México alcance una mayor capacidad de acción en comparación con aquella que podían tener los países centroamericanos y caribeños. En cuanto al tema que aquí nos compete, esta situación permitió que México se convirtiera en un importante polo de atracción para los latinoamericanos que buscaban en ese país un lugar de protección, un espacio en dónde crecer profesionalmente o unas redes que les permitieran continuar el enriquecedor intercambio de ideas que seguramente habían desarrollado a nivel nacional.
Para el autor, pensar estas relaciones fuera de la dicotomía tradicional debe llevarnos a revisar también los conceptos con los cuales se ha analizado el intercambio académico (conquista disciplinar, comunidades epistémicas, imperialismo cultural), en la medida en que resultan poco eficientes a la hora de salirnos de las dinámicas de intercambio pensadas desde el centro hacia la periferia. Por ello nos invita a concentrarnos en los vínculos que se han tejido históricamente entre los espacios que podrían ser llamados “periféricos” (p. 140). Reconceptualización que, no obstante, no puede pasar por eliminar las dinámicas de poder asociadas a las relaciones entre países, las cuales no necesariamente son equilibradas.
En este sentido, el estudio de los usos políticos del intercambio académico entre los países del sur, al que nos invita el autor, contribuye por otro lado a problematizar el manido concepto de “México país refugio”. Aunque este es un trabajo sobre el ingreso a México de estudiantes becados, profesionistas patrocinados por el Estado y exiliados protegidos por la diplomacia mexicana, en todas las ocasiones en que las fuentes se lo permiten, el autor hace un análisis detallado de las motivaciones de política exterior y cultural mexicana que promovieron los intercambios entre México y América Latina “sin caer en los lugares comunes de la hospitalidad generalizada y sin cálculos, con la que tiende a verse la recepción en la historiografía” (p. 183).
En el desarrollo de los argumentos planteados por el autor, éste hace uso de una amplia paleta de herramientas metodológicas que le permiten entretejer una historia que va y viene por campos nacionales e historiográficos diferentes. Como hemos dicho, el exilio y el intercambio académico, aunque históricamente han sido procesos que, al menos para el caso mexicano, han ido de la mano, muy pocas veces han sido leídos en clave de sus confluencias, lo cual representa un innegable aporte del trabajo de Rivera.
Por otro lado, el autor se ha servido de una importante variedad de fuentes documentales que lo han llevado a explorar los archivos universitarios en busca de los expedientes de solicitudes de becas; o los archivos diplomáticos tras las huellas de la labor de personajes tan importantes para la diplomacia cultural mexicana como Palma Guillén, sólo por poner un ejemplo. Este recorrido le permite al autor ofrecernos en el primer capítulo de su libro una cartografía del intercambio académico en América Latina. Sería muy interesante que en una segunda edición de este trabajo el autor se aventurara a representar gráficamente esa cartografía reconstruida, y pueda ofrecernos un ejemplo de cómo cartografiar procesos históricos.
Por otro lado, y honrando el trabajo que Rivera Mir ha realizado en los últimos años, dedica un capítulo entero a la pregunta por los libros y el intercambio académico en el México cardenista (cap. 8), además de que desde esta perspectiva decide hacer su aporte a la historiografía sobre la presencia en México de Aníbal Ponce (cap. 7).
En términos de escala, el autor se aventura a construir una historia más allá del marco nacional mexicano y nos ofrece una mirada de dos estudios de caso -Bolivia (cap. 4) y Chile (cap. 5)-, estudios que el autor ha decidido priorizar, y con los cuales nos da ejemplos documentados del intercambio académico y el exilio, como procesos que permitieron la circulación de sujetos transnacionales entre dichas naciones y México.
Para cerrar quiero hacer una observación sobre la estructura del libro. Como ya lo dije podríamos decir que ésta tiene la forma de un triángulo invertido, es decir, que va de lo general a lo particular, no porque lo particular sea el centro al que debe abonar lo general, sino porque se van ajustando las escalas capítulo tras capítulo hasta llegar a la experiencia personal de Aníbal Ponce, quien condensa los grandes temas abordados por el autor: el intercambio académico y el exilio. Con el caso de Ponce el autor nos deja ver no sólo las distintas facetas por las cuales podían atravesar estos sujetos, sino también el impacto que un académico emigrado podía provocar en el escenario educativo mexicano.
Para llegar a este nivel de lo biográfico, el autor parte de una cartografía general del intercambio académico en América Latina, baja luego al análisis de la política gubernamental mexicana en esta materia (cap. 2), para luego hacer una interesante reflexión sobre los documentos de solicitud de becas que llegaron a las diferentes instituciones mexicanas orientadas a tal fin. Con este panorama general, como ya lo he dicho, el autor nos ofrece dos ejemplos nacionales con los cuales se permite bajar al nivel de la experiencia particular, los planteamientos hechos en los capítulos anteriores. En este punto, y en tanto la dicotomía es latente, el autor nos plantea la discusión sobre las confluencias entre el exilio y el intercambio académico (cap. 6). Finaliza, pues, con la experiencia de Ponce y con una discusión sobre los libros y el intercambio académico.
Por último, quisiera resaltar la dedicatoria que tiene este libro: “In memoriam Ricardo Melgar Bao”. En muchos sentidos Melgar Bao puso los cimientos del actual campo sobre las redes intelectuales y los exilios latinoamericanos. Para muchos de nosotros su libro Redes e imaginario del exilio latinoamericanos en México, y en general sus trabajos sobre el exilio, marcaron un camino a seguir. El diálogo con el maestro peruano se advierte en este maravilloso libro con el cual Sebastián Rivera Mir nos ha presentado sus más recientes aportes a los campos de estudio del intercambio académico y del exilio.
Notes