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				<journal-title>Historia mexicana</journal-title>
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				<publisher-name>El Colegio de México A.C., Centro de Estudios Históricos</publisher-name>
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					<subject>Reseñas</subject>
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				<article-title>Sobre Alfredo Ávila <italic>et al., Ecos de</italic> Historia, ¿para qué?</article-title>
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						<surname>Echevarría Cázares</surname>
						<given-names>Héctor Andrés</given-names>
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					<label>1</label>
					<institution content-type="original">El Colegio de México</institution>
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						<surname>Ávila</surname>
						<given-names>Alfredo</given-names>
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					<etal/>
				</person-group><italic>,</italic><source><italic>Ecos de</italic> Historia, ¿para qué?</source>, <publisher-loc>México</publisher-loc>, <publisher-name>Siglo Veintiuno Editores</publisher-name>, <year>2023</year>, <size units="pages">264</size> pp. ISBN <isbn>978-607-03-1362-2</isbn>
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		<p>No existe una respuesta unívoca a la pregunta sobre el sentido de la historia. Incluso, me atrevería a decir, semejante interrogante surge cuando una sociedad no aprecia suficientemente a sus historiadoras e historiadores, es decir, en momentos de crisis, puesto que se hace necesario justificar la utilidad o perjuicio -la expresión, como se sabe, es de Nietzsche-<xref ref-type="fn" rid="fn1"><sup>1</sup></xref>del estudio del pasado para las generaciones actuales. ¿Por qué aferrarse a las ruinas del pasado, a esas “ramas secas” que no volverán a reverdecer? ¿Por qué existen en el mundo profesionistas que, al amparo de vestigios, documentos, poemas, obras de arte, mitos, leyendas, pretenden “reconstruir” un mundo que no volverá? ¿Puede cifrarse en este afán anticuario una vocación, un <italic>pathos</italic>? Las respuestas a estas interrogantes son múltiples, a veces contradictorias entre sí: relativas o absolutas, escépticas o dogmáticas, autónomas o ideologizadas, empíricas o metahistóricas, lo cierto es que nos ofrecen un crisol de explicaciones que, en última instancia, nos conminan a reflexionar sobre la complejidad del conocimiento histórico.</p>
		<p>Hace poco más de cuatro décadas se publicó el libro <italic>Historia, ¿para qué?</italic>,<xref ref-type="fn" rid="fn2"><sup>2</sup></xref> obra que congregó a una pléyade de especialistas en la materia para dilucidar la interrogante sobre la utilidad de los estudios históricos. Con el paso de los años, el libro se convirtió en una referencia obligada para todas aquellas personas (diletantes, estudiantes de preparatoria, alumnos de la licenciatura en historia) que deseaban adentrarse en los deleites intelectuales de la disciplina histórica. Se convirtió en un libro de iniciación a la historia, pero, al mismo tiempo, en una obra que les permitía a las historiadoras e historiadores reflexionar sobre su propio oficio, ya de por sí infravalorado por las sociedades capitalistas, ávidas de utilidades inmediatas.</p>
		<p>Sin embargo, han pasado muchas cosas desde entonces. En términos generales, se han modificado drásticamente las condiciones económicas, las dinámicas geopolíticas, las interacciones culturales, las percepciones subjetivas del tiempo y del espacio. Era menester una actualización, reformulación y crítica de los postulados históricos, filosóficos y políticos del libro que vio la luz en la década de los ochenta del siglo pasado. De esta necesidad nació, precisamente, el libro que reseñaré en las siguientes líneas: <italic>Ecos de</italic> Historia, ¿para qué?</p>
		<p>En una época signada por la pulverización del tiempo y de las vivencias colectivas, nuevos temas preocupan a las mujeres y a los hombres del presente: el calentamiento global, las desigualdades sociales, los acendrados nacionalismos, el hipercapitalismo, la preeminencia del mundo digital…; para las nuevas generaciones, el futuro está clausurado. En el terreno de las subjetividades, predomina un <italic>stimmung</italic> (el término es de Hans Ulrich Gumbrecht)<xref ref-type="fn" rid="fn3"><sup>3</sup></xref> o estado de ánimo específico: la angustia, el pánico, la apatía son los componentes esenciales de este paisaje interior, ahíto de contradicciones vitales y epistemológicas. Así lo advierten Luciano Concheiro San Vicente y Ana Sofía Rodríguez Everaert en el ensayo “Crisis e historia”: “Cada día hay mayor incertidumbre e intranquilidad. Se sufre de preocupación y paranoia constantes” (p. 110).</p>
		<p>Frente a este <italic>stimmung</italic> o atmósfera interior, la historia desempeña un papel modesto pero fundamental: reconocer cuáles han sido las circunstancias políticas, educativas, culturales y económicas que nos han llevado a enfrentarnos a semejantes abismos, a la par de que nos permite desmontar críticamente los relativismos, los esencialismos, las demagogias y los solipsismos que nos embargan en la llamada era de la “posverdad”. Si bien, como creían los antiguos, la historia ya no se puede erigir en la “maestra de la vida”, al menos nos brinda las herra mien tas analíticas para comprender la complejidad del tiempo que nos tocó vivir. Sobre este punto, haciendo uso de un estilo meditativo, incisivo e incluso aforístico, Mauricio Tenorio Trillo anota: “Escribir historia es una partida de ajedrez; el oficio implica unas ciertas reglas y estrategias, también algo de la curiosidad del científico, del vicio de armar rompecabezas, del goce del coleccionar y ordenar jugadas, de las obsesiones voyerista y estilística del novelista e incluso algo de la megalomanía del profeta” (“De la útil inutilidad de la historia”, p. 245).</p>
		<p>A pesar de que Tenorio Trillo indique que las crisis han sido re curren tes a lo largo de la historia de la humanidad, relativizando, en cierto sentido, la crisis política y social que identifican los otros colaboradores del libro, una cosa es cierta: en términos epistemológicos, el paradigma de la Modernidad, que entronizaba la idea de progreso humano, está en jaque (¿o en jaque mate?). Los actores sociales se han diversificado; los espacios o escenarios históricos se han des cen tra liza do; los relatos se han vuelto complejos, rizomáticos, interdisciplinarios. Y el diagnóstico de semejante estado de cosas es uno de los méritos de este libro.</p>
		<p>Pongo algunos ejemplos: Erika Pani, en “Historia para mirar, historia para pensar”, subraya la necesidad de mantener el rigor académico en la práctica de la historia, consultando archivos, contrastando documentos, aplicando diversos enfoques narrativos y metodológicos, sin descuidar, evidentemente, la función social inherente al oficio de historiar. Según Pani, los profesionales de la historia deben participar en el diseño curricular de los libros de texto gratuitos, permitiendo -a contravía de las versiones anquilosadas de la historia patria o de la historia de bronce- el fomento de lo que la autora denomina un pensamiento histórico crítico, de alcances universalistas, más vivo que nunca.</p>
		<p>Desde pequeños, la historia forma parte de nuestras existencias individuales y colectivas. No podemos prescindir de nuestro pasado; los traumas, las exultaciones, los paraísos perdidos, las utopías soterra das, todo ello sin duda está inscrito en nuestra temporalidad, en nuestro “ser y estar en el mundo”, como señala Sebastián Plá en su colaboración “Enseñanza de la historia en la escuela, ¿para qué?”. El autor insiste en que es indispensable</p>
		<p><disp-quote>
			<p>[…] incluir [en los planes de estudio destinados a niños y jóvenes] las historias de los pueblos indígenas, los movimientos feministas, las descripciones sobre la profunda desigualdad que estructura nuestras sociedades, la historia de las sexualidades, los diferentes saberes históricos, las formas de relacionarse con la naturaleza y todo aquello que nos permita romper con los prejuicios que dan sustento a las desigualdades sociales, políticas y económicas. (p. 210).</p>
		</disp-quote></p>
		<p>No es el fin de la historia, como lo vaticinaron los posmodernos. Prevalece, más bien, el cultivo académico y colectivo de historias plurales, incluyentes, reflexivas. Aquellas que, a pesar de ser ignoradas en la esfera institucional, pervivían en la memoria colectiva. La restitución de los relatos de los marginados, de los subalternos, de los vencidos, fue, sin lugar a dudas, una consecuencia directa de la crítica fehaciente de una historia lineal, progresiva y unívoca. Ya no se habla de la Historia sino de múltiples historias. Así, se pusieron en tela de juicio algunas nociones explicativas como hegemonía, Estado, intelectualidad, como refiere Rhina Roux en su texto “Subalternidad, historia y Estado”. La hipótesis principal de este ensayo es la siguiente: no existió una imposición vertical, directa, autoritaria, por parte del Estado emanado de la revolución mexicana, sino más bien se dio una construcción simbiótica, tensa, horizontal, entre numerosos actores sociales -intelectuales, obreros, comunidades indígenas, maestros rurales, caudillos- para forjar un nuevo orden político y social.</p>
		<p>Si bien hay una recuperación importante de los contenidos del libro <italic>Historia, ¿para qué?</italic>, publicado en la década de los ochenta, también hay posicionamientos críticos. Como señala Elisa Cárdenas Ayala, fue una obra escrita “en clave masculina. No sólo o no tanto porque los autores hayan sido varones todos, cuanto porque más allá del prólogo [de un par de páginas] y de la iniciativa de Alejandra Moreno Toscano puede hacerse su lectura completa prácticamente sin que mujer alguna aparezca evocada, ni nombrada, ni citada su obra” (“Historia, ¿para quién?<italic>”</italic>, p. 93). Esta injusticia académica, latente por aquellos años, se fue disolviendo a partir de la paulatina consolidación de tres fenómenos culturales y políticos que expone Gabriela Cano en su texto “¿Historia feminista? ¿De las mujeres? ¿De género? ¿De los feminismos?”: <italic>a)</italic> la valerosa militancia política de los feminismos plurales, surgidos de una reflexión filosófica profunda; <italic>b)</italic> el surgimiento, en el mundo académico, de la historia de las mujeres como protagonistas sustanciales de los procesos sociopolíticos en el planeta; y <italic>c)</italic> la reflexión crítica sobre el concepto de “género” como categoría analítica e interpretativa de la disciplina histórica.</p>
		<p>La historia nos permite, además, cuestionar las narrativas impositivas, hegemónicas. Alfredo Ávila nos advierte que en las últimas cuatro décadas han surgido numerosas formas de relatar el pasado (“Historia para cuestionarnos, para confrontarnos”). Esta reformulación paradigmática alcanza la manera en que abordamos los documentos históricos. Así, Clementina Battcock analiza las diversas cosmovisiones temporales indígenas inscritas en las crónicas novohispanas. En su ensayo “La noción de historia en la historiografía novohispana de tradición indígena: apuntes y desafíos” retoma los testimonios de Hernando Alvarado de Tezozómoc, escritor de la <italic>Crónica mexicana</italic>, como un caso emblemático de la narrativa histórica que se afanó en la reconstrucción de un mundo perdido, en cuyas ruinas se erigió la sociedad novohispana.</p>
		<p>Los aspectos materiales de la historia también son abordados en este libro. Después de reconstruir los debates intelectuales en torno al libro <italic>Historia, ¿para qué?</italic>, Rodrigo Martínez Baracs arguye que es necesario preservar los diversos archivos en nuestro país, puesto que encarnan esos “viajes en el tiempo” que emprenden cotidianamente los estudiantes y los profesionales de la historia. El ensayo de Martínez Baracs -en cuyas páginas sigue advirtiéndose ese tufo politizado o presentista que identifica en algunos artículos del libro <italic>Historia, ¿para qué?</italic>- es, después de todo, una generosa invitación a cultivar el asombro que nos deparan los documentos del pasado, accesibles para el gran público debido al auge de Internet. Esta nota es peculiar: su visión sobre la reproductibilidad no es negativa, como en su momento lo fue para Walter Benjamin, cuando el filósofo se refiere a la pérdida de “aura” de la obra artística; antes bien, es una puerta de entrada a la divulgación sostenida y efectiva del conocimiento histórico. Éste es un umbral que la mayoría de los profesionales de la historia se niega a trasponer, pero que, en el futuro próximo, será una realidad inexorable. Finalmente, Veka Dunkan, en su texto “Divulgar la historia. Una mirada desde la curaduría”, nos muestra las diversas formas en que los curadores preservan el conocimiento histórico a través de una criba intelectual rigurosa. Detrás de las exposiciones que admiramos en los museos hay un trabajo profundo, informado, multidisciplinario, que les permite a los espectadores arribar a los escenarios históricos con expectación, gozo y dinamismo. Para Dunkan, la curaduría debe considerar el papel activo de los asistentes a los museos; en este aspecto, concluye, se cifra uno de los caminos valiosos de la divulgación histórica.</p>
		<p>No sé si el libro <italic>Ecos de</italic> ¿Historia, para qué? se convierta en una obra de cabecera entre los estudiantes de las ciencias sociales, como su antecesor. Lo que sí puedo asegurar es que aborda la enorme complejidad de la práctica de la historia en un mundo globalizado, acelerado y desdeño so de su pasado. Propone novedosos abordajes teóricos frente a diversas realidades políticas, sociales y culturales. También es un libro incluyente. Escriben historiadoras e historiadores de diversas edades y formaciones académicas; además, no menoscaba ninguna vertiente historiográfica. O como sugiere Erika Pani: es un libro que nos enseña a mirar y a pensar la historia sin filias ni fobias políticas.</p>
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			<fn fn-type="other" id="fn1">
				<label>1</label>
				<p>Friedrich Nietzsche, <italic>Sobre la utilidad y los perjuicios de la historia para la vida [II intempestiva]</italic>, Madrid, Biblioteca Nueva, 1999.</p>
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				<label>2</label>
				<p>Carlos Pereyra <italic>et al.</italic>, <italic>Historia, ¿para qué?</italic>, México, Siglo Veintiuno Editores, 1980.</p>
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			<fn fn-type="other" id="fn3">
				<label>3</label>
				<p>Hans Ulrich Gumbrecht, <italic>Después de 1945: la latencia como origen del presente</italic>, México, Universidad Iberoamericana, 2015.</p>
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